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Full text of "Historia de la revolución de la República de Colombia en la América Meridional"

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F.  Peres  le  Vslasco 
Octcfcar  1912. 


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HISTORIA 

DE  LA  REVOLUCION 

DE  LA  REPÚBLICA  DE  COLOMBIA. 


TOMO  CUARTO 


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HISTORIA 


DE  LA  REVOLUCION 

DE  LA 

REPÚBLICA  DE  COLOMBIA 

EN  LA 

AMÉRICA  MERIDIONAL, 

POR 

JOSÉ   MANUEL  lEITIBPt. 

Na  dites  a  la  póstente1  que  ce  qui  est  digne  de  la  pottérite. 
(  VOLTAIRK ,  HUt.  o*e  Metra  U  Qrami,  Proface. ) 

No  digas  á  la  posteridad  sino  lo  que  es  digno  de  la  posteridad. 


TOMO  CUARTO. 


BESANZON, 

IMPRENTA   DE   JOSÉ   JACQUIN,  • 

Grande-Rue,  n*  1*. 

4858. 


Di 


HISTORIA 

DE  LA  REVOLUCION 

DE  LA  REPÚBLICA  DE  COLOMBIA 

EN  LA  AMÉRICA  MERIDIONAL. 

 -t^je^A£"3^A^  ■  


PARTE  TERCERA. 

CQHTIWPADA. 


CAPÍTULO  XII. 


Sucre  nombrado  presidente  vitalicio  de  Bolivia.  —  Admite  la  presi- 
dencia solo  hasta  1828.  —  El  consejo  de  gobierno  del  Perú  celebra  un 
tratado  de  confederación  con  Bolivia.  — -  Su»  bases.  —  Se  aprueba  por  el 
congreso  de  Bolivia  con  modificaciones.  —  Se  desmoralizan  las  tropas 
colombianas  en  Bolivia.  —  El  capitán  Matute  se  deserta  con  un  escuadrón. 
—  Pasos  que  da  el  gobierno  peruano  para  adoptar  la  constitución  boli- 
viana. —  Adóptase  y  Bolivar  es  nombrado  presidente  vitalicio.  —  Partido 
republicano  que  se  opone  sordamente.  —  Disgustos  con  las  tropas  co- 
lombianas. —  Santa  Cruz  y  otros  Peruanos  están  opuestos  á  la  nuy  a 
constitución. — Corrompen  a  la  tercera  división  auxiliar.  —  Facilidad 
que  encuentran  ;  por  qué  motivos.  — •  Se  activa  y  estalla  el  motin.  — 
Prisión  y  maltrato  que  se  da  á  los  jefes.  —  Acta  que  acuerdan  los  ofi- 
ciales sublevados.  — Movimientos  consiguientes  en  Lima.  —  Convócase 


ft  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

un  congreso,  y  se  declara  insubsistente  la  constitución  boliviana.  —  Jui- 
cio acerca  de  esta  decisión.  —  Parte  oficial  de  estos  sucesos  que  se  da  al 
gobierno  de  Colombia.  —  Regocijo  indebido  en  Bogotá.  —  Conducta  irre- 
gular de  Santander.  —  Singular  respuesta  dada  por  este  á  Bustamante, 
cabecilla  de  la  rebelión.  —  El  vicepresidente  envia  al  general  Antonio 
Ohando  para  mandar  las  tropas  sublevadas;  sus  instrucciones.  —  Esco- 
bedo  comisionado  peruano  llega  á  Bogotá.  —  Cuál  es  su  misión.  —  Enojo 
del  Libertador  al  saber  el  motin  de  la  tercera  división  ,  la  fiesta  en  la  ca- 
pital y  la  contestación  á  Bustamante.  —  Rompe  enteramente  con  San- 
tander. —  Procedimientos  posteriores  de  la  tercera  división.  —  Persecu- 
ciones  é  insultos  en  el  Perú  contra  los  Colombianos.  —  La  primera 
división  auxiliar  se  une  á  la  segunda  en  Bolivia.  —  Situación  critica  de 
Sucre.  —  El  gobierno  del  Perú  envia  á  Colombia  la  tercera  división.  — 
Miras  siniestras  que  trae.  —  López  Méndez  es  el  director  de  Bustamante. 

—  La  expedición  se  divide.  —  Situación  indefensa  de  Guayaquil.  —  Una 
parte  de  la  tercera  división  arriba  á  Manabi.  —  Planes  de  los  jefes  re- 
voltosos. —  Providencias  que  dictan  las  autoridades  para  frustrarlos.  — 
Revolución  que  estalla  en  Guayaquil.  —  Lámar  es  nombrado  jefe  civil  y 
militar  ;  su  bipocresía.  —  Transacción  entre  las  autoridades  legitimas  y 
los  facciosos.  —  Conducta  de  Lámar  y  de  la  municipalidad.  —  Todo  el 
departamento  sigue  la  revolución  de  Guayaquil.  —  Bustamante  ocupa  el 
Asuay  ;  sus  miras  proditorias.  —  El  general  Flore/,  se  opone  :  él  consigue 
aprehender  á  Bustamante  y  á  sus  partidarios.  —  Le  envia  á  Guayaquil,  y 
Bustamante  no  cumple  sus  promesas.  —  Antonio  Obando  llega  al  Ecua- 
dor. —  Arribo  á  la  costa  del  batallón  Ayacucho,  el  que  se  divide.  — 
Conducta  de  los  revolucionarios  y  de  Ohando.  —  Flore/  invade  á  Guaya- 
quil  y  ocupa  á  Paule.  —  Opiniones  singulares  de  Obando.  —  Órdenes 
contrarias  que  recibe  del  ejecutivo  :  su  regreso  á  Bogotá.  —  Lámar  es 
nombrado  presidente  del  Perú.  —  Nuevos  disturbios  en  Guayaquil  :  este 
departamento  se  decide  por  el  sistema  federativo.  —  Divúlgase  que  Fló- 
rez  también  lo  quiere.  —  Estado  de  las  relaciones  exteriores  de  Colom- 
bia. —  La  república  es  reconocida  por  el  papa.  —  Primeros  obispos  que 
nombra.  —  Terquedad  de  la  España.  —  Se  instala  el  congreso  colombiano 
en  Tunja.  —  El  vicepresidente  hace  el  juramento  constitucional.  — 
Mensaje  que  dirige  al  congreso ;  informes  de  los  secretarios  de  Estado. 

—  No  se  admiten  las  renuncias  de  Bolívar  y  de  Santander.  —  órdenes 
que  este  comunica  contra  la  tercera  división.  —  Anuncia  el  Libertador 
su  próximo  regreso  á  la  capital ;  proclama  que  da  en  Caracas.  —  Fuerzas 
que  le  preceden.  —  Ultimos  arreglos  que  hace  en  Venezuela.  —  Se  em- 
barca para  Cartagena.  —  Leyes  importantes  que  dicta  el  congreso.  — 
Pago  de  intereses  de  la  deuda  interior.  —  Discusiones  sobre  reforma  de 
la  constitución.  —  Alarma  de  los  liberales  exaltados  contra  el  Libertador. 
¿-  Proyecto  de  separación  que  publica  Azuero.  —  Revolución  que  iba  á 
estallar.  —  Santander  es  uno  de  los  agitadores  principales.  —  Se  con- 
voca una  convención.  —  Temores  á  las  tropas  que  conduce  el  Liberta- 
dor. —  Irregularidad  de.  algunas  providencias  dictadas  por  este.  —  Opo- 
sicion  decidida  que  Santander  le  hace;  sus  diferentes  planes  contra 


CAPÍTULO  XII.  7 

Bolívar.  —  Mensaje  que  este  dirige  al  congreso.  —  Presta  el  juramento 
constitucional  y  se  encarga  del  poder  ejecutivo.  —  Convoca  extraordina- 
riamente al  congreso.  —  Nombra  de  nuevo  á  los  secretario»  de  Estado. 

—  Personas  que  á  su  arribo  se  ocultan  por  temores.  —  Providencias  del 
Libertador  para  calmar  los  partidos,  mejorar  la  administración  púhlica  y 
conseguir  buenas  elecciones.  —  El  congreso  aprueba  su  conducta  y  todos 
sus  actos  en  Venezuela.  —  Santander  pide  que  se  le  juzgue  sobre  la  in- 
versión del  empréstito.  —  El  congreso  termina  sus  sesiones.  —  Terre- 
moto en  las  provincias  del  Centro.  —  Movimientos  de  Guayaquil.  —  Allí 
se  restablece  el  orden  constitucional.  —  Operaciones  de  los  guerrillero» 
realistas  en  Venezuela  :  sus  fuerzas.  —  Pácz  los  bate  y  persigue.  —  Otras 
insurrecciones  en  los  departamentos  del  Orinoco  y  Maturin.  —  La  de 
Cumaná  es  de  mal  carácter.  —  Principian  á  enardecerse  las  cuestiones 
con  el  Perú.  —  Sublevación  de  algunas  tropas  colombianas  en  Bolivia; 
se  castiga  aquel  motin  promovido  por  los  Peruanos  y  por  los  impresos  de 
Colombia.  —  Fuerte  manifestación  de  su  gobierno  contra  el  peruano.  — 
El  Libertador  reforma  el  ejército.  —  Escuadra  española  que  cruza  sobre 
las  costas  de  Venezuela  ;  nada  consigue.  —  Establece  Páez  una  alta  policía. 

—  Eficaces  providencias  que  dicta  para  restablecer  y  asegurar  el  orden 
público  en  la  antigua  Venezuela. 

Año  de  1827.  —  Después  de  haber  adelantado  la  narración 
de  los  acontecimientos  de  Colombia,  cúmplenos  ahora  referir 
los  del  Perú  y  Bolivia  en  todo  lo  que  tengan  relación  con  nues- 
tro propósito. 

Mencionamos  ántes  que  el  Libertador  presidente  habia  remi- 
tido desde  mayo  anterior  su  proyecto  de  constitución  al  con- 
greso de  Bolivia.  Adoptóse  este  haciéndole  solamente  ligeras 
alteraciones.  En  consecuencia  casi  la  totalidad  de  los  colegios 
electorales  de  la  nueva  República  votaron  en  favor  del  gran 
mariscal  de  Ayacucho,  Antonio  José  Sucre,  para  presidente 
vitalicio,  y  el  congreso  le  nombró  por  unanimidad  de  sufragios 
para  tan  alta  magistratura.  Esta  elección  fué  acogida  y  cele- 
brada por  todos  los  pueblos  de  Bolivia  como  un  fausto  aconte* 
cimiento.  La  administración  de  Sucre  en  aquella  República  ha- 
bia  sido  activa,  justa  é  ilustrada,  por  cuyos  poderosos  motivos 
se  habia  adquirido  el  amor,  respeto  y  consideración  de  los  Bo- 
livianos. 

A  pesar  de  esto  no  se  ocultaba  á  la  penetración  de  Sucre  que 
el  terreno  sobre  el  cual  se  habia  construido  el  edificio  de  Al 
presidencia  vitalicia,  era  deleznable,  y  resbaladizo  el  camino 
por  donde  andaba,  y  tenia  pueblos  limítrofes  ó  cercanos  que 
profesaban  con  entusiasmo  los  principios  democráticos  y  repu- 


8  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

bl  i  canos  de  que  alternen  todas  las  magistraturas.  No  admite, 
pues,  el  destino  de  presidente  vitalicio,  y  solo  se  compromete 
á  servirlo  hasta  1828,  en  que  se  reuniera  el  primer  congreso 
ordinario.  En  vano  el  constituyente  que  le  habia  elegido,  le 
insta  que  acepte  sin  condición  alguna,  y  aun  ocurre  al  Liber- 
tador rogándole  que  interponga  sus  respectos  con  el  gran  ma- 
riscal de  Ayacucho  para  que  admita  pura  y  simplemente  la 
presidencia  constitucional  y  vitalicia  de  Bolivia.  Sucre  se  man- 
tiene firme  en  su  propósito,  conducta  que  honra  sobre  manera 
sus  talentos,  previsión  y  desprendimiento. 

Por  este  mismo  tiempo  el  consejo  de  gobierno  del  Perú,  com- 
puesto de  don  Andrés  Santa  Cruz  como  presidente,  don  José  de 
Larrea  y  Loredo  ministro  de  hacienda,  don  Tomas  Hérez  de 
guerra  y  marina ,  y  don  José  María  Pando  de  relaciones  exte- 
riores y  del  interior,  dieron  un  paso  avanzado  para  establecer 
la  gran  confederación  de  la  América  del  Sur,  que  habian  proyec- 
tado de  acuerdo  con  el  Libertador  en  los  últimos  meses  de  su 
residencia  en  Lima.  Habiendo  reconocido  á  la  República  boli- 
viana ,  enviaron  á  Ghuquisaca  á  don  Ignacio  Ortiz  de  Ceballos 
en  calidad  de  ministro  plenipotenciario.  Uno  de  los  objetos  de 
su  misión  era  felicitar  á  la  nueva  República  por  su  entrada  en 
la  familia  de  las  naciones  americanas.  Tenia,  sin  embargo,  la 
comisión  especial  é  instrucciones  detalladas  para  celebrar  un 
tratado  de  federación  entre  las  Repúblicas  del  Perú  y  Bolivia. 

Como  tal  idea  habia  sido  discutida  de  antemano,  el  gobierno 
de  Bolivia  nombró  inmediatamente  á  su  secretario  de  relaciones 
exteriores  coronel  don  Facundo  Infante  y  al  doctor  don  Manuel 
Urcullu  de  plenipotenciarios  para  negociar  el  tratado  de  confe- 
deración. Ajustóse  en  15  de  noviembre  anterior,  y  sus  princi- 
pales disposiciones  eran :  formar  una  liga  entre  las  Repúblicas 
del  Perú  y  Bolivia  denominada  Federación  Boliviana;  designar 
para  su  primer  jefe  supremo  vitalicio  al  Libertador  Simón  Bolí- 
var; establecer  un  congreso  compuesto  de  nueve  diputados  que 
enviaría  cada  uno  de  los  Estados  de  la  Federación,  los  que  se 
reunirían  la  primera  vez  en  el  lugar  que  designara  el  Liberta-  e 
dor,  y  tendrían  dos  meses  de  sesiones  anuales.  Tocaba  al  con- 
greso determinar  la  parte  de  gastos,  tropas,  etc.,  con  que  debia 
contribuir  cada  Estado;  decretar  la  guerra;  aprobar  y  reprobar 
los  tratados  públicos,  y  hacer  todas  las  demás  leyes  convenien- 
tes para  la  organización  y  ejercicio  de  las  atribuciones  que 


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CAPÍTULO  XII.  9 

focaban  á  los  altos  poderes.  Concedías*;  también  al  jefe  supremo 
la  facultad  de  nombrar  su  sucesor.  Este  tratado  era,  en  mayor 
escala,  el  mismo  proyecto  de  constitución  que  diera  el  Liberta- 
dor para  Bolivia. 

Decíase  en  el  artículo  15  :  «  Ratificados  que  sean  estos  trata- 
dos por  los  gobiernos  del  Peni  y  Bolivia,  nombrarán  estos  mi- 
nistros plenipotenciarios  cerca  del  gobierno  de  Colombia  para 
negociar  la  accesión  de  aquella  República  al  presente  pacto  de 
federación;  y  en  caso  que  por  parte  de  dicha  República  se  pro- 
pongan algunas  alteraciones  ó  modificaciones  que  no  varíen  la 
esencia  de  este  tratado,  se  procederá  sin  embargo  á  la  instala- 
ción del  congreso  federal :  de  cuya  atribución  será  arreglar  defi- 
nitivamente estas  bases,  con  tal  que  el  número  de  diputados 
sea  numéricamente  igual,  y  que  el  Libertador  sea  el  primer 
jefe  supremo  de  la  Federación,  y  desempeñe  por  sí  las  atribu- 
ciones que  le  son  concedidas.  »  Mientras  que  se  obtenía  la  ac- 
cesión de  Colombia  debia  quedar  en  suspenso  dicho  tratado. 

Presentóse  al  congreso  constituyente  de  Bolma  para  que  lo 
aprobara,  y  una  comisión  presidida  por  el  doctor  Casimiro 
Planeta  propuso  modificaciones  importantes.  Las  principales 
eran  :  Ia  que  muerto  el  Libertador  las  Repúblicas  confederadas 
quedarían  en  libertad  para  continuar  ó  no  en  la  federación; 
2*  que  esta  no  tendría  efecto  en  el  caso  en  que  no  accediera 
Colombia. 

Hacia  la  misma  época  se  habían  desmoralizado  un  poco  las 
tropas  auxiliares  de  Colombia  residentes  en  Bolivia,  tanto  por 
la  distancia  del  gobierno  que  les  comunicaba  órdenes,  como 
por  otros  motivos.  Consecuencia  de  esto  fué  la  sublevación 
ocurrida  en  Cochabamba  el  i  A  de  noviembre  de  un  escuadrón 
del  regimiento  colombiano  de  Granaderos  á  caballo,  compuesto 
de  ciento  ochenta  hombres.  El  oficial  Domingo  Matute  fué  el 
seductor,  quien  pretendiera  colorir  su  infame  acción  con  el  ro- 
paje de  amor  á  la  libertad.  Dirigióse  á  la  provincia  argentina  de 
Salta;  y  aunque  se  les  persiguió  vivamente,  no  se  pudo  batir  á 
os  desertores,  que  eran  jinetes  valientes,  y  porque  solamente 
os  persiguió  infantería.  Admitidos  por  el  gobernador  de  Salta, 
Arenales,  aquellos  Granaderos  tomaron  parte  en  cuantas  revuel- 
tas hubo  en  el  país  que  les  habia  concedido  hospitalidad;  por 
su  valor  denodado  daban  la  victoria  á  cualquiera  bando  que  se 
arrimaran ;  pero  se  hicieron  célebres  por  su  indisciplina.  Vióse 


10  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

al  fin  Arenales  en  la  necesidad  de  hacer  morir  en  un  cadalso 
al  desertor  Matute,  que  pagó  de  este  modo  sus  delitos  repetidos 
contra  la  subordinación  militar:  algunos  soldados  fueron  indul- 
tados ,  y  tornaron  á  Bolivia. 

Los  pasos  adelantados  que  diera  esta  República  en  su  organi- 
zación bajo  la  presidencia  vitalicia  de  Sucre,  empujaron  el 
proyecto  que  estaba  en  planta  en  el  Perú  cuando  la  salida  del 
Libertador,  para  establecer  la  constitución  boliviana.  Indicamos 
ántes  que  todas  las  provincias,  aun  las  mas  remotas,  dieron  su 
voto  afirmativo  y  de  una  manera  que  parecía  espontánea  y  libre 
de  toda  coacción.  Gran  número  de  municipalidades  y  otras  cor- 
poraciones civiles ,  militares  y  eclesiásticas  dirigieron  tanto  a 
Bolívar  como  al  consejo  de  gobierno  exposiciones,  cuyo  objeto 
era  manifestar  la  complacencia  que  sentían  por  que  se  fuera  á 
adoptar  la  nueva  constitución,  y  lo  mucho  que  esperaban  del 
Libertador,  como  su  único  presidente  vitalicio ;  en  muchas  actas 
se  puso  esta  restricción  importante. 

En  virtud  de  tales  documentos  el  consejo  de  gobierno  peruano 
dispuso  que  todas  las  actas  de  los  colegios  electorales  se  pasáran 
á  la  municipalidad  de  Lima  á  fin  de  que  examinando  los  origi- 
nales y  confrontándolos  con  el  ejemplar  impreso  que  se  le  acom- 
pañó, manifestára  si  estaban  ó  no  conformes,  y  cuál  era  el 
resultado  del  escrutinio.  Verificado  este,  informó  la  municipa- 
lidad que  de  las  cincuenta  y  nueve  provincias,  cincuenta  y  ocho 
habían  adoptado  la  nueva  constitución  y  elegido  con  entusiasmo 
al  Libertador  por  su  único  presidente  vitalicio;  pues,  solo  el 
colegio  electoral  de  Tarapacá  se  abstuvo  de  emitir  su  opinión, 
diciendo  que  se  consideraba  sin  bastantes  luces  para  decidir  en 
un  negocio  de  tamaña  gravedad ;  pero  que  se  conformaba  con 
lo  que  resolviera  el  gobierno. 

Apoyado  en  este  informe  el  congreso  había  expedido  en  30  de 
noviembre  anterior  un  decreto  razonado,  declarando :  «  que  el 
proyecto  sometido  á  la  sanción  popular  era  la  ley  fundamental 
del  Estado,  y  que  S.  E.  el  Libertador  Simón  Bolívar  era  el 
presidente  vitalicio  de  la  República,  bajo  el  hermoso  título  de( 
Padre  y  Salvador  del  Perú ,  que  le  dió  la  gratitud  del  congreso.  » 
Eft  consecuencia ,  la  nueva  constitución  se  mandó  publicar  en 
Lima  con  grande  pompa  y  solemnidad  el  8  de  diciembre,  y 
jurarse  por  todas  las  autoridades  civiles,  militares  y  eclesiás- 
ticas el  9,  aniversario  de  la  célebre  jornada  de  Ayacucho,  que 


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CAPÍTULO  XFI.  \\ 

aseguró  para  siempre  la  independencia  del  Perú.  Dispúsose  que 
sucesivamente  se  promulgára  en  todas  las  provincias,  y  que  se 
jurase  de  igual  manera  que  en  la  capital.  Tan  importantes  de- 
cretos fueron  acordados  por  el  presidente  del  consejo  de  gobierno 
y  por  los  ministros  vocales  Larrea ,  Hérez  y  Pando. 

Aunque  parecía  que  todos  aquellos  actos  eran  libres  y  con- 
formes á  la  opinión  de  la  mayoría  nacional ,  habia  en  el  Peni 
un  partido  que  los  calificaba  de  tiránicos,  ilegales  é  impuestos 
por  la  fuerza.  Se  contaban  en  sus  filas  hombres  distinguidos  por 
su  influjo  en  el  país,  que  aspiraban  á  la  suprema  magistratura 
y  á  los  mas  altos  empleos  del  gobierno,  así  como  los  republi- 
canos puros,  que  apetecían  el  triunfo  completo  de  los  principios 
democráticos,  á  cuya  sombra  pensaban  medrar,  adquiriendo 
consideración  y  riquezas.  Dedicóse  este  partido  á  desacreditar 
y  hacer  odiosos  á  los  Colombianos;  especialmente  á  los  de  la 
tercera  división  que  guarnecían  á  Lima,  y  que  se  tenían  como 
el  mas  firme  apoyo  del  gobierno  peruano,  por  su  disciplina  y 
excelente  comportamiento.  Mas  ellos  eran  auxiliares  que  ter- 
minada la  guerra  no  partian  para  su  tierra.  Pintábase  esta  per- 
manencia prolongada  mas  allá  del  término  de  la  guerra  de 
Independencia,  como  una  verdadera  opresión  al  Perú,  sin  que 
valiera  para  disipar  tal  cargo  que  se  exageraba  por  algunos  la 
consideración  de  que  el  mismo  consejo  de  gobierno  era  el  que 
insistía  en  la  permanencia  de  las  tropas  colombianas,  mientras 
que  la  tranquilidad  del  Perú  se  afirmaba  sobre  bases  mas 
sólidas. 

Tales  sentimientos  de  malevolencia  iban  creciendo  rápida- 
mente, de  modo  que  no  se  ocultaron  al  general  en  jefe  de  las 
tropas  colombianas,  quien  previendo  las  funestas  consecuencias 
que  pudieran  seguirse ,  envió  á  Bogotá  el  de  diciembre  al 
capitán  Miguel  Ramírez  con  pliegos  para  el  secretario  de  la 
guerra.  Manifestaba  en  sus  comunicaciones  que  los  habitantes 
caracterizaban  ya  de  opresor  y  enemigo  al  ejército  colombiano; 
que  todos  los  que  lo  componían  deseaban  con  ansia  restituirse 
al  seno  de  su  patria;  eu  fin,  que  se  comprometía  la  faina  y  el 
nonor  de  Colombia  entre  las  demás  naciones  libres,  si  sus  tro- 
pas seguían  por  mas  tiempo  ocupando  el  territorio  peruano.  * 

Apenas  habian  trascurrido  siete  dias,  cuando  acaeció  un 
suceso  harto  desagradable.  Seis  granaderos  del  batallón  Araure 
trabaron  una  riña  en  la  plaza  de  San  Francisco ,  con  mayor 


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Í2  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

número  de  soldados  peruanos  y  del  populacho  de  Lima :  aque- 
llos dejaron  bien  asegurada  la  superioridad  y  el  valor  colom- 
biano; empero  se  oyó  ea  este  dia  el  grito  alarmante  de  «  Mue- 
ran los  Colombianos.  »  En  consecuencia  el  general  Lara  pasó 
un  oficio  al  ministro  de  la  guerra  del  consejo  de  gobierno  del 
Perú  ,  manifestando  la  conveniencia  y  aun  necesidad  de  que  el 
ejército  de  Colombia  se  restituyera á  su  patria ,  según  lo  deseaba; 
de  este  modo  desaparecería  hasta  la  mas  remota  idea  de  que  se 
pretendiera  tiranizar  al  Perú  ó  vulnerar  de  alguna  manera  su 
independencia  ó  sus  derechos  nacionales. 

Parece  indudable  que  uno  de  los  que  promovian  sigilosamente 
el  partido  anticolombiano  en  Lima,  era  el  mismo  general  Santa 
Cruz.  Este  hombre,  á  quien  el  Libertador  había  elevado  colo- 
cándole al  frente  del  gobierno  y  sacándole  de  la  abyección  á 
que  justamente  le  había  condenado  la  nación  entera  por  su 
miserable  conducta  en  4823,  cuando  perdió  sin  combatir  un 
ejército  de  seis  mil  hombres;  este  hombre,  que  después  se 
unió  á  la  facción  de  Riva  Agüero ,  que  trataba  de  entregar  el 
país  á  los  Españoles;  este  hombre,  que  habia  decretado  todos 
los  actos  para  sancionar  la  constitución  que  establecía  la  presi- 
dencia vitalicia,  y  para  nombrar  primer  presidente  á  Bolívar; 
este  hombre,  en  fin,  que  se  habia  manifestado  su  amigo  y  su 
admirador,  parece  que  observaba  una  conducta  doble  y  falaz, 
por  no  llamarla  pérfida.  Acaso  le  era  insufrible  la  idea  de  no 
ser  presidente  del  Perú  roiéntras  viviera  el  Libertador.  Habia 
otros  Peruanos  distinguidos  que  por  iguales  motivos  ó  por  su 
amor  á  los  principios  republicanos,  ó  porque  les  parecían  ilegí- 
timos los  actos  por  medio  de  los  cuales  se  habia  aprobado  como 
ley  fundamental  la  constitución  jurada  recientemente,  deseaban 
que  esta  se  anulára  en  todas  sus  partes.  Tampoco  faltaban  ene- 
migos declarados  del  Libertador,  que  anhelaban  por  que  llegára 
el  momento  de  minar  su  influjo  en  el  Perú.  Descollaba  entre 
estos  el  prebendado  don  Francisco  Javier  de  Luna  Pizarro,  au- 
sente en  Chile,  bien  temible  en  las  revueltas  políticas  por  sus 
talentos  y  energía  de  alma;  así  como  los  doctores  don  Manuel^ 
de  Vidaurre,  don  Francisco  Javier  Mariátegui  y  otros. 
•  Los  jefes  de  este  partido  peruano  veían  que  la  división  colom- 
biana estacionada  en  Lima  sería  un  obstáculo  insuperable  para 
realizar  sus  proyectos  de  revolución  y  desorden ,  por  su  disci- 
plina y  valor,  así  como  por  la  firmeza  de  sus  jefes;  se  propu- 


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CAPÍTULO  XII.  13 

sieran,  pues,  corromperla  para  lograr  sus  fines.  Los  generales 
Santa  Cruz,  Otero  y  Aparicio,  este  hijo  desnaturalizado  de  la 
Nueva  Granada,  unidos  con  don  Manuel  de  Vidaurre,  presi- 
dente de  la  suprema  corte  de  justicia,  el  individuo  mas  á  pro- 
pósito para  corromper  las  tropas ;  porque  se  asociaba  con  toda 
clase  de  gentes,  fuera  cual  fuese  su  inmoralidad,  cualidad  en 
que  él  se  distinguía.  Santa  Cruz  y  Vidaurre  eran  los  hombres 
de  mas  influjo  en  esta  conspiración  anticolombiana.  El  primero 
procedía  con  cautela,  y  para  cubrir  mas  sus  pasos  se  trasladó 
con  otro  pretexto  al  pueblo  de  Chorrillos,  desde  donde  obraba. 
Las  juntas  para  acordar  los  pasos  que  debian  darse,  se  tenían 
en  Lima  en  la  casa  del  comandante  colombiano  Vicente  Pie- 
drahita,  casado  con  la  antigua  marquesa  de  Castellón.  Allá 
enviaba  Santa  Cruz  á  su  edecán  Martínez,  quien  iba  oculta- 
mente por  la  noche  de  Chorrillos  á  Lima  á  asistir  á  las  juntas. 
Estos  agentes  poderosos  unidos  con  algunos  otros  individuos  de 
ménos  consideración  lograron  por  medio  de  falaces  promesas 
ganarse  al  jefe  de  estado  mayor  José  Bustamante,  natural  de  la 
provincia  del  Socorro  en  la  Nueva  Granada.  Sedujo  este  á  la 
mayor  parte  de  los  oficiales  subalternos  y  algunas  clases  de  la 
división  colombiana  que  se  hallaban  disgustados  con  sus  jefes 
por  la  severidad  con  que  sostenían  la  disciplina  militar;  otros 
se  lisonjeaban  de  que  haciendo  una  revolución  podrían  perma- 
necer por  mas  tiempo  en  el  Perú,  donde  gozaban  de  mayor 
sueldo  que  en  su  patria  y  se  hallaban  muy  acomodados.  Eran 
preferidos  en  todo  á  los  soldados  del  Perú,  y  los  oficiales  sabían 
la  miseria  que  abrumaba  á  los  militares  en  Colombia,  por  la 
escasez  de  las  rentas  públicas ,  y  las  pocas  consideraciones  que 
tenían  los  civiles  por  el  ejército.  Tales  rumores  se  habían  difun- 
dido de  intento  á  fin  de  hacer  mas  fácil  la  corrupción. 

La  facilidad  que  halló  Bustamante  y  los  que  le  ayudaron  en 
la  seducción  provino  de  que  en  la  tercera  división  habia  gér- 
menes revolucionarios.  Por  desgracia  poco  ántes  se  incorpora- 
ron en  ella  varios  oficiales  que  en  Bolivia  se  habían  levantado 
contra  el  general  Córdova,  que  mandaba  allí  la  segunda  divi- 
sión auxiliar  de  Colombia.  Rota  una  vez  la  valla  de  la  disci- 
plina militar,  aquellos  oficiales  promovieron  el  desorden  en  te 
tercera  división.  El  teniente  retirado  Mariano  Castillo  habia 
querido  aprovecharse  de  tales  elementos  para  insurreccionarla, 
promoviendo  también  la  rivalidad,  bastante  pronunciada  en 


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44  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

aquella  época,  entre  Granadinos  y  Venezolanos :  quejábanse  los 
primeros  de  que  la  mayor  parte  de  los  altos  empleos  de  la 
milicia  se  conferian  á  los  segundos;  hecho  cierto  que  provenía 
de  la  antigüedad  y  pericia  de  los  oficiales  de  Venezuela  en  la 
guerra  de  Independencia.  De  aquí  nacia  que  todos  los  jefes  de 
la  tercera  división  eran  venezolanos  ó  extranjeros,  y  la  mayor 
parte  de  los  subalternos  granadinos.  Agriando  estas  quejas  é 
irritando  el  amor  propio  de  los  subalternos,  consiguieron  los 
cabecillas  esparcir  ampliamente  el  veneno  de  la  corrupción. 

£1  pretexto  que  adoptaron  para  el  motin  fué  pronunciarse  en 
favor  de  la  constitución  de  Colombia,  y  suponer  á  sus  jefes 
enemigos  de  la  misma,  para  prenderlos  y  deponerlos  violenta- 
mente de  sus  destinos.  El  proyecto  debia  realizarse  luego  que 
se  aproximára  á  Lima  una  división  peruana  que  bajaría  de  la 
Sierra.  Mas  habiendo  el  jefe  de  la  conjuración,  José  Bustamante., 
invitado  al  segundo  comandante  del  batallón  Araure,  Pedro 
Dorronsoro,  á  que  entrára  en  la  conspiración,  este  se  denegó 
muy  decididamente  hasta  por  segunda  vez,  cuya  conferencia 
tuvo  con  Bustamante  el  25  de  enero,  á  las  seis  de  la  tarde,  en 
la  que  supo  todos  los  pormenores.  Luego  que  salió  Bustamante 
de  la  posada  de  Dorronsoro,  dirigióse  á  comunicar  el  resultado 
de  la  entrevista  al  general  peruano  Otero,  uno  de  los  promove- 
dores de  aquel  motin ;  aconséjale  este  que  haga  la  revolución 
aquella  misma  noche,  porque  de  lo  contrario  serian  descu- 
biertos ,  á  pesar  de  que  Dorronsoro  habia  ofrecido  á  Bustamante 
que  á  nadie  lo  comunicaría;  por  desgracia  cumplió  su  palabra 
causando  á  su  patria  males  inmensos,  por  ser  consecuente  con 
un  criminal  á  quien  no  debia  guardar  consideración  alguna. 

Bustamante  y  los  conjurados  siguen  el  consejo  de  Otero.  Á 
la  una  de  la  mañana  del  26  de  enero  sacan  de  sus  cuarteles  á 
los  batallones  Vencedor,  Rifles,  Caracas  y  Araure,  así  como  al 
cuarto  escuadrón  de  húsares  de  Ayacucho,  y  los  forman  en  la 
plaza  mayor  de  Lima.  Al  mismo  tiempo  oficiales  y  tropa  de  los 
conjurados  siguen  á  prender  al  general  en  jefe  Jacinto  Lara;  al 
de  la  división,  Arturo  Sándes ;  á  los  coroneles  y  comandantes 
de  los  cuerpos,  Parédes,  Luque,  Portocarrero,  Izquierdo  y* 
Whitle ,  asi  como  á  otros  oficiales  subalternos  que  habian  per- 
manecido fieles  á  sus  deberes.  El  golpe  se  completa,  y  antes  de 
amanecer  los  revolucionarios  de  Lima  son  dueños  de  la  divi- 
sión colombiana.  Esta  permanece  formada  en  la  plaza  hasta  las 


CAPÍTULO  XII.  15 

tres  y  media  de  la  larde,  sin  cometer  acto  alguno  irregular  para 
con  el  pueblo  y  las  autoridades  de  la  capital.  Restituyóse  á  sus 
cuarteles  bajo  el  usurpado  mando  de  Bustamante,  luego  que 
este,  con  el  activo  y  eficaz  auxilio  de  los  instigadores  del  mo- 
tín, hubo  enviado  al  Callao  á  los  generales,  jefes  y  oficiales 
depuestos.  Privóseles  de  sus  equipajes,  propiedades,  papeles  y 
asistentes ,  y  se  les  puso  en  oscuros  calabozos  como  si  fueran 
criminales.  A  los  cuatro  dias  se  les  embarcó  para  Colombia  en 
el  bergantín  ingles  tíucher,  entregados  á  merced  de  los  oficiales 
Bravo  y  Lerzundi,  que  los  trataron  indignamente,  hasta  desem- 
barcar en  el  puerto  de  la  Buenaventura,  donde  los  dejaron  en 
libertad.  En  Lima  Bustamante  y  su  pandilla  se  apoderaron  de 
diez  y  seis  mil  pesos  en  oro,  que  el  general  Lara  tenia  en  poder 
del  comisario  Romero,  producto  de  sus  recompensas  militares, 
y  se  los  repartieron,  pretextando  después  haberse  gastado  en 
sostener  las  tropas  colombianas. 

£1  auxilio  que  hallaron  los  amotinados  de  la  tercera  división 
para  prender  y  maltratar  á  sus  jefes  en  las  fortalezas  del  Callao 
y  para  enviarlos  á  Colombia  como  reos  de  Estado,  es  una  prueba 
incontestable  de  que  Santa  Cruz,  presidente  del  gobierno  pe- 
ruano, obraba  de  acuerdo  con  ellos ;  sin  que  le  pueda  valer  la 
disculpa  de  que  se  hallaba  aquel  dia  en  Chorrillos,  ausencia 
que  fué  prevista  de  intento,  á  fin  de  prepararse  descargos ;  pero 
aun  se  verán  otras  pruebas  de  la  misma  aserción,  deducidas  de 
hechos  posteriores. 

Los  oficiales  autores  de  esta  sedición  militar  (enero  26),  se 
juntaron  el  mismo  dia  en  la  casa  de  Bustamante,  y  á  fin  de 
colorir  de  algún  modo  su  delito,  extendieron  un  acta  que  fué 
firmada  por  ochenta  y  seis  subalternos,  en  la  que  dijeron  : 
«  Que  para  manifestar  á  su  gobierno  y  al  mundo  entero  de  un 
modo  el  mas  solemne  los  sentimientos  que  los  habian  animado 
al  deponer  del  mando  á  los  jefes  y  oficiales  de  la  división,  de 
quienes  tenían  muy  graves  y  fundadas  sospechas,  se  habian 
reunido  para  declarar :  que  permanecerían  enteramente  sumi- 
sos á  la  constitución  y  leyes  de  Colombia,  y  profesarían  el 
«layor  respeto  al  Libertador  presidente ;  mas,  que  nunca  alte- 
rarían de  manera  alguna  su  propósito  de  sostener  á  todo  tranc* 
la  constitución,  contra  los  violentos  é  injustos  ataques  que  se 
le  hacian  en  diferentes  lugares  de  la  República ;  ni  consentirían 
en  que  se  nombrara  un  dictador  ó  que  se  adoptara  un  código 


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itt  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

desconocido.  »  Concluían  diciendo,  «  que  hacían  esta  declara- 
ción para  dar  á  conocer  sus  sentimientos  al  gobierno  colom- 
biano, el  que  podría  disponer  de  sus  servicios  para  sostenerse 
contra  las  pretensiones  de  todos  los  innovadores,  á  cuyo  efecto 
se  le  daría  cuenta  remitiéndole  copia  del  acta  por  medio  de  su 
nuevo  comandante.  » 

Luego  que  ven  los  conspiradores  peruanos  que  el  orden  pú- 
blico no  se  halla  sostenido  por  la  tercera  división  colombiana, 
conmueven  al  pueblo  de  Lima,  el  que  pide  se  restablezca  la 
antigua  constitución  y  se  deponga  á  los  ministros  del  consejo 
de  gobierno.  Estos  son  perseguidos,  y  el  general  colombiano 
Hérez  tiene  que  salvarse  acogiéndose  á  un  buque  extranjero. 
En  tales  movimientos  se  distinguió  don  Manuel  de  Vidaurre 
como  insigne  revolucionario.  Él  fué  premiado  inmediatamente 
por  Santa  Cruz,  llamándole  el  28  de  enero  al  ministerio  del 
interior  y  relaciones  exteriores ;  el  general  don  Juan  Salazar 
ocupó  el  de  guerra  y  marina,  y  al  de  hacienda  Larrea  y  Loredo 
no  se  le  admitió  la  dimisión  que  hizo. 

Santa  Cruz,  dirigido  por  Vidaurre  é  impelido  por  sus  ambi- 
ciosos deseos  de  mando,  expide  en  el  mismo  dia  (enero  28)  un 
decreto  convocando  un  congreso  constituyente  que  debia  reu- 
nirse el  4o  de  mayo  próximo,  á  fin  de  que  decidiera  la  consti- 
tución que  habia  de  regir  y  nombrára  presidente  y  vicepresi- 
dente de  la  República  peruana.  Así  fué  que  apoyado  en  la  peti- 
ción tumultuaria  de  una  parte  del  pueblo  de  Lima,  decidió  que 
habia  sido  ilegítima  la  elección  de  Bolívar  para  presidente,  y  la 
sanción  que  se  habia  dado  á  las  nuevas  leyes  fundamentales, 
juradas  ya  en  todas  ó  en  la  mayor  parte  de  las  provincias  del 
Perú.  Este  singular  decreto  se  publicó  al  mismo  tiempo  que 
una  miserable  proclama  de  Santa  Cruz,  obra  conocida  de  Vi- 
daurre, en  la  que  decia  :  a  El  gobierno  no  puede  consentir  en 
que  se  crea  que  pudo  tener  la  mas  pequeña  connivencia  en  la 
coacción,  porque  es  el  garante  de  la  libertad  nacional  y  de  su 
absoluta  independencia.  »  No  creemos  que  hubiera  fuerza  al- 
guna para  que  los  colegios  electorales  aprobáran  la  constitu- 
ción boliviana;  mas  si  existió  la  coacción  en  algún  punto,  ¿no* 
emanaron  todos  los  actos  para  adoptar  aquella  constitución  del 
mismo  Santa  Cruz  como  presidente  del  consejo  de  gobierno? 
Publicar  esta  declaratoria  á  la  faz  de  la  nación  peruana  era 
negar  sus  actos  anteriores,  que  todo  el  mundo  conocía. 


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CAPÍTULO  XII. 


Para  colorir  de  algún  modo  las  disposiciones  que  daba  el  pre- 
sidente del  consejo  de  gobierno,  se  hizo  decir  pocos  dias  después 
á  los  individuos  que  habian  compuesto  el  colegio  electoral  de 
Lima,  «  que  aprobáran  por  la  violencia  el  proyecto  de  constitu- 
ción boliviana ;  pues  al  efecto  se  les  encerró  en  la  casa  de  la 
universidad  rodeados  de  tropas;  corrompiendo  á  unos  con  da- 
divas aéreas  y  á  otros  con  amenazas.  »  Esta  revelación  puede 
ser  verdadera;  mas  en  buena  crítica  no  merece  crédito, por 
haber  sido  hecha  en  momentos  en  que  las  calumnias  contra  el 
gobierno  del  Libertador  y  contra  los  Colombianos  estaban  á  la 
órden  del  dia. 

Otro  grave  defecto  de  que  adolecían  las  providencias  de  Santa 
Cruz  era,  hacer  en  dos  dias  tan  grandes  variaciones  en  el  sis- 
tema político  de  una  República;  esta  no  es  la  manera  circuns- 
pecta con  que  proceden  los  hombres  de  Estado  en  el  gobierno 
de  los  pueblos.  Es  muy  probable  que  Santa  Cruz  hubiera  pen- 
sado de  antemano  sobre  la  materia ,  y  que  su  actual  conducta 
haya  sido  trazada  ántes  de  aquellos  dias ,  y  acordada  acaso  con 
su  nuevo  ministro  Vidaurre  (*). 

No  queremos  hacer  cargos  injustos  y  apasionados  al  general 
Santa  Cruz,  y  este  pudiera  alegar,  que  el  mismo  Libertador  en 
su  carta  escrita  desde  Popayan  el  26  de  octubre  le  dijo  :  a  Yo 
aconsejo  á  Uds.  que  se  abandonen  al  torrente  de  los  sentimien- 
tos patrios;  y  que  en  lugar  de  dejarse  sacrificar  por  la  oposi- 
ción, se  pongan  Uds.  á  su  cabeza;  y  en  lugar  de  planes  ameri- 
canos, adopten  Uds.  designios  puramente  peruanos;  digo  mas, 
—  designios  exclusivos  al  bien  del  Perú.  No  concibo  nada  que 
llene  ámpliamente  este  pensamiento.  Mas  es  de  mi  deber  y  con- 
viene á  mi  gloria  aconsejarlo.  »  —  Si  Santa  Cruz  habia  adoptado 
esta  idea,  debió  hacerlo  franca  y  lealmente.  En  dicha  hipótesis, 
su  primer  acto  parece  que  debía  ser  enviar  á  Colombia  las  tro- 
pas auxiliares,  pues  en  la  misma  carta  el  Libertador  le  dijo  que 
las  mandára  á  su  país  —  «  luego  al  punto  que  embarazáran  ó 
perjudicaran  al  Perú.  »  Hecho  esto  debiera  haber  convocado 
la  representación  nacional  del  Perú  para  que  decidiese  libre- 
mente sobre  las  instituciones  mas  convenientes  al  país.  ¿  Por 
qué  motivo  proceder,  pues,  con  insidias,  conjuraciones  y  mot^ 
nes  militares  á  un  acto  que  estaba  dentro  de  las  facultades  del 

(1)  Véase  la  nota  1*. 

tomo  iv.  i 


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18 


HISTORIA   DE  COLOMBIA. 


presidente  del  consejo  de  gobierno  del  Perú?  ¿Por  qué  incitar  á 
las  tropas  auxiliares  á  conculcar  la  disciplina  militar?...  Pudié- 
ramos proseguir  haciendo  preguntas,  pero  aun  nos  falta  referir 
hechos  que  suministran  argumentos  poderosos  contra  la  ex- 
traña é  ingrata  conducta  de  los  gobernantes  del  Perú  en  aquella 
época  (*). 

El  gobierno  peruano  avisó  inmediatamente  al  de  Colombia  el 
movimiento  de  la  tercera  división,  culpando  al  general  Lara,  á 
quien  dijo  haber  avisado  las  noticias  que  tenia  del  motin  que 
se  proyectaba;  aseguraba  también  que  Lara  no  las  habia  creído 
por  el  honor  de  sus  banderas  (2).  Vidaurre  manifestaba  que  la 
división  colombiana  habia  conservado  su  disciplina  y  que  se  iban 
á  acantonar  los  batallones  fuera  de  Lima ;  lo  que  se  ejecutó  si- 
tuándolos en  Bellavista  y  la  Magdalena.  Decia  igualmente  que 
se  enviase  un  oficial  general  que  se  hiciera  cargo  del  mando  y 
condujera  las  tropas  á  los  lugares  que  designára  el  ejecutivo  de 
la  República.  Terminaba  su  nota  indicando  como  una  medida 
prudente,  que  no  se  desaprobára  el  hecho  ni  se  exasperase  á  los 
oficiales  de  la  tercera  división,  por  los  males  que  podían  causar 
al  Perú  y  á  Colombia.  * 

Casi  á  un  mismo  tiempo  recibió  en  Bogotá  el  poder  ejecutivo 
esta  nota,  el  acta  de  los  amotinados,  un  oficio  de  Bustamante  y 
otro  del  encargado  de  negocios  de  la  República  del  Perú ,  Cris- 
toval  Armero,  cuyas  fechas  alcanzaban  hasta  29  de  enero.  Con- 
dujeron tales  documentos  los  oficiales  José  Ramón  Bravo  y 
Agustín  Lerzundi ,  que  tanto  habían  maltratado  á  los  generales 
Lara  y  Sándes ,  y  á  los  demás  jefes  que  trajeron  presos  hasta 
Buenaventura.  Desde  el  momento  en  que  se  divulgaron  las  no- 

(t)  Á  pesar  de  los  fuertes  cargos  emanados  de  los  hechos  que  acabamos 
de  hacer  al  general  Santa  Cruz,  hubo  testigos  presenciales  y  capaces  de 
juzgar  rectamente  sobre  los  sucesos  ocurridos  en  Lima  en  aquella  época, 
como  el  general  Tomas  Hérez ,  que  dijeran  que  Santa  Cruz  no  hizo  mas 
que  ceder  á  las  circunstancias  de  aquel  tiempo  calamitoso.  Confesamos 
franca  y  lealmente  que  no  somos  de  esta  opinión ;  pero  exponemos  la  con- 
traria porque  amamos  la  imparcialidad  histórica  y  no  queremos  hacer  car- 
gos injustos.  £1  lector  decidirá  en  vista  de  los  hechos ,  y  celebraríamos 
tener  otras  convicciones  para  justificar  á  Santa  Cruz ,  uno  de  los  hombres 
domínenles  en  la  revolución  de  la  América  del  Sur,  á  la  que  hizo  servicios 
muy  distinguidos,  y  cuyo  nombre  quisiéramos  hallar  sin  manchas  que  em- 
pañaran su  reputación. 

•(2)  Véase  la  nota  2». 


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r.APÍTULO  XII. 

tieiaa,  el  partido  exaltado  y  enemigo  del  Libertador,  á  cuya 
cabeza  estaba  el  vicepresidente  general  Santander,  prorumpió 
en  la  mas  loca  alegría.  Repiques  de  campanas ,  cohetes,  músi- 
cas ,  alboroto  y  vivas  continuados  á  la  tercera  división  y  á  sus 
oficiales,  al  congreso ,  al  vicepresidente  y  al  Perú,  ocuparon  la 
tarde  y  gran  parte  de  la  noche  de  aquel  dia  (marzo  9).  El  mismo 
vicepresidente  acompañó  por  la  noche  á  una  música  seguida 
de  numeroso  concurso  del  pueblo,  la  que  recorría  la  calle  prin- 
cipal nombrada  del  Comercio ;  acción  indigna  del  alto  puesto 
que  ocupaba  y  de  la  circunspección  que  él  exigía  para  no  dar 
la  última  herida  mortal  á  la  disciplina  y  á  la  moralidad  del 
ejército,  que  desde  entonces  quedaron  completamente  destrui- 
das. Los  hombres  pensadores ,  sensatos  é  imparciales  de  la  ca- 
pital ,  que  eran  numerosos ,  condenaron  aquella  fiesta  como 
impolítica,  inmoral  y  escandalosa,  pues  santificaba  una  rebelión 
militar. 

Emanaba  semejante  alegría  de  las  esperanzas  que  concibieron 
los  exaltados  republicanos  y  los  enemigos  del  Libertador,  de 
que  habiendo  este  perdido  con  el  motin  de  la  tercera  división 
una  de  las  basas  de  su  poder,  que  existia  en  el  Peni  y  en  el 
ejército  colombiano ,  podrían  al  fin  derrocarle ,  desacreditando 
todos  sus  actos  y  oponiéndole  las  bayonetas  de  una  parte  del 
mismo  ejército.  Como  llevaran  adelante  las  pasiones  y  el  sis- 
tema de  su  partido  político,  nada  les  importaba  la  guerra  civil 
que  preparaban  con  aquella  insensata  conducta. 

De  ningún  modo  participaban  de  estas  ideas  los  secretarios 
de  Estado  del  poder  ejecutivo.  Pero  deseando  no  exasperar  á  la 
tercera  división,  que  podia  hacer  males  muy  grandes  al  Perú  y 
á  Colombia,  cometieron  una  falta  grave,  permitiendo  que  el  ge- 
neral Santander  dictára  la  contestación  á  Bustamante ,  conce- 
bida en  términos  que  hicieron  poco  honor  á  la  administración 
de  que  eran  parte  (marzo  Í5).  Decia  el  oficio  firmado  por  el  se- 
cretario de  la  guerra,  que  el  ejecutivo  habia  considerado  muy 
detenidamente  el  acta  del  20  de  enero  y  los  demás  documentos 
que  la  acompañaban ;  que  si  atendiera  solo  á  los  principios  le- 
gales que  prohiben  deliberará  la  fuerza  armad  a,  debería  impro- 
bar el  movimiento  de  los  oficiales  de  la  tercera  división  qu*j 
prendieron  y  separaron  á  sus  jefes  nombrados  por  el  gobierno 
colombiano.  Mas ,  que  atendiendo  á  las  circunstancias  y  al  ob- 
jeto, se  disminuía  la  gravedad  de  aquellos  hechos. 


a 


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20  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Entraba  después  á  analizar  lo  que  entendía  por  estas  cir- 
cunstancias ,  y  las  hacía  consistir  en  que  ántes  se  ejecutaron 
muchos  pronunciamientos  que  habian  quedado  impunes,  «  El 
gobierno,  añadía,  considera  detenidamente  estas  circunstancias 
y  halla  en  su  conciencia ,  que  el  honor  de  un  oficial  ligado  con 
juramentos  solemnes  á  las  leyes  de  su  patria,  y  penetrado  del 
fuego  santo  de  la  libertad ,  el  temor  de  ver  perdidas  para  la  Re- 
pública en  esta  época  de  disturbios,  unas  fuerzas  tan  preciosas, 
y  la  distancia  que  las  separaba  del  gobierno  colombiano ,  eran 
estímulos  muy  poderosos  para  emitir  sus  opiniones  y  dar  un 
dia  de  consuelo  á  esta  misma  patria,  afligida  en  extremo  por  los 
sucesos  que  han  lamentado  junto  con  el  gobierno  todos  los  buenos 
patriotas.  »  Aludían  estos  pasajes  al  pronunciamiento  de  Páez 
y  al  olvido  absoluto  que  decretara  el  Libertador  en  Venezuela. 

Bajo  de  este  mismo  plan  continuaba  excusando  el  motín  de 
la  tercera  división,  diciendo  á  Bustamante ,  que  si  probase  las 
sospechas  que  indicaba  de  que  sus  jefes  coadyuvaban  á  desqui- 
ciar las  bases  de  nuestra  constitución,  léjos  de  improbar  la  con- 
ducta de  la  oficialidad  de  la  división ,  el  gobierno  consideraría 
á  esta  y  á  las  tropas,  como  que  «  han  añadido  á  las  coronas  de 
laureles  que  tan  heroicamente  han  ganado  en  los  campos  de 
batalla,  la  corona  cívica  que  corresponde  á  los  ciudadanos  que 
salvan  las  libertades  nacionales.  »  En  seguida  manifestaba 
cuánto  era  lo  que  el  gobierno  colombiano  apreciaba  la  irrefra- 
gable prueba  que  acababa  de  recibir  de  las  virtudes  é  incorrup- 
tibilidad  de  las  tropas  auxiliares  del  Perú  estacionadas  en  Lima. 
Prometía  á  Bustamante  que  ellas  correrían  la  misma  suerte  que 
tocara  al  ejecutivo  nacional,  como  que  se  le  habia  unido  estre- 
chamente ;  en  fin ,  que  á  su  tiempo  les  distribuiría  las  justas 
recompensas ,  manifestando  á  la  oficialidad  y  tropa  que  sabía 
estimar  sus  servicios ,  su  constancia  y  fidelidad;  encargándoles 
que  observáran  la  mas  rígida  disciplina.  Esto  mismo  dijo  á 
Bustamante  por  una  carta  confidencial. 

Era  necesario  enviar  prontamente  á  Lima  un  jefe  que  man- 
dara las  tropas  colombianas  insurreccionadas  en  aquella  capi- 
tal, y  el  vicepresidente  escogió  al  general  Antonio  Obando.  Nt- 
s«s  talentos,  ni  su  prestigio  militar  le  hacían  á  propósito  para 
mandar  á  los  vencedores  en  Ayacucho;  así,  aun  cuando  por 
otra  parte,  su  adhesión  y  obediencia  al  gobierno  prestáran  á  este 
suficientes  garantías,  la  elección  fué  desacertada. 


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tap/tilo  XI!.  21 

Entregóse  al  general  Obando  un  despacho  ascendiendo  á 
José  Buslamante  á  coronel  efectivo  de  infantería,  y  se  le  orde- 
naba en  un  oficio  reservado,  que  le  diera  cumplimiento  en  uno 
de  dos  casos :  primero,  si  de  los  informes  que  toraára  resultaba 
que  los  oficiales  de  la  tercera  división  habían  tenido  motivos 
fundados  para  hacer  el  pronunciamiento  del  26  de  enero ;  y 
segundo,  si  observaba  que  podia  causar  perjuicios  i  la  disci- 
plina militar  la  falta  de  alguna  manifestación  de  parte  del 
gobierno  colombiano  en  favor  de  Bustamante.  En  los  mismos 
casos  dispuso  el  vicepresidente  que  diera  Obando  un  grado  á 
cada  uno  de  los  oficiales  que  mas  se  hubieran  distinguido  en 
promover  y  ejecutar  el  expresado  pronunciamiento.  Con  seme- 
jantes medidas  se  santificaban  los  atentados  cometidos  por  los 
oficiales  de  la  tercera  división,  y  se  echaban  por  tierra  los  se- 
veros principios  de  obediencia  en  que  se  apoya  la  disciplina 
militar. 

Por  este  mismo  tiempo  llegó  á  Bogotá  el  coronel  Escobedo, 
comisionado  por  el  consejo  de  gobierno  del  Perú  para  llevar  al 
Libertador  la  nueva  constitución  de  aquella  República,  las  actas 
por  las  cuales  habia  sido  nombrado  presidente  vitalicio,  los  do- 
cumentos en  que  constaba  haberse  jurado  la  expresada  consti- 
tución y  las  medallas  acuñadas  en  honor  de  Bolívar,  para  ates- 
tiguar y  celebrar  aquellos  grandes  actos.  Habiendo  sufrido  una 
enfermedad  en  el  camino,  Escobedo  arribó  á  la  capital,  al 
tiempo  que  eran  públicas  las  novedades  ocurridas  en  el  go- 
bierno del  Perú,  á  consecuencia  del  motin  de  la  tercera  divi- 
sión. Á  pesar  de  esto  el  coronel  Escobedo  sigue  hácia  Caracas ; 
pero  regresó  en  breve,  cuando  supo  que  Arequipa  y  otras  ciu- 
dades habían  hecho  pronunciamientos  en  el  mismo  sentido 
que  el  de  Lima.  Por  consiguiente,  el  Libertador  jamas  recibió 
los  despachos,  medallas  y  demás  documentos  que  conducía 
dicho  comisionado,  que  se  volvió  á  su  país,  después  de  haber 
vendido  en  Bogotá  las  medallas  de  oro. 

Las  importantes  noticias  del  motin  de  la  división  colombiana 
estacionada  en  Lima  y  las  consecuentes  novedades  ocurridas  en 
ti  gobierno  del  Perú,  se  comunicaron  oficialmente  «al  Liberta- 
dor, á  quien  tanto  interesaban.  Súpose  por  el  oficial  conducto* 
que  las  habia  leido  sin  alteración  alguna,  y  que  dijo  :  «  Co- 
lombia solo  ha  perdido  una  división  de  tropas ;  pero  la  Repú- 
blica peruana  volverá  á  sumirse  en  la  anarquía  de  que  la 


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22  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

habian  sacado  mis  esfuerzos  y  los'  del  ejército  colombiano.  » 
Empero  lo  que  no  pudo  sufrir  Bolívar  sin  la  indignación  mas 
profunda,  fué  la  fiesta  hecha  en  Bogotá  con  motivo  de  los 
sucesos  del  26  de  enero,  y  la  concurrencia  á  ella  del  vicepresi- 
dente de  la  República.  A  tan  justo  sentimiento  se  añadió  el 
asombro,  al  recibir  la  contestación  á  Bustamante  arriba  men- 
cionada. No  podia  concebir  cómo  el  jefe  actual  del  gobierno  de 
Colombia  se  dejára  arrastrar  á  tal  exceso  por  sus  pasiones,  que 
aprobára  y  aun  santificara  la  mas  escandalosa  violación  de  la 
disciplina  militar,  sin  la  cual  jamas  puede  haber  órden  ni  tran- 
quilidad en  los  Estados.  Las  observaciones  que  sobre  dichos 
actos  mandó  insertar  el  presidente  en  el  Reconciliador,  su  pa- 
pel oficial,  al  paso  que  abundaban  en  exactos  raciocinios,  eran 
las  mas  fuertes  contra  la  conducta  del  vicepresidente  y  sus  par- 
tidarios en  aquellas  circunstancias. 

Bajo  del  mismo  plan  estaba  calcada  la  contestación  que  dio 
al  jefe  del  gobierno  sobre  el  oficio  dirigido  á  Bustamante.  Des- 
pués de  pintar  con  enérgicos  colores  la  enormidad  del  crimen 
cometido  por  este  oficial  y  sus  coasociados,  descendía  el  secre- 
tario general  á  manifestar  cuánta  era  la  pena  del  Libertador 
al  oir  la  aprobación  que  el  poder  ejecutivo  habia  dado  á  tan 
nefando  delito,  y  que  hubiese  considerado  á  sus  autores  como 
dignos  de  la  corona  cívica ;  al  observar  que  solo  sentia  no  tener 
datos  seguros  para  distribuirles  recompensas  ;  al  meditar  con 
asombro  esta  inesperada  prueba  de  la  decadencia  que  sufría  la 
moral  del  gobierno  de  la  nación  ;  al  ver  finalmente  que  la  glo- 
ria ántes  adquirida  por  el  ejército  de  Colombia,  en  los  campos 
del  Perú,  habia  quedado  cubierta  de  indeleble  infamia  por  los 
hechos  escandalosos  de  Bustamante  y  de  sus  cómplices. 

Data  de  estos  sucesos  el  rompimiento  entre  Bolívar  y  San- 
tander, que  fué  absoluto,  y  jamas  volvieron  á  tener  coneccio- 
nes.  Es  cierto  que  el  primero,  después  de  dar  los  mencionados 
ataques  oficiales,  no  los  volvió  á  repetir.  El  alma  grande  y 
franca  del  Libertador  se  desdeñaba  de  ocuparse  en  escribir  ar- 
tículos de  periódicos,  y  en  otras  arterías  que  eran  el  elemento 
del  general  Santander.  Habia  mucho  tiempo  que  este  empleaba" 
fon  placer  gran  parte  de  su  tiempo  en  redactar  artículos  para 
la  Gaceta  de  Colombia  y  para  otros  periódicos.  Apénas  habia 
alguno  de  ellos  en  que  directa  ó  indirectamente  no  atacara  al 
Libertador,  á  quien  debia  tan  distinguidos  servicios  y  una  sin- 


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(  APÍrtio  xu.  23 

cera  amistad ;  también  excitaba  á  otros  escritores  de  su  partido 
á  que  hicieran  lo  mismo.  Esta  conducta  no  era  noble,  y  mu- 
chos la  tachaban  con  razón  de  ingratitud.  * 

xM  i  entras  en  Colombia  ocurrían  estos  sucesos  originados  del 
motin  de  la  tercera  división,  en  el  Perú  y  en  los  departamen- 
tos meridionales  de  la  República  se  agolpaban  los  aconteci- 
mientos producidos  por  la  misma  causa.  Vamos  á  referirlos 
trasladándonos  de  nuevo  á  Lima. 

Á  los  cinco  dias  después  de  la  insurrección  de  Bustamante  y 
socios,  salieron  las  tropas  colombianas  de  aquella  capital,  á 
situarse  en  los  puntos  de  Bellavista  y  la  Magdalena.  Antes  de 
marchar  juraron  á  presencia  del  agente  acreditado  de  Colombia 
en  el  Perú,  Cristóval  Armero,  la  constitución  de  la  República 
y  la  obediencia  á  su  gobierno.  Este  juramento  se  prestó  por  los 
cuerpos  con  el  mayor  entusiasmo,  manifestando  en  el  acto  un 
espíritu  nacional  bien  pronunciado.  Desde  ántes  habia  dicho 
oficialmente  el  comandante  interino  al  gobierno  del  Perú,  que 
lo  reconocía  como  á  tal,  y  que  las  tropas  de  su  mando  perma- 
necían en  la  misma  calidad  y  con  los  deberes  de  auxiliares  que 
cumplirían  religiosamente.  Al  hacer  esta  declaración  pedia 
Bustamante  que  el  gobierno  peruano  continuára  asistiéndolas 
con  todo  lo  necesario,  y  que  le  comunicara  las  órdenes  que  á 
bien  tuviera.  La  contestación  del  secretario  de  la  guerra  fué, 
que  su  gobierno  asistiría  á  la  tercera  división  auxiliar  con  todo 
lo  que  necesitase  para  su  subsistencia  y  comodidad,  miéntras  que 
su  conducta  se  conservára  digna  de  los  hijos  de  Colombia.  Bus- 
tamante tuvo  la  firmeza  necesaria  para  mantener  en  las  tropas 
la  disciplina  militar,  sin  embargo  del  funesto  ejemplo  que  él 
mismo  y  los  demás  subalternos  habían  dado  en  contrario.  Fruto 
de  este  sin  duda  fué  la  revolución  que  algunos  cabos  y  sarjen- 
tos  en  número  de  catorce,  pretendieron  hacerle  en  el  mes  de 
febrero.  Mas  descubiertos  se  les  aprehendió,  y  algunos  de  ellos 
fueron  pasados  por  las  armas.  Á  la  par  de  este  ejemplo  de  se- 
veridad, Bustamante  dio  otro  que  alentaba  al  crimen  :  tal  fué 
el  haber  ascendido  á  oficiales  á  veinte  y  nueve  sarjentos  de  los 
^jue  mas  se  distinguieron  en  el  motin  del  26  de  enero;  medida 
que  plagaba  á  la  división  con  subalternos  insubordinados,  fue» 
de  los  muchos  que  por  su  desgracia  tenia  ya  en  su  seno. 

En  tanto  que  la  tercera  división  colombiana  permanecía 
acantonada  en  la  Magdalena,  llegó  de  guarnición  á  la  capital 


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2 i  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

un  cuerpo  de  mil  quinientos  Peruanos,  el  que  ántes  se  hallaba 
estacionado  en  el  valle  de  Jauja. 

En  estos  mismos  dias  se  ocupaban  las  prensas  de  Lima  en 
hacer  publicaciones  las  mas  virulentas  contra  los  Colombianos 
y  contra  Bolívar.  Espíritus  mezquinos  y  almas  bajas  no  podían 
soportar  las  glorias  adquiridas  por  Colombia  y  por  su  Liberta- 
dor, asegurando  para  siempre  la  independencia  del  Perú.  Los 
eminentes  servicios  prestados  generosamente  por  Colombia  y 
por  Bolívar,  cuyos  nombres  habían  sido  respetados  por  los  Pe- 
ruanos, querían  entónces  cubrirse  de  baldón  por  muchos  in- 
gratos que,  libres  ya  de  los  Españoles  por  nuestros  esfuerzos 
combinados,  solo  pensaban  en  atrapar  el  poder  sin  reparar  en 
los  medios.  Apénas  puede  creerse  que  don  José  María  Pando, 
ministro  que  había  sido  del  Libertador  y  su  consejero  íntimo, 
fuese  ahora  uno  de  los  mas  ardientes  promovedores  de  las 
censuras  y  aun  calumnias  contra  Bolívar;  parece  que  con  esta 
baja  é  innoble  conducta  quería  congraciarse  con  el  partido  que 
ejercía  el  poder. 

Santa  Cruz  y  Vidaurre,  Otero,  Aparicio  y  Maríategui  eran 
los  mas  activos  sostenedores  de  este  sistema,  que  contenia  los 
principios  de  una  chocante  inmoralidad  é  ingratitud.  Con  tal 
ejemplo  en  casi  todos  los  puntos  del  Perú  donde  existían  algu- 
nos Colombianos,  se  levantó  una  recia  persecución  contra  ellos, 
que  excitó  quejas  y  enérgicas  reclamaciones  al  gobierno  pe- 
ruano por  tales  agravios ;  tuvo  este  que  dar  órdenes  para  que 
cesaran  tan  indebidos  procedimientos. 

Á  consecuencia  de  las  amargas  censuras  y  de  la  persecución 
que  se  habían  suscitado  contra  los  Colombianos,  la  primera 
división  colombiana,  que  tenia  sus  estancias  en  Arequipa,  com- 
puesta del  batallón  Pichincha  y  de  un  escuadrón  de  húsares 
al  mando  del  general  Figueredo,  salió  de  aquella  ciudad  con 
dirección  al  Puno,  á  fin  de  ponerse  bajo  la  autoridad  del  gene- 
ral Sucre.  El  gobierno  del  Perú  habia  dispuesto  que  se  embar- 
cara inmediatamente  para  Guayaquil,  y  lo  mismo  quería  Sucre; 
sin  embargo  Figueredo  se  denegó  á  cumplir  aquella  disposi- 
ción, creyendo  que  era  un  lanzamiento  ignominioso  ó  inmere-* 
cido  el  que  se  hacía  con  las  tropas  de  su  mando.  En  conse- 
cuencia el  gobierno  peruano  dispuso  en  27  de  febrero  que  no 
se  les  dieran  ningunos  auxilios ;  tuvieron  que  exigirlos  por  la 
fuerza  en  el  Puno  y  en  su  tránsito  hasta  el  Desaguadero.  Ha- 


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CAPÍTULO  XII.  V¿ 

biéndolo  pasado,  se  unieron  dichos  cuerpos  á  la  segunda  di- 
visión que  existia  en  la  Paz  y  en  otros  puntos  de  Bolivia. 
Sucre  determinó  entonces  enviar  á  Colombia  el  batallón  Aya- 
cucho,  en  lugar  de  Pichincha,  que  retuvo  en  aquella  Repú- 
blica. 

Después  del  motin  militar  de  la  tercera  división  en  Lima,  y 
del  cambiamiento  acaecido  en  el  sistema  político  del  Perú  y  en 
las  opiniones  de  muchos  Peruanos,  la  posición  del  general  Su- 
cre como  presidente  vitalicio  de  Bolivia,  vino  á  ser  muy  crítica. 
El  gobierno  de  Buenos  Aires  no  quería  reconocer  á  la  República 
de  Bolivfa,  miéntras  hubiera  en  ella  tropas  colombianas.  Los 
gobernantes  del  Perú  y  los  corifeos  del  nuevo  partido  que  allí 
dominaba,  tenían  la  mayor  desconfianza  de  Sucre  por  ser  Co- 
lombiano y  amigo  íntimo  del  Libertador;  desde  entónces  pre- 
veían que  este  sería  altamente  sensible  á  los  agravios  que  se  le 
irrogaban.  Así,  no  perdieron  tiempo  en  dirigir  á  Bolivia  agen- 
tes secretos  que  promovieran  el  descontento  y  las  revoluciones 
en  esta  República,  sobre  todo  entre  los  soldados  colombianos 
que  allí  moraban.  El  presidente  Sucre,  que  era  justamente 
querido,  dictó  las  providencias  mas  eficaces  para  desvanecer 
tan  infernales  proyectos  :  dejó  también  su  capital  trasladándose 
á  la  Paz  á  fin  de  hallarse  mas  cercano  al  territorio  del  Perú,  de 
donde  se  atizaba  el  fuego  de  la  discordia  civil.  Por  tales  medios 
consiguió  mantener  la  tranquilidad  de  los  pueblos  de  Bolivia 
por  algún  tiempo  mas. 

Los  tiros  del  partido  desorganizador  que  se  había  levantado 
en  Lima,  se  dirigían  principalmente  contra  Colombia.  El  pre- 
sidente del  consejo  de  gobierno  Santa  Cruz  y  sus  ministros 
Vidaurre  y  Salazar,  auxiliados  por  los  generales  Otero,  Aparicio 
y  otros,  se  dedican  á  ganar  la  confianza  del  intruso  comandante 
de  la  tercera  división  á  fin  de  que  haga  lo  que  ellos  quieran. 
En  efecto  lo  consiguen  á  su  placer,  y  luego  que  le  consideran 
como  un  instrumento  dócil  entre  sus  manos,  conciben  proyec- 
tos inicuos  de  desmembrar  i  Colombia  ó  por  lo  ménos  de  revo- 
lucionar sus  departamentos  meridionales. 
*  El  primer  paso  que  dieron  fué  sugerir  á  Bustamante  la  idea 
de  que  regresára  inmediatamente  á  Colombia.  No  detuvo  4 
Santa  Cruz  ni  á  sus  ministros  la  consideración  de  que  en  3t 
de  enero  habían  dicho  de  oficio  al  gobierno  colombiano,  que 
enviara  un  oficial  general  de  su  confianza,  que  sacase  del  Perú 


t 


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26  HISTORIA  OE  COLOMBIA. 

la  división.  Después  de  repetidas  instancias  Bustamante  pasó 
al  ministro  de  la  guerra  Salazar  un  oficio  avisándole  en  4  de 
marzo,  que  habia  resuelto  trasladarse  con  la  división  á  Guaya- 
quil para  que  situándose  allí  ó  en  cualquiera  otro  punto  que 
fuera  conveniente,  dedicára  sus  servicios  en  favor  del  congreso 
nacional  y  de  la  constitución  de  su  patria.  Pedia  trasportes  para 
dos  mil  cuatrocientos  hombres,  víveres,  y  dos  buques  peruanos 
de  guerra  que  convoyasen  la  expedición,  á  fin  de  que  tuviera 
seguridad  (i). 

Esta  proposición  fué  acogida  con  entusiasmo  por  el  gobierno 
del  Perú.  Él  manda. preparar  los  trasportes,  las  provisiones, 
los  vestuarios  y  el  dinero  para  los  ajustamientos  del  prest  de  la 
división,  que  ascendían  á  mas  de  doscientos  mil  pesos.  No  se 
detiene  en  los  males  que  podia  causar  á  su  benefactora  envián- 
dole  tropas  que  habían  conculcado  la  disciplina  militar;  tam- 
poco en  la  falta  de  órdenes  del  gobierno  colombiano  para  el 
regreso,  ni  en  que  se  le  habia  dicho  que  enviase  un  oficial 
general  que  condujera  á  su  patria  las  tropas  auxiliares.  Tan 
importantes  consideraciones,  debidas  entre  dos  pueblos  y  go- 
biernos aliados  y  unidos  estrechamente,  no  detienen  al  Pe- 
ruano. Todo  lo  sacrifica  á  miras  del  momento  y  á  planes  ambi- 
ciosos, que  acaso  existieron,  basados  en  la  desorganización  de 
Colombia.  Y  no  solamente  se  deja  de  dar  aviso  á  su  gobierno 
del  regreso  de  la  tercera  división,  sino  que  se  impide  que  el 
ejecutivo  de  nuestra  República  pueda  recibir  noticias  de  la 
proyectada  invasión.  Ciérrase  el  puerto  del  Callao,  y  no  se 
permite  que  salga  ninguna  embarcación  capaz  de  excitar  alarma 
y  que  se  hicieran  preparativos  de  defensa  en  las  costas  de  Co- 
lombia; aun  el  mismo  agente  de  la  República  en  Lima  ignora 
el  proyectado  regreso  de  las  tropas  auxiliares  hasta  el  13  de 
marzo,  prueba  clara  de  que  se  guardó  una  grande  reserva. 

Añadióse  á  este  procedimiento  sigiloso,  que  entre  tanto 
todos  los  oficiales  colombianos  que  llegaban  al  puerto  del  Callao 
iban  presos  á  bordo  de  la  fragata  Protector,  y  se  les  trataba 
como  si  fueran  de  una  nación  que  estuviera  en  guerra  con^ 
el  Perú.  Esto  sucedió  con  los  coroneles  Luis  Urdaneta  y  Antonio 
tfe  la  Guerra,  enviados  de  Guayaquil  en  comisiones  importan- 
tes del  servicio  público,  el  primero  á  Lima  y  el  segundo  á  Bo- 

(1)  Véase  la  nota 


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<:apítuu>  xii.  27 

liria;  ninguno  de  ellos  pudo  cumplir  sus  encargos  por  los 
embarazos  que  les  puso  el  gobierno  del  Peni,  dirigidos  á  que 
no  se  frustrara  el  envío  de  la  tercera  división,  y  á  que  esta 
hallara  desprevenidas  á  las  autoridades  colombianas  del  sur  de 
la  República. 

Descubrióse  la  trama,  porque  habiendo  sabido  el  agente  de 
Colombia  en  Lima  señor  Armero  la  próxima  partida  de  la  di- 
visión con  destino  á  Guayaquil,  reclamó  enérgicamente  un  pro- 
cedimiento tan  contrario  á  los  intereses  de  los  departamentos 
meridionales.  Entónces  ya  no  pudo  ménos  el  gobierno  del  Perú 
que  permitir  á  Armero  el  envío  de  un  buque  á  Guayaquil;  sin 
embargo  este  no  se  hizo  á  la  vela  basta  el  18  de  marzo,  porque 
soldados  colombianos  y  peruanos,  puestos  á  bordo  de  la  goleta 
Olmedo ,  impidieron  que  esta  zampara  ántes ;  por  consiguiente 
el  mensajero  capitán  Urbina  no  pudo  salir  del  Callao,  sino  la 
noche  anterior  al  dia  en  que  se  hizo  á  la  vela  toda  la  expedi- 
ción colombiana.  Al  siguiente  zarparon  del  mismo  puerto  los 
coroneles  Urdaneta  y  Guerra ;  todos  consiguieron  arribará  Guaya- 
quil ántes  que  la  tercera  división. 

Cuáles  fueran  los  proyectos  que  se  propusieran  los  gobernan- 
tes del  Perú  con  el  envío  furtivo  de  la  expresada  división  á  las 
costas  meridionales  de  Colombia,  no  se  pudo  averiguar  con  evi- 
dencia en  aquella  época.  Aseguróse  por  Bustamante  á  nuestro 
agente  en  Lima,  y  después  en  una  declaración  jurada  que  dió 
en  el  Ecuador,  que  se  le  habia  ofrecido  una  gran  suma  por  que 
agregára  al  Peni  el  departamento  de  Guayaquil  codiciado  por 
aquel  gobierno.  Aunque  Bustamante  se  retractára  después  de 
tal  aserción ,  hízolo  cuando  mendigaba  un  asilo  en  Lima  por 
habérsele  expelido  de  su  país,  y  en  tales  circunstancias  su  re- 
tractación no  merece  crédito.  El  coronel  Urdaneta ,  el  coman- 
dante Guerra  y  el  capitán  Urbina  supieron  en  el  Callao ,  por 
haberlo  oidoá  nuestro  agente  Armero,  así  como  al  coronel  Juan 
Francisco  Elizabelde  y  al  comandante  Camilo  Peña ,  que  perte- 
necían á  la  tercera  división  colombiana,  y  se  hallaban  inicia- 
dos en  todos  los  secretos  relativos  á  la  expedición ,  que  los  de- 
signios de  sus  conductores  eran :  desembarcar  en  dos  columnas 
para  ocupar  á  Guayaquil  y  al  Asuay,  lo  mismo  que  al  Ecuador 
y  á  Pasto  hasta  el  rio  Juanambú;  deponer  á  todas  las  autorida- 
des,  nombrando  otras  el  cabecilla  Bustamante;  expeler  fuera 
del  país  á  los  jefes ,  oficiales  y  empleados  que  no  fueran  de  su 


28  HISTORIA  DB  COLOMBIA. 

agrado,  y  convocar  después  un  congreso  de  representantes  de 
los  tres  departamentos  del  sur,  para  segregados  de  Colombia  y 
unirlos  al  Perú.  Todo  esto  debia  ejecutarse  bajo  el  pretexto  de 
sostener  la  constitución  colombiana.  Los  mismos  jefes  de  la 
tercera  división  dijeron ,  que  ellos  obraban  de  acuerdo  con  el 
general  Santa  Cruz,  presidente  del  consejo  de  gobierno  peruano. 
Lo  prueban  casi  hasta  la  evidencia  todos  los  hechos  que  hemos 
referido  anteriormente ,  cuando  narramos  el  motín  del  26  de 
enero ;  la  cerradura  del  puerto  del  Callao  para  que  las  autori- 
dades colombianas  del  sur  no  pudieran  saber  la  próxima  inva- 
sión (O ;  la  prisión  de  los  jefes  y  oficiales  de  Colombia  que  lle- 
gaban al  Callao;  la  facultad  que  tuvo  Bustamante  de  poner 
soldados  á  bordo  de  la  goleta  Olmedo  para  impedir  su  viaje  á 
Guayaquil,  permitido  en  apariencia  por  el  gobierno  de  Santa 
Cruz;  en  fin,  el  haber  provisto  á  la  tercera  división  de  pertre- 
chos y  de  otros  artículos  militares  para  hacer  la  guerra  á  su 
patria  en  caso  necesario. 

El  presidente  Santa  Cruz  influyó  también  eficazmente  para 
dar  á  Bustamante  un  hombre  que  le  aconsejara  en  los  casos 
arduos.  Era  este  el  antiguo  ministro  de  Venezuela  en  Lóndres 
don  Luis  López  Méndez ,  quien  habia  ido  á  Lima  en  busca  del 
Libertador.  Después  de  haber  recibido  de  Bolívar  atenciones  y 
aun  dinero ,  se  convirtió  en  uno  de  sus  mas  violentos  detrac- 
tores. Él  habia  perdido  mucha  parte  de  su  razón  y  estaba  me- 
dio loco.  Sin  embargo,  se  dijo  entonces  por  los  mismos  jefes  de 
la  tercera  división,  que  López  Méndez  venia  designado  para 
jefe  superior  de  los  tres  departamentos  del  sur,  luego  que  los  fac- 
ciosos se  hubieran  enseñoreado  de  ellos,  y  depuesto  á  las  auto- 
ridades nombradas  por  el  ejecutivo  de  la  República. 

El  gobierno  peruano  franqueó  el  bergantín  de  guerra  Con- 
greso, bajo  de  cuyo  convoy  zarpára  del  Callao  la  expedición  el 
49  de  marzo  al  amanecer.  Componíase  de  cuatro  trasportes  que 
conducían  á  su  bordo  los  batallones  Rifles,  Vencedor,  Araure  y 
Carácas,  junto  con  el  cuarto  escuadrón  de  húsares,  en  número 

o 

^(1)  El  ministro  peruano  se  disculpó  diciendo  :  «  Haber  cerrado  el  puerto 
miéntras  se  sabía  la  causa  por  qué  Guayaquil  habia  expedido  igual  provi- 
dencia. »  Evasión  ridicula  en  que  se  faltaba  á  la  verdad,  pues  en  Guayaquil 
no  se  habia  cerrado  puerto  alguno,  y  aun  cuando  hubiera  sucedido,  esto 
no  era  motivo  para  cerrar  el  del  Callao. 


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CAPÍTULO  XII.  29 

de  mil  ochocientos  hombres  (i).  El  destino  de  las  tropas  era 
desembarcar  á  Rifles,  á  dos  compañías  de  Caracas  y  el  escua- 
drón de  húsares  en  un  puerto  peruano  de  la  provincia  de  Puira, 
y  penetrar  por  allí ,  al  mando  de  Bustamante,  al  territorio  co- 
lombiano de  Loja ,  á  fin  de  apoderarse  del  deparlamento  de 
Asuay.  El  resto  de  la  división ,  regida  por  el  coronel  Juan 
Francisco  Elizalde,  tenia  el  proyecto  de  saltar  á  tierra  en 
Manta  ó  en  otro  puerto  de  la  provincia  de  Manabí,  para  mar- 
char á  enseñorearse  de  la  ciudad  de  Guayaquil ,  así  como 
del  resto  de  tan  importante  departamento.  Súpose  entón- 
eos que  las  tropas  venían  engañadas  por  los  oficiales ,  que  les 
decían,  regresaban  á  su  patria  llamadas  por  el  gobierno.  Creíase 
por  tanto  que  luego  que  se  impusieran  de  la  verdad,  podría 
conseguirse  una  reacción  favorable ,  especialmente  en  el  bata- 
llón Carácas  y  en  el  escuadrón  de  húsares ,  cuyo  espíritu  era  el 
mejor. 

Ya  la  expedición  tenia  diez  dias  de  navegación,  cuando  el 
20  de  marzo  llegaron  á  Guayaquil  el  capitán  Urbina  y  el  coro- 
nel Urdaneta  con  las  noticias  del  próximo  arribo  á  nuestras 
costas  de  la  tercera  división ,  y  de  las  miras  proditorias  que 
traían  sus  intrusos  jefes  contra  la  tranquilidad  y  las  autorida- 
des legítimas  de  los  tres  departamentos  del  Ecuador,  Asuay  y 
Guayaquil.  Estos  dos  últimos  eran  los  que  inmediatamente  se 
hallaban  amenazados,  sin  tener  tropas  que  oponer  á  los  vence- 
dores en  Ayacucho.  El  Asuay,  donde  mandaba  el  general  Igna- 
cio Tórres,  solo  contaba  con  unos  pocos  soldados  veteranos  y 
algunas  milicias.  En  Guayaquil  el  batallón  Guayas,  la  artille- 
ría y  un  escuadrón  de  húsares  reducidos  á  cuadros ,  apénas 
componían  trescientos  cincuenta  y  tres  hombres.  La  artillería 
estaba  desmontada;  no  existían  lanchas  para  defender  el  rio ,  y 
los  buques  de  guerra  se  hallaban  mal  tripulados.  Sin  embargo, 
en  aquella  ciudad ,  donde  mandaba  como  intendente  el  coronel 

(1)  La  división  habia  sufrido  después  del  motín  bajas  considerables.  Se- 
gún el  estado  general  de  31  de  enero  constaba  en  aquel  dia  de  2,728  hom- 
ares, incluyendo  400  enfermos.  Al  embarcarse  dejó  la  mitad  de  estos. 
Provino  la  falta  de  los  demás,  Unto  de  las  deserciones  como  de  que  Busta- 
mante  devolvió  cerca  de  400  Peruanos  de  reemplazos  que  habia  dado  á  11 
división  el  gobierno  del  Perú ,  conforme  al  tratado  que  precediera  al  envío 
de  las  tropas  auxiliares  de  Colombia,  Armado  en  Guayaquil  por  el  general 
D.  Mariano  Portocarrero. 


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30  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Tomas  C.  Mosquera,  residían  entonces  el  jefe  superior  del  sur 
José  Gabriel  Pérez,  los  generales  Valdez,  Paz  del  Castillo,  Hérez, 
Flórez,  Illingrot  y  otros  varios  oficiales  que  podían  servir  mu- 
cho para  la  defensa  de  la  capital. 

El  primer  paso  que  dieron  las  autoridades  de  Guayaquil  fué 
declarar  el  departamento  en  asamblea,  y  el  jefe  superior  dis- 
puso que  hicieran  lo  mismo  los  comandantes  militares  del 
Ecuador  y  Asuay,  á  fin  de  que  se  revistieran  de  grande  autori- 
dad. Activaron  también  los  preparativos  para  la  defensa  de 
Guayaquil ,  restableciendo  las  baterías  arruinadas ,  montando 
la  artillería ,  armando  lanchas  cañoneras,  habilitando  buques 
de  guerra  y  completando  con  milicias  los  cuerpos  de  la  guarni- 
ción. Miéntras  que  estas  providencias  surtían  su  efecto,  mar- 
charon en  comisión  en  busca  de  los  facciosos  invasores,  los  co- 
roneles Mosquera  y  Vicente  González.  El  objeto  de  su  misión 
era,  manifestar  á  Busíamante  y  á  los  demás  jefes  de  la  tercera 
división,  el  estado  en  que  se  hallaban  los  departamentos  del 
sur  y  Colombia  entera,  que  marchaban  según  el  órden  constitu- 
cional, siendo  por  consiguiente  legítimas  todas  las  autoridades 
establecidas  legalmente ;  persuadirles  que  desistieran  de  sus 
pretensiones  contra  la  tranquilidad  de  los  tres  departamentos, 
y  que  sometiéndose  al  ejecutivo  de  la  República ,  siguieran  á 
desembarcar  en  Panamá,  conforme  á  las  órdenes  que  este  había 
ya  comunicado.  Fuera  de  la  expresada  comisión  salieron  los 
generales  Illingrot  y  Hérez  con  un  bergantín  y  una  goleta  de 
guerra  á  ver  si  podían  impedir  el  desembarco ,  aun  usando 
de  la  fuerza. 

Los  comisionados  en  su  crucero  recalaron  sobre  las  costas 
de  Manabí  al  norte  de  Guayaquil ,  donde  supieron  que  una 
parte  de  la  tercera  división,  compuesta  de  cerca  de  novecientos 
infantes,  había  desembarcado  en  los  primeros  dias  de  abril  en 
el  puerto  solitario  de  Manta  y  estaba  ya  en  Montecristi  al  mando 
del  coronel  Juan  Francisco  Elizalde.  La  otra  mitad  á  cuya  ca- 
beza venían  Bustamante  y  su  mentor,  López  Méndez,  había 
tomado  tierra  en  el  puerto  peruano  de  Paita,  á  fin  de  penetrar 
por  la  provincia  de  Loja  á  la  de  Cuenca.  c 
-  El  coronel  Mosquera  ofició  inmediatamente  á  Elizalde  y  envió 
a  tierra  á  su  compañero  González  para  que  hablase  con  este 
jefe  :  hallóle  en  Montecristi  con  el  batallón  Araure,  pues  Ven- 
cedor y  Carácas  estaban  ya  avanzados  en  Jipijapa.  Desde  el 


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r.APÍTÜI.O  XII. 


31 


principio  de  la  conferencia  vió  el  coronel  González  que  las  ideas 
de  Elizalde  y  socios  eran  revolucionarias  enteramente.  Todos 
declamaban  contra  el  Libertador  presidente  llamándole  tirano; 
decían  venir  á  restablecerla  constitución;  que  no  obedecerían 
otras  órdenes  que  las  emanadas  del  poder  ejecutivo;  así  que 
desconocían  á  todas  las  autoridades  constituidas  en  el  sur,  donde 
no  babia  otras  legítimas  que  los  cabildos.  Fundaban  tan  extra- 
vagante aserción  en  que  los  intendentes,  los  comandantes  gene- 
rales y  demás  empleados  babian  contribuido  á  la  formación  de 
actas  en  que  se  conferia  la  dictadura  á  Bolívar,  y  eran  partida- 
rios de  la  presidencia  vitalicia  que  según  aseguraban  venían  á 
destruir. 

Estas  mismas  ideas  emitió  Elizalde  en  un  largo  oficio  dirigido 
en  6  de  abril  al  jefe  superior  y  á  la  municipalidad  de  Guaya- 
quil. Anadia,  que  los  jefes  de  la  división  estaban  convencidos 
de  que  Bolívar  no  pensaba  en  la  felicidad  de  los  pueblos,  sino 
en  esclavizarlos  por  medio  de  la  constitución  boliviana;  así  que 
la  tercera  división  no  desistiría  del  proyecto  que  babia  empren- 
dido ,  basta  que  el  Libertador  se  presentara  ante  el  congreso  de 
la  República  como  simple  ciudadano,  y  diera  cuenta  de  su 
conducta  en  el  Perú.  Terminaba  diciendo  que  nada  contendría 
la  marcha  de  la  división  hasta  que  consiguiera  ver  á  los  depar- 
tamentos del  sur  libres  de  toda  autoridad  que  le  fuera  sospe- 
chosa; y  que  mientras  se  constituían  bajo  de  la  forma  de  go- 
bierno que  determinára  el  congreso,  serian  mantenidos  en  el 
mejor  órden. 

El  coronel  Miguel  Delgado,  que  ejercía  mando  eu  la  provin- 
cia de  Manabí,  conferido  por  el  ejecutivo  de  la  República,  hizo 
traición  á  sus  juramentos  uniéndose  á  los  facciosos,  y  dió  pro- 
clamas incendiarias  lleuas  de  principios  subversivos.  Todos 
estos  jefes  hacían  activamente  sus  preparativos ,  para  marchar 
sobre  la  ciudad  de  Guayaquil  y  ocuparla  á  viva  fuerza,  en  caso 
de  que  opusiera  alguna  resistencia. 

Luego  que  el  jefe  superior  Pérez  y  las  demás  autoridades 
supieron  por  los  informes  del  coronel  Mosquera  las  miras  hos- 
tiles y  los  proyectos  de  la  tercera  división,  se  prepararon  á  re- 
sistir el  doble  ataque.  El  general  Flórez  y  el  coronel  Fébrej 
Cordero  siguieron  al  departamento  del  Ecuador  á  fin  de  opo- 
nerse á  Bustamante ;  excelente  providencia,  que  salvó  á  los  de- 
partamentos meridionales  de  que  fuesen  víctimas  de  los  proyec- 


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32  HISTORIA  DE  COLOMBIA* 

tos  subversivos  de  estos  nuevos  pretorianos,  como  se  lesJlamára 
justamente. 

Habíase  adelantado  bastante  para  la  defensa  de  Guayaquil 
trabajando  con  actividad  y  constancia;  mas  no  era  posible  que 
se  consiguiera.  El  espíritu  de  la  mayoría  de  la  población  no  se 
habia  decidido  por  una  eficaz  resistencia.  Fuera  de  esto,  desde 
Lima  habia  dicho  Elizalde  estar  seguro  de  que  tendria  la  coo- 
peración de  su  hermano  Antonio,  coronel  y  jefe  de  estado 
mayor  de  la  plaza,  y  la  de  Rafael  Merino,  segundo  comandante 
del  batallón  Guayas,  hombres  de  familias  distinguidas  y  de 
bastante  influjo  en  la  ciudad.  Estos  y  el  general  Jesús  Bárrelo 
de  acuerdo  con  Juan  Francisco  Elizalde  ganaron  la  tropa  de 
Guayas  y  la  de  artillería  y  dispersaron  en  piquetes  al  escuadrón 
de  húsares,  cuyo  comandante  Lecumberri  se  mantenía  fiel  al 
gobierno.  Seguros  ya  de  que  nadie  era  capaz  de  oponérseles, 
estalló  la  revolución  á  las  dos  de  la  mañana  del  46  de.  abril. 
Cuando  la  supieron  los  generales  Pérez ,  Valdez  y  el  intendente 
Mosquera,  ya  no  podian  impedirla.  Trasladáronse,  pues,  á  bordo 
del  bergantín  de  guerra  Congreso,  con  el  objeto  de  estar  libres 
de  los  insultos  de  los  revolucionarios,  y  de  salvar  á  dicho  bu- 
que, la  goleta  Olmedo  y  el  bergantín  Chimborazo,  que  se  hallaba 
anclado  al  fin  de  la  isla  de  Santay,  dos  tercios  de  legua  distante 
de  la  ciudad.  Habiéndolo  conseguido,  supieron  que  los  demás 
oficiales  que  permanecían  fieles  al  gobierno  de  la  República 
habían  sido  reducidos  á  prisión,  y  que  otros,  entre  ellos  el  ge- 
neral Hérez,  estaban  ocultos  para  libertarse  de  la  rabia  de  los 
sublevados. 

Antonio  Elizalde,  el  principal  de  ellos,  mandó  reunir  muy 
temprano  á  la  municipalidad  (abril  1G)  y  le  incluyó  un  oficio 
de  su  hermano  Juan  Francisco,  en  que  manifestaba  las  miras 
é  ideas  de  los  jefes  de  la  tercera  división.  Decia  este  que  la  cor- 
poración debia  a  elegir  un  jefe  de  la  administración  departa- 
mental, respecto  de  que  las  autoridades  nombradas  por  el  ejecu- 
tivo de  Colombia  ejercían  facultades  inconstitucionales  que 
vejaban  y  oprimían  las  libertades  públicas.  »  —  Juntóse  en 
efecto  la  municipalidad, y  el  resultado  fué  convocar  una  ásame 
^lea  popular,  con  cuyo  acuerdo  y  consentimiento  se  estampó 
en  el  acta  —  «  que  habiendo  las  autoridades  abandonado  la 
ciudad  dejándola  acéfala,  era  indispensable  que  la  corporación 
procediese  á  nombrar  un  jefe  de  la  administración,  que  reu- 


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CAPÍTULO  XII. 


niendo  el  poder  civil  y  el  militar,  proveyese  á  la  conservación 
del  órden  público.  »  También  se  acordó  en  la  junta  popular, 
que  á  los  cabecillas  de  la  facción  Antonio  Elizalde  y  Rafael  Me- 
rino, se  les  confiriese  el  grado  inmediato,  «  como  una  remune- 
ración del  importante  servicio  que  habían  hecho  á  la  patria, 
salvándola  de  los  horrores  de  la  guerra  civil.  »  En  acto  continuo 
el  gran  mariscal  del  Perú,  don  José  de  Lámar,  que  se  hallaba  en 
Guayaquil  y  que  estaba  próximo  á  seguir  á  Lima  como  diputado 
al  congreso,  fué  elegido  jefe  civil  y  militar.  Llamado  á  la  sala 
de  la  sesión,  después  de  haber  arengado  al  pueblo  dándole  gra- 
cias por  el  honor  que  le  hacía,  se  excusó  de  admitir  el  destino 
diciendo  —  a  que  expresaría  las  razones  á  la  municipalidad, 
luego  que  se  retirára  el  pueblo.  »  Hízolo  así ,  y  aunque  ignora- 
mos los  motivos  alegados,  suponemos  sería  el  principal,  que 
era  general  peruano  y  no  debia  mezclarse  en  las  revueltas  de 
Colombia.  Así  era  en  efecto,  y  mucho  ménos  debia  Lámar  po- 
nerse á  la  cabeza  de  una  facción ,  cuyos  tiros  se  dirigían  en  su 
mayor  parte  contra  el  Libertador  presidente,  á  quien  debia 
grandes  honores  y  distinciones.  Empero  Lámar  desde  entonces 
manifestó  la  secreta  envidia  que  roía  su  corazón  por  la  decidida 
superioridad  y  gloria  que  Bolívar  habia  adquirido  en  el  Perú. 

Rechazadas  por  la  municipalidad  las  excusas  de  una  mode- 
ración que  sospechamos  era  aparente,  diciéndole  que  jamas 
podría  ser  comprometida  su  delicadeza,  ni  aun  por  la  calumnia, 
pues  era  notorio  su  desprendimiento }  Lámar  se  dió  por  con- 
vencido, prestando  el  juramento.  El  coronel  Antonio  Elizalde 
fué  nombrado  comandante  de  armas  por  la  misma  municipali- 
dad. En  seguida  Lámar  ascendió  á  Merino  á  teniente  coronel 
efectivo,  y  no  hizo  general  á  Antonio  Elizalde,  porque  dijo  era 
su  sobrino.  ¡  Delicadeza  hipócrita  como  gran  parte  de  los  actos 
administrativos  de  Lámar!  Este  y  la  municipalidad  durante  la 
época  dilatada  de  aquella  farsa,  conferian  grados  y  empleos 
militares  que  solo  podían  darse  por  el  ejecutivo  y  el  senado; 
sin  embargo,  aseguraban  con  mucha  seriedad  que  era  consti- 
tucional la  marcha  del  departamento  de  Guayaquil,  porque 
ellos  lo  decían,  y  porque  acusaban  el  recibo  de  la  correspon- 
dencia oficial,  y  daban  algunos  avisos  al  gobierno  residente  e* 
Bogotá. 

Cuando  sucedía  todo  esto  en  la  plaza,  el  capitán  de  navio 
Antonio  Luzárraga,  por  órdenes  de  Elizalde  y  después  de  La- 

TOMO  IV.  3 


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34 


ttlSIURU  ܣ  COLOMBIA. 


mar,  negociaba  con  el  jefe  superior  Pérez  y  con  el  comandante 
general  Valdez,  la  entrega  de  los  tres  buques  de  guerra  que 
aun  estaban  á  sus  órdenes  en  el  rio  de  Guayaquil.  Aquellos 
jefes  convinieron  al  fin  en  que  los  entregarían,  Siempre  que  se 
pusieran  á  su  disposición  los  oficiales  presos  por  ser  adictos  al 
gobierno  constitucional,  y  que  se  les  dieran  trasportes  para  se- 
guir á  Panamá  precisamente;  esta  condición  fué  exigida  por  los 
facciosos  que  pretendían  alejar  del  Ecuador  á  dichos  jefes  y  ofi- 
ciales, porque  temian  les  hicieran  la  guerra. 

Celebrada  esta  transacción  harto  censurable ,  cuando  aparece 
que  podían  salvarse  aquellos  buques  de  guerra  navegando  á  los 
puertos  de  Buenaventura  ó  Panamá,  el  intendente  Mosquera 
estuvo  en  tierra  para  sacar  á  su  mujer,  lo  que  consiguió ,  y 
salvar  también  al  general  Hérez.  Vióse  con  Lámar  y  tuvo  con 
él  una  larga  conferencia,  en  la  que  este  solo  dió  respuestas  eva- 
sivas. Hizo  io  mismo  por  escrito  contestando  á  las  protestas  que 
le  dirigieron  el  jefe  superior  y  el  intendente  Mosquera.  Asegu- 
raba en  su  contestación  haber  aceptado  el  mando  solo  porque 
se  le  había  hecho  creer  que  de  este  modo  se  evitarían  males. 
Pero  nada  hizo  por  restablecer  el  órden  constitucional  0). 

Lámar  y  la  municipalidad  dieron  cuenta  al  poder  ejecutivo 
de  las  ocurrencias  del  16  de  abril :  aquella,  en  una  larga  expo- 
sición en  que  elogiaba  mucho  los  servicios  prestados  por  el  de- 
partamento de  Guayaquil  á  la  causa  de  la  Independencia,  y  se 
quejaba  amargamente  de  las  autoridades  que  habían  ejercido  el 
mando.  Decia  que  algunas  de  ellas  habían  oprimido  á  los  pue- 
blos é  insultado  la  moral  pública,  aun  el  mismo  día  de  su 
fuga;  añadía  que  para  evitar  los  males  de  una  guerra  civil,  no 
les  quedó  otro  arbitrio,  que  seguir  el  voto  de  la  milicia  auxiliar 
pronunciada  contra  la  guerra ;  que  habiéndose  fugado  las  au- 
toridades dejando  acéfalo  el  departamento,  pedían  como  una 
gracia,  que  miéntras  se  reunía  la  convención  nacional,  el  poder 
ejecutivo  ratificara  las  elecciones  de  gobernantes  que  habían 
hecho,  y  que  diese  los  ascensos  que  el  acta  revolucionaria  re- 

c 

#  (1)  Los  jefes  y  oficiales  que  por  su  fidelidad  y  firmeza  merecieron  que 
se  Ies  remitiera  á  Panamá,  fueron  los  generales  Valdez,  Pérez  y  Hérez  ;  los 
coroneles  Urdane ta  y  Mosquera,  los  comandantes  Campos  y  Lecumberri,  los 
capitanes  Lake  ,  Valbuena,  Guerra  y  Tórres,  con  ocho  subalternos  ,  cuatro 
sárjenlos  y  diez  y  ocho  soldados. 


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r.\pÍTur.o  xn.  Mi 

comendaba  en  favor  de  Elizalde  y  Merino ,  dejando  los  destinos 
de  la  administración  pública  encargados  á  los  hijos  de  Guaya- 
quil. El  oficio  de  Lámar  al  secretario  del  interior  se  reducía  á 
enviar  copia  del  acta  de  la  municipalidad,  á  decir  que  había 
admitido  el  mando  con  repugnancia  y  que  no  dudaba  que  el 
vicepresidente  de  la  República  llenaría  sin  tardanza  la  falta  de 
las  autoridades  depuestas,  porque  el  destino  que  se  le  habia 
conferido  costaba  mil  inquietudes  á  su  delicadeza,  aunque  le 
era  muy  satisfactorio  conservar  el  órden  y  la  tranquilidad.  Re- 
mitía al  mismo  tiempo  una  lista  de  los  oficiales  que  habían  se- 
guido presos  á  Panamá,  hecho  que  se  verificó  por  lo  ménos  con 
su  anuencia,  y  enviando  al  bergantín  Congreso  para  que  obli- 
gara á  los  desterrados  á  dirigirse  precisamente  á  aquel  puerto; 
sin  embargo  de  que  eran  las  autoridades  legitimas  del  depar- 
tamento. A  pesar  de  esto  Lámar  y  la  municipalidad  decían  y 
repitieron  por  largo  tiempo,  que  todo  era  constitucional  en 
Guayaquil,  lenguaje  que  podemos  caracterizar  de  una  burla 
ridicula. 

Consumada  aquella  revolución,  Juan  Francisco  Elizalde  y  so- 
cios ocuparon  á  Guayaquil  con  las  tropas  que  mandaban  tan 
ilegítimamente  como  Lámar,  y  de  acuerdo  con  este  dispusieron 
de  todo  á  su  antojo,  pues  aquel  jefe  era  débil  y  condescendiente 
en  extremo.  Gran  número  de  personas  que  no  pertenecían  á  la 
facción,  tuvieron  que  huir  de  las  persecuciones;  á  otros  ciuda- 
danos se  les  prendió  vejándolos  arbitrariamente. 

Los  demás  cantones  del  departamento  invitados  por  la  muni- 
cipalidad de  la  capital,  hicieron  el  mismo  pronunciamiento  y 
aprobaron  la  elección  del  general  Lámar  y  la  de  comandante  de 
armas  en  el  coronel  Antonio  Elizalde. 

En  el  intermedio  José  Bustamante  habia  ocupado  á  Loja  con 
el  batallón  Rifles ,  dos  compañías  de  Cárácas  y  el  cuarto  escua- 
drón de  húsares.  Allí  mando  celebrar  un  acta  revocando  la 
anterior  que  conferia  á  Bolívar  la  dictadura.  Avanzóse  después 
á  Cuenca,  cuya  capital  ocupára  (abril  25)  sin  resistencia  alguna, 
porque  el  general  Ignacio  Tórres,  que  ejercía  la  autoridad  legí- 
tima, no  tenia  fuerzas  que  oponerle.  Este  no  dejó  la  ciudad  para 
ver  si  conseguia  persuadir  á  Bustamante  que  abandonára  suf 
proyectos.  En  sus  comunicaciones  oficiales  al  poder  ejecutivo  y 
a  otros  magistrados,  decia  Bustamante  que  su  plan  era  sostener 
la  constitución  y  la  autoridad  del  congreso  en  los  departamentos 


•  * 

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3H  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

del  sur,  sometiéndolos  al  gobierno  constitucional.  Has  conforme 
á  lo  que  el  mismo  Bustamante  y  sus  oficiales  comunicaron  á 
sus  amigos,  tenían  el  proyecto  de  privar  de  sus  destinos  á  todas 
las  autoridades  de  los  tres  departamentos,  poner  otras  que  les 
gustáran ,  y,  según  dijeron  algunos ,  independizar  de  Colombia 
aquellos  departamentos  para  unirlos  al  Perú.  Nada  pudo  conse- 
guir Torres  con  Bustamante,  que  insistía  en  trasladarse  á  Quito 
á  fin  de  realizar  sus  planes. 

Empero  se  le  presentaba  un  obstáculo  harto  grave.  Este  era 
el  general  Flórez,  que  situado  en  Riobamba  con  el  coronel  Cor* 
dero  organizaba  tropas  y  reunía  elementos  militares  para  opo- 
nerse con  vigor  á  los  proyectos  de  Bustamante  y  de  sus  cómpli- 
ces. Dotado  de  un  talento  vivo ,  penetrante  y  propio  para  las 
intrigas ,  Flórez  se  aprovecha  de  la  circunstancia  de  haberse 
encontrado  en  San  Miguel  de  Chimbo  con  el  capitán  José  Ramón 
Bravo,  conductor  para  Bustamante  de  la  contestación  del  go- 
bierno de  la  República,  al  parte  que  le  diera  aquel  de  la  revo* 
lucion  del  26  de  enero.  Allí  instruye  á  Bravo  de  las  dañadas 
intenciones  que  vociferaban  Bustamante  y  muchos  de  sus  ofi- 
ciales para  despedazar  el  sur  de  la  República ;  le  da  informes 
exactos  de  las  secretas  ocurrencias  que  hubo  en  Lima  para  re- 
solver la  marcha  de  la  división;  y  le  pide  á  nombre  de  la  pa- 
tria que  emplee  todo  su  influjo  con  el  batallón  Rifles  á  fin  de 
que  asegurando  á  los  jefes  y  oficiales  sospechosos,  se  haga  en 
este  y  en  los  demás  cuerpos  un  cambiamiento  que  evite  la  guerra 
civil  que  está  para  romperse.  El  capitán  Bravo,  cuyo  patriotismo 
logró  excitar  Flórez,  ganando  al  mismo  tiempo  su  confianza, 
ofreció  hacerlo,  si  se  confirmaban,  luego  que  se  uniera  á  la  di- 
visión, las  noticias  y  sospechas  que  se  tenian  de  los  planes  de 
Bustamante. 

Reunido  á  este  en  Cuenca  le  observa  algunos  días,  y  asegu- 
rándose de  que  abrigaba  proyectos  hostiles  contra  su  patria ,  le 
increpa  su  traición  y  le  amenaza  con  el  castigo.  Entonces  Bus* 
lámante  le  pone  preso  para  remitirlo  á  Guayaquil.  Mas  bien 
pronto  recibe  el  castigo  debido  á  sus  miras  proditorias  y  á  los 
funestos  ejemplos  que  habia  dado  contra  la  disciplina  militad 
Tin  la  madrugada  del  5  de  mayo  Bravo  quebranta  su  prisión, 
se  coloca  á  la  cabeza  de  un  piquete  del  cuarto  de  húsares  que 
estaba  de  acuerdo,  y  se  presenta  en  el  cuartel  de  Rifles;  en 
breve  este  cuerpo  se  pone  á  sus  órdenes,  pues  le  habla  á  nombre 


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CAPÍTULO  XII.  37 

de  la  patria  y  del  Libertador.  Seguro  ya,  reduce  á  prisión  á 
Bustamante,  á  su  consejero  López  Méndez  y  á  cuarenta  oficia- 
les de  la  facción  desorganizadora.  Inmediatamente  salieron  los 
cuerpos  de  sus  cuarteles,  y  formados  en  la  Plaza  Mayor  victo- 
rearon á  la  República  de  Colombia,  á  su  gobierno  y  al  Liberta- 
dor presidente,  padre  de  la  patria,  sujetándose  á  las  órdenes  del 
general  Torres.  Así  terminó  la  expedición  de  Bustamante,  quien 
fué  remitido  preso  con  López  Méndez  y  pocos  oficiales  al  gene- 
ral Flórez :  á  los  demás  los  puso  Torres  en  libertad,  y  huyeron 
á  Guayaquil  ó  al  Perú. 

Flórez  se  hallaba  situado  en  Alausi,  puuto  céntrico,  para 
oponerse  á  los  enemigos  que  le  atacaban  por  la  parte  de  Cuenca ; 
al  general  Barrete,  que  con  cuatrocientos  hombres  marchaba 
por  el  camino  de  Yaguacbi  á  unirse  con  Bustamante,  y  al  co- 
ronel Antonio  Elizalde,  que  montaba  la  cordillera  por  la  ruta 
de  Babahoyos  con  el  resto  del  batallón  Caracas.  La  marcha  de 
estos  cuerpos  se  retardó  un  poco,  y  entre  tanto  supierou  los 
facciosos  que  ya  no  podian  contar  con  las  fuerzas  que  mandaba 
Bustamante,  que  se  habían  pasado  á  las  filas  del  gobierno.  Por 
consiguiente  en  vez  de  tomar  la  ofensiva  se  limitaron  desde 
entónces  á  defender  el  departamento  de  Guayaquil  contra  las 
fuerzas  que  juntaba  Flórez  en  las  provincias  del  Ecuador  y 
Asuay. 

Teniendo  Flórez  en  su  poder  á  Bustamante  y  á  los  mas  acti- 
vos revolucionarios,  pensó  valerse  del  primero  para  ver  si  podia 
conseguir  una  reacción  favorable  al  orden  y  al  legítimo  go- 
bierno en  los  cuerpos  de  la  tercera  división  existentes  en  Guaya- 
quil. Propúsolo  á  Bustamante,  y  este  para  libertarse  de  la  pri- 
sión lo  ofrece  todo  y  nada  cumple.  Hizo  los  mismos  ofrecimien- 
tos López  Méndez  con  una  bajeza  y  malicia  muy  chocantes ; 
pero  no  se  le  creyó  sincero,  como  tampoco  lo  era  Bustamante. 
Trasladándose  este  á  Guayaquil  Lámar  le  entregó  el  mando  de 
los  cuerpos  de  la  tercera  división :  con  ellos  siguió  apoyando  la 
rebelión  principiada,  sin  acordarse  de  sus  promesas  en  con- 
trario. 

•  Desde  la  prisión  de  Bustamante  y  sus  partidarios  en  Cuenca, 
quedó  asegurada  la  tranquilidad  y  el  órden  de  los  departamen* 
tos  del  Ecuador  y  Asuay.  Estos  eran  una  excelente  base  de 
operaciones  para  sojuzgar  al  de  Guayaquil.  Tan  felices  sucesos 
fueron  debidos  en  su  mayor  parte  á  los  talentos,  firmeza  y  acti- 


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38  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

* 

vidad  de  Flórez,  apoyado  por  el  general  Torres  y  por  los  coro- 
neles Vicente  González  y  León  Fébres  Cordero. 

Hé  aquí  la  situación  de  los  negocios  cuando  llegó  (mayo  46) 
el  general  Antonio  Obando,  enviado  por  el  ejecutivo  para 
encargarse  del  mando  de  la  tercera  división.  Habiendo  en- 
contrado en  Riobamba  á  Rifles  y  á  los  demás  cuerpos  que 
se  habian  sometido  al  gobierno,  fué  reconocido  como  jefe  de 
aquellas  tropas.  Antes  de  seguir  á  Guayaquil,  los  generales 
Tórres  y  Flórez  le  instruyeron  completamente  del  estado  en 
que  se  bailaban  los  facciosos  y  de  sus  miras  encubiertas  por 
la  hipocresía ;  que  ellos  predicaban  obediencia  al  gobierno  y 
decían  que  todo  marchaba  en  la  plaza  por  el  sendero  cons- 
titucional; pero  que  estas  solo  eran  palabras  vacías  de  sen- 
tido, pues  en  casi  todos  los  negocios  obraban  discrecional- 
mente  y  según  les  convenia. 

Antes  de  que  Obando  se  presentara  en  Guayaquil  ocurrieron 
dos  sucesos  importantes.  El  primero  fué  haber  llegado  á  Quito 
el  jefe  superior  general  Pérez,  que  burlando  la  vigilancia  del 
bergantín  Congreso,  enviado  por  los  facciosos  para  obligarle  á 
recalar  á  Panamá,  pudo  desembarcar  en  el  puerto  de  Esmeral- 
das con  varios  oficiales  y  algunos  soldados ;  desde  allí  siguió 
por  tierra  á  la  capital.  El  segundo  fué  el  arribo  á  las  costas  de 
Guayaquil  del  batallón  Ayacucho  embarcado  en  Arica  y  proce- 
dente de  Bolivia,  de  donde  lo  enviaba  el  general  Sucre.  Venia 
sin  armamento  y  traía  la  fuerza  de  setecientos  hombres  distri- 
buidos en  dos  trasportes.  El  teniente  coronel  Anzoátegui,  que  lo 
mandaba,  llegó  eH6  de  mayo  hasta  la  isla  de  Puná  con  cuatro- 
cientos cincuenta  y  cinco  hombres,  pues  el  resto  se  había 
atrasado  en  otra  embarcación.  Sabiendo  Anzoátegui  el  desórden 
que  reinaba  en  Guayaquil  y  su  inobediencia  al  gobierno  de  la 
nación,  levó  anclas  dirigiéndose  á  Máchala.  Desde  aquí  em- 
prendió seguir  á  Cuenca  por  el  camino  del  Naranjal.  Auxiliado 
oportunamente  por  el  general  Tórres  pudo  vencer  la  fragosidad 
de  aquella  ruta  y  llegar  á  Cuenca  el  2  de  junio.  Este  procedi- 
miento del  coronel  Anzoátegui  mereció  la  aprobación  de  todos 
los  hombres  amigos  del  órden  y  del  gobierno.  * 
•  No  lo  imitó  el  segundo  comandante  del  batallón,  Manuel  de 
la  Barrera.  Este  después  de  arribar  también  á  Máchala  no  quiso 
obedecer  á  su  jefe,  quien  le  prevenía  marchase  á  Cuenca.  Se 
dejó  seducir  por  los  sofismas  de  los  gobernantes  de  Guayaquil, 


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CAPÍTULO  XII.  39 

y  poniéndose  á  las  órdenes  de  Lámar  le  llevó  doscientos  veinte 
y  cuatro  hombres,  que  aumentaron  las  fuerzas  de  la  facción 
dominante  en  la  plaza. 

El  mando  de  la  tercera  división,  que  se  había  conferido  á 
José  Bustamante,  no  impidió  el  que  habiendo  arribado  á  Guaya- 
quil ocho  dias  después  el  general  Obando,  también  se  le  hiciera 
reconocer  como  jefe  de  aquellas  tropas.  Empero  tal  reconoci- 
miento y  obediencia  que  se  le  prestara,  solo  era  miéntras  orde- 
naba cosas  que  fueran  del  gusto  de  Lámar  y  de  los  Elizaldes. 
Á  pesar  de  que  veía  esto  ó  debia  verlo  con  claridad,  Obando  se 
dejó  alucinar  por  medio  de  palabras ;  él  escribía  al  secretario 
de  la-guerra  que  todo  iba  muy  bien  y  que  en  Guayaquil  reina- 
ban la  constitución  y  las  leyes.  Lo  mismo  decia  Lámar,  por- 
que contestaba  las  órdenes  que  le  dirigían  las  respectivas  secre- 
tarias de  Estado. 

Mas  el  jefe  superior  del  sur,  José  Gabriel  Pérez,  le  expuso  á 
una  prueba  que  manifestó  la  hipocresía  de  Lámar  y  de  la  mu- 
nicipalidad de  Guayaquil  en  sus  fementidas  protestas.  Hallán- 
dose Pérez  en  el  goce  de  las  facultades  que  se  habían  concedido 
á  su  empleo,  luego  que  volviera  al  Ecuador,  se  trasladó  á  San 
Miguel  de  Chimbo,  donde  Flórez  tenia  su  cuartel  general.  En- 
tónces  previno  á  este  que  llevando  una  división  de  mil  tres- 
cientos hombres  de  infantería  y  caballería,  marcbára  sobre 
Guayaquil  á  fin  de  ocupar  el  departamento,  restablecer  el 
órden  constitucional,  sacar  de  allí  los  restos  de  la  tercera  divi- 
sión junto  con  los  jefes  que  promovían  los  desórdenes  y  guar- 
necer la  plaza  con  uno  de  los  cuerpos  que  llevaba  y  que  fuera  de 
su  confianza.  En  cumplimiento  de  tales  disposiciones  Flórez  se 
pone  en  marcha  (junio  6)  para  Babahoyo,  pueblo  que  ocupa 
sin  resistencia  alguna.  Allí  se  le  incorpora  la  mayor  parte  del 
batallón  Caracas,  así  como  varios  oficiales  y  habitantes  de  Guaya- 
quil que  se  hallaban  disgustados  con  la  facción;  también  le 
encuentra  una  comisión  que  le  dirigían  la  municipalidad  y  el 
general  Lámar.  Después  de  algunas  conferencias  se  acordó  un 
avenimiento  cuyas  bases  principales  eran  :  que  los  cuerpos  de 
]ft  tercera  división  siguieran  á  Panamá  y  á  Pasto ;  que  Guaya- 
quil sería  guarnecida  por  tropas  de  las  que  llevaba  Flórez,  > 
que  Lámar  continuára  en  el  mando  que  ejercía,  hasta  que  el 
gobierno  dispusiera  otra  cosa. 

La  municipalidad  de  Guayaquil  desaprobó  estas  condicio- 


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40  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

nes,  obstinándose  en  que  Flórez  no  adelantára  sus  marchas. 
Este  cumpliendo  las  instrucciones  del  jefe  superior  no  accede, 
y  prosigue  avanzando  hácia  la  villa  de  Daule  por  el  mejor 
camino  para  llegar  á  la  ciudad  capital.  Ocupa  á  Baba  y  atra- 
viesa el  rio  Vinces,  aunque  molestado  por  algunas  partidas  de 
paisanos  armados.  Entre  tanto  supo  que  los  batallones  Vence- 
dor y  Guayas,  dos  compañías  de  Ayacucho,  la  artillería  y  las 
milicias  de  Guayaquil  venian  á  marchas  forzadas  á  defender  el 
paso  de  San  Gabriel  en  el  rio  Daule.  Entónces  Flórez  por  un 
movimiento  rápido  que  ejecutára  el  16  de  junio  se  anticipó,  y 
á  las  tres  y  media  de  la  tarde  la  división  habia  pasado  ya  aquel 
rio,  batiendo  poco  después  á  doscientos  jinetes  de  Guayaquil  y 
tomando  prisionera  una  partida  de  húsares  que  dirigía  el  co- 
mandante Merino.  Con  esta  noticia  el  gran  mariscal  Lámar 
juzgó  prudente  hacer  que  sus  tropas  contramarcháran  á  la 
plaza,  movimiento  que  ejecutaron  en  mucho  desorden.  Flórez 
no  las  quiso  perseguir,  ni  cortar  al  batallón  Guayas  para  evitar 
el  derramamiento  de  sangre.  Ocupó  sin  embargo  la  villa  de 
Daule,  donde  descansaron  sus  tropas  de  las  fatigas  y  privacio- 
nes que  habian  sufrido.  Desde  aquí  procuró  negociar  un  aveni- 
miento que  tuviera  por  base,  el  que  Guayaquil  recibiera  la 
guarnición  que  traia,  y  que  siguieran  á  otros  destinos  los  cuer- 
pos existentes  de  la  tercera  división.  Mas  todos  los  esfuerzos  de 
Flórez  resultaron  vanos.  Tanto  la  municipalidad  como  Lámar, 
y  aun  el  mismo  general  Antonio  Obando,  decían  á  Flórez,  que 
habiendo  las  autoridades  abandonado  la  capital  el  16  de  abril, 
no  se  les  debia  reconocer  nuevamente  ni  alterar  cosa  alguna  de 
lo  hecho  hasta  que  se  recibiera  la  resolución  del  poder  ejecu- 
tivo nacional,  á  quien  se  habia  dado  cuenta  de  todos  aquellos 
sucesos.  Este  era  un  efugio  miserable  de  parte  de  la  municipa- 
lidad y  de  Lámar;  pero  que  Obando  lo  hubiera  prohijado  con 
el  mayor  calor  es  lo  que  no  se  puede  explicar.  Instado  por  el 
jefe  superior  Pérez  para  que  asumiera  el  mando  del  departa- 
mento y  restableciera  el  orden  constitucional  en  virtud  de  la 
autorización  expresa  que  el  ejecutivo  habia  conferido  al  jefe 
superior  para  nombrar  las  primeras  autoridades  de  Guayaquil? 
respondió  :  —  a  que  en  esta  ciudad  regia  la  constitución  y  que 
mas  derecho  tenia  para  mandar  el  general  Lámar,  aclamado  por 
el  pueblo,  que  él  escogido  por  el  jefe  superior.  »  Lo  mas  admi- 
rable es  que  el  vicepresidente  Santander  aprobara  esta  conducta 


□ogle 


r  ArfTÜLO  XII.  41 

de  Obando  y  sancionára  el  que  las  municipalidades  tenían  fa- 
cultades constitucionales  para  nombrar  jefes  civiles  y  militares 
como  Lámar,  deponiendo  á  los  que  habiau  obtenido  sus  títulos 
del  mismo  poder  ejecutivo,  y  que  fueron  expelidos  de  Guaya- 
quil por  una  fuerza  revolucionaria.  Resolución  extraña  sobre 
manera,  insostenible  á  todas  luces  y  que  era  hija  de  los  parti- 
dos y  de  las  pasiones  que  reinaban  en  la  capital  de  la  Repú- 
blica. 

En  tales  circunstancias  Obando  recibió  un  oficio  en  que  se 
ordenaba  á  Flórez  por  el  secretario  de  la  guerra,  que  obedeciera 
cuanto  le  previniera  aquel.  Habiéndole  ordenado  que  regresara 
al  departamento  del  Ecuador  con  los  cuerpos  que  mandaba, 
Flórez  iba  á  cumplir  esta  disposición,  cuando  recibió  otra  en 
que  el  mismo  secretario  le  decia,  que  habiendo  el  jefe  superior 
Pérez  regresado  al  distrito  de  su  mando,  obedeciera  sus  órde- 
nes; pero  ántes  de  ocho  dias  fué  revocada  esta  disposición,  or- 
denando el  ejecutivo  que  cesáran  las  facultades  extraordinarias 
en  los  departamentos  del  sur,  y  por  lo  mismo  la  autoridad  con- 
ferida al  jefe  superior,  sujetando  de  nuevo  al  general  Flórez  á 
lo  que  dispusiera  Obando.  Empero  este,  creyéndose  ofendido  y 
desautorizado  por  la  órden  anterior  (julio  7),  ya  se  habia  em- 
barcado para  seguir  á  Bogotá,  después  de  haber  sido  el  juguete 
de  la  facción  de  Guayaquil.  Él  impidió  que  en  aquel  departa- 
mento se  restableciera  por  Flórez  el  órden  constitucional,  7 
que  anulara  las  facultades  extraordinarias  que  se  habían  arro- 
gado la  municipalidad  y  los  otros  cabecillas. 

Lo  único  que  hizo  Obando  fué  enviar  á  Panamá  el  batallón 
Araure  en  cumplimiento  de  las  órdenes  del  poder  ejecutivo.  Iba 
á  hacer  lo  mismo  con  el  Vencedor ;  pero  su  comandante  Juan 
José  Arrieta,  uno  de  los  mas  tenaces  revoltosos,  no  quiso  cum- 
plir sus  mandatos,  y  trasladándose  de  Samborondon,  donde 
estaba,  se  acuarteló  en  Guayaquil  con  dicho  cuerpo.  Aseguróse 
en  aquel  tiempo  que  el  mismo  Obando  estuvo  para  ser  reducido 
á  prisión  por  los  facciosos.  Estos  persiguieron  también  al  coro- 
nel Vicente  González  y  al  general  Ignacio  Tórres,  enviados 
Sonforme  á  disposiciones  del  ejecutivo,  á  encargarse  de  la  in- 
tendencia y  de  la  comandancia  general  del  departamento  d« 
Guayaquil. 

Lámar  se  hallaba  enfermo  hacía  algún  tiempo,  y  por  este 
motivo  recayó  el  gobierno  civil  en  el  jefe  político,  y  el  militar 


i 


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42 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


en  el  coronel  Antonio  Elizalde.  Mas  habiendo  arribado  á  Guaya- 
quil una  comisión  encargada  por  el  congreso  del  Perú  de  anun- 
ciar á  Lámar  que  había  sido  electo  presidente  de  aquella  Re- 
pública, dejó  el  mando  definitivamente  y  se  embarcó  para 
Lima  el  24  de  julio ;  acontecimiento  desgraciado  para  Colombia 
y  que  debia  causarla  muchos  daños.  El  corazón  del  gran  ma- 
riscal Lámar  estaba  devorado  por  la  envidia  contra  el  Liberta- 
dor y  los  Colombianos;  así  la  República  debia  esperar  los  mas 
hostiles  procedimientos  de  su  parte. 

Bien  poco  se  había  alejado  de  las  playas  de  Guayaquil, 
cuando  principiaron  á  sentirse  nuevos  desórdenes  que  el  influjo 
y  el  buen  juicio  del  general  Lámar  habían  impedido.  Desde 
que  se  anunciara  su  próxima  partida  comenzaron  á  reimpri- 
mirse en  los  periódicos  de  aquella  ciudad  algunos  papeles  de 
Bogotá,  especialmente  el  titulado  Granadino,  que  abogaban  con 
empeño  por  la  federación.  Imbuidos  muchos  habitantes  en 
estas  ideas,  que  tenían  gran  séquito  en  Guayaquil,  persuaden  á 
la  municipalidad  que  convoque  una  junta  de  padres  de  fami- 
lia. Reunida  en  efecto  el  25  de  julio,  acuerdan  un  acta  en  que 
después  de  alegar  muchos  fundamentos  se  deciden  por  el  sis- 
tema de  gobierno  federativo,  sin  romper  la  unidad  de  Colom- 
bia. Protestaban  que  enviarían  sus  diputados  á  la  convención 
nacional,  si  esta  era  convocada  dentro  de  un  año,  pasado  el 
cual  quedaría  libre  Guayaquil  para  constituirse  del  modo  que 
mas  le  conviniera.  Declaró  la  asamblea,  que  el  departamento  se 
hallaba  en  libertad  para  darse  sus  leyes  particulares,  á  fin  de 
terminar  en  su  seno  todos  los  negocios  relativos  á  la  justicia, 
policía,  hacienda  y  guerra,  á  cuyo  efecto  se  establecerían  los 
tribunales  competentes ;  declaró  también  que  se  pagarían  las 
deudas  públicas  y  que  se  reconocerían  todos  los  grados  y  em- 
pleos de  los  jefes  y  oficiales  que  existían  en  el  departamento. 
En  seguida  fueron  nombrados,  para  intendente  Diego  Novoa  y 
para  comandante  general  Antonio  Elizalde.  Por  tales  actos 
Guayaquil  se  erigió  en  un  Estado  independiente,  aunque  pro- 
testára  otra  cosa,  dándose  leyes  y  tribunales  propios  en  los  di- 
ferentes ramos  de  la  administración.  Así  lo  anunciaron  todo^ 
l«s  decretos  y  disposiciones  del  intendente  Novoa,  que  no  pudo 
conservar  su  nueva  dignidad  ni  por  el  término  de  dos  meses. 

Poco  ántes  de  tales  sucesos  y  después  que  Flórez  en  obedeci- 
miento de  las  órdenes  del  gobierno  había  desistido  de  ocupar  á 


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CAPÍTULO  XII.  43 

Guayaquil  por  la  fuerza,  se  le  invitó  á  que  visitara  aquella  ciu- 
dad. Ya  había  dirigido  las  tropas  hácia  la  Sierra,  y  yendo  solo , 
fué  muy  bien  recibido.  Como  en  aquellos  dias  se  ventilaba  aca- 
loradamente el  proyecto  de  la  federación ,  Flórez ,  ya  fuera  por 
no  disgustar  al  partido  que  lo  promovía ,  ya  porque  hiciera  al- 
gunas promesas  de  que  lo  apoyaría  con  su  influjo,  el  hecho  es 
que  los  papeles  de  Guayaquil  publicaron  como  un  punto  acor- 
dado, que  en  los  tres  departamentos  meridionales  se  iba  á  esta- 
blecer el  sistema  de  gobierno  federativo,  para  formar  unidos  un 
Estado  independiente.  Aunque  Flórez  contradijo  por  la  im- 
prenta semejantes  aserciones,  hízolo  tarde,  con  embozo  y  alguna 
oscuridad,  de  modo  que  no  disipaba  enteramente  las  ideas  si- 
niestras que  en  el  momento  se  concibieron  acerca  de  sus  miras 
futuras.  Luego  que  se  esparcieron  en  el  Ecuador  y  en  el  Asuay 
las  noticias  divulgadas  por  la  imprenta  de  Guayaquil,  sobre  los 
proyectos  de  federación  que  se  atribuían  á  Flórez ,  causaron  un 
disgusto  y  alarma  general  que  se  comunicó  al  ejecutivo  de  la 
República.  Por  fortuna ,  Flórez  después  de  haber  obtenido  en 
Guayaquil  algunos  auxilios  pecuniarios  para  sostener  las  tropas 
que  mandaba,  regresó  al  Ecuador;  con  su  presencia  y  buena 
conducta,  y  retirándose  algún  tiempo  del  mando  acabó  de  disi- 
par los  temores  que  se  habían  concebido  de  que  patrocinara  el 
rompimiento  de  la  unión  colombiana.  Léjos  de  esto  continuó 
sosteniéndola  con  sus  distinguidos  talentos  é  influjo  en  las  pro- 
vincias meridionales ,  basta,  conseguir  se  restableciera  del  todo 
en  ellas  el  órden  constitucional ,  que  tanto  había  sufrido  con  el 
regreso  de  la  tercera  división.  Puede  asegurarse  con  verdad, 
que  en  la  mayor  parte  se  debió  á  Flórez  el  que  abortaran  los 
planes  de  Bustamante,  Elizalde  y  socios. 

Á  la  sazón  que  ocurrían  estos  sucesos  en  los  departamentos 
del  sur,  acaecían  otros  en  la  capital  de  la  República ,  que  son 
dignos  de  recordarse ,  volviendo  un  poco  atrás  y  anudando  el 
hilo  de  nuestra  narración. 

En  los  primeros  cinco  meses  de  este  año  Colombia  adelantó 
considerablemente  sus  relaciones  exteriores.  El  rey  de  los  Pai- 
tes Bajos  envió  á  Bogotá  al  caballero  Stuers,  nombrado  cónsul 
general  de  aquella  nación ,  y  el  poder  ejecutivo  le  admitió  e* 
esta  categoría.  S.  M.  el  rey  de  Francia  nombró  también  cónsul 
general  á  Mr  Buchet  de  Martigny^autorizándole  en  debida  forma, 
y  la  bandera  colombiana  se  mandó  admitir  en  los  puertos  de 


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44  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Francia.  Tan  feliz  resultado  se  debió  en  gran  parte  á  los  esfuer- 
zos  bien  dirigidos  del  doctor  José  Fernández  Madrid ,  agente 
confidencial  de  Colombia  en  Paris.  En  premio  de  tan  distin- 
guido servicio  se  le  mandó  pasar  á  Lóndres  en  clase  de  enviado 
extraordinario  y  ministro  plenipotenciario  cerca  de  S.  M.  Bri- 
tánica, en  reemplazo  del  señor  Manuel  José  Hurtado,  á  quien  se 
llamó  á  su  patria.  Madrid  fué  reemplazado  por  el  señor  Andrés 
Bello,  natural  de  Carácas  y  secretario  de  la  legación  colombiana 
en  Lóndres ;  empero  circunstancias  domésticas  le  obligaron  á 
renunciar  el  destino  y  á  trasladarse  á  Chile,  quedando  por  esto 
privada  Colombia  de  un  excelente  servidor  y  distinguido  lite- 
rato. 

Los  reyes  de  Suecia  y  Baviera ,  así  como  las  ciudades  Anseá- 
ticas, reconocieron  igualmente  la  Independencia  de  Colombia. 
Agregóse  á  tales  actos  internacionales  el  reconocimiento  hecho 
por  el  emperador  don  Pedro  primero  del  Brasil,  potencia  ame- 
ricana limítrofe,  con  la  que  nos  convenia  mantener  amistosas 
relaciones. 

Pero  ningún  reconocimiento  podia  ejercer  tanto  influjo  mo- 
ral sobre  la  masa  religiosa  de  los  pueblos  de  Colombia,  como  el 
del  papa,  príncipe  y  cabeza  de  la  Iglesia  católica  romana.  Desde 
1823  habia  hecho  nuestro  gobierno  muchos  esfuerzos  por  medio 
de  su  ministro  el  señor  Ignacio  Tejada ,  para  conseguir  que 
S.  S.  le  admitiera  en  Roma,  de  donde  se  le  habia  arrojado  por 
influjo  del  ministro  español :  también  para  que  se  preconizáran 
varios  obispos  presentados  por  el  poder  ejecutivo  de  Colombia , 
y  con  esta  providencia  se  remediaran  las  necesidades  de  la  Igle- 
sia colombiana  ,  que  eran  graves  y  cuyos  males  se  representa- 
ron enérgicamente.  Movido  al  fin  el  ánimo  del  sumo  pontífice 
Leen  XII ,  llamó  á  Roma  al  ministro  Tejada  y  dió  pastores  á 
nuestras  iglesias.  Las  metropolitanas  de  Bogotá  y  Carácas  obtu- 
vieron la  preconización  de  sus  arzobispos,  así  como  la  de  Mé- 
rida  un  obispo  auxiliar,  y  las  de  Santa  Marta,  Antioquía,  Quito 
y  Cuenca  sus  obispos  titulares ,  los  que  después  de  prestar  el 
juramento  de  estilo,  comenzaron  á  regir  sus  iglesias  (*).  El  nom- 
bramiento de  obispos  hecho  por  S.  S.  concilió  en  favor  del  go^ 
bienio  colombiano  la  voluntad  de  una  gran  parte  del  clero  y  de 
muchos  hombres  religiosos,  á  quienes  se  habia  imbuido  en  la 

• 

(1)  Véase  la  nota 


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CAPÍTULO  XII.  4K 

errada  creencia  de  que  el  papa  no  reconocería  al  gobierno  de 
nuestra  República ,  y  que  por  consiguiente  las  iglesias  de  Co- 
lombia continuarían  sin  prelados.  El  partido  español  que  dies- 
tramente manejaba  y  habia  manejado  esta  arma  poderosa  con- 
tra la  independencia  perdió  aquel  apoyo ,  y  desde  entonces  sus 
esfuerzos  para  reducirnos  de  nuevo  á  la  sujeción  colonial  fue- 
ron débiles  é  impotentes. 

Sin  embargo  por  muchos  pasos  que  se  daban  en  Madrid  para 
persuadir  al  gobierno  de  Fernando  VII,  por  medio  de  los  buenos 
oficios  de  las  potencias  amigas  de  Colombia ,  especialmente  de 
la  Gran  Bretaña  y  de  los  Estados  Unidos,  que  reconociera  nues- 
tra Independencia,  nada  se  adelantaba  en  tan  importante  nego- 
ciación. Los  ministros  de  Fernando  todavía  lisonjeaban  al  rey 
su  amo  con  las  ideas  halagüeñas  de  que  pronto  conquistarían  y 
pacificarían  á  «  sus  Américas.  »  Ignorando  el  verdadero  estado 
de  la  opinión  de  los  pueblos  y  las  fuerzas  de  las  nuevas  Repú- 
blicas, creían  tener  en  ellas  la  madre  patria  un  partido  inmenso 
que  se  levantaría  á  su  favor  auxiliándola,  aunque  fuera  con  pe- 
queños cuerpos  de  tropas;  cálculos  á  toda  luz  equivocados. 

Habían  ya  corrido  cerca  de  cuatro  meses  de  este  año  sin  que 
el  congreso  abriera  sus  sesiones.  Provenia  esto  de  que  faltaba 
un  senador  para  completar  el  número  constitucional  ó  la  plu- 
ralidad absoluta  de  todos  los  miembros  de  esta  cámara.  El  que 
se  hallaba  mas  inmediato  era  el  senador  Alonso  Uzcátegui ,  en- 
fermo en  Tunja  y  en  riesgo  de  morir.  Discutióse  entónces  cuál 
sería  el  medio  constitucional  de  evitar  los  graves  perjuicios  que 
sufriría  la  República,  si  en  este  año  no  se  reuniera  el  congreso. 
Después  de  várias  consultas  y  conferencias  de  los  miembros  del 
gobierno  y  de  las  cámaras  legislativas ,  se  acordó  —  que  los  se- 
nadores y  los  representantes  se  trasladáran  á  la  ciudad  de  Tunja, 
y  que  allí  abrieran  las  sesiones  del  congreso  ;  que  hecho  este 
acto,  tornáran  á  la  capital  para  continuarlas ,  pues  entónces  no 
haría  falta  el  senador  Uzcátegui,  porque  solo  se  necesitaban  los 
dos  tercios  de  los  miembros  presentes.  Á  fin  de  que  esta  me- 
dida tuviera  efecto  y  se  disiparan  los  escrúpulos  constituciona- 
les de  algunas  personas,  el  vicepresidente  de  la  República 
expidió  nn  decreto  el  40  de  abril  en  virtud  de  las  facultado* 
extraordinarias  de  que  se  hallaba  revestido ,  suspendiendo  los 
efectos  de  la  ley  de  i°  de  octubre  de  1821,  que  fijaba  en  Bogotá 
la  residencia  del  supremo  gobierno  de  Colombia ;  pero  esta  sus- 


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46  HISTORIA  DK  COLOMBIA. 

pensión  era  solamente  para  que  las  cámaras  legislativas  pudie- 
ran abrir  sus  sesiones  en  el  lugar  en  que  se  hallára  el  senador 
Uzeátegui. 

Determinado  este  punto  importante,  los  senadores  y  repre- 
sentantes marcharon  á  Tunja,  de  donde  no  se  pudo  mover  Uz- 
eátegui. Reunido  en  aquella  ciudad  el  número  constitucional , 
abrieron  las  sesiones  el  2  de  mayo,  y  en  el  mismo  dia  se  em- 
plazaron para  continuarlas  en  Bogotá  el  4 2  del  citado  mes.  Este 
suceso  fué  considerado  por  los  patriotas ,  que  deseaban  sincera- 
mente la  consolidación  de  la  República,  como  un  fausto  acon- 
tecimiento que  daba  esperanzas  de  un  porvenir  mas  hala- 
güeño. 

£1  mismo  dia  que  se  reunió  el  congreso  en  la  capital ,  fué 
llamado  el  general  Santander  á  fin  de  que  prestara  el  juramenta 
como  vicepresidente  de  la  República,  nombrado  para  el  segundo 
período  constitucional.  Denegóse  hasta  por  segunda  vez  fundán- 
dose en  que  había  dirigido  su  renuncia  á  Tunja ,  y  que  insistía 
en  ella;  porque  deseaba  evitar  á  su  patria  los  males  que  se  de- 
cía públicamente  haber  causado  su  administración,  y  que  prin- 
cipiara á  disfrutar  de  los  bienes  que  se  la  predecían,  cuando  él 
no  interviniera  en  los  negocios  públicos.  Añadía  que  estaba 
indispuesto  por  sus  enfermedades  habituales ,  y  esperaba  que 
en  ese  mismo  dia  se  le  admitiera  su  renuncia. 

No  ciando  el  congreso  de  su  propósito,  acordó  no  separarse 
hasta  que  Santander  fuera  á  jurar.  Obedeciendo  los  mandatos 
de  los  representantes  de  la  nación  se  presentó  á  las  ocho  de  la 
noche  en  la  sala  de  las  sesiones.  El  presidente  del  senado  Luis 
A.  tíaralt  le  recibió  el  juramento  constitucional.  En  seguida 
pronunció  un  bello  discurso  en  que  daba  cuenta  de  los  princi- 
pios que  había  seguido  en  el  período  de  su  administración  an- 
terior, de  los  cuales  no  pensaba  desviarse  en  el  segundo,  y  con- 
cluía con  las  siguientes  protestas  :  —  «  Renuevo  aquí  en  pre- 
sencia de  la  augusta  representación  nacional  la  profesión  de  mi 
fe  política  :  sostendré  la  constitución,  miéntras  que  ella  sea  el 
código  de  Colombia  :  mi  corazón  será  siempre  puro  y  desinte- 
resado y  mi  alma  siempre  libre  :  mi  voluntad  será  la  del  pue* 
blo  colombiano  legítimamente  expresada  :  mi  obediencia  y  su- 
misión serán  de  la  ley  y  de  las  autoridades  debidamente  cons- 
tituidas :  mis  sacrificios  y  desvelos  serán  inalterablemente  por 
la  independencia  y  libertad  de  Colombia. »  Fué  brillante  y  muy 


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CAPÍTULO  XII.  47 

honorífica  al  general  Santander  la  contestación  que  le  dió  el 
presidente  del  congreso  Baralt.  Aprobaba  en  ella  su  conducta 
en  el  gobierno  de  la  República,  esperando  que  podría  llevar  á 
salvamento  la  nave  del  Estado ,  sacándola  del  laberinto  en  que 
se  hallaba. 

Después  de  tan  importante  sesión,  el  vicepresidente  dirigió 
al  congreso  el  mensaje  constitucional.  Le  daba  cuenta  del  estado 
próspero  que  tenían  las  relaciones  exteriores  de  Colombia,  de 
las  funestas  desavenencias  ocurridas  en  Venezuela  y  en  los  de- 
partamentos del  sur,  de  la  pacificación  hecbapor  el  Libertador, 
de  la  situación  prospera  en  que  se  hallaba  y  de  las  mejoras  que 
había  recibido  la  educación  pública ,  de  la  penuria  y  escasez 
lamentables  de  la  hacienda  nacional ,  que  exigía  prontas  y  efi- 
caces  medidas ;  finalmente,  del  motín  de  la  tercera  división  y 
de  las  protestas  que  hacía  toda  su  oficialidad  de  sostener  la 
constitución  de  la  República.  Sucesivamente  presentaron  los 
secretarios  de  Estado  sus  respectivas  exposiciones,  en  las  que 
manifestaban  mas  extensamente  cuál  era  la  situación  de  Co- 
lombia. De  estos  documentos,  que  en  aquella  época  inspiraban 
grande  interés,  llamaron  principalmente  la  atención  los  esta- 
dos contenidos  en  el  informe  del  secretario  de  hacienda,  y  los 
que  publicó  el  del  interior  sobre  la  población  de  Colombia  (*). 

Una  de  las  primeras  cuestiones  que  se  discutieron  en  el  con- 
greso fué  la  renuncia  de  la  presidencia  de  la  República  hecha 
con  tanta  fuerza  y  encarecimiento  por  el  Libertador.  Desde  el 
principio  se  descubrió  un  partido  bastante  numeroso  que  estaba 
por  la  admisión;  dirigíanlo  principalmente  los  senadores  Soto, 
Osorio,  Gómez,  Azuero  y  Uribe  Restrepo.  Creían  estos  y  los 
que  seguían  su  opinión ,  que  si  el  general  Bolívar  se  encargaba 
del  gobierno  de  Colombia  peligraban  las  libertades  públicas; 
otros  juzgaban  por  el  contrario  que  en  tan  delicadas  como  difí- 
ciles circunstancias,  el  Libertador  era  el  único  hombre  capaz 
de  mantener  la  integridad  de  la  República  y  de  dirigir  con 
acierto  y  firmeza  el  timón  del  Estado. 

Juntáronse  las  cámaras  por  la  primera  vez  á  tratar  sobre  las 
Anuncias  del  presidente  y  vicepresidente  de  la  República  el 
46  de  mayo;  después  de  una  acalorada  discusión  se  acordó  po» 
la  mayoría  de  treinta  y  cuatro  votos  contra  treinta,  que  se  de- 

(t)  Véase  la  nota  5«. 


* 


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48  HISTORIA  MI  COLOMBIA. 

cidieran  tres  dias  después.  Mas  no  sucedió  así,  porque  se  hizo 
la  moción  de  diferir  y  fué  aprobada.  Los  del  partido  que  deseaba: 
la  admisiou  de  la  renuncia,  eran  los  que  procuraban  ganar, 
tiempo  para  ver  si  conseguían  sus  designios  de  alejar  al  Liber- 
tador de  los  negocios  públicos.  Decían  que  ignoraban  el  verdfc* 
dero  estado  de  la  nación  por  el  sur  y  por  el  norte  de  Golombia, . 
y  que  era  necesario  esperar  á  que  se  desarrollaran  los  aconteci- 
mientos. Se  babian  recibido  entonces  las  primeras  noticias  del- 
desembarco  de  la  tercera  división;  los  exaltados  liberales  se 
lisonjeaban  de  que  en  aquellos  veteranos  amotinados  hallarían 
apoyo  para  humillar  á  Bolívar  y  reducirle  á  la  clase  de  simple 
ciudadano. 

Trabajábase  entre  tanto  con  la  mayor  actividad  por  aquel 
mismo  partido ,  así  dentro  como  fuera  del  congreso >  en  arruinar 
la  reputación  de  Bolívar  y  en  destruir  su  influencia  por  medio 
de  publicaciones  que  no  cesaban,  y  de  discursos  que  se  espaiv 
cian  por  todas  partes.  Creían  sus  enemigos  políticos  que  iban  á 
perder  sus  destinos  y  que  no  tendrían  seguridad  en  sus  persa-! 
ñas  si  el  Libertador  se  encargaba  del  mando  supremo;  deseo* 
nociendo  así  la  bien  comprobada  generosidad  y  la  nobleza  de 
su  carácter.  Apoyado  en  estas  brillantes  dotes  y  en  la  vasta  in- 
fluencia de  Bolívar,  un  partido  auu  mas  numeroso  que  el  exal- 
tado no  quería  que  se  admitiera  la  renuncia  que  había  heoho 
de  la  presidencia  de  la  República. 

Habiéndose  ya  discutido  por  la  imprenta  y  en  sesiones  priva- 
das la  importante  cuestión  de  admitir  ó  no  la  renuncia  del  Liber- 
tador (junio  6),  se  reunió  el  congreso  para  decidirla.  La  sesión 
fué  muy  solemne ,  y  en  aquel  día  se  pronunciaron  discursos 
elocuentes  en  favor  y  en  contra  de  la  admisión.  Distinguiéronse 
entre  los  que  pretendían  se  admitiera,  los  senadores  Uribe  Res- 
trepo,  Soto  y  Gómez,  y  contra  la  admisión  Tórres,  Arboleda  y 
Domínguez  Roche.  Alegaban  los  primeros  que  la  permanencia 
de  Bolívar  á  la  cabeza  del  gobierno  colombiano  era  peligrosa  á 
la  libertad ,  por  su  proyecto  de  constitución  boliviana  que  no 
olvidaría,  y  por  los  golpes  que  había  dado  á  la  de  Colombia ;  así 
que  era  ya  tiempo  de  manifestar  al  mundo  entero  no  ser  el  Li* 
kertador  un  hombre  necesario  para  la  subsistencia  de  la  Repú- 
blica; ademas,  que  era  justo  dejarle  descansar  en  el  sosiego  de 
la  vida  privada,  según  él  mismo  lo  pedia  con  ahinco.  Los  del 
partido  contrario  decían  con  mas  razón  que  si  Bolívar  se  ale- 


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capítulo  jui.  4» 

jaba  del  gobierno,  Colombia  se  disolvía,  porque  su  grande  in- 
flujo y  sus  talentos  eran  cada  día  mas  üece&ajiw  uaia  mantener 
la  unión  y  la  tranquilidad  en  su  vasto  territorio. 

Gérrada  una  larga  discusión,  resultó  no  admitida  la  renuncia 
del  Libertador  por  cincuenta  votos  contra  veinte  7  cuatro.  Ne- 
góse en  la  misma  sesión  la  del  vicepresidente  Santander  por 
setenta  votos,  y  solamente  cuatro  la  admitieron.  Este  resultado 
fué  muy  satisfactorio  á  la  mayoría  de  los  habitantes  de  la  capi- 
tal y  de  gran  parte  de  las  provincias  colombianas,  que  juzgaban 
necesario  el  que  Bolívar  permaneciera  todavía  al  frente  del  go- 
bierno de  la  República,  y  que  el  congreso  le  diera  esta  nueva 
prueba  de  confianza,  lo  mismo  que  al  general  Santander  :  la 
firme  conducta  de  este  en  el  sostenimiento  de  las  instituciones 
de  fin  patria  habia  sido  altamente  meritoria. 

Entre  tanto  se  habían  recibido  en  Bogotá  las  noticias  del 
desembarco  de  la  tercera  división  y  de  los  trastornos  que  habia 
causado  en  Guayaquil.  En  la  incertidumbre  de  cuáles  serian 
las  verdaderas  miras  de  Bustamante,  de  los  Elizaldes  y  socios, 
causaron  una  grande  alarma  entre  los  verdaderos  patriotas  que 
amaban  sinceramente  la  integridad  y  el  orden  de  la  República ; 
otros  se  dejaron  alucinar  con  las  falaces  protestas  de  los  sedi- 
ciosos ,  de  que  venían  á  sostener  la  constitución  y  las  leyes. 
Bajo  de  este  velo  meditaron  apoyarse  en  aquellas  fuerzas,  para 
derrocar  el  poder  del  Libertador,  después  de  minar  su  reputa- 
ción con  invectivas  y  calumnias,  sobre  sus  proyectos  de  alzarse 
perpetuamente  con  la  autoridad  suprema  de  Colombia. 

Aunque  el  jefe  de  este  partido  era  el  general  Santander,  no 
pudo  menos,  luego  que  recibió  las  primeras  noticias  del  arribo 
de  la  tercera  división  á  los  departamentos  del  sur,  que  obrar 
conforme  á  los  principios  constitucionales.  Declaró,  pues,  en 
21  de  mayo  por  un  decreto  publicado  solemnemente,  que  el  go- 
bierno de  Colombia  desconocía  cualquiera  segregación  de  su 
territorio,  fuera  cual  fuese  su  origen;  y  que  también  descono- 
cía cualquier  acto  por  el  cual  se  trastornara  el  órden  constitu- 
cional en  el  todo  ó  en  parte  de  los  departamentos  del  sur.  Man- 
daba que  en  caso  de  haberse  realizado  algún  cambio  político  en 
dichos  departamentos  se  restablecieran  luego  al  punto  las  cosas* 
al  estado  que  tenían  ántes  del  arribo  de  la  tercera  división. 
Conforme  á  esta  resolución  general  se  contestó  á  la  municipali- 
dad de  Guayaquil,  y  al  general  Lámar,  que  el  poder  ejecutivo 
tomo  iv.  ♦ 


SO  HISTORIA  DB  COLOMBIA. 

sentía  la  mayor  pena  porque  se  habiaf  iterado  el  óYdfeti  estaWe- 
cidtt  por  la  constitución  en  el  departamento,  el' que  debía  tefr 
tablecerse  inmediatamente,  á  cuyo  efecto  había  dictado  las  mas 
eficaces  providencias.  Anadia  que  estas  debian  ejecutarse  por 
el  jelfe  superior  Pérez  y  por  el  general  Obando,  uno  de  ios  cua- 
les nombraría  la  persona  que  debía  encargarse  de  la  intendencia 
pa*a  desempeñarla  según  las  leyes  colombianas.  Tales  órdenes 
teWmnantes  jamas  se  publicaron  en  Guayaquil  ni  por  Lámar, 
ni  por  la  municipalidad.  Esta  dijo  siempre  que  no  había  reci- 
bido contestación  del  ejecutivo,  á  fin  de  tener  un  pretexto  para 
alucinar  á  los  pueblos  y  continuar  por  largo  tiempo  el  tumulto 
y  la  sedición,  bajo  de  apariencias  y  protestas  de  que  se  obede- 
cían' la  constitución  y  las  leyes. 

Guando  el  Libertador  recibió  en  Caracas  las  noticias  comuni- 
cadas por  el  ejecutivo  y  por  los  intendentes  del  Istmo  y  del 
Magdalena,  del  regreso  á  Colombia  de  la  tercera  división  ; 
cuando  supo  las  miras  proditorias  que  se  atribuían  á  esta  ctín 
sólidos  fundamentos;  cuando  vio  los  trastornos  causados  en 
0^7^*4*,  y  que  Juan  Francisco  Elizalde,  Miguel  Delgado  y 
otros  hombres  oscuros  tenían  la  osadía  de  proclamar  que  no 
había  en  Colombia  mas  autoridades  legitimas  que  las  muni- 
cipalidades; cuando,  en  fin,  se  le  informó  que  estos  mismos 
aumentaban  la  extraña  pretensión  de  obligar  al  Libertador  pre- 
sidente de  Colombia,  y  al  fundador  de  tres  Repúblicas,  á  que  se 
presentara  al  congreso  como  simple  particular  á  dar  cuenta  de 
su  conducta  en  el  Perú,  no  pudo  sufrir  sin  la  mayor  indigna- 
ción tamaño*  ultraje.  Así,  á  pesar  de  que  pocos  diasántes  se 
excusaba  de  venir  á  la  capital  á  encargarse  del  poder  ejecutivo, 
según  se  lo  había  pedido  encarecidamente  el  general  Santander 
(junio  19),  ahora  le  escribe  que  han  variado  enteramente  lás 
circunstancias;  y  que  tratándose  de  conmover  y  desmembrar  la 
República,  él  se  creía  obligado  como  presidente  y  como  simple 
ciudadano  á  impedirlo ,  y  á  evitar  el  escarnio  de  las  leyes.  Por 
tanto,  que  marchaba  para  la  capital  de  la  República,  y  no 
creería  haber  satisfecho  sus  mas  sagrados  deberes  hasta  no 
dejaTfá  tranquila  y  en  aptitud  de  disponer  libremente  de  sfls 
"destinos. 

Éií  una  prtíclama  del  mismo  dia,  que  abunda  en  grandes, 
nobles  y  patrióticos  sentimientos,  Bolívar  anunció  á  Colombia 
que  marchaba  hasta  los  confines  meridionales  á  exponer  su  vida 


CAPÍTULO  XII.  Hl 

y  su,  gloria  para  libertar  á  kt  República  —  «  de  los  pórfidos  que 
después  de  haber  hollado  sus  mas  sagrados  deberes,  han  enar- 
boladoi  el  estandarte  de  la  traición  para  invadir  ios  departa- 
mentos mas  leales  y  mas  dignos  de  nuestra  protección.  »  Pin- 
taba con  muy  vivos  colores  la  enormidad  del  crimen  de  estos 
veteranos,  que  tenían  la  insolente  audacia  de  querer  dictar  sus 
mandatos  al  pueblo  soberano  á  quien  debian  obedecer,  ultra- 
jando así  la  majestad  de  las  leyes.  Recordaba  los  triunfos  de  las 
huestes  colombianas  bajo  del  pabellón  nacional.  Ofrecía  de 
nuevo  que  el  congreso  convocaría  la  convención ,  que  era  el 
grito  de  Colombia  y  su  mas  urgente  necesidad.  —  a  En  sus 
manos  depondré,  añadía,  el  bastón  y  la  espada  que  la  Repú- 
blica me  ha  dado,  ya  como  presidente  constitucional,  ya  como 
autoridad  suprema  extraordinaria  que  el  pueblo  me  ha  confiado. 
Tío  no  burlaré  las  esperanzas  de  la  patria.  Libertad ,  gloria  y 
leyes  habéis  obtenido  contra  nuestros  antiguos  enemigos :  liber- 
tad ,  gloria  y  leyes  conservaremos  á  despecho  de  la  monstruosa 
anarquía,  » 

Adoptada  esta  enérgica  resolución,  el  Libertador,  que  jamas 
dejaba  al  tiempo  ni  á  sus  contingencias  el  cumplimiento  de  lo 
que  determinara  una  vez ,  dispuso  con  grande  celeridad  los 
medios  de  someter  por  la  fuerza  á  los  sediciosos  de  la  tercera 
división.  El  general  Salón  se  embarca  para  Cartagena  con  ocho- 
cientos hombres ,  y  el  general  Urdaneta,  que  se  hallaba  en  Ma- 
racáibo,  recibe  órdenes  para  acercarse  á  la  provincia  de  Pam- 
plona con  una  gruesa  división,  fuera  de  la  reserva,  que  debía 
permanecer  en  Venezuela  á  las  órdenes  de  Páez,  y  pronta  á 
marchar  si  hubiera  necesidad.  El  secretario  general  del  Liber- 
tador avisó  (junio  20)  por  su  orden  al  poder  ejecutivo  de  la  Re- 
pública los  motivos  que  exigían  el  movimiento  de  dichas  tro- 
pas, circunstancia  importante  que  debe  tenerse  presente. 

Radas  tales  disposiciones  el  Libertador  se  prepara  á  emprender 
su  viaje  á  Bogotá.  Al  efecto  dicta  con  prontitud  los  últimos  ar- 
reglos para  la  completa  organización  de  los  departamentos  del 
Orinoco,  Maturin,  Venezuela  y  Zúlia :  déjalos  sujetos  á  la  au- 
toridad inmediata  y  fuerte  del  jefe  superior  José  Antonio  Páez, 
á  quien  ordena  se  comunique  con  el  mismo  Libertador  por  eP 
órgano  de  la  secretaria  general.  Por  tanto  aquellos  departamen- 
tos continuaron  independientes  del  poder  ejecutivo ,  anomalía 
harto  irregular.  Probablemente  dió  lugar  á  ella  la  oposición 


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52 


HISTORIA  DF.  COLOMBIA. 


que  Páez  y  sus  partidarios  tenian  al  vicepresidente  Santander, 
y  también  la  enemistad  capital  que  existia  entre  este  y  Bolívar. 

Próximo  á  partir  el  Libertador  da  una  proclama  despidiéndose 
de  los  Venezolanos,  en  que  por  lisonjearlos  cometió  la  imper- 
donable ligereza  de  asegurar  —  «  que  todas  sos  acciones  habían 
sido  dirigidas  por  la  libertad  y  la  gloria  de  Venezuela,  de  Cara- 
cas. »  Rebajó  así  el  grande  objeto  que  se  propusiera  en  sus 
inmortales  hechos,  y  en  busca  del  cual  habia  marchado  desde 
las  bocas  del  Orinoco  hasta  las  cimas  del  Potosí,  —  « la  inde- 
pendencia y  la  libertad  de  la  América  del  Sur.  »  Excitó  igual- 
mente los  celos  del  centro  y  sur  de  la  República,  cuya  prospe- 
ridad y  dicha  nada  habian  pesado  enja  balanza  de  las  acciones 
del  Libertador,  según  él  mismo. 

Embarcóse  este  para  Cartagena  (julio  5)  en  la  fragata  inglesa 
Druida,  en  compañía  del  enviado  extraordinario  y  ministro  ple- 
nipotenciario de  S.  M.  Británica,  sir  Alejandro  Cockburn,  que 
habia  ido  á  Caracas  con  el  objeto  de  presentar  á  nombre  del 
gobierno  británica  su  respetuoso  homenaje  al  ilustre  Libertador 
de  Colombia.  Residió  en  aquella  ciudad  dos  meses ,  y  tuvo  la 
cortesanía  de  ofrecerle  dicha  fragata,  y  de  acompañarle  hasta 
Cartagena,  adonde  arribaron  felizmente  el  9  de  julio.  De  esta 
ciudad  regresó  Mr  Cockburn  á  Inglaterra  á  causa  de  sus  enfer- 
medades, y  encargado  privadamente  por  el  Libertador  de  pro- 
mover en  lo  posible  las  negociaciones  de  paz  con  la  España.  El 
jefe  de  Colombia  ansiaba  por  este  resultado  considerándolo  de 
grande  importancia  para  la  organización  y  futuro  bienestar  de 
la  República. 

Á  la  misma  sazón  que  ocurrían  estos  sucesos  en  la  costas  del 
Atlántico,  el  congreso  continuaba  sus  sesiones  en  la  capital.  La 
primera  ley  que  acordó  fué  declarando  que  habría  un  olvido 
perpétuo  de  todos  los  actos  que  habian  alterado  el  órden  polí- 
tico y  legal  de  la  República,  desde  el  27  de  abril  1826  hasta  la 
publicación  de  dicha  ley.  Este  acto  importante,  en  que  expre- 
samente se  comprendía  el  motin  de  la  tercera  división  y  sus 
hechos  posteriores,  fué  recibido  con  aplauso,  como  un  calmante 
poderoso  de  las  agitaciones  y  del  calor  de  los  partidos,  pués 
Haba  seguridad  á  las  personas,  á  las  propiedades  y  á  los  em- 
pleos de  los  comprometidos. 

En  seguida  se  acordó  una  ley  declarando  que  desde  el  mo- 
mento en  que  se  reuniera  el  congreso,  cesaban  las  facultades 


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CAPÍTULO  XII.  53 

extraordinarias  de  que  usaba  el  poder  ejecutivo ;  declaro  ade- 
mas el  restablecimiento  del  órden  político  de  la  ftepública, 
según  regia  antes  del  26  de  abril  de  1826,  y  que  ningún  Colom- 
biano estaba  obligado  á  obedecer  autoridades  que  no  se  halla- 
ran establecidas  por  la  constitución  y  la  ley.  Este  era  uu  golpe 
que  el  partido  exaltado  dirigía  contra  el  Libertador,  aboliendo 
así  la  autoridad  de  los  jefes  superiores  y  de  otros  magistrados 
que  se  habían  creado  en  las  provincias  en  virtud  de  facultades 
extraordinarias.  El  vicepresidente  se  opuso  á  esta  ley,  mani- 
festando los  inconvenientes  que  resultarían;  pero  insistió  el 
congreso  en  la  mayor  parte  de  sus  disposiciones.  No  consideró 
bastan  temen  te  los  malos  efectos  que  produciría  en  los  cuatro 
departamentos  de  Venezuela,  donde  echaba  por  tierra  la  nueva 
organización  que  les  había  dado  el  Libertador. 

Otra  ley  digna  de  mencionarse  es  la  que  adiciouaba  la  del  año 
anterior  sobre  la  comisión  del  crédito  público.  Deseaban  los 
legisladores  colombianos  que  se  trabajara  con  asiduidad  y 
constancia  eu  fundarlo,  asi  exterior  como  interiormente.  Ocu- 
pábase la  comisión  establecida  en  la  capital  en  consolidar  la 
deuda  interior  y  en  colectar  los  fondos,  operaciones  que  iban 
adelantándose.  El  primer  pago  de  los  intereses  vencidos  en  el 
semestre  que  terminó  el  30  de  junio  de  este  año,  se  hizo  en 
agosto.  Gomo  estaban  ya  reconocidos  seis  millones  de  pesos  de 
la  deuda  interior,  y  solamente  se  habían  colectado  setenta  mil 
pesos,  esta  suma  se  distribuyó  entre  los  acreedores  á  propor- 
ción de  sus  créditos.  Pagóse  por  los  vales  que  ganaban  el  cinco 
por  ciento  de  ínteres  el  uno  y  cuarto ;  y  uno  por  ciento  sobre 
los  del  tres.  Por  el  resto  que  se  quedaba  debiendo,  se  dieron 
billetes  de  reconocimiento,  que  jamas  se  han  satisfecho. 

Discutíase  también  con  mucho  calor,  asi  dentro  como  fuera 
del  congreso,  la  cuestión  importante  de  convocar  ó  no  una  con- 
vención que  reformára  la  constitución  de  Colombia.  Algunos 
de  los  liberales  exaltados  se  oponían  vigorosamente,  y  su  jefe  el 
general  Santander  era  de  la  misma  opinión,  pues  se  gloriaba 
de  ser  el  primer  campeón  constitucional.  Sin  embargo  de  esto, 
fa  mayoría  de  los  ciudadanos  y  todos  los  miembros  del  consejo 
de  gobierno  estaban  convencidos  de  que  ya  era  necesario  refo&- 
mar  la  constitución  de  Cúcuta  para  dar  gusto  á  una  gran  parte 
de  la  nación  que  lo  pedia  y  juzgaba  ser  una  condición  precisa 
para  obtener  su  felicidad.  Aunque  el  articulo  191  disponía  que 


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.     54  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

ántes  hubieran  trascurrido  diez  anos,  hallaban  modo  de  inter- 
pretar aquella  disposición  valiéndose  de  los  grandes  y  extraor- 
dinarios sucesos  ocurridos  en  el  último  año,  sucesos  que  exigían 
una  medida  de  tan  vital  importancia. 

Miéntras  que  seguía  el  curso  de  tales  discusiones,  subió  á<8u 
colmo  la  exaltación  de  los  partidos.  Súpose  el  movimiento  de 
tropas  decretado  por  el  Libertador ;  el  arribo  á  Cartagena  ftel 
general  Salón  con  ochocientos  hombres  y  que  allá  mismo  arri- 
barían otros  cuerpos ;  hablóse  de  los  que  se  movian  sobre  'Cu- 
enta y  que  Páez  debia  juntar  mil  jinetes  hácia  Guadualito  de 
los  escuadrones  licenciados  de  Apure.  Aunque  el  secretario 
general  del  Libertador  habia  comunicado  oficialmente  al -go- 
bierno de  la  República  que  movía  aquellas  tropas  para  el  <oaso 
de  necesitarse,  á  fin  de  someter  á  los  amotinados  de  la  tareera 
división,  el  mismo  general  Santander  dió  el  grito  de  alarma, 
que  se  repitió  por  su  partido  entero.  Creyóse  ó  aparentóse 
creer,  que  Bolívar  movia  todas  aquellas  fuerzas  para  destruir 
las  libertades  públicas,  y  oprimir  á  los  patriotas  que  las  habían 
sostenido  denodadamente.  En  consecuencia  el  vicepresidente 
pasó  al  congreso  mensajes  acalorados  en  los  que  hablaba  de  los 
supuestos  proyectos  del  Libertador.  Sobre  el  mismo  tono  se 
declamó  largamente  en  el  senado  por  el  partido  de  oposición  á 
Bolívar,  á  cuya  cabeza  estaba  el  doctor  Soto ;  mas  no  se  adoptó 
resolución  alguna  definitiva. 

En  estas  circunstancias  el  doctor  Vicente  Azuero  vino  á  au- 
mentar el  incendio  de  las  pasiones,  añadiendo  nuevos  combus- 
tibles (julio  18).  Este  publicó  en  El  Conductor  un  artículo  en 
que  proponía  como  la  única  medida  conveniente  á  la  felicidad 
de  la  Nueva  Granada,  que  esta  declarase  roto  el  pacto  funda- 
mental de  unión  con  Venezuela;  que  estaban  absolutamente 
separadas  y  en  estado  de  organizarse  como  les  pareciera  me- 
jor; que  los  departamentos  del  centro  conserváran  el  nombre 
de  Colombia  y  continuáran  regidos  por  la  misma  constitución 
y  leyes  que  se  reformarían  oportunamente;  que  la  Nueva  Gra- 
nada reconociera  y  se  obligára  á  pagar  por  sí  sola  toda  la  deuda 
«xteríor  en  caso  de  que  las  otras  dos  secciones  no  quisieran 
•satisfacer  lo  que  les  correspondiera;  en  fin,  que  de  la  deuda 
interior  reconocería  lo  que  se  debiese  á  los  habitantes  de  su 
territorio.  Después  de  estas  disposiciones  capitales  hablaba -de 
•las  facultades  'extraordinarias* de  que  se  investiría <el  ^nbimno 


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r.\rÍTüi.o  xii.  55 

granadino,  sin  olvidar  que  debían  ser  privados  de  sus  empleo^, 
presos  y  expulsados  todos  los  individuos  sospechosos  que  fue- 
ran desafectos  á  la  libertad  ó  á  este  nuevo  orden  de  cosas.  Tal 
proyecto,  que  se  pretendia  apoyar  en  que  los  cuatro  departa- 
mentos de  Venezuela  estaban  ya  de  hecho  separados  de  los  del 
centro  y  en  que  era  preciso  asegurar  las  libertades  públicas,  se 
iniciaba  dando  facultades  extraordinarias  que  tanto  se  critica- 
ban ejercidas  por  el  Libertador,  y  desterrando  y  persiguiendo, 
lo  que  este  no  hacia.  Semejantes  alegaciones  solo  eran  pretextos 
para  ocultar  el  verdadero  designio  de  aquel  partido:  —  a  alejar 
al  Libertador  del  gobierno  de  la  República,  aun  proclamando  .la 
revolución.  » 

Poco  faltó  para  que  estallara  una  en  Bogotá  (julio  21)  con  ,el 
objeto  de  jealizar  el  plan  que  proponía  Azuero.  Santander 
estaba  en  el  secreto  de  la  conspiración ;  pero  felizmente  para  su 
honor  y  para  el  de  la  República,  confió  al  secretario  de  la 
guerra  el  secreto  de  que  habia  determinado  renunciar  la  vicc- 
presidencia,  y  ponerse  á  la  cabeza  de  la  revolución,  para  inde- 
pendizar á  ios  departamentos  del  centro,  de  los  del  sur  y  norte 
de  Colombia;  añadiendo,  que  estaba  ya  de  acuerdo  con  nias.de 
veinte  jefes  militares.  El  general  Soublette  le  disuadió  de  que 
diera  un  paso  que  le  sería  tan  degradante,  y  por  fortuna  aban- 
donó. Santander  aquel  proyecto,  dictando  eficaces  providencias 
para  impedir  la  revolución.  Privados  de  su  apoyo  tuvieron  que 
ceder  Azuero  y  los  demás  exaltados  liberales,  que  no  hallaron 
en  Bogotá  ni  en  las  provincias  la  cooperación  y  las  fuerzas  sufi- 
cientes para  oponerse  al  influjo  y  á  las  tropas  que  sostenían  al 
Libertador. 

pesar  de  que  el  mismo  Soublette  y  los  demás  secretarios 
del  gobierno  de  Colombia  aconsejaban  de  contiuuo  la  calma  ,y 
la  moderación  al  vicepresidente  Santander,  no  podian  conse- 
guir libertarle  de  que  diera  algunos  pasos  falsos.  Los  doctores 
Azuero  y  Soto,  que  formaban  su  consejo  privado,  tenían  mu- 
cho ascendiente  sobre  él,  y  le  arrastraban  en  sentido  contrario. 
De  aguí  esa  oposición  decidida  á  que  se  convocara  la  conyen- 
áon,  sin  embargo  de  que  ya  era  un  grito  nacional  el  que  la 
pedia,  y  el  decir  que  preferia  la  guerra  civil  á  que  se  convo- 
cára ;  de  aquí  esas  vociferaciones  de  Santander,  quien  decía 
públicamente  que  le  sería  muy  fácil  oponerse  y  vencerán  la 
guerra  al  general  Bolívar,  y  que  esta  debia  declarársele  para 


• 


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5C  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

conservar  las  libertades  públicas;  de  aquí  el  haber  repetido 
várias  veces,  que  si  aquellas  perecían  hubiera  preferido  qüe 
permaneciéramos  unidos  á  la  España;  de  aquí  el  decir  que 
entre  Morillo  y  Bolívar  quería  mas  bien  que  el  primero  vol- 
viera á  entrar  en  Bogotá,  porque  el  segundo  derramaría  igual- 
mente la  sangre  de  los  mejores  patriotas  ó  entre  estos  él  se 
consideraba  en  un  riesgo  inminente.  Lo  mas  admirable  es,  que 
proposiciones  tan  escandalosas  las  propalara  delante  de  su  con- 
sejo, de  algunas  diputaciones  del  congreso  y  de  otras  várias 
personas.  Estaba  privado  de  la  cordura  y  circunspección  que 
demandaba  su  alta  posición  social.  Dejábase  arrastrar  por  los 
raptos  de  sus  pasiones  y  de  su  genio  brusco,  que  nada  respetaba 
cuando  perdía  la  paciencia ;  por  desgracia  esto  le  sucedia  fre- 
cuentemente. En  aquellos  dias  el  congreso  era  también  objeto 
de  sus  declamaciones.  Le  tachaba  de  débil  porque  no  acusaba 
y  destituía  al  Libertador  presidente,  declarando  todos  sus  pro- 
cedimientos ilegales. 

No  obstante  la  oposición  de  Santander  y  de  los  movimientos 
y  esfuerzos  que  hizo  el  partido  exaltado,  el  congreso  acordó  la 
convocatoria  de  la  convención  nacional.  Siguiendo  el  vicepre- 
sidente sus  propias  opiniones  y  las  de  sus  amigos  políticos, 
objetó  la  ley,  contra  el  voto  unánime  de  su  consejo.  Es  cierto 
que  las  objeciones  no  se  versaban  sobre  la  sustancia  del 
proyecto,  por  lo  cual  convino  el  congreso  en  casi  todo  lo  que 
proponia  el  ejecutivo,  y  sancionado  por  este,  vino  á  ser  ley  de 
la  República  el  7  de  agosto.  Convocábase  por  esta  una  conven- 
ción general  de  diputados  de  las  provincias  de  Colombia,  que 
debían  reunirse  en  la  ciudad  de  Ocaña  el  2  de  marzo  de  1828. 
Tal  fué  el  resultado  de  aquella  célebre  cuestión  de  reformas, 
iniciada  en  Valencia  por  la  rebelión  de  Páez,  y  que  tanto  habia 
agitado  á  Colombia.  Aun  los  ojos  mas  penetrantes  en  ro  futuro 
no  podían  prever  cuáles  serian  las  consecuencias  de  esta  me- 
dida, que  por  desgracia  era  ya  necesaria;  pero  que  estaba  pre- 
ñada de  bienes  y  de  males  que  de  un  momento  á  otro  podían 
volcar  el  edificio  político  que  habia  costado  tamaños  sacrificios. 

El  congreso  dió  inmediatamente  después  el  reglamento  según 
el  cual  debían  elegirse  los  diputados  para  la  convención.  Como 
el  partido  exaltado  nada  pudo  hallar  en  tales  actos  contra  los 
principios  mas  liberales  del  derecho  constitucional,  calmaron 
algún  tanto  sus  declamaciones. 


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CAPÍTULO  III. 


37 


Entonces  todas  se  concentraron  para  atacar  al  Libertador 
después  de  su  arribo  á  Cartagena  y  de  la  contestación  que 
tiió  al  presidente  del  senado  y  al  ejecutivo,  de  que  obe- 
diente á  la  volnntad  nacional ,  se  ponia  en  camino  para  Bo- 
gotá. Como  al  mismo  tiempo  se  dirigían  algunos  cuerpos  de 
tropas  hácia  la  capital ,  tanto  del  departamento  del  Magda- 
lena, como  de  la  parte  de  Cúcuta,  Santander  y  los  de  su  par- 
tido hicieron  todos  los  esfuerzos  imaginables  á  fin  de  impedir 
aquella  marcha.  El  vicepresidente  manifestó  al  Libertador  que 
no  habia  con  qué  sostener  mas  tropas  en  lo  interior,  porque 
las  rentas  públicas  estaban  agotadas,  y  en  cuatro  meses  no  se 
habían  pagado  los  sueldos  de  los  empleados ;  añadía,  que  fuera 
de  esto,  eran  innecesarias  dichas  tropas  por  haber  cesado  los 
temores  que  inspiraba  la  tercera  división;  que  el  general 
Obando  habia  sido  reconocido  como  jefe  de  ella  y  restablecídose 
el  orden  constitucional  en  Guayaquil.  Empero  teniendo  el  Li- 
bertador noticias  mas  recientes  y  fidedignas  de  aquella  ciudad, 
manifestó  á  Santander  su  equivocación,  y  que  el  departamento 
de  Guayaquil  regido  por  un  general  extranjero  no  daba  la 
menor  garantía  de  órden  ;  así,  que  erau  necesarias  las  fuerzas 
que  le  acompañaban  para  disolver  los  cuerpos  de  la  tercera  di- 
visión y  cubrir  las  fronteras  meridionales  de  la  República  — 
«  cuanto  lo  exige  el  aspecto  poco  amistoso  que  presenta  ahora 
el  Perú,  y  las  siniestras  miras  con  que  se  ha  dicho  que  su  go- 
bierno restituyó  á  Colombia  las  tropas  auxiliares.  »  En  virtud 
de  tales  fundamentos  el  Libertador  se  denegó  á  dar  órdenes 
para  contramarchar  los  cuerpos  que  habia  dirigido  á  los  depar- 
tamentos del  centro. 

Dichos  cuerpos  se  hallaban  sujetos  á  la  autoridad  inmediata 
del  ejecutivo  de  Colombia,  que  no  estaba  á  cargo  del  Libertador, 
y  por  eso  el  vicepresidente  creyó  que  este  le  bacía  un  mani- 
fiesto agravio  introduciendo  tropas  en  su  territorio.  Sus  quejas 
se  aumentaron  con  justicia  cuando  supo  que  el  general  Urda- 
neta  traía  instrucciones  de  avanzar  hasta  Chocontá  en  el  de- 
partamento de  Cundinamarca,  y  de  no  obedecer  otras  órdenes 
que  las  comunicadas  por  la  secretaría  general.  No  se  podia  de- 
cir que  tales  providencias  emanaran  de  facultades  extraordi- 
narias que  tuviera  Bolívar;  pues  restablecido  el  órden  consti- 
tucional por  la  última  ley  del  congreso,  el  Libertador  nb  podia 
ejercer  las  funciones  ejecutivas,  sin  que  se  hallara  en  la  capi- 


*8  HISTORIA  DB  COLOMBIA. 

tal,  y  sin  haber  prestado  el  juramento  prevenido  por  la  consti- 
tución. Eran  por  consiguieute  actos  ilegítimos,  la  marcha  de 
las  tropas  y  otros  ejecutados  en  Cartagena,  donde  confirió  em- 
pleos, é  hizo  promociones  militares. 

Estos  procedimientos  del  libertador  dieron  ansa  al  vicepresi- 
dente para  hacer  un  grande  alboroto ;  él  publica  artículos 
fuertes  en  la  gaceta  de  gobierno,  denunciándolos  á  los  pueblos 
como  notorias  infracciones  de  la  constitución  ¿  él  dirige  al  con- 
greso enérgicas  protestas  contra  todo  acto  de  Bolívar  en  calidad 
de  .presidente  de  la  República  antes  de  prestar  el  juramento 
constitucional ;  él,  en  fin,  no  omite  . medio  alguno  para  concitar 
enemigos  al  Libertador,  diciendo  que  pretendía  establecer  ,uua 
verdadera  tiranía  sobre  la  ruina  de  la  .constitución  y  de  las 
leyes  que  regían.  Observaba,  y  lo  mismo  todos  sus  partidarios, 
haber  dicho  el  Libertador  que  se  ponia  en  marcha  para  la  ca- 
pital, sin  añadir  que  haría  el  juramento.  Inferían  de  aquí,  y 
aun  algunos  de  los  amigos  de  Bolívar  llegaron  á  temerlo,  que  el 
regreso  de  este  sería  parecido  al  de  Bonaparte  cuando  volvió  de 
Egipto,  y  que  aboliría  la  constitución  de  Colombia,  persiguiendo 
á  los  que  la  hubiesen  defendido. 

Mas  á  pesar  de  tantos  esfuerzos  del  partido  exaltado,  para 
concitarla  qpinion  pública  contra  el  Libertador,  ó  impedirle 
qne.entrára  á  ejercer  el  mando  supremo,  todas  sus  esperanzas 
fueron  ilusorias.  Persuadiéronse,  al  fin,  que  no  tenían  medio 
alguno  eficaz  para  contrarestar  el  grande  influjo  de  Bolívar  y 
las  fuerzas  respetables  que  marchaban  hácia  la  capital.  Yióse 
entónces  la  prudencia  con  que  el  Libertador,  aun  oponiéndose 
á  las  leyes  existentes,  habia  dispuesto  la  marcha  de  tropas  á 
los  departamentos  del  centro.  Sin  esta  medida  hubiera  esta- 
llado una  revolución  para  impedirle  que  mandára  por  mas 
tiempo  la  República  ;  revolución  y  guerra  civil  á  cuya  cabeza 
hubieran  estado  Santander  y  sus  consejeros  íntimos. 

Aquel,  instigado  por  su  impotente  rabia  y  por  su  odio  contra 
el  Libertador,  protestó  (agosto  24)  en  un  mensaje  dirigido  al 
üongreso,  que  estaba  en  la  firme  resolución  de  .resistir  la  en- 
trega del  mando,  miéntras  Bolívar  no  prestara  el  juramento 
debido.  Convocó  también  al  consejo  de  gobierno  con  el  fin, de 
consultarle  dos  proyectos  que  meditaba.  Era  el  primero,,  que 
no  teniendo  el  ejecutivo  fuerzas  con  que  oponerse  á  las  ,gne 
traia  el  presidente,  se  disolviera,  declarándolo  así  ,por  un^ta 


CAPÍTULO  XII.  Sft 

y  una  protesta.  Los  miembros  del  consejo  de  gobierno  que 
eran  amigos  del  Libertador,  que  no  se  dejaban  arrastrar  *por 
pasiones  iel  momento,  y  que  solo  querían  el  bieu  y  fe  conso- 
lidación de  la  República,  se  opusieron  unánimemente  á  Meas 
tan  subversivas  del  órden  y  de  la  tranquilidad.  En  segundo 
lugar  quiso  el  general  Santander  que  se  dirigiera  una  circular 
á  los  ministros  extranjeros,  protestando  contra  los  actos  ilegales 
de  Bolívar.  También  se  opuso  el  consejo  á  esta  medida  irregu- 
lar que  á  nada  conducía,  y  por  la  que  se  pretendía  conceder  á 
las  naciones  extranjeras  una  intervención  indebida. 

Viendo  Santander  que  ninguno  de  sus  proyectos  encontraba 
apoyo,  se  quejó  amargamente  de  la  apatía  de  sus  secretarios, 
para  defender,  según  decía,  las  libertades :  dijoles  estar  conve- 
nido con  doce  jefes  militares  en  que  si  resultaba  cierto  que  el 
sur  de  la  República  se  hubiese  decidido  por  el  sistema  federa- 
tivo, y  por  una  separación  del  centro  y  del  norte,  se  iría  allá 
con  todos  los  que  determináran  seguirle,  para  hacer  la  guerra 
al  Libertador :  repitió  entónces  por  la  centésima  vez,  que  da 
deseaba  ardientemente,  pues  le  aborrecía  de  muerte,  y  que  allí 
le  opondrían  las  barreras  formidables  del  Juanambú.  Los  -se- 
cretarios le  improbaron  todos  estos  proyectos,  que  manifestaban 
tan , poca  circunspección  y  cordura :  al  mismo  tiempo  aconseja- 
ron á  Santander  que  si  no  creía  segura  su  persona  de  la  ven- 
ganza de  Bolívar,  debía  renunciar  nuevamente  la  viceprasi- 
dencia  é  irse  á  viajar  fuera  de  Colombia,  mientras  pasaba  4a 
tempestad;  consejo  que  no  siguió,  pues  dijo  que  se  le  presen- 
taban graves  inconvenientes. 

Entre  tanto  el  Libertador  se  acercaba  por  tierra  á  la  capital, 
pues  desembarcando  en  el  Puerto-Nacional  de  Ocaña,  seguía 
de  4ísta  ciudad  á  la  de  Jirón.  En  Cáchira  recibió  el  decreto 
asordado  por  el  congreso  reduciendo  la  fuerza  del  ejército  tle 
Colombia  á  diez  mil  hombres,  disposición  que  le  molestó  sobre 
manera.  Desde  allí  envía  á  su  edecán  el  coronel  Wilson  con 
pliegos  para  el  ejecutivo  y  para  el  congreso.  Manifestaba  á  este, 
que  subsistiendo  aquella  limitación,  no  podría  encargarse  del 
gobierno  porque  no  tendría  medios  de  hacerse  obedecer  ^ 
sobre  todo  en  Guayaquil,  departamento  que  había  proclamado 


(*)  El  ejército  cólombtano  «n  aquella  época  rolo  ascendía  á  poco  mas 
de  díte  mil  hombros,  sin:eontar<do6  mü  qvc  estiban  enlBoirtia. 


60  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

la  federación,  sistema  de  gobierno  que  era  opuesto  á  sus  ideas. 
Examinado  el  negocio  en  el  congreso,  le  contestó  el  presidente 
del  senado,  que  viniera  á  encargarse  del  poder  ejecutivo,  y  que 
podría  después  hacer  presente  al  congreso  lo  que  estimara 
oportuno  sobre  la  reducción  del  ejército.  El  Libertador  espe- 
raba la  respuesta  en  el  Socorro,  y  habiéndola  hallado  satisfacto- 
ria, continuó  su  viaje  á  Bogotá.  Acompañábanle  el  jefe  de  es- 
tado mayor  general  Briceño  Méndez  y  el  general  ürdaneta; 
este  habia  dejado  en  Soatá  la  división  del  Zúlia.  Todos  los  ofi- 
ciales que  llegaban  á  la  capital,  del  cuartel  general  Libertador, 
venian  preguntando  dónde  estaban  las  avanzadas  de  las  tropas 
de  Santander :  tan  persuadidos  se  hallaban  de  que  este  opon- 
dría la  fuerza  contra  la  autoridad  del  presidente. 

De  Cipaquirá  avisó  Bolívar  que  prestaría  el  juramento  cons- 
titucional en  el  momento  de  llegar.  Al  efecto  se  reunieron  las 
dos  cámaras  legislativas  en  el  hermoso  templo  de  Santo  Do- 
mingo. El  Libertador  llegó  á  las  tres  de  la  tarde  del  10  de  se- 
tiembre, é  introducido  por  una  gran  diputación  prestó  en  ma- 
nos del  presidente  del  senado,  el  juramento  de  observar  y  hacer 
eumplir  la  constitución  de  la  República,  acto  que  fué  aplaudido 
por  un  numeroso  concurso.  En  seguida  pronuncia  una  corta 
arenga  en  que  ofrece  gobernar  conforme  á  la  constitución  y  á 
las  leyes,  y  entregar  á  Colombia  libre  y  unida  á  la  convención 
nacional.  Contestóle  en  términos  muy  satisfactorios  el  presi- 
dente del  congreso  Vicente  Borrero.  • : 

El  vicepresidente  Santander  aguardaba  al  Libertador  en  la 
casa  del  gobierno ,  con  bastante  ansiedad ,  acompañado  de  los 
secretarios  y  de  las  principales  autoridades.  Felicitóle  en  un 
discurso  por  su  arribo  á  la  capital  y  por  haberse  encargado  del 
ejecutivo  nacional.  La  contestación  del  Libertador  fué  llena  de 
urbanidad ,  y  dijo  entre  otras  cosas ,  que  la  conducta  del  vice- 
presidente habia  sido  arreglada  á  las  leyes.  Aquel  dia  corrió 
felizmente  sin  que  hubiera  manifestación  alguna  de  la  enemis- 
tad decidida  que  existia  por  desgracia  entre  ambos  magistrados. 

Apénas  se  hizo  cargo  del  gobierno,  dispuso  el  Libertador  que 
continuára  la  sesión  extraordinaria  del  congreso.  Díjole  en  Si 
mensaje  ser  para  darle  cuenta  del  modo  con  que  habia  ejercido 
las  facultades  extraordinarias ,  y  de  los  arreglos  hechos  en  los 
departamentos  de  Venezuela;  así  como  para  que  considerase  el 
estado  general  de  la  nación.  Posteriormente  sometió  al  mismo 


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T.APÍTUJLO  Xll.  61 

congreso  algunas  materias  especiales  de  los  ramos  del  interior, 
de  guerra,  de  marina  y  de  hacienda.  La  situación  en  que  esta 
se  hallaba  era  lamentable ,  pues  no  habia  con  que  hacer  los 
gastos  públicos. 

Sin  embargo  de  que  los  actuales  secretarios  de  Estado  mani- 
festaron al  Libertador  la  conveniencia  de  que  formase  un  nuevo 
ministerio,  pues  ellos  estaban  comprendidos  en  las  declamacio- 
nes que  se  hacían  contra  la  administración  del  general  Santan- 
der, de  ningún  modo  quiso  asentir  (setiembre  42).  Nombróles 
pues  nuevamente,  al  señor  Revenga  para  las  relaciones  exterio- 
res, eximiendo  de  esta  secretaria  a  José  María  Restrepo,  quien 
la  habia  desempeñado  junto  con  la  del  interior  desde  que  Bo- 
lívar se  fué  para  Venezuela;  Restrepo  continuó  encargado  déla 
secretaría  del  interior ;  el  doctor  José  María  del  Castillo  volvió 
á  la  de  hacienda,  que  antes  renunciara,  dimisión  que  le  fué  ad- 
mitida por  el  vicepr&sidente ;  al  general  de  división  Carlos  Sou- 
blette  se  le  encargaron  los  departamentos  de  guerra  y  marina. 
Esta  distinción  y  testimonio  público  que  dió  el  Libertador  de 
hallarse  satisfecho  de  la  conducta  oficial  de  los  miembros  que 
componian  el  ministerio,  fué  la  mejor  contestación  que  estos 
pudieran  dar  á  las  diatribas  que  se  habían  publicado  contra 
ellos,  especialmente  en  la  rebelión  de  Venezuela. 

El  ministerio  se  decidió  á  continuar  después  de  haberle  ase- 
gurado el  Libertador,  que  su  firme  resolución  era  mandar  con- 
forme á  las  leyes ,  y  como  presidente  constitucional  de  Colom- 
bia ;  díjoles  que  trabajaría  con  empeño  para  ver  si  podia  conseguir 
la  reconciliación  de  todos  los  partidos. 

Á  la  entrada  del  presidente  en  Bogotá  se  ausentaron  los  se- 
nadores Soto,  Juan  Nepomuceno  Azuero  y  Miguel  Uribe  Res- 
trepo,  temiendo  el  resentimiento  de  Bolívar  por  los  violentos 
discursos  que  habían  pronunciado  contra  él,  especialmente 
cuando  se  debatía  la  cuestión  sobre  la  rennncia  de  la  presiden- 
cia. Rióse  Bolívar  de  sus  temores,  así  como  de  los  de  algunos 
periodistas  que  tanto  le  habían  atacado.  Hízoles  decir  á  todos— 
«  que  vivieran  tranquilos  y  seguros,  pues  no  conservaba  resen- 
tftniento  alguno  contra  ellos.  » 

Para  calmar  los  partidos  mandó  expedir  circulares  encar- 
gando á  los  intendentes,  gobernadores  y  demás  autoridades, 
que  cuidasen,  ejerciendo  su  influjo  y  por  cuantos  medios  les 
fuera  posible,  de  restablecer  la  concordia  de  los  ánimos  entre 


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62  HISTORIA  M  COLOMBIA. 

los;  Colombianos,  el  imperio  y  la  obediencia  k  las  leyes,  y  el 
exacto  cumplimiento  de  las  órdenes  y  disposiciones  del  go- 
bierno.. Se  les  indicaba  que  para  el  restablecimiento  de  la  con- 
cordia procurasen  conseguir  que  cesara  la  guerra  de  papeles,  y 
que.  no  sej  escribiera  contra  personas  ni  corporaciones  determi- 
nadas^ pues  convocada  la.  convención  nacional  y  publicada  la 
ley  de,  olvido  ,  un  velo  impenetrable  debia  cubrir  á  todos  los 
suceso»  anteriores,  y  darse  los  Colombianos  un  ósculo  fraternal, 
á  cuyo  efecto  la  imprenta  no  debia  ocuparse  sino  en  proponer 
los  remedios  mas  propios  para  curar  las  profundas  heridas  que 
habia  recibido  la  patria,  por  los  encarnizados  bandos  que  ántes 
dividieran  á  sus  hijos. 

El  Libertador  extendió  sus  cuidados  á  reorganizar  todos  los 
ramos  de  la  administración  pública ,  y  á  nombrar  empleados 
de  su  confianza.  Trabajaba  asiduamente  con  sus  secretarios, 
aplicando  su  atención  hasta  ¡Líos  últimos  pormenores  del  go- 
bierno. Ninguno  creía  que  la  imaginación  ardiente,  y  el  genio 
tan  vivo  de  Bolívar  pudieran  contraerse  al  despacho  de  tantos 
detalles;  mas  se  engañaban.  No  solamente  los  atendía,  sino  que 
los  penetraba  inmediatamente ,  aun  cuando  fueran  de  ramos 
extraños  á  su  profesión  militar,  por  ejemplo  de  jurisprudencia, 
á  la  que  tenia  la  mayor  aversión,  lo  mismo  que  á  los  abogados. 
Tampoco  se  encaprichaba  en  sostener  sus  opiniones,  aunque 
algunas  veces  las  llevara  formadas  al  consejo;  cuando  los  se- 
cretarios le  manifestaban  buenas  razones  en  contrario ,  cedia 
con  docilidad. 

Viéndole  gobernar  legalmente  desapareció  en  gran  parte  la 
acrimonia  de  los  partidos  en  la  capital.  Lo  mismo  sucedía  en 
las  provincias  y  adonde  quiera  que  llegaban  las  noticias  de  que 
el  Libertador  se  hallaba  ejerciendo  el  poder  ejecutivo.  Hasta  sus 
mismos  enemigos  iban  deponiendo  su  enemistad,  y  casi  todos 
los  Colombianos  confiaban  en  que  por  medio  de  sus  talentos  y 
de.  su  grande  influjo  se  podría  conseguir  que  renacieran  los 
dias  bellos  aunque  fugaces  de  Colombia. 

Como  la  convención  nacional  era  la  áncora  de  la  esperanza 
para  el  restablecimiento  de  la  República ,  el  Libertador,  al  dis- 
poner la  circulación  del  reglamento  para  las  elecciones  de  sus 
miembros,  encargó  muy  encarecidamente  á  los  intendentes  y 
gobernadores,  cuidáran  de  que  se  hicieran  las  elecciones  con  el 
mayor  órden  y  libertad.  Al  mismo  tiempo  recomendó  que  las 


• 


capítulo  xit.  63 

provincias  escogieran  para  orputaaos  a  personas  ne  prouioaa , 
de  mees,  de  patriotismo  conocido ,  y  de  adhesión  á  la  indepen- 
dencia y  libertades  de  Colombia.  El  Libertador  y  sus  principales 
agentes*  cumplieron  esta  circalar  con  la  mayor  exactitud. 

Durante  la  sesión  extraordinaria  el  congreso  dió  al  Libertador 
las  pruebas  mas  brillantes  de  la  confianza  que  en  él  tenia. 
Aprobó  en  todas  sus  partes  las  medidas  extaordinarias  que  ha- 
bía dictado  en  los  departamentos  del  Zúlia ,  Venezuela ,  Matu- 
rin  y  Orinoco  :  le  facultó  para  conceder  por  sí  solo  grados  y 
ascensos  á  los  militares  roas  beneméritos ,  aun  estando  reunido 
ei  congreso  ;  para  vender  los  buques  de  la  marina  de  guerra 
que  no  juzgase  necesarios ;  para  mejorar  los  caminos,  disminuir 
las  cuotas  de  rentas  municipales ,  cuyo  gravamen  detestaban 
los  pueblos ;  y  para  reformar  el  plan  de  universidades  y  cole- 
gios de  la  República  (*).  En  hacienda  estableció  el  congreso  una 
contribución  directa  urbana  que  nunca  se  cobró ,  porque  se  vió 
que  causaria  sumo  disgusto  a  los  Colombianos  :  también  esta- 
bleció las  de  alcabala  y  de  patentes,  autorizando  plenamente  al 
mismo  Libertador  para  que  hiciera  en  la  parte  administrativa 
de  la  hacienda  nacional  los  arreglos  que  estimara  convenientes. 

Entre  los  negocios  que  ocuparon  al  congreso  en  la  sesión  ex- 
traordinaria ,  fué  uno  la  representación  que  el  vicepresidente 
Santander  habia  dirigido  al  Libertador  después  que  este  se 
encargó  del  mando.  Solicitaba  en  ella  que  hiciera  indagar  por 
todos  los  medios  legales  que  estuvieran  en  su  poder  —  «  si  él 
tenia  dinero  en  algún  Banco  extranjero ,  ó  si  durante  su  go- 
bierno se  habia  mezclado  en  alguna  negociación  de  cualquiera 
especie  que  fuera.  »  Esta  representación  provenía  acaso  de  las 
declamaciones  que  Bolívar  y  algunos  de  sus  partidarios  habían 
hecho  en  Venezuela,  sobre  las  pretendidas  negociaciones 
del  vicepresidente  con  los  fondos  del  empréstito.  El  Libertador 
declaró  que  nada  de  lo  que  contenia  el  pedimento  le  tocaba  de- 
eidir  y  que  pasára  á  la  cámara  de  representantes.  En  esta  fué 
origen  de  acaloradas  discusiones ,  y  varios  diputados  elevaron 
sus  voces  apasionadas  contra  Santander,  procurando  resucitar 
A  cuestión  antigua  del  empréstito  y  de  su  inversión,  y  propo- 
niendo que  se  acusara  al  vicepresidente.  Empero  otros  repre- 
sentantes le  defendieron  como  era  justo,  y  al  fin  el  mismo  dia 

(1)  Véase  la  nota  6«. 


Dígita 


64  HISTORIA  DI  COLOMBIA. 

que  cerrara  el  congreso  sus  sesiones,  acordó  la  cámara  —  «  nom- 
brar una  comisión  de  cinco  diputados ,  que  reuniera  los  datos 
acerca  del  empréstito ,  y  que  recibiera  las  pruebas  que  el  gene- 
ral Santander  quisiera  presentar  ó  pedir,  á  fin  de  que  se  viese 
el  negocio  en  otra  sesión. »  Mas  fué  esta  la  última,  y  no  se  vol- 
vió á  discutir  una  cuestión  que  babia  sido  tan  dilatada  é  impor- 
tante. 

Después  de  acordar  todos  los  actos  legislativos  ya  menciona- 
dos, el  congreso  terminó  sus  sesiones  el  5  de  octubre.  Como  la 
convención  debia  instalarse  el  2  de  marzo  venidero,  todo  el 
mundo  juzgaba  que  este  sería  el  último  congreso  que  se  juntara 
bajo  la  constitución  de  Gúcuta.  Disolvióse  sin  haber  fijado  por 
ley  los  gastos  públicos ,  siguiendo  en  esto  el  mal  ejemplo  de  los 
anteriores. 

Ya  habían  calmado  algún  tanto  las  pasiones  políticas  y  rena- 
cido la  tranquilidad  en  las  provincias  del  centro  de  la  Repú- 
blica ,  cuando  vino  á  turbarlas  un  fuerte  sacudimiento  de  la 
naturaleza.  EH6  de  noviembre,  á  las  seis  y  cuarto  de  la  tarde, 
un  terremoto  conmovió  la  capital  y  algunas  provincias  del  sur 
y  del  norte,  de  una  manera  terrible  :  varios  templos ,  muchas 
casas,  y  como  doscientas  cincuenta  personas  fueron  víctimas  de 
tan  horrendo  temblor  de  tierra,  el  mas  fuerte  de  todos  los  que 
se  habían  sentido  en  Bogotá  y  en  las  provincias  circunvecinas, 
en  los  últimos  cincuenta  años.  Poco  á  poco  fué  calmando  el 
terror  de  los  habitantes;  pero  los  daños  causados  duraron  largo 
tiempo  (*). 

Uno  de  los  primeros  cuidados  del  Libertador  después  que  se 
hizo  cargo  del  mando  de  Colombia ,  fué  restablecer  la  tranqui- 
lidad y  el  orden  constitucional  en  el  importante  departamento 
de  Guayaquil,  que  aun  se  resentía  del  desórden causado  por  el 
regreso  de  la  tercera  división.  Después  de  dirigir  á  los  Guaya- 
quileños  una  proclama,  en  que  les  decía  que  ellos  no  eran  cul- 
pables, sino  sus  conductores,  los  excitaba  á  que  se  abrazaran 
como  hermanos  —  «  á  la  sombra  de  los  laureles ,  de  las  leyes , 
y  del  nombre  de  Colombia.  »  Envió  también  algunas  tropas 
hácia  Popayan.  Al  mismo  tiempo  los  generales  Torres  y  Flore*, 
trabajaban  de  consuno  en  reprimir  la  facción  militar  que  domi- 
naba en  Guayaquil.  Esta,  capitaneada  por  los  comandantes  José 

(i)  Véase  la  nota  T. 


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A  '  caHtulü  xii.  6.s 

Antonio  Carvallo,  Juan  José  y  Ramón  Arríela,  había  tratado  en 
tos  días  9  á  i  1  de  setiembre  de  proclamar  al  gobierno  del  Perú, 
destituyendo  k  las  autoridades  del  país.  Los  facciosos  consiguie- 
ron apoderarse  de  la  artillería ,  del  cuartel  de  húsares  y  de  las 
fuerzas  marítimas ,  apoyados  en  el  batallón  Guayas,  que  estaba 
ganado.  Mas  el  comandante  general  Antonio  Elizaldc  ,  se  puso 
á  la  cabeza  de  una  columna  de  Ayacucho;  obrando  con  firmeza 
y^ecision  se  hizo  respetar  por  los  traidores,  que  no  hallando 
cooperación  en  el  pueblo,  se  acobardaron.  Reunidos  la  munici- 
palidad y  gran  número  de  padres  de  familia  ,  obligaron  á  los 
facciosos  á  someterse  y  á  dejar  el  país.  El  batallón  Guayas  salió 
también  de  la  ciudad  para  situarlo  en  la  Punta  de  Santa  He- 
lena ,  donde  fué  disuelto  por  hallarse  corrompido  con  tantas 
sediciones. 

Por  el  contrario,  el  espíritu  y  la  moral  del  batallón  Vencedor 
mejoraba  cada  dia  y  estaba  decidido  á  sostener  lo  que  dispusiera 
el  Libertador ;  empero  no  tenia  un  jefe  capaz  de  dirigir  sus  mo- 
vimientos. Sabiéndolo  el  general  Flórez ,  que  acechaba  cuanto 
sucedía  en  Guayaquil,  se  pone  de  acuerdo  con  el  general  Turres, 
quien  había  recibido  órdenes  del  poder  ejecutivo  para  encar- 
garse del  mando  civil  y  militar  del  departamento ,  á  fin  de  que 
ib  reclame.  Después  de  haber  dado  tal  paso ,  envía  Flórez  al 
demandante  Manuel  de  León ,  jefe  de  toda  su  confianza,  para 
que  se  presente  en  Guayaquil  como  huyendo  del  mismo  Flórez, 
qmen  escribe  á  Elizalde  una  carta  contra  León.  En  consecuen- 
cia de  este  ardid,  Elizalde  nada  sospecha,  y  León  marcha  á 
Samborondon ,  pueblo  en  que  el  Vencedor  se  halla  acantonado 
(setiembre  22).  Allí  se  pone  á  su  cabeza,  proclama  la  obedien- 
cia al  Libertador,  y  desconoce  las  autoridades  revolucionarias 
establecidas  en  la  capital ,  exigiendo  de  ellas  que  restituyan  el 
orden  constitucional  alterado  habia  algunos  meses.  En  vano  el 
comandante  general  Elizalde  procura  persuadir  á  León  que  de- 
sista de  su  patriótico  iutento ;  él  se  sostiene  y  declara  que  está 
obrando  conforme  á  las  órdenes  de  Flórez.  El  segundo  coman- 
dante de  Ayacucho  también  apoya  su  intento. 
•  Sin  detenerse  marcha  á  la  plaza  apoderándose  de  los  cuarte- 
les de  húsares  y  de  Ayacucho ,  cuyos  cuerpos  no  hacen  resis- 
tencia ;  ántes  bien  apoyan  el  movimiento.  Ocupó  igualmente  el 
parque  y  los  demás  puestos  militares  de  la  ciudad,  sin  que  hu- 
biera desgracia  alguna. 

TOMO  iv.  5 


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66  HISTORIA  DB  COLOMBIA. 

En  estas  circunstancias  el  intendente  Novoa  se  portó  con  la 
misma  firmeza  y  decisión  que  tuvo  cuando  el  motin  peruano 
de  los  Arrietas.  Desde  antes  habia  recibido  las  órdenes  del  se- 
cretario del  interior,  en  que  le  prevenía  diera  posesión  de  la 
intendencia  al  general  Ignacio  Torres.  Al  tiempo  de  instruir  de 
ellas  á  la  municipalidad  el  25  de  setiembre,  le  manifestó  que 
estando  ya  convocada  la  convención ,  todo  debia  volver  en 
Guayaquil  al  orden  constitucional.  Así  lo  acordó  la  municipa- 
lidad, oyendo  previamente  el  dictamen  de  diez  padres  de  fami- 
lia de  los  principales  vecinos. 

Inmediatamente  después  de  haber  acaecido  esta  contrarevo- 
lucion  entraron  en  Guayaquil  los  generales  Tórres  y  Flórez.  Aun- 
que iban  por  los  distantes  caminos  del  Naranjal  y  de  Babahoyo, 
habían  combinado  tan  exactamente  sus  jornadas,  que  llegaron 
el  mismo  dia.  Seguian  á  Flórez  los  batallones  Rifles  y  Carácas, 
y  á  Tórres  la  mayor  parte  de  Ayacucho.  Encargóse  Tórres  de 
la  intendencia  y  del  mando  civil,  y  confirió  el  militar  á  Flórez. 
Bustamante,  Juan  Francisco  Elizalde ,  Merino ,  Delgado  y  otros 
oficiales  facciosos  hasla  el  número  de  cincuenta  y  tres  huyeron, 
especialmente  al  Perú,  abandonando  la  patria,  que  habian  des- 
honrado con  sus  delitos.  De  esta  manera  se  restableció  la  tran- 
quilidad y  el  imperio  de  la  constitución  y  leyes  colombianas  en 
el  departamento  de  Guayaquil.  Contribuyeron  sobre  manera  á 
este  feliz  suceso  las  noticias  de  que  el  Libertador  iba  á  encar- 
garse del  mando  supremo ,  así  como  los  talentos  y  astucia  del 
general  Flórez,  quien  adquirió  nuevos  títulos  á  la  gratitud  na- 
cional. 

En  tanto  que  ocurrían  estos  sucesos  en  el  sur,  el  centro  y 
costas  de  la  Nueva  Granada  permanecían  tranquilos,  pues  bajo 
él  mando  del  Libertador,  habian  calmado  un  poco  los  mutuos 
odios  y  resentimientos  de  los  partidos.  Mas  no  se  hallaban  en 
el  mismo  estado  los  departamentos  del  nordeste  de  la  Repú- 
blica. Á  poco  tiempo  de  haber  salido  de  ellos  el  Libertador,  es 
decir,  desde  el  mes  de  agosto ,  se  sintió  un  malestar  é  inquie- 
tud general,  que  presagiaba  disturbios  y  acaso  una  revolución 
qtte  interrumpiera  la  tranquilidad  que  habian  gozado.  Hubo 
movimientos  sediciosos  en  Qrituco,  San  Sebastian,  los  Teques, 
Charallave  y  otros  lugares  del  Llano- Alto  de  Carácas;  allí  exis- 
tían las  partidas  de  guerrilla  de  Doroteo  Herrera  y  de  Juan 
Centeno ,  los  que  hacía  mucho  tiempo  que  trabajaban  á  favor 


*  4 

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I 


CAPÍTULO  III.  67 

del  rey  de  España :  hallábanse  apoyados  en  las  fragosas  monta- 
ñas de  los  Güires,  y  era  harto  difícil  destruir  estas  guerri- 
llas. Aun  era  mas  temible  la  facción  de  Cisnéros,  que  saqueaba, 
robaba  y  destruía  el  territorio  de  Guarénas ,  Petare ,  Santa  Lu- 
cía y  otros  distritos  parroquiales  de  los  valles  del  Tuy ;  en  sus 
bosques  y  montañas  tenia  sus  guaridas ,  inquietando  muy  de 
cerca  á  la  capital  de  Venezuela,  adonde  se  aproximaba  algunas 
veces. 

Desde  el  mes  de  agosto  principió  á  observarse  una  grande 
actividad  en  todas  estas  guerrillas,  cuyo  número  y  fuerzas  cre- 
cían por  los  socorros  que  les  enviaban  los  realistas,  especial- 
mente de  Caracas ,  que  también  les  daban  avisos  á  fin  de  que 
tuvieran  buen  éxito  sus  correrías;  así  fué  ,  que  Cisnéros  pudo 
espiar  y  apoderarse  en  el  sitio  del  Lagartijo  de  mas  de  diez  mil 
pesos  que  se  remitían  de  Ocumare  á  Orituco  para  comprar  los 
tabacos  de  esta  factoría,  presa  que  aumentó  sus  recursos  y  par- 
tidarios. 

Súpose  en  breve  que  la  extraordinaria  actividad  de  las  guer- 
rillas enemigas  provenia  de  inteligencias  que  el  capitán  general 
de  Puerto-Rico  manlenia  con  los  realistas  del  país,  valiéndose 
del  doctor  José  Domingo  Diaz  ,  enemigo  irreconciliable  de  la 
independencia  de  su  patria.  La  policía  de  Caracas  descubrió 
cartas  y  proclamas  incendiarias  de  Diaz  en  poder  de  los  religio- 
sos Habelo  y  Juan  José  García.  Averiguóse  también  que  el  oficial 
español  de  artillería  don  José  Arizábalo,  á  quien  se  había  per- 
mitido residir  en  Caracas,  después  que  fué  rendido  y  capitulado 
en  Maracáibo,  abusando  del  beneficio  que  recibiera  por  súplicas 
de  algunos,  se  puso  en  comunicación  con  los  guerrilleros,  y 
ocultamente  se  les  pasó  :  juntándolos  en  los  Güires  fué  recono- 
cido en  los  últimos  dias  de  setiembre  por  comandante  general 
de  todas  las  guerrillas  tituladas  realistas,  en  cumplimiento  de 
un  despacho  que  le  envió  el  capitán  general  de  Puerto-Rico. 
Desde  entonces  se  hicieron  audaces ,  obraron  de  acuerdo  y  tu- 
vieron mas  partidarios ;  pero  aunque  lo  intentaron  repetidas 
veces,  jamas  consiguieron  apoderarse  de  ningún  punto  de  la 
cdsta.  Deseaban  esto  ardientemente  y  les  convenia  sobre  ma- 
nera para  recibir  los  socorros  que  les  habían  ofrecido  los  jefes 
españoles  de  Cuba  y  Puerto-Rico. 

Solamente  la  guerrilla  de  Cisnéros  no  recouocia  la  coman- 
dancia general  de  Arizábalo.  Aquel  astuto  guerrillero  admitió 


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68  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

el  despacho  de  coronel  que  á  nombre  del  rey  de  España  le  en- 
viára  el  capitán  general  de  Puerto-Rico,  pero  jamas  quiso  obe- 
decer órdenes  algunas  de  otro  jefe.  Amaba  sobre  manera  la 
independencia  para  ejecutar  á  su  antojo  cuantas  fechorías  se  le 
proporcionáran. 

Una  conflagración  general  debia  estallar  en  Venezuela,  y  los 
cabecillas  designados  se  pusieron  en  campaña.  Su  primer  anun- 
cio fué  la  rebelión  de  los  Teques,  la  que  se  anticipó  sin  que 
todas  las  demás  partidas  estuvieran  prontas  á  obrar.  Fué  esta 
una  fortuna,  porque  los  facciosos  de  los  Teques  llegaron  á  tener 
mas  de  tres  mil  hombres  diseminados  en  la  dilatada  cordillera 
que  se  extiende  desde  el  Consejo  hasta  San  Casimiro  de  Gui- 
ripa,  sin  contar  la  antigua  facción  de  los  Güires ,  que  se  ampa- 
raba en  los  bosques  de  Orituco ,  Tamanaco  y  Batatal,  extendién- 
dose hacia  los  valles  del  Guapo  y  Riochico. 

Alarmado  el  general  Páez  con  estos  principios,  que  anuncia- 
ban un  formidable  incendio,  marcha  personalmente  á  los  Te- 
ques con  la  tuerza  que  de  pronto  puede  reunir ;  son  dispersados 
los  facciosos,  y  cogidos  con  sus  armas  los  principales  autores,  á 
los  que  manda  ejecutar  pronta  y  militarmente.  Este  ejemplo 
de  vigor,  y  un  indulto  que  publica  inmediatamente  después, 
surten  los  mas  felices  resultados,  disipándose  del  todo  la  fac- 
ción de  los  Teques  y  renaciendo  la  tranquilidad  en  aquel  dis- 
trito. 

Las  demás  guerrillas  fueron  perseguidas  viva  y  constante- 
mente en  todas  direcciones;  mas  abrigadas  por  bosques  y  vastos 
desiertos  por  mucho  tiempo  fué  imposible  destruirlas.  El  gene- 
ral Infante  y  los  coroneles*  Cegarra  y  Cistiaga,  Padrón  y  Ca- 
vante, Tórres  y  otros,  adquirieron  mucha  reputación,  é  hicie- 
ron distinguidos  servicios  en  esta  clase  de  guerra  de  partidos, 
tan  difícil  como  peligrosa  en  los  yermos  y  montañas  de  Vene- 
zuela. Con  la  asidua  persecución  hecha  por  las  excelentes  tro- 
pas del  gobierno  colombiano,  y  castigando  severamente  á  los 
cabecillas  que  se  aprehendían  haciendo  armas  contra  la  Repú- 
blica, se  consiguió  reprimir  á  las  numerosas  guerrillas  que  se 
habían  levantado  y  que  volvieran  á  ocupar  sus  guaridas  acos- 
tumbradas. 

Fuera  de  la  inquietud  que  causaban  las  guerrillas  de  Vene- 
zuela, ci  jefe  superior  tenia  que  luchar  con  otra  grave  dificul- 
tad. Esta  era  la  escasez  de  fondos  que  se  hacía  sentir  al  mismo 


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CAPÍTULO  XII.  «9 

tiempo  que  pululaban  las  guerrillas.  Mientras  el  Libertador 
permaneció  en  Caracas,  su  grande  celo  y  activas  providencias 
mejoraron  los  rendimientos  de  la  hacienda;  empero  esta  pros- 
peridad fué  efímera,  y  sin  que  podamos  explicar  las  causas 
pronto  desapareció,  acaso  por  el  aumento  de  tropas  y  de 
gastos. 

Tampoco  estaba  tranquilo  el  departamento  del  Orinoco.  En 
los  últimos  dias  de  agosto  hubo  en  el  pueblo  de  los  Indios  semi- 
bárbaros de  Cunaviche  un  motin  capitaneado  por  Hermenegildo 
Benavídes  y  otros  pardos :  aseguraban  estos  obrar  de  acuerdo 
con  el  fugitivo  general  Miguel  Guerrero,  á  quien  se  procesaba 
por  órdenes  del  gobierno  supremo,  á  causa  de  haber  hecho 
asesinar  al  valiente  coronel  Aramendi ;  ellos  meditaban  apo- 
derarse de  la  provincia  de  Apure.  Mas  fué  tanta  la  celeridad 
con  que  los  persiguió  el  coronel  Facundo  Mirabal,  comandante 
de  San  Fernando,  que  los  obligara  á  huir  pasando  el  caudaloso 
rio  Carcanaparo  ;  antes  cometieron  algunos  asesinatos  en  perso- 
nas blancas,  indicaute  seguro  de  la  guerra  que  preparaban. 
Situados  mas  de  quinientos  en  el  desierto  médano  de  Potreri- 
tos,  nada  se  pudo  hacer  por  algún  tiempo  para  someterlos  del 
todo,  sino  ejecutar  en  San  Fernando  á  algunos  de  los  que  se 
aprehendieron.  Continuando  sin  embargo  la  insurrección  ar- 
mada de  los  Indios,  el  gobernador  de  Apure  Cornelio  Muñoz 
reunió  tropas,  los  sorprendió  el  20  de  diciembre  en  San  Rafael, 
é  hizo  cerca  de  trescientos  prisioneros  de  ambos  sexos;  sus  fa- 
milias fueron  enviadas  á  la  provincia  de  Caracas  á  fin  de  que 
no  volvieran  á  insurreccionarse,  providencia  que  unida  á  otros 
castigos  puso  término  á  la  rebelión  de  Cunaviche. 

Por  el  mes  de  octubre  hubo  otros  movimientos  revoluciona- 
rios en  las  provincias  de  Barínas,  Coro  y  Guayana.  Los  de  la 
primera  fueron  promovidos  por  las  intrigas  de  los  partidarios 
de  la  España.  Casi  á  un  mismo  tiempo  se  descubrió  en  la 
ciudad  de  Barínas  una  conspiración  para  robar  las  cajas  pú- 
blicas y  asesinar  á  várias  personas  respetables :  cerca  del  rio 
Mazparro,  Nicolás  Valero  levantó  una  partida ;  en  Nútrias,  Pe- 
draza  y  Sabaneta  aparecieron  otras,  promovidas  por  los  amigos 
de  la  España  Nicolás  Bescanza  y  Cárlos  Condesuyers.  Mas  el 
comandante  general  José  Ignacio  Pulido  declaró  la  provincia 
en  asamblea :  obrando  entónces  con  facultades  extraordinarias 
y  con  la  energía  que  le  daba  esta  declaración,  pudo  contener 


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70  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

* 

las  facciones  que  brotaban,  y  castigar  de  muerte  á  algunos  de 
sus  cómplices  y  fautores. 

En  la  provincia  de  Coro,  el  capitán  de  milicias  Candelario 
Oliváres  proclamó  al  rey  en  el  cantón  de  San  Luis;  pero  no 
tuvo  séquito  su  proyecto,  y  los  sediciosos  fueron  aprehendidos 
por  sus  mismos  compatriotas. 

La  revolución  de  Guayana  ocurrió  en  la  capital  de  Angos- 
tura. La  promovieron  su  municipalidad  y  el  alcalde  primero 
Felipe  Domínguez.  En  dos  reuniones  tenidas  por  los  padres  de 
familia  y  los  jefes  de  la  guarnición,  acordaron  en  los  últimos 
días  de  octubre  reducir  á  prisión  y  deponer  al  gobernador  Oli- 
váres y  al  intendente  del  departamento  José  Félix  Blanco; 
habia  este  ido  á  la  ciudad  de  Angostura  con  el  objeto  de  visitar 
y.restablecer  las  rentas  públicas,  corrigiendo  varios  abusos  que 
se  habian  introducido,  lo  que  le  atrajo  el  odio  de  muchos.  Atri- 
buyéronle varios  actos  que  llamaban  de  despotismo,  arbitra- 
riedad y  desprecio  del  decoro  público,  así  como  al  gobernador, 
que  se  decia  haber  injuriado  y  hecho  insultos  graves  á  la  mu- 
nicipalidad. El  alcalde  primero  municipal  Domínguez  fué  nom- 
brado gobernador  interino  de  la  provincia,  y  comandante  de 
armas  el  coronel  Hemijio  Fuenmayor,  por  ausencia  del  general 
José  Gregorio  Monágas.  Después  que  enviaron  á  San  Fernando 
al  coronel  Blanco,  fué  á  Angostura  el  general  Silva  y  se  hizo 
cargo  del  mando,  sin  que  asonada  tan  escandalosa  hubiera 
producido  otras  consecuencias.  Obrando  Silva  con  vigor  consi- 
guió que  se  respetara  al  gobierno.  Algunos  de  los  cabecillas  se 
escaparon  á  las  colonias  extranjeras,;  á  otros  se  les  remitió  á 
Carácas  y  á  Bogotá  para  ser  juzgados. 

Fué  mucho  mas  difícil  terminar  la  rebelión  que  desde  el  mes 
de  agosto  comenzó  en  la  provincia  de  Cumaná.  íbase  á  prender 
á  Pedro  Coronado  por  un  impreso  sedicioso  que  publicára,  al 
que  condenaron  los  jurados.  En  vez  de  obedecer  el  auto  de 
prisión  huye  á  las  cercanías  de  la  capital ;  allí  se  reúne  con  su 
hermano  Bonifacio,  con  Isidoro,  Luis  y  Rosario  Castillo,  y  con 
otros,  de  suerte  que  desde  el  principio  forman  una  partida  de 
sesenta  hombres  armados.  El  general  Marino,  que  aun  mai£ 
daba  en  el  departamento  de  Maturin,  dispuso  rodearlos  ocu- 
pando á  Cumanacoa  y  otros  puntos;  pero  dos  destacamentos 
del  gobierno  se  dejan  sorprender;  los  facciosos  después  de  au- 
mentar sus  filas  y  su  armamento  se  apoderan  de  Cumanacoa,  y 


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CAPITULO  XII.  71 

ponen  á  Marino  en  una  siluacion  crítica.  Bízosc  esta  aun  mas 
difícil  con  la  muerte  que  dieron  los  rebeldes  al  corouel  Do- 
mingo Montes,  volviendo  de  un  reconocimiento  en  que  se 
alejó  demasiado  de  sus  tropas.  El  desaliento  y  la  deserción  las 
disminuyeron  mucho,  y  solamente  pudo  reanimar  á  los  defen- 
sores del  gobierno  la  recuperación  de  Cumanacoa  por  el  co- 
mandante Juan  de  Dios  Manzaneque. 

Poco  mejoró  esta  ventaja  la  posición  de  Mariüo,  que  era 
harto  peligrosa,  pues  los  facciosos  propendían  á  fomentar  la 
guerra  de  castas,  delicada  cuerda,  cuyo  eco  pudiera  repetirse 
en  otros  lugares  de  Venezuela  con  mucho  peligro  de  su  tran- 
quilidad. Mas  comenzaron  á  llegar  de  Barcelona,  Maturin  y 
otros  puntos  los  auxilios  pedidos  por  Marino,  quien  pudo  asi 
juntar  mas  de  dos  mil  hombres.  Cuando  iba  á  exterminar  la 
facción  arribaron  de  Carácas  el  coronel  Ramón  Burgos  y  Boni- 
facio Coronado,  que  llevaban  un  indulto  concedido  por  el  jefe 
superior.  Los  facciosos  lo  admitieron  bajo  de  condiciones;  una 
de  ellas  que  miéntras  Pedro  Coronado  iba  á  Carácas,  Isidro 
Castillo  retendría  doscientos  ciucnenla  hombres  en  Cumanacoa 
y  San  Juan  de  Macarapana.  En  efecto  así  sucedió ;  pero  en  vez 
de  permanecer  tranquilos,  solo  se  ocuparon  los  rebeldes  en 
organizarse,  buscar  reclutas,  armamento  y  municiones,  fortifi- 
cando también  los  lugares  que  dominaban.  Viendo  Marino  tan 
pérfida  conducta,  no  les  da  tiempo  de  completar  los  preparati- 
vos para  hacer  triunfar  sus  planes.  Heune  tropas,  las  sitúa  en 
los  puntos  mas  convenientes  para  encerrar  á  los  facciosos,  y 
manda  que  los  acometan  simultáneamente  el  31  de  diciembre. 
El  general  Bermiídez  dirige  el  ataque,  y  á  viva  fuerza  toma  los 
atrincheramientos  que  los  rebeldes  habían  formado  en  Cuma- 
nacoa, los  que  se  dispersan.  Medidas  de  clemencia  que  adopta 
después  de  la  victoria,  y  un  indulto  que  Marino  ofrece  á  los 
restos  de  la  facción  amparados  en  San  Juan  de  Macarapana 
les  hace  dejar  las  armas  :  todos  se  presentan  á  las  autori- 
dades, ménos  los  Castillos,  que  fueron  mas  tenaces  en  su  re- 
belión. 

•  Bien  necesitaba  Colombia  que  se  restableciera  la  tranquili- 
dad en  los  departamentos  de  la  antigua  Venezuela,  según  pa- 
recía haberse  conseguido  con  las  ventajas  que  Páez  y  Marino 
habían  alcanzado  contra  los  perturbadores  del  órden  público. 
A  la  misma  sazón  comenzaba  á  nublarse  el  horizonte  político 


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72  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

por  el  sur.  Kl  gobierno  del  Perú  ejercido  por  el  presidente  La- 
mar,  el  congreso  y  los  principales  funcionarios  de  aquella  repú- 
blica desplegaban  de  día  en  dia  mayor  enemiga  contra  Colom- 
bia y  su  jefe  el  Libertador.  No  pasaba  mes  sin  que  les  irrogáran 
nuevos  y  gratuitos  agravios.  Poco  tiempo  ántes  el  jefe  del  Perú 
habia  expelido  de  Lima  al  encargado  de  negocios  de  nuestra 
República  Cristóval  Armero,  dándole  un  corto  plazo  y  ponién- 
dole entre  tanto  preso  en  una  fragata  de  guerra.  Dijo  el  mi- 
nistro del  gobierno  peruano  haber  sido  porque  Armero  promo- 
via  conspiraciones  contra  el  sistema  proclamado  en  aquella 
república  ;  acusación  que  carecia  de  verdad  y  de  pruebas. 
Acaso  las  verdaderas  causas  de  la  expulsión  fueron :  en  primer 
lugar,  que  no  querian  tener  un  testigo  que  conociera  y  recla- 
mara las  vejaciones  que  se  hacían  á  los  Colombianos  sin  asig- 
nar los  motivos;  y  en  segundo,  los  temores  que  alimentaba  el 
gobierno  peruano  de  que  se  realizára  contra  él  una  liga  de 
Colombia  y  de  Bolivia  :  aquí  mandaba  Sucre,  cuyo  agente  era 
también  Armero ;  se  le  suponía  encargado  de  la  mutua  corres- 
pondencia de  los  dos  gobiernos  y  de  sus  jefes. 

La  conducta  del  congreso  y  del  gobierno  del  Perú  respecto 
de  Colombia  y  de  Bolivia,  fué  en  los  últimos  tres  meses  de  este 
año  falaz,  contradictoria  y  aun  insensata.  Ellos  no  abandona- 
ban las  pretensiones  que  habían  alimentado  cuando  el  regreso 
de  la  tercera  división,  de  apoderarse  de  los  departamentos  me- 
ridionales de  Colombia  hasta  el  Juanambú :  ellos  por  medio 
de  un  ministro  peruano  en  Bolivia  hicieron  las  mas  exquisitas 
diligencias  con  todos  los  magistrados  de  aquella  república ,  y 
hasta  con  el  mismo  Sucre  para  que  el  Alto-Perú  se  incorporase 
al  Bajo,  prodigando  al  efecto  magníficas  promesas ;  ellos  sin 
provocación  alguna  y  en  la  mas  profunda  paz  formaban  dos 
ejércitos,  uno  en  Puira  llamado  del  Norte  y  otro  del  Sur  en 
Puno,  los  que  amenazaban  las  fronteras  de  Colombia  y  de 
Bolivia,  sin  cuidarse  de  que  estas  repúblicas  estaban  regidas 
por  Bolívar  y  por  Sucre,  los  primeros  capitanes  de  la  América 
del  Sur;  ellos  no  querian  entrar  en  relaciones  con  Bolivia 
miéntras  mantuviera  en  su  seno  tropas  de  un  gobierno  extran* 
jero;  como  si  Sucre  y  Lámar  no  fueran  ambos  Colombianos; 
ellos  sabían  oficialmente  que  el  presidente  de  Bolivia  habia 
resuelto  y  dado  providencias  para  enviar  á  su  patria  las  tropas 
de  Colombia,  á  fin  de  quitar  el  fundamento  de  la  supuesta 


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CAPÍTULO  XI í. 


73 


opresión  de  los  Bolivianos,  según  la  llamaban  aun  los  mismos 
documentos  oficiales  del  Perú ;  sin  embargo,  el  gobierno  y  el 
congreso  de  esta  república  eludían  conceder  el  permiso  para 
que  sus  libertadores  colombianos  atravesaran  un  pequeño  ter- 
ritorio peruano  á  fin  de  embarcarse  en  Arica ;  ellos  discutían 
semejante  cuestión  en  sesiones  secretas  del  congreso  en  las  que 
se  supo  haberse  dado  por  fundamento  de  la  negativa,  —  a  que 
no  convenia  que  regresára  á  Colombia  aquella  división  vete- 
rana, que  sería  un  fuerte  obstáculo  á  las  pretensiones  que  el 
Perú  tenia  sobre  nuestros  departamentos  meridionales ;  n  ellos 
en  fin,  á  pesar  de  un  convenio  celebrado  en  toda  forma,  cuando 
envió  Colombia  sus  tropas  como  auxiliares  de  la  moribunda 
libertad  peruana,  por  el  que  se  obligaron  á  reemplazar  las 
bajas  de  los  cuerpos,  no  querían  que  estos  sacaran  de  Bolivia  á 
ningún  Peruano ;  así  lo  decretó  el  congreso,  conculcando  de 
adrede  ú  olvidándose  por  lo  ménos  de  los  antiguos  y  sagrados 
compromisos  de  su  nación  (*). 

Apoyadas  en  tan  fútiles  como  vergonzosos  pretextos  las  pri- 
meras autoridades  del  Perú  impedían  que  se  restituyera  á  su 
país  la  división  colombiana  estacionada  en  Bolivia.  Entre  tanto 
abrigaban  y  maduraban  en  silencio  el  fementido  proyecto  que 
desde  tiempo  atrás  habían  concebido,  de  revolucionar  aquella 
división  como  hicieron  ántes  con  la  tercera.  Agentes  secretos, 
dádivas,  promesas,  todo  se  prodigó,  aunque  sin  efecto,  con  la 
oficialidad  colombiana.  Tan  inicuas  tramas  parece  que  en  el  úl- 
timo tiempo  eran  dirigidas  por  el  general  en  jefe  del  ejército 
del  Sur  don  Agustín  Gamarra,  que  residía  en  Puno.  Al  fin 
llegan  á  su  madurez;  al  amanecer  del  25  de  diciembre  los  sar- 
jentos  del  batallón  Voltíjeros,  una  parte  de  los  de  Bogotá  y 
otros  del  escuadrón  Granaderos  de  Colombia  acuartelados  en  la 
ciudad  de  la  Paz,  proclaman  la  revolución  y  hacen  general  al 
sarjento  Pedro  Guerra  ó  Grado.  Bajo  de  sus  órdenes,  cuando 
amanece,  ya  están  presos  los  generales  Figueredo,  que  manda 
la  división,  Urdininea  y  Fernández;  este  prefecto  de  la  Paz, 
como  también  todos  los  oficiales  de  infantería  y  caballería.  Por 
fortuna  se  escapa  el  teniente  coronel  Arévalo,  que  se  dirige  á 
Viacha,  donde  se  halla  acantonado  el  batallón  segundo  de  Bo- 
livia, y  á  Achocalla,  donde  existe  un  escuadrón  de  húsares  co- 

(1)  Véase  la  nota  8«. 


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74  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

lombianos,  mandados  el  primero  por  el  coronel  Rívas,  y  el 
segundo  por  el  comandante  Isidoro  Barriga,  á  los  que  hace 
marchar  hacia  la  Paz.  £1  capitán  Valero  de  Voltíjeros  finge  que 
entra  en  los  planes  de  los  amotinados ;  con  esto  el  sarjento 
Grado  le  hace  comandante  de  la  infantería,  y  Valero  consigue 
que  pongan  en  libertad  al  prefecto  y  á  los  demás  oficiales.  En- 
tre tanto  los  rebeldes  habian  tomado  ocho  mil  pesos  en  la  teso- 
rería, y  el  prefecto  les  habia  "entregado  veinte  mil  que  le  exi- 
gieron. Al  mismo  tiempo  que  hacian  estas  exacciones  en  todo 
el  día  25  y  en  parte  del  26,  no  cesaban  de  proclamar  al  Perú  y 
al  general  Santa  Cruz;  pero  los  habitantes  de  la  Paz,  fieles  á  su 
gobierno,  despreciaban  estas  voces  proditorias  y  se  armaban  en 
silencio  para  sostener  su  independencia. 

Ya  los  amotinados  estaban  en  formación,  prontos  (diciembre 
26)  á  marchar  hácia  el  Perú,  cuando  á  las  tres  de  la  tarde  entra 
en  la  plaza  el  bravo  comandante  de  la  caballería  colombiana  Fe- 
lipe Braun.  Él  fué  uno  de  los  jefes  arrestados;  pero  tuvo  la  for- 
tuna de  que  el  soldado  que  estaba  de  centinela  le  permitió  salir 
de  su  arresto ,  medio  desnudo  y  sin  armas.  En  la  calle  cogió  un 
caballo  sin  silla,  en  que  montara;  en  seguida  se  encontró  con 
tres  soldados  de  su  cuerpo  que  se  hallaban  montados,  á  quienes 
se  dirigió  preguntándoles :  «  ¿  Dónde  está  el  honor  colombia- 
no?»  Contestáronle  ofreciendo  seguirá  su  coronel.  Uno  de  aque- 
llos valientes  soldados  dió  á  Braun  su  caballo  y  su  sable.  Dirí- 
gese entonces  con  sus  tres  compañeros  á  la  misma  línea  de  los 
rebeldes  y  ordena  á  los  Granaderos  que  le  sigan :  obedeciéndole 
se  arroja  sobre  el  sarjento  Grado ;  le  hierra  un  pistoletazo ,  y 
marcha  junto  con  los  granaderos  que  organiza  en  la  Quinta  del 
Potosí.  En  seguida  la  infantería  amotinada  sigue  por  la  cuesta 
de  Lima  hácia  Finguanaco,  llevándose  dos  piezas  de  artillería  y 
sus  correspondientes  dotaciones;  pero  los  artilleros  abandonan 
á  los  sublevados  desde  el  Panteón  :  lo  mismo  hacen  mas  de 
setenta  tiradores.  Con  ellos  y  la  caballería  Braun  ocupa  las  altu- 
ras, donde  se  le  incorporan  los  generales  Figueredo,  Urdininea 
y  otros  compañeros  que  consiguen  caballos  para  montar.  Desde 
allí  tirotea  á  los  amotinados;  sin  embargo  de  que  los  generales 
lo  contienen  hasta  que  llegue  el  segundo  batallón  de  infantería 
y  los  húsares  colombianos.  Cuando  esto  sucedía ,  eran  ya  las 
cinco  y  media  de  la  tarde,  y  los  rebeldes  continuabau  su  mar- 
cha ordenada  en  número  de  quinientos.  Las  tropas  fieles  ocu- 


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CAPÍTULO  XII.  75 

paban  las  alturas  y  la  Pampa.  Atacaron  á  los  amotinados  de 
frente  y  por  los  flancos  cuatrocientos  sesenta  infantes  y  dos- 
cientos jinetes;  pero  Voltíjeros  se  batia  admirablemente,  ha- 
ciendo unas  veces  un  terrible  fuego  en  retirada  y  formando 
otras  el  cuadro;  de  esta  manera  marcharon  cerca  de  dos 
leguas,  sostuvieron  mas  de  diez  cargas,  y  sin  jefes  ni  oficiales , 
mandados  por  sarjentos ,  maniobraban  con  tanta  destreza  que 
admiraron  a  los  viejos  militares,  que  deploraban  la  pérdida  de 
tan  excelentes  soldados.  Cansados  ya ,  se  acogen  á  las  diez  de 
la  noche  á  la  fuerte  posición  de  la  Capilla  y  Cimenterio  de  San 
Roque.  Allí  son  alcanzados  por  la  caballería  y  derrotados  com- 
pletamente por  la  infantería.  Trescientos  caen  prisioneros,  mue- 
ren cosa  de  ochenta,  y  los  demás  se  dispersan.  El  sarjento 
Grado,  dejando  el  mando  á  su  segundo  Joaquin  Galana,  huye 
de  los  primeros  hasta  Pomatá,  desde  donde  oficia  al  general  Ga- 
marra  con  su  propio  nombre  de  Pedro  Guerra,  pidiéndole 
que  los  proteja  con  un  regimiento  de  caballería  á  fin  de  pasar 
al  Desaguadero,  «  Yo  «espero ,  anadia ,  que  la  nación  peruana , 
como  el  digno  general  bajo  de  cuyas  garantías  se  ha  verificado 
este  cambiamiento,  tenga  la  generosidad  de  aprobar  todos  lo* 
empleos  que  he  dado  á  los  fautores  de  él.  Yo  he  sido  nombrado 
por  el  pueblo  y  la  tropa  comandante  general.  »  Esta  confesión 
no  necesita  comento  alguno  para  esclarecer  el  origen  del  motín. 

Los  habitantes  de  la  Paz  se  manifestaron  muy  decididos  á 
c  ontener  la  sublevación ,  y  resistieron  indignados  las  aclama- 
ciones de  los  facciosos  en  favor  del  Peni.  Á  pocos  dias  llegó  el 
presidente  Sucre  á  dicha  ciudad  y  fué  recibido  con  el  mayor 
entusiamo  por  sus  moradores.  En  ninguna  parte  de  Bolivia  se 
repitió  el  eco  de  los  amotinados  en  la  Paz.  Contestación  victo- 
riosa contra  la  tiranía  supuesta  de  Sucre,  de  que  tanto  se  char- 
laba en  Lima. 

En  esta  capital  se  recibió  con  mucha  alegría  la  noticia  del 
motin  de  las  tropas  colombianas,  y  los  redactores  del  Fénix , 
como  bien  instruidos  de  las  tramas  que  la  habían  motivado , 
dijeron  haber  estallado  la  revolución  antes  de  tiempo ,  y  de 
qne  pudiesen  obrar  las  ramificaciones  poderosas  que  tenia  en  el 
Alto-Perú.  Así  afectaban  llamar  á  Bolivia  y  se  complacían  do 
las  aclamaciones  de  los  rebeldes  en  favor  del  Perú.  Empero  su 
alegría  fué  vana,  porque  los  Bolivianos  estaban  muy  léjos  de 
querer  la  pérdida  de  su  independencia. 


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76 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


Hacía  algún  tiempo  que  el  presidente  de  Bolivia  temía  una 
sublevación  en  las  tropas  colombianas,  y  de  oficio  lo  habia  di- 
cho á  nuestro  gobierno.  Fundábase,  fuera  de  otros  motivos,  en 
los  fatales  elogios  que  se  dieron  en  documentos  públicos  y  en 
la  gaceta  oficial  de  Colombia ,  por  Santander  y  sus  partidarios , 
á  la  asonada  militar  de  la  tercera  división  en  Lima,  así  como  al 
motin  de  los  Granaderos  en  Cochabamba  por  el  oficial  Matute , 
á  quien  algunos  panegiristas  sin  principios  se  complacieron  en 
pintar  como  un  atleta  de  la  libertad;  cuando  lo  fué  del  crimen 
que  bien  pronto  le  habia  llevado  al  cadalso. 

Luego  que  el  ejecutivo  de  Colombia  ejercido  por  Bolívar  supo 
el  motin  de  sus  tropas  estacionadas  en  Bolivia,  y  vió  claramente 
haber  sido  obra  exclusiva  de  las  autoridades  peruanas ,  que  no 
se  cansaban  de  irrogar  á  nuestra  República  las  injurias  mas 
graves ,  rompió  el  silencio  que  hasta  entonces  habia  guardado , 
y  en  la  gaceta  oficial  publicó  un  artículo  cuyo  título  era  Fe  pú- 
nica, en  que  manifestaba  las  justas  quejas  que  tenia  Colombia 
contra  los  procedimientos  del  Perú.  Hacíase  mérito  de  la  insur- 
rección de  Bustamante;  del  envío  de  la  tercera  división  con  el 
objeto  de  apoderarse  de  los  departamentos  del  Ecuador,  Guaya- 
quil y  Asuay,  y  de  la  provincia  de  Pasto ;  de  la  expulsión  de 
nuestro  encargado  de  negocios;  de  la  usurpación  é  injusta  re- 
tención de  la  provincia  de  Jaén  y  Máinas  sobre  el  Amazonas; 
finalmente  del  motin  de  las  tropas  colombianas  en  Bolivia. 
«  Todo  esto,  añadía  el  artículo,  indica  la  decisión  que  hay  de 
parte  de  la  administración  peruana  á  despedazar  la  República , 
que  no  perdonó  sacrificios  por  levantar  aquel  país  del  estado  de. 
colonia  y  constituirlo  en  nación  independiente.  » 

Antes  de  hacer  tal  declaración  de  su  resentimiento,  el  ejecu- 
tivo colombiano  mandó  avanzar  tropas  de  observación  á  la 
provincia  de  Loja ,  límite  meridional  de  la  República.  Habia 
también  dispuesto  en  7  de  noviembre  que  se  reorganizára  el 
ejército  reformando  los  batallones  Vencedor,  Guayas ,  Araure, 
Orinoco  y  Restaurador,  corrompidos  ya  por  los  motines ;  hizo  li- 
cenciar igualmente  á  los  oficiales  de  dichos  cuerpos,  así  como  á 
los  de  Rifles,  Carácas  y  Ayacucho ,  cuyas  revueltas  y  mal  coril- 
portamiento  los  habían  hecho  indignos  de  pertenecer  al  ejército 
colombiano.  Con  tales  providencias  quería  el  Libertador  resta- 
blecer la  moral  y  sumisión  de  los  militares,  á  fin  de  que  los 
hallara  bien  apercibidos  la  guerra  con  que  nos  amenazaba 


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CAPÍTULO  XI!.  77 

el  Perú,  y  recibiera  este  el  castigo  debido  á  su  ingrata  arro- 
gancia. 

Año  de  1828.  —  Miéntras  ocurrían  estos  sucesos  en  el  Perú , 
que  presagiaban  sérias  desavenencias  entre  Colombia  y  aquella 
república,  aparecieron  otros  disturbios  en  los  departamentos  de 
la  antigua  Venezuela.  En  el  de  Maturin  habíase  el  general  Ma- 
rino visto  obligado  á  librar  nuevos  combates  para  restablecer 
la  tranquilidad  pública.  Después  que  destruyó  la  facción  de 
Coronado  y  los  Castillos ,  tuvo  que  reprimir  á  otra  que  se  fo- 
mentaba desde  la  plaza  de  Cumaná.  Quería  esta  echar  abajo  el 
gobierno  y  apoderarse  de  él  para  dar  cima  á  sus  miras  sinies- 
tras; mas  fueron  descubiertos  y  frustrados  sus  planes.  Una 
tercera  facción  que  por  el  mismo  tiempo  se  levantó  en  Carú- 
pano  y  en  Rio  Caribe,  vino  á  aumentar  los  males  de  la  provin- 
cia de  Cumaná;  eran  sus  caudillos  Francisco  Villareal  y  José 
del  Rosario  Farias.  Contra  ellos  siguió  el  comandante  Manza- 
neque  á  la  cabeza  de  ciento  cincuenta  hombres ;  al  cabo  de 
quince  dias  de  marchas  y  contramarchas,  logró  hallar  las  estan- 
cias de  los  perturbadores  y  batirlos  completamente.  En  conse- 
cuencia los  cabecillas  y  sus  compañeros  imploraron  y  obtuvieron 
la  clemencia  del  gobierno ,  quedando  la  provincia  tranquila. 
Tan  felices  resultados  no  se  consiguieron  hasta  los  meses  de 
enero  y  febrero ;  eutónces  Marino  renuució  el  mando  del  de- 
partamento de  Maturin ,  que  se  confirió  al  general  de  brigada 
Bartolomé  Salón. 

Al  mismo  tiempo  que  las  costas  de  Maturin,  estaban  alarma- 
das las  de  Venezuela.  En  primer  lugar  habiau  aparecido  algu- 
nos corsarios  españoles  que  causaron  daños  considerables,  apre- 
sando embarcaciones  é  interrumpiendo  el  comercio.  Sabíase 
también  que  muy  pronto  se  presentaría  sobre  las  mismas  cos- 
tas la  escuadra  española  de  Cuba  al  mando  de  Laborde,  trayendo 
auxilios  de  oficiales,  armas ,  municiones  y  otros  elementos  mi- 
litares para  las  guerrillas  que  combatian  en  los  valles  del  Ori- 
tuco  y  del  Tuy  á  favor  del  monarca  español.  Hubo  algunos 
dias,  tanto  en  la  capital  de  la  República,  como  en  las  costas  del 
Atlántico ,  ya  de  Venezuela ,  ya  de  la  Nueva  Granada ,  en  que 
circularon  noticias  alarmantes  y  exageradas  de  que  habia  una 
invasión  mas  séria,  que  traería  algunos  miles  de  soldados  al 
mando  del  bien  conocido  brigadier  Morales.  Súpose  después  la 
verdad,  de  que  solo  era  una  división  naval  compuesta  del  navio 


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78  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Guerrero,  de  la  fragata  Iberia  y  del  bergantín  Hércules.  Estas 
naves  tocaron  en  Puerto-Rico  para  surtirse  de  víveres,  y  en  se- 
guida hicieron  rumbo  bácia  la  Costa-Firme  en  23  de  diciembre. 
Su  jefe  llevaba  igualmente  el  designio  de  buscar  y  rendir  al 
navio  Asia,  que  iba  á  Méjico  en  su  viaje  desde  el  Pacífico,  donde 
hemos  dicho  que  se  habia  entregado  al  gobierno  mejicano.  La- 
borde  avistó  el  puerto  de  Pampatar  en  Margarita  y  siguió  al 
cabo  Codera.  Desde  allí  hasta  Riochico  estuvo  cruzando  y  reco- 
nociendo la  costa  sin  hallar  señal  ninguna  de  las  numerosas 
guerrillas  que  se  habían  figurado  en  Puerto-Rico.  Entonces  se 
hizo  á  la  vela  para  Cumaná,  donde  tampoco  pudo  hallar  al  na- 
vio Asia.  De  nuevo  recorrió  las  costas  venezolanas  hasta  la 
Guaira  sin  sacar  ventaja  alguna  de  sus  excursiones  marítimas 
(febrero  2).  Allí  tuvo  alguna  correspondencia  oficial  con  Páez 
sobre  canje  de  prisioneros  que  acordaron.  Hecho  esto  Laborde 
continuó  en  su  crucero  tan  inútilmente  como  ántes ,  y  después 
de  tocar  en  Curazao  regresó  á  la  Habana. 

La  actividad  y  energía  con  que  habían  obrado  el  general 
Páez  y  sus  subalternos,  impidieron  que  los  guerrilleros  Cisne- 
ros  y  Arizábalo  recibieran  los  auxilios  que  les  faltaban  para 
hacer  una  guerra  mas  activa  y  formidable  al  gobierno  repu- 
blicano. Cuando  Arizábalo  supo  la  aparición  de  la  escuadra 
española,  emprendió  una  dilatada  marcha  por  los  valles  de 
Barcelona :  tuvo  que  dar  algunos  combates  y  se  presentó  en 
Riochico  el  20  de  febrero.  Mas  ya  habían  desaparecido  los  bu- 
ques de  Laborde,  y  Arizábalo  para  evitar  su  derrota  vióse  obli- 
gado á  retirarse  de  nuevo  hácia  los  Güires. 

Tal  fué  la  última  y  harto  infructuosa  tentativa  que  hizo  la 
España  para  auxiliar  á  ios  restos  moribundos  de  sus  partida- 
rios en  Colombia;  sin  embargo  aun  alimentó  sus  esperanzas 
una  parte  del  año  siguiente,  y  con  proyectos  de  expediciones 
contra  las  costas  de  la  República,  que  se  creyó  á  veces  que  muy 
pronto  iban  á  realizarse,  mantuvo  alarmadas  nuestras  provin- 
cias marítimas.  Ademas,  sus  agentes  secretos  soplaban  de  con- 
tinuo el  fuego  de  la  discordia  civil  y  animaban  la  resistencia 
de  los  tenaces  partidarios  de  la  madre  patria  en  Colombia.  4 

Cuando  todavía  cruzaba  la  escuadra  de  Laborde  sobre  la 
Costa-Firme,  el  titulado  comandante  general  Arizábalo  tenia 
en  sus  guaridas  y  en  las  de  sus  dependientes,  cuyo  centro  se 
hallaba  en  los  Güires,  bastantes  hombres  para  inquietar  á  las 


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CAPÍTULO  XII.  79 

* 

poblaciones  y  tropa  que  defendían  al  gobierno.  Cisnéros  recor- 
ría también  los  valles  del  Tuy,  seguido  en  lo  general  de  pocos 
guerrilleros,  pero  valientes  y  endurecidos  para  los  robos,  asesi- 
natos, y  todo  linaje  de  fatigas.  Así  era  alarmante  la  situación 
del  país,  especialmente  de  la  provincia  de  Caracas.  Las  cárceles 
de  su  capital  estaban  llenas  de  presos  que  ascendían  ya  á  cerca 
de  trescientos;  eran  estos  y  los  partidos  á  que  pertenecían,  una 
amenaza  continua  al  órden  y  á  la  tranquilidad  de  Venezuela. 
En  tan  crítica  situación  el  general  Páez  no  desmintió  su  fuerza 
de  alma  y  su  ardiente  celo  por  el  bien  público.  Auxiliado  efi- 
cazmente por  las  luces  de  Mendoza,  Yánez,  Urbaneja,  Martínez, 
Sanábria  y  otros  varios  patriotas  civiles,  Carabaüo  y  demás 
militares  que  se  bailaban  á  sus  órdenes,  adopta  medidas  tan 
enérgicas  y  acertadas  como  eran  necesarias  para  salvar  el  país, 
encargo  principal  que  le  babia  becho  el  Libertador. 

Una  de  sus  primeras  providencias,  y  acaso  la  mas  eficaz,  fué 
nombrar  (febrero  i  A)  para  su  segundo  en  el  mando  militar  y 
jefe  de  la  alta  policía  al  general  Juan  Bautista  Arizmendi,  bien 
conocido  en  el  curso  de  la  revolución  por  su  energía  é  incan- 
sable actividad.  Á  propuesta  de  este  expide  varios  reglamentos 
que  organizan  la  policía  en  las  provincias  de  Caracas  y  Cara- 
bobo,  que  eran  el  territorio  plagado  por  las  operaciones  de  los 
facciosos  y  de  todos  aquellos  que  los  protegían.  En  breve  ya  no 
pueden  comunicarse  las  guerrillas  porque  son  descubiertos  sus 
agentes  y  fautores  por  los  comisarios  de  policía,  cuyos  regla- 
mentos adoptan  los  pueblos  aun  ántes  de  que  se  les  comuni- 
quen de  oficio.  ¡  Tanto  era  el  interés  que  tenian  en  destruir  el 
funesto  sistema  de  guerrillas  que  desolaban  al  país ! 

En  tanto  que  el  establecimiento  de  la  alta  policía  se  desar- 
rolla en  la  provincia  de  Caracas,  su  jefe  piensa  en  los  medios 
de  terminar  con  prontitud  las  causas  y  procesos  que  se  estaban 
siguiendo.  Era  harto  difícil  conseguirlo  por  los  trámites  ordi- 
narios de  los  juicios.  En  consecuencia  de  la  situación  el  general 
Páez  consulta  á  la  corte  superior  de  justicia  de  Venezuela. 
Esta,  que  tenia  letrados  de  grandes  conocimientos  y  patrio- 
tismo, dió  al  jefe  superior  un  docto  y  elaborado  dictámen  ma- 
nifestándole —  «que  estaba  dentro  de  la  esfera  de  las  facul- 
tades extraordinarias  que  le  había  conferido  el  Libertador  para 
salvar  el  país,  mandar  juzgar  á  los  reos  aprehendidos  ó  que  se 
aprehendieren  llevando  armas  ó  conspirando  contra  la  Kepú- 


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80  HISTORIA  DE  COLOMBIA.  —  CAPÍTULO  XII. 

blica,  breve  y  sumariamente  conforme  á  leyes  preexistentes 
adaptadas  á  semejantes  casos.  » 

En  consecuencia  el  general  Páez  nombró  una  junta  califica- 
dora de  las  diferentes  clases  de  reos,  unos  de  los  cuales  debian 
ser  juzgados,  otros  expelidos  del  país,  confinados  algunos,  y  los 
últimos  destinados  al  servicio  de  las  armas.  El  jefe  de  la  alta 
policía,  presidente  de  la  junta  y  sus  compañeros  trabajaron  con 
mucha  actividad  y  acierto,  de  modo  que  en  breve  desocuparon 
las  cárceles  de  tanta  multitud  de  reos,  y  fueron  también  juz- 
gados los  que  merecian  un  proceso.  Á  ninguno  se  le  impuso  la 
pena  capital,  sino  presidio  ó  expulsión,  que  fueron  las  mas 
graves.  En  seguida  el  jefe  superior  publicó  dos  indultos;  aco- 
giéronse á  ellos  numerosos  partidarios  de  los  guerrilleros  y 
hasta  algunos,  jefes,  aunque  no  de  los  principales.  Por  estos 
medios,  por  la  continua  persecución  que  hacía  la  fuerza  ar- 
mada, y  por  los  obstáculos  insuperables  que  opuso  la  policía  á 
los  auxilios  que  de  los  poblados  se  remitían  ántes  á  las  guer- 
rillas, estas  corrieron  aceleradamente  á  su  exterminio.  Así  fué 
que  en  el  mes  de  mayo  el  general  Arizinendi  dimitió  su  comi- 
sión de  jefe  de  la  alta  policía,  dejando  el  país  ya  tranquilo,  y 
sin  haber  derramado  una  gota  de  sangre,  según  dijo  oficial- 
mente á  Páez. 

Sin  embargo  los  jefes  principales  de  las  guerrillas  Arizábalo, 
Doroteo  Herrera  y  Juan  Celestino  Centeno,  lo  mismo  que  Cis- 
néros,  ocupaban  todavía  sus  acostumbrados  escondites  en  las 
montañas  del  Tuy,  Batatal,  Tamanaco  y  los  Güires,  pero  con 
poco  séquito.  Perseguidos  vivamente  adonde  quiera  que  se 
acogian,  nada  pudieron  adelantar  contra  las  tropas  del  gobierno 
colombiano.  Solamente  consiguieron  prolongar  los  males  de 
Venezuela  y  la  miserable  existencia  que  arrastraban  en  los 
bosques  solitarios  de  la  Costa-Firme. 


  « 


♦ 


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CAPÍTULO  XIII. 


Los  miembros  del  gobierno  se  abstienen  de  influir  en  las  elecciones  para 
la  convención,  mas  no  los  liberales  exaltados. —  Disgusto  del  Liberta- 
dor. —  Sus  opiniones  sobre  forma  de  gobierno.  —  Determina  seguir  á 
Venezuela.  —  Se  reviste  de  facultades  extraordinarias  en  los  departa- 
mentos del  nordeste  de  la  República.  —  Fija  las  bases  para  seguir  los 
juicios  contra  conspiradores.  —  Declara  que  ejercerá  el  gobierno  fuera 
de  la  capital.  —  Reorganiza  el  ministerio.  —  Excesos  contra  la  libertad 
de  imprenta.  —  Declárase  con  facultades  extraordinarias  en  toda  la  Re- 
pública. —  Reformas  que  son  consiguientes.  —  Peticiones  contra  los 
abusos  de  la  imprenta.  —  Indiferencia  de  Bolívar  respecto  del  Perú.  — 
Sigue  hácia  los  departamentos  de  Venezuela.  —  Operaciones  de  los  di- 
putados para  la  convención  de  Ocaña.  —  Disturbios  en  Cartagena  promo- 
vidos por  Padilla.  —  El  general  Montilla  los  reprime.  —  Padilla  sigue  á 
Ocaña.  —  Extraña  resolución  de  la  mayoría  de  los  diputados  ;  es  revo- 
cada. —  Padilla  vuelve  á  Cartagena.  —  Se  le  remite  preso  á  la  capital.  — 
Alarmado  el  Libertador  determina  ir  á  Cartagena.  —  Se  detiene  en  Bu- 
caramanga.  —  Instálase  la  convención.  —  Oye  el  mensaje  del  presidente 
de  la  República  :  su  contenido.  —  Peticiones  numerosas  que  se  dirigen 
á  la  convención  ;  recíbelas  mal.  —  Declara  urgente  la  reforma  de  la 
constitución  acordada  en  Cúcuta.  —  Rechaza  el  gobierno  federativo.  — 
Acuerda  algunas  bases  para  la  futura  constitución.  —  Proyecto  que  re- 
dactan los  liberales  exaltados.  —  El  doctor  Castillo  presenta  otro ;  propone 
que  se  llame  á  Ocaña  al  Libertador ;  niégase  esto.  —  Discusiones  acalo- 
radas que  hay  en  la  convención.  —  La  minoría  se  juzga  oprimida.  — 
Conferencias  propuestas  para  avenirse.  —  Sepáranse  veinte  y  un  diputa- 
dos. —  Estos  dan  un  manifiesto  sincerando  su  conducta  irregular.  — 
Se  disuelve  la  convención.  —  Criticas  circunstancias  en  que  se  halla 
el  Libertador.  —  Pide  la  opinión  de  su  consejo  de  gobierno.  —  Acta 
%le  Bogotá  haciendo  á  Bolívar  dictador.  —  La  aprueba  el  consejo  de 
gobierno.  —  Este  da  cuenta  al  Libertador  presidente,  que  admite  la 
nueva  magistratura.  —  Su  regreso  á  la  capital.  —  Juicio  sobre  tales 
actos.  —  Toda  la  República  se  adhiere  al  acta  de  Bogotá  sin  discre- 
pancia. —  Cargos  que  se  hacen  al  Libertador.  —  Providencias  que  dicta 
en  varios  ramos.  —  Extingue  el  corso.  —  Creación  de  un  jefe  supe- 
tono  IV.  6 


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#2  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

rior  en  el  Magdalena.  —  Expide  el  deereto  orgánico  del  gobierno  dicta- 
torio ;  su  contenido.  —  Proclama  con  que  lo  publica.  —  Castillo  nom- 
brado presidente  de  los  consejos.  —  Se  jura  el  nuevo  gobierno  con  re- 
gocijo, especialmente  en  Venezuela.  —  Movimientos  revolucionarios  en 
la  provincia  de  Cumaná.  —  Misión  diplomática  conferida  á  Santander 
cerca  del  gobierno  de  los  Estados  Unidos.  —  Sorda  agitación  que  reina  en 
Bogotá.  —  Denunciase  una  conspiración.  —  Estalla  para  asesinar  al 
Libertador.  —  Su  escape  providencial.  —  Los  conjurados  son  batidos.  — 
Bolívar  se  presenta  y  es  recibido  con  entusiasmo  por  las  tropas  y  por  sus 
amigos.  —  Profunda  y  dolorosa  pena  que  siente.  —  Elogio  merecido  por 
algunos  jefes.  —  Severas  providencias  que  se  dictan.  —  Ejecución  de 
varios  reos.  —  Motivos  probables  que  los  impelieron  al  crimen.  —  Encár- 
gase la  terminación  de  los  procesos  al  comandante  general  de  Cundina- 
marca.  —  Condenación  de  Guerra ,  Padilla  y  otros  :  también  la  de  San- 
tander. —  Consúltanse  al  consejo  de  ministros  várias  sentencias  de  muerte. 

—  Aconseja  que  estas  penas  se  conmuten  por  otras.  —  El  Libertador  se 
conforma.  —  Congratulaciones  que  se  le  dirigen  por  la  salvación  de  su 
vida.  —  Se  traslada  al  campo.  —  Arribo  del  ministro  peruano  Villa.  — 
Principia  á  negociar.  —  Puntos  que  se  discuten.  —  Incidente  que  rompe 
lo  negociación.  —  Villa  pide  y  se  le  da  su  pasaporte. —  Intrigas  peruanas 
en  Bolivia.  —  Conferencia  en  ei  Desaguadero  entre  Sucre  y  Gamarra.  — 
Herida  que  recibe  el  gran  mariscal  en  un  motín. —  Gamarra  invade  pér- 
fidamente á  Bolivia.  —  ürdininea  encargado  de  la  defensa.  —  Traiciones 
de  algunos  Bolivianos.  —  Tratado  vergonzoso  de  Píquiza.  —  Energía  de 
Sucre,  quien  protesta  contra  los  actos  del  gobierno  peruano.  —  6alo  de 
Bolivia  y  'también  las  tropas  colombianas.  —  Toca  en  el  Callao  como  me- 
diador pacifico;  nada  consigue.  —  Proclamas  belicosas  de  Florea  y  del 
Libertador  contra  el  Perú.  —  Manifiesto  del  gobierno  de  Colombia  justi- 
ficando la  fierra.  —  Fuertes  recriminaciones  é  insultos  del  presidente 
del  Perú.  —  El  consejo  colombiano  de  gobierno  se  opone  á  la  guerra  ; 
sus  razones.  —  Consigue  que  se  envié  un  ministro  con  instrucciones  de 
paz.—  La  noticia  de  la  invasión  de  Bolivia  irrita  de  nuevo  al  Libertador. 
 i,e  «alma  el  consejo.  —  Desde  entóneos  quiere  constantemente  la  paz. 

—  Estado  general  de  las  relaciones  exteriores  de  Colombia.  —  El  gobierno 
■español  no  cede  un  ápice  de  sus  proyectos  de  reconquista.  —  Ofreci- 
mientos secretos  que  se  le  hacen.  —  Desconfianza  que  asiste  á  las  demás 
potencias  sobre  nuestra  estabilidad.  —  Tratado  que  se  ajusta  con  los 
Patees-Bajos.  —  Misión  francesa  de  Bresson.  —  El  ministro  Polignae  se 
opone  á  entrar  en  relaciones  con  las  nuevas  repúblicas  ;  no  reconoce  al 
ministro  colombiano  en  Paria. 

Año  de  1828.  —  Miéntras  se  combatía  por  la  tranquilidad  y 
ei  orden  en  los  departamentos  del  nordeste  de  Colombia,  en 
otros  puntos  se  disputaban  la  victoria  los  bandos  políticos  que 
por  desgracia  dividían  la  República.  Todos  los  hombres  previ- 
sivos veían  claramente  que  la  convención  de  diputados  que  se 


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CAPÍTULO  XIII. 


debía  reunir  en  Ocaña  el  2  de  marzo  de  este  año,  sería  un 
campo  de  batalla  para  los  dos  partidos.  El  general  Santander 
capitaneaba  siempre  el  exaltado,  que  se  daba  el  epíteto  de  libe- 
ral. £1  Libertador  y  sus  amigos,  que  deseaban  para  Colombia 
un  gobierno  fuerte  que  mereciese  este  nombre,  pero  conser- 
vando á  los  ciudadanos  las  garantías  esenciales  para  el  goce  de 
la  libertad,  y  que  fuese  capaz  de  sostener  el  orden  público 
desde  Jaén  sobre  el  Amazónas  hasta  Gumaná,  y  desde  Guayana 
en  las  selvas  del  Orinoco  hasta  Veraguas,  componían  el  otro 
partido.  Mas  desde  las  elecciones  primarias  de  diputados  para 
la  convención,  procedieron  de  un  modo  muy  diferente.  San- 
tander con  su  acostumbrada  actividad  escribía  cien  cartas  en 
cada  correo,  y  lo  mismo  hacían  sus  colaboradores,  designando 
las  personas  de  su  partido  que  debieran  obtener  los  puestos  de 
electores  y  diputados.  El  Libertador  y  los  miembros  de  su 
gobierno  se  contentaron  con  recomendar  por  medio  de  una  cir- 
cular del  secretario  del  interior  que  se  escogieran  para  diputa- 
dos personas  de  patriotismo,  de  luces  y  de  virtudes,  circular 
elogiada  aun  por  sus  mismos  enemigos  (»).  Después  de  dar  este 
paso  dejaron  el  campo  libre  á  las  sugestiones  ó  intrigas  de  los 
exaltados,  que  en  muchas  provincias  obtuvieron  una  mayoría 
decidida. 

Esto,  y  el  ver  que  Santander  y  su  partido  sostenían  por  do 
quiera  la  necesidad  que  había  en  Colombia  de  que  se  adoptara 
la  federación,  llenó  de  disgusto  al  Libertador.  Añadíanse  á 
tales  motivos :  primero,  que  sus  enemigos  comenzaban  á  per- 
der el  respeto  á  su  persona,  como  aconteció  en  unas  fiestas  de 
Gipaquirá  presididas  por  Santander,  donde  se  le  insultó  en 
varios  brindis  públicos,  y  aun  se  habló  de  que  era  necesario 
matar  al  tirano;  y  segundo,  que  la  salud  de  Bolívar  iba  decli- 
nando notoriamente,  quien  ya  no  podia  andar  á  caballo  dos 
horas  continuas  sin  fatigarse. 

En  cuanto  á  gobierno  las  opiniones  del  Libertador  en  aquella 
época  eran  de  un  verdadero  escepticismo,  pues  en  ninguna 
fojma  tenia  confianza.  El  sistema  federativo  le  parecía  detesta- 
ble para  Colombia,  y  propio  solamente  para  establecer  una 
perpétua  anarquía  de  odios  y  rivalidades  entre  las  provincias, 
cantones  y  parroquias.  Prefería  el  gobierno  republicano  cen- 

(1)  Véase  la  nota  9«. 


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84  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

tral  ó  unitario ;  mas  presagiaba  que  ninguno  sería  duradero,  y 
que  la  anarquía  á  manera  de  un  torrente  se  extendería  del  sur 
hácia  el  norte.  Á  veces  se  inclinaba  á  que  Colombia  se  divi- 
diera en  tres  repúblicas,  del  Centro.  Norte  y  Sur;  otras  creía 
que  pudiera  acaso  mantenerse  la  unión  central,  formando  gran- 
des distritos  ó  departamentos;  por  ejemplo  cuatro,  y  poniendo 
en  ellos  jefes  bastante  autorizados;  sin  que  el  ejecutivo  tuviera 
residencia  fija.  Pensaba  que  de  esta  manera  podrían  seguir 
contentas  en  la  unión  las  ciudades  de  Carácas,  Cartagena, 
Quito  y  Bogotá;  pues  las  tres  primeras  veían  con  celos  á  la  ca- 
pital provisoria  de  la  República.  El  Libertador  habia  abando- 
nado y  no  recordaba  enteramente  su  proyecto  de  constitución 
para  Bolivia,  que  en  otro  tiempo  excitara  ataques  tan  furiosos 
contra  aquella  su  profesión  de  fe  política. 

En  estas  circunstancias,  las  noticias  alarmantes  de  los  movi- 
mientos revolucionarios  ocurridos  en  los  departamentos  del 
Zúlia,  Orinoco  y  Maturin,  que  ántes  referimos ;  así  como  las 
de  la  aproximación  á  nuestras  costas  de  la  escuadra  española 
de  Cuba,  pusieron  en  gran  cuidado  á  Bolívar;  temia  en  la  anti- 
gua Venezuela  una  insurrección  general  promovida  y  auxiliada 
por  los  Españoles  y  realistas.  En  consecuencia  determinó  seguir 
á  los  departamentos  del  nordeste  de  la  República,  y  permane- 
cer en  ellos  por  cuatro  ó  seis  meses,  miéntras  la  convención 
acordaba  la  nueva  constitución  colombiana.  Esta  resolución  y 
las  causas  que  la  motivaron  fueron  efectivas,  por  mas  que  algu- 
nos hayan  dicho  en  contrario. 

Para  cumplir  aquesta  determinación,  el  presidente  se  de- 
claró (febrero  19)  revestido  de  las  faculta'des  extraordinarias 
del  artículo  128  de  la  constitución,  respecto  de  los  departa- 
mentos de  Maturin,  Orinoco,  Venezuela  y  Zúlia,  donde  se  ha- 
bia turbado  la  tranquilidad  interior,  y  estaban  amenazados  de 
una  invasión  exterior.  En  consecuencia  de  esta  declaratoria 
expidió  en  20  de  febrero  otro  decreto  prescribiendo  los  trámites 
y  fórmulas  según  los  cuales  debían  ser  juzgados  breve  y  suma- 
riamente los  reos  de  los  delitos  de  traición  y  conspiración ;  cen 
cuyo  decreto  siguió  las  reglas  acordadas  ántes  por  el  gobierno 
del  vicepresidente  Santander  en  diferentes  casos  en  que  usára 
de  las  mismas  facultades  extraordinarias.  Volverémos  á  men- 
cionar este  decreto,  que  en  una  época  posterior  se  hizo  tan 
célebre,  y  que  entónces  fué  censurado  como  tiránico. 


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CAPÍTULO  XIII. 


Por  otro  decreto  expedido  en  virtud  de  las  facultades  extraor- 
dinarias, declaró  el  Libertador  presidente  que  no  yendo  á 
mandar  el  ejército  ni  á  salir  del  territorio  colombiano,  retendría 
el  ejercicio  ordinario  del  poder  ejecutivo,  como  indispensable 
para  que  su  visita  á  dichos  departamentos  fuera  provechosa.  En 
un  tercer  decreto  expresó  los  negocios  que  en  su  ausencia  po- 
dría despachar  el  consejo  de  gobierno  que  dejaba  en  la  capital, 
compuesto  de  los  cuatro  secretarios  de  Estado  y  de  un  ministro 
de  la  suprema  corte.  Debia  llevar  consigo  al  general  Soublette 
como  secretario  de  marina,  ramo  que  nuevamente  habia  sepa- 
rado del  de  la  guerra ;  Soublette  despacharía  todos  los  negocios 
de  que  tomára  conocimiento  el  Libertador. 

Á  consecuencia  de  estas  disposiciones  y  de  que  el  secretario 
de  relaciones  exteriores  Revenga  pidió  con  instancia  que  se  le 
admitiera  su  renuncia,  se  organizó  nuevamente  el  ministerio : 
el  doctor  Estanislao  Vergara  fué  nombrado  para  relaciones 
exteriores;  para  la  guerra  el  general  Rafael  Urdaneta,  y  para 
la  hacienda  el  administrador  general  de  correos  Nicolás  M. 
Tanco,  porque  el  doctor  Castillo  iba  á  la  convención.  El  del 
interior  Restrepo  continuó  en  su  puesto,  y  el  ministro  de  la 
alta  corte  de  justicia,  doctor  Félix  Restrepo,  fué  llamado  al  con- 
sejo de  gobierno  en  lugar  del  señor  Vergara. 

En  tales  circunstancias  un  suceso  que  fué  muy  sensible  al 
Libertador,  vino  á  turbar  el  nuevo  órden  acordado  para  su 
ausencia.  Publicábase  un  periódico  titulado  El  Zurriago,  en  el 
que  escribian  con  mucha  virulencia  contra  el  gobierno,  y  espe- 
cialmente contra  el  ejército  colombiano,  algunos  de  los  que  se 
llamaban  liberales.  Irritado  el  coronel  Luque,  jefe  de  un  bata- 
llón que  guarnecia  la  capital,  por  las  injurias  que  se  vertían 
contra  los  militares,  quemó  públicamente  y  en  presencia  de  su 
batallón  un  número  del  Zurriago :  al  dia  siguiente  se  publicó 
otro  papel  en  tono  igualmente  injurioso,  titulado  El  Incombus- 
tible. Entónces  Luque  y  el  coronel  Ferguson  fueron  á  la  im- 
prenta donde  se  hacian  tales  publicaciones,  maltrataron  á  los 
impresores,  quitaron  los  impresos  y  descompusieron  los  tipos, 
ftr  tales  hechos  escandalosos  se  les  mandó  juzgar  y  dieron 
completa  satisfacción  al  público  y  á  los  agraviados. 

Viendo  el  Libertador  estos  excesos,  que  manifestaban  la  irri- 
tación de  los  militares  que  ya  le  era  notoria  por  otros  conduc- 
tos; viendo  la  efervescencia  de  los  ánimos  y  de  los  bandos  po- 


SÜ  HISTORIA  DF.  COLOMBIA. 

Uticos,  atizada  fuertemente  por  escritos  incendiarios;  viendo, 
en  fin,  el  estado  lamentable  que  tenia  la  hacienda  nacional, 
que  en  ningún  departamento  alcanzaba  para  los  gastos  mas  ur- 
gentes, se  persuadió  que  no  podía  mantener  el  órden  y  la  tran- 
quilidad de  Colombia,  ni  continuar  con  buen  suceso  en  su  ad- 
ministración, sin  bailarse  revestido  de  facultades  extraordina- 
rias en  toda  la  República.  Así  lo  acordó  en  13  de  marzo,  é  hizo 
publicar  su  decreto,  que  exceptuaba  al  cantón  de  Ocaña  como 
residencia  de  la  convención. 

Este  decreto,  que  alarmó  en  gran  manera  al  partido  de  opo- 
sición y  que  excitó  críticas  y  amargas  censuras  contra  el  Liber- 
tador y  su  gobierno,  fué  seguido  de  otros  varios  de  grande  im- 
portancia, sobre  todo  en  las  rentas  públicas.  Los  derechos  de 
importación  se  mandaron  cobrar  nuevamente  por  aranceles;  se 
restableció  en  la  Nueva  Granada  el  estanco  de  aguardiente,  de 
caña  y  anis;  se  modificó  el  derecho  de  alcabala;  se  mandó 
cobrar  una  contribución  urbana  decretada  ántes  por  ley;  se 
pusieron  algunas  bases  para  introducir  en  las  rentas  públicas 
el  sistema  de  arrendamientos,  mejorando  su  administración  y 
recaudación ;  por  fin,  se  devolvió  á  los  intendentes  y  goberna- 
dores la  facultad  de  conocer  de  aquellos  juicios  en  que  se  ha- 
llase interesada  la  hacienda  nacional.  Esperábase  con  tales 
providencias  que  sus  rendimientos  serian  mayores  y  que  se 
disminuiría  el  déficit  que  habia  para  cubrir  los  gastos  públicos. 

Por  este  mismo  tiempo  era  una  opinión  harto  general  en 
Bogotá  y  en  las  provincias  que  la  libertad  de  imprenta  em- 
pleada en  casi  todas  nuestras  producciones  escritas  para  dividir 
los  ánimos  y  para  insultar  á  las  corporaciones,  magistrados  y 
personas  beneméritas,  debia  sufrir  alguna  reforma.  El  Liberta- 
dor recibió  sobre  esto  peticiones  firmadas  por  multitud  de  per- 
sonas respetables,  para  que  reprimiera  los  abusos  de  la  im- 
prenta. Él  sin  embargo  se  limitó  á  encargar  á  sus  agentes  en 
las  provincias  que  con  su  influjo,  el  de  las  autoridades  subal- 
ternas y  de  los  principales  ciudadanos,  procuráran  impedir  la 
promulgación  de  escritos  injuriosos,  bien  á  las  personas  ó  bien 
á  las  corporaciones.  Concluía  indicando  la  expresada  circula?, 
que  sería  en  extremo  doloroso  al  Libertador  tener  que  recurrir 
á  otros  medios  mas  severos  y  eficaces ,  en  caso  de  que  conti- 
nuaran los  abusos  de  la  libertad  de  imprenta.  Esta  orden  fué 
también  censurada  con  acrimonia. 


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CAPÍTULO  XII!.  87 

Antes  de  seguir  el  Libertador  para  los  departamentos  del 
nordeste,  no  dió  alguna  disposición  que  indicara  su  ánimo  de 
hacer  la  guerra  al  Perú.  Esta  es  una  prueba  incontestable  de 
que  entonces  no  meditaba  declarar  la  guerra,  como  falsamente 
han  asegurado  los  Peruanos;  observación  que  contesta  á  mu- 
chas calumnias. 

Después  de  dar  todas  estas  disposiciones  (marzo  46)  partió  el 
Libertador,  siguiendo  por  Tunja  hácia  los  valles  de  Cúcuta.  En 
el  camino  recibió  noticias  del  general  Páez,  que  le  tranquiliza- 
ron sobre  la  situación  de  los  departamentos  de  Venezuela :  supo 
que  los  facciosos  habían  sido  derrotados  donde  quiera  que  se 
presentaron,  y  que  la  división  naval  española  habia  dejado  las 
costas  de  los  departamentos  del  nordeste,  sin  haber  podido 
auxiliar  á  Gisnéros  ni  á  los  demás  partidarios.  Nuevas  tan  pla- 
centeras hicieron  que  Bolívar  resolviera  no  pasar  por  entónces 
de  los  valles  de  Cúcuta  como  punto  céntrico  para  atender  á 
Venezuela  y  á  la  Nueva  Granada.  Existen  y  tenemos  á  la  vista 
los  documentos  oficiales  por  cuyo  medio  anunciara  esta  reso- 

Entre  tanto  se  habia  reunido  en  Ocaña  un  número  conside- 
rable de  los  diputados  que  debían  formar  la  convención  nacio- 
nal. Esta  no  pudo  instalarse  el  2  de  marzo,  según  lo  disponía 
la  ley.  Esperábase  que  un  mes  después  abriría  sus  sesiones.  9e 
echaban  ménos  especialmente  los  representantes  de  las  provin- 
cias meridionales  que  venían  caminando. 

Los  diputados  presentes  se  ocuparon  en  calificar  las  eleccio- 
nes. Fué  esta  la  arena  donde  principiaron  á  medirse  los  parti- 
dos y  á  desplegar  sus  pasiones.  Diferentes  elecciones  se  decla- 
raron nulas;  comprendióse  entre  ellas  la  del  célebre  doctor 
Miguel  Peña,  quien  fué  excluido  por  tener  acusación  pendiente 
en  el  senado.  El  Libertador  reclamó  de  oficio  aquella  resolución 
diciendo  que  Peña  estaba  indultado;  empero  subsistió  lo  que 
se  habia  resuelto.  Otros  varios  diputados  fueron  igualmente 
excluidos  y  en  lo  general  triunfó  el  partido  de  Santander,  dis- 
minuyéndose el  número  de  los  amigos  del  Libertador  en  la 
convención. 

En  esta  disposición  de  los  ánimos,  un  suceso  ocurrido  en 
Cartagena  vino  á  complicar  los  negocios  y  á  exaltar  mas  los 
partidos*  políticos.  Promovíase  en  aquella  plaza  por  los  jefes  y 
oficiales  que  la  guarnecían,  una  exposición  á  la  convención  de 


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88 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


Ocaña,  recordando  los  servicios,  los  padecimientos  y  las  injus- 
ticias legislativas  que  se  habían  cometido  con  el  ejército  colom- 
biano, y  pidiendo  que  se  le  aseguráran  sus  goces  pecuniarios, 
sus  prerogativas  y  sus  exenciones.  Algunos  oficiales  del  bata- 
llón Tiradores  no  quisieron  firmarla,  á  quienes  se  unió  desde 
el  29  de  febrero  el  comandante  de  marina  general  José  Padilla, 
haciendo  conciliábulos  en  que  se  deprimía  á  las  autoridades  y 
se  llamaba  serviles  y  amigos  del  despotismo  á  los  firmantes. 
Desde  aquella  noche  Padilla  y  sus  satélites  recorrían  armados 
las  calles,  imponían  á  las  autoridades  y  hacían  temblar  á  los 
ciudadanos  pacíficos.  Jactábase  Padilla  públicamente  de  que 
conmovería  cuando  quisiera  al  pueblo  y  á  las  tropas  de  la 
plaza,  y  que  se  guardáran  la  intendencia  y  la  comandancia 
general  de  atentar  contra  la  seguridad  personal  de  alguno  de 
los  liberales  que  le  seguían,  los  que  decia  hallarse  bajo  la  pro- 
tección de  su  espada. 

Se  pasaron  así  los  primeros  cuatro  días  de  marzo,  y  el 
5  dijo  Padilla  al  comandante  general  coronel  José  Montes,  que 
los  liberales  desconfiaban  de  él.  Montes  tuvo  la  debilidad  de 
separarse  del  mando  de  las  armas  que  habia  recibido  del  go- 
bierno supremo,  y  por  acuerdo  del  intendente  Vicente  Ucros 
fué  nombrado  comandante  general  el  coronel  Juan  Antonio 
Piñerez;  á  pesar  de  que  no  podia  hacerse  tal  nombramiento 
que  se  realizára  solamente  por  temor  de  Padilla  ó  por  compla- 
cerle, pues  su  partido  confiaba  en  Piñerez. 

Hallábase  á  la  sazón  el  general  Mariano  Montilla  en  la  par- 
roquia de  Turbaco,  donde  recibía  informes  diarios  de  todas 
estas  ocurrencias.  Viendo  el  peligro  en  que  se  pondría  la  plaza 
de  Cartagena  y  acaso  todo  el  departamento,  si  dejaba  engrosar 
el  partido  sedicioso  de  Padilla,  quien  por  su  color  representaba 
una  funesta  bandera,  determina  reasumir  el  mando  militar  con 
facultades  extraordinarias,  conforme  á  una  autorización  que 
tiene  del  poder  ejecutivo  para  los  casos  de  invasión  exterior  ó 
conmoción  interior.  Dispone  pues  extraer  de  la  plaza  los  cuer- 
pos de  Tiradores,  artillería  y  húsares,  á  fin  de  ponerlos  fuera 
del  alcance  del  contagio  de  los  facciosos.  Por  medio  de  tos 
coroneles  Rash,  Reimboldt,  Aldercreutz  y  del  jefe  de  estado 
mayor  Pedro  Rodríguez,  consigue  sacarlos  en  la  noche  del  5  de 
marzo,  sin  que  lo  sospechen  ni  sientan  los  sediciosos;  solo 
quedan  en  Cartagena  unos  pocos  soldados  que  en  breve  siguen 


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CAPÍTULO  XIII. 


so 


á  Turbaco,  adonde  habían  marchado  sus  cuerpos,  decididos  á 
sostener  las  providencias  del  gobierno. 

Padilla  y  sus  cómplices,  á  quienes  se  une  el  doctor  Ignacio 
Muñoz,  se  enfurecen  luego  que  saben  la  marcha  de  las  tropas 
y  que  Montilla  ha  reasumido  la  comandancia  general.  Un  grupo 
de  oficiales  y  de  hombres  perdidos  proclaman  á  Padilla  inten- 
dente y  comandante  general,  quien  acepta.  Ucros  le  cede  el 
puesto  que  no  podia  sostener,  y  un  magistrado  del  poder  judi- 
cial se  rebaja  hasta  arengar  al  faccioso  como  intendente. 
Pero  esta  farza  dura  poco ;  Padilla  no  puede  conseguir  que  se 
le  reconozca,  y  todos  los  hombres  de  alguna  importancia  aban- 
donan á  Cartagena  y  se  van  donde  Montilla.  Acobardado  al  ver 
el  ningún  séquito  que  babia  tenido  su  intento,  pues  tampoco 
se  pudo  enseñorear  de  las  fortalezas  de  Bocachica,  de  donde 
fueron  rechazados  sus  emisarios,  pide  garantías  al  general 
Montilla  para  sí  y  para  los  demás  comprometidos ;  aquel  sin 
negarlas  da  una  contestación  evasiva.  Entonces  Padilla,  su  her- 
mano Francisco  y  Muñoz  se  embarcan  en  la  noche  del  8  de 
marzo  en  una  goleta  de  guerra  para  ir  á  Tolú  y  de  allí  al  inte- 
rior. Con  su  fuga  y  la  de  otros  amotinados  se  restablece  feliz- 
mente la  tranquilidad  de  Cartagena.  Debióse  tan  importante 
suceso  al  talento  y  previsión  de  Montilla,  que  fuera  apoyado 
por  todos  los  ciudadanos  amantes  del  orden,  que  temblaban  al 
considerar  los  funestos  resultados  de  una  revolución  capita- 
neada por  el  general  Padilla. 

Desde  Mompox  ofició  este  al  presidente  de  la  República  dán- 
dole cuenta  de  los  mencionados  acontecimientos  que  describía 
de  un  modo  que  le  fueran  ménos  adversos ;  escribió  también  al 
doctor  Francisco  Soto,  como  director  de  los  diputados  existen- 
tes en  Ocaña,  diciéndole  —  «  que  iria  él  mismo  á  ofrecer  su 
persona,  su  poco  influjo  y  cuanto  pudiera  pertenecerle  en  de- 
fensa de  la  convención.  » 

En  virtud  de  esta  comunicación  el  director  Soto  propuso  (marzo 
17)  en  una  junta  de  treinta  y  ocho  diputados  —  o  que  se  manifes- 
tára  al  general  Padilla  la  gratitud  de  la  diputación  por  el  celo 
el  favor  del  órden  público,  observancia  de  las  leyes  y  seguridad 
de  la  convención,  que  habia  manifestado  en  los  días  5,  6  y  7 
del  corriente,  según  aparecía  de  su  comunicación  y  docu- 
mentos. »  Esta  proposición  inconsulta  fué  aprobada  por  veinte 
y  seis  diputados  contra  once ;  mas  conociendo  algunos  que  se 


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no 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


habían  excedido  sin  tener  informes  auténticos,  se  revocó  al  día 
siguiente  por  moción  del  diputado  Espinal  de  Caracas.  Limitóse 
la  contestación  á  avisar  el  recibo  de  su  oficio  á  Padilla  —  «y 
que  la  diputación  habia  visto  con  aprecio  los  sentimientos  de 
respeto  á  la  gran  convención  que  manifestaba  en  dicha  comu- 
nicación. B 

Aun  duraba  esta  discusión  cuando  arribó  Padilla  á  Ocaña, 
adonde  habia  ido  á  ofrecer  su  espada  y  su  influjo  á  la  conven- 
ción, según  escribió  á  Montilla  desde  Mompox,  mezclando  tam- 
bién graves  amenazas;  en  aquella  ciudad  recibióla  contestación 
expresada  y  no  quedó  contento  con  tal  respuesta.  Entonces 
trata  con  Santander  y  socios  acerca  de  los  medios  de  hacer  una 
revolución  en  Mompox  y  Cartagena,  para  sostener,  según  de- 
cían, los  principios  liberales  contra  la  tiranía  de  Bolívar.  Acor- 
dado el  plan  esperaban  que  sería  sostenido  por  el  gobernador 
Troncoso  y  el  pueblo  de  Moinpox,  á  cuyo  efecto  regresó  Padilla 
á  esta  eiudad.  Santander  y  sus  amigos  políticos  por  una  impru- 
dencia inexcusable  en  hombres  de  talentos  que  podían  prever 
lo  futuro,  le  habían  designado  para  jefe  de  la  revolución.  Pa- 
dilla, un  mero  soldado  de  fortuna,  ¡  campeón  de  los  principios 
liberales,  contra  Bolívar,  que  habia  combatido  por  estos  diez  y 
ocho  años  y  sacrificádoles  su  fortuna!....  Este  era  un  contraste 
cuya  anomalía  solo  podía  escaparse  á  las  ciegas  pasiones  que 
arrastraban  á  los  miembros  de  aquel  club.  Empero  desde  los 
primeros  pasos  les  salió  errado  el  proyecto  de  insurrección  que 
pensaban  extender  á  toda  la  República.  Acercándose  á  Mompox 
tropas  destacadas  por  Montilla  al  mando  del  coronel  Aldercreutz, 
vió  Padilla  que  nada  podia  hacer  allí.  Entónces  marchó  á  Car- 
tagena asociado  á  su  consejero  doctor  Muñoz,  donde  contaba 
hacer  la  revolución  con  los  habitantes  del  barrio  de  Getsemaní 
y  la  maestranza  de  marina,  sobre  los  cuales  se  lisonjeaba  ejer- 
cer mucho  influjo.  Con  tan  siniestras  intenciones  presentóse  de 
repente  en  Cartagena  al  amanecer  del  Io  de  abril.  Pero  Mon- 
tilla, que  estaba  alerta,  supo  inmediatamente  el  arribo  de  su 
contrario;  prendióle  en  la  misma  casa  de  Padilla,  poniéndole 
una  guardia  y  dentro  de  seis  horas  le  envió  hácia  Bogotá  c9a 
un  jefe  de  toda  su  confianza.  Á  Muñoz  y  á  otros  comprendidos 
en  las  pasadas  revueltas  los  mandó  juzgar  en  Cartagena. 

El  Libertador  recibió  en  Sátiba  cerca  de  la  villa  de  Soatá  las 
primeras  noticias  de  los  movimientos  subversivos  de  Padilla,  y 


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i:apítui.o  xih. 


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se  alarmó  sobre  manera  por  la  clase  formidable  de  guerra  de 
que  podían  ser  un  principio.  Al  siguiente  dia  varia  su  plan  de 
viaje  en  Soatá,  y  resuelve  seguir  al  Magdalena,  donde  Montilla 
indicaba  ser  muy  importante  su  presencia.  Pensaba  cortar  el 
mal  de  raíz  y  volver  inmediatamente  á  Cúcuta.  Se  dirige,  pues, 
á  Bucaramanga  á  fin  de  embarcarse  en  el  puerto  de  Botijas  so- 
bre el  rio  Cañaveral,  que  desagua  en  el  Magdalena.  Antes  de 
partir  dicta  las  mas  activas  y  eficaces  providencias  á  fin  de  reunir 
las  tropas  suficientes  para  ahogar  en  la  cuna  la  rebelión  de  Pa- 
dilla, si  acaso  habia  hecho  algunos  progresos.  Mas  en  la  villa 
de  Piedecuesta,  sabe  los  acontecimientos  posteriores  de  Car- 
tagena, y  recibe  una  representación  bastante  sumisa,  que 
desde  Ocaña  le  dirigió  Padilla .  Entónces  determina  hacer  alto 
en  Bucaramanga ,  enviando  á  Ocaña  un  oficial  con  la  comi- 
sión de  prender  y  conducir  á  Padilla  á  Cartagena  para  juz- 
garle. 

De  todos  estos  hechos,  que  constan  en  documentos  oficiales  y 
auténticos,  se  manifiesta,  que  el  viaje  del  Libertador  á  Bucara- 
manga  no  fué  un  hecho  pensado  de  antemano ,  sino  que  lo 
motivaron  los  sucesos  ocurridos  miéntras  se  dirigia  á  los  valles 
de  Cúcuta. 

Durante  el  curso  de  estos  sucesos  se  juntaron  en  Ocaña  se- 
senta y  siete  diputados,  que  componían  mas  de  la  mitad  de  los 
ciento  ocho  que  correspondieron  á  toda  la  República.  Resuelta 
la  instalación  verificóse  el  9  de  abril  bajo  la  dirección  del  dipu- 
tado Soto.  Este  pronunció  un  discurso  excitando  á  la  convención 
á  que  asegurase  la  independencia  y  libertad  de  los  Colombianos; 
en  él  hizo  fuertes  alusiones  contra  el  gobierno  del  Libertador. 
El  primer  presidente  de  la  convención  fué  el  doctor  José  María 
del  Castillo ,  y  vicepresidente  el  doctor  Andrés  Narvarte.  Los 
cuatro  secretarios  nombrados  fueron  Luis  Várgas  Tejada ,  Ma- 
nuel Muñoz  (i),  Rafael  Domínguez  y  Mariano  Escovar,  todos 
conocidamente  del  partido  exaltado.  El  general  Santander  do- 
minaba á  este,  que  obtuvo  muy  pronto  una  mayoría  decidida 
hablando  siempre  de  libertad  y  garantías.  Otro  partido ,  que 
también  las  quería ,  pero  aseguradas  por  un  ejecutivo  que  go- 

(1)  Por  renuncia  de  este  fué  nombrado  en  30  de  abril  el  señor  Juan  de 
DÍ66  Aranzazu ,  diputado  independiente  é  imparcial ,  que  desempeñó  sus 


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02  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

zára  de  sus  facultades  esenciales  para  conservar  la  tranquilidad 
y  el  órden  en  el  vasto  territorio  de  Colombia,  enfrenando  á  todos 
los  bandos  políticos,  era  dirigido  por  Castillo.  Habia  un  tercero 
de  diputados  independientes,  como  los  Mosqueras  de  Popayan, 
los  de  Antióquia  y  otros  varios  que  votaban  según  les  parecia ; 
estos  iban  á  dar  la  victoria  al  partido  á  que  se  arrimáran.  La 
convención  de  Ocaña  reunia  hombres  de  luces ,  de  talentos ,  de 
experiencia  y  patriotismo ,  comparables  por  su  número  y  cali- 
dades á  los  que  legislaron  en  Cúcuta.  Mas  por  una  desgracia 
lamentable,  muchos  estaban  dominados  por  violentas  pasiones, 
que  no  les  dejaron  penetrarse  del  verdadero  estado  de  la  opi- 
nión y  de  las  exigencias  de  la  República. 

Instalada  la  convención  recibió  el  mensaje  que  le  habia  diri- 
gido el  Libertador  desde  29  de  febrero.  En  este  importante  do- 
cumento decía  :  «  que  en  beneficio  de  la  causa  popular  dispu- 
»  siera  libremente  y  sin  atender  á  consideraciones  personales 
»  del  bastón  de  presidente  y  de  la  espada  de  general ,  símbolos 
»  de  mando  y  de  gloria.  »  Trazaba  después  un  cuadro  triste  de 
la  situación  de  Colombia  y  de  la  necesidad  que  generalmente  se 
habia  sentido  de  reformar  las  leyes  fundamentales.  Afirmaba 
que  los  poderes  no  estaban  distribuidos  según  lo  requería  la 
forma  social  y  el  bien  de  los  ciudadanos;  que  solamente  el  le- 
gislativo era  soberano ,  cuando  debia  ser  un  miembro  de  la  so- 
beranía, lo  mismo  que  el  ejecutivo  ;  que  este  carecia  de  fuerza 
habiéndose  conferido  al  congreso  muchas  de  sus  facultades  na- 
turales y  de  la  administración  pública;  que  el  poder  judicial 
estaba  constituido  bajo  de  una  total  independencia  del  gobierno, 
á  pesar  de  que  sus  funciones  eran  ejecutivas ,  ó  de  aplicar  las 
leyes  á  los  casos  particulares ;  que  nuestras  leyes  parecían  he- 
chas al  acaso,  sin  órden  ni  conjunto ;  que  ellas  habían  desmora- 
lizado al  ejército,  destruido  el  comercio  y  la  agricultura  y  hecho 
un  caos  de  la  hacienda  pública ,  por  lo  cual  estaba  sumergida 
Colombia  en  una  verdadera  bancarota;  que  por  tales  causas, 
sus  relaciones  exteriores  en  vez  de  adelantarse,  retrogradaban, 
y  ya  se  nos  miraba  con  cierta  esquivez  por  las  potencias  extran- 
jeras. Concluía  con  el  siguiente  apostrofe  harto  expresivt : 
«  ¡  Legisladores !  ardua  y  grande  es  la  obra  que  la  voluntad 
j>  nacional  os  ha  sometido.  Salvaos  del  compromiso  en  que  os 
»  han  colocado  nuestros  conciudadanos ,  salvando  á  Colombia. 
»  Arrojad  vuestras  miradas  penetrantes  en  el  recóndito  corazón 


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CAPÍTULO  XIII.  93 

»  de  vuestros  constituyentes;  allí  leeréis  la  prolongada  angus- 
»  tía  que  los  agoniza ;  ellos  suspiran  por  seguridad  y  reposo. 
d  Un  gobierno  firme,  poderoso  y  justo  es  el  grito  de  la  patria. 
d  Miradla  de  pié  sobre  las  ruinas  del  desierto  que  ha  dejado  el 
d  despotismo,  pálida  de  espanto,  llorando  quinientos  mil  héroes 
»  muertos  por  ella,  cuya  sangre  sembrada  en  los  campos,  hacía 
»  nacer  sus  derechos.  Sí,  legisladores,  muertos  y  vivos ,  sepul- 
»  cros  y  ruinas  os  piden  garantías.  Y  yo  que  sentado  ahora  so- 
»  bre  el  hogar  de  un  simple  ciudadano ,  y  mezclado  entre  la 
»  multitud  recobro  mi  voz  y  mi  derecho ;  yo  que  soy  el  último 
»  que  reclamo  el  fin  de  la  sociedad;  yo  que  he  consagrado  un 
»  culto  religioso  á  la  patria  y  á  la  libertad,  no  debo  callarme  en 
»  momento  tan  solemne.  Dadnos  un  gobierno  en  que  la  ley  sea 
»  obedecida,  el  magistrado  respetado  y  el  pueblo  libre;  un  go< 
»  bierno  que  impida  la  trasgresion  de  la  voluntad  general  y  los 
o  mandamientos  del  pueblo. 

d  Considerad ,  legisladores ,  que  la  energía  de  la  fuerza  pú- 
»  blica  es  la  salvaguardia  de  la  flaqueza  individual,  la  amenaza 
»  que  aterra  al  injusto  y  la  esperanza  de  la  sociedad.  Conside- 
»  rad  que  la  corrupción  de  los  pueblos  nace  de  la  indulgencia 
»  de  los  tribunales  y  de  la  impunidad  de  los  delitos.  Mirad  que 
»  sin  fuerza  no  hay  virtud ,  y  sin  virtud  perece  la  República. 
»  Mirad,  en  fin ,  que  la  anarquía  destruye  la  libertad  y  que  la 
»  unidad  conserva  el  órden. 

»  ¡  Legisladores !  á  nombre  de  Colombia  os  ruego  con  plegarias 
»  infinitas,  que  nos  deis  á  imágen  de  la  Providencia,  que  repre- 
f>  sentáis  como  arbitros  de  nuestros  destinos ,  para  el  pueblo , 
»  para  el  ejército,  para  el  juez  y  para  el  magistrado  /  leyes  m- 
»  exorables!//  » 

Estas  indicaciones,  expresadas  de  una  manera  tan  enérgica 
como  convincente  y  que  se  apoyaban  en  los  talentos  y  en  la 
larga  experiencia  gubernativa  del  Libertador,  debian  haber  he- 
cho una  profunda  impresión  en  el  ánimo  de  los  escogidos  de 
Colombia.  Mas  sucedió  lo  que  el  presidente  habia  previsto  en  su 
mensaje ,  y  por  cuya  consideración  se  abstuvo  de  recomendar 
f<?rina  alguna  de  gobierno,  «  Nada,  dijo,  añadiría  á  este  funesto 
d  bosquejo,  si  el  puesto  que  ocupo  no  me  forzára  á  dar  cuenta 
»  á  la  nación  de  los  inconvenientes  prácticos  de  sus  leyes.  Sé 
»  que  no  puedo  hacerlo  sin  exponerme  á  siniestras  interpreta- 
»  ciones  y  que  al  través  de  mis  palabras  se  leerán  pensamien- 


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94 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


»  tos  ambiciosos;  mas  yo,  que  no  he  rehusado  á  Colombia  con- 
»  sagrarle  mi  vida  y  mi  reputación  ,  me  conceptúo  obligado  á 
9  este  último  sacrificio.  »  Atribuyéronse  en  efecto  sus  recomen- 
daciones de  que  se  adoptara  un  gobierno  mas  fuerte  que  el 
organizado  por  la  constitución  de  Cúcuta,  á  proyectos  ambicio- 
sos y  tiránicos  de  Bolívar  para  dominar  á  Colombia  con  un  po- 
der absoluto.  Como  si  entre  este  gobierno  y  la  excesiva  debili- 
dad en  que  pretendía  dejarle  una  exaltada  y  acaso  visionaria 
demagogia,  no  existiera  un  justo  medio ,  que  anhelaban  el  Li- 
bertador y  una  gran  mayoría  colombiana ,  la  que  exenta  de 
ambiciones  de  partidos  solo  apetecía  reposo,  órden  y  seguridad. 
Hubiérase  adoptado  aquel  medio  que  sugerían  la  razón  y  la 
experiencia  de  lo  pasado ,  asi  como  los  intereses  bien  entendi- 
dos de  los  bandos  políticos  que  agitaban  á  la  República ,  de  los 
cuales  la  constitución  debía  ser  un  verdadero  compromiso;  en- 
tonces la  calma  habría  renacido ,  y  acaso  aun  existiera  Colom- 
bia. Indelebles  hubieran  sido  en  este  caso  los  títulos  de  la  con- 
vención ála  gratitud  nacional. 

Fuera  del  mensaje  recibió  aquella  inmediatamente  después 
de  su  instalación ,  multitud  de  peticiones  del  norte ,  centro  y 
sur  de  la  República.  Los  cuerpos  del  ejército  permanente ,  los 
de  milicias,  el  estado  mayor,  la  universidad  de  Carácas,  y  gran 
número,  sino  todas  las  municipalidades  de  los  departamentos 
de  Venezuela,  Maturin  y  Orinoco,  hicieron  actas  por  lo  general 
en  el  mes  de  marzo,  pidiendo  á  la  convención  que  conservára 
la  integridad  nacional  y  á  Bolívar  en  el  mando  supremo  de  la 
República.  En  otras  representaciones,  sin  omitir  este  pedimento 
se  indicaba,  bien  no  ser  oportuna  la  época  actual  para  que  la 
convención  nos  diera  una  constitución  definitiva,  ó  bien  que  se 
disolviera  aquel  cuerpo  haciendo  antes  algunas  reformas  par- 
ciales. En  muchas  de  estas  actas  se  declamaba  contra  las  teorías 
que  iban  conduciendo  la  patria  á  un  abismo  de  males  y  contra 
el  sistema  federativo ;  añadiendo  casi  todas  fuertes  invectivas 
contra  la  administración  del  general  Santander.  El  jefe  supe- 
rior de  Venezuela  envió  á  Ocaña  estas  peticiones  con  un  men- 
sajero especial ,  apoyándolas  y  expresando  su  opinión ,  de  que 
los  trabajos  de  la  convención  debían  limitarse á —  «centralizar 
el  poder  y  poner  en  manos  del  Libertador  el  mando  supremo 
del  Estado,  á  que  los  pueblos  le  Uamáran  por  aclamación  uná- 
nime ,  hasta  que  asegurada  la  independencia  de  la  nación  y 


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CAPÍTULO  XIII. 


95 


tranquilo  el  territorio  pueda  plantearse  la  forma  de  gobierno 
que  sea  de  la  voluntad  general.  » 

Las  peticiones  del  centro  y  sur  de  la  República  se  dirigieron 
principalmente  contra  el  sistema  de  gobierno  federativo,  que 
detestaban  como  débil  en  extremo  y  precursor  de  la  anarquía. 
Todas  exigían  que  se  estableciera  un  gobierno  fuerte  y  capas  de 
mantener  el  órden  y  la  tranquilidad  bajo  el  sistema  unitario , 
del  que  tantos  bienes  habían  resultado  á  Colombia,  desde  que 
lo  adoptara  :  muchas  indicaban  también  la  conveniencia  y  aun 
necesidad  de  que  se  conservase  al  Libertador  el  mando  su- 
premo ,  como  el  único  hombre  que  por  sus  talentos ,  grandes 
servicios  y  vasto  influjo ,  podia  mantener  unida  y  tranquila  á 
Colombia. 

Estas  peticiones  fueron  recibidas  por  la  convención  con  en- 
fado y  esquivez ,  censurándose  por  algunos  con  apodos  depresi- 
vos ,  pues  se  las  llamaba  —  a  producciones  del  servilismo  y  de 
la  abyección.  »  Expresando  ellas  el  pensamiento  y  los  deseos 
del  ejército ,  de  muchas  corporaciones  y  de  ciudadanos  de  gran 
valía  en  la  tierra ,  apoyados  en  razones  poderosas ,  los  repre- 
sentantes debieron  mirarlas  con  mucha  consideración ,  aunque 
algunas  contuvieran  expresiones  indebidas  y  poco  decorosas  á 
la  representación  nacional,  las  que  reprobamos.  Pero  en  vez  de 
proceder  con  esta  circunspección  que  demandaban  las  críticas 
circunstancias  en  que  se  hallaba  su  patria ,  la  mayoría  de  los 
diputados  trató  con  desprecio  aquellas  peticiones.  Por  una  pro- 
videncia general ,  que  vino  á  ser  la  fórmula  adoptada  (abril  29) 
para  todas  ellas,  las  envió  al  Libertador,  —  «  como  á  quien  cor- 
respondía mantener  el  órden  público  y  la  disciplina  militar.  » 
Creían  los  diputados  hallarse  esta  vulnerada  por  los  pedimen- 
tos de  varios  cuerpos  de  tropas.  En  consecuencia  aquellas  peti- 
ciones quedaron  sepultadas  en  el  olvido ,  y  no  se  tuvieron  en 
cuenta  por  los  miembros  de  la  convención  para  sus  futuros 
proyectos  sobre  la  organización  política  de  Colombia.  No  cono- 
cían que  estaban  parados  sobre  un  volcan ,  y  les  pareció  que 
podían  constituir  á  la  República ,  no  según  los  hechos  existen- 
tes? los  votos  y  los  deseos  de  la  mayor  parte  de  los  Colombia- 
nos, sino  conforme  á  teorías  inaplicables  á  nuestros  pueblos,  las 
que  falsamente  se  bautizaban  con  el  especioso  nombre  de  prin- 
cipios. 

El  primer  acto  legislativo  de  la  convención  fué  declarar  por 


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90  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

unanimidad  de  sufragios  —  «  que  era  necesaria  la  reforma  de 
la  constitución,  y  que  la  gran  convención  nacional  se  ocuparía 
de  este  objeto. » 

Una  de  las  primeras  proposiciones  que  se  hicieron  luego  que 
se  trató  de  reformas  fué  la  del  diputado  por  Caracas  Mariano 
Echezuria ,  de  que  se  adoptara  el  sistema  de  gobierno  federa- 
tivo. Esta  moción  fué  acogida  con  entusiasmo  por  Santander  y 
sus  partidarios,  que  habia  tiempo  trabajaban  por  despedazar  á 
Colombia  introduciendo  la  federación.  Ocupóse  la  convención 
en  muchas  y  largas  sesiones  en  discutir  aquella  cuestión  capi- 
tal; en  ella,  el  diputado  Joaquin  Mosquera  pronunció  un  dis- 
curso excitando  á  la  concordia  de  los  ánimos ,  digno  de  la  tri- 
buna de  la  Gran  Bretaña  ó  de  la  Francia ,  en  el  que  á  la  vez 
manifestaba  sus  luces,  sus  talentos,  su  patriotismo  y  su  buen 
corazón.  La  centralización  del  gobierno  se  sostuvo  con  habili- 
dad y  firmeza  por  muchos  diputados.  La  propuesta  adopción 
del  sistema  federativo  fué  rechazada  en  28  de  abril  por  la  mayo- 
ría de  cuarenta  y  cuatro  votos  contra  veinte  y  dos.  El  general 
Santander  y  sus  principales  partidarios  Soto,  Azuero ,  Gómez, 
Duran  y  otros  sostuvieron  la  federación,  á  pesar  de  que  ántes 
habían  sido  acérrimos  defensores  del  centralismo ,  sobre  todo 
Santander.  Sus  pasiones  los  cegaban,  sin  embargo  de  que  la 
experiencia  demostraba  mas  y  mas  cada  dia  las  funestas  conse- 
cuencias de  aquel  sistema,  que  hizo  en  años  atrás  derramar 
tantas  lágrimas  en  Venezuela  y  en  la  Nueva  Granada,  y  que  al 
tiempo  de  la  convención  de  Ocaña  mantenía  despedazadas  por 
los  furores  de  la  guerra  civil  á  las  repúblicas  de  Méjico  y  del 
Centro-América.  Así  muchos  tuvieron  y  aun  tienen  razón  para 
tachar  la  versátil  conducta  de  Santander  y  de  sus  amigos  en 
esta  gran  cuestión,  como  hija  de  sus  odios  y  pasiones  contra  el 
Libertador  (*). 

Un  triunfo  tan  completo  como  el  obtenido  para  rechazar  el 
sistema  de  gobierno  federativo ,  llenó  de  esperanzas  á  los  que 

(1)  Persuadiendo  uno  de  los  promovedores  de  la  federación  á  otro  Ru- 
tado, que  votára  en  favor  de  ella,  no  pudo  contestar  los  argumentos  con 
que  este  le  rebatía  aquel  sistema.  Entóneos  le  dijo  el  primero  :  «  que  como 
se  echára  abajo  con  la  federación  el  poder  de  Bolívar,  lo  demás  no  impor- 
taba. >  Tal  era  el  patriotismo  de  algunos  miembros  del  partido  exaltado  : 
respiraban  solo  venganzas. 


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CAPÍTULO  XIII.  97 

deseaban  útiles  reformas  en  la  constitución  de  Colombia  (mayo 
2).  Votáronse  después  y  se  ganaron  por  igual  número  de  sufra- 
gios las  siguientes  proposiciones  ó  bases  :  «  que  el  gobierno  de 
Colombia  en  sus  tres  poderes  sería  unitario;  que  su  adminis- 
tración se  mejoraría ,  haciendo  mas  eficaz  la  acción  del  ejecu- 
tivo en  todos  los  extremos  de  la  República ;  en  fin ,  que  para 
facilitar  la  consecución  de  estos  objetos,  se  establecerian  asam- 
bleas en  las  divisiones  territoriales  con  las  facultades  que  les 
dieran  la  constitución  y  las  leyes.  » 

La  comisión  escogida  para  formar  el  proyecto  según  estas  ba- 
ses principió  entónces  sus  trabajos  ;  pero  el  doctor  Vicente 
Azuero,  que  pretendía  redactar  la  constitución  conforme  á  sus 
ideas  especulativas,  riñó  en  breve  con  algunos  de  sus  compañe- 
ros que  le  contradecían.  Reorganizada  de  uuevo  la  comisión  (i), 
trabajó  un  largo  proyecto  de  constitución  reglamentaria  en  que 
se  quitaban  al  poder  ejecutivo  sus  principales  atribuciones, 
dando  á  los  Colombianos  multitud  de  garantías  para  eludir  las 
leyes ;  era  ninguna  la  fuerza  que  se  dejaba  al  gobierno  á  fin  de 
hacerlas  cumplir.  El  territorio  colombiano  se  dividía  en  veinte 
departamentos ,  cada  uno  con  su  respectiva  asamblea  que  dis- 
pusiera de  los  intereses  locales.  En  las  elecciones  y  en  otros 
muchos  pormenores ,  aquel  proyecto  estaba  calcado  sobre  los 
principios  de  las  constituciones  de  la  tumultuosa  y  efímera 
República  francesa.  En  nada  ó  en  muy  poco  se  tenían  en  con- 
sideración los  hechos  existentes ,  las  peticiones  y  los  deseos  de 
los  Colombianos  expresados  de  uua  manera  tan  enérgica ,  ni 
tampoco  sus  hábitos,  usos  y  costumbres :  hé  aquí  los  elementos 
de  que  se  habría  apoderado  un  legislador  filósofo  para  consti- 
tuir á  nuestra  República. 

El  doctor  Castillo  opuso  un  otro  proyecto  al  ya  mencionado ; 
pero  no  pudo  conseguir  con  sus  amigos  que  este  se  rechazára. 
Acordóse  que  ambos  se  discut  ieran  á  la  vez ;  resolución  que  ase- 
guraba el  triunfo  al  de  Azuero,  porque  el  partido  de  Santander 
adquirió  en  el  mes  de  mayo  una  superioridad  decidida  en  la 
convención. 


(1)  Se  compuso  de  los  diputados  Soto,  Azuero,  Liévano,  López  Aldana 
y  Real.  El  proyecto  de  constitución  que  redactó  Azuero  y  que  los  demás 
aprobaron,  constaba  de  315  artículos  y  35  títulos  ó  capítulos;  llamóse  en- 
tónces ■  la  constitución  Axuerina. » 

TOMO  iv.  7 


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HISTORIA  DE  COLOMBIA 


Al  saber  el  Libertador  en  Bucaramanga,  donde  había  perma- 
necido para  estar  inmediato  á  Ocaña ,  como  lugar  en  que  se 
trataban  los  mas  importantes  negocios  de  la  República ,  el  es- 
tado que  tenían  los  trabajos  de  la  convención  y  su  éxito  proba- 
ble, pierde  toda  esperanza  deque  se  obtenga  un  buen  resul- 
tado. Determina, pues,  irse  á  los  departamentos  del  nordeste  y 
así  lo  comunica  á  sus  amigos  de  Ocaña.  Estos  piensan  entonces 
que  se  le  llame  á  fin  de  que  la  constitución  se  dé  con  su  acuerdo, 
á  lo  ménos  en  sus  principales  disposiciones.  Estaban  persuadi- 
dos íntimamente  de  que  ninguna  constitución  podia  estable- 
cerse y  ser  duradera  en  Colombia,  si  no  aseguraba  los  intereses 
bien  ó  mal  entendidos  de  los  partidos  rivales  que  dividían  la 
opinión  pública  y  á  la  población  entera.  Cuando  les  pareció  que 
podrían  obtener  una  mayoría,  el  doctor  Castillo  hizo  la  moción 
de  que  se  excitara  al  Libertador  (mayo  i  A)  á  que  se  trasladase 
á  Ocaña;  pero  sin  admitirse  á  discusión  fué  negada  por  cua- 
renta votos  contra  veinte  y  ocho.  Díjose  que  la  proposición  era 
contraria  al  reglamento  de  elecciones ,  que  prohibía  el  que  es- 
tuviera en  Ocaña  el  encargado  del  poder  ejecutivo;  ley  que  de 
ningún  modo  podia  ofrecer  un  obstáculo,  porque  era  fácil  revo- 
carla, y  no  hablaba  en  el  caso  de  un  llamamiento  expreso.  El 
verdadero  motivo  fué  que  Santander  y  los  que  le  seguían  te- 
mieron el  influjo  del  Libertador  sobre  los  diputados ,  y  que  se 
diera  entonces  una  oonstitucion  según  las  indicaciones  que  ha- 
bía hecho  aquel  en  su  mensaje.  Se  le  nombraría  en  tal  caso  pre- 
sidente, frustrándose  los  proyectos  de  los  exaltados.  Eran  aque- 
llos acordar  una  constitución  bajo  de  la  cual  Bolívar  se  denegára 
á  continuar  mandando  :  no  les  importaban  los  defectos  que  tu- 
viera, siempre  que  consiguieran  su  objeto  favorito  (t). 

Conociendo  el  Libertador  tales  miras  por  informes  y  docu- 
mentos que  no  le  dejaban  la  menor  duda,  recibió  con  frialdad 
la  indicación  que  le  hicieron  sus  amigos,  de  llamarle  á  Ocaña : 
temía  que  allí  se  le  comprometiera  á  sancionar  disposiciones 
constitucionales  que  fueran  contrarias  á  las  que  en  su  concien- 
cia juzgaba  que  solo  podían  hacer  la  felicidad  de  Colombia. 

Bajo  de  tan  funestos  auspicios  comenzaron  (mayo  23)  á  dls- 

(1)  Santander  dijo  entonce»  en  una  carta,  que  se  haria  hasta  musulmán 
por  salir  del  general  Bolívar,  á  quien  llamaba  «  el  supremo  perturbador  de 
¡a  República. »  Tan  profundo  era  el  odio  que  le  tenia. 


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i:apítllo  'xiii.  Olí 

cutirse  los  dos  proyectos  de  constitución :  primero  el  de  la  co- 
misión, y  seis  dias  después  el  que  presentirá  el  señor  Castillo 
suscrito  por  veinte  y  dos  diputados  de  sus  mismas  opiniones  (*). 
Á  Castillo  y  á  sus  amigos  costó  un  gran  trabajo  y  fuertes  con- 
tradicciones el  que  su  proyecto  se  admitiera  como  una  modifi- 
cación del  que  habia  formado  Azuero.  Acordóse  al  fin  que  se 
discutiera  á  la  vez ;  método  que  era  dispendioso  de  tiempo  y 
que  de  ningún  modo  podia  conducir  á  un  buen  resultado,  pues 
de  esta  manera  la  nueva  constitución  debia  resultar  compuesta 
de  partes  heterogéneas  ó  inconexas  incapaces  de  formar  un 
todo  regular. 

En  las  discusiones  el  choque  y  la  irritación  de  los  partidos 
llegó  á  su  colmo.  Los  diputados  amigos  del  Libertador  que 
defendian  el  proyecto  de  Castillo  eran  insultados  frecuente- 
mente como  sostenedores  de  la  tiranía  y  de  los  planes  ambi- 
ciosos de  Bolívar,  diciéndoseles  que  pretendían  establecer  una 
constitución  mas  monárquica  que  la  de  Bolivia,  así  como  la 
tiranía  ministerial.  Se  les  ridiculizaba  siempre  que  menciona- 
ban las  peticiones  de  los  pueblos,  del  ejército  y  de  las  cor- 
poraciones colombianas  que  pedian  con  ahinco  un  gobierno 
fuerte  y  vigoroso,  de  tal  suerte  que  al  fin  de  mayo  acaso 
ningún  diputado  se  atrevía  á  pulsar  cuerda  tan  importante  y 
delicada.  Soto  era  presidente  de  la  convención,  y  con  sus  arte- 
rías y  larga  experiencia  en  los  manejos  é  intrigas  parlamenta- 
rias, dirigía  las  discusiones  y  votaciones,  unas  veces  con  des- 
treza y  otras  aun  faltando  á  los  reglamentos  internos  y  á  las 
leyes  a  que  debían  sujetarse  los  miembros  de  la  convención ;  su 
bando  estaba,  pues,  seguro  de  triunfar  en  aquella  lid  parla- 
mentaria. 

Los  representantes  que  defendian  el  proyecto  de  Castillo, 
viéndose  oprimidos  por  una  mayoría  orgullosa  que  les  negaba 
aun  lo  justo  y  legal,  y  que  también  conseguía  oscurecer  con 
su  influjo  hechos  que  habían  pasado  en  el  seno  mismo  de  la 
convención,  indicaron  haber  resuelto  separarse  del  cuerpo  y 
regresar  á  sus  provincias  (junio  2)  á  dar  cuenta  del  triste  y  do- 
loroso resultado  de  su  misión.  Entonces  algunos  diputados  que 
deseaban  ardientemente  el  bien  y  consolidación  de  la  República 
mediaron  con  Santander  y  con  otros  de  su  partido,  á  fin  de  que 

(1)  Véase  la  nota  10". 


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100  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

hubiera  explicaciones  amistosas  privadas,  que  condujeran  á  un 
avenimiento,  disipándose  las  mutuas  desconfianzas.  Se  tuvieron 
dos  conferencias  delante  de  varias  personas  imparciales,  y 
aunque  pacíficas,  nada  se  acordó  definitivamente;  empero 
brillaba  todavía  alguna  esperanza  de  un  acomodamiento.  Mas 
desapareció  por  una  solicitud  inoportuna  que  presentaron  San- 
tander, Azuero  y  Soto,  en  que  pediau  se  les  permitiera  sepa- 
rarse de  la  convención  porque  sus  principios  liberales,  de  los 
que  no  podian  prescindir,  eran  un  obstáculo  para  las  reformas. 
Castillo  y  sus  compañeros  caracterizaron  este  paso  de  perfidia 
y  de  un  designio  meditado  de  hacerlos  odiosos,  desacreditán- 
dolos. Confirmáronse,  pues,  en  su  propósito  de  salir  de  Ocaña 
sin  asistir  á  ninguna  otra  sesión.  Verificáronlo  el  10  de  junio. 

En  vano  los  demás  diputados  existentes  en  Ocaña  quisieron 
disuadirlos  de  su  intento ;  en  vano  eligieron  como  forzados  para 
presidente  de  la  convención  al  respetable  Joaquín  Mosquera, 
cuyo  carácter  conciliador  inspiraba  la  mayor  confianza  á  ambos 
partidos ;  en  vano  finalmente  dirigieron  órdenes  á  los  diputa- 
dos que  se  ibau,  arraigándolos  en  Ocaña ;  nada  bastó  para  que 
volvieran  á  las  sesiones.  Como  solo  quedaron  cincuenta  y  cua- 
tro representantes  y  se  necesitaban  cincuenta  y  cinco  para  con- 
tinuar los  trabajos  de  la  convención,  después  de  proyectar  que 
se  diera  un  acto  adicional  á  la  constitución  de  1821,  y  de  dis- 
cutir otras  várias  proposiciones,  se  persuadieron  los  diputados 
que  nada  podian  hacer  sin  que  hubiera  el  número  legal.  De- 
clararon, pues,  en  41  de  junio  que  se  hallaban  suspendidas  las 
sesiones  por  haberse  alejado  de  hecho  diez  y  nueve  diputados 
sin  Ucencia  y  contra  la  expresa  resolución  de  que  permanecie- 
ran en  Ocaña  hasta  que  se  determinára  lo  conveniente  sobre 
la  representación  que  habían  dirigido  á  la  convención  nacio- 
nal (i). 


(I)  Los  nombres  de  los  veinte  y  un  diputados  que  abandonaron  las  sesiones, 
eran  :  José  María  del  Castillo ,  —  Pedro  Briceño  Méndez ,  —  Francisco 
Aranda ,  —  Juan  de  Francisco  Martin,  —  Joaquín  José  Cori,  —  José  Ucros, 
—  Domingo  Bruzual,  —  De  Beaumont ,  —  Rafael  Hermoso,  —  Pedro* Vi- 
cente Grimont,  —  José  Félix  Valdivieso ,  —  José  Matías  Orcllana,  —  J.  Fer- 
mín Villaviccncio,  —  Manuel  Avilés,  —  Fermín  Orejuela,  —  José  Moreno 
de  Salas,  —  Francisco  Montufar,  —  Miguel  María  Pumar,  —  Martin  San- 
tiago de  Icaza,  —  Pablo  Merino,  —  Anastasio  García  de  Frías  ,  —  Vicente 
López  Merino. 


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CAPÍTULO  XIII.  101 

Los  diputados  que  habían  dado  aquel  paso  atrevido,  publi- 
caron inmediatamente  en  la  parroquia  de  la  Cruz  un  manifiesto 
para  justificar  su  conducta.  Los  puntos  mas  prominentes  en 
que  apoyaron  su  defensa  fueron :  que  oprimidos  por  una 
mayoridad  altanera,  zaheridos  y  burlados  por  ella,  se  conside- 
raban sin  libertad  eu  la  convención ;  que  el  partido  dominante 
pretendía  dar  una  constitución  basada  en  teorías  inaplicables  á 
nosotros,  despreciando  altamente  los  hechos  existentes  en  Co- 
lombia y  las  numerosas  peticiones  de  los  pueblos;  que  la  misma 
tenia  por  objeto  debilitar  al  ejecutivo  para  libertarse,  según 
decia,  de  las  miras  de  Bolívar,  designio  que  se  traslucía  en 
todas  las  partes  de  aquel  peregrino  proyecto  de  constitución. 
Así  que  íntimamente  persuadidos  de  que  llevándose  á  cima  el 
nuevo  plan  de  gobierno,  la  República  sufriría  males  de  enorme 
trascendencia,  no  querían  ser  la  causa  indirecta  de  la  ruina  de 
la  patria.  «  Nuestro  deber,  anadian,  era  salvarla,  y  estamos 
persuadidos  de  haberlo  conseguido.  Apelamos  a4  juicio  de  Co- 
lombia, seguros  de  que  la  mayoría  nos  hará  justicia.  En  otro 
tiempo  y  en  mejores  circunstancias,  cuando  ya  se  hayan  amor- 
tiguado algún  tanto  las  pasiones  y  descubierto  la  verdad , 
cuando  pueda  verse  con  claridad  el  verdadero  interés  de  la 
República,  podrán  hacerse  las  reformas  convenientes.  Entre 
tanto  existe  en  vigor  la  constitución  del  año  undécimo,  existen 
las  leyes  y  existe  á  la  cabeza  del  gobierno  el  Libertador  presi- 
dente,  que  reúne  la  confianza  nacional.  »  —  Los  mismos  di- 
putados decían  también  que  nunca  habia  sido  su  ánimo  disol- 
ver la  convención,  y  que  solo  quisieron  no  contribuir  al  mal 
ni  indirectamente;  que  los  demás  representantes  estaban  auto- 
rizados para  llamar  y  compeler  á  los  ausentes  á  concurrir  hasta 
llenar  el  número  necesario  para  la  continuación  de  las  sesio- 
nes ;  pero  que  estos  prefirieron  disolver  la  convención  con  el 
designio  de  imputarles  la  culpa  y  que  sobre  ellos  recayera  la 
execración  nacional ;  que  no  la  temían,  pues  aun  en  la  hipó- 
tesis de  haber  sido  causa  de  que  se  disolviera  la  convención, 
miraban  este  suceso  como  un  insigne  beneficio,  pues  ella  solo 
podia  hacer  males. 

Por  muy  plausibles  que  se  presenten  estos  argumentos  de 
la  menoría  de  la  convención  de  Ocaña,  nos  parece  que  nunca 
pudieron  ser  suficientes  para  justificar  su  absoluta  separación. 

Tan  funesto  ejemplo  debia  ser  de  enorme  trascendencia  en 


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102  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

lo  venidero,  pues  otras  menorías  podrían  querer  separarse 
igualmente  de  los  cuerpos  legislativos  ó  constitucionales  á  que 
pertenecieran,  y  así  quedaba  minado  por  su  basa  primordial 
el  sistema  representativo.  Aunque  no  fuera  el  ánimo  de  aque- 
llos diputados  disolver  la  convención,  debían  tener  por  cierto 
que  su  disolución  era  inevitable,  porque  no  permanecía  en 
Ocaña  un  número  legal,  y  después  de  cuatro  meses  que  los 
representantes  habían  dejado  sus  casas  y  familias,  era  muy 
fuerte  el  deseo  que  tenían  de  abandonar  la  desagradable  é  im- 
próvida residencia  de  Ocaña  para  regresar  á  sus  domicilios.  Se 
hallaban  ademas  cansados  de  las  acaloradas  disputas  y  choques 
de  los  partidos  que  los  dividían,  y  pocas  esperanzas  restaban 
á  los  diputados  independientes  que  aspiraban  á  la  consolida- 
ción de  la  República  de  conseguirla.  Podían,  es  verdad,  los 
cincuenta  y  cuatro  diputados  llamar  á  los  suplentes,  y  tenían 
facultad  para  compelerlos;  pero  la  compulsión  habría  sido 
ineficaz.  Por  tanto  no  les  quedó  mas  recurso  que  disolverse. 
En  su  última  acta  dirigieron  una  protesta  á  la  nación,  ma- 
nifestándole que  se  disolvían  contra  su  voluntad  y  solo  com- 
pelidos  á  dar  este  paso  por  una  necesidad  imperiosa. 

Mas  el  partido  exaltado  no  se  pudo  separar  sin  que  en  una 
reunión  de  sus  miembros  preparara  revoluciones  contra  el 
gobierno  del  Libertador.  Comprometiéronse  algunos  diputados 
á  conmover  las  provincias  de  Antióquia,  Popayan,  Socorro, 
Pamplona  y  Bogotá,  movimientos  que  serian  la  base  de  una 
conflagración  general.  Otros  de  Venezuela  debiau  promover 
allí  revoluciones  y  guerrillas  con  la  mayor  extensión  que  les 
fuera  posible.  El  grito  y  el  objeto  ostensible  sería  restablecer  la 
constitución  de  Gúcuta  y  poner  término  al  mando  de  Bolívar. 
El  general  Santander  asistió  á  la  junta  ó  juntas  que  se  tuvie- 
ran con  tales  designios,  y  fué  señalado  como  jefe  de  la  proyec- 
tada reacción.  Aunque  estos  planes  solo  se  traslucieran  entón- 
ces  porque  estaban  cubiertos  con  el  velo  del  misterio,  después 
se  han  averiguado  hasta  la  evidencia.  No  faltaron  tampoco 
quienes  oyeran  y  denunciáran  al  Libertador  las  escandalosas 
proposiciones  de  algunos  hombres  ménos  escrupulosos,  qtÜe  • 
dijeron  en  Ocaña  ser  preciso  matar  á  Bolívar  para  conseguir  sus 
intentos. 

El  Libertador,  que  observaba  desde  Bucaramanga  las  opera- 
ciones de  la  convención,  y  que  tenia  frecuentes  noticias  de 


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CAPÍTULO  XIII. 


103 


Ocaña,  supo  las  acaloradas  disputas  de  los  últimos  dias  de 
mayo,  y  la  resolución  tomada  por  algunos  diputados  en  2  de 
junio  de  separarse  de  aquella  corporación.  Avisólo  privada- 
mente á  los  miembros  del  consejo  de  gobierno  residente  en 
Bogotá,  encargándoles,  lo  mismo  que  á  varios  de  sus  amigos 
mas  influentes,  —  «  que  meditáran  las  providencias  que  debe- 
rían dictarse  en  aquella  dolorosa  hipótesis,  que  él  no  deseaba 
y  que  era  muy  probable  iba  á  suceder,  o  Anunciaba  que  por 
tan  grave  novedad  babia  determinado  regresar  á  la  capital, 
deteniéndose  algunos  dias  en  el  Socorro  basta  recibir  las  últi- 
mas noticias  de  Ocaña. 

En  consecuencia  de  aquel  aviso,  tan  importante  y  delicado 
negocio  comenzó  á  discutirse  privadamente  y  á  sondearse  en 
Bogotá  la  opinión  de  la  mayoría.  De  una  parte  se  presentaban 
el  escándalo  y  las  críticas  acerbas  que  habría,  de  que  se  disol- 
viera la  convención  rodeada  del  prestigio  de  representación 
nacional,  en  la  que  se  hallaban  algunos  hombres  de  gran  valía, 
que  se  tenían  como  atletas  y  campeones  denodados  de  los  prin- 
cipios liberales ;  considerábanse  también  los  disturbios  y  acaso 
la  conflagración  general  que  pudieran  encender  tremolando  la 
bandera  de  Libertad ;  aunque  bajo  de  esta  dorada  insignia  ocul- 
táran  algunos  proyectos  ambiciosos  y  de  venganza.  De  otra 
parte  se  veía  claramente  que  si  la  convención  no  se  disolvía, 
daría  una  constitución  del  todo  inadecuada  á  Colombia,  esta- 
bleciendo un  poder  ejecutivo  que  tendría  las  manos  ligadas 
para  mantener  el  órden  en  lo  interior,  y  repeler  los  ataques 
exteriores  con  que  nos  amenazaban  la  España  con  su  ejército  y 
marina  de  Cuba,  y  el  Perú  con  otro  ejército  apostado  sobre 
nuestras  fronteras  meridionales.  Veíase  ademas  con  la  mayor 
claridad  que  una  constitución  acordada  por  el  partido  del  gene- 
ral Santander  sería  muy  mal  recibida  en  Colombia,  y  era 
seguro  que  tanto  el  ejército  como  la  mayoridad  de  las  corpo- 
raciones y  de  los  pueblos  la  rechazarían,  causándose  de  esta 
manera  un  escándalo  mayor,  que  haría  derramar  mucha  san- 
gre y  que  elevaría  al  extremo  el  encono  de  los  partidos  ya  de- 
masiado temible.  Adoptóse,  pues,  la  base  de  que  era  útil,  con- 
veniente y  aun  necesario  hacer  todo  lo  posible  para  que  la 
convención  de  Ocaña  no  diera  constitución  alguna.  Como  no 
había  otro  arbitrio  que  escoger  entre  males  harto  graves,  este 
pareció  menor.  También  se  convino  en  la  idea  de  que  para  tal 


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104  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

caso  era  necesario  dar  al  presidente  constitucional  de  la  Repú- 
blica facultades  extraordinarias,  á  fin  de  que  fuera  capaz  de 
proveer  á  la  defensa,  así  como  á  conservar  el  órden  y  la  tran- 
quilidad interna,  mientras  que  calmadas  algún  tanto  las  pa- 
siones, Colombia  pudiera  constituirse  de  nuevo. 

Habiéndose  convenido  en  estas  bases,  era  preciso  cumplir  con 
prontitud  sus  disposiciones.  El  intendente  de  Cundinamarca 
general  Pedro  A.  Herran  dio  al  efecto  (junio  43)  una  proclama 
en  que  manifestaba  el  estado  de  la  convención,  los  peligros  de 
la  patria,  y  que  era  necesario  deliberar  sobre  los  medios  de 
salvarla,  reuniéndose  en  aquel  dia  los  padres  de  familia  en  una 
junta  popular  á  que  los  convocaba,  como  la  primera  autoridad 
del  departamento.  La  asamblea  fué  numerosa,  y  su  resultado 
la  célebre  acta  de  Bogotá  del  43  de  junio,  en  que  se  acordaron : 
primero,  la  protesta  de  no  obedecer  los  actos  que  emanáran  de 
la  convención  de  Ocaña ;  segundo,  revocar  los  poderes  conferi- 
dos á  los  diputados  electos  por  la  provincia  de  Bogotá;  y  ter- 
cero, que  el  Libertador  presidente  se  encargase  del  mando 
supremo  de  la  República  con  plenitud  de  facultades  en  todos  los 
ramos,  los  que  organizaría  del  modo  que  le  pareciera  mas  con- 
veniente, y  cuya  autoridad  ejercería  hasta  que  juzgase  opor- 
tuno convocar  la  representación  nacional.  Acordóse  ademas 
invitar  al  Libertador  á  que  acelerara  su  regreso  á  la  capital  y 
que  el  acta  se  imprimiera  y  circulára  por  el  intendente  á  los 
otros  departamentos  de  Colombia. 

Esta  acta  aun  sin  tener  todas  las  firmas  de  las  personas  que 
la  suscribieron,  que  fueron  muchas,  se  remitió  el  mismo  dia  al 
consejo  de  ministros,  el  que  por  medio  de  su  presidente,  el 
secretario  del  interior,  contestó  al  intendente  Herran,  que  juz- 
gaba el  consejo  —  «  muy  fundado  y  de  imperiosa  necesidad  el 
pronunciamiento  de  la  capital,  la  que  ha  manifestado  en  él  los 
ardientes  deseos  que  animan  á  sus  dignos  habitantes  por  la 
prosperidad  y  estabilidad  de  Colombia,  lo  mismo  que  su  amor 
é  ilimitada  confianza  en  el  Libertador  presidente.  »  Un  mensa- 
jero especial,  el  coronel  Wilson ,  edecán  de  Bolívar,  partió 
aquella  misma  noche  para  el  norte,  llevando  al  presidente  ^1 
acta  aprobada  y  otro  oficio  del  secretario  del  interior  en  que  le 
avisaba,  por  disposición  del  consejo,  la  aprobación  que  este 
había  dado,  y  añadía :  «  El  consejo  al  emitir  su  opinión  ha 
tenido  presentes  la  gravedad  é  importancia  de  la  materia,  y 


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rAPÍTino  xni.  105 

aunque  sin  tener  orden  ni  instrucciones  de  S.  K.  d)  para  un 
caso  tan  inesperado  é  imprevisto,  no  ha  dudado  el  tomar  sobre 
sí  la  responsabilidad  de  aprobar  el  acta  de  esta  capital.  Los 
motivos  que  han  influido  en  el  ánimo  del  consejo  para  adoptar 
semejante  resolución  han  sido  los  mas  puros,  y  han  emanado 
principalmente  del  íntimo  convencimiento  en  que  se  hallan 
sus  miembros,  de  que  no  hay  otra  medida  capaz  de  salvar  la 
patria,  sino  constituir  un  gobierno  fuerte  y  enérgico,  ejercido 
por  S.  E.  el  Libertador.  Los  miembros  del  consejo  esperan  que 
su  resolución,  aunque  de  tamaña  trascendencia,  no  será  desa- 
probada por  el  Libertador,  y  que  por  lo  menos  merecerá  su 
indulgencia.  » 

Cuando  Bolívar,  en  marcha  para  la  capital,  recibió  en  el 
Socorro  los  expresados  documentos,  acababa  de  entregarle  el 
comandante  Francisco  Montufar,  uno  de  los  representantes  que 
se  alejaron  de  la  convención,  el  manifiesto  y  los  demás  papeles 
que  acreditaban  la  separación  de  los  veinte  y  un  diputados,  y 
la  consiguiente  suspensión  de  las  sesiones.  Kl  Libertador  se 
hallaba  confundido  y  agitado  por  dudas  sobre  la  suerte  de  la 
República,  de  las  que  le  sacára  tan  oportuno  pronunciamiento 
(junio  Í6);  así,  aprobó  con  expresiones  satisfactorias  las  de- 
mostraciones de  celo  y  las  pruebas  de  confianza  que  le  daban 
el  pueblo  y  los  magistrados  de  la  capital,  que  habian  tomado 
sobre  sí,  conforme  á  sus  expresiones,  —  «la  salvación  de  la 
patria,  la  custodia  de  su  gloria  y  de  su  unión,  creando  una 
autoridad  que  aniquile  la  anarquía  y  le  asegure  dicha  inde- 
pendencia y  libertad.  » 

Al  mismo  tiempo  manifestó  al  consejo  que  veía  como  una 
gran  calamidad  el  que  se  hubiera  disuelto  la  convención  agi- 
tada por  disturbios  y  pasiones,  sin  haber  dado  su  código  á  la 
patria.  Decia  que  esta  catástrofe  nos  privaba  de  toda  esperanza, 
llenándonos  de  temores,  pero  que  confiaba  demasiado  en  el 
buen  sentido  de  sus  conciudadanos,  para  temer  algún  trastorno 

(1)  Esto  es  cierto.  El  Libertador,  aunque  desde  Sanjil  con  fecha  12  de 
jimio  dijo  oficialmente  al  consejo  que  meditara  lo  que  debiera  hacerse  en 
el  caso  de  que  se  disolviera  la  convención  de  Ocaña  sin  constituir  ú  Colom- 
bia ,  jamas  hizo  la  menor  indicación  acerca  riel  partido  que  debiera  tomarse. 
El  consejo  contestó  á  la  mencionada  indicación ,  —  «  que  habiendo  apro- 
bado el  acta  de  Bogotá,  habia  emitido  ya  su  opinión  sobre  lo  que  debia  ha- 
cerse en  las  circunstancias.  » 


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106  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

que  agravára  los  males  públicos :  esperaba  que  la  voluntad  na- 
cional no  se  extraviaría  por  causa  alguna,  aun  por  la  mas  po- 
derosa; y  últimamente  afirmaba  —  «  estar  resuelto  á  emplear 
su  autoridad  y  su  energía  por  la  salud  del  Estado  (i).  » 

Al  dia  siguiente  se  pone  en  camino  para  la  capital,  en  la  que 
entra  el  24  de  junio  en  medio  de  las  aclamaciones  de  un  pueblo 
numeroso ,  que  se  manifiesta  contento  y  lleno  de  entusiasmo 
por  su  Libertador.  Estos  sentimientos  dominan  en  las  arengas , 
discursos  y  brindis  que  se  le  dirigen ,  y  en  los  convites  que  se 
le  dan.  Bolívar  se  hallaba  también  satisfecho ,  y  esperaba  que 
podría  mantener  la  tranquilidad  y  la  unión  colombiana  hasta 
que  lucieran  dias  mas  felices. 

El  partido  exaltado  pensó  entónces  que  la  constitución  de 
Gúcuta  debió  quedar  vigente ,  y  después  tanto  sus  miembros 
como  otras  muchas  personas  han  hecho  cargo  á  Bolívar  por  no 
haber  adoptado  aquel  arbitrio ,  y  porque  aceptára  la  dictadura , 
haciéndose ,  según  dicen ,  el  tirano  de  su  patria.  En  principio 
convenimos  en  que  era  mas  conforme  al  derecho  constitucional 
que  siguiera  rigiendo  la  constitución  de  Cúcuta.  Mas  ¿era  esto 
posible  en  aquellas  circunstancias  en  que  las  mas  fuertes  pasio- 
nes agitaban  los  ánimos  en  sentido  contrario?  Las  provincias 
de  Venezuela  acababan  de  sufrir  una  revolución  con  el  objeto 
de  abolir  la  constitución  colombiana,  revolución  que  apénas  se 
pudo  calmar  ofreciéndoles  que  se  reformaría.  En  consecuencia, 
reunida  la  convención  de  Ocaña  declaró  por  unanimidad  — 
«  que  era  necesaria  y  urgente  la  reforma  de  la  constitución.  » 
Esta  solemne  declaratoria  habia  quitado  á  dicho  código  el  poco 
prestigio  que  ántes  conservaba  en  las  provincias  que  hasta  en- 
tónces lo  sostenían.  ¿Cómo, pues,  habría  podido  Bolívar  mante- 
nerla paz,  la  tranquilidad  y  la  unión  de  la  República  con  institu- 
ciones que  ninguno  amaba  y  cuya  reforma  pedían  todos?  ¿Cómo 
enfrenar  á  los  partidos  políticos,  reprimir  las  exigencias  inde- 
bidas del  ejército  y  defender  la  integridad  del  territorio  colom- 
biano, amenazada  por  el  sur  y  por  el  norte?  ¿Cómo  finalmente 
habría  podido  ejecutar  las  reformas  que  eran  necesarias  en  los 
diferentes  ramos  de  la  administración  pública,  sujetándose* á 
obrar  en  el  círculo  estrecho  de  los  poderes  constitucionales? 
Era  imposible  hacer  lodo  esto  rigiendo  la  constitución  de  Cú- 


(1)  Véase  la  nota  li". 


CAPÍTULO  XIII. 


107 


cuta,  pues  si  usaba  el  jefe  del  ejecutivo  de  las  facultades  extra- 
ordinarias del  artículo  128,  teníamos  siempre  la  dictadura  sin 
las  "ventajas  de  una  franca  declaratoria  apoyada  en  las  actas 
populares  y  en  el  consentimiento  expreso  de  los  pueblos.  Los 
que  han  afirmado  lo  contrario  vieron  los  sucesos  de  lejos  y  sin 
profundizar  la  verdadera  situación  de  Colombia  en  tan  críticos 
momentos.  Entonces  pareció  á  nuestros  hombres  de  Estado  y  á 
los  ciudadanos  mas  influentes,  que  en  tan  difíciles  circunstan- 
cias era  absolutamente  necesaria  la  dictadura  conferida  al  Li- 
bertador, para  que  investido  de  plenas  facultades  conservára  la 
unión  colombiana ,  defendiera  su  territorio ,  y  con  mano  fuerte 
pero  justa  reprimiera  los  partidos ,  calmára  las  pasiones  é  hi- 
ciera con  órden  y  sistema  las  reformas  necesarias,  mientras  se 
convocaba  no  tarde  y  bajo  mejores  auspicios  la  representación 
nacional.  Ningún  político  ha  negado  hasta  ahora  la  necesidad 
de  la  dictadura  en  las  crisis  políticas  de  las  repúblicas ,  y  mu- 
chas se  han  salvado  de  grandes  peligros  por  esta  magistratura 
extraordinaria.  Tan  patriótico  objeto  fué  el  que  tuvieron  en 
mira ,  así  los  moradores  de  la  capital  al  conferir  á  Bolívar  la 
dictadura ,  como  este  en  admitirla ,  arrostrando  por  servir  á  su 
patria  tantas  penas,  disgustos  y  calumnias  como  debía  causarle 
aquel  peligroso  y  delicado  encargo  que  le  hacían  sus  conciu- 
dadanos. 

El  acta  de  Bogotá  fué  el  tipo  y  la  norma  de  todas  las  demás 
actas  celebradas  á  la  misma  sazón  en  el  vasto  territorio  de  Co- 
lombia. Los  sentimientos  que  ella  produjo  obraron  como  un 
fuego  eléctrico.  Apénas  se  recibía  donde  quiera,  que  se  reunían 
los  vecinos  principales  y  las  corporaciones ,  adhiriéndose  á  su 
contenido  y  haciendo  sustancialmente  las  mismas  declaratorias 
y  concesiones  al  Libertador.  En  el  centro ,  en  el  norte  y  en  el 
sur  de  la  República  reinó  con  admiración  el  mismo  espíritu  en 
los  habitantes,  sin  que  se  notara  en  ninguna  de  las  tres  grandes 
secciones  contradicción  alguna  que  indicara  la  menor  repug- 
nancia :  hasta  las  parroquias  mas  pequeñas  tenían  como  un 
deber  el  celebrar  su  acta  dando  al  Libertador  el  mando  supremo 
coH  facultades  ilimitadas  para  reorganizar  la  República,  lle- 
gando algunos  á  excederse  hasta  indicar  que  las  conservára  por 
todos  los  días  de  su  vida.  Y  no  solamente  las  pequeñas  pobla- 
ciones sino  las  grandes  ciudades,  como  Quito,  Guayaquil, 
Cuenca,  Panamá ,  Cartagena,  Mompox,  Antióquia,  Medellin  y 


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108  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Popayan,  Carácas,  Valencia,  Ciimana  y  Maracáibo,  hicieron  las 
mismas  actas.  Aprobáronlas  también  los  militares  mas  promi- 
nentes, como  Páez,  Urdaneta,  Soublette,  Arizmendi,  Mariño, 
Montilla ,  Córdova ,  Flórez  y  otros.  Una  aprobación  del  acta  de 
la  capital  dada  tan  espontánea  como  umversalmente  apenas  se 
tenia  noticia  de  ella ,  no  puede  menos  que  caracterizarse  como 
la  expresión  sincera  de  la  voluntad  nacional.  Parece,  pues,  que 
los  autores  ó  los  que  promovieron  aquel  pronunciamiento,  tu- 
vieron bastante  previsión  para  conocer  la  opinión  de  la  mayoría 
del  pueblo  colombiano. 

Entonces  ni  una  voz  se  levantó  en  favor  de  la  convención  de 
Ocaña;  evidente  prueba  de  que  las  teorías  exageradas  y  los 
proyectos  constitucionales  inadaptables  á  Colombia,  que  forma- 
ban el  símbolo  de  su  fe  política ,  carecían  del  apoyo  y  asenti- 
miento de  una  gran  mayoridad.  Sin  embargo  de  este  triunfo 
que  parecía  espléndido,  lodos  los  hombres  previsivos  temieron 
desde  aquella  época  nuevos  disturbios  que  se  promovieran  por 
el  partido  exaltado;  este  podia  obrar  apellidándose  liberal,  é 
invocando  los  nombres  mágicos  de  «  libertad  é  igualdad, »  cuyo 
imperio  es  siempre  muy  poderoso,  especialmente  sobre  los  in- 
cautos (i). 

La  aceptación  que  dió  Bolívar  al  poder  ilimitado  que  le  con- 
feria el  pueblo  colombiano,  se  ha  tenido  por  muchos  como  una 
evidente  prueba  de  que  él  amaba  la  tiranía  y  el  mando  abso- 
luto ;  mas  no  era  así,  aunque  por  las  apariencias  y  por  algunos 
sucesos  de  esta  época  parezca  que  se  puede  probar  aquella  aser- 
ción. El  Libertador  deseaba  para  Colombia  un  gobierno  en  que 
los  pueblos  gozáran  de  todas  aquellas  garantías  compatibles  con 
su  estado  social ;  pero  sus  grandes  talentos  y  su  experiencia  le 
habían  enseñado  como  una  verdad  incontestable  —  «  que  los 
habitantes  de  las  colonias  españolas  de  la  América  del  Sur 
no  se  podían  gobernar  por  constituciones  calcadas  sobre  las  de 
los  Estados  Unidos  del  Norte-América  y  sobre  las  que  jamas 
pudieron  subsistir  en  la  Francia  republicana.  Estos  eran  los 
modelos  que  el  Libertador  veía  seguir  á  nuestros  legisladores,  y 
él  profesaba  la  mas  grande  aversión  á  tales  modelos.  Creía  fir- 
memente que  Colombia  no  se  podia  regir  por  los  principios  po- 
líticos que  se  establecían  en  dichas  constituciones ;  pues  juzgaba 

(1)  Véase  la  nota  12». 


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CAPÍTULO  XIII.  ÍOSi 

que  los  ambiciosos,  los  demagogos  y  los  anarquistas,  amparados 
por  nuestros  bosques,  por  la  falta  de  caminos  y  por  las  inmen- 
sas distancias ,  turbarían  siempre  el  orden,  sin  que  el  ejecutivo 
pudiera  reprimirlos  ni  conservar  las  garantías  del  resto  de  los 
ciudadanos  pacíficos,  si  no  poseía  legalmente  la  fuerza  y  el  vigor 
necesarios. 

Auu  después  de  haber  aceptado  el  Libertador  el  poder  su- 
premo é  ilimitado  que  le  habían  conferido  los  pueblos ,  usó  de 
él  con  mucha  parsimonia  hasta  recibir  el  asentimiento  de  la 
mayor  parte  de  la  República.  Solo  mandó  expedir,  usando  de 
sus  facultades  extraordinarias ,  unos  pocos  decretos  que  le  pa- 
recieron urgentes.  Su  noble  corazón  deseaba  mucho  acelerar  la 
libertad  de  los  esclavos,  como  gran  medida  de  política  y  de  hu- 
manidad. Dio,  pues,  un  decreto  mejorando  las  juntas  de  ma- 
numisión á  fin  deque  se  colectaran  y  emplearan  con  mas  regu- 
laridad los  fondos  destinados  para  tan  santo  objeto  (julio  40). 
Por  otros  decretos  abrogó  las  leyes  que  suprimían  los  conven- 
tos menores  y  las  profesiones  religiosas  antes  de  veinte  y  cinco 
años  de  edad;  quería  con  estas  disposiciones  que  se  formaran 
misioneros  á  quienes  encargar  la  civilización  y  conversión  al 
cristianismo  de  los  indígenas  que  vagan  en  nuestros  dilatados 
bosques. 

También  se  dedicó  el  Libertador  á  reorganizar  el  ejército , 
reparando  su  moral  y  disciplina.  l*ara  conseguirlo  restableció 
las  disposiciones  de  la  ordenanza  española  que  prohiben  á  los 
jefes  y  oficiales  el  casarse  sin  licencia  del  gobierno ,  y  á  los  sar- 
jemos, cabos  y  soldados  sin  la  de  los  comandantes  generales 
respectivos.  La  ley  colombiana  que  derogó  estas  prohibiciones, 
habia  relajado  sobre  manera  la  disciplina  militar.  Por  otro  de- 
creto posterior  restableció  á  toda  su  fuerza  y  vigor  la  ordenanza 
española  en  lo  relativo  al  fuero  militar,  á  los  delitos,  penas,  y 
tribunales  que  debían  conocer  de  aquellos,  aboliendo  las  leyes 
y  decretos  que  fueran  contrarios  ó  que  hubieran  modificado 
dicha  ordenanza.  Amenazada  Colombia  por  el  sur  y  por  el  norte, 
necesitaba  mejorar  la  organización  de  su  ejército  y  aumentarlo. 
Iñí  lo  decretó  el  Libertador  en  7  de  agosto ,  previniendo  que 
se  elevase  á  cuarenta  mil  hombres.  Este  armamento  era  prin- 
cipalmente dirigido  á  la  defensa  de  nuestras  costas  del  Atlántico, 
amenazadas  sériamente  por  la  España.  Acababa  esta  de  reforzar 
su  ejército  de  Cuba  con  tres  mil  reclutas  y  mas  de  cien  oficiales 


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110  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

oriundos  de  la  América  ántes  española :  tenia,  pues,  en  aquella 
isla  de  diez  y  siete  á  diez  y  ocho  mil  hombres  de  buenas  tropas 
y  diez  y  siete  buques  de  guerra.  Contaba  para  sus  empresas  con 
las  turbulencias  excitadas  por  sus  partidarios  y  agentes  secre- 
tos en  Méjico  y  en  Colombia,  y  con  que  se  habia  amortiguado 
el  espíritu  público  en  favor  de  la  Independencia ,  con  motivo 
de  las  continuas  revueltas.  Unas  veces  se  aseguraba  que  la  ex- 
pedición iria  á  Méjico ,  y  otras  que  vendría  á  Colombia ;  pero 
en  esta  época  los  avisos  que  tema  nuestro  gobierno  y  la  tenta- 
tiva hecha  á  principio  del  año  sobre  las  costas  de  Venezuela 
induciauála  creencia  deque  íbamos  á  ser  atacados  nuevamente 
por  la  España.  Á  pesar  de  lo  exhausto  que  se  hallaba  el  tesoro, 
se  preparó  activa  y  enérgicamente  la  defensa  de  las  costas ,  su- 
pliendo el  patriotismo  de  los  Colombianos  lo  que  no  podían 
sufragar  las  rentas  públicas. 

Sin  embargo  de  aquel  estado  de  alarma,  Bolívar  hizo  expedir 
las  órdenes  mas  eficaces  para  extinguir  el  corso ,  mandando  re- 
coger cuantas  patentes  se  habían  franqueado,  y  que  no  se  die- 
ran otras.  Las  quejas  de  las  naciones  amigas  por  varios  actos  de 
piratería  y  de  pillaje  marítimos  cometidos  por  nuestros  corsa- 
rios ,  y  las  reclamaciones  de  indemnización ,  muchas  de  ellas 
harto  costosas,  persuadieron  al  Libertador  de  que  en  el  estado 
actual  de  la  guerra  de  Independencia ,  el  corso,  en  vez  de  ser 
provechoso  á  nuestra  República,  le  era  perjudicial. 

Para  dar  unidad,  fuerza  y  prontitud  á  la  defensa  de  nuestras 
costas,  creó  también  un  jefe  superior  civil  y  militar  sobre  los 
departamentos  del  Zúlia,  Magdalena  é  Istmo;  tan  importante 
encargo  se  confirió  al  general  Mariano  Montilla ,  cuyos  talentos 
eran  bien  conocidos  y  propios  para  aquella  elevada  magistra- 
tura. 

Hé  aquí  los  principales  objetos  en  que  se  ocuparan  el  Liber- 
tador y  su  consejo  de  gobierno ,  miéntras  que  se  recibían  en  la 
capital  las  actas  de  la  mayor  parte  de  la  República,  por  las  que 
se  le  concedían  facultades  ilimitadas.  Luego  que  supo  la  volun- 
tad de  la  mayoría  de  los  Colombianos ,  expidió  en  27  de  agosto 
el  decreto  orgánico  de  la  nueva  autoridad  de  que  se  encargana 
con  el  título  de  Libertador  presidente  que  le  habían  dado  las 
leyes  y  los  sufragios  públicos.  Este  importante  documento  cons- 
taba de  una  introducción  en  que  se  enumeraban  las  principales 
razones  y  fundamentos  que  Bolívar  habia  tenido  para  admitir 


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CAPÍTULO  XIII.  ÍU 

la  dictadura ,  y  los  grandes  objetos  que  se  proponía  realizar 
mientras  durase.  Hallábase  también  dividido  en  seis  títulos.  En 
el  primero  se  desenvolvían  clara  y  sencillamente  las  atribucio- 
nes que  por  sí  mismo  ejercía  el  jefe  supremo  del  Estado;  serian 
estas  las  que  ántes  correspondían  al  congreso  y  al  poder  ejecu- 
tivo. Establecíase  por  el  segundo  título  un  consejo  de  ministros 
compuesto  de  seis  secretarios  de  Eslado  responsables  en  todos 
los  casos  en  que  faltaran  al  exacto  cumplimiento  de  sus  deberes : 
establecíase  un  presidente  del  consejo  de  ministros,  á  quien  to- 
caba desempeñar  el  gobierno  de  la  República  en  las  faltas  acci- 
dentales ó  perpétuas  del  jefe  supremo  del  Estado ;  por  tanto 
quedó  abolida  la  vicepresidencia  de  la  República.  Trataba  el 
título  tercero  del  consejo  de  Estado,  nueva  corporación  que 
se  compondría  de  los  ministros  secretarios  de  Estado,  y  de  un 
consejero  tomado  de  cada  uno  de  los  departamentos  de  la  Repú- 
blica. Era  su  jefe  el  presidente  del  consejo  de  ministros.  Tocaba 
á  esta  corporación  preparar  todos  los  reglamentos  que  se  debían 
expedir ;  dar  al  gobierno  su  dictamen  en  los  casos  de  declaración 
de  guerra,  ajuste  de  paz,  ratificación  de  tratados  con  otras  na- 
ciones, conmutación  de  penas  capitales,  concesión  de  amnistías 
é  indultos  geoerales  ó  particulares ,  y  en  todos  los  demás  casos 
arduos  que  se  le  consultáran.  Informaba  también  el  consejo  sobre 
las  personas  de  aptitud  y  méritos  á  quienes  debían  conferirse 
los  principales  destinos  civiles  y  eclesiásticos  de  la  República. 

Por  el  título  cuarto  se  adoptaba  otra  nomenclatura  para  las 
principales  divisiones  de  la  República ;  llamáronse  prefecturas, 
y  prefectos  los  que  áutes  se  denominaban  intendentes,  con 
las  mismas  atribuciones  legales.  Los  jefes  de  las  provincias 
continuaron  llamándose  gobernadores.  No  se  hizo  alteración 
alguua  acerca  de  la  administración  de  justicia,  que  debia 
continuar  distribuyéndose  á  los  pueblos  por  los  tribunales  y 
juzgados  existeutes  y  conforme  á  las  atribuciones  que  les 
concedían  las  leyes.  Ofrecíase  dar  reglamentos  orgánicos  de 
los  tribunales  y  juzgados,  para  mejorar  la  administración  de 
justicia,  así  como  para  el  establecimiento  de  jueces  de  hecho, 
tribunales  de  policía  correccional  y  organización  del  ministerio 
público. 

En  el  título  sexto  y  último  se  mandaban  conservar  todas  las 
garantías  concedidas  á  los  ciudadanos  por  la  constitución  de 
Cúcuta,  y  se  les  prescribían  los  mismos  deberes  que  esta  enu- 


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i \%  HISTORIA  OE  COLOMBIA. 

meraba.  Tambieft  se  ofrecía  sostener  y  proteger  la  religión 
católica,  apostólica,  romana,  como  la  religión  de  los  Colombia- 
nos, y  que  se  convocaría  la  representación  nacional  para  el  2  de 
enero  de  1830,  á  fin  de  que  diera  la  constitución  de  la  Repú- 
blica. Este  decreto,  que  suscribieron  el  Libertador  presidente  y 
los  cuatro  secretarios  de  Estado,  se  mandó  publicar  y  obedecer 
en  todo  el  territorio  colombiano. 

Acompañóse  su  publicación  con  una  proclama  de  Bolívar 
manifestando  de  nuevo  á  los  Colombianos  la  disolución  lamen- 
table de  la  convención,  que  había  sucedido  por  las  disensiones 
desús  miembros,  sin  dar  instituciones  á  la  República,  y  des- 
pués de  haber  quitado  á  las  de  Cúcuta  el  poco  prestigio  que 
les  quedaba :  decia  que  penetrado  el  pueblo  soberano  de  todos 
los  peligros  que  corria  en  su  crítica  situación,  proveyó  por  sí 
mismo  á  su  futura  seguridad  estableciendo  un  magistrado  su- 
premo. «  Mi  carácter  de  primer  magistrado  me  impuso  la  obli- 
»  gacion  de  obedecerle  y  servirle,  aun  mas  allá  de  lo  que  la 
»  posibilidad  me  permitiera.  No  he  podido  por  manera  alguna 
»  denegarme  en  momento  tan  solemne  al  cumplimiento  de  la 
»  confianza  nacional,  de  esta  confianza  que  me  oprime  con  una 
»  gloria  inmensa,  aunque  ai  mismo  tiempo  me  anonada  bacién- 
»  dome  aparecer  cual  soy. 

»  i  Colombianos !  me  obligo  á  obedecer  estrictamente  vues- 
»  tros  legítimos  deseos :  "protegeré  vuestra  sagrada  religión 
»  como  la  fe  de  todos  los  Colombianos  y  el  código  de  los  bue- 
»  nos;  mandaré  haceros  justicia  por  ser  la  primera  ley  de  la 
»  naturaleza  y  la  garantía  universal  de  los  ciudadanos.  Será  la 
»  economía  de  las  rentas  nacionales  el  cuidado  preferente  de 
»  vuestros  servidores;  nos  esmerarémos  por  desempeñar  las 
»  obligaciones  de  Colombia  con  el  extranjero  generoso.  Yo,  en 
»  fin,  no  retendré  la  autoridad  suprema  sino  hasta  el  dia  que 
»  mandéis  devolverla,  y  si  ántes  no  disponéis  otra  cosa,  convo- 
»  caré  dentro  de  un  año  la  representación  nacional. 

»  i  Colombianos !  no  os  diré  nada  de  libertad,  porque  si 
»  cumplo  mis  promesas  seréis  mas  que  libres,  seréis  respeta- 
»  dos ;  ademas,  bajo  de  la  dictadura  ¿  quién  puede  hablar*  de 
»  libertad  ?  ¡  Compadezcámonos  mutuamente  del  pueblo  que 
»  padece  y  del  hombre  que  manda  solo  !  » 

En  efecto,  Bolívar  era  digno  de  compasión.  Cuando  se  deci- 
día á  aceptar  aquella  tremenda  magistratura  que  carecía  de 


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CAPÍTULO  XIII.  113 

atractivos,  impelido  por  sus  ardientes  deseos  del  bien  y  felici- 
dad de  Colombia,  en  pos  de  los  cuales  habia  corrido  ya  diez  y 
ocho  años  de  continuos  trabajos,  daba  ansa  á  la  calumnia, 
comprometiendo  su  gloria  y  aun  su  existencia. 

Publicado  el  decreto  orgánico,  el  doctor  José  María  del  Cas- 
tillo fué  nombrado  presidente  del  consejo  de  ministros  y  del  de 
Estado.  La  malevolencia  de  la  oposición  dijo  que  era  en  pre- 
mio de  haber  disuelto  la  convención  de  Ocaña.  Los  cuatro  se- 
cretarios del  interior  ó  gobierno,  de  guerra  y  marina,  de  ha- 
cienda, y  de  relaciones  exteriores,  continuaron  como  ministros, 
sin  que  hubiera  variación  alguna  en  el  personal.  También  se 
nombraron  los  miembros  del  consejo  de  Estado  (*),  que  se 
instaló  (agosto  30)  con  los  que  se  hallaban  presentes  en  la  capi- 
tal. Esta  corporación  principió  inmediatamente  sus  trabajos, 
ocupándose  en  preparar  algunas  reformas  importantes. 

El  nuevo  órden  establecido  en  Colombia  en  virtud  de  las 
facultades  ilimitadas  conferidas  al  Libertador  por  la  casi  una- 
nimidad de  sufragios  de  la  República,  fué  jurado  y  celebrado 
en  muchas  ciudades  con  fiestas  y  regocijos  públicos.  Mas  nin- 
guna excedió  en  sus  demostraciones  á  Carácas,  la  patria  que- 
rida de  Bolívar.  Ya  el  jefe  superior  Páez  habia  anunciado  ofi- 
cialmente, —  a  que  los  pueblos  habían  levantado  actas  con 
tanto  gusto  como  columnas  á  la  libertad,  encargando  á  S.  E.  el 
Libertador  para  darnos  todas  las  reformas  que  exigen  nuestras 
necesidades,  nuestras  costumbres,  nuestro  estado  de  civiliza- 
ción y  nuestros  excesos  ,  pudiendo  asegurar  á  Us.  que  el 

pronunciamiento  que  hizo  la  ciudad  de  Bogotá  el  13  de  junio 
ha  reanimado  la  concordia  entre  esos  y  estos  pueblos  con  víncu- 
los de  humanidad,  que  harán  permanente  y  común  su  dicha. » 
Consecuente  Páez  con  estos  sentimientos  y  acaso  para  imponer 
á  la  multitud,  determina  que  se  jure  con  grande  pompa  y 
solemnidad  obediencia  al  Libertador,  como  á  jefe  supremo  de 

(1)  Los  nombrados  fueron  los  señores  José  María  del  Castillo  y  Rada, 
José  Manuel  Restrepo,  general  Rafael  Urdaneta,  Estanislao  Vergara,  Nicolás 
Mjíanco,  arzobispo  de  Bogotá  doctor  Fernando  Caicedo,  José  Rafael  Re- 
venga, Francisco  Cuevas,  Joaquín  Mosquera,  Jerónimo  Tórres,  Félix  Val- 
divieso y  Martin  Santiago  de  Icaza  ;  estos  se  hallaban  presentes.  Los  nom- 
brados que  estaban  ausentes  fueron  el  general  Francisco  Bermúdez ,  Pedro 
Gual,  Modesto  Larrea,  Joaquín  Olmedo,  y  José  Espinar,  secretario  con  voto. 
A  ninguno  se  le  asignó  sueldo,  y  casi  todos  eran  empleados  en  otros  ramo». 

TOMO  IV.  8 


t 

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114  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

la  República,  revestido  de  facultades  ilimitadas  para  arreglar 
todos  los  ramos  de  la  administración .  Verificóse  este  acto  en 
Caracas  el  21  de  setiembre  por  todas  las  autoridades  civiles, 
militares  y  eclesiásticas,  por  los  padres  de  familia,  y  por  seis 
batallones  y  dos  escuadrones  de  tropa  que  componían  cerca  de 
seis  mil  hombres,  los  que  formados  en  gran  parada  hicieron  la 
función  mas  imponente.  Parecía  que  todos  contraían  aquel 
vínculo  sagrado  con  el  mayor  placer,  lo  que  unido  á  la  deci- 
sión que  manifestaba  Páez  en  sostener  el  mando  del  Libertador 
hacía  augurar  con  fundamentos  que  la  paz  y  la  unión  colom- 
bianas serian  duraderas  en  los  departamentos  del  norte  de  la 
República. 

En  ellos  solo  habían  ocurrido  algunos  movimientos  de  parti- 
darios de  guerrillas.  Una  de  las  que  mas  diera  qué  hacer 
fué  la  de  los  hermanos  Castillos  en  la  provincia  de  Cumaná, 
que  propendía  á  la  guerra  de  castas.  Hemos  referido  anterior- 
mente cuánto  hizo  el  general  Marino  para  destruirla  del  todo. 
Aunque  lo  consiguiera,  dejó  todavía  qué  irabajar  al  que  le 
sucedió  general  Bartolomé  Salón.  Deseando  este  concluir  con 
aquella  facción,  que  había  causado  males  muy  graves  á  la  pro- 
vincia de  Cumaná,  sin  que  se  hubiese  podido  exterminarla  á 
causa  de  hallarse  amparada  por  bosques  y  guaridas  impenetra- 
bles, celebró  en  26  de  julio  un  convenio  con  los  cabecillas. 
Indultóles  de  cualesquiera  delitos  que  hubieran  cometido,  per- 
mitiendo á  muchos  de  los  comprometidos  residir  en  los  lugares 
del  departamento  que  eligiesen.  Solamente  Rosario  Castillo  y 
Juan  Cordero  fueron  exceptuados,  los  que  se  embarcaron  para 
Trinidad,  siguiéndolos  Isidro  Castillo  y  otros  pocos  individuos 
que  dijeron  iban  á  domiciliarse  en  aquella  isla. 

No  pasó  mucho  tiempo  sin  que  volvieran  armados,  apode- 
rándose de  Guiria  en  20  de  octubre,  diciendo  que  traían  el 
objeto  de  hacer  una  revolución  contra  la  tiranía  del  Libertador. 
El  general  Bermúdez  burló  sus  pérfidos  designios,  y  derrotados 
tuvieron  que  abandonar  su  empresa,  retirándose  fugitivos  á  los 
bosques. 

Para  completar  el  cuadro  de  estos  sucesos  añadirémos  ó^ie 
los  mismos  facciosos  volvieron  á  empuñar  las  armas  en  febrero 
del  año  siguiente,  y  cayeron  de  repente  sobre  Yaguarap&ro, 
de  cuya  sorpresa  escapó  Bermúdez  con  bastante  dificultad;  pero 
atacados  por  este  valiente  jefe,  y  por  el  capitán  Vicente  Guerra, 


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CAPÍTULO  XIII.  i i5 

comandante  del  rio  Caribe,  huyeron  nuevamente  por  mar,  es- 
capándose á  Trinidad.  Reclamados  por  las  autoridades  colom- 
bianas como  insignes  criminales,  el  gobernador  ingles  se  de- 
negó á  entregarlos.  Hízoles  sin  embargo  dejar  la  isla  en  un 
bajel  que  iba  á  Santo  Domingo.  Habiendo  este  arribado  á  San 
Juan  de  Puerto-Rico,  los  Castillos  y  sus  compañeros  desembar- 
caron ;  presentándose  á  las  autoridades  como  celosos  partida- 
rios de  la  España,  fueron  acogidos.  De  esta  manera  se  libertó 
la  Costa-Firme  de  los  males  que  causaban  en  los  campos  de 
Cumaná  tan  grandes  malhechores. 

Tales  movimientos  eran  insignificantes  comparados  con  los 
que  ocurrían  en  la  capital  de  la  República.  Desde  ántes  de 
haberse  publicado  la  organización  que  diera  Bolívar  al  go- 
bierno dictatorio,  habian  llegado  á  Bogotá  algunos  miembros 
de  la  malhadada  convención  de  Ocaña ;  poco  después  arribó  el 
general  Santander.  Anunciósele  oficialmente  que  en  virtud  de 
la  nueva  organización  habia  cesado  en  la  vicepresidencia  de 
Colombia,  declaración  que  debia  serle  dolorosa.  El  Libertador 
mandó  también  cesar  en  sus  destinos  á  algunos  de  los  conven- 
cionistas,  sus  mas  encarnizados  enemigos.  Esta  providencia, 
que  dictan  aun  gobiernos  muy  liberales,  que  no  pueden  mar- 
char si  no  son  administrados  por  personas  que  forman  un  todo 
homogéneo,  fué  caracterizada  de  tiránica  y  excitó  algún  des- 
contento. Creyendo  calmarlo  y  alejar  á  Santander,  quien  pare- 
cía y  era  en  efecto  un  hombre  peligroso,  el  Libertador  le  nom- 
bró enviado  extraordinario  y  ministro  plenipotenciario  cerca 
de  los  Estados  Unidos  del  Norte-América.  Después  de  muchas 
dudas,  él  acepta  y  escoge  para  su  secretario  á  Luis  Várgas  Te- 
jada, poeta  de  talentos  muy  distinguidos,  pero  de  una  extre- 
mada exaltación  de  principios.  El  gobierno  sin  embargo  le  dió 
su  aprobación,  pues  deseaba  que  no  se  malograran  las  esperan- 
zas  que  ofrecía  aquel  jóven  á  su  patria. 

Con  semejantes  providencias  y  observando  una  conducta  ge- 
nerosa é  imparcial,  que  buscaba  al  mérito  para  distinguirle  en 
donde  quiera  que  se  hallára,  el  gobierno  del  Libertador  tenia 
esperanzas  de  que  podría  acaso  desarmar  á  sus  enemigos;  em- 
pero estos  eran  implacables  y  se  principió  á  temer  que  come- 
tieran excesos.  Vióse  á  un  jóven  insolente  ocupar  en  un  baile 
público  el  asiento  preeminente  destinado  á  Bolívar,  con  lo 
cual  pretendía  insultarlo;  sabíase  que  tanto  aquel  como  otros 


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116 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


de  sus  compañeros  estaban  en  la  fiesta  armados  de  pistolas :  afir- 
mábase que  en  otro  baile  de  máscaras  una  pandilla  fué  al  tea- 
tro con  intenciones  dañadas  y  preparativos  contra  la  vida  de 
Bolívar,  quien  se  retiró  ántes  de  lo  que  se  pensaba,  evitando 
así  un  funesto  escándalo.  Estos  becbos,  que  á  la  sazón  apénas 
se  conocian  á  medias,  y  las  amargas  censuras  de  los  titulados 
liberales  contra  lo  que  llamaban  tiranía  del  Libertador,  debie- 
ron excitar  en  su  gobierno  la  idea  de  crear  una  policía  bien 
organizada.  No  la  establecieron  sus  miembros  que  dormían  so- 
bre un  volcan  espantoso. 

Se  conocia  la  existencia  de  una  sociedad  de  jóvenes  que  apa- 
rentaban estudiar  en  ella;  pero  después  se  supo  que  su  princi- 
pal objeto  era  conspirar  contra  el  gobierno  del  Libertador. 
Todos  ellos  eran  miembros  de  una  sociedad  secreta  dirigida  por 
Juan  Francisco  Arganil,  uno  de  los  sans-culottes  de  Marsella  en 
tiempo  de  la  revolución  de  Francia,  por  Agustín  Horment  tam- 
bién Francés,  y  por  el  comandante  venezolano  Pedro  Carujo,  la 
que  constaba  de  bastante  número  de  miembros.  Se  supo  des- 
pués haberse  acordado  en  ella,  que  estallaría  la  conspiración  el 
28  de  octubre  próximo,  en  que  debían  celebrarse  los  días  del 
Libertador ;  los  asesinos  habían  combinado  tan  bien  sus  medi- 
das que  ni  Bolívar  ni  otras  muchas  víctimas  que  estaban  desig- 
nadas habrían  escapado  (setiembre  21).  Súpose  igualmente 
que  los  conjurados  quisieron  matar  al  Libertador  en  un  paseo 
que  hizo  al  pueblo  de  Soacha  con  escasa  comitiva :  el  general 
Santander  se  opuso ;  de  lo  contrario  habrían  asesinado  allí  á 
Bolívar  con  algunos  de  sus  amigos  y  compañeros. 

El  25  de  setiembre  tuvo  el  gobierno  los  primeros  anuncios 
de  que  estallaría  bien  pronto  una  revolución.  El  oficial  Fran- 
cisco Salazar  denunció  á  Benedicto  Triana  de  que  le  había  invi- 
tado á  entrar  en  una  conspiración  que  se  tramaba  contra  el 
Libertador.  Triana  fué  preso ;  mas  nada  se  averiguó  en  el  curso 
del  dia,  ni  se  tomaron  precauciones  para  tener  mayor  vigilan- 
cia y  seguridad. 


alarman  y  se  creen  descubiertos ;  en  consecuencia  se  juntan 
por  la  noche  en  casa  de  Luis  Várgas  Tejada  desde  las  siete 
hasta  cerca  de  las  once,  y  resuelven  dar  el  golpe  aquella  misma 
noche ;  se  distribuyen  las  operaciones  y  cada  uno  marcha  á  des- 
empeñar su  criminal  papel.  Cuentan  con  el  jefe  de  estado  mayor 


No  sucedió  lo  mismo  respecto 


117 


Ramón  Guerra,  con  el  comandante  de  la  brigada  de  artillería 
Budecindo  Silva,  con  otros  oficiales  y  con  algunos  paisanos 
reclutados,  especialmente  de  los  jóvenes  estudiantes,  cuya 
imaginación  y  principios  se  babian  exaltado  en  las  sociedades 
secretas.  El  cuerpo  de  artillería,  que  tenia  poco  mas  de  cien 
hombres  y  que  aun  no  se  hallaba  seducido  en  su  totalidad,  era 
la  base  de  aquella  arriesgada  empresa.  El  comandante  Pedro 
Canijo,  el  Francés  Agustín  Horment,  su  compañero  Wenceslao 
Zulaivar  y  un  teniente  de  artillería  que  había  sido  degradado 
por  su  mala  conducta,  cuyo  nombre  era  José  Ignacio  López,  se 
encargan  de  atacar  el  palacio  del  gobierno  y  de  matar  al  Liber- 
tador. Después  de  las  once  de  la  noche  Canijo  se  pone  á  la 
cabeza  de  un  piquete  de  artillería  y  de  doce  ó  mas  paisanos 
reunidos  por  Horment.  Sorprenden  al  oficial  y  á  la  guardia 
de  veinte  hombres,  hieren  ó  matan  á  cuatro  centinelas  y  ocu- 
pan las  salas  superiores  del  palacio,  armados  de  puñales  y  pis- 
tolas. En  vano  se  les  opone  allí  el  teniente  aun  muy  jóven 
Andrés  Ibarra,  edecán  del  Libertador,  á  quien  baldan  de  una 
herida  en  un  brazo.  Ya  iban  á  forzar  la  alcoba  donde  Bolívar 
reposaba,  el  que  puesto  en  pié  quería  oponérseles ;  mas  siendo 
esto  imposible,  salta  por  una  ventana  baja  frente  al  teatro,  la 
que  felizmente  carecía  de  reja  :  no  halla  quien  le  persiga,  y 
cruzando  sobre  la  derecha  hacia  el  convento  del  Cármen,  logra 
ocultarse  en  los  hondos  barrancos  que  forma  el  arroyo  de  San 
Agustin.  Por  fortuna  su  criado  fiel  José  María,  que  estaba  en  la 
calle,  le  ve  saltar,  le  sigue,  se  hace  reconocer  y  le  acompaña 
en  aquella  horrenda  situación.  Los  asesinos,  dueños  del  pala- 
cio, se  desesperan  cuando  ven  que  se  les  ha  escapado  su  víc- 
tima ;  cometen  excesos ,  y  una  mujer  débil ,  doña  Manuela 
Saenz,  natural  de  Quito,  y  querida  del  Libertador,  la  que  hizo 
esfuerzos  varoniles  por  salvarle,  fué  maltratada  por  el  infame 
y  cobarde  López.  Los  asesinos  gritan :  «  Murió  el  tirano ;  » 
pero  su  eco  no  encuentra  quien  lo  repita  en  Bogotá,  cuyos  mo- 
radores estupefactos  cuando  lo  saben,  se  hallan  muy  lejos  de 
aprobar  el  crimen  ni  de  patrocinar  á  los  conspiradores.  Al  salir 
estos  del  palacio  se  presenta  el  coronel  Férguson,  edecán  del 
Libertador,  que  iba  á  cumplir  sus  deberes;  el  malvado  Canijo, 
en  premio  de  beneficios  que  le  debia,  le  pasa  el  pecho  con  una 
bala,  y  le  deja  muerto  en  la  calle. 
Entre  tanto  el  comandante  Silva  había  atacado  el  cuartel  del 


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118 


HISTORIA  ÜE  COLOMBIA. 


batallón  Várgas,  con  la  mayor  parte  de  la  brigada  de  artillería 
y  abocado  un  cañón  á  la  puerta;  pero  la  guardia  de  prevención 
auxiliada  por  algunos  otros  soldados,  que  con  las  pocas  muni- 
ciones que  tenían  hicieron  fuego  desde  las  ventanas  altas ,  re- 
chaza á  los  amotinados ;  quitándoles  el  cañón,  los  persigue  por 
várias  direcciones. 

Al  mismo  tiempo  que  ocurrían  estos  sucesos ,  los  capitanes 
Rafael  Mendoza  y  Emigdio  Briceño,  escalando  unas  paredes  del 
cuartel  de  artillería,  se  habian  introducido  en  la  casa  donde  es- 
taba preso  el  general  Padilla  (*) :  ellos  mataron  al  valiente  coro- 
nel Bolívar  que  le  custodiaba,  disparándole  una  pistola,  cuando 
estaba  desarmado.  Padilla,  cómplice  de  la  conspiración,  se  cine 
la  espada  del  muerto ,  y  se  prepara  á  salir  para  ponerse  á  la  ca- 
beza de  las  tropas. 

El  teniente  Torrealva  de  Junin ,  que  se  hallaba  preso  en  el 
cuartel  de  Várgas,  después  de  ayudar  á  defenderlo,  sale  con  una 
partida  dirigiéndose  contra  los  conspiradores  que  ocupan  el  pa- 
lacio :  pronto  agota  las  pocas  municiones  que  trae,  y  regresando 
al  cuartel  se  le  unen  el  ministro  de  la  guerra  general  Urdaneta 
y  el  coronel  del  batallón  Vargas,  Diego  Whittle;  este  debió  ser 
asesinado  por  Várgas  Tejada  y  otros  que  fueron  á  su  casa  con 
tal  designio,  mas  eran  cobardes  y  le  tuvieron  miedo.  El  general 
Urdaneta  se  pone  entónces  á  la  cabeza  del  batallón  municio- 
nado ya,  y  trata  de  montar  el  escuadrón  Granaderos,  cuerpos 
que  se  forman  en  la  plaza  mayor;  desde  aquí  envía  partidas  que 
recorriendo  la  ciudad  persigan  y  aprehendan  á  los  facciosos , 
que  aun  combaten  en  varios  puntos  sostenidos  por  algunas  par- 
tidas de  artilleros ,  los  que  pronto  huyen  ó  son  cogidos  prisio- 
neros. 

Miéntras  acaecían  estos  sucesos ,  el  Libertador  había  pasado 
mas  de  tres  horas  en  una  horrible  ansiedad.  Después  que  cesó 
el  fuego  ignoraba  absolutamente  cuál  habría  sido  el  éxito  de  la 
conspiración;  mas,  de  algunas  partidas  de  Várgas  que  se  envia- 
ron ¿buscarle,  pasó  una  casualmente  por  cerca  del  lugar  donde 
se  hallaba  escondido,  la  que  á  gritos  publicaba  la  derrota  de  los 
conspiradores.  Bolívar  se  le  une,  va  al  cuartel  de  Várgas,  y  feo 
hallando  al  batallón  sigue  á  la  plaza  de  la  catedral ,  donde  es 

(1)  Es  la  misma  casa  que  por  muchos  años  ha  servido  par»  las  sesiones 
del  congreso  granadino. 


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CAPÍTULO  XIII.  I  líl 

recibido  con  el  mayor  alborozo  por  sus  amigos,  por  los  oficiales 
y  tropa ,  que  abrazándole  como  á  su  padre  daban  gracias  á  la 
Providencia  por  haberle  salvado  de  una  manera  tan  prodigiosa. 
Desde  allí  recorre  la  ciudad  en  diferentes  direcciones,  y  ama- 
neciendo ya,  vuelve  á  su  palacio,  que  encuentra  teñido  aun  con 
la  sangre  derramada  por  los  asesinos. 

Estos  no  hallaron  reposo  ni  seguridad  en  parte  alguna  :  los 
mismos  pueblos,  espantados  de  tan  horrendo  crimen,  persiguen 
á  cuantos  les  parece  que  pueden  ser  de  los  conspiradores.  Hor- 
ment,  Zulaivar,  López,  Silva,  Galindo,  Pedro  C.  Azueroyotros 
muchos  fueron  aprehendidos;  siendo  sensible  pero  irremedia- 
ble en  casos  tan.  extraordinarios  que  se  redujera  á  prisión  por 
meras  sospechas  á  várias  personas  inocentes.  Entre  estas  pode- 
mos enumerar  al  general  Santander,  respecto  de  los  asesinatos 
cometidos  la  noche  del  25 ;  se  le  prendió  en  la  mañana  del  26  , 
lo  mismo  que  al  general  Padilla,  á  quien  se  hallara  en  el  cuar- 
tel de  artillería. 

Los  deplorables  sucesos  de  la  noche  del  25  de  setiembre  hi- 
cieron en  el  ánimo  de  Bolívar  la  impresión  mas  profunda  y 
duradera.  Mirábalos  como  un  sueño ,  y  decia  que  jamas  había 
podido  pensar  que  el  odio  y  la  maldad  de  sus  enemigos  Uegára 
hasta  el  extremo  de  irle  a  asesinar,  dando  este  premio  á  los 
servicios  prestados  á  la  Independencia  de  Colombia ,  despre- 
ciando los  que  aun  podia  hacer  á  su  patria ,  y  hollando  las 
preeminencias  del  primer  magistrado,  sin  contenerles  el  riesgo 
de  sumergir  á  la  República  en  la  anarquía  mas  espantosa.  Si 
tan  horrendo  asesinato  se  hubiera  consumado,  esta  habría  sido 
la  consecuencia,  y  en  toda  la  faz  de  Colombia  se  hubiera  der- 
ramado mucha  sangre.  La  benéfica  Providencia  nos  salvó  de 
tamaños  males ,  conservando  la  vida  del  Libertador.  Mas  debi- 
litado ya  el  cuerpo  de  este  por  las  fatigas  de  una  guerra  de  diez 
y  seis  años,  fué  moralmente  asesinado  el  25  de  setiembre ;  ja- 
mas se  restableció  de  la  honda  y  dolorosa  impresión  que  le  cau- 
saran los  puñales  asesinos.  Parecíale  donde  quiera,  especialmente 
en  la  noche ,  que  los  veía  brillar  y  que  iba  á  ser  su  víctima  in- 
falrole. 

El  comportamiento  de  los  generales  Urdaneta,  Herran,  París, 
Ortega  y  Vélez,  así  como  del  coronel  Whittle,  del  teniente  Tor- 
reaba y  de  otros  oficiales,  fué  muy  distinguido  en  la  noche  del 
25  por  su  fidelidad  y  decisión  en  sostener  el  gobierno  del  Liber- 


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\10  nJSTORlA  DE  COLOMBIA. 

tador.  Merecieron  también  justos  elogios  por  las  mismas  cuali- 
dades el  batallón  Várgas  y  el  escuadrón  Granaderos,  que  der- 
rotaron ,  persiguieron  y  redujeron  á  prisión  á  muchos  de  los 
amotinados.  En  premio  recibieron  dichos  cuerpos  una  distribu- 
ción de  dinero. 

Hechos  posteriores  influyeron  en  que  se  dudáradela  decisión 
del  general  Córdoba,  que  á  varios  excitó  sospechas  por  su  con- 
ducta en  aquella  misma  noche.  Después  han  creído  algunos  que 
tuvo  parte  en  la  conjuración,  á  lo  que  nos  inclinamos  por  infor- 
mes fidedignos. 

La  libertad,  que  invocaban  los  asesinos  del  25  de  setiembre, 
y  que  solo  era  el  pretexto  para  saciar  sus  pasiones  vengativas , 
sufrió  mucho  con  aquel  ataque  tan  criminal  como  impolítico 
(setiembre  26).  El  Libertador  se  declaró  en  la  misma  mañana  en 
pleno  ejercicio  de  las  facultades  extraordinarias  que  le  habían 
conferido  los  pueblos ,  á  fin  de  reprimir  las  pasiones  feroces  de 
sus  enemigos.  Para  gratificar  á  las  tropas  que  permanecieron 
fieles  se  exigió  un  préstamo  forzoso  á  personas  inocentes ,  que 
ninguna  parte  habían  tenido  en  la  conjuración ,  y  que  detesta- 
ban aquel  delito.  Formóse  un  tribunal  especial  y  mixto  de  cua- 
tro jefes  militares  y  de  cuatro  letrados  escogidos  por  su  probi- 
dad ,  patriotismo  y  saber,  para  juzgar  breve  y  sumariamente  á 
los  conspiradores  ;  en  fin ,  se  prendió  á  muchas  personas ,  sin- 
dicadas solamente  por  sospechas.  ¡  Tristes  y  precisas  consecuen- 
cias del  proyectado  asesinato ! 

Los  primeros  reos  condenados  á  muerte  fueron  Horment, 
Zulaivar,  el  comandante  Silva,  y  los  tenientes  Galindoy  López, 
todos  convictos  y  confesos  de  su  delito ,  cuya  pena  sufrieron  el 
30  de  setiembre.  Carujo ,  Horment  y  Zulaivar  fueron  los  mas 
audaces  y  encarnizados  conspiradores. 

Se  han  formado  conjeturas  sobre  los  motivos  que  los  impe- 
lían, y  algunos  han  sospechado  que  eran  agentes  secretos  de  la 
España ,  lanzados  sobre  nosotros  para  dividirnos  é  introducir 
la  anarquía.  Carujo  habia  sido  oficial  español  de  la  escuela  de 
Bóves;  Horment  era  un  Francés  que  hacía  poco  tiempo  que  es- 
taba en  Colombia  :  ¿por  qué  otro  motivo  debia  querer  asesinar 
á  Bolívar?  Entre  sus  papeles  se  halló  una  carta  escrita  de  Na- 
varrens,  su  patria,  en  que  le  decían  que  si  salia  bien  de  su  em- 
presa obtendría  un  destino  pacífico.  El  jóven  Zulaivar  habia 
pertenecido  también  al  partido  español.  Estos  individuos  acaso 


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CAPÍTULO  XIII. 


121 


pretendieron  hacer  á  la  España  un  gran  servicio  matando  al 
Libertador.  —  Otro  instigador  principal  de  tan  horrendo  cri- 
men fué  Juan  Francisco  Arganil ,  antiguo  jacobino  francés  y 
pretendido  sabio ,  que  aborrecía  de  muerte  á  Bolívar  porque 
había  despreciado  los  necios  escritos  que  le  dedicara.  Este  no 
concurrió  al  asesinato  con  su  persona. 

En  breves  dias  había  palpado  el  Libertador  las  dificultades 
que  rodeaban  á  un  tribunal  colegiado  para  juzgar  con  prontitud 
á  los  reos,  y  que  era  mejor  el  unitario  establecido  desde  febrero 
anterior  por  un  decreto  suyo  preexistente.  Conferíase  por  este 
la  fecultad  de  juzgar  breve  y  sumariamente  á  los  conspirado- 
res, á  los  comandantes  generales,  comandantes  de  armas,  ó  á 
los  gobernadores  de  las  provincias ;  en  el  mismo  se  fijaban  las 
penas  con  que  debian  ser  castigados.  Las  disposiciones  conteni- 
das en  el  mencionado  decreto  eran  idénticas,  y  también  los  jui- 
cios, á  los  que  había  establecido  en  Colombia  el  vicepresidente 
Santander,  siempre  que  usaba  de  facultades  extraordinarias 
conforme  al  artículo  428  de  la  constitución.  Los  juicios  suma- 
rios ,  las  penas  y  los  jueces  designados  contra  los  conspiradores 
y  perturbadores  del  orden  público  no  fueron,  pues ,  una  inven- 
ción de  la  dictadura  de  Bolívar,  como  falsamente  se  ha  querido 
persuadir  0). 

Para  organizar  el  tribunal  unitario  el  Libertador  encargó  la 
comandancia  general  del  departamento  de  Cundinamarca  al 
general  Rafael  Urdaneta  (setiembre  29),  relevándole  del  minis- 
terio de  la  guerra,  que  confirió  al  general  José  María  Córdoba. 
Urdaneta,  que  profesaba  el  principio  de  no  excusarse  jamas  de 
cumplir  los  encargos  militares  que  se  le  hicieran,  especialmente 
por  el  Libertador,  aceptó  la  comandancia  general,  con  el  penoso 
y  difícil  encargo  de  juzgar  á  los  conspiradores  del  25  de  setiem- 
bre. Asociado  de  su  auditor  Tomas  Barriga,  dedicóse  con  mu- 
cha actividad ,  grande  firmeza  é  imparcial  justicia  á  terminar 
aquellos  ruidosos  procesos  que  tenían  agitada  la  capital,  y  cons- 
ternados á  sus  moradores. 

Los  reos  ejecutados  Silva ,  Galindo  y  López  habían  compro- 
nfetido  en  sus  declaraciones  al  jefe  de  estado  mayor  coronel 
Ramón  Guerra;  probósele  que  sin  haber  concurrido  á  la  ejecu- 
ción del  asesinato,  habia  estado  en  las  juntas  preparatorias  y 

(i)  Véase  la  noto  i  3». 


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122  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

que  dio  las  órdenes  para  municionar  á  los  artilleros  y  para  el 
ataque  del  cuartel  de  Várgas.  Con  Guerra  fué  juzgado  y  pasado 
por  las  armas  el  general  José  Padilla  (octubre  2) :  este  se  había 
unido  á  los  conspiradores  después  de  la  muerte  del  coronel  Bo- 
lívar, pasando  al  cuartel  de  los  artilleros  por  sobre  una  pared ; 
ademas  era  el  jefe  designado  para  mandar  las  tropas  de  los 
facciosos.  Se  acumuló  á  su  proceso  el  que  se  le  formaba  con 
motivo  de  la  revolución  que  hizo  en  Cartagena ,  por  la  que  te- 
nia igualmente  pena  de  la  vida,  conforme  á  las  ordenanzas 
militares. 

Como  consecuencia  de  los  procesos  seguidos  por  Urdaneta, 
fueron  también  pasados  por  las  armas  el  i  4  de  octubre  Pedro 
Celestino  Azuero,  catedrático  de  filosofía  en  el  colegio  de  San 
Bartolomé ,  el  teniente  de  artillería  Juan  Hinestrosa ,  un  sár- 
jente y  cuatro  soldados  del  mismo  cuerpo  :  estos  cerraron  la 
lista  fatal  de  los  que  entónces  perecieron  en  un  cadalso. 

Sin  embargo  continuaban  siguiéndose  las  causas  de  Carujo, 
á  quien  tuvo  oculto  el  general  Córdoba ,  y  que  se  habia  presen- 
tado bajo  la  promesa  de  que  se  le  perdonaría  la  vida  si  descu- 
bría las  ramificaciones  de  la  conspiración,  de  Florentino  Gonzá- 
lez de  Mendoza,  de  Briceño  y  de  otros ,  pues  muy  pocos  de  los 
reos  pudieron  escapar  de  la  persecución  que  les  hicieran  los 
pueblos. 

Actuábase  ademas  el  proceso  del  general  Santander,  que  ex- 
citaba mucho  interés  por  la  alta  posición  que  habia  ocupado  en 
Colombia.  Al  fin  se  terminó  su  causa ,  y  el  7  de  noviembre  fué 
sentenciado  con^  otros  á  ser  pasado  por  las  armas ;  pero  antes 
de  ejecutar  la  sentencia,  el  Libertador  somete  los  procesos  á  su 
consejo  de  gobierno  para  que  le  consulte  lo  que  deba  hacer  en 
justicia  y  en  política.  El  presidente  Castillo  y  los  cuatro  secre- 
tarios que  formaban  el  consejo,  después  de  haber  examinado 
los  procesos,  convinieron  unánimemente  en  que  á  Carujo  se  le 
cumpliera  el  ofrecimiento  de  perdonarle  la  vida  extrañándole 
de  Colombia ;  y  que  eran  justas  las  sentencias  de  muerte  pro- 
nunciadas contra  Florentino  González,  Emigdio  Briceño,  Rafael 
Mendoza,  Joaquín  Acevedo ,  Teodoro  Galindo  y  Juan  Miguel 
Acevcdo;  pero  que  se  les  conmutara  la  pena  de  muerte  por 
otras  mas  benignas. 

Opinó  también  el  consejo  que  no  se  ejecutara  la  pena  capital 
impuesta  á  Santander,  aunque  era  justa  y  conforme  al  decreto 


CAPÍTULO  XIII. 


123 


de  20  de  febrero ,  porque  habiendo  sabido  que  Horment,  Canijo 
y  otros  pretendieron  ir  el  21  de  setiembre  á  matar  al  Liberta- 
dor, que  se  hallaba  en  el  pueblo  de  Soacba ,  se  limitó  á  disua- 
dirles de  su  criminal  intento ,  y  no  dio  el  menor  aviso  al  go- 
bierno ó  á  la  policía ,  los  que  desde  entonces  habrían  tomado 
precauciones  para  impedir  tan  grande  atentado.  Á  esta  grave 
falta  en  un  general  de  la  República,  se  añadió  que  Santander 
sabía  la  conjuración  urdida ,  daba  consejos  para  asegurar  su 
éxito,  y  era  el  jefe  de  la  República  designado  por  los  facciosos 
para  mandarla  cuando  mataran  á  Bolívar.  Santander  no  pudo 
contestar  satisfactoriamente  cargos  de  tanta  gravedad;  en  vir- 
tud de  ellos  el  consejo  fué  de  dictámen,  que  se  le  conmutara  la 
pena  de  muerte  en  la  de  destitución  del  empleo  de  general,  y 
en  extrañamiento  de  la  República,  con  prohibición  de  volver  á 
su  territorio  sin  permiso  del  gobierno ,  y  con  calidad  de  ejecu- 
tarse la  pena  capital,  si  regresaba  sin  expresa  licencia  (i).  El 
consejo  terminó  su  consulta  indicando  lo  conveniente  que  sería 
que  se  concluyera  la  ruidosa  causa  de  conspiración,  indultando 
la  vida  á  todos  los  reos  prófugos ,  á  fin  de  que  cesara  la  agita- 
ción pública  y  que  este  negocio  no  distrajera  la  atención  del 
gobierno. 

£1  Libertador,  guiado  siempre  por  las  inspiraciones  de  su 
noble  y  generoso  corazón ,  se  conformó  en  todas  sus  partes  con 
el  dictámen  de  su  consejo.  Entónces  creyeron  algunos,  tanto  en 
América  como  en  Europa,  que  la  benigna  conducta  de  Bolívar 
habia  sido  un  acto  de  verdadera  debilidad  cuyo  origen  corres- 
pondía al  consejo ,  y  que  la  política  exigía  haber  cimentado  la 
tranquilidad  pública,  dejando  á  Santander,  como  que  era  la  ca- 
beza del  partido  de  oposición ,  bajo  la  espada  de  la  ley.  Mas  se 
hubiera,  en  esta  hipótesis,  caracterizado  aquel  acto  como  de 
venganza  y  no  de  justicia,  y  se  habrían  robustecido  las  acusa- 
dles de  tiranía  que  las  pasiones  exaltadas  atribuían  á  Bolívar. 

Á  consecuencia  de  esta  resolución  salieron  para  Cartagena  y 
otros  lugares  los  reos  condenados  á  muerte ,  y  los  demás  que 
lo  habían  sido  4  destierros ,  presidio  ó  encierro ;  entre  los  pri- 
mitas iba  Santander.  Desde  antes  habían  sido  confinados  á  di- 
ferentes lugares  los  doctores  Soto,  Juan  Nepomuceno  y  Vicente 
Azuero,  Gómez  Duran ,  López  Aldana ,  Liévano ,  Gómez  Plata , 

(1)  Véate  la  nota  14». 


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124  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Arganil  y  otros  enemigos  declarados  del  Libertador,  los  que  se 
juzgaron  peligrosos  en  sus  domicilios  ordinarios.  Á  Santander 
se  le  retuvo  preso  algún  tiempo  en  el  castillo  de  Bocachica  en 
Cartagena. 

Este  fué  el  término  de  la  conspiración  del  25  de  setiembre. 
El  Libertador  comprobó  en  ella  que  no  era  un  tirano ,  pues  li- 
bertó de  la  pena  de  muerte  á  sus  mas  rencorosos  enemigos , 
derramando  solamente  la  sangre  que  exigía  la  vindicta  pública. 
Tuvo  la  satisfacción  de  verse  rodeado  en  aquellas  luctuosas  cir- 
cunstancias por  el  amor  y  las  simpatías  de  los  pueblos  del 
norte ,  del  centro  y  sur  de  Colombia ;  todos  ellos,  inmediata- 
mente que  recibieron  la  noticia  de  la  conspiración  y  asesinato 
intentado  contra  su  persona  en  la  aciaga  noche  del  25  de  se- 
tiembre ,  le  dirigieron  las  mas  expresivas  congratulaciones  por 
el  feliz  y  providencial  escape  de  su  vida.  Estas  felicitaciones 
contenían  muy  sinceras  expresiones  de  amor,  de  reconocimiento 
por  sus  eminentes  servicios,  y  de  esperanzas  por  los  bienes  que 
su  gobierno  podía  aun  hacer  á  la  República ;  al  mismo  tiempo 
execraban  en  ellas  al  crimen  y  á  los  criminales  que  lo  habían 
perpetrado.  Aquestos  documentos  prueban  que  entónces  el  Li- 
bertador reunía  en  su  favor  la  opinión  pública  de  la  mayoría 
de  los  Colombianos,  lo  que  hemos  asegurado  ántes  de  ahora 
fundados  en  pruebas  no  ménos  concluyentes. 

No  obstante  las  manifestaciones  de  amor  y  respeto  que  habia 
dado  la  mayoridad  de  los  habitantes  de  Bogotá  á  la  persona  y 
autoridad  del  Libertador,  este  desde  el  21  de  setiembre  miró 
con  aversión  la  residencia  en  la  capital.  Temía  que  el  odio  con- 
centrado de  algunas  cabezas  volcánicas  estallára  nuevamente  al 
menor  descuido,  y  que  él  fuera  víctima  de  algunos  otros  asesi- 
nos. Por  estos  motivos  y  también  para  reponer  su  salud  ya  de- 
teriorada, salió  por  algunos  días  á  la  parroquia  de  Chía,  dejando 
encargado  el  despacho  de  los  negocios  al  consejo  de  ministros. 
En  breve  regresó  á  la  capital  por  algunos  sucesos  ocurridos  en 
el  sur. 

Ántes  de  referir  tales  acontecimientos,  trazarémos  un  cuadro 
rápido  de  las  causas  que  los  motivaron,  retrocediendo  á  los  pri- 
meros meses  de  este  año. 

El  II  de  febrero  se  presentó  en  la  capital  don  José  de  Villa 
con  el  carácter  de  enviado  extraordinario  y  ministro  plenipoten- 
ciario del  Perú  cerca  del  gobierno  de  Colombia.  Al  anunciar  á 


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CAPÍTULO  XIII.  !Í5 

este  su  misión ,  aseguró  que  venia  á  satisfacerle  sobre  los  agra- 
vios de  que  se  quejaba  contra  el  Perú.  El  Libertador,  que  según 
dijo  tenia  objeciones ,  así  contra  la  persona  de  Villa ,  á  quien 
viera  alistado  en  las  filas  de  los  realistas  al  lado  del  traidor  Be- 
rindoaga,  como  contra  el  ministro  don  Francisco  Javier  Maria- 
tegui,  que  le  enviaba,  no  quiso  verle  privadamente ,  y  tampoco 
dió  a  Villa  la  audiencia  pública  acostumbrada,  diciendo  que  no 
era  necesaria.  Encargó,  sí,  al  secretario  de  relaciones  exteriores 
que  le  visitara  y  discutiera  los  puntos  cuestionados.  Tal  nega- 
tiva del  Libertador  fué  contra  el  dictamen  de  algunos  miembros 
de  su  consejo,  los  que  veían  claramente  que  se  pintaría  en  Lima 
como  un  agravio  y  desprecio  :  ellos  deseaban  que  se  termina- 
ran las  desavenencias  con  el  Perú,  que  nos  debian  acarrear  mu- 
chos males ,  sin  producir  bien  alguno. 

Este  primer  paso ,  que  sin  duda  causaría  grave  molestia  al 
ministro  peruano ,  de  ningún  modo  impidió  que  se  adelantara 
la  negociación.  Habiendo  anunciado  Villa  los  deseos  que  tenia 
de  saber  los  agravios  de  que  se  quejaba  el  gobierno  de  Colombia 
para  satisfacerlos  y  estrechar  las  relaciones  entre  ambos  Esta- 
dos, el  ministro  de  relaciones  exteriores  Revenga  los  redujo  á 
ocho  capítulos,  y  preguntó  al  enviado  peruano  si  tenia  autori- 
zación para  satisfacerlos.  Estos  eran :  la  retención  de  la  provin- 
cia colombiana  de  Jaén  y  Máinas ;  el  envío  de  la  tercera  divi- 
sion,sin  previa  noticia  y  á  puertos  no  designados  por  el  gobierno 
colombiano ;  la  expulsión  violenta  del  agente  público  de  Co- 
lombia en  Lima ;  la  prisión  indebida ,  y  otras  vejaciones  irro- 
gadas á  varios  Colombianos ;  la  denegación  de  transito  por  el 
territorio  peruano  á  los  cuerpos  del  ejército  auxiliar  residentes 
en  Bolivia ;  la  acumulación  de  tropas  sobre  las  fronteras  de  Co- 
lombia; en  fin ,  el  no  liquidar  y  fenecer  las  cuentas  de  todos 
los  suplementos  que  Colombia  hizo  al  Perú  para  conseguir  su 
independencia,  y  no  haber  satisfecho  deuda  tan  sagrada. 

Habiendo  contestado  el  ministro  Villa ,  que  exceptuando  los 
capítulos  primero  y  último ,  tenia  instrucciones  sobre  los  de- 
mas,  se  empeñó  una  larga  y  acalorada  discusión,  tanto  en  con- 
ferencias verbales  como  en  notas  y  memorias  escritas ,  la  que 
durara  cuatro  meses,  y  contribuyó  sobre  manera  á  agriar  los 
ánimos.  Creemos  que  desde  el  principio  el  ministro  Revenga 
usó  de  un  lenguaje  acre,  y  creyendo  Villa  que  se  pretendía  tra- 
tarle con  superioridad  y  poca  consideración,  no  se  abstuvo  del 


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126  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

mismo  estilo,  que  por  parte  de  Colombia  tampoco  se  dulcificara 
por  el  nuevo  ministro  de  Estado  doctor  Estanislao  Yergara.  En 
nada  se  convino  con  Villa,  ni  nuestro  gobierno  se  dió  por  satis- 
fecho con  ningunas  de  sus  explicaciones;  á  pesar  de  que  algu- 
nas podían  admitirse  como  justas,  aunque  otras  no  lo  fueran. 
Nos  parece  que  ni  de  una  ni  de  otra  parte  hubo  un  espíritu  con- 
ciliador para  restituir  la  concordia  á  las  dos  Repúblicas ,  que 
tanto  necesitaban  de  paz  y  unión ,  evitando  así  los  males  de 
una  guerra  inminente. 

Empeñóse  al  fin  la  discusión  acerca  de  los  reemplazos  del 
ejército  colombiano  auxiliar  al  Perú ,  los  que  debian  llenarse 
con  Peruanos,  conforme  al  convenio  celebrado  en  Guayaquil , 
en  marzo  de  1823,  con  el  general  Mariano  Portocarrero,  en- 
viado del  presidente  Riva  Agüero.  Villa  fué  sorprendido  con  la 
aparición  de  este  documento,  cuya  existencia  habia  negado,  y 
tuvo  la  imprudencia  de  contestar — a  que  no  era  válido,  porque 
no  habia  sido  nombrado  Portocarrero  con  aprobación  del  con- 
greso, según  lo  exigia  la  constitución  vigente  en  aquel  tiempo. » 
Pareció  esta  una  evasión  miserable  que  vulneraba  la  fe  pública. 
Confiado  el  Libertador  en  dicho  convenio  y  en  el  aviso  oficial 
que  le  dirigió  Riva  Agüero  de  estar  ratificado,  envió  al  Perú  los 
mas  poderosos  auxilios  que  dieron  independencia  á  aquel  país; 
y  después  de  haberse  terminado  la  guerra  á  costa  de  mucha 
sangre  colombiana  y  de  enormes  sacrificios  de  todo  linaje ,  de- 
cir un  ministro  público  que  el  Perú  no  cumplia  el  convenio 
expresado  porque  habia  sido  nulo,  era  conculcar  todos  los  prin- 
cipios de  la  buena  fe  de  las  naciones  (i). 

Atónito  el  gobierno  colombiano  de  semejantes  aserciones 
avanzadas  por  Villa,  quiso  darle  una  dura  lección  sobre  las  con- 
secuencias que  podrían  seguirse  de  sus  doctrinas.  Previno  que  de 
nuevo  se  examinára  su  credencial, y  hallando  que  no  constaba 
haber  sido  hecho  el  nombramiento  con  acuerdo  del  congreso, 
conforme  á  lo  prevenido  en  la  constitución  peruana,  desconoció 
su  carácter  de  ministro  plenipotenciario :  acompañóle  en  segui- 

c 

(1)  La  cuestión  de  los  reemplazos  no  debió  agitarse  con  tanto  calor  por 
nuestra  parte ;  solo  faltaban  por  regresar  de  Bolivia  unos  pocos  cuerpos  de 
tropas,  y  el  general  Santander  habia  mandado  devolver  en  1827  los  solda- 
dos peruanos  que  se  encontraban  en  las  Illas  del  ejército,  porque  no  con- 
venían en  Colombia. 


t 


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CAPÍTULO  XIII.  itl 

da  su  pasaporte  que  Villa  había  pedido  antes,  asignándole  para 
su  regreso  la  misma  ruta  de  la  Buenaventura  por  donde  vino. 

La  misión  de  Villa  contribuyó  á  irritar  mas  los  ánimos  de 
ambos  gobiernos.  Durante  su  residencia  en  Bogotá  se  ligó  estre- 
chamente con  el  partido  de  oposición  al  Libertador.  Creyóse  en 
aquel  tiempo,  y  es  muy  probable,  que  trajo  la  comisión  secreta 
de  acalorar  los  bandos  políticos  y  de  excitar  conmociones  en 
Colombia,  ofreciendo  á  los  mal  contentos  auxilios  del  Perú. 
Empero  tal  sistema  de  perfidia  y  de  traiciones  no  tuvo  en  el 
pueblo  moral  y  sensato  de  Bogotá  y  de  las  provincias  adyacentes 
el  éxito  que  por  el  mismo  tiempo  Bolivia  deploraba. 

Referimos  anteriormente  la  sublevación  en  la  Paz  de  una 
parte  de  la  división  colombiana  auxiliar  en  Bolivia,  aduciendo 
las  pruebas  incontestables  de  que  habia  sido  obra  de  las  intri- 
gas peruanas  dirigidas  por  el  general  Gamarra,  jefe  del  ejército 
que  se  titulaba  del  Sur.  Como  dicho  motín  fué  disuelto  y  casti- 
gado sin  que  produjera  el  resultado  apetecido ,  las  tramas  y  la 
seducción  continuaron  para  ver  si  podian  conseguir  un  tras- 
torno en  Bolivia,  y  que  sus  habitantes  Uamáran  en  su  auxilio 
á  los  Peruanos ,  cuyo  ejército  se  mantenía  siempre  estacionado 
en  el  Puno  y  otros  lugares  mas  inmediatos  á  la  frontera.  Para 
quitar  todo  pretexto,  el  gran  mariscal  de  Ayacucho  habia  te- 
nido en  el  Desaguadero  por  marzo  de  este  año  una  entrevista 
con  Gamarra  :  aseguró  en  ella  al  jefe  peruano  que  sus  senti- 
mientos eran  pacíficos;  anuncióle  el  pronto  envío  á  su  país  de 
los  auxiliares  colombianos ,  á  quienes  Sucre  seguiría  sin  falta 
alguna  en  el  mes  de  agosto  en  que  debía  instalarse  el  congreso 
de  Bolivia,  resolución  que  hizo  publicar  el  mismo  Sucre.  Mos- 
tróle también  cartas  y  oficios  originales  del  gobierno  del  Li- 
bertador, en  los  que  este  aconsejaba  á  Sucre  que  mantuviera 
buenas  y  amistosas  relaciones  con  los  Estados  limítrofes ,  y  que 
enviara  á  Panamá  las  tropas  auxiliares.  Estos  documentos  au- 
ténticos demostraban  hasta  la  evidencia  que  ni  el  gran  mariscal 
ni  Bolívar  tenían  de  consuno  miras  ningunas  contra  el  Perú , 
según  se  propalaba.  Después  de  aquella  entrevista ,  cuyo  éxito 
pareció  muy  satisfactorio  y  que  aseguraba  las  relaciones  amis- 
tosas entre  ambas  Repúblicas,  el  presidente  de  Bolivia  regresó 
á  Chuquisaca. 

Mas  á  pesar  de  tan  franca  manifestación,  y  de  que  en  se- 
guida envia  á  los  puertos  del  Perú  para  que  se  embarquen ,  á 


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128  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

los  restos  de  los  batallones  auxiliares  Pichincha  y  Bogotá,  no 
cesan  las  tramas  urdidas  por  los  Peruanos,  que  han  conseguido 
minar  la  tranquilidad  de  Bolivia.  El  48  de  abril  al  amanecer, 
cincuenta  granaderos  que  hacen  la  guarnición  de  Ghuquisaca, 
acaudillados  por  dos  sarjentos  peruanos  y  uno  del  Tucuman, 
se  apoderan  de  sus  oficiales  y  proclaman  la  revolución,  á  los 
que  se  juntan  el  coronel  Asebey  y  algunos  paisanos.  Sabiendo 
Sucre  el  movimiento ,  sigue  sin  tardanza  al  cuartel;  acompa- 
ñado de  solo  seis  personas  acomete  á  los  amotinados,  que  hacen 
fuego,  y  una  bala  le  rompe  el  brazo  derecho.  Esta  herida  le 
obliga  á  retirarse,  apoderándose  luego  los  sediciosos  de  su  per- 
sona y  de  las  de  sus  ministros  y  amigos;  pero  el  secretario  del 
interior  don  Facundo  Infante,  sin  acobardarse ,  tuvo  la  firmeza 
y  previsión  de  expedir  órdenes  y  mandar  venir  á  la  capital  al- 
gunas tropas  de  las  que  estaban  mas  inmediatas.  El  coronel 
López ,  prefecto  del  Potosí,  luego  que  las  recibe,  vuela  con  cien 
hombres  á  las  cercanías  de  la  capital;  atacado  por  los  facciosos, 
los  bate  y  huyen  á  la  provincia  de  Laguna  después  de  haber 
sufrido  alguna  pérdida.  Los  mismos  pueblos  los  persiguen  y 
aprehenden ,  y  el  ilustre  mariscal  de  Ayacucho ,  á  quien  tanto 
hicieron  sufrir  aquellos  malvados,  recibió  en  su  desgracia  testi- 
monios sinceros  del  respeto  y  consideración  que  los  Bolivianos 
profesaban  á  su  persona. 

Gamarra ,  el  pérfido  autor  de  aquel  atentado  contra  el  gran 
mariscal  que  en  el  Ayacucho  completára  la  independencia  del 
Perú,  luego  que  llegan  á  su  noticia  los  sucesos  del  18  de  abril, 
finge  una  gran  pena ;  él  anuncia  oficialmente  en  30  del  mismo, 
que  el  ejército  de  su  mando  iba  á  pasar  el  Desaguadero  para 
defender  la  persona  del  general  Sucre,  que  tan  eminentes  ser- 
vicios habia  prestado  al  Perú  y  á  Bolivia ,  la  que  debia  ser  sa- 
grada ;  así  como  para  impedir  que  el  país  quedára  á  merced  de 
las  facciones,  de  los  partidos  y  de  la  anarquía. 

Empero  apénas  habia  hecho  Gamarra  tan  falaces  protestas 
cuando  las  olvidára.  Luego  que  supo  el  mal  éxito  de  los  faccio- 
sos en  Ghuquisaca,  varía  enteramente  de  lenguaje.  Ya  no  dijo 
que  marchaba  á  defender  la  persona  sagrada  del  gran  maristal, 
y  á  comprimir  las  facciones  :  su  objeto  era  dar  libertad  á  los 
Alto-Peruanos  (*),  oprimidos  por  un  gobierno  vitalicio  é  irres- 

(1)  Asi  los  llamaba  en  odio  de  Bolívar  su  benefactor,  y  quien  habia  ele- 


* 


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CAPÍTULO  XIII.  129 

ponsable ,  y  que  los  extranjeros  dejáran  el  país,  á  fin  de  que 
los  pueblos  se  constituyeran  según  les  acomodára,  bajo  las  ga- 
rantías del  ejército  peruano ,  cuyo  principio  inalterable ,  según 
decia ,  era  respetar  la  Independencia  de  Bolivia  y  la  voluntad 
nacional.  Gou  tales  pretextos ,  y  asegurando  que  los  pueblos  le 
habian  llamado  por  medio  de  numerosas  peticiones ,  Gamarra 
y  sus  tropas  invadieron  el  territorio  boliviano  con  el  designio 
de  intervenir  por  la  fuerza  en  los  negocios  internos  de  aquella 
República. 

En  el  intermedio  Sucre  no  pudiendo  gobernar,  por  su  herida, 
formó  un  consejo  de  gobierno  presidido  por  el  ministro  de  la 
guerra  general  José  María  Pérez  de  Urdininea.  El  consejo  se 
componía  de  este,  de  don  Miguel  Aguirre,  ministro  de  hacienda, 
y  de  don  Facundo  Infante  del  iuterior.  En  seguida  entregó  el 
mando  del  ejército  al  presidente,  confiriéndole  facultades  extra- 
ordinarias á  fin  de  que  pudiera  dictar  cuantas  medidas  juzgara 
conducentes  para  defender  la  República. 

Esta  grande  empresa  habría  exigido  un  jefe  de  talentos ,  de- 
cisión y  elevados  sentimientos  de  honor  nacional.  El  ejército 
peruano  constaba  de  cerca  de  cinco  mil  hombres  bien  equipa- 
dos, y  Bolivia  habia  sido  sorprendida  por  la  perfidia  y  mala  fe, 
cuando  apénas  tenia  tres  mil  quinientos  soldados  de  todas  ar- 
mas ,  los  quinientos  colombianos ,  acantonados  á  largas  distan- 
cias. Mas  Urdininea  no  mostró  ni  los  talentos  de  un  capitán,  ni 
los  cálculos  de  un  político,  ni  la  energía  de  un  patrióla  de  revo- 
lución. Deja  que  el  enemigo  ocupe  el  departamento  y  rica  ciu- 
dad de  la  Paz,  cuyos  moradores  con  sus  protestas  y  armamento 
espontáneo  dieron  á  Gamarra  una  fuerte  lección,  de  que  era 
vano  su  intento  de  refundir  á  Bolivia  en  el  Perú,  seduciendo  á 
los  pueblos  con  promesas  para  que  sacrificaran  el  bien  inesti- 
mable de  su  independencia.  Negoció  torpemente  cuando  era 
preciso  combatir  y  conmover  á  los  pueblos  para  la  defensa  de 
la  patria.  En  estas  circunstancias  el  oro  y  la  seducción  del  jefe 
peruano  encontraron  auxiliares  entre  los  Bolivianos.  El  coro- 
nel Blauco ,  que  mandaba  en  la  provincia  de  Chichas  el  regi- 
miento de  Cazadores  á  caballo ,  cometiendo  la  mas  infame  de 

vado  á  Gamarra  al  eminente  puesto  que  obtenía.  Era  también  su  objeto  re- 
cordar la  identidad  de  nombres  para  ver  si  promovía  la  idea  de  que  Bolivia 
se  incorporase  al  Perú ,  suceso  que  los  Peruanos  deseaban  con  ahinco. 

tomo  iv.  9 


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HISTORIA  HE  COLOMBIA. 


las  traiciones,  se  pronuncia  por  los  invasores  extranjeros,  y  lo 
mismo  hace  el  coronel  Portilla.  Entonces  Urdininea,  por  una 
medida  fatal  y  sospechosa,  destaca  contra  Blanco,  que  se  hallaba 
á  mas  de  cien  leguas  á  retaguardia,  gran  parte  del  ejército ,  y 
queda  á  merced  de  los  Peruanos ;  estos  ocupan  sucesivamente 
los  departamentos  de  Oruro  y  Cochabamba ;  también  el  de  Chu- 
quisaca ,  después  de  haberse  unido  el  traidor  Blanco  á  una  co- 
lumna peruaua  mandada  por  Cerdeña.  Esta  cometió  la  infamia 
de  sacar  á  su  libertador  el  general  Sucre  de  una  casa  de  campo 
donde  se  curaba;  arrastróle  preso  obligándole  á  marchas  forza- 
das que  le  agravaron  su  herida  :  ¡  cobarde  insulto  que  deshon- 
rará siempre  á  sus  autores ! 

Reducido  Urdaniuea  al  departamento  del  Potosí,  abre  de 
nuevo  la  negociación  de  paz  y  acepta  condiciones  mas  duras  y 
vergonzosas  que  las  que  ántes  habia  rechazado  en  Sorasora.  Por 
el  tratado  de  Píquiza ,  firmado  en  6  de  julio ,  recibió  la  ley  que 
le  impuso  Gamarra ,  .sacrificando  el  honor  nacional.  Convino 
en  que  los  generales ,  jefes,  oficiales  y  soldados  extranjeros  sal- 
drían del  territorio  boliviano  dentro  de  un  breve  término ,  y 
que  los  colombianos  harían  su  viaje  al  puerto  de  Arica  por  la 
ruta  que  les  señalara  Gamarra  ;  que  se  convocaría  al  dia  si- 
guiente de  la  ratificación  del  tratado  el  congreso  constituyente 
que  estaba  en  receso ,  para  que  abriera  sus  sesiones  el  Io  de 
agosto,  cuya  función  principal  sería  oir  el  mensaje  y  admitir 
la  renuncia  del  presidente  Sucre ,  nombrar  el  gobierno  provi- 
sional y  convocar  una  asamblea  que  revisara  la  constitución  y 
eligiera  presidente.  Entre  tanto  el  ejército  peruano  debia  ocu- 
par los  departamentos  del  Potosí,  la  Paz  y  Oruro,  percibiendo 
todas  sus  rentas  naturales.  Por  otros  artículos  se  coartaron  las 
facultades  nacionales  de  Bolivia  en  sus  relaciones  con  el  Brasil : 
estipulóse  dar  premios  á  los  que  habían  auxiliado  á  los  enemi- 
gos de  su  patria.  Esta  infamia  colmó  la  medida  de  la  interven- 
ción armada  del  Perú  en  los  negocios  internos  de  Bolivia ,  y 
echó  el  sello  á  la  ineptitud  y  acaso  á  la  perfidia  y  mala  fe  del 
que  aceplára  condiciones  tan  humillantes. 

Bi  congreso  que  por  los  tratados  de  Píquiza  se  mandaba  reu- 
nir, no  era  el  constitucional,  cuyas  elecciones  habían  sido  con- 
trarias á  las  miras  de  Gamarra  y  de  su  partido.  El  Io  de  agosto, 
señalado  para  la  instalación,  faltó  un  representante  para  com- 
pletar el  número  constitucional.  Al  dia  siguiente,  á  las  dos  de 


CAPÍTULO  XIII.  431 

la  tarde,  Sucre  llamó  al  presidente,  y  á  presencia  de  seis  dipu- 
tados le  entregó  tres  pliegos  cerrados  :  contenían  estos  su  men- 
saje al  congreso ,  la  organización  de  un  gobierno  provisional  y 
las  propuestas  para  vicepresidente  de  la  República.  Hecho  esto 
emprendió  su  viaje  con  dirección  al  puerto  de  Cobija  ó  Lámar, 
de  regreso  á  Colombia. 

Apénas  habia  salido  de  Chuquisaca,  entró  Gamarra  con  una 
división  de  su  ejército  para  influir  en  las  deliberaciones  del 
congreso  y  en  la  organización  del  gobierno  de  Bolivia.  Á  pesar 
de  la  proximidad  de  Gamarra  á  la  capital,  Sucre  en  su  mensaje 
al  congreso  habló  con  la  mayor  firmeza  de  la  pérfida  é  injusta 
agresión  de  los  Peruanos  dirigida  contra  la  Independencia  de 
Bolivia,  invasión  que  llamó  justamente  de  Tártaros  y  Cosacos. 
Protesto  contra  los  humillantes  tratados  impuestos  á  Bolivia  en 
una  campaña— o  envuelta  hasta  hoy  entre  la  cobardía,  la  trai- 
ción y  la  perfidia,  »  conforme  á  sus  mismas  expresiones.  En 
seguida  se  despidió  para  siempre  de  los  representantes  del  pue- 
blo de  Bolivia,  pidiéndoles  como  premio  de  sus  servicios,  que 
le  mandáran  juzgar  si  habia  alguna  infracción  de  ley  durante 
su  administración,  pues  renunciaba  solemnemente  su  inviola- 
bilidad constitucional :  encargóles  que  á  todo  trance  conservá- 
ran  la  Independencia  de  Bolivia,  obra  de  sus  esfuerzos  comunes 
y  de  los  generosos  sacrificios  de  los  pueblos. 

Para  terminar  su  mensaje  añadió  Sucre  con  la  noble  sencillez 
y  verdad  que  caracterizaban  sus  discursos :  «  L)e  resto,  señores, 
es  suficiente  remuneración  de  mis  servicios  regresar  á  la  tierra 
patria  después  de  seis  años  de  ausencia ,  sirviendo  con  gloria  á 
los  amigos  de  Colombia ;  y  aunque  por  resultado  de  instigacio- 
nes extrañas  lleve  roto  este  brazo  que  en  Ayacucho  terminó  la 
guerra  de  Independencia  americana,  que  destrozó  las  cadenas 
del  Perú,  y  dió  ser  á  Bolivia,  me  conformo  cuando  en  medio  de 
difíciles  circunstancias  tengo  mi  conciencia  libre  de  todo  cri- 
men. Al  pasar  el  Desaguadero  encontré  una  porción  de  hombres 
divididos  entre  asesinos  y  victimas ,  entre  esclavos  y  tiranos  : 
devorados  por  los  enconos ,  y  sedientos  de  venganza.  Concilié 
los  ánimos,  —  he  formado  un  pueblo  que  tiene  leyes  propias, 
que  va  cambiando  su  educación  y  sus  hábitos  coloniales,  que 
está  reconocido  de  sus  vecinos,  que  está  exento  de  deudas  exte- 
riores ,  que  solo  tiene  una  interior  pequeña  y  en  su  propio  pro- 
vecho, y  que,  dirigido  por  un  gobierno  prudente,  será  feliz.  Al 


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132 


KISTUKU   DE  COLOMBIA. 


ser  llamado  por  la  asamblea  general  para  encargarme  de  Boli- 
via,  se  me  declaró  que  la  independencia  y  la  organización  del 
Estado  se  apoyaban  sobre  mis  trabajos.  Para  alcanzar  aquellos 
bienes  en  medio  de  los  partidos  que  se  agitaron  quince  años  y 
de  la  desolación  del  país,  no  be  hecbo  gemir  á  ningún  Boli-. 
viano ;  ninguna  viuda,  ningún  huérfano  solloza  por  mi  causa  : 
he  levantado  del  suplicio  porción  de  infelices  condenados  por 
la  ley,  —  y  he  señalado  mi  gobierno  por  la  clemencia,  la  tole- 
rancia y  la  bondad.  Se  me  culpará  acaso  de  que  esta  lenidad  es 
el  origen  de  mis  heridas ;  pero  estoy  contento  si  mis  sucesores 
con  igual  lenidad  acostumbran  al  pueblo  boliviano  á  condu- 
cirse por  las  leyes,  sin  que  sea  necesario  que  el  estrépito  de  las 
bayonetas  esté  perennemente  amenazando  la  vida  del  hombre 
y  asechando  la  libertad.  En  el  retiro  de  mi  vida  veré  mis  cica- 
trices y  nunca  me  arrepentiré  de  llevarlas ,  cuando  me  recuer- 
den que  para  formar  á  Bolivia  preferí  el  imperio  de  las  leyes  á 
ser  el  tirano  ó  el  verdugo  que  llevára  siempre  una  espada  pen- 
diente sobre  la  cabeza  de  los  ciudadanos. 

d  ;  Representantes  del  pueblo!  hijos  de  Bolivia,  ¡  que  los  desti- 
nos os  protejan !  Desde  mi  patria ,  desde  el  seno  de  mi  familia , 
mis  votos  constantes  serán  por  la  prosperidad  de  Bolivia.  » 

Hé  aquí  retratado  con  rasgos  verdaderos  é  indelebles  el  ca- 
rácter de  Sucre  como  magistrado,  de  ese  hombre  eminentemente 
liberal,  amigo  constante  de  un  gobierno  en  que  imperáran  la 
constitución  y  las  leyes.  Tirano  extranjero  le  llamaban  los  Pe- 
ruanos, y  para  destruir  su  tiranía  invadieron  á  Bolivia  en  plena 
paz,  ocuparon  sus  departamentos  con  cinco  mil  hombres,  usur- 
paron por  algún  tiempo  las  prerogativas  esenciales  de  su  sobe- 
ranía, y  jamas  pudieron  negar,  ni  aun  poner  en  duda  con  sus 
vagas  declamaciones ,  las  aserciones  de  Sucre  en  su  anterior 
alocución  de  despedida  :  su  nombre  debe  pasar  sin  mancha  á  la 
posteridad,  siempre  coronado  por  una  auréola  de  verdadera 
gloria. 

Casi  á  un  mismo  tiempo  dejaron  las  playas  del  Peni  Sucre 
y  los  últimos  restos  de  los  Colombianos,  que  habian  dado  inde- 
pendencia y  libertad  al  antiguo  imperio  de  los  Incas.  Condujo 
aquellos  el  intrépido  coronel  Braun,  que  tanto  se  habia  distin- 
guido en  el  Perú  y  en  Bolivia  (i).  El  gran  mariscal  de  Ayacucho 

(1)  En  el  mes  de  abril  de  este  año  habian  llegado  á  Guayaquil  los  restos 


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CAPÍTULO  XII!.  n:t 

tocó  en  el  Callao,  de  donde  ofreció  —  «  sus  buenos  servicios  en 
cuanto  tendieran  á  transigir  las  diferencias  del  gobierno  peruano 
con  el  de  Colombia.  »  Añadia  que  daba  este  paso ,  porque  se  le 
había  acusado  de  que  él  era  una  de  las  causas  ó  el  agente  de 
un  rompimiento ,  por  lo  cual  su  honor  mismo  estaba  compro- 
metido en  rebatir  esta  calumnia.  Por  ausencia  de  Lámar  el  vi- 
cepresidente del  Perú  aceptó  cortesmente  la  oferta ,  añadiendo 
que  no  esperaba  de  este  paso  el  menor  resultado  favorable,  y 
que  eran  bien  conocidos  los  aprestos  y  planes  que  por  el  sur  y 
por  el  norte  se  habían  formado  contra  el  Perú.  Sucre,  para  su 
mas  completa  justificación  de  que  el  jefe  de  Bolivia  no  había 
meditado  planes  de  consuno  con  el  de  Colombia ,  tuvo  la  satis- 
facción de  mostrar  seis  notas  oficiales  de  este  gobierno  al  de 
Bolivia,  escritas  en  29  de  junio  último,  las  que  acababa  de  re- 
cibir á  bordo  en  el  Callao;  en  ninguna  de  ellas  se  trataba  de 
hostilizar  al  Perú ,  y  por  el  contrario  decia  el  Libertador  — 
«  cuánto  se  complacía  en  que  la  voz  de  la  justicia  y  la  razón  se 
hiciesen  oir,  para  que  todos  los  Americanos  se  entendiesen  de 
un  modo  amistoso  y  pacífico.  »  Después  de  dar  este  paso  muy 
honroso  al  carácter  de  Sucre ,  continuó  su  viaje  á  Guayaquil , 
adonde  arribára  el  19  de  setiembre,  corriendo  después  á  unirse 
con  su  familia  en  Quito  (*). 

Los  movimientos  de  Bolivia  que  acabamos  de  referir,  produ- 
jeron desgraciadamente  muy  sérias  consecuencias  en  Colombia, 
que  analizarémos  tomando  un  poco  atrás  el  hilo  de  los  sucesos. 

del  batallón  Bogotá,  compuestos  de  diez  y  seis  oficiales  y  cerca  de  dos- 
cientos soldados ;  cuerpo  que  fué  disuelto  por  su  mala  moral.  En  il 
de  mayo  arribó  al  mismo  puerto  el  medio  batallón  Pichincha  con  diez 
y  nueve  oficiales  y  trescientos  veinte  y  siete  individuos.  En  S5  de 
agosto  llegó  el  coronel  Mariano  Acero  con  el  célebre  escuadrón  de  Gra- 
naderos á  caballo  de  Junin ,  el  que  trajo  dos  jefes ,  diez  oficiales  y  ciento 
cuarenta  plazas.  Por  último  el  coronel  Braun,  general  al  servicio  de  Bolivia, 
desembarcó  en  el  puerto  de  Manta  al  norte  de  Guayaquil  el  10  de  octubre. 
Conducía  al  tercer  escuadrón  de  húsares ,  compuesto  de  dos  jefes ,  diez  ofi- 
ciales y  ciento  veinte  soldados ;  asi  como  las  últimas  reliquias  de  Pichincha, 
c$i  tres  jefes,  once  oficiales  y  sesenta  y  cinco  de  tropa,  veteranos  casi  todos, 
que  habían  hecho  eminentes  servicios  á  la  Independencia  de  la  América  del 
Sur. 

(1)  Sucre  se  había  casado  en  Quito  con  la  señorita  Mariana  de  Carcelen, 
hija  del  antiguo  marques  de  Solanda :  solo  tuvo  una  hija  que  murió  en  la 
cuna. 


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i  34  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Fué  el  primero  el  motin  del  batallón  Voltíjeros  en  la  Paz;  luego 
que  se  publicó  este  acontecimiento  en  los  departamentos  meri- 
dionales ,  el  general  en  jefe  de  nuestro  ejército  del  Sur,  Juan 
José  Flórez,  expidió  en  iS  de  abril  una  proclama  anunciando 
que  el  Libertador  marchaba  hácia  el  sur  con  el  designio  de  cas- 
tigar á  los  pérfidos  que  habían  mancillado  el  honor  nacional , 
irrogándonos  muy  graves  y  repetidos  agravios;  decia,que  nues- 
tros valientes  pisando  por  segunda  vez  la  tierra  movediza  del 
Perú,  romperían  con  sus  armas  las  cadenas  de  los  pueblos  opri- 
midos. Tenemos  fuertes  motivos  para  pensar  que  la  responsabi- 
lidad de  esta  proclama  tan  imprudente  como  impolítica  gravita 
sobre  el  general  Flórez  :  todos  los  hechos  del  Libertador  y  de 
su  gobierno  concurren  á  demostrar  que  en  aquella  época  en 
que  el  primero  habia  marchado  hácia  los  departamentos  del 
norte  de  Colombia ,  de  ningún  modo  tenia  formado  el  intento 
de  hacer  la  guerra  al  Perú ;  pues  aun  estaba  pendiente  la  nego- 
ciación con  su  ministro  Villa.  Esta  proclama,  sin  embargo,  con 
razón  ó  sin  ella ,  fué  tenida  en  Lima  como  una  declaración  de 
guerra,  á  la  que  el  congreso  constituyente  respondió  en  20  de 
mayo  con  un  decreto  en  que  ordenaba  se  preparasen  para  la 
guerra  el  ejército  y  la  armada  del  Perú ;  autorizábase  también 
al  presidente  Lámar  para  que  mandase  en  persona  las  tropas  y 
dispusiera  de  la  milicia  nacional.  Cuando  se  daban  tales  provi- 
dencias ,  ya  el  gobierno  peruano  habia  comenzado  á  poner  en 
ejecución  los  planes  que  hacía  tiempo  maduraba  contra  Bolivia. 
Gamarra  estaba  en  el  corazón  de  esta  República  para  desarmarla 
y  encadenarla ,  á  fin  de  que  el  Perú  nada  temiese  por  el  sur, 
luego  que  se  empenára  la  guerra  en  Colombia;  medida  alta- 
mente injusta,  pero  que  si  era  conforme  á  los  cálculos  de  una 
política  previsiva  y  suspicaz. 

Luego  que  llegaron  á  Bogotá  las  noticias  de  la  invasión  de 
Bolivia  por  los  Peruanos ,  —  de  los  vergonzosos  tratados  de  Pí- 
quiza  y  demás  sucesos,  el  Libertador  se  irritó  sobre  manera  por 
los  insultos  hechos  á  su  hija  predilecta.  No  pudiendo  contener 
su  indignación,  da  y  publica  la  proclama  de  3  de  julio.  Habló 
en  ella  con  mucha  energía  de  la  perfidia  del  gobierno  del  Perú, 
de  su  conducta,  que  llamára  abominable,  y  que  no  conocía  ni 
las  leyes  de  las  naciones ,  ni  las  de  la  gratitud ,  ni  siquiera  el 
miramiento  debido  á  pueblos  amigos  y  hermanos  ;  y  que  sería 
demasiado  referir  el  catálogo  de  los  crímenes  del  gobierno  del 


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r.APÍTll.O  xiii.  1.TI 

Perú.  Después  de  expresiones  tan  irritantes  convidó  á  los  habi- 
tantes del  sur  de  Colombia  á  armarse  y  á  volar  á  las  fronteras  , 
aguardando  allí  su  presencia ,  que  sería  la  señal  del  combate. 
En  esta  proclama,  el  Libertador  dejándose  arrastrar  de  sus 
fuertes  pasiones  se  permitió  expresiones  duras  contra  el  go- 
bierno peruano,  inusitadas  entre  las  naciones  cultas. 

Poco  después  mandó  este  publicar  en  20  de  julio  el  mani- 
fiesto justificativo  de  la  guerra  que  iba  á  hacer  al  Perú.  Los 
principales  agravios  que  recapitulaba  eran  :  el  motin  de  la  ter- 
cera división  auxiliar  que  se  atribuía  á  los  gobernantes  del 
Perú ;  su  regreso  á  Colombia  sin  órdenes  de  su  gobierno,  con- 
voyadas las  tropas  por  los  buques  de  guerra  peruanos,  con  el 
dañado  y  pérfido  proyecto  de  dividir  nuestra  República  en  pro- 
vecho de  la  del  Perú  ;  la  expulsión  de  nuestro  agente  en  Lima 
dentro  del  término  de  diez  y  ocho  horas  con  ignominia  y  afrenta ; 
la  prisión  injusta  de  varios  oficiales  colombianos,  la  expulsión 
de  otros,  y  el  haber  acogido  á  los  traidores  á  nuestro  gobierno ; 
el  envío  de  un  ministro  plenipotenciario  sin  instrucciones  sobre 
los  puntos  capitales  que  se  disputaban,  con  las  siniestras  miras 
de  adormecer  la  vigilancia  del  gobierno  colombiauo  y  de  turbar 
la  tranquilidad  de  la  República ;  el  haber  negado  el  paso  por  su 
territorio  á  las  tropas  libertadoras  existentes  en  Bolivia  ;  el  ha- 
berlas sublevado  por  instigaciones  de  los  generales  peruanos ; 
el  haber  en  fin  invadido  en  plena  paz  y  con  la  mas  negra  per- 
fidia á  Bolivia ,  con  cuya  república  tenia  Colombia  íntimas  re- 
laciones de  fraternidad  y  amistad.  Á  tan  poderosos  motivos  para 
hacer  la  guerra,  añadía  :  que  el  gobierno  del  Perú  acumulaba 
tropas  en  nuestras  fronteras  meridionales ;  enviaba  una  escua- 
dra para  bloquear  los  puertos  colombianos  sobre  el  Pacífico,  y 
publicaba  las  injurias  mas  atroces  contra  Colombia  y  su  go- 
bierno. Concluía  el  manifiesto  declarando,  que  haria  la  guerra, 
no  á  los  pueblos  sino  al  gobierno  del  Perú ;  compelido  á  ella 
por  los  ultrajes,  ofensas  y  perfidias  que  habia  sufrido  Colombia 
de  parte  de  los  gobernantes  peruanos ,  que  se  habian  formado 
una  política  peculiar  suya  para  hostilizar  á  los  Estados  limí- 
trofes. 

La  publicación  de  estos  documentos ,  sobre  todo  de  la  pro- 
clama de  3  de  julio,  contribuyó  á  irritar  mas  y  mas  los  ánimos 
en  el  Perú.  En  consecuencia  el  presidente  Lámar  contestó  en 
Lima,  bajo  el  título  de  proclama,  una  diatriba  horrenda  contra 


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136 


HISTORIA  Dfc  COLOMBIA 


Bolívar,  indigna  del  jefe  de  una  nación  civilizada.  En  este  sin- 
gular documento  negó  al  Libertador  los  títulos  que  le  habia 
conferido  Colombia ,  y  se  le  prodigaron  por  Lámar,  que  hacia 
impotentes  esfuerzos  para  rivalizarle ,  los  epítetos  de  pérfido, 
tirano,  devastador,  y  otros  igualmente  injuriosos ;  avanzó  tam- 
bién hecbos  falsos  contra  el  gran  mariscal  de  Ayacucho,  para 
justificar,  aunque  en  vano,  la  invasión  de  Bolivia. 

Á  pesar  de  pasiones  tan  exaltadas  de  una  y  otra  parte  y  de 
que  ya  se  consideraban  rotas  las  hostilidades ,  el  consejo  de  go- 
bierno del  Libertador  se  oponía  decididamente  á  que  se  hiciera 
la  guerra,  en  lo  que  estaban  acordes  todos  los  miembros.  Sus 
principales  fundamentos  eran  :  que  la  guerra,  en  vez  de  ser  na- 
cional, tenia  contra  ella  la  opinión  de  casi  todos  los  hombres 
pensadores  que  no  pertenecían  á  la  milicia,  y  la  de  los  pueblos 
de  Colombia ,  desde  Carácas  hasta  Loja  y  desde  Guayana  hasta 
Veraguas;  que  ellos  habían  depositado  la  suprema  autoridad 
en  el  Libertador  con  facultades  ilimitadas ,  bajo  la  firme  espe- 
ranza de  que  reorganizaría  todos  los  ramos ,  especialmente  la 
administración  de  justicia  y  la  hacienda  nacional,  que  se  halla- 
ban en  un  estado  lamentable ;  pero  que  si  en  vez  de  ejecutar 
esto ,  según  lo  exigían  las  necesidades  de  los  pueblos,  su  mismo 
honor  y  los  dictámenes  de  la  mas  sana  política ,  se  alejaba  de 
la  capital  á  los  confines  meridionales  de  la  República  con  el 
objeto  de  la  guerra  del  Perú ,  no  correspondía  á  la  confianza  ni 
álas  esperanzas  de  los  Colombianos.  Dejaría  también  encargada 
la  administración  de  la  mayor  parte  de  Colombia  al  consejo  de 
ministros ,  que  era  un  gobierno  colegiado ,  acaso  el  mas  defec- 
tuoso que  podía  existir;  al  que  por  tanto  le  sería  muy  difícil 
conservar  la  tranquilidad  y  el  orden  público. 

El  Libertador,  profundamente  herido  en  su  honor  y  en  su 
delicadeza  personal  por  los  hombres  del  partido  que  entónces 
tenia  en  sus  manos  las  riendas  del  gobierno  peruano,  deseaba 
la  guerra  para  obtener  por  sus  triunfos  una  brillante  satisfac- 
ción y  humillar  aquella  república.  Debemos  confesar  que  no  le 
faltaba  razón.  Llamado  en  1826  por  los  votos  casi  unánimes  de 
los  colegios  electorales  á  la  presidencia  vitalicia,  cuando  se  Ba- 
ilaba ausente  en  Colombia  y  habia  dicho  que  él  no  regresaría 
al  Perú ,  de  repente  un  partido  enemigo  suyo  se  apodera  del 
mando;  declara  abolida  la  constitución  boliviana  y  nulo  el  nom- 
bramiento de  presidente.  El  Libertador  nada  contesta  al  anun- 


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CAPÍTULO  XIII.  137 

ciársele  tamaño  cambiamiento  y  guarda  el  silencio  mas  pro- 
fundo. En  pos  de  aquella  revolución  los  mismos  hombres  hacen 
invadir  el  sur  de  Colombia  por  la  tercera  división  convoyaba 
por  los  bajeles  de  guerra  del  Perú,  y  con  los  aprestos  militares 
que  su  gobierno  la  diera ;  en  retorno  de  los  grandes  sacrificios 
que  hicieron  Colombia  y  el  Libertador  por  asegurar  la  indepen- 
dencia del  territorio  peruano,  se  les  insulta  en  los  papeles  pú- 
blicos, en  los  documentos  oficiales,  y  en  otros  varios  actos;  se 
corrompen  y  amotinan  las  tropas  auxiliares  residentes  en  Boli- 
via ;  se  ataca  á  aquella  república  y  se  amenaza  á  Colombia  con 
una  próxima  invasión ,  para  cuyo  buen  éxito  no  se  omiten  me- 
dios, por  reprobados  que  sean.  Era  imposible  que  la  indigna- 
ción de  Bolívar  no  hubiera  llegado  á  su  colmo  contra  un  go- 
bierno que  le  habia  irrogado  ultrajes  tan  grandes,  y  á  la  faz  de 
toda  la  América. 

Tales  fundamentos  persuadían  á  los  miembros  del  consejo 
del  Libertador  que  la  guerra  sería  justa ,  si  nos  veíamos  en  la 
triste  necesidad  de  hacerla ;  pero  no  la  juzgaban  política  ni 
conveniente  á  Colombia.  Á  las  razones  anteriormente  desen- 
vueltas añadían ,  que  nuestros  pueblos  necesitaban  el  descanso 
después  de  una  sangrienta  lucha  de  diez  y  ocho  años.  Opinaban 
también  que  no  debíamos  imitar  las  injusticias  del  Perú  con 
Bolivia,  llevando  á  su  territorio  la  guerra  y  la  desolación ,  é  in- 
terviniendo en  sus  negocios  domésticos.  Tanto  insistió  el  con- 
sejo con  el  Libertador,  que  al  fin  convino  en  enviar  por  la  posta 
á  su  primer  edecán  el  coronel  Daniel  F.  O'Leary,  en  cuyos  ta- 
lentos y  demás  cualidades  para  una  misión  tan  importante  te- 
nia la  mayor  confianza  (julio  31).  Este  debía  ir  hasta  Guayaquil 
y  aun  al  Perú,  con  el  objeto  de  negociar  primero  una  suspen- 
sión de  armas  que  fuese  como  el  principio  y  preliminar  de  la 
reconciliación  duradera  entre  ambos  países.  Las  instrucciones 
de  O'Leary  eran  del  todo  pacíficas.  Colombia  nada  exigía  contra 
la  independencia  y  dignidad  del  Perú ;  las  dos  grandes  cuestio- 
nes de  la  deuda  en  su  favor,  y  la  de  límites  por  las  provincias 
de  Jaén  y  Máinas  debían  arreglarse  por  los  trámites  acostum- 
brados entre  las  naciones  cultas.  Dióse  también  á  O'Leary  el 
encargo  de  solicitar  auxilios  y  la  cooperación  del  Perú  contra 
una  expedición  española  que  se  tenia  como  cierto  que  vendría 
á  invadir  á  Colombia. 

Después  de  dar  este  importante  paso,  que  los  amigos  de  la 


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138 


HISTORIA  DE  COLOMBIA 


paz  deseaban  produjera  los  mas  felices  resultados ,  el  Liberta- 
dor recibió  (febrero  45)  noticias  detalladas  de  la  completa  ocu- 
pación de  Bolivia  y  de  todas  las  injusticias  cometidas  por  Ga- 
marra  contra  esta  jóven  república.  Encendióse  de  nuevo  su 
enojo,  y  convocando  al  consejo  le  preguntó  —  «  si  en  virtud  de 
tales  datos  se  haría  la  guerra  al  gobierno  del  Perú  bajo  de  cuya 
administración  actual  juzgaba  que  no  tendríamos  garantía  al- 
guna de  paz  en  lo  venidero.  »  Añadió,  que  si  no  se  principiaba 
la  guerra  era  preciso  disolver  el  ejército  del  Sur,  el  que  no  tenia 
con  que  subsistir,  según  los  partes  recientes  del  general  Flórez, 
que  lo  mandaba.  Los  ministros  de  guerra  y  de  hacienda  expu- 
sieron también  la  escasez  que  padecian  las  tropas ,  que  no  po- 
drían subsistir  dos  meses  mas  sin  enviarles  recursos  que  no 
habia.  Á  pesar  de  la  angustiada  situación  en  que  se  puso  al 
consejo,  la  mayoría  de  sus  miembros  se  mantuvo  firme  en 
su  opinión  de  que  no  se  hiciera  la  guerra  principiando  Colom- 
bia las  hostilidades ;  pero  que  estuviéramos  preparados  para 
la  defensa  de  nuestro  territorio  y  del  honor  nacional,  miéntras 
se  sabia  el  resultado  que  produjera  la  misión  del  coronel 
O'Leary;  por  consiguiente,  que  de  ningún  modo  se  disolviera 
el  ejército  del  Sur.  Para  sostenerlo  y  auxiliarlo  se  excogitó  el 
establecimiento  de  una  contribución  personal  que  al  fin  no 
tuvo  efecto. 

Esta  fué  la  última  vez  que  el  Libertador  pareció  decidido  á 
hacer  la  guerra  al  Perú.  Sus  sentimientos  y  conducta  posterio- 
res fueron  del  todo  pacíficos  y  constantemente  hizo  cuanto  es- 
tuvo á  su  alcance  para  restablecer  la  paz  entre  ambas  Repúbli- 
cas, sin  desdoro  del  honor  nacional.  Persuadióse  que  la  guerra 
era  impopular  en  Colombia ,  y  también  impolítica  en  el  estado 
en  que  se  hallaba  la  República ,  y  cuando  muchos  creían  que 
Bolívar  la  promovía  para  satisfacer  su  amor  propio  ofendido 
por  los  Peruanos.  Vió  ademas  con  mayor  claridad  que  las  na- 
ciones de  Europa  y  de  América,  que  observaban  todos  sus  pasos 
con  grande  atención,  atribuirían  la  guerra  á  proyectos  ambicio- 
sos de  Colombia  y  de  su  jefe ,  como  ya  lo  aseguraban  sus  ene- 
migos. Por  consiguiente ,  las  miras  de  Bolívar  y  las  instruccio- 
nes que  diera  se  dirigieron  á  restablecer  la  paz  sin  descuidarlos 
preparativos  para  repeler  una  invasión  peruana  que  ya  se 
temía. 

El  estado  crítico  de  las  relaciones  de  Colombia  con  el  Perú , 


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CAPÍTULO  XIH. 


130 


así  como  los  varios  sucesos  ocurridos  en  el  presente  año,  mante- 
nían estacionarias  las  que  cultivábamos  con  las  principales  po- 
tencias de  Europa.  Al  principio  causó  alarma  y  temores  de  que 
se  turbára  sériamente  la  tranquilidad  de  la  República,  por  ha- 
berse disuelto  la  convención  de  Ocaña.  Mas,  cuando  los  gobier- 
nos europeos  vieron  la  brillante  prueba  que  diera  el  pueblo  co- 
lombiano de  la  confianza  ilimitada  que  tenia  en  los  talentos,  en 
las  virtudes  cívicas  y  en  el  desprendimiento  de  su  Libertador, 
resonaron  por  todas  partes  las  alabanzas  de  este ,  considerán- 
dole como  un  fuerte  vínculo  y  la  garantía  mas  segura  de  la  esta- 
bilidad, del  órden  y  de  las  glorias  de  Colombia.  Pero  estas  espe- 
ranzas se  disiparon  bien  pronto  con  la  nefanda  conspiración  del 
25  de  setiembre.  Suceso  tan  lamentable,  y  la  guerra  con  el  Perú, 
que  ya  se  juzgaba  no  podría  evitarse,  perjudicaron  sobre  ma- 
nera á  nuestras  relaciones  exteriores.  Parecia  á  los  gobiernos 
europeos  que  la  vida  del  Libertador  estaba  siempre  amenazada 
por  el  puñal  de  un  asesino,  y  que  empeñada  Colombia  en  una 
guerra  extranjera,  podría  volcarse  su  gobierno  de  un  momento 
á  otro;  inferían  por  tanto  que  no  ofrecía  garantías  para  que  se 
entrara  con  ella  en  ajuste  de  tratados  ni  en  alguna  otra  clase 
de  relaciones  políticas. 

Estas  consideraciones  alentaban  al  gabinete  de  Madrid  para 
denegarse  á  escuchar  los  consejos  de  la  Gran  Bretaña,  de  la 
Francia ,  de  los  Estados  Unidos ,  y  aun  de  la  Rusia ,  que  em- 
pleaban sus  buenos  oficios  con  la  España  para  que  terminase  de 
una  vez  la  desastrosa  guerra  de  América ,  que  tantos  daños 
causaba  al  comercio  y  á  la  civilización.  Siempre  contestaban 
los  ministros  de  Fernando  VII,  que  nada  había  estable  en  sus 
colonias,  que  esperaban  reducir  muy  pronto  á  su  obediencia. 
En  comprobación  recapitularon  la  eterna  lista  de  revoluciones 
y  de  crímenes  que  á  nombre  de  la  libertad  y  para  deshonra  de 
esta  se  perpetraban  en  los  nuevos  Estados  descendientes  de  la 
España.  Mas  el  gabinete  de  Madrid  no  meditaba  que  la  opinión 
por  la  independencia  era  firme  y  uniforme  en  todas  las  repú- 
blicas establecidas  en  sus  antiguas  colonias. 

a  fin  de  vencer  la  terquedad  del  ministerio  español,  aun  se 
dieron  pasos  indirectos  y  reservados  para  sondear  su  ánimo 
acerca  de  si  reconocería  la  Independencia  de  Colombia  reci- 
biendo el  rey  una  compensación  en  dinero.  Mas  todo  fué  en 
vano;  pues  los  ministros  de  Fernando  cerraban  los  oidos  y  no 


t 

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HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


querían  escuchar  proposición  alguna  en  que  se  pronunciára  la 
palabra  independencia. 

Iguales  motivos  de  falta  de  estabilidad,  de  órden  y  consisten- 
cia en  los  gobiernos  de  las  nuevas  repúblicas ,  así  como  la  fre- 
cuencia de  sus  revoluciones  y  trastornos ,  inspiraban  á  las  po- 
tencias que  nos  habían  reconocido  algún  resfriamiento  en  sus 
relaciones  de  amistad  con  nosotros,  y  una  gran  desconfianza  en 
los  otros  gobiernos  para  celebrar  tratados.  En  Lóndres  estaba  el 
centro  de  nuestras  relaciones  políticas,  que  dirigía  el  señor  José 
Fernández  Madrid  con  grande  talento  y  consagración.  Estas  cali- 
dades le  habían  granjeado  las  consideraciones  de  aprecio  del 
cuerpo  diplomático  residente  en  la  capital  del  imperio  britá- 
nico. Á  pesar  de  ellas  no  habia  conseguido  resultado  alguno 
positivo,  sino  la  celebración  de  uu  tratado  de  amistad ,  comer- 
cio y  navegación  con  el  ministro  de  los  Países-Bajos  barón 
Falk  :  este  diferia  el  firmarlo  hasta  que  recibiera  su  gobierno 
mejores  informes  sobre  la  paz  y  tranquilidad  de  Colombia,  y 
supiera  el  resultado  de  la  guerra  que  amenazaba  contra  el  Perú. 
Con  los  ministros  de  Prusia ,  Suecia  (*) ,  Dinamarca  y  ciudades 
anseáticas  se  hallaban  pendientes  negociaciones  para  ajustar 
tratados  de  comercio  y  navegación.  Jamas  se  realizaron,  porque 
tenían  pretensiones  exageradas,  y  por  otras  causas  que  sobrevi- 
nieron para  impedirlo. 

En  el  mismo  estado  de  observación  y  de  duda  se  mantenía 
la  Francia  para  entablar  relaciones  diplomáticas  con  las  nuevas 
repúblicas.  Hasta  el  presente  año  habia  detenido  á  su  gobierno, 
según  dijeron  los  ministros  de  S.  M.  O"  á  nuestros  agentes,  la 
consideración  de  que  sus  tropas  aun  no  habían  desocupado 
enteramente  la  España.  Verificáronlo  al  fin ,  y  anuncióse  en- 
tónces  la  misión  del  señor  Cárlos  de  Bresson,  quien  debía  re- 
correr las  nuevas  repúblicas  de  América ,  para  informar  al  go- 


(1)  El  ministro  de  Suecia  en  Lóndres,  conde  de  Bjrvanstjerna,  decía  al  señor 
Madrid  en  una  conferencia  —  >  que  S.  M.  el  rey  de  Suecia  (Bernadotte)  no 
solo  se  hallaba  muy  bien  dispuesto  en  favor  de  Colombia,  sino  que  sentía 
muy  particular  estimación  y  admiración  por  el  Libertador.  Anadió,  que  S.  H. 
juzgaba  haber  mucha  analogía  entre  él  y  Bolívar;  pues  ambos  debian  su 
elevación  á  su  espada  y  á  sus  servicios,  que  ambos  eran  amados  de  los 
pueblos  y  fieles  á  la  causa  de  la  libertad,  bien  diferentes  en  esto  de  Napo- 
león. » 


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CAPÍTULO  XIII.  141 

bienio  francés  acerca  del  estado  en  que  las  halláran  á  fin  de 
iniciar  ó  no  algunas  negociaciones.  £1  señor  Bresson  se  dirigió 
primero  á  Méjico;  pero  la  sangrienta  revolución  de  Guerrero  y 
de  Lobato  hicieron  que  variase  de  rumbo  y  que  viniera  á  Co- 
lombia. 

El  gobierno  francés  daba  estos  pasos  en  el  ministerio  del 
conde  de  la  Ferronays,  que  se  mostró  animado  de  buenos  sen- 
timientos respecto  de  los  nuevos  Estados  americanos,  y  espe- 
cialmente de  Colombia ,  por  las  garantías  que  daba  el  gobierno 
del  Libertador.  En  una  nota  que  el  ministro  de  relaciones  exte- 
riores de  Francia  dirigió  al  señor  Madrid  decia :  a  El  gobierno 
del  rey  ve  con  placer  que  la  posición  de  la  República  se  mejora; 
él  quiere  creer  que  estos  progresos  hácia  el  bien  no  se  deten- 
drán, y  que  la  administración  que  hoy  rige  á  Colombia  conse- 
guirá en  cuanto  á  la  consolidación  de  la  paz  y  de  la  tranquilidad 
de  este  país  los  felices  resultados  que  hay  razón  para  esperar  de 
la  sabiduría  y  de  la  habilidad  de)  ilustre  jefe  que  preside  á  sus 
destinos.  »  Los  mismos  sentimientos  manifestaron  los  colegas 
del  conde  de  la  Ferronays  en  uua  discusión  pública  que  hubo 
en  la  cámara  de  diputados  sobre  la  importancia  de  reconocer 
los  gobiernos  de  las  nuevas  repúblicas,  para  extender  el  comer- 
cio francés,  que  debia  aprovecharse  del  vasto  mercado  que  le 
ofrecían  estos  países.  Mas  sin  embargo  de  las  fundadas  esperan- 
zas que  daban  dichas  discusiones  apoyadas  por  la  opinión  pú- 
blica y  por  gran  número  de  hombres  influyentes  en  Francia , 
el  resultado  no  fué  el  que  se  esperaba.  Por  enfermedad  del  conde 
de  la  Ferronays,  el  conde  Portalis  se  hizo  cargo  del  ministerio 
de  relaciones  exteriores;  pero  su  duración  fué  muy  corta. 
Reemplazóle  el  príncipe  de  Polignac,  exaltado  legitimista,  que 
profesaba  una  aversión  decidida  á  que  el  gobierno  de  Carlos  X 
entrára  en  relaciones  políticas  con  las  repúblicas  formadas  de 
las  colonias  españolas.  Preocupado  contra  ellas,  y  servil  adora- 
dor de  los  derechos  de  Fernando  VII,  no  dió  un  paso  mas  que 
sus  predecesores  en  negocio  de  tamaña  trascendencia ,  á  pesar 
de  los  constantes  esfuerzos  que  hizo  el  representante  de  Co- 
lombia. 

Era  este  el  señor  Leandro  Palacios ,  enviado  extraordinario 
y  ministro  plenipotenciario  que  habia  sido  en  la  corte  del  Bra- 
sil .Terminada  su  misión  le  destinó  el  Libertador  á  Francia  con 
el  mismo  carácter  diplomático.  El  gobierno  de  Cárlos  X  jamas 


» 

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442  HISTORIA  DE  COLOMBIA.  —  CAPÍTULO  XIIT. 

le  reconoció;  pero  ofrecía  que  si  le  nombraban  cónsul  general 
pondría  inmediatamente  el  exequátur,  lo  mismo  que  á  los  cón- 
sules y  vicecónsules  que  destinara  el  gobierno  colombiano  para 
cualesquiera  puntos  del  territorio  francés.  Con  el  carácter  de 
cónsul  general  de  Francia  residia  en  Bogotá  el  señor  Buchet  de 
Martigny. 


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CAPÍTULO  XIV 


Rompimiento  de  la  guerra  con  el  Perú.  —  El  gobierno  peruano  no  admite 
la  misión  de  O'Leary  :  niega  al  Libertador  sus  títulos  legales.  —  Declara 
bloqueados  nuestros  puertos  del  Pacífico.  —  Lámar  se  traslada  á  Piura : 
insultos  que  escribe  contra  Bolívar.  —  Fuerzas  del  Perú  y  Colombia.  — 
Sucre  es  nombrado  general  en  jefe.  —  Pérdida  de  la  corbeta  colombiana 
Pichincha. —  Bloqueo  y  ataque  de  los  Peruanos  contra  Guayaquil.  —  Son 
rechazados  y  muere  el  vicealmirante  Guise. —  Sublevación  en  Popayan  de 
Obando  y  López  de  acuerdo  con  Lámar.  —  Marcha  de  Bogotá  una  división 
al  mando  de  Córdoba.  —  Obando  triunfa  en  la  Ladera  de  las  tropas  del 
gobierno.  —  Apodérase  de  Popayan,  donde  encuentra  apoyo;  mas  no  en 
los  valles  del  Cauca  y  Neiva.  —  Obando  se  apodera  de  Pasto.  —  Córdoba 
oeupa  á  Popayan.  —  Providencias  de  Páez  en  Venezuela  para  mantener  la 
tranquilidad  pública.  —  £1  Libertador  convoca  un  congreso  constituyente 
de  Colombia :  expide  otros  varios  decretos  importantes.  —  Pasos  que  da 
en  favor  del  comercio  con  la  España ;  motivos  políticos  que  los  dictan.  — 
Extingue  el  corso.  —  Sigue  á  Popayan.  —  Fuerzas  militares  que  marchan 
hacia  el  sur. —  Ocupaciones  que  deja  al  consejo  de  ministres ;  empeño  de 
este  en  reunir  el  congreso  constituyente. —  Manifiesto  de  Páez  defendiendo 
la  conduela  política  del  Libertador  y  contra  la  Monarquía.  —  Sus  protes- 
tas de  amistad  no  fueron  cumplidas.  —  Noticias  que  Bolívar  recibe  en 
Popayan  sobre  el  estado  del  ejército  del  sur.  —  Hostilidades  de  Obando  y 
López  como  auxiliares  de  los  Peruanos. —  Operaciones  del  general  Hérez 
en  los  Pastos. — Proyectos  incendiarios  de  Lámar  contra  los  Colombianos. 

—  El  Libertador  está  decidido  á  trabajar  por  la  paz.  —  El  ejército  pe- 
ruano se  muove  sobre  las  fronteras  de  Colombia.  —  El  general  Flórez 
junta  en  Cuenca  al  colombiano.—  Estado  crítico  de  Guayaquil  ;  bloqueado 
estrechamente ,  capitula  Ulingrot  con  los  Peruanos.  —  Conserva  una  parte 
del  departamento.  —  Marcha  por  Loja  del  ejército  de  Lámar;  sus  pro- 
climas  contra  el  Libertador.  —  Encuentra  simpatías  y  apoyo  en  los  ha- 
bitantes de  Loja.  —  Sucre  se  pone  en  Cuenca  á  la  cabeza  del  ejército 
colombiano ;  su  proclama ,  número ,  estado  y  situación  del  ejército  del 
Sur.— Negociaciones  de  paz  que  se  rompen.—  Invasión  y  toma  de  Cuenca. 

—  Ataque  nocturno  contra  Saraguro.  —  Graves  daños  que  causa  á  los 
Peruanos.  —  Marcha  de  estos  hacia  Jirón ;  y  la  de  Sucre  hasta  la  llanura 


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i 44  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

de  Tarqui.  —  Determina  atacar  á  los  Peruanos.  —  Derrótalos  en  el  Pór- 
tete de  Tarqui.  —  Brillante  comportamiento  de  los  jefes  colombianos.  — 
Sucre  expide  un  decreto  de  honores  y  recompensas  al  ejército  vencedor. 

—  Decreta  la  erección  de  una  columna  sobre  el  campo  de  batalla.  — 
Ofrece  una  capitulación  á  los  Peruanos ,  que  ponen  dificultades ;  pero  al 
fin  la  aceptan  en  Jirón.  —  Bases  y  artículos  que  contiene.  —  Fueron 
demasiado  generosas  las  concesiones  y  sin  garantías  para  su  cumpli- 
miento.—  Pérdidas  que  sufrieron  los  Peruanos.  —  Operaciones  de  Obando 
y  López.  —  Amnistía  que  publica  el  Libertador.  —  Produce  buenos  efec- 
tos en  Palia.  —  Decreto  que  da  en  el  puente  de  Mayo ;  concede  ventajas 
y  una  completa  amnistía  á  todos  los  comprometidos  en  la  revolución.  — 
Es  aceptada.  —  Motivos  que  influyeron  en  tan  generosa  conducta.  —  El 
Libertador  llega  á  Pasto ,  donde  es  bien  recibido.  —  Sabe  al  dia  siguiente 
el  triunfo  de  Tarqui.  —  Los  Peruanos  no  devuelven  á  Guayaquil  en  cum- 
plimiento de  órdenes  que  Lámar  les  comunica.—  Motivos  que  este  alega 
para  colorir  su  pérfida  conducta.  —  Excesos  que  sus  tropas  cometen  al 
retirarse.  —  Sentimiento  penoso  del  Libertador  por  la  continuación  de  la 
guerra;  providencias  que  dicta  para  hacerla  con  vigor.  —  Da  una  pro- 
clama á  los  Colombianos,  manifestándoles  sus  deseos  de  paz.  — Dispone 
que  Flórez  marche  con  varios  cuerpos  sobre  Guayaquil.  —  Dificultades 
para  atacar  la  plaza  reforzada  por  los  Peruanos. — Se  incendia  en  la  Ría  de 
Guayaquil  la  fragata  Presidente,  del  Perú. —  Arreglos  administrativos  que 
hace  el  Libertador  en  Quito.  —  Activa  la  guerra  sin  descuidar  la  paz. — Dirige 
aberturas  pacificas  al  gobierno  del  Perú.  —  Manifiesto  que  este  publica 
justificándose  de  no  cumplir  la  capitulación  de  Jirón.  —  Descontento  de 
los  pueblos  del  Perú  contra  la  guerra.  —  El  Libertador  sale  de  Quito  y  se 
dirige  hácia  Riobamba;  sus  designios.  —  Fragatas  colombianas  enviadas 
al  Pacífico.  —  En  La  Cundinamarca  sigue  de  Cartagena  á  Puertocabello  el 
general  Santander.  — Bolívar  se  traslada  á  la  provincia  de  Guayaquil. — 
Defectos  ó  dificultades  que  ofrece  su  plan  de  campaña.  —  Descontento  en 
el  Perú  y  maquinaciones  contra  el  presidente  Lámar.  —  El  general  La- 
fuente  se  apodera  en  Lima  del  poder  ejecutivo.  —  Gamarra  en  Piura 
asume  el  mando  del  ejército  del  norte. —  Lámar  es  deportado  al  Centro- 
América.  —  Justicia  que  los  Peruanos  hacen  á  Colombia  y  al  Libertador. 

—  Lafuente  y  Gamarra  mandan  abrir  negociaciones  de  paz.  —  Armisticio 
celebrado  con  los  jefes  de  Guayaquil.  —  Misión  diplomática  que  el  Liber- 
tador envía  á  Lima.  —  Armisticio  general  que  se  ajusta  en  Piura.  — 
Recuperación  de  Guayaquil.  —  Grave  enfermedad  que  Bolívar  sufre  en 
esta  ciudad ;  causas  que  la  producen.  —  Célebre  circular  que  dirige  para 
que  los  pueblos  de  Colombia  indiquen  la  forma  de  gobierno  y  el  primer 
magistrado  que  deseen.  —  Instalación  del  congreso  peruano  :  nombra 
presidente  á  Gamarra,  decidido  por  ajustar  la  paz.  —  Aprueba  el  *om- 
bramíento  del  ministro  plenipotenciario  del  Perú.  —  Abrense  las  confe- 
rencias en  Guayaquil.  —  Se  firma  un  tratado  definitivo  de  paz.  —  Con- 
diciones honrosas  á ambas  partes,  que  contiene. —  Declaración  aceptada. 

—  El  Libertador  nombra  un  ministro  plenipotenciario  para  Lima ,  y  una 
comisión  de  limites.  —  Regresa  á  Quito.  —  Expide  varios  decretos  para 


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CAPÍTULO  XIV. 


145 


mejorar  ia  administración  pública  de  los  departamentos  meridionales.— 
Censura  de  algunos.  —  Los  regulares  sometidos  al  ordinario  eclesiástico. 
—  El  general  Flórez  revestido  en  el  sur  de  la  autoridad  superior  civil  y 
militar.  —  Bolívar  sigue  hácia  la  capital  de  la  República. 

Año  de  1828.  —  La  misión  del  córonel  O'Leary  no  produjo 
los  saludables  efectos  que  esperaba  el  gobierno  del  Libertador. 
Cuando  arribó  á  Guayaquil,  ya  el  Perú  habia  tirado  el  primer  ca- 
ñonazo contra  Colombia.  Lo  disparó  la  corbeta  peruana  Liber- 
tad, cerca  de  la  punta  Malpelo  en  la  costa  de  Tumbes.  Cruzaba 
la  corbeta  sobre  la  isla  del  Muerto,  visitando  y  deteniendo  aun 
por  la  fuerza  á  todos  los  buques  mercantes  que  entraban  eu  el 
puerto  de  Guayaquil.  Salieron  entonces  la  goleta  Guayaquileiia 
y  la  corbeta  Pichincha  al  mando  del  capitán  de  navio  Tomas 
Wright,  á  inquirir  por  qué  motivo  se  bacian  aquellas  hostilida- 
des. Habiéndolo  preguntado  al  oficial  que  mandaba  La  Liber- 
tad,  su  contestación  fué  una  descarga  (agosto  31).  Siguióse 
un  combate,  y  nuestra  goleta  á  pesar  de  su  inferioridad  sostuvo 
el  honor  nacional ,  sin  que  La  Pichincha  tomára  parte  por  su 
poco  andar  ó  por  mala  voluntad.  Al  fin  los  buques  se  aparta- 
ron con  bastantes  pérdidas  á  reparar  sus  averías.  Pero  es  evi- 
dente, y  lo  confesaron  los  mismos  Peruanos ,  que  su  nave  fué 
la  agresora  para  romper  hostilidades. 

En  estas  circunstancias  arribó  O'Leary  á  Guayaquil ;  desde 
allí  dirigió  á  Lima  su  credencial  pidiendo  un  salvoconducto  y 
correspondiente  pasaporte  para  trasladarse  á  dicha  ciudad.  Mas 
el  gobierno  peruano  de  ningún  modo  se  lo  envió ,  exigiendo  se 
le  dijeran  las  bases  sobre  las  cuales  rodaría  la  negociación.  Tal 
respuesta  equi valia  á  denegarse  á  entrar  en  un  avenimiento , 
pues  continuarían  las  hostilidades  por  desgracia  ya  principiadas. 
Estos  y  otros  graves  inconvenientes  presentaba  la  exigencia  del 
gobierno  peruauo,  según  lo  observó  justamente  el  comisionado 
O'Leary  en  su  réplica ,  de  la  que  jamas  obtuvo  contestación , 
sin  embarco  de  que  también  se  dirigió  de  oficio  y  particular- 
mente al  presidente  Lámar.  Por  la  terquedad  del  gobierno  pe- 
rú Jho  la  negociación  no  tuvo  efecto  alguno. 

Tanto  el  gobierno  del  Perú  como  Lámar  negaban  al  Liberta- 
dor presidente  títulos  tan  gloriosos,  y  pretendían  tratarle  como 
á  un  usurpador.  Así  fué  que  llamaron  á  O'Leary  «comisionado 
del  general  Bolívar. »  Aquel  reclamó  semejante  falta  como  de- 
tono iv.  10 


i 

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146  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

presiva  de  su  gobierno,  y  en  una  época  posterior  no  quiso  re- 
cibir un  pliego  oficial  que  le  dirigiera  Lámar  con  el  mismo 
título,  en  lo  que  manifestó  su  decisión  por  sostener  el  honor 
nacional.  Una  gran  mayoría  de  Colombia  habia  revestido  al 
Libertador  con  un  poder  ilimitado,  y  era  absolutamente  indebida 
la  ingerencia  de  la  administración  peruana  negando  títulos  que 
la  nación  habia  conferido  á  su  jefe  supremo.  El  orgullo  colom- 
biano se  resentía  de  que  los  Peruanos  quisieran  darnos  leccio- 
nes de  libertad,  cuando  habíamos  ido  á  fundarla  en  su  patria, 
aherrojada  al  poder  español,  sostenido  principalmente  por  los 
mismos  hijos  del  país. 

Decididos  como  se  hallaban  Lámar  y  sus  partidarios  á  inva- 
dir á  Colombia ,  creyendo  que  podrían  hacer  entre  nosotros  lo 
que  ejecutaran  en  Bolivia ,  declararon  bloqueados  todos  nues- 
tros puertos  del  Pacífico.  Lámar,  después  de  dar  en  Lima  las 
providencias  que  juzgara  necesarias  para  la  guerra,  se  embarcó 
el  14  de  setiembre  en  la  fragata  presidente  La  Prueba,  trayendo 
dinero  y  algunos  refuerzos  para  el  ejército  del  norte  que  venia 
á  mandar.  Á  pocos  dias  de  su  arribo  á  la  provincia  de  Piura, 
escribió  otro  libelo  con  el  título  de  proclama ,  en  que  repitiera 
desde  Tambo-Grande  los  mismos  insultos  que  ántes  habia  pro- 
digado al  Libertador,  llamándole  también  «  agresor  de  los  de- 
rechos nacionales. »  ¡  Como  si  Bolívar  hubiera  dado  algún  paso 
contra  la  Independencia  del  Perú,  al  que  habia  dejado  en 
plena  libertad  para  que  se  constituyese  conforme  le  placiera! 

Con  el  arribo  de  Lámar  ascendió  el  ejército  peruano  estacio- 
nado en  la  provincia  de  Piura  á  cuatro  mil  hombres.  Debia 
aumentarse  con  la  mayor  parte  de  las  tropas  que  sirvieron  á 
Gamarra  para  invadir  á  Bolivia ,  las  que  estaban  en  marcha 
para  embarcarse  en  los  puertos  iutermedios;  esperábanlas, 
cuando  mas  tarde,  en  el  mes  de  noviembre  próximo. 

Por  el  mismo  tiempo  el  ejército  colombiano  del  sur  ascendía 
á  un  número  casi  igual ,  pero  de  tropas  muy  superiores;  pues 
se  componía  en  gran  parte  de  los  veteranos  que  habían  dado 
la  independencia  á  Colombia,  Perú  y  Bolivia.  El  general  Flórez, 
superando  las  graves  dificultades  que  le  oponían  la  escasezSle 
las  rentas  públicas ,  la  miseria  de  los  pueblos  y  la  aversión  casi 
general  que  ellos  tenían  á  que  hubiese  guerra  con  el  Perú ,  ha- 
bia conseguido  con  su  actividad ,  influjo  y  conocimientos  mili- 
tares dar  á  los  cuerpos  que  mandaba  una  buena  organización ; 


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i  apítuio  xiv.  147 

dióles  también  una  excelente  disciplina  y  espíritu  militar  que 
jamas  se  desmintieron  aun  en  medio  de  las  mayores  privacio- 
nes. Con  tales  tropas  no  podía  ser  dudoso  el  éxito  de  una  ba- 
talla con  el  ejército  peruano. 

Sin  embargo  de  tan  importantes  servicios  prestados  por  Fló- 
rez,  luego  que  el  Libertador  presidente  supo  que  el  gran  maris- 
cal de  Ayacucho  regresaba  á  su  patria,  se  apresuró  á  encargarle 
el  mando,  tanto  del  ejército  como  de  los  departamentos  meri- 
dionales de  la  República  en  clase  de  jefe  superior.  El  prestigio 
que  daban  á  Sucre  sus  grandes  hecbos  de  armas  y  sus  talentos 
políticos  y  administrativos  bicieron  que  se  le  prefiriese  justa- 
mente á  Flórez.  Este  debía  ser  el  segundo  de  Sucre.  Al  gran 
mariscal  se  le  confirieron  facultades  amplias  en  todos  los  ramos, 
hasta  para  hacer  la  guerra  ó  la  paz,  y  también  se  le  sometió  la 
misión  de  O'Leary.  Sucre  se  denegó  al  principio  á  admitir  el 
encargo,  porque  deseaba  disfrutar  de  la  vida  privada;  mas  los 
insultos  del  Perú  á  Colombia  y  la  guerra  que  nos  declaró ,  le 
arrancaron  finalmente  de  su  retiro ,  sucesos  que  vamos  á  re- 
ferir. 

La  fragata  peruana  que  habia  conducido  desde  el  Callao  i 
Piura  al  general  Lámar,  la  corbeta  Libertad  y  una  pequeña  go- 
leta de  guerra,  después  que  desembarcaron  en  aquel  puerto  los 
hombres  y  efectos  que  conducían ,  se  dirigieron  á  bloquear  la 
Ria  de  Guayaquil.  Consiguiéronlo  completamente,  pues  Colom- 
bia no  tenia  en  el  Pacífico  buques  algunos  que  oponerles.  La 
corbeta  Pichincha  habia  ido  á  Panamá  á  conducir  un  batallón ; 
pero  en  la  isla  de  Taboga  se  levantaron  los  marineros  extranje- 
ros que  la  tripulaban,  y  apoderándose  del  buque  bicieron 
rumbo  á  Páita,  donde  la  entregaron  á  los  Peruanos.  Esta  infe- 
rioridad marítima,  que  era  desventajosa  en  extremo ,  obligó  al 
gobierno  á  mandar  que  saliera  lo  mas  pronto  posible  para  el 
Pacífico  la  hermosa  fragata  Cundinamarca ,  que  se  hallaba  en 
los  puertos  del  Atlántico ,  obra  larga  y  costosa. 

La  escuadrilla  peruana  obraba ,  pues ,  con  toda  seguridad  : 
ella  hizo  desembarcos  sobre  varios  pueblos,  especialmente  en  el 
Naranjal ,  causando  en  todas  partes  daños  considerables.  Mas 
ninguno  igualaba  á  la  cesación  absoluta  del  comercio  y  de  la 
productiva  aduana  de  Guayaquil.  Esta  falta  aumentó  la  mise- 
ria del  pueblo  y  la  pobreza  del  erario ,  que  no  tenia  con  que 
hacer  los  gastos  mas  precisos. 


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U8  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Enorgullecido  el  vicealmirante  Guise,  que  mandaba  la  escua- 
dra peruana,  el  que  habia  sido  y  era  uno  de  los  mas  acérrimos 
enemigos  del  Libertador  y  Constante  promovedor  de  esta  guerra, 
por  la  superioridad  marítima  que  tenia,  aspiró  á  empresas 
mayores.  Determina,  pues,  atacar  á  la  ciudad  de  Guayaquil;  el 
22  de  noviembre  á  las  cuatro  y  media  de  la  tarde  se  presenta 
con  una  fragata ,  una  corbeta ,  una  goleta  y  tres  lanchas ,  sor- 
prendiendo á  los  defensores  de  la  ciudad.  La  batería  de  Cruces, 
defendida  solo  por  diez  y  seis  artilleros,  tiene  que  ceder  á  fuer- 
zas mucho  mayores  (noviembre  22) ;  el  enemigo  pasa  la  ca- 
dena, incendia  la  batería  y  rompe  un  fuego  de  metralla  contra 
las  casas  y  la  población.  El  coronel  Wright  se  habia  retirado 
batiéndose  en  La  Guayaquileña  junto  con  algunas  lauchas.  Los 
enemigos  anclaron  á  las  siete  y  media  de  la  noche.  Al  siguiente 
dia  muy  temprano  la  batería  de  La  Planchada  y  las  cañoneras 
hicieron  algún  fuego  á  la  escuadra  peruana ,  mas  con  poco 
efecto;  aprovechándose  esta  de  la  brisa  y  de  la  marea,  sube  á 
las  cuatro  y  media  de  la  tarde  al  centro  de  la  ciudad,  y  á  medio 
tiro  de  pistola  de  la  ribera  hace  un  fuego  horroroso  de  metralla 
y  palanquetas  sobre  las  principales  casas ,  á  las  que  causa  mu- 
chos danos,  fuego  que  duró  sin  interrupción  por  cualro  horas 
hasta  las  once  de  la  noche.  El  batallón  Caracas ,  que  guarnecia 
la  ciudad,  y  su  bizarro  comandante  Gabriel  Guevara  ocurrieron 
á  todos  los  puntos,  y  defendieron  las  bocascalles  que  daban  so- 
bre el  rio,  con  una  firmeza  y  valor  extraordinarios.  El  coronel 
O'Leary,  poniéndose  á  la  cabeza  de  la  artillería,  colocó  tan  dies- 
tramente cuatro  violentos ,  que  hizo  muchos  daños  á  la  escua- 
dra peruana. 

Viendo  el  vicealmirante  Guise  que  le  era  imposible  realizar 
un  desembarco,  y  que  el  pueblo  entero  de  Guayaquil  estaba  de- 
cidido á  defenderse ,  suceso  contrario  á  lo  que  habia  esperado, 
determinó  retirarse  en  el  curso  de  la  noche;  pero  la  fragata 
Presidente y  que  él  mandaba,  se  varó  al  frente  de  la  Aguardien- 
tcría  (noviembre  24).  Al  amanecer  los  valientes  soldados  de 
Carácas  formaron  un  terraplén  al  frente  y  montaron  un  cañón 
de  veinte  y  cuatro :  esta  batería,  dirigida  por  el  coronel  Pareja, 
causó  muchos  daños  á  La  Presidente,  que  recibió  también  algu- 
nos tiros  de  La  Planchada,  y  nuestras  lanchas  cañoneras,  diri- 
gidas por  el  teniente  de  fragata  Francisco  Calderón ,  la  moles- 
taron igualmente  en  su  retirada.  Tuvieron  que  conducirla  á 


CAPÍTULO  XIV.  1  í.» 

remolque  de  los  otros  buques  de  la  escuadra ,  luego  que  pudo 
flotar  auxiliada  por  el  flujo  ó  marea  :  tantos  fueron  los  daños 
que  se  le  hicieran.  El  mayor  sin  duda  fué  la  muerte  del  viceal- 
mirante Guise  de  una  herida  mortal  que  recibió  en  el  combate 
de  aquella  mañana  por  una  bala  de  cañón.  Bravo  oGcial  ingles 
de  marina,  que  habia  hecho  distinguidos  servicios  á  la  causa 
de  la  Independencia  de  la  América  del  Sur,  aunque  fuera  difí- 
cil manejarle  por  su  altivo  é  intratable  genio. 

La  escuadra  enemiga  se  retiró  bien  escarmentada  á  su  cru- 
cero cerca  de  la  isla  del  Muerto.  Fué  brillante  en  aquellos  dias 
de  peligro  el  comportamiento  del  prefecto  Illingrot,de  los  coro- 
neles Guerra,  O'Leary,  Pareja,  Luque,  Wright,  Letamendi,  Vi- 
llamil  y  Luzarraga,  así  como  de  otros  oficiales  subalternos  que 
sería  largo  mencionar. 

Se  lisonjeaban  los  Peruanos  de  encontrar  partido  y  traidores 
en  Guayaquil,  y  el  desengaño  les  fué  harto  costoso. 

Pero  mas  léjos  habían  hallado  auxiliares  que  se  proponían 
ayudar  á  los  Peruanos.  La  desgraciada  Popayan  era  el  teatro 
donde  se  presentaban  estas  escenas.  Allí  los  coroneles  José  Ma- 
ría Obando  y  José  Hilario  López  desplegaron  en  12  de  octubre 
el  estandarte  de  la  insurrección,  bajo  del  especioso  pretexto  de 
sostener  la  constitución  deCúcuta  y  las  leyes  expedidas  por  los 
congresos  de  la  República.  Era  su  objeto  arrancar  á  Bolívar  la 
autoridad  que  le  habían  conferido  los  pueblos.  López  fué  uno 
de  los  diputados  que  se  comprometieron  en  la  convención  de 
Ocaña  á  levantar  guerrillas.  Sabíalo  el  gobierno  del  Libertador, 
y  sin  embargo  habia  respetado  su  seguridad  personal,  para  des- 
mentir el  epíteto  de  tirano  con  que  le  apellidaba  el  bando  de  la 
oposición.  El  coronel  Obando  habia  preparado  todo  para  su  le- 
vantamiento de  acuerdo  con  López  y  con  los  Peruanos ,  proba- 
blemente por  medio  del  ministro  Villa,  cuando  estuvo  en  Cali 
al  retirarse  de  su  misión.  Asi  fué  que  la  prensa  peruana  anun- 
ció en  Lima  el  11  de  octubre  su  revolución,  un  dia  ántes  de 
que  estallára.  Obando  también  desde  su  primera  proclama  de 
Timbio  dijo  :  —  «La  poderosa  Peni  marcha  triunfante  sobre 
est  ejército  de  miserables  (octubre  42). »  i  Miserables  los  valien- 
tes que  triunfaron  en  Ayacucho,  completando  la  Independencia 
de  la  América  del  Sur !...  El  mismo  Obando  repitió  complacido, 
que  q  el  Perú  triunfante  de  Bolivia  ó  de  Colombia  marchaba  á 
proteger  su  alzamiento.  »  Las  pasiones  del  momento  le  impe- 


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{1)0  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

dian  meditar  que  bien  fuera  la  de  los  Peruanos  una  invasión 
para  desmembrar  el  territorio  colombiano  quitándole  á  Guaya- 
quil, ó  bien  una  intervención  á  mano  armada  en  los  negocios 
internos  de  Colombia,  en  ninguno  de  los  dos  casos  era  decoroso 
á  jefes  colombianos  hablar  de  este  modo,  y  ménos  auxiliar  á 
los  invasores  enemigos  de  su  patria. 

Cuando  estas  noticias  llegaron  á  Bogotá ,  el  Libertador,  que 
estaba  en  Chia ,  regresó  á  la  capital.  En  pocos  dias  hizo  prepa- 
rar una  expedición  de  mil  quinientos  veteranos ,  cuyo  mando 
confirió  al  general  de  división  José  María  Córdoba ,  que  marchó 
rápidamente  hácia  Popayan.  Era  de  la  mayor  importancia  des- 
truir aquella  insurrección  ántes  que  se  fortificára  :  ella  cortaba 
las  comunicaciones  con  los  departamentos  meridionales  en  las 
críticas  circunstancias  en  que  iban  á  ser  invadidos  por  los  Pe- 
ruanos. El  Libertador  se  proponía  seguir  él  mismo  después  de 
Córdoba,  porque  la  seguridad  del  sur  reclamaba  su  presencia. 

Cerca  de  un  mes  corrió  sin  que  hubiera  en  Popayan  mas  que 
algunas  escaramuzas  de  guerrillas.  El  intendente  y  comandante 
general  Tomas  Cipriano  Mosquera  aguardaba  los  refuerzos  que 
habia  pedido  al  valle  del  Cauca;  llevóselos  el  coronel  Pedro 
Murgueitio  y  con  ellos  ascendieron  sus  pequeñas  fuerzas  acerca 
de  setecientos  hombres,  la  mayor  parte  de  milicias. 

Entonces  Obando  y  López ,  que  habían  conseguido  organi- 
zar en  Timbio  y  demás  pueblos  seducidos  del  valle  de  Patía 
una  columna  de  mas  de  cuatrocientos  hombres,  se  acercan  á 
Popayan ,  situándose  en  una  casa  de  la  Ladera,  á  la  vista  de  la 
ciudad.  Mosquera  resuelve  atacarlos ,  y  dispuestas  sus  fuerzas 
sale  con  este  fin  á  las  seis  de  la  mañana  del  42  de  noviembre. 
Trábase  el  combate,  y  los  obandistas  ceden  el  terreno  para  atraer 
á  las  tropas  del  gobierno  al  punto  donde  tenían  su  fuerza  prin- 
cipal. Al  doblar  la  cima  de  la  colina  donde  se  combate  dan  un 
ataque  brusco  de  infantería  y  caballería  que  desordena  á  los 
pocos  soldados  fieles  que  tenia  Mosquera;  la  cobardía  y  la  trai- 
ción de  muchos  introducen  el  desórden ,  y  los  disidentes  obtie- 
nen un  triunfo  completo.  Allí  perecieron  combatiendo  con  va- 
lor denodado  los  comandantes  Sirakoski  y  Cedeño  con  alguifbs 
soldados.  Los  coroneles  Mosquera  y  Murgueitio  se  retiraron  á 
la  ciudad,  que  pensaron  defender.  Empero  la  desmoralización 
era  completa,  y  viendo  que  seducida  la  tropa  les  quedaban  muy 
pocos  hombres  leales ,  determinan  abandonar  la  plaza ;  ejecú- 


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CAPÍTULO  XIV.  154 

tanlo  en  la  noche  deH  3 ,  habiendo  antes  recomendado  al  jefe 
de  estado  mayor  Lino  de  Ponibo  que  capitulára  con  los  enemi- 
gos. Mosquera  y  Murgueitio  siguieron  hácia  la  Plata  por  el  ca- 
mino de  Guanácas ,  acompañados  por  cincuenta  y  cinco  solda- 
dos. Obando  en  persona  los  persiguió  con  ochenta  y  cinco  :  al- 
canzólos en  el  Tambo  de  Gabriel  López ,  donde  se  dispersaron 
los  primeros  por  aquellos  bosques  y  heladas  cimas.  Allí  murió 
el  capitán  Carlos  Salgar  con  varios  soldados :  otros  cayeron  pri- 
sioneros, salvándose  los  jefes. 

Á  consecuencia  de  estas  ventajas  Obando  y  López  se  apodera- 
ron en  Popayan  de  mil  setecientos  fusiles  y  de  todos  los  ele- 
mentos militares  que  allí  existían,  que  eran  numerosos.  Llenos 
entonces  de  esperanzas ,  activaron  la  seducción  y  las  promesas 
para  ganar  partido.  Así  consiguieron  que  en  Popayan  hicieran 
actas  en  su  favor,  tanto  los  padres  de  familia ,  como  varios  ofi- 
ciales halagados  con  las  promesas  de  libertad ,  órden  y  leyes. 
Alucinados  algunos  vecinos  de  Popayan  que  profesaban  y  han 
profesado  después  principios  enteramente  opuestos  á  los  de 
Obando  ,  pareció  que  se  habían  ligado  con  este  y  sus  consocios. 

El  contador  departamental  Manuel  José  Castrillon  se  hizo 
cargo  de  la  intendencia,  y  trabajó  activamente  en  promover  la 
insurrección. 

Obando  y  sus  compañeros  por  medio  de  proclamas ,  de  emi- 
sarios, y  por  cuantos  medios  le  fué  posible,  trataron  de  seducir 
y  atraer  á  su  partido  á  los  habitantes  del  valle  del  Cáuca;  pero 
en  vano.  Los  jefes  políticos  de  Cali ,  Palmira  ,  Buga  y  Cartago , 
los  militares  de  alguna  respetabilidad  y  los  pueblos  se  deci- 
dieron vigorosamente  contra  los  disidentes  y  se  armaron  para 
resistirlos  si  querían  usar  de  la  fuerza.  La  conspiración  y  ase- 
sinatos del  25  de  setiembre  contribuyeron  sobremanera  á  este 
resultado :  con  aquellos  actos  inmorales  se  desacreditaron  ente- 
ramente los  principios  del  partido  demagógico,  que  llegó  á  ser 
detestado  por  los  pueblos,  circunstancia  muy  honrosa  á  la  mo- 
ralidad colombiana. 

Viendo  que  por  la  seducción  no  adelantaban,  el  coronel  Ló- 
pef  bajó  al  valle  del  Cáuca  con  algunos  soldados.  Usando  de  la 
fuerza  y  por  medio  de  halagüeñas  promesas  consiguió  apode- 
rarse del  cantón  de  Caloto;  mas  no  se  atrevió  á  adelantar  sus 
marchas  porque  los  moradores  de  los  cantones  de  Cali,  Palmira 
y  Buga  se  hallaban  preparados  para  oponerle  una  vigorosa  re- 


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i.',-!  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

sistcncia.  En  aquellas  críticas  circunstancias  se  distinguieron 
los  jefes  políticos  de  Cali  y  Buga,  José  Ignacio  González  y  Simón 
Quintero,  por  su  grande  actividad  y  decisión  en  favor  de  la  tran- 
quilidad y  del  órden  público. 

Otro  proyecto  meditaron  los  jefes  de  los  disidentes ,  del  que 
esperaban  los  mas  felices  resultados.  Tal  fué  el  de  enviar  dos 
columnas  de  tropa  á  ocupar  la  ciudad  de  la  Plata  y  extender  la 
revolución  en  la  provincia  de  Néivas.  La  primera  marchó  por 
el  fragoso  camino  de  Pitayó  y  la  segunda  por  el  de  Guanácas. 
Mas  el  éxito  no  correspondió  á  sus  esperanzas.  La  última  fué 
batida  (diciembre  i  I )  cerca  de  Panzá  por  el  coronel  Murgueitio 
con  ochenta  veteranos,  y  la  otra  volvió  sobre  sus  pasos  luego 
que  supo  la  desgracia  del  Panzá ;  ambas  regresaron  á  Popayan 
con  pérdidas  y  sin  gloria. 

Desengañados  de  que  por  el  norte  no  pueden  adquirir  prosé- 
litos ,  López  abandona  al  valle  del  Cáuca,  y  vuelve  á  Popayan  : 
allí  le  deja  Obando,  quien  marcha  hácia  Pasto  con  doscientos 
hombres,  algunos  fusiles  sobrantes  y  otros  elementos  militares. 
Él  consigue  á  fuerza  de  promesas  levantar  á  los  Pastusos  contra 
el  gobierno  de  Colombia.  Díjose  enlónces,  y  lo  aseguraban  per- 
sonas fidedignas  de  Pasto,  que  les  ofreció  jurar  obediencia  al 
rey  de  España,  que  aun  era  el  ídolo  de  aquellos  pueblos,  lo  que 
jamas  tuvo  efecto;  pero  consiguió  fortificar  á  su  partido  con  la 
belicosa  población  de  Pasto,  que  unida  á  la  de  Patía,  era  harto 
difícil  que  las  domeñára  el  gobierno  colombiano.  Sin  embargo 
carecían  de  pólvora  y  municiones ;  pues  aunque  fabricaban  la 
primera  en  pequeña  cantidad  ,  les  era  casi  imposible  conseguir 
plomo.  Esta  circunstancia  fué  muy  favorable  al  Libertador  para 
el  buen  resultado  de  la  campaña. 

Entre  tanto  las  tropas  de  este  se  juntan  en  la  Plata  y  atra- 
viesan la  montaña  de  Guanácas  sin  oposición  alguna.  El  coronel 
López  no  tenia  en  Popayan  fuerzas  bastantes  con  que  tentar  la 
fortuna  de  las  armas  contra  la  división  que  conducia  el  general 
Córdoba.  Así  este  ocupó  á  Popayan  (diciembre  27),  de  donde  los 
enemigos  se  retiraron  al  valle  de  Patía  :  persiguiólos  y  en  la 
Horqueta  los  dispersó  en  su  mayor  parte ;  de  allí  regresó  Cór- 
doba á  Popayan  á  organizar  una  expedición  contra  Pasto  y  los 
demás  pueblos  partidarios  de  la  insurrección  de  Obando. 

Felizmente  no  habia  tenido  esta  séquito  en  el  resto  de  la  Re- 
pública, que  se  mantenía  tranquila.  Habíase  temido  justamente 


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CAPÍTULO  XIV.  153 

que  los  proyectos  revolucionarios  concebidos  por  el  partido 
exaltado,  y  tramados  en  varios  conciliábulos  reunidos  enOcaña, 
turbáran  el  orden  público  en  algunos  puntos ;  pero  la  vigilan- 
cia de  los  agentes  del  ejecutivo  hizo  abortar  aquellos  proyectos 
incendiarios.  Uno  de  ellos  fué  el  jefe  superior  de  Venezuela, 
quien  espontáneamente  y  sin  órden  alguna  superior,  se  vió 
compelido  á  dictar  providencias  que-  parecieron  duras,  aunque 
eran  necesarias  para  mantener  la  tranquilidad  de  Venezuela. 
Tales  fueron  las  de  expeler  del  país  á  los  diputados  que  habian 
estado  en  la  convención  de  Ocaña ,  Martin  Tovar,  José  Ribar- 
ren  y  Juan  José  Romero,  así  como  á  otros  individuos.  Súpose 
que  por  lo  ménos  los  tres  primeros  se  habian  comprometido  á 
levantar  guerrillas  en  Venezuela  para  contribuir  á  una  insur- 
rección general  contra  el  mando  del  Libertador ;  esta  revela- 
ción indiscreta ,  hecha  por  los  mismos  conspiradores ,  obligó  á 
Páez  á  separarlos  temporalmente  del  país  que  meditaban  revo- 
lucionar, y  así  conservó  la  paz  y  el  órden.  Por  el  mismo  tiempo 
los  revolucionarios  Castillos  agitaron  algún  tanto  el  departa- 
mento de  Maturin ;  pero  se  consiguió  reprimirlos,  y  sus  guerri- 
llas no  dieron  cuidado  al  gobierno  de  Colombia. 

No  sucedía  lo  mismo  respecto  de  los  negocios  del  sur;  la 
guerra  declarada  por  el  gobierno  del  Perú ,  que  ya  no  habia 
esperanza  alguna  de  impedir,  y  los  auxiliares  que  tenia  en  la 
insurrección  de  Obando  y  López,  mantenían  agitado  en  extremo 
el  ánimo  del  Libertador.  Anhelaba  por  el  momento  en  que  Cór- 
doba, ocupando  á  Popayan  y  Pasto,  despejára  el  camino  del 
Ecuador  para  volar  hácia  allá  (*).  Entre  tanto  empleó  el  tiempo 
en  hacer,  de  acuerdo  con  sus  consejos  de  ministros  y  de  Estado, 
muchas  é  importantes  reformas  para  mejorar  las  rentas,  la 
justicia,  la  administración  y  para  reconstituir  la  República.  Los 
principales  decretos  orgánicos  que  expidiera  fueron  :  el  de  tri- 
bunales y  cortes  de  apelaciones,  que  resultó  excelente  en  la  prác- 
tica, mejorando  la  administración  de  justicia;  el  de  las  prefec- 
turas, y  el  de  la  suspensión  de  todas  las  municipalidades;  medida 

(i)  El  Libertador  desde  el  25  de  setiembre  odiaba  la  residencia  de  la  ca- 
pital; por  este  motivo  pasó  el  tiempo  en  la  villa  de  la  Mesa,  y  la  mayor 
parte  en  la  hacienda  de  Bojacá  al  poniente  de  Bogotá  y  en  su  explanada. 
Allí  acordó  multitud  de  decretos  importantes  para  el  gobierno  de  la  Repú- 
blica, hasta  que  marchára  al  sur. 


154  niSToniA  de  Colombia. 

reclamada  por  muchos  pueblos ,  á  quienes  eran  gravosas  estas 
corporaciones,  pero  que  excitó  críticas  y  censuras  amargas, 
creyéndose  que  encerraba  el  designio  de  extinguir  la  represen- 
tación municipal  querida  por  algunos  ;  en  fin,  los  decretos 
convocando  para  el  2  de  enero  de  1830  un  congreso  general 
constituyente  de  Colombia,  y  prescribiendo  las  reglas  para  las 
elecciones  de  diputados ,  reglas  conformes  á  los  principios  mas 
liberales.  Quiso  el  Libertador  expedir  sin  tardanza  este  decreto, 
para  demostrar  claramente  que  de  ningún  modo  pretendía  per- 
petuarse en  el  mando  de  Colombia ,  y  que  no  era  un  tirano 
como  aseguraban  sus  enemigos  (*).  En  esta  misma  época  esta- 
bleció Bolívar  la  publicación  del  registro  oficial ,  que  ha  sido 
tan  útil  y  durado  largos  años. 

Uno  de  los  importantes  decretos  que  expidiera  en  i  8  de 
setiembre  se  dirigió  á  revocar  el  que  babia  publicado  el  poder 
ejecutivo  de  la  República  en  20  de  enero  de  1823,  excluyendo 
de  nuestros  puertos  á  los  frutos  y  manufacturas  de  la  nación 
española ,  aun  cuando  se  introdujeran  por  buques  neutrales. 
En  consecuencia  dispuso  el  Libertador  la  admisión  en  los  puer- 
tos colombianos  habilitados,  de  los  frutos  naturales,  efectos  y 
manufacturas  de  dicha  nación ,  siempre  que  se  importáran  en 
buques  neutrales  y  sin  que  en  estos  viniera  Español  alguno,  ni 
como  dueño ,  ni  como  sobrecargo.  Declaróse  después  que  los 
frutos ,  efectos  y  manufacturas  de  la  Península  se  admitieran 
en  nuestras  aduanas,  aun  cuando  constase  que  eran  propiedad 
española.  En  el  mismo  decreto  se  decia  expresamente  que  si  la 
España  admitiese  algún  dia  en  sus  puertos  los  frutos,  efectos  y 
manufacturas  de  nuestro  territorio  en  buques  colombianos,  el 
gobierno  de  la  República  haria  la  misma  concesión  á  los  buques 
de  la  madre  patria. 

El  primero  de  estos  decretos,  aunque  en  él  no  se  diga,  fué 
motivado  por  uno  que  el  ministro  de  Fernando  VII ,  don  Luis 
López  Ballestéros,habia  expedido  de  real  orden  en  21  de  febrero 

(1)  A  pesar  de  su  autoridad  ilimitada,  Bolívar  en  su  dictadura  no  hito 
derramar  otras  lágrimas  que  las  de  las  familias  de  los  criminales  qu<Ple 
fueron  á  asesinar  el  25  de  setiembre.  Aun  entóneos  detuvo  con  mano  gene- 
rosa el  brazo  de  la  justicia  levantado  sobre  algunos  de  sus  mas  encarnizados 
enemigos.  Con  hechos  es  que  se  prueba  la  tiranía,  y  no  se  podrán  citar 
contra  el  Libertador  en  la  época  de  que  tratamos.  Siempre  era  generoso  y 
humano,  olvidando  prontamente  los  agravios  que  le  hacían  sus  enemigos. 


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CAPÍTULO  XIV. 


15S 


de  este  año,  permitiendo  con  derechos  moderados  la  importación 
en  los  puertos  habilitados  de  España,  de  los  frutos,  géneros  y 
efectos  de  la  América  española,  sin  atender  á  que  estuviera  ó 
no  pacificada;  siempre  que  la  introducción  se  hiciera  en  buques 
españoles  ó  extranjeros  amigos.  Aunque  el  motivo  de  este  de- 
creto fuera  el  proveer  á  la  Península  de  muchas  de  nuestras 
producciones  de  que  carecia,  y  de  promover  la  navegación, 
también  pareció  que  acaso  el  ministro  español  podía  haber  pen- 
sado en  que  principiára  á  calmar  el  odio  y  la  mutua  irritación 
que  existia  entre  los  Españoles  europeos  y  americanos. 

Otro  paso  que  diera  la  España  hácia  el  mismo  objeto  fué  una 
declaratoria  publicada  por  el  expresado  ministro  Ballestéros, 
disponiendo  que  valieran  en  España  los  documentos  públicos 
otorgados  en  los  países  de  América  aun  cuando  se  halláran  en 
insurrección.  Poníase ,  sin  embargo ,  la  salvaguardia  de  que  no 
por  esto  se  perjudicara  la  nación,  ni  se  creyera  que  de  algún 
modo  se  reconocía  la  Independencia  de  dichos  países. 

Á  pesar  de  que  no  podamos  decir  los  verdaderos  motivos  que 
impelieron  al  gobierno  español  para  dictar  las  mencionadas 
providencias ,  sí  nos  hallamos  instruidos  de  cuáles  influyeron 
en  el  ánimo  del  Libertador  para  acordar  los  referidos  decretos  : 
él  quería  promover  el  comercio  con  la  madre  patria,  y  que  re- 
nacieran los  generosos  sentimientos  de  amor  y  benevolencia 
que  debían  existir  entre  padres  é  hijos,  amortiguados,  pero  no 
extinguidos  por  tan  larga  y  sangrienta  lucha  como  la  de  la  In- 
dependencia. Proponíase  también  inculcar  la  idea  de  ser  ya 
tiempo  de  que  cesáran  la  irritación  y  las  fuertes  pasiones  que 
nos  habían  dividido  miéntras  duró  la  guerra  activa  con  la  Es- 
paña. La  manifestación  de  tales  sentimientos  no  podia  ménos 
que  atraer  al  gobierno  del  Libertador  las  simpatías  de  la  Gran 
Bretaña,  de  los  Estados  Unidos  y  acaso  el  de  otras  potencias  que 
trabajaban  por  inspirar  al  gobierno  español  sentimientos  pací- 
ficos hácia  Colombia. 

Por  iguales  motivos  de  política  conciliatoria  habia  dispuesto 
Bolívar  en  una  circular  del  mes  de  junio  último  que  se  suspen- 
diera la  expedición  de  nuevas  patentes  de  corso,  y  que  los  co- 
mandantes de  los  departamentos  y  apostaderos  colombianos  de 
marina  remitieran  varios  datos  al  poder  ejecutivo.  Quería  este 
sujetar  á  los  corsarios  á  una  estrecha  supervígilancia,  á  fin  de 
evitar  las  depredaciones  que  algunos  de  ellos  cometían  en  alta 


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150  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

mar,  y  poder  dar  una  condigna  satisfacción  á  las  reclamaciones 
de  las  naciones  amigas. 

Dadas  estas  y  otras  muchas  disposiciones  gubernativas ,  orga- 
niza el  gobierno  de  la  República  durante  su  ausencia.  Déjalo 
encomendado  al  consejo  de  ministros  en  todo  lo  relativo  al  des- 
pacho ordinario  de  los  negocios,  reservándose  los  extraordina- 
rios y  la  aprobación  de  los  proyectos  de  decretos  que  emanaran 
del  consejo  de  Estado.  Para  autorizar  todo  cuanto  despachara 
en  los  departamentos  del  sur,  nombró  su  secretario  general  al 
coronel  José  Domingo  Espinar ;  hecho  esto  y  sin  regresar  de  la 
hacienda  de  Bojacá  á  la  capital ,  se  puso  en  camino  para  Po- 
payan  el  28  de  diciembre. 

De  diferentes  puntos  del  norte  de  Colombia,  especialmente 
de  los  departamentos  de  Venezuela  y  del  Magdalena ,  marcha- 
ban al  mismo  tiempo  varios  cuerpos  de  tropas  con  dirección  á 
dicha  ciudad.  Destinábanse  para  reforzar  el  ejército  del  sur,  en 
caso  de  que  aun  fuera  tiempo,  ó  para  reparar  cualquiera  revés 
que  pudiera  sufrir.  El  Libertador  en  su  marcha  dió  las  mas  ac- 
tivas y  eficaces  providencias  para  que  tuvieran  efecto  las  medi- 
das expresadas,  que  supervigilaba  el  ministro  de  la  guerra 
Urdaneta.  Este  mandaba  también  en  jefe  el  ejército  de  reserva 
que  debia  permanecer  en  los  departamentos  del  centro,  y  en 
escalones  hacia  Popayan  y  el  valle  del  Cáuca.  Al  mismo  tiempo 
se  le  nombró  jefe  superior  militar  de  los  departamentos  de 
Boyacá,  Cundinamarca  y  Cáuca,  cuya  tranquilidad  y  seguridad 
se  le  encargó  especialmente.  Para  el  caso  de  que  necesitára 
ausentarse  de  la  capital,  debia  desempeñar  interinamente  el 
ministerio  de  la  guerra  el  general  Pedro  Alcántara  Herran. 

Después  que  el  Libertador  partió  de  los  alrededores  de  la 
capital  hácia  el  sur,  la  principal  ocupación  del  consejo  de  mi- 
nistros ,  á  quien  dejaba  encargado  el  gobierno ,  fué  poner  en 
ejecución  los  muchos  é  importantes  decretos  que  expidiera  án- 
tes  de  su  partida.  Todos  ellos  fueron  obedecidos  y  acatados  por 
los  pueblos,  porque  la  mayor  parte  introducían  reformas  y 
mejoras  en  la  administración.  Es  cierto  que  no  eran  conformes 
algunos  á  las  teorías  exageradas  de  los  que  se  llamaban  libe- 
rales; pero  sí  eran  mas  practicables  sus  disposiciones  y  acomo- 
dadas á  las  circunstancias  morales ,  á  los  usos ,  costumbres  y 
habitudes  de  nuestros  pueblos.  Sin  hacerlos  desgraciados  cau- 
sándoles daños  muy  graves,  no  se  podia  regir  á  los  Colombianos 


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CAPÍTULO  XIV.  157 

como  á  los  Ingleses,  Franceses  y  Norte-Americanos.  Sin  em- 
bargo, tales  eran  las  teorías  de  nuestros  exaltados  políticos,  que 
pretendían  entonces,  y  han  continuado  después  con  el  designio 
de  aclimatar  entre  nosotros  las  diferentes  leyes  de  aquellas  na- 
ciones, y  llamaban  tiranía  el  que  no  se  les  diera  gusto. 

Los  decretos  en  cuyo  cumplimiento  se  empeñó  mas  el  consejo 
de  ministros  fueron  el  de  24  de  diciembre  convocando  un  con- 
greso constituyente  para  el  2  de  enero  de  \  830,  y  el  de  la  misma 
fecha  que  establecía  reglas  para  las  elecciones  de  los  diputados 
que  debían  componerlo.  La  capital  de  la  República  era  el  lugar 
designado  para  la  reunión.  Las  elecciones  primarias  debían 
principiarse  el  20  de  mayo  próximo,  y  reunirse  los  colegios 
electorales  el  Io  de  julio  inmediato.  Prescribíase  que  por  cada 
cuarenta  mil  almas  de  población  se  eligiera  un  diputado  mayor 
de  treinta  años,  y  por  tanto  el  número  total  se  calculaba  poco 
mas  ó  ménos  en  sesenta  y  tres.  La  liberalidad  que  reinaba  en 
el  sistema  de  elecciones  tomadas  en  su  mayor  parte  de  la  cons- 
titución de  Cúcuta,  y  el  cumplimiento  exacto  que  babia  dado 
el  Libertador  á  las  promesas  hechas  á  los  pueblos  de  convocar 
un  congreso  constituyente  en  la  misma  época  en  que  lo  man- 
daba reunir,  eran  poderosos  motivos  para  lisonjearse  de  que 
calmaría  la  saña  de  sus  enemigos  contra  la  supuesta  tiranía  de 
su  dictadura.  Consiguióse  en  gran  parte,  aunque  no  del  todo, 
tan  saludable  efecto,  y  la  generalidad  de  los  pueblos,  que  no 
estaba  por  los  exaltados  principios  de  los  demagogos ,  reposó 
tranquila ,  esperando  que  legalmente  se  variase  el  órden  esta- 
blecido por  el  dictador. 

Aun  no  se  habían  recibido  los  mencionados  decretos  en  los 
departamentos  del  norte ,  cuando  su  jefe  superior  Páez  publicó 
en7  de  febrero  un  manifiesto  oficial  á  los  Colombianos  que  estaban 
sujetos  á  su  autoridad.  En  e  te  documento  bien  escrito  y  razo- 
nado ,  después  de  ofrecer  á  una  justa  execración  el  asesinato  de 
Bolívar  intentado  el  25  de  setiembre,  del  que  le  salvára  la 
Providencia ,  atribuía  el  origen  de  aquel  crimen  á  las  opiniones 
y  principios  exagerados  que  habia  sostenido  el  partido  político 
qirl  capitaneaba  el  general  Santander.  De  aquí  tomaba  ansa 
para  atacar  la  administración  y  gobierno  de  este  en  1826,  y 
para  defender  la  insurrección  venezolana  de  aquel  año,  que  lla- 
maba a  Grito  de  reformas ,  »  vindicando  los  actos  con  que  Bo- 
lívar la  habia  terminado.  En  seguida  recorría  los  hechos,  pro- 


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458  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

clamas  y  protestas  del  Libertador  desde  1813,  en  que  principió 
su  gloriosa  carrera,  hasta  la  época  actual ,  y  siempre  le  hallaba 
amigo  firme  y  entusiasta  de  la  independencia  y  libertad  de  la 
América  del  Sur,  cumpliendo  religiosamente  su  palabra  y  di- 
mitiendo el  mando  absoluto  tan  pronto  como  le  era  dado  con- 
vocar y  reunir  á  los  representantes  del  pueblo.  Para  realzar  la 
gloria  de  Bolívar  le  comparaba  con  algunos  héroes  antiguos  y 
modernos,  y  descubria  en  él  cualidades  mas  brillantes  y  virtu- 
des cívicas  muy  elevadas.  De  este  cúmulo  de  hechos  comproba- 
dos por  toda  la  serie  de  la  vida  pública  del  Libertador  infería 
justamente  el  general  Páez  que  eran  infundadas  calumnias  las 
acusaciones  que  se  hacian  á  Bolívar,  de  que  aspiraba  á  perpe- 
tuarse en  el  mando  supremo  contra  la  voluntad  de  los  pueblos, 
ó  de  que  tuviese  miras  de  coronarse  en  Colombia,  cuando  tan- 
tas veces  habia  deprimido  enérgicamente  en  sus  escritos  el  cetro 
y  la  corona. 

Concluía  Páez  su  manifiesto  con  la  profesión  de  su  fe  política, 
expresando  con  nobleza  y  valentía  que  ni  los  ilustres  jefes  del 
ejército  libertador,  ni  él ,  inclinarían  jamas  la  rodilla  ante  un 
déspota  coronado.  «  Vosotros,  anadia,  sí,  vosotros  me  habéis 
visto  elevarme  de  la  triste  esfera  de  un  soldado  al  eminente 
rango  que  ocupo :  desde  las  inmensas  llanuras  del  Apure  yo  me 
lancé  sobre  el  despotismo  como  el  león  rabioso  sobre  su  presa; 
en  mil  combates  he  arrostrado  la  muerte,  la  he  tocado  con  mis 
manos,  la  he  rechazado  con  mi  sangre,  y  armado  con  la  lanza 
de  la  libertad ,  he  ganado  mis  derechos ,  los  vuestros  y  los  de 
Colombia.  Soy,  pues,  incapaz  de  permitir  vuestra  opresión, 
ni  ayudar  á  imponeros  las  mismas  cadenas  que  he  despeda- 
zado. ¡Yo  querer  un  monarca!  Primero  me  arrancaría  el  co- 
razón ántes  que  intentar  perjurarme,  ántes  que  yo  sucum- 
biese á  tan  vil  degradación.  Estad  seguros  de  esto,  Colombia- 
nos del  norte.  Nunca,  nunca  el  general  Bolívar,  nuestro  liber- 
tador y  vuestro  padre,  será  rey  ni  soberano  en  Colombia  ni  en 
América ,  ni  José  Antonio  Páez  cooperará  á  tan  nefario  parri- 
cidio. » 

En  seguida  excitaba  á  los  ciudadanos  de  los  departamentos 
del  norte  á  la  conservación  de  la  paz  y  del  orden,  confiando  ili- 
mitadamente en  las  promesas  que  les  habia  hecho  el  Libertador, 
y  terminaba  Páez  su  manifiesto  de  la  manera  siguiente :  «  Yo 
os  protesto  de  nuevo  que  mi  vida,  mi  sangre  y  todo  yo ,  son  el 


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CAPÍTULO  XIV.  159 

holocausto  que  tributo  á  vuestra  felicidad  y  á  vuestras  glorias  : 
por  tan  nobles  intereses  ¿no  es  dulce  perecer,  Colombianos  del 
norte?  Os  repito,  pues,  los  mismos  conceptos  que  en  otra  oca- 
sión me  oísteis,  y  con  los  que  sellaré  mis  labios. 

»  ¡La  espada  redentora  de  los  humanos!  Ella  en  mis  manos 
no  será  jamas  sino  la  espada  de  Bolívar:  su  voluntad  la  dirija, 
mi  brazo  la  llevará.  Antes  pereceré  cien  veces,  y  mi  sangre  será 
perdida,  que  esta  espada  salga  de  mi  mano,  ni  atente  jamas  á 
derramar  la  sangre  que  hasta  ahora  ha  libertado.  ¡  Conciudada- 
nos !  la  espada  de  Bolívar  está  en  mis  manos ;  por  vosotros  y 
por  él  iré  con  ella  á  la  eternidad.  j> 

Los  nobles  y  elevados  sentimientos  que  con  tanta  fuerza  in- 
culcaba el  general  Páez  en  favor  del  héroe  colombiano;  los  po- 
derosos fundamentos  en  que  los  apoyaba,  y  la  profunda  admi- 
ración que  manifestaba  por  sus  grandes  y  gloriosos  hechos  para 
conseguir  la  independencia  y  libertad,  no  solo  de  Colombia, 
sino  de  la  mayor  parte  de  la  América  del  Sur,  debian  persuadir 
á  cualquier  hombre  imparcial  que  para  siempre  se  habría  unido 
Páez  á  Bolívar  en  la  grande  obra  de  la  organización  completa 
de  la  República.  Sin  embargo ,  no  pasará  mucho  tiempo  sin 
que  le  veamos  volver  la  espalda  al  Libertador,  despedazar  á 
Colombia,  la  obra  predilecta  de  este,  y  colocarse  en  las  filas  de 
sus  mas  encarnizados  enemigos.  Tales  son  los  efectos  de  las 
revoluciones  y  de  la  ambición  que  estas  hacen  desplegar. 

Miéntras  llega  la  época  de  tan  lamentables  acontecimientos , 
sigamos  el  curso  de  los  que  á  la  sazón  ocurrían  en  las  provin- 
cias del  sur. 

Año  de  1829.  —  Las  guerrillas  de  Obando  tenían  interrum- 
pidas las  comunicaciones  con  los  deparlamentos  del  sur  por  la 
ocupación  de  Patía  y  Pasto.  No  pudo,  pues,  el  Libertador  saber 
con  certidumbre  todos  los  sucesos  ocurridos  en  ellos ;  pero  con 
el  arribo  de  su  antiguo  edecán  el  coronel  Demarquet,  que  llegó 
á  Popayan  por  la  costa  del  Pacífico,  se  instruyó  de  algunos  por- 
menores relativos  al  ejército  que  defendía  el  territorio  colom- 
biano contra  la  invasión  del  Perú.  Aquel  ejército  se  le  pintó 
respetable  por  su  número  y  por  el  excelente  espíritu  nacional 
que  animaba  á  los  oficiales,  jefes  y  soldados  :  esto  sucedía,  sin 
embargo  de  las  privaciones  que  sufrían  por  la  escasez  de  recur- 
sos en  que  se  hallaban  los  tres  departamentos  del  Ecuador, 
Guayaquil  y  Asuay,  sobre  los  cuales  gravitaba  únicamente  el 


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i 60  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

peso  de  la  guerra  y  el  sostenimiento  de  las  tropas.  Las  fuerzas 
de  Obando,  enseñoreadas  del  camino  de  la  Cordillera,  impe- 
dían que  del  centro  pudiera  el  ejecutivo  nacional  enviar  fondos 
para  la  caja  militar  del  ejército  de  operaciones ,  y  los  demás  re- 
cursos que  necesitaba.  No  solo  hizo  aquella  insurrección  este 
daño,  sino  que  Obando  practicó  las  mas  exquisitas  diligencias 
para  comunicarse  con  el  indigno  Colombiano  (i),  que  á  la  cabeza 
de  ingratos  extranjeros  invadía  nuestro  territorio  para  despeda- 
zar y  humillar  á  Colombia,  al  que  llamó  con  instancia  á  fin 
de  que  el  ejército  peruano  acelerára  sus  marchas.  Por  fortuna 
los  pueblos  fieles  no  dejaron  pasar  ninguno  de  los  oficios  di- 
rigidos por  Obando  á  Lámar,  ni  tampoco  los  de  este  al  pri- 
mero, pues  todos  fueron  interceptados  y  remitidos  á  las  auto- 
ridades colombianas.  Los  disidentes  instaban  á  Lámar  en  dichos 
oficios  que  enviára  los  auxilios  de  tropa  que  les  habia  ofre- 
cido. Hé  aquí  una  prueba  perentoria  de  que  la  resolución  de 
Obando  habia  sido  promovida  en  parte  por  el  presidente  del 
Perú. 

Uno  de  los  secuaces  de  Obando,  el  coronel  Parédes,  asociado 
del  capitán  Villota ,  habia  levantado  una  columna  de  mas  de 
trescientos  hombres  en  los  Pastos,  con  la  que  apoyaba  sus  pla- 
nes en  favor  de  los  Peruanos.  El  general  en  jefe  del  ejército  del 
sur,  temeroso  del  contagio  y  de  sus  funestas  consecuencias , 
envió  contra  los  sublevados  á  su  segundo  el  general  Tomas  Hé- 
rez.  Este  sorprende  á  Parédes  y  á  sus  compañeros  al  amanecer 
del  19  de  diciembre,  los  derrota  completamente  y  coge  prisio- 
neros á  los  cabecillas,  que  sufren  la  pena  capital.  Esta  ventaja 
oportuna  restableció  el  órden  al  sur  del  Guáitara.  Mas  no  pudo 
Hérez  continuar  obrando  contra  Pasto  porque  sus  tropas  fueron 
llamadas  á  fin  de  oponerse  á  los  Peruanos ,  que  ya  pisaban  el 
territorio  colombiano. 

Decididos  como  lo  estaban  el  general  Lámar  y  el  violento 
partido  anti-colorabiano,  que  le  sostenía  en  el  Perú ,  á  hacer  la 
guerra  á  Colombia,  ó  como  ellos  decían,  «  al  general  Bolívar,  » 
no  escucharon  proposición  alguna  de  paz,  sin  embargo  de  que 
repetidas  veces  se  les  dirigieron  por  el  comisario  O'Leary,  qftien 
permaneció  en  Guayaquil,  pronto  siempre  á  abrir  negociacio- 

(1)  Lámar  habia  nacido  en  la  ciudad  de  Cuenca,  capital  del  departamento 
del  Asuay. 


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CAPÍTULO  XIV.  161 

nes  pacíficas.  Pero  Lámar  y  sus  consejeros,  arrastrados  por  fuer- 
tes pasiones,  de  envidia  unos  á  su  elevada  gloria,  y  de  venganza 
otros  contra  el  Libertador  por  agravios  personales  verdaderos  ó 
supuestos  cuando  gobernaba  en  el  Peni ,  y  por  un  necio  or- 
gullo, solo  meditaban  planes  de  guerra.  Ellos  pretendían  con- 
mover á  Colombia  contra  su  jefe,  auxiliar  á  los  revolucionarios, 
destruir  la  autoridad  suprema  que  los  pueblos  habían  conferido 
á  Bolívar,  y  presentarse  Lámar  como  el  primer  capitán  de  la 
América  del  Sur  y  atleta  denodado  de  los  principios  republi- 
canos. 

El  general  Flórez,  jefe  del  ejército  colombiano  del  Sur,  lleno 
de  confianza  en  la  fuerza ,  en  la  moral  y  en  la  disciplina  de 
este,  quiso  mas  de  una  vez  en  el  año  anterior  invadir  la  pro- 
vincia limítrofe  de  Piura  y  batir  á  los  Peruanos  ántes  que  les 
llegaran  los  refuerzos  que  esperaban.  Aunque  el  Libertador  ha- 
bía consentido  en  este  plan  de  campaña,  revocó  su  órden  desde 
que  en  setiembre  último  se  decidiera  por  la  misión  de  O'Leary 
para  negociar  la  paz.  Persuadióse  íntimamente  de  que  la  guerra 
ofensiva  mancillaría  su  gloria ,  pues  suministraría  argumentos 
plausibles  á  sus  enemigos  para  pintarle  como  un  ambicioso  que* 
turbaba  la  tranquilidad  y  buena  armonía  de  las  repúblicas  li- 
mítrofes. Desde  entónces  Bolívar  promovió  constantemente  la 
reconciliación,  y  estuvo  pronto  siempre  á  aceptar  ú  ofrecer  con- 
diciones honrosas,  que  restablecieran  la  concordia  entre  Colom- 
bia y  el  Perú,  sin  embargo  de  los  graves  perjuicios  que  nos  ir- 
rogaba la  guerra  defensiva. 

Frustrados  al  general  Flórez  los  planes  que  habia  meditado 
para  adquirir  gloria  y  triunfos  en  las  provincias ,  creyó  segura 
la  victoria ,  si  conseguía  atraer  á  Lámar  y  á  sus  tropas  á  que 
invadieran  el  territorio  colombiano.  Por  medio  de  diestros 
emisarios  trabaja ,  pues ,  en  aumentar  la  confianza  de  los  jefes 
peruanos,  pintándoles  á  nuestro  ejército  en  mal  estado  y  cor- 
rompida la  opinión  de  los  pueblos  que  se  inclinaban  á  su  fa- 
vor. Estas  noticias  y  las  que  de  antemano  tenia  Lámar  de  la 
insurrección  de  Obando  y  López,  le  decidieron  á  tomar  la  ofen- 
sivt.  Esperaba  también  que  pronto  se  le  unirían  cerca  de  tres 
mil  quinientos  hombres  del  ejército  que  invadió  á  Bolivia.  Con 
este  refuerzo,  el  peruano  se  compondría  de  ocho  batallones  de 
infantería ,  dos  regimientos  y  dos  escuadrones  sueltos  de  caba- 
llería, y  una  brigada  de  artillería.  El  todo  debia  constar  cuando 

TOMO  IV.  U 


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102  HISTuHIA  DK  COLON  RIA. 

se  reuniera  de  ocho  mil  cuatrocientos  hombres  perfectamente 
equipados,  con  buenos  jefes  y  oficiales  (*). 

El  ejército  colombiano  del  sur  apenas  se  componía,  con  guar- 
niciones y  hospitales ,  de  seis  mil  hombres,  pobres,  mal  vesti- 
dos y  escasos  de  todo  lo  necesario  ;  pero  ardiendo  en  amor  por 
su  patria,  llenos  de  nobles  y  elevados  sentimientos  :  ellos  re- 
cordaban sus  antiguos  triunfos,  á  los  que  no  dudaban  añadirían 
una  nueva  palma  de  victoria  cogida  en  la  lid  con  los  Peruanos, 
si  osaban  invadir  el  territorio  colombiano.  Sin  embargo  de  esto, 
no  todos  los  soldados  eran  veteranos  y  habia  multitud  de  re- 
clutas. 

Luego  que  Flórez  supo  que  desde  los  últimos  días  de  noviem- 
bre se  habia  comenzado  á  mover  de  sus  acantonamientos  el  ejér- 
cito peruano,  y  que  se  dirigía  hacia  la  provincia  de  Loja  reunido 
ya  con  la  división  Gamarra ,  dió  las  órdenes  mas  activas  para 
que  nuestros  cuerpos  de  observación  se  fueran  replegando  á 
Cuenca.  Ordenó  también  que  marcharan  sobre  el  mismo  punto 
los  batallones  Gáuca  y  Caracas  y  un  escuadrón  que  guarnecían 
el  departamento  de  Guayaquil ;  así  como  Pichincha  y  el  cuarto 
escuadrón  de  húsares  que  al  mando  del  general  Hérez  obraban 
sobre  Pasto,  y  el  batallón  Quito,  que  guarnecía  la  capital  del 
Ecuador.  Dirigióse  también  á  Cuenca  el  general  en  jefe  desde 
Guayaquil,  donde  se  hallaba. 

La  guarnición  de  aquel  importante  departamento  quedó  re- 
ducida al  batallón  Ayacucho,  compuesto  en  su  mayor  parte  de 
reclutas  con  una  pequeña  base  veterana  de  Peruanos  que  no 
inspiraban  confianza.  Debíaseles  unir  la  mitad  del  batallón  Gi- 
rardot,  que  el  4  de  enero  desembarcó  en  Manta ,  puerto  de  la 
provincia  de  Manabí.  Á  pesar  de  este  refuerzo  el  general  Illin- 
grot,  prefecto  y  comandante  general,  se  hallaba  cercado  de  las 
mayores  dificultades.  Bloqueada  la  ría  de  Guayaquil  por  cinco 
buques  mayores  y  por  ocho  lanchas  de  guerra  peruanas ,  no 
podia  entrar  una  sola  embarcación  que  condujera  víveres  ó 

(1)  El  ejército  peruano  estaba  equipado  con  lujo ;  la  caballería  bien  ntbn- 
tada;  y  su  caja  militar  venia  provista  de  fondos  bastantes.  El  que  esto  es* 
cribe  oyó  decir  al  señor  Marriátegui,  ministro  peruano  de  hacienda  en 
aquella  época ,  que  el  ejército  habia  costado  al  Perú  tres  millones  de  pesos ; 
y  de  oficio  dijo  al  congreso  peruano  el  secretario  de  la  guerra,  que  en  él 
se  habían  gastado  dos  millones  y  medio. 


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CAPÍTULO  XIV. 


163 


mercancías.  Por  consiguiente  no  habia  un  peso  en  la  tesorería , 
y  sufria  la  guarnición  duras  privaciones.  Agregábase  á  esto  que 
la  escuadra  enemiga  habia  conseguido  por  medio  del  traidor 
José  Bustamante  y  de  otros  oficiales  igualmente  infames  de  los 
fugitivos  de  la  tercera  división  ,  introducir  en  el  departamento 
el  espíritu  de  infidelidad  á  su  patria.  Las  poblaciones  del  Morro, 
Santa  Elena ,  Máchala  y  otras  que  están  situadas  en  la  ribera 
izquierda  de  la  Ria  desde  la  capital  á  la  isla  de  Puna,  se  habían 
levantado  contra  el  gobierno  de  Colombia.  Sus  habitantes  co- 
metían asesinatos  y  otros  excesos ,  auxiliados  con  armas  y  mu- 
niciones que  les  suministraba  la  escuadra  peruana.  Siendo  muy 
escasa  la  guarnición ,  el  general  Illingrot  no  se  hallaba  en  apti- 
tud de  enviar  á  largas  distancias  pequeños  destacamentos  que 
podían  ser  cortados  y  destruidos ,  haciéndose  asi  mas  crítica  su 
situación. 

Con  estas  ventajas  que  habia  obtenido  el  comandante  de  la 
escuadra  peruana  don  José  Boterin,  determina  estrechar  el  blo- 
queo de  Guayaquil  y  aun  atacar  la  ciudad  segunda  vez  si  no  se 
le  entrega  (enero  13).  Intima  por  tanto  la  rendición,  tratando  de 
persuadir  al  jefe  colombiano  la  conveniencia  y  aun  necesidad 
que  tenia  de  capitular,  para  no  exponer  á  una  ciudad  casi 
abierta  y  de  madera  á  un  incendio  y  ruina  indefectibles.  Estas 
observaciones  eran  en  su  mayor  parte  exactas ,  pues  las  tres  ba- 
terías que  defendían  á  Guayaquil  no  podían  resistir  por  muchas 
horas  los  fuegos  de  la  fragata  Presidente  y  de  los  otros  buques 
de  guerra  peruanos.  Sin  embargo  el  general  Illingrot  contestó 
con  denuedo  la  intimación,  denegándose  á  la  entrega  que  se  le 
exigía. 

A  pesar  de  esto  continuó  la  discusión  por  medio  de  parla- 
mentarios y  de  una  larga  correspondencia.  Illingrot  envió  á  bordo 
de  la  escuadra  á  los  coroneles  Luzarraga  y  Pareja,  que  presen- 
taron las  bases  de  una  capitulación ,  conforme  á  lo  que  verbal- 
mente  se  habia  convenido  con  el  jefe  enemigo.  Mas  habiendo 
sabido  este  la  sublevación  de  la  villa  y  cantón  de  Daule,  cuyos 
habitantes  asesinaron  al  comandante  Dávalos  y  cometieron  otros 
varfcs  excesos,  no  quiso  ratificar  las  bases  ántes  acordadas; 
pudo  entonces  pasar  tropas  y  elementos  de  guerra  para  auxiliar 
á  los  facciosos,  apostando  sus  fuerzas  sutiles  en  la  boca  del  rio 
Daule,  operación  que  puso  á  Illingrot  en  la  situación  mas  an- 
gustiada. Viendo  que  si  no  activa  una  transacción  pierde  sin 


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Í64  HISTOHlA  ÜE  COLOMBIA. 

remedio  todo  el  departamento ,  envia  de  nuevo  á  los  mismos 
comisionados,  y  el  19  de  enero  firman  un  convenio,  cuyas  prin- 
cipales estipulaciones  fueron  :  primera,  que  si  dentro  de  diez 
dias  no  se  tenia  noticia  de  que  se  hubiera  dado  una  batalla  en- 
tre los  ejércitos  colombiano  y  peruano,  se  evacuaría  la  ciudad 
de  Guayaquil  por  la  guarnición  y  autoridades  departamentales, 
bajo  de  las  mas  expresas  garantías  de  las  personas  y  propieda- 
des; segunda,  que  si  la  batalla  se  perdia  por  los  Colombianos, 
también  se  evacuaría  la  plaza  al  tercer  dia  de  haberse  recibido 
la  noticia  oficial;  tercera,  que  los  buques  de  guerra,  artillería 
y  demás  máquinas  al  servicio  de  la  plaza  se  entregarían  en  ca- 
lidad de  depósito  durante  la  presente  guerra,  sin  que  pudieran 
emplearse  contra  Colombia.  Por  los  artículos  5o  hasta  el  11°  se 
arregló  la  continuación  del  gobierno  municipal  de  Guayaquil 
conforme  á  las  leyes  colombianas ,  el  pago  de  las  deudas  con- 
traidas á  nombre  del  gobierno ,  y  otros  pormenores  sobre  cesa- 
ción de  hostilidades.  Los  comisionados  peruanos  añadieron  dos 
artículos  para  seguridad  de  las  personas  y  propiedades  de  los 
que  hubieran  seguido  su  partido ;  otro  sobre  el  modo  y  tiempo 
de  evacuar  la  plaza,  y  estipulándose  que  en  el  intermedio  no 
se  aumentarían  las  fuerzas  de  ninguna  de  las  partes  conten- 
doras. 

No  habiéndose  recibido  noticia  de  una  batalla  entre  los  beli- 
gerantes, Guayaquil  fué  evacuada  por  las  tropas  colombianas , 
y  el  general  Illingrot  siguió  á  establecer  el  gobierno  en  la  villa 
de  Daule,  salvando  los  archivos,  la  artillería  de  campaña,  lo- 
dos los  pertrechos,  una  imprenta  y  algunos  otros  artículos 
pertenecientes  al  gobierno.  Si  el  jefe  de  Guayaquil  difiere  por 
mas  tiempo  la  celebración  de  este  convenio ,  hubiera  perdido 
todo  el  departamento,  seducido  por  el  oro  y  las  intrigas  de  los 
agentes  y  partidarios  del  Perú.  En  vez  de  esto ,  colocado  en 
Daule  mantuvo  la  correspondencia  con  el  jefe  superior  del  sur 
y  sometió  la  mayor  parte  de  los  pueblos  disidentes,  conservando 
al  mismo  tiempo  á  la  fiel  provincia  de  Manabí,  cuyos  valerosos 
habitantes  hicieron  en  esta  guerra  servicios  muy  distinguidos 
al  gobierno  de  su  patria  (*). 

(1)  £1  general  Illingrot  sufrió  después  un  juicio  militar  por  la  entrega  de 
Guayaquil  á  los  Peruanos.  Mas  como  era  justo  fué  absuelto,  y  su  honor 
quedó  sin  mancilla. 


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CAPÍTULO  XIV.  16Ü 

ínterin  ocurrían  en  las  costas  del  Pacífico  estos  sucesos  des- 
graciados para  Colombia,  el  ejército  peruano  marchaba,  aunque 
lentamente,  por  la  provincia  de  Loja,  con  el  designio  de  ocupar 
los  departamentos  del  Asuay  y  Ecuador.  En  Gonzanamá  al  sud- 
oeste de  la  capital  de  Loja  pubbcó  Lámar  en  22  de  diciembre 
dos  proclamas,  que  mandó  circular  con  profusión.  Dirigíase  la 
primera  a  los  pueblos  del  Ecuador ,  diciéndoles :  «  que  las  ar- 
mas del  Perú  eran  las  de  la  libertad,  que  la  América  entera 
estaba  amenazada  de  perderla,  y  que  debia  levantarse  en  masa 
contra  los  proyectos  ambiciosos  del  dictador  de  Colombia.  » 
Añadia  que  el  único  objeto  que  traía  el  ejército  peruano  era 
romper  el  yugo  que  se  les  habia  impuesto  alevosamente,  y  con- 
tener en  su  origen  el  torrente  de  males  en  que  se  les  pretendía 
sumergir ,  cuyo  grande  beneficio  venia  á  proporcionarles ,  así 
como  lo  habia  ejecutado  en  Bolivia.  Elogiaba  el  ataque  perpe- 
trado contra  el  Libertador  el  25  de  setiembre ,  y  excitaba  á  los 
pueblos  á  que  hicieran  al  gobierno  de  su  patria  una  traición 
que  se  atrevía  á  llamar  generosa.  Esta  proclama  detestable  é 
inmoral ,  que  no  puede  sufrir  el  análisis  de  la  severa  razón , 
fué  acompañada  de  otra  al  ejército  colombiano  que  era  de  la 
misma  calaña.  Decia  que  los  Peruanos  marchaban  contra  algu- 
nos jefes  de  Colombia ,  que  se  habían  prostituido  ignominiosa- 
mente declarándose  por  el  general  Bolívar.  Excitaba  á  los  solda- 
dos á  la  deserción  y  á  que  se  le  unieran  para  exterminar  la 
tiranía ,  conseguido  lo  cual  ofrecía  Lámar  que  su  ejército  se  re- 
tiraría, dando  así  una  relevante  prueba  de  su  desinterés  y  amor 
á  la  gloria. 

Por  desgracia  tales  proclamas  seductoras  y  el  oro  que  los  Pe- 
ruanos derramaban  profusamente,  hicieron  una  impresión  bas- 
tante profunda,  no  en  el  ejército  colombiano,  cuya  moral ,  de- 
cisión y  disciplina  se  mantuvieron  puras  é  inalterables,  sino  en 
los  habitantes  de  la  provincia  de  Loja ;  estos  en  sus  hábitos  é 
inclinaciones  simpatizaban  con  los  Peruanos,  de  cuyo  gobierno 
esperaban  concesiones  que  aumentarían  sus  riquezas ,  y  por 
tales  motivos  se  decidieron  en  favor  del  ejército  peruano.  El 
gobtrnador  Carrion,  sus  parientes  y  demás  personas  de  influjo 
sirvieron  á  los  Peruanos  en  cuanto  los  ocuparon.  Llegó  á  tanto 
la  decisión  de  los  habitantes  de  Loja,  que  ni  aun  espías  se  po- 
dían conseguir  por  los  jefes  colombianos ,  siendo  así  que  los  in- 
vasores las  tenían  fieles  y  en  abundancia ,  de  modo  que  sabían 


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i  »C  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

todos  nuestros  movimientos ,  cuando  nosotros  ignorábamos  los 
suyos.  Es  verdad  que  pagaban  muy  bien  el  espionaje ,  lo  que 
no  podian  hacer  nuestros  jefes,  porque  su  caja  militar  se  ha- 
llaba exhausta.  Tan  grave  mal  se  corrigió  en  gran  parte  luego 
que  las  operaciones  de  la  guerra  se  concentraron  en  la  provin- 
cia de  Cuenca.  Sus  moradores  se  decidieron  por  la  defensa  de 
sus  hogares  y  del  gobierno  de  su  patria,  prestando  al  ejército 
los  mas  importantes  servicios ,  con  una  energía  y  constancia 
dignas  del  mayor  elogio. 

El  enemigo  ocupó  á  Saraguro ,  cuando  una  partida  colom- 
biana de  observación  se  hallaba  en  Ocaña ;  tenia  como  cien 
hombres  mandados  por  el  teniente  coronel  Braun.  El  3  de  enero 
fué  sorprendida  por  una  columna  peruana  de  seiscientos ;  sin 
embargo  de  tamaña  desigualdad,  nuestros  soldados  hicieron 
bastante  daño  á  los  enemigos,  y  Braun,  después  de  haber  com- 
batido heroicamente,  al  principio  á  la  cabeza  de  solo  catorce 
húsares  que  le  siguieron,  se  retiró  sobre  Navon,  perdiendo  once 
hombres,  la  mayor  parte  dispersos. 

Al  mismo  tiempo  el  ejército  colombiano  se  reunia  en  Cuenca 
(enero  21)  regido  por  Flórez.  Mas  habiendo  recibido  el  general 
Sucre  órdenes  terminantes  del  Libertador  para  que  se  encar- 
gase del  mando  civil  y  militar  de  los  tres  departamentos  del 
sur,  con  plenitud  de  facultades  en  todos  los  ramos  de  la  admi- 
nistración ,  y  para  hacer  la  guerra  ó  ajustar  la  paz,  aquel  ilus- 
tre guerrero  viendo  á  su  patria  en  peligro,  acepta  el  encargo 
que  antes  rehusára.  Parte  de  Quito  inmediatamente  y  es  reco- 
nocido en  Cuenca  como  jefe  superior  del  sur,  quedando  Flórez 
de  comandante  en  jefe.  Sucre  anuncia  su  entrada  al  mando  por 
medio  de  una  hermosa  proclama  en  que  manifestaba  los  moti- 
vos que  hasta  entonces  le  habian  impedido  aceptar  el  mando , 
que  entraba  á  desempeñar  —  «  cuando  enemigos  extranjeros , 
ingratos  á  nuestros  beneficios  y  á  la  libertad  que  os  deben,  han 
hollado  las  fronteras  de  la  República.  » 

ce  Colombianos,  anadia,  una  paz  honrosa  ó  una  victoria  es- 
pléndida son  necesarias  á  la  dignidad  nacional  y  al  reposx»  de 
los  pueblos  del  sur.  La  paz  la  hemos  ofrecido  al  enemigo  :  la 
victoria  está  en  vuestras  lanzas  y  bayonetas. 

»  Un  triunfo  mas  aumentará  muy  poco  la  celebridad  de  vues- 
tras hazañas,  el  lustre  de  vuestro  nombre;  pero  es  preciso  obte- 
nerlo para  no  mancillar  el  brillo  de  vuestras  armas.  » 


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CAPÍTULO  XIV.  107 

Después  de  enumerar  en  seguida  los  nombres  de  los  mas 
célebres  combates  de  la  guerra  de  Independencia  colombiana, 
terminaba  así  la  proclama  (enero  28) :  —  «  Cien  campos  de  ba- 
talla, y  tres  repúblicas  redimidas  por  vuestro  valor  en  una  car- 
rera de  triunfos  del  Orinoco  al  Potosí ,  os  recuerdan  en  este 
momento  vuestros  deberes  con  la  patria,  con  vuestras  glorias  y 
con  Bolívar.  » 

Esta  proclama  excitó  el  mas  vivo  entusiasmo  en  el  ejército 
colombiano ,  al  verse  mandado  por  el  segundo  guerrero  de  la 
América  del  Sur.  Las  fuerzas  que  tenia  disponibles  eran  seis 
batallones  de  infantería  con  tres  mil  ochocientos  hombres,  y 
seis  escuadrones  que  contaban  seiscientos  jinetes ,  número  que 
ascendía  apenas  á  la  mitad  de  los  Peruanos.  Sin  embargo  como 
una  gran  parte  era  de  los  antiguos  soldados  que  habían  hecho 
las  campanas  de  la  independencia,  tenian  la  mas  alta  idea  de  sí 
mismos,  se  creían  muy  superiores  á  los  Peruanos,  y  lo  eran  en 
efecto  por  su  moral,  su  disciplina  y  su  entusiasmo  patriótico. 
Al  general  Flórez  y  á  los  dignos  jefes  que  habian  trabajado  á 
sus  órdenes  se  debia  en  mucha  parte  que  tuviera  el  ejército 
aquellas  brillantes  cualidades  para  conservar  ileso  el  honor  na- 
cional. Ellas  eran  tanto  mas  laudables ,  en  cuanto  á  que  jefes , 
oficiales  y  soldados  sufrían  privaciones  de  toda  clase  por  la  es- 
casez de  los  fondos  públicos  ,  sin  que  se  oyeran  ningunas  que- 
jas ,  y  sin  que  el  oro  ni  la  seducción  de  los  jefes  enemigos 
hubiesen  podido  hacer  vacilar  la  fidelidad  de  los  militares  co- 
lombianos. 

Tan  noble  comportamiento  inspiraba  á  nuestros  generales 
esperanzas  las  mas  lisonjeras.  Para  realizarlas  se  movieron  de 
Cuenca  el  29  de  enero  en  busca  del  enemigo ,  cuyas  tropas  si- 
tuadas en  escalones  se  extendían  desde  Navon  hasta  Loja.  Al 
acercarse  nuestra  vanguardia,  los  Peruanos  se  replegaron  preci- 
pitadamente sobre  Saraguro,  donde  se  hallaba  apostado  el  grueso 
del  ejército  en  una  posición  inatacable.  Situóse  el  nuestro  en 
Pagichapa  á  legua  y  media  de  Saraguro. 

Desde  Cuenca  habia  excitado  Sucre  al  general  peruano  á  que 
teftnináran  las  cuestiones  pendientes  por  un  avenimiento ,  y 
que  no  derramasen  la  sangre  de  dos  pueblos  hermanos.  Esta 
abertura  de  negociaciones  hecha  conforme  á  las  órdenes  y  de- 
seos del  Libertador,  en  la  que  Colombia  se  humillaba  algún 
tanto,  proponiendo  la  paz  á  un  enemigo  que  habia  invadido  su 


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|<¡8  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

territorio  y  que  ocupaba  la  provincia  de  Loja ,  fué  contestada 
con  desdeñoso  orgullo  por  Lámar.  Originóse  de  aquí  una  cor- 
respondencia en  que  el  jefe  peruano  dió  á  conocer  sus  miras 
y  deseos  de  trastornar  nuestro  gobierno  aparentando  amor  á 
la  paz.  Ambas  partes  presentaron  sus  bases.  Lámar  dijo  de  las 
que  Sucre  le  pasó  redactadas  en  Oña  por  su  comisionado  el 
coronel  O'Leary,  «  que  mas  bien  parecian  condiciones  durísi- 
mas puestas  en  el  campo  del  triunfo  á  un  pueblo  vencido ,  que 
proposiciones  hechas  á  un  ejército  que  habia  conseguido  ven- 
tajas considerables,  y  que  tenia  todas  las  probabilidades  de  la 
victoria.» 

Instado  el  presidente  del  Perú  á  que  indicara  los  términos 
justos  en  que  pudiera  hacerse  una  transacción ,  dirigió  á  Sucre 
ocho  artículos  (febrero  7),  en  que  exigia  que  Colombia  devol- 
viera al  Perú  todos  los  reemplazos  que  en  virtud  de  un  conve- 
nio solemne  habia  dado  su  gobierno  para  llenar  las  bajas  del 
ejército  auxiliar  colombiano  ;  que  pagára  todos  los  gastos  de  la 
guerra,  y  que  se  dejara  en  libertad  al  departamento  de  Guaya- 
quil á  fin  de  que  se  pronunciára  por  el  gobierno  que  mas  le 
acomodase.  En  estos  mismos  artículos  Lámar  llevando  adelante 
su  propósito ,  desconocía  la  autoridad  del  Libertador  como  jefe 
supremo  de  Colombia,  y  únicamente  le  daba  el  título  de  gene- 
ral Bolívar.  Sucre  le  devolvió  en  el  acto  las  bases ,  haciendo 
notar  su  falta  y  repitiéndole  lo  que  ya  se  le  habia  dicho  — 
«  que  no  se  le  admitiría  documento  alguno  que  tuviera  aquella 
informalidad.  » 

Aunque  eran  inadmisibles  las  bases  propuestas  por  Lámar, 
Sucre  le  invitó  de  nuevo  á  que  nombraran  comisionados  que 
discutieran  las  pretensiones  mutuas.  Quería  dar  esta  nueva  y 
relevante  prueba  de  la  moderación  de  Colombia ,  y  de  que  no 
era  su  gobierno  quien  promovía  la  guerra.  Al  fin  se  convino  en 
la  medida.  Sucre  nombró  al  general  Hérezyal  coronel  O'Lear  y, 
y  Lámar  al  general  Orbegozo  y  al  teniente  coronel  Villa.  Reu- 
niéronse los  dias  41  y  12  de  febrero  en  los  puentes  de  Saraguro 
y  Pagichapa,  y  discutieron  la  minuta  de  bases  presentadas  por 
Lámar.  No  pudiéndose  avenir  los  comisionados,  disolvieron  $or 
unanimidad  las  conferencias.  Los  Peruanos  orgullosos  pensaron 
que  les  sería  fácil  imponer  á  Colombia  las  duras  condiciones  á 
que  sujetaron  á  Bolivia;  y  nuestros  negociadores  estaban  muy 
léjos  de  consentir  en  que  se  diera  la  ley  al  gobierno  de  la  Repú- 


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CAPÍTULO  XIV.  IflO 

blica.  Sus  hijos  tenían  muy  presentes  los  triunfos  de  Junin  y 
Ayacucho,  que  consolidaron  la  Independencia  de  los  Peruanos ; 
estos,  sin  la  ayuda  de  Colombia  y  entregados  á  sí  mismos,  ha- 
brían gemido  largos  años  bajo  el  poder  de  la  España. 

Disuelta  la  comisión  de  paz ,  se  supo  que  el  general  Lámar 
nunca  habia  pensado  en  ella.  El  mismo  diaque  firmaba  la  cre- 
dencial para  un  comisionado ,  disponía  un  movimiento  por  el 
flanco  derecho  de  nuestro  ejército,  á  fin  de  ocupar  á  Cuenca  y 
amenazar  la  espalda  de  los  Colombianos,  procedimiento  innoble 
y  de  mala  fe  como  otros  varios  actos  del  general  peruano  en 
esta  guerra.  En  efecto,  una  columna  ligera  de  trescientos  hom- 
bres se  presentó  delante  de  Cuenca,  patria  de  Lámar;  allí  solo 
existían  nuestros  hospitales,  en  que  habia  quinientos  enfermos. 
£1  prefecto  del  departamento  general  Vicente  González  consiguió 
ponerse  ála  cabeza  de  setenta  convalescientes;  situados  en  la 
torre  de  la  catedral  y  en  la  casa  de  gobierno,  hicieron  tan  vigo- 
rosa resistencia  que  obligaron  á  los  enemigos  á  concederles  una 
capitulación  honrosa,  que  salvó  á  Cuenca  de  un  saqueo.  Nues- 
tros hospitales  se  dispersaron;  pero  en  breve  se  consiguió  reu- 
nir de  nuevo  á  los  enfermos  (febrero  42). 

Habiendo  sospechado  el  general  Sucre  que  todo  el  ejército 
peruano  debía  seguir  el  movimiento  de  la  columna  de  vanguar- 
dia, atravesando  el  valle  insalubre  de  Yunquilla  para  ocupar  á 
Girón,  previno  al  comandante  en  jefe  Flórez  que  mandase  hacer 
un  ataque  brusco  sobre  Saráguro ,  para  desordenar  y  si  fuera 
posible  sorprender  los  cuerpos  de  la  retaguardia  peruana.  El 
general  de  brigada  Luis  Urdaneta  recibió  órden  para  ejecutar 
la  operación  con  la  compañía  de  granaderos  del  Cauca,  y  cuarta 
de  Caracas.  Era  ya  noche  cuando  nuestra  avanzada  compuesta 
de  veinte  soldados  de  Yaguachi  se  presenta  en  el  puente  de  Sa- 
ráguro. El  enemigo  cede  el  puesto  dispersándose,  y  los  fugitivos 
introducen  el  desórden  y  un  pánico  terror  en  los  batallones  nú- 
meros 1°  y  8°,  que  componían  la  tercera  división  y  se  hallabau 
formados  en  la  plaza  del  pueblo  de  Saráguro,  distante  como 
media  legua  del  puente.  El  coronel  Jiménez,  que  los  mandaba, 
hu^e,  y  huyen  también  sus  soldados  en  dispersión,  acompa- 
ñándolos el  gran  mariscal  don  José  Lámar,  pues  creyeron  que 
los  atacaba  todo  nuestro  ejército.  La  oscuridad  de  la  noche  im- 
pidió á  Urdaneta  perseguir  á  los  enemigos,  que  perdieron  sus 
almacenes,  muchos  equipajes,  armamento,  municiones,  ca- 


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170  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

ballos  y  sesenta  prisioneros,  frutos  del  acometimiento  de  veinte 
soldados  colombianos.  Mas  acaeció  la  desgracia  de  que  habiendo 
el  general  ürdaneta  mandado  poner  fuego  á  los  almacenes  de 
los  Peruanos,  se  comunicó  á  otras  casas  y  destruyó  parte  de  la 
población ,  cuyos  habitantes  habían  sido  desleales  al  gobierno 
de  Colombia,  y  sufrieron  justamente. 

Al  siguiente  dia  el  coronel  Luque  á  la  cabeza  del  batallón 
Rifles ,  y  el  comandante  Camacaro  con  un  piquete  del  escuadrón 
Cedeüo,  marcharon  mas  allá  de  Saraguro,  con  el  objeto  de 
recoger  los  fugitivos  de  los  dos  batallones  dispersos.  Estos  jefes 
tomaron  bastantes  prisioneros,  doscientas  muías,  muchos  equi- 
pajes que  el  enemigo  abandonó  en  su  fuga,  y  le  destruyeron 
ochenta  cargas  de  municiones  y  dos  piezas  de  batalla.  Así  fué 
que  la  sorpresa  de  Saraguro  costó  muy  cara  al  ejército  peruano, 
dejándole  escaso  de  municiones,  y  le  manifestó  cuán  precarias 
eran  las  ventajas  que  tanto  decantaba. 

Nuestro  ejército  pudo  atacar  al  enemigo  por  la  espalda;  pero 
habría  tenido  que  entrar  en  el  mortífero  valle  de  Yunguilla ;  por 
tanto  el  general  Sucre  prefirió  emprender  el  13  de  febrero  un 
movimiento  retrógrado  de  Oña  á  Navon.  Desde  aquí  por  una 
marcha  de  flanco  atravesó  la  cordillera,  situándose  en  Girón 
ántes  que  el  enemigo.  Con  esta  hábil  maniobra  cubria  á  Cuenca 
y  al  departamento  del  Ecuador,  é  impedia  que  Lámar  se  pusiera 
en  comunicación  con  sus  fuerzas  de  Guayaquil  y  con  los  faccio- 
sos de  Pasto.  Cuando  el  enemigo  supo  nuestro  arribo  á  Girón, 
se  cargó  hácia  poniente,  situándose  en  muy  buenas  posiciones 
entre  Lenta  y  San  Fernando.  Allí  no  podia  obligársele  á  una 
batalla  sin  muchas  desventajas;  así  nuestro  ejército  se  adelantó 
hácia  la  capital  con  el  designio  de  ocupar  la  llanura  de  Tarqui, 
desde  donde  se  podian  observar  las  maniobras  del  general  pe- 
ruano á  fin  de  aprovecharse  de  cualquiera  desacierto  que  come- 
tiera. Siendo  excesivo  el  frió  en  la  alta  explanada  de  Tarqui,  el 
general  Sucre  dispuso  retrogradar  dos  leguas  mas,  situándose 
el  21  en  Narancay,  cruzero  del  camino  que  desde  San  Fernando 
conduce  á  Cuenca.  Esta  ciudad  habia  sido  evacuada  por  la  co- 
lumna peruana,  que  sufrió  muchas  bajas  ántes  de  incorpoArse 
á  su  ejército. 

El  general  Lámar,  después  de  hacer  varios  reconocimientos 
sobre  Baños  y  Girón  para  distraer  la  atención  de  nuestros  jefes, 
determinó  penetrar  al  Pórtete  de  Tarqui  por  Girón;  en  efecto, 


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CAPÍTULO  XIV.  171 

la  división  del  general  Plaza ,  compuesta  de  dos  batallones  y  un 
escuadrón ,  ocupó  á  Girón  el  24  de  febrero.  Sabiendo  Sucre  que 
el  ejército  peruano  aun  permanecía  en  San  Fernando ,  deter- 
mina atacar  á  Plaza  (febrero  26).  Con  tal  designio  se  pone  en 
movimiento  á  las  tres  de  la  tarde ,  llevando  tres  mil  seiscientos 
hombres  de  pelea;  empero  una  fuerte  lluvia  que  sobreviene  le 
obliga  á  quedarse  en  Tarqui  á  las  siete  de  la  noche. 

Miéntras  descansa  la  tropa,  sabe  que  la  división  Plaza  ocupa 
el  Pórtete  y  que  el  resto  del  ejército  peruano  llegaría  aquella 
misma  tarde  á  Girón.  Resolvió,  pues,  empeñar  una  acción  ge- 
neral y  al  efecto  dió  todas  las  disposiciones  necesarias.  Ciento 
.  cincuenta  hombres  escogidos,  apoyados  por  el  escuadrón  Ce- 
deño,  debían  comenzar  la  batalla  por  una  sorpresa.  El  resto 
del  ejército  continuó  su  marcha  á  las  doce  de  la  uoche,y  cerca 
de  las  cinco  de  la  mañana  del  27  hizo  alto  la  primera  división, 
compuesta  de  los  batallones  Rifles,  Yaguachi  y  Carácas,  á  fin 
de  esperar  á  la  segunda  y  á  la  caballería,  que  estaban  muy  atra- 
sadas. 

El  general  Plaza  ocupaba  una  fuerte  posición  en  la  alta  colina 
del  Pórtete,  defendida  al  frente  por  una  profunda  quebrada :  á 
su  derecha  tenia  breñas  escarpadas,  y  á  su  izquierda  un  bosque 
espeso. 

Al  rayar  el  dia  una  descarga  de  fusiles  anunció  que  princi- 
piaba el  combate  con  el  escuadrón  Cedeño,  y  que  el  capitán 
Piedrahita  se  habia  extraviado.  Rifles  atacó  al  enemigo  por  su 
derecha,  y  en  breve  le  ayudaron  el  destacamento  de  Piedrahita 
y  los  Cazadores  de  Yaguachi.  Al  mismo  tiempo  el  comandante 
general  Flórez,  con  el  resto  de  este  batallón  y  el  de  Carácas,  pe- 
netra por  el  bosque  de  la  izquierda  enemiga.  La  división  Plaza 
cede  al  ataque  combinado  de  nuestros  valientes;  ya  estaba  der- 
rotada cuando  apareció  sobre  la  colina  del  Pórtete  una  gruesa 
columna  de  Cazadores  conducida  por  el  general  Lámar  en  per- 
sona (febrero  27),  que  restableció  por  un  momento  la  pelea  : 
al  mismo  tiempo  subieron  la  colina  dos  batallones  de  la  división 
Gamarra  con  este  jefe  á  su  cabeza.  Entónces  la  batalla  vino  á 
ser  general  entre  mil  quinientos  infantes  colombianos  unidos 
al  pequeño  escuadrón  Cedeño ,  y  cinco  milhombres  de  la  infan- 
tería peruana.  La  resistencia  de  esta  fué  obstinada  entre  las 
breñas  de  nuestra  izquierda.  Mas  no  pudo  sostenerse  contra  el 
ataque  denodado  y  simultáneo  de  Carácas,  Yaguachi,  Rifles  y 


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172  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Cedeño,  reforzados  con  una  sola  compañía  de  Cazadores  del 
Cáuca.  Por  todas  partes  el  enemigo  plega,ysepone  en  completa 
fuga  con  sus  grandes  mariscales  Lámar  y  Gamarra,  á  quienes 
persiguen  vivamente  por  el  desfiladero  que  desde  el  Pórtete 
conduce  á  Girón,  los  comandantes  Alzuru  al  frente  de  Yagua- 
chi,  Guevara  con  parte  de  Caracas,  y  el  coronel  Braun,  que 
dirige  últimamente  á  Cedeño,  mandado  ántes  por  O'Leary.  En 
el  tránsito  hallaron  al  general  Cerdeña,  que  habia  conseguido 
restablecer  el  órden  en  un  fuerte  cuerpo  que  fué  deshecho  por 
el  comandante  Alzuru.  Entre  tanto  Rifles  persigue  á  los  fugiti- 
vos de  la  colina  por  los  bosques  y  pantanos  que  yacen  á  su 
espalda.  Á  las  siete  de  la  mañana  se  habia  terminado  el  com- 
bate. La  segunda  división  colombiana  llegó  con  grande  senti- 
miento suyo,  cuando  ya  todo  estaba  concluido. 

El  enemigo  perdió  en  esta  batalla  mas  de  dos  mil  quinientos 
hombres,  entre  muertos,  heridos,  prisioneros  y  dispersos,  in- 
clusos sesenta  jefes  y  oficiales,  contándose  entre  los  primeros 
al  general  Plaza.  Se  tomaron  muchos  fusiles,  cajas  de  guerra, 
banderas  y  otra  multitud  de  despojos.  Nosotros  perdimos  ciento 
cincuenta  y  cuatro  muertos,  entre  ellos  tres  jefes  y  seis  oficia- 
les, y  tuvimos  doscientos  seis  heridos. 

Fué  muy  distinguida  y  gallarda  en  esta  ocasión  la  conducta 
del  general  Flórez,  á  quien  mataron  su  caballo.  En  la  mayor 
parte  se  le  debió  el  éxito  brillante  de  la  campaña  que  él  habia 
preparado  con  la  disciplina  y  moral  que  inspirar  supo  al  ejér- 
cito del  sur.  El  jefe  superior,  usando  de  las  plenas  facultades 
que  le  habia  conferido  el  Libertador,  le  ascendió  á  general  de 
división  sobre  el  mismo  campo  de  batalla,  y  á  O'Leary  de  bri- 
gada. 

Distinguiéronse  también  los  generales  Hérez  y  Sándes ,  así 
como  los  coroneles  Cordero,  Braun,  León,  Guerra,  Wright  y 
otros  varios  oficiales,  especialmente  los  comandantes  de  los 
cuerpos  Alzuru,  Guevara,  Lak  y  Camacaro;  este,  con  su  se- 
gundo Nadal,  y  Vallarino,  segundo  comandante  de  Yaguachi, 
murieron  arrastrados  por  su  impetuoso  valor,  que  los  condujo 
sobre  una  masa  de  caballería  enemiga,  cuando  iban  desaperci- 
bidos de  tal  riesgo. 

El  general  Sucre  expidió  en  el  mismo  día  un  decreto  de  ho- 
nores y  recompensas  á  los  cuerpos  que  habian  ganado  tan  im- 
portante acción,  concediendo  medallas  á  los  oficiales  y  soldados 


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CAPÍTULO  XIV.  473 

que  combatieron  en  ella.  Debían  tener  este  mote :  —  «  Á  los 
vengadores  de  Colombia  en  Tarqui.  »  Declaraba  que  la  junta 
provincial  del  Asuay  presentaría  su  medalla  al  general  Flórez, 
la  que  debia  tener  la  siguiente  inscripción :  a  El  Asuay  al  ilus- 
tre defensor  del  Sur.  » 

Lo  mas  notable  de  aquel  decreto  era  una  columna  de  jaspe 
que  se  mandaba  erigir  sobre  el  campo  de  batalla,  en  cuyos  tres 
lados  se  leerían  los  nombres  de  los  cuerpos  que  habian  comba- 
tido, de  los  generales  y  jefes,  así  como  de  los  oficiales  y  solda- 
dos muertos.  En  el  lado  opuesto  al  campo  enemigo,  se  pondría 
la  siguiente  inscripción,  en  letras  de  oro :  —  a  El  ejército  pe- 
ruano de  ocho  mil  soldados,  que  invadió  la  tierra  de  sus  liber- 
tadores, fué  vencido  por  cuatro  mil  bravos  de  Colombia,  el  27 
de  febrero  de  4829.  » 

Aun  no  habia  cesado  el  fuego  sobre  el  campo  sangriento  de 
Tarqui,  cuando  el  general  Sucre,  que  diera  á  los  Peruanos  tan 
brillante  prueba  del  valor  colombiano,  quiso  dársela  también 
de  la  moderación  de  sus  jefes  y  de  los  sentimientos  pacíficos 
que  los  animaban  conformes  en  todo  á  los  del  Libertador.  En- 
vió, pues,  un  oficial  adonde  Lámar,  ofreciéndole  una  capitula- 
ción que  salvára  los  restos  de  su  ejército.  Aquel  jefe  preguntó 
cuáles  serían  las  condiciones  y  los  comisionados  para  el  conve- 
nio. El  general  Hérez  y  el  coronel  O'Leary  fueron  nombrados 
inmediatamente,  y  se  suspendió  la  persecución  del  enemigo 
destrozado  en  su  mayor  parte.  Siguiendo  el  general  Sucre  las 
instrucciones  que  tenia  del  gobierno  colombiano,  de  no  abusar 
de  la  victoria,  dió  á  sus  comisionados  como  bases  para  el  ajuste 
de  la  paz  los  mismos  artículos  que  habia  propuesto  en  Oüa  el 
40  de  febrero ,  y  que  Lámar  rechazó  entóncescon  necio  orgullo. 
Tampoco  sus  negociadores  quisieron  admitir  entónces  aquellas 
condiciones,  y  aun  tuvieron  la  osadía  de  pedir  que  Colombia 
abandonára  á  Guayaquil ;  por  esto  se  terminaron  las  conferen- 
cias ya  tarde.  Luego  que  el  general  Sucre  lo  supo,  envió  un 
mensaje  al  jefe  peruano ,  diciéndole :  que  si  no  las  aceptaba  al 
amanecer  del  28,  no  concedería  transacción  alguna,  sin  que 
á  lJs  bases  de  Oña  se  agregára  —  «la  entrega  del  resto  de  sus 
armas  y  banderas,  y  el  pago  efectivo  de  todos  los  gastos  de  la 
guerra.  » 

Lámar  reunió  en  aquella  noche  una  junta  de  guerra,  cuyos 
miembros  por  unanimidad  emitieron  la  opinión  de  que  «  fuera 


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174  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

cual  fuese  el  partido  que  se  adoptára,bien  de  combatir  segunda 
vez,  ó  de  emprender  una  retirada  hacia  las  fronteras  del  Perú, 
el  ejército  se  perderia  infaliblemente  (*).  Por  tanto  que  no  habia 
otro  remedio  sino  capitular. »  En  consecuencia  apénas  rayaba  el 
dia  siguiente  cuando  se  presentó  en  nuestro  campo  un  oficial 
del  estado  mayor,  solicitando  por  medio  de  un  mensaje  de  La- 
mar,  que  se  suspendieran  las  hostilidades.  En  prueba  de  la 
sinceridad  con  que  deseaba  la  terminación  de  las  diferencias 
existentes  entre  las  dos  Repúblicas ,  decia  á  Sucre  que  cono- 
ciendo este  á  todos  los  jefes  del  ejército  peruano,  escogiera  para 
comisionados  que  negociaran  el  convenio  á  los  dos  que  le  ins- 
piráran  mas  confianza  por  su  buena  fe.  El  general  colombiano 
contestó  que  todos  eran  iguales  para  él,  á  pesar  de  que  en  Pa- 
gichapa  habia  manifestado  sus  deseos  de  que  el  gran  mariscal 
Gamarra  fuera  uno  de  ellos. 

Juntáronse  en  efecto  á  las  diez  de  la  mañana  (febrero  28)  los 
comisionados  colombianos  general  Flórez  y  coronel  O'Leary  con 
los  generales  Gamarra  y  Orbegozo  de  parte  del  Perú,  con  plenos 
poderes  de  una  y  otra  parte.  Apelaron  los  últimos  para  sacar 
partido  á  la  generosidad  colombiana  y  á  los  intereses  de  frater- 
nidad que  debian  existir  entre  los  Americanos,  vínculos  sagra- 
dos que  habían  desconocido  los  del  Perú  en  la  guerra  fratricida, 
que  emprendieron  contra  sus  libertadores  por  la  ambición  y 
bajas  pasiones  de  algunos  Peruanos  y  de  extranjeros  residentes 
en  aquel  país.  Tales  artes  y  el  sistema  de  excesiva  é  impolítica 
generosidad  que  el  general  Sucre  habia  determinado  seguir, 
produjeron  sus  efectos.  El  conveuio  se  firmó  el  mismo  dia,  y  el 
4°  de  marzo  fué  ratificado,  quedando  así  terminada  una  cam- 
paña de  treinta  dias,  que  añadió  nuevos  lauros  á  los  jefes,  ofi- 
ciales y  soldados  del  ejército  colombiano. 

Estipulóse  por  el  convenio  de  Girón,  que  las  fuerzas  milita- 
res del  norte  del  Perú  y  del  sur  de  Colombia  se  reducirían  á 
tres  mil  hombres  en  cada  país;  que  se  arreglarían  los  límites 
de  ambos  Estados  por  una  comisión,  á  la  que  serviría  de  base 
y  punto  de  partida  la  división  política  de  los  vireinatos  de  la 
Nueva  Granada  y  del  Perú  en  agosto  de  1809;  que  la  ini§ma 
comisión  liquidaría  la  deuda  del  Perú  á  Colombia,  que  se  pa- 

(1)  Así  lo  dijo  oficialmente  al  congreso  del  Perú  el  secretario  de  la  guerra 
en  una  Memoria. 


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CAPÍTULO  XIV.  175 

garia  dentro  de  diez  y  ocho  meses  ó  eii  el  término  que  se  con- 
viniera; que  se  concederían  los  reemplazos  por  las  bajas  que 
sufrió  el  ejército  colombiano  auxiliar  al  Perú,  y  que  se  daría 
igualmente  una  satisfacción  por  haberse  expelido  al  agente  co- 
lombiano residente  en  Lima.  Se  declaró  que  ninguna  de  las 
partes  contratantes  tenia  derecho  de  intervenir  en  los  negocios 
domésticos  de  la  otra.  Este  punto  y  otros  varios  se  debian  arre- 
glar por  un  tratado  definitivo  de  paz,  á  cuyo  efecto  se  juntarían 
los  comisionados  de  ambas  repúblicas  en  Guayaquil  en  el  mes 
de  mayo  próximo.  Ademas,  se  comprometió  el  jefe  peruano  á 
nombre  de  su  gobierno  á  devolver  la  corbeta  Pichincha,  entre- 
gada por  traición ;  á  pagar  dentro  de  un  año  ciento  cincuenta 
mil  pesos  para  satisfacer  las  deudas  contraidas  por  la  escuadra 
y  ejército  del  Perú  en  los  departamentos  de  Guayaquil  y  Asuay; 
a  desocupar  el  territorio  colombiano  dentro  de  veinte  dias,  de- 
volviendo en  el  mismo  término  la  ciudad  de  Guayaquil  con  su 
marina  y  demás  efectos,  que  los  Peruanos  recibieron  en  depó- 
sito, levantándose  también  el  bloqueo  de  los  puertos  colombia- 
nos del  Pacífico.  Por  último  se  declaraban  las  seguridades  ó 
garantías  que  tendrían  los  Colombianos  en  el  Perú,  y  los  Pe- 
ruanos en  Colombia ;  que  se  solicitaría  de  los  respectivos  go- 
biernos un  decreto  de  amnistía  para  todas  las  personas  que  se 
hubieran  comprometido  en  la  presente  guerra ;  y  que  en  esle 
tratado  preliminar  quedaría  iniciada  una  alianza  defensiva 
entre  las  dos  repúblicas,  contra  toda  agresión  extranjera  que 
atentara  destruir  la  independencia  y  los  derechos  nacionales. 
Convínose  en  que  las  bases  anteriores  serían  forzosas  para  el 
tratado  definitivo  que  debia  celebrarse. 

En  el  estado  en  que  se  hallaba  el  ejército  peruano,  destruido 
en  su  mayor  parte,  perdida  su  moral  y  enteramente  desalen- 
tado, estas  concesiones  del  jefe  colombiano  parecieron  á  todo 
el  mundo  demasiado  Amplias,  y  que  Sucre  habia  consultado 
en  ellas  mas  bien  á  la  generosidad  de  su  noble  corazón,  que  á 
las  exigencias  de  la  política  y  de  los  intereses  de  su  patria.  En 
hora  buena  que  no  hubiese  abusado  de  la  victoria,  ni  humi- 
llado las  armas,  ni  al  pueblo  peruano,  motivos  que  él  mismo 
decia  á  su  gobierno  que  habian  influido  en  su  conducta.  Em- 
pero debió  exigir  garantías  suficientes  para  asegurar  la  devolu- 
ción de  la  importante  plaza  de  Guayaquil  y  la  termiuaciou  de 
la  guerra.  No  habiéndolo  hecho,  es  claro  que  se  dejó  engañar 


» 


t 

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476  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

por  Lámar  y  sus  negociadores,  y  que  en  la  mayor  parte  perdió 
el  fruto  de  Ja  victoria  y  de  tantos  sacrificios  como  hasta  entón- 
ces  habia  costado  la  guerra. 

Sucre  podia  alegar  en  su  defensa  que  sus  tropas  hambrientas 
carecían  enteramente  de  vituallas,  que  era  difícil  conseguir. 
Era  también  cierto  que  durante  el  combate  se  habian  deser- 
tado muchos  de  los  reclutas  que  se  hallaban  en  las  filas  colom- 
bianas, lo  que  disminuyó  considerablemente  su  número.  Parece 
que  estos  motivos  influyeron  en  la  resolución  que  adoptara  de 
negociar. 

El  ejército  peruano,  reducido  á  dos  mil  quinientos  hombres, 
restos  de  ocho  mil  cuatrocientos  con  que  invadiera  á  Colombia, 
emprendió  su  retirada  el  2  de  marzo  por  la  ruta  de  Loja,  que  se 
le  habia  trazado.  Su  jefe  Lámar,  que  se  precipitó  en  aquella 
guerra  impendo  por  su  envidia,  por  su  odio  personal  hácia  el 
Libertador  y  por  el  de  un  partido  peruano  que  se  movia  por 
las  mismas  innobles  pasiones,  no  sacó  de  la  campaña  mas  que 
ignominia.  Habia  soñado  dar  la  ley  á  Colombia  y  abatir  al  Li- 
bertador quitándole  el  mando  por  medio  de  revoluciones  y 
motines  promovidos  entre  los  Colombianos;  pero  halló  muy 
pocos  traidores  á  su  patria.  Así  vió  disiparse  en  Tarqui  sus  lo- 
cas esperanzas  de  ser  el  primer  capitán  de  la  América  del  Sur, 
venciendo  á  Bolívar  y  á  Sucre.  Añaden  algunos  que  tampoco 
pudo  realizar  otras  miras  harto  criminales  en  favor  de  la  Es- 
paña, de  quien  varios  le  creian  un  agente  secreto,  hecho  que  no 
podemos  asegurar  (i). 

Derrotado  y  completamente  humillado  el  ejército  peruano, 
veamos  ahora  la  suerte  que  habia  cabido  á  los  auxiliares  que 
Obando  capitaneaba  en  el  valle  insalubre  de  Patía,  y  sobre  todo 
en  las  rocas  de  Pasto.  Este  partidario  alimentaba  en  el  mes  de 
enero  el  entusiasmo  de  los  Pastusos  con  mil  y  mil  cuentos. 
Unas  veces  les  decia  que  iban  á  triunfar  porque  veinte  y  cinco 
mil  Peruanos  habian  destruido  al  ejército  del  gobierno  y  ocu- 
pado á  Quito,  motivo  por  el  cual  se  retiraba  Flórez  de  los  Pas- 
tos ;  otras  fingía  triunfos  y  revoluciones  hechas  por  su  partido 
que  aseguraba  les  darían  bien  pronto  una  victoria  decisiva^ 

Para  desvanecer  estas  ilusiones,  y  atraer  á  los  pueblos  sedu- 
cidos, el  Libertador  dió  una  proclama  á  los  habitantes  de  las 

(1)  Véase  la  nota  15*. 


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CAPÍTULO  XIV. 


177 


provincias  de  Popayan  y  Pasto,  elogiando  á  los  que  se  habían 
mantenido  fíeles  ásus  deberes,  y  disculpando  á  los  extraviados. 
Expidió  también  el  26  de  enero  un  amplio  decreto  de  perdón 
y  olvido  á  todas  las  personas  comprometidas  en  la  revolución 
con  tal  de  que  se  presentárau  dentro  de  veinte  dias  á  prestar 
juramento  de  fidelidad  al  gobierno  de  la  República,  deponiendo 
ántes  las  armas.  En  el  mismo  decreto  se  conminaba  con  la 
pena  de  muerte  á  los  que  continuáran  haciendo  la  guerra  al 
gobierno  ó  reincidieran  en  este  delito. 

Tan  amplia  amnistía,  apoyada  por  el  prestigio  del  Libertador, 
por  una  pastoral  del  reverendo  obispo  de  Popayan,  y  una  co- 
misión de  paz  compuesta  de  los  respetables  eclesiásticos  docto- 
res Mariano  ürrutia,  José  María  Grueso  y  Belisario  Gómez,  pro- 
dujo los  mas  felices  resultados.  Los  jefes  de  guerrillas  que  ha- 
bían seguido  á  Obando,  Manuel  María  y  Jacinto  Córdoba,  Manuel 
María  Vargas  y  otros,  así  como  la  parroquia  y  el  valle  entero 
de  Patía,  quedaron  pacificados  y  obedientes  al  gobierno  dentro 
de  pocos  dias,  y  la  insurrección  confinada  al  cantón  de  Pasto. 

El  Libertador,  que  deseaba  ardientemente  volar  al  Ecuador 
con  las  fuerzas  veteranas  de  que  se  componía  la  división  Cór- 
doba, la  hizo  partir  de  Popayan  el  10  de  febrero,  y  él  mismo 
siguió  en  pos  de  ella.  Iba  adelante  la  comisión  de  paz  que 
anunciaba  el  perdón  y  olvido.  Obando  y  los  comisionados  por 
la  municipalidad  de  Pasto  tuvieron  en  el  puente  del  Mayo  y 
en  el  rio  Juanambú  algunas  conferencias  con  los  eclesiásticos 
portadores  del  decreto  de  amnistía.  Eran  muchas  sus  exigen- 
cias y  pretendían  dar  la  ley  al  Libertador  haciendo  una  capitu- 
lación escrita,  que  firmaron  en  la  Cañada  y  cuya  ratificación 
pedían  como  si  fuera  un  tratado  entre  naciones  beligerantes. 
Mas  el  Libertador  la  imprueba,  y  el  2  de  marzo  expide  un 
decreto  en  el  puente  del  Mayo,  que  fué  aceptado  por  Obando  y 
los  Pastusos.  Üióles  por  este  una  amnistía  plena,  de  vidas, 
propiedades  y  empleos,  haciéndoles  algunas  otras  concesiones. 
Las  principales  fueron,  que  en  el  cantón  de  Pasto  no  se  exigi- 
ría en  un  año  contribución  alguna  ordinaria  ó  extraordinaria; 
estS  como  indemnización  de  los  males  que  habían  sufrido  sus 
habitantes,  ni  se  tomarían  reclutas  por  el  mismo  tiempo ;  que 
á  Obando  se  le  conservaría  en  la  comandancia  de  Pasto,  deján- 
dole las  armas  que  tenia ;  que  allí  sería  empleado  López,  y  se 
premiaría  según  sus  méritos  y  servicios  a  los  demás  jefes  y  ofi- 

TOMO  IV.  12 


♦ 


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i'H  HlSTUltlA   1)R  COLUMUIA. 

cíales  que  estaban  actualmente  sirviendo  en  Pasto.  También  se 
eximió  de  responsabilidad  á  los  jefes  y  subalternos  por  todos 
los  efectos  que  hubieran  tomado  para  el  sostenimiento  de  las 
tropas  disidentes.  En  esta  concesión  general  se  comprendían  las 
barras  y  tejos  de  oro  de  particulares  que  habían  quitado  á  un 
correo  de  Barbacoas  y  repartídose  entre  los  insurrectos ;  conce- 
dióles aun,  que  pudieran  introducir  dicho  oro  en  la  casa  de 
moneda  de  Popayan  sin  pagar  derechos,  pues  dijeron  que  ya 
los  habían  satisfecho  al  colector  de  rentas  de  Pasto  (i). 

Bolívar,  arrastrado  por  la  necesidad  de  oponerse  á  los  Perua- 
nos, se  vio  compelido  á  hacer  tan  excesivas  concesiones :  él 
solo  pensó  en  evitar  la  sangre  que  podía  correr  en  las  formida- 
bles rocas  del  Juanambú,  y  en  abrirse  paso  para  defender  el 
territorio  colombiano.  Esperaba  que  medidas  posteriores  po- 
drían asegurar  la  tranquilidad  del  país,  y  que  su  generosidad 
le  ganaría  el  afecto  de  Obando,  López  y  de  los  Pastusos.  El 
orgullo  de  estos  creció,  jactándose  de  haber  dado  la  ley  al  pre- 
sidente de  la  República,  y  desde  Popayan  al  Guaitara  los  pue- 
blos quedaron  bajo  la  férula  de  Obando  y  de  sus  guerrilleros, 
cuyos  sueldos  se  mandaron  pagar  de  preferencia  á  los  de  los 
fieles  servidores  de  la  patria.  Bolívar  cometía  con  frecuencia 
este  defecto ;  era  excesivamente  generoso  con  sus  enemigos,  á 
quienes  pretendía  ganar,  y  muchas  veces  olvidaba  á  sus  ami- 
gos, de  cuyo  afecto  se  creia  seguro.  Con  esta  singular  conducta 
no  ganaba  á  sus  encarnizados  enemigos  y  perdía  el  cariño  de 
sus  partidarios. 

Habiendo  quedado  libres  con  el  decreto  de  2  de  marzo  el 
paso  del  Juauainbú  y  las  fortificaciones  que  Obando  y  los  Pas- 
tusos habían  hecho  en  Matab.ijoy,  el  Libertador  se  trasladó  á 
Pasto,  cuyos  sencillos  habitantes  le  recibieron  con  júbilo  é  hi- 
cieron demostraciones  de  un  puro  regocijo,  lo  mismo  que  sus 
jefes,  empleados  y  corporaciones.  Pareció  que  la  reconciliación 
había  sido  sincera,  según  las  muestras  que  dieron  al  Liberta- 
dor de  sumisión  y  respeto.  El  mismo  Obando  publicó  una  pro- 
clama á  los  habitantes  de  Pasto  y  de  Patía,  llamando  á  los 
Peruanos,  que  antes  eran  sus  auxiliares,  pérfidos  de  la  tierra1,  y 
excitando  á  los  Pastusos  á  que  marcharan  en  pos  —  «  del  gran 
soldado  que  les  diera  gloria,  patria  y  libertad.  » 

(1)  Véase  la  nota  16». 


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<:apítuí.o  xiv.  179 

Al  siguiente  dia  de  baber  entrado  en  Pasto  supo  el  Liberta- 
dor los  brillantes  sucesos  de  las  armas  colombianas  en  el  sur, 
y  poco  después  recibió  el  convenio  de  Girón.  Partió  en  conse- 
cuencia para  Quito,  deseoso  de  activar  el  tratado  definitivo  de 
paz,  del  que  debían  ser  preliminares  los  artículos  del  men- 
cionado convenio  :  el  17  de  marzo  arribó  á  la  capital  del 
Ecuador. 

Pocos  dias  estuvo  el  Libertador  presidente  en  la  ilusión  de 
que  se  hubiera  terminado  la  guerra.  Como  desde  el  campo  de 
Girón  habían  partido  los  generales  colombianos  Cordero  y 
Sándes,  junto  con  el  ayudante  general  de  Lámar,  don  Manuel 
de  Porras,  los  primeros  á  recibir,  y  el  último  á  mandar  entre- 
gar la  plaza  de  Guayaquil,  se  aguardaba  con  ansia  el  resultado. 
Este  de  ningún  modo  fué  satisfactorio.  Súpose  que  á  los  comi- 
sionados de  Colombia  se  les  habia  mantenido  como  presos  en  la 
corbeta  Libertad,  sin  permitirles  ir  á  tierra,  por  disposición  del 
coronel  don  José  Prieto,  comandante  de  las  fuerzas  peruanas 
en  Guayaquil ;  súpose  también  que  este  jefe  habia  reunido  el 
i  2  de  marzo  una  junta  de  guerra,  que  determinó  que  no  se 
cumpliera  con  la  devolución  de  la  plaza,  hasta  no  recibir  órde- 
nes directas  del  gobierno  peruano;  que  entre  tanto  cesaran  las 
hostilidades  si  de  parte  de  Colombia  se  concedía  un  armisticio 
de  cuarenta  y  cinco  dias ;  de  lo  contrario  que  se  continuara  la 
guerra.  De  esta  manera  un  jefe  subalterno  tomó  aparentemente 
sobre  sí  la  responsabilidad  de  romper  un  convenio  solemne  que 
celebró  el  jefe  de  su  gobierno  revestido  por  el  congreso  peruano 
con  facultades  omnímodas  para  hacer  la  guerra  y  ajustar  la 
paz.  Pero  este  procedimiento  fué  hijo  de  la  negra  perfidia  del 
gran  mariscal  Lámar.  Su  mismo  ayudante  Pórras  llevó  á  Prieto 
la  órden  para  que  no  devolviera  la  plaza,  hecho  que  se  averi- 
guó con  evidencia ;  así  como  que  los  jefes  peruanos  habían  fir- 
mado el  convenio  de  Girón  con  el  objeto  de  impedir  un  se- 
gundo combate,  al  que  las  reliquias  de  su  ejército  no  podían 
resistir,  é  infaliblemente  morirían  ó  serian  hechos  prisioneros. 
Con^razon,  pues,  hemos  dicho  que  Sucre  se  dejó  engañar, 
creyendo  que  los  jefes  peruanos  participaran  de  los  nobles  y 
caballerosos  sentimientos  que  animaban  al  gran  mariscal  de 
Ayacucho. 

Un  oficio  de  Lámar  á  este,  fechado  enGonzanamá,  cuando  ya 
los  restos  miserables  de  su  ejército  estaban  fuera  del  alcance 


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180  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

del  nuestro,  vino  á  descorrer  enteramente  el  velo  que  cubría 
su  mala  fe  (marzo  47).  En  aquel  documento  se  quejaba  de  los 
términos  en  que  estaba  concebido  el  parte  de  Sucre  á  su  go- 
bierno sobre  la  batalla  de  Tarqui,  el  que  decia  era  injurioso  á  las 
armas  del  Perú ;  como  también  de  asesinatos  de  oficiales  prisione- 
ros, y  de  otros  actos  de  venganza  que  ocurrieron  en  Tarqui  sin 
noticia  ni  consentimiento  de  los  jetes  principales  del  ejército  co- 
lombiano, los  que  no  podían  por  tanto  ser  responsables.  Insistia 
mucho  sobre  el  deshonor  que  resultaría  al  Perú  de  que  se  eri- 
giese en  el  campo  de  Tarqui  la  columna  decretada  por  Sucre,  para 
perpetuar  la  memoria  de  su  espléndido  triunfo,  decreto  que  ha- 
bi a  precedido  al  convenio  de  Girón.  Apoyado  en  tan  fútiles  argu- 
mentos, decia  Lámar  haber  dado  órdenes  para  que  se  suspen- 
diera la  devolución  de  Guayaquil,  y  el  cumplimiento  de  los 
tratados  de  Girón,  mientras  se  destruían  aquellos  documentos 
odiosos  y  se  dabau  al  Perú  condignas  satisfacciones.  «  De  otro 
modo,  anadia,  será  indispensable,  violentando  los  deseos  de  la 
República  peruana,  que  en  realidad  aspira  á  una  paz  que  no 
manche  su  honor  ni  comprometa  su  responsabilidad,  volar  á 
impedir  que  se  fije  ese  monumento  de  infamia.  »  Ridicula  fan- 
farronada que  de  ningún  modo  se  acordaba  con  el  estado  mise- 
rable de  su  ejército. 

Este  al  retirarse  por  la  provincia  de  Loja  cometió  graves  ex- 
cesos contra  los  pueblos  indefensos ,  saqueando  sus  propiedades 
y  asesinando  aun  á  personas  distinguidas,  como  á  dos  indivi- 
duos de  la  familia  de  Valdivieso ,  manifestando  así  la  rabia  que 
devoraba  á  los  Peruanos  por  su  malhadada  invasión.  Á  pesar 
de  haber  recogido  algunos  dispersos  y  varios  destacamentos, 
Lámar  pudo  apénas  reuuir  dos  mil  seiscientos  hombres  de  todas 
armas,  cuando  repasó  el  rio  Macará  en  22  de  marzo.  Acanto- 
náronse los  restos  en  la  provincia  de  Piura ,  donde  sus  jefes  se 
dedicaron  á  reorganizarlos ,  y  á  aumentar  su  número  para  la 
continuación  de  la  guerra. 

El  Libertador,  confiado  en  la  buena  fe  con  que  juzgó  algunos 
dias  que  se  cumplirían  las  estipulaciones  de  Girón ,  habia  dado 
órdenes  para  despedir  del  servicio  militar  á  los  reclutas  y  á  las 
milicias;  pero  desengañado  de  que  en  la  administración  pe- 
ruana presidida  por  Lámar  no  habia  fe  alguna ,  por  muy  so- 
lemnes que  fueran  sus  comprometimientos,  vió  que  se  hallaba 
Colombia  en  la  triste  necesidad  de  continuar  la  guerra.  En 


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CAPÍTULO  XIV.  181 

consecuencia  dictó  las  providencias  mas  activas  para  aumentar 
el  ejército,  para  que  la  división  Córdoba  situada  en  Pasto  se 
acercara  á  Quito ,  y  para  que  continuaran  sus  marchas  al  Ecua- 
dor varios  cuerpos  veteranos  de  tropas  acantonados  por  escalo- 
nes desde  Popayan  hácia  el  norte.  Dispuso  también  que  el  mi- 
nistro de  la  guerra  general  Urdaneta  formara  un  ejército  de 
reserva  de  cuatro  mil  hombres  en  los  departamentos  de  Boyacá 
y  Cundinamarca.  Mas  lo  que  atribulaba  al  Libertador  y  á  su 
gobierno  en  aquellas  circunstancias  difíciles  era  la  escasez  de 
fondos  públicos  para  ocurrir  á  los  gastos  de  la  guerra ,  la  mise- 
ria de  los  pueblos,  especialmente  del  sur,  donde  era  su  teatro, 
y  lo  cansados  que  se  hallaban  del  estado  continuo  de  agitación 
en  que  por  tantos  años  habia  estado  Colombia  :  sus  habitantes 
deseaban  paz  y  reposo;  empero  la  paz  y  el  reposo  huían  de  sus 
hogares. 

Para  calmar  los  espíritus  y  manifestar  á  los  pueblos  sus  ar- 
dientes deseos  de  paz  y  sus  miras  futuras ,  el  Libertador  dio 
una  proclama  (abril  3)  en  que  decia  á  los  Colombianos  no  ha- 
berse cumplido  el  convenio  de  Girón,  y  que  eran  precisos  nue- 
vos sacrificios  y  combates  para  recuperar  á  Guayaquil.  Pero 
que  reintegrado  el  territorio  de  la  República  pediría  la  paz  á 
los  vencidos.  «  Tan  moderada  conducta,  añadía,  desmentirá  á 
la  faz  del  universo  nuestros  proyectos  de  conquistas  y  la  in- 
mensa ambición  que  nos  suponen.  Y  si  después  de  estos  rasgos 
de  noble  desinterés  y  de  desprendimiento  absoluto,  nos  com- 
baten todavía,  nos  calumnian  y  nos  quieren  oprimir  con  la  opi- 
nión del  mundo,  responderemos  en  los  campos  de  batalla  con 
nuestro  valor,  y  en  las  negociaciones  con  nuestros  derechos.  » 

Estos  mismos  eran  los  sentimientos  que  animaban  al  Liber- 
tador desde  que  envió  al  comisionado  O'Leary,  los  que  nunca 
desmintiera  durante  la  cuestión  peruana.  Así  contestaba  victo- 
riosamente á  las  negras  calumnias  é  invectivas  que  se  publica- 
ban en  Lima  contra  sus  proyectos  de  dominación  y  de  conquista, 
los  que  se  repetían  por  la  imprenta  en  Buenos  Aires  y  aun  en 
Méjico.  El  brillo  de  Colombia,  sus  triunfos  espléndidos,  y  la 
autoridad  ilimitada  concedida  temporalmente  á  Bolívar,  la  que 
se  suponía  arrancada  á  los  pueblos  por  la  fuerza ,  habían  exci- 
tado en  esta  época  la  envidia,  los  zelos  y  temores  infundados 
en  las  nuevas  Repúblicas  americanas ,  de  que  pretendiera  Co- 
lombia extender  su  dominación  á  los  Estados  limítrofes.  Bolívar 


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182  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

contestaba  á  estas  calumnias  y  desconfianzas  manifestando  una 
gran  moderación,  que  debia  llegar  hasta  donde  lo  permitiera 
el  honor  nacional. 

Como  este  exigia  prontas  y  enérgicas  medidas  para  vindi- 
carlo, arrojando  á  los  Peruanos  del  importante  departamento 
de  Guayaquil,  dedicóse  el  Libertadora  promover  desde  Quito 
aquella  empresa.  El  mando  de  las  tropas  que  debían  acometerla 
se  confió  al  general  Flórez,  porque  Sucre  después  del  triunfo 
de  Tarqui  y  del  arribo  del  presidente  al  Ecuador,  se  habia  reti- 
rado nuevamente  á  la  vida  privada,  que  hacía  entonces  sus 
delicias.  Puesto  Flórez  á  la  cabeza  de  algunos  cuerpos  se  avanza 
hasta  Samborondon  en  las  llanuras  de  Guayaquil,  saliendo  sus 
tropas  victoriosas  en  pequeños  é  insignificantes  combates.  Em- 
pero la  naturaleza  oponia  obstáculos  insuperables  para  la  ocu- 
pación de  la  ciudad  capital  en  los  meses  de  abril  y  mayo.  Las 
llanuras  bajas  que  la  rodean  estaban  cruzadas  por  ríos,  que 
saliendo  de  su  cauce  en  la  estación  de  las  lluvias  forman  este- 
ros, caños  y  lagunas  intransitables  para  tropas.  Ademas,  los 
Peruanos  dominaban  los  ríos  navegables  con  sus  fuerzas  sutiles, 
y  con  los  buques  mayores  la  ria  de  Guayaquil ;  así  era  imposi- 
ble avanzar  contra  un  enemigo  que  no  presentaba  cuerpo  al- 
guno que  se  pudiera  batir. 

Añadióse  á  tan  graves  dificultades  la  de  haber  sido  reforzada 
la  guarnición  de  Guayaquil  con  dos  batallones  de  infantería,  que 
contaban  mil  cuatrocientos  hombres,  y  cuatro  escuadrones  con 
trescientos  ochenta  y  cinco  jinetes  (abril  18).  Lámar  enviaba 
estas  fuerzas  desde  Piura  á  las  órdenes  del  general  Necochea , 
oficial  bien  distinguido  como  jefe  de  caballería  y  como  ene- 
migo del  Libertador.  Ascendieron  entónces  las  tropas  que 
guarnecían  á  Guayaquil  á  mas  de  dos  milhombres,  fuera  de  la 
escuadra  y  buques  menores  (i). 

Con  estos  refuerzos  vino  á  ser  inútil  y  aun  peligrosa  la  per- 
manencia del  general  Flórez  en  Samborondon  :  hizo,  pues,  un 
movimiento  retrógrado  situándose  en  Baba.  Entre  tanto  el  ge- 
neral Illingrot  ocupaba  siempre  la  villa  y  cantón  de  Daule  con 
algunas  fuerzas.  * 

Esta  retirada  excitó  el  orgullo  de  los  Peruanos;  mas  en  breve 
sufrieron  un  golpe  funesto  y  en  extremo  sensible.  Tal  fué  el 

(1)  Véase  la  nota  17«. 


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cap/tilo  xiv. 

incendio  repentino  y  destrucción  de  la  fragata  Presidente  en  la 
ria  y  á  ménos  de  una  milla  distaute  de  Guayaquil.  Una  vela 
encendida  que  un  mozo  dejó  caer  sobre  un  poco  de  aguardiente 
el  18  de  mayo  fué  causa  del  fuego ,  que  se  descubrió  ya  muy 
avanzado.  La  tripulación  abandonó  el  buque  y  este  ardió  desde 
launa  hasta  las  cuatro  de  la  tarde,  á  cuya  hora,  prendiéndose 
el  almacén  de  pólvora  hizo  la  explosión  ,  y  abriéndose  el  casco , 
se  hundió.  Los  habitantes  de  la  ciudad  huyeron  despavoridos  á 
los  campos,  temiendo  que  esta  se  arruinara;  pero  felizmente  la 
explosión  fué  ménos  de  lo  que  se  esperaba  y  se  redujo  á  la  des- 
trucción de  la  fragata  con  todos  los  aprestos  navales  que  en  ella 
existían,  pues  nada  se  pudo  salvar. 

Entre  tanto  el  Libertador  se  hallaba  en  Quito,  ocupado  en  al- 
gunos arreglos  de  administración  para  aliviar  á  los  departa- 
mentos meridionales  de  los  males  que  sufrían  por  la  continua- 
ción de  la  guerra  y  por  otras  varias  causas.  Á  fin  de  conseguirlo, 
obteniendo  antes  los  mas  seguros  informes  acerca  de  los  hechos 
existentes,  estableció  en  Quito  una  junta  que  llamó  de  distinto, 
compuesta  de  catorce  miembros ,  dos  por  cada  provincia  de  las 
siete  en  que  estaban  divididos  los  departamentos  del  Ecuador, 
Guayaquil  y  Asuay.  Sus  principales  objetos  debian  ser :  pre- 
sentar al  gobierno  toda  clase  de  peticiones  y  memorias  útiles  á 
las  provincias  del  sur;  formar  provéelos  de  decretos  y  regla- 
mentos sobre  la  hacienda  pública  y  demás  ramos  de  la  adminis- 
tración; dar  su  opinión  fundada  acerca  de  los  decretos  de  la 
administración  general  de  la  República,  que  fueran  perjudicia- 
les ó  inadaptables  á  los  departamentos  del  sur;  evacuar  final- 
mente los  informes  que  el  gobierno  pidiera  á  la  junta  respecto 
de  las  personas  capaces  de  desempeñar  los  destinos  públicos 
dentro  del  distrito,  y  denunciar  á  los  que  por  su  incapacidad  ó 
mala  conducta  no  merecieran  obtenerlos.  El  mismo  Libertador 
escogiólos  miembros  de  la  junta,  á  la  que  debía  presidir  el 
jefe  superior,  y  por  su  falla  el  doctor  José  Fernández  Salvador. 
Algunos  creían  que  iban  á  resultar  grandes  bienes  de  los  traba- 
jos de  esta  junta;  otros  opinaban  que  se  aumentarían  los  regla- 
mentos excepcionales  y  se  harían  mas  heterogéneas  las  leyes  de 
Colombia. 

También  se  ocupaba  el  Libertador  en  reunir  tropas  y  au- 
mentar el  ejército  para  hacer  al  Perú  una  guerra  activa  que  le 
arrancara  la  paz ,  deseo  dominante  de  Bolívar.  Había  tentado 


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184  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

cuantos  medios  le  parecieron  compatibles  con  el  honor  nacio- 
nal, á  fin  de  que  el  gobierno  peruano  cumpliera  el  convenio  de 
Girón,  aun  dirigiéndose  al  vicepresidente  don  Manuel  Salazar, 
que  mandaba  en  Lima.  Á  sus  insinuaciones  de  paz  respondían 
Lámar  y  sus  partidarios  con  un  grito  de  guerra,  que  lanzaba  su 
amor  propio  ofendido  por  la  ignominia  que  cayera  sobre  ellos 
en  los  campos  de  Tarqui.  Arrastrado  por  estos  sentimientos  de 
irritación,  el  ministro  de  relaciones  exteriores  en  Lima  pu- 
blicó un  manifiesto  ridículo  en  su  mayor  parte,  sobre  los  moti- 
vos que  tenia  el  Perú  para  no  cumplir  el  convenio  y  capitula- 
ción de  Girón.  Fundábase  en  que  Lámar  no  pudo  celebrarlo 
porque  solo  era  general  en  jefe ,  y  que  necesitaba  ser  aprobado 
por  el  congreso ;  sin  acordarse  que  este,  en  su  decreto  de  20  de 
mayo  de  1828,  habia  autorizado  á  Lámar  para  retener  el  mando 
político ,  aunque  se  hallase  al  frente  del  ejército ,  y  que  todo 
general  puede  capitular  cuando  lo  exige  una  necesidad  impe- 
riosa, como  la  derrota  de  Tarqui.  Anadia  que  las  estipulacio- 
nes firmadas  en  Girón  eran  ignominiosas  á  pesar  de  no  haberse 
exigido  en  ellas  sino  lo  que  el  Perú  habia  prometido  hacer  desde 
ántes ,  como  el  pago  de  las  deudas  contraidas  para  obtener  su 
independencia,  el  arreglo  de  límites  ofrecido  muchas  veces, 
dar  reemplazos  y  devolver  á  Guayaquil,  ciudad  que  se  le  habia 
entregado  en  depósito. 

Apoyado  el  gobierno  del  Perú  en  tan  frivolos  como  injustos 
pretextos,  anunció  que  no  le  eran  obligatorias  las  estipulaciones 
de  Girón.  En  consecuencia  se  dedicó  muy  activamente  á  juntar 
tropas  y  recursos  de  toda  clase  para  dirigirlos  hácia  Piura  y 
Guayaquil ,  á  fin  de  contrarestar  los  esfuerzos  de  Colombia  y 
del  Libertador.  Mas  para  conseguirlo  era  preciso  exigir  á  los  pue- 
blos nuevos  y  costosos  sacrificios,  y  ya  estaban  cansados  con  los 
que  dieron  para  la  invasión  que  Lámar  hizo  en  el  territorio 
colombiano ;  estos  en  su  mayor  parte  fueron  perdidos  en  la 
campaña ,  tanto  por  la  mala  administración  é  imbecilidad  de 
aquel  general ,  como  por  la  disipación  de  los  jefes  y  oficiales 
subalternos ,  muchos  de  los  cuales  se  apropiaban  las  caballerías 
y  otros  objetos  arrancados  á  los  pueblos  para  el  ejército.  Nfoti- 
vos  tan  poderosos  daban  fuerza  á  un  partido  de  oposición  al 
gobierno  de  Lámar,  el  que  declamaba  contra  la  guerra ,  y  opi- 
naba que  debia  ajustarse  la  paz.  Esperábase ,  aunque  vaga- 
mente, que  este  principio  de  choque  en  las  opiniones  y  partidos 


t 


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CAPÍTULO  XIV. 


18:í 


políticos  en  el  Perú  proporcionaría  acaso  al¿;un  feliz  desenlace 
á  Colombia  para  conseguir  la  paz ,  sin  que  fuera  necesario  der- 
ramar nuevamente  la  sangre  americana.  Sérias  desavenencias 
y  hasta  una  sublevación  habían  ocurrido  en  el  Cuzco ,  según 
las  noticias  que  circulaban. 

Deseoso  el  Libertador  de  aprovechar  cualquiera  circunstan- 
cia que  se  le  presentára ,  salió  de  Quilo  el  24  de  mayo  y  se  de- 
tuvo algunos  dias  en  Riobamba.  Estaba  decidido  á  seguir  con 
la  división  Córdoba  y  otros  cuerpos  veteranos  á  hacer  una  rá- 
pida excursión  contra  la  provincia  de  Piura  á  fin  de  batir  y  dis- 
persar al  ejército  peruano  que  allí  existia.  Habían  llegado  á  su 
noticia  las  desavenencias  de  sus  jefes,  y  aun  sabia  confusamente 
que  se  tramaba  una  revolución  que  sería  favorable  á  Colombia. 
Mas  habiéndosele  informado  que  estaba  ya  sufocada,  varió  de 
resolución ,  decidiéndose  á  seguir  sobre  Guayaquil.  Influyó  en 
la  variación  del  plan  el  incendio  de  la  fragata  Presidente.  Era 
esta  una  pérdida  irreparable  para  el  gobierno  del  Perú  ,  sobre 
todo  en  aquellas  circunstancias.  En  virtud  de  las  activas  provi- 
dencias del  gobierno  de  la  República ,  navegaban  ya  hácia  el 
Pacífico  la  hermosa  fragata  Colombia  y  la  corbeta  Urica.  Debían 
seguir  la  misma  ruta  la  fragata  Cundinamarca  y  otra  corbeta. 
No  habia  duda  alguna  de  que  con  estos  cuatro  buques  y  aun 
con  los  dos  primeros  tendríamos  en  el  Pacífico  una  superiori- 
dad decidida,  si  duraba  la  guerra  contra  el  Perú  (1). 

En  la  fragata  Cundinamarca  siguieron  á  Puertocabello  el  ge- 
neral Santander ,  Arganil ,  Canijo  y  otros  de  los  conspiradores 
ó  personas  que  por  sus  exaltadas  opiniones  precedentes  se  man- 
daron trasladar  á  Venezuela,  donde  se  les  permitía  residir.  San- 
tander estuvo  preso  en  Cartagena  en  el  castillo  de  Bocachica 
desde  diciembre  último.  El  gobierno  del  Libertador  habia  temido 
que  poniéndole  en  libertad,  sus  fuertes  y  rencorosas  pasiones  le 
impelieran  á  unirse  á  los  Peruanos,  y  volver  armado  contra  su 
patria.  Esta  detención  fué  el  origen  de  repetidas  quejas  y  re- 


fí)  La  fragata  Colombia  arribó  sola  á  Guayaquil  después  de  ajustada  la 
paz  con  el  Perú,  y  pasado  algún  tiempo  se  quemó  en  aquella  ría.  La  Urica 
regresó  de  Montevideo  por  un  motín  de  los  oÜciales  contra  el  comandante. 
Brown ;  pero  el  señor  Juan  María  Gómez ,  nuestro  encargado  de  negocios 
en  el  Brasil,  consiguió  devolverla  á  Venezuela,  adonde  arribára  el  año 
siguiente. 


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186  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

presentaciones  que  dirigiera  al  Libertador  contra  la  estrechez 
de  su  prisión  y  el  celo  con  que  se  le  supervigilaba.  Habiendo 
pedido  algunas  veces  que  se  le  permitiera  salir  á  un  país  ex- 
tranjero, Bolívar  autorizó  al  consejo  de  ministros  para  que  de- 
cidiera si  convenia  ó  no  darle  tal  permiso.  La  decisión  fué  con- 
cedérselo y  prevenir  al  prefecto  de  Cartagena  que  le  enviára  á 
Puertocabello  en  la  fragata  Cundinamarca,  lo  que  se  verificó  en 
el  mes  de  julio. 

El  Libertador  realizó  inmediatamente  su  determinación  de 
marchar  hácia  Guayaquil  á  la  cabeza  de  varios  refuerzos  á  fin 
de  apoderarse  de  aquella  plaza  y  completar  el  reintegro  del 
territorio  colombiano.  Situado  en  Baba  resuelve  ocupar  de 
nuevo  á  Saborondon  (junio  16);  lo  ejecuta  por  una  marcha  rá- 
pida, pues  las  tropas  del  Perú  se  retiran  á  la  plaza  después  de 
un  tiroteo  que  hubo  con  nuestras  fuerzas  de  tierra ,  y  algunos 
esquifes  ó  pequeños  buques  de  guerra  que  se  habian  armado. 
En  seguida  el  ejército  continuó  sus  marchas  hasta  que  el  26  de 
junio  fijó  Bolívar  su  cuartel  general  en  Buijo,  hacienda  situada 
en  la  confluencia  de  los  hermosos  rios  de  Babahoyos  y  Daule,  á 
fin  de  acercarse  á  Guayaquil. 

Aun  tenia  graves  dificultades  que  superar  para  la  ocupación 
de  aquella  plaza  por  lo  anegadizo  y  mal  sano  del  país,  y  por  la 
multitud  de  rios  y  caños  que  lo  cortan,  dominados  en  su  mayor 
parte  por  los  buques  y  fuerzas  sutiles  del  enemigo.  Motivos  tan 
poderosos  han  hecho  decir  á  los  conocedores,  que  el  Libertador 
se  equivocó  enteramente  al  emprender  esta  campaña  sobre 
Guayaquil  en  una  época  del  año  en  que  nada  ó  muy  poco  po- 
día adelantar,  por  los  obstáculos  insuperables  que  oponía  el 
país  anegado,  las  fuerzas  sutiles  de  los  Peruanos,  y  lo  insalubre 
del  clima.  Aseguran  que  cerca  de  tres  mil  hombres  perecieron 
entonces  víctimas  desgraciadas  de  las  fiebres  y  de  otras  enfer- 
medades. La  campaña  sobre  Guayaquil  debió  diferirse  para 
una  época  mas  oportuna,  pues  en  aquella  no  parecía  probable 
que  se  pudiera  tomar  la  plaza.  Sin  embargo ,  de  repente  vinie- 
ron á  allanar  el  camino  de  la  paz  revoluciones  que  hacía  aljjun 
tiempo  se  fraguaban  en  el  Perú. 

Ya  hemos  indicado  el  descontento  de  los  pueblos  por  los 
grandes  sacrificios  que  les  obligaban  á  hacer  para  la  guerra  con- 
tra Colombia,  guerra  en  que  no  veían  objeto  alguno  nacional , 
sino  el  saciar  las  pasiones  vengativas  de  Luna-Pizarro,  Neco- 


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CAPÍTULO  XIV.  187 

enea,  Lámar  y  de  otros  que  la  sostenían  por  su  odio  contra  el 
Libertador.  Ambiciosos  intrigantes  se  apoderaron  de  tan  justo 
descontento  para  elevarse  sobre  ¿as  ruinas  del  partido  Lámar, 
que  no  tenia  hombres  de  talentos  gubernativos,  y  que  babia  re- 
ducido casi  todos  los  ramos  de  la  administración  peruana  á  un 
verdadero  cáos.  Aprovechándose  de  estas  favorables  circunstan- 
cias, y  de  que  Lámar  era  un  extranjero  nacido  en  Colombia  , 
los  generales  don  Antonio  Gutiérrez  de  Lamente,  y  don  Agus- 
tín Gamarra,  obrando  de  consuno ,  determinan  apoderarse  al 
mismo  tiempo  del  gobierno  supremo  y  del  mando  en  jefe  del 
ejército  del  norte.  Lamente  acababa  de  llegar  á  Lima  con  la 
tercera  división  del  ejército  formada  en  el  sur  y  destinada  á 
Guayaquil,  viaje  que  repugnaba  á  todos  los  que  la  componían. 
Así,  poniéndose  de  acuerdo  con  el  mismo  Lamente  los  princi- 
pales jefes  y  oficiales  le  dirigen  desde  la  quinta  de  la  Magdalena 
una  larga  representación  en  que  le  pintan  los  males  que  sufría 
la  patria  á  causa  de  la  guerra  en  que  se  habia  comprometido  á 
la  nación ;  porque  Lámar  no  era  presidente  legítimo ,  y  porque 
—  «  un  gobierno  (tales  eran  sus  palabras)  nulo ,  sin  prestigio , 
sin  respeto  y  sin  sistema ,  no  prometía  ninguna  esperanza.  » 
En  consecuencia  pedían  á  Lafuente  que  se  resolviese  á  asumir 
el  mando  político  y  militar  de  la  República  y  á  reunir  pronta- 
mente la  representación  nacional  á  fin  de  que  eligiera  el  jefe 
que  en  lo  sucesivo  debia  mandar.  Concluían  con  la  protesta  de 
todos  los  revolucionarios  —  «  de  que  estaban  decididos  á  salvar 
el  país  á  cualquiera  costa.  » 

Seguro  del  triunfo  por  tener  á  su  devociou  la  única  fuerza  que 
existia  en  Lima,  el  general  Lafuente  determina  encargarse  del 
gobierno.  Abandonado  el  vicepresidente  don  Manuel  de  Salazar 
y  Baquijano  dimitió  su  destino  en  Lafuente,  cuya  renuncia  fué 
aceptada  en  5  de  junio  por  la  diputación  permanente  del  con- 
greso. Al  siguiente  dia  Lafuente  se  hizo  cargo  del  poder  ejecu- 
tivo con  el  título  de —  « jefe  supremo  provisorio ,»  miéntras  se 
instalaba  el  congreso,  lo  que  debia  ser  pronto.  Con  la  hipocresía 
acostumbrada  por  algunos  de  los  jefes  militares  de  nuestras 
mamadadas  repúblicas  dijo  á  los  Peruanos ,  que  asumía  el 
mando  supremo  porque  de  lo  contrario  —  a  se  haria  responsa- 
ble ante  Dios  y  los  hombres,  si  desoyese  la  voz  de  los  pueblos 
y  del  ejército,  que  habían  clamado  por  que  se  pusiera  al  frente 
de  los  enemigos.  » 


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188 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


Casi  al  mismo  tiempo  que  habia  sucedido  este  cambiamiento 
en  Lima,  ocurrió  otro  semejante  en  Piura.  El  gran  mariscal  don 
Agustín  Gamarra  dirigió  en  7  de  junio  una  larga  carta  al  gene- 
ral Lámar  concebida  en  el  tono  de  la  amistad ,  pero  que  conte- 
nia duras  verdades.  Decíale  que  el  Perú  caminaba  á  una  abso- 
luta ruina  por  los  desaciertos  de  su  gobierno,  y  por  los  partidos 
que  por  do  quiera  habia  promovido ;  que  estaba  dominado  por 
la  facción  de  Luna-Pizarro  y  daba  su  confianza  á  jóvenes  inex- 
pertos ;  que  el  descontento  era  general  y  que  se  hallaban  con- 
movidos los  departamentos  del  sur,  sin  que  él  lo  supiera;  que 
el  Perú  estaba  decidido  á  no  sufrir  por  mas  tiempo  el  ultraje  de 
su  constitución  política ,  que  prevenía  rigiera  a  la  nación  un 
Peruano  de  nacimiento,  y  que  Lámar  no  lo  era.  Concluía  acon- 
sejándole que  fuera  generoso  y  renunciára  con  decoro  el  mando 
que  obtenía  inconstitucionalmente ,  para  que  lo  ejercieran  los 
Peruanos,  verdaderos  interesados  en  la  felicidad  de  su  patria ; 
añadía  que  él  estaba  decidido  á  satisfacer  los  deseos  de  sus  com- 
patriotas. 

Consejos  dados  con  tanta  decisión ,  apoyados  en  tales  moti- 
vos, y  en  la  fuerza  del  ejército  del  norte,  que  estaba  seducido 
contra  su  jefe,  eran  obligatorios  y  una  verdadera  revolución. 
Así  no  quedó  á  Lámar  otro  arbitrio  que  renunciar  la  dirección 
de  la  guerra  contra  su  patria,  y  el  mando  en  jefe  de  las  armas, 
en  el  mismo  general  Gamarra.  Este  le  hizo  embarcar  dentro  de 
dos  dias,  y  le  deportó  á  la  república  de  Centro-América.  Justo 
castigo  que  le  diera  la  Providencia  por  los  males  que  habia  he- 
cho sufrir  á  los  pueblos  y  por  la  sangre  derramada  en  la  guerra 
entre  Colombia  y  el  Perú ,  debidos  á  las  pasiones  de  Luna-Pi- 
zarro, de  Lámar,  de  Vidaurre  y  del  partido  que  los  sostenía  (i). 

En  el  momento  que  cayó  aqueste  partido ,  enemigo  gratuito 
de  Colombia  y  del  Libertador,  la  opinión  pública  del  Perú  les 
dió  la  justicia  y  por  todas  partes  la  imprenta  anatematizó  la 
guerra  que  se  nos  hacía ,  como  impolítica ,  injusta  é  innecesa- 
ria. Lamente  y  Gamarra  fueron  los  órganos  principales  de 
aquella  opinión,  y  justificaron  completamente  á  Colombia  j  al 

(1)  Murió  Lámar  dentro  de  poco  en  su  destierro,  probablemente  de  pena, 
olvidado  como  hombre  público  de  todo  el  mundo,  y  sin  patria;  una  ambi- 
ción desmedida  le  hizo  atacar  á  la  suya,  donde  podia  haber  obtenido  altos 
honores  y  distinciones  por  las  vías  legales. 


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CAPÍTULO  XIV.  t 80 

Libertador.  Bastará  oir  al  primero  en  su  proclama  inaugural : 
«  Una  guerra ,  decía ,  insensata  y  fratricida  provocada  artificio- 
samente con  depravados  designios ;  una  invasión  del  territorio 
extranjero  ejecutada  con  la  mas  insigne  indiscreción ;  la  cam- 
paña que,  dirigida  por  las  máximas  mas  obvias  del  arte  militar, 
hubiera  debido  producir  laureles  á  nuestros  bravos  guerreros , 
terminada  con  desdichas  é  inmerecido  oprobio ;  los  valientes 
salvados  de  las  consecuencias  primeras  de  la  ineptitud,  conde- 
nados después  á  perecer  lastimosamente ;  el  nombre  peruano 
sin  mancilla  en  medio  de  los  antiguos  reveses  de  la  fortuna , 
ahora  pronunciado  con  desprecio  por  las  naciones  y  con  baldón 
por  un  pueblo  hermano;  la  constitución  y  las  leyes  holladas  por 
satisfacer  privados  é  innobles  resentimientos  y  para  arrancar  á 
la  indigencia  contribuciones  onerosas  destinadas  á  fomentar  la 
funesta  lucha;  los  campos  yermos,  las  familias  desoladas,  cega- 
dos todos  los  manantiales  de  la  prosperidad  pública...  hé  aquí 
en  bosquejo  el  triste,  el  espantoso  cuadro  que  presenta  el  Perú, 
cuando  debia  ya  saborear  en  paz  y  alegría  los  goces  de  la  abun- 
dancia y  de  la  dicha  social.  0 

Conforme  á  estos  principios  anunció  Lafuente  en  la  misma 
proclama  que  uno  de  los  objetos  primordiales  que  se  proponía 
era :  «  la  celebración  de  un  convenio  que  suspendiese  las  hosti- 
lidades que  estaban  causando  el  escándolo  de  América.  »  Así 
fué  que  al  comunicar  á  Gamarra los  acontecimientos  del  5  de  ju- 
nio, le  confirmó  en  su  destino  de  general  en  jefe  del  ejército  del 
norte,  y  le  previno  —  «  que  inmediatamente  se  pusiera  en  co- 
municación con  el  jefe  de  las  fuerzas  colombianas ,  á  fin  de 
tratar  sobre  la  celebración  de  un  convenio  militar  ó  suspensión 
de  hostilidades,  que  subsistiera  hasta  tanto  estuviese  reunido  el 
congreso,  y  deliberase  sobre  la  gran  cuestión  de  la  paz  ó  de  la 
guerra.  » 

En  breve  supo  el  Libertador  estos  sucesos ,  y  que  á  conse- 
cuencia de  ellos  el  general  Necochea  y  seis  jefes  mas  de  la  divi- 
sión que  guarnecía  á  Guayaquil,  habían  dimitido  sus  respecti- 
vos mandos  embarcándose  para  el  Callao;  en  consecuencia  el 
gobierno  de  la  plaza  recayó  en  el  coronel  español  de  nacimiento 
don  Miguel  Benavídes.  Intimó,  pues,  á  este  que  la  entregára  en 
cumplimiento  del  convenio  de  Girón.  Habiendo  contestado  que 
tenia  órdenes  expresas  de  sostenerla  á  todo  trance,  añadió :  que 
el  Libertador  podia  entenderse  con  el  general  Gamarra,  y  que 


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190 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


si  para  esto  creyese  necesario  un  armisticio ,  estaba  pronto  á 
ajustarlo,  siempre  que  fuese  bajo  de  condiciones  justas.  Des- 
pués de  algunas  otras  contestaciones  el  coronel  Benavídes  envió 
al  cuartel  general  de  Buijo  á  don  Francisco  del  Valle-Riestra , 
jefe  de  su  estado  mayor.  Este  se  puso  de  acuerdo  con  el  general 
Cordero,  nombrado  por  parte  del  Libertador  (junio  27) ,  y  fir- 
maron una  suspensión  de  hostilidades  por  mar  y  tierra.  Debia 
durar  mientras  regresaba  el  coronel  Antonio  Guerra ,  que  se 
habia  embarcado  la  noche  anterior  en  Guayaquil  para  ir  en  co- 
misión á  Piura  cerca  del  mariscal  Gamarra.  Entre  tanto  las 
fuerzas  de  cada  una  de  las  partes  contendoras  ocuparían  las 
posiciones  que  tenían  en  la  actualidad. 

La  misión  del  coronel  Guerra  habia  provenido  de  una  exci- 
tación muy  satisfactoria  que  el  gran  mariscal  Gamarra  dirigió 
al  Libertador  desde  Piura;  oficio  que  contenia  las  mismas  ideas 
emitidas  por  Lamente,  que  ya  hemos  copiado,  y  aun  otras  mas 
explícitas.  En  él  se  confesaban  los  esfuerzos  que  repetidas  veces 
habia  hecho  Colombia  para  evitar  ó  terminar  una  guerra  in- 
justa ó  fratricida ,  cuya  culpa  se  atribuía  enteramente  á  la  ad- 
ministración del  presidente  Lámar  y  de  sus  partidarios.  Ga- 
marra terminaba  su  nota  proponiendo  un  armisticio  por  noventa 
dias,  hasta  que  instalado  el  congreso  peruano,  acto  que  debia 
realizarse  en  todo  el  mes  de  julio,  dicha  corporación  autorizára 
al  jefe  del  gobierno  provisorio  para  nombrar  los  plenipotencia- 
rios que  acordaran  el  tratado  definitivo  de  paz,  la  que  el  Perú 
deseaba  ardientemente.  Á  fin  de  promover  en  Lima  este  feliz 
resultado ,  el  Libertador  envió  de  comisionado  á  aquella  capital 
á  su  edecán  el  coronel  Uemarquet.  Este  llevaba  una  nota  oficial 
y  una  carta  particular  de  Bolívar  dirigida  al  jefe  provisional  del 
Perú;  manifestábale  los  sentimientos  pacíficos  que  le  animaban 
y  la  esperanza  que  le  hacía  concebir  la  nueva  administración 
de  que  se  ajustara  la  paz  siu  derramar  nuevamente  la  sangre 
americana  en  combates  fratricidas,  que  habia  procurado  evitar 
hasta  entónces  no  atacando  á  Guayaquil  á  pesar  de  la  superio- 
ridad de  sus  fuerzas. 

La  comisión  á  Piura  del  coronel  Guerra  tuvo  feliz  resultaao. 
En  iO  de  julio  ajustó  un  convenio  militar  con  el  teniente  coro- 
nel don  Juan  Agustín  Lira ,  y  el  mismo  dia  fué  ratificado  por 
el  general  en  jefe  del  ejército  peruano.  Estipulábase  en  él : 
primero,  un  armisticio  de  sesenta  dias  por  mar  y  tierra ,  y  la 


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CAPÍTULO  XIV.  <!M 

cesación  del  bloqueo  de  las  costas  y  puertos  colombianos  del 
Pacífico ;  y  segundo,  la  devolución,  dentro  de  seis  dias  después 
de  obtenida  la  ratificación  del  Libertador,  de  la  plaza  y  depar- 
tamento de  Guayaquil,  sin  la  cual  el  gobierno  colombiano  ha- 
bía protestado  que  no  podia  continuar  negociación  alguna. 
Respecto  de  los  buques,  enseres  y  demás  útiles  que  se  entrega- 
ron á  los  Peruanos  con  dicha  plaza ,  se  estipuló  que  continua- 
rían en  depósito  hasta  la  ratificación  del  tratado  definitivo  de 
paz,  sin  que  en  ningún  caso  se  pudiera  hacer  de  ellos  un  uso 
hostil  contra  Colombia.  Se  convino  en  que  comisionados  de  Co- 
lombia y  del  Perú  se  ocuparian  tan  pronto  como  fuera  posible 
en  concluir  las  negociaciones  para  el  tratado  definitivo  de  paz 
dentro  de  los  sesenta  dias  del  armisticio,  que  se  prorogarian  en 
caso  necesario.  También  se  arreglaron  otros  puntos  de  menor 
importancia  sobre  las  cuestiones  pendientes  entre  ambas  repú- 
blicas. El  Libertador  ratificó  este  convenio,  que  puso  término  á 
la  guerra,  mas  no  á  los  sacrificios  de  los  pueblos.  Mientras  la 
paz  no  estuviera  basada  en  un  tratado  definitivo  ,  era  preciso 
mantener  en  buen  pié  el  mismo  ejército,  que  era  demasiado 
gravoso  á  las  escasas  rentas  de  Colombia,  y  principalmente  á 
los  arruinados  departamentos  del  Ecuador,  Guayaquil  y  Asuay. 
Esta  consideración  desesperaba  á  Bolívar,  y  por  tanto  se  propo- 
nía activar  la  celebración  del  tratado. 

La  ciudad  de  Guayaquil  fué  entregada  y  ocupada  por  nues- 
tras tropas  (julio  21),  entrando  en  ella  el  Libertador  á  los  seis 
dias  de  ratificado  el  convenio.  Con  la  misma  fidelidad  desocu- 
paron los  Peruanos  los  demás  pueblos  del  departamento  que 
estaban  eu  su  poder,  quedando  así  libre  el  territorio  colom- 
biano. Empero  en  el  de  Guayaquil  se  veían  ruinas  por  todas 
partes,  consecuencias  funestas  de  la  guerra  que  por  tantos  me- 
ses lo  habia  desolado.  Mas  la  presencia  del  Libertador  era  un 
consuelo  para  sus  habitantes ;  pues  con  sus  altas  facultades  po- 
dia remediar  en  mucha  parte  los  males.  Dedicóse  á  esto  auxi- 
liándole eficazmente  Flórez,  nombrado  comandante  general  del 
departamento. 

Sfli  embargo  no  duraron  mucho  estas  esperanzas.  Bolívar 
cayó  gravemente  enfermo  desde  el  3  de  agosto ,  y  estuvo  en 
riesgo  inminente  de  morir  hasta  el  10,  en  que  principió  á  mejo- 
rarse. Padeció  un  violento  ataque  de  nervios  y  de  cólera-morbo 
con  fuerte  calentura.  Esta  grave  enfermedad ,  que  le  dejara  dé- 


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192  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

bil  y  extenuado,  provino  en  parte  del  clima  insalubre  en  la 
estación  del  invierno,  y  de  los  cuidados  de  la  campaña;  pero  se 
atribuyó  principalmente  á  una  fuerte  pasión  de  ánimo  causada 
por  los  continuos  ataques  y  escritos  que  se  publicaban  contra 
él  en  los  nuevos  Estados  de  la  América  ántes  española  ;  casi  to- 
dos sus  actos  y  pasos  se  le  interpretaban  mal ,  se  le  atribuían 
intenciones  que  no  abrigaba,  y  se  le  calumniaba  atrozmente. 
Esta  conspiración  general  contra  él  afectó  sobre  manera  su  ar- 
diente imaginación  y  su  exquisita  sensibilidad ;  por  poco  le 
cuesta  la  vida  (*).  Para  reponer  su  salud  tuvo  que  trasladarse  á 
la  isla  de  Santay  al  frente  de  Guayaquil  (agosto  31). 

Por  este  tiempo  expidió  el  Libertador  la  célebre  circular, 
para  que  los  pueblos  emitieran  libremente  sus  opiniones  por  la 
imprenta  ó  de  cualquier  otro  modo  legal,  sobre  la  forma  de  go- 
bierno y  la  constitución  que  debiera  adoptar  el  próximo  con- 
greso constituyente,  y  acerca  del  jefe  de  la  administración  que 
se  hubiese  de  elegir.  Explícitamente  decia  en  ella,  —  «  que  él 
no  tenia  ninguna  mira  personal  relativa  á  la  naturaleza  del  go- 
bierno ,  ni  de  la  administración  que  debia  presidirlo ;  así  que 
todas  las  opiniones,  por  exageradas  que  parecieran,  serian  igual- 
mente bien  acogidas ,  con  tal  que  se  emitieran  con  moderada 
franqueza  y  no  fueran  contrarias  á  las  garantías  individuales  ó 
á  la  Independencia  nacional.  » 

En  esta  misma  circular  se  decia  que  los  colegios  electorales 
podían  dar  instrucciones  á  los  representantes  en  el  congreso.  Sin 
embargo  de  que  previno  el  Libertador  presidente  al  ministro 
del  interior  que  enviára  dicha  circular  al  resto  de  Colombia,  el 
consejo  de  ministros  acordó  que  se  cumpliera  la  órden ,  pero 
suprimiendo  el  párrafo  que  trataba  sobre  dar  instrucciones  á  los 
diputados  que  se  eligieran  para  el  congreso  constituyente.  Pa- 
recióle dicho  pasaje  contrario  á  los  principios  del  sistema  repre- 
sentativo, según  los  cuales  no  se  deben  dar  instrucciones  á  los 
diputados  á  las  que  se  les  obligue  á  sujetarse.  Las  intenciones 
del  Libertador  eran  muy  puras  y  patrióticas.  Deseaba  que  se 
iniciára  una  discusión  racional  sobre  las  reformas  que  debieran 
hacerse  en  nuestra  constitución,  á  fin  de  que  el  congreso  fiíturo 
conociera  la  opinión  nacional  bien  pronunciada  ya,  cuando 
abriera  sus  sesiones.  Mas  la  Providencia  habia  dispuesto  que 

(1)  Véase  la  nota  18". 


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CAPÍTULO  XIV. 


193 


dicha  circular  en  vez  de  remedio  fuera  un  tósigo  mortal  para 
Colombia. 

El  mismo  dia  31  de  agosto,  en  que  se  expidiera  en  Guaya- 
quil, se  instaló  en  Lima  el  congreso  peruano.  El  comisionado 
del  Libertador,  coronel  Demarquet,  habia  sido  muy  bien  reci- 
bido por  el  gobierno  de  aquella  república,  á  quien  dió  los  mas 
ventajosos  informes  de  los  sinceros  votos  que  su  comitente  ha- 
cía por  la  paz  y  buena  armonía  entre  Colombia  y  el  Perú.  De- 
marquet habia  activado  por  cuantos  medios  le  fué  posible  la 
mas  pronta  instalación  de  aquel  cuerpo.  Dependía  de  sus  actos 
el  nombramiento  del  ministro  que  debía  negociar  el  tratado 
definitivo  de  paz ,  suceso  que  deseaban  ardientemente  los  go- 
biernos de  ambas  repúblicas :  el  de  Colombia  para  disminuir  su 
ejército  y  ocuparse  de  su  organización  interior,  y  el  del  Perú 
porque  el  ajuste  de  la  paz  era  una  condición  necesaria  para  la 
existencia  de  la  nueva  administración.  Esta  habia  sido  recibida 
con  entusiasmo  por  los  pueblos,  principalmente  porque  espera- 
ban haría  la  paz  :  ellos  detestaban  la  guerra  y  al  partido  de 
Lámar,  Luna-Pizarro  y  demás  que  la  habían  hecho  declarar  y 
sostenido  con  exaltación. 

El  congreso  nombró  presidente  provisorio  al  gran  mariscal 
Garaarra,  y  Lafuente  obtuvo  la  vicepresidencia.  Este  en  su  men- 
saje dirigido  al  congreso  justificó  nuevamente  á  Colombia  y  al 
Libertador,  siendo  el  órgano  de  la  opinión  nacional.  —  «  Una 
guerra,  dijo ,  suscitada  con  el  único  y  esencial  objeto  de  saciar 
odios  y  venganzas  individuales,  arrebatando  á  una  república 
amiga  y  hermana  la  porción  mas  cara  de  sus  posesiones,  habia 
expuesto  á  la  nuestra  á  ser  el  despojo  del  extranjero.  Ni  los  re- 
veses de  nuestros  bravos  en  la  jornada  del  Pórtete,  ni  los  últi- 
mos sacrificios  arrancados  á  nuestra  espirante  patria ,  bastaron 
á  calmar  el  furor  y  encono  de  la  facción  opresora ;  guerra  y  ex- 
terminio eran  su  divisa.  » 

Apenas  abrió  el  congreso  sus  sesiones,  que  con  su  consenti- 
miento y  aprobación  fué  nombrado  don  José  Larrea  y  Loredo 
mimstro plenipotenciario  para  negociarla  paz  en  Guayaquil, 
quien  se  embarcó  inmediatamente.  Era  Larrea  antiguo  amigo 
del  Libertador  y  ministro  de  hacienda  cuando  Bolívar  man- 
daba en  el  Perú  :  escogiósele  expresamente  á  fin  de  que  la 
amistad  consiguiera  lo  que  no  pudiese  obtener  la  diploma- 
cia. Por  parte  de  Colombia  fué  nombrado  el  señor  Pedro 

TOMO  IV.  13 


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194  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Gual,  bien  conocido  por  sus  talentos  y  conocimientos  diplo- 
máticos. 

Decidido  como  habia  mucho  tiempo  que  se  hallaba  el  Liber- 
tador á  restablecer  la  paz  con  el  Perú,  entre  otros  poderosos 
motivos  para  demostrar  que  ni  él  ni  Colombia  tenian  la  des- 
mesurada ambición  que  les  atribuían  sus  calumniadores  (se- 
tiembre 15),  recibió  á  Larrea  con  las  mayores  consideraciones. 
Abriéronse  inmediatamente  las  conferencias,  cuyo  primer  re- 
sultado fué  prolongar  el  armisticio  por  sesenta  dias.  Sin  em- 
bargo de  la  estrechez  y  mezquindad  de  las  instrucciones  que 
su  gobierno  diera  al  ministro  del  Perú,  hallándose  Bolívar  en 
la  firme  persuasión  de  que  sería  necesario  concederle  una  paz 
honrosa  y  justa,  opinión  que  era  también  la  del  ministro 
Gual,  este  prescindió  como  buen  negociador  de  todos  aquellos 
puntos  que  podian  mortificar  el  orgullo  del  Perú,  y  cuya  omi- 
sión no  perjudicára  al  honor  y  prosperidad  de  Colombia.  Ba- 
sada así  la  negociación,  y  siguiendo  principios  tan  concilia- 
dores, ella  fué  corta,  y  el  22  de  setiembre  se  firmó  en  Guaya- 
quil el  tratado  definitivo  de  paz,  que  anhelaban  y  era  tan 
necesario  á  ambas  repúblicas.  Envióse  sin  tardanza  á  Lima  y 
á  Bogotá ;  en  la  primera  ciudad  debia  aprobarlo  el  congreso,  y 
en  la  segunda  el  consejo  de  Estado,  ántes  de  extenderse  las 
correspondientes  ratificaciones. 

En  este  documento  importante,  después  de  prometerse  los 
gobiernos  de  ambas  repúblicas  una  paz  y  amistad  perpétuas,  se 
reducían  las  fuerzas  militares  de  las  fronteras  al  pié  de  par, 
devolviéndose  todos  los  prisioneros.  Estipulábase  que  los  límites 
de  las  dos  repúblicas  serian  los  mismos  que  tenian  los  vireina- 
tos  de  la  Nueva  Granada  y  del  Perú  ántes  de  su  Independencia, 
con  las  solas  variaciones  que  juzgáran  conveniente  acordar 
entre  sí,  haciéndose  recíprocamente  cesión  de  aquellos  territo- 
rios que  contribuyeran  á  que  la  línea  divisoria  fuese  mas  natu- 
ral, exacta  y  capaz  de  evitar  competencias.  Para  conseguirlo  se 
acordó  que  cada  parte  nombraría  una  comisión  compuesta  de 
dos  individuos,  la  que  debia  comenzar  sus  trabajos  dentro^de 
cuarenta  dias  después  de  la  ratificación  del  tratado,  recorriendo 
y  rectificando  la  línea  divisoria  que  principiaría  desde  el  rio 
Túmbes  en  el  océano  Pacífico ;  se  declaró  que  sería  común  la 
navegación  de  los  rios  y  lagos  que  corrieran  por  las  fronteras 
de  una  y  otra  república.  Estipulóse  igualmente  que  otra  co- 


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CAPÍTULO  XIV. 


misión,  compuesta  de  dos  ciudadanos  por  cada  parte,  liquida- 
ría en  Lima  la  deuda  que  el  Perú  contrajo  con  Colombia  por 
los  auxilios  que  esta  le  prestó  para  asegurar  su  Independencia. 
La  misma  comisión  debia  fijar  y  establecer  los  plazos  y  térmi- 
nos en  que  se  realizaría  el  pago  de  las  cantidades  que  se  bqui- 
dáran. 

Estos  puntos  y  el  de  la  restitución  de  los  buques,  lanchas, 
enseres  y  demás  que  el  comandante  peruano  de  Guayaquil 
habia  recibido  en  depósito,  fueron  los  artículos  principales  del 
tratado.  Los  demás  se  versaban  sobre  igualdad  de  agentes  di- 
plomáticos, cónsules  y  comercio  marítimo,  sobre  prohibición 
del  tráfico  de  esclavos  de  África,  que  fué  declarado  piratería, 
en  caso  de  hacerse  bajo  el  pabellón  de  cualquiera  de  las  partes 
contratantes ;  sobre  el  modo  de  terminar,  por  el  arbitramento 
de  un  gobierno  amigo,  cualquiera  disputa  que  pudiera  ocurrir 
en  lo  venidero  entre  Colombia  y  el  Perú  acerca  de  los  límites 
y  de  la  deuda. 

El  ministro  de  Colombia  declaró  después  de  firmado  el  tra- 
tado :  primero,  que  su  gobierno  estaba  pronto  á  revocar  en 
términos  satisfactorios  el  decreto  que  expidió  el  gran  mariscal 
de  Ayacucho  en  el  Pórtete  de  Tarqui  el  27  de  febrero,  luego 
que  llegara  á  su  noticia  que  el  del  Perú  habia  hecho  lo  mismo, 
restituyendo  al  Libertador  presidente  y  al  ejército  libertador 
los  honores  y  distinciones  que  se  les  habian  conferido  legal- 
mente por  sus  servicios  pasados ;  y  segundo,  que  á  nombre  de 
su  gobierno  escogía  como  árbitro  y  conciliador  para  transigir 
las  diferencias  que  ocurrieran  entre  ambas  repúblicas  á  la  de 
Chile ;  esperando  que  se  prestaría  gustosa  á  una  obra  tan  im- 
portante al  bien  de  la  América.  Habiendo  el  ministro  peruano 
aceptado  en  todas  sus  partes  estas  declaraciones,  quedó  con- 
cluido el  tratado.  Él  obtuvo  oportunamente  la  ratificación  del 
gobierno  del  Perú  y  la  del  Libertador  sin  limitación  alguna. 
Terminó  así  la  injusta  guerra  que  Lámar  y  su  partido  declara- 
ron á  Colombia  y  á  Bolívar  para  satisfacer  innobles  pasiones. 

jupies  de  seguir  el  Libertador  de  Guayaquil  hácia  Quito, 
adonde  se  dirigió  inmediatamente  después  de  firmarse  el  tra- 
tado de  paz,  nombró  enviado  extraordinario  y  ministro  pleni- 
potenciario cerca  del  gobierno  del  Perú  al  general  Tomas  Ci- 
priano Mosquera,  encargándole  asimismo  la  liquidación  de  la 
deuda  en  favor  de  Colombia.  También  organizó  y  dió  instruc- 


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496  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

ciones  á  la  comisión  de  límites,  á  fin  de  que  principiara  sus 
trabajos  sin  demora. 

Á  su  arribo  á  Quito,  que  fué  el  20  de  octubre,  el  Libertador 
se  ocupó  activamente  en  reorganizar  la  administración  de  los 
tres  departamentos  meridionales,  objeto  que  atrajera  su  prin- 
cipal atención  desde  que  se  posesionó  de  Guayaquil.  Á  pro- 
puesta de  la  junta  provisional  del  distrito  habia  ya  expedido 
varios  decretos  especiales  para  dichos  departamentos,  que  se 
hallaban  arruinados  por  la  guerra.  En  favor  del  comercio  de 
Guayaquil  estableció  un  tribunal  de  comercio  arreglado  á  la 
cédula  española  que  erigió  el  consulado  de  Cartagena.  Tam- 
bién hizo  rematar  en  pública  subasta  el  monopolio  de  la  renta 
del  tabaco,  que  producía  muy  poco  en  administración. 

Hacía  mucho  tiempo  que  los  hombres  influentes  de  los  de- 
partamentos meridionales  atacaban  las  leyes  y  administración 
colombianas.  Casi  nada  de  lo  que  se  decretaba  como  útil  al 
centro  y  norte  de  Colombia,  se  reputaba  por  aquellos  conve- 
niente al  sur.  Clamaban  que  la  nueva  legislación  los  habia 
arruinado,  y  pedían  con  instancia  medidas  retrógradas.  Tales 
eran,  que  se  restableciera  la  esclavitud  de  los  negros,  extin- 
guida gradualmente  por  el  congreso  de  Cúcuta;  sin  embargo 
nunca  pudieron  conseguir  que  el  Libertador  volviese  atrás. 
Empero  si  obtuvieron  durante  su  dictadura  que  se  cobrára  nue- 
vamente el  tributo  de  los  Indios,  y  que  por  tal  medio  continuá- 
ran  siendo  esclavos  de  la  gleba.  Los  apuros  de  la  hacienda 
pública  en  los  tres  departamentos  meridionales  obligaron  á 
esta  medida,  pues  en  ellos  los  tributos  de  los  Indios  constituían 
la  renta  mas  pingüe,  y  sin  la  cual  no  podía  sostenerse  la  ad- 
ministración pública.  Continuó  por  tanto  la  degradación,  harto 
difícil  de  curar,  de  la  numerosa  clase  de  los  indígenas  que 
pueblan  la  cordillera  de  los  Andes. 

Otro  decreto  dió  el  Libertador  para  fomentar  las  manufac- 
turas del  Ecuador  y  Asuay;  prohibió  que  se  introdujeran  por 
los  puertos  del  Pacífico  varios  tejidos  ordinarios  que  se  fabrica- 
ban en  el  país,  prohibición  que  los  habitantes  del  sur  deseaban 
con  ansia,  creyendo  que  podia  aumentar  los  productos  de  la 
industria  indígena,  y  por  consiguiente  su  riqueza.  Esta  me- 
dida, que  halagaba  á  muchos  dueños  de  fábricas  ú  obrajes,  su- 
frió críticas  severas.  Las  merecía  con  mas  razón  otro  decreto 
poco  meditado  que  diera  el  Libertador  presidente;  probable- 


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CAPÍTULO  XIV.  \'.n 

mente  se  lo  arrancaron  las  súplicas,  representaciones  c  influjo 
de  los  propietarios  de  haciendas.  Tal  fué  el  que  dispuso  que 
los  réditos  de  los  censos  con  que  estaban  gravadas  las  fincas  y 
propiedades  raíces  de  los  departamentos  del  Ecuador  y  Asuay, 
no  se  pagáran  en  dinero  conforme  se  habia  estipulado  libre- 
mente en  los  contratos  primitivos,  sino  con  los  frutos  de  la 
heredad  que  mas  le  acomodáran  al  acreedor.  Con  una  plumada 
se  alteraron  así  todos  los  antiguos  contratos  y  escrituras  públi- 
cas, sacrificándose  los  intereses  de  los  dueños  de  censos  que  se 
dejaron  á  merced  de  los  deudores,  para  que  les  pagáran  sus 
rentas  en  frutos  que  no  necesitaban  y  que  las  mas  veces  no 
podían  vender. 

En  los  últimos  dias  de  su  residencia  en  el  sur,  expidió  el 
Libertador  otro  decreto  que  debia  regir  en  toda  la  República. 
Por  sus  disposiciones  sujetó  provisionalmente  al  ordinario  ecle- 
siástico respectivo  á  todos  los  regulares  de  Colombia.  Esta  pro- 
videncia, dictada  con  las  mejores  intenciones  y  á  fin  de  curar 
en  lo  posible  la  relajación  que  se  habia  introducido  en  algunos 
conventos  y  evitar  desórdenes,  se  mandó  someter  á  la  conside- 
ración de  la  Silla  romana,  para  obtener  del  papa  un  Breve  que 
reglamentase  completamente  la  materia. 

Después  de  dar  tan  varias  disposiciones  el  Libertador  nom- 
bró al  general  de  división  Juan  José  Flórez  prefecto  general  ó 
jefe  superior  de  los  departamentos  del  Ecuador,  Guayaquil  y 
Asuay,  conservándole  también  el  mando  en  jefe  del  ejército 
del  sur.  Su  jurisdicción  militar  se  extendía  al  departamento  del 
Cáuca  para  mantener  la  tranquilidad  del  territorio  compren- 
dido entre  los  Pastos  y  Popayan.  Las  facultades  y  autoridad 
concedidas  al  prefecto  general  eran  extensas  á  fin  de  que  pu- 
diera ocurrir  á  sufocar  cualquiera  conmoción  interior  y  repe- 
ler una  invasión  exterior.  En  seguida  el  Libertador  se  puso  en 
camino  el  29  de  octubre  hácia  la  capital  de  la  República, 
adonde  le  llamaban  negocios  de  la  mas  alta  importancia. 


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CAPÍTULO  XV. 


Estado  de  los  departamentos  del  nordeste  de  Colombia.  —  Escasez  de  sus 
rentas  públicas;  su  independencia  del  gobierno  central.  —  Desagrado 
con  la  policía  establecida  por  Páez.  —  El  sur  de  Colombia  se  gobierna 
también  por  leyes  excepcionales.  —  Temores  que  inspira  el  estado  de  la 
República.  —  Se  proyecta  el  establecimiento  de  una  Monarquía  con  un 
principe  extranjero. —  Harrison  ministro  de  los  Estados  Unidos,  y  Bresson 
comisionado  francés  en  Bogotá.  —  Apoya  este  el  proyecto  de  Monarquía; 
mas  no  el  Libertador.  —  Se  piensa  que  la  adopte  el  congreso  colombiano. 

—  El  proyecto  ofrece  muy  graves  dificultades.  —  Búscase  el  apoyo  de  los 
jefes  militares  y  del  alto  clero.  —  Se  sondea  el  ánimo  de  Bolívar  sobre 
el  establecimiento  de  Monarquía.  —  Proyecto  del  Libertador  para  que  se 
solicite  el  apoyo  y  protección  de  una  gran  potencia.  —  El  consejo  de  mi- 
nistros se  opone  á  tal  idea.  —  Insistencia  de  Bolívar;  juicio  sobre  esta. 

—  Puntos  que  Bresson  discute  con  el  ministro  de  relaciones  exteriores. 

—  Las  de  Colombia  han  retrogradado:  motivos  para  esto.  —  Conferencias 
en  Londres  con  el  ministro  británico  sobre  Cuba  y  Puerto-Rico. —  Tratado 
con  los  Países  Bajos.  —  Nada  consigue  Colombia  en  Francia. —  Ministro 
que  envia  el  emperador  del  Brasil. —  El  general  Harrison  es  reemplazado 
por  Moore.  —  Ventajas  del  cambio ;  cesa  la  política  maquiavélica  del 
presidente  Adams  de  los  Estados  Unidos.  —  Manejos  é  intrigas  de  Har- 
risson  y  de  Torrens,  encargado  de  negocios  de  Méjico.  —  Juicio  de  Bolívar 
sobre  las  logias  masónicas.  —  El  gobierno  de  los  Estados  Unidos  ofrece 
no  mezclarse  en  nuestros  negocios  domésticos.  —  Nombramiento  de 
O'Leary  para  ministro  plenipotenciario  en  Washington. —  Objetos  de  esta 
misión.  —  Proyectos  de  conquista  que  emprende  realizar  la  España.  — 
Capitulan  en  Venezuela  las  guerrillas  realistas,  ménos  la  de  Cisnéros.  — 
El  general  Santander  arriba  á  Puertocabello  y  sigue  á  Europa.  —  Suerte 
de  la  fragata  Cundinamarca.—^  Elecciones  para  el  congreso  constituyente. 

—  El  consejo  de  gobierno  adelanta  el  proyecto  de  Monarquía.  —  Acuecio 
Ajando  sus  basas.  —  Negociaciones  iniciadas  con  los  comisionados  ingles 
y  francés.  —  Se  da  cuenta  al  Libertador  de  estos  pasos  oficiales.  —  Fun- 
damentos en  que  el  consejo  apoya  sus  actos.  —  Bolívar  propone  á  sus 
ministros  que  el  congreso  constituyente  acuerde  la  separación  de  Vene- 
zuela y  de  la  Nueva  Granada.  —  Impugna  de  paso  el  establecimiento  de  la 


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CAPÍTULO  XV. 


federación  y  de  Monarquía.  —  Opina  por  un  presidente  y  un  senado  vita- 
licios; empero  nada  quiere  proponer.  —  Juzga  que  loca  al  congreso 
establecer  «  el  gobierno  que  mejor  convenga  á  la  nación,  y  á  él  soste- 
nerlo. »  —  Este  es  el  resumen  de  sus  opiniones  y  su  voluntad  decidida. 

—  El  consejo  de  gobierno  se  opone  al  proyecto  de  disolver  á  Colombia. 

—  Tramas  revolucionarias  del  general  Córdoba.—  Se  levanta  en  Antióquia 
y  se  apodera  de  esta  provincia.  —  Sus  falaces  promesas  y  ambiciosos 
proyectos.  —  Oposición  que  halla  en  los  pueblos.  —  Córdoba  procura 
extender  la  revolución.  —  Activas  providencias  que  dicta  el  consejo  do 
ministros  para  reprimir  la  expedición  militar  que  envia.  —  Esta  penetra 
por  las  montañas  de  Antióquia,  ataca  y  vence  á  los  rebeldes.  —  Córdoba 
muere  después  de  la  acción  del  Santuario.  —  Se  deplora  su  muerte.  — 
Tropas  que  se  dirigían  á  combatirle  —  O'Leary  indulta  á  los  compro- 
metidos. —  La  provincia  del  Chocó  también  se  somete  de  nuevo  al  go- 
bierno. —  El  Libertador  celebra  el  restablecimiento  de  la  pas.  —  Espíritu 
militar  que  en  esta  época  reina  en  el  territorio  colombiano.  —  El  poder 
civil  está  abatido.  —  Aquesta  situación  se  atribuye  al  Libertador,  que 
pierde  su  popularidad.  —  El  mismo  espíritu  militar  se  opone  á  la  reor- 
ganización de  Colombia. —  La  expedición  española  contra  Méjico  capitula. 

—  Bolívar  imprueba  á  sus  ministros  el  proyecto  de  Monarquía.  — Avísales 
que  ha  resuelto  separarse  del  mando.  —  Célebre  carta  que  escribe  á 
Páez  acerca  de  sus  miras  futuras.  —  El  consejo  de  ministros  defiende  su 
conducta  sobre  el  proyecto  de  Monarquía.  —  Segunda  improbación  del 
Libertador  que  está  bien  fundada.  —  Abandono  del  plan  de  Monarquía. 

—  En  Francia  no  produce  efecto  alguno.  —  Conferencias  y  explicaciones 
del  ministro  ingles  de  relaciones  exteriores ;  fuertes  y  fundadas  observa- 
ciones que  hace.  —  El  ministro  colombiano  Madrid  toca  otros  puntos  de 
negociación;  su  resultado.  —  Turner  nombrado  ministro  de  la  Gran 
Bretaña  en  Bogotá.  —  Temores  que  hay  en  Europa  de  que  se  disuelva 
Colombia. 

Año  de  4829.  —  El  encadenamiento  de  los  sucesos  políticos 
y  militares  ocurridos  en  el  sur  de  la  República  nos  ha  impedido 
referir  el  estado  en  que  se  hallaban  los  departamentos  del  norte 
y  centro  de  Colombia  en  los  primeros  meses  de  este  año ;  tarea 
que  ahora  nos  proponemos  seguir. 

Decidido  el  general  Páez  á  sostener  con  mano  firme  el  go- 
bierno del  Libertador  en  Venezuela  miéntras  llegaba  la  época 
designada  para  constituir  de  nuevo  la  República,  según  lo  habia 
dicflb  en  su  manifiesto  de  febrero,  la  tranquilidad  de  aquellos 
departamentos  no  se  alteraba.  Es  verdad  que  amenazadas  de 
continuo  nuestras  costas  por  el  ejército  y  escuadra  que  el  go- 
bierno español  habia  reunido  en  la  isla  de  Cuba,  se  veía  obli- 
gado el  gobierno  colombiano  á  mantener  en  los  departamentos 


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200  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

del  nordeste  un  pié  de  ejército  numeroso;  obligaba  también  á 
lo  mismo  la  continuación  de  la  guerra  del  Perú.  Por  consi- 
guiente eran  crecidas  las  erogaciones  púbbcas  en  las  provincias 
de  la  antigua  Venezuela,  y  sus  rentas  no  producian  lo  necesario 
para  hacerles  frente.  Seguíanse  de  aquí  los  males  que  se  origi- 
nan siempre  de  no  tener  los  gobiernos  lo  suficiente  para  cubrir 
los  gastos  civiles  y  militares  de  la  administración;  uno  de  ellos, 
y  acaso  el  mayor,  era  que  se  aumentaba  considerablemente  la 
miseria  pública. 

Atribuían  esta  en  mucha  parte  á  los  decretos  orgánicos  de 
hacienda  que  expidiera  el  Libertador  en  4826;  achacábase  es- 
pecialmente al  de  aduanas  haber  alejado  á  los  comerciantes 
extranjeros  y  disminuido  el  tráfico  mercantil,  que  era  el  prin- 
cipio vital  de  la  prosperidad  de  los  departamentos  de  Venezuela. 
Había  desaparecido  también  el  crecimiento  de  las  rentas  nacio- 
nales, que  produjeron  al  principio  aquellos  decretos;  ya  fuera 
porque  se  relajára  su  ejecución,  ó  ya  porque  bajo  la  adminis- 
tración del  jefe  civil  militar  se  hubieran  aumentado  los  gastos 
del  ejército,  abandonando  la  estricta  economía  que  introdujera 
el  Libertador. 

Tanto  por  los  mencionados  decretos  como  por  los  que  dictára 
el  jefe  civil  y  militar  hasta  la  época  actual,  en  virtud  de  las 
facultades  extraordinarias  que  le  habia  delegado  el  Libertador, 
los  tres  departamentos  de  Venezuela,  Orinoco  y  Maturin  tenían 
una  administración  peculiar  diferente  del  resto  de  la  República : 
rentas,  policía  y  administración  de  justicia  en  primera  instan- 
cia, todo  era  diverso.  Añadamos  á  esto  un  dictador  que  solo  en 
el  nombre  dependía  del  gobierno  general,  cuyas  órdenes  y  de- 
cretos suspendía  siempre  que  juzgaba  no  ser  convenientes,  y 
deberemos  inferir  —  «  que  aquellos  departamentos  estaban  ya 
separados  de  hecho  de  Colombia.  » 

La  administración  establecida  por  este  nuevo  sistema  era  sin 
embargo  impopular  en  Venezuela.  Quejábanse  mucho  sus  ha- 
bitantes de  las  numerosas  trabas  que  imponían  al  comercio  los 
reglamentos  de  aduanas ,  y  de  las  que  sufrían  por  el  estableci- 
miento que  hizo  Páez  de  una  policía  urbana  y  rural,  que  pene- 
traba hasta  la  choza  mas  recóndita  del  labrador,  prescribiéndole 
reglas  para  la  cria  de  sus  ganados  y  animales  domésticos.  Aun- 
que esta  policía,  presidida  por  el  general  Arismendi,  hombre 
cuyo  carácter  no  podia  hacerla  amable,  produjera  bienes  para 


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«MPÍTU1.0  XV. 


20f 


el  restablecimiento  y  la  conservación  de  la  tranquilidad ,  los 
pueblos  la  miraban  con  mal  ceño :  era  el  motivo  principal  que 
restringía  su  libertad,  con  una  gavilla  de  empleados  á  sueldo, 
que  debían  cometer  excesos,  sobre  todo  en  los  yermos  y  parro- 
quias lejanas  del  centro  de  la  autoridad.  Todo  esto  unido  al 
estanco  de  carnes  que  Páez  estableciera  en  gran  parte  de  la 
provincia  de  Carácas,  contra  los  principios  mas  triviales  de  la 
economía  política,  estanco  en  que  se  le  atribuía,  acaso  falsa 
mente,  un  interés  personal  para  vender  los  novillos  de  sus 
hatos,  y  á  la  falta  de  libertad  de  imprenta  comprimida  por  la 
dictadura,  hacía  que  se  aumentase  el  descontento  público  en 
los  tres  departamentos  del  nordeste  de  Colombia. 

Habia  muchos  que  se  aprovechaban  de  esta  situación  forzada 
atribuyéndola  al  Libertador,  á  quien  habian  conseguido  despo- 
pularizar en  gran  parte.  Olvidaban  empero  que  el  origen  de 
estos  males  venia  principalmente  de  los  autores  del  30  de  abril, 
que  echaron  abajo  la  constitución  de  Ciícuta,  los  que  ahora  y 
en  lo  venidero  querían  achacar  á  Bolívar  la  funesta  obra  de  sus 
pasiones  y  desacierto ;  ellos  eran  los  únicos  responsables  de 
aquellos  males  y  de  gran  parte  de  los  que  se  sufrían  en  el  resto 
de  la  República. 

Uno  de  ellos ,  acaso  el  mayor,  que  presagiaba  desgracias  y 
revoluciones  á  la  República,  era  ese  espíritu  que  se  habia  intro- 
ducido en  el  norte  y  en  el  sur,  de  tener  y  acordar  reglas  excep- 
cionales en  todos  los  ramosde  la  administración.  Ya  hemos  visto 
que  Venezuela  solo  dependía  nominalraente  del  gobierno  gene- 
ral. Desde  el  principio  del  año  en  los  departamentos  meridio- 
nales habia  otra  administración  separada ,  que  obtuvo  decretos 
y  disposiciones  que  le  dieron  una  verdadera  independencia. 
Puede  asegurarse  muy  bien  que  entonces  quedó  Colombia  divi- 
dida en  tres  grandes  secciones  :  el  norte,  el  sur  y  el  centro  de 
la  República.  Este ,  compuesto  de  seis  departamentos  incluso  el 
de  Zúlia ,  era  el  que  observaba  y  cumplía  las  disposiciones  ge- 
nerales expedidas  para  el  gobierno  de  Colombia;  pues,  según 
hemos  dicho ,  las  otras  secciones  se  regían  por  decretos  y  pro- 
videncias peculiares  á  ellas  solas. 

Al  ver  muchos  de  los  hombres  de  experiencia  y  de  influjo  en 
los  negocios,  residentes  en  Bogotá,  el  estado  alarmante  que 
tenia  la  subsistencia  de  la  unión  colombiana;  al  considerar  que 
el  único  vínculo  que  ligaba  á  las  diferentes  partes  de  esta  her- 


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202  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

mosa  República  era  Bolívar,  su  fundador,  cuyas  enfermedades 
y  vejez  prematura  no  prestaban  garantías  de  que  viviese  lo 
bastante  para  dar  cima  á  la  obra  comenzada;  al  meditar  final- 
mente las  fuertes  antipatías  que  existían  por  desgracia  entre 
Granadinos  y  Venezolanos,  y  las  que  profesaban  contra  ambos 
los  hijos  del  Ecuador  (i),  naturalmente  miraban  con  ansiedad 
el  porvenir  de  Colombia,  que  no  podían  juzgar  duradero.  Á 
tales  motivos  fundados  de  temor  se  anadian  las  revueltas  origi- 
nadas de  las  elecciones  de  presidente  y  vicepresidente  que  ha- 
bían puesto  á  Colombia  á  punto  de  dividirse,  y  la  inmensa  lista 
militar  compuesta  en  gran  parte  de  jefes  audaces  y  ambiciosos, 
émulos  algunos  del  Libertador,  que  aprovecharían  la  primera 
ocasión  que  pudieran  atrapar,  á  fin  de  dividir  el  territorio  y 
mandar  con  independencia  en  la  sección  que  les  tocara.  Todos 
estos  y  otros  varios  motivos  reunidos  hacían  excogitar  á  muchos 
antiguos  y  verdaderos  patriotas  cuál  sería  el  remedio  para  que 
subsistiera  largo  tiempo  el  magnífico  Estado  de  Colombia. 

Después  de  muchas  meditaciones,  pareció  á  algunos,  entre 
los  cuales  se  contaban  los  miembros  del  consejo  de  ministros, 
que  Colombia  no  podía  subsistir  regida  por  instituciones  repu- 
blicanas que  prescribían  un  jefe  electivo  cada  cuatro  años,  según 
lo  estableciera  la  constitución  de  Cúcuta,  pues  infaliblemente 
se  dividiría  por  las  antipatías  y  rivalidades  existentes,  y  las  que 
excitaban  las  cuestiones  eleccionarias.  Fuero q,  pues,  de  opi- 
nión que  el  único  gobierno  que  daría  al  territorio  colombiano 
garantías  de  orden  y  estabilidad ,  sería  el  monárquico  constitu- 
cional, llamando  al  trono  á  un  príncipe  extranjero  de  las  anti- 
guas dinastías  de  la  Europa. 

Pero  al  mismo  tiempo  creyeron  que  era  preciso  combinar  con 
esta  idea  capital  ¿qué  se  haria  en  tal  caso  con  el  Libertador? 
Parecía  que  su  grande  influjo  era  necesario  para  hacer  la  tran- 
sición y  consolidar  á  Colombia;  esta  ademas  no  debia  olvidar 
los  eminentes  servicios  que  le  habia  prestado  para  conseguir  su 

(1)  Jamas  los  habitantes  del  Ecuador,  Guayaquil  y  Asuay  se  consideraron 
parte  integrante  de  Colombia.  Llamaban  Colombianos  á  los  Venezolanos  y 
Granadinos,  como  si  ellos  no  lo  fueran,  y  esta  era  una  locución  que  enten- 
dían muy  bien  los  moradores  de  dichos  departamentos.  Hemos  visto  ademas 
las  anomalías  legislativas  que  era  necesario  cometer  para  dar  gusto  á  los 
habitantes  del  sur  de  Colombia. 


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CAPÍTULO  XV.  203 

Independencia,  y  que  los  pueblos  estaban  acostumbrados  á  obe- 
decerle. Creyeron,  pues,  algunos  resolver  el  problema  estable- 
ciéndose :  a  Que  se  adoptara  en  principio  la  Monarquía  consti- 
tucional en  Colombia ;  y  que  Bolívar,  miéntras  viviera,  mandase 
en  ella  con  el  título  de  Libertador  presidente;  pero  que  desde 
ahora  se  llamase  á  un  príncipe  extranjero  á  sucederle ,  quien 
sería  el  primer  rey,  y  hereditario  el  trono  en  sus  descendientes. » 
En  cuanto  á  la  elección  del  príncipe,  pareció  á  algunos  que  se- 
ría acaso  lo  mas  conveniente  escogerle  de  la  familia  reinante  en 
Francia,  entre  los  hijos  del  duque  de  Orleans. 

Apénas  principiaron  en  el  mes  de  abril  á  cundir  privadamente 
semejantes  ideas,  se  vio  que  estaban  mas  extendidas  de  lo  que 
se  creyera  al  principio;  esto  animó  á  los  que  procuraban  difun- 
dirlas en  la  capital  y  en  las  provincias. 

Acababan  entónces  de  llegar  á  Bogotá  dos  misiones  extranje- 
ras que  debían  obrar  en  sentido  contrario  sobre  aquel  proyecto. 
Tales  eran  las  del  general  Guillermo  Harrison ,  ministro  pleni- 
potenciario de  los  Estados  Unidos,  y  del  señor  Carlos  de  Bres- 
son,  comisionado  por  el  gobierno  francés  para  investigar  el  es- 
tado en  que  se  hallaban  las  nuevas  repúblicas  establecidas  en  la 
América  ántes  española,  y  decidir  si  S.  M.  Cristianísima  entraría 
ó  no  en  relaciones  diplomáticas  con  ellas.  Aunque  Harrison 
expresára  á  nombre  del  presidente  Adams,  que  de  ningún 
modo  se  mezclaría  en  los  negocios  internos  de  Colombia ,  la 
conducta  del  gobierno  de  los  Estados  Unidos  en  Méjico,  donde 
fué  maquiavélica,  dirigida  por  el  ministro  Poinset,  hacía  temer 
que  tales  protestas  no  fueran  verídicas. 

La  difusión  de  las  ideas  monárquicas  en  la  República  debía 
ser  apoyada  por  el  comisionado  Bresson  (abril  18).  Este  desde 
el  dia  en  que  fué  presentado  al  consejo  de  ministros  hizo  gran- 
des elogios  de  las  virtudes  y  de  los  talentos  políticos  del  Liber- 
tador, manifestando  que  los  votos  de  su  gobierno  eran  «  por  la 
tranquilidad  de  Colombia,  por  su  prosperidad,  por  el  desarrollo 
de  sus  inmensos  recursos  y  por  el  restablecimiento  y  consolida- 
ción de  instituciones  libres  y  fuertes.  » 

Dásde  que  el  comisionado  Bresson  arribó  á  Carácas  ántes  de 
venir  á  la  capital ,  se  conocía  su  opinión  acerca  de  las  institu- 
ciones que  él  y  su  gobierno  deseaban  que  se  establecieran  en 
Colombia ; eran  las  monárquicas  constitucionales, á  lasque  alu- 
día sin  duda  cuando  hablaba  de  instituciones  libres  y  fuertes. 


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20-i 


HISTERIA  DB  COLOMBIA. 


En  consecuencia  Bresson  acogió  con  entusiasmo  el  proyecto  de 
cambiar  la  constitución  republicana  de  Colombia  por  otra  mo- 
nárquica. Durante  su  comisión  promovió  esta  idea  por  cuantos 
medios  estuvieron  al  alcance  de  sus  distinguidos  talentos  y  de 
su  práctica  en  el  manejo  de  los  negocios  de  Estado. 

Era  tan  alta  la  idea  que  varios  gobiernos  europeos  habian 
concebido  de  los  talentos ,  de  las  virtudes  cívicas ,  de  la  eleva- 
ción de  carácter,  y  de  los  eminentes  servicios  que  Bolívar  habia 
prestado  á  su  patria ,  que  si  este  bubiera  tenido  la  insensata 
pretensión  de  hacerse  monarca ,  naciones  de  primer  órden  le 
habrían  reconocido  y  saludado  como  á  hermano  y  compañero  de 
los  antiguos  reyes,  lo  que  sabemos  por  documentos  oficiales 
auténticos. 

Bolívar  estaba  muy  léjos  de  abrigar  proyectos  semejantes, 
que  alguna  vez  habia  denunciado  al  congreso  de  su  patria ,  y 
sobre  los  cuales  dijera  en  una  muy  solemne  ocasión  á  los  repre- 
sentantes de  Bolivia  :  «  ¡Legisladores !...  los  príncipes  flaman- 
tes que  se  obcequen  hasta  construir  tronos  encima  de  los  es- 
combros de  la  libertad ,  erigirán  túmulos  á  sus  cenizas ,  que 
digan  á  los  siglos  futuros,  como  prefirieron  su  fatua  ambición 
á  la  libertad  y  á  la  gloria.  »  Estos  mismos  eran  los  sentimien- 
tos que  en  la  época  de  que  hablamos  Bolívar  mantenía  ilesos , 
y  ninguno  de  los  que  apoyaban  el  proyecto  de  Monarquía,  que 
por  lo  general  eran  amigos  suyos,  entusiastas  por  la  conserva- 
ción de  su  gloría ,  podia  proponerle  que  trocára  el  eminente  y 
expresivo  título  de  Libertador  por  el  de  rey.  Hé  aquí  los  motivos 
que  influyeron  sobre  manera  en  el  pensamiento  de  que  durante 
sus  dias  gobernara  á  Colombia  como  presidente  y  con  arreglo  á 
la  constitución  que  acordase  el  próximo  congreso. 

Esta  era  la  condición  precisa  de  todos  los  que  opinaban  por 
el  establecimiento  de  una  Monarquía  constitucional  en  Colom- 
bia :  «  que  fuera  sostenida  por  la  mayoría  de  la  nación ,  y  que 
la  acordáran  los  representantes  de  los  pueblos  reunidos  en  con- 
greso. »  Cualquiera  paso  que  se  diera  sin  estos  firmes  apoyos 
era  un  insulto  á  la  voluntad  nacional ,  suprema  ley  en  un  ne- 
gocio de  tamaña  trascendencia.  4 

Para  sondear  y  conocer  un  poco  mas  la  opinión  pública  sobre 
tan  importante  negocio,  hubo  el  30  de  junio  en  Bogotá  una 
junta  de  personas  notables,  civiles,  militares  y  eclesiásticas.  Con- 
vínose en  ella  que  debía  tratarse  de  formar  la  opinión  pública 


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CAPÍTULO  XV. 


205 


en  favor  del  sistema  de  gobierno  monárquico  constitucional ,  y 
los  concurrentes  ofrecieron  trabajar  privadamente  en  conse- 
guirlo. 

La  empresa  que  se  acometía  era  harto  difícil.  Cambiar  la 
opinión  de  los  pueblos  en  favor  del  gobierno  republicano  y  de 
la  igualdad ,  ideas  tan  halagüeñas  á  la  multitud,  y  hacer  esto 
los  hombres  que  tantos  encomios  habían  prodigado  por  diez  y 
nueve  años  continuos  á  los  principios  democráticos  ;  ensalzar 
la  Monarquía  que  ellos  mismos  para  conmover  á  los  pueblos 
contra  el  gobierno  de  Fernando  VII  habían  caracterizado  siem- 
pre como  sinónimo  de  tiranía;  exponerse  á  los  ataques  de  la 
juventud  ilustrada,  imbuida  desde  la  cuna  y  por  tantos  años  en 
los  principios  republicanos ;  arrostrar  el  descontento  de  las  cas- 
tas numerosas  existentes  en  el  territorio  colombiano ,  las  que 
naturalmente  debian  sentir  y  oponerse  á  la  introducción  de 
cualquiera  clase  de  aristocracia ;  querer  finalmente  conseguir 
un  triunfo  tan  espléndido  sin  el  apoyo  del  Libertador,  era  sin 
duda  empresa  muy  atrevida  y  arriesgada. 

Mas  por  otra  parte  debian  seguirse  á  Colombia ,  en  concepto 
de  los  promovedores  del  proyecto,  bienes  tan  grandes,  que  vahan 
ó  compensaban  los  riesgos  que  se  corrieran.  Enfrenar  á  los  mi- 
litares y  á  los  exaltados  demagogos  con  el  apoyo  de  una  pode- 
rosa nación  ;  impedir  que  los  primeros  disolvieran  á  Colombia 
para  dominar  algunos  la  parte  que  estaba  á  su  alcance;  estable- 
cer un  órden  permanente  capaz  de  resistir  á  los  ambiciosos 
hombres  de  espada,  que  tiranizaban  á  los  pueblos  y  se  apropia- 
ban su  sustancia  bajo  falaces  promesas  de  libertad ;  asegurar 
los  derechos  políticos,  las  propiedades  y  las  garantías  individua- 
les, apoyándolos  en  el  órden  y  en  los  principios  de  una  libertad 
racional ;  impedir,  ó  por  lo  ménos  hacer  ménos  frecuentes  los 
pronunciamientos  y  las  rebeliones  periódicas  originadas  de  los 
bandos  eleccionarios ;  dar  estabilidad  y  permanencia  á  la  unión 
colombiana,  y  á  Colombia  mayor  respetabilidad  en  lo  exterior, 
proporcionada  á  su  fuerza,  á  su  poder  y  á  sus  recursos ;  hé  aquí 
los  bienes  principales  á  que  aspiraban  los  patronos  de  aquel 
provecto.  Deslumhrábanse  acaso  acerca  de  los  resultados,  que- 
riendo para  su  patria  la  suma  de  libertad  y  prosperidad  que 
gozan  los  habitantes  de  la  Gran  Bretaña  y  de  otras  naciones 
regidas  por  Monarquías  constitucionales.  Veían  también  los  pro- 
gresos que  bajo  esta  forma  de  gobierno  hacía  el  Brasil,  país  li- 


t 


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206  HISTORIA  DR  COLOMBIA. 

mítrofe  de  Colombia,  que  tenia  grandes  analogías  con  nuestra 
República  en  las  diferentes  clases  de  su  población. 

Para  formar  un  juicio  recto  é  imparcial  sobre  la  oportunidad 
ó  inoportunidad  del  proyecto  de  Monarquía  es  preciso  trasla- 
darse uno  á  1829.  Á  la  sazón  la  anarquía  y  las  revoluciones  se 
paseaban  triunfantes  por  casi  todas  las  repúblicas  establecidas 
en  la  América  ántes  española ,  cometiéndose  á  nombre  de  la 
democracia  crímenes  que^fscandalizaban  á  las  naciones  civili- 
zadas. Colombia  misma  estaba  amenazada  por  una  revolución 
que  podia  ser  sangrienta,  chocándose  el  partido  militar  con  el 
civil  liberal.  Lisonjeábanse  los  amigos  de  la  Monarquía  de  que 
establecida  esta  bajo  de  una  constitución  que  consagrara  los 
gTandes  principios  del  derecho  político  en  favor  de  los  Colom- 
bianos, se  pondrían  por  los  representantes  del  pueblo  las  bases 
de  una  organización  que  asegurase  las  garantías  individuales, 
el  órden  y  la  paz.  Confesamos  francamente  que  el  remedio  era 
enérgico  y  atrevido  :  él  podia  causar  males ,  si  el  proyecto  en- 
contraba una  resistencia  en  los  pueblos.  Empero  lo  repetimos, 
las  intenciones  y  deseos  de  sus  promovedores  eran  los  mas  pu- 
ros; dirigíanse  á  que  gozára  Colombia  de  tranquilidad,  y  á  que 
fuera  rica ,  próspera  y  feliz ,  conservándose  unida. 

Naturalmente  los  primeros  pasos  que  debían  darse,  eran  el 
adquirir  en  favor  del  proyecto  la  opinión  de  los  jefes  del  ejér- 
cito colombiano,  así  como  la  del  clero  y  de  sus  altos  dignitarios. 
Unos  y  otros  han  sido  y  son  todavía  tanto  en  Colombia  como 
en  las  demás  repúblicas  de  la  América  del  Sur  empleados  vita- 
licios, y  por  consiguiente  elementos  aristocráticos  que  no  pue- 
den extinguirse.  El  proyecto  mereció  la  aprobación  de  la  mayor 
parte  de  los  jefes  militares  y  del  alto  clero,  que  se  manifestaron 
prontos  á  darles  su  apoyo.  Sin  embargo ,  un  militar  distingui- 
do ,  el  general  Páez,  exigió  saber  ántes  de  prestar  su  apoyo  al 
proyecto  de  Monarquía,  si  el  Libertador  quería  su  estableci- 
miento. No  pudiendo  dársele  contestación  positiva  sobre  tal 
pregunta,  envió  cerca  de  Bolívar  al  primer  comandante  José 
Austria  con  el  designio  de  obtener  instrucciones  precisas,  ¿la- 
bia temores  fundados  de  que  en  Venezuela  no  tuviera  mu- 
chos partidarios  la  empresa;  á  pesar  de  que  fué  de  allí  que 
en  1826  emanára  el  proyecto  de  Monarquía  para  coronar  al 
Libertador,  proyecto  que  entónces  reunía  en  favor  suyo  la  opi- 
nión de  muchas  personas  de  influjo  en  aquella  parte  de  la 


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CAPÍTULO  XV.  207 

República ,  y  aun  la  del  mismo  ilustre  jefe  que  ahora  vacilaba. 

Otro  de  los  pasos  mas  esenciales  que  dieran  los  promovedores 
del  proyecto  de  Monarquía ,  fué  inquirir  por  medio  de  su  cor- 
respondencia privada  la  opinión  del  Libertador.  Deseaban  saber* 
si  se  encargaría  durante  su  vida  del  mando  de  la  república , 
con  calidad  de  que  le  sucedería  un  príncipe  extranjero  en  caso 
de  que  así  lo  determinara  la  nación  colombiana  por  medio  de 
sus  representantes  legítimamente  congregados  y  deliberando  en 
plena  libertad.  Preveían  de  antemano  ser  muy  difícil  que  Bolí- 
var diera  una  contestación  explícita  á  la  primera  parte,  porque 
sus  enemigos  lo  atribuirían  á  ambición  de  mando ;  esperábase 
sin  embargo  que  llegado  el  caso  podrían  vencerse  las  dificulta- 
des que  opusiera.  En  cuanto  á  la  adopción  del  sistema  monár- 
quico eligiendo  un  príncipe  europeo,  hacía  ya  algún  tiempo  que 
varios  de  sus  amigos  habían  oido  decir  al  Libertador  a  que  Co- 
lombia y  toda  la  América  española  no  tenían  otro  remedio  para 
libertarse  de  la  anarquía  que  devoraba  á  sus  pueblos,  que  esta- 
blecer Monarquías  constitucionales ,  y  que  si  los  habitantes  de 
Colombia  se  decidieran  por  este  sistema  de  gobierno  y  Uamáran 
á  reinar  á  un  príncipe  extranjero,  él  sería  el  primero  que  se  so- 
metería á  su  autoridad  y  le  apoyáracon  su  influjo. »  Esto  mismo 
repitió  en  una  época  posterior. 

El  Libertador  había  emitido  estas  opiniones  ántes  de  su  par- 
tida hácia  el  sur.  Durante  su  viaje  y  después  de  arribar  á  los 
departamentos  meridionales  no  dejó  de  ocupar  sus  pensamien- 
tos y  de  mirar  con  grande  ansiedad  la  cuestión  vital  de  «  cuál 
sería  la  mejor  organización  política  de  Colombia  para  dar  la  paz 
y  el  órden  á  sus  pueblos  y  estabilidad  á  sus  instituciones,  » 
Rodeados  como  se  hallaban  estos  problemas  de  muchas  y  con- 
trarias dificultades,  Bolívar  no  podía  fijarse  en  ninguna  solu- 
ción que  fuera  practicable,  y  que  no  presentára  obstáculos 
casi  insuperables.  Pero  siempre  concluía  diciendo,  —  «  que  no 
se  contara  mas  con  él,  porque  estaba  cansado  del  mando  y  de 
oirse  llamar  tirano  y  usurpador,  y  que  su  mayor  anhelo  era 
retirarse  á  la  vida  privada.  »  Para  conseguirlo  dispuso,  según 
ante?  hemos  dicho,  que  se  consultase  la  voluntad  nacional 
acerca  de  la  forma  de  gobierno  y  de  la  futura  organización  de 
Colombia,  así  como  sobre  el  jefe  y  la  administración  que  de- 
biera presidirla;  previno  que  hubiese  la  mayor  libertad  en 
emitir  y  acoger  las  opiniones  políticas  de  los  pueblos,  por  exa- 


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208  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

geradas  que  parecieran.  Esta  fué  la  opinión  oficial  y  decidida 
del  Libertador  en  aquellas  delicadas  circunstancias,  y  á  la  que 
arregló  todas  sus  operaciones  posteriores,  sin  embargo  de  que 
alguna  vez  expresára  en  sus  cartas  particulares  otros  conceptos 
sobre  la  misma  materia. 

De  tales  antecedentes  resulta,  que  en  el  ánimo  de  Bolívar 
habia  un  fuerte  combate  entre  sus  convicciones  íntimas  sobre 
la  organización  que  especulativamente  creía  mejor  para  Co- 
lombia, y  la  que  juzgaba  posible  establecer  siguiendo  el  tor- 
rente de  las  opiniones  republicanas  mas  arraigadas  y  generales 
entre  sus  habitantes. 

Fruto  de  este  combate  interior  y  de  las  guerras,  de  las  trai- 
ciones, de  los  asesinatos  de  primeros  magistrados  y  de  los 
desórdenes  de  todo  linaje,  que  el  Libertador  veía  reinar  en  las 
nuevas  repúblicas  de  la  América  ántes  española,  los  que  por 
do  quiera  presagiaban  un  funesto  porvenir,  fueron  las  profun- 
das afecciones  de  ánimo  que  sufriera  miéntras  permaneció  en  el 
sur,  las  que  al  fin  le  causaron  una  peligrosa  enfermedad. 
Emanó  del  mismo  origen  un  proyecto  que  desde  Quito  some- 
tiera al  exámen  del  consejo  de  ministros  en  Bogotá.  Después  de 
trazar  en  4  de  abril  un  cuadro  triste  de  nuestras  disensiones 
con  el  Perú,  de  las  amenazas  que  hacían  á  Colombia  otras 
repúblicas  y  de  los  desórdenes  ocurridos  en  Bolivia  y  Buenos 
Aires,  donde  habían  sido  asesinados  los  presidentes  Blanco  y 
Dorrego,  así  como  de  la  revolución  ocurrida  en  Méjico  comba- 
tiéndose en  la  misma  capital  los  partidos  de  Victoria  y  de 
Guerrero,  la  que  habia  sido  saqueada  en  gran  parte  por  los 
Léperos  ó  hez  de  aquel  pueblo,  excitaba  Bolívar  al  ministro  de 
relaciones  exteriores  á  que  privadamente  hablára  con  los  en- 
viados de  los  Estados  Unidos  y  de  la  Gran  Bretaña.  Con  el 
primero  á  fin  de  solicitar  la  mediación  de  su  gobierno  con  el 
objeto  de  poner  término  á  la  guerra  del  Perú,  como  que  era  la 
nación  escogida  por  el  convenio  de  Girón  para  intervenir  en 
las  diferencias  entre  aquella  república  y  la  de  Colombia  y  para 
garantir  los  tratos  que  se  hicieran.  Con  el  segundo  para  expo- 
nerle las  pocas  esperanzas  que  habia  de  que  se  consol  idárañ  los 
nuevos  gobiernos  americanos,  y  las  probabilidades  de  que  se 
despedazáran  mutuamente  si  un  estado  poderoso  no  intervenía 
en  sus  diferencias,  ó  tomaba  á  la  América  bajo  de  su  protec- 
ción. Según  el  resultado  que  tuviera  una  conferencia  privada, 


« 


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CAPÍTULO  XV.  200 

autorizaba  al  ministro  de  relaciones  exteriores  para  entablar  de 
oficio  la  negociación,  siempre  que  hubiese  probabilidad  de  un 
buen  suceso  (i). 
El  consejo  de  ministros,  á  quieu  se  mandaba  consultar  un 

(1)  En  oficio  dirigido  por  el  secretario  general  del  Libertador  al  ministro 
de  relaciones  exteriores,  desde  el  cuartel  general  de  Quito,  á  4  de  abril  de 
1829,  después  de  manifestar  que  no  se  habia  cumplido  el  convenio  de  Girón 
y  que  iba  á  continuar  la  guerra,  trazaba  un  cuadro  harto  triste  del  estado 
lamentable  en  que  se  hallaba  la  América  antes  española ,  devorada  por  la 
anarquía ,  las  guerras  civiles  y  todo  linaje  de  excesos,  y  anadia  : 

«  Tan  espantoso  cuadro  como  ofrecen  los  nuevos  Estados  americanos, 
hace  prever  un  porvenir  muy  funesto ,  y  la  causa  de  la  Independencia  se  ve 
amenazada  por  los  mismos  que  debieran  sostenerla.  Colombia  es  ahora  la 
nación  señalada  por  el  dedo  de  lu  venganza  y  del  resentimiento  :  y  si  una 
mano,  una  nación  poderosa  no  media  entre  lo*  Estados  sud-americanos, 
tendremos  ó  que  adoptar  un  espíritu  de  conquista,  ó  prepararnos,  tal  vez 
infructuosamente,  á  repeler  una  nueva  invasión  de  las  fuerzas  combinadas. 

»  El  Libertador  presidente  insiste  en  las  medidas  de  procurar  una  paz 
honrosa  y  permanente ;  la  proclama  adjunta  emite  francamente  los  designios 
de  S.  E.  Mas  en  el  actual  desenfreno  de  pasiones,  y  á  pesar  de  las  revolu- 
ciones intestinas  que  deben  sucederse  en  los  Estados  meridionales  del  Sur, 
no  queda  otro  recurso  (en  el  concepto  de  S.  E.)  que  el  que  Us.  hable  priva- 
damente con  los  ministros  de  los  Estados  Unidos  y  de  Inglaterra,  manifes- 
tándoles las  pocas  esperanzas  que  hay  de  consolidar  los  nuevos  gobiernos 
americanos,  y  las  probabilidades  que  hay  de  que  se  despedacen  recíproca- 
mente, si  un  Estado  poderoso  no  interviene  en  sus  diferencias  ó  toma  á  la 
América  bajo  su  protección.  Según  el  resultado  de  esta  conferencia  privada, 
podrá  Us.  dirigirse  oficialmente  á  dichos  ministros,  siempre  que  haya  pro- 
babilidad de  un  buen  suceso. 

•  He  demostrado  á  Us.  las  intenciones  de  S.  E.  el  Libertador  en  obsequio 
de  la  paz  y  de  la  dicha  de  Colombia.  Resta  que  Us.  someta  al  consejo  de 
ministros  estas  opiniones,  y  que  de  acuerdo  con  él,  proceda  Us.  en  las  rela- 
ciones con  los  agentes  extranjeros  sobre  este  importante  negocio. 

Antes  de  concluir  añadiré  á  Us.  que  al  dirigirse  al  ministro  de  los  Esta- 
dos Unidos,  debe  hacerse  con  el  objeto  de  la  mediación,  como  que  es  la 
nación  invocada  en  los  tratados  de  Girón,  por  parte  del  Perú,  para  interve- 
nir en  las  diferencias  entre  el  Perú  y  Colombia ,  y  para  garantir  el  cumpli- 
miento de  los  convenios  internacionales.  La  protección  es  mas  propia  de 
una  potencia  europea. 

•Vuelvo  á  encarecer  á  Us.  haga  fijar  la  consideración  del  consejo  en  un 
asunto  de  tan  vital  importancia ,  y  del  cual  dependen  los  destinos  de  Co- 
lombia. 

*  Acepte  Us.  el  testimonio  de  mi  distinguida  consideración  y  aprecio  con 
que  soy  de  Us.  muy  obediente  servidor. 

»  Firmado  José  D.  Espinar.  > 

tomo  ív.  i  * 


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210 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


proyecto  tan  extraño,  hijo  probablemente  de  momentos  de 
exaltación  y  de  absoluta  desconfianza  sobre  el  porvenir  de  las 
nuevas  repúblicas,  lo  meditó  con  la  debida  circunspección.  Él 
halló  impracticable  la  abertura  de  semejante  negociación :  pri- 
mero, porque  el  gobierno  de  Colombia  no  tenia  poderes  ni 
instrucciones  de  los  demás  Estados  americanos  para  someterlos 
a  la  protección  de  una  potencia  extranjera,  y  disminuir  así  los 
derechos  de  su  soberanía;  segundo,  porque  el  gobierno  de 
S.  M.  B.  no  querría  obligarse  á  dar  tal  protección  que  lo  com- 
prometería, especialmente  con  la  España ;  y  tercero,  porque  un 
paso  de  tamaña  trascendencia  radicaría  y  haria  mas  fuertes  los 
celos  y  animosidad  de  los  otros  Estados  americanos  contra  Co- 
lombia, persuadiéndoles  que  esta  pretendía  ejercer  sobre  ellos 
una  supremacía  indebida  é  intervenir  en  sus  negocios  domés- 
ticos. Ademas,  era  probable  que  el  gobierno  de  los  Estados 
Unidos  soplára  el  fuego  de  aquella  animosidad,  por  el  influjo 
que  en  tal  caso  debía  adquirir  en  estos  países  la  Gran  Bre- 
taña, influjo  que  perjudicaría  sobre  manera  á  la  política  y  ú 
los  intereses  comerciales  de  los  Americanos  del  norte  y  aun  de 
otras  potencias. 

El  ministro  de  relaciones  exteriores  conforme  á  un  acuerdo 
del  consejo  de  ministros,  expuso  en  oficio  de  25  de  mayo  aques- 
tas razones  al  secretario  general  del  Libertador  presidente.  Eran 
tan  incontestables  los  fundamentos  aducidos  para  no  entablar 
la  negociación,  que  jamas  pensó  el  consejo  que  el  Libertador 
insistiera  en  su  indicación  primitiva.  Sin  embargo,  como  el 
ánimo  de  este  se  hallaba  cada  dia  mas  desconsolado  sobre  la 
suerte  futura  de  las  repúblicas  americanas,  y  como  en  aque- 
llos dias  habia  recibido  noticias  alarmantes  de  nuevos  excesos, 
revoluciones  y  crímenes  que  hacían  cada  vez  mas  negra  la  his- 
toria de  la  América  española  ya  independiente;  en  fin,  como 
se  hablaba  de  una  fuerte  expedición  marítima  y  terrestre  que 
la  España  reunía  en  la  isla  de  Cuba  para  invadir  á  Méjico,  Bo- 
lívar insistió  en  su  primera  idea.  Así,  en  oficio  de  su  secretario 
general,  fecha  de  G  de  julio,  expuso  con  la  enérgica  expresión 
de  ideas  q«e  acostumbraba  el  estado  lamentable  de  la  Ame- 
rica, por  la  insubsistencia  y  mala  fe  de  sus  gobiernos,  que  ho- 
llaban los  tratados  mas  solemnes  y  la  fe  pública  de  las  nacio- 
nes ;  por  los  desórdenes,  ignorancia  y  apatía  de  los  pueblos, 
que  eran  instrumentos  ciegos  del  primer  ambicioso  que  hablán- 


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CAPÍTULO  XV. 

doles  de  libertad  é  igualdad,  les  hacía  cometer  los  mayores 
crímenes;  por  la  desmoralización  de  los  ejércitos,  los  excesos 
de  la  demagogia  y  la  insaciable  sed  de  mando ;  en  fin,  por  la 
actual  amenaza  de  una  fuerte  expedición  española  dirigida 
contra  la  América.  Después  manifestaba  la  insuficiencia  de  los 
remedios  adoptados  hasta  entonces  para  conjurar  la  tempestad 
y  curar  tan  graves  males,  y  se  hacía  cargo  de  las  dificultades 
que  se  habian  opuesto  por  el  consejo  de  ministros  para  em- 
prender la  negociación  que  pusiera  á  la  América  ántes  española 
bajo  la  protección  de  la  Gran  Bretaña  (*). 

(1)  Nos  parece  conveniente  copiar  integro  este  documento  importante ,  que 
decía : 

€  REPÚBLICA  DE  COLOMBIA. 
•  Secretaria  general  de  S.  E.  el  Libertador. 

»  Cuartel  general  en  Buijo,  á  6  de  julio  de  1819  —  19. 
•  Al  H.  señor  ministro  de  Estado  en  el  despacho  de  relaciones  exteriores. 
»  Señor, 

»  He  tenido  la  honra  de  dar  cuenta  á  S.  E.  el  Libertador  presidente  de  la 
comunicación  de  Us.  de  25  de  mayo,  contraída  á  manifestar  los  pasos  que  se 
han  dado  privada  y  ollcialmente  por  el  ministerio  de  Us.  para  excitar  á  los 
gobiernos  de  los  Estados  Unidos  y  del  Reino  Unido  de  la  Gran  Bretaña  é  Ir- 
landa, por  medio  de  sus  ministros,  á  una  mediación  entre  el  Perú  y  Colom- 
bia; y  de  las  observaciones  que  ha  hecho  el  consejo  á  la  indicación  que  de 
orden  de  S.  E.  trasmití  á  Us.  sobre  la  conveniencia  de  solicitar  de  alguna 
potencia  europea,  tomase  la  América  bajo  su  protección.  Los  primeros  son 
conformes  con  los  deseos  de  S.  E.  Las  segundas ,  aunque  desenvuelven  los 
principios  del  derecho  de  gentes  convencional ,  son  mas  bien  aplicables  á  la 
palabra  protección,  de  que  me  he  servido  en  mi  nota  de  4  de  abril ,  que  á  la 
idea  concebida  por  S.  E.  y  que  no  acerté  á  expresar. 

»  Desde  que  las  diferentes  secciones  americanas  han  ensayado  infructuosa- 
mente todas  las  formas  de  gobierno  simples  ó  mixtas  comprendidas  entre  la 
democracia  pura  y  el  completo  absolutismo ;  después  que  los  pueblos  se  han 
familiarizado  en  destituir,  deportar  y  aun  ejecutar  infamemente  á  los  monar- 
cas, directores,  presidentes  y  demás  conductores  de  las  naciones;  cuando  los 
gobiernos  nuevos  hacen  profesión  de  desconocer  todo  derecho  de  gentes ,  y 
guiados  por  el  instinto  del  mal  y  por  su  propio  interés ,  han  conculcado  los 
tratedos  mas  solemnes  y  faltado  á  la  fe  pública  de  las  sociedades ;  después  que 
ineptos  para  gobernarse  á  si  mismos  son  frecuentemente  la  presa  del  primer 
ambicioso,  de  un  emprendedor  audaz,  y  convertidos  en  instrumentos  ciegos 
de  pasiones  individuales,  llevan  la  guerra  á  las  naciones  limítrofes ;  desde  que 
la  desmoralización  ha  penetrado  en  el  corazón  de  los  ejércitos ;  cuando  la  de- 
magogia ha  arrastrado  á  los  hombres,  no  solo  á  despedazar  las  entrañas  de 


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212  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Solamente  un  ánimo  afectado  por  la  mas  profunda  melan- 
colía, como  se  hallaba  entónces  el  de  Bolívar  en  la  hacienda  de 
Buijo,  al  ver  cundir  por  do  quiera  los  desórdenes  y  la  multitud 

su  patria  y  abrasarla  en  el  fuego  déla  discordia  civil,  sino  en  invocar  á  los  ene- 
migos de  aquella,  abrirles  las  puertas  y  franquearse  á  ellos  como  á  sus  cola- 
boradores; después,  en  fin,  que  la  sed  de  mando  ha  sugerido  el  medio  de 
saciarla,  vituperando  á  los  predecesores  hasta  el  extremo  de  fallar  contra  ellos 
en  favor  de  los  enemigos;  y  cuando  la  antigua  metrópoli,  tan  lejos  de  perder 
las  esperanzas  de  reconquiste,  hace  preparativos  para  una  nueva  y  fuerte  ex- 
pedición sobre  las  costas  y  provincias  australes  de  la  América ,  es  preciso,  es 
inevitable  deplorar  anticipadamente  la  futura  suerte  del  Muevo  Mundo. 

>  ¿  Qué  medios  pueden  excogitarse  para  salvarnos  por  nuestros  propios  es* 
fuerzos  del  estremecimiento  casi  universal  que  ha  derrocado  los  imperios,  que 
ha  sepultado  las  repúblicas,  que  ha  hecho  desaparecer  las  naciones  enteras? 
¿Cómo  librar  á  la  América  de  la  anarquía  que  la  devora  y  de  la  colonización 
europea  que  la  amenaza?  —  Se  reunió  un  congreso  anfictiónico,  y  sus  tareas 
fueron  desdeñadas  por  las  naciones  mas  interesadas  en  sus  convenios.  —  Se 
propuso  una  federación  parcial  de  tres  Estados  soberanos,  y  la  maledicencia  y 
el  escándalo  se  elevaron  hasta  los  cielos.  En  fin,  la  América  necesita  de  un 
regulador,  y  con  tal  que  su  mediación,  protección  ó  influencia  emanen  de  una 
nación  poderosa  del  antiguo  continente ,  y  con  tal  que  ejerza  un  poder  bas- 
tante para  que  en  caso  de  ser  desatendida  é  insuficiente  su  política ,  emplee 
la  fuerza  y  haga  oir  la  voz  del  deber,  lo  demás  es  cuestión  de  nombre. 

»  S.  E.  está  al  cabo  de  las  dificultades  que  hay  para  que  Colombia  implore 
el  favor  de  la  Europa  ó  de  una  nación  cualquiera  para  sí  y  los  demás  Estados 
americanos.  Lo  está  también  de  los  celos  que  excitaría  entre  las  potencias 
europeas  la  influencia  que  una  de  ellas  (que  no  fuese  la  España)  ejerciese 
sobre  la  América ;  pero  debiendo  esta  á  la  Inglaterra  doscientos  millones  de 
pesos,  es  sin  duda  la  nación  á  quien  mas  interesa  impedir  la  destrucción  y  la 
esclavitud  de  la  América.  Pero  este  interés  aislado  ó  falto  de  aplicación  y  ejer- 
cicio no  pondrá  á  la  América  á  cubierto  de  ser  colonizada  nuevamente  por  la 
España  ú  otra  nación  continental ;  y  hé  aquí  el  término  de  la  revolución  y  el 
fruto  de  veinte  años  de  sacrificios. 

>  S.  E.  no  tiene  en  este  negociado  el  mas  remoto  interés  personal,  fuera  del 
de  Colombia,  fuera  del  de  la  América.  No  se  adhiere  á  la  palabra;  busca  la 
cosa.  Llámese  como  se  quiera,  con  tal  que  el  resultado  corresponda  á  sus  de- 
seos, de  que  la  América  se  ponga  bajo  la  custodia  ó  salvaguardia,  mediación 
ó  influencia  de  uno  ó  mas  Estados  poderosos  que  la  preserven  de  la  destrucción 
á  que  la  conduce  la  anarquía  erigida  en  sistema,  y  del  régimen  colonial  de  que 
está  amenazada.  Inglaterra  ¿no  ofreció  espontáneamente  su  mediación  entre 
el  Brasil  y  el  Rio  déla  Plata?  ¿No  intervino  á  mano  armada  entre  la  Turquía 
y  la  Grecia?  Busquemos,  pues,  señor  ministro,  una  tabla  de  que  asirnos,  ó 
resignémonos  á  naufragar  en  el  diluvio  de  males  que  inundan  á  la  desgraciada 
América. 

*  Sea  Us.  servido  de  someter  nuevamente  al  consejo  esta  explicación  de  los 


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CAPÍTULO  XV. 


213 


de  crímenes  hijos  de  la  revolución,  entre  los  cuales  no  olvidaba 
el  25  de  setiembre,  y  que  todos  sus  trabajos  y  fatigas  en  diez  y 
nueve  años,  no  habían  hecho  la  felicidad  de  los  pueblos,  podía 
insistir  en  su  primera  indicación.  El  gobierno  de  Colombia  no 
debia  iniciar  sin  poderes  ni  instrucciones  una  negociación  con 
el  fin  de  poner  bajo  la  protección,  es  decir,  dependencia  de  una 
ó  mas  naciones  europeas  á  los  nuevos  Estados  americanos.  En 
primer  lugar,  estos  habrían  rechazado  con  indignación  cuales- 
quiera estipulaciones  acordadas  sin  su  consentimiento ;  y  en 
segundo,  ninguna  de  las  potencias  europeas  habría  querido 
encargarse  por  sí  sola  de  una  empresa  tan  vasta  y  difícil  como 
sujetar  por  su  política  y  por  sus  armas  los  Estados  erigidos  en 
la  América  ántes  española,  á  fin  de  que  marcháran  por  la  senda 
del  deber,  y  se  estimaba  casi  imposible  la  combinación  de  dos 
ó  mas  naciones.  Ademas,  era  un  presentimiento  demasiado 
melancólico  pensar  que  la  débil  España  pudiera  someter  se- 
gunda vez  y  colonizar  las  nuevas  repúblicas.  Si  estas,  sin  tener 
al  principio  hombres  de  Estado,  sin  armas  y  sin  experiencia 
habían  triunfado  hasta  entonces  del  poder  é  influjo  de  la  madre 
patria,  después  de  una  guerra  sangrienta  no  habia  peligro  al- 
guno de  que  sucumbieran  en  la  lucha,  cuando  eran  mas  fuer- 
tes, aguerridas  y  experimentadas  que  al  principio,  y  cuando 
generalizada  la  opinión  de  los  pueblos,  estaban  mas  decididos 
por  la  Independencia.  El  Libertador,  que  durante  su  vida  pú- 
blica habia  dado  tan  relevantes  pruebas  de  una  constancia  y 
valor  incontrastables,  era  el  que  ménos  podia  temer  otra  subyu- 
gación. Nos  parece,  pues,  que  su  exaltada  sensibilidad  y  una 
enfermedad  grave  que  habia  debilitado  su  parte  moral,  ó  acaso 
una  mala  redacción  de  las  ideas  que  expresára,  por  falta  de  su 
secretario,  fueron  las  causas  que  le  hicieron  decir  cosas  que  no 
pensaba  seriamente. 

Ántes  que  el  ministro  de  relaciones  exteriores  Vergara  reci- 
biera dicha  comunicación  para  someterla  al  consejo,  habia 
tenido  várias  conferencias  con  el  señor  Bresson.  Este  expuso  los 
objetos  de  su  misión,  que  eran :  manifestar  al  gobierno  de  Co- 

votos  del  Libertador  por  la  felicidad  de  las  naciones,  en  cuya  existencia  le  ha 
cabido  no  pequeña  parte. 

»  Soy  de  Us.  con  perfecto  respeto  muy  obediente  servidor. 

•  José  D.  Espinar.  » 


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214  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

lombia  que  el  de  S.  M.  Cristianísima  no  habia  podido  reco- 
nocer su  Independencia  y  la  de  las  otras  nuevas  repúblicas  de 
la  América  ántes  española,  por  las  relaciones  íntimas  de  alianza 
y  de  sangre  que  lo  ligaban  con  la  familia  reinante  en  España ; 
en  segundo  lugar,  por  la  delicadeza  con  que  debia  manejarse 
en  tanto  que  sus  tropas  ocupaban  y  recorrían  el  territorio  es- 
pañol; pero  que  sin  embargo  de  tan  graves  obstáculos  que  en- 
cadenaban la  política  de  la  Francia,  esta  en  la  primera  ocasión 
que  se  le  presentó  habia  procurado  establecer  relaciones  comer- 
ciales nombrando  cónsules  y  agentes  para  Colombia.  También 
habia  dado  constantemente  buenos  consejos  al  gobierno  de  la 
España,  para  que  terminára  los  sufrimientos  de  la  América, 
consejos  dictados  por  los  motivos  mas  puros  y  pacíficos.  Ase- 
guró que  la  Francia  jamas  habia  alimentado  designios  hostiles 
contra  Colombia,  y  en  el  caso  de  que  se  hubiesen  hecho  insi- 
nuaciones contrarias  al  gobierno  colombiano,  declaraba  que 
ellas  carecian  enteramente  de  fundamentos. 

Manifestó  en  tercer  lugar  el  comisionado  francés,  que  eva- 
cuado ya  el  territorio  de  la  Península  por  las  tropas  francesas, 
él  habia  sido  enviado  expresamente  por  S.  M.  Cristianísima, 
para  asegurar  al  gobierno  colombiano  de  sus  intenciones  amis- 
tosas y  benévolas.  Añadió  Bresson,  que  estaba  próximo  el  dia 
en  que  fuera  reconocida  Colombia  y  se  establecieran  por  la 
Francia  relaciones  políticas  con  su  gobierno;  que  este  paso 
únicamente  se  retardaba  por  el  estado  interior  del  país,  que 
esperaba  se  fijaría  por  el  congreso  constituyente  que  debia 
reunirse  dentro  de  pocos  meses ;  que  Colombia  daría  entónces 
mayores  garantías  de  estabilidad,  de  orden  y  de  paz  :  la  falta 
de  estas  garantías  era  la  causa  que  en  la  actualidad  retraía  al 
gobierno  de  S.  M.  Cristianísima,  para  contraer  relaciones  po- 
líticas con  los  nuevos  Estados ;  aseguró,  sin  embargo,  que  Co- 
lombia era  una  excepción  por  los  constantes  esfuerzos  que 
siempre  habia  hecho  el  Libertador  presidente  para  restablecer 
completamente  el  órden,  y  para  consolidar  las  instituciones  de 
la  República.  «  El  Libertador  presidente,  añadió  Bresson,  eji  á 
nuestros  ojos  el  hombre  de  gobierno  y  de  buen  orden :  nosotros 
sabemos  apreciar  sus  talentos  y  su  firmeza :  el  presidente  es  la 
mas  fuerte  garantía  de  lo  presente  y  del  porvenir.  » 

Por  último  quiso  saber  el  comisionado  si  Colombia,  al  hacer 
tratados  coa  las.  naciones  que  primero  la  habían  reconocido, 


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CAPÍTULO  XV.  2li> 

habría  encadenado  su  política  concediéndoles  favores  y  preemi- 
nencias que  no  pudiera  acordar  á  la  Francia  tratándola  como 
la  nación  mas  favorecida,  base  indispensable  para  el  reconoci- 
miento de  la  República.  El  ministro  colombiano  informó  al 
señor  Bresson,  que  el  gobierno  estaba  libre  y  sin  traba  alguna 
por  sus  convenios  anteriores,  para  tratar  con  el  de  S.  M.  Cris- 
tianísima sobre  la  base  de  una  perfecta  y  recíproca  igualdad. 
Esta  franca  declaración  fué  muy  satisfactoria  al  comisionado, 
quien  expresó  á  nombre  del  gobierno  francés,  que  en  los  trata- 
dos que  hiciera  con  el  de  Colombia  sería  generoso,  y  que  no 
tendría  exigencias  que  perjudicaran  á  la  República.  Agregó  que 
estos  eran  únicamente  los  objetos  de  su  misión,  y  que  no  tenia 
poderes  algunos  para  celebrar  tratados ;  pues,  como  habia  dicho, 
esto  dependía  del  desarrollo  que  tuvieran  los  negocios  internos 
de  Colombia,  y  de  las  garantías  de  orden  y  de  estabilidad  que 
diera  su  gobierno.  También  aplaudió,  como  una  medida  propia 
para  conciliarse  el  afecto  de  las  demás  naciones,  el  decreto  del 
Libertador  suspendiendo  el  corso  y  llamando  á  todos  los  corsa- 
rios :  expresó  haber  hecho  tal  decreto  una  impresión  muy  fa- 
vorable en  el  ánimo  de  los  negociantes  franceses,  lo  que  desde 
antes  habia  manifestado  él  ministro  de  relaciones  exteriores 
conde  la  Ferronays. 

Iguales  motivos  á  los  que  indicaba  el  gobierno  francés  para 
no  reconocer  á  Colombia,  obraban  sobre  otros  gabinetes  euro- 
peos. Aquellos  que  habían  reconocido  nuestra  Independencia 
se  retraían  un  poco  de  cultivar  la  amistad  y  las  relaciones  po- 
líticas ya  contraidas.  Los  demás  retardaban  de  dia  en  dia  el 
reconocer  á  la  República  y  tratar  con  su  gobierno.  Aunque 
todos  manifestaban  la  mayor  confianza  y  admiración  de  los 
talentos,  de  la  buena  fe  y  del  influjo  del  Libertador,  altas  cali- 
dades que  le  ponían  en  aptitud  de  cumplir  ló  que  ofreciera, 
todavía  suscitaban  objeciones.  Temían  que  se  prolongára  la 
guerra  de  Colombia  con  el  Perú  y  que  le  suscitára  acaso  otros 
enemigos :  que  el  Libertador  muriese,  como  podia  suceder,  ó 
que^el  congreso  constituyente  no  le  nombrára  de  nuevo  para  la 
presidencia. 

Como  estas  objeciones,  que  detenían  el  curso  de  nuestras  re- 
laciones exteriores,  dependían  de  hechos  encubiertos  aun  con 
el  velo  de  lo  futuro,  los  señores  Madrid  y  Palácios,  ministros 
colombianos  en  Lóndres  y  en  Paris,  á  pesar  de  su  celo  y  de  sus 


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210  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

constantes  esfuerzos,  no  podían  desvanecerlas.  El  cuerpo  diplo- 
mático en  la  capital  del  imperio  británico  continuaba  dando  al 
primero  relevantes  pruebas  de  consideración  y  de  alta  estima, 
así  como  el  lord  Aberdeen,  que  dirigía  las  relaciones  exteriores 
bajo  del  ministerio  Wellington.  Sin  embargo,  Madrid  no  pudo 
recabar  de  él  que  interpusiera  sus  buenos  oficios  con  la  España 
á  fin  de  que  diera  la  paz  á  Colombia.  El  ministro  británico  res- 
pondió que  tantas  veces  lo  habia  hecho  el  gobierno  de  S.  M., 
sin  obtener  un  éxito  favorable,  que  si  no  ocurría  uu  nuevo  y 
poderoso  motivo  que  diera  alguna  probabilidad  de  un  feliz 
resultado,  ó  de  que  en  el  gabinete  de  Madrid  ocurriera  algún 
cambio  en  su  política  actual,  no  podia  repetir  semejante  paso 
sin  desdoro  de  la  administración  británica.  Tampoco  accedió  el 
lord  Aberdeen  á  reclamar  del  gobierno  español  los  armamentos 
que  se  hacian  en  las  islas  de  Cuba  y  Puerto-Rico,  destinados, 
según  se  decia,  contra  Colombia  y  Méjico.  Recordósele  por  el 
señor  Madrid  y  por  el  ministro  mejicano,  que  las  dos  repúbli- 
cas pudieron  invadir  y  tomar  aquellas  importantes  colonias  de 
la  madre  patria,  lo  que  no  hicieron  por  complacer  al  gobierno 
de  la  Gran  Bretaña,  que  manifestó  por  medio  de  su  difunto 
ministro  Mr  Canning  deseos  de  que  no  atacáran  á  Cuba  ni  á 
Puerto-Rico.  Añadieron  los  ministros  ántes  mencionados,  que 
armándose  allí  tropas  contra  el  continente  americano,  al  fin  se 
verían  obligados  los  gobiernos  de  Colombia  y  de  Méjico  á  rea- 
lizar la  invasión  usando  de  su  natural  defensa.  El  ministro 
ingles  sostuvo  que  no  habia  constancia  de  promesa  alguna 
hecha  por  parte  del  gobierno  británico,  de  impedir  los  arma- 
mentos en  aquellas  islas  contra  las  repúblicas  de  la  Costa- 
Firme  :  confesó  el  derecho  que  tenían  los  beligerantes  de  inva- 
dir dichas  colonias ;  empero  añadió  secamente  al  ministro  me- 
jicano :  «  que  si  verificaban  la  invasión  se  sujetarían  á  las  con- 
secuencias. » 

El  señor  Madrid  fué  mas  feliz  con  el  embajador  de  los  Países 
Bajos  en  Lóndres.  Consiguió  al  fin  allanar  todas  las  dificultades 
y  escrúpulos  que  oponía  el  barón  Falk  sobre  el  estado  actua^de 
Colombia,  que  juzgaba  esencialmente  provisorio,  y  en  Io  de 
mayo  firmaron  un  tratado  de  amistad,  navegación  y  comercio. 
Este  era  en  su  mayor  parte  conforme  al  celebrado  con  la  Gran 
Bretaña ;  pero  en  él  se  hacian  concesiones  mas  liberales  á  nues- 
tra navegación  y  se  obtuvieron  algunas  otras  ventajas.  Debia 


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CAPÍTULO  XV. 


permanecer  en  su  fuerza  y  vigor  por  el  término  de  doce  años 
contados  desde  el  día  del  canje  de  las  ratificaciones.  Cumplido 
este  término  aun  continuada  observándose,  miéntras  una  de  las 
dos  partes  contratantes  no  declarase  á  la  otra  su  resolución  de 
terminarlo;  en  cuyo  caso  estaría  en  vigor  por  el  espacio  de 
doce  meses  contados  desde  el  dia  en  que  se  hubiera  recibido  la 
expresada  notificación.  Luego  que  dicho  tratado  se  recibió  en 
Bogotá  se  envió  al  Libertador,  de  quien  obtuvo  la  ratificación 
correspondiente. 

En  París  nada  habia  podido  adelantar  el  enviado  colombiano 
Palácios.  El  ministerio  Polignac  era  contrario  enteramente  al 
reconocimiento  de  las  nuevas  repúblicas.  Aun  tachaba  la  con- 
ducta del  Libertador,  pues  el  príncipe  dijo  á  Palácios  en  una 
conferencia,  que  por  miras  ambiciosas  promovía  la  guerra  con 
el  Perú,  proposición  que  no  pudo  sostener  luego  que  oyó  las 
razones  victoriosas  que  le  diera  en  contrario  nuestro  ministro. 
Decíase,  y  resultó  después  cierto,  que  el  príncipe  de  Polignac 
habia  revocado  la  comisión  del  señor  Bresson  y  llamádole  á 
Francia. 

En  su  lugar  y  con  el  carácter  de  enviado  extraordinario  y 
ministro  plenipotenciario  del  emperador  del  Brasil,  venia  á 
aumentar  la  lista  diplomática  en  la  capital  de  Colombia  el 
comendador  don  Luis  de  Souza  Díaz.  El  Libertador  se  habia 
propuesto,  desde  que  se  estableció  aquel  imperio  limítrofe  de 
Colombia,  mantener  buena  amistad  con  su  ilustre  jefe,  espe- 
cialmente después  que  se  esclarecieran  los  hechos  que  por 
algunos  días  turbaron  las  relaciones,  cuando  Bolívar  se  hallaba 
en  el  Alto-Perú.  El  emperador  correspondía  ahora  con  la  mi- 
sión de  Souza  Díaz,  á  la  que  el  Libertador  enviára  á  don  Pedro 
á  fin  de  felicitarle  por  su  elevación  al  trono  imperial. 

Fuera  de  esta  variación  hubo  algunas  otras  en  el  personal 
del  cuerpo  diplomático  residente  en  la  capital  de  Colombia. 
El  general  Harrison,  enviado  extraordinario  y  ministro  pleni- 
potenciario del  gobierno  de  los  Estados  Unidos  del  Norte,  fué 
reemplazado  por  el  coronel  Tomas  Moore  con  el  mismo  carác- 
ter. Harrison  habia  sido  nombrado  por  el  presidente  Adams. 
Por  tanto  le  cupo  la  suerte  que  á  los  demás  empleados  de  aque- 
lla administración,  que  perdieron  sus  destinos  por  remoción 
que  el  nuevo  presidente  general  Jackson  hizo  de  ellos,  luego 
que  subiera  á  la  silla  presidencial  en  marzo  de  1828;  tachóles 


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218 


HISTOHU   DE  COLOMBIA. 


en  su  discurso  de  inauguración  —  a  de  manos  infieles  ó  incom- 
petentes. » 

Á  Colombia  fué  ventajosa  la  variación  de  ministro.  Harrison, 
á  pesar  de  sus  primeras  protestas  que  parecían  emanadas  de 
un  militar  franco,  habia  tomado  parte  en  las  cuestiones  políti- 
cas que  se  agitaban  en  la  República,  y  declarádose  enemigo 
gratuito  del  Libertador,  á  quien  escribió  al  sur  una  larga  carta 
dándole  consejos  sobre  el  modo  de  gobernar  á  los  pueblos,  los 
que  este  despreciára,  y  porque  no  establecía  en  Colombia  un 
gobierno  como  el  de  los  Estados  Unidos.  Pretensiones  insensa- 
tas, pues  hasta  los  principiantes  en  los  estudios  políticos  saben, 
que  acaso  no  se  hallarán  dos  naciones  que  puedan  ser  regidas 
por  una  misma  constitución. 

Tales  designios  del  ministro  Harrison  emanaban  probable- 
mente del  presidente  Adams  y  de  su  secretario  de  Estado  Clay, 
que  se  habían  propuesto  influir  en  los  gobiernos  de  las  nuevas 
repúblicas,  sobre  todo  en  Méjico  y  en  Colombia.  Por  medio  de 
su  ministro  J.  R.  Poinsett  consiguieron  minar  ai  gobierno  de 
Méjico  hasta  introducir  el  mas  horroroso  desórden  en  aquella 
república,  valiéndose  de  las  logias  masónicas  y  promoviendo 
una  grande  rivalidad  entre  los  ritos  escoces  y  yorkino ;  patro- 
cinando á  este,  Poinsett  lo  hizo  triunfar  y  pudo  con  tal  auxilio 
disponer  á  su  arbitrio  de  la  suerte  del  país.  Nació  de  aquí  la 
sangrienta  revolución  que  colocára  al  general  Vicente  Guerrero 
al  frente  de  la  nación  mejicana,  echando  abajo  la  elección  de 
Gómez  Pedraza.  Siguiéronse  después  las  revueltas  continuas  y 
posteriores  de  Méjico ,  que  nos  dan  derecho  á  pensar  que  la 
administración  de  Adams  obraba  en  esto  con  un  maquiave- 
lismo refinado.  No  quería  que  un  Estado  limítrofe,  rico  y  po- 
deroso, tuviera  un  gobierno  bien  establecido,  que  algún  dia  se 
opusiera  á  los  proyectos  de  influjo,  predominio,  engrandeci- 
miento y  expoliación  que  acaso  desde  entónces  meditaba  el 
gobierno  de  los  Estados  Unidos.  La  cuestión  de  Téjas,  el  Nuevo 
Méjico  y  las  Californias  eran  probablemente  los  designios  am- 
biciosos que  aun  estaban  en  embrión.  a 

Aunque  respecto  de  Colombia  no  podia  meditar  iguales 
proyectos,  porque  los  territorios  no  eran  limítrofes,  el  brillo  de 
esta  nueva  República,  así  como  la  gloria  y  el  influjo  de  su 
ilustre  jefe,  que  se  caracterizaba  por  Adams  y  por  su  ministro 
Clay  como  un  hombre  ambicioso,  parece  que  eran  los  motivos 


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CAPÍTULO  XV 


219 


que  obraban  en  su  ánimo  para  turbar  la  marcha  del  gobierno 
de  Colombia.  A  fin  de  conseguirlo  Harrison  se  ligó  en  Bogotá 
con  los  enemigos  del  Libertador,  especialmente  con  el  encar- 
gado de  negocios  de  los  Estados  Unidos  mejicanos,  coronel 
Anastasio  Torrens.  Este,  cuyos  talentos  eran  bien  limitados,  se 
habia  ocupado  desde  el  tiempo  del  presidente  Guadalupe  Vic- 
toria en  dirigir  á  su  gobierno  chismes  oficiales  contra  el  Liber- 
tador, asegurándole  que  pretendía  sojuzgar  á  Méjico  para  do- 
minar en  la  América  ántes  española,  calumnia  que  no  tenia  el 
menor  fundamento,  y  que  se  supo  haber  sido  apoyada  por  el 
ministro  Poinsett  en  cumplimiento  de  órdenes  expresas  de  su 
gobierno.  De  aquí  provino  que  la  administración  de  Guerrero 
en  Méjico  profesaba  mala  voluntad  á  Colombia  y  al  Libertador; 
así  fué  que  en  la  guerra  del  Perú  se  habia  declarado  abierta- 
mente en  favor  de  esta  república,  diciendo  —  «  que  su  causa 
era  la  de  la  humanidad.  »  También  manifestó  regocijo  el 
mismo  gobierno  cuando  los  Peruanos  publicaron  que  habían 
ganado  la  batalla  de  Tarqui  y  humillado  á  Colombia. 

Esta  mala  voluntad  la  habia  extendido  Torrens  cuanto  le 
fuera  posible,  por  medio  de  las  logias  yorkinas,  que  desgracia- 
damente disponían  de  la  suerte  de  Méjico,  y  con  las  que  se  ha- 
llaba en  correspondencia.  Afortunadamente  ni  Harrison,  ni  Tor- 
rens, ni  otros  intrigantes  pudieron  adquirir  influjo  político  en 
Colombia  valiéndose  de  las  logias  masónicas.  Aunque  hasta 
1823  tuvieron  bastante  séquito  por  la  novedad,  desde  entónces 
comenzó  á  decaer  su  crédito  mal  adquirido,  y  poco  después  de 
1826  terminaron  su  desacreditada  existencia.  El  Libertador  las 
ridiculizaba  con  mucha  fuerza  y  otros  hombres  influentes  hi- 
cieron lo  mismo,  atacándolas  también  el  principio  religioso  y 
los  eclesiásticos  desde  el  pulpito.  Es  verdad  que  en  Colombia 
los  masones  se  ocupaban  en  divertirse  á  costa  de  los  noveles 
hermanos,  en  largas  cenas,  y  en  explotar  algunos  de  ellos  mas 
astutos  y  experimentados  la  sencillez  de  otros,  arrancándoles 
crecidas  limosnas  para  socios  de  la  confraternidad  que  se  su- 
ponían pobres,  ó  que  en  efecto  lo  eran. 

lodos  estos  hechos  de  Torrens  llegaron  al  conocimiento  del 
gobierno  de  Colombia  por  documentos  fehacientes,  quien  ma- 
nifestó al  de  Méjico  sus  deseos  de  que  lo  reemplazára  por  otro 
agente  diplomático,  que  cultivase  mejoría  buena  armonía  entre 
ambas  repúblicas. 


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220  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

En  cuanto  al  ministro  Harrison,  se  atajaron  los  males  que 
pudiera  haber  causado  á  Colombia,  con  su  relevo  y  la  posesión 
del  nuevo  enviado  extraordinario  coronel  Moore ;  este,  en  su 
discurso  al  jefe  del  gobierno  de  Colombia  el  dia  que  fué  reco- 
nocido, protestó  á  nombre  del  presidente  Jackson  y  en  virtud  ?; 
de  instrucciones  especiales,  —  a  que  se  abstendría  muy  escru- 
pulosamente de  cualquiera  intervención  directa  ó  indirecta  en 
la  política  y  negocios  domésticos  de  Colombia.  »  La  misma 
declaración  hizo  el  coronel  Moore  al  secretario  de  relaciones 
exteriores  de  nuestra  República;  en  conferencia  verbal  le  ase- 
guró á  nombre  del  presidente  de  los  Estados  Unidos,  que  habia 
revocado  los  poderes  de  Harrison,  para  enviar  un  ministro  de 
toda  su  confianza  é  impedir  cualquiera  ingerencia  en  los  nego- 
cios internos  de  Colombia.  Hé  aquí  una  prueba  convincente  de 
cuanto  hemos  dicho  sobre  la  intervención  maquiavélica  del 
gobierno  del  presidente  Adams  en  los  asuntos  domésticos  de 
nuestra  República  y  de  Méjico.  Aun  se  verán  otros  hechos  pos- 
teriores que  robustecen  este  mismo  concepto. 

Sin  embargo  del  cambiamiento  feliz  acaecido  en  la  legación 
de  los  Estados  Unidos,  el  Libertador  deseando  tener  en  Was- 
hington un  representante  de  toda  su  confianza,  nombró  con  el 
carácter  de  enviado  extraordinario  y  ministro  plenipotenciario 
de  Colombia  en  los  Estados  Unidos  al  general  Daniel  F.  O'Leary. 
Instruyóse  á  este  para  que  examinára  cuidadosamente  los  pla- 
nes y  la  política  de  aquel  gabinete,  sus  miras  y  sus  proyectos 
sobre  las  repúblicas  de  la  América  del  Sur  y  de  Méjico,  y  mas 
particularmente  respecto  de  Colombia. 

Aun  prescindiendo  de  estos  negocios,  habia  á  la  sazón  otro 
motivo  de  suma  importancia  para  mantener  en  Washington  un 
ministro  como  O'Leary,  inteligente  y  celoso  por  el  servicio  y 
prosperidad  de  la  República.  Tal  era,  tener  fija  la  vista  sobre 
las  operaciones  del  gobierno  español  en  las  islas  de  Cuba  y 
Puerto-Rico.  La  primera  sobre  todo  era  entónces  el  centro  de 
los  proyectos  hostiles  que  la  España  meditaba  contra  los  nuevos 
Estados  que  se  habían  formado  en  sus  antiguas  colonias.  Jro- 
pas  numerosas  y  una  escuadra  existían  en  Cuba,  y  se  decia  estar 
pronta  á  zarpar  una  fuerte  expedición.  Aquestas  noticias  tenían 
alarmadas  nuestras  costas  y  especialmente  las  de  Venezuela.  El 
agente  colombiano  en  Curazao,  Rafael  Diego  Mérida,  aseguró  al 
general  Páez  que  la  expedición  preparada  al  mando  del  briga- 


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CAPÍTULO  XV.  221 

dier  don  Isidro  Barridas  vendría  contra  Venezuela ,  noticia 
que  causara  á  Páez  una  grande  alarma,  obligándole  á  hacer 
muchos  preparativos,  y  crecidos  gastos  en  circunstancias  en 
que  la  hacienda  pública  de  los  departamentos  sujetos  á  su  in- 
mediato mando  se  hallaba  en  un  estado  lamentable  de  pobreza 
y  decadencia.  Mas  el  gobierno  de  la  República,  mejor  instruido, 
no  tuvo  el  menor  cuidado.  Conocia  desde  algunos  meses  atrás 
los  pasos  que  se  dieron  en  Madrid  para  armar  aquella  expedi- 
ción, las  intrigas  que  la  habian  motivado  y  que  se  dirigía  con- 
tra Méjico  (t).  Algunos  emigrados  y  otros  entusiastas  por  la 
dominación  española  hicieron  creer  ai  gobierno  de  Fernando  VII, 
que  al  desembarcar  tropas  suyas  en  las  costas  mejicauas  todo 
el  país  se  levantaría  en  masa  á  favor  de  la  madre  patria,  y  que 
el  general  Santana  se  pondría  á  la  cabeza  del  movimiento.  Esta 
es  la  única  y  verdadera  clave  para  explicar  la  locura  del  gabi- 
nete de  Madrid,  que  enviara  con  un  jefe  tan  inepto  como 
Barradas,  solo  tres  mil  seiscientos  hombres  de  desembarco, 
contra  una  república  que  tenia  mas  de  seis  millones  de  ha- 
bitantes. Sin  embargo  la  escuadra  que  conducía  un  número 
tan  insignificante  de  tropas  españolas  zarpó  de  la  Habana  el  7 
de  julio. 

Alarmados  como  se  hallaban  los  departamentos  de  Venezuela 
supieron  bien  pronto  que  la  expedición  había  dirigido  su  rumbo 
hacia  las  plazas  de  Méjico.  Interrumpiéronse ,  pues,  los  prepa- 
rativos de  defensa,  y  el  general  Páez  dedicó  su  atención  á  con- 
solidar la  tranquilidad  interna.  Aun  todavía  la  turbaban  algunas 
fuertes  partidas  de  guerrillas  en  favor  del  rey.  Las  principales 
eran  las  que  tenían  sus  guaridas  en  las  montañas  de  los  Güires, 
de  Tamanaco,  y  Batatal  entre  Orituco  y  Rio-Chico.  Según  he- 
mos dicho  antes,  las  mandaba  el  Español  don  José  María  Amá- 
balo con  el  título  de  «  comandante  general  de  las  tropas  ame- 

(1)  Un  patriota  distinguido  natural  de  Caracas,  que  residía  en  Madrid  desde 
algunos  años  ántes,  y  que  se  decidió  á  servir  á  su  patria  con  talentos  nada 
comunes,  daba  al  gobierno  de  Colombia  todas  las  noticias  que  le  importaba 
saber* Este  agente,  que  tenia  en  la  corte  buenas  relaciones,  sabía  aun  los  se- 
cretos militares  y  de  gabinete,  los  que  analizaba  con  una  crítica  severa  y  con 
excelente  lógica.  Tan  distinguido  Colombiano,  don  Tomas  Quintero,  lia  muerto 
pobre  en  Madrid,  sin  que  Colombia,  por  sus  funestas  divisiones,  pudiera  pre- 
miarle sus  importantes  y  patrióticos  servicios.  Debemos  por  lo  menos  darle  un 
testimonio  público  de  nuestro  reconocimiento. 


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222 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


nenias  de  S.  M.  Católica.  »  Cansado  aquel  de  la  penosa  vida  que 
llevaba  en  los  bosques,  se  desengañó  de  que  nada  podían  ade- 
lantar sus  guerrillas  contra  las  fuerzas  numerosas  que  tenia  el 
gobierno  de  Colombia.  Mandaba  las  destinadas  á  combatir  los 
facciosos  por  la  parte  de  Orituco  en  el  llano  alto  el  general  An^ 


tonio  Valero;  y  por  el  lado  de  Rio-Chico  el  primer  comandante 
Lorenzo  Bustíllos,  los  que  por  medio  de  sus  partidas  tenían  en 
donde  quiera  acosados  á  los  guerrilleros.  Á  consecuencia  de  tan 
penosa  situación ,  Arizábalo  propuso  una  capitulación  para  sí  y 
para  todos  los  que  seguían  las  banderas  del  rey  de  España ;  él 
ofreció  hacer  cuanto  estuviera  á  su  alcance  á  fin  de  que  todos  sus 
partidarios  depusieran  las  armas  bajo  de  la  mas  solemne  garan- 
tía de  que  podrían  permanecer  en  el  país  los  que  no  quisieran 
trasladarse  á  Puerto-Rico  en  un  buque  preparado  al  efecto  que 
les  daría  el  gobierno  colombiano. 

Aceptada  la  propuesta,  el  general  Páez  confirió  al  comandante 
de  Rio-Chico  Bustíllos  el  poder  y  las  instrucciones  convenientes 
para  que  ajustase  la  capitulación.  Efectivamente  se  firmó  el  18 
de  agosto  en  el  campo  de  la  boca  del  rio  Aragua,  entre  Bustíllos 
y  Arizábalo.  Ofreció  este  que  todas  las  tropas  que  estaban  á  sus 
órdenes  evacuarían  las  posiciones  que  ocupaban  y  rendirían  las 
armas  en  el  pueblo  de  Guapo,  concediéndoseles  los  honores  mi- 
litares establecidos  por  el  derecho  de  la  guerra;  prometióse  la 
mas  completa  garantía  respecto  de  todos  sus  hechos  anteriores 
á  los  jefes,  oficiales  y  soldados  que  se  entregaran ,  y  que  serian 
bien  tratados,  lo  mismo  que  sus  familias,  todos  aquellos  que 
determináran  quedarse  en  el  país ,  jurando  la  constitución  y 
leyes  de  la  República.  Á  los  que  prefiriesen  trasladarse  á  los 
dominios  del  rey  de  España,  se  les  ofreció  que  con  toda  seguri- 
dad y  á  costa  de  Colombia  se  les  llevaría  con  sus  familias  á  la 
isla  de  Puerto-Rico  ó  de  Santómas. 

Luego  que  estuvo  concluida  y  firmada  la  capitulación,  que 
fué  aprobada  por  el  jefe  superior  de  Venezuela,  y  posterior- 
mente por  el  consejo  de  ministros  que  residía  en  Bogotá,  se  in- 
vestigó la  voluntad  de  los  jefes,  oficiales,  soldados  y  sirvientes 
que  componian  las  guerrillas  presentadas  :  todos  expusieran  á 
presencia  de  Arizábalo  y  de  Bustíllos ,  que  preferían  quedarse 
en  el- país  de  donde  eran  naturales.  En  seguida  prestaron  en  el 
templo  del  Guapo  el  juramento  de  fidelidad  al  gobierno  de  la 
República  de  Colombia,  de  sumisión  y  obediencia  á  sus  leyes  é 


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CAPÍTULO  XT.  T¿3 

instituciones ;  acto  á  que  se  diera  bastante  solemnidad.  Única- 
mente el  comandante  Atizábalo  expuso  :  que  ni  su  naturaleza 
ni  su  honor  le  permitían  abrazar  y  seguir  otro  partido  que  el 
de  la  fidelidad  á  las  banderas  del  rey  de  España,  fuera  cual  fuese 
suerte.  En  consecuencia  se  le  trasladó  á  Puerto-Rico. 
En  virtud  de  esta  capitulación ,  cumplida  fielmente  por  una 
otra  parte,  se  presentaron  a  gozar  de  ella  en  el  cantón  de  Rio- 
Chico  y  en  el  de  Orituco  los  comandantes  Juan  Celestino  Cen- 
teno y  Doroteo  Herrera,  diez  oficiales,  ciento  cuarenta  soldados, 
y  ciento  ochenta  y  ocho  entre  mujeres  y  niños.  Gran  parte  fue- 
ron distribuidos  en  el  cantón  de  Rio  Chico  con  el  destino  de 
que  se  ocuparan  en  la  agricultura,  dándose  por  cuenta  del  go- 
bierno tierras  baldías  á  los  que  las  pidieran.  A  Doroteo  Her- 
rera, cuyas  habitudes  eran  militares,  le  llamó  el  general  Páez 
á  fin  de  emplearle  en  el  ejército  como  oficial  de  caballería. 

Estos  jefes  de  guerrillas  fueron  los  últimos  restos  del  partido 
español  que  depusieron  las  armas  en  Colombia ,  y  también  las 
postrimeras  hostilidades  que  nos  hiciera  la  España  (agosto  18). 
De  aquí  para  adelante  la  guerra  de  nuestra  Independencia  fué 
enteramente  nominal. 

Es  cierto  que  subsistía  la  partida  de  José  Dionisio  Cisnéros  en 
los  valles  del  Tuy  y  en  las  cercanías  de  Carácas.  Pero,  según  se 
dijo  en  la  capitulación  de  Arizábalo ,  era  Cisnéros  un  faccioso 
malhechor  que  ninguna  conexión  ni  relaciones  tenia  con  el  go- 
bierno de  S.  M.  Católica,  y  por  esto  no  se  sujetaba  á  la  regula- 
rizacion  de  la  guerra,  ni  a  las  leyes  de  la  nación  española.  Asi 
fué  que  Arizábalo  no  incluyó  á  Cisnéros  en  la  mencionada  ca- 
pitulación. Él  continuó  robando  y  matando  por  algunos  años, 
sin  que  nunca  se  le  pudiera  aprehender.  Por  fin  capituló  con  el 
gobierno  de  Venezuela,  perdonándole  este  todos  sus  crímenes, 
con  tal  de  que  pusiera  término ,  según  lo  hizo ,  á  los  robos  y 
matanza  de  los  labradores  pacíficos  é  inermes. 

Ademas  de  estos  sucesos  ocurrieron  otros  en  Venezuela  dig- 
nos de  recordarse.  Uno  de  ellos  fué  el  arribo  á  Puertocabello 
(agosto  20)  en  la  fragata  Cundinamarca  del  general  Francisco 
de  Piula  Santander,  con  otros  de  los  que  habian  sido  mandados 
expulsar  del  país  á  consecuencia  de  la  conspiración  del  25  de 
setiembre.  En  cumplimiento  de  órdenes  que  ya  tenia  Páez , 
quien  se  hallaba  en  aquella  plaza,  le  hizo  salir  inmediatamente 
en  un  buque  mercante  que  se  dirigía  en  la  ciudad  de  Ham- 


HISTORIA  DF.  COLOMBIA . 


burgo.  Algunos  de  sus  compañeros  de  viaje  permanecieron  en 
Venezuela,  donde  se  les  permitió  residir. 

La  fragata  Cundinamarca  debía  dirigirse  al  Pacífico,  adonde 
estaba  destinada.  Mas  considerando  que  llegaría  muy  tarde 
para  hacer  la  guerra  al  Perú ,  el  general  Páez  suspendió  los 
aprestos  de  su  partida,  á  causa  también  de  la  escasez  de  las 
rentas  publicas  de  Venezuela,  que  no  producían  eutónces  para 
cubrir  los  gastos  mas  precisos  i*). 

Casi  al  mismo  tiempo  que  en  Venezuela  ocurrían  estos  suce- 
sos en  el  curso  del  mes  de  agosto,  en  Bogotá  recibió  el  consejo 
de  ministros  la  nota  del  6  de  julio  del  secretario  general  del 
Libertador,  en  que  le  prevenía  excogité  ra  los  medios  mas  pro- 
pios para  conseguir  en  favor  de  Colombia  —  a  la  custodia  ó  sal- 
vaguardia, mediación  ó  influencia  de  alguna  de  las  grandes  po- 
tencias de  Europa. »  A  la  sazón  ya  se  sabia  el  resultado  de  las 
elecciones  de  los  representantes  que  debían  formar  el  congreso 
constituyente  de  Colombia, hechas  en  toda  la  República  el  Io  de 
julio.  Estas  elecciones  se  habían  practicado  en  las  provincias 
con  el  mayor  órden,  y  por  do  quiera  excitaron  un  grande  inte- 
rés, concurriendo  al  nombramiento  mayor  número  de  sufra- 
gantes parroquiales  que  en  las  anteriores  (*).  Habían  sido  elegi- 
dos diputados  para  el  congreso  algunos  de  los  proceres  de  la 
Independencia,  hombres  de  grande  influjo  en  sus  provincias,  y 
amigos  de  los  que  componían  la  administración  del  Libertador : 
ellos  deseaban  que  se  adoptaran  en  Colombia  instituciones  mas 
durables  y  acomodadas  á  las  habitudes  que  reinaban  en  nues- 
tros pueblos,  que  aquellas  por  las  cuales  nos  habíamos  regido 
hasta  entonces.  Parecía  también  á  muchos  que  por  medio  de 
razonamientos  podría  vencerse  la  exaltación  y  amor  á  la  demo- 
cracia pura  de  algunos  otros  diputados ,  especialmente  de  los 
mas  jóvenes. 

Esta  perspectiva  se  juzgó  favorable  á  las  ideas  del  consejo  de 
ministros  y  de  todos  aquellos  que  opinaban  por  la  Monarquía, 
animándolos  á  continuar  en  su  iniciado  proyecto.  Después  de 

(1)  La  fragata  Cundinamarca  continuó  anclada  en  Puertocabello ,  doifcie  se 
estaba  pudriendo.  Vendióla  el  gobierno  del  general  Páez  por  trescientos  cin- 
cuenta mil  pesos  en  vales  de  la  deuda  doméstica  de  Colombia ,  que  no  se  pa- 
gaban al  veinte  y  cinco  por  ciento.  Según  veremos  después,  La  Colombia  tuvo 
un  ñn  aun  mas  desgraciado. 

(2)  Véase  la  nota  19». 


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CAPÍTULO  XV.  22» 

algunas  meditaciones  bastante  detenidas,  se  decidió  el  consejo  á 
extender  un  acuerdo  el  3  de  setiembre.  Trataba  en  él  de  resol- 
ver el  difícil  problema  recomendado  con  tanta  fuerza  por  el  Li- 
bertador, de  adquirir  para  Colombia  la  ayuda  ó  protección  de 
una  poderosa  nación  europea,  sin  comprometer  de  modo  alguno 
la  Independencia  nacional.  Observóse  justamente  que  no  se  po- 
dría conseguir  ninguna  ayuda ,  salvaguardia  ó  protección  que 
enfrenase  la  anarquía ,  sin  dar  primero  estabilidad  al  gobierno 
de  la  República ;  sin  este  requisito  ninguna  potencia  querría 
entrar  en  comprometimientos  con  nosotros.  El  consejo  se  habia 
ocupado  anteriormente  en  examinar  la  ardua  cuestión  de  ¿cuál 
sería  la  forma  de  gobierno  que  mas  convenia  á  Colombia  ?  Él 
acordó  por  unanimidad  —  «  que  una  Monarquía  constitucional 
presenta  todo  el  vigor  y  estabilidad  que  debe  tener  uu  gobierno 
bien  cimentado;  al  mismo  tiempo  que  da  á  los  pueblos  y  á  los 
ciudadanos  cuantas  garantías  necesitan  para  asegurar  su  bien- 
estar y  su  prosperidad.  Es  cierto ,  añadía ,  que  toca  al  futuro 
congreso  hacer  este  cambiamiento  de  formas ,  el  que  se  halla 
convocado  para  enero  próximo;  mas  habiendo  sido  hechas  las 
elecciones  de  diputados  en  personas  de  confianza  y  amigas  del 
gobierno ,  hay  mucha  probabilidad  de  que  el  congreso  adopte 
el  cambiamiento  indicado  y  dé  á  Colombia  la  forma  monár- 
quica. » 

En  fuerza  de  tales  antecedentes  los  miembros  del  consejo 
fueron  unánimemente  de  opinión  ,  que  habia  llegado  el  tiempo 
de  que  el  ministro  de  relaciones  exteriores  abriera  reservada- 
mente una  negociación  con  los  agentes  diplomáticos  de  Ingla- 
terra y  Francia ,  reducida:  primero  ,  á  manifestar  la  necesidad 
que  tenia  Colombia,  para  su  organización  definitiva,  de  variar 
la  forma  de  su  gobierno ,  decretando  una  Monarquía  constitu- 
cional; que  sin  embargo  de  tener  el  derecho  indisputable  de 
acordar  la  forma  de  gobierno  que  mas  le  conviniese ,  para  pro- 
ceder de  acuerdo  y  en  buena  armonía ,  el  consejo  de  ministros 
deseaba  saber  —  si  los  gobiernos  de  S.  M.  Británica  y  de 
S.  M.  Cristianísima,  llegado  el  caso  que  el  congreso  decretára  la 
Monarquía  constitucional ,  darían  su  asenso  á  ella ;  si  conven- 
drían en  que  el  Libertador  con  este  título  mandára  miéntras 
viviera,  y  que  después  de  su  muerte  entrára  á  reinar  el  prín- 
cipe que  se  eligiera  de  alguna  de  las  dinastías  de  la  Europa ; 
tercero,  en  fin,  que  se  manifestára  á  los  dos  expresados  gobier- 

TOMO  IV.  15 


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226  HISTORIA  »)F.  COLOMBIA. 

nos,  que  siendo  muy  probable  que  los  Estados  Unidos  del 
norte  y  las  demás  repúblicas  de  la  América  se  alarmáran  contra 
Colombia  por  el  importante  paso  que  daria  probablemente,  se 
reclamára  para  este  caso  la  poderosa  y  eficaz  intervención  de  la 
Gran  Bretaña  y  de  la  Francia,  dirigida  á  que  de  ningún  modo 
se  turbara  ni  inquietase  á  Colombia  por  haber  usado  del  dere- 
cho indisputable  que  le  asistia,  de  darse  la  forma  de  gobierno 
que  mejor  le  conviniese,  cuya  intervención  podría  pedirse  á  una 
sola  ó  ambas  potencias.  Acordóse  igualmente  que  se  hiciera  en- 
tender al  comisionado  trances,  aunque  sin  contraer  comprome- 
timiento, que  en  el  caso  de  escogerse  alguna  rama  de  las  casas 
reales  de  Europa ,  opinaba  el  consejo  que  convendría  á  Colom- 
bia elegir  un  príncipe  trances ,  que  sería  de  nuestra  misma  re- 
ligión, y  á  cuyo  favor  militarían  otras  muchas  razones  de  polí- 
tica y  de  conveniencia. 

El  secretario  de  relacioues  exteriores  inició  sin  tardanza  las 
negociaciones  acordadas  por  el  consejo  de  ministros.  Tuvo, 
pues,  conferencias  con  los  señores  Bresson  y  Campbell  :  expli- 
cóles en  ellas  todos  los  pormenores  y  la  naturaleza  del  proyecto 
que  se  meditaba,  los  fundamentos  que  se  tenían ,  y  las  dificul- 
tades que  podían  oponerse  para  que  se  coronara  por  un  éxito 
feliz.  Ambos  ministros  se  manifestaron  complacidos  de  comu- 
nicación tan  importante  y  pidieron  que  se  les  hiciera  por  escrito 
(setiembre  15).  En  efecto,  así  se  verificó  en  notas  que  por  mas 
extenso  y  apoyadas  en  raciocinios  contenían  las  mismas  bases 
del  referido  acuerdo  de  3  de  setiembre.  Expresamente  se  de- 
cía á  los  agentes  británico  y  francés,  que  el  consejo  no  contaba 
aun  con  el  asentimiento  del  Libertador,  y  que  no  era  posible 
que  este  lo  diera  en  los  términos  en  que  se  habia  concebido  el 
proyecto,  y  antes  de  saber  cuál  sería  la  voluntad  nacional  le- 
galmente manifestada;  pero  que  habia  sido  la  máxima  inva- 
riable de  Bolívar  sostener  lo  que  hiciera  el  congreso ,  en  cuya 
mayoría  creía  expresada  la  voluntad  general,  de  la  que  S.  E.  ha- 
bia dicho  siempre  que  era  el  súbdito.  Por  tanto ,  si  esta  corpo- 
ración cambiára  las  formas  republicanas  en  una  Monarquía 
constitucional,  esperaba  el  consejo  de  ministros  que  el  Liberta- 
dor se  sometería  á  su  decisión.  Indicábase  al  comisionado  fran- 
cés que  probablemente  el  príncipe  que  habia  de  suceder  al  Li- 
bertador con  el  título  de  rey,  se  escogería  de  la  casa  real  de 
Francia.  Por  último  se  solicitaba  la  intervención  eficaz  del  go- 


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CAPÍTULO  XV.  227 

bienio  francés  para  el  caso  de  que  los  Estados  Unidos  y  las 
demás  repúblicas  americanas  quisieran  turbar  el  derecho  per- 
fecto que  tenia  Colombia  de  variar  la  forma  de  gobierno ,  adop- 
tando el  que  juzgara  mas  conveniente  á  su  futura  prosperidad 
y  grandeza. 

La  intervención  no  se  pidió  al  gobierno  de  la  Gran  Bretaña 
en  aquellas  circunstancias,  ni  se  indicó  á  su  encargado  de  nego- 
cios cosa  alguna  sobre  la  probable  elección  de  un  príncipe  fran- 
cés. Consideróse  que  esto  no  agradaría  al  gobierno  británico. 

Las  instrucciones  que  se  dieron  á  los  ministros  colombianos 
en  Lóndres  y  París ,  señores  Madrid  y  Palácios ,  fueron  confor- 
mes á  las  bases  que  había  acordado  el  consejo  de  ministros.  En- 
cargóseles  que  procedieran  con  prudencia  y  circunspección. 

Al  comisionado  francés  Bresson  le  parecieron  estas  comuni- 
caciones de  tanta  importancia,  que  solicitó  el  regreso  inmediato 
del  duque  de  Montebello ,  que  se  hallaba  en  Bogotá  como  via- 
jero ;  quería  que  llevase  á  París  sus  notas  oficiales  y  que  diera 
al  ministro  de  relaciones  exteriores  todas  las  explicaciones  ne- 
cesarias para  formar  un  juicio  exacto  (setiembre  20). 

El  consejo  de  ministros  dió  cuenta  al  Libertador  con  todos 
los  documentos  de  la  materia.  Concluía  diciéndole  —  «  que  es- 
peraba que  tales  providencias  y  el  fin  á  que  se  dirigían  fueran 
de  su  aprobación.  » 

Creíase  el  consejo  autorizado  por  las  órdenes  del  Libertador 
para  dar  de  oficio  semejantes  pasos ,  á  fin  de  solicitar  la  media- 
ción, ayuda,  protección  ó  apoyo  de  alguna  nación  poderosa. 
Mas  no  sabia  con  certidumbre  su  modo  de  pensar  en  la  aplica- 
ción que  hacía  de  aquella  solicitud  á  la  cuestión  de  Monarquía. 
Sus  miembros  conocían  en  priucipio  las  opiniones  de  Bolívar 
sobre  la  conveniencia  de  esta  forma  de  gobierno  á  los  países  de 
la  América  antes  española,  que  se  habían  erigido  en  repúblicas, 
opiniones  que  hemos  dado  á  conocer;  empero  ignoraban  su 
modo  de  opinar  y  los  inconvenientes  que  hallaría  en  que  se 
aplicára  el  sistema  monárquico  á  la  reorganización  de  Colom- 
bia. Repetidas  habían  sido  las  cartas  particulares  que  los  miem- 
bros^del  consejo  habían  escrito  al  Libertador  desde  el  mes  de 
mayo ,  manifestándole  con  todos  sus  pormenores  el  proyecto 
importante  que  tenían  entre  manos ;  sin  embargo  ninguno  ha- 
bía recibido  contestación. 

Bolívar  fué  mas  explícito  con  el  encargado  de  negocios  de  la 


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I 


228  HISTOniA  DE  COLOMBIA. 

Gran  Bretaña  señor  P.  Campbell,  que  también  le  había  escrito  so- 
bre el  proyecto  que  se  meditaba  en  Bogotá.  Á  la  mitad  de  setiem- 
bre recibió  Campbell  una  carta  del  Libertador,  de  laque  dio 
aquel  una  copia  al  secretario  de  relaciones  exteriores  de  Colom- 
bia. Hablábale  en  ella  de  las  muy  graves  dificultades  que  había 
para  organizar  la  República :  iudicábale  que  acaso  el  único  me- 
dio sería  el  establecimiento  de  una  Monarquía  constitucional , 
llamando  á  un  príncipe  extranjero  que  fuera  de  nuestra  misma 
religión ;  mas  que  para  esto  sería  necesario  contar  con  los  auxi- 
lios de  una  gran  potencia  como  la  Inglaterra  y  la  Francia,  que 
nos  defendiese  de  los  ataques  de  las  demás  repúblicas  america- 
nas, que  acaso  harían  la  guerra  á  Colombia ;  que  también  sería 
muy  difícil  evitar  los  celos  de  los  gobiernos  europeos,  pues  ni 
la  Francia  querría  que  el  príncipe  se  escogiera  de  la  Gran  Bre- 
taña, niesla  de  la  Francia.  Bolívar  terminaba  su  carta  diciendo 
á  Campbell  que  hiciera  de  este  documento  el  uso  que  gustara. 

El  contenido  de  la  mencionada  carta,  y  las  consecuencias  que 
de  ella  podian  inferirse  legítimamente ,  calmaron  algún  tanto 
la  ansiedad  que  sentían  los  miembros  del  consejo  acerca  del 
paso  oficial  que  habían  dado  con  el  Libertador  y  con  los  minis- 
tros de  Inglaterra  y  de  Francia  sobre  el  establecimiento  de  una 
Monarquía. 

Calmáronse  también  sus  cuidados  al  considerar,  que  la  ne- 
gociación principiada  en  nada  comprometía  los  intereses  nacio- 
nales. Reducíase  á  preguntar  álos  gobiernos  de  la  Gran  Bretaña 
y  de  Francia,  si  en  el  caso  de  acordar  el  congreso  colombiano 
el  establecimiento  de  una  Monarquía  constitucional ,  darían  su 
asenso  á  ella,  y  si  protegerían  á  Colombia  en  el  evento  probable 
de  que  por  tal  motivo  la  atacáran  las  repúblicas  americanas. 
Estos  dos  extremos  eran  ambos  hipotéticos ,  y  urgia  sobre  ma- 
nera obtener  una  respuesta  á  fin  de  que  pudiera  darse  al  próximo 
congreso  este  dato  necesario  para  sus  deliberaciones.  Hé  aquí  el 
motivo  por  qué  no  se  aguardó  la  respuesta  del  Libertador. 

Apénas  el  consejo  de  ministros  habia  dispuesto  en  su  acuerdo 
de  3  de  setiembre  de  la  importante  nota  del  Libertador^ara 
solicitar  la  ayuda,  protección,  mediación  ó  influencia  de  una 
poderosa  nación  europea,  cuando  los  secretarios  de  relaciones 
exteriores  y  de  la  guerra  recibieron  cartas  particulares  escritas 
en  el  mismo  campo  de  Buijo  á  13  de  julio.  Bolívar  manifestaba 
en  ellas  con  toda  la  fuerza  de  expresión  y  de  razonamiento  que 


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CAPÍTULO  XV.  229 

acostumbraba  lo  que  él  llamó  su  secreto ,  que  revelaba  para 
conocimiento  del  gobierno  y  de  sus  amigos.  Dccia  que  hasta 
entonces  habia  seguido  las  opiniones  ajenas  sin  expresar  las 
suyas,  que  eran  antiguas  y  meditadas  profundamente.  En  resu- 
men, aquel  secreto  se  reducía  á  decir:  que  las  diferentes  partes 
de  Colombia  no  tenían  conexión,  y  que  fuertes  é  invencibles 
antipatías  entre  Venezolanos  y  Granadinos  obraban  de  continuo 
para  romper  la  unión  central ;  que  él  era  el  único  lazo  de  unión 
y  el  mediador  común ;  pero  que,  aniquilado  física  y  moralniente, 
apénas  podría  durar  cuatro  ó  seis  años  arrastrando  una  causada 
y  penosa  existencia.  Así,  que  no  pudiendo  el  continuar  en  el 
mando  supremo ,  debia  disponerse  todo  para  que  el  congreso 
constituyente  declarase  legalmente  la  separación  de  Venezuela 
y  de  la  Nueva  Granada,  á  fin  de  que  cada  parte  se  organizara 
según  conviniese  mejor  á  sus  intereses.  Anadia  que,  haciéndose 
esta  separación  durante  su  vida,  habría  un  mediador  común 
que  tranzára  las  desavenencias ;  pero  que  después  de  su  muerte 
o  se  dividirían  infaliblemente  los  dos  países  en  medio  de  la 
guerra  civil ,  y  de  los  desórdenes  mas  espantosos.  »  Opinaba 
que  la  Nueva  Granada  debia  quedar  íntegra  con  la  extensión 
del  antiguo  vireinato,  á  fin  de  que  pudiera  defenderse  de  los 
Peruanos  hácia  el  sur,  y  para  que  Pasto  no  viniera  á  ser  su 
cáncer.  Confesaba  que  la  separación  tenia  muy  graves  incon- 
venientes, pero  que  nadie  podia  resistir  á  la  fuerza  de  las  pa- 
siones y  de  los  intereses  inmediatos  que  la  demandaban  impe- 
riosamente; que  tampoco  habia  modo  de  suavizarlas  antipatías 
locales,  ni  de  abreviar  las  distancias  enormes,  causas  poderosas 
que  impedían  formar  un  solo  Estado  de  Venezuela  y  de  la 
Nueva  Granada.  Indicaba  que  la  creación  de  Colombia  habia 
surtido  ya  su  efecto,  que  fué  la  defensa  contra  la  España.  Opi- 
naba también  que  era  insoluble  el  problema  de  elegir  otro  pre- 
sidente para  Colombia  unida,  bien  fuera  Venezolano  ó  Grana- 
dino de  nacimiento. 

En  cuanto  á  la  forma  de  gobierno  que  debiera  establecer  el 
futuro  congreso ,  el  Libertador  rechazaba  la  federación ,  como 
absolutamente  inadaptable  á  Colombia  y  á  toda  la  América 
ántes  española;  juzgaba  no  ser  otra  cosa  dicho  gobierno  — 
«  que  la  anarquía  regularizada.  » 

Tampoco  creía  posible  el  establecimiento  de  una  Monarquía 
en  nuestra  República.  La  diferencia  de  castas,  que  exigían  la 


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230  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

igualdad  legal,  con  derechos  incontestables;  una  población 
pobre  y  esencialmente  democrática ;  el  fuerte  alarma  que  debia 
suscitarse  en  las  clases  inferiores;  el  temor  de  los  efectos  de  la 
aristocracia  y  de  la  desigualdad  que  produciría  una  guerra  de- 
soladora; la  dificultad  de  que  un  príncipe  extranjero  admitiese 
un  reino  anárquico  y  sin  garantías,  pobre  é  incapaz  de  sostener 
una  corte  si  no  era  miserablemente;  en  fin,  la  ambición  de  los 
generales  y  de  otros  hombres  prominentes ,  que  no  podrían 
soportar  la  idea  de  verse  privados  para  siempre  del  mando  su- 
premo :  «  veis  aquí,  decia,  algunos  de  los  obstáculos  que  se 
presentan  para  establecer  en  Colombia  una  Monarquía.  »  Esto 
era  sin  contar  los  celos  de  las  potencias  europeas,  cuando  lle- 
gára  el  caso  de  la  elección  del  príncipe  que  debiera  ocupar  el 
trono ,  y  el  grande  alarma  que  semejante  institución  causaría 
necesariamente  en  las  repúblicas  americanas.  Por  tales  funda- 
mentos y  por  otras  várias  razones,  decia  Bolívar  que  el  proyecto 
de  Monarquía  era  una  quimera. 

El  Libertador  concluía  sus  indicaciones  constitucionales  di- 
ciendo :  «  que  en  su  concepto  el  mejor  gobierno  para  Colombia 
sería  el  de  un  presidente  vitalicio,  con  un  senado  hereditario, 
como  el  que  en  48J9  propusiera  en  Guayana.  »  Hé  aquí  lo 
único  practicable  que  juzgaba  podia  hacerse  para  consultar  la 
estabilidad  del  gobierno  colombiano ,  estabilidad  que  llamaba 
quimérica  miéntras  se  fundára  en  la  unión  de  Venezuela  y  de 
la  Nueva  Granada. 

Un  presidente  vitalicio  y  un  senado  hereditario  fueron  las 
bases  constantes  de  Bolívar  para  organizar  las  nuevas  repúblicas 
de  la  América  ántes  española.  Esta  era  su  íntima  convicción, 
la  que  parecía  abandouar  en  algunas  épocas,  ya  cediendo  al 
torrente  de  la  opinión  decidida  por  los  gobiernos  democráticos 
puros  y  alternativos ,  y  ya  porque  no  se  creyera  que  él  aconse- 
jaba el  gobierno  vitalicio  á  fin  de  que  se  le  nombrase  presidente 
con  este  título.  Mas  considerándose  en  la  actualidad  incapaz  de 
reprimir  en  Colombia  el  torrente  de  anarquía  que  devoraba  á 
la  América  entera;  despedazado  su  corazón  al  oirse  llamar 
usurpador  y  tirano  porque  se  habia  prestado  á  mantener  ef  or- 
den y  la  unión  colombiana  después  que  se  disolvió  la  conven- 
ción de  Ocaña;  teniendo  siempre  á  la  vista  el  25  de  setiembre, 
y  sintiéndose  física  y  moralmente  debilitado,  habia  resuelto 
separarse  definitivamente  del  mando  de  la  República.  Impelido 


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CAPÍTULO  XV.  231 

por  tan  poderosos  motivos,  era  que  de  nuevo  decia  á  sus  amigos 
íntimos  sus  antiguas  ideas,  que  jamas  había  abandonado,  aun- 
que las  callara.  Mas  de  ningún  modo  quiso  comunicarlas  sino 
á  aquellos,  y  nunca  de  oficio.  Siempre  repetía :  a  Mi  opinión 
sobre  forma  de  gobierno  y  organización  política  de  la  República 
es,  que  se  haga  lo  que  los  representantes  del  pueblo  crean  ser 
mas  conveniente  :  á  ellos  toca  fijar  los  destinos  de  Colombia  y 
examinar  cuáles  son  los  medios  de  engrandecerla ;  y  á  mi  so- 
meterme á  su  voluntad  soberana,  cualquiera  que  ella  sea.  Esta 
es  mi  resolución  irrevocable.  » 

Bolívar  hasta  los  últimos  dias  de  su  vida  obró  en  consonan- 
cia con  esta  su  profesión  de  fe  política,  respetando  la  voluntad 
nacional,  á  la  que  sacrificara  sus  convicciones  privadas. 

Tales  eran  los  sentimientos,  las  máximas  y  proyectos  de  Bo- 
lívar en  este  período  importante  de  su  vida  (i).  Por  consiguiente 
su  ambición  y  sus  aspiraciones  á  la  Monarquía  de  Colombia  ,  y 
aun  de  otras  secciones  de  la  América  antes  española ,  que  le 
atribuyeron  sus  enemigos,  han  sido  calumnias  gratuitas  sin 
fundamento  alguno.  Sus  pensamientos  siempre  fueron  nobles, 
elevados  y  republicanos;  sus  planes  eran  dirigidos  á  consolidar 
la  verdadera  libertad  de  los  pueblos,  asegurando  sobre  la  sólida 
base  de  la  opinión  nacional  la  estabilidad  del  gobierno  y  de  las 
instituciones  de  su  patria. 

La  propuesta  del  Libertador,  dirigida  á  que  se  tratase  en  el 
próximo  congreso  de  separar  á  Venezuela  de  la  Nueva  Granada, 
no  produjo  en  el  consejo  de  gobierno  los  efectos  que  deseaba. 
Los  ministros  no  se  convencieron  de  los  fundamentos  que  adu- 
cía Bolívar  en  el  apoyo  de  su  opinión.  Parecíales  que  exageraba 
las  antipatías  de  los  dos  pueblos,  y  las  dificultades  que  oponían 
las  distancias  y  la  falta  de  caminos ,  para  mantener  la  unión 
colombiana.  Guardaron,  pues,  el  mayor  secreto  acerca  de  la 
división  propuesta,  convencidos  de  que  si  traspiraba  al  público 
el  pensamiento  del  Libertador,  sería  capaz  de  causar  una  revo- 
lución que  disolviera  á  Colombia.  Combatieron  por  consiguiente 
la  idea,  y  conjuraron  á  Bolívar  por  la  salud  de  la  patria  á  que 

(1)  Hemos  tomado  los  hechos  y  noticias  precedentes  de  la  correspondencia 
oficial  y  de  la  particular  de  Bolívar  con  sus  ministros  y  con  otros  varios  de  sus 
amigos,  á  quienes  comunicaba  sus  mas  íntimos  sentimientos,  y  lo  que  pensaba 
sobre  el  gobierno  de  Colombia. 


t 


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232  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

no  la  publicara.  Prometiólo,  en  efecto,  y  los  miembros  del  con- 
sejo creyeron  haber  hecho  un  grande  servicio  á  su  patria.  Les 
parecia  que  la  felicidad  de  Colombia  estaba  fincada  en  la  con- 
servación de  tan  glorioso  nombre,  y  en  mantener  ilesa  la  unión 
de  su  vasto  y  rico  territorio ;  unión  que  en  breve  la  había  he- 
cho un  Estado  poderoso ,  fuerte  y  respetable  á  nacionales  y  ex- 
tranjeros. Empero  por  muy  graves  que  fueran  estos  fundamen- 
tos, la  opinión  del  Libertador  habia  sido  mas  profundamente 
meditada ,  y  sabemos  que  tenia  datos  y  sólidos  fundamentos 
para  creer  que  no  estaba  léjos  el  dia  en  que  estallára  en  Vene- 
zuela otra  revolución. 

Tampoco  habia  certeza  de  que  la  tranquilidad  se  conservase 
en  la  Nueva  Granada.  Sordos  rumores  circulaban  de  una  explo- 
sión inminente  á  cuya  cabeza  se  pondría  el  general  José  María 
Córdoba.  Este  militar  valiente  y  ambicioso ,  enorgullecido  con 
la  gloría  que  justamente  adquiriera  en  los  campos  de  Pichincha 
y  de  Ayacucho,  se  proponia  ser  el  campeón  de  la  Nueva  Gra- 
nada, y  mandarla  aun  en  vida  del  Libertador.  Olvidando,  pues, 
todos  los  favores ,  ascensos  y  distinciones  que  debia  á  este ,  se 
dedicó  desde  el  mes  de  abril  ó  ántes ,  primero  con  alguna  re- 
serva ,  y  después  sin  disfraz  alguno,  en  Pasto,  donde  mandaba 
una  división,  á  ganarse  el  afecto  de  los  oficiales  granadinos,  á 
soplar  los  celos  entre  estos  y  los  Venezolanos ,  y  á  desacreditar 
á  los  jefes  del  ejército  del  sur,  incluso  Bolívar,  proclamando  al 
mismo  tiempo  principios  exagerados  de  libertad.  Sin  embargo, 
en  un  viaje  que  hiciera  al  cuartel  general ,  satisfizo  al  Liberta- 
dor, diciendo  :  que  él  tenia  sus  planes  que  descubría  con  su 
acostumbrada  franqueza,  los  que  eran  para  después  de  sus  días. 
Bolívar  no  hizo  novedad  en  la  confianza  que  ántes  le  habia  ma- 
nifestado. 

Á  pesar  de  esto  Córdoba  á  su  regreso  á  Pasto  continuó  sus 
vociferaciones  contra  el  mando  del  Libertador,  ligándose  con 
sus  enemigos,  jefes  y  autores  de  la  última  revolución  de 
esta  provincia.  Para  sacarle  de  aquel  teatro  peligroso  y  que  tu- 
viera mejores  consejeros ,  se  le  nombró  ministro  de  Estado  en 
el  departamento  de  la  marina ;  aceptó  el  destino ,  pero  dijo  !|ue 
era  para  ganarle  que  el  Libertador  le  daba  tan  elevado  puesto , 
cuyo  negociado  ignoraba  enteramente.  Pidió  entonces  licencia 
para  ir  á  Antióquia  á  ver  á  su  familia,  cuya  provincia  le  habia 
elegido  diputado  al  próximo  congreso.  De  paso  en  Popayan  y  en 


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CAPÍTULO  XV.  233 

el  valle  de  Cáuca  continuó  sus  tramas  revolucionarias  con  la 
mayor  publicidad.  Tanto  el  Libertador  como  el  consejo  de  mi- 
nistros supieron  que  iba  á  Antióquia  con  el  objeto  de  hacer  una 
revolución ,  apoderándose  de  las  armas  y  municiones  que  allí 
existían ;  pero  las  distancias  no  permitieron  que  se  pudiera  im- 
pedir aquel  proyecto. 

Efectivamente  desde  el  mismo  día  8  de  setiembre  en  que  lle- 
gara á  la  ciudad  de  Rio-Negro ,  asistió  por  casualidad  á  un  con- 
vite que  se  daba  á  los  principales  habitantes  :  allí  pronunció 
algunos  brindis,  excitando  á  derramarla  sangre  del  Libertador. 
En  seguida  reunió  juntas  para  atraerse  partidarios  y  combinar 
la  revolución  que  decia  á  todos  iba  á  proclamar. 

Córdoba  tenia  muchas  ventajas  para  realizar  este  plan.  Su 
hermano  el  coronel  Salvador  Córdoba  era  comandante  de  ar- 
mas de  la  provincia ,  y  gobernador  su  cuñado  Manuel  Antonio 
Jaramillo,  puestos  obtenidos  por  el  influjo  del  general.  Así  pe- 
dia conspirar  á  todas  sus  anchas. 

Solo  existia  en  la  capital  de  Medellin  el  coronel  Francisco 
Urdaneta  que  pudiera  oponérsele ,  aunque  no  tenia  mando  ni 
fuerza  alguna  veterana.  En  efecto,  luego  que  este  supo  los  pasos 
revolucionarios  de  Córdoba,  determinó  ver  si  podia  salvar  la 
tranquilidad  de  la  provincia  aprehendiendo  al  general,  al  coro- 
nel Córdoba  y  á  Jaramillo,  corifeos  de  la  rebelión  (setiembre  18). 
Junta  veinte  hombres,  que  envia  á  Rio-Negro  mandados  por  el 
capitán  Manuel  Herrera,  buen  oficial.  Mas  se  traspira  la  opera- 
ción, y  Córdoba  recibió  avisos  del  riesgo  que  le  amenazaba.  Ar- 
móse, pues,  con  algunos  pocos  de  su  familia  y  con  otros  que  le 
eran  adictos.  Á  las  dos  de  la  mañana  llegó  el  capitán  Herrera  á 
los  arrabales  de  Rio-Negro,  y  creyendo  á  una  mujer  que  le  dijo 
había  mucha  gente  armada  en  la  plaza,  regresó  á  Medellin  sin 
dar  ningún  otro  paso. 

El  general  Córdoba  reunió  como  cuarenta  milicianos  y  diez 
jóvenes  de  á  caballo,  y  á  las  siete  de  la  mañana  del  dia  siguiente 
marcha  á  ocupar  á  Medellin,  ciudad  que  solo  dista  seis  leguas 
de  Rio-Negro.  El  coronel  Urdaneta  habia  hecho  en  aquella  ca- 
pital muchos  esfuerzos  y  tocado  la  generala  para  alarmar  la 
población ;  pero  en  vano.  Solo  pudo  juntar  cuarenta  hombres 
que  no  sabían  cargar  los  fusiles.  Sin  embargo,  salió  á  oponerse 
á  Córdoba.  Mas  los  principales  vecinos  de  Medellin  se  interesa- 
ron con  Urdaneta  para  que  hubiese  una  transacción  y  no  se 


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234  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

derramara  sangre.  Este,  que  no  confiaba  en  sus  milicianos,  ac- 
cedió á  entrar  en  conferencias ;  habiendo  ofrecido  Córdoba  una 
completa  garantía  de  las  vidas  y  propiedades  de  sus  contrarios 
(setiembre  20),  cesó  toda  resistencia,  y  á  las  seis  de  la  mañana 
ocupó  la  capital ,  donde  existian  cerca  de  dos  mil  fusiles ,  bas- 
tantes municiones  y  otras  armas;  con  estos  elementos  dominó 
á  toda  la  provincia  de  Antióquia.  De  esta  manera  unos  pocos 
oficiales  y  milicianos  sojuzgaron  una  vasta  y  rica  provincia. 

Desde  aquel  aciago  dia  Córdoba  dispuso  á  su  arbitrio  de  las 
rentas  públicas,  de  las  vidas  y  propiedades  de  los  moradores  de 
Antióquia,  bajo  el  título  que  él  mismo  se  diera  de  —  «  coman- 
dante en  jefe  del  ejército  de  la  libertad.  »  En  seguida  manda 
desconocer  al  gobierno  de  Colombia  por  órdenes  terminantes 
que  dirige  á  todos  los  cantones  de  la  provincia,  los  que  al  efecto 
celebran  actas :  él  declara  subsistente  la  constitución  de  Cúcuta 
para  tener  un  pendón  que  fuera  la  enseña  de  su  partido;  él  en- 
via  á  todas  partes  emisarios  y  proclamas  incendiarias,  asegu- 
rando que  el  Libertador  aspira  á  la  Monarquía  y  á  mandar 
sin  constitución  ni  leyes,  para  quitar  á  los  ciudadanos  todas 
sus  garantías ;  él ,  en  fin ,  ofrece  restablecerlas ,  declarándose  á 
sí  mismo  el  adalid  de  la  libertad. 

Para  realizar  sus  proyectos  Córdoba  trabaja  con  infatigable 
actividad  y  energía,  disponiendo  que  se  hiciera  un  reclutamiento 
general ;  mas  los  Antioqueños ,  que  no  participaban  de  sus  pa- 
siones, huyeron  á  los  bosques,  según  su  costumbre,  para  no  ser 
soldados.  Tampoco  halló  cooperación  en  los  hombres  influentes 
de  la  provincia  :  muy  pocos  se  decidieron  á  tomar  parte  en  una 
revolución  que  juzgaban  mal  combinada,  y  que  no  podia  tener 
un  éxito  favorable  contra  los  grandes  recursos  de  tropas  y  de 
otros  elementos  de  que  disponía  el  gobierno  del  Libertador.  Su 
mando  y  autoridad  eran  preferidos  en  lo  general  á  los  fementi- 
dos ofrecimientos  de  libertad  que  hacía  Córdaba.  El  virtuoso 
obispo  de  Antióquia  Fr.  Mariano  Garnica  le  negó  también  la 
ayuda  de  su  influjo.  Muchas  personas  abandonaron  sus  domici- 
lios para  no  mezclarse  en  la  revolución ,  y  casi  todas  las  pobla- 
ciones le  opusieron  una  gran  fuerza  de  inercia. 

Hubo  quienes  pretendieran  oponerse  á  la  rebelión.  Los  ofi- 
ciales Herrera  y  Vélez  trataron  de  apoderarse  de  un  cuartel  y 
de  matar  al  corifeo  de  la  revolución.  Este  los  puso  en  capilla 
en  el  acto  mismo  de  aprehenderlos,  y  en  seguida  los  mandó 


CAPÍTULO  XV. 


235 


fusilar  sin  proceso  alguno.  ¡  Prueba  elocuente  de  las  garantías 
que  iban  á  gozar  los  Antioqueftos  bajo  el  mando  absoluto  de 
Córdoba ! 

Fuera  del  terror,  este  procuró  sostener  su  alzamiento  con 
proclamas,  manifiestos  y  cartas  seductoras  á  varios  jefes;  con 
otra  al  Libertador,  supuesta  ó  verdadera,  y  con  emisarios  para 
alborotar  á  los  pueblos.  En  dichos  documentos  anunciaba  Cór- 
doba, que  pronto  la  revolución,  como  un  fuego  eléctrico,  se 
extendería  á  Popayan  y  Pasto,  así  como  á  Bogotá,  pues  habia 
dejado  minadas  aquellas  provincias  y  tenia  partidarios  nume- 
rosos en  la  capital  de  la  República. 

Esto  era  probable,  porque  el  partido  exaltado  hacía  tiempo 
que  buscaba  con  ansia  un  jefe.  Era,  pues,  muy  verosímil  que 
hiciera  los  mayores  esfuerzos  para  promover  donde  quiera  los 
designios  de  Córdoba,  jefe  militar  de  tanta  nombradía. 

Por  tales  motivos  el  consejo  de  ministros  tuvo  el  mayor  cui- 
dado, luego  que  recibió  el  26  de  setiembre  la  noticia  que  ya 
esperaba  de  la  insurrección  de  Córdoba.  Dedicáronse  todos  sus 
miembros  á  dictar  las  providencias  convenientes  para  sufocarla 
tan  pronto  como  fuera  posible,  y  ántes  de  que  estallára  en  otros 
puntos. 

En  la  capital  existia  la  columna  del  occidente  de  Venezuela, 
compuesta  de  excelentes  soldados.  El  ministro  de  la  guerra 
general  Urdaneta  la  hizo  preparar  el  mismo  dia  y  confirió  su 
mando  al  general  de  brigada  Daniel  F.  O'Leary,  bien  conocido 
por  sus  talentos,  actividad  y  experiencia  militar.  Ochocientos 
veteranos  marcharon  hácia  Honda  al  dia  siguiente  con  todo  lo 
necesario,  celeridad  que  acreditará  siempre  la  energía  de  Urda- 
neta. 

No  fué  esto  solo.  Para  asegurar  la  capital  de  las  maquina- 
ciones de  algunos,  cuando  solamente  quedaba  guarnecida  por 
milicias,  dedicóse  el  gobierno  con  empeño  á  descubrir  el  orí- 
gen  y  los  autores  de  aquellas.  Averiguó  en  efecto  que  Torrens, 
el  encargado  de  negocios  de  Méjico,  que  Hendersou,  el  cónsul 
general  británico,  que  el  general  Harrison  y  su  antiguo  secre- 
tario con  otras  personas  particulares  sabían  la  rebelión  de  Cór- 
doba desde  ántes  que  estallára ;  que  algunos  tenían  correspon- 
dencia con  él  y  concurrían  á  juntas  clandestinas,  en  que  se 
declamaba  fuertemente  contra  el  Libertador  y  su  gobierno. 
Habiendo  el  consejo  adquirido  los  datos  suficientes  para  de- 


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236  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

fender  y  sincerar  en  todos  tiempos  los  pasos  que  diera,  deter- 
minó con  acuerdo  de  los  enviados  de  la  Gran  Bretaña  y  de  los 
Estados  Unidos,  que  salieran  fuera  de  Colombia  y  dentro  de  un 
breve  término  el  cónsul  Henderson  y  el  general  Harrison: 
también  expidió  sus  pasaportes  á  Torrens,  dirigiendo  á  sus 
gobiernos  las  correspondientes  explicaciones  y  documentos. 
Acreditaba  con  ellos  la  indebida  ingerencia  de  aquellos  extran- 
jeros en  los  negocios  internos  del  país,  con  el  designio  de  alte- 
rar la  tranquilidad  pública. 

Otra  de  las  providencias  que  dictó  el  consejo  de  ministros  en 
aquellas  delicadas  circunstancias,  fué  declarar  investido  al  se- 
cretario de  la  guerra  ürdaneta  con  la  autoridad  y  facultades 
de  —  «  jefe  superior  de  los  departamentos  de  Cundinamarca, 
Boyacá  y  Cáuca.  »  Desde  antes  le  habia  conferido  el  Libertador 
esta  magistratura  previniéndole  que  la  pusiera  en  ejercicio 
cuando  se  turbára  la  tranquilidad  de  alguno  de  dichos  depar- 
tamentos. 

El  mismo  Urdaneta  marchó  á  Honda  con  el  objeto  de  activar 
el  embarque  de  la  expedición.  Se  deseaba  coger  á  Córdoba 
desprevenido  y  no  darle  tiempo  de  reclutar  y  disciplinar  tro- 
pas. Bien  pronto  las  del  gobierno  estaban  (octubre  5)  nave- 
gando el  rio  Magdalena  con  muy  pocas  bajas.  En  Nare  sor- 
prendieron un  destacamento  de  los  disidentes,  y  la  expedición 
entró  en  la  fragosa  montaña  de  Júntas,  que  tiene  quince  le- 
guas de  bosques.  No  la  detuvieron  las  lluvias  continuas  ni  otros 
fuertes  impedimentos  que  oponia  la  naturaleza  del  terreno, 
hasta  ocupar  el  importante  paso  del  Balseadero  ó  Guatapé. 
OXeary  llamó  entonces  la  atención  de  Córdoba  por  el  camino 
del  Arenal  ó  Páramo,  que  es  en  extremo  fragoso,  y  la  expedi- 
ción marchó  entera  por  la  parroquia  de  San  Cárlos,  ruta  mas 
poblada  y  ménos  difícil. 

El  general  O'Leary  envió  desde  la  montaña  al  comandante 
José  Manuel  Montoya,  amigo  de  Córdoba,  á  fin  de  persuadirle 
que  se  sometiera  al  gobierno  y  no  hiciera  derramar  inútil- 
mente la  sangre  de  sus  compatriotas,  en  una  lucha  tan  desi- 
gual; para  este  caso  le  ofrecia  las  garantías  correspondientes. 
Halló  á  Córdoba  situado  en  el  Peñol  y  en  la  Ceja  de  Guatapé 
á  la  salida  de  la  montaña,  con  cerca  de  cuatrocientos  hom- 
bres casi  todos  reclutas.  Montoya  nada  pudo  conseguir  para 
atraerle  á  una  honrosa  capitulación.  Siempre  se  creía  inven- 


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CAPÍTULO  XV.  237 

cible  y  contestaba  con  las  bravatas  de  su  última  y  ridicula  pro- 
clama. 

Entre  tanto  la  expedición  avanzaba  por  San  Cárlos  á  salir  á 
los  Báos,  adonde  llegó  el  46  de  octubre  después  de  vencer  muy 
graves  dificultades  que  oponía  la  fragosidad  de  los  caminos. 
Allí  supo  O'Leary  que  Córdoba  le  aguardaba  en  la  hacienda 
del  Santuario  ya  fuera  de  la  montaña.  En  esta  inteligencia  la 
división  se  puso  en  marcha  á  las  seis  de  la  siguiente  mañana, 
y  á  las  once  halló  á  las  fuerzas  revolucionarias  formadas  cerca 
de  la  capilla  del  Santuario,  con  su  reserva  situada  detras  de  la 
casa  de  teja  de  la  hacienda.  O'Leary  dió  inmediatamente  sus 
disposiciones  de  ataque,  las  que  fueron  bien  ejecutadas  por 
el  coronel  Cárlos  Castelli  y  por  los  demás  oficiales ;  en  breve  la 
acción  vino  á  ser  general.  La  retirada  prevenida  á  una  compa- 
ñía hizo  creer  á  Córdoba  que  cedían  las  tropas  del  gobierno ; 
avanzó,  pues,  con  imprudencia,  comprometiendo  todas  sus 
fuerzas.  Sus  soldados,  aunque  reclutas,  iban  guiados  por  anti- 
guos y  valientes  oficiales;  así  combatieron  con  mucha  firmeza, 
excitados  también  por  el  ejemplo  de  su  jefe.  No  hay  que  repe- 
tir que  este  fué  siempre  el  mismo  que  en  Ayacucho,  y  que 
disputó  palmo  á  palmo  el  terreno.  Pero  al  cabo  de  dos  horas  de 
combate  sus  oficiales  y  soldados  quedaron  muertos,  prisione- 
ros y  dispersos.  Viéndolo  todo  perdido  el  general  previene  á  su 
hermano  Salvador  que  huya,  y  él  se  coloca  en  la  puerta  de  la 
casa  de  teja  con  algunos  soldados  y  oficiales,  desde  donde  hace 
un  fuego  muy  vivo.  Entónces  O'Leary  manda  al  coronel  Cas- 
telli, y  al  segundo  comandante  de  caballería  Ruperto  Hand, 
que  ataquen  la  casa  y  no  den  cuartel  á  los  que  resistan.  Cór- 
doba, ya  herido,  se  retira  al  interior,  donde  le  halla  Hand; 
asegúrase  haberle  dicho  Córdoba  que  estaba  rendido,  y  que  sin 
embargo  le  hirió  con  el  sable  en  una  mano  y  en  la  cabeza, 
herida  que  le  parte  el  cráneo  y  es  mortal  («).  Poco  tardó  en 
morir  después  que  O'Leary  y  sus  oficiales  le  dieron  los  auxilios 
que  pudieran  en  aquellas  circunstancias.  La  misma  suerte  cupo 
en  breve  al  capitán  Benedicto  González,  herido  también,  sal- 
vándose Jiraldo,  edecán  de  Córdoba,  cuyas  heridas  no  resul- 
taron mortales. 

Cerca  de  doscientos  soldados  y  oficiales  de  Córdoba  quedaron 

(1)  Véase  la  nota  ÍO». 


238  HISTORIA  DB  COLOMBIA. 

muertos  en  aquel  obstinado  y  lamentable  combate,  bastantes 
heridos  y  casi  todo  el  resto  prisioneros.  La  pérdida  del  go- 
bierno fué  de  doce  soldados  muertos  y  quince  heridos. 

Improbamos  el  modo  cruel  con  que  se  quitara  la  vida  á  Cór- 
doba cuando  estaba  rendido.  Fué  una  fatalitad  lamentable  que 
este  valiente  jefe,  que  tantos  servicios  habia  prestado  á  la  causa 
de  la  Independencia  de  Colombia,  se  precipitara  en  una  revo- 
lución que  solo  produjo  males  á  su  patria.  Si  deseaba  tan 
ardientemente  la  terminación  de  la  dictadura,  debia  aguardar 
á  lo  ménos  la  reunión  del  congreso,  del  que  iba  á  ser  miembro, 
y  combatir  allí  las  ideas  antiliberales.  En  caso  de  no  conseguir 
que  las  instituciones  republicanas  se  fundaran  sobre  bases  sóli- 
das, hubiera  tenido  entonces  algún  fundamento  para  sacar  su 
espada  y  cortar  los  impedimentos  que  se  opusieran  al  restable- 
cimiento de  la  libertad.  Observando  esta  conducta  juiciosa  y 
prudente,  es  probable  que  habria  sobrevivido  Córdoba  largos 
años,  y  hecho  distinguidos  servicios  á  la  Nueva  Granada,  pues 
aun  era  jóven  cuando  murió. 

Con  la  derrota  y  muerte  de  Córdoba  toda  la  provincia  de 
Antióquia  quedó  pacífica.  Amigos  sus  habitantes  de  la  tranqui- 
lidad y  del  orden,  aborrecían  la  revolución,  á  la  que  opusieron 
cuando  ménos  la  fuerza  de  inercia.  Los  cantones  de  Antióquia, 
del  nordeste  y  de  Marinilla  hicieron  algo  mas.  El  primero  pro- 
clamó, la  contrarevoiucion  el  16  de  octubre,  y  los  hijos  de  Ma- 
rinilla se  mostraron  hostiles  á  Córdoba.  Entusiastas  á  favor  del 
gobierno  del  Libertador,  y  dirigidos  por  su  respetable  cura  y 
vicario  doctor  Jorge  Ramón  de  Posádas,  se  pusieron  en  comu- 
nicación con  el  general  O'Leary,  á  quien  dieron  peones  para 
conducir  los  pertrechos  y  equipajes,  víveres  para  la  tropa, 
bagajes  y  caballos.  Sin  estos  oportunos  auxilios,  y  sin  los  avi- 
sos que  le  dirigían,  hubiera  sido  harto  difícil  vencer  la  aspe- 
reza de  la  montaña  de  Juntas,  y  que  tuviera  la  expedición 
tan  feliz  resultado. 

Contribuyó  á  este  que  la  revolución  de  Córdoba  no  tuvo 
séquito  en  el  valle  del  Cauca,  en  Popayan,  en  Pasto  y  en  Bo- 
gotá ;  suceso  contrario  á  las  esperanzas  del  caudillo  y  a  las  pro- 
mesas de  algunos  que  abrigaban  sus  mismos  designios.  Es 
verdad  que  el  gobierno  del  Libertador  se  presentó  obrando  con 
mucha  energía  á  la  vez  que  usaba  de  prudencia  y  discreción. 
Disponía  también  de  una  fuerza  á  la  cual  no  podían  resistir 


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CAPÍTULO  XV.  239 

Córdoba  y  sus  partidarios.  De  Cartagena  marchaban  hácia  An- 
üóquia  dos  batallones  con  mil  doscienlos  hombres,  y  el  mismo 
general  Montilla  se  habia  situado  en  Mompox.  Bolívar,  desde 
que  supo  los  pasos  revolucionarios  que  daba  Córdoba  en  su 
viaje  á  Antióquia,  pensó  que  era  inevitable  un  trastorno  del 
órden  público.  Mandó,  pues,  que  marcbáran  tropas  de  Popayan 
á  Carlago,  reemplazándolas  con  otras  situadas  en  escalones; 
estos  cuerpos  disciplinados  se  pusieron  á  las  órdenes  del  general 
Laurencio  Silva,  y  estaban  prontos  á  caer  sobre  Antióquia  al 
primer  aviso.  Por  consiguiente  aun  cuando  Córdoba  hubiera 
triunfado  en  la  primera  refriega,  habria  tenido  que  lidiar  en 
breve  con  dos  mil  veteranos  de  Colombia,  á  los  que  no  podrían 
resistir  sus  reclutas,  por  excelentes  que  sean  los  soldados  an- 
tioqueños  para  la  infantería. 

El  general  O'Leary  después  de  su  victoria  restableció  en  la 
provincia  el  órden  legal  y  expidió  un  indulto  á  todos  los  com- 
prometidos, con  muy  pocas  excepciones.  Las  principales  eran 
el  gobernador  Manuel  Antonio  Jaramillo,  y  el  coronel  Salvador 
Córdoba,  á  causa  de  que  distinguidos  y  empleados  por  el  go- 
bierno de  Colombia,  habian  faltado  á  sus  comprometimientos. 
Sin  embargo,  el  Libertador,  que  siempre  era  generoso,  los 
perdonó  enteramente  pocos  meses  después,  permitiéndoles  vol- 
ver al  seno  de  sus  familias. 

Aun  faltaba  restablecer  la  tranquilidad  de  la  provincia  del 
Chocó  que  se  habia  alterado.  Por  sugestiones  de  su  gobernador 
el  primer  comandante  Fermin  Vargas,  hizo  la  capital  de  Quibdó 
un  acta  semejante  á  las  dictadas  por  Córdoba  en  Antióquia, 
desconociendo  al  gobierno  del  Libertador  y  declarando  resta- 
blecida la  constitución  de  Cúcuta.  Mas  luego  que  recibieron  una 
intimación  de  O'Leary  en  que  anunciaba  la  derrota  y  muerte 
de  Córdoba,  auuque  Vargas  contestara  animoso,  algunos  veci- 
nos resolvieron  terminar  la  rebelión.  De  acuerdo  con  el  jefe 
político  José  María  Díaz,  se  puso  á  su  cabeza  el  extranjero  Gui- 
llermo Coutin,  y  se  apoderó  del  cuartel  con  todo  lo  que  allí 
existia.  Habiéndosele  uuido  el  vecindario,  aprisionaron  (octu- 
bré*31)  al  gobernador  Vargas  y  proclamaron  de  nuevo  la  obe- 
diencia al  Libertador.  Con  tal  noticia  el  general  O'Leary  cesó 
en  sus  preparativos  para  enviar  tropas  al  Chocó.  De  esta  ma- 
nera quedó  terminada  enteramente  la  rebelión  de  Córdoba,  que 
pudo  causar  un  incendio  formidable  en  la  República. 


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240  HISTORIA  DR  COLOMBIA. 

Las  noticias  que  anticipadamente  recibió  el  Libertador  de 
los  pasos  que  daba  Córdoba  en  Pasto  y  Popayan  para  hacer  una 
revolución  contra  su  gobierno,  le  causaron  la  mas  profunda 
impresión.  Si  un  hombre  á  quien  habia  elevado  tanto,  mani- 
festándole confianza  y  amistad,  á  pesar  de  sus  beneficios  le 
volvia  la  espalda  y  hacía  revoluciones  para  usurpar  el  mando 
supremo,  ¿qué  no  harian  otros  militares  que  no  estaban  liga- 
dos por  los  mismos  vínculos  ?  Esta  consideración  desesperaba  á 
Bolívar,  y  no  sabía  qué  partido  tomar  para  mantener  la  sumi- 
sión y  el  orden  entre  sus  generales  (i). 

El  Libertador  supo  en  Pasto  con  el  mayor  alborozo  el  resta- 
blecimiento de  la  tranquilidad :  él  habia  estado  muy  cuidadoso 
por  la  rebelión  de  Córdoba,  temiendo  que  el  renombre  militar 
del  jefe  le  diera  partidarios;  pero  se  los  quitó  su  poco  juicio  y 
la  inoportunidad  de  su  movimiento.  Estaba  próxima  la  época 
de  la  reunión  del  congreso  constituyente;  por  cuyo  medio  se 
podia  conseguir  el  establecimiento  de  una  constitución  y  de 
leyes  permanentes,  que  deseaban  con  ardor  todos  los  Colom- 
bianos que  influían  en  la  opinión  de  los  pueblos.  Estos  ya  no 
podian  sufrir  el  espíritu  militar  que  dominaba  por  do  quiera, 
y  que  todo  lo  habia  invadido  en  la  República.  Militares  eran 
los  jefes  superiores,  militares  los  prefectos,  y  militares  los  go- 
bernadores de  las  provincias,  cada  una  de  las  cuales  tenia  tam- 
bién su  comandante  de  armas.  Tanto  el  Libertador  como  el 
ministro  de  la  guerra  habian  prodigado  los  grados  y  empleos 

(1)  Con  motivo  de  estos  sucesos  escribía  Bolívar  á  uno  de  sus  ministros  desde 
las  Bodegas  de  Babahoyo  en  Guayaquil,  el  28  de  setiembre,  lo  que  sigue  :  — 
t  ¿Qué  haremos  con  e>los  generales  conspiradores?  Si  los  contengo,  soy 
tirano,  y  si  espero  que  delincan  para  castigarlos,  soy  cruel  asesino.  ¿Qué  hare- 
mos? Ud.  verá  lo  que  hay  con  respecto  á  Córdoba  y  Popayan.  Debemos,  sin 
embargo,  impedir  el  mal  para  que  luego  no  sea  mayor.  El  consejo  hará  lo  que 
tenga  por  mas  conveniente.  Vo  no  sé  si  todavía  es  dable  mandar  en  misión  á 
Córdoba.  Si  fuera  posible  emplearlo  en  Europa,  haría  ménos  mal  sin  dejar  de 
hacerlo.  Uds.  verán  lo  que  hacen  para  que  no  nos  acusen  de  dejar  fomentar  las 
conspiraciones  para  castigarlas  y  de  impedir  la  libertad. 

>  Lo  peor  es  que  cuantos  jefes  haya  en  la  Nueva  Granada,  harán  lo  misnfe  si 
se  creen  con  partido;  y  este  no  les  faltará  por  su  fe  de  bautismo.  Yo  tendré 
que  ser  víctima  y  tirano  juntamente  al  fin  de  todo.  Esto  es  horrible.  Yo  no  sé 
cómo  conducirme  para  dar  gusto  á  estos  señores.  Si  hago  mucho  abusan,  y  si- 
no están  quejosos.  Ahora  voy  á  hacer  cuatro  generales  granadinos,  y  Ud.  verá 
luego  lo  que  hacen  :  no  quedarán  conformes.  Esto  no  tiene  remedio.  » 


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CAPÍTULO  XV.  241 

en  la  milicia,  de  modo  que  los  militares  y  el  ejército  absor- 
bían todas  las  rentas  públicas.  Por  este  motivo  era  casi  impo- 
sible establecer  en  ellas  órden  y  contabilidad.  Hé  aquí  el  cáncer 
que  devoraba  á  Colombia. 

De  tan  numerosa  lista  militar,  y  de  la  concesión  del  fuero  de 
guerra  aun  a  las  milicias,  se  habia  originado  el  grave  mal  de 
que  las  autoridades  civiles  eran  nulas  y  muchas  veces  ultraja- 
das por  los  militares :  estos  no  las  obedecian  cuaudo  les  desa- 
gradaba lo  que  mandaban.  Por  tanto  aquellas  estaban  envileci- 
das á  la  vista  de  los  pueblos  que  se  interesaban  por  ellas,  y 
que  en  silencio  deploraban  la  tiranía  y  los  excesos  de  los  liber- 
tadores. Hízose  entonces  muy  común  y  popular  el  dicbo  de 
que  —  «  no  habría  libertad  mientras  hubiera  libertadores.  » 
Estos,  iufatuados  por  un  necio  orgullo,  creían  que  ellos  solos 
habían  dado  independencia  á  la  República ;  en  nada  estimaban 
los  sacrificios  de  los  pueblos ;  y  parece  estaban  persuadidos  de 
que  Colombia  debia  ser  patrimonio  suyo.  De  aquí  esa  intempe- 
rancia por  ascensos  militares  y  por  crecidos  sueldos,  ese  des- 
contento cuando  no  se  les  concedían,  y  esa  desmesurada  ambi- 
ción de  algunos,  como  Córdoba  y  otros  semejantes,  que  pre- 
viendo la  corta  duración  de  los  dias  de  Bolívar,  se  habían  casi 
apropiado  ya,  ó  pensaban  apropiarse  una  parle  de  Colombia. 

Los  hombres  civiles  influentes,  y  aun  gran  parte  de  las  masas 
de  la  población,  miraban  con  impaciencia  semejante  estado  de 
cosas.  Atribuíanlo  en  «u  mayor  parte  al  Liberlador,  que  daba 
ascensos  y  grados  aun  á  los  militares  que  se  habían  sublevado 
contra  él,  á  fin  de  contentarlos  y  que  no  turbaran  la  paz  pú- 
blica. La  situación  de  Bolívar  era  muy  crítica,  rodeado  como 
se  hallaba  por  todas  partes  de  escollos  originados  de  la  ambi- 
ción militar,  y  de  los  celos  entre  Granadinos  y  Venezolanos ; 
tales  dificultades  hacían  acaso  disculpable  su  conducta;  empero 
los  civiles  se  la  improbaron  altamente,  y  en  lo  general  los 
pueblos  eran  de  su  opinión.  Perdió,  pues,  el  Libertador  el  aura 
popular  y  el  afecto  de  los  Colombianos,  que  principiaran  á  dis- 
minuirse desde  1826,  cuando  regresó  del  Perú.  ¡Desgracia 
lamentable  para  Colombia,  que  necesitaba  del  influjo  de  un 
hombre  que  dirigiera  sus  destinos  con  mano  firme  y  verdadero 
patriotismo !  El  mismo  Bolívar  conocía  haber  perdido  en  gran 
parte  el  amor  de  los  Colombianos,  lo  que  1c  afligía  sobre  ma- 
nera, pues  tenia  la  conciencia  de  haber  hecho  en  favor  de  los 

TOMO  IV.  16 


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242  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

pueblos  cuanto  estuvo  á  su  alcance  en  las  circunstancias  difí- 
ciles que  le  habían  rodeado  desde  1826 :  ¡  año  de  fatal  memo- 
ria para  nuestra  hermosa  República !  

El  estado  de  la  opinión  pública  respecto  del  Libertador  y  de 
los  militares  hacía  diariamente  mas  difícil  la  reorganización  de 
Colombia  por  el  futuro  congreso.  Perdido  el  influjo  de  Bolívar, 
que  podia  haber  sido  tan  saludable,  era  seguro  que  no  se  adop- 
tarían sus  indicaciones  constitucionales,  aun  cuando  hubiese 
determinado  hacerlas,  lo  que  de  ningún  modo  pensaba.  Por 
otra  parte,  el  haberse  extendido  tanto  el  influjo  militar  era  un 
impedimento,  que  podemos  llamar  insuperable,  para  que  los 
representantes  de  Colombia  pensáran  en  consolidar  las  institu- 
ciones, estableciendo  una  Monarquía  ú  otra  forma  de  gobierno 
que  se  acercara  á  esta.  Todos  los  hombres  que  amaban  la  liber- 
tad, que  ciertamente  contaban  en  sus  filas  á  los  antiguos  y  á 
los  nuevos  patriotas,  los  que  solo  diferian  en  los  medios  de  asegu- 
rarla, no  podían  soportar  la  idea  de  que  tantos  generales  y 
coroneles  que  formaban  la  alta  lista  militar  de  Colombia,  llega- 
ran como  empleados  vitalicios  á  componer  la  aristocracia  en  un 
gobierno  monárquico  0).  Este  era  el  mas  grave  obstáculo  que 
se  presentaba  á  semejante  proyecto ;  él  impedia  que  tuviera  el 
apoyo  de  la  opinión  pública,  y  aun  hacía  vacilar  á  los  que 
antes  se  habían  decidido  por  tal  forma  de  gobierno :  ellos  de 
ningún  modo  querían  que  los  Colombianos  se  convirtieran  en 
feudatarios  de  militares  déspotas,  ignorantes  y  sin  educación. 
Convenimos  en  que  había  muchas  excepciones  honrosas  que  no 
están  comprendidas  en  esta  severa  calificación  de  la  generali- 
dad. El  mismo  Bolívar,  enumerando  en  un  documento  contem- 
poráneo los  impedimentos  que  habia  en  Colombia  para  esta- 
blecer una  Monarquía,  dijo  con  la  mayor  fuerza  y  verdad  :  a  La 
nueva  nobleza,  indispensable  en  una  Monarquía,  saldría  de  la 
masa  del  pueblo  con  todos  los  celos  de  una  parte,  y  toda  la 
altanería  de  otra.  Nadie  sufriría  sin  impaciencia  esta  miserable 

(1)  Casi  todos  los  generales  y  coroneles  de  Colombia  eran  hijos  del  pueblo, 
y  algunos  pertenecían  á  l¡is  castas.  Su  amor  á  la  Independencia  y  su  valor  indo- 
mable los  habían  elevado  á  los  primeros  grados  en  la  milicia.  Ocupaban, 
pues,  una  alta  posición  social ;  pero  la  mayor  parte  no  recibieron  la  educación 
conveniente,  ni  habían  adquirido  después  alguna  instrucción.  De  aquí  prove- 
nian  los  excesos  y  los  vicios  de  algunos,  que  eran  insoportables  en  la  sociedad, 
y  por  tanto  aborrecidos. 


CAPÍTULO  XV. 


2i.*{ 


aristocracia  cubierta  de  pobreza  é  ignorancia,  y  animada  de 
pretensiones  ridiculas.  » 

Hé  aquí  el  estado  de  la  opinión  cuando  el  Libertador  se 
avanzaba  de  las  provincias  meridionales  bácia  la  capital  de  la 
República.  Á  las  placenteras  noticias  que  babia  recibido  sobre 
el  renacimiento  de  la  tranquilidad  y  del  orden,  perturbados  en 
Antióquia,  se  añadió  otra  bien  importante  :  la  capitulación  en 
Méjico  de  las  tropas  españolas  que  á  las  órdenes  del  brigadier 
Barradas  habían  invadido  aquellos  Estados  Unidos.  Todas  las 
hazañas  de  los  invasores  se  redujeron  á  ocupar  á  Tampico  y 
otros  pocos  lugares  inmediatos  á  este  puerto.  Detenidos  y  en- 
cerrados por  el  ejército  mejicano  que  mandaba  don  Antonio 
López  de  Santana,  los  Españoles  se  vieron  en  la  triste  necesidad 
de  capitular  el  H  de  setiembre.  Entregaron  las  armas,  muni- 
ciones y  banderas,  reteniendo  los  oficiales  sus  espadas;  prome- 
tieron no  tomar  las  armas  contra  la  República  mejicana,  y  en 
virtud  de  este  convenio  los  acuartelaron  en  Altamira  y  Victo- 
ria, miéntras  que  las  autoridades  de  Cuba  enviaban  transportes 
y  todo  lo  demás  necesario  para  el  regreso  de  las  tropas  á  aque- 
lla isla.  Este  fué  el  vergonzoso  resultado  que  consiguieron  los 
tres  mil  seiscientos  hombres  conducidos  por  Barradas  contra 
Méjico;  expedición  que  parecía  la  obra  de  un  delirio  del  gabi- 
nete de  Madrid.  Ella  fué  el  último  esfuerzo  que  hizo  la  España 
para  sojuzgar  á  sus  antiguas  colonias. 

Cuando  el  Libertador  en  el  curso  de  su  viaje  llegó  á  Popayan 
en  el  mes  de  noviembre,  bien  fuera  porque  ya  conocía  mejor 
la  opinión  pública;  bien  por  el  influjo  que  sobre  él  ejercieron 
algunos  patriotas  de  aquella  ciudad,  que  no  juzgaban  conve- 
niente ni  posible  el  establecimiento  de  una  Monarquía  en  Co- 
lombia; bien  finalmente  porque  le  pareciera  que  su  nombre  y 
su  reputación  habían  sido  comprometidos  por  el  consejo  de 
ministros,  dando  pasos  oficiales  en  tan  delicado  negocio,  ó  por 
todos  estos  motivos  reuuid os,  creyó  necesario  emitir  su  decidida 
opinión.  Hízolo  en  22  de  noviembre  en  un  oficio  dirigido  al 
ministro  de  relaciones  exteriores,  en  que  le  dijo  :  que  juzgaba 
ya  demasiado  avanzados  los  pasos  que  babia  dado  el  consejo 
sobre  un  negocio  tan  arduo  y  delicado,  de  cuyo  éxito  estaba 
pendiente  la  felicidad  y  desgracia  de  la  patria;  que  habiéndose 
invitado  á  los  pueblos  de  Colombia  á  que  manifestáran  libre- 
mente sus  deseos  acerca  del  régimen  político  que  debia  esla- 


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244  HIST01UA  DE  COLOMBIA. 

Mecerse,  tocaba  al  congreso  decidir  sobre  tan  importante  cues- 
tión, sin  coartar  de  modo  alguno  sus  facultades  y  deliberaciones. 
Prevenía  por  tanto  al  consejo  de  ministros,  que  suspendiera 
todo  paso  ulterior  que  tendiese  á  adelantar  la  negociación  pen- 
diente con  los  gobiernos  de  la  Gran  Bretaña  y  de  Francia. 

«  Piensa  el  Libertador,  añadia  el  secretario  general,  que  su 
propia  obligación,  la  del  consejo  y  la  del  pueblo  colombiano  se 
reduce  á  ilustrar  simplemente  al  congreso  sobre  los  verdaderos 
intereses  de  la  nación,  y  becbo  esto,  someterse  á  sus  decisiones, 
como  la  única  medida  que  puede  convenir  universalmente  á 
todos  los  individuos  y  clases  de  la  sociedad.  —  Por  estas  y  otras 
mucbas  consideraciones  S.  E.  me  manda  protestar,  como  pro- 
testo á  su  nombre  ante  el  consejo,  que  no  reconocerá  por  acto 
propio  de  S.  E.  otro  que  someterse  como  ciudadano  al  gobierno 
que  dé  el  congreso  constituyente,  y  que  de  ninguna  manera 
aprobará  la  menor  influencia  en  aquel  cuerpo  de  parte  de  la 
administración  aclual. 

o  S.  E.  sin  embargo  no  deja  de  conocer  al  mismo  tiempo,  y 
aun  de  admirar  cuán  grande  ba  sido  el  esfuerzo  patriótico  y  el 
heroico  valor  cou  que  el  consejo  ha  acometido,  por  el  bien  de 
la  República,  á  una  empresa  tan  arriesgada,  y  se  ha  empeñado 
en  la  negociación  mas  peligrosa  que  puede  ocurrir  en  los  anales 
de  un  gobierno.  Por  lo  mismo  me  ordena  S.  E.  dar  las  gracias 
al  consejo  de  ministros  por  este  sacrificio,  que  si  no  obtiene  un 
íin  satisfactorio,  puede  ser  la  causa  de  los  mas  crueles  compro- 
misos para  los  miembros  que  lo  componen.  » 

Al  terminarse  la  lectura  de  esta  nota  fué  uniforme  el  senti- 
miento de  los  miembros  del  consejo  de  ministros, —  la  indigna- 
ción. Creyéronse  sacrificados  á  la  popularidad  de  Bolívar,  y 
que,  sin  consideración  á  sus  largos  y  fieles  servicios  al  gobierno 
de  Colombia  y  á  la  Independencia  de  su  patria,  se  les  habia  de- 
jado deslizarse  por  un  camino  peligroso.  El  Libertador  pudo  y 
debió  hacerles  evitar  los  riesgos  y  multitud  de  sinsabores,  ha- 
blan doles  desde  el  principio  con  franqueza,  á  fin  de  que  no  con- 
taran con  su  apoyo  en  aquella  difícil  empresa  0).  Esta  conducta 

(1)  Alo  mas  tarde  desde  el  mes  de  mayo  comunicaron  al  Libertador  los 
miembros  del  consejo  de  ministros  el  plan  que  meditaban  sobre  Monurquia. 
Cuatro  meses  corrieron  hasta  el  célebre  acuerdo  de  3  de  setiembre.  Sobrado 
tiempo  hubo  pura  que  les  hubiera  dicho  expresamente  a  ue  él  no  podía  apoyar 


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CAPÍTULO  XT.  245 

habría  sido  noble ,  leal  y  generosa ,  propia  de  Bolívar  con  sus 
antiguos  amigos. 

Después  de  haber  dado  esta  resolución  el  Libertador  escribió 
á  sus  ministros  que  ejercieran  el  gobierno  en  todos  sus  ramos, 
porque  él  se  separaba  enteramente  del  mando ,  por  cuyo  mo- 
tivo habia  ordenado  cerrar  su  secretaría  general ,  y  que  todo  lo 
pendiente  se  enviase  á  los  respectivos  ministros.  El  consejo  de 
ministros  por  el  voto  unánime  de  sus  miembros  no  admitió  esta 
delegación,  manifestando  á  Bolívar  :  que  á  él  exclusivamente 
era  que  los  pueblos  habían  concedido  las  facultades  de  un  dic- 
tador, y  que  habiéndolas  aceptado,  no  podia  dimitirlas  sino  á  la 
representación  nacional  convocada  para  el  Io  de  enero  próximo. 
En  consecuencia  le  pedían  que  abandonara  semejante  resolu- 
ción y  viniera  á  la  capital  con  el  fln  de  instalar  el  congreso  cons- 
tituyente. Debía  recibir  esta  comunicación  en  el  valle  del 
Cáuca,  cuyos  pueblos  habia  determinado  visitar,  pues  le  llama- 
ban con  ahinco. 

Tres  semanas  se  detuvo  el  Libertador  en  Popayan  (diciembre 
15).  Desde  allí  escribió  una  carta  á  Páez,  contestándole  laque  este 
le  escribiera  inquiriendo  cuál  era  su  pensamiento  acerca  del 
proyecto  de  Monarquía.  Decíale  Bolívar  que  no  le  parecía  de- 
bían cambiarse  las  instituciones  de  la  República,  y  que  tocaba 
al  congreso  constituyente  establecer  la  forma  de  gobierno  que 
mas  conviniera  á  los  pueblos;  que  su  ánimo  decidido  era  dejar 
para  siempre  la  presidencia  del  Estado,  y  continuar  sus  servi- 
cios como  general  en  jefe  del  ejército ,  apoyando  con  toda  su 
autoridad,  influencia  y  recursos  al  nuevo  magistrado  que  eli- 
giera el  congreso.  Invitaba  á  Páez  á  que  le  ayudára  en  esta  em- 
presa patriótica, ya  fuera  que  se  escogiese  para  presidente  al  mis- 
mo Páez,  ó  ya  á  otro,  pues  decia  que  sin  esta  cooperación  no  se 
lisonjearía  de  poder  conservar  la  existencia  de  la  República. 
Expresábale  que  si  era  nombrado  Páez  para  jefe  del  Estado , 
Bolívar  serviría  con  gusto  bajo  de  sus  órdenes.  En  seguida  le 
exigía  que  le  hablase  con  la  mayor  franqueza  sobre  sus  planes 
y  deseos.  Protestábale  su  ardiente  amor  á  Venezuela,  con  cuyos 
intereses  se  hallaban  íntimamente  ligados  los  suyos  propios , 

tal  intento,  paso  que  debió  dar  en  obsequio  por  lo  ménos  de  la  amistad.  Callóse, 
sin  embargo,  por  tres  meses  mas,  al  cabo  de  los  cuales  envió  su  áspera  im- 
probación oficial.  El  lenguaje  de  los  hechos  es  elocuente. 


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24G  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

por  lo  cual  debían  formar  una  liga  sincera  y  cordial ;  a  pero 
tenga  Ud.  entendido  para  siempre ,  anadia ,  que  la  suerte  de 
Colombia  está  dependiente  de  la  de  Venezuela,  y  la  de  Vene- 
zuela de  Colombia.  Mucho  y  mucho  mas  podría  añadir  á  Ud.  en 
esta  carta,  que  sería  nunca  acabar.  Por  lo  mismo  me  refiero  en 
todo  á  lo  que  diga  á  Ud.  Austria,  que  va  bien  empapado  de  mis 
ideas,  que  se  reducen  á  dos  palabras  :  Sostener  al  congreso.  » 

En  los  apuntamientos  que  diera  el  mensajero  Austria,  ma- 
nifestó á  Páez  que  no  opinaba  por  la  Monarquía,  porque  es- 
taba seguro  que  los  pueblos  no  cambiarían  sus  formas  republi- 
canas; decia  que  en  la  actualidad,  lo  mismo  que  en  otros 
tiempos ,  su  único  norte  era  la  conservación  de  las  libertades 
públicas  y  de  la  mayor  suma  de  garantías  individuales  que  fuese 
dable ;  pero  que  no  expresaba  opinión  alguna  á  fin  de  que  los 
pueblos  por  medio  de  sus  representantes  escogieran  una  forma 
de  gobierno  que  emanara  de  la  fuente  pura  de  la  nación, 
o  S.  E.  ha  dicho  antes ,  aüadia,  que  jamas  cambiaría  su  título 
de  Libertador  por  el  de  emperador  ni  rey,  y  que  este  ha  sido  y 
es  el  voto  mas  sincero  de  su  corazón  ;  y  por  último,  que  aun 
cuando  Colombia  entera}  del  modo  mas  decidido  y  resuelto , 
quisiera  un  rey,  S.  E.  no  sería  el  monarca.  » 

Esta  declaración  tan  terminante ,  publicada  por  los  mismos 
enemigos  del  Libertador  en  Venezuela ,  es  la  contestación  mas 
victoriosa  que  puede  darse  á  las  calumnias  forjadas  allí  mismo, 
de  que  Bolívar  aspiraba  á  coronarse. 

Terminaba  el  Libertador  los  apuntamientos  que  diera  al  co- 
mandante Austria  para  conocimiento  del  general  Páez,  rogando 
á  este  y  á  todos  sus  conciudadanos  que  cooperasen  con  él  á  sal- 
var su  gloria ,  porque  esta  gloria  no  era  la  propiedad  exclusiva 
de  su  persona;  que  pertenecía  á  Colombia,  y  que  siendo  de  Co- 
lombia debía  conservarse  inmaculada. 

El  mismo  dia  que  el  Libertador  expresára  estas  ideas  marchó 
hácia  el  valle  de  Cauca.  Entre  tanto  el  consejo  de  ministros  re- 
cibió la  fuerte  y  severa  improbación  que  Bolívar  habia  dado  ála 
negociación  entablada  con  los  gobiernos  de  Inglaterra  y  de  Fran- 
cia ;  el  contenido  de  aquella  nota  fué  en  extremo  sensible  áHsns 
miembros.  Apresuráronse,  pues,  á  contestar  los  cargos  que  se 
les  hacían,  y  en  nuestro  concepto  lo  verificaron  en  8  de  diciem- 
bre con  muy  sólidos  fundamentos.  Decían  al  secretario  general 
que  el  Libertador  en  su  nota  escrita  en  Buijo  á  6  de  julio  úl- 


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CAPÍTULO  XV.  247 

timo,  insistiendo  en  la  de  4  de  abril,  habia  prevenido  al  consejo 
que  abriera  una  negociación  con  una  ó  mas  potencias  para  ob- 
tener su  protección ,  influencia ,  mediación  ó  salvaguardia ,  y 
libertar  á  Colombia  y  á  la  América  entera  de  la  anarquía  que 
la  devoraba  y  de  la  colonización  europea  que  nuevamente  la 
amenazaba ;  que  el  consejo  habia  juzgado  insoluble  el  problema, 
yque  ninguna  potencia  querria  encargarse  de  protegernos,  si  no 
veía  que  se  trataba  de  establecer  un  órden  de  cosas  duradero, 
fijo  y  permanente ,  capaz  de  refrenar  la  anarquía  y  de  burlar 
las  esperanzas  de  sujetarnos,  que  pudiera  haber  concebido  la 
España,  aprovechándose  de  nuestros  desórdenes ;  que  por  tan 
poderosos  motivos  habia  creido  el  consejo  que  no  podia  obte- 
nerse resultado  alguno  favorable  en  la  negociación  prevenida , 
si  no  se  excitaba  el  interés  de  la  Francia  v  de  la  Gran  Bretaña 
con  el  proyecto  de  fundar  una  Monarquía,  único  arbitrio  prac- 
ticable ,  aunque  erizado  de  muy  graves  dificultades ,  que  halló 
el  consejo  para  obtener  el  éxito  que  se  proponía  el  Libertador; 
que  hizo  aun  menos  de  lo  que  se  le  previno ,  pues  debia  solici- 
tar para  la  América  entera  —  «la  mediación ,  protección ,  in- 
fluencia, custodia  ó  salvaguardia  de  uno  ó  mas  Estados  podero- 
sos, que  la  preserváran  de  la  anarquía  erigida  en  sistema  y  del 
régimen  colonial  que  la  amenazaba,  y  que  fuera  un  regulador.  » 
Á  pesar  de  esta  órden  terminante  el  consejo  se  abstuvo  de  tra- 
tar nada  respecto  de  las  (lemas  repúblicas  americanas,  porque 
vio  claramente  que  tal  negociación  comprometería  sobre  ma- 
nera al  gobierno  de  Colombia  ,  si  llegaba  á  traslucirse  aquella 
petición,  la  cual,  hecha  seguu  los  deseos  del  Libertador,  podría 
vulnerar  la  Independencia  nacional.  «El  consejo  modificó,  aña- 
día, la  disposición  de  S.  E.,  reduciéndola  á  los  términos  en  que 
la  creyó  asequible.  Tal  vez  erró  en  esto ;  pero  sus  intenciones 
fueron  puras,  y  su  ánimo  cumplir  con  la  órden  de  S.  E.  con- 
servando intactas  y  sin  mengua  las  prerogativas  nacionales.  » 

Indicaba  después  que  la  pregunta  hecha  á  los  gobiernos  de 
Francia  y  de  la  Gran  Bretaña  en  nada  comprometía  al  de  Co- 
lombia, porque  era  condicional :  —  a  si  el  congreso  constituyente 
adoptaba  el  proyecto  de  un  régimen  monárquico.  »  Tampoco 
habia  comprometido  el  nombre  del  Libertador,  pues  se  habia 
dicho  á  los  enviados  extranjeros  —  «  que  no  contaba  el  consejo 
con  la-opinion  explícita  de  S.  E.  »  —  En  seguida  ofreció  el  com- 
sejo  no  adelantar  la  negociación  peudiente;  pero  sus  miembros 


t 


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218 


HISTORIA  DE  r.OLOMBlA. 


se  denegaron  á  suspenderla  :  primero,  porque  la  propuesta  ya 
debía  estar  decidida;  y  segundo,  porque  era  vergonzoso  y  desa- 
creditaba al  gobierno  de  Colombia  el  retractar  las  proposiciones 
que  ántes  habia  hecho.  «  En  este  caso ,  Señor,  debe  variarse  el 
ministerio,  para  que  los  que  entren  que  no  han  tenido  parte  eu 
el  proyecto ,  puedan  también  sin  rebozo  y  sin  empacho  mani- 
festar que  se  ha  mudado  de  pensamiento.  » 

Dicha  nota  fué  contestada  por  el  secretario  general  el  18  de 
diciembre  desde  Japio  en  el  valle  del  Cauca.  Decía  á  nombre 
del  Libertador  que  este  habia  improbado  el  proyecto  de  Monar- 
quía, porque  él  no  podia  sostenerlo  como  contrario  á  su  consa- 
gración á  la  causa  pública,  á  su  carrera,  y  á  los  principios  que 
siempre  habia  profesado,  y  porque  mancillaría  su  reputación. 
<í  Convenga  ó  no,  decia,  elevar  un  solio ,  el  Libertador  no  debe 
ocuparlo.  Aun  mas,  no  debe  cooperar  á  su  edificación, ni  acreditar 
por  sí  mismo  la  insuficiencia  de  la  actual  forma  de  gobierno.  » 

Manifestaba  en  seguida  ser  una  empresa  sobrehumana  con- 
vertir la  República  en  Monarquía  y  establecer  una  pacífica 
sucesión  de  ella ;  «  así  era,  anadia,  que  el  consejo  acometiendo 
la  empresa  que  le  inspirara  su  acendrado  patriotismo ,  habia 
incurrido  en  una  tremenda  responsabilidad. »  El  Libertador  qui- 
so exonerar  de  ella  al  consejo  con  su  improbación  y  mandando 
suspender  el  proyecto,  que  pugnaba  abiertamente  contra  su  pro- 
pio honor  y  sus  intereses  individuales.  Fuera  de  esto  indicaba 
el  secretario  general ,  que  no  se  miraría  como  libre  y  espontá- 
neo el  cambio  de  la  forma  de  gobierno ,  habiéndose  iniciado  y 
preparado  cuando  el  actual  se  hallaba  revestido  de  facultades 
extraordinarias. 

Confesamos  francamente  que  los  fundamentos  aducidos  por 
el  Libertador  para  fundar  la  improbación  del  proyecto  de  Mo- 
narquía, eran  muy  poderosos.  Aun  sin  haberlo  consentido  sus 
enemigos  se  valieron  de  este  pretexto  para  calumniarle,  y  para 
despedazar  su  reputación ,  haciendo  creer  maliciosamente  á  los 
incautos  é  ignorantes ,  que  Bolívar,  el  fundador  de  tres  repú- 
blicas ,  habia  querido  coronarse  y  establecer  un  trono  en  Co- 
lombia (i).  » 

(1)  Publicamos  íntegro  este  oficio  para  vindicar  mas  completamente  la  me- 
moria del  Libertador,  mancillada  injustamente  por  muchos  de  sus  enemigos. 
Debemos  confesar  con  nuestra  imparcialidad  histórica  que  Bolívar  vió  claramente 


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CAPÍTULO  XV 


2Í9 


Aqni  terminó  el  proyecto  de  establecer  una  Monarquía  en 
esta  República ,  proyecto  originado  de  los  ardientes  deseos  que 

en  este  delicado  negocio,  y  que  el  consejo  de  ministros  se  equivocó  al  promo- 
verlo. Sin  embargo,  ¿por  qué  no  lo  improbó  desde  que  lo  supo?  El  oficio 

dice  lo  siguiente  : 

«  REPÚBLICA  DE  COLOMBIA. 

»  Secreta» ia  gene  mi. 

■  Cuartel  general  en  Japio,  á  18  de  diciembre  de  1829. 
»  Al  señor  ministro  de  Estado  del  despacho  de  relaciones  exteriores. 
•  Señor, 

»  Versándose  el  acta  del  consejo  ministerial  sobre  fundar  una  Monarquía, 
cuyo  trono  (cualquiera  que  fuese  su  denominación)  debía  ocupar  S.  E.  el  Li- 
bertador presidente ,  y  por  lo  mismo  sostener  á  todo  trance  sus  cimientos  á 
beneficio  del  sucesor,  S.  E.  creyó  de  su  deber  improbarlo ;  porque  su  misma 
consagración  á  la  causa  pública  seria  infructuosa  desde  que,  mancillada  su 
reputación  por  un  acto  contradictorio  de  su  carrera  y  de  sus  principios,  entrase 
en  la  trillada  senda  de  los  monarcas. 

»  Convenga  ó  no  á  Colombia  elevar  un  solio,  el  Libertador  no  debe  ocuparlo ; 
aun  mas,  no  debe  cooperar  á  su  edificación  ni  acreditar  por  si  mismo  la  insu- 
ficiencia de  la  actual  forma  de  gobierno.  Monarquizar  l;i  República  y  establecer 
una  pacifica  sucesión,  es  á  la  verdad  una  empresa  sobrehumana.  Y  ¿quién 
puede  dudar  que  el  consejo,  dando  un  paso  tan  gigantesco,  se  ha  recargado 
de  un  enorme  peso,  apónas  soportable  por  el  acendrado  patriotismo  que  pro- 
dujo tal  inspiración  ?  Al  negar  S.  E.  su  aprobación  al  proyecto,  pensó  que  para- 
lizándolo exoneraria  al  consejo  de  la  tremenda  responsabilidad  que  pudiera 
resultarle,  al  mismo  tiempo  que  manifestaba  S.  E.  el  fondo  de  su  conciencia, 
rehusando  afectar  siquiera  un  consentimiento  implícito  que  pugna  abiertamente 
contra  su  propio  honor  y  sus  intereses  individuales.  En  este  estado  me  previno 
dijese  expresamente  al  co  sejo,  no  se  diese  un  paso  adelante,  y  se  suspendiese 
la  prosecución  de  un  proyecto  que  probablemente  precipitaría  al  gobierno  en 
un  abismo  de  males. 

■  Por  otra  parte,  ¿  se  miraría  como  espontáneo  el  cambio  de  formas  cuya 
transición  había  sido  iniciada  ó  preparad*  con  toda  la  energía  del  gobierno 
actual?  Estas  y  otras  consideraciones  abstractas  que  S.  E.  ha  hecho  sobre  este 
importante  asunto,  son  las  que  han  dictado  las  resoluciones  de  S.  E.,  sin  que 
ninguna  mezcla  de  popularidad  ni  de  sentimientos  individuales  haya  tenido 
parte  en  ellas.  Por  lo  mismo,  cuando  S.  E.  está  resuelto  á  separarse  indefecti- 
blemente del  mando,  no  debe  comprometerse  á  continuar  en  él,  burlando  asi 
las  aperan  zas  de  la  nación  y  del  consejo,  á  cuyos  respetables  miembros  profesa 
S.  E.  el  mas  profundo  reconocimiento. 

»  Es  cuanto  puedo  decir  á  Us.  dcórdeu  de  S.  E.  en  contestación  á  su  distin- 
guida nota  de  8  del  que  rige. 

»  Soy  de  Us.  con  perfecto  respeto  muy  obediente  servidor. 

•  José  D.  Espinar.  • 


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250  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

tenían  sus  autores  de  que  hubiese  en  su  patria  un  órden  legal 
fijo,  duradero  y  permanente ,  que  á  la  vez  alejara  para  siempre 
de  nosotros  las  frecuentes  revoluciones, las  dictaduras  militares 
y  las  exaltaciones  turbulentas  de  la  demagogia.  Hicieron  olvi- 
dar este  proyecto  la  improbación  del  Libertador  y  la  opinión 
mas  conocida  ya  de  la  mayoría  nacional  que  se  manifestaba 
coutraria  (*). 

No  disminuyen  la  verdad  de  esta  aserción  los  pronuncia- 
mientos que  hubo  en  las  provincias  de  Manabí  y  de  Guayaquil, 
que  se  declararon  por  la  Monarquía,  siempre  que  los  demás 
pueblos  de  la  República  dieran  su  consentimiento  para  adoptar 
esta  forma  de  gobierno.  Las  mismas  provincias  y  la  de  Quito 
manifestaron  también  su  opinión,  de  que  la  religión  católica, 
apostólica,  romana,  fuera  la  religión  del  Estado,  y  que  este  la 
protegiera;  así  como  que  se  conservaran  las  inmunidades  ecle- 
siásticas. Las  asambleas  electorales  de  las  mencionadas  provin- 
cias añadieron,  —  a  que  fuera  cual  fuese  la  forma  de  gobierno 
que  se  adoptara,  se  conservaran  las  garantías  délos  ciudadanos, 
y  que  al  Libertador  se  le  nombrara  jefe  constitucional  del  Es- 
tado. » 

Á  tiempo  que  esto  sucedía  en  Colombia,  la  negociación  inten- 
tada por  el  consejo  de  ministros  con  el  gobierno  de  S.  M.  Cris- 
tianísima no  habia  tenido  resultado  alguno.  El  ministro  Poli- 
gnac,  esencialmente  legitimista,  no  dió  oidos  ni  quiso  tratar 
nada  que  perjudicase  á  los  derechos  que  suponía  tener  la  Es- 
paña sobre  sus  antiguas  colonias.  Tampoco  quiso  reconocer  á 
Colombia  ni  entrar  en  convenio  alguno  político. 

Respecto  de  la  Gran  Bretaña,  la  iniciada  negociación  pro- 
dujo todos  sus  efectos.  El  ministro  colombiano  Madrid  tuvo 
dos  conferencias  oficiales  con  el  secretario  de  relaciones  exte- 
riores de  S.  M.  Británica  lord  Aberdeen.  En  la  primera  sondeó 
el  ánimo  del  ministro,  y  en  la  segunda  manifestó  las  instruc- 
ciones de  su  gobierno  para  tratar  sobre  el  proyecto  de  Monar- 
quía. De  estas  conferencias  y  de  cuanto  dijo  en  ellas  el  minis- 
tro británico,  resultó :  primero,  que  el  gobierno  ingles  nada 
aconsejaba  ni  aconsejaría  á  Colombia  sobre  alteraciones  en*la 
forma  de  su  gobierno,  porque  este  negocio  tocaba  á  ella  exclu- 
sivamente; pero  que,  bien  lejos  de  oponerse  al  establecimiento 

(1)  Véase  la  nota  21". 


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CAPÍTULO  XV.  251 

de  una  Monarquía,  celebraría  que  se  verificase  esta  reforma, 
por  cuanto  el  gobierno  de  S.  M.  Británica  se  hallaba  conven- 
cido de  que  contribuiría  al  orden  y  por  consiguiente  á  la  pros- 
peridad de  esta  parte  de  la  América :  segundo,  que  el  gobierno 
ingles  no  opondría  objeción  alguna  si  el  pueblo  colombiano 
propusiera  al  Libertador  para  su  monarca;  declaración  que 
hizo  espontáneamente  el  lord  Aberdeen  sin  que  se  le  tocara  la 
cuestión,  pues  ni  Bolívar  ni  sus  amigos  pensaron  jamas  en  que 
cambiára  su  glorioso  título  de  Libertador  por  ningún  otro, 
aunque  fuera  de  los  mas  elevados  entre  las  naciones  civiliza- 
das :  tercero,  que  la  Inglaterra  tampoco  tendría  objeción  alguna 
que  hacer  si  el  príncipe  que  se  eligiese  era  de  la  familia  real 
de  España;  pero  escogiéndose  de  cualquiera  otra  dinastía, 
sería  este  negocio  de  sumo  interés  para  la  Gran  Bretaña,  cuyo 
gobierno  de  ningún  modo  permitiría  —  «  que  un  príncipe  de 
la  familia  reinante  en  Francia  cruzara  el  Atlántico  para  venir 
á  coronarse  en  el  Nuevo  Mundo.  »  Al  mismo  tiempo  declaró 
que  el  gobierno  de  S.  M.  no  se  prestaría,  aun  cuando  se  le  pro- 
pusiera, á  que  un  príncipe  de  la  real  familia  inglesa  fuese  á 
reinar  en  la  América  española;  declaración  que  hacía  para 
manifestar  que  ningún  espíritu  de  concurrencia  ni  aspiración 
alguna  motivaban  aquella  declaratoria,  a  Me  parece  ademas, 
añadía  el  ministro,  que  el  proyecto,  como  se  ha  indicado,  es 
irrealizable :  él  es  demasiado  vago  é  incierto  para  que  pueda 
satisfacer  á  nadie.  ¿  Cómo  es  posible  que  ningún  príncipe  de  las 
grandes  naciones  de  Europa  acepte  un  nombramiento  que  no 
podia  llevarse  á  efecto  sino  después  de  la  muerte  del  Liberta- 
dor ?  Si  se  cree  que  la  Monarquía  es  necesaria  en  Colombia,  y 
que  convendría  un  príncipe  europeo,  llámese  á  este  desde 
luego;  de  otro  modo  Uds.  no  pueden  encontrar  un  individuo 
de  las  primeras  dinastías  europeas  que  pueda  llevar  consigo  el 
lustre  y  consideración  que  desean ;  encontrarán  á  lo  mas  algún 
pequeño  príncipe  de  Alemania,  con  el  que  poco  adelantarán 
Uds...  Pero  ¿qué  necesidad  tienen  Uds.  de  hablar  ahora  de  la 
sucesión  ni  de  príncipes  europeos  ?  Continuando  el  Libertador 
al  ffente  de  Colombia,  ya  sea  durante  su  vida  ó  por  un  cierto 
número  de  años,  Uds.  podrán  después  resolver  en  lo  sucesivo 
lo  que  sea  mas  conveniente.  » 

Estas  últimas  observaciones  del  ministro  de  S.  M.  Británica 
son  incontestables :  ellas  prueban  hasta  la  evidencia  los  graves 


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232 


HISTORIA  DK  COLOMBIA 


defectos  de  que  adolecía  el  plan  que  algunos  meditaban,  de 
llamar  desde  entonces  a  un  príncipe  extranjero  que  fuese  el 
monarca  de  Colombia  después  de  la  muerte  del  Libertador. 

Hé  aquí  llevada  al  cabo  respecto  de  la  Gran  Bretaña  la  ne- 
gociación que  iniciára  el  consejo  de  ministros.  Ningunos  com- 
prometimientos se  habian  seguido  al  gobierno  ni  al  congreso 
de  Colombia.  Este  conservaba  la  plena  libertad  de  estatuir  lo 
que  mejor  conviniese  á  la  felicidad  de  los  pueblos.  Por  consi- 
guiente la  negociación  no  envolvia  los  peligros  que  se  habian 
temido.  Las  respuestas  obtenidas  del  gabinete  británico  eran 
en  todo  tiempo  de  grande  importancia,  y  esta  habría  sido 
mayor  si  el  proyecto  de  Monarquía  no  se  hubiese  relegado  al 
olvido. 

En  esta  conferencia  del  ministro  colombiano  con  el  lord 
Aberdeen  se  tocaron  otros  puntos  dignos  de  mencionarse.  Fué 
el  primero  recordar  Madrid  al  ministro  británico  la  promesa 
que  ántes  le  habia  hecho,  de  que  si  la  expedición  del  brigadier 
Barradas  contra  Méjico  tenia  el  mal  éxito  que  todos  predecían, 
el  goDierno  de  S.  M.  Británica  renovaría  sus  instancias  al  de 
España  para  que  diese  la  paz  á  los  nuevos  Estados  de  América. 
El  ministro  contestó  que  en  efecto  no  habia  olvidado  aquel 
ofrecimiento  ni  perdido  la  ocasión;  pero  que  várias  pláticas 
confidenciales  que  habia  tenido  con  el  ministro  español  Zea 
Bermúdez,  le  habian  convencido  de  que  el  gabinete  español  no 
estaba  dispuesto  á  tratar  con  sus  antiguas  colonias  sobre  la  base 
de  reconocer  su  Independencia.  Por  tanto  el  gobierno  Britá- 
nico habia  decidido  abstenerse  de  hacer  nuevas  instancias  por 
considerarlas  ajenas  de  su  dignidad.  «  Estoy  desengañado , 
agregó ;  todos  los  Españoles  están  unánimes  en  este  asunto :  lo 
mismo  piensan  los  apostólicos  que  los  constitucionales,  afran- 
cesados, liberales  y  emigrados.  » 

Este  negocio  condujo  naturalmente  al  señor  Madrid  á  hablar 
sobre  otro  que  estaba  íntimamente  relacionado.  Tal  era  el  de 
las  expediciones  españolas  que  se  armaban  en  Cuba  y  Puerto- 
Rico  contra  los  nuevos  Estados.  Hacía  algún  tiempo  que  Madrid 
y  el  ministro  mejicano  instaban  al  lord  Aberdeen  para  qué* el 
gobierno  de  S.  M.  Británica  obligase  á  la  España  á  declarar,  — 
«  que  las  islas  de  Cuba  y  Puerto-Rico  no  tomarían  en  lo  suce- 
sivo parte  alguna  en  las  hostilidades  contra  las  repúblicas  del 
continente  que  ántes  era  español.  »  Fundábanse,  conforme  á  lo 


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CAPÍTULO  XV 


dicho  anteriormente,  en  que  Méjico  y  Colombia  desistieron  de 
invadir  aquellas  islas  cuando  tenian  la  mayor  probabilidad  de 
un  buen  suceso;  porque  Mr  Canning  como  ministro  británico 
les  indicara  los  inconvenientes  de  tal  expedición,  que  en  parle 
comprometían  al  gobierno  ingles.  Aquella  sola  insinuación 
bastó  para  que  se  abaudonase  la  empresa,  acto  de  la  mayor 
deferencia  y  consideración  hacia  el  gabinete  de  San  Jámes. 
Este  aun  insistía  en  que  no  se  llevase  al  cabo  la  invasión  de  las 
mencionadas  islas  por  el  peligro  que  corría  la  tranquilidad  de 
los  negros  que  hay  en  ellas.  Así,  dejando  á  la  una  parte  en 
libertad  para  atacar  al  continente  desde  Cuba  y  Puerto-Rico,  c 
impidiendo  á  las  nuevas  repúblicas  invadir  y  apoderarse  de 
aquella  base  de  las  expediciones  militares  que  armaba  la  Es- 
paña, era  evidente  que  el  gobierno  de  S.  M.  Británica  se  apar- 
taba de  las  reglas  de  neutralidad  que  habia  proclamado,  y  que 
también  eran  las  de  la  justicia.  «  Evitar  para  lo  sucesivo,  anadia 
el  señor  Madrid,  la  lucha  entre  las  islas  de  Cuba  y  Puerto-Rico, 
y  los  nuevos  Estados  Americanos,  es  terminar  de  hecho  y  del 
modo  mas  plausible  la  guerra  entre  estos  y  la  España. » 

Con  tan  sólidos  fundamentos  prosiguió  Madrid  sosteniendo  la 
reclamación  intentada.  Lord  Aberdeen  le  contestó  al  fin  de  la 
conferencia,  —  «  que  no  negaría  que  sus  observaciones  le  pa- 
recían dignas  de  tomarse  en  consideración  y  que  las  tomaría  en 
efecto.  » 

En  la  misma  entrevista  se  couíirmó  (diciembre  U)  por  el  lord 
Aberdeen  la  noticia,  que  ya  ténia  Madrid,  del  nombramiento 
hecho  en  el  señor  Guillermo  Turner  para  enviado  extraordina- 
rio y  ministro  plenipotenciario  de  la  Grau  Bretaña  cerca  del 
gobierno  de  Colombia.  Es  seguro  que  este  nombramiento  fué 
motivado  por  el  proyecto  de  Monarquía  de  que  se  habia  tratado. 
Lord  Aberdeen  aun  refirió  á  Madrid  una  parte  de  las  instruc- 
ciones hechas  á  nuestro  enviado  en  aquellas  importantes  con- 
ferencias. 

Hablando  lord  Aberdeen  sobre  la  rebelión  de  Córdoba,  que 
hizo  temer  á  los  extranjeros  el  incendio  de  una  guerra  civil  en 
Cdlbmbia,  preguntó  á  Madrid  si  no  creía  que  Venezuela  se  se- 
pararía de  la  Nueva  Granada.  La  misma  pregunta  le  habia  di- 
rigido ántes  el  embajador  de  los  Países  Bajos  barón  Falk,  aña- 
diendo :  —  «  que  sus  temores  nacían  de  los  encontrados  intere- 
ses y  de  la  rivalidad  que  se  notaba  entre  los  pueblos  de  la  anti- 


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254  HISTORIA  DE  COLOMBIA.  —  CAPÍTULO  XV. 

gua  Venezuela  y  de  la  Nueva  Granada ;  igualmente  que  entre 
los  de  ambas  con  respecto  á  los  deparlamentos  del  sur.  Por 
tanto,  aun  los  extranjeros  preveían  este  suceso  como  probable 
en  un  período  no  muy  remoto,  lo  que  aumentaba  su  descon- 
fianza respecto  de  la  estabilidad  de  Colombia. 


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CAPÍTULO  XVI. 


Mal  estado  de  la  opinión  en  Venezuela  contra  el  gobierno  del  Libertador. 
—  Publicación  de  una  carta  de  este  para  calmar  la  irritación.  —  Pées  y 
Soublette  en  Valencia.  —  Reciben  allí  la  circular  para  que  los  pueblos 
pidan  lo  que  quieran. —  Excítalos  Páez  á  que  lo  hagan.  —  Primeras  actas 
en  forma  de  peticiones  al  congreso  constituyente.— La  de  Caraca»  acuerda 
su  separación  absoluta  de  Colombia,  estableciendo  un  Estado  indepen- 
diente. —  Juicio  sobre  dicha  acta  :  se  demuestran  sus  defectos.  —  In- 
sultos escritos  contra  el  Libertador,  que  se  reprimen.  —  Páez  no  acepta 
la  primera  magistratura  de  Venezuela,  que  se  le  ofrece. —  Motivos  déla 
negativa  y  de  su  contestación.  —  Da  cuenta  al  gobierno  colombiano  de 
lo  acaecido  y  ofrece  mantener  el  órden.  —  Pocos  diputados  venezolanos 
quieren  asistir  al  congreso  de  Colombia.  —  Se  generaliza  el  acta  de  Ca- 
racas. —  Algunas  son  muy  injuriosas  al  Libertador.  —  Valencia ,  la  pri- 
mera, pide  su  ostracismo.  —  San  Rafael  de  Orituco  le  defiende.  — 
Parroquias  que  revocan  sus  poderes  á  los  diputados  al  congreso.  —  Peti- 
ción que  algunos  vecinos  notables  de  Caracas  dirigen  al  Libertador.  — 
Esfuerzos  que  hacen  los  jefes  para  generalizar  la  revolución,  sobre  todo  en 
el  Zúlia.  —  Páez  se  manifiesta  decidido  á  sostenerla.  —  Parte  que  tuvo 
en  ella  el  almirante  ingles  Fleeming.  —  El  gobierno  de  Colombia  pide 
órdenes  al  Libertador  sobre  tan  grave  negocio.  —  Dispone  oficialmente 
suspender  toda  negociación  acerca  del  proyecto  de  Monarquía.  —  Opinio- 
nes en  la  Nueva  Granada  contra  la  unión  :  también  sobre  forma  de  go- 
bierno —  Páez  establece  en  Venezuela  un  gobierno  independiente.  — 
Convoca  un  congreso  constituyente  en  Valencia.  —  El  departamento  del 
Zúlia  se  adhiere  á  la  revolución.  —  Proclama  hinchada  de  Páez  anuncián- 
dolo. —  Preparativos  de  defensa  que  hace.  —  Fórmase  en  Bogotá  la  di- 
putación del  congreso  colombiano.  —  El  Libertador  arriba  á  la  capital.  — 
Reforma  su  ministerio.  —  Instalación  del  congreso  constituyente. —  Men  - 
saje  que  le  dirige  Bolívar,  y  puntos  principales  que  contiene.  —  Su  pro- 
clama á  los  Colombianos  —  Injusticia  con  que  se  ataca  al  Libertador. — 
El  congreso  defiende  su  honor.  —  Exposición  al  congreso  del  presidente 
del  consejo  de  ministros.  —  Aquel  se  ocupa  en  formar  un  reglamento 
interior.  —  El  congreso  se  decide  por  conservar  la  unión  colombiana,  — 


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IIISTOIUA  DR  COLOMBIA. 


Proyecta  el  Libertador  ir  á  Venezuela.  —  Partida  del  comisionado  Bresson. 

—  Presentación  de  dos  ministros  extranjeros.  —  Preparativos  militares 
del  prefecto  general  Montilla  para  conservar  la  tranquilidad  del  Zúlia. — 
El  ejecutivo  dispone  reunir  otra  división  en  Cúcuta. —  El  general  O'Leary 
es  su  jefe;  instrucciones  que  recibe.  —  El  batallón  Boyacá  se  subleva  y 
pasa  á  Maracáibo.  —  Temores  que  inspira  esta  defección.  —  Sistema  de- 
fensivo que  se  adopta  respecto  de  Venezuela.  —  Comisiones  constitucio- 
nales que  se  forman. —  Decreta  el  congreso  una  comisión  de  paz  que  siga 
Venezuela ;  instrucciones  que  le  da. —  Basas  que  se  adoptan  para  la  cons- 
titución :  alocución  del  congreso  á  los  Colombianos. —  Resuelve  mantener 
la  unión  de  Colombia.  —  Bolívar  indulta  á  los  que  aun  sufren  penas  por 
los  sucesos  del  25  de  setiembre. —  Nombra  al  general  Caicedo  presidente 
del  consejo  de  ministros.  —  Á  la  comisión  de  paz  se  le  impide  penetrar 
á  Venezuela.  —  Proclama  belicosa  de  Páez,  quien  sale  á  campaña.  —  Los 
comisionados  colombianos  tratan  con  los  de  Venezuela  en  la  villa  del 
Rosario  de  Cúcuta.  —  Nada  se  consigue.  —  Miras  pacificas  del  gobierno 
de  Colombia;  el  de  Venezuela  trabaja  por  conmoverla  Nueva  Granada.— 
Revolución  de  Casanare.  —  Asesinatos  que  cometen  los  cabecillas.  — 
Alarma  que  causan  estos  sucesos.  —  Conatos  de  revolución  en  Bogotá.— 
Consejo  que  reúne  el  Libertador :  disgustos  que  causa.  —  Opiniones  rei- 
nantes sobre  que  no  se  dé  constitución.  —  Las  apoya  por  un  mensaje  el 
poder  ejecutivo.  —  El  congreso  insiste  en  darla.  —  Protestas  que  dirigen 
los  ministros  de  la  Gran  Bretaña  y  del  Brasil.  —  Son  infundadas.  — 
Proyecto  de  decreto  para  acordar  las  opiniones  encontradas.  —  Se  resta- 
blece la  libertad  de  imprenta.  —  Opinión  en  la  Nueva  Granada  a  favor 
de  la  separación  de  Venezuela ;  sus  motivos.  —  Discusiones  acerca  del 
futuro  presidente  de  la  República  :  Bolívar  quiere  serlo.  —  Proyecta 
reasumir  el  mando.  —  Movimientos  que  esto  causa  en  los  partidos.  — 
Sus  fieles  amigos  le  aconsejan  que  se  retire  definitivamente.  —  Anuncia 
al  congreso  su  última  resolución.  —  Contestación  del  congreso  y  senti- 
mientos de  los  bandos  políticos.—  Bolívar  se  decide  á  salir  de  Colombia. 

—  Supresión  de  las  prefecturas  generales.  —  Terminase  la  constitución. 

—  Mosquera  y  Caicedo  nombrados  presidente  y  vicepresidente.  —  Encár- 
gase este  del  mando  de  la  República.  —  Moción  en  favor  del  Libertador. 
Se  manda  publicar  la  nueva  constitución.  —  Decreto  que  arregla  cómo 
ha  de  ofrecerse  á  Venezuela.  —  Sublevación  del  batallón  Granaderos.  — 
Sus  consecuencias  y  motivos.  —  Temores  de  Bolívar,  que  sigue  á  Carta- 
gena. —  Decreto  del  congreso  en  su  favor.  —  Este  cierra  sus  sesiones. 

—  Juicio  acerca  de  él  y  respecto  de  la  constitución.  —  Carácter  de  los 
nuevos  magistrados.  —  Sucre  era  el  presidente  que  habría  convenido. — 
Desobediencia  de  la  división  acantonada  en  Pamplona.  —  Arribo  á  Cúcuta 
de  una  división  venezolana  :  su  jefe  Mariño  viola  el  territorio  granaoino. 

—  La  división  de  Pamplona  capitula  su  traslación  á  Venezuela.  —  Aran- 
zazu  y  Soto  comisionados  granadinos  para  ofrecer  la  nueva  constitución  á 
Venezuela.  —  Aranzazu  consigue  que  se  retiren  de  Cúcuta  los  Venezola- 
nos.—  Mariño  deja  allí  á  los  soldados  y  oficiales  granadinos.—  Sométense 
estos  al  gobierno  colombiano. 


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CAPÍTULO  XVI.  257 

Año  de  4829.  —  Apénas  se  había  terminado  la  rebelión  de 
Córdoba  en  Antióquia,  y  cuando  parecía  que  la  tranquilidad 
debía  durar  por  lo  ménos  hasta  que  el  próximo  congreso  cons- 
tituyente diera  instituciones  á  los  pueblos  de  Colombia,  una 
tempestad  se  formó  hacia  el  norte,  la  que  desde  el  principio 
amenazára  destruir  á  la  República. 

Hacía  algún  tiempo  que  en  Venezuela  existia  un  fuerte  par- 
tido contra  el  gobierno  del  Libertador,  á  quien  atribuían  mu- 
chos actos  que  eran  producciones  espontáneas  y  exclusivas  de 
Páez  como  jefe  civil  y  militar.  Los  enemigos  de  Bolívar  no  per- 
dían ocasión  ni  medio  alguno,  por  reprobado  que  fuera ,  para 
destruir  su  reputación  y  enajenarle  el  afecto  de  los  pueblos  que 
tan  justamente  había  ganado  por  sus  eminentes  servicios  á  la 
patria.  El  proyecto  de  Monarquía,  concebido  por  el  consejo  de 
ministros  y  adelantado  hasta  el  punto  que  hemos  visto ,  sirvió 
admirablemente  á  los  enemigos  de  Bolívar  para  pintarle  como 
un  ambicioso  que  deseaba  coronarse  y  dominar  á  los  pueblos 
con  un  cetro  de  hierro.  En  vano  quisiéramos  excusar  á  Páez  y 
á  otros  magnates  de  Venezuela  de  que  no  contribuyeran  á  ex- 
tender y  acreditar  esta  calumnia,  que  tanto  convenía  á  sus 
miras  de  futuro  engrandecimiento.  Aunque  es  cierto  que  el  pri- 
mero tuvo  desde  el  principio  noticia  comunicada  particular- 
mente por  el  ministro  de  la  guerra  Urdaneta,  sin  que  se  opu- 
siera al  proyecto,  pues  solamente  exigió  saber  lo  que  pensara 
el  Libertador,  y  aunque  le  enviára  con  este  fin  al  comandante 
José  Austria,  quien  fué  hasta  Quito;  con  todo,  tenemos  datos 
para  creer  que  Páez  no  obró  en  este  negocio  con  la  franqueza 
que  aparentaba  en  sus  cartas  particulares.  Toda  su  conducta  en 
aquel  tiempo  y  sus  hechos  posteriores  nos  persuaden ,  que  apa- 
rentando á  los  miembros  del  gobierno  de  Bogotá  que  procede- 
ría de  acuerdo  con  sus  miras ,  se  aprovechó  diestramente  de  las 
circunstancias  á  fin  de  abrirse  el  camino  para  obtener  la  pri- 
mera magistratura  de  un  Estado  independiente,  rompiendo  la 
unión  colombiana. 

Hallábanse  los  ánimos  de  muchos  Venezolanos  en  la  disposi- 
ción arriba  expresada,  cuando  ocurrió  la  rebelión  de  Córdoba 
en  Antióquia.  El  valor  y  nombradla  del  corifeo,  la  guerra  que 
aun  se  ignoraba  en  Carácas  haberse  terminado  con  el  Perú ,  y 
la  ausencia  del  Libertador  en  los  confines  meridionales  de  la 
República ,  todo  esto  les  hizo  creer  que  habia  llegado  el  mo- 

TOMO  IV.  17 


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HISTORIA  DK  COLOMBIA. 


mentó  oportuno  de  disolver  á  Colombia,  separando  de  la  unión 
á  los  departamentos  de  la  antigua  capitanía  general  de  Vene- 
zuela, á  fin  de  erigirlos  en  un  Estado  soberano  é  independiente. 
Los  corifeos  de  este  proyecto  no  dudaban  que  él  reuniría  en  sn 
favor  la  opinión  de  los  pueblos,  declamando  contra  el  gobierno 
de  Colombia  y  contra  el  Libertador,  excitando  al  mismo  tiempo 
las  fuertes  antipatías,  bien  conocidas  ya,  que  habia  entre  Ve- 
nezolanos y  Granadinos.  Una  chispa  bastaba  para  causar  un 
terrible  incendio ,  y  desde  los  últimos  dias  de  octubre  comen- 
zaron á  circular  en  Carácas  pasquines  manuscritos  é  impresos 
en  que  atrozmente  se  injuriaba  á  la  persona  y  al  gobierno  del 
Libertador,  á  quien  pintaban  como  un  déspota  que  pretendía 
ceñirse  la  corona  de  su  patria. 

Para  combatir  estas  impresiones  algunos  amigos  de  Bolívar 
publicaron  una  carta  suya  al  general  O'Leary.en  la  que  le  ma- 
nifestaba su  repugnancia  á  continuar  mandando.  En  seguida  le 
proponía  una  idea  que  le  habia  ocurrido ,  á  fin  de  que  la  me- 
ditara :  era  esta,  que  en  el  próximo  congreso  se  eligiera  un 
presidente,  y  que  á  él  se  le  dejára  de  generalísimo  de  las  fuer- 
zas colombianas ;  con  estas  apoyaría  al  jefe  del  gobierno  y  man- 
tendría la  tranquilidad  en  todas  partes,  manifestando  así  que 
no  aspiraba  á  perpetuarse  en  el  mando;  manifestación  que  es- 
peraba le  haría  recobrar  el  afecto  de  sus  conciudadanos.  Preo- 
cupados como  estaban  los  Venezolanos,  y  arrastrados  por  pasio- 
nes interesadas,  interpretaron  mal,  y  aun  ridiculizaron  algunas 
expresiones  de  aquella  carta,  que  no  habia  sido  escrita  para  su 
publicación.  Por  tanto  ella  no  produjo  los  efectos  saludables  que 
se  esperaban. 

Guando  principiaba  aquel  movimiento ,  Páez  y  su  secretario 
el  general  Soublette  se  hallaban  en  Valencia :  dijeron  unos  que 
se  habían  trasladado  allí  para  que  en  Carácas  y  en  otros  lugares 
se  obrára  libremente,  sin  que  pareciese  que  era  por  influjo  suyo; 
otros,  y  el  mismo  Páez  lo  informó  al  gobierno  de  Bogotá  — 
«  que  su  viaje  á  Valencia  tuvo  por  objeto  velar  sobre  el  sosiego 
y  quietud  de  los  valles  de  Aragua  y  pueblos  del  occidente,  alar- 
mad*» con  las  noticias  de  que  se  pensaba  organizar  la  República 
bajo  de  una  forma  monárquica. »  En  dicha  ciudad  recibió  Páee 
la  célebre  circular  expedida  por  el  Libertador  desde  Guayaquil 
en  31  de  agosto  último,  para  que  los  pueblos  expresáran  libre- 
mente sus  opiniones,  tanto  de  palabra  como  por  la  prensa, con 


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capítulo  xvi.  259 

respecto  á  la  forma  de  gobierno ,  al  código  fundamental  que 
debía  establecerse  y  al  nombramiento  del  jefe  que  hubiera  de 
presidir  la  administración.  Comunicósela  desde  Bogotá  en  16  de 
octubre  el  secretario  del  interior,  excitándole  á  que  dispusiera 
su  cumplimiento. 

No  podia  ofrecerse  á  Páez  y  á  sus  partidarios,  que  trabajaban 
por  la  separación  de  Venezuela,  un  medio  mas  eficaz  para  con- 
seguir sus  designios,  que  la  expresada  circular.  Envióla  á  Cará- 
cas  y  á  las  parroquias  de  esta  provincia  con  órdenes  de  que  en 
todas  partes  se  hicieran  actas  pidiendo  al  congreso  constituyente 
que  decretára  la  separación  de  Venezuela.  La  primera  acta  que 
apareció  en  este  sentido  fué  la  de  Puertocabello ,  celebrada  el 
17  de  noviembre :  al  anunciarla  el  general  Soublette  al  secre- 
tario del  interior  del  gobierno  colombiano,  después  de  elogiar 
dicha  circular  como  que  habia  impedido  una  revolución,  le 
añadió :  «  que  en  el  próximo  correo  enviaría  otros  muchos  pro- 
nunciamientos,  con  los  cuales  principiaría,  en  el  año  de  treinta, 
una  época  nueva  para  la  nación.  »  Esta  es  una  prueba  clara  de 
que  los  pronunciamientos  eran  excitados  ó  prevenidos  por  los 
jefes  que  residían  en  Valencia. 

La  segunda  acta  (noviembre  23)  fué  de  esta  ciudad,  concebida 
también  en  forma  de  petición  al  congreso  para  que  acordára  la 
división  de  la  República.  Al  mismo  tiempo  los  ciudadanos  mas 
notables  de  Valencia  se  declararon  contra  el  sistema  de  gobierno 
monárquico  y  en  favor  del  republicano. 

Hasta  entónces  nada  irregular  habia  ocurrido,  y  estas  actas 
se  hallaban  dentro  del  círculo  trazado  por  las  leyes  que  decre- 
taron la  unidad  de  la  República.  Mas  no  sucedió  lo  mismo  en 
Caracas.  Allí  existia  un  plan  concertado  para  romper  la  unión, 
y  era  preciso  realizarlo  tan  pronto  como  fuera  posible.  Así ,  no 
perdieron  la  oportunidad.  El  instrumento  principal  de  que  se 
valiera  Páez  fué  del  jefe  general  de  policía  Juan  Bautista  Aris- 
mendi :  tuvo  este  una  junta  en  su  casa  de  habitación  el  24  de 
noviembre.  Acordóse  en  ella,  que  para  el  día  siguiente  se  con- 
vocaría otra  reunión  mas  numerosa  de  los  padres  de  familia  de 
Caracas.  Arismendi  quedó  encargado  de  dar  los  pasos  condu- 
centes ,  para  que  la  junta  se  reuniera  con  anuencia  del  prefecto 
del  departamento ,  general  Lino  de  Clemente :  aquel  hizo  todas 
las  invitaciones ,  y  el  prefecto ,  arrastrado  por  el  torrente  revo- 
lucionario, publicó  un  bando  por  el  que  convocaba  á  los  ciuda- 


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260  HISTORIA  DF.  COLOMBIA. 

danos  á  que  expresáran  libremente  lo  que  quisieran  acerca  de 
la  futura  organización  de  Colombia. 

Reunido  el  pueblo  de  Caracas  en  el  convento  de  San  Fran- 
cisco el  25  de  noviembre ,  y  en  número  de  cerca  de  quinientas 
personas,  se  leyó  el  capítulo  de  una  carta  de  Bolívar  á  Páez, 
escrita  en  Guayaquil  á  13  de  setiembre  de  este  año.  Hablábale 
en  ella  de  la  circular  que  había  mandado  expedir  para  que  los 
pueblos  manifestaran  sin  rebozo  ni  temor  alguno  cuál  era  su 
voluntad :  —  «  He  mandado  publicar,  decía,  una  circular  con- 
vidando á  todos  los  ciudadanos  y  corporaciones  para  que  expre- 
sen formal  y  solemnemente  sus  opiniones.  Ahora  puede  Ud. 
instar  legalmente  para  que  el  pueblo  diga  lo  que  quiera.  Ha 
llegado  el  caso  en  que  Venezuela  se  pronuncie  sin  atender  á 
consideración  alguna  mas  que  el  bien  general.  Si  se  adoptan 
medidas  radicales  para  decir  lo  que  verdaderamente  Uds.  de- 
sean, las  reformas  serán  perfectas  y  el  espíritu  público  se  cum- 
plirá. El  comercio  abrirá  sus  fuentes,  y  la  agricultura  será 
atendida  sobre  toda  cosa.  En  fin ,  todo  se  hará  como  Uds.  lo 
quieran.  Yo  no  me  atrevo  á  indicar  nada  porque  no  quiero 
salir  responsable,  estando  resuelto  á  no  continuar  en  el  mando 
supremo.  Como  este  congreso  es  admirable,  no  hay  peligro  en 
pedir  lo  que  se  quiera,  y  él  sabrá  cumplir  con  su  deber,  deci- 
diendo de  los  negocios  con  sabiduría  y  calma;  nunca  se  ha  ne- 
cesitado de  tanta  como  en  esta  ocasión,  pues  se  trata  nada 
méuos  que  de  constituir  de  nuevo  la  sociedad,  ó,  por  decirlo 
así,  darle  una  existencia  diferente.  »  Los  que  ya  conocían  las 
opiniones  y  el  secreto  del  Libertador,  sobre  la  necesidad  de 
dividir  á  Colombia,  vieron  en  estas  expresiones  y  en  otras 
que  contenia  aquella  célebre  carta,  que  les  decia  claramente 
en  ella :  «  Pidan  Uds.  la  separación  de  Venezuela,  y  yo  la 
apoyaré.  »  Aun  sospechamos  que  comunicára  sus  ideas  sobre 
la  materia  á  algún  Venezolano,  y  que  este  no  le  guardara  el 
secreto. 

Empero  sea  de  esto  lo  que  fuere ,  las  discusiones  duraron  los 
dias  25  y  26  de  noviembre,  rodando  principalmente  sobre  la 
separación  absoluta  de  Venezuela  y  el  desconocimiento  *tlel 
gobierno  de  Colombia.  El  resultado  fué  acordar:  «  Primero, 
separación  del  gobierno  de  Bogotá  y  desconocimiento  de  la  au- 
toridad del  general  Bolívar,  aunque  conservando  siempre  paz, 
amistad  y  concordia  con  sus  hermanos  de  los  departamentos 


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CAPÍTULO  XVI.  2fii 

del  centro  y  sur  de  Colombia  para  entrar  á  pactar  y  establecer 
lo  que  convenga  á  sus  intereses  comunes. 

»  Segundo,  que  se  dirija  el  acta  justificativa  del  proceder  y 
que  contenga  estas  resoluciones  al  excelentísimo  señor  general 
jefe  superior,  pidiéndole  que  consulte  la  voluntad  de  los  depar- 
tamentos que  forman  la  antigua  Venezuela ,  y  se  sirva  convocar 
con  toda  la  brevedad  posible  las  asambleas  primarias  en  todo  el 
territorio  de  su  mando,  para  que  según  las  reglas  conocidas  se 
haga  el  nombramiento  de  electores  y  sucesivamente  el  de  re- 
presentantes que  deben  componer  una  convención  venezolana, 
para  que  tomando  en  consideración  estas  bases,  proceda  inme- 
diatamente al  establecimiento  de  un  gobierno  republicano,  re- 
presentativo, alternativo  y  responsable. 

»  Tercero,  que  esta  convención  extienda  el  manifiesto  que  se 
dirigirá  á  nuestros  hermanos  de  Colombia  y  á  todo  el  orbe, 
expresando  las  razones  que  imperiosamente  han  ocasionado 
esta  resolución. 

»  Cuarto,  que  S.  E.  el  benemérito  general  José  Antonio  Páez 
sea  jefe  de  estos  departamentos,  y  que  reuniendo  como  reúne 
la  confianza  de  los  pueblos,  mantenga  el  urden  público  y  todos 
los  ramos  de  la  administración  bajo  las  formas  existentes,  mién- 
tras  se  instala  la  convención. 

»  Quinto,  que  Venezuela,  aunque  impelida  por  las  circuns- 
tancias, ha  adoptado  medidas  relativas  á  su  seguridad ,  sepa- 
rándose del  gobierno  que  la  ha  regido  hasta  ahora,  protesta  que; 
no  desconoce  sus  compromisos  con  las  naciones  extranjeras,  ni 
con  los  individuos  que  le  han  hecho  suplementos  para  consoli- 
dar su  existencia  política ,  y  espera  que  la  convención  arregle 
estos  deberes  de  justicia  del  modo  conveniente. »  —  El  acta  que 
conteuia  estas  resoluciones  se  firmó  por  cuatrocientas  ochenta  y 
seis  personas. 

Los  documentos  que  sirvieron  para  unos  acuerdos  de  tamaña 
trascendencia  fueron  cartas  particulares  escritas  en  la  confianza 
de  la  amistad  por  Bolívar  y  Urdaneta  á  Páez  y  á  otros  de  sus 
amigos,  las  que  por  consiguiente  no  debían  obrar  en  aquella 
asamblea.  El  único  documento  oficial  que  debió  presentarse, 
que  fué  la  circular  de  31  de  agosto,  comunicada  á  Páez  por  el 
secretario  del  interior,  no  se  trajo  á  colación  ni  se  mencionó  en 
el  acta,  acaso  porque  honraba  la  conducta  franca  y  liberal  del 
Libertador;  ella  contestaba  de  antemauoá  los  cargos  que  le  hi- 


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262 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


rieron  los  redactores  de  la  mencionada  acta;  es  verdad  que  no 
dejaba  de  servir  al  mismo  fin  la  carta  de  Bolívar  á  Páez.  En 
lugar  de  estos  documentos  se  insertaron  en  el  acta  simples  car- 
tas de  invitación  para  asistir  á  la  junta,  escritas  por  Arismendi, 
las  que  nada  mas  significaban  sino  que  el  jefe  de  policía  obraba 
conforme  á  las  órdenes  de  Páez. 

En  cuanto  á  los  fundamentos  aducidos  en  el  acta  mencionada, 
estuvieron  muy  léjos  sus  autores  de  manifestar  algunos  talen- 
tos ó  la  práctica  de  hombres  de  Estado ,  apartándose  aun  de  la 
verdad  y  justicia.  Nada  tenia  que  ver  el  estado  actual  de  los 
negocios  con  las  opiniones  de  Bolívar  comunicadas  oficialmente 
al  congreso  de  Guayana ,  sobre  la  necesidad  de  dar  una  base 
permanente  y  vitalicia  á  nuestros  gobiernos  republicanos;  opi- 
nión que  habia  tratado  de  aplicar  en  la  constitución  para  Boli- 
via.  Todo  hombre  que  reflexiona  algún  tanto  sobre  los  sucesos 
pasados,  conoce  que  el  Libertador  iba  acaso  mas  de  cincuenta 
años  adelante  de  sus  contemporáneos,  y  plenamente  le  justifi- 
can las  revoluciones  continuas  que  á  nombre  de  la  libertad  han 
despedazado  y  despedazan  por  do  quiera  á  la  antigua  América 
española,  revoluciones  que  harían  temer  á  los  verdaderos  pa- 
triotas, amigos  de  la  libertad  racional,  que  esta  hermosa  ó  rica 
porción  del  globo,  bañada  por  la  sangre  de  sus  hijos,  retrogra- 
dara á  la  barbarie  del  siglo  xvi°.  ¿Qué  cargo  se  podia  hacer, 
pues,  á  Bolívar  de  esta  opinión? 

No  fueron  ménos  injustos  los  autores  de  aquella  acta  célebre, 
atribuyendo  al  Libertador  oposición  á  la  constitución  de  Cú- 
cuta,  la  disolución  de  la  convención  de  Ocaña  y  las  actas  de  la 
dictadura.  Al  hacer  estos  cargos  debieron  los  Venezolanos  re- 
cordarlos sucesos  de  1826,  que  destruyeron  aquella  constitución 
por  darles  gusto,  hechos  exclusivamente  suyos;  sus  numerosas 
actas  contra  la  convención  de  Ocaña ,  y  la  unanimidad  con  que 
se  pronunciaron  por  la  dictadura ,  gobierno  muy  superior  á  la 
anarquía  en  que  habríamos  caido  indudablemente  si  el  Liber- 
tador no  acepta  en  1828  el  mando  supremo  que  le  confirieron 
los  pueblos. 

Respecto  de  Monarquía,  otro  cargo  que  se  le  hiciera  en  difcha 
carta,  nunca  el  Libertador  pensó  en  erigirla,  y  los  que  en  Ve- 
nezuela y  en  otros  puntos  de  América  han  dicho  lo  contrario,  le 
han  calumniado  atrozmente.  Es  cierto  que  algunos  ciudadanos 
del  centro  y  sur  de  la  República,  usando  de  la  libertad  de  que 


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CAPÍTULO  XVI.  263 

gozaban  por  las  leyes,  propusieron  en  4829  la  adopción  de  aquel 
sistema  de  gobierno  en  Colombia ,  persuadidos  como  se  halla- 
ban profundamente  de  que  en  las  Monarquías  constitucionales 
se  goza  de  mayor  suma  de  libertad,  de  seguridad ,  y  por  consi- 
guiente de  felicidad,  que  en  la  anarquía  de  nuestras  repúblicas. 
Empero  estas  indicaciones  no  eran  ni  podían  alegarse  como 
fundados  motivos  para  la  separación.  En  1826,  algunos  Vene- 
zolanos y  el  mismo  Páez  hicieron  al  Libertador  la  propuesta  de 
que  se  coronára  en  Colombia ,  sin  que  por  esto  pretendiera  la 
Nueva  Granada  separarse  de  la  unión,  ni  hacer  á  los  Venezola- 
nos un  crimen  por  su  manera  de  opinar,  sin  embargo  de  que 
se  iba  á  echar  por  tierra  con  violencia  la  constitución  de  Cúcuta. 
Por  otra  parte ,  dar  al  gobierno  monárquico  por  sinónimo  de 
tiránico ,  según  se  hizo  en  el  acta ,  fué  ridículo  y  manifestó  ig- 
norancia ó  grande  malicia  en  los  redactores.  Esto  podía  pasar 
al  principio  de  la  revolución,  cuando  hablábamos  del  gobierno 
de  Fernando  VII,  y  para  concitar  á  los  pueblos  contra  los  Espa- 
ñoles ;  mas  nos  admiramos  cómo  en  i  829  se  usara  en  Caracas 
de  tal  lenguaje  por  hombres  que  conocían  ó  debían  conocer  ia 
significación  de  las  palabras. 

Pudiéramos  impugnar  victoriosamente  los  demás  fundamen- 
tos de  aquella  acta,  si  no  temiésemos  fastidiar  á  nuestros  lecto- 
res, haciéndoles  notar  vagas  declamaciones,  metáforas  hincha- 
das, y  recriminaciones  contra  la  Nueva  Granada  hasta  por  \o 
que  se  decia  en  periódicos  del  todo  inconexos  con  el  gobierno. 
¡  Como  si  los  Granadinos  no  hubieran  gozado  de  libertad  para 
expresar  sus  pensamientos  á  fin  de  mejorar  el  gobierno  -de  da 
República! 

En  lugar  de  haberse  perdido  los  redactores  del  acta  mencio- 
nada en  argumentos  metafísicos  sobre  las  formas  de  gobierno,  y 
en  otros  que  se  apoyaban  en  hechos  falsos,  ó  aplicados  con  in- 
exactitud, pudieron  haber  aducido  sólidos  fundamentos  para  la 
separación ,  los  que  á  nadie  hubieran  agraviado ,  porque  eran 
tomados  de  la  misma  naturaleza.  Las  grandes  distancias  desde 
los  extremos  de  Venezuela  hasta  Bogotá,  residencia  del  gobieono 
supremo;  los  malos  caminos  y  navegaciones  que  tenia  el  país; 
las  muchas  dificultades  que  nacían  de  aquí  para  reunirse  los 
congresos;  los  caractéres  diferentes  de  los  Granadinos  y  Vene- 
zolanos ,  y  sus  diversas  necesidades  que  no  podían  regirse  por 
unas  mismas  leyes,  hé  aquí  razones  incontestables  y  que  per- 


264  niSTORIA  DE  COLOMBIA. 

suadian  á  todos  los  hombres  desapasionados ,  de  que  terminada 
la  guerra  de  Independencia ,  los  pueblos  de  la  Nueva  Granada 
y  de  Venezuela  debían  separarse  y  erigirse  en  Estados  indepen- 
dientes. Ya  hemos  visto  que  el  mismo  Libertador,  á  quien  tanto 
se  calumniaba,  habia  propuesto  la  medida  como  de  vital  im- 
portancia para  conservar  la  tranquilidad  y  la  buena  armonía 
entre  ambos  pueblos. 

En  los  dias  que  se  hizo  este  pronunciamiento  en  Carácasyen 
los  siguientes,  se  cometió  un  exceso  que  fué  prontamente  cen- 
surado y  reprimido.  Tal  fué  el  haber  aparecido  en  las  paredes 
de  las  casas  inscripciones  sumamente  injuriosas  á  Bolívar  y  á 
sus  amigos,  lo  que  hacía  temer  un  trastorno  y  persecuciones  á 
muchas  familias ,  turbando  el  reposo  público.  El  comandante 
de  armas  coronel  Juan  Antonio  Padrón  se  apresuró  á  impedir 
este  desorden  :  él  publicó  un  decreto  en  que  lo  prohibía  y  con- 
minaba á  los  infractores  con  el  debido  castigo.  El  general  Páez 
luego  que  supo  aquellos  desmanes  (noviembre  30),  envió  á  Ca- 
rácas  un  edecán  suyo  al  prefecto  del  departamento ,  previnién- 
dole que  mandára  borrar  cualesquiera  inscripciones  y  letreros 
que  se  hubieran  puesto,  según  decia,  —  «  contra  el  primer  ma- 
gistrado, que  al  mismo  tiempo  es  el  héroe  mas  insigne  de  esta 
parte  del  Nuevo  Mundo  y  á  quien  debemos  inmensos  servicios.» 
Fundábase  en  que  habiendo  libertad  de  imprenta,  este  era  el 
vehículo  regular  para  que  el  pueblo  expresára  sus  sentimientos, 
y  no  valiéndose  del  anónimo  para  escribir  ultrajes  y  amenazas 
contra  el  Libertador.  Semejante  desórden  se  habia  cometido  no 
solamente  en  la  capital ,  sino  también  en  otros  lugares  de  la 
misma  provincia ,  y  se  contuvo  con  estas  providencias  tan  jus- 
tas como  oportunas. 

El  acta  de  Carácas  se  envió  inmediatamente  al  jefe  civil  y  mili- 
tar, que  se  hallaba  en  Valencia.  Condujéronla  tres  secretarios, 
que  fueron  los  señores  Alejo  Fortique,  Félix  M.  Alonso ,  Anto- 
nio Leocadio  Guzman ,  y  dos  ciudadanos  por  enfermedad  del 
primer  secretario  doctor  Andrés  Narvarte.  Los  comisionados  exi- 
gían de  Páez  que  se  trasladára  inmediatamente  á  Carácas  á  ha- 
cerse cargo  del  gobierno  independiente  que  se  le  habia  coflfe- 
rido.  Pero  aquel ,  no  olvidando  los  comprometimientos  á  que 
por  su  lijereza  y  precipitación  se  habia  sujetado  en  1826,  quiso 
obrar  con  mayor  cautela.  Se  denegó,  pues,  alegando  que  estaba 
comprometido  con  juramento  á  observar  la  organización  provi- 


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CAPÍTULO  XVI.  265 

sional  que  el  Libertador  había  dado  á  la  República.  Prometió 
sin  embargo  á  los  comisionados ,  que  miéntras  se  instalaba  el 
congreso  constituyente  de  Colombia,  ningún  mal  se  originaria 
al  pueblo  de  Caracas  á  causa  de  su  pronunciamiento ,  que  ten- 
dría efecto  por  las  resoluciones  de  aquella  corporación,  á  cuya 
fuente  debían  ocurrir  para  obtener  remedio  á  sus  males. 

Creyeron  algunos  desde  aquella  época,  que  estando  el  general 
Páez  en  el  secreto  del  acta  de  separación  acordada  en  Caracas , 
la  que  promovieron  activamente  por  órdenes  suyas  el  jefe  gene- 
ral de  policía  y  sus  demás  amigos ,  no  fueron  escrúpulos  reli- 
giosos los  que  le  detuvieran  para  declararse  inmediatamente 
jefe  supremo  de  Venezuela.  Eran  las  inesperadas  noticias  que 
recibió  en  aquellos  días  del  tratado  definitivo  de  paz  con  el  Perú, 
así  como  de  la  derrota  y  muerte  de  Córdoba.  Los  promovedores 
de  la  separación  habían  contado  con  que  la  guerra  extranjera 
detendría  al  ejército  colombiano  en  los  confines  australes  de  la 
República.  Creerían  también  que  la  valentía  de  Córdoba,  y  el 
sostenimiento  de  la  libertad  que  había  proclamado ,  le  darían 
partidarios  numerosos  en  otras  provincias ,  causando  nuevos 
embarazos  al  gobierno  supremo/y  que  entre  tanto  podría  Vene- 
zuela consumar  su  revolución.  Mas ,  libre  ya  el  gobierno  de 
aquellos  obstáculos,  y  triunfante  por  todas  partes,  fué  necesario 
á  Páez  y  á  los  demás  corifeos  de  la  separación  cejar  algún  tanto, 
aparentar  moderación ,  y  esperar  á  ver  si  los  pronunciamien- 
tos se  generalizaban  en  los  otros  departamentos  de  la  antigua 
Venezuela.  Páez ,  que  por  tres  semanas  habia  guardado  un  si- 
lencio desdeñoso  con  el  gobierno  de  Colombia  (diciembre  8),  le 
dió  entonces  cuenta  de  los  efectos  que  habia  producido  la  cir- 
cular mandada  expedir  por  el  Libertador  y  comunicada  por  el 
secretario  del  interior.  Decia  que,  publicada  por  bando,  habían 
resultado  varios  pronunciamientos  concebidos  en  forma  de  pe- 
ticiones al  congreso  constituyente  solicitando  la  separación;  em- 
pero que  los  habitantes  de  Carácas  la  habían  decretado  de  hecho 
y  pedídole  que  se  pusiera  al  frente  del  nuevo  gobierno ,  á  lo 
que  no  asintió  por  la  naturaleza  de  sus  anteriores  comprometi- 
mientos y  la  obediencia  que  habia  jurado á  la  organización  pro- 
visional de  la  República.  Ofrecióles,  sin  embargo,  que  no  se  les 
molestaría  por  sus  opiniones;  que  sus  deseos  tendrían  efecto 
por  las  relaciones  del  congreso  constituyente,  á  cuya  fuente  le- 
gal debían  dirigir  su  acta  para  la  determinación,  y  que  entre 


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266  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

tanto  se  le  permitiera  gobernar  como  era  de  su  deber  en  nom- 
bre 7  bajo  la  autoridad  de  S.  E.  el  Libertador  presidente.  Aña- 
día que  de  esta  manera  habia  podido  conservar  el  órden ,  y 
calmar  la  agitación  y  alarma  de  los  pueblos,  que  habian  estado 
y  aun  estaban  verdaderamente  inquietos. 

Concluía  su  oficio  diciendo  al  ministro  del  interior :  a  Ahora 
aprovecho  esta  oportunidad  para  escribir  á  üd.  á  fin  de  que  se 
sirva  ponerlo  en  conocimiento  del  consejo  de  gobierno,  aña- 
diéndole que  si  la  separación  de  Venezuela  es  un  mal,  ya  parece 
inevitable,  porque  todos  los  hombres  la  desean  con  vehemencia, 
y  creo  no  dejan  pasar  esta  ocasión  sino  á  costa  de  sacrificios 
sangrientos ,  horrorosos  y  desgraciados.  La  opinión  es  general, 
superior  al  influjo  de  todo  hombre,  que  es  en  realidad  la  opi- 
nión del  pueblo.  Yo  no  me  he  querido  mezclar  en  nada,  por 
que  S.  E.  el  Libertador  me  ha  prevenido  que  deje  á  los  pueblos 
obrar  y  decir  lo  que  quieran  con  entera  franqueza  y  libertad. 
Así  lo  han  hecho ,  y  yo  por  mi  parte  diré  que  he  llenado  mis 
deberes ,  si  sosteniendo  el  régimen  jurado  puedo  mantener  el 
órden,  la  tranquilidad  y  la  administración  hasta  que  el  congreso 
constituyente  resuelva  en  la  materia.  Así  lo  he  encargado  á  to- 
das las  autoridades  que  están  bajo  de  mi  mando  en  estas  pro- 
vincias, dando  órdenes  al  mismo  tiempo  para  que  se  conserve  el 
respeto ,  veneración  y  obediencia  á  S.  E.  el  Libertador  presi- 
dente. »  —  Bien  pronto  veremos  que  estas  promesas  no  se  cum- 
plieron, como  tampoco  las  que  Páez  habia  hecho  en  su  mani- 
fiesto del  mes  de  febrero,  sin  embargo  de  haberlas  publicado 
con  tanta  solemnidad  y  profusión. 

Á  la  sazón  que  principiaron  tales  movimientos,  estaban  para 
seguir  á  Bogotá  la  mayor  parte  de  los  diputados  de  Venezuela, 
á  fin  de  asistir  al  congreso  constituyente.  Unos  hicieron  renun- 
cia, otros  se  excusaron  con  varios  pretextos  de  emprender  el 
viaje,  y  otros  se  denegaron  á  hacerlo  porque  sabían  el  proyecto 
de  separación.  Solamente  se  pusieron  en  camino  para  la  capital 
cuatro  de  los  nombrados,  que  ó  no  estaban  en  el  secreto,  ó  no 
eran  partidarios  de  la  revolución.  Cinco  Venezolanos  mas  que 
asistieron  al  congreso,  se  hallaban  en  otros  departamentos  cíe  la 
República.  Originóse  de  esta  falta  otra  nueva  é  inesperada 'difi- 
cultad para  la  reunión  del  cuerpo  constituyente. 

El  pronunciamiento  de  la  capital  fué  imitado  por  casi  todas 
las  parroquias  de  las  provincias  de  Carácas  y  Car  abobo.  Promo- 


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CAPÍTULO  XVI.  Z67 

vió  eficazmente  las  actas  el  jefe  general  de  policía  Joan  B.  Aris- 
mendi ,  que  se  declaró  uno  de  los  mas  celosos  partidarios  del 
proyecto  de  separación,  activándolo  por  medio  de  sus  agentes 
que  se  hallaban  esparcidos  por  todas  partes  en  el  departamento 
de  Venezuela.  Al  principio  várias  parroquias  extendieron  sus 
actas  como  peticiones  al  congreso.  Mas  parece  que  esta  forma 
no  agradó  á  los  directores  del  proyecto ,  y  vimos  que  en  parro- 
quias y  aun  ciudades  importantes,  como  Valencia  y  Puertoca- 
bello,  hicieron  dos  actas;  la  primera  en  forma  de  petición,  y 
la  segunda  separándose  de  hecho  de  Colombia,  desconociendo 
á  su  gobierno  y  sujetándose  al  general  Páez,  miéntras  que  con- 
vocados los  representantes  de  Venezuela ,  sancionaban  estos  la 
constitución  que  debía  regir  en  la  República,  y  elegir  su  pri- 
mer magistrado.  Hubo  muchas  parroquias  que  se  decidieron 
por  el  gobierno  federal  de  tres  Estados ,  que  según  sus  autores 
debían  crearse  en  el  norte,  centro  y  sur  de  Colombia;  otras 
actas  guardaron  silencio  acerca  de  este  punto  importante.  Pero 
en  todas  ellas  se  pedia  el  establecimiento  de  un  gobierno  repu- 
blicano ,  alternativo  y  responsable ,  improbándose  altamente  el 
proyecto  de  Monarquía.  Sobre  este  punto  la  opinión  se  mani- 
festó muy  decidida  y  uniforme. 

No  fueron  generales  las  declamaciones  contra  el  Libertador  y 
su  gobierno,  de  las  que  había  dado  Carácasel  ejemplo.  Empero 
se  distinguieron  en  esta  línea  las  actas  de  Calabozo  y  Puertoca- 
b ello.  Sobre  todo  la  última  amontonó  contra  Bolívar  calumnias 
gratuitas,  injurias  y  denuestos  los  mas  groseros  é  indecentes, 
que  deben  ser  un  borrón  indeleble  para  los  que  firmaron  el 
acta :  ellos  tuvieron  la  insensata  pretensión  de  relegar  al  olvido 
el  nombre  inmortal  de  Bolívar.  El  mismo  juicio  formamos  de 
una  proclama  virulenta  del  general  José  Francisco  Bermúdez, 
indigna  del  alto  puesto  que  ocupaba  en  la  milicia.  Acumu- 
laba en  ella,  contra  el  Libertador,  cuantas  injurias  se  le  vinie- 
ron á  las  mientes,  sin  respetarse  á  sí  mismo  ni  á  los  pueblos 
á  quienes  hablaba,  y  calumniando  atroz  y  descaradamente 
al  héroe  contra  quien  se  dirigía,  el  que  por  tanto  tiempo 
había  sido  su  ilustre  jefe ,  que  le  colmára  de  honores  y  distin- 
ciones. 

Los  vecinos  notables  de  Valencia  que  suscribieron  la  segunda 
acta  de  esta  ciudad  en  28  de  diciembre,  pueden  reclamar  para 
sí  el  funesto  honor  de  haber  sido  los  primeros  que  propusieron 


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268  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

el  ostracismo  contra  Bolívar,  ó  que  no  se  le  permitiera  volver  á 
Venezuela.  Á  la  sazón  pocos  imitadores  tuvo  tamaña  ingratitud, 
y  entre  ellos  se  cuentan  los  pueblos  de  Nirgua,  Carache  y  Mon- 
talvan.  Sin  embargo,  en  aquella  época  en  que  parecía  estaban 
á  la  órden  del  dia  los  insultos  contra  el  Libertador,  los  vecinos 
de  la  villa  de  San  Rafael  de  Orí  tuco  se  presentaron  expresando 
en  su  acta  con  firmeza  —  «  que  profesaban  el  mas  alto  respeto, 
amor  y  gratitud  á  la  persona  del  Libertador,  á  quien  la  Amé- 
rica del  Sur  debia  tantos  sacrificios,  y  Colombia  en  particular 
su  creación  é  independencia.  »  —  En  nuestra  humilde  opinión 
los  habitantes  de  Venezuela  teuian  razones  poderosas  para  se- 
pararse, tomadas  de  la  misma  naturaleza;  mas  no  debieron 
haberlo  realizado  de  hecho ,  sino  por  la  autoridad  del  congreso 
constituyente;  tampoco  debieron  fundarla  en  calumnias  contra 
Bolívar,  ni  mancillar  su  reputación,  que  era  propiedad  de  Vene- 
zuela ,  ni  en  fin  desconocer  sus  eminentes  servicios  prestados 
á  tres  repúblicas  de  la  América  antes  española. 

Entre  la  multitud  de  actas  que  celebraron  los  pueblos  de 
Venezuela,  hubo  algunas  en  que  se  revocaron  los  poderes  con- 
feridos á  los  diputados  electos  para  el  congreso  constituyente. 
Tales  fueron  las  de  Barcelona,  Barínas,  Barinítas ,  Calabozo, 
Cumaná,  Santa  Lucía,  Mérida  y  Pedraza,  revocaciones  que  no 
surtieron  efecto  alguno. 

El  clero  y  personas  mas  notables  de  Carácas,  presididas  por 
el  general  Páez  y  mejor  avisadas  que  en  26  de  noviembre,  di- 
rigieron (diciembre  24)  una  representación  al  Libertador,  la  que 
se  dijo  tenia  mil  quinientas  firmas,  pidiéndole  encarecidamente 
que  ejerciera  su  poderosa  influencia  para  que  el  cambio  que 
intentaban  de  sus  instituciones  se  hiciera  en  paz ,  y  no  se  les 
atacára.  Expresaban  con  moderación  que  en  este  caso  se  verían 
obligados  á  defenderse,  y  que  no  les  sería  imputable  la  sangre 
que  se  derramára.  Esta  exposición  debia  causar  mejores  efectos 
en  el  ánimo  del  Libertador  presidente  y  de  sus  consejeros,  que 
los  cargos  é  insultos  que  contenia  la  memorable  acta  del  26  de 
noviembre.  k 

Verificados  los  primeros  movimientos  de  separación,  partie- 
ron comisionados  de  Valencia  y  de  otros  puntos  á  fin  de  gene- 
ralizar los  pronunciamientos  en  Maturin  y  Orinoco.  Hacia  este 
departamento  siguió  con  tropas  el  general  Mari  ño,  uno  de  los 
mas  activos  promovedores  de  actas,  quien  fijó  su  cuartel  gene- 


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CAPÍTULO  XVI.  269 

ral  en  Guanare.  Desde  allí  influía  sobre  Barí  ñas  y  enviaba 
emisarios  al  departamento  del  Zúlia. 

Era  este  el  que  daba  mas  cuidados  á  Páez  y  á  sus  partidarios, 
de  que  no  siguiera  el  impulso  comunicado  á  los  otros  departa- 
mentos de  Venezuela  para  disolver  la  República.  El  Zúlia  jamas 
había  estado  sujeto  á  la  autoridad  de  Páez,  porque  el  Libertador 
lo  dejó  independiente  en  i 826.  Ademas,  sus  pueblos  tenían 
muchas  relaciones  comerciales  y  de  familias  en  la  Nueva  Gra- 
nada, y  aun  habitudes  granadinas,  por  la  dependencia  en  que 
estuvieran  del  vireinato  hasta  1777.  Por  otra  parte,  sus  habi- 
tantes parecían  decididos  á  sostener  el  gobierno  del  Libertador. 
Algunos  vecinos  de  Maracáibo  habían  hecho  actas  y  firmado 
representaciones  en  19  y  27  de  noviembre  de  este  año,  pidiendo 
al  congreso  que  acordara  una  constitución  republicana  de  la 
que  fuera  Bolívar  presidente  vitalicio,  ejemplo  que  imitara  la 
villa  de  Perijá.  Sin  embargo  de  tales  circunstancias,  se  emplea- 
ron por  los  promovedores  de  la  separación  todos  los  medios 
conducentes  para  vencer  cualquiera  resistencia  en  Coro,  Mara- 
cáibo, Trujillo  y  Mérida,  ciudades  principales  del  Zúlia,  á  las 
que  enviaran  emisarios  celosos  y  astutos. 

Entre  tanto  habían  corrido  los  meses  de  noviembre  y  gran 
parte  de  diciembre.  Páez,  luego  que  vio  el  apoyo  que  tenia  en 
los  pueblos  el  proyectó  de  separación ,  abandona  su  moderación 
aparente.  Trasládase  á  Caracas  al  terminar  diciembre,  aprueba 
lo  hecho  y  ofrece  sostener  con  las  armas  el  pronunciamiento  de 
la  capital  y  demás  pueblos  de  Venezuela  que  lo  habían  seguido. 
Escribió  al  mismo  tiempo  una  carta  particular  á  Bolívar,  mani- 
festándole su  resolución,  y  excitándole  á  que  no  se  empeñára 
en  contrariar  la  voluntad  decidida  de  los  Venezolanos;  que  si 
los  atacaba,  el  país  entero  se  cubriría  de  guerrillas  que  lo  des- 
truirían ;  y  que  por  último  recurso  mas  bien  se  entregarían  á 
los  Españoles.  No  creemos  que  Páez  y  sus  partidarios  hubieran 
pensado  jamas  en  cumplir  esta  amenaza  criminal :  ella  sin  duda 
era  el  peor  medio  para  inclinar  el  ánimo  constaute  del  Liberta- 
dor. Los  valientes  no  ceden  ni  se  arredran  con  amenazas. 

tíb  medio  de  las  pasiones  y  de  la  excitación  que  producía  en 
Venezuela  una  crisis  de  tamaña  trascendencia,  vino  á  aumen- 
tarla un  elemento  extranjero.  El  almiraute  ingles  de  Barbada, 
Fleeming,  había  hecho  un  viaje  á  Carácas  en  abril  anterior, 
acompañado  de  su  mujer,  que  era  una  señora  española,  y  volvió 


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270  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

cuando  principiaron  los  movimientos  de  separación.  Algunos 
dijeron  entónces  que  habia  dado  buenos  consejos  á  Páez  en 
favor  de  la  unión  colombiana;  pero  lo  cierto  es  que  se  declaró 
enemigo  del  gobierno  del  Libertador;  que  desde  Caracas  fué  á 
Valencia  repetidas  veces  á  verse  con  Páez,  á  quien  diera  conse- 
jos para  que  llevase  al  cabo  su  resolución ;  que  ofreció  premios 
y  empleos  en  la  isla  de  Trinidad  á  algunos  de  los  mas  atrevidos 
separacionistas;  que  dió  plomo  de  la  fragata  inglesa  que  le  ha- 
bia conducido ,  y  ofreció  á  Páez  elementos  de  guerra  para  sos- 
tenerse, en  el  caso  de  ser  atacado;  que  activó,  en  fin,  por 
cuantos  medios  estuvieron  á  su  alcance,  la  separación  de  Vene- 
zuela. No  podemos  persuadirnos  que  la  conducta  de  Fleeming 
en  aquellas  circunstancias  emanára  de  órdenes  que  tuviera  de 
S.  M.  Británica  para  promover  la  disolución  de  Colombia,  como 
algunos  han  pensado  equivocadamente.  Sabemos  que  por  la 
indebida  ingerencia  de  dicho  almirante  en  nuestros  negocios 
domésticos,  el  gobierno  de  la  Gran  Bretaña  mandó  hacer  infor- 
maciones contra  él;  que  por  medio  del  ministro  Túrner  y  de 
nuestra  legación  en  Lóndres,  procuró  persuadir  al  gobierno 
colombiano,  que  las  operaciones  de  dicho  almirante  en  Vene- 
zuela de  ningún  modo  habian  provenido  de  órdenes  del  gobierno 
británico.  Si  Fleeming  no  fué  castigado,  pudo  esto  provenir  de 
que,  disuelta  Colombia  por  la  separación  de  Venezuela,  y  ha- 
biendo el  Libertador  dejado  el  mando,  no  hubo  quien  recla- 
mára  la  intervención  ilegal  de  Fleeming  y  los  pasos  que  diera 
en  Venezuela  contra  el  derecho  de  las  naciones.  Por  tales  moti- 
vos quedó  impune  su  mal  procedimiento,  que  algunos  han  atri- 
buido á  la  oposición  decidida  que  profesaba  á  los  Franceses,  y 
dirigido  á  contrariar  el  influjo  que  suponia  tener  Bresson  en 
los  consejos  de  Bogotá. 

Desde  las  primeras  noticias  que  se  recibieron  de  los  movi- 
mientos de  Venezuela,  vió  claramente  el  gobierno  colombiano 
que  Páez  estaba  á  su  cabeza,  y  que  los  demás  hombres  influen- 
tes en  aquella  parte  de  la  República  seguirían  el  mismo  impulso 
con  poca  ó  ninguna  resistencia; la  separación  halagábalas  aspi- 
raciones de  muchos,  abria  un  extenso  campo  á  su  ambición,  y 
por  tanto  debia  ser  popular.  El  consejo  de  ministros  consideró, 
pues,  el  negocio  como  de  la  mayor  gravedad.  Mas  conociendo 
las  ideas  de  Bolívar,  que  desde  algunos  meses  ántes  habia  indi- 
cado con  mucha  fuerza,  que  la  separación  de  Venezuela  era 


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CAPÍTULO  XVI.  27  Í 

necesaria  y  por  consiguiente  inevitable,  no  quiso  tomar  provi- 
dencia alguna  por  sí  solo.  Dió  cuenta  al  Libertador  exigiéndole 
dictára  sus  órdenes  en  un  negocio  de  trascendencia  tan  vasta. 
Bolívar,  que  se  hallaba  en  camino  para  la  capital ,  contestó  in- 
sistiendo en  que  era  de  absoluta  necesidad  la  separación,  y  que 
el  próximo  congreso  constituyente  debia  decretarla  á  fin  de  que 
se  realizara  pacíficamente. 

Viendo  el  consejo  de  ministros  en  las  primeras  actas  de  Cari- 
cas y  en  otros  papeles,  que  se  tomaba  por  pretexto  de  la  sepa- 
ración el  proyecto  de  Monarquía  en  que  se  había  pensado,  re- 
solvió quitar  este  motivo  de  disgusto  para  muchos.  Así,  á  pesar 
de  lo  que  ántes  escribiera  al  Libertador,  y  á  pesar  también  de 
lo  que  sufrían  la  delicadeza  y  pundonor  de  sus  miembros,  pre- 
valecieron sus  deseos  de  evitar  males  á  la  República,  y  deter- 
minaron que  se  oficiára  á  los  ministros  colombianos  en  la  Gran 
Bretaña  y  Francia,  dando  por  rota  la  negociación  entablada 
sobre  Monarquía.  La  improbación  del  Libertador  al  proyecto,  y 
la  aversión  que  contra  él  se  habia  manifestado  en  Venezuela, 
fueron  los  principales  motivos  alegados  en  las  notas  que  se  pa- 
saron sobre  este  negocio  en  los  últimos  dias  del  mes  de  di- 
ciembre. 

Hácia  este  mismo  tiempo  las  noticias  de  la  separación  iniciada 
por  los  habitantes  de  Venezuela,  causaban  grande  agitación  en 
la  capital  de  la  República.  Por  diferentes  motivos  en  la  Nueva 
Granada  habia  también  una  opinión  bastante  general,  de  que 
se  disolviera  la  unión  colombiana.  El  partido  de  los  demócratas 
exaltados,  que  desde  1826  era  enemigo  acérrimo  del  Libertador 
y  de  sus  principios  políticos,  redobló  entónces  sus  esfuerzos 
para  arruinarle  del  todo  en  la  opinión  pública.  Viéndose  apoyado 
por  Venezuela,  creyó  haber  llegado  el  momento  de  separar  á 
Bolívar  de  la  primera  magistratura,  designio  favorito  de  las 
meditaciones,  intrigas  y  esfuerzos  de  aquel  partido.  Parecíale, 
y  no  sin  razón,  que  perdería  su  fuerza  el  argumento  usado 
hasta  entónces  de  que  no  habría  otro  jefe  que  pudiera  reunir 
los  sufragios  de  los  pueblos  de  Venezuela  y  Nueva  Granada. 
Para  este  solo  país  era  ménos  difícil  hallar  un  magistrado  que 
tuviera  popularidad. 

Ademas  de  dicho  partido  habia  multitud  de  Granadinos  en 
la  capital  y  en  las  provincias,  que  deseaban  la  separación  para 
libertarse,  según  decían,  del  mando  y  de  la  tiranía  de  los  Ve- 


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272  HISTORIA  DK  COLOMBIA. 

nezolanos.  Desde  la  uniou ,  esto  s  habían  ocupado  los  primeros 
destinos  en  la  Nueva  Granada,  así  los  del  centro  como  los  de 
Quito. 

Si  los  diferentes  partidos  se  acordaban  en  sus  deseos  de  sepa- 
ración, no  sucedía  lo  mismo  en  cuanto  al  gobierno  que  debiera 
establecerse.  Tanto  en  el  sur  como  en  el  centro  de  la  Nueva 
Granada  habia  muchos  que  opinaban  por  la  Monarquía  consti- 
tucional, creyendo  ser  el  gobierno  en  que  podían  los  pueblos 
disfrutar  mayor  suma  de  seguridad,  de  bienestar  y  de  estabi- 
lidad; consideraban  que  sin  reposo  y  verdaderas  garantías, 
estos  países  no  seriau  capaces  de  progresar.  Empero  tales  opi- 
niones eran  teóricas  ó  en  principio  solamente,  pues  ya  no  se 
creía  posible  la  fundación  de  una  Monarquía.  Otros ,  y  este  era 
el  partido  mas  general ,  querían  un  gobierno  central ,  republi- 
cano, alternativo  y  responsable ,  como  el  de  la  constitución  de 
Cúcuta;  sin  embargo  exigían  que  tuviese  el  ejecutivo  mayor 
fuerza  y  vigor  para  mantener  la  tranquilidad  pública.  Otros 
finalmente  no  abandonaban  las  ideas  y  los  planes  exagerados 
de  la  democracia ,  y  anhelaban  por  verlos  planteados  en  Co- 
lombia, como  el  non  plus  ultra  de  la  perfección  gubernativa. 
Por  fortuna  el  sistema  federativo  estaba  tan  desacreditado  por 
los  ejemplos  funestos  de  anarquía,  de  guerras  civiles,  y  de 
escándalos  que  había  dado  recientemente  en  el  Centro- América, 
Buenos  Aires  y  Méjico,  que  la  mayor  parte  de  los  Colombianos 
estaban  curados  de  la  pasión  que  tuvieron  en  otro  tiempo  por 
esta  clase  de  gobierno.  Mas  todos  los  hombres  pensadores  y 
civiles  convenían  en  que  —  «  ninguna  especie  de  gobierno  sería 
duradera  entre  nosotros ,  por  la  ambición  de  los  militares  que 
por  do  quiera  se  juzgaban  ellos  mismos  los  únicos  libertadores 
de  toda  la  América  ántes  española.  »  Hé  aquí  la  verdadera 
causa  eficiente  y  poderosa  de  nuestros  prolongados  males. 

Año  de  1830.  —  La  uuiformidad  de  opiniones  que  á  la  sazón 
no  se  podía  encontrar  en  los  pueblos  de  la  Nueva  Granada  se 
hallaba  en  los  de  la  antigua  Venezuela.  El  general  Páez  estaba 
ya  seguro  de  la  cooperación  y  auxilio  de  todos  los  que  conjpo- 
nian  los  departamentos  de  Venezuela,  Maturin,  Orinoco  y 
Guayana  (i);  así  como  del  auxilio  de  los  jefes  militares  residentes 

(1)  Esta  provincia  habia  sido  erigida  en  departamento  por  el  gobierno  del 
Libertador  en  decreto  de  3  de  octubre  de  1829. 


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CAPÍTULO  XVI.  273 

en  ellos,  que  generalmente  se  habían  declarado  por  la  sepa- 
ración. Viéndose  apoyado  con  vigor,  determinó  dar  pasos  mas 
atrevidos  para  obtener  el  fin  á  que  aspiraban.  Con  tal  designio 
expidió  en  Caracas,  el  4  3  de  enero,  varios  decretos.  Por  el  pri- 
mero declaró  que  siendo  Venezuela  un  Estado  soberano  é  inde- 
pendiente ,  necesitaba  para  el  despacho  de  los  negocios  de  su 
gobierno  y  administración,  que  provisionalmente  le  habian 
encargado  los  pueblos  hasta  la  reunión  del  congreso  consti- 
tuyente ,  de  secretarios  que  le  ayudasen.  Por  tanto  creó  tres 
secretarias :  una  del  interior,  justicia  y  policía;  otra  de  hacienda 
y  relaciones  exteriores,  y  la  tercera  de  guerra  y  marina.  Para 
la  primera  nombró  al  doctor  Miguel  Peña ,  uno  de  los  mas  au- 
daces promovedores  de  la  separación ;  para  la  segunda  al  licen- 
ciado Diego  Bautista  Urbaneja ,  y  para  la  tercera  al  general  de 
división  Carlos  Soublette.  Todos  aceptaron ,  entrando  inmedia- 
tamente en  el  ejercicio  de  sus  funciones  administrativas. 

Por  otro  decreto  de  la  misma  fecha  (enero  i  3)  convocó  el  jefe 
civil  y  militar  un  congreso  constituyente  de  todo  el  territorio 
de  la  antigua  Venezuela,  el  que  se  reuniría  en  Valencia  el  30  de 
abril  próximo.  En  el  mismo  decreto  prescribió  las  reglas  para 
las  elecciones  de  los  diputados ,  que  debían  ser  uno  por  cada 
quince  mil  almas  de  población ,  y  otro  por  un  residuo  que 
alcanzara  ó  excediera  de  la  mitad  de  esta  base. 

Con  tales  pasos  la  revolución  venezolana  se  avanzaba  cada  dia 
á  su  término;  pero  aun  le  faltaba  un  eslabón  muy  importante : 
el  departamento  del  Zúlia  no  se  habia  pronunciado  por  la  sepa- 
ración. Desde  el  principio  Páez  y  sus  emisarios  habian  estado 
trabajando  muy  activamente  para  conmoverlo ,  y  al  fin  lo  con- 
siguieron. La  capital  de  Maracáibo  fué  la  primera  que  se  pro- 
nunció en  16  de  enero,  excitada  por  el  coronel  Célis ,  emisario 
de  Páez,  y  alarmada  con  la  noticia  de  que  marchaban  de  Carta- 
gena tres  batallones  para  guarnecer  aquella  ciudad  y  hostilizar 
á  los  otros  departamentos  venezolanos.  Esta  nueva  causó  un 
tumulto  cuya  consecuencia  fuera  la  celebración  de  un  acta  por 
la  cual  el  pueblo  de  Maracáibo  se  declaró  confederado  con 
Venezuela,  se  sometió  á  Páez ,  le  pidió  auxilios ,  y  determinó 
impedir  la  marcha  délas  tropas  de  Cartagena.  Siguió  su  ejemplo 
la  ciudad  de  Trujillo,  y  después  se  pronunció  Mérida  sin  hablar 
de  federación;  el  resto  del  deparlamento  hizo  lo  mismo.  Quedó 
así  unido  y  reintegrado  el  territorio  de  la  antigua  capitanía 

TOMO  IV.  18 


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274 


HISTORIA  DK  COLOMBIA. 


general  de  Venezuela,  conforme  á  los  límites  que  tenia  en  1810 
cuando  se  apartó  de  la  España. 

El  general  Páez  anunció  estos  acontecimientos  á  los  pueblos 
de  Venezuela  por  medio  de  una  proclama  del  29  de  enero; 
estaba  plagada  de  expresiones  hinchadas  é  inexactas ,  defecto 
que  justamente  han  criticado  los  Europeos  á  nuestros  procla- 
mistas  de  las  nuevas  repúblicas  americanas.  Decia  en  ella  á  los 
Venezolanos,  que  estaba  cumplida  su  voluntad  de  separarse  del 
resto  de  Colombia ;  que  puesto  él  al  frente  del  ejército  nadie 
invadiría  su  territorio;  que  era  el  pueblo  mas  heroico  del  Nuevo 
Mundo ;  en  fin ,  que  serian  desgraciados  los  que  pretendieran 
oponérseles ,  pues  solo  encontrarían  la  muerte.  Manifestábase 
muy  complacido  con  el  pronunciamiento  del  Zúlia ,  y  tenia 
razón.  El  territorio  venezolano  se  habia  redondeado  con  la 
unión  de  este  departamento.  Era  ya  muy  difícil  cualquiera 
expedición  contra  Venezuela  que  pudiera  dirigir  el  gobierno 
colombiano  por  la  garganta  de  los  valles  de  Cúcuta  :  esta  podía 
defenderse  con  facilidad  de  parte  de  Venezuela ;  mas  en  el  caso 
de  ser  vencida ,  desde  Maracáibo  se  atacaría  la  espalda  de  los 
invasores  :  la  ruta  de  los  Llanos  era  tan  fragosa  como  insalubre. 

Al  mismo  tiempo  que  Páez  dictaba  las  mencionadas  provi- 
dencias orgánicas  de  Venezuela,  no  se  descuidaba  en  prepararse 
para  la  defensa  en  caso  de  que  se  le  atacára.  Él  levantaba  y 
disciplinaba  las  milicias  para  aumentar  el  ejército  permanente. 
Pero  desde  el  mes  de  diciembre  habia  tocado  una  grave  difi- 
cultad; la  escasez  de  las  rentas  públicas  y  la  pobreza  de  que  se 
lamentaban  los  ciudadanos.  Así  fué  que  echó  mano  de  un 
recurso  que  debia  ser  sagrado.  Habia  algún  tiempo  que,  persua- 
dido el  Libertador  de  la  importancia  de  adelantar  y  mejorar  el 
cultivo  del  tabaco  de  Barínas  llamado  cura-seca,  para  venderlo 
en  Europa,  donde  hasta  entónces  conservaba  un  alto  precio, 
envió  al  secretario  de  hacienda  Revenga  á  promover  aquella 
empresa.  Revenga  con  su  constancia,  asiduidad  y  puro  manejo 
habia  conseguido  elevar  la  cosecha  á  trece  mil  quintales.  Guando 
los  estaba  dirigiendo  á  los  puertos,  con  muy  fundadas  espe- 
ranzas de  que  produjera  el  primer  ensayo  medio  millón  de 
pesos,  comenzó  la  revolución.  Á  fin  de  proveer  á  los  gastos  que 
necesariamente  iba  á  causar  esla,  Páez  dispuso  que  todo  el 
tabaco  se  vendiera  en  Carácas,  donde  no  se  obtuvo  la  mitad  del 
precio  que  habría  tenido  en  Europa.  Sus  productos  se  gastaron 


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CAPÍTULO  XVI.  275 

desgraciadamente,  no  en  sostener  el  crédito  de  Colombia  según 
se  meditaba ,  sino  en  promover  su  disolución  y  hacer  prepara- 
tivos contra  su  gobierno. 

En  tan  criticas  circunstancias  era  mucha  la  ansiedad  con  que 
en  la  capital  de  la  República  se  aguardaban  la  instalación  del 
congreso  constituyente  y  el  arribo  del  Libertador,  de  quienes 
dependia  la  resolución  de  un  problema  de  vital  importancia, 
la  subsistencia  ó  disolución  de  Colombia.  El  2  de  enero  no  pudo 
reunirse  el  congreso,  pero  se  formó  la  diputación  con  treinta  y 
cuatro  representantes.  El  doctor  José  María  del  Castillo  y  Rada 
fué  nombrado  director,  y  el  señor  Juan  García  del  Rio ,  secre- 
tario. Debia  ocuparse  la  diputación  en  calificar  las  elecciones  de 
los  diputados,  y  en  exigir  la  pronta  concurrencia  de  los  ausentes, 
compeliéndoles  hasta  con  multas.  El  número  total  de  los  electos 
era  de  sesenta  y  siete ;  por  consiguiente  para  la  instalación  se 
necesitaban  cuarenta  y  cinco ,  que  componían  las  dos  terceras 
partes.  Esperábase  que  pronto  se  reunirían,  porque  varios 
diputados  estaban  en  camino  hácia  Bogotá ,  entre  ellos  cuatro 
de  Venezuela. 

Una  de  las  primeras  providencias  de  la  diputación  fué  llamar 
al  Libertador  para  que  acelerando  su  viaje  viniera  á  instalar  el 
congreso.  Llegó  en  efecto  á  la  capital  el  15  de  enero,  y  fué  reci- 
bido con  la  pompa  y  los  honores  que  siempre  se  le  habían  tri- 
butado. Todos  deseaban  conocer  su  opinión  actual  sobre  la 
separación  de  Venezuela;  él  no  la  ocultó  y  dijo  que  estaba  ásu 
favor,  y  por  salir  de  Colombia  luego  que  dejára  arreglada 
aquella  importante  cuestión.  Improbó,  sí,  las  actas  de  Carácas  y 
demás  lugares  que  las  hubieran  imitado,  como  vías  de  hecho 
ilegales  á  todas  luces. 

Siendo  diputados  al  congreso  los  ministros  de  relaciones 
exteriores ,  y  de  guerra  y  marina ,  y  habiéndose  admitido  su 
renuncia  al  de  lo  interior,  José  Manuel  Restrepo ,  fueron  reem- 
plazados (enero  18).  Los  generales  de  brigada  Domingo  Caicedo 
y  Pedro  Alcántara  Herran  entraron  á  servir  los  ministerios  de 
relaciones  exteriores  y  de  guerra.  El  de  lo  interior  se  confirió  al 
fiscal  de  la  alta  corte  de  justicia  doctor  Alejandro  Osorio.  Conti- 
nuaron en  sus  destinos  el  ministro  de  hacienda  Nicolás  M.  Tanco, 
y  el  doctor  Castillo ,  presidente  de  los  consejos  de  ministros  y 
de  Estado. 

Llegó  por  fin  el  dia  que  tanto  se  anhelaba  de  la  instalación 


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276  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

del  congreso  constituyente.  Realizóse  el  20  de  enero  con  el 
número  de  cuarenta  y  siete  diputados  y  por  el  Libertador  en 
persona.  Este  recibió  á  los  representantes  el  juramento  de  cum- 
plir bien  y  fielmente  los  deberes  de  sus  destinos.  Presidió  la 
elección  de  presidente  del  cuerpo ,  que  recayó  en  el  gran  ma- 
riscal de  Ayacucno;  la  del  vicepresidente,  que  se  declaró  á 
favor  del  doctor  José  María  Estéves,  obispo  de  Santamaría,  y  la 
de  secretario,  que  fué  el  señor  Simón  Búrgos,  que  no  era  dipu- 
tado. Concluido  el  acto ,  el  Libertador  pronunció  una  breve  y 
elocuente  arenga;  manifestó  en  ella  que  la  nación  entera  fin- 
caba en  el  congreso  sus  mejores  y  mas  legítimas  esperanzas  de 
que  le  diera  una  constitución  llena  de  fuerza  y  libertad ;  que 
por  tanto  se  retiraba  con  la  mayor  confianza,  dejando  presididos 
á  los  representantes  del  pueblo  por  el  mas  digno  general  de 
Colombia  (*).  Esta  expresión  verdadera  ofendió  á  otro  general 
que  allí  estaba,  el  que  pretendía  acaso  rivalizar  á  Sucre ,  según 
lo  manifestaron  todos  sus  actos  posteriores. 

Después  que  el  Libertador  dejó  el  salón  de  las  sesiones ,  fué 
leido  el  mensaje  que  dirigía  al  congreso,  documento  que  se  es- 
peraba  con  ansia,  especialmente  para  ver  loque  dijera  sobre  los 
acontecimientos  de  Venezuela.  Principiaba  manifestando  cuán 
ardua  era  la  empresa  que  arremetía  el  congreso  de  dar  institu- 
ciones que  hicieran  felices  á  los  Colombianos ;  pero  que  consul- 
tando los  ejemplos  del  antiguo  y  nuevo  mundo ,  la  naturaleza 
de  nuestro  país,  sus  necesidades  y  aun  sus  mismas  revolucio- 
nes, así  como  la  razón  ilustrada  de  los  hombres  sensatos,  podría 
vencer  todas  las  dificultades ;  que  para  facilitar  sus  trabajos  el 
presidente  de  los  consejos  de  ministros  y  de  Estado  daría  todos 
los  conocimientos  necesarios  de  la  situcion  actual  de  la  Repú- 
blica, de  los  diferentes  ramos  de  la  administración,  y  de  lo  que 
hubiera  hecho  el  gobierno  en  los  últimos  diez  y  ocho  meses ; 
que  si  los  trabajos  no  habían  correspondido  á  las  esperanzas, 
esto  debía  atribuirse  á  la  guerra  exterior,  que  felizmente  había 
desaparecido ,  y  á  las  convulsiones  intestinas  calmadas  ya  á  be- 
neficio de  la  clemencia  y  de  la  paz. 

(1)  En  el  discuno  del  Libertador,  publicado  en  la  Gaceta  de  Colombia,  se 
corrigió  la  expresión  y  se  puso  —  «  por  uno  de  los  mas  dignos  generales 
de  Colombia.  »  Pero  ya  ese  imprudente  aunque  verdadero  elogio  había 
producido  su  efecto  de  enajenar  el  ánimo  del  general  en  jefe  Rafael  Urdaneta. 


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CAPÍTULO  XVI.  277 

Trazaba  después  un  cuadro  harto  triste  de  nuestras  convul- 
siones y  trastornos  desde  1826  hasta  la  disolución  de  la  conven- 
ción de  Ocaña ,  la  que  dijo  le  habia  colocado  en  una  situación 
horrible,  —  o  porque  le  puso  á  discreción  de  los  juicios  y  de  las 
sospechas.  Mas  que  para  salvar  la  República  de  la  disolución  y 
de  la  anarquía ,  no  le  habia  detenido  el  menoscabo  de  una  re- 
putación adquirida  en  una  larga  serie  de  servicios  en  que  ha- 
bían sido  necesarios  y  frecuentes  sacrificios  semejantes.  »  Men- 
cionaba luego  los  límites  que  en  el  decreto  de  27  de  agosto  de 
1828  habia  puesto  á  la  dictadura;  el  horrible  ataque  del  25 
de  setiembre  hecho  á  su  persona ;  la  guerra  civil  que  se  encen- 
dió en  el  sur,  y  la  del  Perú  fomentada  por  el  presidente  La- 
mar,  que  se  habia  terminado  por  un  tratado  honroso  de  paz, 
satisfaciéndonos  el  gobierno  peruano  con  magnanimidad  extra- 
ordinaria. Añadía,  que  para  extinguir  las  disensiones  intestinas 
no  se  habia  derramado  ninguna  sangre  fuera  del  campo  de 
batalla,  y  que  todos  los  Colombianos  extraviados  fueron  per- 
donados en  el  sur  y  en  Antióquia.  Solo  habían  caído  por  la 
espada  de  la  ley  unas  pocas  víctimas  que  intentaron  cometer 
un  parricidio ,  salvándose  otras  muchas  por  la  clemencia  del 
gobierno. 

En  seguida  expresaba  que  no  hacía  indicación  alguna  sobre 
las  instituciones  que  debieran  darse  á  Colombia ,  porque  ha- 
biendo él  mismo  convocado  al  congreso,  y  señaládole  sus  fa- 
cultades, no  le  era  permitido  influir  de  modo  alguno  en  sus 
deliberaciones.  Su  único  deber  sería  obedecer  sin  restricción  al 
código  y  á  los  magistrados  que  dieran  los  escogidos  del  pueblo, 
y  que  la  voluntad  de  este  fuera  proclamada ,  respetada  y  cum- 
plida por  sus  delegados.  Dijo  que  para  conocerla  dispuso  antici- 
padamente que  los  pueblos  manifestaran  sus  deseos  con  plena 
libertad  y  seguridad,  y  que  dirigieran  sus  peticiones  al  congreso, 
escritas  con  la  debida  moderación  y  órden,  según  se  habia  cum- 
plido ;  sin  que  tuvieran  que  lamentar  otro  exceso  que  el  de  la 
junta  popular  de  Carácas ,  sobre  el  cual  debían  juzgar  la  pru- 
dencia y  sabiduría  del  congreso. 

•Por  último  conjuraba  ardientemente  al  congreso  á  que  pen- 
sara en  otro  ciudadano  para  la  presidencia  de  la  República. 
«  Dentro  y  fuera  de  vuestro  seno,  les  decía,  hallaréis  ilustres 
ciudadanos  que  desempeñen  la  presidencia  del  Estado  con  glo- 
rias y  ventajas.  Todos  mis  conciudadanos  gozan  de  la  fortuna 


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278  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

inestimable  de  parecer  inocentes  á  los  ojos  de  la  sospecha :  solo 
yo  estoy  tildado  de  aspirar  á  la  tiranía. 

d  Libradme,  os  ruego,  del  baldón  que  me  espera  si  continúo 
ocupando  un  destino  que  nunca  podrá  alejar  de  sí  el  vituperio 
de  la  ambición.  Creedme,  un  nuevo  magistrado  es  ya  indispen- 
sable para  la  República.  El  pueblo  quiere  saber  si  dejaré  alguna 
vez  de  mandarle.  Los  Estados  americanos  me  consideran  con 
cierta  inquietud,  que  pueden  atraer  algún  dia  á  Colombia  males 
semejantes  á  los  de  la  guerra  del  Perú.  En  Europa  misma  no 
faltan  quienes  teman  que  yo  desacredite  con  mi  conducta  la 
hermosa  causa  de  la  libertad.  ¡  Ah!  ¡  cuántas  conspiraciones  y 
guerras  no  hemos  sufrido  por  atentar  á  mi  autoridad  y  á  mi 
persona !  Estos  golpes  han  hecho  padecer  á  los  pueblos ,  cuyos 
sacrificios  se  habrían  ahorrado  si  desde  el  principio  los  legisla- 
dores de  Colombia  no  me  hubiesen  forzado  á  sobrellevar  una 
carga  que  me  ha  abrumado  mas  que  la  guerra  y  todos  sus 
azotes. 

»  Mostraos,  conciudadanos,  dignos  de  representar  un  pueblo 
libre,  alejando  toda  idea  que  me  suponga  necesario  para  la  Re- 
pública. Si  un  hombre  fuese  necesario  para  sostener  el  Estado , 
este  Estado  no  debería  existir,  y  al  fin  no  existiría. 

»  El  magistrado  que  escojáis  será  sin  duda  un  iris  de  concor- 
dia doméstica ,  un  lazo  de  fraternidad ,  un  consuelo  para  los 
partidos  abatidos.  Todos  los  Colombianos  se  acercarán  ai  rede- 
dor de  este  mortal  afortunado  :  él  los  estrechará  en  los  brazos 
de  la  amistad,  formará  de  ellos  una  familia  de  ciudadanos.  Yo 
obedeceré  con  el  respeto  mas  cordial á  este  magistrado  legítimo; 
lo  seguiré  cual  ángel  de  paz ,  lo  sostendré  con  mi  espada  y  con 
todas  mis  fuerzas.  Todo  añadirá  energía ,  respeto  y  sumisión  á 
vuestro  escogido... 

»  Disponed  de  la  presidencia  que  respetuosamente  abdico  en 
vuestras  manos.  Desde  hoy  no  soy  mas  que  un  ciudadano  ar- 
mado para  defender  la  patria  y  obedecer  al  gobierno.  Cesaron 
mis  funciones  públicas  para  siempre.  Os  hago  formal  y  solemne 
entrega  de  la  autoridad  suprema  que  los  sufragios  nacionales 
me  habían  conferido.  »  c 

Terminaba  el  mensaje  recomendando  al  congreso  que  prote- 
giera la  santa  religión  que  profesamos ;  que  atendiera  á  la  ha- 
cienda nacional ,  á  la  deuda  pública,  al  ejército  y  á  la  adminis- 
tración de  justicia;  pues  todo  era  necesario  crearlo,  y  echar  los 


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CAPÍTULO  XYI.  279 

fundamentos  de  nuestra  prosperidad  futura  al  establecer  las 
bases  de  nuestra  organización  política.  —  «  ¡Conciudadanos! 
anadia,  me  ruborizó  al  decirlo  :  la  Independencia  es  el  único 
bien  que  hemos  adquirido  á  costa  de  los  demás.  Pero  ella  nos 
abre  la  puerta  para  reconquistarlos  bajo  vuestros  soberanos 
auspicios ,  con  todo  el  esplendor  de  la  gloria  y  de  la  liber- 
tad, n 

El  mismo  dia  publicó  el  Libertador  (enero  20)  una  proclama 
á  los  pueblos,  en  que  les  dijo  :  a  ¡Colombianos!  veinte  años  há 
que  os  he  servido  en  calidad  de  soldado  y  magistrado.  En  este 
largo  período  hemos  conquistado  la  patria,  libertado  tres  repú- 
blicas, conjurado  muchas  guerras  civiles,  y  cuatro  veces  he  de- 
vuelto al  pueblo  su  omnipotencia ,  reuniendo  espontáneamente 
cuatro  congresos  constituyentes.  A  vuestras  virtudes,  valor  y 
patriotismo  se  deben  estos  servicios :  á  mí  la  gloria  de  haberos 
dirigido. 

»  El  congreso  constituyente  que  en  este  dia  se  ha  instalado, 
se  halla  encargado  por  la  Providencia  de  dar  á  la  nación  las 
instituciones  que  ella  desea ,  siguiendo  el  curso  de  las  circuns- 
tancias y  la  naturaleza  de  las  cosas. 

»  Temiendo  que  se  me  considere  como  un  obstáculo  para 
asentar  la  República  sobre  la  verdadera  base  de  su  felicidad,  yo 
mismo  me  he  precipitado  de  la  alta  magistratura  á  que  vuestra 
bondad  me  habia  elevado. 

»  ¡  Colombianos !  he  sido  víctima  de  sospechas  ignominiosas, 
sin  que  haya  podido  defenderme  la  pureza  de  mis  principios. 
Los  mismos  que  aspiran  al  mando  supremo,  se  han  empeñado 
en  arrancarme  de  vuestros  corazones ,  atribuyéndome  sus  pro- 
pios sentimientos,  —  haciéndome  parecer  autor  de  proyectos 
que  ellos  han  concebido,  representándome ,  en  ün ,  con  aspira- 
ción á  una  corona  que  ellos  me  han  ofrecido  mas  de  una  vez , 
y  que  yo  he  rechazado  con  la  indignación  del  mas  fiero  republi- 
cano. Nunca,  nunca,  os  lo  juro,  ha  manchado  mi  mente  la 
ambición  de  un  reino ,  que  mis  enemigos  han  forjado  artificio- 
samente para  perderme  en  vuestra  opinión. 

«•Desengañaos,  ¡  Colombianos !  mi  único  anhelo  ha  sido  el  de 
contribuir  á  vuestra  libertad  y  á  la  conservación  de  vuestro  re- 
poso :  si  por  esto  he  sido  culpable,  merezco  mas  que  otro  vues- 
tra indignación.  No  escuchéis,  os  ruego,  la  vil  calumnia  y  la 
torpe  codicia  que  por  todas  partes  agitan  la  discordia.  ¿Os  deja- 


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280  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

reis  deslumhrar  por  las  imposturas  de  mis  detractores?  ¡Vos- 
otros do  sois  insensatos! 

»  ¡  Colombianos !  acercaos  en  torno  del  congreso  constituyente; 
él  es  la  sabiduría  nacional,  la  esperanza  legítima  de  los  pueblos, 
y  el  último  punto  de  reunión  de  los  patriotas.  Penden  de  sus  de- 
cretos soberanos  nuestras  vidas,  la  dicha  de  la  República  y 
la  gloria  colombiana.  Si  la  fatalidad  os  arrastrare  á  abandonar- 
lo ,  no  hay  mas  salud  para  la  patria;  y  vosotros  os  ahogaréis 
en  el  océano  de  la  anarquía ,  dejando  por  herencia  á  vuestros 
hijos  el  crimen,  la  sangre  y  la  muerte. 

»  Compatriotas!  escuchad  mi  última  voz  al  terminar  mi  car- 
rera política  :  á  nombre  de  Colombia  os  pido,  os  ruego,  que 
permanezcáis  unidos,  para  que  no  seáis  los  asesinos  de  la  patria 
y  vuestros  propios  verdugos.  » 

Esta  elocuente  apóstrofe  á  los  Colombianos,  tan  bien  pensada 
como  sentida ,  es  acaso  la  mas  brillante  y  la  postrera  defensa 
que  hiciera  el  Libertador  de  su  conducta  y  de  sus  operaciones 
políticas.  No  pueden  ser  mas  justas  las  quejas  que  profiere 
contra  sus  compatriotas  los  Venezolanos ,  muchos  de  los  cuales 
por  medio  de  sus  próceres  le  habian  ofrecido  una  corona  que 
rechazó  con  indignación  republicana.  Estos  mismos  le  atacaban 
ahora  cruelmente  en  sus  actas  y  papeles  públicos,  atribuyén- 
dole que  pretendía  empuñar  el  cetro.  ¡  Tanto  era  el  descaro  de 
la  ambición  y  de  la  calumnia ! 

Con  igual  injusticia  hacían  á  Bolívar  sus  compatriotas  la 
acusación  de  que  habia  desterrado,  perseguido  y  reducido  á  la 
miseria  á  hombres  libres  y  á  patriotas  ilustres  de  Venezuela. 
El  Libertador  no  desterró,  no  expulsó,  ni  dió  orden  alguna 
contra  ningún  Venezolano  después  que  se  le  confirieron  ya 
facultades  y  ya  el  poder  ilimitado  de  un  dictador.  Páez  desde 
1826  obraba  con  independencia,  y  los  destierros  de  Tovar,  de 
Narvarte,  de  Iribárren,  de  Romero  y  de  otros,  así  como  las  pri- 
siones de  algunos  por  causas  políticas,  fueron  obra  exclusiva 
del  jefe  civil  y  militar  (i).  Era,  pues ,  la  mayor  injusticia  en 
esta  época  luctuosa,  que  Páez  hubiera  venido  á  ser  el  ídolo  de 
los  Venezolanos,  y  que  todos  sus  errores  é  injusticias,  si  aquellos 
actos  lo  fueron,  se  atribuyeran  á  Bolívar,  á  fin  de  hacer  aborre- 
cible su  nombre  y  su  bien  experimentada  generosidad  y  cle- 

(1)  Véase  la  noto  22». 


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CAPÍTULO  XTI.  281 

mencia.  Por  el  contrario,  entre  sus  hechos  que  se  han  criticado 
con  razones  poderosas,  ha  sido  uno  la  excesiva  generosidad  que 
usara  en  1827  hácia  el  partido  de  Páez,  aun  con  desdoro  y 
olvido  harto  sensible  de  los  amigos  y  sostenedores  del  gobierno, 
de  la  constitución  y  de  las  leyes. 

Permítasenos  esta  lijera  digresión,  hija  de  nuestro  amor  á  la 
imparcialidad  histórica  y  á  la  justicia.  Nos  ha  parecido  nece- 
sario esclarecer  algunas  de  las  calumnias  que  se  propalaban  por 
do  quiera  contra  Bolívar,  las  que  él  impugnaba  en  la  proclama 
copiada  anteriormente. 

En  breve  tuvo  el  Libertador  otro  argumento  con  que  rebatir 
de  nuevo  las  imposturas  de  sus  enemigos  y  detractores.  El  con- 
greso constituyente,  que  se  componía  de  los  hombres  mas  respe- 
tables de  la  República ,  hijos  de  todas  sus  provincias  y  de  dife- 
rentes colores  políticos,  al  contestar  su  mensaje,  le  dió  un 
espléndido  testimonio  aprobando  su  conducta  y  lo  que  habia 
hecho,  así  para  conservar  la  unión  colombiana,  como  para 
libertar  á  los  pueblos  de  la  anarquía.  En  el  mismo  documento 
manifestó  el  congreso  que  estaba  decidido  á  sostener  la  ley  fun- 
damental de  unión  entre  la  Nueva  Granada  y  Venezuela.  Tam- 
poco admitió  la  dimisión  que  habia  hecho  Bolívar  de  la  presi- 
dencia de  la  República.  Instóle  á  que  siguiera  ejerciéndola 
hasta  que  se  promulgára  la  nueva  constitución  que  se  iba  á 
estatuir,  y  se  nombrasen  los  primeros  magistrados,  a  Por  lo 
que  hace,  añadia,  á  vuestra  reputación,  ella  no  puede  sufrir  me- 
noscabo por  las  calumnias  de  vuestros  detractores.  La  existencia 
de  esta  asamblea  es  la  respuesta  mas  victoriosa  á  todas  ellas. 
Continuad ,  Señor ,  preservando  á  Colombia  de  los  horrores  de 
la  anarquía  :  dejadla  por  legado  la  consolidación  de  sus  leyes, 
y  vuestro  nombre,  ya  inmortal,  aparecerá  mas  resplandeciente 
aun  y  mas  puro  en  las  páginas  de  la  historia ,  cuando  el  buril 
de  esta  haya  grabado  en  ellas  —  «  que  todo  lo  pospusisteis, 
todo  lo  sacrificasteis  á  la  felicidad  de  vuestra  patria.  » 

Este  era  el  lenguaje  que  usaban  los  escogidos  del  pueblo 
colombiano  hablando  del  Libertador.  Su  testimonio  es  irrefra- 
gaBle  para  desmentir  la  tiranía  y  el  despotismo  que  le  han 
achacado  algunos  de  sus  detractores.  En  efecto ,  un  déspota  no 
consulta  á  los  pueblos  sobre  sus  deseos;  no  los  excita  con  ur- 
gencia á  que  los  manifiesten ;  no  los  reúne  á  deliberar ;  no  pro- 
mete ejecutar  y  sostener  sus  resoluciones;  no  perdona  álos 


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282 


IIISTORIA  DE  COLOMBIA. 


que  atenían  contra  su  vida  y  autoridad;  y  no  pide  con  ahinco 
que  se  le  exima  del  peso  de  la  autoridad  suprema.  Bolívar 
habia  dado  todos  estos  pasos,  y  contestado  así  victoriosamente  á 
sus  enemigos. 

Acordada  la  contestación  al  mensaje  del  Libertador,  el  con- 
greso oyó  la  exposición  que  le  hizo  el  señor  Castillo,  como  pre- 
sidente del  consejo  de  ministros ,  del  curso  que  habían  tenido 
los  negocios  desde  que  el  Libertador  se  encargó  del  gobierno  de 
la  República  con  facultades  dictatorias,  á  consecuencia  de 
haberse  disuelto  la  convención  de  Ocaña.  Esta  exposición  fué 
una  reseña  harto  rápida  de  todos  los  acontecimientos  que  ya 
hemos  referido ,  así  como  de  los  diferentes  actos  y  decretos  ex- 
pedidos por  el  gobierno  del  Libertador  en  los  últimos  diez  y 
ocho  meses. 

Muy  luego  ocupó  el  congreso  siete  dias  de  sus  sesiones  en 
acordar  el  reglamento  interior  que  debia  servir  para  conservar 
el  órden  en  los  debates  del  cuerpo.  Respecto  de  algunos  de  sus 
artículos  hubo  largas  discusiones,  que  fueron  conducidas  con 
mucha  regularidad  y  decoro.  Este  principio  anunciaba  que  la 
razón,  y  no  las  pasiones,  presidiría  los  debates  del  congreso 
constituyente,  lo  que  daba  una  esperanza  de  salvación  para 
Colombia. 

Solamente  habían  trascurrido  siete  dias  de  sesiones  del  con- 
greso ,  cuando  ya  se  conoció  la  firme  voluntad  de  una  gran 
mayoría  de  sus  miembros ,  decididos  á  sostener  la  integridad 
de  la  República.  Habíase  traslucido  esta  decisión  en  los  debates 
sobre  algunos  artículos  del  reglamento  interior  y  de  los  informes 
de  varias  comisiones  acerca  de  las  actas  de  Venezuela,  remitidas 
unas  por  el  secretario  del  interior  del  gobierno  colombiano , 
y  otras  por  Páez  como  jefe  superior  de  aquellos  departamentos. 
Opinaban  las  comisiones,  que  dichas  actas  debían  considerarse 
como  meras  peticiones,  y  tenerse  presentes  al  estatuirla  consti- 
tución que  iba  á  dar  el  congreso  para  Colombia  entera. 

Impuesto  el  Libertador  de  estas  opiniones  dominantes  entre 
los  escogidos  del  pueblo,  y  habiendo  protestado  repetidas  veces 
de  la  manera  mas  solemne,  que  cumpliría  la  voluntad  popuFar, 
expresada  por  medio  de  sus  legítimos  representantes,  varió  algún 
tanto  sus  antiguas  opiniones  sobre  la  conveniencia  y  aun  nece- 
sidad de  acordar  la  separación  de  Venezuela.  Contribuyó  á  esta 
mudanza  que  todavía  se  ignoraban  en  Bogotá  los  sucesos  ocur- 


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CAPÍTULO  XVI. 


283 


ridos  en  Venezuela  en  el  mes  de  enero ,  y  los  del  Zúlia  que 
habían  completado  la  revolución  venezolana.  En  consideración 
á  aquel  estado  de  los  negocios ,  el  Libertador  dirigió  el  27  de 
enero  un  mensaje  al  congreso,  en  que  le  manifestaba  estar  per- 
suadido que  sería  oportuna  la  medida  de  acercarse  á  Venezuela 
—  a  con  el  objeto,  decia,  de  transigir  amistosamente  unas 
desavenencias  que  desgraciadamente  turban  el  órden  y  la  tran- 
quilidad de  la  nación.  »  Añadió  haber  invitado  ya  con  este 
designio  al  jefe  superior  de  Venezuela  á  una  entrevista ;  pero 
que  no  habia  juzgado  conveniente  adelantar  semejante  medida 
sin  someterla  ántes  al  congreso ,  y  recibir,  en  caso  de  que  se 
aprobara,  la  competente  autorización  que  debia  influir  sobre 
manera  en  el  buen  éxito  de  este  paso  conciliatorio.  Indicaba 
que  en  su  ausencia  podría  quedar  encargado  del  gobierno  el 
consejo  de  ministros ,  dirigido  por  el  presidente  doctor  José 
María  del  Castillo,  ó  por  la  persona  que  designara  el  congreso. 
Concluía  asegurando  á  la  representación  nacional  que  no  le 
ocupaba  otro  pensamiento  que  el  bien  de  la  República. 

Luego  que  la  comisión  á  quien  se  pasára  tan  importante 
mensaje  presentó  su  informe,  se  empeñó  un  largo  debate  sobre 
su  contenido.  Reducíase  aquel  á  manifestar  al  Libertador  la 
ilimitada  confianza  que  tenia  el  congreso  en  su  larga  expe- 
riencia, en  sus  talentos  y  patriotismo,  relevantes  prendas  que 
le  daban  aptitud  para  calmar  las  pasiones  y  la  división  que  por 
desgracia  se  habia  introducido  entre  los  Colombianos  :  le  en- 
cargaba que  les  asegurase  que  el  congreso  no  omitiría  medio  ni 
sacrificio  alguno  para  dar  á  Colombia  una  constitución  —  «  que 
conservára  la  unión  entre  sus  diferentes  partes  sin  detrimento 
de  los  intereses  locales ,  y  que  combinara  la  libertad  con  el 
órden,  poniendo  fuera  del  alcance  del  poder,  no  ménos  que  de 
las  facciones,  las  garantías  individuales  y  la  tranquilidad 
común.  »  Al  mismo  tiempo  indicaba  el  congreso  en  su  contes- 
tación, no  estar  en  sus  facultades,  limitadas  por  la  convocatoria 
á  dar  uua  constitución  y  á  elegir  los  altos  funcionarios,  el  inge- 
rirse en  el  viaje  propuesto  por  el  Libertador,  medida  que  tocaba 
al  ejecutivo  adoptar  ó  no,  contando  siempre  con  la  cooperación 
del  congreso  en  todo  lo  que  condujera  á  sostener  la  unión  y  la 
estabilidad  de  Colombia ;  pero  que  sentiría  su  ausencia  de  la 
capital ,  ántes  de  que  se  acordase  la  nueva  constitución  —  «y 
que  pudiera  presentar  en  ella  un  testimonio  irrefragable  de  la 


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284 


HISTORIA  DE  COLOMBIA 


voluntad  general,  y  una  garantía  nacional  y  permanente  contra 
las  desconfianzas  y  sugestiones  de  los  enemigos  de  Colombia. » 

De  esta  manera  el  congreso  esquivó  las  dificultades  que  en- 
volvía el  paso  indicado  por  Bolívar.  Tanto  por  esto ,  como  por 
las  noticias  posteriores  que  se  recibieron  de  Venezuela  y  del 
Zúlia,  no  se  volvió  á  tratar  sobre  el  proyectado  viaje.  Es  verdad 
que  Páez  tampoco  se  prestó  á  la  entrevista  que  le  propusiera  el 
Libertador. 

Este  concedió  una  audiencia  de  despedida  al  comisionado 
francés  Bresson ,  que  babia  permanecido  en  Bogotá  hasta  ser 
presentado  al  Libertador,  á  quien  deseaba  conocer  personal- 
mente y  ofrecerle  sus  respetos  á  nombre  de  S.  M.  Cristianísima. 
Habiéndola  obtenido,  partió  para  Francia,  sin  que  hubiese  con- 
seguido de  su  misión  otros  resultados  que  los  referidos  antes. 

Poco  tiempo  después  fueron  también  presentados  al  Liberta- 
dor dos  nuevos  ministros  plenipotenciarios;  el  comendador  don 
Luis  de  Souza  Díaz ,  enviado  por  el  emperador  de  Brasil,  y  el 
señor  Guillermo  Túrner  por  el  gobierno  de  S.  M.  Británica,  los 
que  principiaron  inmediatamente  á  desempeñar  sus  funciones. 

Entre  tanto  el  prefecto  general  del  Magdalena,  Mariano  Mon- 
tilla,  cuya  autoridad  superior  se  extendia  al  departamento  del 
Zúlia,  daba  desde  los  primeros  dias  de  enero  las  mas  activas 
disposiciones  para  mantener  la  tranquilidad  de  Maracáibo  y 
preservar  al  departamento  entero  del  influjo  y  sugestiones  de 
los  disidentes.  Para  conseguirlo,  el  primer  paso  de  Montilla  fué 
poner  en  marcha  el  batallón  Boyacá,  que  enviára  á  Santamaría 
y  en  seguida  á  Riohacha.  Después  activó  la  venida  del  istmo  de 
Panamá  á  Cartagena  de  los  batallones  Apure,  Pichincha  y  Ya- 
guachi,  así  como  de  los  escuadrones  segundo  y  tercero  de  Aya- 
cucho,  que  acababan  de  arribar  de  Guayaquil.  Unidos  estos 
cuerpos  á  los  húsares  del  Magdalena  y  ai  batallón  Tiradores, 
debían  formar  una  hermosa  división  de  soldados  antiguos  y  ve- 
teranos. Dióse  el  mando  de  ella  al  coronel  Adlecreutz,  oficial  y 
noble  Sueco  al  servicio  dé  Colombia.  El  objeto  especial  á  que  se 
destinaban  estas  fuerzas ,  según  las  órdenes  que  el  Libertador 
hizo  comunicar  á  Montilla ,  era  conservar  la  tranquilidad  del 
departamento  del  Zúlia,  si  no  se  habia  alterado,  restablecerla 
donde  quiera  que  se  hubiese  turbado,  y  repeler  por  la  fuerza á 
los  disidentes  de  Venezuela  si  intentaban  extender  al  Zúlia  su 
movimiento  revolucionario. 


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CAPÍTULO  XV!.  285 

Fuera  de  las  tropas  que  el  prefecto  general  del  Magdalena  iba 
á  juntar  en  Riohacha,  á  cuya  cabeza  pensaba  ponerse  él  mismo, 
el  gobierno  del  Libertador  habia  dispuesto  que  otros  varios 
cuerpos  marcháran  hácia  los  valles  de  Cúcuta,  limítrofes  del 
Zúlia.  El  batallón  Rifles ,  que  estaba  en  el  departamento  de 
Boy  acá,  se  puso  en  marcha;  también  debia  seguir  al  mismo 
destino  la  columna  de  Cazadores  de  Occidente  que  babia  des- 
truido á  Córdoba,  y  que  á  las  órdenes  del  coronel  Castelli  bajaba 
por  el  Magdalena  basta  las  cercanías  de  Ocaña.  Para  mandar 
esta  división  se  nombró  primero,  con  permiso  del  congreso,  del 
que  era  miembro,  al  general  José  María  Carreño,  que  tuvo  ór- 
denes de  seguir  á  Maracáibo ;  pero  el  Libertador  las  revocó  in- 
mediatamente, escogiendo  para  jefe  de  las  tropas  que  marchaban 
sobre  Cúcuta  al  general  de  brigada  Daniel  F.  O'Leary;  creyóse 
á  este  mas  apto  para  oponerse  á  las  intrigas  y  seducción  de  Páez 
y  de  sus  partidarios  sobre  los  pueblos  del  Zúlia.  O'Leary  debia 
hacerse  cargo  del  mando  militar  del  departamento. 

Al  tiempo  que  se  le  dieron  instrucciones  por  la  secretaría  do 
la  guerra,  ya  se  sabia  que  en  la  provincia  de  Mérida,  correspon- 
diente al  departamento  del  Zúlia,  se  habían  hecho  actas  en  fa- 
vor de  la  separación  de  Venezuela.  Por  tanto  se  previno  al  ge- 
neral OXeary,  que  situándose  en  los  valles  de  Cúcuta  estuviera 
á  la  defensiva.  Solamente  en  el  caso  de  que  se  le  presentára 
una  ocasión  en  que  pudiese  ocupar  el  departamento  y  gran 
parte  de  él,  sin  ningún  peligro  de  la  división  de  su  mando ,  se 
le  permitía  pasar  el  Tá chira ,  línea  divisoria  entre  los  departa- 
mentos de  Boyacá  y  del  Zúlia.  Estas  órdenes  se  le  corroboraron 
todavía  mas  cuando  llegó  á  Bogotá  la  noticia  del  pronuncia- 
miento de  Maracáibo,  adhiriéndose  á  las  actas  de  separación  de 
Colombia  y  al  desconocimiento  de  su  gobierno. 

El  Libertador  pasó  entónces  al  congreso  un  mensaje  verbal 
por  medio  de  su  presidente  el  general  Sucre,  encargándole  muy 
encarecidamente  —  «  que  tomára  en  consideración  este  negocio 
como  de  suma  importancia,  para  que  se  meditára  la  suerte  que 
iba  á  correr  Venezuela  en  estas  circunstancias;  pues  ya  no  eran 
un^ueblo  ni  dos  los  separados,  sino  toda  la  antigua  Venezuela. » 
Aseguraba  el  Libertador  que  él  no  tenia  voluntad  propia.  «  Si 
el  congreso,  anadia ,  determina  que  se  haga  la  división ,  que  se 
haga;  si  se  resuelve  la  federación  ,  ó  que  de  algún  modo  se 
sufoque  esta  novedad,  estoy  pronto  á  todo;  pero  deseo  que  el 


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286  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

congreso  medite  muy  bien  y  con  mucha  detención  lo  que  deba 
hacerse.  »  —  Bolívar  habia  ofrecido  repetidas  veces  que  esta 
sería  su  conducta  respecto  del  congreso  constituyente,  y  con  re- 
ligiosidad cumplió  sus  promesas. 

Un  suceso  ocurrido  por  este  mismo  tiempo  en  Riohacha,  vino 
á  complicar  mas  los  negocios  y  á  hacer  aun  mas  crítica  la  situa- 
ción del  gobierno  colombiano.  Hallábase  acantonado  en  aquella 
ciudad  el  batallón  Boyacá,  que  contaba  cerca  de  quinientos  bue- 
nos soldados  regidos  por  el  coronel  José  María  Várgas,  natural 
del  Socorro.  Luego  que  este  y  otros  oficiales  saben  el  acta  cele- 
brada en  Maracáibo  el  16  de  enero,  adhiriéndose  á  los  demás 
pronunciamientos  de  Venezuela  (febrero  14),  se  juntan  por  in- 
flujo de  Várgas  y  hacen  un  acta  comprometiéndose  :  —  «  pri- 
mero ,  á  sostener  la  separación  de  Maracáibo ,  á  cuyo  efecto 
marcharían  inmediatamente  hácia  aquella  ciudad;  segundo,  á 
ponerse  á  las  órdenes  inmediatas  del  prefecto  y  comandante 
general  del  Zúlia ,  así  como  á  las  superiores  de  Páez,  á  fin  de 
que  este  los  considerase  —  «  como  una  parte  integrante  de  sus 
estandartes  liberales.  »  —  En  efecto ,  el  16  de  febrero  por  la 
tarde  completó  el  batallón  su  traición ,  emprendiendo  su  mar- 
cha á  Maracáibo  por  la  ruta  de  la  Goajira ,  y  enviando  por  mar 
una  parte  de  los  equipajes,  los  enfermos  y  la  familia  de  Várgas. 
Este  exigió  por  la  fuerza  cerca  de  tres  mil  pesos  y  cometió  va- 
rias tropelías  con  el  gobernador,  con  las  demás  autoridades  y 
con  varios  vecinos  de  Riohacha ,  en  donde  no  hallára  simpatía 
alguna  su  deserción.  Várgas  la  consumó  entregando  en  Mara- 
cáibo el  batallón  Boyacá.  Tuvo  igualmente  la  degradaute  debi- 
lidad de  permitir  que  lo  desarmáran  al  entrar  en  Sinamáica, 
sufriendo  el  desprecio  de  los  hombres  de  bien  que  por  do  quiera 
detestan  á  los  traidores,  aunque  se  aprovechen  á  veces  de  la  trai- 
ción. No  se  puede  excusar  la  acción  de  un  Granadino  que  se  pa- 
sára  con  tropas  á  Venezuela,  dando  fuerzas  contra  su  patria , 
cuando  habia  tanto  peligro  de  que  estallára  una  guerra  entre 
los  dos  países,  y  que  a  pretexto  de  favorecer  la  libertad  concul- 
cára  así  la  disciplina  militar.  t 

Esta  defección  causó  una  impresión  harto  desagradable  tanto 
en  Bogotá  como  en  los  departamentos  litorales.  Si  un  batallón 
compuesto  en  su  mayor  parte  de  hijos  de  la  Nueva  Granada  y 
mandado  por  un  jefe  granadino  habia  desertado  á  los  disidentes, 
debían  crecer  de  punto  los  temores  de  igual  deserción  respecto 


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CAPÍTULO  XVI. 


287 


de  otros  muchos  cuerpos,  formados  en  su  mayoridad  de  Vene- 
zolanos, y  regidos  casi  todos  por  naturales  de  aquellos  departa- 
mentos. Era  probable  en  extremo  que  sintieran  fuertes  simpa- 
tías por  la  causa  de  separación  que  habían  abrazado  sus  com- 
patriotas, y  que  si  principiaba  la  guerra,  hubiera  otras  muchas 
defeccioues  que  podrían  cubrirse  con  el  manto  del  patriotismo. 
Estas  fuertes  consideraciones  influyeron  sobre  manera  en  el 
ánimo  del  general  Montilla,  quien  dedicó  su  atención  á  mejorar 
el  espíritu  y  la  oficialidad  de  los  cuerpos  de  tropas  que  estaban 
en  via  para  reunirse  en  Riohacha;  también  á  mantener  la  tran- 
quilidad de  los  departamentos  sometidos  á  su  mando.  Consi- 
guiólo en  efecto ,  pues  una  partida  de  bandoleros  acaudillados 
por  un  Español  europeo  que  se  levantara  en  Lorica  no  tuvo 
otro  resultado  que  la  aprehensión  y  castigo  de  los  cabecillas. 

Bien  pronto  Montilla  recibió  órdenes  del  Libertador  para  ace- 
lerar la  reunión  de  tropas  en  Riohacha ,  según  lo  verificó.  Mas 
se  le  previno  que  estuviera  solamente  a  la  defensiva.  Tal  sis- 
tema pro  venia  de  los  últimos  acontecimientos  y  de  la  extensión 
que  había  tomado  la  revolución  de  Venezuela.  Originábase  tam- 
bién del  giro  que  iban  recibiendo  las  opiniones,  así  en  los  pue- 
blos de  la  Nueva  Granada  como  en  el  congreso.  En  ninguna 
parte ,  y  tampoco  en  el  gobierno  colombiano,  encontraba  apoyo 
la  idea  de  compeler  por  la  fuerza  á  Venezuela  á  que  continuase 
en  la  unión.  Los  sucesos  .que  vamos  á  referir  acabaron  de  ro- 
bustecer el  sistema  pacífico. 

Uno  de  los  primeros  pasos  del  congreso  constituyente  cuando 
principiaron  las  sesiones  había  sido  nombrar  una  comisión  de 
diputados,  á  quienes  presidia  el  antiguo  secretario  de  relaciones 
exteriores  del  Libertador  y  representante  por  Bogotá,  doctor  Es- 
tanislao Vergara,  para  redactar  el  proyecto  de  la  uueva  consti- 
tución. Como  las  opiniones  de  los  pueblos  eran  tan  várias  y 
encontradas ,  la  comisión  pidió  al  congreso  que  fijára  previa- 
mente las  bases,  cuyo  proyecto  fué  redactado  por  otra  comisión 
especial.  Entróse  á  discutirlas  sin  tardanza ,  y  siendo  diez  y 
seis  en  número,  las  que  envolvían  muy  arduas  cuestiones  de 
derícho  constitucional ,  empleó  el  congreso  doce  sesiones  en 
acordarlas. 

Cuando  se  principiaban  á  discutir,  el  Libertador  pidió  per- 
miso al  congreso  para  emplear  en  un  mando  militar  al  diputado 
José  María  Carreno.  Pensaba ,  según  dijimos  antes,  enviarle  al 


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288  HISTORIA  DB  COLOMBIA. 

Zúlia  á  encargarse  del  mando  civil  y  militar  de  aquel  departa- 
mento; pues  se  ignoraba  todavía  en  la  capital  haberse  adherido 
á  la  revolución  de  Venezuela.  Al  presentar  su  informe  la  comi- 
sión á  quien  se  pasára  este  negocio,  compuesta  de  los  diputados 
Aranda,  de  Francisco  Martin,  y  Unda,  propuso  —  «  que  se  en- 
vidra á  Venezuela  una  misión  de  paz ,  compuesta  de  dos  miem- 
bros del  congreso,  la  que,  precediendo  á  todo  temor  y  á  toda 
sospecha ,  hiciera  conocer  las  verdaderas  intenciones  de  la  re- 
presentación nacional ,  y  las  esperanzas  que  ofrecian  en  escru- 
pulosa consideración  á  la  situación  presente  de  la  República,  y 
su  ardiente  anhelo  por  dejar  satisfechos  los  votos  nacionales.  » 
La  misma  comisión  debia  llevar  las  bases  de  la  constitución 
para  disipar  cualesquiera  temores  y  sospechas  que  hubieran 
podido  concebirse  en  Venezuela  sobre  el  código  fundamental 
que  iba  á  estatuirse. 

Esta  idea  fué  muy  bien  acogida  por  el  congreso,  que  la  adopto 
casi  por  unanimidad.  Escogiéronse  para  la  misión  el  general 
Sucre ,  presidente  del  congreso ,  el  vicepresidente  doctor  José 
María  Estéves,  obispo  de  Santamarta,  y  el  diputado  por  Carta- 
gena Juan  García  del  Rio.  Por  excusa  de  este  quedó  la  comisión 
reducida  á  los  dos  primeros,  de  cuya  experiencia,  talentos  é 
influjo  se  esperaba  mucho  en  aquellas  circunstancias  para 
restablecer  la  unión,  la  paz  y  la  tranquilidad  de  Colombia. 

El  mismo  congreso  acordó  las  instrucciones  que  debían  servir 
de  regla  á  los  comisionados.  Manifestar  á  los  pueblos  de  Vene- 
zuela las  bases  de  la  futura  constitución  enteramente  republi- 
cana; persuadirles  que  los  escogidos  del  pueblo  colombiano  de 
ninguna  manera  pensaban  establecer  una  Monarquía;  hacer 
entender  á  los  mismos  pueblos  y  á  las  autoridades  constituidas 
en  Venezuela ,  que  el  congreso  habia  tomado  el  mayor  interés 
en  que  no  se  les  hostilizára,  esperando  conseguir  un  avenimiento 
amistoso ,  sistema  que  se  propuso  al  ejecutivo  desde  que  esta- 
llaron los  movimientos  primeros  contra  la  unión ;  inculcar  al 
mismo  tiempo  la  firme  é  invariable  resolución  en  que  estaba  el 
congreso  de  conservar  la  integridad  déla  República  y  la  unidad 
del  gobierno  en  la  nueva  constitución  que  se  iba  á  decrefctr; 
asegurar  bajo  de  la  mas  inviolable  garantía,  que  publicada 
aquella  quedarían  sepultados  en  el  olvido  todos  los  disturbios 
anteriores,  sin  que  á  ninguno  de  sus  autores  y  cómplices  se  les 
siguiera  el  menor  daüo  en  sus  personas  y  propiedates,  y  que 

< 

» 

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CAPÍTULO  XVI. 


280 


por  una  ley  se  prohibiría  cualquiera  recuerdo  de  las  opiniones 
individuales ,  que  se  hiciera  en  ofensa  de  los  que  las  hubieran 
profesado;  tratar,  en  fin ,  con  todas  las  autoridades  y  personas 
que  fuera  necesario  para  conseguir  una  amistosa  terminación 
de  las  diferencias  existentes,  según  el  buen  juicio  de  los  comi- 
sionados :  hé  aquí  los  puntos  principales  que  contenían  aquellas 
instrucciones. 

Después  de  leerlas  y  meditarlas,  el  general  Sucre,  al  despedirse 
del  congreso  para  emprender  su  viaje  á  Cúcuta  (febrero  17), 
dijo  en  sesión  pública  —  «  que  atendidas  las  bases  que  se  le 
prescribían  para  la  negociación  y  el  estado  de  los  negocios  en 
Venezuela,  no  esperaba  resultado  alguno  favorable.  »  Sin  em- 
bargo el  congreso  no  le  eximió ,  nombrando  para  sucederle  en 
la  presidencia  del  cuerpo  al  doctor  Vicente  Borrero,  diputado 
por  la  provincia  de  Popayan,  y  para  vicepresidente  en  lugar  del 
obispo  Estéves ,  al  señor  Modesto  Larrea,  diputado  por  Pi- 
chincha. 

Termináronse  entónces  las  discusiones  sobre  las  basas  pro- 
puestas para  la  futura  constitución,  adoptándose  definitivamente. 
Conforme  á  ellas  la  República  sería  una  según  la  ley  funda- 
mental, y  su  gobierno  popular,  representativo  y  electivo  en 
períodos  de  ocho  años  :  el  poder  legislativo  debía  estar  divi- 
dido entre  el  senado,  la  cámara  de  representantes  y  el  ejecu- 
tivo :  habría  un  consejo  de  Estado  para  auxiliar  al  presidente 
de  la  República,  quien  sería  irresponsable ,  exceptuando  sola- 
mente el  caso  de  traición ;  la  responsabilidad  gravitaría  sobre 
sus  secretarios.  Se  creaban  ademas  cámaras  de  distrito  para 
cuidar  de  los  intereses  locales  ;  se  aseguraban  las  garantías  in- 
dividuales ,  y  se  declaraba  que  la  religión  católica ,  apostólica , 
romana  era  la  religión  de  la  República,  y  que  el  gobierno,  ejer- 
ciendo el  patronato  de  la  Iglesia  colombiana,  no  permitiría  otro 
culto  público.  El  congreso  hizo  imprimir  inmediatamente 
dichas  basas,  acompañándolas  con  una  alocución  á  los  Colom- 
bianos (febrero  20).  En  esta  procuraba  dar  razón  de  sus  funda- 
mentos principales,  disipar  las  desconfianzas,  y  excitar  á  la 
uníRn ,  como  el  único  vínculo  que  podía  salvar  á  la  República 
del  naufragio  que  la  amenazaba  por  do  quiera. 

a  ¡Colombianos!  decia,  el  congreso  constituyente  os  presenta 
ya  las  basas  que  ha  adoptado  para  la  constitución.  Hallareis  en 
ellas  llenos  vuestros  deseos  y  respetada  vuestra  voluntad. 

TOMO  IV.  «9 


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290  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Vuestros  representantes  solo  han  tenido  por  objeto  el  mayor 
bien  de  la  República,  y  siguiendo  los  impulsos  de  su  corazón, 
sin  desviarse  de  sus  deberes,  creen  haber  cumplido  vuestros 
votos. 

»  Reunidos  para  dar  instituciones  permanentes  á  Colombia , 
se  les  impuso  la  sagrada  obligación  de  sostener  la  integridad 
nacional.  Nuestra  fuerza  y  nuestro  poder,  el  precioso  bien  de  la 
Independencia,  el  nombre  colombiano,  las  relacioues  contraidas 
con  naciones  poderosas ,  todo  cuanto  hay  mas  glorioso  y  mas 
respetable  para  los  que  con  su  heroísmo  se  han  formado  una 
patria,  y  adquirido  el  derecho  de  presentarse  éntrelas  naciones 
del  mundo ;  todo  se  interesa  en  el  sostenimiento  de  Colombia. 
No  serán  jamas  sus  hijos  los  que  se  atrevan  á  destruirla;  y 
aunque  en  el  calor  de  la  pasión  sublime  que  inspira  la  libertad, 
esta  haya  merecido  preferentes  votos ,  vuestros  representantes 
en  la  calma  que  exige  su  ministerio,  y  apreciando  debidamente 
vuestros  esfuerzos,  no  han  podido  separar  la  libertad  de  la 
unión ,  y  han  ratificado  el  pacto  solemne  que  existe  entre  pue- 
blos que  se  ligaron  para  componer  una  sola  nación. 

»  £1  gobierno  continúa  siendo  uno  mismo  para  toda  la  Repú- 
blica, y  él  será  popular,  representativo  y  electivo.  El  congreso 
ha  tenido  presente  el  sentimiento  universal  de  Colombia,  su 
oposición  á  todo  otro  sistema ;  y  recorriendo  los  mas  memora- 
bles acontecimientos  de  la  revolución,  ha  encontrado  en  su 
apoyo  nuestra  propia  historia.  Los  gobiernos  representativos 
nacieron  con  el  primer  deseo  de  libertad;  y  después  de  tantos 
desastres  y  triunfos,  de  tantas  alternativas  y  cambios,  y  cuando 
nada  existe  entre  nosotros  que  no  haya  experimentado  el  in- 
flujo de  una  suelte  inconstante ,  solo  esta  basa  ha  sido  inmu- 
table, y  se  ha  presentado  siempre  como  un  principio  de  vida  en 
nuestra  organización  política.  Si  la  debilidad  de  los  gobiernos 
que  se  establecieron  al  principio  abrió  las  puertas  á  la  sangui- 
naria y  feroz  dominación  española,  el  poder  que  reuniendo  los 
recursos  dió  una  sola  dirección  á  los  negocios  y  á  las  opera- 
ciones, ha  destruido  á  los  enemigos  de  la  América  arrojando 
sus  reliquias  mas  allá  de  los  mares  y  conquistado  la  Indejfcn- 
dencia.  Este  bien  inestimable ,  adquirido  á  costa  de  sangre  y 
sacrificios  sin  número,  recomienda  altamente  la  unidad  del 
gobierno.  La  España  no  nos  ha  reconocido  aun,  y  ella,  como  en 
otro  tiempo,  se  aprovechará,  si  variásemos,  de  nuestra  debilidad 


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CAPÍTULO  IT!.  29t 

ó  de  nuestras  antipatías  locales  que  renacieran,  para  subyu- 
garnos nuevamente.  ¿El  congreso,  que  esto  prevé,  llenaría  su 
misión  retrocediendo  á  la  época  de  nuestras  desgracias  ?  De  ningún 
modo,  porque  la  constitución  que  hiciera  no  sería  permanente.  » 

Continuaba  después  analizando  las  diferentes  basas  acordadas, 
y  exponiendo  sus  principales  fundamentos ,  y  concluía  :  — 
«  Sobre  estas  basas  el  congreso  va  á  formar  la  constitución ,  y 
espera  que  su  trabajo  no  será  infructuoso.  El  espíritu  de  des- 
unión quedará  desarmado  por  el  celo  de  vueslros  representantes. 
Los  patriotas  se  levantarán  en  todas  las  provincias  para  sostener 
el  órden  que  renace  en  los  conflictos  de  la  anarquía.  Ellos  verán 
que  los  dictámenes  de  su  conciencia  política  sancionados  por  la 
ley,  se  presentan  triunfantes  como  la  voluntad  nacional,  y  ase- 
gurados para  siempre  contra  todos  los  partidos  enemigos  de  la 
libertad.  Unidos,  exentos  de  desconfianzas  y  temores,  nos  reco- 
noceremos todos  por  la  pureza  de  nuestros  principios ,  por  la 
constancia  de  nuestros  esfuerzos ,  por  el  instinto  irresistible  del 
patriotismo.  La  constitución  será  el  punto  de  contacto  de  los 
que  en  diversas  direcciones  solo  han  buscado  un  término  al 
desorden  que  ha  invadido  nuestras  esperanzas.  Ella  disipará 
las  tempestades  acumuladas  sobre  nuestras  cabezas ,  y  la  patria 
recibirá  nueva  vida  y  recuperará  su  crédito  y  su  gloria.  »  — 
Publicóse  esta  alocución  el  20  de  febrero. 

En  aquellos  mismos  dias  se  ocupó  el  congreso  en  discutir  el 
informe  de  una  comisión  especial  que  babia  nombrado  para 
examinar  la  multitud  de  actas  celebradas  en  los  departamentos 
de  Venezuela.  Después  de  una  larga  y  muydetenida  discusión, 
acordó  declarar  solemnemente  —  «  que  todos  los  actos  que  se 
hubiesen  celebrado  ó  celebraren  con  otro  objeto  que  el  de  re- 
presentar al  cuerpo  acerca  de  la  forma  de  gobierno  que  convenga 
á  Colombia,  son  nulos  é  ilegítimos  y  de  ningún  valor,  como 
contraríos  al  órden ,  á  la  ley  fundamental  y  á  los  tratados  so- 
lemnes que  nos  ligan  con  las  naciones  que  nos  han  reconocido 
hasta  el  dia.  Declara  igualmente ,  que  parta  cuanto  antes  la 
misión  de  paz  que  está  decretada,  instruida  de  la  anterior 
resolución,  y  encargada,  no  solo  de  hacer  conocer  las  basas 
adoptadas  ya  por  el  congreso  para  dar  sobre  ellas  la  constitu- 
ción, sino  también  de  persuadir  la  necesidad  de  la  unión,  los 
males  incalculables  que  prepararía  al  país  la  ruptura,  y  las 
disposiciones  del  congreso  á  atender  á  las  necesidades  locales  de 


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292  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

los  diferentes  puntos  de  la  República.  »  —  Estas  importantes 
resoluciones  se  comunicaron  al  Libertador  á  fin  de  que  las 
cumpliera  por  su  parte ,  publicándose  en  la  Gaceta  oficial  para 
conocimiento  de  los  pueblos,  y  para  impedir  el  abuso  que  se 
estaba  haciendo  en  Colombia  de  las  reuniones  y  actas  populares. 
Á  excepción  de  Venezuela ,  se  consiguió  en  la  Nueva  Granada 
el  efecto  saludable  que  deseaba  el  congreso. 

Hacia  este  mismo  tiempo,  el  Libertador,  á  fin  de  dar  nuevas 
pruebas  de  su  generosidad,  mandó  expedir  salvosconductos 
para  regresar  á  Colombia  á  todos  los  que  aun  sufrían  destierros 
por  causa  de  la  conspiración  del  25  de  setiembre.  Permitió 
igualmente  á  los  que  cumplian  las  penas  de  sus  sentencias  por 
el  mismo  delito ,  que  volviesen  á  sus  domicilios  ó  que  salieran 
del  país,  según  la  parte  que  hubieran  tenido  en  aquel  crimen. 

Apénas  se  concluyeron  tan  importantes  negocios,  cuando  el 
Libertador  pasó  un  mensaje  al  congreso  en  que  le  manifestaba : 
primero,  que  hallándose  enfermo  necesitaba  con  urgencia  sepa- 
rarse del  ejercicio  del  poder  ejecutivo;  y  segundo,  que  siendo 
miembro  del  congreso  el  señor  Castillo,  presidente  del  consejo 
de  ministros,  quien  debia  desempeñarlo  conforme  á  lo  dispuesto 
en  el  decreto  orgánico  de  20  de  agosto  de  1828 ,  tocaba  al  con- 
greso elegir  la  persona  que  desempeñara  interinamente  el  go- 
bierno de  la  República.  Este  mensaje  suscitó  una  larga  discu- 
sión, á  consecuencia  de  la  cual  declaró  el  congreso  —  «  que  no 
le  tocaba,  conforme  al  decreto  de  su  convocatoria,  elegir  la  per- 
sona que  debia  presidir  el  consejo  de  ministros ,  y  ejercer  las 
funciones  del  ejecutivo,  miéntras  el  Libertador  restableciera  su 
salud.  »  —  Era  esta  en  efecto  una  función  que  correspondia  al 
mismo  Bolívar,  según  el  decreto  orgánico  que  aun  estaba  en 
observancia. 

En  vista  de  tal  declaratoria  el  Libertador  nombró  en  1°  de 
marzo  al  general  Domingo  Caicedo  para  presidente  interino  del 
consejo  de  ministros,  conservándole  al  mismo  tiempo  la  secre- 
taría de  relaciones  exteriores.  En  seguida  le  encargó  temporal- 
mente del  poder  ejecutivo ,  retirándose  al  campo  ó  quinta  de 
Fucha  á  reponer  su  salud.  Hallábase  esta  muy  deteriorada^,  así 
por  el  trabajo  como  por  los  sufrimientos  morales  que  le  causa- 
ban sus  enemigos  en  la  Nueva  Granada  y  principalmente  en 
Venezuela.  Desde  aquel  dia  no  volvió  á  ejercer  el  poder  ejecu- 
tivo de  Colombia. 


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CAPÍTULO  XVI.  293 

Bolívar  conocía  la  bondad  de  corazón  ,  el  patriotismo  y  des- 
prendimiento de  mando  del  general  Caicedo.  Tuvo,  pues,  la 
mira,  y  lo  dijo  á  várias  personas,  de  que  iba  á  elevar  a  este  vir- 
tuoso Granadino  para  que  mediase  entre  los  partidos  y  prote- 
giese á  los  amigos  del  Libertador  de  las  persecuciones  que  nece- 
sariamente les  suscitarían  los  demócratas  exaltados. 

Miéntras  tanto  la  comisión  de  paz  que  el  congreso  había 
dirigido  á  Venezuela  arribó  á  Cúcuta ,  de  donde  siguiera  sin 
tardanza  al  territorio  de  la  provincia  de  Mérida.  Apénas  había 
llegado  áTáriba,  pueblo  situado  ocho  leguas  mas  allá  de  la 
raya,  cuando  se  les  presentó  el  comandante  de  la  Grita,  Per- 
domo,  con  una  órden  del  gobernador  de  Mérida  Piñango ,  en 
que  terminante  y  expresamente  le  prevenia  con  arreglo  á  otra 
del  gobierno  de  Páez,  que  no  permitiera  introducirse  en  el  ter- 
ritorio venezolano  á  ningunos  comisionados  del  gobierno  colom- 
biano, fuera  cual  fuese  su  representación  y  categoría;  que  de- 
tuviera á  los  que  se  presentáran ,  y  que  enviase  al  gobierno  de 
Venezuela  cualesquiera  comunicaciones  que  condujeran.  Los 
comisionados  Sucre  y  Estéves  protestaron  contra  aquella  me- 
dida, caracterizándola  de  injusta,  impolítica  é  inaudita  en  los 
anales  de  las  revoluciones,  pues  cerraba  la  puerta  á  una  comi- 
sión de  paz ,  como  era  la  suya ,  y  produciría  acaso  un  rompi- 
miento, que  de  ningún  modo  sería  imputable  al  gobierno  ni  al 
congreso  colombiano.  Añadieron  que  ellos  eran  comisionados 
de  este ,  y  no  del  gobierno  de  Bogotá ,  á  los  que  se  referia  la 
órden. 

Habiendo  dado  esta  contestación ,  siguieron  su  viaje  hasta  la 
Grita ;  pero  aquí  se  impusieron  de  las  órdenes  perentorias  co- 
municadas á  las  autoridades  civiles  y  militares,  para  no  dejarlos 
avanzar  un  paso  mas  (marzo  20).  En  consecuencia  determina- 
ron volver  á  Cúcuta,  hácia  donde  se  pusieron  en  camino.  Tu- 
vieron ántes  de  emprender  su  marcha  la  noticia  oficial  de  que 
el  jefe  de  Venezuela  habia  nombrado  á  los  señores  general  San- 
tiago Marino,  Martin  Tovar  Ponte  y  Andrés  Narvarte ,  para  que 
presentándose  en  los  límites  del  territorio  venezolano ,  tratáran 
con  los  enviados  del  congreso  de  Colombia. 

De  esta  manera  el  general  Páez  y  sus  partidarios  cerráronlas 
puertas  á  la  comisión  de  paz  que  enviaba  el  congreso,  y  di- 
siparon las  esperanzas  que  justamente  se  habían  concebido 
en  los  talentos  é  influjo  que  pudieran  ejercer  para  conservar 


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HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


la  unión  colombiana  el  gran  mariscal  de  Ayacucho  y  el  obispo 
de  Santamaría.  El  partido  separacionista  de  Venezuela ,  poco 
seguro  de  la  opinión  pública  en  favor  de  su  proyecto ,  sin  duda 
temió  que  los  comisionados  disiparan  las  fíbulas  y  patrañas 
con  que  habían  conmovido  á  los  pueblos  contra  el  gobierno  del 
Libertador,  contra  la  unión  colombiana  y  contra  la  futura 
constitución.  Un  sistema  tan  mal  cimentado  debia  caer  por  sí 
mismo  luego  que  se  conociera  la  verdad.  Fué  por  eso  que  los 
corifeos  de  la  separación ,  temiendo  que  la  misión  de  paz  tras- 
tornara sus  designios ,  cerraron  á  los  comisionados  la  entrada 
de  Venezuela. 

En  los  pocos  pueblos  que  visitaron  estos,  la  opinión  mas  ge- 
neral no  estaba  por  la  separación  absoluta ;  pero  sí  por  el  esta- 
blecimiento de  un  gobierno  federativo  compuesto  de  tres  gran- 
des distritos,  —  Venezuela,  centro  y  sur  de  Colombia. 

Estando  ya  en  el  territorio  venezolano  recibieron  también  los 
comisionados  la  proclama  de  Páez,  publicada  el  2  de  marzo. 
Contenia  esta  fuertes  y  decididas  protestas  de  sostener  la  nueva 
organización  que  se  habia  dado  á  Venezuela.  Decia  que  los  ene- 
migos que  la  atacaran  no  podrían  triunfar  sin  que  pasaran  ántes 
sobre  el  cadáver  del  jefe  civil  y  militar.  Informaba  á  los  Vene- 
zolanos que  la  comisión  reunida  en  Bogotá  habia  declarado  que 
la  ley  fundamental  era  indestructible ,  y  encargado  al  general 
Bolívar  que  conservára  la  integridad  del  territorio,  misión  odiosa 
que  este  habia  aceptado  voluntariamente.  Anadia  que  después 
de  resignar  el  mando  marchaba  con  un  ejército  á  desgarrar  las 
entrañas  de  su  madre,  y  á  saciar  sus  venganzas,  pretextando  obe- 
decer á  la  voluntad  nacional.  Aserciones  tan  falsas  como  aven- 
turadas, hijas  de  Páez  y  de  sus  consejeros,  tenían  por  objeto 
entusiasmar  á  los  pueblos  con  tales  patrañas,  y  excitar  su  odio 
contra  el  Libertador  y  contra  los  que  sostenían  la  unión  colom- 
biana. 

En  consecuencia  de  aquellas  noticias  Páez ,  dando  soltura  á 
su  genio  belicoso ,  se  preparó  para  salir  á  campaña ,  no  sola- 
mente, según  decia,  con  el  objeto  de  sostener  el  pronuncia- 
miento de  Venezuela ,  sino  con  el  de  libertar  á  la  Nueva  Gra- 
nada. En  efecto  el  16  de  marzo  se  puso  en  marcha  hácia  San 
Carlos  con  una  división  de  tropas ,  y  fijó  su  cuartel  general  en 
esta  villa,  donde  permaneciera  algún  tiempo.  Afortunadamente 
para  Venezuela  y  para  la  Nueva  Granada,  mejor  informado 


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CAPÍTULO  XVI.  295 

aquel  general  no  insistió  en  su  campaña  propagandista.  La 
Nueva  Granada  abundaba  en  hijos  y  en  elementos  para  organi- 
zarse, y  si  tenia  contradicciones  que  vencer  era  de  parte  de  los 
Venezolanos  que  habia  en  su  seno.  Por  consiguiente  detestaba 
cualquiera  intervención  de  Páez  y  de  sus  llaneros,  que  solo  ha- 
bría servido  para  engendrar  nuevos  odios  y  rivalidades  entre 
ambos  pueblos. 

Habiendo  dado  cuenta  los  comisionados  desde  la  villa  del 
Rosario  de  Cúcuta  del  estado  que  tenia  su  encargo ,  se  les  auto- 
rizó para  tratar  con  los  enviados  de  Páez ,  y  el  diputado  vene- 
zolano Francisco  Aranda  fué  agregado  á  la  comisión  colombiana. 
Túvose  en  mira  que  este  representante  diera  á  la  vez  las  ins- 
trucciones convenientes  á  sus  dos  compañeros ,  y  que  les  hiciera 
conocer  el  espíritu  que  en  la  actualidad  reinaba  en  el  congreso 
constituyente  á  favor  de  la  paz  y  del  restablecimiento  del  ór- 
den  público. 

Los  comisionados  venezolanos  que  se  habian  anunciado,  tar- 
daron cerca  de  un  mes  en  presentarse  en  la  villa  de  San  Anto- 
nio del  Táchira,  viniendo,  en  lugar  del  señor  Narvarte,  el  ecle- 
siástico doctor  Ignacio  Fernández  Peña.  Üe  común  acuerdo  se 
tuvieron  las  conferencias  en  la  villa  inmediata  del  Rosario,  lu- 
gar que  brindaba  mayores  comodidades  (abril  18).  Los  diputa- 
dos Sucre  y  Estéves  discurrieron  largamente  sobre  la  conve- 
niencia y  necesidad  de  la  unión  colombiana  que  el  congreso 
constituyente  estaba  decidido  á  sostener;  manifestaron  y  anali- 
zaron las  basas  de  constitución  acordadas,  basas  de  un  gobierno 
republicano,  alternativo  y  responsable,  que  desmentían  victo- 
riosamente el  pretexto  que  se  habia  tomado  para  la  separación 
de  Venezuela,  que  era  el  proyecto  de  establecer  una  Monarquía; 
indicaron  que  siempre  que  se  salvára  la  unión ,  propusiera  la 
comisión  venezolana  cualquiera  reforma  constitucional  ó  admi- 
nistrativa que  tuviera  por  conveniente,  pues  el  congreso  estaba 
pronto  á  conceder  todo  lo  que  no  se  opusiera  á  la  felicidad  de 
los  demás  pueblos.  Después  de  desplayarse  sobre  el  espíritu 
conciliatorio  y  de  paz  que  animaba  á  la  representación  nacional, 
coi  el  que  esperaba  salvar  á  los  pueblos  de  cualesquiera  conse- 
cuencias desgraciadas ,  terminaron  su  exposición  con  una  pro- 
testa— «  de  que  los  males  que  sobrevinieran,  solamente  serian 
impulables  á  los  que  insistieran  en  despedazar  á  Colombia.  » 

Los  enviados  de  Venezuela  dijeron  que  solo  tenian  que  hacer 


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206  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

la  proposición  —  «de  que  se  reconociese  el  gobierno  actual  de 
Venezuela  y  la  capacidad  en  que  se  hallaba  aquel  Estado  para 
darse  la  organización  política  que  estimase  conveniente. »  Aria- 
dieron  que  esta  era  la  opinión  general  y  la  determinación  irre- 
vocable de  Venezuela,  de  la  que  no  retrocedería  un  ápice,  fuera 
cual  fuese  la  constitución  que  se  diera  el  resto  de  Colombia. 
Instados  por  la  comisión  colombiana  para  que  indicaran  otro 
medio  de  conciliación,  se  mantuvieron  firmes  en  que  no  podían 
ni  debían  hacer  ninguna  otra  proposición.  En  apoyo  de  la  suya 
expusieron ,  que  los  pueblos  de  Venezuela  estaban  persuadidos 
de  que  se  habia  tratado  de  destruir  la  República  erigiendo  so- 
bre sus  ruinas  una  Monarquía ,  y  que  el  gobierno  de  Colombia 
causaba  males  enormes  á  Venezuela.  Sin  embargo  de  la  pri- 
mera aserción,  los  comisionados  venezolanos  hicieron  entender 
á  los  de  Colombia,  según  estos  lo  comunicaron  oficialmente,  que 
la  acusación  de  quererse  fundar  una  Monarquía,  solo  habia  sido 
un  pretexto  de  que  se  valieron  los  corifeos  de  la  revolución  á 
fin  de  poder  generalizarla. 

En  la  segunda  conferencia  los  comisionados  de  Venezuela 
presentaron  en  su  carácter  privado  siete  proposiciones  que 
dijeron  ser  la  expresión  de  la  opinión  pública.  Se  reducían  á 
que  se  dividiera  Colombia  en  tres  Estados  independientes ,  y 
que  estos  acordáran  después  los  vínculos  que  debieran  ligarlos. 
Semejante  propuesta  fué  declarada  inadmisible  por  la  comisión 
del  congreso.  El  general  Sucre  hizo  también  la  proposición  — 
«  de  que  para  asegurar  la  libertad  de  los  pueblos  oprimidos  por 
los  militares ,  se  acordase  que  en  los  cuatro  años  siguientes  no 
pudieran  ser  presidentes  ni  vicepresidentes  de  Colombia  ni  de 
los  tres  Estados,  en  caso  de  adoptarse  la  federación,  ninguno  de 
los  generales  en  jefe  ni  de  los  otros  generales  que  habían  obte- 
nido los  altos  empleos  de  la  República  desde  1820  á  1830. » 
Esta  proposición,  que  hace  honor  al  desprendimiento  del  gran 
mariscal  de  Ayacucho ,  el  cual  se  excluía  él  mismo  de  obtener 
los  primeros  puestos  á  que  estaba  llamado  por  su  mérito  y  ser- 
vicios, agradó  á  los  comisionados  Tovar  y  Peña ;  pero  el  general 
Mariüo ,  que  no  tenia  el  mismo  desprendimiento,  la  improbó. 
Aun  se  dijo  que  hubo  con  este  motivo  palabras  fuertes  entre  él 
y  Sucre.  Rechazóse  igualmente  la  proposición  que  hicieron  los 
comisionados  colombianos  de  que  se  les  permitiese  pasar  á 
Valencia  para  instruir  por  sí  mismos  al  congreso  de  Venezuela 


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CAPÍTULO  XVI. 


207 


de  las  disposiciones  del  de  Colombia,  y  que  la  comisión  venezo- 
lana siguiese  á  Bogotá,  pues  de  este  modo  se  conseguiría  acaso 
un  acomodamiento  pacífico  y  amistoso  en  beneficio  de  los 
pueblos. 

No  pudiéndose  adelantar  cosa  alguna ,  se  declararon  termi- 
nadas las  conferencias.  Antes  de  separarse,  los  comisionados  del 
congreso  solicitaron  de  los  de  Venezuela ,  aunque  en  vano,  que 
mandasen  retirar  de  la  villa  de  San  Antonio  una  columna  de 
tropas  suyas  que  allí  existia ;  porque  algunos  individuos  prote- 
gidos por  ella,  estaban  seduciendo  á  los  habitantes  de  San  José 
y  del  Rosario  de  Gúcuta ,  para  que  desconocieran  al  gobierno 
colombiano,  ofreciéndoles  auxilios ,  cuya  prestación  conduciría 
acaso  á  que  se  rompieran  hostilidades.  Alegaron  la  prudencia  y 
circunspección  con  que  obraba  el  ejecutivo  de  Colombia,  que 
para  evitar  cualquier  choque  imprevisto  había  retirado  sus 
tropas  á  Pamplona ,  situando  algunas  aun  mas  al  sur  de  esta 
ciudad,;  conducta  que  exigía  la  reciprocidad  de  parte  de 
Venezuela. 

En  efecto,  desde  que  se  decretara  por  el  congreso  la  comisión 
de  paz ,  el  Libertador  comunicó  las  órdenes  mas  terminantes  á 
las  divisiones  estacionadas  en  Pamplona  y  Riohacha  para  que 
se  mantuvieran  á  la  defensiva  sin  cometer  el  menor  acto  de 
hostilidad,  ni  hacer  cosa  que  fuera  capaz  de  provocarlas.  Las 
únicas  variaciones  ocurridas  en  aquellas  tropas  miéntras  dura- 
ban las  negociaciones  fueron ,  que  el  general  Montilla  envió  á 
Ocaña  dos  escuadrones  de  caballería  y  el  batallón  Apure  con  el 
fin  de  aumentar  la  división  de  Pamplona.  En  esta  se  varió  tam- 
bién su  jefe.  El  general  O'Leary,  que  debía  seguir  de  ministro 
á  los  Estados  Unidos ,  se  retiró ,  y  fué  reemplazado  por  su 
segundo  el  general  Florencio  Jiménez.  Este  no  inspiraba  con- 
fianza á  los  pueblos ,  ni  por  sus  talentos  ni  por  su  origen ;  era 
Venezolano ,  y  en  la  cuestión  pendiente  debia  tener  simpatías 
por  la  causa  que  sostenía  su  patria. 

Los  medios  de  que  se  valían  los  disidentes  de  Venezuela  para 
conseguir  sus  designios,  no  eran  justos ,  ni  tenían  por  objeto  el 
bieíi  de  los  pueblos.  Habíanse  propuesto  revolucionar  á  la 
Nueva  Granada  á  pretexto  de  que  sus  habitantes  se  pronunciáran 
por  un  gobierno  de  mayor  libertad,  sumergirla  en  la  anarquía, 
y  por  este  medio  reducir  á  la  impotencia  al  gobierno  de 
Colombia,  á  fin  de  que  nada  pudiera  intentar  para  restablecer 


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niSTORlA  DE  COLOMBIA. 


la  unión.  Pruebas  de  este  plan  maquiavélico  son  las  proclamas 
y  papeles  seductores  enviados  de  Maracáibo  á  Riohacha  por  el 
coronel  Borras,  y  que  fueron  interceptados ;  el  desconocimiento 
del  gobierno,  del  congreso  y  de  las  otras  autoridades  colom- 
bianas hecho  en  actas  populares  de  las  villas  del  Rosario  y  San 
José  de  Cúcuta,  por  sugestiones  venezolanas,  á  cuyos  jefes  mili- 
tares pidieron  auxilio  y  se  les  concedió;  en  fin,  el  pronuncia- 
miento de  la  provincia  de  Casanare  el  4  de  abril ,  promovido 
por  Venezolanos.  Esta  provincia,  cuyo  gobierno  asumió  el 
general  de  brigada  Juan  Nepomuceno  Moreno ,  desconoció  no 
solamente  al  gobierno  colombiano,  deponiendo  al  gobernador  y 
demás  autoridades  que  este  habia  nombrado,  sino  que  se  declaró 
parte  integrante  de  Venezuela,  á  la  que  tratára  de  agregarse. 

Mas  no  fué  este  el  único  exceso  cometido  por  su  gobernante 
Moreno.  Bajo  de  su  autoridad  fueron  asesinados  cruelmente  el 
general  Lúeas  Carvajal  y  el  comandante  Francisco  Segovia ,  ro- 
bándoles cuantos  intereses  tenían  y  haciendo  desaparecer  á  una 
Inglesa  que  acompañaba  al  primero.  El  motivo  de  tan  crimi- 
nales atentados  fué  defender  Carvajal  los  hatos  de  las  Misiones 
del  Meta,  que  el  Libertador  habia  dado  en  arrendamiento  al 
general  Rafael  Urdaneta.  Por  la  dificultad  de  obtener  justicia 
legalmente ,  Carvajal  azotaba  á  los  ladrones  que  cogia,  lo  que 
le  atrajo  el  odio  de  los  llaneros.  Estos,  capitaneados  por  Moreno, 
querían  apoderarse  y  vender  por  su  cuenta  aquellos  ganados  (i) : 
hé  aquí  el  motivo  principal  de  su  rebelión  y  de  los  asesinatos 
cometidos. 

Por  fortuna  tan  criminales  proyectos ,  fraguados  para  des- 
membrar á  la  Nueva  Granada  y  sumirla  en  la  anarquía,  no 
tuvieron  otros  imitadores.  Estrelláronse  en  el  patriotismo  de 
sus  habitantes ,  que  fieles  al  gobierno  que  habían  jurado 
sostener,  y  confiados  en  la  sabiduría  del  congreso  constituyente, 
esperaron  tranquilos  el  resultado  de  las  tareas  de  los  escogidos 
del  pueblo.  Sabían  que  se  ocupaban  con  asiduidad  y  constancia 
en  discutir  y  sancionar  las  nuevas  institutiones  que  debían  dar 
á  Colombia,  en  cuya  tarea  avanzaban  diariamente. 


(1)  Estos  hatos  contaban  entónces  mas  de  treinta  mil  cabezas  de  ganado 
vacuno  y  cerca  de  cinco  mil  yeguas  y  caballos.  A  los  doce  años  no  habia 
quinientas  cabezas,  destrucción  cometida  por  los  que  proclamaban  libertad 
é  independencia  para  robar  impunemente. 


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CAPÍTULO  XVI. 


Sin  embargo,  tanto  en  los  departamentos  del  centro  como  en 
los  del  sur  de  Colombia  existia  una  inquietud  y  malestar ,  que 
era  de  temerse  produjera  una  conflagración  universal.  Los  de- 
partamentos limítrofes  á  Venezuela,  especialmente  el  de  Boyacá, 
temían  una  invasión  por  Casanare  y  Cuenta,  pues  las  proclamas 
de  Páez  eran  guerreras  y  amenazantes  al  gobierno  de  Colombia. 
Sabíase  que,  frustrada  la  negociación  de  paz,  marchaba  una 
división  de  tropas  venezolanas  sobre  nuestra  frontera  de  los 
valles  de  Cúcuta ,  mandada  por  el  general  Mariño ;  su  número 
se  bacía  montar  á  mas  de  tres  mil  hombres ,  y  en  efecto  se  cal- 
culaba aproximarse  á  dos  mil  soldados. 

Todo  esto  causaba  mucha  agitación  en  las  provincias,  pero  el 
centro  de  todos  los  movimientos  era  Bogotá.  En  21  de  marzo  el 
Libertador  tuvo  que  volver  á  la  ciudad  desde  la  quinta  de 
Fucha  ,  donde  vivia  retirado.  Motivó  su  regreso  una  revolución 
que  se  proyectaba  por  el  coronel  de  milicias  Mariano  París  con 
los  cuerpos  que  estaban  á  sus  órdenes,  excitado ,  según  se  dijo 
con  fundamento,  por  un  jefe  de  alta  graduación  militar.  París, 
hombre  de  un  genio  muy  inquieto  y  atrevido ,  había  sido  poco 
ántes  entusiasta  por  Bolívar,  á  quien  debía  favores  muy  distin- 
guidos. Los  objetos  que  se  proponía  eran,  separar  de  hecho  á  la 
Nueva  Granada  de  Venezuela,  y  que  no  mandase  el  Libertador. 
El  general  Caicedo,  encargado  del  ejecutivo,  dictó  algunas  pro- 
videncias, como  quitar  á  París  el  mando  de  las  milicias  y  en- 
viarle al  campo,  restableciendo  así  la  tranquilidad  alterada. 

Ántes  de  regresar  de  Fucha,  y  cuando  se  supo  la  noticia  de  la 
defección  del  coronel  Várgas  con  el  batallón  Boyacá ,  juntó  el 
Libertador  un  gran  consejo  de  los  ministros,  del  presidente  del 
congreso ,  Borrero  y  del  general  Rafael  Urdaneta.  Tenia  por 
objeto  acordar  las  medidas  convenientes  en  tan  críticas  circuns- 
tancias, pues  aquella  traición  se  consideraba  como  de  trascen- 
dencia muy  funesta,  especialmente  cuando  había  tanta  inquietud 
en  los  pueblos.  Debían  tratar  igualmente  la  cuestión  de  si 
convendría  que  el  Libertador  reasumiera  de  nuevo  el  mando. 
El  doctor  José  María  Castillo  fué  invitado  á  esta  junta;  pero  no 
concurrió.  Sin  embargo  escribió  á  Bolívar  una  carta  diciéndole, 
Que  la  guerra  con  que  se  amenazaba  á  Venezuela  no  era  popular, 
y  que  los  habitantes  de  la  Nueva  Granada  querían  mas  bien  la 
separación  que  la  guerra ;  que  en  tales  circunstancias ,  él  era 
de  opinión  —  «  que  separándose  definitivamente  del  mando , 


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300 


niSTORlA  DE  COLOMBIA. 


se  estableciera  un  gobierno  provisional  y  propio  de  la  Nueva 
Granada.  »  El  Libertador  sabía  que  el  general  Urdaneta  profe- 
saba las  mismas  opiniones,  y  esta  coincidencia  le  molestó  sobre 
manera.  Díjole  á  Urdaneta  expresiones  duras  en  la  conferencia, 
"y  viendo  los  concurrentes  al  consejo  que  Bolívar  habia  perdido 
la  calma,  ninguno  emitió  su  opinión. 

Nos  parece  con  bastante  fundamento  haber  creido  entónces 
el  Libertador,  que  Urdaneta  y  Castillo  se  habían  adunado  para 
excluirle  del  mando  supremo ,  y  que  ellos  fueran  nombrados 
presidente  y  vicepresidente  de  Colombia.  Por  tal  motivo  Bolí- 
var desde  aquel  dia  rompió  con  Castillo  y  Urdaneta.  Este  se  le 
habia  puesto  desde  ántes  en  oposición ,  á  causa  de  los  celos  que 
concibió  por  los  elogios  y  preferencia  que  el  Libertador  daba  á 
Sucre,  contra  quien  manifestaba  Urdaneta  una  rivalidad  deci- 
dida. Poco  después ,  aun  se  ligó  con  los  exaltados  que  tanto  se 
empeñaban  en  derribar  al  Libertador,  los  que  pretendían 
apoyarse  en  Urdaneta  como  hombre  de  guerra. 

Aumentóse  el  disgusto  de  Bolívar  con  la  siguiente  moción 
que  supo  haber  hecho  Castillo  en  el  congreso :  —  «  Que  se  sus- 
penda el  exámen  del  proyecto  de  constitución,  dándose  un  re- 
glamento provisorio  con  todas  las  garantías ,  y  que  se  elijan  un 
presidente  y  vicepresidente  que  con  un  senado  ó  consejo  dirijan 
la  República  hasta  que  en  mejores  circunstancias  se  reúna  la 
representación  nacional,  y  se  dé  la  constitución  que  convenga.  » 
Esta  proposición,  que  era  conforme  á  la  opinión  mas  dominante 
fuera  del  congreso ,  excitó  una  acalorada  discusión.  Por  los  dis- 
cursos; especialmente  de  los  diputados  del  sur,  se  vió  con  cla- 
ridad lo  que  todo  el  mundo  temia ;  esto  era ,  que  en  el  caso  de 
consumarse  la  separación  de  Venezuela  sería  inevitable  la  de  la 
antigua  presidencia  de  Quito.  La  moción  fué  desechada  por  una 
gran  mayoría ;  mas  no  cambió  con  este  rechazo  la  opinión  pú- 
blica. 

Pasaron  algunos  dias  ocupado  el  congreso  en  discutir  el 
proyecto  de  constitución,  cuando  nuevos  incidentes  volvieron  á 
suscitar  la  misma  cuestión.  El  principal  fué  una  exposición  di- 
rigida al  congreso  por  los  vecinos  de  Popayan,  en  que  maAfes- 
taban  su  opinión  —  «de  que  sin  grandes  esfuerzos  y  costosos 
sacrificios  no  se  podía  conservar  la  unión  colombiana ,  porque 
Venezuela  parecía  decidida  á  sostener  su  separación ;  que  en 
tales  circunstancias  nada  adelantaría  el  congreso  con  dar  una 


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CAPÍTULO  IT!.  301 

constitución  para  Colombia,  pues  no  sería  aceptada  ni  obede- 
cida ;  que  los  Granadinos  de  ningún  modo  querrían  hacer  la 
guerra  á  los  Venezolanos  para  someterlos  á  la  constitución  que 
dictara  el  actual  congreso ,  guerra  cuyos  gastos  arruinarían  á 
los  pueblos  y  de  que  no  sacarían  la  menor  utilidad.  De  este  y 
de  otros  antecedentes  inferían,  que  debia  disolverse  el  congreso 
constituyente  sin  acordar  constitución  alguna,  y  convocarse  otro 
de  la  Nueva  Granada,  para  estatuir  las  leyes  fundamentales  que 
habían  de  regir  bajo  del  sistema  que  se  adoptase ,  bien  fuera  el 
central  ó  el  federal.  El  señor  Joaquín  Mosquera  fué  el  jefe  de 
esta  opinión ,  y  quien  le  dio  mucho  séquito  sosteniéndola  con 
su  influjo  y  con  razones  en  un  periódico  titulado  El  Metéoro, 

En  los  dias  en  que  una  representación  llegó  á  manos  del  po- 
der ejecutivo ,  había  este  recibido  la  noticia  de  la  rebelión  de 
Casanare  y  de  su  pronunciamiento  en  favor  de  Venezuela.  Co- 
nocía también  el  estado  de  agitación  en  que  se  hallaban  casi 
todas  las  provincias  de  la  Nueva  Granada  por  sus  temores  de 
una  guerra  con  Venezuela.  Apoyado  en  estos  fundamentos  el 
general  Domingo  Caicedo,  que  desempeñaba  el  poder  ejecutivo, 
pasó  en  15  de  abril  un  mensaje  al  congreso.  Le  exponía  la  si- 
tuación forzada  en  que  se  hallaba  la  República ,  y  las  dificulta- 
des que  tenía  el  gobierno  para  mantener  la  tranquilidad  de  los 
pueblos.  Decía  que  en  concepto  del  ejecutivo  no  debia  darse 
constitución  alguna,  supuesto  que  Venezuela  estaba  decidida  á 
resistirla  por  la  fuerza ,  pues  entonces  tampoco  sería  adoptada 
en  los  otros  departamentos,  y  se  presentaría  á  los  pueblos  el  fu- 
nesto ejemplo  de  acordar  instituciones  que  desaparecieran  al 
día  siguiente.  Proponía  en  consecuencia  que  el  congreso  se  li- 
mitara á  acordar  —  a  un  decreto  orgánico  que  detallara  las 
atribuciones  del  gobierno  supremo ,  y  que  asegurase  las  garan- 
tías individuales,  y  á  nombrar  los  altos  funcionarios  que  deban 
tomar  las  riendas  del  Estado ,  autorizándolos  para  que  convo- 
quen una  convención  que  se  ocupe  de  la  suerte  de  estos  pue- 
blos. »  Añadía  que  tales  eran  los  deseos  generales ,  y  que  si  no 
se  adoptaba  esta  medida,  era  de  temerse  una  extensa  revolución 
qiit  nos  condujera  á  la  anarquía.  El  congreso  empleó  dos  sesio- 
nes en  examinar  tan  importante  cuestión.  Hubo  alguna  acrimo- 
nia en  los  discursos ,  especialmente  de  parte  de  los  diputados 
por  Cartagena,  García  del  Rio  y  Francisco  Martin,  que  hicieron 
fuertes  inculpaciones  al  encargado  del  ejecutivo  por  las  opüüo* 


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302  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

nes  que  habia  consignado  en  aquel  mensaje,  en  que  dijeron  se 
proponía  que  el  congreso  faltara  á  sus  deberes  y  á  sus  juramen- 
tos sancionando  la  disolución  de  Colombia.  En  virtud  de  estos 
y  de  otros  fundamentos  insistió  el  congreso  en  dar  la  constitu- 
ción. Dijo  en  respuesta  al  presidente  del  consejo  de  ministros 
—  «  que  la  representación  nacional  se  ocupaba  de  los  medios 
de  evitar  los  progresos  de  los  disturbios  que  se  temían,  y  que 
el  gobierno  usando  de  sus  facultades  hiciera  todos  los  esfuerzos 
posibles  para  calmar  los  espíritus  y  restablecer  el  orden  tur- 
bado. » 

En  esta  resolución  del  congreso  influyó  probablemente  la  pro- 
testa que  á  consecuencia  de  aquel  mensaje  dirigieron  al  poder 
ejecutivo  los  ministros  plenipotenciarios  del  Brasil  y  de  la  Gran 
Bretaña  en  49  de  abril  como  primicias  de  su  reciente  misión 
diplomática  cerca  del  gobierno  de  la  república  de  Colombia.  La 
del  primero  era  moderada,  y  se  reducía  á  manifestar  que  en  el 
caso  de  nombrarse  un  gobierno  provisional  para  la  Nueva  Gra- 
nada, consideraria  haber  cesado  su  representación. 

La  del  segundo  estaba  concebida  en  términos  fuertes ,  pues 
decía  haber  visto  con  sorpresa  la  propuesta  hecha  por  el  ejecu- 
tivo de  establecer  un  gobierno  separado  para  la  Nueva  Granada, 
propuesta  que  envolvía  la  disolución  de  la  república  de  Colom- 
bia :  —  «  que  no  dudaba  notificar  al  gobierno  colombiano ,  que 
sí  esta  medida  se  adoptaba  por  el  congreso  y  se  llevaba  defecto, 
por  el  mismo  hecho  quedaría  anulado  en  el  momento  el  tratado 
que  existia  entre  la  Gran  Bretaña  y  Colombia,  y  cesarían  inme- 
diatamente sus  funciones  como  enviado  extraordinario  y  minis- 
tro plenipotenciario  (i). » 

Tales  protestas  eran  infundadas ;  pues,  cuando  el  presidente 
del  consejo  de  ministros  proponía  el  establecimiento  de  un  go- 
bierno provisional,  no  era  solo  para  la  Nueva  Granada  sino  para 
Colombia,  con  facultad  de  convocar  en  lo  venidero  una  conven- 
ción granadina.  Los  ministros  que  firmaron  la  protesta  sabían 
que,  aun  convocada  esta,  y  separada  Venezuela,  Colombia  po- 
día subsistir,  pues  un  Estado  no  se  disuelve  porque  pierde  al- 

• 

(1)  Fué  mucha  lástima  que  no  se  hubiera  cogido  la  palabra  al  señor  Gui- 
llermo Túrner.  Tal  fué  el  principio  de  la  misión  diplomática  de  este  caba- 
llero, que  tantos  disgustos  debía  proporcionarnos ;  su  estilo  era  cáustico  y 
con  frecuencia  degeneraba  en  sarcasmos,  aun  en  sus  notas  oficiales. 


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CAPÍTULO  XVI. 


303 


gimas  provincias  y  su  territorio  sea  menor.  Testigos  recientes 
la  España  con  la  América,  y  el  Portugal  con  el  Brasil. 

El  gobierno  contestó  á  los  expresados  ministros,  que  jamas 
habia  tenido  el  ánimo  de  disolver  á  Colombia,  sino  ántes  bien 
conservar  la  unión,  meditando  en  calma  sus  instituciones  futu- 
ras. Añadiéronse  al  ministro  británico  las  mas  enérgicas  protes- 
tas de  que  el  gobierno  colombiano  observarla  inviolablemente 
los  tratados  existentes  con  la  Gran  Bretaña ,  fueran  cuales  fue- 
sen las  circunstancias  en  que  se  hallára  la  República ,  pues  en 
esto  no  habia  divergencia  de  opiniones. 

Entre  tanto  la  agitación  de  los  pueblos  crecia  diariamente.  De 
Néiva,  Cipaquirá,  de  Tunja  y  de  Sogamozo  se  recibieron  actas 
pidiendo  lo  mismo  que  Popayan.  En  ninguna  provincia  de  la 
Nueva  Granada  se  quería  la  guerra  con  Venezuela,  y  los  temo- 
res de  que  se  rompiese  tenían  sobre  manera  inquietos  los  áni- 
mos. Por  otra  parte,  una  gran  mayoría  del  congreso  insistia  en 
que  se  diera  la  constitución ,  objeto  primordial  de  su  convoca- 
toria. El  diputado  por  Antióquia,  Alejandro  Vélez,  halló  en  ta- 
les circunstancias  el  medio  que  allanaba  las  dificultades.  Él 
presentó  un  proyecto  de  decreto  en  que  se  disponía  que  se  acor- 
dara la  constitución  para  Colombiana  que  se  ofrecería á los 
pueblos  de  Venezuela  como  un  vínculo  de  unión ;  pero  que  si 
no  la  admitían,  de  ningún  modo  se  les  hiciera  la  guerra,  y  que 
se  convocára  una  convención  granadina  bajo  de  las  reglas  que 
expresaba  el  mismo  decreto.  Este  proyecto ,  que  fué  bien  re- 
cibido ,  calmó  algún  tanto  los  espíritus,  y  el  congreso  prosiguió 
en  sus  tareas  constitucionales. 

En  el  intermedio  el  gobierno  del  general  Caicedo,  observando 
que  en  aquellas  circunstancias  la  imprenta  guardaba  silencio, 
y  que  la  opinión  pública  necesitaba  de  este  poderoso  vehículo 
para  extenderse  y  rectificar  sus  principios,  examina  cuál  será 
el  motivo.  Hallando  que  provenia  de  la  responsabilidad  manco- 
munada que  desde  1828  habia  impuesto  el  Libertador  á  los 
impresores  y  autores  de  cualquier  escrito,  por  decreto  de  16  de 
abril  quitó  aquella  traba  á  la  libertad  de  imprenta.  Esta  pro- 
videncia fué  muy  agradable  á  los  pueblos  que  la  deseaban ,  é 
inmediatamente  comenzaron  á  imprimirse  periódicos  y  hojas 
sueltas;  algunas  de  estas  publicaciones  contribuyeron  á  irritar 
mas  los  ánimos.  ¡  Triste,  pero  necesaria  consecuencia  de  la  pre- 
ciosa libertad  de  imprenta! 


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304  HISTORIA  DB  COLOMBIA. 

Por  el  mismo  tiempo  (abril  20),  así  en  la  capital  como  en  las 
provincias  de  la  Nueva  Granada,  era  fuerte  y  bien  pronunciada 
la  opinión  de  que  al  centro  de  Colombia  convenia  sobre  manera 
la  separación  de  Venezuela.  «  Ved,  decían  los  Granadinos,  la 
inmensa  lista  militar  que  ahora  gravita  en  mucha  parte  sobre 
nuestras  rentas  disminuidas ;  pues  mas  de  los  dos  tercios  de  su 
monta  son  de  Venezolanos ,  que  regresarán  á  su  país  y  nos  de- 
jarán aliviados.  Observad  quiénes  desempeñan  las  prefecturas 
generales,  las  de  los  departamentos,  los  gobiernos  de  provincia, 
las  comandancias  generales  y  de  armas;  quiénes  mandan  los 
cuerpos  del  ejército  y  ocupan  el  mayor  número  de  los  empleos 
de  oficiales :  son  casi  todos  Venezolanos  en  la  Nueva  Granada, 
sin  que  en  Venezuela  haya  empleados  granadinos,  que  Páez  ha 
tenido  buen  cuidado  de  enviar  desde  ántes  á  su  país.  Miserables 
son  las  sumas  que  se  han  traido  de  Venezuela  á  la  Nueva  Gra- 
nada durante  la  unión,  y  de  las  rentas  granadinas  se  han  en- 
viado cuantiosos  auxilios  de  dinero  á  Venezuela,  fuera  de  pagar 
nosotros  casi  todo  lo  que  cuesta  el  gobierno  supremo.  De  allá 
han  venido  constantemente  los  oficiales  generales  y  los  subal- 
ternos á  que  les  hicieran  en  Bogotá  los  ajustamientos  de  sus 
sueldos,  donde  recibian  sus  alcances  de  las  rentas  de  la  Nueva 
Granada,  sin  que  á  Granadino  alguno  le  ocurriera  ir  á  ser  pa- 
gado en  Venezuela.  Estos  son  los  males  que  la  unión  y  el  go- 
bierno colombiano  han  causado  á  los  Venezolanos.  Si  exceptua- 
mos la  respetabilidad  y  la  fuerza  moral  que  la  unión  da  á  la 
República,  la  Nueva  Granada  será  mas  libre,  mas  rica  y  mas 
feliz  separada  de  Venezuela  y  gobernada  por  sus  hijos.  Cesará 
entonces  la  dominación  venezolana  en  todos  los  altos  puestos 
civiles  y  militares ,  la  que  ciertamente  no  ha  sido  amable  ni 
hecho  felices  á  los  Granadinos.  No  hagamos,  pues,  los  inmen- 
sos sacrificios  que  la  guerra  nos  costaría.  »  —  Tal  era  la  expre- 
sión de  los  sentimientos  mas  generales  en  aquella  época  de  agi- 
tación. Ciertamente  parecían  justas,  exactas  y  verdaderas  casi 
todas  las  quejas  que  hemos  referido. 

Otra  importante  cuestión  que  dividía  los  ánimos  y  agitaba  los 
partidos  en  la  capital  de  la  República  era  la  persona  que  erf  las 
circunstancias  debia  ser  elegida  para  presidente  de  Colombia, 
conforme  á  la  nueva  constitución.  La  duración  que  esta  habia 
fijado  para  el  presidente  y  vicepresidente  era  de  ocho  años ,  lo 
que  hacía  aun  mas  importantes  aquellas  magistraturas.  El  com- 


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CAPÍTULO  XVI.  305 

bate  de  opiniones  se  sostenía  con  fuerza  por  los  amigos  del 
Libertador, que  deseaban  mantenerle  al  frente  de  la  nación,  que 
su  glorioso  nombre  y  sus  eminentes  servicios  harían  respetable, 
y  por  los  enemigos  de  Bolívar.  Odiábanle  estos  de  muerte,  y 
tanto  de  palabra  como  por  la  imprenta  le  hacían  una  guerra 
encarnizada,  repitiendo  los  cargos,  las  calumnias  y  sarcasmos 
que  contenían  los  papeles  de  Venezuela,  y  aun  añadiendo  cuanto 
les  sugería  su  odio  acerbo  é  inveterado.  El  partido  demagógico 
ó  liberal  exaltado,  que  antes  capitaneára  el  general  Santander, 
revivió  entónces  con  mas  fuerza,  dando  abundante  pábulo  á  sus 
pasiones  rencorosas.  Él  era  el  mas  empeñado  en  que  se  recono- 
ciera la  separación  de  Venezuela,  á  fin  de  que  no  hubiese  nece- 
sidad de  que  Bolívar  presidiera  al  gobierno  de  ambos  pueblos. 
Separados  los  dos  países,  había  otros  ciudadanos  respetables 
que  pudieran  regirlos. 

Con  esta  guerra  tan  encarnizada ,  los  euemigos  del  Libertador 
habían  conseguido  el  triunfo  de  minar  todo  su  influjo,  y  de  que 
se  le  aborreciera  así  en  Venezuela  como  en  la  Nueva  Granada.  La 
lista  de  las  faltas  y  errores  que  á  Bolívar  se  atribuían ,  algunos 
de  los  cuales  se  apellidaban  crímenes  contra  la  libertad,  era 
larga.  Sus  opiniones  en  Guayana  desde  1819  á  favor  de  un  se- 
nado vitalicio;  la  constitución  boliviana,  que  su  secretario  Pérez 
llamó  «  su  profesión  de  fe  política;  »  los  ofrecimientos  que  se 
le  hicieron  en  el  Perú  y  en  Colombia  de  una  Monarquía;  sus 
ataques  á  la  constitución  de  Cúcuta,  álos  que  esta  no  pudo  re- 
sistir; sus  elogios  desmedidos  á  Páez,  porque  también  la  com- 
batiera en  1826,  y  el  desprecio  que  hizo  de  los  defensores  del 
gobierno;  la  disolución  que  se  le  atribuía  de  la  convención  de 
Ocaña;  la  admisión  de  la  dictadura  y  las  fuertes  medidas  con- 
siguientes á  la  conspiración  del  25  de  setiembre;  el  proyecto, 
en  fin ,  que  otros  concibieron  de  establecer  en  Colombia  una 
Monarquía :  hé  aquí  los  cargos  que  siempre  se  repelían  para 
inculcar  y  persuadir  los  proyectos  ambiciosos  y  la  tiranía  que 
le  achacaban  sus  crueles  enemigos.  Cien  veces  se  habían  contes- 
tado cargos  tan  manoseados;  pero  se  repetian  siempre  con  aire 
de  triunfo,  bien  convencidos  los  detractores  del  Libertador,  que 
al  fin  los  harían  creer  y  tener  por  verdaderos  á  las  masas  de 
nuestros  pueblos  que  reflexionan  poco. 

Añadíase  á  esto ,  que  gran  parte  de  los  hombres  pensadores 
de  la  Nueva  Granada,  y  aun  muchos  de  sus  amigos,  censuraban 

TOMO  IV.  20 


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30C 


HISTORIA  T1K  COLOMBIA. 


á  Bolívar  algunos  defectos  capitales  en  su  sistema  gubernativo. 
El  principal  y  mas  funesto  era  su  excesiva  condescendencia  con 
los  militares.  Habíales  conferido  desde  i  826  grados  y  empleos 
con  prodigalidad.  Antes  de  aquella  época,  Bolívar  había  sido 
harto  económico  en  conferir  grados  y  ascensos,  que  daba  con 
mas  profusión  el  vicepresidente  general  Santander.  Mas  luego 
que  principiaron  las  funestas  divisiones  entre  estos  dos  jefes,  el 
Libertador  tuvo  que  seguir  el  mismo  camino,  tanto  respecto  de 
los  altos  empleos  militares,  como  de  los  subalternos.  Por  con- 
siguiente las  rentas  de  Colombia  apénas  eran  suficientes  para 
cubrir  la  lista  militar.  Sin  embargo,  la  ambición  de  estos  no 
conocia  límites;  el  Libertador  con  los  premios  no  los  ganaba 
para  sostener  la  tranquilidad  y  el  órden.  Otra  de  sus  grandes 
faltas  en  el  gobierno  era  que  habia  elevado  al  poder  militar 
sobre  las  ruinas  del  civil,  que  estaba  deprimido.  Fundábase  en 
que  solamente  á  este  se  le  obedecía  con  puntualidad.  Así  los 
militares  mandaban  de  un  extremo  al  otro  de  Colombia,  ocu- 
pando los  primeros  destinos  desde  las  parroquias  hasta  las 
grandes  ciudades.  Y  lo  mas  sensible  para  los  Granadinos,  — 
«  eran  en  su  mayor  parte  Venezolanos.  » 

Independiente  de  estos  poderosos  motivos  que  debían  alejar 
del  mando  supremo  al  Libertador,  habia  otro  obstáculo  que 
oponía  la  misma  naturaleza.  Bolívar  estaba  gastado  física  y 
moralmente.  Sus  largos  trabajos  y  fatigas,  así  como  sus  crueles 
sufrimientos  morales ,  en  medio  de  la  tempestad  que  por  todas 
partes  se  habia  levantado  contra  él,  debilitaron  su  cuerpo,  y  su 
alma  no  obraba  ya  con  su  antigua  energía  y  acierto. 

Sin  embargo,  por  una  debilidad  inexcusable  y  contrariando 
sus  repetidas  y  solemnes  protestas  —  «  de  que  su  único  anhelo 
era  tornar  á  la  vida  privada,  »  el  Libertador  deseaba  que  se  le 
nombrase  presidente  constitucional  de  Colombia,  y  se  habia 
hecho  un  punto  de  honor  el  conseguirlo.  Esta  mudanza  nacia : 
primero,  del  influjo  que  sobre  él  ejercían  algunos  de  sus  ami- 
gos, que  habían  conseguido  persuadirle,  que  era  debilidad  suya 
separarse  del  gobierno  y  ceder  ai  torrente  de  las  pasiones  de  sus 
enemigos,  dejando  expuestos  los  bienes  mas  preciosos  de\sus 
amigos  á  los  resentimientos  y  venganzas  del  partido  de  los  de- 
mócratas exaltados,  que  sin  duda  iban  á  ocupar  los  primeros 
destinos  de  la  República;  segundo,  de  las  persuasiones  de  los 
ministros  y  agentes  diplomáticos  residentes  en  Bogotá,  que 


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CAPÍTULO  XVI. 


307 


también  le  instaban  no  dejase  el  mando ,  porque  se  empañaría 
el  brillo  que  su  ilustre  nombre  habia  dado  á  Colombia  entre  las 
naciones  extranjeras,  y  porque  sin  este  poderoso  vínculo  de 
unión  sería  acaso  inevitable  la  disolución  de  la  República ;  ter- 
cero, en  fin,  tenia  en  mira  no  dar  á  sus  enemigos  el  triunfo 
eleccionario,  y  que  se  gloriasen  con  razón,  de  que  le  habían 
arrojado  de  la  primera  magistratura  anulando  su  antiguo  in- 
flujo sobre  los  Colombianos,  triunfo  que  costaba  mucho  á  su 
amor  propio  el  concederles. 

Por  tan  fuertes  motivos  el  Libertador  habia  prohijado  el  plan 
que  algunos  le  sugirieron  de  que  se  le  nombrase  presidente  en 
las  próximas  elecciones,  y  que  el  congreso  eligiese  para  vice- 
presidente al  general  Üomingo  Caicedo ;  que  este  se  encargára 
del  poder  ejecutivo ,  dejando  á  Bolívar  el  mando  del  ejército ,  á 
cuyo  frente  iria  á  ponerse,  no  con  el  objeto  de  hacer  la  guerra 
á  Venezuela,  sino  para  defender  á  la  Nueva  Granada  si  era  in- 
vadida ,  y  sostener  al  gobierno  supremo ,  manteniendo  la  tran- 
quilidad, el  órden  y  la  paz  en  las  provincias. 

Imbuido  el  Libertador  de  estas  ideas,  se  le  persuadió  por 
algunos  que  convendría  reasumiese  de  nuevo  el  mando  su- 
premo que  desempeñaba  el  general  Caicedo  por  delegación  suya. 
No  lo  ejecuta  sin  embargo  ántes  de  consultar  la  opinión  de  este, 
la  de  sus  ministros ,  del  general  Urdaneta  y  de  los  doctores 
José  María  Castillo  y  Estanislao  Vergara,  á  quienes  convoca  en 
su  casa  el  21  de  abril.  Mas  ninguno  da  su  dictámen  con  fran- 
queza, y  la  junta  se  disuelve  sin  acordar  nada. 

Al  siguiente  día  hubo  una  grande  efervescencia  en  Bogotá. 
Desde  temprano  circuló  el  rumor  de  que  se  recogían  firmas  á 
fin  de  elevar  peticiones  al  congreso  pidiendo  que  se  reeligiese  á 
Bolívar;  que  los  prelados  de  los  conventos  de  regulares  le  ha- 
bían escrito  que  no  los  abandonara ,  porque  peligrábala  religión 
de  Jesucristo;  finalmente,  que  el  coronel  español  al  servicio  de 
Colombia,  Demetrio  Díaz,  uno  de  los  colectores  de  firmas,  iba 
á  salir  también  á  la  cabeza  de  un  escuadrón  de  milicias  gri- 
tando por  las  calles  :  —  «  Viva  la  religión  y  el  Libertador  como 
presidente  dictador.  »  —  Se  anuncia  que  serian  victimas  sacri- 
ficadas por  esta  revolución  los  diputados  del  congreso  Castillo, 
Posádas  y  otros.  La  ciudad  entera  se  alarma  y  ciérranse  las 
puertas  de  las  tiendas.  Mas  el  jefe  del  gobierno  Caicedo  recorre 
las  calles,  calma  á  los  tímidos  y  restablece  la  tranquilidad,  ha- 


» 


i 

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308 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


ciendo  prender  á  Díaz  y  á  los  que  le  apoyaban  con  mas  calor. 
Esta  tentativa  costó  la  vida  á  su  autor  (i). 

En  los  días  siguientes  los  bandos  encontrados  se  agitaron  vi- 
vamente en  la  capital.  En  el  congreso  babia  un  partido  fuerte 
del  que  eran  jefes  los  diputados  Juan  de  Francisco  Martin,  y 
Juan  García  del  Rio ,  que  deseaba  reelegir  á  Bolívar  presidente 
constitucional.  Este  proyecto  alarmó  sobre  manera  á  los  repu- 
blicanos exaltados ,  que  amenazaron  hasta  con  quitar  la  vida  de 
aquellos  diputados.  Hacía  algún  tiempo  que  el  general  en  jefe 
Rafael  Urdaneta  estaba  unido  con  los  primeros,  y  para  hacerse 
partido  en  Bogotá,  trabajaba  por  que  la  Nueva  Granada  se  diso- 
ciase de  Venezuela,  y  contra  la  reelección  del  Libertador.  Este, 
sin  embargo ,  habia  influido  con  el  gobierno  para  que  nombrase 
á  Urdaneta  comandante  general  de  Cundinamarca,áfin  de  que 
mantuviera  la  tranquilidad  pública,  encargo  que  desempeñó 
con  mano  firme  y  vigorosa.  Otras  defecciones  semejantes  de  sus 
amigos  vió  el  Libertador  en  aquella  época.  Sufriólas  en  calma , 
aunque  le  causaron  sensaciones  harto  amargas. 

Entre  estas  contaron  algunos  la  del  presidente  del  consejo 
Caicedo ,  y  la  de  otros  de  los  ministros  nombrados  por  el  mismo 
Libertador;  díjose  que  le  hacían  la  guerra,  unos  pública,  y 
otros  solapadamente.  Los  miembros  de  la  administración  podían 
contestar  que  obraban  así  para  proceder  conforme  á  la  opinión 
de  la  mayoría  nacional  decidida  contra  el  sistema  gubernativo 
que  Bolívar  habia  planteado,  explicación  que  es  bastante  satis- 
factoria para  sincerar  su  conducta  oficial. 

Mas  no  todos  los  que  opinaban  contra  la  reelección  del  Liber- 
tador eran  desertores  de  su  amistad.  Muchos  de  sus  verdaderos 
amigos  no  querían  que  se  le  reeligiera, porque  juzgaban  que  el 
reposo  y  aun  la  vida  del  héroe  estaban  muy  interesados  en  que 
definitivamente  abandonara  el  mando  supremo.  Siguiendo  esta 
idea  le  persuadieron  algunos,  que  convocase  una  junta  á  la  que 
él  no  asistiera ,  cuyo  objeto  sería  examinar  si  convendría  decir 
al  congreso  que  no  le  nombrase  para  la  presidencia  de  la  Repú- 
blica. Reunióse  en  efecto  en  la  casa  del  general  Caicedo,  coin- 

t 

(1)  El  29  del  mismo  abril ,  el  coronel  Díaz  fué  remitido  preso  á  Cartagena. 
En  el  camino  le  hizo  quitar  la  vida  el  oficial  conductor  capitán  Juan  Arjona. 
Mándasele  procesar,  lo  mismo  que  al  capitán  Manuel  Hernández,  proceso 
que  no  tuvo  resultado  alguno  contra  los  acusados  de  aquel  delito. 


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CAPÍTULO  XVI. 


309 


puesta  de  los  miembros  del  gobierno ;  también  asistió  á  ella  por 
encargo  especial  del  Libertador  el  señor  Luis  A.  Baralt,  ciuda- 
dano independiente  por  su  fortuna,  porque  á  nada  aspiraba, 
sincero  por  carácter  y  capaz  de  dar  un  consejo.  Examinóse  dete- 
nidamente la  cuestión,  y  los  concurrentes  fueron  por  unanimi- 
dad de  opinión  —  «  que  convenia  á  la  paz  y  tranquilidad  de 
Colombia  que  el  Libertador  no  fuese  reelegido  para  la  presi- 
dencia de  la  República.  »  Fundábanse  en  que  Venezuela  lo 
rechazaba  con  violencia,  y  la  Nueva  Granada  se  exponia  á 
iguales  actos  de  revolución  y  á  criminales  atentados  si  Bolívar 
obtenía  de  nuevo  la  presidencia  constitucional,  por  elección  del 
actual  congreso,  al  que  algunos  consideraban  como  hechura 
suya  por  haberlo  convocado.  Mas  que  si  los  colegios  electorales 
que  se  reunirían  en  octubre  próximo  le  daban  sus  votos,  esta 
elección  popular  le  sería  honrosa,  y  entonces  debia  aceptar  la 
primera  magistratura. 

Los  señores  Caicedo ,  Herran  y  Baralt  fueron  comisionados 
por  la  junta  para  decir  al  Libertador  el  resultado  de  su  delibe- 
ración. La  escena  fué  desagradable  por  la  molestia  é  irritación 
que  tuviera  al  saberlo ;  aun  dió  á  entender  á  Caicedo  que  su 
opinión  era  interesada  para  que  se  le  nombrase  presidente. 
Sin  embargo,  los  comisionados,  al  mismo  tiempo  que  sincera- 
ban la  rectitud  de  sus  intenciones,  se  mantuvieron  firmes  en 
su  dictámen.  Bolívar  en  lo  que  mas  insistía  era  en  preguntar 
¿cómo  quedaba  él,  siendo  el  ludibrio  de  sus  enemigos  cuando 
dejára  el  mando?  Á  esto  le  contestaban  que  él  era  siempre  el 
mas  alto  jefe  militar,  el  primero  y  mas  ilustre  ciudadano  de 
Colombia;  que  en  la  Nueva  Granada,  donde  quiera  que  fijara 
su  residencia,  sería  acatado  y  consultado  por  todos,  cual  otro 
Washington. 

El  Libertador,  después  de  meditar  en  calma  y  con  deteni- 
miento una  cuestión  de  tamaña  trascendencia,  quedó  persuadido 
de  que  se  le  daha  un  consejo  de  verdadera  amistad ,  el  que 
apreció  debidamente.  Supo  también  por  otros,  que  este  mismo 
era  el  sentir  de  gran  número  de  sus  amigos  y  de  los  hombres 
influentes  de  casi  todos  los  ángulos  de  la  República,  reunidos 
entónces  en  la  capital.  Abandonó ,  pues ,  el  proyecto  que  aun 
abrigaba,  de  que  se  le  nombrase  presidente  para  mandar  sola- 
mente las  tropas,  y  que  el  general  Caicedo  como  vicepresidente 
se  encargára  del  poder  ejecutivo.  Resignándose  entónces  á  lo 


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310 


HISTORIA  DF.  COLOMBIA 


que  exigían  las  circunstancias  actuales  de  Colombia,  y  le  acon- 
sejaban sus  mas  fíeles  amigos,  dirigió  al  congreso  constituyente 
su  último  mensaje,  concebido  en  estos  términos  : 

«  ¡  Conciudadanos ! 

»  Concluida  la  constitución,  y  encargados  como  os  halláis  por 
la  nación  de  nombrar  los  altos  funcionarios  que  deben  presidir 
la  República,  he  juzgado  conveniente  reiterar  mis  protestas 
repetidas  de  no  aceptar  otra  vez  la  primera  magistratura  del 
Estado,  aun  cuando  me  honraseis  con  vuestros  sufragios.  — 
Debéis  estar  ciertos  de  que  el  bien  de  la  patria  exige  de  mí  el 
sacrificio  de  separarme  para  siempre  del  país  que  me  dio*  la  vida, 
para  que  mi  permanencia  en  Colombia  no  sea  un  impedimento 
á  la  felicidad  de  mis  conciudadanos. 

»  Venezuela  ha  pretextado,  para  efectuar  su  separación,  miras 
de  ambición  de  mi  parte ;  luego  alegará  que  mi  reelección  es  un 
obstáculo  á  la  reconciliación ,  y  al  fin  la  República  tendría  que 
sufrir  un  desmembramiento  ó  una  guerra  civil. 
#  »  Otras  consideraciones  ofrecí  á  la  sabiduría  del  congreso  el 

dia  de  su  instalación,  y  unidas  estas  á  otras  muchas,  han  de 
contribuir  todas  á  persuadir  al  congreso,  que  su  obligación  mas 
imperiosa  es  la  de  dar  á  los  pueblos  de  Colombia  nuevos  magis- 
trados, revestidos  de  las  eminentes  cualidades  que  exige  la  ley 
y  dicha  pública. 

»  Os  ruego,  conciudadanos,  acojáis  este  mensaje  como  una 
prueba  de  mi  mas  ardiente  patriotismo, y  del  amor  que  siempre 
he  profesado  á  los  Colombianos. 

»  Simón  Bolívar.  » 

El  congreso  dirigió  al  Libertador  en  30  de  abril  una  contesta- 
ción muy  honrosa  á  ambos.  Después  de  elogiar  el  patriotismo  y 
desinterés  que  manifestaba  en  su  mensaje ,  decia  :  que  los  re- 
presentantes al  consignar  sus  votos  en  la  urna  electoral  pesarían 
en  el  fondo  de  su  conciencia  cuál  era  la  persona  que  el  bien  de 
la  República  exigiera  elevar  á  la  primera  magistratura.  Después 
anadia  :  «  Sea  cual  fuere ,  Señor,  la  suerte  que  la  Providencia 
prepara  á  la  nación,  y  á  vos  mismo,  el  congreso  espera  que  iodo 
Colombiano  sensible  al  honor  y  amante  de  la  gloria  de  su  patria 
os  mirará  con  el  respeto  y  consideración  debida  á  los  servicios 
que  habéis  hecho  á  la  causa  de  la  América ,  y  cuidará  de  que 
conservándose  siempre  el  brillo  de  vuestro  nombre,  pase  á  la 


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CAPÍTULO  XVI.  311 

posteridad  cual  conviene  al  fundador  de  la  Independencia  de 
Colombia.  » 

Por  el  mensaje  del  Libertador  se  publicó  su  resolución  defi- 
nitiva de  abandonar  á  su  país  natal ,  teatro  de  sus  glorias ,  y  al 
que  habia  becho  tan  grandes  servicios  en  la  guerra  de  Indepen- 
dencia. Sus  enemigos  en  Venezuela  y  en  la  Nueva  Granada 
temian  sobre  manera  que  renaciese  el  influjo  debilitado  de 
Bolívar,  y  que  este  derrocára  su  poder  naciente.  Exigían  por 
eso  que  saliera  de  Colombia ,  cubriendo  su  negra  ingratitud  y 
sus  pasiones,  tan  interesadas  como  rencorosas ,  con  el  manto 
del  bien  público.  Sus  amigos  deploraban  profundamente  este 
sacrificio  doloroso  que  se  le  quería  imponer ;  mas  por  diferentes 
motivos  deseaban  se  verificase.  De  una  parte  esperaban  que  las 
atenciones ,  obsequios  y  consideraciones  que  en  Europa  se  pro- 
digarían al  Libertador,  calmarían  sus  penas  y  la  profunda  me- 
lancolía que  se  iba  apoderando  de  su  ánimo  ;  esperaban  igual- 
mente que  los  viajes  restablecerían  acaso  su  salud  arrancándole 
del  teatro  de  sus  padecimientos  morales.  Querían  ademas  sacar 
á  Bolívar  de  Colombia ,  para  que  en  la  lueba  de  los  partidos , 
que  probablemente  aun  debia  causar  revoluciones,  no  se  le 
comprometiese  en  algún  paso  indebido,  ni  su  nombre  se  tomára 
como  enseña  para  nuevos  trastornos. 

Una  vez  persuadido  Bolívar  de  que  su  ausencia  del  pa- 
trio suelo  podia  contribuir  al  restablecimiento  de  la  unión, 
de  la  paz  y  de  la  concordia  entre  los  Colombianos,  se  resig- 
nó con  sinceridad  y  firmeza,  preparándose  para  seguir  á  Car- 
tagena. 

El  general  Flórez,  el  obispo  Lasso  y  los  principales  Habitantes 
de  Quito  le  llamaron  para  que  fuese  á  pasar  allí  el  resto  de  sus 
dias,  dirigiéndole  una  muy  bien  sentida  representación;  esta 
hacía  un  contraste  nada  honroso  para  los  Venezolanos ,  que  al 
mismo  tiempo  exigían  su  perpetuo  ostracismo.  Empero  el  Liber- 
tador se  mantuvo  firme  en  el  propósito  enunciado,  de  abandonar 
para  siempre  las  playas  de  su  patria  y  los  lugares  que  le  vieron 
nacer.  Hé  aquí  el  premio  que  han  dado  siempre  á  sus  mas  fieles 
serMdores  las  repúblicas  antiguas  y  modernas ,  con  muy  raras 
excepciones. 

Cuando  el  Libertador  tomaba  aquella  determinación  final ,  el 
encargado  del  poder  ejecutivo  adoptaba  otra  bien  importante 
(abril  27).  Tal  era  la  supresión  de  las  prefecturas  generales  del 


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312  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Ecuador  y  del  Magdalena,  creadas  por  Bolívar  durante  la  dic- 
tadura. Dieron  motivo  á  esta  disposición  las  noticias  seguras 
que  tuvo  el  gobierno  colombiano  por  medio  de  personas  fidedig- 
nas, de  que  Flórez,  prefecto  general  del  sur,  valiéndose  de  la 
extensa  autoridad  que  ejercía,  trataba  de  formar  un  Estado  in- 
dependiente de  los  tres  departamentos  meridionales.  Creyóse 
que  privándole  de  aquella  autoridad  ,  podría  acaso  impedirse 
esta  nueva  división  de  Colombia.  El  prefecto  general  del  Magda- 
lena, Montilla,  obedeció  el  decreto  de  supresión,  y  después 
veremos  lo  que  hizo  Flórez. 

Miéntras  tanto  el  congreso  constituyente  finalizó  sus  tareas, 
terminándose  la  constitución  de  Colombia  el  29  de  abril,  laque 
se  firmára  el  3  de  mayo.  Señalóse  el  A  para  el  nombramiento 
del  presidente  y  vicepresidente  de  la  República ,  cuya  duración 
solo  debia  ser  hasta  las  próximas  elecciones  constitucionales. 
Verificado  el  primer  escrutinio  resultó  que  tenia  mas  votos  el 
doctor  Eusebio  María  Canabal,  y  que  le  seguiael  señor  Joaquín 
Mosquera,  candidato  de  los  republicanos  exaltados.  Luego  que 
se  principiára  el  segundo  escrutinio ,  que  anunciaba  el  mismo 
resultado ,  comenzó  á  sentirse  un  grande  movimiento  en  las 
galerías ,  y  gritos  de  que  se  Uamára  al  pueblo  para  impedir 
semejante  elección;  en  efecto,  muchas  personas  salieron  cor- 
riendo hácia  la  calle  á  excitar  un  tumulto.  Alarmados  los  repre- 
sentantes, que  temían  una  tropelía,  cambiaron  sus  votos  dán- 
dolos á  Mosquera ;  así  en  breve  resultó  nombrado  presidente  de 
la  República ,  sin  que  su  elección  tuviera  la  absoluta  libertad 
que  debia  desearse  en  aquellas  circunstancias  críticas.  Canabal 
era  el  candidato  de  los  amigos  de  Bolívar,  y  sin  aquel  movi- 
miento se  le  habría  elegido  presidente.  Los  enemigos  del  Liber- 
tador no  querían  que  se  le  nombrára,  porque  le  consideraban 
como  hechura  é  instrumento  suyo.  Les  convenia  acabar  del 
todo  con  su  poder. 

El  general  Domingo  Caicedo  fué  nombrado  vicepresidente, 
sin  que  el  Libertador  hubiera  tenido  un  solo  voto  en  estas  elec- 
ciones. Aun  sus  mejores  amigos  estaban  persuadidos  de  que^uo 
convendría  nombrarle  á  fin  de  que  su  elección  no  fuera  un 
obstáculo  para  la  incorporación  de  Venezuela,  y  para  que  no 
se  alarmáran  los  celosos  republicanos  con  la  permanencia  de  un 
mismo  hombre  en  el  mando  supremo  por  tantos  años.  Los 
exaltados  celebraron  este  resultado  y  la  salida  final  de  Bolívar  ó 


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CAPÍTULO  XVI. 


313 


la  terminación  de  su  gobierno  con  músicas,  cohetes  y  algazara, 
procedimiento  que  debió  serle  muy  sensible. 

Hallándose  Mosquera  ausente  en  Popayan,  su  país  natal, 
acordó  el  congreso  que  se  llamára  al  vicepresidente  para  que 
prestando  el  juramento  constitucional ,  se  encargase  del  poder 
ejecutivo.  Verificóse  aquel  acto  solemne  en  la  misma  sesión. 
También  se  participó  al  Libertador  por  medio  de  una  diputación 
de  cuatro  miembros  del  congreso,  diciéndole  —  «  haber  este 
cumplido  ya  con  los  objetos  de  su  convocatoria,  y  que  por  con- 
siguiente debia  cesar  el  decreto  orgánico  de  27  de  agosto  de 
J828,  y  las  facultades  que  por  la  convocatoria  se  reservó  el 
Libertador,  á  quien  se  le  expresara  la  gratitud  de  la  nación  por 
los  servicios  que  le  ha  prestado.  »  Bolívar  se  manifestó  muy 
complacido  con  este  mensaje,  felicitó  al  congreso  por  el  término 
de  sus  trabajos  y  por  la  elección  de  magistrados  que  merecían 
la  confianza  de  los  pueblos.  Dijo  —  «  que  él  quedaba  reducido 
á  la  vida  privada,  que  tanto  habia  deseado ;  y  que  si  el  congreso 
quería  una  prueba  especial  de  su  ciega  obediencia  á  la  consti- 
tución y  á  las  leyes,  estaba  pronto  á  dar  la  que  se  le  exigiese.  » 
Tal  era  y  habia  sido  siempre  la  sumisión  á  los  escogidos  del 
pueblo,  del  hombre  á  quien  se  llamaba  tirano. 

En  esta  misma  célebre  sesión  el  diputado  por  el  Socorro, 
doctor  Salvador  Camacho ,  —  a  hizo  presente  que  la  República 
debia  al  Libertador  una  gran  suma  de  servicios  que  debia  satis- 
facerle, y  que  habiendo  vuelto  á  la  vida  privada,  era  muy  justo 
que,  bien  existiese  en  Colombia  ó  fuera  de  ella,  si  lo  creía  con- 
veniente, se  le  continuase  la  pensión  que  por  toda  su  vida  le 
decretó  la  legislatura  en  23  de  julio  de  Í823,  á  cuyo  efecto  de- 
bia expedirse  un  decreto  por  el  congreso.  »  —  Esta  moción, 
apoyada  por  el  diputado  Joaquín  Posada,  se  aprobó  por  una- 
nimidad del  congreso.  Tan  brillante  testimonio  del  reconoci- 
miento nacional  hácia  el  primer  hombre  de  la  América  del  Sur, 
fué  redactado  inmediatamente  en  un  decreto  á  fin  de  que 
sufriera  la  segunda  y  tercera  discusión. 

yespues  de  haber  terminado  el  congreso  sus  tareas  constitu- 
cionales, cada  uno  de  sus  miembros  juró  obedecer  y  defender  la 
nueva  constitución  que  se  envió  al  poder  ejecutivo  (mayo  5). 
Este  la  mandó  publicar,  cumplir  y  ejecutar  por  todos  los  pueblos 
de  la  República. 

Como  ya  todo  el  mundo  estaba  persuadido  que  no  la  acepta- 


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314  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

ria  Venezuela,  el  congreso  meditó  y  acordó  definitivamente  el 
decreto  legislativo  que  habia  propuesto  el  diputado  Vélez ,  en 
que  se  daban  reglas  para  este  caso.  La  constitución  se  debía 
ofrecer  por  el  gobierno  á  los  pueblos  de  la  antigua  Venezuela 
como  un  vínculo  de  unión  y  concordia;  si  dichas  provincias  se 
negaban  á  aceptarla,  á  ménos  de  que  en  ellas  se  hicieran  va- 
riaciones, se  convocaría  inmediatamente  una  convención  colom- 
biana en  la  villa  de  Santa  Rosa  de  la  provincia  de  Tunja ,  que 
decidiría  lo  que  estimase  conveniente  al  bien  general.  Si  aque- 
llas provincias  rechazaban  enteramente  la  constituciou,  y  todos 
los  medios  que  se  les  ofrecían  para  conservar  la  unión,  tampoco 
se  les  haría  la  guerra  á  fin  de  obligarlas  á  respetar  el  nuevo 
pacto.  Entónces  convocaría  el  gobierno  inmediatamente  una 
convención  de  diputados  del  resto  de  Colombia ,  á  fin  de  que 
prescribiera  al  ejecutivo  la  conducta  que  debia  observar,  y  re- 
viese la  constitución  que  se  adaptaría  cuanto  fuese  posible  á  los 
intereses  nacionales.  Este  decreto,  hijo  de  las  circunstancias  y 
resultado  de  largas  meditaciones  de  los  escogidos  del  pueblo, 
salvó  á  la  República  de  una  guerra  sangrienta,  calmó  la  inquie- 
tud y  efervescencia  de  los  partidos,  y  fué  el  primer  acto  legal 
dictado  para  la  separación  de  Venezuela  y  la  disolución  de 
Colombia.  Grandes  esfuerzos  y  dolorosas  sensaciones  costó  á 
muchos  representantes  el  decidirse  á  quitar  la  primera  piedra 
del  hermoso  edificio  de  la  República  de  Colombia ;  mas  érales 
preciso  sujetarse  á  la  imperiosa  ley  de  la  necesidad ,  y  sacri- 
ficar sus  fuertes  convicciones.  Acompañáronlos  en  este  sacri- 
ficio multitud  de  Colombianos,  que  veían  como  uno  de  los 
mayores  males  que  pudiera  sucedemos  la  disolución  de  Co- 
lombia. 

Solamente  habían  corrido  dos  dias  después  de  acordarse  tan 
importantes  disposiciones,  cuando  acaeció  un  suceso  desagra- 
dable que  manifestaba  el  estado  de  transición  y  de  una  verda-, 
dera  crisis  revolucionaria  en  que  se  hallaba  la  República.  El 
batallón  Granaderos  y  el  escuadrón  Húsares  de  Apure,  que 
componían  la  guarnición  de  la  capital,  se  sublevaron  al  amane- 
cer del  7  de  mayo  :  ellos  pusieron  presos  á  sus  comandantes 
Mugüerza  y  Soto,  se  apoderaron  del  parque  y  se  sujetaron  á  las 
órdenes  del  general  venezolano  Trinidad  Portocarrero.  Este, 
auxiliado  y  de  acuerdo  con  otros  generales,  especialmente  con 
Luque,  fué  el  autor  principal  del  motin.  En  vano  el  ministro 


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CAPÍTULO  XVI.  315 

de  la  guerra  Herran,  el  comandante  general  Urdaneta  y  otros 
jefes  se  presentaron  en  el  cuartel  de  los  sediciosos ;  todos  fueron 
rechazados.  La  primera  demanda  que  hizo  Portocarrero  fué  que 
le  dieran  bagajes,  víveres  y  setenta  mil  pesos,  suma  á  que  dijo 
ascendía  lo  que  se  les  adeudaba,  y  que  le  era  necesaria  para 
trasladarse  á  Venezuela  con  los  cuerpos  insurrectos.  Se  les  ofre- 
cieron mil  pesos  para  raciones  y  los  bagajes  precisos  con  tal 
que  no  hicieran  daños. 

Luego  que  esto  sucediera  se  publicó  un  bando  para  que  se  reu- 
nieran las  milicias,  y  lodos  los  demás  ciudadanos  que  tuvieran 
armas.  Á  las  diez  de  la  mañana  había  ya  en  la  plaza  de  la  Ca- 
tedral cerca  de  mil  voluntarios,  los  ochocientos  armados  de  fu- 
sil, pero  con  muy  pocas  municiones ,  porque  los  sublevados 
ocupaban  el  parque.  Muchos  eran  de  opinión  que  se  les  hosti- 
lizara ;  pero  otros,  mas  prudentes ,  inclusos  los  miembros  del 
gobierno,  previendo  los  males  que  podían  seguirse  de  un  cho- 
que tan  desigual  con  tropas  veteranas ,  contuvieron  la  impe- 
tuosidad ,  especialmente  de  doscientos  jóvenes  estudiantes  apos- 
tados en  el  edificio  de  la  alta  corte.  Sin  embargo ,  aquellas 
muestras  de  entusiasmo  y  decisión  impusieron  á  los  amotina- 
dos :  ellos  no  se  atrevieron  á  cometer  exceso  alguno ;  antes  por 
el  contrario  aceleraron  su  partida,  rebajando  sus  primeras  y  exa- 
geradas demandas ,  pues  se  contentaron  con  mil  pesos  y  los 
bagajes  ofrecidos.  Á  las  dos  de  la  tarde  desfilaron  quinientos 
buenos  soldados  del  batallón  Granaderos  y  ciento  ochenta  hú- 
sares, tomando  la  ruta  de  Venezuela.  Acompañóles  por  disposi- 
ción del  ejecutivo  el  general  Laurencio  Silva,  encargado  de  man- 
tener el  orden,  proporcionarles  vituallas  y  bagajes  y  de  condu- 
cirlos hasta  la  raya  de  Venezuela.  Ejecutólo  de  buena  voluntad, 
tanto  mas  que  muchos  creyeron  que  tal  motinsehabia  fraguado 
con  su  conocimiento  y  aprobación.  Una  columna  de  milicias  de 
caballería,  mandada  por  el  general  Urdaneta,  marchó  también 
al  día  siguiente  pisando  las  huellas  de  los  cuerpos  amotinados, 
con  el  objeto  de  contenerlos  y  promover  la  deserción  que  era 
inevitable ,  lo  que  en  gran  parte  consiguiera.  El  comandante 
geíeral  de  Boyacá  también  reunió  algunas  milicias;  pero  ha- 
biendo el  prefecto  doctor  Bernardino  Tovar  dado  en  Tunja  los 
correspondientes  auxilios  á  los  cuerpos  sublevados ,  estos  con- 
tinuaron pacíficamente  su  marcha  hacia  Pamplona.  No  cau- 
saron otro  daño  á  los  pueblos  que  las  raciones  que  les  dieran  y 


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316  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

una  multitud  de  caballerías  exigidas  para  bagajes,  y  que,  se- 
gún los  abusos  acostumbrados  por  mucbos  militares  de  aquella 
época,  no  devolvieron  á  sus  dueños. 

El  motin  de  los  granaderos  excitó  en  la  capital  una  grande 
irritación  contra  el  Libertador.  Creyóse  generalmente  quealgunos 
de  sus  amigos  lo  babian  azuzado  y  promovido,  y  que  él  lo  supo 
de  antemano.  Es  cierto  haber  dicho  Bolívar,  que  desde  ántes 
sabia  que  iba  á  estallar  el  motin  después  de  su  partida,  sin  que 
tratara  de  impedirlo.  Atribuyéronsele  también  aquel  dia ,  sin 
exactitud,  algunas  expresiones  indiscretas  de  las  que  solían 
escapársele  con  frecuencia,  las  que  hicieron  creer  que  aprobaba 
el  movimiento.  Opinóse  que  esta  irregular  é  inesperada  conducta 
se  originaba  del  profundo  resentimiento  que  tenia  contra  los 
llamados  liberales  de  la  capital,  y  de  planes  que  abrigaba  para 
lo  venidero.  Decíase  por  aquellos  que  Bolívar,  excitando  la  in- 
disciplina y  sedición  en  las  tropas ,  quería  persuadir  que  si  él 
no  gobernaba ,  la  anarquía  iba  á  extender  su  funesto  im- 
perio por  donde  quiera ,  y  que  esto  obligaría  á  los  pueblos  á 
llamarle  de  nuevo  al  mando  supremo.  Otros  sospechaban  que 
Bolívar,  haciendo  ir  á  Venezuela  á  aquellas  tropas,  se  preparaba 
con  ellas  uua  base  de  operaciones  contra  Páez  á  fin  de  hacerle 
una  revolución.  Todos  estos  proyectos  fueron  meras  sospechas 
y  hablillas  contra  el  Libertador.  Él  no  confiaba  en  Portocarrero , 
y  si  hubiera  tenido  parte  en  aquel  motin ,  habría  escogido  para 
dirigirlo  á  otro  jefe  de  su  confianza.  Ademas  ofreció  al  gobierno 
en  aquel  dia  que  él  mismo  iria  al  cuartel  de  los  sublevados ,  si 
lo  juzgaba  conveniente  para  apaciguar  la  sedición.  Tampoco 
son  excusables  los  liberales  que,  llamando  serviles  á  los  amigos 
del  Libertador,  así  como  á  los  oficiales  y  soldados  que  guarne- 
cían á  Bogotá ,  enardecieron  sus  resentimientos  y  aceleraron  la 
defección  de  aquellas  tropas ;  ellas  sin  duda  tendrían  simpatías 
por  la  revolución  de  Venezuela ,  y  esto  sería  acaso  el  motivo 
principal  de  su  alzamiento. 

La  noche  siguiente  (mayo  7)  no  fué  tranquila  para  Bolívar  : 
temía  la  exaltación  de  las  milicias  acuarteladas ,  especialmente 
de  los  doscientos  jóvenes  estudiantes.  Estos  despedazaron  su 
retrato,  colocado  en  una  de  las  salas  de  la  suprema  corte  de 
justicia.  También  pretendían  que  se  impidiera  el  próximo  viaje 
del  Libertador,  á  quien  suponían  planes  concertados  para  opri- 
mir á  los  pueblos  y  destruir  la  libertad  con  las  tropas  que  exis- 


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CAPÍTULO  XVI 


317 


tian  en  el  departamento  del  Magdalena  0).  Mas  los  oficiales  per- 
suadieron á  la  juventud  exaltada  que  no  debía  turbar  el  orden 
ni  alterar  la  tranquilidad  pública.  Sin  embargo  parece  que  Bo- 
lívar no  durmió  aquella  noche ,  temiendo  un  insulto.  El  vice- 
presidente Caicedo  le  acompañó  en  su  casa  de  habitación  ,  para 
mayor  seguridad  de  Bolívar. 

Por  estos  sucesos  se  temia  que  al  emprender  su  viaje  el  Liber- 
tador, cometieran  los  exaltados  algún  desacato  hácia él;  empero 
nada  sucedió.  Por  el  contrario,  se  le  presentó  una  manifestación 
de  respeto  y  consideración  firmada  por  los  principales  habitantes 
de  Bogotá,  la  que  hubiera  tenido  mayor  número  de  firmas,  sin 
las  sospechas  que  infundieron  los  sucesos  del  7  de  mayo.  Por 
esta  misma  causa  no  le  acompañaron  á  su  salida  algunas  per- 
sonas que  estaban  prontas  á  darle  esta  prueba  final  de  su 
amistad  (mayo  8).  Sin  embargo  salieron  en  su  compañía  los 
ministros  del  gobierno ,  los  miembros  del  cuerpo  diplomático , 
muchos  militares  y  ciudadanos ,  con  algunos  extranjeros.  En 
todos  los  pueblos  del  tránsito  fué  recibido  y  tratado  Bolívar  con 
las  atenciones  debidas  al  que  por  tantos  años  habia  gobernado 
á  Colombia ,  y  al  primer  campeón  de  la  Independencia.  Se  di- 
rigía hácia  Cartagena. 

Al  siguiente  dia  después  de  su  partida  acordó  el  congreso  de- 
finitivamente el  decreto  que  discutía  en  su  favor.  Él  hace  mucho 
honor  á  los  representantes  de  Colombia  que  lo  dieran ,  y  al 
Libertador,  que  era  su  objeto.  Cuando  en  esta  época  la  ingra- 
titud, los  dicterios  y  las  calumnias  contra  Bolívar  pasaban  por 
una  ejecutoria  de  liberalidad  y  republicanismo ,  sobre  todo  en 
Venezuela,  su  patria,  era  un  consuelo  para  la  humanidad  y 
para  la  virtud  ver  á  los  miembros  del  congreso ,  casi  todos  gra- 
nadinos del  centro  y  del  sur  de  Colombia ,  ofrecer  por  unani- 
midad al  Libertador  un  tributo  de  la  gratitud  nacional;  prome- 
terle que  sería  tratado  con  la  consideración  y  respeto  debidos  al 
primero  y  mejor  ciudadano  de  Colombia  en  cualquier  lugar  de 
la  República  en  que  fijára  su  residencia ;  continuarle ,  final- 
mente ,  la  pensión  de  treinta  mil  pesos  anuales  por  todos  los 

(1)  Decían  que  iba  á  ponerse  á  la  cabeza  de  dos  mil  hombres  que  asegu- 
raban existir  en  Ocaña.  Era  falso  este  número,  pues  solo  estaba  allí  el  escaso 
batallón  Apure.  Los  dos  escuadrones  de  Ayacucho  habían  marchado,  el  uno 
al  Socorro,  y  el  otro  á  la  provincia  de  funja,  donde  fué  disuelto. 


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318  HISTORIA  DR  COLOMBIA. 

dias  de  su  vida  (i).  Bolívar  la  necesitaba,  porque  estaba  pobre 
y  no  tenia  con  qué  vivir  en  una  tierra  extranjera.  Este  habia 
sido  uno  de  los  mayores  obstáculos  para  determinarse  á  dejar  á 
Colombia  (*). 

Ademas  se  habia  ocupado  el  congreso  en  acordar  la  ley  de 
elecciones  y  otras  complementarias  de  la  constitución.  Termi- 
náronse bien  pronto  sus  tareas ,  y  el  10  de  mayo  por  la  noche 
cerró  sus  sesiones.  Patriotismo ,  deseos  ardientes  de  hacer  feliz 
á  su  patria,  talentos  y  conocimientos  prácticos  de  las  habitudes, 
usos,  costumbres  y  necesidades  de  los  pueblos  que  iban  á  cons- 
tituir principios  sólidos  y  no  exagerados  de  libertad ,  y  una 
calma  imperturbable  en  medio  del  torbellino  de  las  pasiones  y 
de  los  partidos,  hé  aquí  las  cualidades  que  desplegára  el  con- 

(1)  Hé  aquí  el  texto  de  este  decreto  : 

«  £1  congreso  constituyente, 
»  Considerando  : 

»  Que  el  Libertador  Simón  Bolívar  no  solo  ba  dado  existencia  y  vida  á 
Colombia  por  sus  interesantes  é  inauditos  esfuerzos,  sino  que  ha  excitado 
la  admiración  del  universo  por  sus  proezas  y  eminentes  servicios  á  la  causa 
americana ; 

»  Que  ha  cesado  de  ser  presidente  de  la  República,  desde  que  insis- 
tiendo en  hacer  dimisión  del  mando ,  el  congreso  nombró  su  sucesor ; 

»  Que  el  desinterés  y  la  noble  consagración  de  que  ha  dado  las  mas  dis- 
tinguidas pruebas  desde  que  comenzó  su  carrera  pública ,  exigen  una  de- 
mostración de  la  gratitud  nacional ,  que  le  ponga  á  cubierto  de  los  efectos 
de  un  generoso  y  sin  igual  desprendimiento, 

>  Decreta  : 

>  Artículo  1°.  £1  congreso  constituyente  á  nombre  de  la  nación  colombiana 
presenta  al  Libertador  Simón  Bolívar  el  tributo  de  gratitud  y  de  admiración, 
á  que  tan  justamente  le  han  hecho  acreedor  sus  relevantes  méritos  y  sus 
heróicos  servicios  á  la  causa  de  la  emancipación  americana. 

>  Articulo  2».  En  cualquier  lugar  de  la  República  que  habite  el  Libertador 
Simón  Bolívar,  será  tratado  siempre  con  el  respeto  y  la  consideración  de- 
bidas al  primero  y  mejor  ciudadano  de  Colombia. 

»  Artículo  3°.  £1  poder  ejecutivo  dará  el  mas  puntual  y  exacto  cumpli- 
miento al  decreto  del  congreso,  de  23  de  julio  de  1833,  por  el  cual  se 
concedió  al  Libertador  Simón  Bolívar  la  pensión  de  treinta  mil  pesos  an%ales 
durante  su  vida,  desde  el  dia  en  que  terminase  sus  funciones  de  presidente 
de  la  República ;  y  esta  disposición  deberá  tener  efecto ,  cualquiera  que  sea 
el  lugar  de  su  residencia. 

>  Dado  en  Bogotá  á  9  de  mayo  de  1830,  etc.  » 

(2)  Véase  la  nota  23». 


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CAPÍTULO  XVI.  319 

greso  constituyente  de  \  830.  Los  Venezolanos  y  otros  que 
seguían  su  bando  político ,  lo  quisieron  ridiculizar  llamándole 
con  el  apodo  de  admirable,  epíteto  que  Bolívar  le  habia  dado  en 
una  carta  á  Páez ;  empero  la  reputación  de  este  congreso  está 
colocada  fuera  del  alcance  de  los  tiros  de  la  maledicencia  y  de 
la  ironía. 

La  constitución  que  dio*  á  Colombia  bajo  del  sistema  de  go- 
bierno republicano  unitario  y  conforme  á  las  basas  que  ántes 
hemos  analizado ,  era  muy  superior  á  la  de  Cúcuta ,  en  la  que 
introdujo  mejoras  importantes.  Pero  todo  el  mundo  la  juzgaba 
provisional,  porque  Venezuela  de  ningún  modo  la  aceptaría ,  y 
esta  circunstancia  desgraciada  le  hacía  perder  su  mérito.  Ella 
nos  excusará  también  de  añadir  su  análisis. 

Los  jefes  encargados  de  ejecutar  la  nueva  constitución  tam- 
poco eran  los  mas  á  propósito.  El  señor  Joaquín  Mosquera 
poseía  talentos,  patriotismo  y  probidad;  mas  carecía  de  expe- 
riencia en  el  ejercicio  del  gobierno  y  se  dudaba  mucho  que 
tuviera  la  firmeza  necesaria  para  conjurar  las  tempestades  que 
probablemente  se  levantarían.  El  vicepresidente  Caicedo  con 
una  bondad  extremada  de  corazón ,  y  con  valor  personal  era 
débil  en  el  ejercicio  del  poder  ejecutivo,  y  á  pesar  de  sus  buenos 
deseos  cometía  errores  perjudiciales,  á  lo  que  contribuía  que 
sus  talentos  y  conocimientos  eran  limitados.  Él  continuaba 
desempeñando  el  gobierno  miéntras  que  se  trasladaba  á  la  ca- 
pital el  señor  Mosquera,  que  aceptó  la  presidencia. 

En  aquella  crisis  peligrosa  se  hubiera  necesitado  al  frente  del 
gobierno  supremo  un  ciudadano  de  grande  influjo ,  de  mucha 
energía  y  de  un  renombre  militar  que  arrancára  la  obediencia 
á  tantos  generales  que  se  denominaban  libertadores.  Este 
hombre  probablemente  hubiera  sido  el  gran  mariscal  de  Aya- 
cucho.  Mas  diferentes  circunstancias  concurrieron  á  su  exclusión. 
En  primer  lugar,  él  inspiraba  temores  á  los  liberales  exaltados 
por  sus  ideas  en  favor  de  una  Monarquía ;  y  en  segundo,  algunos 
de  sus  discursos  en  el  congreso  y  sus  conversaciones  privadas, 
en  que  zahería  á  la  administración  anterior  de  Colombia,  á  los 
miliares,  al  clero  y  á  otras  clases  del  Estado,  le  atrajeron  ene- 
migos políticos ,  los  que  aumentára  la  indiscreción  del  Liber- 
tador, cuando  le  llamó  —  «el  mas  digno  general  de  Colombia.  » 
Por  tales  motivos  se  propusieron  algunos  miembros  influentes 
del  congreso,  entre  ellos  principalmente  el  doctor  Castillo, 


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320  HISTORIA  DF.  COLOMBIA  • 

excluir  á  Sucre  de  la  presidencia  de  la  República.  Hizo ,  pues , 
aquel,  sin  que  se  percibieran  sus  fines,  que  se  adoptase  el  arti- 
culo constitucional  —  «  de  que  tuviera  el  presidente  cuarenta 
años  de  edad.  »  Así,  cuando  muchos  diputados  pensaron  elegir 
á  Sucre,  ya  no  pudieron  hacerlo  porque  se  lo  impedia  aquella 
disposición,  indebida  y  perjudicial  en  extremo.  Sucre  de  ningún 
modo  se  dió  por  ofendido ;  pues  manifestaba  una  aversión  deci- 
dida á  mandar  en  Colombia,  despedazada  por  tantos  partidos,  á 
lo  que  sin  duda  contribuían  sus  desengaños  en  el  Perú  y 
Bolivia,  y  el  amor  que  tenia  á  su  familia. 

La  elección  de  Sucre  para  la  primera  magistratura  habría 
sido  muy  importante ,  sobre  todo  respecto  del  ejército,  que  era 
tan  adicto  al  Libertador,  y  que  respetaba  á  Sucre  como  á  su 
segundo  en  los  altos  hechos  de  armas.  Separado  Bolívar  del 
mando  supremo ,  habia  temores  de  que  sobrevinieran  actos  de 
insubordinación  hácia  el  nuevo  gobierno.  Bien  pronto  se  reali- 
zaron en  la  división  Boyacá,  estacionada  en  Pamplona  y  lugares 
inmediatos.  El  vicepresidente  envió  á  que  toniára  el  mando  de 
estas  fuerzas  al  general  granadino  Francisco  de  Paula  Vélez. 
Empero  el  jefe  de  la  división  Florencio  Jiménez  reunió  en  junta 
el  29  de  abril  á  los  oficiales ,  venezolanos  casi  todos ,  los  que 
hicieron  un  acta  diciendo  :  «  que  hallándose  rodeados  de  dudas 
acerca  de  la  existencia  del  gobierno  y  del  estado  de  la  República, 
se  suspendiera  la  entrega  del  mando  á  los  generales  Vélez  y 
Fortoul ;  al  primero  miéntras  se  disipaban  los  recelos  que  de 
todas  partes  se  inspiraban  á  la  división ,  y  al  segundo  porque 
se  habia  pronunciado  contra  el  gobierno.  En  dicha  acta  expre- 
saron los  oficiales  sus  recelos  de  que  se  pretendia  disolver 
aquellos  cuerpos  é  introducir  en  ellos  la  anarquía;  protestaron 
al  mismo  tiempo  que  sus  deseos  eran  mantener  íntegra  y  unida 
la  división.  En  efecto,  semejantes  recelos  y  la  poca  prudencia 
del  general  Vélez,  que  en  esta  época  era  muy  exaltado  contra 
las  tropas  y  personas  adictas  al  Libertador,  pudieron  influir  en 
aquel  acto  de  insubordinación  militar. 

Al  mismo  tiempo  llegaba  á  la  línea  del  rio  Táchira  una  divi- 
sión venezolana  mandada  por  el  general  Mariño.  Este  ofició 
desde  allí  al  gobierno  colombiano,  manifestándole  —  «  que 
algunos  temores  que  se  tenían  en  Venezuela  sobre  sus  inten- 
ciones, habían  inducido  á  su  gobierno  á  enviar  aquellas  tropas, 
cuyas  miras  no  eran  hostiles  á  la  Nueva  Granada;  y  que  jamas 


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CAPITULO  XVI. 


se  habia  pensado  en  violar  el  territorio  granadino.  Negaba  que 
Venezuela  hubiera  tenido  parte  en  la  rebelión  de  Casanare ,  de 
lo  que  se  habia  quejado  uuestro  gobierno  y  reconvenido  á  Páez; 
mas  confesando  que  habían  dado  protección  á  dicha  provincia , 
aseguraba  Marino,  que  ni  él  ni  su  gobierno  pensaban  intervenir 
en  los  negocios  de  la  Nueva  Granada. 

Pero  muy  pronto  se  olvidó  Mariüo  de  ambas  promesas.  Pre- 
textando los  temores  que  tenían  algunos  habitantes  de  los  valles 
de  Cúcuta  de  que  se  les  atacara,  porque  habían  negado  la  obe- 
diencia y  desconocido  al  gobierno  de  su  patria,  erigiendo  una 
junta  que  presidia  el  bien  conocido  doctor  Francisco  Soto,  y 
de  la  que  era  miembro  el  general  Pedro  Fortoul ,  pasa  la  fron- 
tera y  fija  su  cuartel  general  en  la  villa  de  San  José.  Dijo  entón- 
ces  que  él  lo  hacía  con  el  fin  de  proteger  aquellos  pueblos,  que 
se  habían  pronunciado  contra  la  tiranía  del  general  Bolívar,  á 
quien  obedecían  las  tropas  existentes  en  Pamplona ;  fútiles  pre- 
textos, pues  todo  el  mundo  sabia  que  desde  dos  meses  ántes 
estaba  el  Libertador  separado  del  mando.  Hablando  á  su  go- 
bierno alegó  también  que  daba  paso  tan  indebido  con  el  fin  de 
buscar  víveres  para  sostener  la  división,  los  que  no  podia  con- 
seguir en  la  villa  de  San  Antonio. 

Cumplido  este  proceder  aventurado  y  ofensivo ,  pues  violaba 
el  territorio  granadino,  Mai-ino  al  mismo  tiempo  que  ofrecía  al 
gobierno  supremo  que  lo  desocu paria  inmediatamente  que  des- 
aparecieran sus  temores  de  parte  del  gobierno  colombiano, 
aseguraba  que  no  pretendía  intervenir  en  los  negocios  de  la 
Nueva  Granada :  como  si  esta  no  fuera  intervención,  y  como  si 
también  no  lo  fuese  la  pregunta  que  muy  sériamente  dirigía  á 
nuestro  gobierno,  de  que  —  «  si  pensaba  compeler  por  la 
fuerza  á  los  pueblos  á  quienes  Venezuela  habia  ofrecido  su  pro- 
tección, á  que  aceptáran  la  constitución  colombiana.  »  Era  muy 
sencilla  la  respuesta  de  esta  indebida  ingerencia  del  general 
venezolano ,  y  no  creemos  que  el  gobierno  de  Colombia  se  de- 
gradase á  darla.  Tales  contradicciones  en  una  misma  nota  pre- 
sentan la  medida  exacta  de  los  talentos  políticos  de  Marino, 
quiin  tuvo  siempre  altas  pretensiones,  sin  aptitud  para  darles 
cima. 

Pero  á  la  vez  que  improbamos  tales  actos  indebidos,  referire- 
mos con  placer  otros  del  mismo  general  que  contribuyeron  á 
cimentar  la  paz  entre  ambos  pa/ses.  Marino  se  puso  en  comu- 

TOMO  IV.  ii 


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322  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

nicacion  con  el  general  Florencio  Jiménez,  y  le  manifestó :  que 
habiendo  él  y  los  oficiales  de  la  división  acantonada  en  Pam- 
plona desobedecido  al  gobierno,  en  cuyo  territorio  existían,  se 
bailaban  en  posición  muy  precaria,  y  eran  una  amenaza  conti- 
nua contra  la  paz  y  tranquilidad  de  los  pueblos.  Anadia  que 
siendo  casi  todos  los  hombres  de  que  se  componia  la  división 
Venezolanos  de  nacimiento,  su  patria  los  reclamaba  con  justi- 
cia; en  consecuencia  ios  invitaba  á  que  marcháran  á  unirse  con 
las  tropas  de  Venezuela,  cuyo  gobierno  estaba  pronto  á  reci- 
birlos con  demostraciones  de  puro  amor  y  reconocimiento. 

Aunque  esta  proposición  fuera  rechazada  al  principio  por 
Jiménez,  quien  la  creyó  ofensiva  al  honor  de  los  cuerpos  que 
mandaba,  después  de  darse  nuevas  y  mutuas  explicaciones ,  se 
arregló  el  convenio  por  medio  del  coronel  Francisco  María  Fá- 
rias,  que  pasó  al  campo  de  Marino.  Jiménez  participó  en  conse- 
cuencia al  gobierno  de  Colombia,  que  tanto  él  como  los  jefes  y 
oficiales  de  la  división  habían  determinado  irse  á  Venezuela, 
usando  de  la  autorización  y  pasaporte  que  en  7  de  mayo  les 
había  concedido  el  mismo  gobierno  á  fin  de  que  pudieran  ha- 
cerlo todos  los  hijos  de  aquel  país.  Dijo  también  que  la  división 
marchaba  unida,  llevando  sus  armas  y  municiones.  Los  bata- 
llones Rííles  y  Cazadores  de  occidente,  así  como  Granaderos  y 
el  escuadrón  Húsares  de  Apure, que  debían  llegar  á  Pamplona, 
emprendieron  su  marcha  hácia  Cúcuta  el  27  de  mayo  unos,  y 
los  últimos  el  2  de  junio,  donde  fueron  incorporados  al  ejército 
venezolauo.  Así  la  Nueva  Granada  quedó  libre  de  la  inquietud 
que  producía  la  insubordinación  de  aquellos  cuerpos ,  que  se 
ponderó  eutónces  mas  de  lo  que  era  en  efecto.  El  comandante 
de  la  columua  de  occidente  Castelli  no  había  participado  de 
ella,  motivo  por  el  cual  Jiménez  le  hizo  prender.  Esta  conducta 
honra  la  moralidad  del  coronel  Castelli,  la  que  contrasta  con  la 
bulliciosa  indisciplina  de  los  coroneles  Andrade  y  Fárias,  auto- 
res principales  del  motín  que  estalló  el  29  de  abril. 

Antes  de  saberse  este  resultado ,  temeroso  el  vicepresidente 
Caicedo  de  la  proximidad  de  las  tropas  venezolanas  á  nuestra 
frontera,  y  de  que  las  intrigas  criminales  de  algunos  revoltosos 
nos  empeñaran  por  fatalidad  en  una  guerra  cuyo  término  sería 
difícil  prever,  se  apresuró  á  nombrar  las  personas  que  conforme 
al  decreto  legislativo  de  11  de  mayo  debían  presentar  la  cons- 
titución al  congreso  de  Venezuela.  Fueron  escogidos  los  señores 


A 


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CAPÍTULO  XVI. 


323 


Juan  de  Dios  Aranzazu  y  Francisco  Soto.  El  comisionado  Aran- 
zazu partió  sin  demora  hácia  Cúcuta,  donde  Soto  no  quiso  ad- 
mitir el  encargo  que  se  le  habia  conferido. 

Aranzazu  halló  á  Marino  en  la  villa  de  San  José ;  instruyóle 
del  decreto  expedido  por  el  congreso  colombiano,  según  el  cual 
no  podía  haber  ningún  peligro  de  que  la  guerra  se  empeñára 
con  Venezuela  para  someterla  de  nuevo  á  la  unión.  Participóle 
también  la  separación  definitiva  del  mando  del  Libertador  y  su 
viaje  á  Cartagena.  Esta  franca  manifestación,  junto  con  la  in- 
corporación á  sus  tropas  de  la  división  Boyacá,  disipó  entera- 
mente los  temores  verdaderos  ó  aparentes  de  Marino,  quien  sin 
tardanza  repasó  la  línea  divisoria  entre  los  dos  países,  que 
forma  el  rio  Táchira;  Aranzazu  le  proporcionó  los  medios  ne- 
cesarios para  moverse;  habíaselos  ofrecido  el  fantasma  de  go- 
bierno revolucionario  existente  en  Cúcuta,  que  no  podía  cum- 
plir sus  promesas  tan  lijeras  como  imprudentes. 

Hizo  entónces  Mariüo  un  acto  de  justicia,  en  que  le  habia 
precedido  el  gobierno  colombiano.  Tal  fué  haber  formado  una 
columna  de  todos  los  jefes ,  oficiales  y  soldados  granadinos  que 
habia  en  sus  tropas.  Los  puso  al  mando  del  antiguo  comandante 
del  batallón  Boyacá,  coronel  Várgas,  no  de  muy  buena  celebri- 
dad, dejándolos  en  nuestro  territorio.  Desde  ántes  el  poder  eje- 
cutivo habia  dispuesto  que  se  licenciáran  todos  los  Peruanos, 
Bolivianos  y  Venezolanos  que  hubiese  en  el  ejército  que  estaba 
sujeto  á  sus  órdenes.  Con  estos  pasos  y  providencias  conciliato- 
rias se  disipó  cuteramente  la  ansiedad  penosa  que  existia  tanto 
en  la  Nueva  Granada  como  en  Venezuela,  de  que  se  rompiese 
una  guerra  fratricida  y  destructora  entre  ambos  países. 

El  comisionado  Aranzazu  consiguió  por  medio  de  sus  persua- 
siones é  influjo, que  aquella  columna  de  jefes,  oficiales  y  solda- 
dos granadinos  se  sometiera  á  nuestro  gobierno,  y  que  marchára 
hácia  la  capital.  Tuvo  que  vencer  las  sugestiones  contrarias  del 
coronel  José  Concha,  que  siempre  activo  en  promover  asonadas, 
quería  formar  de  los  valles  de  Cúcuta  una  provincia  indepen- 
diente, doude  inandáran  él  y  sus  amigos.  Tal  era  la  medida  de 
su  liberalidad  y  patriotismo. 

 ■  m  m  


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I 


I 


CAPÍTULO  XVII. 

"I 


Instalación  del  congreso  constituyente  de  Venezuela.  —  Mensaje  de  Páez. — 
Aquel  trata  de  dar  una  constitución.  —  Discusiones  previas  y  acuerdo 
contra  Bolívar.  —  Comunícase  la  resolución  al  congreso  de  Bogotá.  — 
Ingratitud  de  los  Venezolanos  con  su  Libertador.—  La  Nueva  Granada  no 
los  imita.  —  No  se  admite  la  agregación  de  Casanare  á  Venezuela.  — 
Pronunciamientos  en  Venezuela  á  favor  de  la  integridad  de  Colombia.  — 
Cesan  por  un  avenimiento  pacifico.  —  El  congreso  venezolano  da  un  acto 
en  favor  de  los  autores  y  cómplices  del  25  de  setiembre.  —  Rechaza  la 
constitución  de  Colombia ;  pero  ofrece  entrar  en  pactos  reciprocos  de  fe- 
deración. —  Dificultades  que  se  tocan  para  esta.  —  El  comisionado  Aran* 
zazu  nada  mas  puede  conseguir.  —  El  congreso  constituyente  nombra  á 
Páez  presidente  de  la  República.  —  El  general  Flórez  agrega  la  provincia 
de  Pasto  al  Ecuador.  —  Las  autoridades  superiores  del  Cauca  frustran 
aquel  paso  ilegal.  —  El  poder  ejecutivo  aprueba  su  conducta.  —  Lo  de- 
sempeña el  vicepresidente  Caicedo.  —  Pretensiones  de  los  departamentos 
del  sur :  Flórez  las  apoya.  —  Acta  de  Quito  declarándose  independiente. 
—  Hacen  lo  mismo  Guayaquil  y  Cuenca.  —  Nombran  á  Flórez  jefe  civil  y 
militar.  —  Convoca  un  congreso  constituyente  de  los  tres  departamentos : 
promesas  que  hace  á  los  pueblos.  —  El  gobierno  del  centro  combale  con 
razones  la  separación;  mas  ninguno  piensa  en  que  se  use  de  la  fuerza 
para  impedirla.  —  El  general  Sucre  se  pone  de  acuerdo  con  el  vicepresi- 
dente Caicedo ;  parte  hacia  Quilo.  —  Temores  que  hay  de  que  peligre  su 
vida.  —  Su  arribo  á  la  Venta  Quemada. —  Sospechas  que  tiene  de  Sarria 
y  Erazo.  —  Es  asesinado  en  la  montaña  de  fierruécos.  —  Pormenores  de 
este  crimen.  —  Sentimiento  general  que  causa.  —  Sospechas  contra  algu- 
nos. —  El  general  Obando  procura  hacerlas  recaer  sobre  Flórez.  —  Cuéi 
es  la  opinión  pública  mas  común.—  Predicción  del  asesinato.—  Mosquera 
se  posesiona  de  la  presidencia  :  su  ministerio.  —  Pesquisas  sobre  el  ase- 
sinato de  Sucre.  —  Denuncia  hecha  por  Luis  Urdaneta.  —  Luto  decretado 
en  honor  de  Sucre.  —  Movimientos  contra  la  constitución  de  Colombia  en 
Néiva,  Socorro  y  Cartagena,  que  se  cortan.  —  Júrase  la  constitución.  — 
Conducta  del  Libertador  en  las  provincias  litorales.  —  Causas  que  impi- 
den su  viaje  á  ultramar.  —  Establecimiento  del  consejo  de  Estado.  ■— 
Variaciones  en  el  cuerpo  diplomático.  —  Estado  de  las  relaciones  exterio- 


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CAPÍTULO  XVII. 


32!) 


res  de  Colombia.  —  Discusiones  en  el  parlamento  británico  sobre  la  Inde- 
pendencia de  las  repúblicas  americanas.  —  Muerte  del  ministro  Madrid. 

—  Noticias  recibidas  en  Cartagena  sobre  la  insurrección  de  Venezuela  en 
favor  déla  integridad  de  Colombia. —  Sensación  que  causan. —  El  Liber- 
tador las  comunica  al  gobierno  del  centro ;  su  contestación  i  los  revolu- 
cionarios y  á  sus  amigos.  —  Sabe  la  muerte  de  Sucre  :  contrae  su  última 
enfermedad.  —  Mosquera  organiza  definitivamente  su  ministerio.  —  Niega 
auxilios  á  los  sublevados  en  Venezuela.  —  Comunica  al  Libertador  su 
ostracismo  de  Venezuela.  —  Juicio  sobre  este  paso. —  Los  bandos  políticos 
se  pronuncian  mas  fuertemente.  —  Situación  del  ejecutivo  colombiano. 

—  Oposición  entre  los  batallones  Callao,  Boyacá  y  Cazadores. —  Mosquera 
se  desalienta  con  el  estado  critico  de  los  negocios.  —  Reformas  várías 
que  decreta  su  gobierno  :  sepárase  del  mando  por  algunos  días  —  Marcha 
del  Callao  hácia  Tunja ;  detiénese  en  Gachansipá  y  es  seducido  por  algu- 
nos revoltosos.  —  Ataca  y  vence  en  Cipaquirá  á  un  destacamento  del  go- 
bierno. —  Se  unen  varios  jefes  á  los  facciosos.  —  Trátase  de  un  aveni- 
miento que  no  se  consigue. —  Peticiones  de  Jiménez  y  socios  sin  resultado. 

—  Fuerzas  de  los  rebeldes  y  del  gobierno;  este  pide  auxilios  á  las  pro- 
vincias. —  Regres:)  del  presidente  Mosquera ;  acuerda  una  amnistía  y 
recibe  un  refuerzo.  —  Intervención  del  general  Urdaneta;  es  doble  su 
conducta.  —  Revolución  del  Socorro.  —  Determina  el  ejecutivo  que  se 
ataque  á  los  facciosos.  —  Trábase  el  combate  y  los  rebeldes  triunfan  com- 
pletamente. —  El  presidente  Mosquera  capitula  y  entrega  á  Bogotá.  — 
Deja  el  mando  después  de  varios  incidentes.  —  Pronunciamientos  en 
favor  del  Libertador.  —  Acta  en  que  Bogotá  hace  lo  mismo.  —Separación 
definitiva  de  Mosquera  y  deCaicedo.—  Urdaneta  se  encarga  del  ejecutivo 
con  gusto  de  la  capital.  —  Organiza  su  ministerio.  —  Invalida  la  expul- 
sión de  once  ciudadanos.  —  Envía  una  comisión  llamando  á  Bolívar.  — 
Simpatías  de  los  extranjeros  por  los  facciosos.  —  Estado  de  la  opinión 
en  Cartagena.  —  Desconócese  allí  la  autoridad  y  gobierno  de  Mosquera.  — 
Proclaman  al  Libertador,  que  se  deniega  á  tomar  el  mando.  —  Su  con- 
testación al  acta  de  Bogotá.  —  Publica  una  proclama.—  Resiste  á  nuevas 
actas  de  Cartagena.  —  El  mismo  explica  y  vindica  su  conducta  politica. 

—  Su  juicio  sobre  el  gobierno  de  Urdaneta  y  acerca  de  la  situación  de  la 
República.  —  Mompox  imita  los  pronunciamientos.  —  Riohacha  se  opone 
á  ellos  con  vigor.  —  Pide  auxilios  á  Maracáibo ;  le  envían  á  Canijo.  — 
Fuerzas  que  atacan  á  la  provincia  de  Riohacha.  —  Espinar  conmuevo  á 
Panamá  contra  el  ejecutivo :  declara  al  Istmo  en  asamblea  sin  causa  justa. 

—  Sepárase  este  de  la  unión  del  centro. —  Asamblea  de  Antióquia  y  su  resul- 
tado.—«Movimientos  en  Cali  á  favor  de  Bolívar. —  La  asamblea  del  Cáuca  se 
decide  también  por  sumando. —  Otros  acuerdos  de  la  misma.  —  Opinión 
te  las  provincias  de  la  Nueva  Granada  contra  la  guerra  civil.  —  Esta  con- 
tinúa en  Riohacha  con  varios  sucesos.  —  Decisión  de  sus  habitantes 
contra  el  gobierno  existente.  —  Son  derrotados  en  San  Juan  de  César. — 
Movimiento  revolucionario  en  Santamaría.  —  Expulsión  decretada  contra 
algunos  ciudadanos.  —  Sardá  sigue  á  Riohacha  y  pacifica  esta  provincia. 

—  La  de  Panamá  se  reúne  y  obedece  al  gobierno  del  centro. 


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326  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Año  de  \  830.— Entre  tanto  que  ocurrían  en  los  valles  de  Cúcuta 
los  sucesos  que  acabamos  de  referir,  se  instalaba  en  Valencia,  el 
6  de  mayo,  el  congreso  constituyente  de  Venezuela,  convocado 
por  el  jefe  civil  y  militar,  concurriendo  á  la  instalación  33  dipu- 
tados. Los  doctores  Francisco  Javier  Yánez  y  Andrés  Narvarte,  an- 
tiguos y  distinguidos  patriotas,  fueron  elegidos  presidente  y  vice- 
presidente. Continuóse  á  Páez  en  el  mando,  y  desde  San  Car- 
los, donde  se  hallaba  en  camino  para  la  Nueva  Granada,  según 
decia,  envió  su  mensaje.  En  este  documento  manifestaba  la  si- 
tuación tranquila  de  Venezuela ,  que  continuaba  impávida  su 
marcha  independiente  y  liberal :  hacía  enérgicas  protestas  de 
sumisión  á  la  voluntad  nacional ,  expresada  por  las  decisiones 
de  las  leyes;  presentaba  al  congreso  las  memorias  ó  informes  de 
sus  tres  secretarios  sobre  los  principales  ramos  de  la  administra- 
ción pública;  recomendaba  la  milicia  nacional,  las  virtudes  y 
glorias  del  ejército ,  esperando  que  el  congreso  recompensaría 
sus  servicios,  y  que  aliviaría  la  miseria  de  sus  familias,  objeto 
digno  de  la  compasión  y  de  la  gratitud  nacionales.  Una  parte 
considerable  de  este  mensaje  la  empleaba  Páez  en  manifestar  su 
creencia ,  de  que  instalado  el  congreso  ya  estaba  reducido  á  la 
vida  privada ,  en  que  gozaría  del  reposo  y  felicidad  doméstica , 
de  que  estaba  privado  hacía  veinte  años ,  consagrados ,  según 
dijo,  á  las  fatigas  de  la  guerra  y  al  cuidado  de  los  intereses  pú- 
blicos. Nuestros  altos  jefes  de  las  repúblicas  americanas  han 
repetido  tanto  —  «  los  ardientes  deseos  que  los  devoran  de  tor- 
nar á  la  vida  privada, »  —  que  ya  nadie  cree  en  estas  expresio- 
nes, consideradas  como  de  mera  cortesía.  Por  lo  demás,  el  men- 
saje de  Páez  bien  pensado  y  bien  escrito  abundaba  en  nobles  y 
elevados  sentimientos ,  y  hacía  promesas  que  cumplió  en  lo  ve- 
nidero. 

El  congreso  venezolano,  después  de  encargar  á  una  comisión 
especial  compuesta  de  un  diputado  por  cada  provincia,  es  decir 
de  diez  miembros,  que  redactara  un  proyecto  de  constitución, 
declaró  —  «  que  el  gobierno  de  Venezuela  no  sería  central  ni 
federal,  sino  centro-federal;  »  basa  á  que  precisamente  debían 
sujetarse  los  redactores  del  proyecto.  Por  consiguiente  el  con- 
greso llevaba  adelante  el  propósito  manifestado  por  los  pueblos 
de  gobernarse  con  absoluta  independencia  del  resto  de  Colom- 
bia, é  iba  á  consumar  la  separación. 

Era  una  consecuencia  precisa  de  esta  opinión  general  en  el 


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capítulo  xvii.  327 

congreso ,  que  sus  miembros  excogitáran  los  medios  que  cada 
uno  juzgaba  mas  eficaces  para  conseguirlo.  El  reconocimiento 
de  su  Independencia  por  la  Nueva  Granada,  que  era  el  resto  de 
Colombia,  y  el  libertarse  del  influjo  de  Bolívar,  que  podia  echar 
por  tierra  sus  proyectos,  y  cuya  sombra  perseguía  por  do  quiera 
á  los  separacionistas ,  fueron  los  dos  primeros  objetos  que  lla- 
maron la  atención  de  algunos  diputados.  Señalóse  el  represen- 
tante Alejo  Fortique  por  una  violenta  proposición,  solo  excusa- 
ble por  su  juventud  é  inexperiencia  en  los  negocios  políticos. 
Propuso  (mayo  19)  —  «  que  se  exigiera  del  gobierno  que  exis- 
tiese en  Bogotá  el  reconocimiento  pronto  y  expreso  de  la  sepa- 
ración y  soberanía  de  Venezuela ,  en  el  concepto  de  que  la  ne- 
gativa ó  dilación  se  tendría  por  una  declaración  de  guerra.  » 
Esta  intimación  desusada  é  insolente  fué  combatida  por  el  buen 
juicio  del  diputado  José  Várgas.  En  las  sesiones  de  los  dias  si- 
guientes los  representantes  Ramón  Ayala ,  Ángel  Quintero  y 
otros  redujeron  la  proposición  á  que  se  participara  al  congreso 
de  Bogotá  la  instalación  del  de  Venezuela  á  fin  de  que  recono- 
ciendo la  Independencia  de  esta,  pudieran  extenderse,  a  pero 
que  no  tendría  lugar  ninguna  negociación ,  miéntras  permane- 
ciera en  todo  el  territorio  de  la  antigua  Colombia  el  general 
Simón  Bolívar;  entendiéndose  ademas,  que  no  debía  tener  in- 
tervención ninguna  en  este  negocio  el  consejo  de  ministros.  »  En 
otra  modificación  del  diputado  José  Osio  se  exigía  de  la  Nueva 
Granada,  para  que  Venezuela  entrára  con  ella  en  relaciones 
amistosas  de  mutuo  reconocimiento,  —  «la  expulsión  del  gene- 
ral Simón  Bolívar  de  todo  el  territorio  de  Colombia.  »  La  vio- 
lencia de  esta  proposición  fué  excedida,  algunos  dias  después , 
por  otra  que  hicieron  los  diputados  Ramón  Ayala  de  Caracas,  y 
Juan  Evangelista  González  de  Maracáibo ,  cuando  propusieron 
—  «  que  se  declarára  al  general  Bolívar  fuera  de  la  ley,  si  iba 
á  la  isla  de  Curazao,  y  lo  mismo  á  todo  el  que  se  le  uniera.  » 

Sin  embargo  de  tan  virulentas  proposiciones,  sostenidas  con 
grande  empeño  por  sus  autores,  la  mayoría  del  congreso  tuvo 
el  Juen  sentido  de  rechazarlas.  Solo  acordó  —  «  que  se  partici- 
para al  congreso  de  Bogotá  la  instalación  del  de  Venezuela,  y  se 
le  ofreciera  entrar  en  relaciones  y  transacciones.  »  —  Mas  aun 
no  se  había  extendido  la  comunicación  en  los  términos  acorda- 
dos ,  cuando  algunos  diputados  enemigos  del  Libertador,  pre- 
valiéndose de  las  últimas  noticias  recibidas  sobre  la  ocupación 


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32S  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

de  los  valles  de  Cuenta,  y  de  otras  inexactas  ó  exageradas ,  re- 
novaron sus  ataques  contra  Bolívar.  El  diputado  Angel  Quin- 
tero, con  el  apoyo  de  Juan  José  Osio,  abrió  de  nuevo  la  discu- 
sión ya  terminada,  pidiendo  que  se  tomase  en  consideración  la 
moción  pendiente  hecha  por  el  diputado  José  Luis  Cabrera, 
quien  habia  pedido  se  declarase — «  que  Venezuela  no  entraría 
en  relaciones  de  ninguna  especie  con  Bogotá,  miéntras  existiera 
en  su  territorio  el  general  Bolívar.  »  Sin  embargo  de  manifes- 
tarse por  algunos,  que  esta  era  la  misma  proposición  votada 
ya,  y  que  se  habia  negado,  el  congreso  declaró  ser  distinta.  En 
seguida ,  dejándose  arrastrar  por  el  torrente  impetuoso  de  las 
pasiones  de  algunos  de  sus  miembros ,  cometió  la  vergonzosa 
debilidad  de  aprobar  en  28  de  mayo  la  proposición  que  ántes 
rechazára  noblemente. 

Dirigióse,  pues,  una  comunicación  al  presidente  del  congreso 
que  suponían  estar  reunido  en  Bogotá,  firmada  por  el  presi- 
dente Yánez.  Participábale  en  ella  la  instalación  del  congreso  de 
representantes  de  Venezuela,  como  justa  consideración  de  fra- 
ternidad ;  que  ambos  cuerpos  debían  entenderse,  porque  habia 
diferencias  que  transigir  é  intereses  que  arreglar,  lo  que  no 
podría  hacerse  por  medio  de  las  armas,  y  si  dichos  arreglos  no 
eran  presididos  por  la  calma,  la  justicia  y  la  prudencia.  Decía 
que  tan  poderosas  consideraciones  habían  guiado  al  congreso 
venezolano,  cuando  en  una  sesión  anterior  acordara  que  estaba 
pronto  á  entrar  en  relaciones  y  transacciones  de  amistad  con 
Cundinamarca.  «  Pero  Venezuela,  anadia,  á  quien  una  serie  de 
males  de  todo  género  ha  enseñado  á  ser  prudente ,  que  ve  en  el 
general  Simón  Bolívar  el  origen  de  ellos,  y  que  tiembla  todavía 
al  considerar  el  riesgo  que  ha  corrido  de  ser  para  siempre  su 
patrimonio,  protesta  que  no  tendrán  aquellos  lugar,  miéntras 
este  permanezca  en  el  territorio  de  Colombia,  declarándolo  así 
el  soberano  congreso  en  sesión  del  dia  28.  » 

En  estas  largas  y  acaloradas  discusiones  algunos  diputados 
se  arrastraron  hasta  el  polvo  por  sus  innobles  y  vengativas  pa- 
siones contra  el  héroe  de  la  América  del  Sur  y  el  primer  cam- 
peón de  nuestra  Independencia.  Creían  que  el  león  estaba  mo- 
ribundo ,  y  por  eso  le  tiraban  tajos  á  diestra  y  siniestra.  Los 
nombres  de  Fortique,  de  Quintero ,  de  Ayala,  de  Cabrera,  de 
Osio  y  de  González  deben  conservarse  por  la  historia  para  que 
tengan  la  triste  y  no  envidiable  celebridad  de  haber  sido  los  pro- 


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CAPÍTULO  XVII. 


320 


movedores  y  caudillos  de  la  ingratitud  de  su  patria ,  que  des- 
terraba y  despedía  sin  oir  á  su  primero  y  mas  benemérito  hijo, 
al  que  habia  contribuido  principalmente  á  conquistar  y  afirmar 
su  Independencia ,  y  al  que  puso  á  Venezuela  en  la  carrera  de 
libertad  que  actualmente  disfrutaba.  Y  aun  hay  un  contraste 
singular.  Cuando  Bolívar  exponia  su  honor,  su  reputación ,  su 
fortuna  y  hasta  su  vida  por  libertar  de  la  dominación  española 
á  la  provincia  de  Caracas,  todos  ó  casi  todos  los  hombres  arriba 
mencionados  vivian  tranquilos  bajo  el  imperio  español.  Sus 
nombres  no  aparecen  en  los  anales  de  la  Independencia,  sino 
es  el  de  Ayala  para  narrar  la  imbecilidad  cou  que  se  dejára  sor- 
prender en  Turbaco  por  los  Españoles,  siendo  causa  de  que  de- 
golláran  á  multitud  de  víctimas. 

Las  proposiciones  hechas  en  el  congreso  venezolano  sobre  el 
ostracismo  de  Bolívar ,  y  la  consiguiente  resolución  de  aquel 
cuerpo,  pecan  también  mirándolas  bajo  de  otro  aspecto.  En 
primer  lugar,  manifiestan  la  cualidad  promineute  del  carácter 
venezolano;  sino  nos  equivocamos  es  la  van  idad.  Ellas  suponen 
que  las  relaciones  y  transacciones  con  Venezuela  eran  de  tanto 
prez  y  valía  para  la  Nueva  Granada,  que  esta  se  apresuraría 
humildemente  á  cometer  una  infamia  política.  Tenemos  por  tal 
la  expulsión  que  se  le  exigía  de  Bolívar  como  precio  de  la 
amistad  de  Venezuela.  Aun  cuando  no  hubiese  fallecido  el 
héroe,  estamos  lejos  de  pensar  que  nuestra  querida  patria  se 
hubiera  sujetado  á  tamaña  indignidad.  Venezuela  no  tenia  de- 
recho á  exigir  de  la  Nueva  Granada  la  expulsión  de  cualquier 
hombre ,  ya  venezolano ,  ya  extranjero ,  que  se  hubiera  asilado 
en  su  territorio :  ¿cuánto  ménos  la  del  ilustre  Bolívar,  primer 
campeón  de  la  Independencia  del  territorio  colombiano  é  hijo 
adoptivo  de  la  Nueva  Granada?  Para  cometer  semejante  felonía 
era  preciso  que  entre  sus  hijos  no  hubiesen  existido  ya  senti- 
mientos de  honor,  de  virtud  y  de...,  pero  apartemos  la  vista  de 
tan  triste  cuadro  de  pasiones ,  debilidades  é  inconsecuencias 
humanas. 

¿)espues  de  esta  cuestión  se  decidió  otra  de  una  importancia 
vital  para  la  tranquilidad,  la  paz  y  la  futura  organización  tanto 
de  Venezuela  como  de  Nueva  Granada.  Tal  fué  la  agregación 
que  habia  hecho  la  provincia  de  Casanare,  agregación  que  vi- 
gorosamente reclamó  el  gobierno  colombiano.  La  comisión  á 
quien  se  pasára  este  negocio  opinó  —  «  que  el  congreso  debia 


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330 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


admitir  su  agregación  á  Venezuela,  pero  sin  perjuicio  de  los  ar- 
reglos y  tratados  en  que  debería  entrar  la  República  con  la  de 
la  Nueva  Granada,  el  dia  que  esta  pudiera  reunir  libremente  su 
representación  nacional,  o  Tal  opinión,  sostenida  por  el  dipu- 
tado Ángel  Quintero  y  por  otros  de  su  parcialidad  con  razones 
especiosas,  fué  combatida  victoriosamente  por  Telleria  de  Coro, 
y  por  otros  muebos  diputados  que  en  esta  discusión  se  hallaban 
animados  de  sentimientos  y  principios  incontestables  de  pro- 
bidad y  justicia.  Los  contrarios  se  dejaban  arrastrar  por  la  uti- 
lidad transitoria  que  semejante  incorporación  produciría  á  Ve- 
nezuela, sin  pararse  en  las  funestas  consecuencias  que  en  lo 
venidero  pudieran  seguírsele.  Mas  el  triunfo  de  la  justicia  fué 
espléndido,  acordándose  el  21  de  junio  por  una  mayoría  consi- 
derable la  proposición  hecha  por  Telleria :  «  que  la  convención 
venezolana  no  acepte  la  agregación  de  la  provincia  de  Casan  are, 
y  que  sí  la  ofrezca  usar  y  use  efectivamente  de  sus  buenos  ofi- 
cios con  la  Nueva  Granada  para  evitarla  todo  comprometimiento 
por  los  acontecimientos  que  han  tenido  lugar  en  el  mes  de  abril 
del  presente  año.  »  Tan  justa  y  política  determinación  ahorró  á 
los  dos  países  una  guerra  desastrosa,  que  en  el  caso  contrario 
habría  sido  inevitable. 

Cuando  el  congreso  de  Venezuela  trataba  de  zanjar  aquellas 
cuestiones  que  podían  turbar  la  paz  exterior  del  nuevo  Estado, 
comenzó  la  serie  de  conmociones  militares  que  por  largo  tiempo 
lo  agitaron  interiormente.  Á  principios  de  junio  estallaron  en 
el  cantón  de  Riochico ,  en  Chaguarámas  y  en  Orituco  del  Alto 
Llano,  capitaneándolas  el  general  Julián  Infante,  el  coronel 
Vicente  Parejo ,  el  comandante  Lorenzo  Bustíllos  y  otros  ofi- 
ciales :  ellos  hicieron  actas  pronunciándose  en  favor  de  la  inte- 
gridad de  Colombia  y  contra  la  separación  de  Venezuela.  Para 
conseguir  auxilios  enviaron  un  comisionado  adonde  el  Liber- 
tador, pidiéndolos  también  á  Montilla,  quien  mandaba  las 
armas  en  el  departamento  del  Magdalena.  Aquesta  insurrección 
no  tuvo  séquito  ni  consecuencias  en  Venezuela.  Desalentáronse 
por  tanto  sus  autores ,  que  celebraron  una  transacción  cog  el 
general  José  Tadeo  Monágas,  miembro  del  congreso  y  comisio- 
nado al  efecto;  en  virtud  de  ella,  los  sublevados  se  sometieron 
de  nuevo  al  gobierno  de  Páez,  conservándoles  sus  grados  y  em- 
pleos, y  disculpando  su  efímero  alzamiento.  Poco  tiempo  des- 
pués el  jefe  civil  y  militar,  aludiendo  á  estos  sucesos  en  una  de 


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CAPÍTULO  XVII.  331 

sus  proclamas,  decia  : — « ¡  Venezolanos!  no  mas  actas;  no  mas 
pronunciamientos;  no  mas  que  obediencia  al  soberano  con- 
greso. »  Estas  excitaciones  y  consejos  no  debían  tener  mucha 
fuerza  de  persuasión  en  boca  de  Páez.  Los  pueblos  de  Venezuela 
habían  visto  poco  antes  romperse  la  unión  colombiana  por  actas 
y  pronunciamientos  de  militares  y  de  civiles,  promovidos  con 
la  mayor  actividad  por  cuatro  generales  en  jefe,  Páez,  Bermúdez, 
Marino  y  Arismendi ,  así  como  por  otras  notabilidades  venezo- 
lanas. Ejemplos  tan  recientes  eran  sin  duda  mas  elocuentes  que 
meras  palabras. 

Entre  los  actos  legislativos  expedidos  por  el  congreso  de  Ve- 
nezuela ,  debemos  recordar  el  de  26  de  junio,  que  reintegró  en 
su  libertad  y  en  todos  sus  derechos  á  las  personas  que  se  ha- 
^  lláran  presas  ó  detenidas  en  el  territorio  venezolano ,  por  los 
acontecimientos  políticos  que  habían  tenido  lugar  en  la  Nueva 
Granada,  desde  que  se  disolvió  la  convención  de  Ocaña  hasta  el 
26  de  noviembre  último.  Expidióse  este  decreto  legislativo  á 
solicitud  de  Pedro  Carujo,  el  mas  activo  promovedor  y  el  héroe 
de  los  asesinos  del  25  de  setiembre  contra  el  Libertador.  Sin 
embargo ,  este  criminal  y  otros  de  sus  cómplices  que  sufrían 
algún  castigo  por  su  delito,  fueron  absueltos  y  reintegrados  en 
todos  sus  derechos,  sin  alegar  otro  fundamento  —  «que  haberse 
interesado  por  la  libertad  »  —  a  del  asesinato  y  del  crimen ,  » 
podríamos  añadir  nosotros.  Sorpréndenos  que  hombres  de  tanta 
moralidad  política  como  habia  en  el  congreso  constituyente  de 
Venezuela,  no  hubieran  hecho  en  aquel  decreto  una  excepción 
contra  los  septembristas  de  Bogotá.  Creemos  haber  sido  esta  una 
debilidad  y  tributo  que  pagaron  á  las  pasiones  dominantes  de  la 
época.  Todo  lo  que  era  contra  Bolívar  pasaba  entonces  como 
justo  y  conveniente  á  Venezuela.  Mas  la  Divina  Providencia  los 
castigó  bien  pronto  y  con  rigor  por  la  mano  misma  de  Carujo , 
quien  fué  de  los  conspiradores  que  en  una  época  posterior  der- 
rocaron al  gobierno  de  Venezuela. 

Miéntras  tanto  habia  llegado  á  Valencia  el  comisionado  Aran- 
mu,  que  fué  muy  bien  recibido  por  el  jefe  civil  y  militar,  así 
como  por  los  miembros  mas  influentes  del  congreso.  Él  habia 
presentado  en  7  de  julio  la  constitución  de  Colombia  con  el  de- 
creto de  11  de  mayo,  al  gobierno  de  Venezuela,  que  pasó  los 
documentos  al  congreso  constituyente.  Este  después  de  algunos 
dias  acordó  recibir  en  su  seno  al  comisionado  Aranzazu,  á  fin 


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332  HISTORIA  DB  COLOMBIA. 

de  que  presenciára  las  discusiones  sobre  el  decreto  ya  citado ; 
resolución  que  le  fué  comunicada  por  un  oficio  muy  satisfac- 
torio. En  el  mismo  dia  resolvió  el  congreso  por  unanimidad  — 
«  que  no  se  aceptara  la  nueva  constitución  colombiana.  » 
En  seguida  se  discutió  (julio  21)  largamente  la  moción  del 
diputado  Narvarte,  apoyada  por  Vargas,  Osio  y  Gallegos,  en  que 
se  propuso  acordar  :  —  «  que  Venezuela  se  reuniera  en  federa- 
ción á  los  pueblos  de  la  Nueva  Granada,  concurriendo  al  efecto 
sus  diputados  al  congreso  que  se  reuniría  en  Santa  Rosa.  » 
Sobre  este  y  otros  puntos  conexos  rodaron  las  discusiones, 
cuyo  resultado  fué  el  decreto  de  16  de  agosto,  en  que  se  dis- 
puso :  —  «  que  Venezuela  de  ningún  modo  admita  la  constitu- 
ción colombiana;  pero  que  está  resuelta  á  entrar  en  pactos 
recíprocos  de  federación ,  que  unan  y  arreglen  las  altas  rela- 
ciones nacionales  de  Colombia ,  luego  que  ambos  Estados  estén 
perfectamente  constituidos ,  y  que  el  general  Bolívar  haya  eva- 
cuado el  territorio  de  Colombia.  »  Dejóse  á  los  futuros  congresos 
constitucionales  el  fijar  la  extensión  y  los  límites  del  pacto 
federal  conforme  á  los  dictámenes  de  la  opinión  pública ,  cuyo 
pronunciamiento  se  excitaría  por  medio  de  una  alocución  que 
se  publicó  en  efecto. 

A  la  sazón  que  se  expidió  este  decreto,  la  opinión  de  muchos 
hombres  influentes  del  congreso  y  de  la  mayoría  de  los  pueblos 
de  Venezuela  estaba  decidida  por  la  federación  de  las  tres 
grandes  secciones  de  Colombia ,  constituyendo  un  gobierno  ge- 
neral. Pero  allá  mismo  y  en  el  resto  de  la  República,  los  hom- 
bres pensadores  y  que  tenían  conocimientos  prácticos  de  los  ne- 
gocios de  Estado,  juzgaban  ser  una  quimera  la  proyectada 
federación.  Era  harto  difícil  que  los  tres  Estados  se  avinieran 
sobre  el  jefe  del  poder  ejecutivo  federal ,  gobierno  que  sería  en 
extremo  débil,  pues  quedaba  sujeto  á  los  caprichos  de  los  gobier- 
nos particulares,  demasiado  fuertes  para  súbditos.  Aunque  los 
tres  Estados  no  tuvieran  igual  poder,  las  distancias,  los  desiertos, 
los  malos  caminos,  y  las  mutuas  antipatías  del  norte,  centro  y 
sur  de  Colombia  hacían  que  todos  pudieran  oponer  resistencias 
casi  iguales  á  la  administración  federal.  Separada,  pues,  'Vene- 
zuela, como  ya  era  indudable,  creían  muchos  ciudadanos  que 
sería  mas  útil  y  conveniente  la  independencia  absoluta  de  los 
Estados,  que  no  contraer  un  vínculo  federativo  del  todo  nominal, 
y  que  fuese  origen  fecundo  de  nuevos  trastornos  y  discordias. 


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CAPÍTULO  XVII. 


333 


Aunque  el  comisionado  * A ranzazu  diera  después  de  la  expre- 
sada resolución  algunos  otros  pasos  oficiales  para  obtener  un 
resultado  mas  lisonjero  en  favor  de  la  unión ,  nada  pudo  conse- 
guir. Por  tanto ,  desde  entonces  fué  un  hecho  consumado  para 
el  gobierno  colombiano  la  separación  de  Venezuela. 

En  esta  inteligencia  el  congreso  venezolano  eligió  al  general 
Páez  presidente,  y  al  doctor  Diego  Bautista  Urbaneja  vicepresi- 
dente del  nuevo  Estado,  expidiendo  el  reglamento  correspon- 
diente para  organizar  el  poder  ejecutivo.  Páez  lo  había  renun- 
ciado por  dos  veces,  para  tornar,  según  decia,  á  las  dulzuras  de 
la  vida  privada;  pero  el  congreso  no  quiso  acceder  á  sus 
ardientes  votos,  colmándole  de  elogios  en  su  contestación. 
Después  de  dar  estas  disposiciones  orgánicas ,  el  congreso  de 
Venezuela  continuó  ocupándose  en  acordar  el  proyecto  de  la 
nueva  constitución,  y  en  otras  leyes  que  juzgaba  necesarias 
para  la  República. 

En  tanto  que  la  revolución  de  Venezuela  se  consumaba ,  en 
el  centro  y  sur  de  la  República  ocurrían  los  importantes 
sucesos  que  vamos  á  referir. 

El  general  Juan  José  Flórez,  que  sin  duda  meditaba  planes 
para  formar  un  nuevo  Estado  de  los  tres  departamentos  del 
Ecuador,  Guayaquil  y  Asuay,  prevalido  de  la  agitación  y  de 
los  principios  de  anarquía  que  progresaban  por  todas  partes , 
quiso  extender  el  territorio  de  su  prefectura  general.  Por 
intrigas  y  manejos  de  sus  agentes  consiguió  que  una  parte  del 
cuerpo  municipal,  el  clero  secular  y  regular  de  Pasto,  que  de- 
pendía entónces  del  obispado  de  Quito ,  así  como  algunos  ve- 
cinos, le  dirigieran  una  representación  pidiéndole  que  admitiese 
la  separación  de  aquella  provincia  del  departamento  del  Cáuca, 
y  su  agregación  al  del  Ecuador.  Flórez,  sin  tener  autoridad 
ninguna  para  variar  la  división  territorial ,  atribución  que 
tocaba  al  congreso,  admitió  en  5  de  mayo  la  incorporación  de 
Pasto  conforme  se  le  pedia  :  ofreció  que  la  sostendría  aun  á 
costa  de  cualesquiera  sacrificios,  y  que  no  se  impondría  á  los 
Pastusos  contribución  ni  pecho  alguno,  ofrecimiento  imprudente 
y  puesto  á  la  igualdad  del  pacto  social.  Al  dar  cuenta  al  poder 
ejecutivo  de  su  determinación ,  repitió  —  a  que  sostendría  la 
agregación  de  Pasto  por  cuantos  medios  estuvieran  á  su  al- 
cance; »  esto  envolvia  una  amenaza. 
El  prefecto  del  Cáuca,  doctor  José  Antonio  Arroyo,  y  el  co- 


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334  HISTORIA  DI  COLOMBIA. 

mandante  general  José  María  Obando ,  al  saber  aquella  resolu- 
ción protestaron  contra  la  arbitrariedad  del  procedimiento  de- 
Flórez.  Empero  teniendo  noticia  de  que  este  se  preparaba  á 
enviar  tropas  con  el  fin  de  ocupar  á  Pasto,  trataron  de  antici- 
pársele. En  efecto,  el  general  Obando  siguió  á  marchas  forzadas 
de  Popayan  á  Pasto  con  el  excelente  batallón  Várgas,  mandado 
todavía  por  el  coronel  Diego  Whitte.  Tanto  los  oficiales  como 
los  soldados  desplegaron  el  mayor  celo  y  actividad  ;  así  consi- 
guieron llegar  á  Pasto  el  29  de  mayo.  Flórez  habia  desistido  del 
envío  de  tropas,  según  escribiera  á  Obando,  por  los  consejos  y 
observaciones  de  algunos  vecinos  de  Quito,  que  juzgaron  peli- 
groso aquel  paso  y  capaz  de  producir  una  guerra  civil.  Gran 
número  de  los  moradores  de  Pasto  odiaban  taulo  la  dependencia 
del  Ecuador,  que  daudo  por  segura  la  venida  de  las  tropas  de 
Flórez,  habian  desamparado  sus  hogares,  retirándose  á  los 
bosques  :  ellos  regresaron  á  la  ciudad  luego  que  supieron  el 
arribo  de  Obando  con  algunas  fuerzas.  Tenia  este  inlliijo,  y  era 
amado  por  los  habitantes  de  Pasto ,  donde  permaneció  algún 
tiempo. 

Mosquera ,  el  presidente  electo ,  hizo  en  Popayan  muchos 
esfuerzos  para  frustrar  los  proyectos  de  Flórez  sobre  Pasto,  y 
contribuyó  á  que  marchára  el  batallón  Várgas  con  la  prontitud 
que  exigían  las  circunstancias.  Era  el  seüor  Mosquera  entusiasta 
por  la  conservación  de  la  provincia  de  Pasto,  unida  al  centro. 
Hacía  tiempo  que  trabajaba  por  estrechar  las  relaciones  mu- 
tuas con  Popayan,  pues  miraba  como  probable  la  disolución  de 
Colombia,  aun  desde  antes  que  principiáran  las  turbaciones  de 
Venezuela. 

El  ejecutivo  colombiano  improbó  también  la  providencia  de 
Flórez  para  agregar  á  Pasto  al  Ecuador,  como  ilegal,  impolítica 
y  contraria  á  la  voluntad  de  la  mayoría  de  los  habitantes  de 
Pasto.  Por  consiguiente  aprobó  la  enérgica  resolución  adoptada 
por  el  prefecto  y  el  comandante  general  del  Cáuca. 

Aun  continuaba  desempeñando  el  poder  ejecutivo  de  Colombia 
el  vicepresidente  Caicedo.  Este  en  cumplimiento  de  las  nuevas 
disposiciones  constitucionales  habia  nombrado  ya  casi  todos<tos 
prefectos  de  los  departamentos  y  los  gobernadores  de  las  provin- 
cias, recayendo  sus  nombramientos  en  personas  civiles  y  en  pocos 
militares  cuyos  principios  liberales  eran  bien  conocidos.  El  eje- 
cutivo quería  administrar  conforme  á  la  opinión  de  la  mayoría 


* 

t 

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CAPÍTULO  XTII.  335 

nacional ,  que  estaba  decidida  por  un  gobierno  estrictamente 
republicano  y  liberal.  Mas  eran  necesarias  suma  prudencia  y 
circunspección  para  no  exasperar  al  partido  militar,  demasiado 
fuerte  porque  tenia  disciplina  y  las  armas  á  su  disposición.  En 
cualquier  punto  de  la  República  podia  turbar  la  tranquilidad, 
sin  que  los  pueblos  le  opusieran  una  resistencia  eficaz ,  aun 
cuando  la  opinión  mas  general  fuese  contraria  á  los  militares. 

Dirigidos  estos  por  un  jefe  audaz  y  de  talentos,  consumaron 
bien  pronto  en  el  sur  la  revolución  que  meditaban.  Los  tres 
departamentos  que  formaron  en  tiempo  del  gobierno  español  la 
presidencia  de  Quito,  aspiraban  á  un  gobierno  independiente. 
Tenian  sus  moradores  hábitos  y  antiguas  costumbres,  diferentes 
en  su  mayor  parte  de  las  de  los  pueblos  del  centro  y  del  norte 
de  Colombia.  Por  este  motivo  y  por  la  distancia  á  que  yacen  de 
Bogotá,  el  Libertador  les  había  ya  constituido,  según  ántes 
hemos  dicho ,  un  jefe  superior  ó  prefecto  general ,  y  una  admi- 
nistración casi  independiente  del  gobierno  central.  Flórez  ejer- 
cía esta  magistratura ,  y  al  mismo  tiempo  mandaba  el  ejército 
del  sur,  que  aun  era  fuerte  y  compuesto  de  los  veteranos  de 
Colombia. 

Hacía  algún  tiempo  que  el  gobierno  general  sabía  por  avisos 
directos  de  Quito,  y  a^n  por  las  mismas  cartas  de  Flórez,  que 
este  trataba  y  poseía  los  medios  de  formar  un  Estado  indepen- 
diente en  el  sur.  El  vicepresidente  Caicedo  había  querido  im- 
pedirlo suprimiendo  la  prefectura  general ;  mas  era  ya  tardío  é 
ineficaz  el  remedio  para  el  mal  que  se  temía. 

Bien  pronto  se  supo  en  Bogotá  que  Flórez,  después  de  haber 
promovido  la  incorporación  de  Pasto  al  Ecuador,  se  babia  reti- 
rado á  la  parroquia  de  Pomasqui  á  pretexto  de  enfermedad, 
pero  dejando  ya  todas  las  cosas  preparadas  para  el  pronuncia- 
miento de  la  capital  de  Quito.  Verificóse  el  13  de  mayo  á  soli- 
citud del  procurador  general  de  aquella  ciudad  doctor  Ramón 
Miño.  Flórez  anunció  este  acontecimiento ,  según  antes  lo  hi- 
ciera el  general  Páez  respecto  de  Venezuela ,  como  si  en  él  no 
hubiera  tenido  la  menor  parte.  Podemos  decir  que  los  funda- 
mentos en  que  se  apoyaban  Flórez  y  los  que  suscribieron  el 
acta  de  Quito,  eran  miserables.  Haberse  separado  el  Libertador 
del  mando ;  estar  disuelta  la  Union,  y  abandonados  los  pueblos 
del  sur  á  su  propia  suerte;  haber,  en  fin,  el  presidente  Caicedo 
propuesto  en  15  de  abril  que  se  nombrase  para  Colombia  un 


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336  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

gobierno  provisional,  y  que  por  entonces  no  se  diera  constitu- 
ción, sino  que,  separada  Venezuela,  como  ya  parecía  inevitable, 
se  convocara  después  una  convención  granadina,  que  se  ocupase 
en  mejorar  la  suerte  de  sus  pueblos  :  hé  aquí  los  fundamentos 
que  aducían  los  jefes  y  moradores  de  Quito  para  su  separación. 

Era  falsa  la  disolución  de  la  República,  así  como  el  abandono 
de  los  pueblos  del  fcur,  regidos  hasta  entonces  por  las  leyes  ge- 
nerales de  Colombia,  que  no  se  habían  invalidado  porque  el 
Libertador  se  hubiera  separado  del  mando ,  y  disuéltose  el  con- 
greso constituyente,  después  de  cumplida  la  misión  que  estuvo 
á  su  cargo.  Tampoco  era  exacto  que  el  jefe  de  nuestro  gobierno 
se  hubiese  olvidado  de  los  deparlamentos  meridionales,  cuando 
propuso  una  convención  granadina,  queja  que  Flórez  producía 
como  fundamento  para  romper  la  unión.  Conforme  á  la  ley 
fundamental  de  Colombia,  dichos  departamentos  se  compren- 
dian  bajo  de  la  denomiuacion  de  Nueva  Granada,  de  la  que 
siempre  habían  sido  parte  integrante. 

Á  pesar  de  que  el  ministro  del  interior  del  gobierno  de  Co- 
lombia manifestara  por  dos  veces  tales  inexactitudes,  y  que  ale- 
gara fundamentos  poderosos  para  mantener  en  toda  la  Nueva 
Granada  la  integridad  nacional,  de  nada  valieron  sus  argumen- 
tos. Los  departamentos  de  Guayaquil  y  Asuay  imitaron  el  pro- 
nunciamiento del  Ecuador,  cuyo  tipo  había  dado  el  acta  de 
Quito.  Acordábase  en  esta  que  los  pueblos  de  los  tres  mencio- 
nados departamentos  se  erigieran  en  un  Estado  libre  é  inde- 
pendiente, —  a  unidos  á  los  demás  pueblos  que  quisieran  in- 
corporarse; que  se  encargara  del  mando  supremo  civil  y  militar 
al  general  Juan  José  Flórez;  que  este  convocara  una  convención 
quince  dias  después  que  se  recibieran  las  actas  de  Guayaquil  y 
Asuay.  »  Por  estas  se  añadió  la  condición  funesta  para  la  nueva 
República,  de  que  dichos  departamentos  tendrían  en  la  con- 
vención que  debia  convocarse  una  representación  igual ,  fuera 
cual  fuese  su  población.  Todos  convinieron  en  que  el  Estado 
del  sur  se  uniría  á  los  que  se  establecieran  en  las  secciones  del 
centro  y  norte,  con  un  vínculo  federal,  formando  un  solo 
cuerpo  de  nación  bajo  del  glorioso  titulo  de  Colombia.  Hiciá/on 
también  una  manifestación  enérgica  de  su  amor  y  gratitud 
hácia  la  persona  del  Libertador,  por  sus  eminentes  servicios  á 
la  causa  de  la  libertad ,  y  por  las  consideraciones  que  había 
tenido  siempre  con  los  pueblos  del  sur. 


• 

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CAPÍTULO  XVII.  337 

Decidida  por  estas  bases  la  opinión  de  las  ciudades  principales 
del  sur,  Flórez  expidió  en  31  de  mayo  el  decreto  convocando  un 
congreso  constituyente  que  debía  reunirse  en  la  ciudad  de  Rio- 
bamba  de  la  provincia  de  Chimborazo.  Publicó  el  mismo  dia  el 
reglamento  de  elecciones  y  una  proclama  á  los  pueblos  en  que 
hablaba  de  la  fuerza  que  habia  tenido  que  hacerse  para  vencer 
su  repugnancia  á  mandar,  aserción  contraria  á  todos  los  hechos, 
y  que  solamente  podía  alucinar  á  los  niños  ó  á  los  tontos:  igual 
juicio  podemos  formar,  instruidos  como  estamos  de  los  hechos, 
de  la  siguiente  aserción  :  —  «  Yo  espero  libertarme  de  dos 
monstruos  que  devoran  á  los  gobernantes,  la  ambición  y  la 
tiranía :  mi  regla  será  seguir  la  marcha  de  vuestros  pensamien- 
tos, y  ejecutar  la  ley  como  la  expresión  de  vuestra  voluntad. » 
La  Nueva  Granada  en  su  primera  campana  para  recuperar  á 
Pasto,  y  los  Ecuatorianos  en  Miñarica  pueden  dar  testimonio 
de  la  exactitud  con  que  se  cumplieran  aquellas  promesas. 

a  ¡Compatriotas!  añadía,  he  convocado  el  cougresoparaántes 
del  tiempo  que  habéis  prefijado,  porque  deseo  veros  cuanto 
ántes  regidos  por  una  constitución  tan  sábia  como  digna  de 
vosotros  :  acercaos  en  torno  de  vuestros  representantes,  y  for- 
mad con  ellos  un  cuerpo  compacto ,  como  el  solo  medio  de  pre- 
cavernos del  hábito  funesto  de  la  discordia ,  y  de  elevar  el  edi- 
ficio del  Estado  sobre  los  cimientos  de  la  libertad  civil,  de  la 
felicidad  interior,  de  la  unión  y  de  la  paz.  » 

Aunque  el  gobierno  colombiano  tuviera  un  derecho  perfecto 
para  oponerse  hasta  por  la  fuerza  al  hecho  existente  de  la  se- 
paración de  los  tres  departamentos  meridionales,  que  rompía  la 
integridad  de  la  Nueva  Granada,  solamente  usó  de  los  medios 
pacíficos  y  de  razón.  Limitáronse  á  oficios  dirigidos  á  Flórez, 
procurando  persuadirle  de  las  ventajas  que  los  mismos  depar- 
tamentos del  sur  reportarían  de  continuar  unidos  al  centro,  y 
de  que  sus  representantes  asistieran  á  una  convención  donde  se 
arreglarían  todas  las  cuestiones  y  los  grandes  intereses  del  pro 
comunal.  Se  publicaron  igualmente  en  la  Gaceta  de  Colombia 
artículos  bien  elaborados  con  el  objeto  de  persuadir  lo  mismo. 
Sitf  embargo,  la  mayoría  de  los  Granadinos  que  pensaban  sobre 
las  grandes  cuestiones  de  política  y  que  las  entendían ,  jamas 
tuvieron  inclinación  á  que  se  hiciera  la  guerra  á  los  pueblos 
del  sur  para  impedir  que  se  erigieran  en  un  Estado  indepen- 
diente del  resto  de  la  Nueva  Granada.  Vieron  siempre  que  habia 

TOMO  IV.  23 


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HISTORIA  DE  COLOMBIA . 


oposición  en  muchos  rasgos  de  los  caracteres  de  los  dos  pueblos, 
por  lo  cual  seria  muy  difícil  hacer  de  ellos  un  todo  homogéneo 
y  regido  por  unas  mismas  leyes ;  que  por  este  motivo  el  sur, 
cuyos  moradores  jamas  se  habían  creido  ni  llamado  Colombia- 
nos ,  aspiraría  constantemente  á  la  separación ;  que  las  distan- 
cias y  los  malos  caminos  favorecerían  sus  deseos,  haciendo 
ademas  muy  lentas  y  tardías  las  comunicaciones  con  el  gobierno 
central;  en  fin,  que  las  rentas  públicas  ordinarias  del  Ecuador, 
Guayaquil  y  Asuay  no  eran  suficientes  para  los  gastos  de  su 
administración,  y  que  por  tanto  aquellos  departamentos  serian 
una  carga  harto  onerosa  para  los  del  centro ,  sobre  todo  si  se 
empeñaba  una  guerra  civil  entre  unos  y  otros.  Consideraciones 
tan  fuertes  de  política  se  presentaron  á  los  Granadinos  mas 
ilustrados,  luego  que  se  iniciára  aquella  importante  cuestión. 
Sin  embargo,  desde  los  primeros  dias  no  produjeron  el  conven- 
cimiento posterior,  porque  se  aguardaba  el  resultado  de  un  ele- 
mento de  unión,  que  entonces  parecía  que  iba  á  influir  pode- 
rosamente en  favor  del  restablecimiento  y  conservación  de  la 
integridad  de  la  Nueva  Granada. 

Hablamos  del  gran  mariscal  de  Ayacucho.  Este  después  de 
regresar  á  la  capital,  en  5  de  mayo,  de  su  comisión  de  paz  á 
Venezuela,  halló  que  el  congreso  constituyente  iba  á  terminar 
sus  sesiones,  y  solamente  pensó  en  regresar  á  Quito.  Amaba 
tiernamente  á  su  esposa  é  hija,  y  deseaba  reunirse  á  ellas  en 
una  vida  tranquila,  pues  no  manifestaba  ambición  ni  aspira- 
ciones de  mando. 

Antes  de  emprender  su  viaje  tuvo  una  larga  conferencia  con 
el  vicepresidente  Caicedo,  para  manifestarle  cuáles  eran  sus 
deseos  y  opiniones  respecto  de  la  futura  suerte  de  los  departa- 
mentos del  sur.  Se  reducían  á  que  les  convenia  seguir  unidos  y 
haciendo  un  solo  cuerpo  de  nación  con  el  resto  de  la  Nueva 
Granada ,  á  fin  de  formar  una  República  cuyo  gobierno  fuese 
respetado  interior  y  exteriormente.  Se  puso ,  pues ,  de  acuerdo 
con  el  vicepresidente ,  y  le  prometió  emplear  todo  su  influjo 
para  impedir  una  revolución  en  aquellos  departamentos  y  que 


aceleró  su  viaje  á  Quito. 

Partió  en  efecto  de  Bogotá  por  la  ruta  de  Popayan  y  Pasto. 
Algunos  de  sus  amigos  le  aconsejaron  que  siguiera  por  el  valle 
del  Cáuca  al  puerto  de  Buenaventura,  y  desde  allí  embarcado 


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capítulo  xvii.  339 

á  Guayaquil.  Temían  por  la  vida  de  Sucre  en  el  tránsito  de 
Popayan  á  Pasto ,  plagado  entónces  de  malvados,  y  donde  tenia 
enemigos  por  la  guerra  de  destrucción  que  había  hecho  á  los 
Pastusos  en  1822  y  1823.  Mas  no  quiso  adoptar  el  consejo  pol- 
las demoras  que  sufriría  en  su  viaje. 

Sin  embargo  de  rumores  y  de  hablillas  que  hubiera  en  Néiva 
sobre  asechanzas  y  planes  contra  la  vida  de  Sucre,  él  llegó  á 
Popayan  sin  novedad  alguna.  Allí  observaron  sus  amigos  que 
se  le  detenia  con  frivolos  pretextos  de  que  no  se  hallaban  caba- 
llerías para  los  bagajes:  supieron  también,  y  esto  lo  hemos 
oído  á  personas  de  la  mayor  respetabilidad,  que  pocas  horas 
después  de  su  arribo  el  estado  mayor  de  Popayan  habia  dirigido 
un  correo  extraordinario  al  comandante  general íde  Pasto,  Obaudo, 
sin  que  hubiera  motivo  alguno  que  lo  exigiese.  Tales  antece- 
dentes y  el  conocimiento  de  los  hombres  que  residían  en  los 
caminos  del  tránsito  excitaron  las  sospechas  de  varios  morado- 
res de  Popayan.  Estos  aconsejaron  nuevamente  á  Sucre  que 
siguiese  el  camino  de  Buenaventura,  porque  sospechaban  que 
se  le  quería  matar.  Conducido  por  un  destino  fatal,  él  de  nin- 
gún modo  accedió,  fundándose  en  los  ardientes  deseos  que 
tenia  de  unirse á  su  familia,  y  de  ver  si  podía  evitar  la  separa- 
ción del  sur,  que  todo  el  mundo  aguardaba;  tampoco  pidió  una 
escolta ,  lo  que  le  aconsejaron  igualmente.  El  comandante  Del- 
gado le  manifestó  en  Patía  los  mismos  temores ,  suplicándole 
que  se  demorase  un  día  á  fin  de  acompañarle ;  pero  Sucre  dijo 
que  no  se  podia  detener,  y  continuó  su  viaje  con  impavidez. 
Solamente  iban  en  su  compañía  el  diputado  de  Cuenca  García 
Trélles  y  dos  asistentes. 

En  el  Salto  del  rio  Mayo  durmió  en  casa  de  José  Erazo,  guer- 
rillero antiguo  en  favor  de  los  Españoles,  y  célebre  asesino, 
terror  de  todos  aquellos  contornos.  Sin  embargo  nada  aconteció 
á  Sucre,  que  continuó  su  viaje  el  3  de  jumo,  en  que  solo  ca- 
minara dos  leguas  hasta  el  punto  llamado  Veuiaquemada.  Fué 
grande  la  sorpresa  del  gran  mariscal ,  cuando  encontró  allí  á 
Erazo,  á  quien  había  dejado  atrás,  el  que  se  adelantara  por  un 
canfino  exiraviado.  Manifestólo  asi  á  Lrazo,  daudo  este  por  ex- 
cusa un  motivo  frivolo.  Pocas  horas  después  se  presentó  en  la 
Venta  Juan  Gregorio  Zarria,  que  venia  de  Pasto;  era  este  otro 
guerrillero  de  la  misma  calaña  que  Erazo,  jefe  conocido  de  los 
asesinos  de  Timbio.  Viendo  á  estos  desalmados  en  pláticas  y 


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340  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

unidos,  Sucre,  temiendo  por  su  vida,  mandó  á  sus  criados  que 
prepararan  las  armas ;  pero  Zarria  y  Erazo  siguieron  hácia  el 
Salto  de  Mayo;  pues  dijo  el  primero  que  debia  hacer  un  viaje 
acelerado  á  Popayan. 

Al  siguiente  dia  (junio  A)  Sucre  y  sus  compañeros  partieron 
de  la  VeDta  á  las  ocho  de  la  mañana  y  entraron  inmediatamente 
en  la  montaña  ó  bosque  de  Berruécos,  de  funesta  nombradla 
por  los  crímenes,  muertes  y  asesinatos  cometidos  allí  desde 
que  estalló  la  guerra  de  Independencia.  Préstase  á  esta  clase  de 
hechos  por  la  espesura  de  su  maleza  y  arbolado.  Apénas  habían 
caminado  média  legua  los  viajeros,  cuando  en  la  angostura  de 
la  Jacoba,  que  llaman  también  del  Cabuyal,  se  oye  un  tiro  de 
fusil  y  exclama  Sucre  :  —  «  ¡  Ay!  ¡balazo!  »  En  el  momento 
suenan  tres  tiros  mas  de  un  lado  y  otro  del  camino ,  y  el  héroe 
de  Ayacucho  cae  vilmente  asesinado,  traspasada  la  cabeza,  el 
cuello  y  el  pecho;  este  por  una  bala,  y  aquellas  partes  por  cor- 
tados de  plomo. 

El  diputado  García,  que  iba  adelante,  luego  que  oyó  los 
tiros  echó  á  huir  hasta  reunirse  con  los  criados  y  arrieros.  Ca- 
minaba detras  Lorenzo  Caicedo ,  sarjento  primero  y  asistente 
del  general,  quien  voló  á  socorrerle;  mas  hallóle  sin  vida  y 
tendido  en  el  lodo.  Entónces  determina  contramarcha?  hácia  la 
Venta ,  y  los  cuatro  asesinos  le  llaman  por  su  nombre  y  le 
dicen  que  se  detenga,  pues  nada  le  sucederá.  Él  no  lo  hace  y 
continúa  aceleradamente  á  pedir  socorro  en  la  Venta,  donde  no 
lo  pudo  conseguir,  pues  no  hubo  quien  se  atreviera  á  entrar  en 
la  montaña.  Por  la  tarde  se  supo  que  el  cadáver  del  gran  ma- 
riscal permanecía  donde  le  mataron ,  sin  que  le  hubiesen  qui- 
tado ni  su  reloj  ni  su  bolsillo,  que  tenia  con  monedas  de  oro. 
Marchó  entónces  su  fiel  asistente  Caicedo  y  con  otros  dos  mozos 
condujo  el  cadáver  á  un  pequeño  prado  que  carecía  de  bosque, 
llamado  la  Capilla.  Aquí  le  enterró  al  dia  siguiente.  Infames 
asesinos  hicieron  que  el  ínclito  vencedor  de  Ayacucho ,  el  se- 
gundo capitán  de  la  América  del  Sur,  y  el  que  aseguró  su  Inde- 
pendencia, adornado  también  de  grandes  virtudes  cívicas,  mu- 
riese de  este  modo  en  una  oscura  montaña ,  que  fuese  privado 
de  los  honores  decretados  á  su  alto  rango  militar,  y  que  debiese 
su  sepultura  á  la  fidelidad  y  compasión  de  un  humilde  asis- 
tente. 

El  capitán  José  María  Beltran,  que  se  hallaba  en  la  Venta  en 


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CAPÍ  IT  LO  XVII.  341 

via  hácia  Pasto  conduciendo  unos  pertrechos ,  dió  parte  inme- 
diatamente después  del  suceso  á  José  Erazo,  á  fin  de  que  reco- 
giera algunos  hombres  para  perseguir  á  los  asesinos.  Aquel 
parte  halló  á  Zárria  todavía  en  la  cama  cuando  eran  cerca  de 
las  diez  de  la  mañana ,  el  que  lo  condujo  á  Popayan  en  dos 
dias. 

En  esta  ciudad,  en  Bogotá,  en  Pasto  y  en  Quito  hizo  la  mas 
profunda  sensación  el  asesinato  del  gran  mariscal  de  Ayacucho. 
Deploraron  suceso  tan  lamentable  todos  los  hombres  de  bien  y 
los  verdaderos  patriotas ,  como  una  gran  desgracia  preñada  de 
males  para  la  patria,  los  que  aun  no  se  podían  prever.  Las  pri- 
meras sospechas  se  fijaron  justamente  sobre  Zárria  y  Erazo, 
como  antiguos  é  insignes  criminales.  Tampoco  estuvo  exento 
de  ellas  el  general  José  María  Obando,  que  se  hallaba  en  Pasto, 
de  donde  venia  Zárria  cuando  se  encontrara  con  Sucre  en  la 
Venta.  Sospecharon  algunos  que  dicho  general  habría  dado  la 
orden  para  el  asesinato,  pues  habia  manifestado  enemiga  hácia 
el  gran  mariscal ,  especialmente  en  sus  cartas  y  con  algunos  de 
sus  confideutes.  Al  general  Flórez  le  escribió  á  Quito  en  abril  y 
mayo  várias  cartas ,  una  de  las  cuales  contenia  este  pasaje :  — 
a  Pongámonos  de  acuerdo ,  don  Juan ;  dígame  si  quiere  que 
detenga  en  Pasto  al  general  Sucre ,  ó  lo  que  deba  hacer  con  él : 
hábleme  con  franqueza  y  cuente  con  su  amigo.  »  —  En  otras 
le  hablaba  también  mal  de  Sucre,  atribuyéndole  que  pretendía 
sustraer  el  sur  y  ponerlo  bajo  la  protección  del  Perú.  Igualmente 
habia  escrito  Obando  al  general  Pedro  Murguéitio  de  Cartago  : 
—  «  Si  Sucre  va  por  allá  se  le  mande  para  Popayan  y  no  le  deje 
ir  por  Buenaventura.  »  —  Este  documento  vió  la  luz  pública 
algunos  años  después,  los  otros  fueron  unidos  á  una  carta  que 
Obando  escribió  á  Flórez  el  dia  que  supo  la  muerte  de  Sucre 
(junio  5),  en  que  se  quejaba  amargamente  de  su  suerte  y  decia : 
a  Míreme  Ud.  como  hombre  público,  y  míreme  por  todos  as- 
pectos, y  no  verá  sino  un  hombre  todo  desgraciado.  Cuanto  se 
quiera  decir  va  á  decirse,  y  yo  voy  á  cargar  con  la  execración 
pública.  Júzgueme  Ud.  y  míreme  por  el  flanco  que  presenta 
sie^npre  un  hombre  de  bien,  que  creía  en  este  general  el  me- 
diador de  la  guerra  que  actualmente  se  suscita.  » 

En  la  misma  carta  decia  Obando  á  Flórez :  a  Esto  me  tiene 
volado :  ha  sucedido  en  las  peores  circunstancias  y  estando  yo 
al  frente  del  departamento  :  todos  los  individuos  están  contra 


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342  HISTORIA  DE  COLOMBIA . 

esa  facción  eterna  de  esa  montaña.  »  —  Á  la  misma  hora  del 
dia  5  de  junio,  á  las  ocho  de  la  mañana,  en  que  Obando  acababa 
de  recibir  la  noticia  del  asesinato  de  Sucre,  dijo  de  oficio  al 
prefecto  del  Cáuca  que  la  muerte  habia  sido  por  robarlo.  Des- 
pués anadia :  «  Al  mismo  tiempo  ordeno  á  este  jefe  que  escru- 
pulosamente baga  todas  las  averiguaciones  necesarias;  que  cale 
esos  montes  y  persiga  á  los  fratricidas  hasta  su  aprehensión. 
Ellos  probablemente  deben  haber  seguido  hácia  esa  ciudad, 
cuando  se  cree  que  los  agresores  han  sido  desertores  del  ejército 
del  sur,  que  pocos  dias  há  he  sabido  han  pasado  por  esta  ciu- 
dad. »  Atribuir  en  un  mismo  dia  y  á  una  misma  hora  el  asesi- 
nato de  Sucre,  en  el  parte  al  prefecto  á  desertores  del  ejército 
del  sur,  y  en  la  carta  á  Flórez  á  la  facción  eterna  de  la  montaña 
de  Berruécos ,  pareció  á  muchos  una  circunstancia  en  gran  ma- 
nera sospechosa  contra  Obando. 

El  pasaje  de  la  carta  á  Flórez  en  que  se  quejaba  de  su  suerte, 
pasaje  que  se  creyera  ser  la  expresión  indiscreta  de  una  con- 
ciencia criminal,  las  cartas  que  citamos  antes  escritas  á  Flórez 
y  á  Murguéitio ,  y  la  comisión  conferida  á  Zarria,  persuadieron 
á  muchos  desde  entonces  que  Obando  había  movido  á  los  ase- 
sinos que  terminaron  la  existencia  del  gran  mariscal.  Mas  no 
se  han  podido  explicar  bien  los  motivos  que  le  excitáran,  si  es 
que  dió  impulso  á  los  matadores.  Han  opinado  algunos  que 
Obando  temia  el  influjo  de  Sucre  en  el  Ecuador,  y  que  le  ocu- 
pára  el  teatro  donde  pensaba  obrar  y  engrandecerse.  En  esta 
hipótesis  creen  que  contribuyera  á  la  muerte  de  Sucre ,  para 
quitar  de  en  medio  tan  elevada  notabilidad,  y  quedar  él  mas 
igual  con  los  demás.  Decían  otros  que  Obando,  de  acuerdo  con 
los  exaltados,  temia  igualmente  que  el  gran  mariscal  de  Ayacu- 
cho  continuara  y  sostuviera  el  sistema  que  llamaban  boliviano, 
y  que  por  esto  invocando  la  libertad  asestaron  contra  su  vida 
el  puñal  asesino. 

Obando  desde  los  primeros  dias  del  asesinato  procuró  hacer 
recaer  las  sospechas  contra  el  general  Flórez.  Quiso  justificar 
con  algunos  testigos  de  Pasto  que  habían  pasado  hácia  el  Jua- 
nambú  de  cuatro  á  seis  soldados  de  caballería  del  Ecuador*  y 
que  estos  serian  los  asesinos.  Habló  también  de  la  veuida  á 
Pasto  del  comandante  pastuso  Manuel  Guerrero  á  traerle  una 
carta  de  Flórez ,  como  de  una  misión  que  era  sospechosa  :  dijo 
que  el  mismo  comandante  Guerrero  condujo  una  partida  de 


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CAPÍTULO  xvu.  343 

caballería  que  no  habia  regresado  enlera  al  Ecuador.  Estas  acu- 
saciones, que  tuvieron  sostenedores  en  el  sur,  dividieron  algún 
tanto  la  opinión  pública  sobre  el  origen  del  atentado.  Parecía  á 
algunos  de  bastante  peso  el  argumento  de  que,  siendo  evidente 
que  Flórez  no  podia  sostener  el  primer  rango  en  el  Ecuador  á 
presencia  de  Sucre,  le  importaba  sobre  manera  que  no  existiese 
el  gran  mariscal  de  Ayacucho ;  mucho  mas  cuaudo  considera- 
mos que  este  llevaba  la  intención  de  conservar  unidos  á  la 
Nueva  Granada  los  departamentos  meridionales  de  Colombia, 
cuya  separación  habia  iniciado  Flórez.  Tales  argumentos  no 
dejaron  de  excitar  sospechas  contra  este ,  pues  el  crimen  era 
mas  útil  á  él  que  á  ningún  otro. 

Sin  embargo,  el  número  de  los  que  atribuían  á  Obando  la 
órden  para  el  asesinato  de  Sucre  fué  siempre  mayor.  Se  dijo 
que  el  plan  de  tan  infernal  proyecto  habia  sido  obra  de  algunos 
exaltados  liberales  de  Bogotá,  quienes  lo  trasmitieron  á  Néiva , 
y  de  allí  se  comunicó  á  Popayan.  Es  cierto  que  de  esta  ciudad 
se  envió  un  posta  á  Obando  avisándole  el  viaje  de  Sucre.  Dio 
fuerza  á  tal  opinión  el  número  tercero  del  Demócrata,  periódico 
que  algunos  liberales  redactaban  en  la  capital.  Después  de  pu- 
blicar el  Io  de  junio  un  artículo  incendiario  contra  Bolívar, 
Sucre  y  otros  generales,  decían  los  editores  :  «  Puede  ser  que 
Obando  haga  con  Sucre  lo  que  no  hicimos  con  Bolívar,  y  por  lo 
cual  el  gobierno  está  tildado  de  débil ,  y  nosotros  todos ,  y  el 
gobierno  mismo  carecemos  de  seguridad.  »  Publicábase  esto  en 
Bogotá  tres  diasántes  de  que  el  vencedor  en  Ayacucho  muriera 
asesinado  en  la  solitaria  montaña  de  Berruécos.  Después  de 
acaecido  tan  lamentable  suceso ,  todo  el  mundo  recordó  la  pre- 
dicción del  Demócrata,  y  se  tuvo  como  una  revelación  impru- 
dente y  juvenil  de  alguno  que  se  hallaba  iniciado  en  aquel 
misterio  de  iniquidad.  Su  autor  jamas  lo  ha  confesado,  y  dice 
que  fué  una  coincidencia  casual. 

Miéntras  se  consumaba  este  crimen,  el  nuevo  presidente  Mos- 
quera se  hallaba  caminando  de  Popayan  hácia  la  capital.  El 
\ 3  de  junio  tomó  posesión  de  la  presidencia  de  la  República 
con* grande  júbilo  de  los  pueblos,  especialmente  del  partido 
que  se  llamaba  liberal ;  el  militar  devoraba  en  silencio  sus  pe- 
nas y  descontentos;  pues  aunque  Mosquera  habia  sido  amigo 
de  Bolívar,  su  elección  no  fué  aprobada  por  este  partido,  que 
lo  consideraba  como  de  opiniones  demasiado  liberales. 


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344  niSTORU  DR  COLOMBIA. 

El  nuevo  presidente  continuó  por  algún  tiempo  el  ministerio 
existente.  Era  ministro  interino  (te  relaciones  exteriores  el  doc- 
tor Vicente  Borrero,  en  lugar  del  señor  Canabal  ausente.  Tenia 
la  cartera  del  interior  el  doctor  Alejandro  Osorio;  desempeñaba 
el  ministerio  de  hacienda  el  doctor  José  Ignacio  Márquez ,  y  el 
de  guerra  y  marina  el  general  Joaquín  Paris. 

La  noticia  recibida  en  la  capital  del  asesinato  de  Sucre  (junio 
19)  causó  una  fuerte  sensación  de  pena  al  presidente  Mosquera : 
él  dio  las  órdenes  mas  estrechas  para  descubrir  y  perseguir  á 
los  autores  de  aquel  horrendo  crimen ;  mas  nada  se  pudo  ave- 
riguar judicialmente.  El  general  Obando  envió  también  á  la 
Venta,  luego  que  recibiera  la  noticia,  al  comandante  Antonio 
Mariano  Álvarez  y  á  Fidel  Torres ,  á  fin  de  que  buscaran  en  la 
montaña  y  persiguieran  á  los  asesinos ;  empero  nada  se  ade- 
lantó; algunos  dudaron  que  sus  pesquisas  fueran  de  buena 
fe.  Tampoco  hallaron  la  menor  noticia  de  los  soldados  de  ca- 
ballería que  se  dijo  haber  venido  del  Ecuador,  aserción  que 
se  creía  inventada  de  adrede  para  arrojar  sospechas  sobre 
Flórez. 

Poco  después  el  general  Luis  Urdaneta  publicó  en  Bogotá  un 
papel  denunciando  ante  el  pueblo  colombiano  á  los  generales 
Obando  y  López  como  cómplices  en  el  asesinato  de  Sucre.  Pre- 
sentaba hechos  y  fundamentos  que  en  caso  de  ser  ciertos  los 
comprometían  fuertemente.  Tal  denuncia  los  obligó  á  pedir  al 
ejecutivo  colombiano  que  les  mandára  abrir  un  juicio  para  vin- 
dicarse, juicio  que  no  pudo  tener  lugar  por  los  disturbios  que 
sobrevinieron  en  la  capital  de  la  República.  Estos  elevaron  á 
Obando  y  López  á  los  mas  altos  puestos  de  la  Nueva  Granada. 
Con  semejante  posición ,  por  algunos  pasos  judiciales  que  die- 
ron y  por  escritos  que  publicaron  en  su  favor,  consiguieron  que 
se  olvidára  respecto  de  López  la  mancha  que  le  imprimiera 
entonces  la  opinión  pública.  Sin  embargo,  Obando  jamas  pudo 
persuadir  á  los  que  deciau  saber  pormenores  que  le  condena- 
ban, que  no  hubiese  dado  la  órden  para  asesinar  al  gran  ma- 
risca) de  Ayacucho. 

Con  la  muerte  violenta  dada  á  este,  se  disiparon  las  granues 
esperanzas  que  mantenía  el  jefe  del  gobierno  colombiano  de  que 
por  su  influjo  en  el  Ecuador  se  conservára  la  unión  de  la  Nueva 
Granada.  Presentía  Mosquera  que  debían  seguirse  males  muy 
graves  de  aquel  asesinato.  Pagando  un  tributo  debido  al  rele- 


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capítulo  xvii.  343 

yante  mérito  de  Sucre,  dispuso  por  una  circular,  que  los  gene- 
rales, jefes  y  oficiales  del  ejército  llevaran  luto  por  ocho  días; 
mas  se  olvidó  de  que  se  hicieran  las  exequias  y  honores  fúne- 
bres que  le  eran  debidos. 

En  medio  de  los  sinsabores  que  causaba  á  Mosquera  este 
acontecimiento,  otros  de  naturaleza  desagradable  vinieron  á 
aumentarlos.  El  gobernador  de  Néiva,  Joaquín  Barriga,  junto 
con  algunos  exaltados  de  aquella  provincia ,  se  denegaban  á 
obedecer  y  jurar  la  constitución.  Lo  mismo  sucedia  en  la  del 
Socorro.  Aquí  era  el  principal  instigador  el  general  Antonio 
Obando,  unido  á  varios  titulados  liberales  ,  los  que  tenían  la 
peregrina  idea  de  que  debia  regir  la  constitución  de  Cúcuta , 
porque  á  ellos  se  les  antojaba. 

El  presidente  Mosquera  dictó  providencias  activas  y  concilia- 
doras para  cortar  este  cisma  político  que  amenazaba  con  nuevos 
desórdenes.  Como  el  Socorro  era  la  provincia  que  daba  mas 
cuidado  por  su  población  y  el  carácter  de  sus  habitantes,  envió 
allá  de  comisionados  al  doctor  Diego  Fernando  Gómez,  ministro 
de  la  alta  corte  de  justicia,  y  al  ciudadano  Miguel  S.  Uribe, 
naturales  ambos  de  la  provincia.  'Estos  consiguieron  persuadir 
á  los  jefes  de  la  revolución  de  la  necesidad  y  conveniencia  de 
jurar  y  obedecer  la  nueva  constitución  de  Colombia.  Néiva  hizo 
lo  mismo. 

Habia  temores  de  que  tampoco  se  jurase  en  Cartagena ,  por- 
que después  de  haberse  circulado  las  órdenes  correspondientes 
para  que  se  prestára  el  juramento  constitucional ,  se  suspen- 
dieron de  nuevo.  Aun  hubo  un  motín  causado  por  el  general 
Francisco  Carmona,  oriundo  de  Venezuela,  quien  pretendía  se 
desconociera  al  gobierno  supremo.  Parece  que  el  general  Mon- 
tilla,  como  jefe  de  las  tropas,  y  el  prefecto  Amador  habían  pen- 
sado en  lo  mismo ,  alegando  que  las  elecciones  de  presidente  y 
vicepresidente  de  la  República  no  fueron  libres. 

Mas  habiendo  llegado  áTurbaco  el  Libertador  el  25  de  mayo, 
se  le  consultó  sobre  lo  que  convendría  hacer.  Sus  consejos  fue- 
ron, según  debia  esperarse,  que  se  acataran  la  constitución  y  el 
gobierno  supremo.  En  consecuencia  el  12  de  junio  se  juró  y 
promulgó  en  Cartagena  la  constitución  de  Colombia,  y  el  nuevo 
prefecto  Juan  de  Francisco  Martin  la  circuló  á  todo  el  departa- 
mento del  Magdalena,  en  cuyas  provincias  se  hizo  lo  mismo. 
El  istmo  de  Panamá  siguió  sin  dificultad  tan  saludable  ejem- 


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346  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

pío,  y  los  cinco  departamentos  del  centro  adoptaron  la  nueva 
constitución. 

Tan  feliz  resultado  se  debió  en  gran  parte  á  los  buenos  con- 
sejos que  diera  el  Libertador  á  sus  amigos  políticos  en  las  pro- 
vincias litorales.  Era  esta  una  contestación  satisfactoria  á  las 
calumnias  de  sus  enemigos,  que  le  atribuían  grandes  proyectos 
para  trastornar  á  Colombia,  los  que  únicamente  existían  en  la 
acalorada  imaginación  de  aquellos.  Bolívar  solo  pensaba,  cuando 
llegó  á  Cartagena,  en  alejarse  de  nuestras  riberas.  Con  este  ob- 
jeto fué  el  24  de  junio  de  Turbaco  á  Cartagena ,  donde  se  le 
recibiera  muy  bien.  Estuvo  su  equipaje  á  bordo  del  paquete 
ingles ;  pero  este  carecía  de  comodidad  y  encalló  al  salir  de  la 
bahía ;  así  fué  necesario  que  sufriera  una  reparación. 

Ademas,  con  los  socorros  que  Bolívar  daba  continuamente  á 
varios  oficiales,  se  disminuyó  la  pequeña  suma  que  llevára  con- 
sigo á  Cartagena.  Sabiendo,  pues,  que  dentro  de  poco  debía  ar- 
ribar la  fragala  Shannon  de  S.  M.  B.,  determinó  esperarla,  mo- 
vido á  esto  principalmente  por  los  ruegos  de  sus  amigos.  Arriba 
en  efecto,  pero  resulta  que  La  Shannon  debía,  en  cumplimiento 
de  órdenes  que  se  le  habían  comunicado,  reconocer  las  costas 
de  barlovento  hasta  la  Guaira.  Fué.  pues,  necesario  aguardar 
su  regreso.  Aprovechándose  de  esta  ocasión,  el  Libertador  repi- 
tió á  su  apoderado  en  Carácas ,  el  señor  Gabriel  Camacho ,  la 
urgente  solicitud  que  le  había  dirigido  desde  Guadúas ,  pidién- 
dole de  sus  propiedades  particulares  los  fondos  necesarios  para 
seguir  á  Europa.  Este  era  su  firme  propósito ,  á  pesar  de  los 
continuos  ruegos  é  instancias  en  contrario  de  sus  amigos  y  par- 
tidarios. El  crucero  de  la  fragata  duró  mas  tiempo  del  que  se 
esperaba;  regresó  ademas  sin  conducir  los  fondos  pecuniarios 
que  urgentemente  necesitaba  el  Libertador  para  su  viaje.  Esta 
dificultad  y  el  curso  de  otros  varios  sucesos  que  se  desarrolla- 
ran, impidieron  la  partida  que  Bolívar  tanto  deseaba.  Oponíanse 
á  que  realizára  su  viaje  el  prefecto,  los  generales  Montilla,  Bri- 
ceño  Méndez,  ¡barra  y  Carreño,  junto  con  García  del  Rio  y 
otras  várias  personas  de  Cartagena  y  aun  de  Bogotá.  Fundá- 
banse en  que  el  Libertador  era  un  hombre  necesario  para  el 
restablecimiento  y  subsistencia  de  Colombia.  Esperaban  que 
por  una  próxima  y  general  reacción  sería  proclamado  jefe  su- 
premo de  la  República. 

Entre  tanto  el  presidente  Mosquera  se  ocupaba  en  plantear 


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CAPÍTULO  XVII.  347 

la  constitución.  Al  efecto  nombró  los  miembros  que  debían 
formar  el  consejo  de  Estado,  corporación  que  se  instalára.  Com- 
poníase de  personas  respetables  de  las  diferentes  profesiones  y 
partidos  que  existían  en  la  actualidad. 

El  nuevo  presidente  hizo  también  alninas  variaciones  en  el 
cuerpo  diplomático.  Revocó  los  poderes  del  ministro  colom- 
biano en  París,  Leandro  Palácios;  los  del  general  O'Leary,  mi- 
nistro en  los  Estados  Unidos ,  y  los  del  general  Tomas  C.  Mos- 
quera en  el  Perú. 

Después  que  Colombia  yacía  postrada  en  un  lecho  de  muerte 
por  la  anarquía,  los  partidos  y  las  revoluciones,  poco  ó  nada 
habia  adelantado  en  sus  relaciones  exteriores.  Aquellos  sucesos 
lamentables  y  la  cesación  del  mando  del  Libertador  habían  pri- 
vado á  la  República  de  la  auréola  de  gloria  que  la  rodeára  en 
dias  mas  felices ,  y  de  las  consideraciones  que  le  tributaron  al- 
gunas potencias  extranjeras.  Sobre  todo  la  separación  de  Bolí- 
var del  gobierno  de  Colombia  se  tuvo  por  várias  naciones  como 
la  última  calamidad  sobrevenida  á  esta ,  después  de  la  cual  no 
habia  esperanza  de  vida  para  la  República.  Desgraciadamente 
no  se  equivocaron  en  sus  tristes  cálculos. 

En  circunstancias  tan  desventajosas,  el  ministro  colombiano 
José  Fernández  Madrid  aun  trabajaba  en  Londres  cuanto  podia 
en  beneficio  de  su  patria.  De  consuno  con  el  enviado  mejicano, 
activó  en  el  raes  de  febrero  la  solicitud  que  tenían  pendiente 
con  el  gobierno  británico,  á  fin  de  que  obtuviera  de  la  España, 
que  no  se  armaran  expediciones  en  las  islas  de  Cuba  y  Puerto- 
Rico  contra  las  nuevas  repúblicas  del  continente  americano  que 
ántes  fuera  español. 

Consiguió  Madrid  por  el  influjo  de  los  amigos  que  Colombia 
y  Méjico  tenían  en  Lóndres ,  que  sir  Roberto  Wilson  pronun- 
ciara en  la  cámara  de  los  comunes  el  8  de  febrero  un  discurso 
manifestando  los  grandes  intereses  correspondientes  á  subditos 
británicos  que  habia  empleados  en  el  comercio  de  Méjico  y  de 
Colombia.  Demostró  que  dichos  intereses  sufrían  mucho  con  la 
guejra  que  aun  hacía  la  España  á  sus  antiguas  colonias;  guerra 
que  ya  no  tenia  un  objeto  razonable,  pues  era  incapaz  de  some- 
terlas de  nuevo.  Refirió  los  proyectos  que  formaron  Colombia  y 
Méjico  en  i  825  para  independizar  de  la  España  á  Cuba  y  Puerto- 
Rico,  de  cuya  empresa  habían  desistido  los  beligerantes ,  por 
las  insinuaciones  que  Mr  Canning  hizo  á  sus  respectivos  minis- 


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318 


HISTORIA  DE  f.OLOMRf A. 


tros  —  «de  que  la  Gran  Bretaña  no  consentiría  en  el  ataque 
premeditado,  y  que  lo  impediría.  »  De  aquí  infirió  Wilson  que 
no  habiéndose  apoderado  Colombia  y  Méjico  de  aquellas  islas 
cuando  pudieron  hacerlo  con  facilidad ,  cediendo  á  las  instan- 
cias de  la  Gran  Bretaña,  esta  debia  favorecer  á  dichas  repúbli- 
cas, impidiendo  que  en  las  mencionadas  islas  se  armaran  nue- 
vas expediciones ,  ó  á  lo  ménos  persuadiendo  á  la  España  que 
se  abstuviera  de  ellas. 

Mr  Huskinson  insistió  en  lo  mismo  al  presentar  otra  petición 
de  varios  comerciantes  de  Liverpool ,  interesados  en  el  tráfico 
de  Méjico.  Contestando  á  ambos  oradores  sir  Robert  Peel ,  uno 
de  los  ministros  de  S.  M.  B.,  negó  que  existiera  documento 
alguno  en  que  se  hubiese  prohibido  á  las  repúblicas  de  Colom- 
bia y  Méjico  atacar  las  islas  de  Cuba  y  Puerto-Rico.  Por  el  con- 
trario leyó  otros  en  que  el  gobierno  británico  reconocía  expre- 
samente el  derecho  que  tenían  las  nuevas  repúblicas  de  invadir 
aquellas  islas,  que  eran  colonias  de  una  potencia  enemiga  suya, 
y  el  arsenal  de  donde  partían  expediciones  contra  ellas.  Dijo 
que  por  estos  motivos  la  Inglaterra  no  habia  querido  asociarse 
á  los  Estados  Unidos,  según  estos  lo  deseaban  para  manifestarse 
contraria  á  las  supuestas  intenciones  de  Colombia  y  Méjico ,  ni 
para  expresarles  su  desagrado  por  la  invasión  proyectada.  De 
tales  antecedentes  dedujo  la  consecuencia ,  de  que  el  gobierno 
de  S.  M.  jamas  se  habia  separado  de  la  línea  de  conducta  que 
se  propusiera  seguir  desde  el  principio  de  la  guerra  entre  las 
colonias  españolas  y  la  madre  patria  —  « la  de  una  estricta 
neutralidad.  »  Añadió  que  esta  no  impedia  que  usára  con  la 
España  del  lenguaje  de  la  amistad  :  —  «  Y  ciertamente,  dijo , 
nunca  ha  habido  un  período  en  la  historia  de  las  relaciones 
entre  la  Inglaterra  y  la  España ,  que  ofrezca  mas  grande  proba- 
bilidad de  que  los  consejos  de  la  Gran  Bretaña  sean  oidos ;  y 
este  país  no  obraría  con  una  amistad  verdadera,  si  no  aconse- 
jase á  la  España  que  no  consuma  sus  recursos  en  trastornar 
por  esfuerzos  infructuosos  la  tranquilidad  del  Sur-América ,  y 
que  consienta  en  algún  medio  por  el  cual  la  Independencia  de 
estas  provincias  quede  establecida  y  se  ponga  término  á  la  guerra 
actual.  Es  también  evidente  que  nosotros ,  en  común  con  todas 
las  potencias  marítimas,  y  con  todas  las  naciones  que  se  sien- 
ten interesadas  en  la  prosperidad  de  todo  país ,  no  dejamos  de 
tener  el  mayor  empeño  en  que  se  decida  la  cuestión.  »  Mr  Peel 


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CAPÍTULO  XT1I.  349 

prosiguió  su  discurso  manifestando  lo  mucho  que  interesaba  al 
gobierno  español  el  oír  los  consejos  pacíficos  de  la  Gran  Bretaña 
y  de  otras  naciones  amigas ;  pues  no  debía  alimentar  esperanza 
alguna  de  someter  de  nuevo  á  sus  vastas  colonias ,  que  habia 
algunos  años  estaban  independientes  de  hecho. 

La  política  del  gobierno  ingles ,  ó  por  lo  ménos  el  idioma 
con  que  la  expresaba,  no  se  apartó  un  ápice  de  esta  declarato- 
ria. En  vano  una  sociedad  de  negociantes ,  formada  en  Londres 
para  promover  el  comercio  con  Méjico  y  Colombia,  solicitó  que 
se  variase  dicha  política  impidiendo  el  armamento  de  nuevas 
expediciones  en  Cuba  y  Puerto-Rico ;  y  en  vano  también  los 
ministros  Gorostiza  y  Madrid  solicitaron  lo  mismo  en  conferen- 
cias verbales,  y  por  medio  de  notas  por  escrito  dirigidas  al  lord 
Aberdeen ,  secretario  de  relaciones  exteriores.  Las  respuestas 
de  este  fueron  siempre, — «  que  el  gobierno  de  S.  M.  B.  continua- 
ría observando  la  mas  imparcial  neutralidad  en  la  contienda  de 
la  España  con  sus  antiguas  colonias ;  pero  que  usaría  constante- 
mente de  sus  buenos  oficios  para  inclinar  al  gobierno  de  Madrid 
á  conceder  la  paz  á  las  nuevas  repúblicas ,  aunque  fuese  por 
medio  de  una  tregua.  Sin  embargo  de  estos  buenos  oficios  y  de 
los  esfuerzos  que  en  el  mismo  sentido  hacía  el  ministro  de  los 
Estados  Unidos  en  Madrid ,  el  gobierno  de  Fernando  VII  per- 
maneció inflexible  en  no  reconocer  la  Independencia  de  los  nue- 
vos Estados.  Las  continuas  revoluciones  de  estos  reanimaban 
las  esperanzas  de  la  madre  patria,  de  que  pudiera  recuperar  su 
extenso  y  rico  imperio  de  la  América  del  Sur  y  de  Méjico.  Aun 
parecía  que  meditaba  nuevas  expediciones ,  pues  envió  á  Cuba 
refuerzos  de  tropas. 

Hallábase  pendiente  una  cuestión  tan  importante,  cuando  el 
ministro  Madrid,  cuya  salud  era  delicada  desde  mucho  tiempo 
ántes ,  falleció  el  28  de  junio  en  Bárnes  cerca  de  Lóndres,  á  los 
cuarenta  y  un  años  de  edad ;  él  fué  sentido  generalmente  por 
todos  los  que  le  trataban.  Con  su  muerte  dejó  en  la  legación 
colombiana  un  vacío  harto  difícil  de  llenar,  por  su  probidad , 
sus  talentos,  su  experiencia  en  los  negocios ,  su  patriotismo  y 
su  amor  á  la  libertad  de  su  patria. 

La  legación  carecía  de  secretario ,  y  activaron  algunos  de  los 
negocios  pendientes ,  primero  el  oficial  de  la  legación  Joaquín 
García  de  Toledo,  y  después  el  secretario  Leandro  Miranda, 
que  arribó  á  Lóndres.  Mas  como  no  habia  ministro  que  prescn- 


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350  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

tara  á  este,  solo  fué  admitido  por  el  lord  Aberdeen  como  agente 
confidencial  del  gobierno  de  Colombia. 

Pocos  dias  habían  corrido  después  de  la  malhadada  suspen- 
sión del  viaje  del  Libertador,  que  mencionamos  ántes,  cuando 
sus  consejeros  recibieron  noticias  que  parecía  justificaban  su 
procedimiento.  El  teniente  de  navio  José  Miguel  Machado  desem- 
barcó (junio  28)  en  Cartagena  con  noticias  de  Venezuela  que  se 
juzgaron  lisonjeras  y  de  la  mayor  importancia.  Conducía  aquel 
oficial  pliegos  para  el  Libertador  en  que  el  general  Julián 
Infante,  el  coronel  Parejo  y  el  comandante  Bustíllos  le  partici- 
paban el  pronunciamiento  que  los  cantones  de  Riochico,  Oí  ituco 
y  Chaguaramas  habían  hecho  en  favor  de  la  integridad  de  Co- 
lombia, del  mismo  Libertador  como  jefe  de  ella  por  la  voluntad 
de  los  pueblos,  y  del  congreso  constituyente  reunido  en  Bogotá, 
á  cuyas  deliberaciones  protestaban  someterse,  desconociendo  á 
las  autoridades  revolucionarias  de  Venezuela.  Ofrecían  al  mismo 
tiempo  sostener  con  la  fuerza  este  pronunciamiento.  En  conse- 
cuencia pedían  armas,  municiones  y  algunos  oficiales  subal- 
ternos ,  sarjentos  y  cabos  veteranos,  para  el  arreglo  y  disciplina 
de  los  cuerpos  de  voluntarios  que  se  formaban  en  los  diferentes 
pueblos  conmovidos. 

El  comisionado  exageró  sobre  manera  el  movimiento  revolu- 
cionario, que  dijo  haberse  extendido  á  Calabozo  y  á  parte  del 
Bajo-Llano.  Pintólo  como  tan  popular  que  eu  todas  las  provin- 
cias de  Venezuela  se  habían  levantado  á  sostenerlo  jefes  valientes 
y  de  alta  nombradla.  Manifestaba  tener  la  mayor  confianza 
del  buen  éxito  de  la  empresa  que  habían  arremetido  los  revo- 
lucionarios. 

El  general  Montilla  y  el  prefecto  del  departamento  se  incli- 
naron mucho  á  prestar  los  socorros  que  pedían  los  pronun- 
ciados en  Venezuela.  Mas  al  fin  no  los  franquearon,  y  por  medio 
de  un  posta  dieron  cuenta  al  gobierno  nacional',  manifestando 
su  opinión  de  que  tales  nuevas  eran  muy  plausibles,  porque 
anunciaban  que  se  restablecía  en  los  departamentos  de  Vene- 
zuela la  obediencia  á  la  constitución  y  á  las  leyes  de  Colombia. 
Miéntras  recibían  la  respuesta,  circularon  de  oficio  las  noticias 
á  todo  el  departamento ,  y  Montilla  determinó  enviar  un  buque 
lijero  á  las  costas  de  Venezuela,  llevando  á  su  bordo  al  capitán 
de  navio  Sebastian  Bougier,  para  que  recorriéndolas  adquiriese 
informes  exactos  de  los  progresos  y  estado  de  la  revolución,  á 


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CAPÍTULO  XVII. 


fin  de  instruir  de  todo  al  ejecutivo  nacional.  Añadió  que  irían 
ademas  en  un  buque  holandés  algunos  general  es  y  oficiales  que 
se  hallaban  en  Cartagena  con  pasaportes  para  Venezuela,  los 
que  desembarcarían  según  las  circunstancias  en  sus  costas  ó  en 
Curazao.  Acerca  de  las  municiones  pedidas  manifestaba  dudas 
sobre  si  las  daría  ó  no  al  oficial  Machado.  En  efecto  ,  siguieron 
á  bordo  del  buque  holandés  los  generales  Pedro  Briceño 
Méndez,  Diego  Ibarra  y  cinco  oficiales  subalternos. 

El  Libertador  se  dirigió  al  mismo  tiempo  (junio  29)  de  oficio 
al  secretario  del  interior  acompañándole  las  actas  y  documentos 
que  habia  recibido  de  los  sublevados.  En  esta  comunicación 
felicitaba  al  poder  ejecutivo  por  la  esperanza  que  hacían  renacer 
aquellos  sucesos  del  restablecimiento  de  Colombia.  Bolívar  con- 
testó á  los  revolucionarios  que  procedieran  con  la  mayor  pru- 
dencia á  fin  de  evitar  en  lo  posible  los  males  gravísimos  que 
una  guerra  civil  podia  acarrear  á  la  patria.  Ai  mismo  tiempo 
les  manifestó  la  necesidad  que  tenían  de  obrar  y  ponerse  de 
acuerdo  con  el  general  Pedro  Briceño  Méndez  y  con  el  gobierno 
de  Colombia.  En  cuanto  á  sí  mismo,  su  orgullo  personal  y  polí- 
tico se  lisonjeó  con  la  reacción  que  priucipiaba  á  su  favor  y 
contra  sus  enemigos,  que  tan  cruelmente  habian  despedazado 
su  reputación.  Empero  afligía  á  su  corazón ,  que  amaba  tanto  a 
su  patria,  la  idea  de  los  males  que  podia  causar  la  guerra  civil ; 
creía  ademas  que  leudria  mal  éxito  la  empresa  sin  el  apoyo  del 
gobierno  general. 

Los  que  se  oponían  en  Cartagena  á  que  el  Libertador  saliera 
de  Colombia,  tomaron  de  las  turbaciones  de  Venezuela  nuevos, 
y  en  su  concepto  decisivos  argumentos ,  para  manifestarle  que 
su  viaje  fuera  del  país  no  era  conveniente.  Empero  Bolívar  de 
ningún  modo  se  convencía ,  y  aun  con  algunos  de  sus  amigos 
llamaba  á  aquellas  instancias  —  a  locas  importunidades.  »  Sin 
embargo  cedió,  aunque  convencido  de  lo  coutrario ,  esperando 
siempre  realizar  su  partida  cuando  regresara  la  fragata 
Shannon. 

Era  el  Io  de  julio  cuando  llegó  á  Cartagena  el  correo  de 
Bogttá  que  conducía  la  triste  nueva  de  haber  sido  asesinado  el 
gran  mariscal  de  Ayacucho.  A  las  nueve  de  la  noche  recibió  el 
Libertador  este  golpe  inesperado  en  el  buhio  que  habitaba  al 
pié  del  cerro  de  la  Popa.  Su  dolor  fué  profundo  por  la  desgra- 
ciada y  temprana  muerte  de  un  jefe  y  compañero  de  armas  tan 


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HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


célebre  como  querido.  Mas  lo  sufrió  en  silencio  cual  convenia 
á  un  hombre  de  alma  y  sentimientos  elevados,  sin  que  prorum- 
piera  en  las  poéticas  expresiones  ni  en  los  lamentos  que  algunos 
le  han  atribuido  en  aquella  solemne  ocasión.  Tampoco  prorum- 
pió  en  las  acusaciones  contra  determinadas  personas ,  á  quienes 
se  dijo  y  escribió  atribuyera  Bolívar  el  asesinato.  Sabérnoslo  de 
personas  fidedignas  que  se  hallaron  presentes  :  las  mismas  nos 
han  informado  que,  por  una  coincidencia  fatal ,  se  expuso  á  un 
viento  frió  y  húmedo  aquella  noche  en  que  contrajo  el  consti- 
pado que  se  le  agravó  después  hasta  conducirle  al  sepulcro. 
Por  consiguiente,  si  el  Libertador  hubiera  salido  antes  de  Co- 
lombia, como  pensaba ,  y  lo  habría  ejecutado  sin  las  reiteradas 
persuasiones  y  los  obstáculos  que  le  opusieron  sus  amigos  en 
Cartagena,  se  hubiera  acaso  prolongado  su  existencia,  variando 
de  clima  y  tranquilizando  su  espíritu  agitado.  Esta  agitación  y 
tantas  penas  morales  como  sufría  de  algunos  años  atrás,  eran 
las  causas  principales  que  minaban  supreciosa  vida. 

Cuando  se  recibieron  en  Bogotá  las  importantes  comunica- 
ciones sobre  los  movimientos  de  Riochico  y  del  Alto-Llano ,  el 
presidente  Mosquera  habia  completado  la  organización  de  su 
ministerio.  Desempeñaba  el  de  relaciones  exteriores  el  señor 
Vicente  Borrero,  el  de  hacienda  el  señor  José  Ignacio  Márquez, 
y  el  de  guerra  y  marina  el  general  Luis  F.  Rieux ,  honrado 
militar,  pero  sin  nombre  ni  influjo  en  el  ejército.  Por  renuncia 
del  doctor  Alejandro  Osorio,  habia  conferido  el  ministerio  del 
interior  al  doctor  Vicente  Azuero ,  una  de  las  personas  mas  in- 
fluentes del  partido  exaltado ,  y  enemigo  acérrimo  del  Liber- 
tador, así  como  de  casi  todos  los  hombres  civiles  y  militares 
que  habían  sido  ó  eran  sus  amigos.  Esta  elección  y  la  del  señor 
Francisco  Soto  para  desempeñar  el  destino  de  procurador  ge- 
neral de  la  República ,  hizo  creer  á  muchos  que  Mosquera, 
abandonando  el  medio  imparcial  que  desde  el  principio  mani- 
festó ,  quería  seguir  entre  los  bandos  políticos  que  dividian  á 
Colombia,  y  se  habia  echado  en  brazos  de  los  exaltados  repu- 
blicanos. Desde  entonces  perdió  por  desgracia  la  confianza  de 
los  antiguos  militares  y  de  otros  muchos  amigos  del  Libertidor, 
que  principiaron  á  verle  con  mal  ceño  y  á  esquivarse  del  go- 
bierno general.  Uno  de  los  primeros  fué  el  general  en  jefe 
Rafael  Urdaneta,  que  renunció  el  mando  del  ejército  del  centro 
que  obtenía,  y  pidió  su  licencia  alegando  enfermedades,  la  que 


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CAPÍTULO  XVII.  353 

se  le  concediera.  En  aquellas  circunstancias  y  en  las  posteriores, 
Urdaneta  debió  recordar  los  esfuerzos  que  habia  hecho  para 
ganarse  el  afecto  del  partido  exaltado,  obrando  activamente 
desde  enero  último  á  fin  de  minar  el  influjo  del  Libertador  y 
obligarle  á  dejar  el  mando.  Los  liberales  se  aprovecharon  dies- 
tramente de  sus  servicios ,  y  cuando  ya  no  les  parecieron  nece- 
sarios le  abandonaron  y  aun  persiguieron.  No  olvidaban  lo 
mucho  que  Urdaneta  habia  ayudado  al  gobierno  del  dictador, 
contribuyendo  leal  y  eficazmente  á  sostenerle  contra  los  setiem- 
bristas  y  demás  que  le  atacaron  con  tanto  furor. 

Rodeado  como  estaba  el  presidente  Mosquera  de  un  minis- 
terio liberal  y  que  trataba  de  restablecer  el  imperio  de  las  leyes 
contra  los  abusos  militares ,  era  seguro  que  de  ningún  modo 
podia  ni  debia  apoyar  los  movimientos  revolucionarios  de  Ve- 
nezuela ocurridos  en  el  mes  de  junio.  El  presidente  hizo  con- 
testar al  prefecto  y  al  comandante  general  del  Magdalena,  que 
el  célebre  decreto  expedido  por  el  congreso  constituyente  habia 
dispuesto  —  a  que  no  se  hiciera  la  guerra  á  Venezuela,  aun 
cuando  no  aceptara  la  constitución.  »  Así  que  no  dieran  los 
auxilios  pedidos ,  ni  fomentaran  aquella  revolución ,  pues  el 
poder  ejecutivo  aguardaba  el  resultado  que  tuviera  la  misión 
pacífica  dirigida  á  Valencia. 

Esta  resolución  era  estrictamente  legal,  y  fué  aprobada  por 
todos  los  Colombianos  que  amaban  el  órden  y  el  cumplimiento 
de  las  leyes.  Mas  hubo  un  paso  del  presidente  Mosquera  que 
fué  y  en  nuestro  concepto  debe  ser  censurado  con  justicia. 

Tal  era  la  comunicación  que  por  medio  de  su  ministro  del 
interior,  Azuero,  hizo  al  Libertador  de  la  resolución  acordada 
por  el  congreso  venezolano  en  28  de  mayo ,  según  la  cual  este 
se  denegaba  á  entrar  en  relaciones  con  el  resto  de  Colombia  — 
a  mientras  el  general  Bolívar  permaneciera  en  su  territorio 
(julio  14).  »  —  Decia  Azuero  que  le  remitia  una  copia —  a  á  fin 
de  que  V.  E.  quede  informado  de  esta  notable  circunstancia, 
por  lo  que  pueda  influir  en  la  dicha  de  la  nación,  y  por  la  tras- 
cendencia que  tiene  en  la  gloria  de  V.  E.  »  —  Hé  aquí  los  fun- 
damentos que  se  adujeron  para  dar  un  paso  tan  ofensivo  al 
Libertador.  Este  no  podia  esperarlo  de  un  amigo  á  quien  tanto 
habia  distinguido,  como  el  señor  Joaquin  Mosquera,  que  pudo, 
sin  faltar  á  ninguno  de  sus  deberes,  omitir  aquel  oficio.  Y  para 
que  la  venganza  del  ministro  Azuero  fuese  mas  ruidosa ,  pu- 

TOMO  IV.  23 


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354  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

blicó  inmediatamente  las  comunicaciones  en  la  Gaceta  oficial , 
en  que  insertara  igualmente  las  actas  y  discusiones  ofensivas  á 
Bolívar,  que  hubo  en  el  congreso  de  Valencia  para  adoptar  la 
expresada  resolución  0). 

Aunque  Mosquera  haya  asegurado  y  sea  verdadero  que  seme- 
jante publicación  se  hizo  sin  su  consentimiento,  los  amigos  nu- 
merosos que  aun  tenia  el  Libertador,  creyeron  lo  contrario.  Le 
contaron  desde  aquel  dia  entre  sus  enemigos  gratuitos ,  y  por 
consiguiente  se  enajenaron  mas  y  mas  de  su  gobierno. 

Bolívar  sintió  profundamente  el  agravio  que  se  le  habia  irro- 
gado haciéndole  aquella  comunicación,  á  la  que  nada  contestó, 
como  era  debido ;  pero  su  salud ,  mala  ya ,  se  empeoró ,  y  esta 
nueva  pena  obró  poderosamente  en  su  alma.  Devoróla  en  amar- 
gura hasta  el  sepulcro. 

Con  estos  pasos  del  jefe  del  gobierno  y  con  otros  análogos  ,  ó 
en  que  se  reformaban  abusos,  los  partidos  se  pronunciaron  mas 
abiertamente.  El  de  los  amigos  del  Libertador ,  que  era  pode- 
roso en  la  capital  y  en  las  provincias,  se  persuadió  de  que  Mos- 
quera y  su  gobierno,  perdiendo  la  imparcialidad,  se  habían  de- 
cidido en  favor  de  los  exaltados  republicanos,  enemigos  decla- 
rados de  los  primeros.  Desde  entonces  corrió  peligro  el  gobierno 
de  Colombia. 

No  eran  estos  los  únicos  cuidados  que  tenia  Mosquera.  La 
hacienda  nacional  estaba  en  completa  bancarota.  Las  rentas 
no  cubrían  los  gastos  en  tiempo  de  la  administración  dictatorial, 
que  las  dejó  empeñadas  por  algún  tiempo  en  consecuencia  de 
las  fuertes  erogaciones  que  causáran  la  guerra  del  Perú,  la  con- 
tramarcha posterior  de  las  tropas  hácia  el  centro  de  la  Repú- 
blica, el  desorden  y  la  ninguna  economía  en  los  gastos  militares. 
Como  la  nueva  constitución  prohibía  que  se  echara  mano  para 
esto  de  las  rentas  aplicadas  por  ley  al  crédito  público,  era  mayor 
el  déficit  actual.  La  administración  de  Mosquera  se  hallaba, 
pues,  en  la  triste  posición  de  no  tener  dinero  ni  crédito  alguno 
para  dar  á  lo  ménos  con  que  vivir  á  los  servidores  de  la  patria. 

(1)  El  señor  Mosquera  se  ha  disculpado  con  sus  amigos  de  un  pas^tan 
indebido ,  diciendo :  —  •  que  él,  como  amigo  del  Libertador,  deseaba  que 
este  saliera  de  Colombia  en  aquellas  circunstancias.  •  —  Una  carta  suya  en 
amistad  habría  producido  mejor  efecto  para  conseguirlo,  que  la  comunica- 
ción oficial  de  su  ministro  Azuero,  personaje  el  ménos  á  propósito  para  in- 
tervenir en  aquel  delicado  negocio. 


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CAPÍTULO  XVII.  355 

Desde  mayo  último  todos  los  individuos  del  ejército  y  de  la 
marina  estaban  á  ración ,  y  á  los  empleados  civiles  se  les  había 
retenido  una  cuarta  parte  de  sus  dotaciones. 

Agregábase  á  tan  aflictivas  circunstancias  de  la  hacienda  na- 
cional el  choque  de  los  partidos.  Orgulloso  el  exaltado ,  que  se 
llamaba  liberal ,  con  haber  atrapado  el  poder,  y  respirando 
crueles  odios  y  venganzas  contra  el  Libertador  y  sus  adictos,  los 
insultaba  constantemente,  sobre  todo  por  la  imprenta.  Eran 
órganos  de  aquel  bando  político  dos  periódicos  titulados  El 
Demócrata ,  y  La  Aurora ,  en  que  no  babia  reputación  del 
partido  contrario  que  no  se  despedazara,  ni  proyecto,  por  des- 
cabellado que  fuera ,  que  no  se  atribuyese  á  Bolívar  y  á  sus 
amigos  para  destruir  la  libertad.  En  El  Demócrata,  sobre  todo, 
se  habia  predicho  el  asesinato  de  Sucre ,  y  se  defendió  como 
santa  y  patriótica  la  empresa  del  25  de  setiembre.  Por  consi- 
guiente aquellos  papeles  soplaban  el  fuego  de  la  discordia. 

Estuvo  de  guarnición  en  Bogotá  el  batallón  Callao,  uno  de  los 
que  regresaron  del  Perú.  Este  cuerpo  no  tenia  buen  espíritu , 
pues  en  Antióquia ,  donde  residiera  ántes ,  varios  sarjentos  y 
cabos  tramaron  la  conspiración  de  asesinará  los  oficiales,  sa- 
quear los  fondos  públicos  en  Medellin ,  exigir  contribuciones  á 
los  particulares,  é  irse  á  Venezuela.  Descubrióse  oportunamente 
aquel  atroz  proyecto ,  y  trece  conspiradores  fueron  presos ,  pa- 
gando cuatro  su  delito  con  la  vida.  Merecía  la  confianza  del  go- 
bierno el  coronel  Florencio  Jiménez,  que  mandaba  este  cuerpo, 
aunque  fuera  venezolano  lo  mismo  que  otros  de  sus  oficiales ; 
empero  los  repetidos  alzamientos  y  defecciones  de  las  tropas  de 
aquel  país  inspiraban  á  muchos  desconfianza. 

En  aquellos  dias  llegó  á  la  capital  la  columna  de  Boyacá, 
formada  en  Cúcuta  de  oficiales  y  soldados  granadinos.  Mandá- 
bala el  coronel  José  Várgas,  exaltado  republicano ,  enemigo  del 
Libertador  y  de  todos  los  que  juzgaba  sus  partidarios.  Ántes  de 
entrar  en  la  ciudad  se  repartieron  por  algunos  á  los  oficiales  y 
soldados  que  la  componian  cintas  encarnadas  con  el  mote  de 
a  libertad  ó  muerte,  »  las  que  se  les  pusieron  en  los  morriones, 
y  s€  partido  los  recibió  en  triunfo.  Venían  incorporados  en  esta 
columna  algunos  oficiales  de  los  condenados  por  cómplices  en  el 
atentado  escandaloso  del  25  de  setiembre.  Los  festejos  con  que 
los  recibía  y  obsequiaba  su  bando  político,  el  mote  que  habían 
adoptado ,  y  las  doctrinas  que  se  difundían  para  santificar  el 


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356  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

asesinato,  infundieron  temores  en  todos  los  que  no  eran  tenidos 
por  liberales  exaltados,  y  echaron  una  mancha  indeleble  sobre 
muchos  de  los  que  se  titulaban  liberales  en  aquella  época.  El 
general  en  jefe  Urdaneta  salió  de  Bogotá  con  su  familia ,  reti- 
rándose á  su  hacienda  de  Táquira  en  el  valle  de  Simijaca; 
temia  el  puñal  asesino  de  sus  enemigos.  Los  ministros  extran- 
jeros de  la  Gran  Bretaña,  del  Brasil  y  de  los  Estados  Unidos 
vivían  armados  y  dormian  con  guardias  en  sus  casas,  temiendo 
que  se  les  matára,  como  sucedió  con  el  ingles  Duncan  de  Cipa- 
quirá.  .Mengua  lamentable  para  nuestra  patria!  Tan  fuertes 
recelos  se  aumentaron  cuando  el  1°  de  agosto  amanecieron  eii 
casi  todas  las  paredes  de  las  casas  letreros  de  «  libertad  ó 
muerte.  » 

£1  mal  ejemplo  contra  la  disciplina  militar  que  se  diera  y  no 
se  reprimió  en  la  columna,  ya  batallón  Boyacá,  de  cintas  con 
motes,  cundió  en  la  capital.  Los  Cazadores  de  Cundinamarca 
tomaron  la  divisa  de  cinta  negra  y  encarnada,  y  los  partidarios 
del  Libertador  adoptaron  una  verde.  Esto  motivó  disputas  y 
riñas  en  las  calles ,  que  produjeron  una  fuerte  oposición  entre 
el  Callao  y  Boyacá. 

Estas  demasías  podrían  haberse  reprimido  por  un  presidente 
y  un  ministro  de  la  guerra  que  hubieran  tenido  energía.  Pero 
ni  Mosquera  ni  Rieux  poseían  esta  calidad  necesaria  para  go- 
bernar. El  primero  aceptó  la  presidencia  sin  conocer  el  inmenso 
peso  que  iba  á  gravitar  sobre  sus  hombros ,  en  momentos  de 
transición  política  en  que  las  pasiones  se  habían  desencadenado, 
y  en  que  la  tempestad  crujía  por  do  quiera.  Á  pocos  dias  vio, 
aunque  tarde,  las  dificultades  que  le  rodeaban,  y  con  un  cora- 
zón recto  y  ardientes  deseos  de  hacer  el  bien ,  quiso  gobernar 
con  el  partido  republicano,  que  era,  conforme  á  sus  principios 
y  á  sus  sentimientos ,  el  que  juzgaba  componer  la  mayoría  na- 
cional. Viendo  esto  los  amigos  del  Libertador  y  de  la  anterior 
administración,  unos  que  eran  hombres  de  órden,  se  alejaron 
del  presidente  y  de  los  negocios  públicos,  acogiéndose  á  la  os- 
curidad del  asilo  doméstico  ó  de  sus  campos.  Otros  le  hicieron 
oposición  pública  y  privadamente,  tachándole,  por  várias^pro- 
videncias ,  de  enemistad  contra  los  antiguos  militares  y  servi- 
dores de  Colombia. 

Creyéndose  el  presidente  Mosquera  abandonado  y  sin  apoyo, 
á  pesar  de  sostenerle  el  partido  exaltado  liberal,  que  tanto  decla- 


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CAPÍTULO  XVII. 


3;i7 


maba ,  perdió  el  ánimo  ántes  de  dos  meses  de  estar  desempe- 
ñando la  primera  magistratura  de  la  República.  Unido  esto  á 
las  noticias  alarmantes ,  ya  de  miserias  que  sufrían  los  emplea- 
dos nacionales,  ya  de  revueltas  que  se  fraguaban  ó  temían  en 
diferentes  provincias ,  se  le  juntó  un  cúmulo  de  penas  á  que  no 
estaba  acostumbrado  y  que  no  pudo  resistir.  Desconcertóse  su 
sistema  nervioso,  y  perdiendo  la  salud  tuvo  que  dejar  el  go- 
bierno (agosto  Io)  encomendado  al  vicepresidente  Caicedo.  Mos- 
quera se  retiró  al  clima  templado  de  Anolaima,  á  diez  leguas  de 


Ántes  de  partir  habia  acordado  varios  decretos  importantes. 
Por  uno  de  28  de  julio  declaró  insubsistentes  y  contrarios  á  la 
constitución  los  decretos  que  habia  expedido  el  Libertador  res- 
tableciendo el  imperio  de  las  ordenanzas  militares  de  España 
y  los  privilegios  que  ellas  concedían  al  ejército ,  y  creando  una 
alta  corte  marcial.  Componíase  esta  de  dos  jueces  civiles  y  de 
seis  militares  bajo  la  presidencia  del  ministro  de  la  guerra. 
Tenia  dicha  corte  para  su  despacho  una  sala  de  gobierno,  otra 
de  justicia  y  una  corte-plena.  Asemejábase  mucho  en  su  orga- 
nización y  atribuciones  al  supremo  consejo  de  la  guerra  en  Es- 
paña. La  supresión  de  aquel  tribunal ,  creado  en  favor  de  la 
disciplina  y  del  ejército,  y  la  abolición  de  gran  parte  de  las 
leyes  militares  que  Bolívar  habia  restablecido  en  1828  y  1829 
para  favorecer  á  los  que  seguían  esta  profesión ,  así  como  la 
supresión  del  fuero  militar  á  los  cuerpos  de  milicias,  debia 
suscitar  y  excitó  en  efecto  fuertes  antipatías  coutra  el  gobierno 
de  Mosquera ;  atribuyósele  un  espíritu  contrario  á  los  militares 
y  que  aspiraba  á  deprimirlos. 

Después  de  su  partida  el  vicepresidente  Caicedo  continuó  ha- 
ciendo otras  importantes  reformas  que  su  ministro  del  interior 
consideraba  necesarias  y  arregladas  á  la  constitución.  Por  uno 
de  aquellos  decretos  se  declaró  en  3  de  agosto  estar  derogados 
en  su  parte  principal  por  la  constitución  colombiana  los  decre- 
tos del  Libertador  de  20  de  febrero  y  15  de  marzo  de  i  828  sobre 
juicios  contra  conspiradores.  Se  abrogaron  también  en  la  misma 
fecfla  los  decretos  de  la  dictadura  que  concedían  funciones  judi- 
ciales á  los  prefectos,  á  los  gobernadores  y  á  los  jefes  políticos. 
Dichas  atribuciones  se  devolvieron  á  los  jueces  que  designaban 
las  leyes  colombianas  anteriores  á  los  mencionados  decretos.  El 
sólido  fundamento  de  la  nueva  disposición  era  que  el  poder 


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358  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

ejecutivo,  desempeñado  por  el  jefe  de  la  República  y  por  sus 
agentes,  debia  separarse  enteramente  del  judicial,  sin  que  de 
modo  alguno  se  mezclaran. 

En  medio  de  la  agitación  que  tenian  los  partidos  y  de  los 
disgustos  que  á  muchos  causaban  estas  reformas,  se  levantó  y 
acreditó  entre  los  fanáticos  de  la  capital  la  opinión  de  que  en 
ella  existían  cinco  logias  de  francmasones.  Esto  obligó  al  eje- 
cutivo á  prevenir  á  la  policía  que  hiciera  un  examen  prolijo, 
del  que  resultó  que  dichos  rumores  eran  falsos.  En  efecto  lo 
creemos,  porque  las  logias  habían  caido  en  un  completo  des- 
crédito, y  nadie  pensaba  en  ellas;  estado  de  que  no  han  vuelto 
á  salir  en  tantos  años  corridos  después. 

Miéntras  el  gobierno  de  Colombia  se  ocupaba  en  semejantes 
reformas,  el  ministro  de  hacienda  trabajaba  con  su  actividad 
acostumbrada  en  reorganizar  las  rentas  públicas,  introduciendo 
el  orden  y  la  economía  en  algunos  de  sus  ramos  principales.  Mas 
cansado  de  las  contradicciones  que  sufría  y  de  las  dificultades 
que  se  le  presentaban,  habia  hecho  renuncia  del  ministerio,  la 
que  no  le  admitió  el  presidente. 

Grecia  entre  tanto  la  discordia  entre  los  oficiales  y  soldados 
de  los  batallones  Callao ,  Boyacá  y  Cazadores  de  Cundinamarca, 
que  guarnecían  la  capital.  Tanto  por  esto  como  porque  tuvo  el 
ejecutivo  algunas  noticias  de  que  se  trataba  de  seducir  al  Callao 
á  fin  de  que  apoyára  una  revolución,  determinó  enviarle  á 
Tunja  de  guarnición.  Marcha  en  efecto  el  9  de  agosto,  y  al 
siguiente  dia  llega  á  la  parroquia  de  Gachancipá,  á  diez  leguas 
de  la  capital.  Allí  se  presentaron  al  coronel  Jiménez ,  que  lo 
mandaba,  José  María  Serna,  Buenaventura  Ahumada,  Pedro 
Domínguez  Hóyos,  el  coronel  Juan  Johnson  y  algunos  otros 
individuos  moradores  en  las  parroquias  de  la  sabána  de  Bogotá. 
Solicitaron  estos  de  Jiménez  por  medio  de  una  carta  firmada 
por  ellos  y  por  otros  ausentes ,  que  no  continuára  su  marcha  á 
Tunja,  á  fin  de  que  apoyára  el  movimiento  que  decían  iban  á 
hacer  los  pueblos,  cuyo  nombre  usurpaban  unos  pocos  faccio- 
sos. Jiménez  parecia  dudar,  y  aun  dió  parte  al  ejecutivo  de  que 
temía  se  le  impidiera  su  marcha  quitándole  los  bagajes.  HEn 
contestación  le  previno  el  ministro  de  la  guerra  que  disuadiera 
de  su  intento  á  los  que  pretendían  detener  la  marcha  del  bata- 
llón, y  que  si  no  lo  conseguía  por  medios  pacíficos  los  disper- 
sara usando  de  la  fuerza  (agosto  i  i).  En  el  mismo  dia  se  envia- 


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CAPÍTULO  XVII.  359 

ron  á  Cipaquirá  dos  compañías  de  Boyará ,  regidas  por  el  coronel 
José  María  Gaitan.  Por  la  larde  salió  el  resto  del  batallón, com- 
puesto en  su  mayor  parte  de  reclutas  guiados  por  su  coman- 
dante y  por  el  general  Francisco  de  Paula  Vélez.  En  aquel  dia 
el  vicepresidente  rechazó  una  petición  firmada  por  algunos 
habitantes  de  la  capital,  en  que  solicitaban  el  regreso  del  Callao, 
como  nna  garantía  para  los  que  no  eran  del  partido  exaltado. 

Hizo  el  gobierno  dicho  envío  de  tropas  cuando  supo  que 
Serna ,  Ahumada  y  Domínguez,  auxiliados  por  Ignacio  Acero 
y  otros  campesinos  ricos,  habían  estado  reuniendo  las  milicias 
de  caballería  de  la  villa  de  Funza,  así  como  de  las  parroquias 
de  Zerrezuela  y  Facatativá ,  que  marcharon  con  ellos  en  alcance 
del  Callao.  Halláronle  en  efecto  en  Gachancipá,  y  viendo  su 
comandante  Jiménez  que  la  revolución  tenia  el  apoyo  de  las 
expresadas  milicias,  de  las  que  se  le  presentaron  cerca  de  tres- 
cientos hombres,  olvidó  todas  sus  protestas  de  fidelidad.  Deci- 
dióse, pues,  á  favorecer  aquella  rebelión,  armada  contra  el 
gobierno  que  tanto  le  habia  distinguido.  La  única  razón  que 
diera  para  colorir  su  alzamiento,  fué  decir  que  habia  intercep- 
tado un  oficio  del  secretario  de  la  guerra  al  comandante  gene- 
ral de  Boyacá  previniéndole  que  disolviera  el  Callao  de  un 
modo  que  Jiménez  juzgaba  ignominioso.  Pero  tal  oficio  no  se 
publicó  en  el  manifiesto  dado  posteriormente  por  Jiménez ,  ni 
su  partido  vencedor  pudo  hallar  la  copia  original  en  el  archivo 
del  ministerio  de  la  guerra,  prueba  clara  de  que  nunca  exis- 
tiera. 

Luego  que  supo  Jiménez  la  marcha  á  Cipaquirá  de  la  columna 
de  Gaitan  (agosto  12),  se  dirigió  á  esta  villa.  Después  de  haber 
conferenciado  con  Gaitan ,  ocupa  este  la  altura  del  Águila :  allí 
le  ataca  Jiménez  y  le  vence ,  dispersándose  la  fuerza  del  gobierno 
con  pérdida  de  tres  muertos  y  ocho  heridos,  tres  oficiales  y 
treinta  soldados  prisioneros.  Gaitan  huye  hácia  la  parroquia  de 
Pacho ,  de  donde  regresára  á  la  capital  con  solo  diez  y  nueve 
compañeros.  Esta  fué  la  primera  sangre  que  los  facciosos  derra- 
maron ,  siendo  ellos  los  agresores. 

lín  aquel  mismo  dia  se  publicó  de  nuevo  el  decreto  contra 
conspiradores  de  20  de  febrero  de  1828,  con  las  reformas  he- 
chas en  3  de  agosto  último.  Los  que  ejercían  el  poder,  sobre 
todo  Azuero,  habían  sido  perpetuos  declamadores  de  todas  sus 
disposiciones.  Publicarlas  para  su  observancia  fué  confesar  pa- 


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360  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

ladinamente  la  justicia  ó  conveniencia  con  que  se  adoptaron  por 
el  gobierno  del  Libertador  en  circunstancias  críticas  y  de  mayor 
urgencia. 

Con  la  noticia  de  haber  sido  dispersada  la  fuerza  de  Gaitan, 
el  general  Vélez ,  temiendo  sufrir  igual  suerte  si  combatía  en 
las  inmediaciones  de  Cipaquirá ,  invitó  á  Jiménez  á  una  confe- 
rencia; ofrecióle  en  ella  interesarse  con  el  gobierno  para  que 
hubiese  un  avenimiento.  En  seguida  emprende  su  retirada  hácia 
la  capital,  siendo  ya  muy  cerca  de  la  noche :  fué  tanta  la  prisa 
con  que  marchára  en  aquella  noche,  que  mas  parecia  una  fuga 
sin  órden  que  retirada. 

Desde  Cipaquirá  los  facciosos  se  trasladaron  a  Chia,  donde  se 
les  unieron  los  coroneles  Castelli,  Mugüerza,  Piñérez,  Jackson, 
París  y  Johnson,  junto  con  los  comandantes  Ramón  Soto  y  Se- 
bastian Esponda ,  el  capitán  José  María  Mugüerza  y  el  teniente 
Baldomero  González.  Estos  oficiales  desertaron  del  gobierno,  á 
quien  debían  prestar  sus  servicios,  pasándose  á  una  facción 
militar  que  pretendía  alzarse  con  el  mando. 

Á  Chia  fué  el  general  José  María  Ortega  como  enviado  por  el 
gobierno  á  saber  cuáles  eran  las  demandas  y  pretensiones  de  los 
sublevados.  Informóse  entonces  ser  una  de  ellas  —  «  que  se 
variase  el  ministerio ,  pues  decían  que  todos  sus  miembros  eran 
demagogos  exaltados,  que  no  ofrecían  garantía  alguna  á  los 
que  no  pertenecieran  á  su  partido,  y  que  sin  esta  condición  pre- 
via no  podían  someterse.  »  Jiménez  y  los  demás  jefes  hablaban 
mucho  de  la  protección  que  habían  ofrecido  á  los  habitantes  de 
la  llanura  de  Bogotá,  á  quienes  no  podían  desamparar.  Se  pro- 
clamaban también  defensores  de  la  religión,  procurando  encu- 
brir sus  excesos  con  este  sagrado  velo.  Mas  Johnson,  Jackson  y 
otros  Ingleses  de  una  creencia  distinta  de  la  católica  romana, 
se  ridiculizaban  en  extremo  llamándose  defensores  de  nuestra 
santa  religión.  Tampoco  podían  arrogarse  este  título,  según  sus 
precedentes,  Florencio  Jiménez,  Vicente  Piñérez  y  José  María 
Serna,  ni  el  clérigo  José  María  Ramírez,  cura  de  Cajicá,  uno 
de  los  mas  furibundos  revoltosos  de  aquella  época  desgra- 
ciada. • 

Con  la  noticia  de  que  los  facciosos  pedían  la  remoción  del 
ministerio,  todos  sus  miembros  renunciaron  sus  destinos,  di- 
ciendo que  lo  hacían  á  fin  de  no  ser  obstáculo  para  que  hubiese 
un  avenimiento  pacífico.  El  vicepresidente  Caicedo  no  admitió 


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CAPÍTULO  XVII.  361 

la  renuncia ,  pues  lo  contrario  hubiera  sido  una  debilidad  extre- 
mada. 

Los  facciosos  para  imponer  al  gobierno  se  avanzaron  hasta 
Techo,  á  una  legua  de  la  ciudad.  Desde  allí  dirigieron  en  15  de 
agosto  una  especie  de  petición  ó  manifiesto  acordado  en  junta 
general  de  jefes,  oficiales  y  particulares,  fundando  su  alza- 
miento en  diez  y  nueve  motivos,  ridículos  en  su  mayor  parte. 
Concluían  exigiendo  del  poder  ejecutivo,  que  ántes  de  pasar  las 
dos  de  la  tarde  de  aquel  dia  expidiera  las  siguientes  resolucio- 
nes :  primera ,  que  variase  el  ministerio ,  pudiendo  conservar 
al  secretario  de  relaciones  exteriores  Vicente  Borrero;  segunda, 
que  nombrase  ministro  de  la  guerra  al  general  en  jefe  Rafael 
Urdaneta ,  como  el  único  que  por  sus  relevantes  prendas  era 
capaz  de  dar  garantías  á  todos  los  partidos,  y  de  contener  con 
su  influjo  cualesquiera  desórdenes ;  tercera ,  que  se  aumentara 
la  fuerza  del  Callao  en  aquel  mismo  dia  hasta  igualarla  con  la 
de  los  otros  dos  cuerpos  de  la  guarnición,  para  que  los  partidos 
se  respetaran  mutuamente;  cuarta,  que  se  diera  una  completa 
amnistía  á  todos  los  comprometidos ;  y  quinta ,  que  salieran  de 
Bogotá  y  no  se  confiriese  mando  alguno  á  los  cómplices  en  la 
conspiración  del  25  de  setiembre,  que  no  hubieran  cumplido 
sus  condenas. 

Habiendo  examinado  estas  proposiciones  el  jefe  del  gobierno, 
envió  á  los  señores  José  María  Castillo  y  Luis  A.  Baralt  de  co- 
misionados adonde  los  facciosos ,  á  fin  de  persuadirles  que  se 
retirasen  á  seis  leguas  de  la  ciudad  y  depusieran  las  armas, 
seguros  de  una  completa  amnistía.  Ofrecieron  hacer  lo  primero, 
aunque  exigían  que  de  parte  del  ejecutivo  se  mandaran  detener 
las  tropas  que  se  hubiesen  pedido  en  auxilio  de  la  capital.  Esta 
concesión  no  se  hizo  porque  no  se  tenia  confianza  de  que  los 
jefes  de  la  insurrección  cumplieran  sus  promesas;  á  su  turno 
desconfiaban  estos  de  la  buena  fe  del  gobierno.  Hé  aquí  el  mo- 
tivo principal  porque  no  se  llegó  á  una  terminación  pacífica. 

Los  facciosos  contaban  en  sus  filas  seiscientos  hombres,  los 
trescientos  veteranos  de  infantería  y  trescientos  de  milicias  de 
caballería,  con  cuya  fuerza  no  podían  atacar  la  ciudad  capital; 
ademas  carecían  de  municiones,  pues  solo  tenían  treinta  cartu- 
chos por  plaza.  En  Bogotá  existían  quinientos  infantes  en  su 
mayor  parte  bisónos,  y  mil  hombres  de  milicias  y  voluntarios 
que  podían  servir  para  la  defensa,  pues  el  entusiasmo  contra 


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362  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

los  amotinados  era  bastante  general.  Habia,  sin  embargo ,  mu- 
cha insubordinación ,  porque  la  fuerza  armada  quería  dominar 
al  gobierno,  y  sus  jefes  decian  públicamente  que  no  le  obede- 
cerían, si  convenia  con  los  rebeldes  en  admitir  la  renuncia  de 
los  ministros,  á  lo  que  estuvo  inclinado  el  vicepresidente;  entre 
tanto,  aquellos  nada  despachaban. 

Por  parte  del  ejecutivo  se  habían  pedido  auxilios  á  Tunja, 
al  Socorro  y  á  Casanare.  Aguardándose  de  la  primera  ciudad 
un  cuerpo  de  milicias  y  algunos  veteranos,  salió  el  general  Vé- 
lez  (agosto  16)  á  su  encuentro  con  doscientos  hombres,  á  fin  de 
proteger  su  entrada  en  la  ciudad.  Esto  dió  motivo  á  Jiménez 
para  decir  que  el  gobierno  faltaba  á  lo  que  le  habia  ofrecido , 
de  suspender  la  marcha  de  tropas  hácia  la  capital.  Por  tanto  no 
se  retiró  á  seis  leguas,  y  continuando  sus  partidas  en  hostilizar 
la  ciudad,  impedían  la  entrada  de  vituallas  por  los  caminos  de 
la  llanura. 

En  estas  circunstancias  regresó  á  Bogotá  en  17  de  agosto  el 
presidente  Mosquera ,  á  quien  respetaron  las  guerrillas  enemi- 
gas. Por  la  tarde  arengó  á  las  tropas  en  la  plaza  de  la  Catedral, 
insistiendo  en  recordarles  la  sumisión  debida  á  las  leyes,  y  que 
la  fuerza  armada  nunca  debia  ser  deliberante ;  mas  no  hizo 
elogio  alguno  del  celo  y  fidelidad  que  manifestaba  la  qué  de- 
fendía al  gobierno,  lo  que  disgustó  á  muchos. 

En  los  dias  siguientes  hubo  marchas  y  contramarchas  de  los 
rebeldes  y  una  conferencia  en  la  hacienda  de  Techo  entre  Mos- 
quera y  los  jefes  de  los  facciosos,  que  no  le  trataron  con  respeto, 
y  nada  se  adelantó.  También  se  tirotearon  algunas  guerrillas, 
y  una  de  las  del  gobierno  perdió  un  oficial  y  dos  soldados  muer- 
tos con  crueldad,  según  dijeron. 

Deseoso  el  presidente  de  terminar  aquella  rebelión,  que  tan- 
tos males  podía  causar  á  la  República,  resolvió  (agosto  23)  con- 
tra la  opinión  de  algunos  de  sus  ministros,  contra  la  de  los  jefes 
de  las  tropas  y  contra  la  de  muchos  exaltados  liberales,  dar  una 
completa  amnistía.  Exigíase  para  gozarla  que  dejáran  las  armas 
los  ciudadanos  que  no  fueran  militares,  retirándose  á  sus  casas, 
y  que  el  batallón  Callao  después  de  renovar  el  juramento  <te  la 
constitución  y  de  fidelidad  al  gobierno ,  siguiera  adonde  se  le 
destinase.  Todo  esto  debia  ejecutarse  en  el  término  de  ochenta 
horas,  pasadas  las  cuales  quedaría  sin  efecto  la  amnistía  ofre- 
cida. 


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CAPÍTULO  XVII. 


303 


En  el  mismo  dia  llegaron  quinientos  treinta  y  tres  hombres 
de  infantería  que  se  esperaban  de  Tunja.  Los  facciosos  manio- 
braron para  impedir  su  entrada ,  é  hicieron  una  larga  marcha 
nocturna  hácia  Usaguen.  Allí  hubo  un  corto  tiroteo,  así  como 
al  extremo  de  la  ciudad  por  San  Diego,  sin  que  tuvieran  resul- 
tado alguno  digno  de  mencionarse. 

Fuerte  ya  el  gobierno ,  determinó  enviar  á  los  rebeldes  la 
amnistía  acordada.  La  persona  escogida  fué  el  general  Rafael 
Urdaneta.  Este  había  ofrecido  al  gobierno  sus  servicios  desde  la 
hacienda  de  Táquira ;  aceptólos,  y  trasladándose  á  las  cercanías 
de  la  capital,  se  juntó  con  los  facciosos  cuando  estos  picaban  la 
retaguardia  de  las  tropas  que  venían  de  Tunja.  Unido  á  Jiménez 
estuvo  en  Fontibon ,  y  desde  allí  ofició  al  gobierno  pidiéndole 
instrucciones  para  negociar.  La  contestación  que  se  le  diera  fué 
enviarle  la  amnistía  concedida,  encargándole  procurase  que  la 
aceptaran  los  facciosos.  Rechazáronla  estos  con  desden ,  y  dije- 
ron que  ninguna  garantía  se  les  daba  miéntras  que  Mosquera 
estuviese  dominado  por  su  ministerio ,  órgano  del  partido  de- 
magógico. En  consecuencia  el  presidente  dió  las  gracias  á  Urda- 
neta ,  y  le  dijo  que  podia  retirarse,  manifestando  ántes  á  los 
sublevados,  que  sin  embargo  de  haberse  desechado  la  amnistía, 
el  gobierno  usaría  de  indulgencia  con  todos  aquellos  que,  sepa- 
rándose de  la  facción ,  se  retiráran  á  vivir  tranquilos  en  sus 
casas. 

Entónces  sospecharon  algunos  que  la  conducta  de  Urdaneta 
habia  sido  falsa,  y  que  bajo  de  mano  fomentára  la  rebelión  del 
Callao ,  acaso  desde  el  principio.  Mas  por  algún  tiempo  sus  he- 
chos quedaron  ocultos  para  un  gran  número,  hasta  que  él 
mismo  los  reveló.  En  carta  escrita  al  general  Flórez  el  Io  de 
enero  de  Í831,  excitándole  á  que  se  entendieran  y  obrasen  de 
acuerdo,  después  de  manifestarle  que  el  presidente  Mosquera  se 
habia  dejado  gobernar,  y  que  por  esto  no  daba  garantías  á  los 
del  partido  opuesto  á  los  exaltados  demagogos,  que  le  habían 
amenazado  con  la  deposición  por  la  amnistía  que  publicara, 
añadia  :  —  «Yo  conocí  que  se  trataba  solamente  de  degollar  a 
todís  estos  hombres  y  á  mí  entre  ellos ,  y  como  es  difícil  en  ta- 
les casos  ser  imparcial,  léjos  de  invitarles  para  que  aceptasen 
la  amnistía ,  les  aconsejé  que  combatiesen.  Di  cuenta  al  go- 
bierno y  procuré  inclinarlo  á  que  variase  la  negociación,  comu- 
nicándole la  sublevación  de  las  provincias  del  Socorro  y  Tunja, 


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I 


364  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

que  acababa  de  saber  de  un  modo  positivo.  Se  me  contestó  que 
mi  comisión  era  concluida  y  que  podia  retirarme. 

»  Aquí  me  tiene  Ud.,  sin  querer,  colocado  en  la  revolución. 
Organicé  las  fuerzas  de  Jiménez  :  le  di  instrucciones  que  debia 
ejecutar  durante  mi  ausencia ,  y  le  designé  el  campo  del  San- 
tuario para  estar  al  abrigo  de  una  sorpresa.  Me  fui  á  mi  hacienda 
el  25  de  agosto,  resuelto  á  organizar  la  revolución  de  Tunja  y 
el  Socorro,  a  procurarle  á  Jiménez  municiones,  de  que  carecia, 
y  con  resolución  de  volver  inmediatamente  á  ponerme  á  la  ca- 
beza de  unas  tropas  que  defendian  su  existencia  y  la  mia.  » 

Sin  embargo  de  estos  procedimientos,  Urdaneta  escribía  en 
el  mismo  tiempo  á  que  se  refiere,  al  secretario  del  interior  desde 
Fontibon,  lo  que  sigue  :  —  «  Entre  tanto  yo  hago  todo  lo  que 
está  á  mi  alcance,  y  creo  poder  asegurar  á  Us.  que  evitaré  cual- 
quier ataque  de  esta  parte  hasta  obtener  una  contestación  de 
Us.  Si  por  desgracia  no  pudiese  obtener  un  resultado  ventajoso 
en  mi  comisión ,  en  último  caso  me  retiraré ,  y  aun  me  iré  del 
país,  porque  no  puedo  ver  sin  horror  los  desastres  de  mi  patria, 
sin  poderla  servir.  »  —  Estas  dos  cartas  pintan  con  verdad  la 
doble  y  falaz  conducta  de  Urdaneta  en  aquellas  circunstancias. 

Después  de  ocho  dias  de  comisiones  hácia  los  rebeldes ,  de 
conferencias,  de  cartas  y  exhortaciones  que  terminaron  con  la 
misión  de  Urdaneta,  el  presidente  Mosquera  no  habia  podido 
vencer  la  obstinación  de  los  facciosos.  Fuera  de  aquel  general , 
estos  se  hallaban  apoyados  por  otra  revolución  ocurrida  en  el 
Socorro,  que  capitaneaba  el  general  Justo  Briceño,  Venezolano 
de  nacimiento.  Allí  mandaba  el  general  Antonio  Obando,á  quien 
ordenó  el  gobierno  que  viniera  en  su  auxilio.  Tenia  preparados, 
para  marchar  á  Bogotá,  el  tercer  escuadrón  veterano  de  Ayacu- 
cho,  y  parte  de  un  batallón  de  infantería  que  estaba  formando. 
Briceño  sedujo  algunos  oficiales  y  tropa,  y  en  18  de  agosto  hizo 
que  dichos  cuerpos  se  pronunciáran  contra  el  gobierno  y  que  á 
él  le  reconocieran  por  jefe.  En  el  momento  se  puso  en  comuni- 
cación con  Jiménez,  el  que  orgulloso  con  este  auxiliar  y  con  los 
consejos  que  le  diera  Urdaneta ,  no  quiso  aceptar  la  amnistía, 
pretextando  que  debia  obrar  de  acuerdo  con  Briceño.  * 

Por  tales  motivos  ya  no  quedó  al  presidente  Mosquera  otro  arbi- 
trio que  disponer  el  ataque  de  los  rebeldes.  Ántes  consultó  al  con- 
sejo de  Estado,  y  dió  la  orden  con  la  mayor  repugnancia.  Decia 
que  eran  hermanos  descarriados,  y  su  filantropía  y  humanidad 


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CAPÍTULO  XVII.  36S 

no  podían  conformarse  con  que  se  derramára  la  sangre  colom- 
biana en  una  guerra  fratricida.  Á  consecuencia  de  dicha  órden, 
salieron  el  25  de  agosto  de  Bogotá  cerca  de  mil  infantes  con  un 
piquete  de  caballería  y  otro  de  artillería  para  el  servicio  de  dos 
cañones.  Mandaba  estas  fuerzas  el  coronel  Pedro  Antonio  Gar- 
cía, antiguo  y  valiente  jefe  en  la  guerra  de  Independencia, 
acompañándole  otros  buenos  oficiales.  Para  defender  la  ciudad 
quedaron  como  cuatrocientos  hombres  y  milicias  de  volunta- 
ríos.  Habíase  concentrado  la  defensa  en  la  plaza  mayor,  cuyas 
entradas  principales  estaban  fortificadas  con  artillería. 

Estas  fuerzas  durmieron  en  el  pueblo  de  Engativá ,  á  orillas 
del  río  Funza,  el  que  iban  á  pasar  en  aquella  dirección ,  para 
flanquear  el  campo  del  Santuario,  ocupado  por  Jiménez  con  los 
seiscientos  hombres  que  tenia.  Mas  apénas  habia  amanecido 
(agosto  26)  cuando  oyeron  el  fuego  de  unos  reclutas  que  se 
ejercitaban  en  Bogotá.  Creyendo  que  la  ciudad  habia  sido  ata- 
cada, la  columna  enterase  puso  en  marcha  para  darle  auxilio. 
Cerca  ya  de  la  capital  se  conoció  la  verdadera  causa  de  los  tiros 
que*  se  habían  oido,  y  el  comandante  García  recibió  órden  para 
contramarchar.  Hízolo  en  efecto ,  y  pernoctaron  las  tropas  en 
Fontibon. 

Alteróse  el  plan  de  ataque  meditado  ántes,  y  se  pensó  atacar 
directamente  por  el  Puente-Grande.  Después  de  este  hay  una 
calzada  estrecha  que  tendrá  á  lo  mas  diez  varas  de  ancho ,  ro- 
deada de  pantanos  á  uno  y  otro  lado ,  la  que  termina  en  las 
casas  de  la  Venta  y  hacienda  de  la  Ramada  y  en  el  cerrito  del 
Santuario.  Esta  era  la  posición  ocupada  por  el  batallón  Callao  y 
los  trescientos  hombres  de  caballería  que  le  auxiliaban.  A  de- 
recha é  izquierda  los  facciosos  ocupaban  los  hondos  fosos  que 
servían  de  cercas  á  las  dehesas  contiguas ,  parapetándose  detras 
de  ellos  y  de  una  trinchera  fabricada  á  la  izquierda  de  aquella 
excelente  posición.  Los  fuegos  de  la  fusilería  del  Callao  enfila- 
ban por  el  frente  la  calzada ,  y  en  los  flancos  se  cruzaban  sobre 
una  grande  extensión  de  la  misma. 

Las  tropas  del  gobierno,  que  estaban  decididas  á  superar  to- 
dcd  las  dificultades,  marchan  á  las  siete  de  la  mañana  del  27  de 
agosto  hácia  el  Puente-Grande.  Cerca  de  este  hallaron  á  cua- 
renta y  cinco  jinetes  enemigos ,  que  fueron  retirándose  para 
empeñar  á  los  nuestros  en  su  persecución.  En  efecto ,  así  suce- 
dió, y  nuestra  división ,  en  vez  de  procurar  flanquear  por  su 


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366  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

derecha  y  desde  el  puente  la  posición  enemiga ,  se  introduce 
toda  entera  en  la  calzada  sin  orden  ni  regularidad  alguna.  Por 
consiguiente  forma  una  larga  columna  en  que  hay  artillería  y 
caballería  mezcladas  con  la  infantería ,  sin  que  estas  armas 
puedan  obrar.  Rompióse  un  fuego  vivo  de  una  y  otra  parte ,  y 
hubo  momentos  en  que  parecía  que  las  tropas  del  gobierno 
conseguirían  forzar  la  posición  de  los  rebeldes  con  el  peso  y 
fuerza  de  su  columna.  Pero  el  coronel  García  mandó  hacer 
fuego  á  pié  firme ,  lo  que  embarazaba  la  marcha  de  los  que 
venian  detras.  En  este  momento  cae  mortalmente  herido 
García ,  y  por  el  frente  y  los  flancos  se  sienten  los  estragos 
délos  fuegos  enemigos  cruzados  sobre  la  mayor  parte  de  la 
columna  del  gobierno.  Esta  resiste  con  vigor  hasta  la  tercera 
carga  á  la  bayoneta;  empero  faltándole  cabeza,  y  hechas  un 
pelotón  la  infantería,  artillería  y  caballería,  no  combaten 
mas  y  huyen  despavoridos.  Unos  heridos  se  precipitan  en 
los  pantanos  que  circuyen  la  calzada ,  donde  perecen ;  otros 
son  lanceados  por  las  milicias  de  caballería  que  persiguen 
á  los  fugitivos ;  otros  caen  prisioneros.  Ciento  y  ocho  hombres , 
entre  ellos  un  jefe  y  diez  oficiales ,  quedaron  muertos ;  ciento 
treinta  y  dos  heridos,  quinientos  sesenta  y  seis  prisioneros,  los 
treinta  y  cuatro  siendo  oficiales ,  perdiéndose  el  armamento  y 
todo  cuanto  llevaba  la  división  del  gobierno.  Tres  cuartos  de 
hora  apénas  duró  el  combate ,  que  se  terminára  á  las  nueve  de 
la  mañana.  Debióse  tan  funesta  pérdida  á  la  impericia  y  preci- 
pitación de  los  que  mandaban ,  que  pusieron  las  tropas  en  una 
situación  donde  la  caballería  y  artillería  no  pudieron  combatir, 
ni  maniobrar  la  infantería,  expuesta  sin  defensa  á  un  fuego  des- 
tructor. A  las  diez  comenzaron  á  llegar  los  fugitivos  á  la  ca- 
pital. 

La  desolación  fué  general  con  aquella  derrota  completa  é 
inesperada.  La  ciudad  entera  no  pensó  en  defenderse,  pues  solo 
quedaron  cuatrocientos  reclutas  desalentados.  Así ,  cuando  los 
vencedores  se  presentaron  en  las  cercanías  del  barrio  de  San 
Victorino,  intimaron  al  gobierno  que  se  rindiera  á  discreción. 
El  presidente  nombró  á  los  generales  Antonio  Morales  y  ¿osé 
María  Ortega  para  que  ajustaran  una  capitulación.  Siendo  exce- 
sivas las  pretensiones  de  los  facciosos ,  se  pasó  la  tarde  y  la 
mitad  déla  noche  sin  obtener  resultado  y  en  la  mayor  ansiedad. 
A  la  una  de  la  mañana  nombró  el  presidente  á  los  señores  José 


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CAPÍTULO  XVII.  367 

María  del  Castillo  y  Luis  A.  Baralt  como  negociadores.  Cuando 
amaneció,  los  reclutas  que  guarnecían  la  plaza  mayor  se  habían 
desertado.  El  prefecto  José  María  Mantilla,  el  comandante  ge- 
neral Francisco  de  Paula  Vélez,  y  los  ministros  Azuero,  Márquez 
y  Rieux  estaban  ocultos.  Solo  acompañaban  al  presidente  el 
doctor  Vicente  Borrero,  secretario  de  relaciones  exteriores;  de 
los  consejeros  el  doctor  Félix  Restrepo  ;  y  de  los  militares  el 
coronel  Francisco  Javier  González ,  y  los  tenientes  coroneles 
José  Acevedo  y  José  Manuel  Montoya ,  con  algunos  otros  que 
habian  permanecido  custodiando  la  plaza  de  la  Catedral. 

Pasadas  las  diez  de  la  mañana  se  firmó  (agosto  28)  la  capitula- 
ción por  los  comisionados  del  gobierno  y  los  que  babia  nombrado 
Jiménez,  que  eran  el  coronel  Cárlos  Castillo  y  Pedro  Domínguez 
Hóyos.  Aquella  fué  ratificada  por  el  mismo  presidente  de  la 
República  y  refrendada  por  el  secretario  de  relaciones  exte- 
riores, á  causa  de  haberse  ocultado  el  jefe  militar.  Estipulábase 
en  ella  una  garantía  completa  de  las  vidas,  personas,  libertad  y 
propiedades  de  todos  los  habitantes  de  la  capital,  inclusos  los 
militares.  Exigióse  empero  que  salieran  dentro  de  tercero  dia 
con  sus  pasaportes  para  Cartagena  los  ciudadanos  Manuel 
Antonio  y  Juan  Manuel  Arrúblas ,  Francisco  y  José  Manuel 
Montoya,  Vicente  y  Juan  Nepomuceno  Azuero,  José  Ignacio 
Márquez,  general  José  María  Mantilla,  coroneles  José  María 
Gaitan  y  Francisco  Barriga,  y  el  doctor  Juan  Nepomuceno 
Várgas.  Convínose  en  que  los  reclutas  se  licenciarían,  y  que  los 
soldados,  clases  y  oficiales  se  agregarían  á  la  división  Callao 
para  la  formación  de  un  cuerpo  que  reemplazára  á  los  bata- 
llones extinguidos  de  Cazadores  y  Boyacá;  que  las  milicias  de 
caballería  se  retirarían  á  sus  casas  conservando  el  fuero  militar, 
y  que  el  primer  regimiento  haría  parte  de  la  división  Callao, 
siempre  que  se  necesitára;  que  se  recogerían  las  armas  y  mu- 
niciones del  Estado;  que  se  concederían  pasaportes  y  las  demás 
garantías  necesarias  á  los  que  deseáran  ausentarse  de  la  capital ; 
en  fin,  que  la  división  Callao  ocupára  la  ciudad  á  la  una  de  la 
tarde  del  28  de  agosto. 

Ifuchos  han  censurado  esta  capitulación  como  un  acto  de  la 
mas  degradante  debilidad,  cometido  por  el  primer  magistrado 
de  Colombia.  Dicen  que  Mosquera  aprobó  en  ella  artículos  in- 
constitucionales, como  conceder  fuero  á  las  milicias,  y  convenir 
por  temores  infundados  en  que  se  desterrára  sin  juicio  ni  pro- 


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368  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

ceso  á  sus  dos  ministros  Márquez  y  Azuero ,  así  como  á  otros 
ciudadanos  distinguidos ,  cuyo  único  delito  era  haberse  empe- 
ñado fuertemente  en  sostener  la  constitución ,  las  leyes  y  al 
mismo  presidente  Mosquera.  Este  alegaba  en  su  defensa,  que 
hallándose  rodeado  de  peligros  y  abandonado  por  casi  todos, 
quiso  por  medio  de  la  capitulación  libertar  á  Bogotá  de  la  zana 
de  los  vencedores,  que  tomándola  por  asalto  ó  á  discreción,  po- 
dían cometer  asesinatos  ,  robos  y  otros  excesos,  «  En  compara- 
ción de  estos  males ,  decía ,  le  pareció  menor  el  destierro  de 
once  ciudadanos  beneméritos ,  que  con  este  sacrificio  temporal 
se  libertarian  de  que  se  atentára  á  sus  vidas.  »  Sin  embargo,  el 
mismo  presidente  aseguró  de  oficio  al  consejo  de  Estado,  que 
habia  á  la  sazón ,  —  «  que  por  la  fuerza  se  le  habian  dictado 
condiciones  inicuas  y  contrarias  á  la  constitución  del  Estado. » 
Por  consiguiente  sus  deberes  exigian  que  no  las  hubiese  ratifi- 
cado. 

Á  las  cinco  de  la  tarde  entraron  los  facciosos  vencedores ,  y 
detras  seguian  los  prisioneros  desarmados ,  sin  los  oficiales  que 
debian  entrar  por  la  noche.  Ningún  exceso  ni  insulto  se  cometió, 
y  las  tropas  desfilaron  á  sus  cuarteles.  Todos  los  ciudadanos  y 
militares  comprometidos  se  ocultaron. 

Viéndose  el  presidente  vejado  y  oprimido  por  la  fuerza  ar- 
mada vencedora ,  que  se  apoderó  de  todas  las  tropas  del  go- 
bierno, así  como  de  las  armas  y  municiones  existentes,  se  per- 
suadió que  no  podia  gobernar.  En  consecuencia  se  abstuvo  de 
todo  acto  gubernativo ,  y  pidió  al  consejo  de  Estado  le  consul- 
tára  lo  que  debiera  hacer  en  tan  críticas  circunstancias,  pues  la 
obediencia  que  le  protestaban  los  jefes  de  los  facciosos  se  podia 
considerar  como  palabras  vacías  de  sentido.  El  consejo,  después 
de  una  larga  meditación  en  dos  sesiones,  dijo  al  presidente,  que 
tuviera  una  conferencia  con  Jiménez  y  los  generales  vence- 
dores ,  á  fin  de  persuadirles  que  sobreseyeran  en  dos  artículos 
de  la  capitulación  del  28.  El  primero ,  que  trataba  de  la  expul- 
sión de  los  once  ciudadanos  sin  oirles  ni  juzgarles;  y  el  se- 
gundo ,  que  concedía  fuero  á  las  milicias ,  pues  ambos  eran 
inconstitucionales  y  contrarios  á  los  deberes  del  jefe  de  la»Re- 
pública. 

Túvose  en  efecto  la  sesión  en  la  casa  del  gobierno ,  concur- 
riendo también  los  negociadores  Castillo  y  Baralt.  Mas  sin 
embargo  de  las  urgentes  persuasiones  de  estos  y  de  Mosquera , 


V 


V 


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CAPÍTULO  XYII. 


no  cedieron  los  vencedores  un  ápice  de  la  capitulación.  Aun 
hicieron  cargo  al  presideute  de  que  no  hubiese  puesto  presos  á 
los  once  ciudadanos  proscritos.  Ademas  los  Ingleses  Jackson  y 
Johnson  faltaron  al  respeto  debido  al  primer  magistrado  de 
Colombia.  Pareció  en  aquel  dia  que  Mosquera  vencido  compa- 
recia  á  ser  juzgado  por  sus  vencedores. 

Á  pesar  de  esto ,  el  presidente  instado  por  sus  amigos  para 
que  ensayára  áver  si  podia  reorganizar  el  gobierno,  al  fiu  con- 
vino en  formar  un  ministerio,  y  en  escoger  para  el  de  la  guerra 
al  general  Rafael  Urdaneta ,  que  habia  llegado  á  la  capital ; 
para  relaciones  exteriores  nombró  al  señor  Pedro  Gual;  para  el 
interior  al  señor  Agustín  Gutiérrez  Moreno,  y  para  hacienda  al 
señor  Rafael  Caro.  Todos  confiaban  en  que  Urdaneta  restable- 
cería el  orden  en  las  tropas,  por  su  influjo  y  firmeza  de  carácter. 
Él  se  dejó  rogar  ántes  de  admitir,  lo  que  al  fin  se  consiguió 
(agosto  31).  Ningún  otro  de  los  nombrados  quiso  aceptar  el 
ministerio. 

En  vista  de  la  negativa  de  los  jefes  militares  á  dejar  de  exigir 
el  cumplimiento  délos  actos  inconstitucionales  contenidos  en  la 
capitulación,  tanto  el  presidente  como  el  vicepresidente  se  man- 
tuvieron firmes  eu  su  propósito  de  no  continuaren  el  mando. 
No  querían  ser  el  ludibrio  de  la  fuerza  armada,  cuyos  jefes 
protestaban  obediencia  al  gobierno,  á  quien  por  sus  hechos  des- 
conocían. Pero  nuevos  actos  vinieron  á  confirmar  la  justa  reso- 
lución de  aquellos  magistrados. 

Hasta  entónces  no  habían  adoptado  los  jefes  rebeldes  ningún 
principio  político  que  pudiera  generalizar  su  revolución  dán- 
dole un  carácter,  aunque  fuese  aparente,  de  utilidad  pública. 
Como  el  general  Urdaneta  era  el  principal  director  de  los  rebel- 
des, según  su  misma  confesión,  es  probable  que  de  él  ó  de  otros 
hombres  de  partido  naciera  la  idea  de  proclamar  jefe  de  la 
República  al  Libertador.  Ya  Justo  Briceño  en  el  Socorro  le 
habia  llamado  á  ser  generalísimo  de  las  tropas  de  Colombia. 
También  habia  hecho  lo  mismo  en  Tunja  el  coronel  venezolano 
de  nacimiento  Pedro  Mares  el  25  de  agosto ,  quien ,  auxiliado 
porcunos  pocos  hombres ,  redujo  á  prisión  al  prefecto  Bernar- 
dino  Tovar,  y  se  apoderó  de  una  provincia  de  doscientas  mil 
almas  de  población.  El  coronel  Joaquín  Posada  hizo  en  Honda 
y  Mariquita  otro  pronunciamiento  semejante  contra  el  gobierno 
legítimo.  En  todas  estas  provincias  unos  pocos  hombres  atre- 

TOMO  IV.  24 


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370 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


vidos  triunfaron  de  la  constitución  y  de  las  leyes ,  sobreponién- 
dose á  ellas  y  dominando  á  cuatrocientas  mil  almas,  sin  qué 
la  masa  de  los  pueblos  hiciera  el  menor  esfuerzo  para  sostener 
al  gobierno  de  leyes  y  garantías  que  este  les  daba.  ¡Triste 
ejemplo  de  la  apatía ,  de  la  ignorancia  y  de  la  indiferencia  de 
nuestra  población  por  las  instituciones  liberales  que  regían 
entonces ! 

Con  el  objeto  de  realizar  la  proclamación  intentada,  el  juez 
de  policía  Francisco  Urquinaona ,  que  hacía  de  prefecto  acci- 
dental, convocó  por  bando  á  los  padres  de  familia  de  la  capital 
y  de  sus  alrededores  á  fin  de  que  el  2  de  setiembre  se  reunieran 
en  el  salón  de  las  sesiones  del  congreso.  Para  nada  se  contó  con 
el  jefe  nominal  de  la  República.  Á  las  tres  y  media  de  la  tarde 
se  juntaron  el  consejo  municipal,  el  cabildo  eclesiástico,  algu- 
nos padres  de  familia  y  bastantes  campesinos  de  los  pueblos 
inmediatos ,  los  que  expresamente  habían  sido  llamados  desde 
el  día  anterior  por  Jiménez  y  socios.  El  prefecto  manifestó  que 
habiéndose  disuelto  el  gobierno  general  desde  que  se  habían 
declarado  várias  provincias  por  S.  E.  el  Libertador,  apoyadas 
en  la  fuerza  armada,  no  quedaba  otro  medio  de  salvar  la  Repú- 
blica en  la  terrible  lucha  que  había  principiado,  en  toda  la  ex- 
tensión de  Colombia,  de  consolidar  el  órden  y  la  libertad ,  que 
llamar  al  mando  supremo  á  Bolívar  :  dijo  que  este  no  abando- 
naría á  su  patria  en  aquellos  momentos  en  que  su  influencia 
era  la  única  capaz  de  ponerla  en  salvamento ;  en  fin ,  que  los 
padres  de  familia  de  la  capital  no  debían  tardar  en  pronun- 
ciarse, porque  hacer  lo  contrario  sería  un  crimen  de  lesa  patria. 

En  estas  mismas  y  en  otras  consideraciones  se  fundaba  un 
proyecto  de  acta  que  el  mismo  prefecto  había  preparado.  Leyóse 
y  fué  aplaudida  por  los  concurrentes,  que  la  sancionaron  por 
aclamación.  Eran  sus  resoluciones  :  —  «  Primera ,  que  se 
llame  al  Libertador  para  que  encargado  de  los  destinos  de  Co- 
lombia, obre  del  modo  que  crea  mas  conveniente  para  salvarla 
de  los  males  que  la  amenazan ;  segundo ,  que  entre  tanto  que 
viene  el  Libertador,  se  encargue  del  mando  supremo  el  general 
en  jefe  Rafael  Urdaneta,  para  que  obre  del  modo  que  crea  mas 
oportuno  á  la  felicidad  de  los  pueblos.  »  Por  el  articulo  tercero 
se  dispuso  que  hasta  la  resolución  del  Libertador  quedáran  en 
su  fuerza  y  vigor  las  garantías  individuales  acordadas  en  la 
constitución ,  y  que  rigiera  esta  en  todo  lo  que  no  fuese  con- 


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CAPÍTULO  XVII.  371 

traria  al  actual  pronunciamiento.  Por  último  se  dieron  las 
gracias  á  los  señores  Mosquera  y  Caicedo  por  los  esfuerzos  que 
habian  hecho  en  favor  de  los  habitantes  de  Bogotá;  pero  se  les 
consideraba  ya  en  el  acta  como  destituidos  de  sus  empleos. 

La  asamblea  que  acordara  dicha  acta ,  no  fué  respetable  ni 
por  el  número  ni  por  la  influencia  de  los  ciudadanos  que  la 
sancionaron.  La  mayor  parte  de  las  personas  notables  de  la  ca- 
pital no  quisieron  concurrir  para  no  ser  meros  instrumentos  de 
una  facción  armada  que  iba  á  destruir  la  constitución  y  las 
leyes ,  echando  por  tierra  al  gobierno  legítimo.  Después  de  ter- 
minada el  acta  hubo  otra  farsa  ridicula.  Una  reunión  del  popu- 
lacho, guiada  por  unos  pocos  militares ,  sacó  por  las  calles  en 
procesión  el  retrato  de  Bolívar,  con  música,  cohetes  y  repiques 
de  campanas ,  tanto  en  la  catedral  como  en  las  iglesias  de  los 
conventos.  Casi  todo  el  clero  secular  y  regular  de  la  capital  era 
partidario  del  niaiido  del  Libertador.  Los  principios  religiosos 
de  los  exaltados  republicanos,  que  habian  ejercido  el  poder  du- 
rante el  gobierno  del  señor  Mosquera ,  estaban  en  lo  general 
muy  desacreditados,  aunque  la  conducta  moral  y  religiosa  de 
este  fuera  intachable. 

En  vista  del  acta  que  le  pasó  el  prefecto  de  Cundinamarca,el 
presidente  Mosquera  consultó  de  nuevo  al  consejo  de  Estado. 
Este,  después  de  una  madura  deliberación,  comisionó  á  su  pre- 
sidente el  ministro  de  la  guerra  Urdaneta,  para  que  examinase 
la  disposición  en  que  se  hallaba  la  fuerza  armada  —  a  y  si  el 
gobierno  podia  contar  con  ella ,  no  solo  para  hacerse  obedecer, 
sino  para  cumplir  y  hacer  cumplir  en  todas  sus  partes  la  cons- 
titución de  la  República.  »  El  resultado  de  esta  comisión  no  fué 
satisfactorio.  Los  jefes  de  la  fuerza  armada,  á  los  que  se  agre- 
gara Justo  Briceño,  que  acababa  de  llegar  del  Socorro,  contes- 
taron :  —  a  que  se  negaban  á  prestar  obediencia  al  gobierno  en 
lo  que  tendiera  á  contrariar  la  venida  del  Libertador  á  ponerse 
al  frente  de  la  naciou ;  y  que  si  por  el  contrario  se  llamaba  á 
S.  E.  con  este  preciso  objeto,  entonces  se  someterían  absoluta- 
mente al  gobierno.  » 

Siguióse  á  esta  respuesta  una  intimación  que  los  jefes  Briceño 
y  Jiménez  hicieron  al  presidente  de  la  República,  exigiéndole 
una  contestación  pronta,  decisiva  y  categórica  sobre  tres  pun- 
tos: primero,  si  el  gobierno  se  hallaba  decidido  i  seguir  la 
marcha  del  partido  vencedor  y  la  voz  de  las  provincias  que  se 


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372  HISTORIA  DB  COLOMBIA. 

habían  declarado  por  el  Libertador;  segundo,  si  estaba  dis- 
puesto á  llamarle ,  haciendo  que  en  el  mismo  dia  saliera  al 
efecto  una  comisión;  y  tercero,  si  el  gobierno  recibiría  al  Li- 
bertador con  el  carácter  que  quisiera  darle  la  mayoría  de  los 
pueblos. 

Al  leer  una  intimación  tan  insolente,  el  consejo  de  Estado 
acordó  consultar  al  presidente  Mosquera  lo  que  sigue :  o  No 
siendo  justo  que  á  nadie  se  le  obligue  ó  violente  á  cometer  ac- 
tos indebidos  y  que  comprometan  sus  juramentos  y  su  concien- 
cia ,  el  consejo  opina  que  SS.  EE.  el  presidente  y  vicepresidente 
tienen  la  libertad  necesaria  para  retirarse  de  la  capital,  donde 
reside  la  fuerza  armada  que  los  desobedece,  y  que  se  ha  erigido 
en  deliberante,  siempre  que  así  lo  estimen  necesario  para  evitar 
cualquiera  violencia  que  pueda  comprometerlos  á  actos  incons- 
titucionales; y  que  en  el  caso  de  retirarse  den  un  manifiesto  á 
Ja  nación,  para  que  esta  conozca  el  curso  que  han  llevado  los 
acontecimientos,  la  conducta  que  ha  observado  el  gobierno  y 
el  estado  en  que  actualmente  se  halla  el  país.  »  —  Los  señores 
Mosquera  y  Caicedo,  que  desde  la  funesta  jornada  del  Santua- 
rio, habian  sido  de  opinión  que  debían  cesar  en  el  gobierno, 
especialmente  el  segundo,  que  jamas  convino  en  otro  medio,  se 
conformaron  en  todo  con  la  consulta  del  consejo.  En  el  mismo 
dia  (4  de  setiembre),  á  las  seis  de  la  tarde,  lo  dijeron  así  á  los 
jefes  que  habian  suscrito  la  intimación,  y  cesaron  enteramente 
en  el  gobierno  de  Colombia.  Nueve  dias  habia  estado  la  capital 
sin  autoridades  reconocidas,  y  para  honor,  tanto  de  los  vence- 
dores como  de  sus  habitantes,  añadiremos  que  ningún  exceso 
se  cometió. 

Aquellos  dias  fueron  amargos  para  el  presidente  y  para  todos 
los  ciudadanos  que  amaban  á  su  patria ,  al  ver  que  una  facción 
insignificante  al  principio  habia  conseguido  derrocar  al  gobierno, 
á  la  constitución  y  á  las  leyes.  Á  pesar  del  carácter  aprehensivo 
por  lo  común  del  señor  Mosquera,  él  supo ,  miéntras  se  suce- 
dían tales  acontecimientos ,  hablar  con  firmeza  á  los  rebeldes, 
exponer  al  consejo  de  Estado  las  demasías  de  estos  y  sostener 
con  vigor  su  opinión  de  no  continuar  en  el  mando.  El  coníejo 
de  Estado  tuvo  constantemente  la  misma  firmeza  laudable  (i). 

(1)  Los  consejeros  que  concurrían  á  las  sesiones  y  que  arrostraron  el  odio 
de  los  vencedores  fueron  el  vicepresidente  Caicedo,  los  ministros  Borrero  y 


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CAPÍTULO  xvn.  37,1 

Después  de  su  caida  Mosquera  se  fué  á  los  Estados  Unidos,  y 
Gaicedo  se  retiró  á  su  hacienda  de  Saldaña. 

Apénas  recibieron  los  jefes  militares  la  noticia  que  deseaban 
de  haber  cesado  el  gobierno  de  Mosquera ,  cuando  oficiaron  al 
prefecto  Urquinaona  previniéndole  convocase  al  consejo  muni- 
cipal y  á  los  padres  de  familia ,  y  los  instruyera  de  este  aconte- 
cimiento. Juntáronse  en  efecto  en  la  casa  de  la  prefectura  algu- 
nos ciudadanos  de  los  mas  exaltados  partidarios  de  Bolívar  y 
acordaron :  —  «  que  no  se  hiciera  nueva  acta  de  los  vecinos  de 
la  capital ,  sino  que  en  la  mañana  siguiente  se  reuniera  la  mu- 
nicipalidad y  ofreciera  el  gobierno  áUrdaneta.  En  consecuencia 
la  municipalidad  envió  á  este  una  diputación  suplicándole  se 
encargase  del  poder  ejecutivo  en  atención  á  la  confianza  que  te- 
nían los  habitantes  de  Bogotá  en  su  probidad  y  talentos,  á  cuya 
súplica  se  unian  los  votos  del  mismo  consejo  municipal.  Pedíale 
también  que  después  de  posesionarse  enviára  una  comisión  á 
llamar  al  Libertador,  á  fin  de  que  viniera  á  la  capital  á  ejercer 
el  gobierno  supremo  de  la  República. 

El  general  Urdaneta  opuso,  como  de  costumbre  en  tales 
casos,  algunas  dificultades  para  encargarse  del  mando  de  Co- 
lombia; pero  al  fin  cedió  prestando  el  5  de  setiembre,  en  pre- 
sencia de  todos  los  oficiales  de  la  guarnición  de  la  capital,  el 
juramento  de  —  «  observar  la  constitución  de  la  República  en 
lo  que  no  se  opusiera  á  aquel  acto  y  á  los  pronunciamientos  de 
los  pueblos.  »  Hé  aquí  una  nueva  prueba  de  que  era  el  jefe 
puesto  por  una  facción  armada.  El  título  que  se  dió  fué  —  «  en- 
cargado provisionalmente  del  poder  ejecutivo.  » 

En  las  circunstancias  en  que  Urdaneta  asumió  el  gobierno, 
todos  los  partidos  quedaron  contentos,  pues  temían  que  se  en- 
tronizara la  anarquía,  que  tantos  males  causa  á  los  pueblos.  Así 
multitud  de  personas  respetables  de  Bogotá  le  instaron  para  que 

Urdaneta ,  y  los  consejeros  Félix  Restrepo ,  Diego  Fernando  Gómez ,  Juan 
Fernández  Soto  Mayor,  y  Agustín  Gutiérrez  Moreno.  Urdaneta  opinó  públi- 
camente como  los  demás;  pero  las  imprudentes  revelaciones  que  hizo  des- 
pees nos  autorizan  á  creer  que  él  estaba  de  acuerdo  con  los  jefes  de  los 
facciosos,  á  quienes  probablemente  aconsejaba  los  pasos  que  dieron  contra 
el  gobierno,  y  que  como  ministro  de  la  guerra  aceleró  la  caida  de  la  admi- 
nistración que  aparentaba  sostener.  Sentimos  el  vernos  obligados  á  emitir 
este  severo  juicio  contra  un  jefe  benemérito  por  muchos  títulos,  y  que  fué 
nuestro  compañero  en  el  ministerio. 


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374  HISTORIA  DE  COLOMBIA • 

se  encargara  del  poder  ejecutivo.  De  los  militares  que  pertene- 
cían al  partido  vencedor,  él  era  el  único  que  por  su  carácter 
firme  y  por  su  influjo  sobre  las  fropas  podía  ofrecer  garantías 
de  orden  en  la  capital  y  en  las  provincias. 

Urdaneta  organizó  inmediatamente  su  ministerio.  Para  rela- 
ciones exteriores  continuó  al  doctor  Vicente  Borrero ;  para  el 
interior  nombró  al  doctor  Estanislao  Vergara ;  para  hacienda  al 
contador  Jerónimo  Mendoza,  y  para  guerra  y  marina  al  general 
Joaquín  París.  Encargó  la  prefectura  de  Cundinamarca  á  Bue- 
naventura Ahumada ,  uno  de  los  mas  activos  promovedores  de 
la  revolución,  y  la  comandancia  general  al  coronel  Mugüerza. 

El  4  de  setiembre  habia  conseguido  Urdaneta  que  los  once 
ciudadanos  que  debían  ser  expulsados  permanecieran  tranquilos 
en  sus  casas.  Los  vencedores  desistieron  de  aquella  condición, 
acordándose  un  nuevo  artículo  por  los  mismos  comisionados 
que  firmaron  la  capitulación  del  28  de  agosto.  Tanto  los  com- 
prendidos en  la  expulsión  como  las  numerosas  personas  que  se 
interesaban  en  su  suerte  aplaudieron  esta  acción  del  nuevo  go- 
bernante. Al  principio  su  administración  hizo  esfuerzos  para 
calmar  la  efervescencia  de  los  partidos  y  amalgamarlos,  si  era 
posible ,  asi  como  para  restablecer  el  órden  público  y  la  disci- 
plina de  las  tropas. 

Inmediatamente  envió  á  Cartagena ,  en  donde  aun  permane- 
cía el  Libertador,  una  comisión  compuesta  del  coronel  Vicente 
Piñérez  y  del  consejero  municipal  Julián  Santamaría  (setiem- 
bre 7).  Dábale  cuenta  documentada  de  todo  lo  ocurrido  en  la 
capital.  Le  rogaba  encarecidamente  que  oyera  los  clamores  de 
sus  conciudadanos,  y  que  en  favor  de  Colombia  aceptara  su 
gobierno,  al  que  ya  le  habían  llamado  cuatro  provincias,  y  que 
probablemente  las  demás  harían  lo  mismo.  Algunos  amigos  del 
Libertador  le  escribieron  en  iguales  términos ,  manifestándole 
que  su  presencia  en  la  capital  como  jefe  del  poder  ejecutivo  era 
necesaria  para  conservar  el  órden  público  y  restablecer  la  tran- 
quilidad alterada  tan  fuertemente. 

Con  este  objeto  y  para  conservar  la  autoridad  que  se  le  habia 
conferido,  decretó  Urdaneta  que  las  tropas  existentes  en  los  de- 
partamentos de  Cundinamarca  y  Boyacá  se  eleváran  á  cinco 
mil  infantes  y  seiscientos  caballos ,  fuera  de  seis  cuerpos  que 
habia  en  las  provincias  litorales.  Pió  el  mando  de  la  primera 
división  al  coronel  Florencio  Jiménez,  á  quien  poco  después 


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CAPÍTULO  XVII.  371) 

hizo  general,  y  el  de  la  segunda  á  Justo  Briceño;  ambos  eran 
premiados  por  su  alzamiento  militar. 

En  todos  los  disturbios  referidos,  los  ministros  de  la  Gran 
Bretaña ,  del  Brasil  y  de  los  Estados  Unidos  tuvieron  simpatías 
por  los  facciosos  y  se  complacieron  por  el  llamamiento  del  Li- 
bertador. Creían  que  era  el  único  jefe  capaz  de  enfrenar  los 
partidos  y  de  sostener  á  Colombia.  Sobre  todos  el  ministro  Túr- 
ner  y  la  mayor  parte  de  los  Ingleses  residentes  en  Bogotá  fue- 
ron hostiles  al  gobierno  de  Mosquera,  á  quien  tachaban  de 
débil  y  que  patrocinaba  asesinos,  porque  no  expelía  á  algunos 
reos  del  25  de  setiembre,  y  por  las  doctrinas  que  sostenian  va- 
rios del  partido  exaltado.  Empero  al  presidente  no  podia  hacér- 
sele con  justicia  responsable  de  estas  opiniones  de  la  imprenta 
libre,  y  era  intachable  su  probidad  personal. 

Á  la  vez  que  ocurrían  estos  sucesos  en  la  capital ,  acaecían 
otros  de  la  misma  naturaleza  en  las  provincias  costaneras.  Ha- 
bíanse reunido  en  Cartagena  multitud  de  militares  de  alta  gra- 
duación ,  amigos  entusiastas  del  Libertador,  que  veían  con  sumo 
desagrado  que  este  no  mandara.  De  los  civiles  se  les  unieron  el 
prefecto  Juan  de  Francisco  Martin  y  Juan  García  del  Rio,  los 
que  por  sus  talentos  y  otras  calidades  ejercían  mucho  influjo  en 
aquella  provincia.  Todos  ellos  estaban  en  oposición  al  gobierno 
de  Mosquera.  Á  pesar  de  que  Bolívar  les  daba  buenos  consejos 
y  de  que  procuraba  calmar  las  pasiones  exaltadas  de  sus  ami- 
gos, á  fin  deque  obedecieran  al  presidente  constitucional, ellos 
le  hacian  la  guerra,  primero  sorda  y  después  abiertamente.  Los 
nombramientos  de  Márquez  y  de  Azuero  para  ministros  les  ha- 
bían disgustado  sobre  manera.  Acriminaban  al  primero  como 
un  delito  haber  sido  el  autor  del  célebre  mensaje  del  ejecutivo 
al  congreso  en  15  de  abril  último,  proponiendo  que  no  se  diese 
constitución  para  Colombia,  y  que  se  llamara  una  convención 
constituyente  de  la  Nueva  Granada.  Achacaban  á  Azuero  parti- 
cipación en  los  sucesos  del  25  de  setiembre,  aunque  injusta- 
mente. Á  ambos  los  tachaban  de  enemistad  hácia  el  Libertador, 
de  que  tenían  ideas  exaltadas  de  libertad ,  y  de  que  propendían 
á  1<*  disolución  de  Colombia.  Valuaban  á  los  otros  dos  ministros 
como  hombres  de  pocos  talentos  y  de  mezquinas  ideas.  Así  por 
diferentes  capítulos  atacaban  en  masa  al  ministerio. 

Los  papeles  que  se  publicaban  en  Cartagena  desde  el  25  de 
julio  en  adelante  eran  incendiarios.  Fuera  de  los  ataques  á  la 


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37G  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

administración  de  Mosquera,  se  sostenía  acaloradamente  un 
proyecto  que  podia  causar  males  muy  graves,  y  que  puso  en 
duda  el  patriotismo  de  sus  promovedores.  Tal  era  que  si  se  re- 
conocian  los  Estados  del  norte  y  del  sur,  Colombia  estaba  di- 
suelta; que  en  este  caso  las  provincias  del  Magdalena  debían 
erigirse  en  un  cuarto  Estado  que  se  uniera  en  federación  con 
los  demás ;  idea  halagüeña  al  provincialismo  y  que  por  lo  mismo 
debía  tener  muchos  partidarios. 

En  tales  circunstancias  se  recibieron  en  Cartagena  las  noticias 
de  la  insurrección  del  Callao  y  de  los  pueblos  de  la  llanura  de 
Bogotá,  así  como  las  de  la  rebelión  del  Socorro.  El  general 
Briceño  envió  el  acta  que  hizo ,  en  que  ofrecía  sostener  la  inte- 
gridad de  Colombia  y  la  constitución  que  hollaba,  y  en  que  se 
elegía  al  Libertador  para  ser  generalísimo  del  ejército.  Apénas 
se  recibió  en  Cartagena  este  documento,  el  general  Montilla 
convocó  el  2  de  setiembre  á  todos  los  jefes  militares  que  habia 
en  aquella  plaza.  Después  de  largas  consideraciones  y  discursos 
para  manifestar  que  el  presidente  de  la  República  no  tenia 
libertad  ni  independencia  á  causa  de  hallarse  dominado  por  un 
ministerio  que  representaba  á  la  facción  demagógica,  en  cuyo 
obsequio  violaba  la  constitución  y  las  leyes,  deprimía  al  ejér- 
cito y  daba  su  protección  á  insignes  criminales,  acordaron  : 
«  Primero ,  desconocer  al  gobierno  de  Bogotá  protestando  no 
obedecer  las  órdenes  comunicadas  por  un  ministerio  impopular 
y  reprobado  por  los  pueblos;  segundo,  auxiliar  á  los  que  se 
hubieran  pronunciado  ó  se  pronunciáran  contra  el  ministerio  y 
en  favor  de  la  carta  constitucional  é  integridad  de  la  República; 
y  tercero ,  llamar  al  Libertador  á  fin  de  que  se  pusiera  á  la 
cabeza,  comunicándole  este  deseo  por  una  diputación  de  la 
junta. 

Al  día  siguiente  (setiembre  3)  el  prefecto  del  Magdaleua  con- 
vocó otra  reunión  de  padres  de  familia,  y  sus  resoluciones  rae- 
ron  :  sostener  la  integridad  de  Colombia,  conforme  á  la  ley 
fundamental,  á  la  constitución  y  á  las  leyes  de  la  República; 
pedir  la  separación  del  ministerio  y  el  nombramiento  de  otro 
que  mereciera  la  confianza  nacional;  exigir  la  expulsión  de*los 
asesinos  del  25  de  setiembre,  y  que  se  hicieran  exquisitas  dili- 
gencias para  descubrir  y  castigar  á  los  que  dieron  muerte  al 
gran  mariscal  de  Ayacucho ;  determinar  que  se  manifestára  al 
Libertador  la  necesidad  de  que  asumiese  el  mando  en  jefe  del 


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CAPÍTULO  XV II.  377 

ejército  colombiano ,  para  su  dirección  y  para  que  no  se  desviára 
de  los  principios  proclamados;  encargar  finalmente  á  las  auto- 
ridades del  departamento  la  adopción  de  cuantas  medidas  esti- 
máran  necesarias  para  conservar  el  orden  público,  y  para  que 
este  pronunciamiento  se  cumpliera  en  todas  sus  partes.  Acor- 
dóse también  que  una  comisión  escogida  presentara  al  Liberta- 
dor los  votos  de  la  asamblea,  suplicándole  que  aceptase  la  invi- 
tación que  se  le  hacía,  y  que  de  oficio  se  enviára  copia  al 
presidente  de  la  República.  Hízolo  así  el  prefecto  en  una  larga 
nota  dirigida  en  su  mayor  parte  contra  el  ministerio.  Era  esta 
pieza  una  verdadera  intimación,  que  fué  muy  celebrada  por 
Urdaneta  y  sus  partidarios ;  fnélo  igualmente  el  pronunciamiento 
de  los  militares  enviado  por  Montilla,  quien  prometía  auxilios 
y  cooperación  á  Florencio  Jiménez ,  pues  aun  se  ignoraba  en 
Cartagena  el  nombramiento  de  Urdaneta.  Mas  á  pesar  de  tales 
excesos,  sus  autores  cometían  la  burla  de  asegurar  que  soste- 
nían la  constitución  y  las  leyes,  cuando  abiertamente  las  ho- 
llaban. 

Bolívar  no  quiso  tomar  el  mando  del  ejército ,  según  las  sú- 
plicas y  los  consejos  que  le  daban  sus  amigos  de  Cartagena  y 
de  otros  puntos.  Este  paso  le  hubiera  colocado  en  el  rango  de 
un  usurpador  ambicioso ,  lo  que  habría  oscurecido  sus  glorias. 
El  juzgaba  ser  innecesarias  é  indebidas  las  actas  hechas  tanto 
por  los  militares  á  quienes  presidió  Montilla ,  como  por  los  pa- 
dres de  familia  de  Cartagena.  No  eran  de  la  aprobación  del  Li- 
bertador aquellas  medidas ,  y  él  envió  á  la  junta  al  general 
O'Leary  con  el  objeto  de  dar  consejos  á  su  nombre.  Reducíanse 
estos  á  que  se  dirigiera  al  gobierno  central  una  representación 
pidiéndole  que  removiera  á  sus  actuales  ministros,  que  en  con- 
cepto de  los  ciudadanos  que  la  firmaron  no  merecían  la  con- 
fianza pública,  y  que  nombrára  otros. 

Pocos  dias  después  de  haber  rechazado  el  Libertador  la  invi- 
tación que  se  le  hizo  para  tomar  el  mando  del  ejército  (setiem- 
bre 17),  llegó  á  .Cartagena  la  comisión  enviada  de  la  capital  con 
las  actas  y  documentos  que  acreditaban  la  caida  del  gobierno 
coifctitucional,  y  el  llamamiento  que  se  le  hacía  para  que  se 
encargára  del  gobierno.  Los  comisionados  pretendieron  legiti- 
mar las  violencias  cometidas  por  la  fuerza  armada ,  y  las  actas 
populares.  El  Libertador  contestó  en  términos  generales,  dando 
expresivas  gracias  por  el  honor  que  le  hacian  los  padres  de  fa- 


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378 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


milia  de  Bogotá  y  el  gobierno  provisional.  Ofreció  hacer  cuanto 
estuviera  á  su  alcance  para  el  restablecimiento  del  orden,  y  que 
presentaría  todos  aquellos  servicios  que  fuesen  compatibles  con 
sus  deberes  y  que  pudiesen  redundar  en  beneficio  público. 

Anunció  Bolívar  en  48  de  setiembre  por  medio  de  una  peo- 
clama  y  en  su  contestación  al  general  ürdaneta ,  que  estaba 
pronto  á  prestar  sus  servicios  á  la  patria  —  a  como  ciudadano 
y  como  soldado,  »  —  y  á  ayudar  á  la  nueva  administración  en 
cuanto  dependiera  de  sus  facultades  —  «  al  restablecimiento  del 
orden,  á  la  reconciliación  de  los  hermanos  enemigos ,  y  á  recu- 
perar la  integridad  nacional.  »  Ofrecía  que  pronto  se  pondría 
en  marcha  para  la  cauital--  «á  reiterar  mis  protestas  solemnes 
de  obedecer  las  leyesylas  autoridades  actualmente  constitui- 
das, hasta  que  las  elecciones  constitucionales  nos  proporcionen 
los  beneficios  de  uu  cuerpo  legislativo ,  y  los  nuevos  magistra- 
dos que  les  den  los  sufragios  de  la  nación.  Hasta  que  llegue 
aquel  momento  deseado,  serviré  solo  como  ciudadano  y  como 
soldado.  Espero  que,  restablecido  el  órden  legal,  me  será  per- 
mitido volver  á  la  vida  privada,  de  la  que  ahora  me  arrancan 
los  peligros  de  la  patria ,  á  la  que  inmolo  el  precioso  bien  que 
he  poseido  durante  la  existencia  de  Colombia.  » 

Solo  habían  trascurrido  dos  días  después  de  esta  proclama , 
cuando  las  autoridades  civiles  ,  militares  y  eclesiásticas  de  la 
ciudad  de  Cartagena  se  reunieron  convocadas  por  el  prefecto 
departamental,  para  determinar  si  seguirían  ó  no  el  pronun- 
ciamiento de  la  capital  de  la  República.  Acordóse  por  unanimi- 
dad reconocer  al  gobierno  proclamado  en  Bogotá,  protestando 
—  «  que  el  departamento  del  Magdalena  seguiría  unido  á  fin 
de  conservar  el  órden  y  evitar  los  desastres  que  traería  la  diso- 
lución de  la  República.  »  También  se  acordó  convocar  á  los  pa- 
dres de  familia  para  el  dia  siguiente.  Reunidos  en  efecto  con 
todas  las  autoridades  residentes  en  Cartagena  confirmaron  el 
anterior  acuerdo,  proclamando  al  Libertador  jefe  de  Colombia, 
á  quien  la  asamblea  prometió  obediencia  y  cooperación  para  el 
restablecimiento  de  la  unidad  nacional,  autorizándole  para  adop- 
tar cuantas  medidas  creyera  conducentes  á  la  salvación  de1»  la 
República  y  al  restablecimiento  de  la  tranquilidad  y  del  órden , 
conservando  en  su  fuerza  y  vigor  la  constitución  y  las  leyes 
existentes ,  en  cuanto  no  se  opusieran  á  los  expresados  fines. 
Una  respetable  comisión  de  cinco  personas  debia  presentar  al 


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CAPÍTULO  XVII.  379 

Libertador  estas  resoluciones,  suplicándole  que  aceptara  el 
mando  que  se  le  confiaba,  y  manifestándole  también  el  pro- 
fundo respeto  que  por  él  tenia  la  asamblea. 

El  síndico  municipal  Juan  García  del  Rio,  uno  de  los  miem- 
bros de  la  comisión  nombrada  por  el  prefecto,  presentó  á  Bolívar 
las  actas  y  resoluciones  mencionadas ,  llevando  la  palabra  en 
aquel  acto.  Para  inclinar  el  ánimo  del  Libertador  le  recordó 
enérgicamente  sus  glorias,  su  patriotismo,  y  sus  deberes  de  con- 
servar íntegra  y  tranquila  á  Colombia.  «  He  ofrecido ,  dijo  en 
contestación,  en  una  proclama  que  acaba  de  ver  la  luz  pú- 
blica,  que  serviré  al  país,  en  cuanto  de  mí  penda,  como  ciuda- 
dano y  como  soldado.  Esto  mismo  tengo  el  bonor  de  repetir 
ahora;  pero  decid,  señores,  á  vuestros  comitentes,  que  por  res- 
petable que  sea  el  pronunciamiento  de  los  pueblos  que  han 
tenido  á  bien  aclamarme  jefe  supremo  del  Estado,  sus  votos  no 
constituyen  aun  aquella  mayoría  que  solo  puede  legitimar  un 
acto  semejante ,  en  medio  de  la  conflagración  y  de  la  anarquía 
espantosa  que  por  todas  partes  nos  envuelve.  Decidles  que  si  se 
obtiene  aquella  mayoría,  mi  reposo ,  mi  existencia,  mi  reputa- 
ción misma  la  inmolaré  sin  titubear  en  los  altares  de  la  patria 
adorada,  á  fin  de  salvarla  de  los  horrores ,  de  los  disturbios  in- 
testinos, de  los  peligros  de  una  agresión  extraña ,  y  volver  á 
presentar  á  Colombia  ante  el  mundo  y  ante  las  generaciones  fu- 
turas, tranquila,  respetada,  próspera  y  feliz. »  —  Obrando  con- 
forme á  estos  principios  y  con  el  laudable  designio  de  evitar  la 
guerra  civil  y  la  anarquía,  Bolívar  aconsejaba  en  aquella  época 
á  sus  amigos  que  sostuvieran  y  apoyáran  al  gobierno  de  Urdaneta 
como  único  centro  de  unidad  nacional. 

Algunos  han  calumniado  al  Libertador,  diciendo  que  aceptó 
el  mando  de  Colombia  ofrecido  por  una  facción  militar ;  pero 
los  documentos  escritos  demuestran  lo  contrario  con  la  mayor 
claridad.  Tenemos  igualmente  á  la  vista  cartas  suyas  origina- 
les ,  en  una  de  las  cuales  decia,  el  25  de  setiembre,  á  Vergara, 
ministro  del  interior  de  Urdaneta :  —  a  Ud.  me  dice  que  dejará 
luego  el  ministerio  porque  tiene  que  atender  á  su  familia ,  y 
lueg§  me  exige  Ud.  que  marche  yo  á  Bogotá  á  consumar  una 
usurpación  que  la  Gaceta  extraordinaria  de  7  del  corriente  ha 
puesto  de  manifiesto ,  sin  disfrazar  ni  una  coma  la  naturaleza 
del  atentado.  No,  mi  amigo,  yo  no  puedo  ir  ni  estoy  obligado  á 
ello,  porque  á  nadie  se  le  debe  forzar  á  obrar  contra  su  concien- 


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380 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


cia  y  las  leyes.  Tampoco  he  contribuido  en  la  menor  cosa  á  esta 
reacción ,  ni  he  comprometido  á  nadie  á  que  la  hiciera.  Si  yo 
recogiese  el  fruto  de  esta  insurrección ,  yo  me  haría  cargo  de 
toda  su  responsabilidad.  »  —  Continuaba  después  en  la  misma 
carta  enumerando  los  otros  motivos  que  le  asistían  para  no 
volver  á  Bogotá,  que,  según  decia,  no  era  su  teatro,  donde  nada 
podria  hacer,  porque  los  militares  granadinos  no  le  sosten- 
drían, y  mucho  ménos  los  que  rodeaban  al  gobierno,  plagados 
como  estaban  de  graves  defectos ;  porque  aborrecía  mortalmente 
el  mando;  porque  sus  servicios  no  habían  sido  felices,  y  porque 
estaba  cansado  y  enfermo.  —  «  No  puedo,  mi  amigo ,  añadía, 
no  puedo  volver  á  mandar  mas,  y  crea  Ud.  que  cuando  he  resis- 
tido hasta  ahora  á  los  ataques  de  los  amigos  de  Cartagena,  seré 
en  adelante  incontrastable. 

»  Dentro  de  tres  dias  me  voy  hácia  Santamaría ,  para  hacer 
ejercicio ,  por  salir  del  fastidio  en  que  estoy  y  por  mejorar  de 
temperamento.  Yo  estoy  aquí  renegando  contra  toda  mi  volun- 
tad, pues  he  deseado  irme  á  los  infiernos  para  salir  de  Colom- 
bia; pero  el  señor  N...  á  la  cabeza  de  otra  porción  de  importu- 
nos, me  han  tiranizado,  haciéndome  quedar  donde  no  puedo  ni 
quiero  vivir.  » 

Luego  se  hacía  cargo  Bolívar  de  su  proclama  y  oficio  del  Í8 
de  setiembre.  Decia  que  por  condescender  con  los  comisionados 
de  Bogotá,  les  había  ofrecido  que  no  diría  redondamente  que  se 
denegaba  á  aceptar  el  mando,  que  usó  por  eso  de  las  expresio- 
nes vagas  de  —  «  servir  como  ciudadano  y  como  soldado ,  »  á 
fin  de  sostener  por  algún  tiempo  á  la  nueva  administración, 
miéntras  buscaba  esta  cualquier  medio  de  salir  de  la  crítica  po- 
sición en  que  se  habia  colocado.  «  Yo  compadezco,  decia,  al 
general  Urdaneta,  á  Ud.  y  á  todos  mis  amigos  que  se  han  com- 
prometido sin  esperanza  de  salir  bien  ,  pues  nunca  debieron 
contar  conmigo  para  nada,  después  que  había  salido  del  mando 
y  que  habia  visto  tantos  desengaños.  Á  nadie  le  consta  mas  que 
á  Ud.  mi  repugnancia  á  servir,  y  la  buena  fe  con  que  insté  por 
mi  separación.  Desde  aquel  momento  he  tenido  mil  motivos 
para  aprobar  mi  resolución  :  de  consiguiente  sería  absurfto  de 
mi  parte  volverme  á  comprometer.  Añadiré  á  Ud.  una  palabra 
mas  para  aclarar  esta  cuestión  :  todas  mis  razones  se  fundan  en 
una: —  no  espero  salud  para  la  patria.  —  Este  sentimiento, 
ó  mas  bien  esta  convicción  íntima ,  ahoga  mis  deseos  y  me  ar- 


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CAPÍTULO  XVII.  384 

rastra  á  la  mas  cruel  desesperación.  Yo  creo  todo  perdido  para 
siempre ,  y  la  patria  y  mis  amigos  sumergidos  en  un  piélago 
de  calamidades.  Si  no  hubiera  mas  que  un  sacrificio  que  hacer 
y  este  fuera  el  de  mi  vida,  ó  el  de  mi  felicidad,  ó  el  de  mi  ho- 
nor,.... créame  Ud.,  no  titubeára.  Pero  estoy  convencido  que 
este  sacrificio  sería  inútil,  porque  nada  puede  un  pobre  hombre 
contra  un  mundo  entero ;  y  porque  soy  incapaz  de  hacer  la  fe- 
licidad de  un  país,  me  deniego  á  mandarlo.  Hay  mas  aun  :  los 
tiranos  de  mi  país  me  lo  han  quitado,  y  yo  estoy  proscrito; 
así  yo  no  tengo  patria  á  quien  hacer  el  sacrificio.  » 

Hé  aquí  la  postrera  manifestación  que  hizo  el  Libertador  de 
sus  verdaderos  sentimientos ,  y  una  ingenua  explicación  de  su 
conducta  política  en  aquella  época  desgraciada  de  la  República. 
Estos  sentimientos,  depositados  en  el  seno  de  la  amistad  y  ex- 
presados con  la  mayor  franqueza,  tienen  el  carácter  augusto  de 
la  verdad ;  sobre  todo  cuando  Bolívar  no  los  desmintiera  uu 
ápice  en  los  pocos  meses  que  sobrevivió  á  tan  explícita  declara- 
ción. Después  de  hacerla  siguió ,  conforme  indicaba ,  á  Soledad 
y  Barranquilla,  fijándose  en  este  lugar.  Así,  ahora  estamos  per- 
suadidos haber  sido  falso  que  el  Libertador  escribiera  cartas  á 
Jiménez  y  socios,  elogiaudo  la  rebelión  del  Callao,  según  creí- 
mos entónces,  cartas  cuyos  originales  hemos  buscado  con  mu- 
cha diligencia  sin  haber  podido  hallarlos.  Conociendo  los  rec- 
tos principios  de  Bolívar,  nos  parece  mo raímente  imposible 
que  se  hubiera  degradado  y  contradicho  escribiendo  con  elogio 
á  unos  facciosos  á  quienes  consideraba  tales,  y  cuyos  atentados 
condenaba  tan  enérgicamente. 

Á  tiempo  que  Bolívar  escribía  á  sus  amigos  con  tanta  clari- 
dad sobre  los  peligros  que  corrían ,  y  cuando  consideraba  con 
razón ,  que  no  habia  remedio  para  salvar  la  existencia  de  Co- 
lombia ,  ya  tenia  conocimiento  de  nuevas  actas.  La  capital  de 
Mompox  habia  hecho  la  suya  presidida  por  su  gobernador  Fran- 
cisco Troncoso ,  decidiéndose  por  el  mando  del  Libertador,  por 
la  integridad  de  la  República ,  y  reconociendo  también  al  go- 
bierno provisional  establecido  en  Bogotá.  Poco  tiempo  después 
la  provincia  de  Santamaría  celebró  actas  uniformando  sus  sen- 
timientos y  su  conducta  con  las  de  Cartagena  y  Mompox. 

Mas  no  sucedió  lo  mismo  con  la  de^Riohacha.  El  gobernador 
de  esta  José  María  Cataño ,  luego  que  recibió  las  actas  de  los 
jefes  de  la  guarnición  de  Cartagena  y  de  los  padres  de  familia, 


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382  HISTORIA  DB  COLOMBIA. 

hechas  en  los  primeros  días  de  setiembre,  convocó  á  la  muni- 
cipalidad y  á  los  vecinos  de  la  capital  para  deliberar  lo  que  debian 
hacer.  Acordóse  en  una  junta  del  li  de  setiembre,  y  por  mo- 
ción de  José  Andrés  Pizarro ,  sostener  al  gobierno  legítimo  y 
desconocer  á  las  autoridades  constituidas  en  la  capital  del  de- 
partamento ;  pedir  los  auxilios  y  la  protección ,  no  solo  del 
departamento  del  Zúlia  sino  también  del  gobierno  de  Vene- 
zuela; deponer  al  comandante  de  armas,  lo  mismo  que  á  otros 
oficiales ,  y  nombrar  á  los  que  debian  reemplazarlos.  Dispuso 
igualmente  la  asamblea  que  en  los  casos  difíciles  consultara  el 
gobernador  con  el  consejo  municipal. 

Esta  resolución  fué  seguida  por  el  cantón  de  San  Juan  de 
César ;  mas  no  por  el  valle  Dupar ,  que  la  rechazára ,  conti- 
nuando unido  al  departamento.  Para  sostener  la  revolución 
principiada  en  la  capital  se  comisionó  á  Pizarro  á  fin  de  que 
siguiera  inmediatamente  á  Maracáibo  á  pedir  auxilios  de  hom- 
bres y  de  oficiales  propios  para  disciplinar  los  cuerpos  que  se 
iban  á  levantar.  Este  paso  del  gobernador  y  vecinos  de  Rioha- 
cha  debe  improbarse  bajo  de  cualquier  aspecto  que  se  le  mire. 
Enhorabuena  que  se  hubieran  mantenido  fieles  al  gobierno  le- 
gítimo, desconocido  indebidamente  por  las  autoridades  departa- 
mentales. Mas  pedir  auxilios  y  solicitar  la  protección  de  un  go- 
bierno extraño,  provocando  así  una  guerra  civil  y  acaso  nacio- 
nal que  podia  costar  millares  de  víctimas ,  fué  un  crimen  de 
lesa  patria. 

El  coronel  Miguel  Borras,  prefecto  del  Zúlia,  acogió  con  entu- 
siasmo la  insurrección  de  Hiohacha ,  la  que  animara  con  sus 
cartas  y  ofrecimientos.  Mas  no  pudiendo  remitir  tropas  sin  ór- 
denes del  gobierno  de  Caracas,  envió  al  comandante  Pedro  Ca- 
nijo, de  tan  funesta  celebridad ,  diciendo  que  era  su  amigo  ín- 
timo y  antiguo ,  capaz  de  obrar  y  de  ser  un  buen  consejero. 
Después  de  estos  elogios  anadia  por  último  :  —  «  Ud.  ya  sabrá 
que  él  fué  el  principal  autor  de  la  heroica  aunque  desgraciada 
y  malograda  conspiración  del  25  de  setiembre.  »  Estos  elogios 
y  sentimientos  deshonrarán  siempre  la  moralidad  de  Borras. 

Las  autoridades  y  habitantes  de  la  provincia  de  Riohacha 
sufriéronlos  males  consiguientes  á  una  guerra  civil  que  ellos 
provocaron  por  haber  solicitado  del  gobierno  de  Venezuela 
auxilios  y  protección  contra  las  autoridades  de  su  patria.  Una 
expedición  marítima  á  las  órdenes  del  general  Manuel  Valdes, 


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CAPÍTULO  XVII. 


383 


enviada  de  Santamaría,  se  apoderó  de  su  capital  en  20  de  octu- 
bre ,  después  que  el  3  del  mismo  los  revolucionarios  por  un 
acta  habían  agregado  esta  provincia  granadina  al  territorio  de 
Venezuela.  Otra  expedición  de  quinientos  hombres  de  infante- 
ría y  caballería,  mandada  por  el  general  José  Félix  Blanco,  mar- 
chó desde  Mompox  sobre  el  valle  Dupar.  Por  aquella  parte  es- 
taba Garujo  con  algunas  milicias  de  los  cantones  de  Riohacha  y 
San  Juan ,  á  quienes  consiguió  entusiasmar  en  favor  de  la  rebe- 
lión. Él  mostró  una  grande  actividad,  talento  y  energía,  cuali- 
dades que  le  dieron  bastante  influjo  entre  los  habitantes  de  Rio- 
hacha,  que  le  creyeron  un  excelente  y  denodado  jefe. 

La  estación  no  podía  ser  mas  adversa  para  combatir  en  la 
provincia  de  Riohacha.  Casi  todas  sus  llanuras  estaban  anegadas 
por  las  lluvias.  Temíase,  y  con  razón,  que  las  enfermedades  se 
propagaran  entre  los  soldados,  y  que  esto  prolongára  la  guerra. 

Tampoco  se  hallaba  tranquilo  el  departamento  del  istmo  de 
Panamá.  El  gobierno  del  vicepresidente  Caicedo  habia  dirigido 
allá  de  comandante  general  á  José  Domingo  Espinar,  secretario 
que  fué  del  Libertador ;  por  consiguiente  no  era  adicto  á  la 
nueva  administración,  que  á  la  sazón  presidia  Mosquera.  Desde 
su  entrada  al  mando  en  i 6  de  julio,  Espinar  violó  la  constitu- 
ción ;  asumiendo  la  comandancia  general  sin  prestar  el  jura- 
mento de  obedecerla.  Dedicóse  en  seguida  á  ganar  el  afecto  de 
los  negros,  de  los  mulatos,  y  del  resto  del  bajo  pueblo,  que  in- 
solentára  en  poco  tiempo  contra  la  gente  blanca  y  contra  los 
vecinos  distinguidos.  Espinar  era  nativo  de  Panamá  y  de  la 
clase  del  pueblo  á  quien  excitaba. 

No  confiando  el  presidente  Mosquera  en  Espinar,  quiso  re- 
moverle de  la  comandancia  general ,  puesto  en  que  era  mas 
peligrosa  su  desafección,  y  le  nombró  gobernador  de  la  provincia 
de  Veráguas.  Para  comandante  general  del  Istmo  fué  escogido 
el  general  José  Hilario  López ,  á  quien  se  ordenó  que  marchára 
inmediatamente  á  su  destino;  mas  como  la  traslación  á  Panamá 
de  este  general  podia  retardarse  algún  tiempo,  ó  urgía  que 
Espinar  fuera  reemplazado ,  se  le  ordenó  que  entregára  la  co- 
mandancia general  interinamente  al  coronel  Cárlos  Robledo,  y 
en  su  defecto  al  comandante  de  milicias  Juan  de  la  Cruz  Pérez. 

Esta  providencia  irritó  sobre  manera  á  Espinar,  quien  valién- 
dose de  los  militares  que  le  eran  adictos,  hizo  que  le  dirigieran 
una  representación  en  que ,  imitando  las  actas  de  Cartagena , 


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384 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


denominaban  al  ministerio  de  Mosquera  facción  ministerial,) 
se  comprometían  :  a  primero,  á  desconocer  á  todo  otro  gobierno 
que  no  sea  legítimo ;  segundo ,  á  sostener  á  todo  trance  la  inte- 
gridad nacional  de  Colombia,  cualquiera  que  sea  su  forma  de 
gobierno ;  y  tercero,  á  respetar  y  proteger  cualesquiera  pronun- 
ciamientos de  este  departamento ,  que  estén  en  consonancia  de 
la  integridad  nacional  y  bien  del  país ,  conservando  y  mante- 
niendo las  autoridades  actuales  en  sus  respectivos  destinos  por 
la  observancia  de  la  ley.  » 

Espinar  recibió  esta  manifestación  con  el  mayor  gusto ,  elo- 
giándola como  que  estaba  llena  de  nobles  y  heroicos  sentimientos, 
con  los  que  dijo  se  hallaba  identificado.  Después  de  imprimir  y 
publicar  aquel  documento ,  lo  dirigió  en  6  de  setiembre  al  go- 
bierno colombiano  con  un  oficio  insolente.  Decia  en  él  :  «La 
mayor  parte  de  las  personas  encargadas  de  los  ministerios  se 
encuentran  poseidas  de  un  espíritu  vertiginoso,  por  el  que 
prostituyendo  sus  mas  sagrados  deberes ,  conducen  el  resto  de 
la  República  á  una  completa  disociación,  y  provocan  y  entre- 
gan los  pueblos  al  furor  democrático  y  á  la  anarquía  mas  com- 
pleta. »  Concluía  diciendo  que  los  militares  del  Istmo  no  obe- 
decían orden  alguna  comunicada  por  los  ministros  existentes 
en  Bogotá  desde  el  2  de  agosto  último,  sin  decir  por  qué  fijaba 
esta  fecha. 

En  seguida  Espinar  dirigió  al  ministro  de  la  guerra  un  largo 
oficio,  manifestándole  que  se  le  designaba  para  sucesor  en 
primer  lugar  al  coronel  Robledo,  que  habia  muerto  hacía  algún 
tiempo;  y  en  segundo ,  á  un  comandante  de  milicias  que  tam- 
poco lo  era.  Infería  de  aquí  ser  la  órden  ilegal ,  y  que  por  tanto 
no  la  cumplía,  reteniendo  como  retuvo  la  comandancia  general. 

Ejercía  al  mismo  tiempo  la  prefectura  ó  el  gobierno  civil  de 
Panamá  el  generalJosé  Fábrega,  hombre  de  nacimiento  distin- 
guido y  de  influjo  en  aquel  país.  Este  era  un  fuerte  contrapeso 
para  frustrar  los  planes  de  Espinar,  que  pretendía  dominar  el 
Istmo  á  su  antojo.  Así,  para  conseguirlo ,  después  de  haber  ne- 
gado la  obediencia  al  gobierno  supremo,  trabajó  activamente  en 
desunir  las  clases  de  la  sociedad,  y  según  la  opinión  general,  él 
fué  quien  excitó  el  10  de  setiembre  p©r  la  noche  un  grande 
alboroto  de  negros  y  mulatos ,  que  amenazaban  con  el  exter- 
minio de  los  blancos;  alboroto  á  que  también  concurrieron 
parte  de  las  milicias  y  algunos  oficiales. 


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capítulo  xvii.  :ís;í 

Al  siguiente  día  expidió  un  decreto  declarando  al  departa- 
mento del  Islmo  en  asamblea.  Fundábase  en  que  habia  una 
conmoción  interior  á  mauo  armada,  eu  que  se  pretendía  por 
algunos  romper  la  integridad  nacional ,  y  en  que  habia  peligro 
de  una  invasión  exterior  de  parte  de  la  Gran  Bretaña  ,  á  causa 
de  que ,  según  afirmó ,  algunos  vecinos  de  Panamá  se  habían 
dirigido  al  almirante  de  Jamáica  pidiéndole  protección  para 
separar  enteramente  al  Istmo  del  resto  de  la  República.  En  con- 
secuencia declaraba  también,  que  el  comandante  general  rea- 
sumia  la  prefectura  ó  el  gobierno  civil,  y  que  observaría  la 
constitución  y  las  leyes  en  lo  que  no  se  opusieran  á  la  parte 
directiva  de  los  negocios,  listo  era  equivalente  á  que  Espinar 
mandaría  como  se  le  anlojára  y  sin  traba  alguna.  Él  de  ningún 
modo  tenia  autoridad,  según  laconstilucion  vigente,  para  hacer 
tal  declaratoria. 

En  vano  se  opuso  el  prefecto  Eábrega.  Espinar  tenia  á  su  de- 
voción á  la  fuerza  armada,  y  aquel  se  vió  compelido  á  retirarse. 
Poco  después  llegó  á  Panamá  el  nuevo  prefecto  José  Vallarino, 
que  habia  sido  nombrado  por  el  gobierno  de  Bogotá.  Tampoco 
le  admitió  Espinar,  arrojándole  violentamente  del  deparlamento 
por  una  medida  de  policía. 

El  almirante  de  Jamaica  desmintió  de  oficio  la  aserción  de 
Espinar,  de  que  se  le  hubiera  ofrecido  poner  el  Istmo  bajo  la 
protección  de  la  Gran  Bretaña.  Parece  cierto  que  algunos  ve- 
cinos de  Panamá  sí  maquinaron  esta  desmembración  de  Co- 
lombia. 

Pocos  dias  después  se  recibió  en  Panamá  la  noticia  de  la  in- 
surrección del  Callao.  Creyendo  los  habilantes  de  aquella  ciudad 
haber  llegado  el  tiempo  de  realizar  sus  antiguos  proyectos  de 
independencia  absoluta,  á  petición  del  síndico  personero  del 
común,  se  convocó  por  el  jefe  político  municipal  un  cabildo 
pleno  de  los  empleados  y  padres  de  familia.  Esta  asamblea, 
fundándose  en  que  el  Istmo  no  tenia  comprometimiento  de 
unión  con  la  Nueva  Granada;  en  que  carecía  de  relaciones  co- 
merciales con  los  deparlamentos  del  centro ;  finalmente,  en 
qu%  separados  los  pueblos  del  sur  de  Colombia ,  trataban 
á  los  del  Istmo  como  extranjeros  hostilizando  su  comercio, 
acordó  (setiembre  20/:  «  Primero,  separarse  del  resto  de  la 
República,  especialmente  del  gobierno  de  Bogotá;  segundo, 
mauifestar  sus  deseos  de  que  el  Libertador  se  encargara  del 

TOMO  IV.  Íó 


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38b  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

mando  constitucional  de  Colombia,  en  cuyo  caso  volverla  á 
unirse  luego  que  la  nación  colombiana  se  reorganizara  de  cual- 
quier otro  modo  legal ,  quedando  entre  tanto  bajo  la  inmediata 
protección  del  mismo  Libertador;  tercero,  que  Panamá  deseaba 
que  Bolívar  se  trasladára  al  Istmo,  á  fin  de  que  colocado  en  este 
punto  pudiese  atender  á  las  partes  dislocadas  de  la  República,  y 
cuidar  de  que  fuese  reintegrada;  cuarto,  que  continuára  el  ré- 
gimen constitucional  en  lo  que  no  se  opusiera  á  este  pronuncia- 
miento; quinto,  que  se  confiára  la  administración  del  departa- 
mento al  general  José  Domingo  Espinar  con  el  título  de  « jefe 
civil  y  militar,  »  quien  oiria  en  los  casos  graves  el  consejo  de 
cuatro  vecinos  respetables,  nombrados  por  él  mismo.  »  De  esta 
manera  el  general  Espinar  usurpó  la  autoridad  y  el  mando  en 
el  departamento  del  Istmo. 

Después  de  la  catástrofe  acaecida  en  el  Santuario  al  gobierno 
constitucional  de  Colombia,  las  actas  y  pronunciamientos  de  la 
mayor  parte  de  las  provincias  granadinas  habian  sido  aislados , 
y  hechos  por  las  ciudades ,  villas  y  parroquias.  Solo  Antióquia 
y  el  Cáuca  siguieron  otra  conducta.  En  aquel  departamento,  su 
prefecto  Alejandro  Vélez  convocó  una  asamblea  de  diputados 
elegidos  popularmente  en  todos  los  cantones.  Acordó  esta  so- 
meter la  provincia  al  gobierno  existente  en  Bogotá.  En  conse- 
cuencia Vélez  dimitió  el  mando  para  no  servir  á  un  gobierno 
que  juzgaba  ilegítimo  y  contrario  á  los  principios  liberales  y 
republicanos  que  él  profesaba. 

En  el  departamento  del  Cáuca  el  prefecto  doctor  José  Antonio 
Arroyo  mandó  igualmente  reunir  una  asamblea  de  diputados  á 
fin  de  que  deliberasen  sobre  lo  que  se  debiera  hacer  en  aquellas 
circunstancias.  Entre  tanto  el  pueblo  de  Cali,  que  era  entusiasta 
por  el  Libertador ,  sabiendo  los  sucesos  ocurridos  en  Bogotá , 
proclamó  á  Bolívar  en  el  mismo  sentido  que  esta  ciudad.  Diri- 
gido por  el  capitán  Manuel  José  Collásos  y  por  otros  oficiales, 
sitió  el  cuartel  que  defendia  una  compañía  del  batallón  Várgas. 
Al  cabo  de  quince  dias  el  jefe  político  Nicolás  Caicedo  y  el  co- 
mandante militar  Eusebio  Borrero  capitularon  con  los  insur- 
rectos. «  Mueran  los  blancos,  y  viva  el  Libertador  »  era  el  ¿rito 
de  guerra  de  estos.  Sin  embargo  de  su  encono  después  de  la  ca- 
pitulación se  restableció  la  tranquilidad,  y  ambos  partidos  ofre- 
cieron cumplir  fielmente  lo  que  resolviera  la  asamblea  departa- 
mental. El  mismo  comandante  general  del  Cáuca  José  Hilario 


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capítulo  xvu.  387 

López,  que  marchaba  contra  Cali,  tuvo  que  aprobar  el  convenio, 
retirándose  en  seguida  á  Popayan. 

Restablecida  la  tranquilidad  se  reunió  en  Buga  el  44  de  no- 
viembre la  asamblea  de  diputados  del  departamento ,  presidida 
por  el  general  Pedro  Murguéitio,  admirador  constante  de  Bolí- 
var. En  todas  las  sesiones  hubo  la  mayor  libertad  en  la  discusión 
y  en  las  deliberaciones.  Desde  la  sesión  del  13  acordó  la  asam- 
blea, por  mayoría  de  sufragios,  uniformar  los  sentimientos  del 
Gáuca  con  los  del  resto  de  la  República ;  es  decir,  proclamar  al 
Libertador  jefe  de  Colombia,  y  á  Urdaneta  para  que  gobernase 
entre  tanto :  exigióse  expresamente  que  fuera  conforme  á  la 
constitución  y  á  las  leyes  vigentes.  Acordó  también  —  «  que 
ningún  Caucano  ni  persona  residente  en  el  departamento  pudiera 
ser  perseguido  ni  molestado  ante  ninguna  autoridad,  ni  en  nin- 
gún tiempo ,  por  las  opiniones  políticas  que  hubiese  manifes- 
tado, ó  por  la  conducta  política  ó  militar  que  hubiera  observado 
desde  la  disolución  del  gobierno  general  hasta  aquel  dia;  de- 
jando salva  la  responsabilidad  por  perjuicio  de  tercero  en  loque 
mira  á  la  acción  civil. »  —  Los  miembros  de  aquella  asamblea, 
que  eran  patriotas  juiciosos  y  moderados,  deseaban  evitar  la 
guerra  civil  con  esta  resolución  muy  propia  de  las  circuns- 
tancias. 

En  la  noche  que  la  asamblea  de  Buga  terminaba  sus  sesiones, 
le  dió  cuenta  su  presidente  Murguéitio  de  un  oficio  que  acababa 
de  recibir  de  Bogotá.  El  secretario  de  la  guerra  Urdaneta  insis- 
tía en  el  nombramiento  que  antes  Labia  hecho  de  Murguéitio 
para  comandante  general  del  Cáuca,  por  haber  destituido  á 
López ,  al  que  trataba  de  asesino  del  gran  mariscal  de  Ayacu- 
cho,  lo  mismo  que  al  general  José  María  Obando,  con  quienes 
decía  que  jamas  transigiría.  Improbó  por  consiguiente  el  con- 
venio celebrado  con  López  cuando  marchaba  contra  el  pueblo 
amotinado  de  Cali. 

En  esta  comunicación ,  que  tenia  la  fecha  del  2  de  noviem- 
bre, se  decia  á  Murguéitio  :  —  «Si  Us.  duda  de  las  buenas  in- 
tenciones de  la  asamblea  caucana  que  me  dice  debe  reunirse, 
impida  Us.  dicha  reunión ,  y  sobre  todo  esfuércese  por  librar 
al  Cáuca  de  los  monstruos  que  lo  oprimen  y  lo  deshonran,  de 
los  asesinos  Obando,  López  y  su  pandilla.  »  —  Esta  orden  se 
tomó  después  por  Obando,  López  y  los  habitantes  de  Popayan 
como  fundamento  para  decir  que  los  acuerdos  de  la  asamblea 


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388  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

de  Buga  no  habían  sido  libres,  para  no  obedecerlos,  y  aun  para 
romper  la  unidad  nacional.  Mas  con  solo  ver  la  serie  cronoló- 
gica de  los  sucesos ,  queda  completamente  rebatida  semejante 
acusación. 

La  misma  asamblea  determinó  que  en  aquellas  circunstan- 
cias el  prefecto  del  departamento  residiera  en  alguna  de  las 
ciudades  del  valle  del  Cáuca.  Urdaneta  por  un  decreto  expedido 
poco  después  designó  provisionalmente  á  Cali  para  capital.  Los 
vecinos  de  Popayan  sintieron  y  se  quejaron  amargamente  de 
esta  resolución,  que  influiría  no  poco  en  su  enemiga  contra  el 
gobierno  provisional  de  Bogotá ;  la  variación  de  capitales  ha 
sido  siempre  un  motivo  de  guerras  civiles  en  Colombia,  donde 
quiera  que  ha  ocurrido. 

El  prefecto  Arroyo,  que  se  habia  manejado  en  aquellas  difí- 
ciles circunstancias  con  mucha  firmeza  y  cordura,  renunció  en- 
tonces el  destino.  El  gobierno  de  Urdaneta  le  reemplazó  por  el 
coronel  de  milicias  José  Ignacio  González,  quien  se  habia  mos- 
trado en  las  turbaciones  anteriores  de  Cali  muy  adicto  á  Bolí- 
var. Arroyo ,  temiendo  ser  perseguido ,  se  ocultó  en  Buga  por 
algún  tiempo. 

Á  excepción  de  las  provincias  de  Pasto,  Buenaventura,  Casa- 
nare  y  Riohacha,  toda  la  Nueva  Granada  propiamente  dicha  se 
pronunció  por  el  gobierno  del  Libertador  y  por  el  de  Urdaneta, 
miéntras  aquel  se  trasladaba  á  la  capital  á  encargarse  de  la  ad- 
ministración pública.  Mencionóse  en  algunas  actas  el  sostener  la 
integridad  de  la  República ;  pero  en  otras  muchas  este  artículo 
se  omitió.  La  mayoridad  de  los  Granadinos  no  quería  que  se 
disipáran  sus  pocos  recursos,  ni  que  se  derramára  la  sangre  de 
sus  hijos  combatiendo  por  sojuzgar  á  Venezuela  y  al  Ecuador. 
Estaban  persuadidos,  que  aun  el  triunfo  completo  en  esta  era- 
presa  difícil  en  extremo  no  haria  mas  rica  ni  mas  feliz  á  la 
Nueva  Granada.  Opinamos  que  tanto  en  esto  como  en  reconocer 
á  un  gobierno  de  hecho,  mostraron  su  cordura  los  Granadinos. 
Al  dar  semejante  paso  tuvieron  en  mira  libertarse  de  la  anar- 
quía y  de  la  guerra  civil  que  habrían  sido  consiguientes.  Pare- 
cíales con  razón,  que  era  mejor  tener  provisional  menté1  un 
gobierno  general  que  carecer  de  él.  Influyó  también  en  su  de- 
terminación el  prestigio  de  Urdaneta  entre  los  militares  y  civi- 
les, por  su  elevado  puesto  en  la  milicia ,  por  sus  antiguos  servi- 
cios á  la  causa  de  la  Independencia,  y  por  los  altos  empleos 


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CAPÍTULO  XVII. 


que  habia  desempeiiado  con  probidad ,  lalento  y  firmeza.  Sin 
embargo ,  estas  razones  habrían  aparecido  sin  fuerza  alguna 
delante  de  los  partidos  violentos  y  de  los  odios  populares,  sin 
la  esperanza  que  muchos  alimentaban  de  que  el  Libertador  se 
encargára  de  la  primera  magistratura.  Su  nombre  hizo  el  pro- 
digio de  acallar  por  algunos  meses  los  rencores  y  las  exaltadas 
pasiones  tanto  de  sus  amigos  como  de  sus  enemigos  los  mas  de- 
cididos. 

Empero  no  se  habia  conseguido  este  feliz  resultado  en  la  pro- 
vincia de  Riohacha.  Casi  toda  ella  estaba  en  armas,  y  sus  habi- 
tantes solo  pensaban  en  defenderse  y  sostener  sus  pronuncia- 
mientos. Á  pesar  de  que  el  jefe  de  la  expedición  de  Cartagena, 
general  Valdes,  se  habia  apoderado  de  la  capital  con  setecientos 
cincuenta  y  cuatro  hombres  de  buena  tropa,  encerrado  en  la 
ciudad  y  sin  emprender  operación  alguna,  ocupábase  en  pedir 
nuevos  auxilios  de  infantería,  caballería  y  pertrechos,  y  en 
hacer  preparativos  de  defensa.  Temiendo  que  iba  á  ser  atacado, 
envió  dos  compañías  del  batallón  Tiradores  á  practicar  un  re- 
conocimiento en  los  alrededores  de  la  plaza.  Cuando  regresa- 
ban el  29  de  octubre ,  cayeron  en  una  emboscada  que  les  habia 
preparado  Canijo,  quien  las  derrotó  haciéndoles  perder  treinta 
y  siete  soldados  y  tres  oficiales. 

Á  pesar  de  esta  lijera  desgracia,  Valdes  se  resolvió  finalmente 
á  salir  en  persona  hácia  Laguna-Grande,  donde  se  dijo  estar  el 
enemigo ;  halló  empero  que  Canijo  se  habia  ido  al  interior  de 
la  provincia  en  busca  de  la  columna  mandada  por  Blanco.  No 
habiendo  enemigos  que  se  lo  impidieran,  debia  el  general  Val- 
des,  en  cumplimiento  de  sus  instrucciones  ,  seguir  las  huellas 
de  los  Riohacheros  hasta  unirse  con  Blanco,  ó  ponerse  de  acuerdo 
para  batir  á  sus  contrarios.  Mas  en  vez  de  hacer  esto  que  exi- 
gían sus  deberes  y  su  honor,  Valdes  regresó  á  la  ciudad  de  Rio- 
hacha,  donde  reposára  tranquilo  contentándose  con  pedir  su 
relevo.  Disculpábase  con  que  tenia  muchos  enfermos ;  sin  em- 
bargo trescientos  hombres  de  sus  fuerzas,  mandados  por  un  jefe 
de  valor  y  actividad ,  podían  haber  recorrido  sin  riesgo  toda  la 
provincia. 

En  el  intermedio  la  columna  de  Blanco  habia  sufrido  muchas 
demoras  y  fatigas  hasta  el  valle  Dupar.  Desde  aquíá  San  Juan 
de  César,  los  rios  fuera  de  madre ,  la  anegación  del  terreno,  el 
fango  y  las  lluvias,  no  solo  detuvieron  sus  marchas,  sino  que 


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390  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

produjeron  muchas  bajas  por  las  enfermedades.  Sin  embargo 
el  enemigo  no  defendió  á  San  Juan,  que  ocupára  Blanco  sin  re- 
sistencia el  27  de  octubre.  Allí  supo  que ,  por  la  noticia  de  la 
toma  de  la  capital,  Canijo  habia  seguido  con  seiscientos  hom- 
bres hácia  ella,  y  que  trescientos  mas  se  hallaban  en  el  Molino. 
Blanco  marcha,  pues ,  contra  estos ,  y  al  siguiente  dia  consigue 
dispersarlos  en  el  mismo  pueblo ;  ambos  partidos  perdieron  al- 
gunos hombres  muertos  y  heridos.  Blanco  vió  entonces  que 
protegidas  las  guerrillas  enemigas  por  la  espesura  de  los  bosques 
y  matorrales ,  mataban  ó  herían  á  sus  soldados ,  sin  que  estos 
pudieran  ofenderlas,  porque  se  dispersaban  inmediatamente 
que  veían  algún  peligro ;  género  de  guerra  que  debia  costar 
mucha  sangre  y  que  prolongaría  la  contienda. 

Desde  el  Molino  contramarchó  Blanco  á  San  Juan ,  punto 
céntrico  y  de  mayores  recursos.  Esta  marcha,  que  se  hizo  por 
entre  pantanos,  enfermó  á  casi  toda  la  columna,  cuyos  cuarte- 
les se  convirtieron  en  otros  tantos  hospitales.  El  general  Blanco 
fué  uno  de  los  enfermos  de  peligro  ,  quien  tuvo  que  dejar  el 
mando  al  jefe  de  estado  mayor  coronel  José  de  Lima,  y  trasla- 
darse á  Dupar. 

Fuera  de  las  calenturas  que  diariamente  conducían  algunos 
hombres  al  sepulcro ,  sufrían  las  tropas  del  Magdalena  el  ham- 
bre y  escasez  de  muchos  artículos  necesarios  para  vivir  y  cu- 
rarse de  sus  enfermedades.  La  decisión  de  los  habitantes  de 
Riohacha  por  defenderse  de  los  que  les  atacaban  era  general. 
Ni  un  hombre  podían  hallar  los  defensores  del  gobierno  de  Bo- 
gotá. Al  acercarse  á  los  pueblos ,  á  las  haciendas ,  y  aun  á  las 
chozas  de  los  yermos,  hombres,  mujeres  y  niños,  todos  huían, 
llevándose  cuanto  podian  conducir.  Ni  un  guia,  ni  un  peón ,  ni 
una  noticia  podian  encontrar  los  invasores.  Por  el  contrario  se 
daban  á  los  Riohacheros  armados  cuantos  informes  conseguiau 
sus  compatriotas.  Preguntados  algunos  sobre  ¿cuál  era  la  causa 
de  tanto  odio  y  decisión  contra  el  gobierno  existente?  contesta- 
ban :  —  «  que  se  habian  levantado  contra  la  tiranía  del  gene- 
ral Bolívar  y  porque  la  sangre  de  Padilla  pedia  venganza^: » 
añadían,  —  «  que  pronto  vendría  Páez  á  libertar  los  pueblos 
del  yugo  del  tirano. »  El  que  designaban  con  este  nombre  estaba 
retirado  hacía  ocho  meses ;  así  eran  ridículos  semejantes  moti- 
vos para  tamaña  ojeriza.  Borras,  el  gobernador  de  Maracáibo, 
por  medio  de  Carujo  habia  ofrecido  socorros  y  halagado  á  los 


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í:apjtii.o  xyu.  301 

habitantes  de  Hiohacha  con  la  quimérica  y  falsa  esperanza  de 
que  serian  auxiliados  por  el  gobierno  de  Venezuela.  Ingerencia 
indebida  y  falsedad  inexcusable  de  Borras ,  que  por  este  medio 
causó  daños  muy  graves  á  los  pueblos  de  aquella  provincia  gra- 
nadina. 

Siendo  tan  contrarias  las  disposiciones  de  los  habitadores  de 
Riohacha,  las  tropas  acantonadas  en  San  Juan  se  hallaban  sin 
vituallas  en  un  país  todo  enemigo,  y  apenas  por  la  fuerza  po- 
dían atrapar  algunos  ganados.  Sabiendo  los  enemigos  que  la 
columna  estaba  enferma  en  gran  parte,  la  atacaron  con  mas  de 
quinientos  hombres  (noviembre  H).  El  coronel  Lima  consiguió 
rechazarlos,  causándoles  alguna  pérdida.  Sin  embargo,  alenta- 
dos por  Canijo  recién  venido  de  Riochacha  ,  pusieron  con  sete- 
cientos hombres  el  17  de  noviembre  un  estrecho  sitio  á  las  tro- 
pas acantonadas  en  San  Juan.  En  consecuencia  las  privan  del 
agua,  se  apoderan  de  muchas  casas,  que  fortalecen,  é  impiden 
las  comunicaciones  entre  los  cuarteles  de  los  cuerpos.  Pasóse  la 
noche  en  un  tiroteo  y  alarma  continuos.  Al  amanecer  manda 
Lima  incendiar  las  casas  de  paja  ocupadas  por  los  enemigos. 
Arden,  y  entonces  los  acomete  con  doscientos  infantes  y  sesenta 
húsares.  Sucesivamente  los  arroja  de  las  casas  y  corrales  fuer- 
tes que  ocupaban.  En  seguida  la  columna  de  Canijo  es  derro- 
tada con  bastante  pérdida,  y  se  dispersa  por  los  bosques.  Díjose 
que  Carujo  huyera  de  los  primeros,  sin  embargo  de  su  bien 
acreditada  valentía. 

Mientras  que  la  guerra  desolaba  á  la  despoblada  provincia 
de  Riohacha ,  en  la  parroquia  de  San  Juan  de  la  Ciénaga  hubo 
una  revolución  contra  el  gobierno  existente.  Acaudillábala  el 
oficial  retirado  Carlos  Hormechea.  Á  pretexto  de  que  la  provin- 
cia de  Santamarta  no  dependiera  de  la  autoridad  departamental, 
junta  doscientos  hombres  y  marcha  contra  la  plaza  el  16  de 
noviembre.  La  mayor  parte  de  la  gente  colecticia  que  llevaba  se 
le  dispersa  en  el  camino  que  guia  á  la  ciudad  de  Santamarta; 
empero  reforzada  por  los  Indios  de  lionda  y  Mamatoco,  les 
ofrece  un  saqueo  por  tres  dias,  y  el  18  ataca  la  ciudad  con 
igufl  número  de  doscientos  hombres.  No  contaba  con  que  el 
mismo  dia  habia  desembarcado  el  batallón  Pichincha ,  y  espe- 
raba que  se  le  unirían  las  milicias  de  la  plaza;  mas  recibió  un 
funesto  desengaño,  pues  su  comandante  Joaquín  Mier  las  con- 
dujo al  combate.  Viéndose  perdido  Hormechea  tuvo  que  huir 


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392  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

precipitadamente  ,  dejando  algunos  muertos  y  prisioneros.  En 
los  di  as  siguientes  los  amotinados  fueron  perseguidos  con  tanta 
constancia  y  actividad  por  el  general  José  Sardá,  que  ántes 
del  Io  de  diciembre  ya  estaba  completamente  restablecida  la 
tranquilidad.  Huyeron  los  cabecillas  hácia  Riohacha. 

Entre  tanto  el  comandante  general  del  departamento  Mon- 
tilla, que  residía  en  Santamaría  para  activar  de  cerca  la  pacifi- 
cación de  Riohacha,  supo  con  certidumbre  que  tanto  la  revolu- 
ción de  la  Ciénaga  como  el  haber  sido  atacada  la  ciudad,  pro- 
venia de  sugestiones  de  algunos  demagogos  vecinos  de  ella. 
Estando  autorizado  con  facultades  extraordinarias  delegadas 
por  la  prefectura  del  departamento  en  virtud  de  un  decreto  del 
ejecutivo  expedido  en  19  de  octubre  ,  dicto  Montilla  un  acto  de 
expulsión  contra  once  ciudadanos  principales  de  Santamaría. 
Esta  providencia  causó  una  dolorosa  sensación ,  y  el  obispo 
doctor  José  María  Estéves  se  interesó  vivamente  á  fin  de  que  se 
revocara,  asegurando  que  podían  seguirse  malas  consecuencias 
para  la  tranquilidad  pública.  Sin  embargo  de  que  Montilla  no 
las  temia,  convino,  aunque  disgustado  en  extremo  contra  el 
intercesor,  según  dijo  oficialmente  á  Urdaneta,  en  modificar  su 
decreto,  fundándose  en  que  el  mismo  obispo  garantía  la  con- 
ducta pública  de  los  que  iban  á  ser  expulsados.  Al  fin  sufrieron 
esta  pena  impuesta  gubernativamente :  Andrés  del  Campo,  teso- 
rero, Miguel  García  Munive,  y  José  García  Castillo.  Envióseles 
á  Cartagena ,  de  donde  los  hizo  salir  el  prefecto,  como  hombres 
peligrosos  á  la  tranquilidad  pública,  dándoles  pasaporte  para  la 
isla  de  Jamaica. 

Terminados  los  movimientos  del  pueblo  de  San  Juan  de  la 
Ciénaga }  Montilla  destinó  al  gobierno  y  comandancia  general 
de  Riohacha  al  general  Sardá,  quien  relevára  al  inepto  Valdes. 
Sarda,  que  era  conocido  y  estimado  por  los  habitantes  de  la 
provincia,  halló  (diciembre  42)  á  la  división  invasora  en  un 
estado  lamentable.  Sin  embargo  de  haber  llevado  algún  refuerzo, 
pudo  apénas  reunir  trescientos  hombres  disponibles.  Estaba  el 
resto  en  los  hospitales  ó  convaleciente. 

La  variación  de  jefe  y  el  descalabro  que  habían  sufrido  los 
amotinados  en  San  Juan  de  César  principiaron  á  producir  bue- 
nos efectos,  sobre  todo  en  este  cantón.  Muchos  de  los  cabecillas 
se  presentaron  y  fueron  bien  recibidos.  Esta  conducta  dió  con- 
fianza á  los  demás,  que  tornaron  á  sus  domicilios  y  ocupaciones 


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CAPÍTULO  XVII.  3'J3 

domésticas,  restableciéndose  la  tranquilidad  perdida.  Los  mis- 
mos habitantes  de  San  Juan  celebraron  un  acta  anulando  aquella 
por  la  cual  se  habian  sublevado  contra  la  autoridad  departa- 
mental. 

Á  fin  de  apoyar  con  la  fuerza  este  buen  principio  de  órden, 
forma  Sarda  una  columna  volante  con  la  que  se  pone  en  cam- 
paña con  el  objeto  de  perseguir  á  los  cabecillas  derrotados  en 
César.  Luego  que  los  Goajiros  y  demás  habitantes  del  Hacha 
tuvieron  noticia  de  quien  mandaba  las  tropas  del  gobierno,  de- 
pusieron por  todas  partes  las  armas.  Perseguidos  de  cerca  por 
Sarda  el  gobernador  Cataño,  Canijo,  Pizarro/Hormechea,  Mar- 
tínez, los  Mendozas  y  otros  veinte  individuos  de  los  mas  com- 
prometidos en  la  insurrección,  emigraron  por  la  Goajira  á  Ma- 
racáibo.  Desde  entonces  la  paz  y  el  órden  se  restablecieron, 
quedando  la  provincia  tranquila  y  sumisa  á  las  autoridades  de- 
partamentales. 

Lo  mismo  sucedia  con  el  istmo  de  Panamá  respecto  del 
gobierno  de  Urdaneta.  Después  de  haberse  regido  por  dos  meses 
con  independencia  absoluta  del  ejecutivo,  Espinar,  observando 
que  casi  todas  las  provincias  del  centro  habian  reconocido  al 
gobierno  provisional  de  Bogotá,  que  mandaba  en  lugar  del  Li- 
bertador, abandonó  el  proyecto  de  formar  un  Estado  en  el 
Istmo.  Reincorporó  el  departamento  al  resto  de  la  República; 
reconoció  la  autoridad  del  gobierno  existente,  así  como  el  im- 
perio de  la  constitución  y  de  las  leyes.  Este  decreto  fué  confir- 
mado por  un  acta  solemne  que  acordaron  los  empleados  civiles 
y  eclesiásticos  de  Panamá  unidos  á  los  padres  de  familia.  Tal 
acto,  que  se  verificó  el  11  de  diciembre,  honra  el  buen  juicio 
de  los  habitantes  del  istmo,  reconociendo  que  no  podian  soste- 
ner el  rango  de  Estado  independiente  á  que  aspiraban  algunos 
ambiciosos  de  aquel  departamento,  pobre  y  de  escasa  pobla- 
ción. 


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Estado  de  las  relaciones  exteriores  con  Francia :  su  gobierno  ofrece  reco- 
nocer la  Independencia  de  Colombia.  —  El  ministro  colombiano  Palácios. 

—  Pasos  de  los  gobiernos  de  la  Gran  Bretaña  y  de  la  Francia  para  que 
la  España  reconozca  nuestra  Independencia.  —  Constitución  de  Venezuela. 

—  Deja  lugar  para  la  federación.  —  El  congreso  de  Venezuela  acuerda 
otros  varios  actos.  —  El  Ecuador  se  da  también  una  constitución.  —  Lo 
que  dispone  sobre  federación  de  Colombia.  —  Decreto  que  expide  en  ho- 
nor de  Bolívar.  —  Misión  de  Flórez  á  Bogotá  :  lo  que  se  le  contesta.  — 
Intrigas  de  Flórez  en  Buenaventura  y  Pasto  :  consigue  unir  estas  dos 
provincias  al  Ecuador.  —  Providencias  de  Ürdaneta  en  el  centro  :  produ- 
cen mucho  disgusto  en  los  pueblos.  —  Principia  la  revolución  en  el  So- 
corro. —  Planes  vastos  de  ürdaneta.  —  Invasiones  sobre  Cúcuta  y  la  villa 
de  San  Antonio.  —  Explicaciones  pacíücas  que  da  el  gobierno  de  Vene- 
zuela. —  Oficial  que  envía  á  Casanare.  —  Impide  las  comunicaciones 
epistolares  con  la  Nueva  Granada.  —  Preparativos  militares  de  Ürdaneta 
por  el  sur.  —  Su  injusta  conducta  con  Obando  y  López.  —  Pronuncia- 
miento de  los  militares  de  Popayan  á  favor  de  estos.  —  El  cantón  de 
Popayan  se  une  al  Ecuador;  debilidad  de  sus  fundamentos. —  El  Ecuador 
admite  la  agregación.  —  Misión  de  Luis  Ürdaneta  al  Ecuador:  Espinar 
le  da  auxilios  en  Panamá.  —  Revolución  de  Guayaquil  en  favor  de  la 
integridad  de  Colombia.  —  Imítala  el  Asuay  :  también  Quito.  —  Flórez 
sin  fuerzas  emprende  combatir  la  revolución ,  que  llega  á  Ibarra.  —  Con- 
tribución que  exige  Ürdaneta  en  Guayaquil.  —  Incendio  de  esta  ciudad, 
y  marcha  de  Ürdaneta  hacia  la  Sierra.  —  Enfermedad  de  Bolívar  en  Bar- 
ranquilla.  —  Trasládase  á  Santamaría  á  la  quinta  de  San  Pedro. —  Recibe 
los  sacramentos,  hace  su  testamento  y  mucre  de  tisis.  —  Sus  exequias 
en  Santamaría.  —  El  gobernador  de  Jamáica  le  envía  un  médico.  —  Ca- 
rácter del  Libertador  como  guerrero ,  como  político  y  como  administrador. 


—  Sus  disposiciones  testaméntales.  —  Situación  difícil  de  Ürdaneta  en 
Bogotá.  —  Sentimientos  que  excita  la  muerte  de  Bolívar.  —  Proclama  y 
providencias  que  dicta  Ürdaneta.  —  Restablece  las  garantías  individuales 
y  convoca  un  congreso  en  la  villa  de  Léiva.  —  Reorganiza  el  consejo  de 
Estado  y  nombra  el  procurador  general  de  la  nación.  —  Entabla  negocia- 
ciones con  Venezuela  y  con  el  Ecuador.  —  Comisionado  de  este  gobierno. 


CAPÍTULO  XVIII. 


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CAPÍTULO  XVIII. 


39S 


—  Exequias  de  Bolívar  en  Bogotá.  —  Operaciones  de  Luis  Urdaneta  en 
el  Ecuador.  —  Contradicciones  de  Flórez.  —  Sus  operaciones  contra  los 
sublevados  en  Ibarra  y  contra  Urdaneta.  —  Contrarevolucion  en  Buena- 
ventura. —  Otra  en  Venezuela  por  la  integridad  de  Colombia :  hace  mu- 
chos progresos.  —  No  se  invoca  á  Bolívar  como  jefe  supremo.  —  Provi- 
dencias de  Páez  á  fin  de  oponerse  á  los  revolucionarios.  —  Ofrece  al 
gobierno  del  centro  evitar  toda  clase  de  hostilidades.  —  La  muerte  de 
Bolívar  favorece  al  gobierno  de  Venezuela,  asi  como  la  reunión  del  con- 
greso. —  Bermúdez  se  declara  en  favor  del  gobierno  venezolano.  —  Ob- 
tiene grandes  ventajas  en  el  oriente.  —  Monágas  pide  una  entrevista  con 
Páez.  — *  Acuerdos  del  congreso :  autoriza  á  Páez  para  terminar  la  guerra. 

—  Sucesos  militares  en  el  Ecuador.  —  Convenio  entre  Flórez  y  Luis  Ur- 
daneta. —  Marcha  retrógrada  de  este.  —  Sublévanse  Guayaquil  y  varios 
cuerpos  contra  Urdaneta.  — Termina  la  contrarevolucion.  —  Son  disueltos 
los  cuerpos  de  tropas  que  la  hicieron.  —  Causas  de  la  miseria  y  del  dis- 
gusto de  los  pueblos  de  Colombia.  —  Operaciones  militares  contra  Obando 
y  López.  —  Las  tropas  del  general  Rafael  Urdaneta  se  pasan  unas,  y  son 
derrotadas  otras  en  Palmira. —  Obando  pasa  por  las  armas  en  Cali  á  cuatro 
oficiales  prisioneros.  —  Ocupa  el  valle  del  Cáuca.  —  Dirige  intimaciones 
á  Antióquia  y  á  Bogotá.  —  Acta  de  los  pueblos  del  Cáuca  uniéndose  al 
Ecuador.  —  Obando  no  se  apodera  del  mando  civil.  —  Flórez  admite  con 
placer  las  agregaciones.  —  Conducta  del  coronel  Posádas.—  Providencias 
que  dicta  Urdaneta  para  sostenerse.  —  Decreta  un  reclutamiento  de  tro- 
pas. —  Recibe  como  favorables  las  noticias  de  los  movimientos  de  Vene- 
zuela en  favor  de  la  integridad  colombiana.  —  Peticiones  que  le  dirigen 
algunos  de  sus  partidarios  en  Bogotá.  —  Envío  de  tropas  y  escasez  de 
numerario.  —  Movimientos  revolucionarios  en  Soledad  y  Barranquilla. — 
El  prefecto  declara  al  departamento  del  Magdalena  en  estado  de  asam- 
blea. —  Decreta  la  expulsión  de  diez  y  seis  ciudadanos.  —  Sale  de  Carta- 
gena una  expedición  contra  los  amotinados  :  la  manda  el  general  Luque. 

—  Derrota  á  los  sublevados.  —  Arribo  á  Sabanilla  de  los  expulsados  de 
Cartagena.  —  Su  prisión  y  envío  fuera  del  país.  —  Rebelión  de  Luque  y 
de  sus  tropas  contra  el  gobierno  del  Magdalena.  —  Actas  de  los  militares 
y  de  los  pueblos  en  el  mismo  sentido.  —  Principios  que  proclaman.  — 
Primeros  decretos  de  Luque  como  jefe  civil  y  militar.  —  Se  adhiere  á  su 
movimiento  la  provincia  de  Santamaría.  —  Liberales  de  nuevo  cuño  que 
aparecen.  —  Situación  critica  de  Montilla  en  Cartagena.  —  Los  revolucio- 
narios obran  activamente.  —  Primeros  oficios  de  Luque  á  Montilla.  — 
Luque  exige  que  este  deje  el  mando ,  lo  mismo  que  el  prefecto.  —  Se 
rechaza  tal  proposición.  —  Luque  asedia  la  plaza  de  Cartagena.  —  Toma 
qjs  buques  de  sus  enemigos.  —  Cuestión  con  el  capitán  ingles  Oldrey; 
este  impone  á  Luque  duras  é  injustas  condiciones.  —  Mompox  se  pro- 
nuncia en  favor  de  la  revolución.  —  Comisionados  de  Santamarta  á  Lu- 
que.—  Improbación  del  convenio  que  ajustan. —  Movimientos  alarmantes 
en  el  Istmo.  —  Espinar  los  patrocina  y  fomenta.  —  Rivalidad  de  este  con 
el  general  Fábrega.  —  El  coronel  Alzuru  se  encarga  del  mando  en  Pa- 
namá. —  Peportacjon  dé  Espinar.  —  Sumisión  aparente  del  Istmo  al 


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306 


HISTORIA  DE  COLOMBIA 


gobierno  de  Bogotá.  —  Estado  en  que  se  halla  Antióquia. —  Providencias 
violentas  del  coronel  Castelli.  —  Alzamiento  de  Salvador  Córdoba.—  Ob- 
tiene ventajas  en  el  nordeste.—  Derrota  á  Castelli  enAbejorral.  —  Liberta 
Córdoba  al  departamento;  se  encarga  de  su  gobierno. 

Año  de  1830.  —  Referimos  ántes  el  estado  que  tenían  las 
relaciones  exteriores  de  Colombia  hasta  la  célebre  revolución  de 
julio ,  que  arrojó  del  trono  de  Francia  á  Cárlos  X  y  á  los  demás 
individuos  de  la  familia  de  Borbon  que  correspondían  á  lapri- 
mera  rama.  Después  que  Luis  Felipe  de  Borbon ,  duque  de  Or- 
leans,  fué  llamado  á  ocupar  su  lugar  como  rey  de  los  Franceses, 
el  enviado  colombiano  Leandro  Palácios  pidió  y  obtuvo  en  28  de 
agosto  una  conferencia  con  el  ministro  de  relaciones  exteriores 
el  conde  Mole.  En  ella  le  informó  este  —  a  que  S.  M.  el  rey  de 
los  Franceses  con  acuerdo  de  su  consejo  habia  determinado  re- 
conocer á  los  nuevos  Estados  americanos,  bajo  las  mismas  con- 
diciones que  lo  habia  hecho  la  Inglaterra ;  que  muy  pronto  se 
le  pasaria  una  nota  con  la  notificación ,  y  que  desde  luego  se  le 
facultaba  para  anticipar  el  aviso  á  su  gobierno.  »  —  En  efecto, 
el  30  de  setiembre  el  conde  Molé  dirigió  una  nota  á  Palácios  en 
que  le  decia  :  «  Estoy  encargado  por  S.  M.  de  anunciarle  que, 
reconociendo  en  principio  la  Independencia  de  Colombia,  estaba 
pronto  el  gobierno  francés  á  concluir  con  ella  un  tratado  de 
amistad ,  comercio  y  navegación ;  tratado  que  reposaría  sobre  el 
principio  de  la  mas  exacta  igualdad.  » 

Mas  cuando  Palácios  recibió  esta  notificación ,  ya  tenia  en  su 
poder  la  orden  expedida  por  el  gobierno  del  presidente  Mosquera 
en  7  de  julio  iiltimo  revocando  su  misión  diplomática  y  exo- 
nerándole del  consulado  general.  Por  consiguiente  tuvo  que 
anunciarlo  al  ministro  francés ,  y  se  vió  privado  así  de  ser  el 
plenipotenciario  en  cuya  cabeza  fuera  reconocida  por  la  Francia 
la  Independencia  de  Colombia. 

Posteriormente  fué  nombrado  Palácios  por  el  gobierno  provi- 
sional de  Urdaneta,  enviado  extraordinario  y  ministro  pleni- 
potenciario de  la  República  en  Lóndres.  Excusóse  de  aceptar 
el  destino  á  causa  de  la  triste  situación  de  sus  negocios  domés- 
ticos. El  gobierno  colombiano,  escaso  siempre  de  recursos  pecu- 
niarios, habia  diferido  por  mucho  tiempo  el  pago  de  los  sueldos 
y  gastos  de  su  legación  en  Francia.  Hallábase  por  tanto  el  mi- 
nistro Palácios  adeudado,  en  la  miseria  y  sin  medios,  para  en- 


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CAPÍTULO  XVill.  397 

cargarse  de  la  representación  de  Colombia  en  la  Gran  Bretaña. 

De  tan  triste  manera  terminaron  las  misiones  diplomáticas  de 
Colombia  en  Europa,  donde  solamente  se  conservó  la  de  Roma. 
Tampoco  se  habia  reemplazado  la  de  los  Estados  Unidos,  vacante 
por  la  revocación  de  los  poderes  del  general  O'Leary. 

Después  de  la*  revolución  de  julio,  unidos  los  esfuerzos  del 
monarca  francés  á  los  de  la  Gran  Bretaña,  para  persuadir  al 
gobierno  de  Fernando  VII  de  lo  ruinosas  que  eran  tanto  á  la 
Monarquía  española ,  como  al  comercio  de  las  demás  naciones , 
las  expediciones  militares  contra  la  independencia  de  sus  anti- 
guas colonias,  al  fin  las  abandonó.  Mas  el  gabinete  de  Madrid, 
aunque  permitió  el  comercio  de  las  nuevas  repúblicas  con  los 
puertos  de  la  Península ,  se  denegó  por  algunos  años  á  tratar 
sobre  el  reconocimiento  de  nuestra  Independencia. 

Las  revoluciones  sucesivas  de  Colombia  perjudicaban  sobre 
manera  á  este  grande  objeto.  Los  departamentos  del  norte  y 
del  sur  no  retrocedían  un  punto  de  la  carrera  que  habían  em- 
prendido para  disolver  la  República. 

Dejamos  á  los  representantes  de  los  departamentos  de  la  an- 
tigua Venezuela  reunidos  en  congreso  y  discutiendo  una  cons- 
titución. Firmóse  en  22  de  setiembre,  estableciendo  un  gobierno 
que  siempre  debia  ser  republicano,  según  su  expresión.  El  po- 
der legislativo  estaba  dividido  en  senado  y  cámara  de  repre- 
sentantes, cuya  duración  debia  ser  por  cuatro  años,  lo  mismo 
que  la  del  presidente  y  vicepresidente  de  la  República.  Las  elec- 
ciones de  todos  estos  funcionarios  eran  populares,  según  la 
constitución,  nombrando  el  pueblo  electores,  y  restringido 
algún  tanto  el  derecho  de  sufragio.  Dióse  la  misma  duración  de 
cuatro  años  á  los  magistrados  de  la  corte  suprema  de  justicia, 
y  á  los  ministros  de  las  cortes  superiores,  golpe  funesto  contra 
los  principios  que  organizan  el  poder  judicial  en  las  demás  na- 
ciones; siempre  se  ha  sostenido  la  máxima,  de  que  haciendo  á 
los  jueces  temporales,  se  les  quita  su  independencia. 

Por  esta  constituciou  se  introdujeron  las  diputaciones  provin- 
ciales destinadas  á  promover  los  intereses  de  las  provincias.  Esta 
ert  la  misma  idea  de  las  cámaras  de  distrito  creadas  por  la 
constitución  colombiana  de  1830,  á  la  que  se  parecía  la  de  Ve- 
nezuela en  la  mayor  parte  de  su  estructura  y  de  sus  disposicio- 
nes. Empero  no  la  imitó  en  las  facultades  del  poder  ejecutivo; 
el  de  Venezuela  quedó  constituido  con  liberalidad,  mas  era  dé- 


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398  HISTORIA  OE  COLOMBIA. 

bil  en  extremo  é  incapaz  de  sostenerse  contra  los  embates  fre- 
cuentes que  sufren  nuestras  mal  constituidas  repúblicas. 

El  artículo  227  de  la  constitución  venezolana  trataba  de  la 
unión  federal,  y  decia :  —  a  Los  futuros  congresos  constitucio- 
nales están  autorizados  para  dictar  las  providencias  conducentes 
á  que  se  verifiquen  de  la  manera  mas  conveniente  á  los  pueblos 
de  Venezuela  los  pactos  de  federación  que  unan,  arreglen  7 
representen  las  altas  relaciones  de  Colombia,  luego  que  se  cum- 
plan las  condiciones  del  decreto  de  la  materia,  y  conforme  á  las 
bases  que  la  opinión  general  vaya  fijando  para  dichos  pactos.  » 
—  Tal  fué  la  disposición  relativa  á  Colombia  contenida  en  la 
constitución  venezolana. 

Fuera  de  esta,  el  congreso  constituyente  de  Venezuela  acordó 
varias  leyes  y  decretos  para  la  organización  de  la  nueva  repú- 
blica. En  general  nos  parecen  merecidos  los  elogios  que  se  tri- 
butan al  celo  y  patriotismo  de  la  mayor  parte  de  sus  miembros. 
Habiéndose  instalado  este  congreso  el  0  de  mayo  y  terminado 
sus  sesiones  el  14  de  octubre,  duró  exactamente  el  mismo  tiempo 
que  el  de  Cúcuta. 

Con  los  actos  constitucionales  y  legislativos  acordados  por  el 
congreso  constituyente,  debemos  considerar  como  terminada  la 
separación  de  los  departamentos  correspondientes  á  la  antigua 
capitanía  general  de  Venezuela.  Veamos  ahora  los  pasos  que 
dieron  en  la  misma  carrera  las  provincias  meridionales  que  for- 
maban la  presidencia  de  Quito. 

Mencionamos  ántes  la  convocación  hecha  por  el  general  Flórez 
de  un  congreso  constituyente  que  debia  componerse  de  los  re- 
presentantes de  los  departamentos  del  Ecuador,  Guayaquil  y 
Asuay.  Reunióse  en  efecto  en  la  ciudad  de  Riobamba,  y  en 
veinte  y  nueve  dias  acordó  una  constitución  republicana.  Con- 
firió el  poder  legislativo  á  una  sola  cámara  de  diputados,  elegi- 
dos todos  por  los  pueblos  cada  cuatro  años,  en  número  igual 
por  cada  uno  de  los  tres  departamentos.  El  congreso  debia  reu- 
nirse anualmente.  Encargóse  el  poder  ejecutivo  á  un  presidente 
cuya  duración  era  de  cuatro  anos,  y  por  su  falta,  le  reemplazaba 
el  vicepresidente  de  la  República.  Adoptó  el  título  de  —  «  Estado 
del  Ecuador.  »  El  general  Juan  José  Flórez  fué  nombrado  pre- 
sidente, y  vicepresidente  el  ciudadano  José  Joaquin  Olmedo, 
natural  de  Guayaquil. 

Se  dispuso  en  esta  constitución  :  —  a  El  Estado  del  Ecuador 


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capítulo  xyiii.  399 

concurrirá  con  igual  representación  á  la  formación  de  un  colegio 
de  plenipotenciarios  de  todos  los  Estados  (de  Colombia) ,  cuyo 
objeto  sea  establecer  el  gobierno  de  la  nación  y  sus  atribuciones, 
y  fijar  por  una  ley  fundamental  los  límites,  mutuas  obligacio- 
nes, derechos  y  relaciones  nacionales  de  todos  los  Estados  de  la 
unión.  »  Por  otro  artículo  se  disponía  —  «  que  cualquiera  de 
sus  disposiciones  que  resultara  en  oposición  con  el  pacto  de 
unión  y  fraternidad  que  habia  de  celebrarse  con  los  demás 
Estados  de  Colombia,  quedára  derogada  para  siempre.  »  Estos 
artículos  no  dejan  la  menor  duda  de  que  los  representantes  del 
Ecuador  alimentaban  en  aquella  época  la  esperanza  halagüeña 
de  que  se  conservaría  Colombia  unida  con  un  vínculo  fede- 
rativo. 

El  mismo  congreso  dio  inmediatamente  después  todos  los 
decretos  y  leyes  orgánicas  que  se  juzgaron  necesarias  ó  útiles 
para  la  marcha  regular  del  nuevo  gobierno  y  de  su  administra- 
ción. Entre  los  primeros  solo  mencionarémos  el  decreto  de  ho- 
nores al  Libertador.  Se  le  proclamó  padre  de  la  patria  y  protec- 
tor del  sur  de  Colombia ;  ofreciósele  eterna  memoria  y  gratitud 
por  sus  inmortales  beneficios;  ordenóse  que  su  retrato  se  colo- 
cára  en  todas  las  salas  de  justicia  y  gobierno;  que  el  dia  de  su 
nacimiento  fuera  celebrado  como  fiesta  nacional;  ratificáronse, 
en  fin,  todos  los  títulos  y  honores  que  se  le  habían  conferido 
por  las  leyes  de  Colombia.  Testimonio  tan  brillante  de  la  grati- 
tud del  Ecuador  para  con  el  héroe  de  la  América  del  Sur,  con- 
trastaba de  una  manera  elocuente  con  el  ostracismo  que  le  habia 
decretado  el  congreso  de  Venezuela,  y  con  la  ingratitud  de  su 
patria,  á  la  que  tanto  amara  y  sirviera. 

Desde  ántes  de  instalarse  el  congreso  envió  Flórez  comisio- 
nados á  Venezuela  y  al  centro  ó  Nueva  Granada.  Dijo  en  su 
mensaje  al  congreso,  que  habia  sido  con  el  doble  objeto  de  sin- 
cerar su  conducta,  y  con  el  de  excitar  á  sus  respectivos  gobier- 
nos para  que  sostuvieran  la  unión  colombiana.  El  enviado  á 
Bogotá  fué  el  general  Antonio  Moráles.  Vino  este  encargado  y 
solicitó  con  instancia  el  reconocimiento  explícito  del  nuevo 
Estado ,  proponiendo  algunas  otras  basas  para  la  unión  futura. 
El  general  Urdaneta  contestó  por  medio  de  su  secretario  del 
interior  Vergara, que,  siendo  su  gobierno  provisional,  aguar- 
daba la  venida  del  Libertador  á  encargarse  del  mando  supremo. 
Después  de  nuevas  instancias  del  comisionado,  se  le  dijo  que  el 


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400  HISTORIA  DF  COLOMBIA. 

poder  ejecutivo  tenia  por  regla  invariable  de  su  conducta  el 
decreto  de  \  I  de  mayo  expedido  por  el  congreso  constituyente, 
y  que  según  sus  disposiciones ,  el  gobierno  colombiano  convo- 
caría oportunamente  la  convención;  que  concurriendo  á  for- 
marla los  diputados  del  sur,  podrían  arreglarse  en  ella  con  fa- 
cilidad todas  las  cuestiones  relativas  á  la  unión  y  á  los  intereses 
comunes  de  las  diferentes  partes  de  Colombia. 

Sin  embargo  de  aquella  misión  pacífica,  estaba  muy  léjos 
Flórez  de  no  tramar  proyectos  subversivos  en  los  departamentos 
del  centro  para  ensanchar  su  territorio.  Fruto  de  tales  pasos 
fué  la  separación  de  la  provincia  de  Buenaventura,  que  pertenecía 
al  departamento  del  Cauca.  Fueron  los  jefes  que  promovieron 
su  pronunciamiento  el  coronel  Francisco  García  y  Manuel  de 
Jesús  Zamora ,  capitán  de  la  goleta  mercante  La  Rosa.  Estos 
regresaron  de  Guayaquil  a  Iscuandé,  seducidos  probablemente 
por  Flórez  ó  por  sus  amigos ;  asociándose  á  otros  habitantes , 
sorprendieron  al  gobernador  y  á  sus  agentes,  se  apoderaron  del 
cuartel  y  dieron  la  ley  á  la  capital  de  la  provincia  de  Buena- 
ventura. De  aquí  provino  el  acta  de  Iscuandé  celebrada  el  29 
de  agosto,  en  la  que  Zamora  se  tituló  gobernador,  y  García  co- 
mandante de  armas.  Por  esta  acta  dicha  capital  se  agregó  y 
unió  al  nuevo  Estado  del  sur,  uniformando  sus  sentimientos 
con  los  de  Guayaquil.  Fundóse  únicamente  en  que  la  provincia 
litoral  de  Buenaventura  tenia  relaciones  mas  íntimas  y  estre- 
chas con  los  puertos  del  sur  que  con  los  del  centro.  Los  canto- 
nes de  Barbacoas,  Tuuiaco,  Guapí  y  Micay  siguieron  después  el 
ejemplo  de  su  capital ,  aunque  mal  de  su  grado ,  porque  care- 
cían de  fuerzas  para  resistir.  Solamente  el  Raposo  se  mantuvo 
unido  al  resto  del  departamento. 

Empero  no  fueron  estas  las  únicas  intrigas  de  Flórez  para 
formar  en  el  sur  de  Colombia  un  Estado  que  fuera  extenso,  rico 
y  poblado ;  él  no  reparaba  en  los  medios  ni  en  la  justicia  que 
vulneraba  desorganizando  al  centro.  Cuando  vió  que  se  habían 
realizado  sus  designios  sobre  la  provincia  de  Buenaventura, 
los  activó  en  Fasto.  Allí  existia  de  guarnición  la  mitad  del  ba- 
tallón Vargas  regido  por  el  coronel  Whitle,  pues  el  otro  ni$dio 
lo  había  conducido  Obando  á  Popayan  cuando  acaeciera  la  re- 
belión del  Callao.  Whitle,  bien  fuera  que  le  sedujo  Flórez  como 
un  antiguo  militar  colombiano,  con  quien  debía  tener  relacio- 
nes y  simpatías ,  bien  fuera  que  se  desdeñase  de  servir  á  las  ór- 


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CAPÍTULO  XVII!. 


401 


denes  de  Obando  y  López,  tachados  de  haber  tenido  parte  en  el 
asesinato  del  gran  mariscal  de  Ayacucho ,  el  hecho  es  que  se 
dedicó  por  el  gobierno  del  Ecuador.  En  consecuencia  pasó  un 
oficio  al  gobernador  de  la  provincia  coronel  Francisco  María 
Lozano ,  pintándole  el  estado  lamentable  de  la  República ,  y 
diciéndole  —  «  que  en  estas  circunstancias  podian  los  habitan- 
tes de  Pasto  deliberar  libremente  sobre  su  destino. »  Sabíase  ya 
por  todos  los  amigos  de  Flórezloque  significaba  esta  expresión. 
El  resultado  de  una  asamblea  popular  que  se  convocó  inmedia- 
tamente, y  que  se  verificó  el  3  de  noviembre,  fué  que  el  cantón 
y  provincia  de  Pasto  se  unian  al  Estado  del  sur,  miéntras  el 
Libertador  reasumía  el  mando  de  la  República,  y  disponia  lo 
que  fuera  de  su  agrado,  pues  los  habitadores  de  Pasto  recono- 
cían su  autoridad.  Flórez  admitió  con  el  mayor  placer  este  pro- 
nunciamiento, y  tanto  para  defender  el  nuevo  territorio  como 
para  ganarse  las  voluntades  de  los  moradores  de  la  provincia  de 
Pasto ,  vino  con  tropas  á  la  capital ,  donde  permaneció  algún 
tiempo.  Esta  adquisición  le  era  en  extremo  preciosa,  y  se  es- 
meró en  asegurarla  por  cuantos  medios  le  fué  posible.  En  Pasto 
perdió  la  Nueva  Granada  excelentes  soldados  y  oficiales,  con 
un  parque  bien  provisto  que  los  autores  del  proyecto  regalaron 
al  Ecuador. 

Cuando  ocurrían  estos  sucesos,  se  necesitaba  en  el  centro  de 
la  Nueva  Granada  una  autoridad  fuerte  por  la  opinión  de  los 
pueblos  y  capaz  de  reprimir  los  ambiciosos  proyectos  que  pro- 
movía el  jefe  del  Ecuador.  Pero  en  vez  de  ganarse  el  afecto  de 
la  mayoría  de  los  ciudadanos ,  Urdaneta  se  concitó  enemigos  á 
poco  de  haber  obtenido  provisionalmente  el  gobierno  de  Colom- 
bia. Él  mandó  reducir  á  prisión  á  cuarenta  oficiales  de  los  que 
habian  sido  fieles  al  gobierno  legítimo  hasta  su  caida.  Aunque 
después  los  puso  en  libertad,  los  unos  recibieron  licencias  abso- 
lutas; á  otros  se  les  dieron  pasaportes  para  salir  del  país;  algu- 
nos fueron  remitidos  á  Cartagena,  y  hubo  á  quienes  borrára  de 
la  lista  militar,  como  los  coroneles  Gaitan  y  Murray.  En  algu- 
nos de  estos  actos  violó  el  poder  ejecutivo  la  constitución ,  que 
prihibia  destituir  á  los  oficiales  militares  siu  un  juicio  previo, 
y  en  otros  quebrantó  las  leyes  orgánicas  del  ejército. 

Con  tales  providencias;  con  la  de  haberse  declarado  arbitra- 
riamente el  gobierno  de  Urdaneta ,  por  decreto  de  19  de  octu- 
bre, en  uso  de  facultades  extraordinarias ,  las  que  delegó  á  los 

TOMO  IV.  86 


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HISTORIA   DI-  COLOMBIA 


prefectos  de  los  departamentos,  todo  en  virtud  de  la  ley  de  28  de 
julio  de  4824,  ya  derogada  por  la  constitución  de  1830 ;  con  los 
actos  abusivos  que  cometían  los  prefectos  Ahumada  y  Mares,  el 
general  Justo  Briceño,  el  gobernador  Ponce,  y  otros  agentes  de 
aquella  administración  ,  hombres  que  eran  aborrecidos;  con  el 
desorden  y  la  escasez  de  las  rentas  públicas;  en  fin,  con  el  espí- 
ritu militar  que  de  nuevo  cundia  por  do  quiera,  un  sordo  y 
profundo  descontento  se  extendía  por  todos  los  departamentos 
de  la  Nueva  Granada.  Habia  una  lucha  continua  entre  los  hom- 
bres de  espada  y  los  civiles.  Estos  deseaban  tener  constitución , 
garantías  y  leyes,  cuando  los  militares  ,  con  algunas  excepcio- 
nes honrosas ,  aspiraban  á  que  se  perpetuára  su  dominación. 
Creían  muchos  de  esta  clase ,  que  á  ellos  era  debida  exclusiva- 
mente la  Independencia  de  Colombia ,  y  que  por  tanto  ellos  so- 
los debían  mandar.  Ademas ,  el  gobierno  existente  de  Urdaneta 
no  era  tenido  por  legítimo  y  se  le  consideraba  como  el  repre- 
sentante de  una  facción  militar  que  habia  usurpado  el  poder. 
Por  consiguiente  la  fuerza  era  su  título  y  la  aquiescencia  de  los 
pueblos.  Bajo  de  tales  disposiciones  generales  de  la  opinión  pú- 
blica, era  fácil  prever  que  el  odio  de  los  pueblos  contra  el  go- 
bierno existente  iría  creciendo  con  rapidez,  y  que  muy  pronto 
habría  una  explosión  que  sería  inevitable  en  las  provincias  del 
centro  de  Colombia. 

Donde  primero  estalló  la  contrarevolucion  fué  en  la  capital 
de  la  provincia  del  Socorro  y  en  el  cantón  de  Vélez ;  separóse 
este  por  odio  al  gobernador  Ramón  Ponce ,  quien  tenia  exaspe- 
rados á  sus  habitantes.  Los  oficiales  Duran,  Hurtado  y  Gómez 
la  capitanearon  en  el  Socorro  ,  y  asumieron  el  gobierno  de  la 
provincia.  Pero  el  general  Briceño ,  que  mandaba  la  línea  de 
Cúcuta  (noviembre  Io),  ocurrió  prontamente  con  doscientos  ve- 
teranos, y  de  Tunja  y  Bogotá  marcharon  hacia  Vélez  mas  de 
trescientos  hombres  al  mando  del  nuevo  general  Pedro  Mu- 
güerza.  Los  revolucionarios  fueron  batidos  donde  quiera  que 
pelearon ,  muriendo  unos  y  saliendo  otros  fugitivos.  De  esta 
manera  la  provincia  quedó  tranquila;  Briceño  castigó  severa- 
mente á  los  que  se  habían  levantado  y  cayeron  en  sus  niaflus. 
El  comandante  José  María  Hurtado ,  los  capitanes  Pedro  Me- 
drano  y  Francisco  Amaya ,  el  teniente  Camilo  Montero ,  y  el 
sarjento  Merced  Vergara  fueron  condenados  á  muerte ;  á  veinte 
mas  se  les  envió  al  presidio  de  Cartagena.  Estas  ejecuciones  hi- 


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CAPÍTULO  XVIII.  403 

cieron  detestar  á  Briceño  y  al  gobierno  de  quien  dependía,  en 
el  Socorro  y  en  las  provincias  adyacentes. 

Fuerte  y  orgulloso  el  gobierno  de  Urdaneta  por  este  y  otros 
sucesos  prósperos ,  así  como  por  verse  apoyado  en  lo  interior 
por  las  divisiones  disciplinadas  del  Callao  y  Boyacá,  meditaba 
empresas  mas  altas  en  los  primeros  días  de  noviembre.  Ai  co- 
municar instrucciones  militares  al  general  Briceño ,  le  encar- 
gaba la  inmediata  pacificación  del  Socorro ,  á  fin  de  que  pudie- 
ran unirse  en  Cúcuta  las  tropas  que  fuera  posible.  —  «  Para 
apoyar,  según  decia ,  las  operaciones  que  el  Libertador  debe 
emprender  sobre  Maracáibo  y  Coro,  Us.,  añadió,  debe  poner 
su  mayor  atención  y  cuidado  sobre  los  valles  de  Cúcuta ,  reu- 
niendo allí  las  tropas  que  se  pueda ,  con  el  fin  de  obrar  sobre 
la  provincia  de  Mérida  en  combinación  con  las  que  deben  apo- 
derarse de  Maracáibo,  y  con  el  plan  general  de  operaciones  que 
formará  S.  E.  el  Libertador.  »  —  Bien  léjos  se  bailaba  este  de 
meditar  ni  formar  semejantes  planes  para  restablecer  á  Colom- 
bia, porque  estaba  convencido  íntimamente  que  no  podía  haber 
salud  para  esta  patria  querida ,  y  así  lo  habia  escrito  confiden- 
cialmente á  varios  de  sus  amigos.  Pero  Úrdaneta ,  Montilla  y 
algunos  otros  individuos  que  promovieron  el  movimiento  revo- 
lucionario contra  la  constitución  de  4830;  en  una  palabra,  el 
partido  militar  quería  á  todo  trance  restablecer  á  Colombia. 
Todavía  se  lisonjeaban  de  vencer  la  resistencia  de  Bolívar,  y 
que  este  se  pusiera  á  la  cabeza  de  una  cruzada  contra  Vene- 
zuela. El  Ecuador  no  les  daba  cuidado,  pues  habían  trazado  ya 
medidas  harto  eficaces  á  fin  de  que  las  tropas  allí  existentes 
proclamaran  la  integridad  de  la  República.  Era  sin  duda  por 
esto  que  en  esos  mismos  días  se  aseguraba  por  todas  partes  que 
iba  á  ser  reintegrada  la  República.  Empero  la  resistencia  y  enfer- 
medad del  Libertador,  la  revolución  de  Riohacha ,  y  la  heroica 
defensa  que  hicieron  los  habitantes  de  esta  provincia,  frustra- 
ron del  todo  aquellos  planes ,  é  impidieron  una  guerra  fratri- 
cida, con  la  que  habrían  sufrido  mucho  la  humanidad ,  la  civi- 
lización y  la  hermosa  causa  de  la  libertad  racional. 

fbr  el  mismo  tiempo  varios  emigrados  de  la  Nueva  Granada, 
asilados  en  la  villa  de  San  Antonio  del  Táchira,  á  quienes  capi- 
taneaban el  general  Fortoul  y  el  coronel  Concha ,  se  reúnen ,  y 
cincuenta  hombres  mandados  por  el  último  atraviesan  la  línea 
divisoria  de  Venezuela.  Su  ataque  se  dirige  á  tomar  el  pueblo 


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404  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

de  Indios  de  Cúcuta;  pero  un  destacamento  que  allí  existia, 
unido  á  dos  piquetes  de  infantería  y  caballería  enviados  del 
Rosario,  batieron  completamente  á  los  invasores.  El  coronel 
José  Concha,  su  hijo  Vicente  y  algunos  soldados  quedaron 
muertos  en  el  campo. 

En  seguida  el  general  Cruz  Carrillo ,  que  en  la  actualidad 
mandaba  las  fuerzas  colombianas  estacionadas  en  aquellos 
valles,  marcha  sobre  el  Táchira,  pide  satisfacción  al  general 
Fortoul  y  al  coronel  venezolano  Ignacio  Parédes,  jefes  que, 
según  dijo,  regian  las  tropas  existentes  en  San  Antonio.  No  ha- 
biendo recibido  al  parlamentario,  á  quien  hicieron  fuego,  Car- 
rillo, violando  á  su  turno  el  territorio  de  Venezuela,  ataca  y 
dispersa  las  pocas  fuerzas  que  habia  en  dicha  villa.  Por  for- 
tuna, este  acontecimiento  no  tuvo  los  malos  resultados  que 
justamente  se  temieron  de  que  sería  motivo  para  una  guerra 
con  Venezuela.  El  gobierno  de  Bogotá  reclamó  la  violación 
de  su  territorio,  y  los  auxilios  que  dijo  se  habian  prestado 
por  las  autoridades  de  Maracáibo  á  los  revolucionarios  de  Rio- 
hacha.  El  secretario  de  relaciones  exteriores  de  aquel  gobierno, 
Santos  Michelena,  contestó  negando  que  se  hubieran  dado  auxi- 
lios para  atacar  al  territorio  granadino;  aseguraba  que  la  em- 
presa de  Concha  habia  sido  un  acto  privado  que  ejecutara  aso- 
ciándose con  otros  Granadinos  asilados  en  Venezuela.  Al  mismo 
tiempo  se  quejaba  Michelena  con  justicia  de  la  conducta  del 
general  Carrillo;  esta  fué  atentatoria  y  pudo  comprometer  la 
guerra  entre  los  dos  países.  Por  fortuna,  de  ambas  partes  hubo 
prudencia  y  circunspección  que  alejaron  un  rompimiento. 

Sin  embargo ,  Páez  envió  al  oficial  Rola  de  infantería  á  pedi- 
mento del  general  Juan  Nepomuceno  Moreno,  quien  mantenía 
independiente  á  Casanare  :  debia  organizar  las  tropas  de  la 
provincia ,  y  aun  se  dijo  haberle  remitido  algunos  fusiles  y 
municiones.  Mas  limitándose  estas  fuerzas  á  la  defensiva,  se 
acordó  una  suspensión  de  hostilidades  entre  ellas  y  las  que 
tenia  Urdaneta  en  Boyacá;  dicha  tregua  duró  algunos  meses. 

En  lo  que  sí  estuvo  severo  el  gobierno  de  Venezuela  durante 
la  administración  de  Urdaneta,  fué  en  la  correspondencia  con  la 
Nueva  Granada.  Eran  pocos  los  correos  que  se  enviaban ,  y 
creemos  que  una  rigurosa  policía  los  supervigilaba,  extrayendo 
de  las  balijas  todas  las  cartas  é  impresos  que  no  convenían  á 
las  miras  del  gobierno  venezolano.  Si  esta  no  es  la  verdad,  á  lo 


uigitizeo  uy 


CAPÍTULO  XVIII.  iü.) 

ménos  fué  lo  que  generalmente  se  aseguraba  en  aquel  tiempo. 

Eran  mas  serios  los  cuidados  que  daban  al  gobierno  de  Urda- 
neta  los  sucesos  del  sur  de  la  República.  Provenían  estos  de  la 
oposición  de  los  generales  Obando  y  López ,  exaltada  por  las 
violentas  y  poco  meditadas  declaraciones  del  jefe  provisional 
del  gobierno  de  Bogotá.  Á  fin  de  hacerles  la  guerra  y  defender 
las  avenidas  de  la  cordillera  central, partierou  de  la  capital  dos 
columnas  de  tropas  :  la  primera  hácia  la  Plata,  mandada  por  el 
coronel  Joaquín  Posádas ,  quien  parecía  entonces  identificado 
con  el  gobierno  de  Urdaneta.  Dos  compañías  del  batallón 
Várgas,  que  López  mantenía  apostadas  en  el  punto  de  Inzá  para 
defender  la  montaña  de  Guanácas ,  abandonaron  su  partido ,  y 
proclamando  al  Libertador,  en  20  de  octubre  fueron  á  engrosar 
las  filas  de  Posádas  á  las  órdenes  del  comandante  Manuel 
Várgas. 

Aqueste  contratiempo  y  la  columna  que  á  las  órdenes  del 
general  Pedro  Mugüerza  penetró  por  Ibagué  al  valle  del  Cáuca,* 
así  como  la  decisión  de  la  asamblea  de  Buga ,  que  sometiera  el 
departamento  al  gobierno  provisional  de  Urdaneta,  parecía  que 
habían  resuelto  la  cuestión  y  asegurado  el  triunfo  contra  Obando 
y  López. 

Estos  no  habían  quedado  contentos  con  los  acuerdos  de 
aquella  asamblea  ,  tanto  por  haber  proclamado  al  Libertador, 
objeto  de  sus  odios  y  temores,  como  porque  había  reconocido  á 
Urdaneta  por  jefe  provisional  del  gobierno  de  Bogotá.  Ellos 
tenían  razón  en  mucha  parte.  Urdaneta,  con  una  lijereza  imper- 
donable en  el  primer  magistrado ,  los  llamó  asesinos  del  gran 
mariscal  de  Ayacucho  en  una  proclama  á  los  habitantes  del 
Cáuca  y  en  otros  varios  documentos  oficiales,  ántes  de  haber 
sido  juzgados  y  vencidos.  En  tales  circunstancias ,  no  podía  ni 
debia  Urdaneta  calificarlos  de  asesinos,  por  indicios  y  sospechas 
que  respecto  de  López  eran  muy  leves.  Hizo  aun  mas  :  declaró 
á  este  fuera  de  la  ley.  El  profundo  resentimiento  que  debia 
causar  á  López  y  á  Obando  la  conducta  apasionada,  injusta  y 
poco  circunspecta  de  Urdaneta,  con  respecto  á  ellos,  hacíadesde 
enténces  creer  á  muchos,  que  en  breve  sonaría  en  las  provincias 
meridionales  de  la  Nueva  Granada  el  clarín  de  la  guerra  civil. 

Bien  pronto  vieron  los  hombres  previsivos,  que  no  se  habían 
equivocado.  Después  que  la  asamblea  de  Buga  sometió  provi- 
sionalmente el  departamento  del  Cáuca  al  mando  del  Libertador 


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406  HISTORIA  DB  COLOMBIA. 

y  al  de  Urdaneta  (noviembre  22),  Obando  y  López  celebraron 
en  Popayan  una  junta  general  de  los  oficiales  de  aquella 
guarnición.  En  ella  acordaron  :  no  obedecerlas  decisiones  déla 
asamblea  del  Cáuca,  y  colocar  á  Obando  á  la  cabeza  de  la  fuerza 
armada  con  facultades  absolutas  para  dirigir  la  guerra ,  la  ha- 
cienda y  la  política,  cuya  autorización  debia  durar  hasta  que  se 
destruyera  el  gobierno  tiránico  de  Urdaneta,  y  se  restablecieran 
las  autoridades  legítimas.  López  continuó  como  segundo  después 
de  Obando,  y  comandante  general  del  departamento,  destino 
que  ántes  desempeñaba.  Viéndose  los  habitantes  de  Popayan 
bajo  la  férula  de  la  fuerza  armada,  tomaron  en  \°  de  diciembre 
un  partido  que  individualmente  pudo  ser  ventajoso  á  algunos , 
pero  que  no  tenían  derecho  para  adoptarlo.  Tal  fué  el  de 
agregar  el  circuito  de  Popayan  al  Estado  del  Ecuador,  some- 
tiéndose á  su  gobierno ,  á  su  constitución  y  á  sus  leyes.  De 
acuerdo  con  estas ,  proclamaron  á  Bolívar  protector  de  dicho 
Estado,  y  padre  de  la  patria ,  en  los  mismos  términos  que  le 
habia  reconocido  el  congreso  constituyente  del  Ecuador. 

Por  un  acuerdo  tan  singular  los  vecinos  de  Popayan  rompían 
la  unidad  del  departamento  del  Cáuca ,  cuyos  representantes 
legítimos  habían  reconocido  al  gobierno  de  Bogotá  por  la  libre 
y  espontánea  voluntad  de  la  mayoría.  Alegaban  como  funda- 
mentos, que  solo  de  este  modo  podían  evitar  la  guerra  civil  y 
hacerse  partícipes  de  los  bienes  que  les  ofrecía  la  constitución 
del  Ecuador,  Estado  libre  y  tranquilo ;  que  unidas  ya  las  pro- 
vincias de  Pasto  y  Buenaventura  á  dicho  Estado,  no  habia  otro 
medio  para  reintegrar  el  departamento,  que  agregar  el  circúito 
de  Popayan  al  Ecuador;  que  el  departamento  del  Cáuca  no 
podia  ser  parte  integrante  del  centro,  porque  no  habia  equilibrio 
entre  los  tres  Estados  que  iban  á  formarse  en  Colombia,  y 
porque  la  naturaleza  fijaba  al  del  Ecuador  los  límites  de  la 
cordillera  central  de  los  Andes,  cuya  fijación  de  límites  dejaban 
á  la  asamblea  de  plenipotenciarios  que  debia  reunirse. 

Por  tales  fundamentos,  de  los  que  nos  parecen  débiles  unos, 
y  erróneos  otros,  los  autores  de  aquella  acta  despedazaban, 
contra  leyes  terminantes,  la  provincia  de  Popayan :  contribuían 
á  la  disociación  de  las  partes  constitutivas  de  la  Nueva  Granada, 
así  como  á  la  usurpación  de  un  territorio  que  de  ninguna  ma- 
nera correspondía  al  Estado  del  Ecuador,  circunscrito  á  la  an- 
tigua presidencia  de  Quito.  Con  estos  pasos,  en  vez  de  evitar  la 


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* 

CAPÍTULO  XVIll.  407 

guerra  civil  la  promovían ,  y  también  otra  nacional.  Era  impo- 
sible que  el  gobierno  granadino,  ya  fuera  de  hecho  ó  de  derecho, 
se  conformara  con  perder  una  porción  tan  importante  de  su 
territorio  como  el  departamento  del  Cauca;  tampoco  podia 
ménos  que  protestar  fuertemente  contraía  pretendida  é  impolí- 
tica fijación  de  límites  del  Ecuador,  en  la  cordillera  central  de 
los  Andes.  Aun  la  rica  provincia  de  Antióquia  se  regalaba  asi 
al  nuevo  Estado ,  abriendo  un  vasto  campo  á  la  ambición  de 
Flórez. 

Arrastrado  por  este  sentimiento  y  seducido  por  la  utilidad 
que  resultaría  al  Ecuador,  pero  despreciando  la  justicia,  que 
debe  ser  la  regla  de  las  naciones  civilizadas,  el  presidente  de 
aquel  Estado  no  tuvo  inconveniente  alguno  en  admitir,  el  20  de 
diciembre,  la  agregación  de  Popayan.  El  poder  ejecutivo  de  la 
Nueva  Granada  improbó  su  procedimiento  á  los  habitantes  de 
aquella  ciudad,  y  aun  ántes  de  saber  la  admisión,  dirigió  un 
fuerte  reclamo  al  general  Flórez,  fundado  en  argumentos  incon- 
testables. Pero  el  jefe  del  Ecuador  no  desistió  de  su  propósito , 
y  en  sus  contestaciones  atacó  al  gobierno  de  Urdaneta  como 
ilegítima  creación  de  la  fuerza  armada.  Hasta  entónces  habia 
usado  de  este  medio  para  desopinar  á  la  administración  del 
centro  y  adquirir  entre  sus  pueblos  un  partido  favorable  á  la 
nueva  República.  Quiso  también  justificar  el  procedimiento  de 
Popayan ,  alegando  que  la  asamblea  de  Buga  no  habia  tenido 
libertad,  aserción  insostenible  á  la  vista  de  los  hechos  y  de  las 
actas  de  aquella  corporación.  Del  mismo  argumento  usaron 
Obando,  López  y  el  circuito  de  Popayan. 

Al  tiempo  que  Flórez  trataba  de  extender  su  dominación  á 
costa  de  la  Nueva  Granada,  valiéndose  de  actas  populares ,  que 
en  el  todo  ó  en  gran  parte  eran  sugeridas  por  sus  agentes ,  se 
usaba  contra  él  de  esta  misma  arma  prohibida ,  y  de  un  modo 
tan  eficaz,  que  poco  faltó  para  que  sucumbiera  en  la  lucha. 

El  general  Luis  Urdaneta  habia  marchado  al  sur  de  Colombia 
por  la  via  de  Cartagena  y  Panamá.  Llevaba  instrucciones  espe- 
ciales ,  dadas  por  el  jefe  provisional  de  Bogotá ,  para  insurrec- 
cionar á  las  tropas  colombianas  del  sur,  y  conmover  aquellos 
deparlamentos  contra  Flórez  y  sus  partidarios ,  proclamando  la 
integridad  de  Colombia ,  y  el  mando  supremo  del  Libertador. 
Con  este  nombre  mágico,  que  siempre  habia  conducido  á  la 
victoria  á  los  militares  colombianos ,  no  dudaban  un  momento 


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408  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

ambos  Urdanetas  que  conseguirían  sus  designios.  Los  enemigos 
del  Libertador,  y  aun  algunos  de  sus  amigos,  creyeron  entonces 
que  él  aprobaba  estos  planes  de  revueltas  y  de  motines  mili- 
tares; empero  estamos  hoy  persuadidos  por  medio  de  varios 
documentos  que  hemos  visto  después ,  que  ni  los  principios  de 
orden  que  Bolívar  inculcaba  á  la  sazón,  ni  el  estado  de  su 
salud,  le  permitían  mezclarse  en  tales  maquinaciones.  Esto 
mismo  persuaden  las  cartas  del  Libertador  que  Luis  Urdaneta 
condujo  para  Flórez,  cuyos  extractos  publicó  este  en  aquella 
época. 

El  general  Espinar,  que  era  entónces  dueño  absoluto  del 
Istmo,  adoptó  el  proyecto  y  los  designios  de  Urdaneta,  dándole 
la  goleta  Istmeño  á  fin  de  que  se  trasladara  prontamente  á 
Guayaquil.  Presentóse  en  esta  ciudad  bajo  las  apariencias  de 
amistad  y  deferencia  por  el  nuevo  gobierno  de  Flórez ;  pero 
muy  pronto  se  quitó  la  máscara.  En  28  de  noviembre  los  jefes 
y  oficiales  de  la  guarnición  de  Guayaquil ,  seducidos  por  Luis 
Urdaneta,  celebraron  un  acta  en  que  dieron  por  nulas  y  decla- 
raron ser  hijas  del  engaño,  de  las  intrigas  y  de  la  seducción, 
las  que  ántes  se  habían  hecho  en  favor  de  la  división  de  Co- 
lombia ,  erigiendo  á  los  tres  departamentos  meridionales  en  un 
Estado  independiente.  Por  tanto  desconocieron  á  su  gobierno  y 
proclamaron  la  integridad  de  la  República,  conforme  á  la  cons- 
titución de  1830.  Proclamaron  igualmente  el  mando  supremo 
del  Libertador  en  los  mismos  términos  en  que  le  habían  llamado 
á  la  primera  magistratura  los  departamentos  del  centro;  por 
consiguiente  reconocieron  al  gobierno  provisional  de  Bogotá. 

Este  pronunciamiento  fué  seguido  inmediatamente  por  las 
demás  tropas  que  existían  en  el  departamento  de  Guayaquil ,  así 
como  por  la  marina,  á  cuya  cabeza  estábala  fragata  Colombia, 
gobernada  entónces  por  el  capitán  de  navio  Leonardo  Stag.  Todos 
los  cuerpos  juraron  sostener  sus  pronunciamientos,  la  constitu- 
ción y  leyes  de  Colombia,  su  integridad  y  el  mando  del  Liber- 
tador como  jefe  supremo  de  la  República. 

Siguiéronse  á  las  actas  militares  las  de  los  pueblos  de  las  pro- 
vincias de  Guayaquil  y  Manabí,  cuyas  capitales  dieron #el 
ejemplo  :  fué  imitado  por  las  villas  y  parroquias,  conviniendo 
todas  sustancialmente  en  los  mismos  puntos.  Confirieron  tam- 
bién plenas  facultades  al  Libertador  para  reorganizar  á  Colombia, 
y  miéntras  se  recibían  sus  órdenes,  acordaron  que  asumiera  el 


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CAPÍTULO  XVIII.  409 

mando  civil  y  militar  del  departamento  el  general  Luis  Urda- 
neta. 

Divulgadas  estas  noticias  en  el  departamento  del  Asuay,  hizo 
igual  pronunciamiento  la  guarnición  que  allí  existia.  Los  pue- 
blos y  las  autoridades  civiles  de  las  provincias  de  Cuenca  y  Loja 
segundaron  los  mismos  pronunciamientos,  imitando  el  ejemplo 
de  Guayaquil.  Hasta  en  la  capital  de  Quito  se  declaró  por  el 
Libertador  y  por  la  integridad  de  Colombia  el  tercer  escuadrón 
de  Granaderos  á  caballo,  acta  que  hizo  el  10  de  diciembre.  En 
ella  se  invitaba  k  Flórez  á  que  continuára  mandando  como  pre- 
fecto general  de  los  tres  departamentos  meridionales,  y  se  nom- 
braba al  general  Isidoro  Barriga  para  que  se  pusiera  ála  cabeza 
de  los  cuerpos  militares  existentes  en  el  del  Ecuador.  En  vista 
de  esta  y  de  las  otras  actas  ya  mencionadas,  Barriga,  que  man- 
daba la  guarnición,  convocó  en  el  mismo  dia  á  los  generales, 
jefes  y  oficiales  del  ejército  y  de  las  milicias  que  residían  en 
Quito.  El  resultado  fué  celebrar  un  acta  adhiriéndose  á  la  del 
tercer  escuadrón;  acordóse  también  que  se  envidran  comisio- 
nados á  Guayaquil,  al  Asuay  y  al  general  Flórez,  anunciándoles 
el  resultado.  Mas  afortunadamente  para  el  último ,  al  siguiente 
dia  los  oficiales  del  tercer  escuadrón  reconocieron  de  nuevo  por 
otra  acta  al  gobierno  independiente  del  Ecuador,  y  lo  mismo 
tuvieron  que  hacer  los  demás  que  se  habian  pronunciado  en 
Quito. 

Miéntras  ocurrían  estos  sucesos,  que  se  agolparon  con  mu- 
cha rapidez ,  el  presidente  Flórez  se  hallaba  en  Pasto.  Dijimos 
haber  ido  á  esta  ciudad  con  el  batallón  Quito  para  asegurar  la 
adquisición  de  aquella  provincia ,  y  acaso  á  fin  de  proteger  los 
pronunciamientos  del  resto  del  departamento  del  Cáuca.  Los 
promovedores  de  la  agregación  de  Popayan  quedaron  burlados 
completamente  con  las  turbaciones  del  sur.  Alegaron  como 
fundamento  principal  de  su  incorporación  —  «  que  el  Ecuador 
tranquilo  y  constituido  extendía  sus  benéficas  miradas  hacia 
Popayan,  ofreciendo  su  poderosa  protección  bajo  un  sistema 
constitucional ,  »  y  ántes  de  que  llegaran  sus  comisionados  á 
Quito  habian  desaparecido  tan  halagüeñas  como  infundadas 
esperanzas. 

Á  pesar  de  no  haber  quedado  á  Flórez  mas  tropas  que  el  ba- 
tallou  Quito,  cuatro  compañías  de  Várgas  y  dos  escuadrones 
colombianos  de  caballería ,  él  no  se  desalienta.  Marcha  con  ra- 


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410  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

pidez  á  la  capital  (diciembre  45),  donde  reanima  las  esperanzas 
abatidas  de  los  Quiteños,  que  justamente  confiaban  en  su  'acti- 
vidad, decisión  y  conocimientos  militares.  Miéntras  llegan  sus 
tropas,  levanta  y  organiza  milicias ,  y  auxiliado  eficazmente 
por  la  población  y  los  ricos  propietarios  del  cantón  de  Quito, 
trabaja  con  asiduidad  en  reunir  toda  clase  de  aprestos  mili- 
tares. 

Entre  tanto  el  segundo  escuadrón  veterano  de  Granaderos  de 
Junin,  que  estaba  de  guarnición  en  la  villa  de  Ibarra,  se  pro- 
nuncia igualmente  contra  el  gobierno  ecuatoriano ,  derrota  á 
las  milicias,  se  apodera  de  los  caballos  del  cantón,  é  intercepta 
los  correos.  En  breve  se  puso  en  marcha  sobre  Quito  ,  situán- 
dose en  el  Quinche,  á  siete  leguas  de  aquella  ciudad.  Esta  defec- 
ción y  movimiento  agravó  sobre  manera  la  crítica  posición  de 
Flórez,  quien  no  habia  conseguido  juntar  aun  las  pocas  fuerzas 
que  le  restaban  para  combatir. 

Casi  al  mismo  tiempo  el  general  Luis  Urdaneta,  sabiendo  que 
los  habitantes  de  la  provincia  del  Chimborazo  y  su  capital  Rio- 
bamba  aguardaban  solo  protección  para  imitar  el  movimiento 
de  Guayaquil  y  del  Asuay,  determinó  obrar  activamente ,  tras- 
ladándose con  sus  tropas  á  la  cordillera  de  los  Ándes.  Para  ha- 
cer los  preparativos  necesarios  exigió  cincuenta  mil  pesos  á  los 
habitantes  de  la  ciudad.  Apénas  pudo  reunir  una  parte  usando 
de  la  fuerza. 

En  aquellas  circunstancias  hubo  en  Guayaquil,  el  23  de  di- 
ciembre, un  incendio  que  destruyera  noventa  casas ,  pérdida 
muy  sensible  para  sus  habitantes.  Algunos  lo  atribuyeron  á  la 
venganza  de  Urdaneta,  irritado  porque  no  le  auxiliaban  como 
él  quería.  No  le  creemos  un  malvado  feroz,  para  cometer  este 
horrendo  crimen.  Nos  parece  mas  probable  que  el  incendio  se 
originára  de  una  destilación  de  licores ,  según  otros  han  opi- 
nado. 

Al  siguiente  dia  después  de  esta  calamidad,  Urdaneta  se  puso 
en  marcha  para  la  Sierra  con  la  mayor  parte  de  las  tropas,  de- 
jando una  corta  guarnición  en  Guayaquil. 

Á  la  sazón  que  la  mayor  parte  de  las  provincias  del  centro  y 
sur  de  Colombia  se  habian  pronunciado  por  el  Libertador,  pro- 
clamándole jefe  supremo  de  la  República,  ¿  cuál  era  la  situación 
de  Bolívar?  Veámosla. 

Hemos  dicho  anteriormente  que  el  Libertador  habia  partido 


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CAPÍTULO  XVIll. 


enfermo  de  Cartagena.  Situóse  primero  en  la  villa  de  Soledad 
y  después  en  la  de  Barranqnilla,  donde  pasó  los  meses  de  oc- 
\  tubre  y  noviembre.  La  soledad  en  que  se  hallaba,  la  zaüa  insa- 
ciable con  que  sus  enemigos  se  cebaban  en  su  reputación,  —  la 
ingratitud  con  que  él  creía  justamente  que  le  habían  tratado 
muchos  de  sus  amigos  queridos  y  los  mismos  pueblos  en  cuyo 
obsequio  sacrificara  su  fortuua,  sus  bienes ,  su  reposo  y  su  sa- 
lud en  los  últimos  veinte  años ,  por  darles  independencia  y 
libertad,  —  en  fin,  la  debilidad  causada  por  sus  males ,  todo 
esto  obraba  fuertemente  en  su  alma  sensible  y  en  su  fogosa 
imaginación.  Una  profunda  melancolía  y  un  grande  caimiento 
de  ánimo  fueron  las  consecuencias.  Esta  situación  y  la  falta  de 
un  buen  facultativo  que  le  administrara  remedios  eficaces, 
agravó  mucho  la  enfermedad  de  Bolívar,  que  al  principio  no 
se  creyera  de  peligro.  Era  un  catarro  pulmonar  descuidado  por 
algún  tiempo  á  causa  de  la  aversión  que  tuvo  siempre  á  hacerse 
remedios. 

Viendo  el  Libertador  que  su  enfermedad  crecía ,  y  siguiendo 
también  el  consejo  de  un  médico,  determinó  trasladarse  á  San- 
tamarta,  de  donde  el  obispo  Estéves,  el  general  Montilla  y  otros 
de  sus  amigos  le  llamaban  con  instancia.  Creyendo  que  el  mar 
contribuiria  á  mejorarle,  se  embarca,  sufre  mucho  y  llega  á 
Santamaría  el  Io  de  diciembre  en  un  estado  lamentable  de  pos- 
tración y  debilidad.  Con  algunos  remedios  activos  que  le  apli- 
caron el  doctor  Próspero  Reverend,  médico  francés ,  y  el  doctor 
Mac-Night ,  cirujano  de  la  goleta  de  guerra  Grampus  de  los  Es- 
tados Unidos,  que  por  casualidad  se  hallaba  en  aquel  puerto, 
calmaron  algún  tanto  la  tos,  el  dolor  al  pecho ,  los  insomnios  y 
otros  síntomas  alarmantes.  Sin  embargo,  eran  lentos  los  pro- 
gresos de  la  mejoría;  creyendo  acelerarla,  el  mismo  Bolívar 
pidió  con  ansia  que  le  lleváran  al  campo,  á  fin  de  respirar  un 
aire  mas  puro  y  fresco.  En  efecto,  el  dia  6  le  condujeron  á  la 
quinta  de  San  Pedro  Alejandrino ,  propiedad  del  comerciante 
Joaquín  de  Mier,  la  que  dista  una  legua  de  la  plaza.  Allí  pasó 
dos  dias  aliviado  y  mas  alegre,  de  modo  que  el  8  escribió  á  uno 
de  fus  amigos  en  Bogotá,  que  estaba  mejor,  y  aun  le  puso  una 
posdata  de  su  letra.  Sin  embargo ,  en  aquella  misma  noche 
principió  la  enfermedad  á  atacarle  la  cabeza ,  apareció  el  hipo, 
los  extremos  se  le  enfriaron  ,  tuvo  delirio,  y  la  calentura  le  dio 
con  mas  fuerza.  El  10  por  la  larde  estuvo  completamente  des- 


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412  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

pejada  su  mente  y  en  pleno  ejercicio  sus  facultades  intelectua- 
les. Cumpliendo,  pues ,  con  los  deberes  del  cristiano,  recibió  la 
Eucaristía  y  la  Extremaunción ,  que  le  administrara  el  obispo 
Estéves ,  quien  le  asistía  en  aquellos  últimos  y  solemnes  mo- 
mentos de  la  vida  :  también  hizo  su  testamento  y  dirigió  á  los 
Colombianos  sus  palabras  postrimeras  en  el  lecho  de  la  muerte, 
palabras  que  respiran  su  amor  á  la  libertad,  á  la  consolidación 
de  Colombia,  y  al  sostenimiento  de  la  unión  entre  sus  hijos, 
a  Mis  últimos  votos ,  decia  Bolívar,  son  por  la  felicidad  de  la 
patria  :  si  mi  muerte  contribuye  para  que  cesen  los  partidos  y 
se  consolide  la  unión,  yo  bajaré  tranquilo  al  sepulcro.  » 

Estos  fueron  los  últimos  actos  del  Libertador.  Desde  aquel 
dia  continuó  extinguiéndose  su  vida  como  una  lámpara.  Tur- 
badas sus  facultades  mentales ,  era  frecuente  el  desvarío  hasta 
el  17  de  diciembre  á  la  una  de  la  tarde ,  en  que  espiró  pasando 
su  alma  á  otra  vida.  De  la  disección  de  su  cadáver  resultó  que 
tenia  un  poco  dañados  los  pulmones,  y  que  las  pleuras  pulmo- 
nares estaban  adheridas  á  las  pleuras  costales.  Según  la  opinión 
del  doctor  Reverend ,  la  enfermedad  que  llevára  al  sepulcro  al 
mas  grande  hombre  que  ha  producido  la  América  —  «  fué  en 
su  principio  un  catarro  pulmonar,  que  habiendo  sido  descui- 
dado ,  pasó  al  estado  crónico  y  consecutivamente  degeneró  en 
tisis  tuberculosa.  »  Bolívar  murió  en  la  fuerza  de  su  edad, 
cuando  apénas  contaba  cuarenta  y  siete  años  cinco  meses  (*). 
Aun  podia  haber  hecho  á  su  patria ,  y  acaso  á  la  América  en- 
tera, servicios  de  la  mayor  importancia.  Mas  plugo  á  Dios  otra 
cosa,  y  el  fundador  de  Colombia  bajó  al  sepulcro  en  el  aniver- 
sario y  casi  á  la  misma  hora  en  que  once  años  ántes  se  habia 
proclamado  en  la  ciudad  de  Angostura  la  creación  de  la  Repú- 
blica. Esta  no  sobrevivió  á  la  muerte  de  su  padre  y  fundador. 

El  entierro  del  cadáver  de  Bolívar  se  dispuso  por  el  general 
Montilla  con  toda  la  pompa  y  decoro  que  fué  posible.  Verificóse 
el  20  de  diciembre  después  de  haberle  embalsamado.  Le  acom- 
pañaron hasta  la  tumba  algunos  de  los  veteranos  de  la  Inde- 
pendencia, y  la  población  entera  de  Santamarta.  Descansó  en 
humilde  sepulcro  en  una  de  las  bóvedas  de  la  catedral  «de 
aquella  ciudad  por  doce  años ,  sin  distinción  alguna  que  le  pu- 

(1)  Bolívar  habia  nacido  en  Caracas  el  24  de  julio  de  1783  :  fué,  pues,  su 
vida  de  cuarenta  y  siete  años,  cuatro  meses  veinte  y  tres  dias. 


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CAPÍTULO  XVIII.  413 

siera  el  gobierno  de  la  Nueva  Granada ,  según  era  debido.  Pro- 
vino esto  de  que  desde  la  muerte  del  Libertador  desempeñaron 
el  poder  supremo  en  nuestra  tierra,  ó  enemigos  personales 
suyos,  ú  hombres  indiferentes  á  su  memoria,  aunque  Bolívar 
los  hubiera  distinguido  miéntras  que  obtuvo  el  gobierno  de 
Colombia  (*). 

Apénas  habian  sido  depositados  en  humilde  sepulcro  los 
restos  mortales  de  Bolívar,  cuando  arribó  á  San tam arta  la  fra- 
gata inglesa  Blanche,  trayendo  a  su  bordo  al  jefe  de  escuadra 
Farguhar.  La  acompañaba  sir  Miguel  Clare  ,  célebre  médico  de 
la  isla  de  Jamáica,  y  su  viaje  era  con  el  objeto  de  ver  si  podían 
prestar  auxilios  al  Libertador,  y  salvar  su  importante  vida.  A 
solicitud  del  antiguo  y  constante  amigo  de  Bolívar  el  señor 
Hyslop,  el  gobernador  de  Jamáica  lord  Belmore  escribió  una 
carta  al  comodoro  Farguhar,  excitándole  á  que  enviase  un  bu- 
que á  Santamaría  con  un  médico  inteligente ;  carta  que  hace 

(1)  Al  cabo  de  doce  años  (en  1842),  Venezuela  se  arrepintió  de  la  crueldad 
é  injusticia  con  que  tratára  al  primero  y  mas  grande  de  sus  hijos.  Gracias 
al  celo  de  muchos  de  estos,  que  habian  cedido  á  la  tempestad ,  sin  perder 
su  afecto  y  admiración  por  el  Libertador,  entre  los  cuales  mencionamos  con 
mucho  placer,  como  el  primero,  al  doctor  José  de  Várgas,  se  venció  en  este 
año  la  ojeriza  que  conservaban  algunos  magnates  venezolanos,  acaso  por 
sentimientos  de  envidia  y  rivalidad  contra  Bolívar.  El  congreso  decretó  en 
consecuencia  honores  á  su  memoria.  Comisionados  de  Venezuela  se  trasla- 
daron á  Santamarta,  donde  habia  otros  de  la  Nueva  Granada,  sin  que  lle- 
gáran  á  tiempo  los  nombrados  por  el  gobierno  del  Ecuador.  El  20  de  no- 
viembre de  1842  se  exhumaron  los  restos  mortales  del  fundador  de  tres 
repúblicas,  con  toda  la  pompa  y  solemnidad  que  en  Santamarta  pudo  darse 
á  aquel  acto:  ellos  fueron  embarcados  en  la  goleta  venezolana  Constitución. 
Acompañáronlos  la  corbeta  francesa  Circe,  el  bergantín  ingles  Albatrojo, 
y  el  bergantín  Vénusde  Holanda,  enviados  por  sus  respectivos  gobiernos  para 
tributar  los  últimos  honores  á  Bolívar;  á  cuyos  buques  de  guerra  se  agregára 
después  otro  de  Dinamarca.  El  convoy  arribó  felizmente  á  la  Guaira.  El 
16  de  diciembre  fué  trasladada  la  urna  á  Caracas,  y  el  17,  aniversario  de 
la  fundación  de  Colombia  y  de  la  muerte  de  Bolívar,  se  hicieron  á  sus  restos 
unas  exequias  magníficas  en  la  catedral  de  su  patria.  Nunca  hubo  ántes  en 
aquella  ciudad  fiesta  mas  concurrida  ni  mas  popular.  Los  huesos  de  Bolívar 
se«olocaron  en  la  capilla  de  la  Trinidad  en  la  catedral  de  Carácas,  donde 
se  enterraban  sus  antepasados.  Allí  se  ha  erigido  el  magnifico  sepulcro  de 
mármol,  fabricado  en  Italia  á  expensas  de  la  república  de  Venezuela. ;  Her- 
mosa, aunque  tardía  reparación  de  los  ultrajes  que  en  vida  se  le  hicieron 
por  hijos  de  Venezuela  y  de  Carácas  á  quienes  Bolívar  distinguiera  y  bene- 
ficiara altamente !... 


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4U  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

mucho  honor  á  los  generosos  y  humanos  sentimientos  de  aquel 
magistrado  británico.  No  existiendo  en  la  estación  de  Puerto 
Real  ningún  buque  menor,  el  mismo  comodoro  resolvió  tras- 
ladarse á  nuestras  costas  en  la  B lanche ,  trayendo  á  su  bordo  á 
Mr  Clare ,  quien  espontáneamente  ofreció  venir  á  Santamaría 
para  asistir  al  Libertador.  La  Providencia  había  dispuesto  que 
estos  pasos  fueran  inútiles,  porque  extinguiera  ántes  su  preciosa 
vida ;  pero  el  gobierno  de  Colombia ,  los  amigos  de  Bolívar  y 
todos  los  amantes  de  las  acciones  nobles,  humanas  y  generosas 
agradecieron ,  como  era  debido ,  la  oportuna  manifestación  de 
lord  Belraore  (*),  del  comodoro  Farguhar  y  de  sir  Miguel  Clare, 
deplorando  que  sus  auxilios  no  hubieran  llegado  ántes. 

Bolívar  ha  dejado  de  existir,  y  aunque  sus  grandes  hechos , 
que  hemos  referido ,  pintan  su  verdadero  carácter,  sin  embargo 
para  que  la  posteridad  se  halle  en  aptitud  de  formar  un  juicio 
exacto  acerca  de  él,  y  de  que  algún  filósofo  trace  su  verdadero 
retrato,  consiguarémos  aquí  algunas  ideas;  temiendo  sí,  que 
nuestra  débil  pluma  pueda  ser  extraviada  por  las  acaloradas 
pasiones  contemporáneas  que  aun  existen  en  pro  ó  en  contra 
del  Libertador. 

Bolívar  era  de  estatura  mediana,  de  un  cuerpo  seco  y  descar- 

(1)  La  carta  de  lord  Belmore  es  digna  de  conservarse  ;  decía  : 

«  King's-House,  15  de  diciembre  de  1830. 

»  Mi  querido  Señor, 

•  El  señor  Hyslop  ha  puesto  en  mis  manos  la  carta  inclusa.  Ella  contiene 
la  relación  del  peligro  extremo  á  que  está  reducido  el  general  Bolívar.  El 
hombre  que  ha  tenido  una  parte  tan  distinguida  en  los  acontecimientos  po- 
líticos que  han  pasado  en  los  Estados  sud-americanos,  debe  inspirar  un  fuerte 
deseo  de  suministrarle  todos  los  auxilios  que  puedan  ser  practicables  en  su 
actual  arriesgada  situación. 

»  Si  podéis  sin  inconveniente  despachar  prontamente  un  buque  con  un 
médico  inteligente  á  su  bordo,  sería  este  un  grande  acto  de  humanidad. 

»  No  dudo  que  este  paso  tendrá  la  aprobación  del  almirante ,  será  satis- 
factorio al  gobierno  de  S.  M.  y  lisonjero  á  los  sentimientos  públicos. 

»  Si  pudiera  suponer  que  mi  recomendación  tuviese  algún  peso,  yo  desea- 
ría mucho  ofrecerla  en  una  ocasión  tan  interesante ,  como  la  de  salvfr  la 
vida ,  ó  de  contribuir  al  alivio  de  una  persona  tan  distinguida. 

»  Tengo  el  honor  de  ser,  etc. 

»  Belmore. 

»  Al  jefe  de  escuadra  Farguhar,  caballero  de  las  órdenes  del  Baño  y  de 
la  Espada  de  Suecia,  en  la  fragata  Manche.  » 

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CAPÍTULO  XVII I. 


nado ;  cuando  jóven,  de  un  color  blanco  y  de  hermosa  tez;  pero 
después  de  sus  campañas  estaba  moreno  y  pálido.  Era  oval  su 
cara,  sus  ojos  vivos  y  penetrantes,  y  su  imaginación  ardiente. 
En  el  trato  familiar  era  festivo  y  franco  en  extremo ;  gustaba 
de  los  festines,  pero  no  perdía  la  sobriedad.  Amó  á  las  mujeres, 
especialmente  en  la  juventud.  Respetaba  la  religión  católica, 
aunque  sus  opiniones  fueran  libres,  y  dirigía  su  culto  á  la  Di- 
vinidad. La  generosidad  y  el  desinterés  son  dos  virtudes  que 
poseía  en  grado  eminente  ;  él  murió  pobre  después  de  haber 
mandado  catorce  años  h  Colombia  y  al  Perú. 

Bolívar  como  guerrero  es  comparable  á  los  primeros  hombres 
que  nos  presenta  la  historia  antigua  y  moderna.  Genio  vasto 
para  concebir  sus  planes;  actividad  sin  igual  para  ejecutarlos, 
superando  cualesquiera  dificultades;  audacia,  valor,  constancia 
y  sufrimiento  en  las  desgracias  hasta  cautivar  nuevamente  á  la 
fortuna,  y  talento  creador  para  sacar  de  la  nada  los  recursos, 
son  calidades  brillantes  que  hacen  de  Bolívar  uno  de  los  guer- 
reros mas  distinguidos  de  su  siglo.  En  efecto,  haber  libertado  á 
Venezuela,  á  la  Nueva  Granada  y  al  Ecuador ,  comenzando  su 
atrevida  empresa  con  solo  doscientos  cincuenta  hombres;  haber 
perseguido  á  los  Españoles  hasta  el  Perú  y  vencido  su  ejército 
en  Junin  y  Ayacucho,  son  acciones  dignas  de  la  inmortalidad. 
Mas  de  cuarenta  mil  soldados  de  la  España  regidos  por  excelen- 
tes jefes  y  oficiales ,  apoyados  en  plazas  fortificadas  y  en  la 
fuerza  moral  de  trescientos  años  de  dominación  ,  ocupaban  y 
defendían  estas  ricas  y  vastas  posesiones.  El  talento  y  la  cons- 
tancia de  Bolívar  sacó  un  ejército  de  la  nada,  y  se  las  arrancó 
para  siempre.  En  menos  de  ocho  años  la  bandera  colombiana 
llameó  victoriosa  desde  las  bocas  del  Orinoco  hasta  las  cimas 
argentíferas  del  Potosí.  La  gloria  de  Bolívar  llegó  á  su  colmo 
con  la  libertad  del  Perú  ,  y  después  de  Ayacucho  terminó  su 
carrera  militar.  Desde  entónces  podemos  considerarle  como  po- 
lítico y  administrador. 

Bajo  del  primer  aspecto  hay  actos  de  Bolívar  que  se  hallan 
marcados  con  el  sello  de  un  gran  talento.  En  1813  libertó  á 
Ven%zuela,  su  patria,  del  yugo  férreo  de  los  Españoles ;  mas  no 
pudo  organizar  el  país  por  el  encarnizamiento  con  que  estos  y 
sus  partidarios  le  hacían  la  guerra.  Entónces  por  una  tremenda 
retaliación  la  declaró  á  muerte,  lo  que  produjo  crueldades  y 
escenas  de  sangre  que  hacen  estremecer.  Bolívar  desde  1816  hizo 


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416  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

la  guerra  con  humanidad  y  creó  á  la  república  de  Colombia, 
grande  acto  de  política  que  dió  al  mundo  civilizado  una  idea 
muy  ventajosa  de  su  fundador.  Esta  república  se  constituyó  á 
la  sombra  de  sus  laureles ,  y  Bolívar  triunfante ,  mas  allá  del 
Ecuador,  creó  también  las  del  Perú  y  Bolivia.  Fué  suya  la  idea 
de  convocar  un  congreso  americano  en  el  istmo  de  Panamá : 
hermosa  utopia  que  no  produjo  los  efectos  deseados. 

Con  servicios  tan  eminentes  Bolívar  se  atrajo  el  amor,  el 
respeto ,  la  veneración ,  y  una  confianza  ilimitada  tanto  de  los 
jefes  y  oficiales  del  ejército  libertador,  que  se  plegaron  á  la  obe- 
diencia, como  de  los  habitantes  de  las  tres  repúblicas.  Mas  desde 
que  publicara  su  profesión  de  fe  política  en  el  proyecto  de  cons- 
titución para  Bolivia,  que  sus  consejeros  mal  avisados  hicieron 
adoptar  en  el  Perú  de  uu  modo  irregular;  desde  que  en  4826 
apoyó  con  su  influjo  á  los  que  atacaban  la  constitución  de  Co- 
lombia, promoviendo  sus  agentes  actas  ilegales  de  los  pueblos, 
para  llamarle  á  la  dictadura  unos,  y  hablando  otros  de  un  pre- 
tendido imperio  de  Colombia,  Perú  y  Bolivia,  ó  de  una  vasta 
confederación  de  las  tres  repúblicas ,  cuyo  protector  sería  él 
mismo;  desde  que  premió  á  Páez  y  á  todos  los  demás  que  ha- 
bían procurado  despedazar  á  Colombia  y  destruir  la  constitu- 
ción de  Cúcuta,  incurriendo  en  su  enojo  los  que  sostuvieron  al 
gobierno  constitucional,  una  desconfianza  muy  grande  se  apo- 
deró de  los  Colombianos.  Enemigos  furiosos  se  levantaron  por 
todas  partes  contra  Bolívar,  atacándole  en  nombre  de  la  liber- 
tad ,  que  decían  quería  destruir.  En  medio  de  pasiones  exalta- 
das y  de  partidos  opuestos,  el  Libertador,  apoyado  en  el  ejército 
y  en  la  opinión  de  una  mayoría  colombiana,  aceptó  la  dicta- 
dura, que  desgraciadamente  produjo  la  conspiración  del  25  de 
setiembre ,  y  que  entronizó  el  poder  militar  mas  allá  de  lo  que 
se  necesitaba  para  reprimir  una  excesiva  y  turbulenta  demago- 
gia. Bolívar  en  1829  improbó  y  deshizo  enteramente  el  proyecto 
de  Monarquía  meditado  por  algunos;  él  jamas  la  quiso,  á pesar 
de  que  amaba  el  poder  vitalicio  y  el  mando  sin  estar  sujeto  á 
leyes.  Calumniado ,  perseguido  y  rechazado  por  sus  enemigos 
y  por  una  gran  parte  de  Colombia ,  dejó  con  repugnancia  el 
mando  supremo ;  y  no  saliendo  de  su  territorio  como  habia 
ofrecido  y  le  convenia,  añadió  nuevo  pábulo  á  las  calumnias 
de  sus  enemigos,  que  le  persiguieron  mas  allá  del  sepulcro. 

Bolívar  aborrecía  los  pormenores  de  la  administración ,  y  el 


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CAPÍTULO  XVill.  41"? 

bufete,  según  decia  ,  era  para  él  un  suplicio.  Tenia  vigor  y  fir- 
meza para  hacer  cumplir  sus  resoluciones,  y  una  grande  cons- 
tancia en  adelantar  sus  planes,  sin  que  le  arredrárau  los  obs- 
táculos por  graves  que  fueran.  Opinaba  que  en  Colombia  no 
podian  establecerse  las  teorías  de  los  economistas  de  la  Europa, 
y  por  eso  preferia  conservar  las  rentas  á  que  estaban  acostum- 
brados los  pueblos.  Era  económico ,  y  no  gastaba  con  facilidad 
los  caudales  públicos,  los  que  nunca  permitia  que  se  defrauda- 
ran. Amaba  la  justicia  donde  quiera  que  la  veía,  y  decretaba 
conforme  á  ella.  Tenia  particular  acierto  y  penetración  para 
escoger  sus  primeros  tenientes.  Sucre ,  Santander ,  Soublettc , 
Salón  y  Flórez  fueron  dignos  subalternos  de  Bolívar.  Condes- 
cendiente en  extremo  con  sus  amigos,  intentaba  algunas  veces 
dar  por  sus  consejos  resoluciones  contrarias  á  las  reglas  estable- 
cidas y  al  plan  que  seguian  sus  ministros.  Sin  embargo ,  tenia 
por  estos  delicadas  consideraciones,  y  sostenia  con  vigor  lo  que 
mandaban,  prestándoles  su  entera  contianza. 

El  testamento  de  Bolívar  fué  sencillo ,  y  contiene  pocas  dis- 
posiciones dignas  de  conservarse  por  la  historia.  «  Declaro,  dijo 
en  la  cláusula  cuarta,  que  no  poseo  otros  bienes  mas  que  las 
tierras  y  minas  de  Aroa,  situadas  en  la  provincia  de  Carabobo, 
y  unas  alhajas  que  constan  en  el  inventario  que  debe  hallarse 
entre  mis  papeles ,  las  cuales  exislen  en  poder  del  señor  Fran- 
cisco Martin ,  vecino  de  Cartagena.  »  Declaró  que  solo  debía 
una  cantidad  de  pesos  al  señor  Juan  de  Francisco  Martin  y  á 
Powles  y  Compañía  de  Londres,  las  que  mandó  pagar  á  sus 
alhaceas.  Legó  ocho  mil  pesos  á  su  íiel  mayordomo  José  Pala- 
cios en  remuneración  de  sus  constantes  servicios.  Mandó  que 
la  medalla  que  le  había  presentado  el  congreso  de  Bolivia  á 
nombre  de  aquel  pueblo ,  se  le  devolviera  —  «en  prueba  del 
verdadero  alecto  que  aun  en  mis  últimos  momentos  conservo  á 
aquella  república.  »  También  dispuso  que  se  devolviera  á  la 
viuda  del  gran  mariscal  de  Ayacucho  la  espada  que  este  le  ha- 
bía regalado  —  «  para  que  la  conserve  como  una  prueba  del 
amor  que  siempre  iie  profesado  al  expresado  gran  mariscal.  » 
— JÜonó  á  la  universidad  de  Caracas  El  Contrato  social  de  Hous- 
seau  y  El  Arte  militar  de  Montecuculi ,  obras  que  habían  perte- 
necido á  la  biblioteca  de  Napoleón.  Dispuso  igualmente  que  sus 
alhaceas  dieran  las  gracias  ai  general  sir  Roberto  Wilson  — 
«  por  el  buen  comportamiento  de  su  hijo  el  coronel  Belford 

TOMO  IV.  S7 


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448  HISTORIA  ÜE  COLOMBIA. 

Wilson ,  que  tan  fielmente  me  ha  acompañado  hasta  los  úl- 
timos momentos  de  mi  vida,  o 

Para  sus  albaceas  nombró  á  los  señores  Pedro  Briceño  Méndez, 
Juan  de  Francisco  Martin,  José  Vargas  de  Caracas  y  Laurencio 
Silva.  Estos  debian  repartir  los  bienes  que  dejaba  por  terceras 
partes  entre  sus  hermanas  María  Antonia  y  Juana  Bolívar,  y 
los  hijos  de  su  difunto  hermano  Juan  Vicente  Bolívar.  Conforme 
á  su  última  voluntad,  sus  restos  mortales  debian  ser  depositados 
en  la  ciudad  de  Carácas,  su  patria. 

Por  la  cláusula  9*  mandó  quemar  los  papeles  que  tenia 
depositados  en  poder  del  señor  Juan  Pavajeau.  Según  oímos, 
eran  tres  baúles  que  comprendían  toda  su  correspondencia 
epistolar.  Sus  amigos  le  hicieron  objeciones  repetidas  sobre  esta 
disposición ,  á  que  les  contestára  :  —  «  Entre  mis  papeles  hay 
comprobantes  de  la  mala  fe  é  infamia  de  los  que  han  perseguido 
mi  reputación;  deseo  destruirlos  para  que  por  su  publicación 
no  causen  algún  dia  nuevos  males  á  mi  patria.  Protesto  que 
entre  dichos  papeles  no  hay  documento  alguno  que  pueda 
dañarme  en  lo  mas  mínimo  en  el  concepto  de  los  mas  celosos 
amigos  de  la  libertad.  »  No  fué,  pues,  en  obsequio  de  sus  ami- 
gos, como  algunos  han  creído,  quecondenára  al  fuego  tan  nu- 
merosos é  iuestimables  documentos,  sino  para  no  perjudicar 
á  su  país  en  general,  que  dispuso  la  destrucción  de  sus  papeles. 

La  muerte  de  Bolívar  resonó  inmediatamente  en  todos  los 
ángulos  de  Colombia,  y  por  do  quiera  produjo  vastos  resul- 
tados. 

Enumeramos  ántes  los  motivos  de  disgusto  que  habia  en  los 
pueblos  del  centro  contra  el  gobierno  de  Urdaneta.  Añadíanse 
a  estos  que  muchos  de  los  principales  destinos ,  así  militares 
como  civiles ,  se  habían  conferido  á  los  Venezolanos ,  que  eran 
ya  insoportables  á  los  Granadinos.  Su  carácter  orgulloso,  la  se- 
paración que  habían  hecho  de  la  Nueva  Granada;  el  haber  sido 
removidos  y  enviados  á  su  país  los  pocos  Granadinos  que  allá 
obtenían  empleos  civiles;  la  mala  conducta  de  algunos  Venezo- 
lanos que,  como  Máres  en  Tunja  y  Justo  Briceño  en  el  Socorro, 
habían  oprimido  y  vejado  á  los  pueblos;  los  frecuentes  reclina- 
mientos, algunas  prisiones  arbitrarias ;  la  prodigalidad  de  gra- 
dos militares;  en  fin,  la  escasez  de  las  rentas  públicas  destinadas 
casi  exclusivamente  á  cubrir  una  lista  militar  demasiado  nume- 
rosa, todo  hacía  un  cúmulo  formidable  de  combustibles,  á 


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CAPÍTULO  IVIU.  419 

cuyo  incendio  no  podría  resistir  largo  tiempo  el  gobierno  de 
Urdaneta. 

Conocíalo  este,  y  ántes  de  la  muerte  del  Libertador  le  escribió 
cartas  sobre  cartas  instándole  para  que  viniera  á  la  capital  á 
encargarse  del  poder  ejecutivo;  para  conseguirlo  aun  le  había 
dirigido  varios  comisionados.  Mas  la  muerte  de  Bolívar  puso 
término  á  este  proyecto,  y  fué  necesario  concebir  otros. 

El  9  de  enero  se  supo  en  Bogotá  el  fallecimiento  del  Liberta- 
dor. Sintiéronlo  profundamente  los  miembros  del  gobierno  de 
Urdaneta,  sus  partidarios,  y  los  amigos  sinceros  de  Bolívar, 
que  veían  haber  desaparecido  el  hombre  grande  que  daba  gloria 
y  era  el  ornamento  de  Colombia.  Sus  numerosos  enemigos  en 
la  capital  y  en  las  provincias ,  ó  vieron  su  muerte  con  indife- 
rencia ó  se  alegraron.  Los  mas  encarnizados  se  preparaban  con 
vileza  á  manchar  su  nombre  por  la  imprenta  y  á  hacer  execra- 
ble su  memoria,  apellidándole  ei  tirano.  Sin  embargo,  no  fal- 
taron en  Europa  y  en  América  plumas  elocuentes  que  le  defen- 
dieron, distinguiéndose  en  Francia  la  del  abate  de  Fradt,  y  la 
del  doctor  Várgas  en  Venezuela. 

Desde  que  se  tuvo  noticia  en  la  capital,  que  el  Libertador  se 
hallaba  próximo  á  bajar  al  sepulcro,  Urdaneta  había  hecho 
reuniones  de  sus  amigos  y  de  otras  personas  ilustradas,  para 
consultar  las  medidas  que  deberían  adoptarse  después  de  la 
muerte  de  Bolívar  (enero  9).  El  mismo  día  que  recibiera  la 
noticia  dió  una  proclama á  los  Colombianos,  anunciándoles  con 
acerbo  dolor  el  fallecimiento  del  varón  ilustre,  fundador  de 
tres  repúblicas,  el  inmortal  Simón  Bolívar.  «  Después  de  haber 
agotado,  decía,  hasta  las  últimas  heces  del  cáliz  de  la  amargura 
que  le  ofreció  la  suspicacia  de  algunos  conciudadanos  suyos,  ha 
pasado  á  la  región  de  las  almas ,  dejando  un  vacío  inmenso  en 
Colombia,  en  América,  en  el  orbe  civiüzado. 

»  ¡Colombianos!  las  pasiones  contemporáneas  aun  las  mas 
encarnizadas  deben  darse  por  satisfechas.  Bolívar  no  pertenece 
de  hoy  mas  sino  al  dominio  de  la  historia;  y  iniéntras  ella  le 
asigna  en  sus  páginas  el  prominente  lugar  á  que  le  han  hecho 
acrtedor  sus  relevantes  servicios  á  la  causa  de  la  humanidad , 
nosotros  los  que  teuemos  la  desgracia  de  sobrevivirie,  debemos 
reunimos  en  torno  de  su  tumba  helada ,  á  llorar  la  pérdida  que 
hemos  hecho,  á  meditar  sobre  la  situación  de  Colombia,  y  pres- 
tarle los  auxilios  de  que  tanto  necesita  la  patria  para  revivir. 


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420  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

n  ¡  Colombianos !  deseoso  de  que  no  se  malogren  los  esfuerzos 
inauditos  de  aquel  varón  esclarecido  por  la  independencia  y  la 
libertad  de  nuestra  tierra,  me  ocupo  actualmente  en  dictar 
aquellas  medidas  que  demandan  el  reposo  y  bienestar  de  los 
que  viven  sometidos  al  gobierno  nacional,  y  negociar  con  los 
que  no  lo  están  los  medios  de  llegar  á  un  avenimiento  amistoso, 
que  teuga  por  resultado  reorganizar  á  Colombia ,  y  presentarla 
de  nuevo  á  los  ojos  de  las  naciones  en  su  pasada  majestad  y 
esplendor.  En  nombre  de  la  independencia  y  de  la  libertad 
convido  á  todos  los  que  abriguen  en  su  pecho  sentimientos 
nobles  y  generosos ,  á  que  coadyuven  á  la  bella  empresa  de 
restaurar  á  Colombia.  Venid,  pues,  Colombianos,  al  templo 
de  la  Concordia,  venid  conmigo  á  darnos  un  abrazo  fraternal. 
Solo  así  evitaremos  que  el  país  sea  patrimonio  de  la  anarquía 
mas  espantosa  y  devoradora  que  jamas  vieron  los  siglos.  » 

Después  de  esta  proclama  (enero  10)  expidió  Urdaneta  un 
decreto  prohibiendo ,  como  una  manifestación  de  sentimiento 
por  la  muerte  del  Libertador,  todo  género  de  diversiones  pú- 
blicas ó  privadas  por  el  espacio  de  un  mes.  Mandó  que  por  el 
mismo  tiempo  los  empleados  colombianos  llevaran  luto  rigo- 
roso ;  fiualnieute,  que  en  todas  las  iglesias  se  hicieran  exequias 
á  Bo)i\ar  con  la  pompa  y  decoro  que  fuera  posible.  Las  de  la 
capital  debían  ser  espléndidas  y  se  difirieron  por  un  mes. 

No  sucedió  lo  mismo  con  la  deliberación  ,  que  era  urgente, 
sobre  las  providencias  políticas  y  gubernativas  que  deberían 
adoptarse  como  una  consecuencia  de  la  muerte  del  Libertador. 
Reunióse  el  10  de  enero  una  junta  en  la  casa  del  gobierno,  á 
la  que  asistieron  algunas  personas  ilustradas  y  de  influjo  resi- 
dentes en  la  capital.  Las  opiniones  fueron  várias ,  según  había 
sucedido  en  las  juntas  preparatorias  ya  mencionadas  :  unos 
querían  que  se  convocara  extraordinariamente  un  congreso 
constitucional  de  Colombia;  otros,  que  la  convención  colom- 
biana prescrita  por  el  decreto  de  41  de  mayo  de  1830;  otros, 
finalmente,  aconsejaban  la  convocatoria  de  un  congreso  de 
diputados  de  los  departamentos  que  obedecían  la  constitución 
de  1830,  con  poderes  amplios  para  resolver  lo  conveniente*en 
la  actual  crisis  de  la  República. 

No  pudiéndose  avenir,  se  acordó  la  convocatoria  de  otra  junta 
mas  numerosa.  En  efecto,  se  reunieron  por  la  noche  del  mismo 
dia  veinte  personas  respetables  tomadas  de  los  diferentes  par- 


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CAPÍTULO  XVI II.  121 

tidos  que  agitaban  á  la  capital.  Después  de  una  larga  delibera- 
ción se  convino  en  aconsejar  al  general  Urdaneta —  «  que  con- 
vocára  un  congreso  de  diputados  del  resto  de  Colombia,  no 
contando  con  Venezuela  ni  con  el  sur,  separados  ya  de  hecho, 
á  fin  de  que  deliberasen  lo  que  fuera  mas  conveniente;  si  con- 
vocar la  convención  colombiana  de  que  trata  el  decreto  de  \\  de 
mayo,  ó  darse  los  departamentos  del  ccn'ro  ó  de  la  Nueva  Gra- 
nada un  gobierno  provisional  hasta  que  se  reunieran  las  partes 
disidentes.  »  —  Fuera  de  este  punto  capital,  la  junta  dio*  tam- 
bién su  opinión  de  que  se  declararan  vigentes  las  garantías 
constitucionales;  que  se  observara  en  lo  posible  la  constitución 
de  1830;  y  que  se  negociara  con  los  jefes  de  Venezuela  y  del 
Ecuador  para  restablecer  la  concordia,  y  presentar  basas  de 
unión  á  la  asamblea  de  diputados  que  debía  reunirse. 

Consultó  igualmenle  Urdanela,  si  él  debería  dejar  el  mando 
después  de  la  muerte  del  Libertador.  Todos  se  opusieron  á  que 
diera  este  paso,  que  podia  conducirnos  á  la  anarquía.  En  dicha 
reunión  manifestó  aquel  jefe  los  mejores  de?eos  en  favor  de  la 
paz ,  de  la  unión  y  de  la  estabilidad  de  Colombia ,  ofreciendo 
hacer  cuanto  se  le  aconsejara. 

Como  estas  consultas  eran  privadas ,  á  fin  de  darles  otro  ca- 
rácter previno  Urdaneta  á  sus  ministros  que  de  oficio  le  diri- 
gieran una  consulta  que  contuviese  todos  los  puntos  acordados 
y  los  demás  que  juzgaran  convenientes.  En  efecto  así  lo  hicie- 
ron, desenvolviendo  los  fundamentos  legales  en  que  se  apoya- 
ban. Demostraron  lambien  que  los  diputados  que  se  escogieran 
debían  hallarse  autorizados  para  elegir  los  altos  funcionarios  de 
la  República,  que  no  podían  renovarse  de  otro  modo.  Firmaron 
esta  exposición  los  ministros  Vergara,  Mendoza,  Pey  y  Juan 
García  del  Rio.  Este  había  sido  nombrado  recientemente  para 
el  departamento  de  relaciones  exteriores;  el  doctor  Vicente 
Borrero,  así  como  el  doctor  Eusebio  María  Canabal ,  renuncia- 
ron el  expresado  ministerio. 

El  gobierno  de  Urdaneta  expidió  inmediatamente  (enero  43) 
los  decretos  que  se  le  aconsejaron.  Restableció  por  uno  las  garan- 
tas individuales  decretadas  por  la  constitución  de  1830,  y 
mandó  observar  sus  otras  disposiciones ,  en  todo  lo  que  fueran 
exequibles.  Por  consiguiente  revocó  en  el  mismo  decreto  la  de- 
claraciou  dada  en  el  de  19  de  octubre  último.  Habíase  declarado 
por  esta  el  ejecutivo  investido  de  las  facultades  extraordinarias 


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42*2 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


concedidas  por  la  ley  de  28  de  julio  de  1824,  las  que  delegára 
imprudentemente  á  los  prefectos  de  los  departamentos. 

Por  otro  decreto  de  igual  fecha  hizo  Urdaneta  la  convocatoria 
de  un  congreso  de  diputados  de  los  deparlamentos  de  Boyacá, 
Cundinamarca ,  Cauca,  Antióquia,  Magdalena  é  Istmo,  asi 
como  —  «de  los  demás  departamentos,  provincias  ó  pueblos 
que  espontáneamente  obedecieran  la  constitución  de  1830  y 
enviáran  sus  diputados.  »  —  Esta  asamblea  debia  reunirse  en 
la  villa  de  Léiva,  correspondiente  á  la  provincia  de  Tunja,  el 
15  de  junio  próximo.  Acordóse  que  por  cada  veinte  y  cinco  mil 
almas  de  población,  se  eligiera  un  diputado,  y  otro  por  un 
residuo  de  trece  mil  almas;  pero  que  cada  provincia  debería 
nombrar  un  diputado  por  lo  ménos,  fuera  cual  fuese  su  pobla- 
ción. En  el  mismo  dia  se  expidió  el  reglamento  de  elecciones, 
conforme  á  los  principios  constitucionales,  de  que  los  habitan- 
tes de  las  parroquias  que  tuvieran  voto  nombraran  los  electores, 
y  que  estos  eligiesen  los  diputados  ó  representantes  de  las 
provincias. 

El  objeto  de  la  asamblea  ó  convención  de  Léiva  estaba  indi- 
cado por  el  artículo  cuarto  del  decreto  ya  citado  de  11  de  mayo. 
Conforme  á  las  circunstancias  y  al  estado  del  país ,  —  «  debia 
determinar  lo  conveniente ,  prescribir  lo  que  sea  necesario  para 
la  conducta  del  ejecutivo,  rever  la  constitución  y  hacer  en  ella 
las  variaciones  que  sean  indispensables ,  á  fln  de  que  resulte 
perfectamente  adaptada  á  los  intereses  nacionales.  »  También 
nombraría  los  altos  funcionarios  que  provisionalmente  debían 
encargarse  del  gobierno  de  la  República.  Cincuenta  y  dos  dipu- 
tados era  el  número  que,  según  el  censo  de  población,  tendría 
esta  convención  constituyente  (i). 

En  cumplimiento  del  decreto  que  mandaba  observarla  cons- 
titución ,  Urdaneta  nombró  de  nuevo  y  dispuso  instalar  el  con- 
sejo de  Estado ,  que  permanecía  disuelto  desde  que  en  el  San- 
tuario triunfó  el  batallón  Callao.  Componíanle  los  cuatro 
ministros  de  Estado,  el  doctor  Fernando  Caicedo ,  arzobispo  de 
Bogotá,  dos  contadores  mayores,  Manuel  Pardo  y  José  Sanz  de 
Santamaría,  dos  abogados,  Vicente  Borrero  y  Joaquín  J.  Gofi, 

(1)  La  población  que  se  calculó  á  las  diez  y  ocho  provincias  convocadas  fué 
de  un  millón  doscientas  noventa  y  un  mil  cuatrocientas  veinte  y  una  almas, 
según  los  censos  de  1825. 


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CAPÍTULO  XYUl.         1  423 

y  el  comerciante  Raimundo  Santamaría  :  á  estos  se  agregó  des- 
pués el  prebendado  Juan  Nepomuceno  Escobar  :  otros  indivi- 
duos fueron  nombrados,  mas  no  aceptaron  el  destino. 

El  mismo  consejo  consultó  al  doctor  José  María  del  Castillo 
para  que  se  le  confiriese  el  importante  empleo  de  procurador 
general  de  la  nación.  Se  mandaron  establecer  igualmente  las 
cámaras  de  distrito  ó  de  departamento  creadas  por  la  constitu- 
ción, á  fin  de  que  promoviesen  y  cuidáran  de  los  intereses 
locales  de  sus  respectivas  provincias.  Con  estas  y  otras  provi- 
dencias de  menor  importancia  se  completó  el  restablecimiento 
de  la  constitución  en  todo  lo  que  era  posible.  Se  consideró  que 
no  estaba  comprendido  en  esta  jerarquía  el  llamamiento  del 
presidente  Mosquera,  quien  se  hallaba  en  los  Estados  Unidos;  ni 
el  de  Caicedo  como  vicepresidente  :  opinaban  muchos  que  no 
serian  admitidos  por  el  partido  militar,  que  los  echára  abajo  y 
que  no  los  quería. 

Las  medidas  internas  dictadas  por  el  gobierno  de  Urdaneta 
eon  sinceridad  y  buena  fe,  produjeron  buen  efecto  respecto  de 
los  partidos  que  dividían  á  la  capital  y  á  las  provincias  que 
prestaban  obediencia  al  ejecutivo  de  Colombia.  La  convocación 
del  congreso  constituyente  para  una  época  inmediata,  el  que 
debía  nombrar  los  altos  funcionarios,  presentaba  una  próxima 
esperanza  de  organizar  la  República  del  centro  y  de  curar  las 
profundas  heridas  que  había  recibido  la  patria  por  nuestras 
crudas  disensiones. 

Otro  de  los  pasos  que  Urdaneta  había  ofrecido ,  era  entablar 
negociaciones  con  los  jefes  de  Venezuela  y  del  Ecuador  para 
restablecer  la  concordia ,  y  ver  si  podía  aun  conseguirse  la 
unión  colombiana.  Á  Venezuela  envió  en  clase  de  comisionado 
al  doctor  Ensebio  María  Canabal ,  quien  recibió,  lo  mismo  que 
antes  Aranzazu,  una  decidida  negativa  de  parte  del  gobierno  de 
Páez.  Este,  en  cumplimiento  de  las  resoluciones  del  congreso 
venezolano,  solo  convenia  en  la  unión  federativa,  luego  que  se 
organizára  la  Nueva  Granada. 

El  mismo  paso  que  el  encargado  del  ejecutivo  colombiano 
diefti  con  Páez,  verificó  respecto  del  Ecuador.  Un  oficio  en  que 
le  participaba  la  deplorable  muerte  de  Bolívar,  y  los  ardientes 
deseos  que  tenia  el  gobierno  colombiano  de  que  se  restableciera 
Colombia  según  las  basas  que  se  acordáran  en  una  convención 
de  diputados  de  las  tres  secciones ,  ó  por  lo  ménos  del  centro  y 


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HISTORIA   DF  COLOMBIA. 


del  Ecuador,  no  obtuvo  contestación  de  parte  de  Flórez.  Urda- 
neta  nombró  también  al  general  OXeary  de  comisionado  cerca 
del  gobierno  ecuatoriano;  pero  esta  misión  no  se  realizó,  por- 
que no  fué  aceptada. 

Inmediatamente  después  que  se  babian  dado  estos  pasos,  llegó 
á  Bogotá  el  coronel  Martel ,  quien  se  llamaba  comisionado  de 
Flórez  para  dar  explicaciones  de  su  conducta.  Dijo  que  el  jefe 
del  Ecuador  estaba  decidido  á  trabajar  por  la  unión  federativa 
de  Colombia ;  que  no  transigiría,  y  ménos  se  ligaría  con  Obando 
y  López  ,  alianza  que  se  habia  anunciado  para  atacar  á  Urda- 
neta.  Añadía  que  el  gran  mariscal  de  Ayacucho  babia  sido 
sacrificado  como  víctima  ofrecida  en  holocausto  al  rey  de 
España,  á  causa  de  lo  que  babia  trabajado  por  la  Independencia 
de  la  América  del  Sur;  en  fin,  que  habia  admitido  la  unión  de 
Pasto  al  Ecuador,  para  libertar  aquella  provincia  de  la  anar- 
quía. ¡Vanas  y  débiles  excusas  para  colorir  la  usurpación 
escandalosa  de  las  provincias  meridionales  del  centro! 

Tales  fueron  los  decretos  y  medidas  que  se  acordaron  en 
Bogotá  á  consecuencia  de  la  muerte  de  Bolívar.  Sus  exequias  se 
celebraron  el  10  de  febrero  con  toda  la  pompa  y  solemnidad  que 
permitía  el  estado  de  la  capital ,  la  que  se  esmeró  en  tributar 
aquel  homenaje  postrimero  al  libertador  y  padre  de  la  patria. 
Concurrieron  á  solemnizarlo  aun  sus  mismos  enemigos ,  aca- 
llando algún  tanto  el  furor  de  sus  pasiones  rencorosas. 

Fueron  de  suma  importancia  los  efectos  que  produjo  en  el 
Ecuador  la  muerte  de  Bolívar.  Dejamos  en  plena  revolución  á 
los  departamentos  de  Guayaquil  y  Asuay.  Otras  provincias  del 
Ecuador  meditaban  igualmente  declararse  por  la  integridad  de 
Colombia  bajo  del  sistema  federativo  y  el  mando  del  Libertador. 
Con  el  objeto  de  favorecer  estos  pronunciamientos ,  el  general 
Luis  Urdaneta  habia  marchado  de  Guayaquil  en  los  últimos 
dias  de  diciembre,  y  el  3  de  enero  estaba  ya  en  Guamote, 
primer  pueblo  de  la  cordillera  en  la  provincia  de  Chimborazo , 
y  con  dirección  á  Riobamba.  En  esta  ciudad  debia  reunirse  con 
los  cuerpos  que  marchaban  del  Asuay.  Desde  ántes  de  su  arribo, 
la  capital  y  casi  toda  la  provincia  del  Chimborazo  proclamólos 
mismos  principios  de  los  invasores ,  y  se  redujo  aun  mas  la 
extensión  de  la  república  del  Ecuador. 

En  tan  apuradas  circunstancias ,  Flórez  se  propuso  detener  á 
Urdaneta  y  ganar  tiempo  si  le  era  posible.  Su  adversario ,  que 


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CAPÍTULO  XVIII. 


425 


debia  marchar  rápidamente  sobre  Quito  con  los  dos  mil  vete- 
ranos que  podia  reunir,  do  tuvo  la  audacia  ni  el  tálenlo  bas- 
tantes para  dar  cima  á  la  empresa  que  tan  felizmente  babia 
principiado.  Entretúvose,  pues,  en  contestaciones  con  los  secre- 
tarios de  Flórez,  que  pretendían  manifestarle  ser  injustas,  ile- 
gales é  indebidas  las  actas  y  pronunciamientos  hechos  última- 
mente en  favor  de  la  integridad  y  de  la  constitución  colombianas, 
así  como  del  mando  del  Libertador.  Al  mismo  tiempo  el 
gobierno  de  Flórez  sostenía  que  habían  sido  una  libre  expresión 
de  la  voluntad  de  los  pueblos  las  actas  que  en  el  año  anterior 
hicieron  los  departamentos  del  Ecuador,  Guayaquil  y  Asuay, 
rompiendo  la  unidad  de  la  República ,  y  erigiéndose  en  Estado 
independiente.  ¡Como  si  Flórez ,  que  promovía  aquellas  actas , 
no  hubiese  mandado  en  mayo  de  1830  el  mismo  ejército  que 
ahora  le  habia  quitado  Urdaneta,  con  el  que  se  decía  violentar 
este  á  los  pueblos ! 

Resaltaba  aun  mas  la  contradicción  del  gobierno  ecuatoriano, 
si  consideramos  que  en  los  mismos  dias  sostenían  Flórez  y  sus 
partidarios,  ser  libres,  y  que  manifestaban  legítimamente  la 
voluntad  popular  las  actas  de  Pasto  y  de  Popayan  uniéndose  al 
Ecuador;  á  pesar  de  que  las  habían  precedido  los  pronuncia- 
mientos militares  de  las  respectivas  tropas  estacionadas  en 
dichas  ciudades.  Tanta  identidad  con  las  actas  promovidas  por 
L.  Urdaneta,  no  detenia  al  gobierno  del  Ecuador  para  reprobar 
estas  y  aplaudir  aquellas.  Léjos  nosotros  de  aprobar  las  unas  ni 
las  otras ,  deploramos  la  funesta  invención  de  actas  y  pronun- 
ciamientos que  tamaños  desórdenes  han  causado  en  las  nuevas 
repúblicas  de  la  América  ántes  española.  Empero  no  podemos 
abstenernos  de  censurar  las  contradicciones  en  que  han  incur- 
rido ó  incurren  nuestros  hombres  de  Estado,  cuando  solamente 
escuchan  los  consejos  falaces  de  la  ambición. 

Preparado  ya  algún  tanto  Flórez  y  afirmada  en  parte  la  opi- 
nión pública  de  Quito ,  marchó  hácia  Guayabamba  contra  el 
escuadrón  que  dijimos  haberse  insurreccionado  en  Ibarra.  Este 
emprendió  seguir  por  la  cordillera  oriental  á  unirse  con  las 
tropas  de  Urdaneta,  operación  harto  difícil  por  la  fragosidad 
de  aquella  ruta.  En  la  marcha  fué  perseguido  con  dos  compa- 
ñías del  batallón  Várgas  por  el  coronel  Zubiria  en  los  sitios  de 
Puitag  y  Guacal.  Auxiliado  Zubiria  en  su  activa  persecución 
por  el  paisanaje ,  consiguió  rendir  al  escuadrón  por  medio  de 


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426  HISTORIA  DB  COLOMBIA. 

una  capitulación  que  evitara  el  derramamiento  de  sangre.  Tan 
oportuna  ventaja  dio  un  respiro  al  jefe  ecuatoriano,  asegurando 
la  provincia  de  Inibabura  y  la  capital ;  también  restablecía  las 
comunicaciones  con  Pasto  y  Popayan. 

Entonces  pudo  ya  ocurrir  á  los  mas  graves  peligros  que  le 
amenazaban  por  el  sur.  Urdaneta  con  todas  sus  fuerzas  mar- 
chaba sobre  Quito,  y  habia  ocupado  la  villa  de  Ambato.  Dejando 
Flórez  encargado  el  gobierno  al  vicepresidente,  siguió  con  todas 
las  fuerzas  que  pudo  reunir  hasta  acamparse  en  Tacunga. 
Desde  allí  activa  las  negociaciones  con  Urdaneta,  cerca  del  cual 
desde  ántes  habia  enviado  al  general  Diego  Whittle  y  al  coronel 
Modesto  Larrea.  Esta  misión  produjo  el  efecto  que  deseaba 
Flórez.  Urdaneta  resintiéndose  de  su  carácter  poco  decidido 
suspendió  sus  marchas,  que  debían  ser  rápidas,  sobre  la  capital. 
Hizo  aun  mas ,  firmó  una  tregua  que,  dando  tiempo  á  Flórez 
para  aumentar  sus  aprestos  militares,  evitó  su  ruina  prepa- 
rando la  de  Urdaneta. 

Por  este  mismo  tiempo  la  provincia  de  Buenaventura,  viendo 
los  desórdenes  del  Ecuador,  y  que  la  mayor  parte  de  los  depar- 
tamentos del  centro  se  habían  pronunciado  por  el  Libertador  y 
reconocido  al  gobierno  existente  en  la  capital  de  la  República , 
hizo  lo  mismo ,  uniformando  sus  votos  con  los  del  istmo  de 
Panamá  acordados  en  13  de  diciembre.  El  gobernador  Zamora, 
y  el  coronel  Francisco  García  fueron  los  autores  principales  de 
este  segundo  pronunciamiento,  que  tanto  contrariaba  los 
proyectos  de  Flórez. 

Cuando  los  departamentos  del  centro  y  del  sur  de  Colombia 
se  habían  pronunciado  por  la  integridad  de  la  República  y  por 
el  mando  supremo  del  Libertador  ,  el  nuevo  Estado  de  Vene- 
zuela sufría  un  fuerte  sacudimiento  que  estuvo  para  volcar  sus 
recientes  instituciones.  El  primer  grito  de  rebelión  se  dió  en  la 
villa  de  Aragua,  provincia  de  Barcelona,  residencia  del  general 
José  Tadeo  Monágas ,  el  15  de  enero,  en  que  algunos  militares 
y  civiles  extendieron  y  firmaron  un  acta.  Declarábanse  en  ella 
fuertemente  contra  la  separación  de  Venezuela  y  contraen 
constitución ;  decían  que  atacaba  esta  á  la  religión ;  que  desafo- 
raba al  clero  y  le  sujetaba  á  pagar  contribuciones;  que  destruía 
la  milicia  y  sus  fueros,tan  necesarios  para  crear  y  organizar  el 
ejército.  Afirmaban  que  nadie  tenia  seguridad  en  Venezuela , 
donde  se  perseguía ,  vejaba  y  expulsaba  á  los  prelados  de  la 


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CAPÍTULO  XVIII.  427 

Iglesia,  á  los  curas,  y  á  los  mas  beneméritos  jefes  y  oficiales 
militares.  En  virtud  de  tales  fundamentos  acordaron  :  o  desco- 
nocer al  gobierno  de  Venezuela,  su  constitución  y  leyes;  pro- 
clamar la  integridad  de  la  república  de  Colombia,  y  nombrar 
jefe  civil  y  militar  al  general  José  Tadeo  Monágas ,  con  plenas 
facultades  para  sostener  por  la  fuerza  este  solemne  pronuncia- 
miento ,  así  como  los  que  hicieran  en  el  mismo  sentido  los 
demás  pueblos ;  protestaron  ante  Dios  y  el  mundo  entero  no 
haber  tenido  parte  alguna  en  tal  acto  la  seducción  ó  la  fuerza, 
y  sí  el  deseo  de  asegurar  la  libertad  é  independencia  bajo  del 
precioso  régimen  de  la  integridad  de  Colombia,  establecida  y 
sancionada  por  sus  legítimos  representantes  en  la  constitución 
de  Cúcuta.  » 

Los  efectos  de  este  pronunciamiento  fueron  semejantes  á  los 
de  una  chispa  eléctrica.  En  quince  dias  hicieron  iguales  actas 
las  provincias  de  Cumaná ,  Barcelona  y  Margarita,  así  como  los 
cantones  de  Riochico ,  Orí  tuco  y  Chaguarámas  en  la  de  Cará- 
cas.  En  los  primeros  dias  de  febrero  se  conmovió  también  de  la 
misma  manera  la  provincia  de  Guayana.  El  general  Andrés 
Rojas  fué  nombrado  gobernador  de  Cumaná,  José  de  Jesús 
Guevara  de  Margarita  y  el  coronel  Cárlos  Padrón  de  Barcelona. 
El  comandante  Lorenzo  Bustíllos  mandaba  en  Riochico,  y  otros 
buenos  oficiales  en  Orituco  y  Chaguarámas. 

Para  que  estos  pronunciamientos  se  hubieran  extendido  con 
tanta  rapidez  á  todo  el  departamento  de  Maturin  y  á  una  parte 
del  de  Venezuela*  era  preciso  que  hubiese  una  fuerte  predispo- 
sición contra  el  nuevo  gobierno.  Aunque  en  algunos  puntos 
pudo  tener  influjo  la  fuerza  militar,  como  en  las  ciudades  de 
Cumaná  y  Barcelona,  creemos  que  en  otros  muchos  lugares  los 
pueblos  se  conmovieron  por  sí  mismos ,  proclamándose  defen- 
sores de  la  religión  ,  del  clero  y  de  los  militares ,  cuyos  fueros 
decían  haberse  violado  por  la  nueva  constitución.  Nos  parece 
también  que  muchos  ciudadanos  respetables,  oprimidos  al  prin- 
cipio por  la  fuerza  y  por  el  influjo  de  Páez ,  Arismendi ,  Ma- 
rino ,  Bermúdez  y  otros  jefes,  que  se  pusieron  á  la  cabeza  de  la 
revofucion  para  separar  á  Venezuela  de  la  unidad  colombiana, 
habían  respirado  ya,  y  deploraban  en  silencio  la  disolución  de 
tan  hermosa  república  :  ellos  saludaron  con  entusiasmo  el  pri- 
mer rayo  de  esperanza  que  luciera  á  sus  ojos  para  restablecer 
la  brillante  creación  de  Bolívar.  Nosotros  mismos  participába- 


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42*  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

mos  entonces  de  esta  ilusión  grande  y  patriótica  ,  y  nos  lison- 
jeábamos de  que  pudiera  renacer  Colombia  tan  gloriosa  como 
estaba  cuando  triunfaron  sus  huestes  en  Ayacucho.  Pero  estas 
esperanzas  eran  vanas.  Asegurada  una  vez  la  Independencia  de 
la  América  del  Sur,  primordial  objeto  de  su  creación,  la  na- 
turaleza, las  distancias,  la  oposición  de  caracteres  y  acaso  de 
intereses  del  centro ,  norte  y  sur  de  la  República  oponian  una 
valla  invencible  al  restablecimiento  é  integridad  de  Colombia. 

Los  pronunciamientos  del  oriente  de  Venezuela  y  los  que 
habían  estallado  hácia  Barquisimeto  y  Trujillo ,  tuvieron  una 
particularidad  notable.  En  niuguno  de  ellos  se  mencionaba  el 
nombre  del  Libertador,  ni  se  le  invocaba  para  nada.  Esto  era 
contrario  á  las  actas  del  centro  y  sur  de  Colombia,  donde  se  le 
había  llamado  al  mando  supremo.  En  Venezuela  proclamaron 
unos  la  constitución  de  Cúcuta ,  así  como  las  leyes  y  decretos 
que  emanaron  de  ella  hasta  1826;  otros  hablaban  en  general 
de  la  constitución  y  leyes  de  Colombia,  sin  fijarse  en  cuál  debia 
ser  el  código  fundamental.  Sin  embargo  del  silencio  que  guar- 
dáran  las  actas  de  los  que  en  Venezuela  se  pronunciaron  por  la 
integridad  de  Colombia,  acerca  del  Libertador,  sabemos  que  los 
principales  jefes  contaban  con  que  realizado  el  movimiento, 
Bolívar  se  pondría  á  su  cabeza  para  restituir  á  Colombia  su 
brillo  y  reciente  esplendor.  Contaban  igualmente  con  los  auxi- 
lios que  pudiera  darles  el  gobierno  de  Bogotá ,  cerca  del  cual 
enviaron  al  ciudadano  José  María  Otero  en  clase  de  comisio- 
nado. 

En  aquel  tiempo  se  creyó  en  Venezuela  por  diferentes  datos, 
que  uno  de  los  principales  agentes  y  promovedores  de  esta  re- 
volución era  el  general  Pedro  Briceño  Méndez,  quien  residía  en 
Curazao. 

Luego  que  recibiera  las  primeras  noticias  de  tan  alarmantes 
movimientos  ,  el  general  Páez ,  que  habitaba  en  Valencia ,  ca- 
pital entonces  de  Venezuela,  principió  á  dictar  con  acuerdo  del 
consejo  de  gobierno  cuantas  providencias  estaban  á  su  alcance. 
Hallábanse  vacías  las  arcas  públicas,  y  apénas  podía  contar  con 
setecientos  hombres ,  fuerza  inadecuada  para  comprimif  tan 
extensa  revolución.  En  Carácas  no  existia  guarnición  alguna, 
y  era  muy  fácil  que  hubiese  allí  un  pronunciamiento,  disgus- 
tados como  se  hallaban  sus  moradores  por  la  traslación  del 
gobierno  á  Valencia.  Había  también  el  peligro  de  que  las  tro- 


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CAPÍTULO  XV1I1.  429 

pas  de  los  insurrectos ,  que  dominaban  los  valles  del  Tuy,  ocu- 
páran  la  antigua  capital ,  golpe  que  hubiera  sido  en  extremo 
funesto  al  nuevo  gobierno. 

Era  tan  crítica  la  situación  de  este,  que  se  dijo  como  cierto 
que  Páez  envió  parte  de  su  familia  al  Apure ,  y  que  él  tenia 
hechos  todos  sus  preparativos  á  fin  de  seguir  á  los  Llanos  á  ha- 
cerse fuerte  al  lado  de  sus  antiguos  compaüeros  de  armas. 

Antes  probó  todos  los  medios  pacíficos  que  aconsejaban  la 
prudencia  y  las  circunstancias,  á  fin  de  apagar  el  incendio.  Em- 
pero nada  aprovechó  el  envío  de  dos  comisionados  á  Monágas , 
autorizados  para  conceder  la  mas  completa  amnistía  á  todos  los 
que  se  habian  pronunciado.  Confiando  estos  en  su  número ,  en 
su  decisión,  en  la  popularidad  de  su  causa  y  en  el  antiguo  re- 
nombre militar  de  su  jefe,  no  cedieron  un  punto  de  sus  preten- 
siones. 

Fué ,  pues ,  necesario  al  gobierno  de  Venezuela  prepararse 
para  combatir  por  la  fuerza  la  revolución.  El  consejo  de  Estado 
autorizó  á  Páez  para  levantar  cinco  mil  hombres  de  tropa,  fuera 
de  los  diez  mil  que  ántes  habia  decretado  el  congreso  consti- 
tuyente. En  consecuencia  el  general  Marino ,  secretario  de  la 
guerra,  obtuvo  el  nombramiento  de  jefe  de  operaciones.  Salió , 
pues,  con  algunas  tropas,  la  mayor  parte  de  milicias ,  dirigién- 
dose por  Calabozo  y  el  Sombrero  hácia  Chaguarámas.  El  único 
fruto  de  esta  marcha  fué  batir  algunas  guerrillas  de  los  enemi- 
gos; pero  en  breve  tuvo  que  retroceder  al  Calvario,  ocupando 
el  paso  del  Guaniachito  en  el  rio  Orituco.  Escasez  de  víveres, 
mala  salud  de  las  tropas,  y  una  escandalosa  baja  ocasionada 
por  la  deserción ;  hé  aquí  los  poderosos  motivos  que  obligaron 
á  Marino  á  emprender  esta  marcha  retrógrada ,  á  pesar  de  un 
refuerzo  que  le  llevára  el  general  Soublette. 

En  aquellas  circunstancias  habia  recibido  Páez  la  nota  que 
le  dirigió  Urdaneta  en  16  de  enero,  convidándole  de  nuevo  á  la 
unión  colombiana,  y  participándole  haber  fallecido  el  Liberta- 
dor. En  este  documento  oficial  Urdaneta  manifestaba  sus  ar- 
dientes deseos  de  que  los  países  se  entendieran  pacíficamente  y 
evitffran  todo  motivo  de  disgusto.  Hallándose  Páez  cercado  de 
atenciones,  aunque  se  denegára  á  contribuir  para  restablecer  la 
primitiva  unión  de  Colombia ,  dirigió  órdenes  á  los  jefes  que 
mandaban  sus  tropas  en  la  linea  de  San  Antonio  del  Táchira, 
para  que  guardáran  la  mejor  armonía  con  las  fuerzas  granadi- 


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430  HISTORIA  DR  COLOMBIA. 

lias  estacionadas  en  los  valles  de  Cuenta.  Originóse  de  aqui  la 
celebración  de  un  convenio  entre  el  general  Justo  Briceño  por 
la  Nueva  Granada,  y  Júdas  Tadeo  Piñango  por  la  de  Venezuela. 
Ofrecióse  en  aquel  documento  evitar  toda  clase  de  hostilidades; 
que  no  se  aumentarían  las  tropas  en  la  frontera;  que  se  resta- 
blecerían las  comunicaciones  y  el  comercio  de  los  ciudadanos 
de  uno  y  otro  Estado ;  en  fiu,  que  los  emigrados  venezolanos  y 
granadinos  que  se  bailaran  en  la  frontera,  volvieran  libremente 
á  sus  domicilios.  Aunque  tal  conveuio  se  aprobara  por  el  go- 
bierno de  Bogotá,  el  de  Caricas  miraba  á  este  con  desconfianza, 
y  no  habia  libertad  para  la  correspondencia  epistolar  ni  para 
enviar  periódicos  á  Venezuela.  Ignoramos  la  causa;  pero  jamas 
llegaban  á  sus  destinos;  esta  es  una  prueba  indudable  de  que 
los  extraían. 

La  noticia  que  á  la  sazón  se  divulgára  de  la  muerte  del  Li- 
bertador, tuvo  mucho  influjo  en  el  sostenimiento  del  gobierno 
venezolano.  Los  que  meditaban  llamarle  al  gobierno  supremo 
á  fin  de  que  reorganizara  á  Colombia ,  cayeron  de  ánimo  y  se 
hallaron  de  repente  sin  tener  base  alguna  para  sus  operaciones 
futuras. 

Habíase  conseguido  reunir  el  primer  congreso  constitucio- 
nal (marzo  18).  Este  declaró á  Páez  presidente  por  cuatro  años, 
y  á  Urbaneja  vicepresidente  del  Estado,  acontecimientos  felices 
para  el  jefe  del  gobierno  venezolano. 

Presentóse  ademas  en  tales  circunstancias  un  auxiliar  que 
tuvo  mucho  influjo  en  el  sostenimiento  del  mismo  gobierno. 
Tal  fué  el  antiguo  y  célebre  general  Bermúdez.  Apoyado  este 
por  algunos  vecinos  de  Guiria  se  pronunció  contra  la  revolu- 
ción, celebrando  en  29  de  marzo  un  acta  contraria  á  la  que  ha- 
bían hecho  aquellos  habitantes  en  favor  de  la  integridad  de 
Colombia.  Bermúdez  proclama  altamente  la  obediencia  al  go- 
bierno constitucional  de  Venezuela,  y  con  pocos  recursos  al  prin- 
cipio consigue  ser  auxiliado  y  sostenido  en  su  proyecto  por  otros 
guerreros  de  influjo  y  celebridad  en  el  oriente.  Por  estos  medios 
obtuvo  la  ventaja  de  que  Kio-Caribe,  Cariaco,  Carúpano  y  Cu- 
manacoa  imitaron  el  ejemplo  de  Guiria,  y  que  le  reconociesen 
por  su  jefe.  Tales  pronunciamientos ,  originados  en  parte  de 
algunas  violencias  cometidas  por  los  partidarios  de  la  integri- 
dad de  Colombia,  que  habían  expulsado  á  los  que  no  eran  adic- 
tos á  su  sistema,  comprometieron  fuertemente  la  causa  que 


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CAPÍTULO  xvm.  434 

sostenían.  Llamada  la  atención  de  sus  jefes  por  el  oriente ,  no 
pudieron,  según  pensaban,  extender  sus  operaciones  por  el  bajo 
Tuy  ni  ocupar  á  Carácas.  Entre  tanto  el  gobierno  de  Vene- 
zuela aumentó  sus  preparativos  de  defensa,  reuniendo  tropas  y 
otros  elementos  militares  para  una  campaña  activa.  Con  estos  su- 
cesos la  opinión  pública,  que  estaba  muy  vacilante,  se  mejoró  en 
favor  del  sostenimiento  de  la  iniciada  separación  de  Venezuela. 

Proclamado  Bermúdez  como  jefe  de  la  reacción  en  Cumaná, 
no  perdió  un  momento  luego  que  tuvo  reunida  alguna  tropa 
(abril  8).  Al  acercarse  á  la  capital  se  conmueven  las  milicias  y 
proclaman  al  gobierno  de  Venezuela.  El  general  Rójas,  que 
manda  en  la  ciudad,  ocurre  prontamente  á  apaciguar  el  motín; 
mas  perece  á  manos  de  los  soldados.  Llamado  Bermúdez  por  los 
habitantes  de  Cumaná,  ocupó  á  esta  ciudad  el  10  de  abril.  Atri- 
buyéronse á  Rójas  excesos  y  providencias  violentas  contra  los 
ciudadanos  que  no  eran  de  su  partido,  á  los  que  expulsara.  Los 
Cumaneses  hicieron  entónces  un  acta  contrariad  su  pronuncia- 
miento en  favor  de  la  integridad  de  Colombia.  Habíase  dicho 
ser  esta  la  expresión  libre  de  la  voluntad  de  sus  habitantes. 
Díjose  lo  mismo  de  la  última,  aunque  firmada  bajo  el  imperio 
de  las  bayonetas  de  Bermúdez. 

Amenazado  el  general  Monágas  al  oriente  por  Bermúdez ,  y 
al  poniente  por  las  tropas  del  gobierno  venezolano;  privado 
también  del  influjo  poderoso  que  el  nombre  del  Libertador 
ejercia  en  favor  del  proyecto  de  reintegrar  á  Colombia ,  da  otro 
giro  á  sus  designios.  Envia,  pues,  dos  comisionados  á  Valencia 
solicitando  una  entrevista  con  el  jefe  del  Estado.  Páez  no  se 
atrevió  á  concederla  sin  consultar  al  congreso. 

Esta  corporación,  acaso  para  ceder  algún  tanto  á  la  opinión 
de  los  que  deseaban  la  existencia  é  integridad  de  Colombia , 
acordó  en  i 2  de  abril :  «  que  se  envidra  por  el  congreso  una 
comisión  cerca  de  la  primera  representación  de  los  pueblos  de 
la  Nueva  Granada,  suficientemente  instruida  y  autorizada  para 
tratar  de  la  convocatoria  de  una  gran  convención  colombiana 
que  arreglara  los  pactos  de  que  se  hablaba  en  la  constitución, 
luegf  que  el  país  se  hallára  perfectamente  constituido.  »  Era 
entónces  la  opinión  dominante,  que  las  tres  secciones  de  Co- 
lombia, Venezuela,  Nueva  Granada  y  Ecuador,  después  de 
constituirse  en  Estados  independientes,  se  unieron  con  un  vín- 
culo federativo. 


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432  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

£1  mismo  congreso  dio  en  seguida  eii  18  de  abril  la  autoriza- 
ción competente  á  Páez  para  que  tuviera  una  entrevista  con 
Monágas,  poniéndose  ántes  á  la  cabeza  de  las  tropas.  Autorizóle 
también  —  «  para  ajustar  definitivamente  la  paz  con  los  insur- 
rectos, garantizándoles  seguridad  en  sus  personas  y  propiedades, 
siempre  que  los  comprometidos  se  sometieran  á  la  constitución 
y  á  las  leyes,  » 

Miéntras  que  en  Venezuela  ocurrían  estos  sucesos  con  el 
designio  de  restablecer  á  Colombia,  se  lidiaba  también  por  la 
misma  causa  allá  en  los  departamentos  meridionales.  Dejamos 
al  gobierno  del  Ecuador  empeñado  en  una  guerra  civil  y  peli- 
grosa por  el  número  y  la  calidad  de  las  tropas  que  combatían 
en  favor  de  la  integridad  de  Colombia.  El  presidente  Flórez  con 
grande  habilidad  ganaba  tiempo  sobre  su  enemigo  poco  deci- 
dido. Después  de  terminada  la  tregua  que  ántes  mencionamos, 
hubo  lijeros  combates  de  guerrillas,  y  Urdaneta  ocupó  á  la 
Tacunga,  situándose  Flórez  en  Saquisilí.  En  tales  circunstan- 
cias recibió  este  la  noticia  comunicada  por  el  jefe  del  gobierno 
de  Bogotá  de  la  muerte  de  Bolívar.  Tan  funesta  noticia  era  un 
golpe  de  rayo  que  debia  trastornar  enteramente  los  designios  de 
Luis  Urdaneta  y  de  sus  partidarios,  los  que  de  repente  se  veían 
privados  del  poderoso  apoyo  que  les  daba  este  nombre  mágico 
en  el  Ecuador.  Flórez,  aprovechándose  con  destreza  de  las  cir- 
cunstancias, se  empeña  en  persuadir  á  Urdaneta  que  entre  en 
un  convenio,  que  al  fin  se  firma  en  la  hacienda  de  la  Ciénaga 
el  9  de  febrero.  Estipulóse  en  él  que  se  enviarian  comisionados 
por  ambas  partes  para  saber  si  vivia  ó  no  el  Libertador,  y  si  se 
encargaba  del  gobierno  supremo  de  la  República;  que  en  este 
caso  el  Ecuador  reconocería  su  autoridad  como  la  del  primer 
jefe  de  la  nación.  Mas,  que  si  no  existia  Bolívar,  ó  se  había 
ausentado  fuera  del  territorio  de  Colombia,  la  división  de  Urda- 
neta reconocería  nuevamente  al  Estado  del  Ecuador,  sometién- 
dose á  su  constitución  y  á  sus  leyes;  pero  que  se  darían  pasa- 
portes á  los  jefes,  oficiales  y  soldados  que  voluntariamente 
quisieran  dirigirse  al  país  de  su  naturaleza  ó  adonde  les  aco- 
modase, después  de  ser  ajustados  sus  alcances,  según  lov per- 
mitiera la  escasez  del  erario,  á  cuyo  fin  se  aplicarían  con 
preferencia  sus  fondos  y  rentas  nacionales. 

El  jefe  del  Ecuador  habia  calculado  diestramente  que  la 
marcha  retrógrada  estipulada,  y  que  emprendieron  las  tropas 


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CAPÍTULO  XVlII. 


de  Urdaneta  sobre  Riobamba,  sería  la  señal  de  alarma  y  desa- 
liento para  todos  los  partidarios  de  la  integridad.  En  efecto, 
esta  noticia  y  la  de  la  muerte  del  Libertador  obraron  mas  efi- 
cazmente en  el  ánimo  de  las  tropas  y  de  los  pueblos ,  que  un 
ejército  victorioso.  Los  habitantes  de  Guayaquil  dieron  el  pri- 
mer ejemplo ;  se  pronunciaron  con  firmeza  y  al  frente  de  una 
guarnición  enemiga  por  el  gobierno  del  Ecuador;  lo  mismo 
hicieron  las  tropas  y  la  marina.  Los  imitó  el  Asuay,  y  Urdaneta 
quedó  encerrado  en  Riobamba.  Á  pesar  de  esto,  él  procura 
ganar  tiempo  miéntras  recibe  algunos  refuerzos;  esperábalas 
reliquias  de  los  batallones  Cedeño  y  Girardot,  así  como  una 
parte  de  Ayacucho  que  principiaba  á  llegar  de  Panamá.  Le 
dirigía  este  refuerzo  el  general  Espinar.  Entre  tanto  Urdaneta 
parecia  decidido  á  no  cumplir  lo  pactado. 

Empero  los  pueblos  toman  las  armas  y  le  molestan  sobre 
manera  en  la  marcha  que  emprendió  hácia  el  cantón  de  Alausí, 
posición  desde  donde  podia  obrar  sobre  Cuenca  ó  Guayaquil. 
Flórez,  que  se  habia  situado  en  Riobamba,  no  perdía  tiempo, 
y  diestro  en  los  manejos  é  intrigas  secretas,  procuraba  por  me- 
dio de  hábiles  emisarios  corromperla  fidelidad  de  las  tropas  de 
Urdaneta.  El  batallón  Cáuca,  que  en  su  marcha  se  habia  atra- 
sado en  la  parroquia  de  Chunchi,  es  el  primero  que  da  el 
ejemplo  en  19  de  marzo  :  él  hace  rendir  las  armas  á  una 
columna  de  Girardot,  reduce  á  prisión  á  los  oficiales  que  se 
resisten  á  contramarchar  á  unirse  con  las  fuerzas  de  Flórez.  Una 
completa  desmoralización  en  las  tropas  de  Urdaneta  fué  la  con- 
secuencia de  este  suceso.  Todos  los  cuerpos  que  le  acompañaban 
le  abandonan  y  reconocen  al  gobierno  del  Ecuador,  poniendo 
presos  á  los  jefes  y  oficiales  opuestos.  Flórez  manda  reunir 
aquellos  cuerpos  en  su  cuartel  general,  donde  los  disuelve  y 
borra  de  la  lista  militar;  hace  esto  á  presencia  de  los  batallones 
y  escuadrones  que  habian  permanecido  fieles  al  gobierno  ecua- 
toriano; en  ellos  incorporó  á  los  soldados,  cabos  y  sarjentos  de 
los  cuerpos  disueltos.  Mas  de  ciento  cincuenta  jefes  y  oficiales 
reciben  sus  pasaportes  para  salir  del  país,  con  lo  cual  se  ter- 
minó aquella  revolución,  una  de  las  mas  peligrosas  para  la 
Independencia  del  Ecuador. 

El  general  Flórez  mostró  en  tan  difíciles  ó  peligrosas  cir- 
cunstancias talentos  nada  comunes,  energía,  valor  y  previsión; 
así  fué  que  las  dominó  completamente  y  tuvo  un  éxito  feliz.  En 

TOMO  IV.  28 


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4;u 


HISTORIA  DF.  fOI.OMBU. 


el  desenlace  manifestó  mucha  tolerancia  y  humanidad.  Ninguno 
de  los  comprometidos  fué  perseguido  ni  procesado,  corriéndose 
un  velo  sobre  los  sucesos  anteriores. 

Los  cuerpos  militares  que  hicieron  esta  revolución  pertene- 
cían á  los  veteranos  que  tanta  gloria  habían  dado  á  las  armas 
de  Colombia.  Desde  que  la  tercera  división  auxiliar  lanzó  en 
Lima  en  1827  el  grito  funesto  de  la  insurrección,  se  corrompió 
la  moral  del  ejército  colombiano.  Apénas  hubo  batallón  ó  escua- 
drón que  no  se  manchára  con  un  motín  militar.  Sucesivamente 
todos  ellos  perdieron  su  nombre  y  fueron  disueltos  por  su  in- 
disciplina. 

Miéntras  que  en  el  sur  y  norte  de  la  República  ocurrían  estos 
sucesos,  tampoco  gozaba  el  centro  de  tranquilidad. 

Por  do  quiera,  así  en  sus  departamentos  como  en  los  extre- 
mos de  Colombia,  la  pobreza  y  la  miseria  hacían  alarmantes 
progresos  debidos  á  muchas  causas  anteriores  y  presentes.  La 
dilatada  guerra  de  Independencia;  nuestras  oscilaciones  conti- 
nuas, que  ahogaban  en  su  cuna  toda  clase  de  industria;  las 
conscripciones  y  alistamientos  militares :  hé  aquí  lo  que  prin- 
cipalmente oprimía  y  vejaba  á  los  pueblos.  Veinte  y  un  años 
hacía  que  los  artesanos,  agricultores  y  mineros  eran  arrancados 
de  sus  hogares  para  llevarlos  al  ejército,  donde  la  mayor  parte 
desaparecían  por  las  deserciones ,  las  enfermedades  y  los  com- 
bates. Tal  contribución  de  sangre,  y  el  peso  enorme  de  la  lista 
militar,  que  absorbía  casi  todas  las  rentas  y  los  recursos  que 
por  la  fuerza  se  quitaban  á  estos  desgraciados  países,  sin  que 
sobrára  para  satisfacer  los  sueldos  de  los  empleados  civiles,  ni 
para  cubrir  algunas  de  las  deudas  mas  sagradas  de  la  Repú- 
blica, tenían  sobre  manera  disgustados  á  sus  habitantes.  Ade- 
mas, las  rentas  públicas  se  hallaban  en  un  estado  lamentable 
de  atraso,  y  poca  ó  ninguna  esperanza  había  de  que  mejorasen. 

La  prodigalidad  de  los  grados  y  ascensos  militares  habia  sido 
uno  de  los  cargos  que  con  mas  justicia  se  habían  hecho  al  Li- 
bertador en  sus  últimos  años.  Bajo  la  administración  de  Urda- 
neta  tampoco  hubo  economía.  Multitud  de  hombres  decididos 
por  su  partido,  pero  aborrecidos  unos,  y  otros  ineptos;  efetos 
malos  y  aquellos  sin  méritos,  obtuvieron  grados  y  ascensos  en 
la  milicia.  Lo  peor  fué  que  eran  en  gran  parte  Venezolanos,  lo 
que  hacía  creerá  los  Granadinos  que  aun  seguían  bajo  la  domi- 
nación de  aquellos,  que  nos  despreciaban.  Herido  en  lo  mas 


V 


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CAPÍTULO  XVIII 


vivo  el  amor  propio  y  el  orgullo  que  podemos  llamar  nacional, 
se  acumulaban  combustibles  para  un  incendio,  si  tamaño  mal 
no  se  remediaba.  Mas  sucesos  desgraciados  obligaron  al  gobierno 
de  Urdaneta  á  nuevos  alistamientos  de  reclutas  y  á  promociones 
de  oficiales  que  aumentaron  el  disgusto  de  los  pueblos  contra 
la  preponderancia  militar,  cáncer  que  nos  devoraba  desde  años 
atrás. 

Otra  causa  de  mucho  desagrado  en  aquellos  dias  era  haberse 
convertido  eu  cuartel  para  la  tropa  veterana  el  edificio  del  colegio 
de  San  Bartolomé ,  uno  de  los  mas  antiguos  establecimientos 
literarios  de  la  capital,  y  haber  cesado  por  consiguiente  los 
estudios  de  la  juventud.  Inferíase  de  esto  que  se  pretendía 
ahogar  las  luces  y  la  instrucción  de  los  Granadinos.  Á  pesar  de 
várias  reclamaciones ,  este  edificio ,  que  es  una  fortaleza,  no  se 
entregó  al  rector  del  colegio.  Urdaneta  y  sus  partidarios  le  ocu- 
paban como  una  cindadela  en  el  centro  de  Bogotá. 

En  medio  de  la  agitación  producida  por  todos  estos  motivos 
de  disgusto  en  los  pueblos  granadinos ,  ocurrieron  sucesos  des- 
graciados para  la  administración  de  Urdaneta.  Fué  el  primero 
en  el  sur.  Hemos  referido  ántes,  que  los  generales  Obando  y 
López  habian  sido  proscritos  por  el  jefe  del  ejecutivo  de  Co- 
lombia, y  declarados  en  consecuencia  jefes  militares  absolutos 
por  la  guarnición  de  aquella  ciudad  ;  en  fin,  que  para  impedir 
ó  refrenar  sus  tentativas  habia  marchado  por  Ibagué  la  columna 
del  general  Mugüerza.  Esta  se  hallaba  sostenida  por  las  milicias 
del  valle  del  Cauca,  mandadas  por  el  general  Murguéitio,  deci- 
dido por  la  causa  de  Urdaneta.  Sosteníala  también  el  nuevo 
prefecto  de  aquel  departamento,  José  Ignacio  González,  y  los 
habitantes  de  Cali,  que  tenían  igual  entusiasmo  contra  Obando 
y  López. 

Estos  sin  embargo  habian  trabajado  con  la  mayor  actividad 
en  los  meses  de  diciembre  y  enero.  Ellos  concitaron  á  sus  par- 
tidarios de  Patía,  del  Tambo,  de  Timbío,  de  Popayan  y  demás 
pueblos  inmediatos  á  esta  ciudad,  contra  la  tiranía  y  usurpación 
de  Urdaneta.  Así  consiguieron  reunir  y  armar  una  columna  de 
iufíftitería  y  caballería,  en  la  que  estaban  incorporados  los  anti- 
guos y  valientes  guerrilleros  realistas  de  aquella  comarca. 
Eran  como  seiscientos  hombres,  que  sus  jefes  denominaron 
—  «  ejército  de  la  libertad.  » 

El  gobierno  de  Urdaneta  habia  dispuesto  que  las  fuerzas  de 


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430  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Obando  y  López  fueran  atacadas  á  la  vez  por  el  valle  del  Cáuca 
y  por  la  columna  que  mandaba  el  coronel  Joaquin  Posádas  en 
la  Plata;  tenia  esta  sus  puestos  avanzados  en  el  camino  de 
Guauácas;  pero  debia  salir  al  pueblo  de  Pitayó  atravesando  el 
páramo  de  las  Moras ,  combinación  difícil  por  las  distancias  y 
fragosidad  de  la  cordillera  interpuesta.  Á  fin  de  impedir  esta 
combinación ,  Obando  y  López ,  después  de  engañar  á  Posádas 
por  un  amago  de  falso  ataque ,  determinaron  marchar  rápida- 
mente contra  las  fuerzas  existentes  en  el  valle  del  Cáuca ,  las 
que  regia  Mugüerza  por  enfermedad  de  Murguéitio.  Hallábase 
el  primero  recorriendo  el  cantón  de  Cali,  cuando  supo  que  sus 
enemigos  se  movian  hácia  Quilichao.  En  el  momento  comunicó 
las  órdenes  convenientes  para  que  sus  fuerzas ,  compuestas  del 
batallón  Cazadores  de  Bogotá ,  un  escuadrón  de  húsares  y  una 
columna  de  doscientos  hombres  de  las  milicias  de  Cali,  se  tras- 
ladáran  á  la  villa  de  Palmira.  Habiéndose  incorporado  Mugüerza 
á  estos  seiscientos  hombres ,  se  le  informó  de  positivo  que  las 
tropas  enemigas  se  hallaban  en  Palmira  desde  el  9  de  febrero. 
Determinó  entonces  sorprenderlas  y  atacarlas  al  amanecer  del 
día  siguiente,  sin  embargo  de  que  un  cuerpo  de  milicias  que 
conducia  de  Buga  Murguéitio ,  habia  contramarchado  hácia 
esta  ciudad  por  la  ocupación  de  Palmira. 

En  efecto ,  Mugüerza  emprende  su  marcha  á  las  doce  de  la 
noche  con  mucha  confianza  de  un  feliz  resultado,  y  dispuesto 
á  atacar  al  enemigo  al  amanecer.  En  este  movimiento  nocturno 
el  batallón  Cazadores  de  Bogotá ,  que  iba  á  la  vanguardia ,  se 
dividió  en  dos  trozos  por  sugestiones  y  arbitrios  del  capitán 
Nicolás  Madiedo ,  que  obraba  en  favor  de  Obando.  Luego  que 
este  supo  la  crítica  situación  de  las  tropas  de  Mugüerza  (febrero 
10),  las  atacó  á  las  cinco  de  la  mañana  en  una  llanura  limpia 
de  la  hacienda  de  Papayal,  colocándose  en  el  centro  de  las 
fuerzas  divididas  de  Mugüerza.  Una  compañía  de  Várgas,  regida 
por  el  capitán  Luis  Quintero,  y  un  trozo  de  poco  mas  de  dos- 
cientos hombres  de  Cali,  cuyo  comandante  era  ManuelJosé 
Collazos,  pelearon  con  mucho  valor;  mas  no  pudieron  resistir 
al  mayor  número.  El  escuadrón  de  húsares ,  ya  muy  dismi- 
nuido por  haber  perdido  el  dia  anterior  dos  destacamentos, 
hizo  también  esfuerzos  para  proteger  la  reunión  del  batallón 
Cazadores ,  aunque  en  vano ,  pues  sufrió  una  dispersión.  El 
mencionado  batallón,  cuya  oficialidad  era  contraria  al  gobierno 


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CAPÍTULO  XVill. 


4Ü7 


de  Urdaoeta ,  no  quiso  combatir.  Dirigido  por  su  comandante 
Vicente  Bustamante  se  emboscó,  exceptuando  una  compañía 
que  mandaba  el  capitán  Reyes,  la  que  peleó  valerosamente  : 
desde  allí  vió  sin  rubor  sacrificar  á  sus  compañeros  de  armas. 
Concluida  la  resistencia ,  se  unió  á  los  vencedores ,  á  quienes 
consideraba  como  defensores  de  la  libertad.  Mataron  estos  como 
setenta  hombres  en  la  pelea,  y  se  hicieron  dueños  de  todo  lo 
que  llevaba  aquella  columna.  Mugüerza  escapó  á  Cali  con  doce 
húsares  y  ocho  oficiales,  de  donde  siguió  á  Panamá  en  compañía 
del  prefecto  González. 

Obtenida  tan  fácil  ventaja,  que  duplicó  las  fuerzas  de  Obando, 
nada  hubo  que  se  le  pudiera  oponer  en  el  valle  del  Cáuca.  El 
i  3  de  febrero  Cali  cedió  con  repugnancia  á  la  fuerza,  retirándose 
Manuel  José  Collázos  con  sesenta  hombres  de  los  mas  compro- 
metidos en  aquella  ciudad,  á  la  montaña  de  las  Hójas,  donde 
se  dispersaron.  En  Cali  permaneció  López  con  parte  déla  fuerza 
para  contener  á  sus  habitantes,  decididos  por  el  partido  de 
Urdaneta;  pero  un  indulto  calmó  los  ánimos  inquietos,  y  los 
mas  comprometidos  se  ocultaron.  Allí  hizo  fusilar  Obando  á 
cuatro  oficiales  prisioneros,  que  fueron  los  capitanes  Quiuteroy 
Réyes,  que  le  habían  resistido  tenazmente,  y  los  tenientes  Sal- 
daña  y  González ;  dijo  que  los  ejecutaba  á  fin  de  inspirar  temor 
al  populacho  de  Cali.  Este  se  habia  insolentado  contra  los  blan- 
cos desde  setiembre  último,  á  quienes  amenazaba  con  la  muerte. 
Por  semejante  espíritu  de  castas  y  de  insubordinación  sufrieron 
mucho  en  todo  aquel  año  los  habitantes  de  Cali.  El  mismo 
Obando  confesó  después  haber  pensado  quitar  la  vida  á  todos 
los  oficiales  prisioneros  que  habían  tenido  parte  en  la  matanza 
del  Santuario ;  pero  al  fin  no  cometió  á  sangre  fría  este  crimen 
revolucionario.  Mas  sí  confiscó ,  hizo  vender  y  gastar  un  carga- 
mento de  mercancías  del  comerciante  Lloreda;  estas  se  disi- 
paron fácilmente  y  costaron  después  una  suma  considerable  á 
la  Nueva  Granada,  por  haber  resultado  ser  propiedad  inglesa. 

En  seguida  marchó  Obando  con  una  parte  de  sus  tropas  á 
pacificar  el  resto  del  valle  de  Cáuca.  Sabido  el  triunfo  de  Pal- 
mir»  se  dispersaron  algunas  milicias  que  habia  reunido  Mur- 
guéitio;  y  el  pueblo  mismo  de  Cartago ,  su  patria,  le  redujo  á 
prisión  y  envió  á  Obando,  quien  le  remitiera  á  Popayan,  some- 
tiéndosele en  consecuencia  el  valle  entero. 

Desde  Cartago  dirigió  Obando  intimaciones  al  coronel  Castelli, 


• 


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438  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

que  defendia  á  Antióquia ,  y  al  mismo  Urdaneta  en  Bogotá : 
por  todas  partes  difundió  la  voz  de  que  marchaba  contra  la 
capital.  Pero  sí  envió  tropas  á  ocupar  la  provincia  del  Chocó 
por  medio  del  segundo  comandante  José  Fernández  y  unos 
pocos  soldados.  Fácilmente  consiguieron  su  objeto,  encargándose 
del  gobierno  de  la  provincia  Juan  Nepomuceno  Duran.  Al 
mismo  tiempo  López  desde  Cali  habia  dirigido  hácia  Buenaven- 
tura al  comandante  Atanasio  Villamarin ,  poniendo  á  sus 
órdenes  un  destacamento  de  tropas.  Este,  unido  á  varios  mora- 
dores de  influencia  en  la  provincia ,  los  que  le  allanaron  el 
camino,  obligó  á  capitular  al  coronel  Francisco  García,  comán- 
dame de  armas  de  la  capital  Iscuandé.  García  vió  el  suceso  con 
tanta  pena ,  que  se  quitó  la  vida  el  24  de  marzo.  Atribuyóse 
también  este  suicidio  á  enajenación  mental ,  por  la  disolución 
de  Colombia,  la  muerte  del  Libertador,  de  quien  era  admirador 
entusiasta,  y  la  elevación  de  Obando ,  su  enemigo  declarado. 

Todas  las  ciudades  del  valle  de  Cáuca,  luego  que  se  some- 
tieron á  Obando,  celebraron  actas  por  consej  osé  influjo  de  este, 
desconociendo  la  autoridad  del  gobierno  de  Urdaneta.  Decían 
que  con  la  muerte  del  Libertador  habia  caducado ,  pues  con- 
forme á  la  voluntad  de  los  pueblos  debia  solo  mandar  hasta  que 
Bolívar  se  encargára  del  gobierno  supremo.  En  consecuencia 
declaraban ,  que  se  unian  al  Estado  del  Ecuador  — -  «  provisio- 
nalmente, miéntras  que  la  convención  colombiana,  ó  un  con- 
greso de  plenipotenciarios  de  los  nuevos  Estados ,  arregla  defi- 
nitivamente el  territorio  que  deba  pertenecerles ,  según  las 
conveniencias  y  necesidades  locales  de  los  pueblos.  »  Portante 
ofrecieron  observar  la  constitución  y  leyes  del  Ecuador.  La 
misma  conducta  observaron  las  provincias  de  Buenaventura  y 
Chocó ,  luego  que  desconocieron  la  autoridad  del  gobierno  de 
Bogotá.  Lisonjearon  á  la  última  con  la  apertura  del  rio  Atrato 
para  el  comercio  extranjero ;  esta  medida  se  habia  originado 
del  prefecto  Arroyo  y  de  la  asamblea  del  Cáuca,  los  que  la  juz- 
garon muy  favorable  á  la  prosperidad  de  aquel  departamento. 
Empero  solo  sirvió  para  aumentar  el  contrabando  y  disminuir 
los  productos  de  las  aduanas  del  centro.  « 

Obando  pudo  en  aquellas  circunstancias  asumir  el  mando 
del  Cáuca ;  mas  no  lo  hizo,  pues  llamó  al  prefecto  Arroyo  á  que 
gobernára  bajo  la  autoridad  del  Ecuador,  conducta  que  le  honra. 
Sin  embargo,  él  conservó  el  título  de  «  director  de  la  guerra, » 


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CAPÍTULO  XV III.  439 

bajo  del  cual  disponía  de  casi  todos  los  recursos  del  departa- 
mento. Mas  no  podemos  aprobar  las  agregaciones  que  promo- 
viera al  Ecuador,  desmembrando  indebidamente  á  la  Nueva 
Granada,  preparando  así  una  guerra  á  su  patria,  y  extendiendo 
los  límites  del  Ecuador  hasta  las  bocas  del  Atrato  y  golfo  de 
Urabá  en  el  Atlántico. 

Flórez  admitió  con  el  mayor  placer  estas  agregaciones  que  tanto 
lisonjeaban  su  ambición  :  él  dirigió  al  coronel  Zubiria  á  felicitar 
á  Obando  por  su  triunfo  en  Palmira ,  y  le  escribió  una  carta  de 
amistad ,  contrariando  lo  que  tantas  veces  habia  protestado. 
Hizo  aun  mas :  como  jefe  del  Ecuador  le  dió  instrucciones  para 
que  se  limitára  á  la  defensa  del  departamento  del  Cauca ,  sin 
extender  la  guerra  mas  allá  de  sus  confines,  porque  iba  á  tratar 
de  entenderse  con  Urdaneta;  órdenes  que  no  cumplieron 
Obando  y  López. 

Entre  tanto  el  coronel  Posádas  supo  la  pérdida  de  la  columna 
de  Mugüerza,  lo  que  le  causó  un  grande  alarma;  emprendió 
por  tanto  su  retirada  de  la  ciudad  de  la  Plata  hácia  la  de  Néiva. 
Envió  ántes  un  comisionado  á  Cali  proponiendo  á  López  un 
armisticio ,  el  que  se  le  concediera.  Mas  Urdaneta  improbó  tal 
paso,  que  le  hizo  desconfiar  con  razón  de  la  fidelidad  vacilante 
de  Posádas. 

La  defección  de  una  parte  de  las  tropas  en  Palmira,  la  derrota 
del  resto  y  la  pérdida  absoluta  de  la  columna  de  Mugüerza  se 
supieron  en  Bogotá  el  21  de  febrero.  Fué  este  un  golpe  funesto 
y  muy  sensible  para  el  partido  militar  que  dominaba  al  país. 
Los  liberales  vencidos  en  el  Santuario  se  alegraron ,  pues  divi- 
saban ya  un  punto  de  apoyo  para  una  reacción ,  á  la  que  se 
hallaban  dispuestos  los  ánimos  en  todas  partes. 

Lo  conocía  Urdaneta,  y  como  hombre  de  revoluciou  principió 
á  dictar  cuantas  medidas  le  parecieron  necesarias  para  soste- 
nerse hasta  el  15  de  junio  en  que  se  debía  instalar  la  conven- 
ción de  Léiva,  pues  decía  que  esta  era  su  única  ambición 
(febrero  22).  Él  mandó  poner  presos  al  día  siguiente  á  seis  ofi- 
ciales del  partido  liberal,  de  quienes  desconfiaba;  luciéronse  en 
lo%posteriores  otros  arrestos  de  personas  que  no  merecían  su 
confianza  por  igual  motivo.  Un  mes  ántes  se  habían  declarado 
vigentes  las  garantías  individuales,  y  al  primer  revés  del  go- 
bierno se  violaron  abiertamente.  Tal  contraste  exaltó  los  áni- 
mos del  partido  liberal,  irritado  también  porque  sus  adversa- 


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440  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

ríos  los  militares  decian  hallarse  compuesto  de  asesinos  y  mal- 
vados. 

Otra  de  las  providencias  que  el  gobierno  de  Bogotá  juzgara 
necesarias,  fué  un  alistamiento,  forzado  según  costumbre,  para 
engrosar  el  ejército.  Semejante  medida  era  siempre  una  de  las 
mas  desagradables  á  nuestros  pueblos,  enemigos  declarados  del 
servicio  militar.  Ocultábame  todos  los  hombres  útiles;  las 
poblaciones  los  auxiliaban ,  quedando  solo  para  las  faenas  de 
las  artes  y  de  la  agricultura  los  viejos ,  las  mujeres  y  los 
niños.  Esto  causaba  muchos  perjuicios ;  empero  hallábase  ür- 
daneta  decidido  á  no  dejar  el  puesto  con  deshonor  y  á  man- 
tener el  orden  público,  según  el  sistema  de  gobierno  estable- 
cido. 

En  aquellos  difíciles  di  as  vinieron  á  fortalecer  las  esperanzas 
de  Urdaneta  y  de  sus  partidarios  las  noticias  que  el  general 
Pedro  Briceño  Méndez  comunicó  desde  Curazao  á  las  autori- 
dades del  Magdalena,  fletando  una  goleta  al  intento.  Eran 
aquellas  los  pronunciamientos  de  una  gran  parte  de  Venezuela 
por  la  integridad  de  Colombia ,  acompañando  las  actas  respec- 
tivas de  las  provincias  de  Cumaná,  Barcelona,  Margarita  y  otros 
lugares.  El  comandante  de  milicias  José  María  Otero ,  en  clase 
de  comisionado  especial ,  vino  á  Cartagena  desde  Cumaná  con 
el  objeto  de  informar  á  las  principales  autoridades  de  tamaña 
novedad  y  de  todos  los  pormenores  de  la  revolución.  Grande 
fué  el  alborozo  que  nuevas  tan  lisonjeras  causaron  á  Urdaneta 
y  á  su  partido  :  juzgaban  y  decian  que  era  seguro  el  restableci- 
miento de  Colombia,  la  que  iba  á  renacer  recuperando  su  pri- 
mera gloria.  Decidiéronse  por  consiguiente  á  sostener  con  vigor 
la  empresa  acometida. 

La  misma  decisión  tenian  sus  partidarios  en  la  llanura  de 
Bogotá.  Los  mas  exaltados  de  aquellos  campesinos  dirigieron 
peticiones  al  gobierno  de  Urdaneta  con  multitud  de  firmas. 
Apoyándose  en  la  reciente  defección  de  las  tropas  de  Mugüerza, 
que  se  creía  mas  general,  pidieron  el  castigo  de  los  asesinos  del 
25  de  setiembre  y  del  gran  mariscal  de  Ayacucho;  que  se  les 
borrára  de  la  lista  militar,  así  como  á  los  oficiales  que  en  Pal- 
mira  hubiesen  traicionado  al  gobierno ;  que  no  se  empleára  á 
ninguno  de  los  que  se  cogieron  prisioneros  en  la  acción  del 
Santuario ;  en  fin ,  que  se  removiera  á  los  empleados  que  no 
fuesen  de  toda  confianza.  Como  estas  peticiones  apoyaban  el 


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CAPÍTULO  XVIII.  441 

sistema  de  energía  desplegado  por  Urdaneta  y  sus  partidarios, 
fueron  bien  recibidas.  Examinólas  en  el  consejo  de  gobierno,  y 
en  la  mayor  parte  ofreció  hacer  lo  que  se  le  pedia ;  procuró  sin 
embargo  que  sus  resoluciones ,  publicadas  en  la  Gaceta  oficial , 
se  conformáran  á  las  disposiciones  legales. 

Otra  de  las  providencias  que  dictó  Urdaneta  para  sostenerse , 
fué  enviar  el  batallón  Callao,  compuesto  de  setecientos  cin- 
cuenta hombres ,  hácia  el  sur.  Debia  situarse  en  la  villa  del 
Espinal,  como  punto  céntrico  para  atender  á  los  caminos  que 
giran  por  Néiva  y  por  Ibagué.  Se  temia  que  Obando  y  López 
marcharan  sobre  la  capital,  y  con  aquellas  tropas  avanzadas  se 
ponia  el  gobierno  en  aptitud  de  batirlos  en  detal. 

En  estas  circunstancias  era  grande  la  escasez  de  numerario , 
tanto  para  sostener  las  fuerzas  militares  en  campaña  como  para 
los  demás  gastos  necesarios  y  urgentes.  Echóse ,  pues,  mano  de 
algunos  fondos  pertenecientes  al  crédito  público,  los  que  se  ha- 
llaban en  depósito.  Tal  providencia  era  contraída  á  lo  dispuesto 
en  la  constitución ;  y  sin  embargo ,  el  consejo  de  Estado  aprobó 
unánimemente  el  gasto  :  debíase  ántes  que  todo  proveer  á  la 
existencia  de  la  República,  primera  y  mas  importante  ley  de  la 
necesidad ;  á  esta  deben  ceder  todas  las  otras,  cuando  se  halla 
legalmente  comprobada. 

Sin  embargo  de  tales  providencias ,  era  harto  difícil  que  Ur- 
daneta sostuviera  la  autoridad  de  su  gobierno.  Después  de  la 
muerte  de  Bolívar  se  habia  aumentado  sobre  manera,  y  en  to- 
das las  provincias,  la  inquietud  de  los  pueblos  y  del  partido 
liberal  contra  la  administración  intrusa.  Acaso  el  departamento 
que  mas  fuerte  apoyo  daba  á  Urdaneta  por  su  población,  por  su 
riqueza  y  por  los  dos  mil  hombres  de  buenas  tropas  que  lo 
guarnecían ,  era  el  del  Magdalena.  Allí  mandaba  en  clase  de 
comandante  general  Montilla ,  y  como  prefecto  Juan  de  Fran- 
cisco Martin ,  bien  conocidos  ambos  por  sus  talentos,  actividad 
y  energía ,  así  como  por  su  decisión  en  sostener  la  administra- 
ción de  Urdaneta  y  el  partido  militar  que  pretendía  continuar 
dominando  á  la  Nueva  Granada.  Estos  jefes  se  hallaban  apoya- 
dosgsn  Santamarta  por  los  generales  Valdes  y  Carreño,  porSardá, 
que  mandaba  en  Riohacha,  y  por  otros  militares  de  nombradía 
que  se  habían  reunido  en  el  Magdalena  ántes  y  después  del 
fallecimiento  de  Bolívar. 

Á  pesar  de  fuerzas  tan-  respetables,  Montilla  y  de  Francisco 


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442  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

no  estaban  seguros;  ellos  eran  odiados,  porque  se  les  conside- 
raba como  apoyos  é  i  nstrumentos  de  un  gobierno  ilegítimo,  que 
una  gran  parte  de  los  Granadinos  llamaban  tiránico.  Hija  sin 
duda  de  esta  persuasión,  harto  fundada,  fué  una  revolución 
que  estallára  en  Sabanalarga,  Soledad  y  Barranquilla,  del  12  al 
14  de  febrero.  La  dirigían  los  capitanes  Policarpo  Jiménez, 
nombrado  comandante  en  jefe,  Sántos  de  la  Hoz,  Lorenzo  Her- 
nández ,  Crispin  Luque  y  Antonio  Pantoja ;  apoyábanla  varios 
oficiales  de  milicias  ó  retirados  y  algunos  vecinos  principales  de 
las  mencionadas  poblaciones;  asimismo  el  capitán  Perlaza,  se- 
gundo comandante  del  batallón  de  milicias  de  Santamaría;  este 
condujo  hombres  de  Sitionuevo ,  Remolino  y  otros  lugares  in- 
mediatos de  dicha  provincia ,  obteniendo  en  consecuencia  el 
nombramiento  de  segundo  jefe. 

Jiménez  envió  circulares  á  los  pueblos  conmovidos ,  anun- 
ciándoles contra  quiénes  era  el  pronunciamiento  y  los  objetos 
de  la  revolución.  —  «  Tan  halagüeño  recuerdo,  decian ,  los  ha 
hecho  afrontar  los  riesgos ,  y  al  través  de  obstáculos  casi  insu- 
perables, se  han  pronunciado  de  una  manera  libre  y  espontánea 
contra  el  gobierno  intruso,  ilegal  y  despótico  de  Bogotá,  contra 
el  de  Cartagena  como  el  baluarte  único  que  sirve  de  escudo  á 
los  manejos  viciosos  de  aquel ,  y  finalmente  contra  todo  el  que 
pretenda  oponerse  á  sus  santos  proyectos.  Ellos  no  son  otros 
que  los  de  buscar  la  felicidad  en  medio  de  instituciones  sábias, 
á  la  sombra  de  leyes  benéficas  y  administradas  por  magistrados 
legalmente  colocados  por  el  pueblo.  Salvar  á  sus  hermanos  del 
Magdalena  de  la  horrorosa  suerte  que  les  amenaza,  y  de  los 
males  que  experimentan.  » 

Los  principios  que  proclamaban  los  jefes  de  esta  revolución, 
y  el  idioma  con  que  los  revestían,  parecieron  entónces  superio- 
res á  la  inteligencia  de  los  campesinos  y  militares  de  inferior 
graduación,  que  ostensiblemente  dirigían  aquel  pronuncia- 
miento. Es,  pues,  de  inferirse  que  los  motores  principales  y  los 
directores  de  la  iniciada  revolución  se  hallaban  en  la  plaza  de 
Cartagena.  Este  hecho  tomó  un  carácter  de  verdad  y  aun  de 
evidencia  para  el  prefecto  del  departamento,  por  los  papeleain- 
cendiarios  que  allí  se  publicaban,  por  la  agitación  de  los  libe- 
rales, cuyas  expresiones  indiscretas  revelaban  sus  simpatías  en 
favor  de  la  revolución  que  había  estallado  en  los  cantones  no- 
veno y  décimo.  Por  los  avisos  de  la  policía  se  averiguó  que  en 


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CAPÍTULO  XVII 1. 


la  ciudad  de  Cartagena  se  habia  formado  una  fuerte  suscricion 
entre  los  liberales  para  auxiliar  el  movimiento,  y  que  se  engan- 
chaban hombres  que  fueran  á  sostenerlo;  expuso  lo  mismo  el 
comandante  de  dichos  cantones  José  María  Castillo  ,  quien  oyó 
decir  á  los  revolucionarios  cuando  le  hicieron  prisionero ,  que 
habian  recibido  ya  doce  mil  pesos.  Descubrióse  al  mismo  tiempo 
en  Cartagena  un  club  de  insurrección.  Apoyado  en  tales  funda- 
mentos y  en  la  urgente  necesidad  comprobada  con  multitud  de 
hechos ,  según  decia  el  decreto  ,  de  que  no  podía  conservarse  la 
tranquilidad  pública  dentro  de  los  muros  de  la  plaza,  si  no  se 
adoptaban  remedios  extremos ,  el  prefecto  declaró  al  departa- 
mento del  Magdalena  en  estado  de  asamblea,  conforme  á  la  ley 
de  24  de  julio  de  1824.  Concedía  esta  al  poder  ejecutivo  de  Co- 
lombia, en  los  casos  de  conmoción  interior  á  mano  armada,  fa- 
cultades extraordinarias  muy  extensas,  las  que  podia  delegar  á 
sus  agentes.  Pero  la  constitución  de  1830  derogó  aquella  ley,  y 
el  gobierno  de  Urdaneta  habia  declarado  en  13  de  enero  último, 
que  estaban  en  su  fuerza  y  vigor  las  garantías  individuales,  que 
de  nuevo  echaba  por  tierra  el  decreto  de  la  prefectura. 

Mas  el  gobierno  del  Magdalena  tenia,  según  pensaba,  un  fun- 
damento para  obrar  así,  que  era  superior  á  las  leyes,  —  «  el  de 
la  necesidad  de  la  propia  conservación.  »  —  Revolucionado  el 
país  y  atacado  el  gobierno  por  hombres  que  tampoco  obraban  - 
de  conformidad  con  las  leyes,  no  quedaba  al  prefecto  de  Fran- 
cisco Martin  y  á  Montilla  otro  recurso  que  romperlas  ligaduras 
que  estas  les  oponían.  Todos  los  gobiernos  en  iguales  casos 
obran  del  mismo  modo  para  conservarse.  Los  que  no  lo  hacen 
son  precipitados  de  su  asiento  como  imbéciles,  sin  que  nadie  los 
compadezca  en  su  caida.  Cien  ejemplos  pudieran  citarse  en  la 
historia  de  las  nuevas  repúblicas  americanas  de  una  y  otra  ma- 
nera de  proceder.  De  todos  ellos  resulta  la  consecuencia  necesa- 
ria —  «de  que  sus  congresos  han  obrado  sin  previsión  alguna, 
no  dando  á  sus  débiles  gobiernos  las  facultades  suficientes  para 
conservar  la  tranquilidad  pública  en  paz  y  en  guerra.  »  Ama- 
mos como  el  que  mas  la  verdadera  libertad,  y  por  eso  deseamos 
ardientemente  que  nuestros  gobiernos  republicanos  pudieran , 
en  virtud  de  sus  facultades  naturales ,  aprehender,  mandar 
juzgar  y  castigar  á  todos  los  tunantes  á  quienes  se  antojára  de- 
clararse jefes  supremos y  para  disponer  á  su  arbitrio  de  nuestras 
vidas ,  libertad  y  propiedades.  Treinta  y  ocho  anos  hace  que 


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444 


HISTORIA   UK  COLOMBIA. 


estamos  sufriendo  tan  funestas  oscilaciones ,  y  la  experiencia 
nos  debiera  hacer  mas  cautos  y  avisados  (*). 

El  prefecto  del  Magdalena  expidió  el  decreto  de  asamblea  por 
el  acuerdo  unánime  de  tres  abogados;  el  asesor  de  la  prefectura 
Ramón  Ri poli,  jefe  de  policía,  Ildefonso  Méndez,  y  Eusebio 
María  Canabal.  Persuadido  por  datos  que  juzgó  verídicos,  de 
que  iba  á  estallar  una  revolución  en  la  ciudad  ,  se  apresuró  á 
cortarla  expeliendo  á  sus  mas  respetables  y  exaltados  promove- 
dores ántes  que  pudieran  realizar  sus  designios.  En  19  de  fe- 
brero, arresta ,  pone  á  bordo  de  la  goleta  holandesa  María  ,  y 
hace  salir  para  Kingston  de  Jamáica  al  doctor  Enrique  Rodrí- 
guez, uno  de  los  próceres  de  la  Independencia ,  á  Manuel  Mar- 
celino Núñez, comerciante  rico,  á  Jorge  López, Calixto  Noguera, 
Manuel  Asanza ,  Juan  José  Nieto,  Diego  Martínez,  Alejandro 
Salgado,  Francisco  Correa,  Julián  Figueroa,  Miguel  Grau, 
Juan  Suárez,  Damián  Bérrio ,  Pedro  Laza  y  Jerónimo  Echeona. 
Era  del  número  de  los  diez  y  seis  expulsos  Antonio  Castañeda, 
quien  logró  escaparse  y  se  fué  á  reunir  con  los  revolucionarios. 

Tales  providencias  gubernativas  para  asegurar  la  plaza  de 
Cartagena  se  habian  dictado  con  acuerdo  del  comandante  gene- 
ral Montilla  :  este  no  se  descuidó  por  su  parte  en  acordar  con 
la  mayor  prontitud  las  medidas  que  juzgaba  oportunas  para 
sufocar  la  revolución  en  su  cuna.  El  nombra,  desde  las  prime- 
ras noticias  que  recibe  dé  los  movimientos ,  al  general  José 
Ignacio  Luque,  comandante  en  jefe  de  la  expedición  que  se  pre- 
paraba contra  los  revoluciouarios.  La  componían  algunas  com- 
pañías de  los  batallones  Yaguachiy  Pichincha,  parte  de  una 
de  las  milicias  de  Cartagena,  y  un  piquete  de  caballería ;  fuer- 
zas que  salieron  inmediatamente  de  la  plaza. 

En  Barranquilla  se  apoderaron  los  revolucionarios  de  un 
parque  bien  provisto  de  armas  y  municiones,  que  Montilla  ha- 
bía sacado  de  Santamaría  porque  sus  moradores  no  le  inspira- 
ban confianza.  Con  este  auxilio  se  juntaron  y  armaron  en  pocos 
dias  mas  de  quinientos  hombres  de  infantería  y  caballería,  los 
que  se  apostaron  en  Sabanalarga ,  ocupando  buenas  posiciones. 

Luque  las  reconoce  y  no  ataca  al  enemigo ,  porque  dice  (fue 
no  tiene  bastantes  fuerzas,  las  que  pide  á  Montilla;  bien  para 
asegurar  el  éxito  del  combate,  bien  por  otro  motivo  que  alegára 

(1)  Escribíase  esto  en  1848. 


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CAPÍTULO  XVIII.  445 

después,  harto  inmoral  para  un  jefe  en  quien  se  habia  deposi- 
tado la  confianza  en  aquellas  difíciles  circunstancias.  Sea  de 
esto  lo  que  fuere,  lo  cierto  es  que  se  retiró  á  la  Aguada  de 
Paula  á  esperar  refuerzos.  Uniéronsele  algunos  y  recibió  la 
órden  terminante  de  acometer  á  los  sublevados,  y  batirlos  sin 
reparar  en  las  fuerzas  que  tuvieran,  ni  en  las  posiciones  que 
ocuparan.  Esta  órden  fué  cumplida,  y  el  20  de  febrero  se  trabó 
la  pelea  en  la  hacienda  de  Sans-Souci.  Milicias  indisciplinadas 
no  pudieron  resistir  á  las  fuerzas  bien  organizadas  de  Luque. 
Venció  este  sin  pérdida,  y  sus  contrarios  con  la  de  algunos 
hombres  muertos  y  prisioneros,  dispersándose  el  resto.  En 
seguida  ocupó  Luque  á  Soledad  y  Barranquilla.  Desde  aquí  dió 
sus  disposiciones  á  fin  de  tomar  cinco  bongos  armados,  una 
falúa  y  una  flechera  con  piezas  de  á  seis,  que  ya  habian  puesto 
los  revolucionarios  para  dominar  el  rio  Magdalena.  Desalentado 
el  capitán  Perlaza,  que  mandaba  dichas  fuerzas  sutiles,  entregó 
en  la  Ciénaga  al  general  Carmona  siete  buques  armados,  en 
que  tenia  seiscientos  sesenta  y  un  fusiles  con  sus  pertrechos  y 
municiones.  Rindiéronse  también  la  flechera  y  un  bongo  en 
Pedraza,  embarcaciones  que  después  de  rendidas  se  habian 
fugado. 

A  tan  feliz  éxito  para  el  gobierno  del  deparlamento  contri- 
buyó eficazmente  el  que  de  la  vecina  provincia  de  Santamaría 
no  se  auxiliára  la  revolución;  exceptuando  los  hombres  que 
sedujo  Perlaza.  Por  el  contrario  el  general  Carreño  hacia  prepa- 
rativos para  combatirla,  y  lo  mismo  sucedía  en  la  provincia  de 
Mompox. 

Cuando  ocurrían  estos  sucesos  (febrero  22),  llegaron  á  Saba- 
nilla los  quince  individuos  que  por  una  providencia  guberna- 
tiva habian  sido  arrojados  de  Cartagena.  El  capitán  Rotre  de 
La  María  estaba  comprometido  por  un  documento  escrito  á  no 
tocar  en  puerto  alguno  de  Colombia ,  y  á  seguir  directamente  á 
Jamáica.  Mas,  seducido  por  la  mayor  ganancia  que  le  ofrecieron 
los  deportados,  y  no  creyendo  que  las  tropas  del  gobierno  do- 
minaran á  Sabauilla,  los  condujo  á  este  puerto  pretextando  una 
avtría ;  iban  á  fomentar  la  revolución  y  cayeron  prisioneros  de 
Luque,  quien  los  enviara  inmediatamente  á  Cartagena  á dispo- 
sición del  prefecto.  Este,  sin  permitirles  desembarcar,  los  obligó 
á  salir  para  Jamáica. 

Los  oficios  que  Luque  dirigiera  al  prefecto  y  á  Mantilla  sobre 


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44tt  HISTORIA  DK  COLOMBIA. 

el  arribo  y  prisión  de  estos  ciudadanos ,  á  quienes  dijo  que  iba 
á  juzgar  como  conspiradores  y  reos  de  lesa  patria,  y  su  pronta 
remisión  á  Cartagena,  manifestaban  la  mayor  decisión  en  favor 
del  gobierno  existente.  Igual  conducta  observaba  respecto  de 
los  demás  comprometidos  en  la  rebelión,  que habian caído  pri- 
sioneros ,  especialmente  con  los  que  la  promovieron  ó  capita- 
nearon :  él  los  perseguía  con  actividad,  auxiliado  por  el  jefe 
político  de  Barranquilla,  Santiago  Duncan,  y  por  el  coman- 
dante  de  milicias  de  artillería  Juan  Glen ,  dos  extranjeros  do- 
miciliados y  decididos  contra  la  revolución.  Luque  mandó 
juzgar  como  reos  de  Estado  á  todos  los  principales  en  cumpli- 
miento de  las  órdenes  é  instrucciones  del  prefecto  y  de  Montilla. 
Diariamente  se  descubrían  nuevos  cómplices,  y  se  ejecutaban 
nuevas  prisiones.  La  revolución  había  sido  mas  popular  y  ex- 
tensa en  los  cantones,  de  lo  que  al  principio  se  creyera. 

En  tales  circunstancias  el  Ingles  Juan  Glen  convidó  á  un 
banquete,  el  6  de  marzo,  á  Luque  y  á  otros  varios  jefes  déla 
columna.  Cuando  acalorados  por  el  vino  daban  algunos  brindis, 
el  comandante  de  Pichincha,  José  María  Vezga,dijo  :  «Brindo 
por  que  el  comandante  general  Montilla  sea  mas  justo  y  haga 
salir  á  campaña  al  batallón  de  artillería  que  constantemente 
hace  la  guarnición  de  Cartagena.  »  Este  brindis  solo  fué  aplau- 
dido por  el  comandante  de  Yaguachi,  Juan  Bautista  Rodríguez. 
El  teniente  de  artillería  Miguel  Franco  lo  impugnó,  y  Vezga 
acalorado  profirió  expresiones,  excitando  á  la  sedición  contra 
Montilla;  lo  mismo  hizo  el  comandante  Rodríguez,  quien  tra- 
bara una  disputa  con  el  coronel  José  de  Lima,  á  quien  Luque 
arrestó,  suponiéndole  autor  de  aquellas  disensiones.  Mas  enar- 
decidos los  espíritus  por  el  vino ,  ambos  comandantes  sin  escu- 
char las  órdenes  y  reconvenciones  del  jefe  de  estado  mayor 
coronel  Pedro  Rodríguez,  marcharon  á  ponerse  á  la  cabeza  de 
sus  batallones,  acuartelados ,  Pichincha  en  Soledad, y  Yaguachi 
en  Barranquilla. 

En  el  intermedio  Luque  parecía  indeciso  y  que  permaneceria 
fiel  al  gobierno  que  había  depositado  en  él  su  confianza;  pero 
dentro  de  pocos  minutos  se  desengañaron  los  habitantes* de 
Barranquilla  que  esto  creían.  Habiendo  estado  Luque  en  el 
cuartel  de  Yaguachi ,  salió  diciendo :  —  «La  revolución  está 
hecha  contra  el  comandante  general  y  contra  el  prefecto,  y  las 
tropas  me  aclaman  por  su  jefe,  nombramiento  que  he  aceptado. » 


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CAPÍTULO  XV  ni.  447 

—  Marchó  luego  á  la  villa  inmediata  de  Soledad ,  donde  en 
compañía  de  Vezga  y  con  el  auxilio  de  Pichincha  desarma  con 
engaños  á  una  parte  del  batallón  de  milicias  de  Cartagena,  que 
allí  existia,  y  pone  presos  á  los  jefes  y  oficiales  que  se  denega- 
ron á  seguir  este  motin  militar.  Uno  de  sus  primeros  actos  fué 
reducir  á  prisión  y  exigir  una  fuerte  suma  al  coronel  de  mili- 
cias Pedro  Juan  Bisbal,  rico  hacendado. 

Los  jefes  y  oficiales  de  Yaguachi,  Pichiucha  y  aun  algunos 
de  milicias,  hicieron  después  un  acta  (marzo  6),  en  que  se  pro- 
nunciaron por  el  sistema  federativo,  que  dijeron  era  la  voluntad 
de  los  pueblos  de  los  cantones  noveno  y  décimo  de  la  provincia 
de  Cartagena :  nombraron  á  Luque  de  jefe  civil  y  militar  para 
dirigir  la  empresa,  revistiéndole  del  poder  necesario  á  fin  de 
conseguir  un  feliz  resultado  en  todo  el  departamento :  le  indi- 
caron que  debia  observar  la  constitución  y  las  leyes  en  lo  que 
no  se  opusieran  al  buen  éxito  de  la  revolución;  acordaron, 
finalmente,  que  el  mismo  Luque,  luego  que  hubiera  sometido 
á  su  obediencia  el  departamento ,  convocara  una  convención  de 
los  representantes  de  este,  á  fin  de  que  determinaran  el  sistema 
de  gobierno  bajo  del  cual  se  decidieran  á  constituir  la  Repú- 
blica, cuya  integridad  deseaban  sostener  los  oficiales  que  sus- 
cribieron el  acta  mencionada. 

Los  vecinos  principales  de  Soledad,  Barra uqu illa  y  otros 
pueblos  inmediatos  de  los  cantones  noveno  y  décimo  se  adhi- 
rieron solemnemente  al  acta  de  los  jefes  y  oficiales;  ellos  pro- 
metieron obediencia  á  Luque  y  auxiliar  á  su  división  con  sus 
personas  y  propiedades ,  hasta  conseguir  la  destrucción  del  go- 
bierno existente,  que  los  oprimía  y  vejaba;  ofrecieron  también 
contribuir  al  establecimiento  de  uno  que  fuera  justo,  liberal  y 
legítimo,  á  fin  de  que  les  asegurase  las  garantías  individuales, 
por  cuya  consecución  los  pueblos  habían  hecho  tan  grandes 
sacrificios. 

Várias  han  sido  las  causas  y  motivos  asignados  para  esta 
revolución  capitaneada  por  Luque.  Dijeron  unos,  fundados  en 
su  ninguna  moralidad,  que  se  le  había  ganado  por  algunos 
libef ales,  especialmente  por  los  quince  expelidos  de  Cartagena, 
que  dijimos  haber  arribado  á  Sabanilla,  y  que  se  le  compró 
dándole  dinero.  Esto  es  probable ,  y  que  también  le  sedujeron 
con  la  fundada  perspectiva  de  popularidad  y  de  engrandeci- 
miento futuro,  que  obtendría  abrazando  la  causa  de  los  pue- 


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i 48  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

blos.  El  mismo  Lnque  aseguró  en  documentos  oficiales,  que 
desde  su  salida  de  Cartagena  estaba  inclinado  á  faltar  á  la  con- 
fianza que  hizo  de  él  Montilla;  que  por  esto  le  exigió  el  envío 
de  mas  y  mas  tropas,  á  fin  de  que  la  plaza  quedára  indefensa; 
que  en  Soledad  y  Barranquilla  se  habia  decidido  enteramente 
al  ver  la  opinión  de  los  pueblos  contra  el  gobierno  actual;  en 
fin,  que  lo  hizo  para  enjugar  las  lágrimas  de  muchas  familias, 
cuyos  principales  miembros  estaban  presos  y  debian  morir  por 
el  delito  de  conspiración ,  en  cumplimiento  de  las  órdenes  é 
instrucciones  de  Montilla  y  de  Francisco.  Esta  confesión  pinta 
el  carácter  de  aquel  jefe. 

Después  de  su  defección  Luque  obra  con  actividad.  Él  dirigió 
circulares  á  los  pueblos  excitándolos  á  la  rebelión  contra  el  go- 
bierno departamental :  les  habla  á  nombre  de  la  libertad,  pi- 
diéndoles cooperación  y  toda  clase  de  auxilios  para  marchar 
contra  Cartagena,  en  cuya  plaza  dice  que  entrará  sin  falta 
dentro  de  ocho  dias.  «  Si  los  pueblos,  añade,  aman  la  libertad 
y  detestan  el  gobierno  actual ,  se  les  presenta  una  ocasión  pre- 
ciosa para  lograr  sus  fines;  mas  si  permanecieren  indiferentes, 
ellos  sabrán  el  tin  que  les  espera;  bien  entendido  que  si  me  he 
,  comprometido ,  ha  sido  contando  con  la  cooperación  general. » 
—  En  el  mismo  dia  expidió  una  proclama  á  las  tropas  de  su 
mando ,  excitándolas  á  emplear  su  valor  á  fin  de  obtener  para 
sus  compatriotas  instituciones  basadas  en  la  libertad  y  la  justi- 
cia, bajo  de  las  cuales  gozarían  de  los  derechos  sociales  y  polí- 
ticos, con  cuyo  objeto  le  habian  puesto  á  su  cabeza,  revistién- 
dole del  poder  y  autoridad  necesarias  para  llevar  al  cabo  tan 
generosa  empresa.  «  Cuando  vuestro  valor  consiga,  decia,  ver 
reunida  la  asamblea  del  departamento,  habréis  consumado  la 
grande  obra  á  que  tan  generosamente  os  habéis  comprometido, 
y  vuestro  general,  vuestro  amigo  y  compañero  de  armas,  sen- 
tirá con  vosotros  el  dulce  placer,  la  mejor  gloria  que  es  capaz 
de  obtener  un  mortal  sobre  la  tierra,  cual  es  —  a  la  de  hacer 
el  bien  y  la  felicidad  de  sus  compatriotas.  »  Estos  bellos  senti- 
mientos se  le  hacían  firmar  á  Luque,  pues  él  era  incapaz  de 
concebirlos  y  de  proferirlos.  * 

El  7  de  marzo  expidió  el  nuevo  jefe  superior  algunos  decretos; 
por  uno  levantaba  el  destierro  impuesto  á  várias  personas  por 
las  autoridades  departamentales,  cuya  expulsión  declaró  in- 
constitucional. Por  otro  nombró  al  doctor  Manuel  Romay  go- 


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CAPÍTULO  XYIU. 


449 


bernador  político  de  la  provincia  de  Cartagena,  con  las  atribu- 
ciones que  las  leyes  concedían  á  los  gobernadores. 

El  espíritu  y  la  opinión  de  los  pueblos  del  Magdalena  estaban 
prontos  y  decididos  á  sacudir  el  yugo  del  gobierno  de  Urdaneta 
y  de  sus  agentes.  Así  fué  que  apénas  se  supo  en  el  belicoso  pue- 
blo de  San  Juan  de  la  Ciénaga  el  pronunciamiento  de  Luque , 
cuando  fué  imitado  el  8  de  marzo  por  el  general  Francisco 
Carmona,  quien  sedujo  al  batallón  Tiradores  que  allí  existia; 
lo  mismo  bizo  en  Santamaría  el  general  Trinidad  Portocarrero 
al  dia  siguiente.  Fué  en  vano  que  se  opusiera  al  acta  el  general 
José  María  Carreño,  segundo  jefe  militar  del  departamento.  Sin 
fuerzas  nada  pudo  bacer  para  reprimir  al  pueblo.  Prestóse  el 
gobernador  Manuel  Valdes  á  presidir  la  reunión.  Su  resultado 
fué :  primero,  adherirse  al  pronunciamiento  de  la  división  Luque. 
y  de  los  pueblos  para  sostener  las  libertades  patrias ;  segundo,  de- 
clarar independiente  de  Cartagena  á  la  provincia  de  Santamarta, 
en  su  gobierno  político  y  militar  —  «  hasta  que  reunida,  según 
decían,  la  representación  nacional,  se  ponga  en  su  conoci- 
miento esta  separación;  sin  que  ella  obste  para  que  activamente 
se  coopere  del  modo  posible  á  sostener  la  división  libertadora, 
miéntras  se  consigue  el  objeto  generalmente  proclamado.  »  Los 
generales  Valdes  y  Carreño  manifestaron  en  seguida  sus  deseos 
de  que  la  gobernación  y  la  comandancia  de  armas  recayeran  en 
personas  de  la  confianza  pública.  Nombróse  en  consecuencia 
gobernador  de  la  provincia  por  unanimidad  de  sufragios  al 
doctor  Estévan  Díaz  Granados,  y  para  comandante  de  armas  al 
general  Trinidad  Portocarrero.  Se  convino  también  en  que  se 
confiriese  á  Carmona  la  comandancia  general  de  las  fuerzas  pro- 
tectoras de  la  libertad. 

Tres  liberales  de  nuevo  cuno  habían  aparecido  en  pocos  dias 
en  la  Nueva  Granada ,  y  todos  eran  Venezolanos.  Luque,  el 
destructor  de  prensas  en  Bogotá  para  que  no  hubiese  libertad 
de  imprenta;  Carmona,  cuyos  principios  estaban  en  la  punta  de 
su  lanza,  quien  pretendió  en  vida  del  Libertador  sublevarse  en 
Cartagena,  á  fin  de  que  no  se  jurase  la  constitución  de  1830;  y 
Pogtocarrero,  el  mismo  que  sublevára  al  batallón  Granaderos  en 
Bogotá  para  quitarlo  al  gobierno  del  centro  porque  este  era 
liberal ;  estuvo  también  decidido  á  hacer  fuego  á  los  habitantes 
de  la  capital,  si  le  atacaban ,  para  castigar  su  delito.  Tales  ante- 
cedentes persuadían  á  todos  los  que  no  se  dejaban  llevar  de 

TOMO  IV.  29 


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450  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

apariencias,  que  miras  é  intereses  privados  eran  los  móviles  de 
la  fingida  liberalidad  de  aquestos  generales;  aun  habia  quienes 
predijeran  desgracias  á  la  patria  por  su  permanencia  en  la 
Nueva  Granada.  ¡  Tan  malo  era  el  concepto  que  merecian  á  los 
pueblos ! 

El  mismo  dia  que  se  hizo  el  pronunciamiento  de  la  Ciénaga, 
supo  Montilla  en  Cartagena  el  de  Luque.  La  plaza  habia  quedado 
guarnecida  con  poco  mas  de  cuatrocientos  artilleros  y  algunas 
milicias.  Como  el  espíritu  de  sus  habitantes  era  en  lo  general 
contrario  al  gobierno  existente,  no  podia  disponer  de  un  sol- 
dado para  enviar  fuera.  Limitóse,  pues,  á  pedir  auxilios  á  Car- 
reno,  mandándole  que  obrara  contra  los  sublevados  del  modo 
que  juzgase  mas  conveniente  y  según  las  circunstancias  :  lo 
mismo  dijo  á  Sarda  en  Riohacha ;  pero  estas  cartas  fueron  in- 
terceptadas por  los  revolucionarios  de  Santamaría.  Aunque  no 
lo  fueron  la  orden  al  coronel  Juan  Antonio  Piñérez,  comandante 
de  anuas  de  Mompox ,  y  el  parte  dirigido  al  gobierno  de  Bogotá 
pidiéndoles  prontos  y  abundantes  socorros  para  salvar  el  depar- 
tamento del  Magdalena,  no  produjeron  efecto  alguno.  Urdaneta 
se  hallaba  en  iguales  conflictos,  y  no  podia  desprenderse  de 
cien  hombres.  El  auxilio  mas  pronto  que  podia  esperar  Mon- 
tilla era  el  de  doscientos  jinetes  montados,  que  pidió  á  las  sa- 
banas de  Sotavento,  adonde  enviára  al  coronel  Lima. 

Aprovechóse  Luque  de  estas  circunstancias  tan  adversas  para 
Montilla.  Él  remite  con  prontitud  armas  y  municiones  á  Car- 
mona  para  que  active  la  reacción  de  la  provincia  de  Santamaría ; 
él  le  excita  á  completar  el  armamento  de  los  bongos  de  guerra 
que  habia  entregado  Perlaza  en  San  Juan  de  la  Ciénaga;  él 
arma  dos  mas,  y  con  la  flechera  María  los  dirige  hácia  Mompox 
á  las  órdenes  del  general  Masa,  quien  habia  sido  arrojado  de 
Cartagena.  Pocos  dias  después  llegó  á  Barranquilla  el  general 
Portocarrero  con  todas  las  fuerzas  sutiles  que  habia  en  la  Cié- 
naga. Destinósele  también  á  proteger  el  pronunciamiento  de  la 
ciudad  y  provincia  de  Mompox  en  favor  de  la  causa  que  soste- 
nían los  pueblos  del  bajo  Magdalena. 

Dadas  estas  disposiciones,  Luque,  auxiliado  eficazmente  ^)or 
los  habitantes  de  los  cantones  nono  y  décimo ,  y  teniendo  ya  su 
espalda  segura,  se  trasladó  á  Sabanalarga  (marzo  Í3).  Desde 
allí  ofició  por  primera  vez  á  Montilla ,  disculpando  con  mucho 
embarazo  su  alzamiento.  Díjole  que  lo  habia  hecho  con  el  de- 


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CAPÍTULO  XVIII. 


451 


signio  de  proteger  la  opinión  de  los  pueblos  que  deseaban  el 
establecimiento  de  un  gobierno  liberal,  y  para  eximir  del  su- 
plicio á  gran  número  de  personas  respetables ,  comprometidas 
en  la  revolución  de  los  cantones  de  barlovento.  Dirigió  este 
oficio  y  las  actas  que  habian  hecbo  las  tropas  y  los  pueblos  con 
dos  comisionados,  que  fueron  el  presbítero  Julián  Pertruz  y 
Juan  Best,  los  que  también  llevaron  los  mismos  documentos 
con  otro  oficio  para  el  consejo  municipal  de  Cartagena.  Luque 
exigía,  aunque  vagamente,  que  las  autoridades  de  la  plaza  se 
conforniáran  con  el  contenido  de  aquellas  actas.  El  consejo 
municipal,  á  quien  presidia  el  doctor  José  María  Baloco,  res- 
pondió que  nada  tema  que  hacer  con  la  organización  política, 
pues  las  leyes  detallaban  sus  atribuciones.  El  comandante  gene- 
ral Montilla  contestó  á  Luque  con  moderación  y  firmeza,  mani- 
festándole que  él  tenia  deberes  que  cumplir  y  que  los  desem- 
peñaría con  honor.  Excitaba  al  nuevo  jefe  civil  y  militar  á  que 
dejára  en  libertad  á  los  pueblos,  á  fin  de  que  usaran,  cuando 
tuvieran  por  conveniente,  del  precioso  derecho  de  petición,  sin 
causar  los  escándalos  que  se  estaban  experimentando,  ni  impe- 
dir las  elecciones  para  la  convención  que  debía  reunirse  en 
Léiva.  Las  primarias  debieron  haberse  hecho  en  los  ocho  pri- 
meros días  de  marzo,  y  estaba  fijado  el  1°  de  abril  para  la  reu- 
nión de  las  asambleas  electorales.  Por  consiguiente,  parecía 
imposible  que  en  medio  de  la  fermentación  que  agitaba  á  los 
pueblos  de  las  costas  del  Atlántico,  pudieran  celebrarse  las 
elecciones  de  las  provincias  ya  pronunciadas  y  en  revolución. 

Luque  no  se  dió  por  satisfecho  con  la  respuesta  que  le  habia 
dirigido  Montilla.  En  otra  comunicación  que  le  pasara  el  Ib  de 
marzo  desde  Santa  Hosa ,  le  habló  con  mas  claridad.  «Los  pue- 
blos y  yo,  decia,  estamos  muy  lejos  de  cometer  escándalos  y  de 
entorpecer  el  curso  de  esa  reunión  popular  que  debe  nombrar 
los  diputados  á  la  convención.  Por  el  contrario,  los  pueblos 
anhelan  por  que  esta  se  verifique ;  pero  de  ninguna  manera 
quieren  que  üs.  esté  á  la  cabeza  de  la  comandancia  general,  ni 
el  señor  Juan  de  Francisco  Martin  á  la  de  la  prefectura.  Yo  no  sé 
qu#motivos  tengau  para  esa  descontiauza;  pero  la  experiencia 
de  otras  funestas  elecciones  me  hace  darles  la  razón,  y  convenir 
también  en  que  para  realizar  esta  grande  obra,  üs.  y  el  señor 
prefecto  depositen  sus  destinos  en  personas  que  merezcan  la 
confianza  pública ,  porque  así  lo  piden  los  pueblos,  y  porque 


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452  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

así  es  necesario  que  sea  cuando  se  trata  de  organizar  su  go- 
bierno Us.  debe  penetrarse  de  estas  razones  y  dejar  al  pue- 
blo en  aptitud  de  obrar :  él  lo  teme ,  y  es  necesario  que  haga 
este  sacrificio  en  su  obsequio  y  en  el  de  la  patria.  Sobre  este 
principio  Us.  y  yo  podemos  entrar  en  tratados  que  ahorren  la 
efusión  de  una  sangre  tan  preciosa  y  que  puede  economizarse  á 
tan  pequeño  costo.  » 

Ni  el  honor  ni  los  comprometimientos  que  tenian  Montilla  y 
de  Francisco  con  el  gobierno  de  Colombia,  podian  permitirles 
ceder  tan  pronto  á  las  exigencias  de  Luque.  Tampoco  este  ins- 
piraba respeto  alguno  por  su  conducta  y  precedentes.  Sin  em- 
bargo, el  prefecto  le  contestó  —  o  que  ni  él  ni  el  comandante 
general  tenian  apego  alguno  á  sus  empleos ;  que  para  restable- 
cer la  concordia  entre  todos  los  pueblos  habían  dirigido  ya  las 
renuncias  de  sus  destinos  ai  gobierno  supremo;  que  estaban 
prontos  y  aun  deseosos  de  consignar  en  otras  manos  la  autori- 
dad que  ejercían;  que  este  paso  nohabia  sido  dictado  por  temor 
alguno  de  las  fuerzas  que  mandaba  Luque ,  »  —  sino  porque, 
patriotas  de  corazón,  deseamos  alejar  las  calamidades  que  se 
están  causando  á  los  beneméritos  pueblos  de  la  provincia,  to- 
mándose por  causa  nuestra  permanencia  á  su  frente.  Pero  como 
los  poderes  que  ejercemos  emanan  del  gobierno  supremo  de  la 
República,  y  que  por  otra  parte  no  sería  decoroso  abandonar  el 
puesto  en  los  momentos  de  peligro,  nos  consideramos  obligados 
por  nuestros  deberes  hacia  el  gobierno  y  la  nación,  y  por  nues- 
tro mismo  honor,  á  aguardar  á  que  nuestras  renuncias  sean 
aceptadas  y  que  pongamos  en  posesión  de  la  autoridad  á  las 
personas  que  el  supremo  gobierno  elija  para  ejercerla.  »  — 
Entre  tanto  se  recibía  la  aceptación  de  las  renuncias,  exigían 
de  Luque  que  desistiera  de  la  actitud  hostil  que  había  tomado, 
para  manifestar  de  esta  manera  su  respeto  por  la  constitución, 
por  las  leyes  y  por  las  garantías  de  los  Colombianos,  todas  las 
cuales  disponían  que  no  se  ocurriera  á  las  vías  de  hecho,  ántes 
de  haberse  agotado  los  medios  pacíficos. 

Muy  léjos  de  adoptar  este  arbitrio,  Luque  publicó  (marzo  17) 
un  decreto  cortando  toda  clase  de  comunicaciones  con  la  plaza 
de  Cartagena.  Por  otro  abolió  los  derechos  que  se  exigían  en  la 
provincia  para  el  sostenimiento  de  la  policía.  Estos  gravitaban 
principalmente  sobre  el  consumo  de  las  carnes;  eran  fuertes,  y 
por  tanto  odiosos  á  los  pueblos.  Quitándolos  procuraba  el  jete 


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CAPÍTULO  XVIII. 


civil  y  militar  atraerse  la  benevolencia  de  aquellos,  y  adquirir 
popularidad. 

La  empresa  que  meditaba  de  asediar  y  rendir  á  Cartagena 
era  á  propósito  para  conseguir  este  objeto.  Los  pueblos  en  nues- 
tras provincias  tienen  por  lo  común  fuertes  antipatías  contra  su 
capital.  Se  aumentaban  entonces  por  los  enemigos  harto  nume- 
rosos que  se  habian  adquirido  el  prefecto  de  Francisco,  el 
comandante  general  Montilla  y  sus  adictos,  á  quienes  conside- 
raban los  liberales  como  á  jefes  del  partido  militar ;  odiábanlos 
también  porque  habian  roto  la  constitución  de  4830  en  el  depar- 
tamento del  Magdalena,  desconociendo  al  gobieruo  de  Mosquera, 
y  mandando  después  con  facultades  extraordinarias  opresivas  á 
los  ciudadanos.  Gran  parte  de  los  habitantes  se  hallaban  can- 
sados de  esta  situación;  todos  los  civiles  pensadores,  así  como 
algunos  militares,  deseaban  ardientemente  que  la  Nueva  Gra- 
nada se  reorganizára  bajo  de  un  gobierno  republicano  que  diera 
garantías  á  las  personas  y  propiedades  de  los  ciudadanos. 

Declarándose  protectores  de  los  pueblos  y  de  sus  libertades 
fué  que  unos  hombres  como  Luque ,  Portocarrero  y  Carmona, 
consiguieron  levantar  desde  el  principio  de  su  reacción  á  las 
provincias  de  Cartagena  y  Santamaría.  El  primero  habia  puesto 
su  cuartel  general  en  Turbaco,  á  tres  leguas  y  media  de  Carta- 
gena, y  enviado  á  la  goleta  Zúlia  á  cruzar  delante  del  puerto. 
Era  su  proyecto  asediar  la  plaza  y  rendirla  por  hambre,  si  no 
conseguía  entrar  fomentando  interiormente  una  revolución  ó 
negociando  algún  avenimiento.  Para  esto  continuaron  los  par- 
lamentarios y  oficios  mutuos,  apoyados  siempre  en  las  bases 
arriba  mencionadas,  sin  que  tuvieran  resultado  alguno  favora- 
ble. Las  autoridades  superiores  de  Cartagena  trataron  con  des- 
precio á  Luque,  y  no  creían  que  recibiera  de  los  pueblos  tan 
fuerte  apoyo.  Sin  embargo ,  estos  le  dieron  cuantos  recursos 
necesitaba  para  su  empresa ,  y  engrosaron  sus  filas  hasta  mil 
doscientos  hombres  por  tierra ,  y  diez  y  ocho  buques  menores 
en  la  bahía;  mandábalos  el  comandante  Juan  Bautista  Rodrí- 
guez. 

tflique  distribuyó  sus  tropas  en  las  entradas  principales  de 
Cartagena,  y  el  24  de  marzo  solo  quedaban  algunas  vías  por 
donde  pudieran  recibirse  vituallas.  Para  impedir  la  entrada  de 
las  que  se  conducían  de  las  sabánas  y  demás  cantones  de  Sota- 
vento ,  envió  Luque  una  columna  de  doscientos  hombres  regi- 


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45  i 


HISTORIA  DB  COLOMBIA 


dos  por  el  primer  comandante  Lorenzo  Hernández.  No  teniendo 
el  coronel  Lima,  que,  según  dijimos,  habia  ido  allí  á  levantar 
caballería,  fuerzas  que  oponerle,  huye  hacia  la  plaza  y  cae 
prisionero.  Entonces  aquellos  pueblos  desconocen  á  las  autori- 
dades departamentales  y  hacen  actas  adhiriéndose  á  la  revolu- 
ción dirigida  por  Luqne.  Exceptuando  la  ciudad  capital ,  toda 
la  provincia  de  Cartagena  se  declaró  en  insurrección ,  priván- 
dose por  tanto  á  los  sitiados  de  los  recursos  que  necesitaban 
para  sostenerse. 

Añadióse  á  esta  desgracia  la  de  perder  el  pailebot  Meta  y  un 
bongo  armado  en  guerra,  buques  únicos  que  defendian  la  bahía. 
El  coronel  Bougier,  que  los  mandaba,  cuando  hacía  un  recono- 
cimiento sobre  Pasacabállos  cayó  en  una  emboscada  que  le 
habia  preparado  el  comandante  de  las  fuerzas  sutiles  Rodríguez, 
y  quedó  prisionero  con  sus  buques.  Esta  pérdida  fué  muy  sen- 
sible y  perjudicó  sobre  manera  á  los  sitiados. 

Para  impedir  los  daños  que  pudieran  causarles  el  pailebot 
Meta  y  la  goleta  Zúlia,  declaró  Montilla  que  los  buques  de  los 
sitiadores  eran  piratas  dedicados  al  robo  y  al  pillaje.  Hallábase 
de  cónsul  ingles  en  Cartagena ,  Mr  Eduardo  Watts,  quien  tenia 
relaciones  de  familia  con  el  prefecto  de  Francisco ;  por  esto  y 
por  otros  motivos  estaba  decidido  en  favor  de  los  sitiados.  Mo- 
vido por  tales  sentimientos  requirió  al  capitán  Guillermo  Oldrey 
de  la  fragata  inglesa  Hyacinth,  que  con  La  Champion  se  halla- 
ban ancladas  en  la  bahía ,  para  cumplir  la  resolución  de  Mon- 
tilla. Ocurrió  también  (marzo  24)  el  caso  de  que  el  capitán  del 
Meta  apresó  y  condujo  á  Cospique  a  la  goleta  mercante  inglesa 
Kingston,  cuando  entraba  á  la  bahía.  Oldrey  calificó  dicho  acto 
como  un  insulto  al  pabellón  británico.  En  consecuencia  El  Meta 
fué  apresado  y  detenido  por  las  fragatas,  y  tuvo  que  enviar 
Luque  al  capitán  Alfonso  Acevedo  á  bordo  de  La  Hyacinth  á 
negociar  la  libertad  del  pailebot.  Por  una  carta  aquel  jefe  satis- 
fizo á  Oldrey  de  que  el  insulto  de  que  este  se  quejaba  no  habia 
sido  hecho  por  su  órden.  Después  de  tres  dias,  Acevedo  y  Pablo 
Infanzón  firmaron  un  convenio  con  el  cónsul  Watts  y  el  primer 
teniente  Hope  de  La  Hyacinth,  el  que  fué  aprobado  por  anftos 
jefes.  Luque  prometió  que  el  capitán  del  Meta  sería  juzgado  y 
removido  de  su  mando;  también,  que  no  se  haría  daño  alguno 
á  los  intereses  británicos ,  y  que  se  devolverían  los  que  estuvie- 
sen detenidos  ó  embargados.  Lo  mismo  exigió  Oldrey  —  «  res- 


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CAPÍTULO  XYlll. 


pecio  de  las  personas  y  propiedades  de  los  subditos  de  las  na- 
ciones aliadas  con  la  Gran  Bretaña,  como  los  Franceses  y 
Americanos,  cuyos  buques  tendrían  libre  entrada  y  salida  de 
la  bahía  de  Cartagena.  »  Por  último  ofreció  Luque  entregar  la 
correspondencia  é  intereses  que  en  los  correos  detenidos  en  su 
campo,  hubiera  para  cualesquiera  subditos  británicos. 

En  virtud  de  estas  duras  estipulaciones  Oldrey  puso  en  liber- 
tad al  Meta  (marzo  27),  y  prometió  no  cometer  acto  ninguno 
hostil  contra  las  embarcaciones  sitiadoras.  Á  pesar  de  que  el 
capitán  Oldrey  revistiera  sus  procedimientos  con  modales  ca- 
ballerescos, no  hay  duda  que  la  mayor  parte  de  sus  exigencias 
fueron  un  abuso  de  la  fuerza  por  medio  de  la  cual  adicionó 
el  tratado  de  Colombia  con  la  Gran  Bretaña.  De  esta  manera 
multitud  de  comandantes  de  los  apostaderos  ingleses  en  los 
puertos  de  las  nacientes  repúblicas  de  la  América  antes  espa- 
ñola ,  se  han  erigido  frecuentemente  en  dictadores  y  exigido 
convenios,  que  ellos,  como  en  Cartagena,  han  llamado  tratados 
degradantes  para  los  nuevos  gobiernos,  fundándose  en  la  última 
razón  de  las  naciones  poderosas,  —  la  fuerza. 

Fuera  de  este  convenio,  que  contrariaba  las  esperanzas  de  los 
sitiados,  otra  noticia  vino  á  hacer  mas  crítica  su  posición.  Tal 
fué  el  haberse  pronunciado  también  la  ciudad  y  provincia  de 
Mompox.  Subia  contra  esta  capital  la  expedición  que  hemos 
referido  al  mando  del  general  Portocarrero.  Teniendo  la  guar- 
nición de  Mompox  simpatías  por  la  causa  que  patrocinaban  las 
fuerzas  que  iban  á  atacarla ,  se  pronunció  en  4  de  abril  en  el 
mismo  sentido ,  dirigida  por  su  comandante  el  coronel  Juan 
Antonio  Piñérez;  ella  declaró  que  no  emplearía  sus  armas 
contra  las  tropas  que  mandaban  Luque  y  Portocarrero.  En 
aquel  dia  se  pronunciaron  igualmente  las  autoridades  y  padres 
de  familia  de  Mompox.  Presidiendo  la  junta  el  gobernador 
Francisco  M.  Troncoso ,  acordaron  :  primero,  que  sé  adherían 
al  pronunciamiento  de  la  guarnición,  como  único  medio  de 
evitar  la  guerra  civil ;  segundo,  que  la  provincia  de  Mompox  se 
declaraba  independiente  hasta  que  se  reuniera  la  asamblea  de- 
partamental ,  ó  cualquiera  otra  legalmente  constituida  que  or- 
ganizara la  República;  tercero,  que  sin  perjuicio  de  esto,  la 
provincia  contribuiría  con  todo  lo  que  le  fuera  posible  para 
sostener  los  principios  que  defendía  el  ejército  protector  de  los 
derechos  del  pueblo;  cuarto ,  en  fin ,  que  léjos  de  admitir  las 


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HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


renuncias  que  habían  hecho  el  gobernador  Troncoso  y  el 
comandante  Piñérez  de  sus  respectivos  destinos  (abril  4),  la 
asamblea  les  instaba  y  aun  obligaba  á  que  continuáran  ejer- 
ciendo su  autoridad  para  conservar  el  orden  público.  Se  les 
confirieron  ademas  todas  las  facultades  necesarias  para  sostener 
este  pronunciamiento. 

Tal  era  el  estado  en  que  se  hallaba  el  departamento  del  Mag- 
dalena en  los  primeros  dias  de  abril.  Á  excepción  de  las  provin- 
cias de  Rioliacha ,  comprimida  por  la  fuerza  armada ,  así  como 
por  el  influjo  y  valor  del  general  Sardá,  las  demás  se  habían 
pronunciado  contra  el  gobierno  departamental  y  contra  el  de 
Urdaneta  en  Bogotá.  Proclamaban  todas  el  restablecimiento  de 
un  gobierno  constitucional  que  diera  garantías  á  los  ciudadanos. 
Algunas  mencionaban  el  sistema  federativo  á  fin  de  que  se 
adoptára;  otras,  como  las  de  Santamartay  Mompox,no  querían 
que  hubiese  departamentos ,  sino  provincias  dependientes  del 
poder  ejecutivo  de  la  República. 

Entre  tanto  Luque  se  hallaba  acampado  en  Alcivia,  donde 
recibiera  una  diputación  enviada  por  el  gobernador  de  Santa- 
marta,  Granádos,  en  cumplimiento  de  un  acuerdo  del  consejo 
municipal.  Componíase  del  canónigo  penitenciario  de  aqueÜa 
catedral,  Santiago  Paeres  Mazenet ,  y  del  jefe  político  Antonio 
Falques.  Su  objeto  era  poner  las  basas  para  uniformar  el  pro- 
nunciamiento de  las  dos  provincias ;  desconocer  al  gobierno  de 
Urdaneta;  auxiliar  alas  demás  provincias  para  sacudir  el  yugo 
de  la  opresión;  abolir,  en  fin,  el  sistema  de  la  división  departa- 
mental, y  que  cada  provincia  fuera  independiente  de  las  demás ; 
miéntras  que  la  representación  nacional  acordaba  la  constitu- 
ción mas  conveniente.  Dichos  comisionados  tuvieron  conferen- 
cias con  Luque  y  Romay,  y  convinieron  en  la  convocación  de 
una  asamblea  departamental ,  la  que  haria  Luque  como  jefe 
superior  ;  detallaron  las  facultades  que  tendría  aquella  asam- 
blea sobre  las  provincias  del  departamento ,  y  las  que  se  reser- 
vaban los  gobiernos  provinciales.  Aquestas  disposiciones  esta- 
blecían una  verdadera  federación.  Era  sin  embargo  provisoria 
y  miéntras  se  juntaba  la  representación  nacional  de  los  depar- 
tamentos del  centro ,  acontecimiento  que  se  promovería  por 
todos  los  medios  posibles  para  conservar  la  integridad  de  la 
República,  y  el  goce  tranquilo  de  las  libertades  de  los  pueblos. 
Se  reconocía,  por  último,  la  autoridad  superior  de  Luque  en  todos 


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capítulo  xv ui.  457 

los  negocios  de  ínteres  general  de  las  provincias  del  departa- 
mento del  Magdalena ,  basta  la  resolución  de  la  asamblea  de- 
partamental ,  ó  hasta  que  se  restableciera  la  autoridad  legítima 
del  presidente  y  vicepresidente  de  la  República. 

Dichos  acuerdos  se  presentaron  al  gobernador  y  al  consejo 
municipal  de  Santamaría,  que  los  improbó  en  todas  sus  partes, 
porque  no  se  habia  convenido ,  según  dijo ,  —  «en  la  absoluta 
abolición  del  ominoso  sistema  departamental,  de  ese  sistema  de 
abatimiento  y  de  mengua  para  las  provincias.  »  Improbólo 
también  porque  los  comisionados  traspasaron  sus  facultades, 
ingiriéndose  en  acordar  varios  puntos  de  legislación.  Al  mismo 
tiempo  que  el  consejo  municipal  reprobó  el  convenio  de  esta 
manera  terminante  (abril  i),  aseguraba  á  las  autoridades  revo- 
lucionarias de  Cartagena ,  que  la  provincia  de  Santamaría  no 
vacilaría  un  momento  en  prestarles  cuantos  auxilios  estuvieran 
á  su  alcance ,  á  fin  de  perfeccionar  la  noble  empresa  que  de 
consuno  habian  acometido,  y  que  sus  habitantes  tenian  las 
mas  favorables  disposiciones  para  conservar  con  ellas  la  mejor 
armonía. 

Por  el  mismo  tiempo  no  estaba  tranquilo  el  departamento  del 
Istmo.  Hemos  referido  ántes  que  Espinar,  comandante  general, 
habia  reconocido  en  diciembre  último  al  gobierno  de  Colombia 
y  uniformado  á  Panamá  con  los  pronunciamientos  de  las  demás 
provincias.  Aquel  acto ,  debido  al  influjo  del  Libertador,  quien 
privadamente  así  lo  aconsejó  y  aun  mandára  á  Espinar,  perdió 
toda  su  fuerza  con  la  muerte  de  Bolívar.  Espinar,  infatuado 
por  una  loca  vanidad  porque  fué  secretario  del  Libertador,  y  le 
habia  acompañado  en  algunas  de  sus  campañas  en  calidad  de 
escribiente,  tenia  la  idea  fija  de  que  era  un  grande  hombre  ,  y 
que  en  el  Istmo,  su  patria,  debia  representar  un  papel  brillante. 
Mas  como  ni  por  su  familia  ni  por  sus  precedentes  en  Panamá, 
donde  habia  sido  practicante  de  cirugía,  podía  considerarse  con 
el  apoyo  de  la  clase  pudiente  y  notable  déla  provincia,  lo  buscó 
en  los  negros,  en  los  mulatos  y  en  el  resto  de  la  plebe.  Prodi- 
gándola sus  favores  y  elevando  á  los  cabecillas  que  la  movían , 
como  un  Estrada  y  otros,  logró  tenerla  á  su  devoción.  Conci- 
tándola contra  los  blancos  con  la  mas  negra  felonía,  y  diciendo 
por  medio  de  sus  satélites ,  que  era  preciso  hacer  del  istmo  de 
Panamá  una  república  semejante  á  la  de  Haití,  consiguió  aterrar 
á  los  blancos,  y  que  temiendo  por  su  misma  existencia  no  se 


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458  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

opusieran  á  sus  planes.  Estos  eran  formar  un  Estado  indepen- 
diente en  el  Istmo  para  que  figurase  al  lado  de  Venezuela,  del 
centro  y  del  Ecuador.  Tál  proyecto  lisonjeaba  también  á  muchos 
habitadores  influentes  de  Panamá ;  aunque  no  les  gustase  el 
jefe  supremo  que  se  les  preparaba. 

Espinar  estuvo  muy  léjos  de  abandonar  su  proyecto  favorito 
con  el  reconocimiento  nominal  que  ántes  hiciera  del  gobierno 
de  Bogotá.  Él  continuó  mandando  como  dictador  bajo  el  título 
de  prefecto  y  comandante  general,  sin  hacer  otra  cosa  que 
avisar  el  recibo  de  algunas  órdenes  que  le  enviaban  los  minis- 
tros de  Urdaneta ;  él  hizo  numerosas  promociones  militares  y 
nombró  hasta  coroneles;  él  impuso  contribuciones  y  usó  de  las 
rentas  públicas,  de  los  diezmos  y  de  otros  fondos  eclesiásticos, 
como  se  le  antojaba ,  sin  atender  á  leyes  ni  á  los  reglamentos 
del  ejecutivo;  él  se  arrogó  el  poder  judicial  condenando  á  des- 
tierros y  á  la  deportación  á  muchos  de  los  vecinos  principales 
que  juzgaba  se  le  oponian ;  él  cerró  en  febrero  los  puertos  de 
Chágres  y  de  Portobelo ,  temiendo  que  llegaran  al  gobierno  las 
quejas  de  los  habitantes  del  Istmo,  y  que  se  enviáran  tropas  del 
Magdalena  á  libertarlo ;  él,  finalmente,  dispuso  un  alistamiento 
general ,  y  alarmó  á  los  pueblos  como  si  estuvieran  en  vísperas 
de  una  invasión  exterior.  Miéntras  oprimia  de  esta  manera, 
apoyado  en  las  tropas  y  en  los 'negros  y  mulatos,  atemorizaba  a 
los  blancos ,  haciéndoles  entrever  el  término  de  su  vida  si  con- 
trariaban sus  planes  de  engrandecimiento  y  dominación. 

Consideraba  Espinar  como  rival  suyo  harto  peligroso  al  ge- 
neral José  Fábrega ;  este  era  de  un  carácter  afable  y  bondadoso, 
calidades  que  le  atraían  una  benevolencia  bastante  general.  En 
el  año  anterior  Espinar  habia  privado  á  Fábrega  de  la  prefectura 
del  Istmo ,  cuando  se  alzó  contra  el  gobierno  de  Mosquera. 
Retiróse  entónces  á  Santiago  de  Veráguas,  y  los  pueblos  de  esta 
provincia  le  nombraron  su  gobernador  y  comandante  general 
en  noviembre  último,  luego  que  se  pronunciaron  por  el  Liber- 
tador, y  provisionalmente  por  el  mando  de  Urdaneta.  Esta 
elección  de  Fábrega,  que  tanto  contrariaba  los  inicuos  planes 
de  Espinar,  le  tenia  desesperado.  Así,  para  consolidar  su  pocfkr 
y  arojar  del  Istmo  á  su  rival ,  determinó  recorrer  la  provincia 
de  Panamá ,  é  ir  con  fuerzas  en  caso  necesario  hasta  Veráguas , 
si  Fábrega  no  obedecía  sus  órdenes. 

Hallábase  en  Panamá  el  coronel  Juan  Eligió  Alzuru ,  natural 


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CAPÍTULO  XTIIÍ.  459 

de  Venezuela ,  antiguo  y  valiente  militar  de  la  Independencia , 
que  tanto  se  distinguió  en  la  batalla  de  Tarqui.  Este  había 
ganado  la  confianza  de  Espinar,  haciéndole  creer  que  entraba 
en  todos  sus  planes.  Dejóle,  pues,  encargado  de  la  comandancia 
de  armas  de  Panamá,  mientras  duraba  su  ausencia  al  interior. 
Realizó  en  efecto  su  viaje  continuando  el  curso  desús  tropelías ; 
y  aunque  Fábrega  hubiera  sido  capaz  de  oponerle  resistencia, 
no  lo  hizo ,  temiendo  ensangrentar  el  suelo  patrio  con  una 
guerra  civil  que  podia  degenerar  en  otra  de  castas.  Espinar  aun 
decretó  su  expulsión  junto  con  la  de  otros  vecinos  respetables 
de  Veráguas. 

Ya  regresaba  á  Panamá  el  dictadorcillo  Espinar  con  parte  del 
batallón  Ayacucho,  que  habia  llevado  consigo.  Entonces  cor- 
rieron voces  que  meditaba  nuevas  proscripciones,  y  que  debía 
estallar  un  motin  de  negros  y  mulatos, para  obligar  á  los  blan- 
cos á  romper  la  unión  con  el  gobierno  de  Bogotá,  y  conferir  á 
Espinar  el  mando  civil  y  militar.  Excitado  el  coronel  Alzuru, 
quien  era  también  muy  ambicioso,  á  que  remediase  tamaños 
males,  que  iban  acaso  á  destruir  el  Istmo, no  se  dejó  rogar.  De 
acuerdo  con  los  jefes  y  oficiales  de  la  guarnición  de  Panamá 
asumió,  el  2t  de  marzo,  la  comandancia  general,  negándole 
obediencia  al  loco  de  Espinar.  Este,  que  se  hallaba  cerca,  voló 
á  Panamá;  empero  Alzuru,  que  era  un  militar  con  quien  no 
podia  lidiar  Espinar,  habia  tomado  tan  bien  sus  medidas,  que 
no  le  dejó  arbitrio  ni  recurso.  Tuvo,  pues,  que  conformarse 
mal  de  su  grado  y  abandonar  sus  infundadas  ilusiones.  En 
consecuencia,  para  salvar  un  poco  las  apariencias,  dirigió  al 
siguiente  dia  (marzo  22)  un  oficio  á  Alzuru  diciéndole :  —  «  que 
el  gobierno  supremo  le  habia  nombrado  consejero  de  Estado,  y 
dispuesto  su  relevo,  el  que  aun  no  habia  llegado;  pero  que 
tanto  por  aquel  nombramiento  como  por  su  incapacidad  física, 
se  separaba  de  la  comandancia  general,  y  que  habia  dado  á 
reconocer  á  Alzuru  en  dicho  destino,  pues  era  el  jefe  de  mas 
graduación  de  los  existentes  en  la  plaza.  »  —  Concluía  dicién- 
dole que  le  eran  muy  plausibles  sus  disposiciones  en  favor  de 
la  integridad  nacional  y  de  la  tranquilidad  pública;  aserción 
que  nadie  le  creyera,  como  tan  contraria  á  todas  sus  operacio- 
nes y  actos  precedentes. 

Á  fin  de  que  no  conmoviera  al  populacho  para  ejecutar  sus 
detestables  planes,  Alzuru  embarcó  á  Espinar  en  la  goleta 


460  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Consecuencia,  que  iba  á  dar  la  vela  para  Guayaquil,  cuyo  capi- 
tán ofreció  conducirle  precisamente  á  aquel  puerto.  Aquesta 
expulsión  y  la  órden  terminante  que  se  le  comunicára  de  no 
regresar  al  departamento  del  Istmo,  fueron  los  únicos  males 
que  sufriera  Espinar,  por  todos  los  que  habia  irrogado  á  su 
patria. 

Realizada  su  expulsión  de  Panamá,  el  asesor  de  la  prefectura 
se  hizo  cargo  del  gobierno  civil ,  y  Alzuru  del  militar,  conforme 
á  las  leyes  y  á  la  constitución  de  1830,  que  se  mandó  observar. 
Alzuru  ofreció  al  gobierno  de  Colombia  la  mas  sumisa  obedien- 
cia, y  que  trabajaría  por  que  no  se  rompiera  en  el  Istmo  la  in- 
tegridad nacional,  según  lo  habia  intentado  Espinar.  La  calma 
y  la  tranquilidad  turbadas  se  restablecieron,  y  los  habitantes 
de  Panamá  y  Veraguas  vieron  alejarse  los  tremendos  males  que 
ántes  les  amenazaban ,  por  una  guerra  de  castas  que  un  hijo 
espurio  habia  querido  encender. 

Parecía  que  los  movimientos  ocurridos  en  el  departamento 
del  Istmo  contribuirían  á  consolidar  la  obediencia  del  gobierno 
existente  de  Colombia;  mas  no  tenían  el  mismo  carácter  los 
que  agitaban  al  de  Antióquia.  Aquí  mandaban  el  coronel  Juan 
Santana  como  prefecto ,  y  el  coronel  Cárlos  Castelli  en  clase  de 
comandante  general  con  quinientos  hombres  de  guarnición. 
Uno  y  otro  habían  sido  nombrados  por  Urdaneta  como  parti- 
darios suyos.  Contra  el  prefecto,  que  era  un  hombre  bastaute 
nulo,  no  habia  en  el  departamento  fuertes  antipatías,  sin  em- 
bargo de  ser  Venezolano.  Mas  odiábase  á  Castelli  por  haber  sido 
tránsfuga  del  gobierno  de  Mosquera,  y  distinguídose  como  San- 
tuarista  y  extranjero  que  perseguía  en  Antióquia  á  los  patrio- 
tas liberales,  numerosos  en  esta  provincia. 

El  objeto  principal  de  las  persecuciones  de  Castelli  en  favor 
del  gobierno  de  Urdaneta  fueron  el  coronel  Salvador  Córdoba, 
su  familia  y  varios  liberales ,  que  capitaneados  por  el  primero 
no  cesaban  de  tramar  para  desconocer  aquel  gobierno,  que 
juzgaban  sin  derecho  alguno  para  mandar.  Después  de  la  muerte 
del  Libertador,  esta  era  la  opinión  general  en  los  departamentos 
del  centro ,  la  que  habia  penetrado  en  Antióquia  á  todas^us 
parroquias.  Córdoba,  que  carecía  de  armas  y  municiones  para 
una  reacción,  tuvo  que  ocultarse  en  Barbosa.  Perseguido  allí 
por  Castelli,  este  le  aprehendió  y  condujo  á  Medellin.  También 
redujo  á  prisión  á  la  madre,  hermanas  y  hermanos  de  Córdoba  . 


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CAPÍTULO  XV1I1. 


461 


lo  mismo  que  á  otros  varios  ciudadanos  amigos  ó  parientes  de 
este.  Quiso  aun  Castelli  fusilar  á  Córdoba  y  al  capitán  Hamon 
Palacio,  sin  forma  de  juicio;  pero  se  opusieron  el  auditor  de  la 
comandancia  general ,  y  una  junta  de  oficiales  militares  que  se 
reunió  en  Medellin  por  órden  del  mismo  Castelli ,  cuando  él 
estaba  en  la  ciudad  de  Antióquia.  Por  tales  motivos  y  porque 
temia  que  le  hicieran  una  revolución ,  pues  todas  las  personas 
liberales  de  la  provincia  habian  tomado  el  partido  de  los  presos, 
al  fin  se  retrajo  de  esta  ejecución.  Determinaron  entónces  Cas- 
telli y  Santana,  quien  estaba  ya  por  las  medidas  violentas,  en- 
viar a  Cartagena  á  Salvador  Córdoba  y  á  su  hermana  Venancia, 
a  los  capitanes  Ramón  Palacio  y  Valentín  Jaramillo,  y  á  los 
ciudadanos  Eusebio  Izasa  y  José  Antonio  Rodríguez.  Esta  reso- 
lución no  se  ejecutó  al  fin  respecto  de  la  señora  Córdoba.  Hallá- 
base entónces  Castelli  temeroso  por  la  parte  meridional  de  la 
provincia,  pues  Obando  y  López  habian  ocupado  al  mismo 
tiempo  el  valle  del  Cauca,  y  el  primero  dirigia  intimaciones 
desde  Cartago. 

La  expulsión  de  los  mencionados  ciudadanos  aherrojados  con 
grillos,  y  expuestos  en  Medellin, Rionegro  y  Marinilla  á  una  es- 
pecie de  vergüenza  pública  con  el  fin  de  inspirar  terror  á  los  de- 
mas,  causó  una  indignación  general  eu  los  primeros  días  de 
marzo.  El  14  de  este  mes  fueron  entregados  los  presos  en  la 
aldea  de  Nare  al  teniente  Bibiano  Robledo,  quien  mandaba  una 
escolta  de  ocho  hombres.  Este  a  la  primera  insinuación  de  Cór- 
doba y  de  sus  compañeros  los  puso  en  libertad  y  se  unió  á  ellos 
contra  sus  opresores.  Desembarcando  en  San  Bartolomé  á  la  iz- 
quierda del  rio  Magdalena,  penetran  á  la  ciudad  de  Remédios , 
donde  son  auxiliados  por  aquel  vecindario  y  por  el  de  Zara- 
goza con  algunos  voluntarios,  con  armas  y  municiones.  Marchan 
entónces  sobre  Canean  y  Yolombó;  aquí  sorprenden  la  noche 
del  r  de  abril,  auxiliados  por  el  doctor  Francisco  Antonio  Obre- 
gon  y  por  otros  vecinos,  al  oficial  Alzate  con  cerca  de  cien  mili- 
cianos enviados  por  Castelli  para  coger  vivos  ó  muertos  á  Cór- 
doba y  á  sus  rebeldes  compañeros.  Dos  oficiales  y  sesenta 
soltados  prisioneros,  con  todo  lo  que  llevaba  aquella  compañía, 
fueron  el  resultado  del  encuentro. 

Reforzado  Córdoba  con  estas  armas  y  con  voluntarios  libera- 
les que  se  le  reunieron ,  marchó  hasta  Copacavana  á  cuatro  le- 
guas de  Medellin.  Sabiendo  allí  que  las  fuerzas  de  Castelli 


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462  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

estaban  divididas,  parte  en  esta  ciudad,  y  la  otra  en  el  Abejorral 
al  mando  del  primer  comandante  Miguel  Núñez,  se  decidió  por 
una  marcha  atrevida  de  flanco  para  atacar  á  este  y  batir  á  las 
tropas  contrarias  en  detal.  Electivamente  el  1  i  de  abril  se  tras- 
ladó á  Rionegro,  donde  se  le  agregaron  el  capitán  veterano  Es- 
cobar y  otros  ciudadanos ;  en  Marinilla  le  entregaron  también 
treinta  y  cinco  fusiles.  Sabiendo  allí  que  el  coronel  Gastelli  ha- 
bía salido  de  Medellin  con  el  fin  de  batirle,  marchó  el  12  con 
su  columna  hácia  Abejorral,  distante  ocho  leguas  de  montañas. 
El  13  á  las  dos  de  la  tarde  estuvo  al  frente  de  dicha  parroquia, 
donde  el  capitán  Núüez  habia  tomado  una  posición  ventajosa. 
Después  de  un  lijero  tiroteo  con  una  de  las  avanzadas ,  Núñez 
y  sus  doscientos  hombres  se  dispersaron  cuando  iban  á  ser  ata- 
cados, dejando  en  poder  de  Córdoba  cosa  de  setenta  prisioneros, 
cien  fusiles  y  diez  mil  cartuchos.  ¡  Con  tanta  facilidad  tomó  las 
armas  y  municiones  de  que  carecian  sus  compañeros  los  libe- 
rales! 

Bien  lo  necesitaban,  porque  aun  no  habían  acabado  la  perse- 
cución, cuando  ya  los  tiroteaban  las  avanzadas  de  Gastelli, 
quien  se  presentó  al  amanecer  del  U  en  actitud  de  combatir. 
Delante  de  la  columna  de  Córdoba  hizo  resonar  las  voces,  — 
«  de  que  todo  el  que  no  abandonára  al  jefe  rebelde,  y  se  uniera 
á  las  tropas  del  gobierno,  recibiría  la  muerte  después  del  com- 
bate. »  —  Esta  amenaza,  irritando  á  los  liberales,  aumentó  su 
valor.  Rompióse  en  el  acto  el  fuego ,  ocupando  los  soldados  li- 
berales las  mismas  posiciones  que  ántes  abandonára  el  capitán 
Núñez.  Al  cabo  de  hora  y  media  en  que  el  enemigo  combatía 
parapetado  con  las  tapias  del  cementerio  de  Abejorral,  fueron 
forzadas  sus  posiciones,  y  Gastelli  huyó  cuando  duraba  todavía 
el  fuego  que  hacían  sus  soldados.  Entonces  lo  mandó  cesar  Cór- 
doba, quien  atrajo  amigablemente  á  los  vencidos,  uniéndolos  á 
sus  tropas.  Quince  muertos  y  veinte  y  un  heridos  de  una  y  otra 
parte,  fueron  las  desgracias  de  ese  dia.  Los  liberales  cogieron 
trece  oficiales  y  ciento  diez  soldados  prisioneros ,  con  casi  todas 
las  armas  y  municiones  que  tenia  Gastelli.  En  su  fuga ,  este 
cayó  prisionero  en  la  parroquia  de  la  Ceja.  Córdoba  mostró  «ha- 
bilidad en  sus  movimientos,  debida  en  su  mayor  parte  á  la  coo- 
peración y  consejos  de  los  oficiales  veteranos  Escobar  y  Hoyos ; 
pero  sobre  todo  á  los  del  joven  voluntario  doctor  iMariano  Ospi- 
na,  bajo  cuya  dirección  se  ejecutaron  casi  todos  los  movimientos. 


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CAPÍTULO  XV1U.  463 

Después  de  esta  acción  no  hubo  resistencia  alguna  en  el  de- 
partamento de  Antióquia.  El  coronel  Córdoba  entró  el  i  8  de 
abril  en  Medellin  la  capital.  Sus  habitantes  le  recibieron  con 
el  mayor  entusiasmo  y  alegría,  viéndose  libres  del  pesado  yugo 
bajo  del  cual  estaban  oprimidos;  alegrábanse  especialmente  de 
que  cesára  el  alistamiento  para  el  ejército ,  al  que  tanto  han 
detestado  siempre  los  Antioqueños.  Á  ninguno  de  los  sostene- 
dores del  gobierno  de  Urdaneta  se  redujo  á  prisión,  exceptuando 
á  Castelli  y  al  capitán  Allesteran ,  contra  los  cuales  habia  un 
odio  harto  general. 

Córdoba,  autorizado  por  actas  de  los  pueblos  principales  de 
Antióquia,  se  hizo  cargo  del  mando  civil  y  militar  del  departa- 
mento. Este  desconoció  como  ilegítimo  al  gobierno  de  Bogotá , 
presidido  por  Urdaneta  :  se  puso  á  las  órdenes  del  vicepresi- 
dente constitucional  Domingo  Caicedo,  á  quien  Córdoba  enviara 
sin  tardanza  al  oficial  Anselmo  Pineda  con  el  encargo  de  darle 
cuenta  de  todo  lo  acaecido.  Los  pueblos  pidieron  unánimemente 
que  se  nombraran  magistrados  granadinos  y  no  extranjeros 
como  los  que  habian  depuesto. 

Entre  tanto  se  restablecía  el  órden  prescrito  por  la  constitu- 
ción, acordaron  la  convocatoria  de  una  asamblea  departamental 
compuesta  de  diputados  de  todos  los  cantones ;  esta  debía  pres- 
cribir reglas  al  coronel  Córdoba  para  gobernar  provisionalmente 
el  departamento. 


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CAPÍTULO  XÍX. 


■ 

Primeros  movimientos  de  insurrección  en  Lbaté.— Descalabro  que  sufre  un  des- 
tacamento de  Casanare.  —  Prisiones  arbitrarias  en  Bogotá.  —  Arribo  de  la 
división  Callao. —  Defensa  de  su  conducta,  que  publica  el  gobierno  de 
Urdaneta. — Noticias  alarmantes  que  circulan.  —  Pronunciamientos  en 
Néiva,  seguidos  por  el  coronel  Posádas.  —  Progresos  de  la  insurrección 
liberal  y  apoyos  que  tiene.  —  Alarma  del  partido  de  Urdaneta.  —  Tropas 
que  lo  amenazan  desde  Casanare.  —  Urdaneta  se  desalienta  y  quiere 
renunciar  el  mando.  —  Nombra  comisionados  para  tratar  con  el  vice- 
presidente Caicedo.  —  Renuncia  el  gobierno  dos  veces ;  el  consejo  de 
Estado  no  admite  la  dimisión ,  temiendo  á  los  militares.  —  Pide  permiso 
Urdaneta  para  salir  á  ponerse  á  la  cabeza  de  las  tropas. —  Deja  el  go- 
bierno encargado  á  sus  ministros.  —  Lo  anuncia  en  una  proclama  :  pensa- 
mientos que  contiene.  —  La  guerrilla  de  Ubaté  ocupa  á  Cipaquirá.  — 
Retirase  y  es  derrotada  en  las  Pilas.  —  Defecciones  várias.  —  Oficio  que 
el  ministro  García  del  Rio  dirige  á  Caicedo.  —  Este  se  declara  en 
ejercicio  del  poder  ejecutivo.  — El  general  López  se  traslada  de  Popayan 
á  Néiva. — Su  proclama.  —  Encárgase  del  mando  de  las  tropas  constitu- 
cionales; debilidad  de  estas.  —  Un  comisionado  del  vicepresidente  llega 
á Bogotá;  contestación  que  recibe. —  Junta  consultativa  que  reúne  el  go- 
bierno de  Urdaneta. — Su  resultado.  — Movimiento  délas  fuerzas  de  Cai- 
cedo. — Armisticio  celebrado  con  los  comisionados  de  Urdaneta.  —  Di- 
versos rumores  sobre  las  fuerzas  de  los  partidos  opuestos.  —  Cartas  entre 
Urdaneta  y  López. —Algunos  partidarios  de  Urdaneta  no  quieren  que 
haya  un  avenimiento.  —  Entrevista  y  convenio  de  Apulo ;  sus  estipula- 
ciones. —  Acuerdo  secreto.  —  Expedición  salida  de  Casanare.  —  Combate 
de  Serinza  y  derrota  del  general  Justo  Briceño ;  sus  consecuencias.  — 
Sepárase  Urdaneta  del  mando.  —  Proclama  que  da.  —  Exposición  del 
ministro  García  del  Rio.  —  El  consejo  de  Estado  nombra  á  Caicedo  jefe 
del  ejecutivo  colombiano.  —  Continúa  el  asedio  de  Cartagena.  —  Comu- 
nicaciones entre  Luque  y  los  jefes  de  la  plaza.  —  No  se  avienen.  —  Una 
batería  de  la  Popa  hace  fuego  contra  la  ciudad.  —  Escasez  de  víveres 
que  hay  en  ella.  —  Representación  amenazante  de  algunos  vecinos,  que 
exigen  un  avenimiento.  —  El  general  Montilla  nombra  comisionados  de 
paz.  —  Ajustase  una  capitulación;  sus  condiciones  principales.  —  La  opi- 


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CAPÍTULO  XIX.  465 
nion  pública  derriba  á  Montüla.  —  Galantería  con  que  los  partidos  con 
tenderes  se  hacían  la  guerra.  -  Luque  falla  á  lo  estipulado.  -  Expulsión 
violenta  de  varios  jefes  del  partido  militar  del  Magdalena.  —  Es  útil 
pero  injusta.  —  Conducta  uniforme  y  censurable  de  los  diferentes  partidos 
republicanos.  —  Luque  no  convoca  la  asamblea  departamental  :  motivos 
laudables  de  su  procedimiento.  —  Evitase  la  federación.  —  Revolución 
de  Riohacha  :  esta  provincia  nombra  sus  jefes.  —  Las  del  Magdalena  se 
preparan  á  obedecer  al  gobierno  central.  —  Estado  de  la  opinión  en  Bo- 
gotá. —  Arribo  del  vicepresidente  Caicedo.  —  Se  presenta  al  consejo  de 
Estado  ;  asume  el  poder  ejecutivo.  —  Sus  ofrecimientos  á  los  pueblo»  y  al 
ejército.  —  Organiza  su  ministerio  y  el  consejo  de  Estado.  —  Nombra 
los  prefectos  y  gobernadores.  —  Procura  amalgamar  los  partidos  —  Con- 
voca una  convención  de  diputados  del  centro.  —  Bases  que  flja  para  las 
elecciones  de  los  representantes.  -  Objetos  de  la  convención.  —  Insegu- 
ridad del  orden  público  en  la  capital.  —  La  domina  el  Callao  —  Pro- 
yectos de  sus  jefes.  -  López  Üene  una  conferencia  con  Moreno  en  Cipa- 
qmra.  —  Pénense  de  acuerdo.  —  Entrevista  en  Fontibon  que  irrito  los 
ánimos.  —  El  ejército  constitucional  se  presenta  en  los  arrabales  de  Bo- 
gotá. —  Bravatas  de  Jiménez  y  socios.  —  El  vicepresidente  procura  evitar 
un  choque.  —  Los  Venezolanos  promueven  la  discordia  y  no  obedecen 
-  Asesinato  cometido  por  este  bando.  -  El  vicepresidente  adopto  un 
partido  a  fín  de  cortar  las  disputas.  -  Se  da  pasaporte  á  los  jefes  y 
oficiales  de  la  div.sion  Callao.  -  Entrada  en  Bogotá  del  ejército  consti- 
tucional. -  Disolución  pública  del  Callao  y  de  otros  cuerpos.  -  Termí- 
nase con  esto  la  usurpación  del  poder  público.  -  Libértense  las  provin- 
cias de  Tunja,  Socorro  y  Pamplona.  -  Los  Venezolanos  celebran  en 

¿71*27?™°  par\trasladar8e  *  8U  P»í>;  los  Granadinos  se  retiran 
al  interior  del  suyo.  -  Sucesos  políticos  y  militares  de  Venezuela.- 
Paez  autorizado  por  el  congreso,  termina  la  guerra  de  oriente  con  una 
completo  amnistía.  -  Somclcnse  los  cabecillas  del  occidente  de  Vene- 

ex',  u  .T/h^0,8  r^08  qUe  haye"  Bo*otó--  Quieren  los  liberales 
exaltados  adoptar  de  hecho  medidas  violentas.  -  López,  Moreno  y  Her- 

cZ!ZC°  T  7l0S  P™^8  80n  los  dos  hermanos  fueros.  - 
í iZntT™  áe?lcent\A™"  en  *a  Ofensa  que  publica  sincerando 
su  conducta  irregular.  -  Situación  crítica  del  vicepresidente  Ca.cedo  - 
Sus  providencias  y  noticias  favorables  que  recibe.  -  Hace  varia,  conce- 
siones a  los  liberales.  conce- 

^wíí^^i1,831 ;  ~  Mién,tras  ocurrían  tales  sucesos  en  los  depar- 
igutlmente  agitado.  Referimos  ántesel  influjo  que  había  tenido 

finara,  las  esperanzas  que  esta  hizo  concebir  al  partido  liberal 
y  as  providencias  del  gobierno  de  ürdaneta  para  sostenerse  hasta 
que  se  reuniera  la  convención  de  Léiva.  Mas  la  opinión  pública 
tomo  iv.  80 


• 


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466  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

se  generalizaba  rápidamente  contra  aquella  administración ,  y 
los  movimientos  del  Cáuca,  así  como  los  primeros  ocurridos  en 
Soledad  y  Barranquilla,  hacian  crecer  por  todas  partes  la  exal- 
tación del  partido  liberal,  contrario  al  gobierno  existente. 
Creyendo  algunos  patriotas  exaltados  que  habia  llegado  el  mo- 
mento de  alzar  el  estandarte  de  la  insurrección ,  lo  hicieron 
primero  en  el  cantón  de  Ubaté. 

Allí  ó  en  sus  alrededores  se  juntaron  el  49  de  marzo  los  co- 
roneles Mariano  Acero ,  Calixto  Molina  y  Juan  José  Néira : 
estos,  unidos  á  Manuel  y  Miguel  Rodríguez  de  Guachetá,  se 
trasladaron  á  Ubaté ,  donde,  poniéndose  de  acuerdo  con  el  co- 
mandante de  milicias  Leopoldo  Flórez  (marzo  20),  proclamaron 
la  libertad  y  el  desconocimiento  del  gobierno  de  Urdaneta.  Al 
siguiente  dia  capitaneados  por  Acero  marcharon  hácia  Guachetá, 
llevándose  al  batallón  de  milicias  y  recogiendo  las  caballerías 
de  las  haciendas  de  aquel  valle.  En  Guachetá  les  quedaba  á  su 
espalda  el  extenso  páramo  de  Gachaneca,  muy  conocido  por  los 
promovedores  del  movimiento ,  en  el  que  podían  dividirse  en 
guerrillas  para  atacar  los  lugares  que  mas  les  convinieran.  Así 
no  debían  temer  el  envío  que  iba  á  hacer  Urdaneta  de  doscientos 
milicianos  al  mando  del  flamante  general  Piñérez.  De  Junja 
marchaban  también  fuerzas  con  igual  destino ,  regidas  por  el 
general  Juan  José  Patria. 

Este  acababa  de  obtener  una  ventaja  sobre  las  tropas  de  Ca- 
sa nare.  Como  ciento  cincuenta  hombres  mandados  por  el  co- 
ronel José  María  Gaitan ,  que  se  titulaba  comandante  déla  van- 
guardia, babian  ocupado  la  parroquia  de  Labranza-Grande. 
Desde  allí  se  extendieron  á  la  mitad  de  marzo  en  el  partido  de 
Mongera  y  otros  inmediatos  pertenecientes  al  cantón  de  Soga- 
moso;  era  su  objeto  colectar  muías  y  caballos  para  la  expedi- 
ción que  el  general  Moreno  proyectaba  contra  la  provincia  de 
Tunja.  En  electo,  Gaitan  recogió  sobre  cuatrocientas  caballerías, 
y  con  este  botin  habia  regresado  á  Labranza-Grande,  donde 
vivía  sin  tomar  ningunas  precauciones.  Patria,  á  la  cabeza  de 
cuatrocientos  hombres,  le  persigue  en  silencio  y  consigue  sor- 
prenderle en  aquella  parroquia  :  algunos  muertos,  diez  y  ocho 
prisioneros,  la  dispersión  del  resto  de  la  tropa  de  Gaita  y  la  re- 
cuperación del  botin  hecho  por  este,  hé  aquí  el  fruto  de  tal 
acción.  Ella  retardó  la  meditada  expedición  de  Casanare.  El 
general  Moreno ,  irritado  contra  Gaitan ,  quiso  pasarle  por  las 


CAPÍTULO  XIX.  467 

armas;  con  dificultad  consiguieron  aplacarle  algunos  de  sus 
amigos. 

Ei  movimiento  de  Ubaté  alarmó  sobre  manera  á  Urdaneta , 
quien  se  puso  furioso  coutra  los  anarquistas ,  demagogos ,  ase- 
sinos y  promovedores  del  desorden ,  como  él  y  sus  agentes 
llamaban  á  los  liberales.  Sus  apoyos  principales,  el  prefecto 
Ahumada,  Domínguez  Húyos,  juez  de  policía ,  el  jete  político 
Rainon  Berííias  y  el  comandante  general  Viceute  Finérez,  par- 
ticiparon de  los  temores  de  un  próximo  trastorno  en  la  capital, 
y  quisieron  parar  el  uolpe.  Erigiéronse,  pues,  en  dictadores,  y 
por  la  larde  del  21  de  marzo  allanaron  cuantas  casas  se  les 
antojára,  reduciendo  á  prisión  á  mas  de  veinte  y  cinco  personas 
á  quienes  bautizaron  con  el  nombre  de  bberales,  y  por  consi- 
guiente de  sospechosos.  Al  día  siguiente  (marzo  22)  continuaron 
las  mismas  prisiones,  que  pusieron  á  Bogotá  en  la  mayor  cons- 
ternación. Catorce  ciudadanos  de  ios  presos  salieron  coniinados 
á  Cartagena,  y  al  cabo  de  dos  dias  enviaron  otros  cinco  mas;  á 
estos  se  anadió  una  mujer,  la  señora  Carmen  Hodriguez,  juz- 
gada peligrosa  porque  habia  sido  liberal  y  tenia  dos  hijos, 
uno  en  Casanare  y  el  otro  en  Popayan,  haciendo  la  guerra  a 
Urdaneta. 

Tales  procedimientos  arbitrarios  y  de  una  verdadera  tiranía 
se  ejecutaron  por  órdenes  verbales  comunicadas  al  prefecto 
Ahumada  y  socios,  pues  no  hubo  ministro  que  las  quisiera 
hrmar.  Fué  grande  la  exasperación  que  causaron  en  el  ánimo 
de  todos  los  que  deseaban  constitución,  leyes  y  garantías;  par- 
tido compuesto  de  la  mayoridad  de  ios  departamentos  del 
centro.  Dichas  providencias  lo  acabaron  de  enagenar,  aumen- 
tando la  oposición  contra  el  gobierno  de  Urdaneta. 

Después  de  haber  concurrido  activamente  á  ejecutar  estas 
fechurías,  Pinérez  partió  hácia  Lbalé  á  la  cabeza  de  sus  dos- 
cientos milicianos.  La  guerrilla  se  habia  retirado  á  Cuachetá,  y 
no  hallándola  escribió  que  se  habia  dispersado;  mas  no  era  asi. 
Consiguió  ai  ün  atacarla  en  combinación  con  el  general  Patria, 
y  después  de  ua  lijero  tiroteo  los  liberales  abandonaron  el 
cain\>o.  Hallándose  bien  montados  se  escaparon,  internándose 
en  el  páramo  de  Gachaneca.  Pinérez  lúe  llamado  á  la  capital  á 
ün  de  impedir  que  con  sus  tropelías  luciera  mas  odioso  al  go- 
bierno. 

Para  dar  mayor  seguridad  á  la  capital,  regresó  el  general 


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468  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Jiménez  con  cuatrocientos  hombres  de  la  división  Callao,  acan- 
tonada aun  en  la  villa  de  la  Mesa.  Con  este  apoyo  se  calmó 
algún  tanto  la  agitación  temerosa  de  los  gobernantes.  Ellos  pro- 
curaban defender  las  violentas  providencias  que  á  la  sazón  ha- 
bian  adoptado,  fundándose  en  la  imperiosa  ley  de  la  necesidad, 
á  cuyo  efecto  publicó  el  poder  ejecutivo  un  artículo  en  la 
Gaceta  de  Colombia,  que  revelaba  todo  su  pensamiento  en  aque- 
llos dias  (marzo  27). 

Comenzaba  recordando  la  época  difícil  en  que  principiára 
Urdaneta  á  ejercer  provisionalmente  el  gobierno ,  la  muerte  del 
Libertador, — la  convocatoria  de  la  convención  de  Léiva,  — los 
pasos  conciliatorios  dados  por  el  gobierno  de  Colombia  con  los 
jefes  del  norte  y  sur  de  la  República,  —  en  fin,  el  restableci- 
miento de  las  garantías  individuales ,  de  la  constitución  y  las 
leyes,  para  que  todos  los  ciudadanos  gozáran  de  sus  derechos, 
y  añadía :  —  «  Con  estas  providencias  no  se  habia  siquiera 
dejado  á  las  pasiones  el  menor  pretexto  para  fomentar  discor- 
dias y  sembrar  por  toda  la  extensión  del  país  el  desórden  y  la 
anarquía. 

»  Empero  léjos  de  realizarse  las  halagüeñas  esperanzas  que 
habia  concebido  S.  E.  de  la  razón  pública  y  del  patriotismo  de 
los  Colombianos ,  ha  descargado  sobre  esta  desventurada  región 
un  diluvio  de  calamidades  de  todo  género.  La  defección ,  la  dis- 
cordia, la  inmoralidad,  se  han  cebado  en  la  triste  Colombia: 
todo  es  animosidad,  conato  para  subvertir  el  orden,  y  agitacio- 
nes convulsivas, cual  lasque  preceden  á  la  muerte  de  los  cuer- 
pos físicos  y  políticos. 

»  Á  pesar  de  la  lenidad  con  que  el  gobierno  se  ha  conducido 
aun  respecto  de  sus  declarados  y  conocidos  enemigos,  en  medio 
de  la  moderación  que  ha  sido  la  norma  de  la  presente  adminis- 
tración,—  no  obstante  sus  puras  y  rectas  intenciones,  el  genio 
del  mal  se  ha  desencadenado  para  oponerse  á  sus  benéficos 
proyectos.  No  se  quiere  que  haya  reposo ;  no  se  quiere  que  lle- 
guemos á  un  avenimiento  amistoso.  Las  maquinaciones  se  suce- 
den sin  intermisión  :  una  revolución  ocupa  el  lugar  de  otra, 
apénas  sofocada;  de  todas  partes  se  asestan  tiros  envenenados 
al  gobierno.  Mas  en  vano  está  la  perversidad  en  armas  para 
trastornar  los  planes  de  la  autoridad.  Habrá  reposo  á  pesar  de 
los  malvados.  Se  reunirá  la  convención  á  pesar  de  los  promo- 
vedores del  desórden.  Nos  entenderemos  con  nuestros  hermanos 


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CAPÍTULO  XIX.  400 

de  Venezuela  y  del  Ecuador,  á  pesar  de  los  enemigos  de  la 
causa  sagrada  de  la  patria  y  de  la  humanidad. 

»  El  gobierno,  que  no  desea  sino  el  bien  común,  se  había 
lisonjeado  de  que  llegaría  el  término  apetecido  por  las  vias  le- 
gales; y  así  él  como  todos  sus  agentes  se  han  mostrado  escru- 
pulosamente adictos  á  las  formas,  hasta  tanto  que  la  primera, 
la  mas  imperiosa,  la  mas  sagrada  de  todas  las  leyes,  la  de  la 
conservación  de  la  sociedad,  le  ha  impuesto  el  deber  de  sacri- 
ficarlo todo  á  esta  consideración.  En  efecto,  cuando  hay  con- 
flicto entre  los  deberes  del  magistrado;  cuando  tiene  que  elegir 
entre  la  conservación  de  los  derechos  de  unos  individuos  cua- 
lesquiera y  la  quietud  de  toda  la  sociedad  ,  y  su  salvación  de 
los  horrores  de  una  anarquía  devorad  ora,  la  justicia,  la  pru- 
deucia,  las  consideraciones  políticas  y  morales,  todo  aconseja 
que  debe  elegirse  el  menor  entre  los  males.  Con  dolor  han  tenido 
que  adoptar  las  autoridades  de  los  pueblos  insurrectos  en  estos 
últimos  tiempos  medidas  enérgicas,  y  separar  á  las  personas 
peligrosas  de  los  lugares  donde  pudieran  ser  perjudiciales.  » 

De  paso  rebatía  la  opinión  emitida  ya  por  algunos,  de  que 
siendo  ilegítimo  el  gobierno  de  Urdaneta,  debia  este  llamar  al 
presidente  y  vicepresidente  elegidos  en  1830  y  entregarles  el 
poder  ejecutivo.  Decia  que  estos  magistrados  no  podían  haber 
durado  legalmente  sino  hasta  el  15  de  febrero  último ,  en  que 
debían  haberse  hecho  las  elecciones  prescritas  por  la  constitución 
y  la  ley;  así  que  su  gobierno  sería  de  hecho  como  el  actual. 
«  Supuesto  que  este  existe ,  añadía ,  tiene  derecho  de  conser- 
varse, y  hará  por  tanto  todo  lo  necesario  al  efecto.  Lo  harán 
sus  miembros,  no  por  ambición  sino  por  un  sentimiento  de  pa- 
triotismo y  de  deber.  Es  preciso  decir  la  verdad.  La  nación  está 
dividida  en  dos  grandes  partidos ,  que  se  subdividen  y  modifi- 
can después  :  uno ,  compuesto  de  la  mayor  y  mas  sana  parte , 
quiere  la  integridad  nacional;  otro  la  separación.  Ambos  cuen- 
tan en  su  número  personas  de  luces  y  de  influjo;  sugetos 
amantes  del  órden,  de  la  estabilidad.  Unos  hay  que  desean  go- 
zar de  la  libertad  racional  y  de  reposo ;  otros  que  no  respiran  sino 
liotncia  y  disturbios.  En  medio  de  este  remolino  y  de  este  con- 
flicto de  ideas  y  de  opiniones,  el  gobierno  aspira  á  mantener  la 
pública  tranquilidad,  hasta  que  llegue  el  día  apetecido  en  que 
se  reúnan  los  representantes  de  la  nación.  Entónces  depondrá 
S.  E.  las  insignias  del  mando  ante  aquella  asamblea  augusta  : 


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470  niSTORIA  DE  COLOMBIA. 

entonces  podrá  esta  deliberar  y  resolver  lo  que  estime  conve- 
niente sobre  los  intereses  vitales  del  país ,  y  sobre  los  magistra- 
dos que  han  de  dirigir  sus  destinos.  Desengáñense,  pues,  los 
facciosos,  y  sosiégúense  los  amantes  del  bien  público.  El  go- 
bierno está  irrevocable  y  firmemente  decidido  á  no  permitir 
desórdenes  y  á  emplear  lodos  los  medios  que  estén  en  la  esfera 
de  su  poder  para  sofocar  cuantas  revoluciones  asomen;  á  casti- 
gar severa  y  ejemplarmente  á  todo  perturbador,  y  á  no  tolerar 
que  una  facción  determine  en  ningún  caso  lo  que  ha  de  ser  es- 
tablecido y  resuelto  por  la  voluntad  soberana.  » 

Hé  aquí  cuáles  eran  los  sentimientos,  el  juicio  que  formaba 
sobre  la  opinión  pública ,  y  los  enérgicos  proyectos  que  con 
tanta  valentía  meditaba  y  publicaba  el  gobierno  de  Urdaneta 
en  los  últimos  di  as  de  marzo.  Veamos  si  pudo  cumplirlos. 

Apénas  habia  hecho  esta  publicación ,  cuando  se  agolparon 
los  acontecimientos  adversos.  Súpose  que  la  ciudad  capital  de 
Néiva  se  habia  pronunciado  el  17  de  marzo  contra  el  gobierno 
existente,  proclamando  como  jefe  legítimo  al  vicepresidente 
general  Domingo  Caicedo,  y  que  el  coronel  Manuel  González,  y 
el  comandante  de  milicias  Juan  Arciniégas  eran  los  caudillos  de 
la  insurrección.  Súpose  que  los  cantones  de  la  Purificación  y 
del  Espinal  se  habían  adherido  al  mismo  pronunciamiento, 
junto  con  San  Luis  y  otros  pueblos  correspondientes  al  de  Iba- 
qué.  Súpose  que  el  general  Luque  habia  hecho  una  revolución 
en  Soledad  y  Barranquilla,  cuyas  consecuencias  aun  se  ignora- 
ban, pero  se  temia  que  fueran  fatales  al  gobierno  actual.  Sú- 
pose ,  en  fin ,  que  Obando  y  López  se  estaban  preparando  para 
reaüzar  una  invasión  por  las  rulas  de  Cartago  y  la  Plata ,  sin 
que  hubiera  avanzado  mas  tropas  que  oponerles  que  la  divi- 
sión Gundinamarca,  que  no  merecía  tal  nombre;  mandábala  el 
coronel  Posadas ,  de  cuya  fidelidad  habia  sus  dudas ,  y  aun  cir- 
culaban rumores  de  una  defección. 

Para  precaver  este  acontecimiento  y  someter  de  nuevo  á  los 
pueblos  de  las  provincias  de  Néiva  y  Mariquita,  que  se  hubie- 
ran insurreccionado,  contramarchó  la  parte  de  la  división  Ca- 
llao, que  estaba  en  Funza  :  debia  seguir  rápidamente  á  la  villa 
del  Espinal  y  recoger  la  columna  de  Posádas.  Solo  llegó  hasta 
el  rio  Magdalena,  pues  ya  era  tarde. 

Aquel  jefe  y  sus  oficiales  habían  querido  continuar  sus  mar- 
chas á  unirse  con  la  división  Callao ;  pero  los  habitadores  de 


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CAPÍTULO  XIX.  471 

Néiva,  Purificación,  Viilavieja  y  Anatagaima  les  manifestaron 
que  estaban  firmemente  decididos  á  impedir  por  la  fuerza  la 
marcha  de  aquellas  tropas.  Tales  protestas,  unidas  á  la  persua- 
sión y  á  las  constantes  sugestiones  de  personas  influentes  de 
Néiva  y  sus  alrededores,  al  fin  arrastraron  á  Posádas.  Este  con- 
vocó el  27  de  marzo  una  junta  de  los  jefes  y  oficiales  de  su 
mando.  En  ella ,  teniendo  en  consideración  la  muerte  del  Li- 
bertador ;  que  el  gobierno  do  Urdaneta  era  provisional ,  y  que 
la  provincia  de  Néiva  habia  manifeslado  ya  su  firme  resolución 
contra  dicho  gobierno ,  se  decidió  :  «  primero ,  someterse  la  co- 
lumna á  los  deseos  de  la  provincia  de  Néiva  y  obedecer  sus 
mandatos ;  segundo ,  reconocer  que  los  magistrados  supremos 
nombrados  por  el  congreso  de  4830,  eran  los  magistrados  cons- 
titucionales y  legítimos  de  la  nación ;  tercero ,  reconocer  tam- 
bién la  existencia  de  derecho  del  poder  ejecutivo  nacional  en 
el  vicepresidente  de  la  República ,  por  no  hallarse  en  el  país  el 
presidente ;  cuarto ,  desconocer  al  general  Rafael  Urdaneta 
como  jefe  del  poder  ejecutivo  nacional;  quinto,  en  fin,  remitir 
copia  de  este  acuerdo  al  vicepresidente  general  Domingo  Cai- 
cedo,  pidiéndole  sus  órdenes  para  obedecerlas,  y  al  general  Ur- 
daneta —  a  rogándole  á  nombre  de  la  patria  y  de  la  humani- 
dad, de  esta  patria  de  sus  hijos,  que  la  ha  adoptado  como  suya, 
acoja  este  pronunciamiento  y  restablezca  él  mismo  el  órden 
legal ,  para  que  cese  una  guerra  de  exterminio ,  que  si  llega  á 
encenderse ,  abrasará  de  un  extremo  á  otro  la  magnánima  y 
gloriosa  Colombia.  » 

Antes  de  llegar  á  la  capital  de  la  República  la  noticia  de  este 
pronunciamiento ,  en  el  departamento  de  Cundinamarca  se  au- 
mentaban cada  dia  los  riesgos  para  el  gobierno  existente.  El 
3  de  abril  fueron  sorprendidos  en  el  cuartel  de  Ubaté  sesenta 
hombres  que  lo  custodiaban  y  les  tomaron  las  armas  y  muni- 
ciones ;  allí  fué  herido  y  perdió  una  mano  el  valiente  y  patriota 
coronel  Juan  José  Néira ,  que  mandaba  el  ataque  con  la  guer- 
rilla de  Guachetá.  El  A  del  mismo  abril  ocupó  el  general  Anto- 
nio Obando  la  ciudad  de  Ibaqué  en  la  provincia  de  Mariquita , 
comuna  guerrilla  de  liberales  que  habia  levantado.  En  seguida 
tomó  á  Ambalema ,  y  el  oficial  Joaquín  Barriga  se  apoderó  de 
Honda,  puerto  sobre  el  Magdalena,  necesario  para  las  comuni- 
caciones del  gobierno  de  Bogotá  con  las  costas  del  Atlántico. 
Libertada  Honda,  regresaron  los  patriotas  liberales  que  ¡el  go- 


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472  HISTORIA  ÜE  COLOMBIA. 

bienio  de  Urdaneta  había  expedido  para  Cartagena ,  los  que  se 
hallaban  todavía  en  Nare. 

El  6  de  abril  se  recibió  en  Bogotá  la  noticia  del  pronuncia- 
miento de  Posádas  y  de  su  columna,  golpe  muy  sensible  para 
Urdaneta  y  sus  partidarios.  Ya  los  patriotas  liberales  tenian  en 
Néiva  un  punto  de  apoyo  en  la  fuerza  veterana  que  regía  Posá- 
das. Así  fué  que  la  opinión  pública  se  desarrolló  con  mas  vigor 
desde  aquel  dia  contra  el  gobierno  existente.  Establecióse  una 
frecuente  comunicación  con  los  patriotas  de  Néiva,  y  un  ex- 
tenso espionaje  á  su  favor.  Las  mujeres  eran  el  órgano  principal, 
las  que  enviaban  dinero,  pólvora  y  municiones  con  el  mayor 
descaro  y  actividad.  Los  coroneles  Espina,  Vanégas  y  Montoya, 
qon  otros  muchos  oficiales  y  paisanos  amigos  de  la  libertad, 
marcharon  también  ocultamente  á  Néiva,  á  dirigir  y  activar  las 
operaciones  contra  Urdaneta. 

Este  y  sus  agentes  Ahumada,  Domínguez  Hóyos,  Piñérez, 
Berínas,  Mariano  Paris  y  otros,  redoblan  de  actividad  para 
sostener  su  partido  sin  detenerse  en  los  medios.  Continúan  las 
prisiones  de  los  que  juzgan  son  liberales  ó  desafectos;  se  reco- 
gen hombres,  caballos  y  víveres  para  aumentar  y  mantenerla 
fuerza  armada;  por  todo  lo  cual  se  daban  recibos  que  contenían 
promesas  de  pago.  La  falta  de  fondos  y  de  las  rentas  públicas, 
que  en  su  mayor  parte  habían  desaparecido ,  era  uno  de  los 
mayores  obstáculos  que  sentía  Urdaneta  para  sostenerse.  Todos 
los  productos  de  las  rentas  se  daban  á  los  militares;  los  emplea- 
dos civiles  casi  nada  recibían ,  y  sumidos  en  la  miseria  aumen- 
taban el  descontento.  En  tal  estado  Urdaneta  creía  ver  estallar 
á  cada  instante  una  revolución  en  la  capital;  así  era  que  vivía 
encerrado  en  la  casa  de  gobierno  y  rodeado  de  guardias ,  tanto 
de  noche  como  de  dia ;  solo  por  sus  amigos  se  dejaba  ver. 

El  comandante  general  de  Boy  acá,  que  vino  á  la  capital,  le 
afirmó  un  poco  en  su  resolución  de  sostenerse  á  todo  trance. 
Supo  que  podia  contar  en  Tunjacon  mil  hombres  disciplinados. 
Entónces  aun  no  se  temía  una  invasión  próxima  de  las  tropas 
que  se  decia  estar  preparando  el  general  Moreno  en  Casanare. 
Ignorábase  haber  recibido  este  por  Guayana  los  oportunos  aftxi- 
lios  de  quinientos  fusiles  y  quinientos  mil  cartuchos;  ademas, 
trescientos  hombres  de  caballería  de  Apure,  mandados  por  el 
coronel  Orta,  bajo  de  cuyas  órdenes  servían  los  comandantes 
Acosta,  Melgarejo  y  otros.  Dijose  en  Casanare  que  estos  socorros 


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CAPÍTULO  XIX.  473 

eran  dados  por  algunos  particulares;  pero  los  suministró  el 
gobierno  de  Páez.  El  comisionado  Aranzazu,  que  residía  en 
Caracas  en  clase  de  particular,  fué  el  que  promovió  eficazmente 
•  su  envío. 

Otras  defecciones  de  menor  importancia  que  la  de  Posádas 
ocurrieron  también  en  aquellos  dias.  Se  desertaron  los  oficiales 
Gutiérrez,  edecán  de  Piñérez,  y  Fominaya,  comandante  de  un 
escuadrón,  llevándose  hasta  cincuenta  hombres  :  ellos  mar- 
charon á  la  parroquia  de  Cáqueza,  á  seis  leguas  de  la  capital,  á 
levantar  una  guerrilla  contra  el  gobierno  actual ,  y  en  efecto  la 
formaron. 

En  \ista  del  pronunciamiento  general  de  la  opinión  de  los 
pueblos,  tanto  Urdaneta  como  sus  agentes  principales  comen- 
zaron á  desmayar.  Ahumada  renunció  la  prefectura;  Piñérez 
fué  destinado  á  Mompox ,  aunque  no  siguiera  á  su  destino ;  á 
Domínguez  Hóyos  se  le  envió  á  la  Mesa.  Los  Ingleses  Johnson  y 
Jackson  anunciaron  que  se  iban  para  los  Estados  Unidos.  En 
aquellos  dias  era  mucha  la  efervescencia  que  existia  contra  los 
Ingleses  por  la  parte  que  algunos  habian  tomado  en  que  se  ti- 
ranizára  á  los  pueblos,  y  porque  trataban  á  los  liberales  de  la- 
drones y  asesinos.  El  ministro  Túrner  era  el  que  usaba  mas  de 
este  lenguaje  insultante,  que  le  exponia  fuertemente  á  una 
falta  de  respeto  hácia  su  persona. 

Desde  el  7  de  abril  comenzaron  á  correr  voces  de  que  Urda- 
neta pensaba  en  dimitir  el  poder  ejecutivo  y  enviar  comisiona- 
dos á  Néiva  y  á  Popayan,  donde  Obando  y  López,  á  fin  de  ne- 
gociar un  avenimiento  pacífico.  En  efecto,  el  9  se  presentó  en 
la  sala  del  consejo  de  Estado.  Después  de  hacer  una  larga  expo- 
sición de  los  principios  que  habian  dirigido  su  conducta  desde 
que  se  hizo  cargo  del  mando  de  la  República ,  y  del  estado  de 
agitación  en  que  por  desgracia  se  hallaba  esta ,  consultó  al  con- 
sejo ¿si  no  sería  conveniente  que  dejase  el  gobierno,  cuando 
parecía  que  la  odiosidad  y  el  descontento  de  los  pueblos  se  di- 
rigían especialmente  contra  su  persona,  ó  si  debería  continuar 
hasta  la  reunión  del  congreso  de  Léiva? «  Por  qué  mas  allá,  dijo, 
no^habrá  poder  humano  que  me  haga  seguir  en  el  destino  que 
ocupo.  »  —  En  seguida  continuó  exponiendo  los  principios  que 
habian  dirigido  su  política  interior  y  exterior.  Habiéndose  re- 
tirado Urdaneta ,  acordó  el  consejo  consultar  al  jefe  del  ejecu- 
tivo, que  debía  seguir  en  el  mando  hasta  la  reunión  del  con- 


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474  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

greso  de  Léiva.  Aprobó  también  en  todas  sus  partes  la  medida 
indicada  por  Urdaneta,  de  enviar  comisionados  de  paz  á  Néiva 
y  al  Cáuca,  á  fin  de  que  cesáran  las  hostilidades  y  todo  perma- 
neciera en  su  estado  actual  hasta  la  reunión  del  congreso. 

En  cumplimiento  de  este  acuerdo  Urdaneta  nombró  de  co- 
misionados á  García  del  Rio,  y  por  su  renuncia  al  doctor  José 
María  del  Castillo ;  ambos  renunciaron ,  pues  creían  que  sus 
personas  y  opiniones  no  eran  agradables  á  los  liberales. 

Mas  los  acontecimientos  se  sucedían  rápidamente ,  y  en  los 
cuatro  dias  siguientes  recibió  Urdaneta  noticias  harto  desagra- 
dables de  diferentes  puntos.  Unióse  á  estas  la  efervescencia  de 
los  ánimos  en  la  capital  y  en  los  demás  lugares  adyacentes. 
Fundado  en  tales  motivos  y  en  que  se  decia  en  Bogotá  por  in- 
dividuos influentes,  que  él  era  un  obstáculo  que  impedia  la  ter- 
minación pacífica  de  las  actuales  desavenencias ,  hizo  el  13  de 
abril  otra  renuncia  al  consejo  de  Estado ,  á  quien  dirigió  un 
largo  mensaje.  Se  esforzaba  mucho  en  este  documento  para 
manifestar  la  necesidad  de  que  se  le  admitiera  su  renuncia. 
Repitióla  por  otro  segundo  mensaje  en  que  dijo  al  consejo  : 
«  Para  evitar  toda  duda ,  declaro  que  he  cesado  en  el  ejerci- 
cio del  gobierno ,  de  hecho  y  de  cuantos  medios  pueda  ha- 
cerse valer  mi  cesación. »  —  Sin  embargo  de  tan  decidida  pro- 
testa, el  consejo  declaró  :  que  no  estaba  vacante  el  poder  eje- 
cutivo ;  que  él  no  tenia  facultad  para  admitir  la  renuncia ,  y 
que  Urdaneta  debia  continuar  ejerciendo  el  gobierno  de  Co- 
lombia. 

Algunos  miembros  del  consejo  deseaban  admitir  la  dimisión 
y  elegir  á  algún  hombre  moderado  como  el  doctor  Vicente  Bor- 
rero,  ó  José  Sans  de  Santamaría ,  que  fuese  agradable  y  diese 
garantías  á  ambos  partidos.  Mas  durante  la  discusión  varios 
oficiales  y  otros  exaltados  partidarios  de  Urdaneta  permanecie- 
ron en  la  galería  exterior  de  la  sala  :  ellos  dijeron  en  alta  voz : 
—  «  que  si  se  admitía  la  renuncia  del  general  Urdaneta  y  se 
nombraba  otro  que  no  les  gustara ,  no  le  reconocerían  y  que 
tomarían  una  resolución  violenta.  »  Estas  bravatas  intimidaron 
á  los  consejeros.  * 

Al  día  siguiente,  14  de  abril,  se  presentó  Urdaneta  en  la  sala 
del  consejo,  é  hizo  una  larga  exposición  para  mantener  ser  ne- 
cesario que  se  le  concediesen  todos  los  medios  de  sostenerse  con 
dignidad ,  y  de  proveer  á  su  propia  conservación ,  salvando  en 


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CAPÍTULO  XIX. 


47  S 


lo  posible  las  disposiciones  constitucionales.  El  consejo ,  des- 
pués de  una  madura  deliberación,  autorizó  á  ürdaneta—  <*  para 
colocarse  á  la  cabeza  del  ejército  ,  si  lo  juzgaba  necesario ,  con 
las  miras  de  facilitar  las  transacciones  pacíficas  que  iban  á  en- 
tablarse ,  y  de  proveer  á  la  mejor  defensa  y  á  la  conservación 
del  órden  público.  » 

Los  comisionados  que  habia  mencionado  ürdaneta  haberse 
nombrado ,  eran  los  consejeros  Vicente  Borrero  y  Raimundo 
Santamaría.  Ellos  marcharon  hácia  Néiva  el  15  de  abril,  ani- 
mados de  los  mejores  sentimientos  por  el  bien  y  felicidad  de 
su  patria.  Teuia  su  comisión  el  objeto  de  negociar  un  aveni- 
miento amistoso  con  Posadas  y  los  pueblos  insurrectos  de  Néiva, 
y  con  Obando  y  López. 

En  virtud  de  la  autorizaciou  que  recibiera  ürdaneta  expidió 
un  decreto  anunciando  que  el  16  de  abril  saldría  de  la  capital 
con  el  designio  de  facilitar  las  transacciones  con  los  jefes  de 
Néiva  y  del  Cauca,  y  con  el  de  mandar  personalmente  el  ejér- 
cito. Por  su  ausencia  dejaba  encargado  el  poder  ejecutivo  á  los 
ministros  de  Estado ,  los  que  reunidos  determinarían  todos  los 
negocios  pertenecientes  al  despacho,  ménos  los  de  las  transac- 
ciones pendientes.  El  mismo  dia  publicó  una  proclama  á  los 
pueblos,  en  que  les  decia  que  ibaá  ponerse  á  la  cabeza  de  una 
división  numerosa  y  aguerrida ;  que  no  era  su  ánimo  romper 
desde  luego  las  hostilidades,  sino  el  estar  apercibido  para  la  de- 
fensa y  para  que  tuvieran  buen  éxito  las  negociaciones  pacíficas 
que  habia  emprendido.  Anunciaba  la  seguridad  del  triunfo  en 
caso  de  combatirse ;  mas  preferiría  que  todo  se  terminára  sin 
derramar  la  sangre  preciosa  de  los  Colombianos.  «  ¡  Conciuda- 
danos! decia,  reunida  que  sea  la  convención  y  obtenido  un 
término  decoroso  de  avenimiento,  yo  os  ofrezco  solemnemente 
renunciar  la  autoridad  y  volver  á  la  vida  privada  :  hé  aquí 
el  término  de  mis  aspiraciones.  »  En  compañía  de  ürdaneta 
salió  también  para  Funza  el  ex-prefecto  Ahumada,  que  habia 
sido  reemplazado  por  el  coronel  Julián  Santamaría.  El  temor 
que  tenían  ürdaneta  y  sus  agentes  de  una  revolución  en  la 
caj#tal,  donde  eran  detestados,  ó  que  se  araotináran  las  tro- 
pas, fueron  los  motivos  urgentes  para  este  viaje.  En  el  mismo 
dia  llegó  á  Funza  la  división  Callao,  que  podía  contar  mil 
hombres.  Era  el  proyecto  reunir  la  de  Boyacá  y  juntar  dos  mil 
hombres  en  la  explanada  que  riega  el  Funza.  Pero  uua  expedi- 


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47  r, 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


cion  que  se  decia  con  probabilidad  estarse  reuniendo  en  Ca- 
sanare,  daba  algún  cuidado,  é  impidió  la  concentración  de  las 
fuerzas. 

La  guerrilla  de  Ubaté  continuaba  molestando  al  gobierno  de 
Urdaneta.  Con  su  apoyo  la  villa  de  Cipaquirá  se  habia  pronun- 
ciado contra  él  y  desconocídole  en  U  de  abril.  Hubo  allí  la 
desgracia  de  que  mataron  con  un  tiro  inesperado  de  fusil  al 
jefe  político  Miguel  Santamaría.  Estando  Cipaquirá  á  diez  le- 
guas de  la  capital,  Urdaneta,  después  de  haber  procurado  por 
medio  del  señor  José  París ,  aunque  en  vano ,  que  continuara 
prestándole  obediencia ,  hizo  que  la  ocupáran  dos  compañías 
del  Callao.  El  coronel  Acero  con  su  guerrilla  se  retiró  el  19  de 
abril  hácia  Chocontá.  En  las  Pilas  fué  sorprendida  esta  guerrilla 
dos  dias  después  por  el  general  Briceño  al  frente  de  veinte  hú- 
sares de  Ayacucho :  matóles  algunos  hombres,  hízoles  cuarenta 
y  un  prisioneros ,  y  les  tomó  las  armas  y  municiones.  De  los 
restos,  unos  se  fueron  á  Pacho,  acogiéndose  los  demás  al  pá- 
ramo de  Gachaneca. 

En  otros  puntos  ocurrían  también  defecciones.  Cincuenta 
soldados  que  habia  en  Guáduas  desertaron ,  y  en  Honda  se 
unieron  á  los  enemigos  de  Urdaneta.  Ochenta  que  Ahumada 
pudo  juntar  de  las  milicias  de  Facatativá,  que  ántes  fueron  tan 
entusiastas  por  aquel  partido,  se  amotinaron  igualmente  insul- 
tándole, y  siguieron  para  Honda  con  sus  armas  y  municiones. 
La  guardia  del  molino  de  pólvora  también  se  'desertó. 

En  medio  de  tanta  agitación ,  Urdaneta  se  hallaba  sincera- 
mente animado  de  los  mas  vivos  deseos  de  evitar  la  guerra  ci- 
vil é  impedir  el  derramamiento  de  sangre  que  era  consiguiente. 
Así ,  después  de  prepararse  para  combatir,  si  era  necesario , 
quiso  dar  cuantos  pasos  juzgaba  conducentes  á  fin  de  restable- 
cer la  paz  en  los  departamentos  del  centro.  Hizo ,  pues ,  que  su 
ministro  García  del  Rio  dirigiera  una  nota  al  general  Domingo 
Caicedo,  á  quien  ya  se  invocaba  como  vicepresidente  constitu- 
cional ,  invitándole  á  una  entrevista  en  la  villa  de  la  Mesa  ó  en 
Tocaima,  —  «  dirigida,  seguu  decia ,  á  combinar  algún  medio 
de  conciliar  los  partidos  y  de  restablecer  el  órden  social...  ftien 
sea  que  Us.  haya  acogido  los  pronunciamientos  de  los  pueblos 
que  se  han  declarado  por  su  elevación  al  mando,  ó  que  los  haya 
desechado,  Us.  puede  hacer  mucho  por  su  influjo  personal 
en  beneficio  de  la  patria,  en  el  estado  actual  de  las  cosas; 


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CAPÍTULO  XIX. 


477 


S.  E.,  que  conoce  sus  sentimientos  de  humanidad  y  amor  á  sus 
conciudadanos,  aguarda  mucho  de  su  cooperación.  » 

Desde  ántes  de  llegar  á  Néiva  aquella  nota ,  habían  ocurrido 
en  esta  provincia  sucesos  importantes.  Hemos  dicho  anterior- 
mente que  sus  pueblos,  los  de  Mariquita  y  las  tropas  que  man- 
daba Posádas,  habían  proclamado  al  general  Caicedo  como  vice- 
presidente constitucional  de  la  República,  y  pedidole  sus  órde- 
nes. Caicedo,  que  vivia  retirado  en  la  parroquia  del  Chaparral, 
no  quiso  en  muchos  dias  acceder  á  la  solicitud  que  se  le  dirigía 
de  reasumir  el  mando,  y  aun  se  ocultó  para  libertarse  de  las 
instancias  y  de  la  urgencia  con  que  se  lo  pedian  los  comisiona- 
dos de  los  pueblos.  Sin  duda  no  se  creía  bastante  apoyado  ni 
en  aptitud  de  resistir  á  las  tropas  que  mandaba  Urdaneta,  que 
estaban  mejor  disciplinadas  y  eran  mas  numerosas  que  la  co- 
lumna de  Posádas  y  las  milicias  que  se  le  habían  unido  en 
Néiva.  Empero ,  urgido  por  los  frecuentes  mensajeros  que  se  le 
enviaban,  y  conociendo  por  las  noticias  que  recibía  de  varios 
puntos  ser  general  la  opinión  en  su  favor,  se  decidió  al  fin  á 
arrostrar  la  tempestad  que  se  le  preparaba.  En  aquellas  cir- 
cunstancias difíciles  tuvo  mucho  influjo  en  su  ánimo  la  consi- 
deración del  grande  servicio  que  haria  á  su  patria,  si  asu- 
miendo el  poder  ejecutivo  conseguía  restablecer  el  orden  legal 
en  los  departamentos  del  centro,  y  calmar  los  partidos  irritados, 
que  por  do  quiera  tenían  conmovidas  las  provincias. 

Trasladándose ,  pues,  á  la  villa  de  la  Purificación ,  expidió 
allí  en  44  de  abril  un  decreto,  declarándose  en  ejercicio  del  po- 
der ejecutivo,  como  vicepresidente  de  la  república  de  Colom- 
bia, y  restableciendo  el  gobierno  constitucional  al  pié  que  tenia 
el  27  de  agosto  de  1830.  Fundó  la  expedición  de  tal  decreto  en 
que  el  presidente  Mosquera  se  hallaba  fuera  de  la  República;  en 
que  el  gobierno  actual  de  Bogotá  era  obra  de  la  violencia  que  des- 
truyó al  legítimo  por  medio  de  la  fuerza  militar;  en  que  era  un 
deber  de  los  magistrados  constitucionales  conservar  el  órden  y  la 
tranquilidad  interior;  finalmente,  en  que  de  todas  partes  se  re- 
clamaba la  observancia  de  la  ley  escrita,  en  cuyas  circunstancias 
abándonar  la  República  y  su  propia  suerte,  y  dejar  que  se  des- 
pedazáranlos  partidos  armados,  sería  un  cargo  incontestable 
por  los  magistrados  escogidos  conforme  á  la  constitución  de 
1830.  Refrendóse  este  decreto  por  Pedro  Mosquera ,  nombrado 
provisionalmente  secretario  del  interior. 


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478 


HISTORIA  D£  COLOMBIA. 


Cuando  esto  sucedía  se  hallaba  cerca  de  Purificación  el  gene- 
ral José  Hilario  López.  Este  fué  excitado  por  los  jefes  y  autori- 
dades de  la  provincia  de  Néiva,  para  que  volára  en  su  auxilio, 
pues  se  habían  pronunciado  por  la  causa  de  la  libertad.  El 
coronel  Posádas  también  le  habia  dicho  hacía  algún  tiempo  que 
obrarian  de  acuerdo.  Al  comunicarle  su  reacción,  le  instó  á  fin 
de  que  marchase  á  Néiva  con  las  tropas  que  mandaba  denomi- 
nadas «  ejército  de  la  libertad.  »  En  efecto,  López,  que  habia 
dirigido  ya  un  destacamento  de  observación  á  la  ciudad  de  la 
Plata,  al  mando  del  comandante  José  Antonio  Quijano,  apro- 
vechó la  favorable  ocasión  que  se  le  presentaba  para  hacer  la 
guerra  al  gobierno  de  Urdaueta ,  que  tan  mal  le  habia  tratado. 
Salió,  pues,  de  Popayan  el  ti  de  abril,  acompañado  solo  por  una 
compañía  veterana  y  por  sus  ayudautes.  El  coronel  Eusebio 
Borrero  quedó  mandando  en  el  Cauca ,  porque  Obando  debía 
seguir  á  López  con  todas  las  fuerzas  que  pudiera  reunir. 

Al  llegar  á  la  capital  de  Néiva  dirigió  López  una  proclama  á 
los  habitantes  de  la  provincia,  en  que  les  decia :  —  «  ¡Qué  glo- 
ria para  mí  verme  invocado  por  los  Neivanos  protector  de  las 
libertades  públicas !  Mi  gobierno ,  os  lo  juro,  no  es  indiferente 
á  la  situación  de  los  Granadinos.  Gozando  el  Ecuador  de  una 
paz  octaviana  y  abundando  en  recursos  de  todo  género,  él  los 
prodiga  gustoso  en  obsequio  de  sus  hermanos.  Mi  deber  es, 
por  tanto,  restablecer  las  autoridades  legítimas ,  ayudaros  á  sa- 
cudir el  yugo ,  y  en  seguida  restituirme  al  punto  de  donde  he 
partido ,  con  la  gloria  de  haber  contribuido  á  conquistar  nues- 
tra existencia  política  sobre  tales  bases. 

»  El  ilustre  campeón,  el  valiente  general  Obando  estará  bien 
pronto  con  nosotros,  y  en  pocos  dias  os  veréis  confundidos  con 
los  vencedores  de  Palmira,  cuyas  legiones  marchan  ya  en  per- 
secución del  tirano ,  cuando  este  bambolea  sobre  la  silla  presi- 
dencial. Los  pueblos  lodos  se  arman  en  masa  contra  el  usurpa- 
dor, y  si  él  insiste  en  no  querer  oir  el  grito  de  la  patria  y  el  de 
su  propia  conciencia,  pronto  le  veréis  escarmentado.  ¡Ami- 
gos !  un  esfuerzo  simultáneo  es  suficiente  para  coronar  nuestra 
obra  del  mejor  suceso.  Verifiquémoslo ,  pues,  y  la  patria  ¡ferá 
salva. » 

Según  esta  proclama,  López  venia  con  el  carácter  de  auxiliar, 
como  general  ecuatoriano ,  y  lo  mismo  los  pocos  soldados  que 
conducía.  Muchos  creyeron  entonces  en  los  grandes  recursos 


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CAPÍTULO  XIX. 


479 


del  Ecuador,  y  aguardaban  por  momentos  las  legiones  triunfa- 
doras en  Palmira  con  el  campeón  que  las  condujera  á  la  victo- 
ria. Pero  otros  mejor  instruidos  rebajaban  mucho  de  aquellas 
exageraciones,  hijas  de  un  verdadero  patriotismo. 

Por  nombramiento  del  vicepresidente  Caicedo  (abril  17),  Ló- 
pez se  hizo  cargo  del  mando  en  jefe  de  las  tropas  que  habia  en 
la  provincia,  á  las  que  llamára  —  «  ejército  de  operaciones.  » 
Eran  doscientos  infantes  y  cien  jinetes  veteranos ,  con  doscien- 
tos cincuenta  hombres  de  las  milicias  de  caballería  de  Néiva ,  y 
algunos  oficiales  sueltos  de  los  fugitivos  de  Bogotá ;  pero  la  ca- 
ballería estaba  desmontada  en  su  mayor  parte  :  habia  pocas 
armas  y  muuiciones,  y  se  carecía  de  dinero  y  de  los  otros  ele- 
mentos necesarios  para  hacer  la  guerra.  Sin  embargo ,  López  no 
se  arredra  con  tamaños  obstáculos,  é  inmediatamente  comienza 
á  trabajar  en  la  organización ,  disciplina  y  aumento  de  las  tro- 
pas. Posádas  continuó  mandando  la  columna  llamada  de  Cun- 
dinamarca,  y  el  coronel  José  Manuel  Montoya  fué  nombrado 
jefe  del  estado  mayor  general. 

En  las  provincias  de  Néiva  y  Mariquita  habia  grande  entu- 
siasmo por  el  restablecimiento  del  gobierno  legítimo ;  así  los 
pueblos  se  prestaban  gustosos  al  servicio  militar  y  á  dar  los 
caballos,  víveres  y  demás  recursos  que  se  les  pedían.  Para  todo 
esto  servia  mucho  el  influjo  de  Caicedo  y  el  de  sus  hermanos  y 
parientes  en  dichas  provincias ,  decididos  á  sostenerle  :  todos 
franquearon  voluntariamente  los  caballos  y  ganados  de  sus  ha- 
ciendas. 

La  noticia  de  haber  asumido  el  vicepresidente  de  la  Repú- 
blica el  poder  ejecutivo  de  Colombia  (abril  18),  fué  recibida  en 
Bogotá  por  el  partido  liberal  como  el  anuncio  lisonjero  del 
próximo  triunfo  del  principio  de  legitimidad  y  órden,  que  es- 
taba cifrado  en  el  restablecimiento  de  la  constitución.  Fué  con- 
ductor de  los  pliegos  el  doctor  José  María  Céspedes,  comisionado 
por  Caicedo  para  anunciar  á  Urdaneta  las  buenas  disposiciones 
en  que  se  hallaba,  y  el  estado  verdadero  de  los  negocios.  Urda- 
neta quedó  contento  del  comisionado ,  á  quien  despachó  con 
uná'larga  nota.  En  esta,  al  contestar  el  ministro  García  del  Rio 
el  recibo  del  decreto  expedido  por  el  vicepresidente  en  U  de 
abril ,  se  empeñó  en  manifestar  que  el  gobierno  de  este  era 
también  de  hecho ,  porque  su  elección  habia  caducado  desde  el 
15  de  febrero  último,  en  que,  según  el  artículo  ochenta  y  cinco 


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480 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


de  la  constitución,  y  la  ley  de  30  de  abril  del  año  anterior,  de- 
bieron otras  personas  elegidas  por  los  pueblos  ocupar  las  pri- 
meras magistraturas  de  la  República.  Añadía  que  Urdaneta 
cedería  en  el  momento  el  poder  ejecutivo ,  si  creyera  que  por 
este  medio  se  aquietaban  los  partidos ,  se  calmaban  los  ánimos, 
y  se  removían  los  obstáculos  para  el  establecimiento  de  la  ar- 
monía y  de  la  concordia;  pero  que  léjos  de  obtener  tan  feliz 
resultado,  era  probable  que  se  redoblarían  los  males.  Recordaba 
que  aun  tenia  el  carácter  de  vencedor  el  partido  que  triunfára 
en  el  Santuario;  en  cuyo  caso  la  razón  y  la  filosofía  demanda- 
ban que  ninguno  de  los  dos  bandos  contendores  exigiera  que 
todo  fuese  condescendencia  y  humillación  para  el  otro ;  sino  que 
ambos  se  hicieran  concesiones  mutuas,  en  obsequio  de  la  paz  y 
en  beneficio  de  la  sociedad.  Decia  que  el  general  Urdaneta  y 
los  que  sostenían  su  autoridad ,  se  hallaban  dispuestos  á  dar 
cuantos  pasos  racionales  y  decorosos  pudieran  conducir  á  la 
reconciliación  apetecida.  Concluía  instando  porque  se  realizára 
la  entrevista  que  había  propuesto  Urdaneta.  Este  era  en  efecto 
el  medio  que  parecía  mas  adecuado  para  llegar  a  un  aveni- 
miento pacífico ,  que  evitára  la  efusión  de  sangre  y  una  guerra 
fratricida,  sentimientos  harto  generales  en  aquellos  dias,  y  que 
honran  á  los  Granadinos. 

Manifestáronse  claramente  en  una  junta  convocada  por  el 
ministro  García ,  que  se  componía  de  treinta  padres  de  familia 
de  la  capital.  Después  de  trazar  un  cuadro  bien  triste  y  melan- 
cólico del  estado  del  país,  pidió  á  los  concurrentes  á  nombre 
del  gobierno  que  expusierau  francamente  los  medios  que  con- 
vendría adoptar  para  restablecer  la  tranquilidad  pública.  Si- 
guióse la  opinión  del  doctor  Castillo,  que  sostuvo  con  la  claridad 
y  fuerza  de  razón  acostumbrada  en  sus  discursos,  que  siendo 
ya  muy  general  la  insurrección  de  los  pueblos  contra  el  go- 
bierno existente,  no  debia  este  asesinarlos  haciéndoles  la  guerra. 
Así  que  convendría  tener  una  entrevista  con  el  general  Cai- 
cedo,para  excogitar  de  común  acuerdo  los  medios  de  establecer 
una  administración  provisional  que  diera  garantías  verdaderas 
y  efectivas,  tanto  á  los  vencedores  en  el  Santuario,  como  á^os 
vencidos,  que  amenazaban  ya  á  los  primeros.  Esto  sucedía 
ántes  de  saberse  que  Caicedo  se  habia  declarado  en  ejercicio  del 
poder  ejecutivo  y  que  López  estaba  en  Néiva  como  auxiliar. 

Habiendo  hecho  este  jefe  los  preparativos  mencionados  ántes, 


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CAPÍTULO  XIX.  481 

marchó  de  la  Purificación  hácia  el  Guamo,  donde  se  decia  exis- 
tir  doscientos  hombres  de  las  tropas  de  Urdaneta  :  no  habién- 
dolos hallado ,  continuó  sus  marchas  hasta  el  paso  del  Magda- 
lena, llamado  Boca  de  Fusagasugá.  Supo  haber  estado  allí  en 
efecto  una  columna  del  Callao,  pero  se  retiró  á  Tocáima,  luego 
que  de  la  márgen  opuesta  del  Magdalena  se  le  hicieron  algunos 
tiros  por  el  teniente  coronel  Arciniégas ,  que  se  había  adelan- 
tado con  el  escuadrón  de  Néiva.  Dispuso  López  que  le  siguiera 
el  resto  de  sus  tropas,  á  fin  de  pasar  el  Magdalena  y  avanzarse 
hasta  Tocáima ;  el  vicepresidente  contrarió  esta  orden  creyendo 
muy  arriesgado  el  paso  del  rio  y  que  se  comprometia  la  divi- 
sión. Mas  al  fin  asintió,  persuadido  de  la  conveniencia  y  aun 
necesidad  de  obrar  activamente.  Como  no  habia  quien  defen- 
diera el  paso  del  Magdalena,  se  emprendió  con  lentitud  y  en 
pequeñas  barquetas. 

En  aquellas  circunstancias  llegaron  al  paso  de  la  Boca  de 
Fusagasugá  los  comisionados  Borrero  y  Santamaría,  que  anun- 
ciaron sin  tardanza  su  misión  de  paz.  López  la  comunicó  inme- 
diatamente al  vicepresidente  Caicedo ,  quien  trasladándose  á 
aquel  punto  comisionó  al  mismo  López  y  á  Posádaspara  las  con- 
ferencias. En  nada  pudieron  convenir  definitivamente,  porque 
eran  exageradas  las  pretensiones  de  ambas  partes ;  pero  acorda- 
ron el  21  de  abril  en  la  hacienda  de  Peñadiza  un  armisticio  por 
quince  dias,  dentro  de  los  cuales  se  realizaría  la  entrevista  de 
los  generales  Urdaneta  y  Caicedo  en  el  punto  nombrado  Juntas 
de  Apulo.  Las  aguas  del  Funza  debían  formar  la  línea  divisoria 
de  las  fuerzas  contendoras ,  y  extenderse  el  armisticio  á  todas 
las  fuerzas  que  obedecían  á  Urdaneta.  Durante  el  armisticio  las 
tropas  del  gobierno  legítimo  se  reunieron  sobre  la  márgen  iz- 
quierda del  rio  Funza,  y  ascendieron  apénas  á  seiscientos  cin- 
cuenta hombres,  la  mitad  veteranos. 

Esta  debilidad  de  las  fuerzas  liberales  no  era  conocida  en  la 
capital.  El  que  ménos,  daba  al  vicepresidente  mil  y  quinientos 
hombres  mandados  por  buenos  y  valientes  jefes.  Se  creía  que 
López  y  Obando  habían  reunido  todas  las  tropas,  así  las  victo- 
reas como  las  vencidas  en  Palmira,  lo  que  parecía  muy  pro- 
bable. Ademas,  se  hablaba  á  la  sazón  de  dos  mil  hombres  en- 
viados  por  Flórez  á  Popayan  al  mando  del  general  Isidoro 
Barriga  para  hacer  la  guerra  á  Rafael  Urdaneta,  en  justa  retri- 
bución de  los  males  que  Luis  Urdaneta  habia  causado  al  Ecua- 

TOMO  IV.  31 


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48fc2  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

dor,  por  la  comisión  expresa  que  le  diera  aquel  de  sublevar  al 
ejército  del  sur.  Los  adictos  al  gobierno  provisional  tampoco  se 
descuidaban  en  convertir  semejante  rumor  en  su  provecho; 
daban  por  efectiva  la  venida  de  dos  mil  hombres,  pero  decían 
que  era  á  castigar  los  asesinos  de  Sucre  :  unos  y  otros  se  equi- 
vocaban. 

Después  de  ajustado  el  armisticio ,  López  escribió  á  Urdaneta 
una  carta  que  abundaba  en  nobles  y  patrióticos  sentimientos. 
Manifestábale  que  sus  mas  ardientes  votos  eran  por  la  paz,  ol- 
vidando su  proscripción  y  las  injurias  que  se  le  habian  hecho. 
Urdaneta  expresó  en  su  contestación ,  que  deseando  la  felicidad 
del  centro  como  si  fuera  uno  de  sus  hijos,  todos  sus  pasos  se 
dirigían  á  evitarle  males,  ya  que  no  podia  hacerle  bienes,  pues 
no  tenia  interés  alguno  personal  que  defender.  «  Yo  estoy,  aña- 
día, muy  lejos  de  todo  espíritu  de  partido,  y  cuanto  deseo  es 
la  felicidad  de  esta  tierra  :  busco  los  medios  de  evitarle  desas- 
tres; si  los  alcanzo,  habré  llenado  mis  votos;  en  caso  contrario, 
mi  honor  como  viejo  soldado  será  mi  guia. 

»  Es  preciso  no  equivocarnos :  hay  dos  grandes  bandos  que 
se  odian  y  se  temen.  Nosotros  debemos  colocarnos  en  un  punto 
mas  elevado  que  ellos ,  y  ver  cómo  les  hacemos  darse  un  ósculo 
de  paz.  De  otro  modo  no  habrá  tranquilidad.  Mas  claro;  es  pre- 
ciso hacer  por  que  ninguno  de  los  partidos  triunfe,  sino  que  se 
refundan;  que  la  razón  y  no  las  pasiones  hable  á  todos.  La 
empresa  es  difícil,  mas  no  imposible.  Por  mi  parte  no  habrá 
sacrificio  que  no  haga  porque  Ustedes  se  entiendan.  » 

Urdaneta  escribía  esto  desde  Funza,  donde  tenia  su  cuartel 
general.  Hallándose  animado  de  tales  sentimientos  y  con  tan 
favorables  disposiciones  para  un  avenimiento  pacífico,  no  tuvo 
la  menor  dificultad  en  aceptar  la  entrevista  que  le  proponía 
Caicedo;  empero  sí  le  costó  algún  trabajo  calmar  la  exaltación 
de  Ahumada,  Acero,  Mariano  París,  y  de  algunos  oficiales  ve- 
nezolanos que  no  querían  oír  hablar  de  transacción,  probable- 
mente por  la  desconfianza  que  tenían  del  partido  liberal.  Decían 
que  concentrando  las  tropas  en  la  explanada  de  Bogotá,  junta- 
rían mas  de  dos  mil  hombres,  fuerza  á  que  no  podrían  resistir 
los  pocos  soldados  veteranos,  las  milicias  y  gente  colecticia  que 
sostenían  á  los  liberales.  Semejantes  reflexiones  serian  exactas 
tratándose  de  un  primer  choque;  pero  decididos  como  estábanlos 
pueblos  contra  el  partido  militar,  este  habría  al  fin  sucumbido, 


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CAPÍTULO  XIX. 


483 


después  de  haber  causado  grandes  males  al  país,  y  derramado 
mucha  sangre  en  una  guerra  fratricida.  Urdanela  conocía  me- 
jor la  opinión  pública  y  la  situación  de  los  negocios;  así,  no 
solo  estaba  decidido á  dejar  el  mando,  sino  á  hacer  en  la  entre- 
vista los  demás  sacrificios  que  se  le  exigieran  y  que  fuesen  com- 
patibles con  su  honor. 

Él  escogió  para  que  le  acompañaran  al  doctor  José  María 
Castillo  y  á  su  ministro  García  del  Rio,  en  cuyos  talentos  y  ex- 
periencia tenia  la  mayor  confianza.  Llevó  también  al  general 
Florencio  Jiménez  como  representante  de  los  militares  exalta- 
dos, á  fin  de  que  se  acordára  con  su  anuencia  cualquiera  con- 
venio. 

En  dos  dias  se  terminaron  las  conferencias  en  las  Júntas  de 
Apulo,  entre  los  tres  comisionados  antedichos,  y  los  del  vice- 
presidente Caicedo ,  que  fueron  López ,  Posádas  y  Pedro  Mos- 
quera como  secretario  del  interior.  El  resultado  fué  acordar  en 
28  de  abril  un  convenio  que  se  aprobára  inmediatamente  por 
ambos  jefes.  Estipulóse  en  él  que  los  generales  Urdaneta  y  Cai- 
cedo emplearían  cada  uno  la  autoridad  que  ejercía,  su  influjo 
personal  y  cuantos  medios  le  sugirieran  su  patriotismo  y  luces, 
para  que  se  transigieran  amigablemente  las  diferencias  que 
existían  en  los  deparlamentos  del  centro;  así  como  para  que 
estos  se  reunieran  bajo  de  un  solo  gobierno ,  hasta  llegar  la 
época  deseada  de  que  se  juntara  una  convención  que  los  cons- 
tituyese ,  dándoles  magistrados  y  arreglando  sus  relaciones  con 
las  otras  partes  independientes  de  Colombia.  Se  consignaron  á 
un  eterno  y  perpétuo  olvido  las  disensiones  pasadas,  ofrecién- 
dose mutuamente  la  mayor  moderación  respecto  de  las  opinio- 
nes ,  acontecimientos  y  actos  políticos  anteriores.  Se  declararon 
aseguradas  las  garantías  individuales,  los  grados  y  ascensos  mi- 
litares que  se  hubiesen  concedido  por  una  y  otra  parte.  Las 
tuerzas  veteranas ,  mandadas  respectivamente  por  ambos  gene- 
rales, debían  permanecer  en  su  organización  actual  con  los 
jefes  que  las  dirigían ;  después  de  jurar  obediencia  y  fidelidad  al 
gobierno,  este  determinaría  acerca  de  ellas  lo  que  juzgara  con- 
veniente, lo  mismo  que  sobre  las  tropas  existentes  en  el  Cáuca : 
todas  las  milicias  llamadas  al  servicio  debían  regresar  á  sus 
casas  y  á  sus  tareas  domésticas.  Se  declaró  abolida,  hasta  que 
la  convención  organizara  los  departamentos  del  centro,  la  odiosa 
distinción  de  Granadinos  y  Venezolanos,  que  tantos  disgustos 


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484  HISTORIA  DR  COLOMBIA. 

habia  causado,  y  que  no  debia  existir  entre  hijos  de  Colombia, 
según  se  expresaban  los  negociadores. 

Tal  fué  el  célebre  convenio  de  las  Júntas  de  Apulo.  No  se  es- 
cribió la  base  principal  sobre  que  estribaron  todas  las  demás 
estipulaciones :  «  que  el  general  Urdaneta  dejára  el  mando,  so- 
metiendo todas  las  tropas  que  estaban  á  sus  órdenes  al  gobierno 
y  autoridad  que  ejcrcia  el  vicepresidente  Caicedo.  »  Aunque 
Urdaneta  con  las  fuerzas  que  tenia  pudiera  haber  combatido  á 
las  de  Caicedo  con  bastante  probabilidad  del  triunfo ,  la  opinión 
general  estaba  tan  decidida  contra  su  administración ,  que  tuvo 
el  buen  juicio  de  conocerlo  para  retirarse  oportunamente.  Ade- 
mas, él  no  podia  resolverse,  aunque  algunos  de  sus  amigos  le 
excitaban  fuertemente ,  á  derramar  la  sangre  de  los  hijos  de  sn 
patria  adoptiva,  en  nuevos  combates  empeñados  por  la  discordia 
civil.  Estos  sentimientos  y  la  conducta  moderada  que  observára 
Urdaneta  en  aquellos  dias ,  la  que  tanto  contribuyó  al  restable- 
cimiento del  órden  y  de  la  paz,  son  muy  laudables,  y  desmien- 
ten completamente  las  calumnias  que  en  aquella  época  de  pasio- 
nes publicaron  contra  él  sus  enemigos. 

Regresando  para  su  cuartel  general  de  Funza,  supo  Urdaneta 
que  sus  deseos  de  evitar  la  guerra  civil  y  de  economizar  las  víc- 
timas sacrificadas  por  la  discordia,  no  se  habían  cumplido  en 
todas  sus  partes.  Entre  tanto  se  negociaba  en  Cundinamarca, 
las  tropas  que  regía  el  general  Justo  Briceño  en  el  departamento 
de  Boyacá,  habían  combatido  en  Serinza  con  las  del  general 
Juan  N.  Moreno  de  Casanare.  Estas  en  número  de  setecientos 
hombres,  los  trescientos  de  caballería,  marcharon  desde  Pore 
hasta  la  cordillera  en  los  primeros  dias  de  abril,  siguiendo  el 
camino  de  Morcóle  á  Paya.  Desde  aquí  atravesaron  la  cordillera 
por  el  páramo  de  Pisba,  donde  el  frió  les  mató  algunos  solda- 
dos saliendo  al  pueblo  de  Socha  el  23  de  abril.  La  división  Bri- 
ceño se  hallaba  situada  en  Sogamozo ,  donde  tenia  mas  de  mil 
hombres.  Moreno  escribió  de  oficio  al  general  Juan  José  Patria, 
queriéndole  gauar  para  la  causa  de  la  libertad;  empero  nada 
pudo  conseguir.  Entónces  determina  atravesar  á  nado  con^su 
división  el  caudaloso  y  rápido  Chicamocha,  porque  estaba  cor- 
tada la  cabuya.  Empréndese  esta  penosa  y  difícil  operación 
desde  las  ocho  de  la  noche,  y  se  termina  á  las  siete  de  la  mañana 
del  siguiente  dia,  en  cuya  hora  se  presenta  una  partida  ene- 
miga con  la  que  se  cambian  algunos  tiros,  el  rio  de  por  medio. 


CAPÍTULO  XIX.  485 

Por  una  marcha  forzada  de  diez  á  doce  leguas  Moreno  ocupó  á 
Serinza  con  sus  tropas  á  las  diez  de  la  noche. 

En  aquel  mismo  dia  Briceño  y  Patria  se  hallaban  en  el  pue- 
blo de  Corrales ;  mas  luego  que  supieron  la  ruta  que  habían 
tomado  sus  enemigos ,  se  apresuraron  á  marchar  por  la  Floresta 
sobre  Serinza.  Era  su  mayor  empeño  impedir  que  el  enemigo, 
que  carecía  de  caballos,  los  consiguiera  en  el  hermoso  valle  de 
Serinza.  Sin  embargo,  no  pudieron  presentarse  en  las  cercanías 
de  la  villa  hasta  las  ocho  de  la  mañana  del  26  de  abril  por  el 
camino  de  Belén.  Moreno  colocó  en  la  plaza  sus  jinetes  regidos 
por  el  coronel  Orla,  y  distribuyó  su  infantería  detras  de  los 
cercos  á  derecha  é  izquierda  del  camino.  La  división  Briceño 
rompió  el  fuego  á  las  diez  marchando  en  columna  cerrada.  Ya 
iba  superando  todas  las  dificultades  y  la  resistencia  que  le  opo- 
nían los  infantes  de  Casanarc,  y  solo  distaba  poco  mas  de  cien 
varas  de  la  plaza,  cuando  Moreno  dispuso  que  Orta  y  sus  jinetes 
arremetieran  lanza  en  mano  y  pié  en  tierra.  Así  lo  hizo  á  la 
cabeza  de  sus  intrépidos  llaneros.  Este  movimiento,  sostenido 
por  una  carga  que  al  mismo  tiempo  diera  la  infantería  á  la 
bayoneta,  decidió  la  victoria  en  favor  de  las  tropas  de  Gasanare. 
El  general  Patria ,  el  coronel  Joaquín  Barrera,  dos  capitanes 
con  otros  varios  oficiales  subalternos ,  trescientos  cincuenta  y 
seis  soldados,  quinientos  fusiles,  el  parque  y  multitud  de  caba- 
llerías quedaron  en  poder  de  los  llaneros,  que  combatieron  con 
una  intrepidez  nada  común.  Hubo  cien  muertos  de  una  y  otra 
parte,  entre  ellos  dos  capitanes  de  Casanare.  El  general  Briceño 
huyó  hacia  Santa'Rosa,  camino  de  Tunja,  con  cerca  de  cuatro- 
cientos hombres,  sin  que  le  pudieran  perseguir  los  jinetes  ene- 
migos, porque  no  tenían  caballos.  Moreno  manchó  la  victoria 
haciendo  matar  al  comandante  Francisco  Miranda  y  á  otros  tres 
ó  cuatro  oficiales  prisioneros.  Era  el  primero  un  excelente  jóven, 
desgraciado  hijo  del  célebre  general  Miranda.  No  se  pudo  alegar 
un  justo  motivo  para  tales  asesinatos.  El  general  en  jefe  Moreno 
confirió  el  grado  de  generales,  en  premio,  según  dijo,  de  su 
denodado  valor,  á  los  coroneles  Calixto  Molina,  Eustaquio  Orta, 
Jflan  José  Várgas  y  José  María  Gaitan. 

Impuesto  Urdaneta  de  estos  sucesos  desgraciados,  á  conse- 
cuencia de  los  cuales  habia  perdido  una  parte  de  sus  tropas 
disciplinadas  y  la  importante  provincia  de  Tunja,  se  afirmó 
aun  mas  en  su  propósito  de  separarse  del  mando.  Sus  compa- 


$8G  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

ñeros  de  armas  manifestaron  también  mayor  docilidad  para 
someterse  al  convenio  de  Apulo ,  viendo  que  ya  era  harto  difícil 
poderse  sostener  contra  las  fuerzas  que  mandaban  López  y  Mo- 
reno ,  las  que  combinándose  con  facilidad  podían  marchar  sobre 
la  capital.  Así  fué  que  apénas  arribó  Urdaneta  á  Funza  (abril  30), 
dirigió  un  mensaje  al  consejo  de  Estado.  Recordábale  en  él  qne 
ántes  habia  dimitido  el  mando  de  la  República,  porque  llegó  á 
entender  que  en  su  ejercicio  no  podia  hacer  á  los  pueblos  los 
beneficios  que  deseaba ;  que  el  consejo  no  le  admitió  la  renun- 
cia ,  temiendo  que  se  siguieran  muchos  males  al  reposo  público; 
que  él  habia  cedido  por  el  momento ;  mas  que  previendo  las 
calamidades  espantosas  en  que  el  país  iba  á  envolverse  si  no  se 
entendían  los  partidos  y  se  sufocaban  los  odios  y  los  resenti- 
mientos, habia  buscado  los  medios  de  que  todos  se  dieran  un 
abrazo  fraternal ;  que  felizmente  lo  consiguió  en  el  convenio  de 
Apulo ,  conforme  al  cual  debían  todos  mirarse  como  hermanos. 
«  En  consecuencia ,  decia ,  he  resuelto  separarme  de  los  nego- 
cios públicos ;  y  no  debiendo  ni  queriendo  mandar  mas ,  he 
cesado  en  este  instante  en  el  ejercicio  del  poder  ejecutivo. 
Ruego  por  tanto  al  consejo,  se  ocupe  sin  pérdida  de  tiempo  de 
nombrar  la  persona  que  haya  de  encargarse  de  la  suprema  au- 
toridad. 

»  Al  terminar  mi  vida  pública  estoy  satisfecho ,  porque  mi 
conciencia  me  dice  que  he  cumplido  con  cuantos  deberes  me 
impuso  la  patria  en  la  delicada  situación  en  que  me  he  visto 
colocado.  » 

En  la  misma  fecha  dirigió  Urdaneta  una  proclama  á  los  pue- 
blos, en  que  expresaba  iguales  sentimientos,  manifestándoles 
que  habia  dejado  con  gusto  el  mando.  Excitábalos  á  la  concor- 
dia y  á  la  paz,  únicos  medios  de  que  florecieran  la  patria  y  la 
libertad.  En  otra  proclama  á  las  tropas  de  su  mando  les  decia 
haber  cesado  la  guerra  civil  por  el  convenio  de  Apulo;  les  daba 
gracias  por  su  fidelidad  y  subordinación,  y  las  exhortaba  á  la 
obediencia  y  sumisión  al  gobierno ,  á  que  abandonáran  los  par- 
tidos ,  y  que  todos  se  mirasen  como  hermanos.  Con  estos  pasos 
oficiales  Urdaneta  cumplió  fielmente  cuanto  habia  ofrecido.  • 

Reunido  por  el  ministro  García  del  Rio  el  consejo  de  Estado 
(abril  30),  aquel  le  dió  cuenta  de  algunos  pormenores  de  las 
conferencias  y  artículos  acordados  en  Apulo.  Especialmente  di- 
rigió sus  explicaciones  al  artículo  primero,  que  no  estaba  claro. 


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CAPÍTULO  XIX. 


487 


En  cuanto  á  este  dijo  :  —  a  Después  que  el  señor  general  Ur- 
daneta ,  presente  en  las  discusiones ,  manifestó  su  deseo  único, 
que  era  la  tranquilidad  del  país,  y  el  señor  general  Caicedo 
significó  que  el  suyo  estaba  distante  de  querer  mandar,  se  pro- 
puso como  conveniente  nombrar  una  tercera  persona  que  estu- 
viera exenta  de  comprometimientos  y  que  por  su  prudencia 
pudiese  conciliar  los  dos  partidos ;  pero  como  el  señor  Caicedo 
habia  expedido  su  decreto  de  14  de  abril  en  que  se  investía  con 
el  carácter  y  autoridad  del  poder  ejecutivo,  no  podía  adoptarse 
esta  medida  sin  el  desaire  que  le  afectaría  necesariamente.  Se 
convino,  pues,  secretamente  en  un  término  medio,  á  saber  : 
que  el  señor  general  Urdaneta  renunciaría,  ó  si  era  necesario 
se  separaría  de  hecho ,  para  que  vacante  la  plaza  que  ocupaba, 
el  consejo  de  Estado  nombrase  la  persona  que  debia  sucederle, 
siendo  de  esperar  que  los  señores  consejeros  dieran  su  voto  al 
señor  general  Caicedo ,  viniendo  por  este  medio  á  ser  legítima 
su  autoridad  á  los  ojos  de  uno  y  otro  partido,  y  por  consiguiente 
las  medidas  que  él  tomase,  entre  ellas  la  principal  la  convoca- 
toria de  una  convención  granadina,  gozarían  del  mismo  carác- 
ter de  legitimidad ,  sin  que  á  esta  pudiese  oponérsele  la  tacha 
del  vicio  contrario.  Que  en  breves  días  se  dictarían  las  provi- 
dencias oportunas  con  respecto  á  los  deparlamentos  del  Magda- 
lena y  Boyacá ;  y  pasados  ellos  el  señor  Caicedo  se  separaría  del 
mando  de  hecho  ó  á  pretexto  de  enfermedad ;  y  que  entonces 
tendría  lugar  el  nombramiento  de  un  tercero,  cuya  estipulación 
debia  quedar  reservada.  » 

El  consejo  de  Estado  aprobó  el  convenio  de  Apulo.  En  se- 
guida leyóse  el  mensaje  del  general  Urdaneta,  en  que  declaraba 
haber  cesado  en  el  ejercicio  del  poder  ejecutivo ;  este  se  declaró 
vacante  en  consecuencia.  También  se  acordó  que  debia  nom- 
brarse por  el  mismo  consejo  la  persona  que  se  habia  de  encar- 
gar de  dicho  poder.  Desde  la  primera  votación  resultó  electo 
unánimemente  el  general  Domingo  Caicedo;  durante  su  ausen- 
cia se  acordó  que  continuara  el  consejo  de  ministros  ejerciendo 
el  poder  ejecutivo. 

n\  participar  el  consejo  de  Estado  estas  resoluciones  al  ge- 
neral Urdaneta,  añadió  expresiones  honoríficas  por  todo  lo 
que  habia  hecho  á  fin  de  que  se  restableciera  la  paz  y  se 
reconciliáran  los  partidos.  «  Al  comunicar  á  V.  E.,  añadía, 
estos  actos  del  consejo  de  Estado,  es  de  mi  deber  rendirle  en  su 


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488  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

nombre  las  debidas  gracias  por  su  amor  al  orden  y  al  bienestar 
del  país,  por  la  cordura  y  moderación  que  ha  desplegado  en  las 
críticas  y  angustiadas  circunstancias  que  le  han  rodeado,  y  por 
ese  desprendimiento  sin  igual  que  manifiesta  V.  E.  en  bene- 
ficio y  por  la  prosperidad  comunal.  » 

Fueron  también  muy  lisonjeras  las  expresiones  con  que  se 
comunicara  dicha  elección  al  general  Caicedo.  El  consejo  le 
manifestó  ademas  la  urgente  necesidad  que  había  de  que  se 
trasladase  inmediatamente  á  la  capital  á  tomar  posesión  del 
mando  supremo.  En  efecto,  eran  generales  los  deseos  de  que  el 
vicepresidente  viniera  á  Bogotá ,  donde  muchos  é  importantes 
negocios  exigían  su  presencia  y  autoridad. 

Todos  estos  sucesos  habian  sido  muy  favorables  al  restable- 
cimiento del  gobierno  legítimo  en  los  departamentos  del  centro. 
Filáronlo  igualmente  los  que  entre  tanto  habian  ocurrido  en 
las  provincias  litorales.  Dijimos  ántes  que  hácia  el  4  de  abril 
había  conseguido  el  general  Luque  bloquear  enteramente  á 
Cartagena,  con  cerca  de  mil  doscientos  hombres,  la  mayor 
parte  de  milicias;  pero  como  los  sitiados  solo  tenían  el  batallón 
veterano  de  artillería  y  algunas  milicias  sacadas  de  una  pobla- 
ción enemiga  en  lo  general  del  sistema  y  partido  militar  que 
sostenían  los  jefes  de  Cartagena ,  estos  no  podían  salir  fuera  de 
las  murallas  á  combatir  contra  los  sitiadores  con  los  quinientos 
hombres,  que  era  el  total  de  sus  fuerzas.  Por  la  parte  exterior 
de  la  bahía,  la  goleta  Zúlia  impedia  la  entrada  de  los  víve- 
res, que  solo  podían  traerse  del  extranjero,  recurso  bastante 
tardío. 

En  tal  estado  Luque  para  estrechar  mas  el  asedio  trasladó  su 
cuartel  general ,  primero  á  Alcibia  y  después  al  cerro  de  la 
Popa ,  que  con  sus  fuegos  domina  en  parte  la  plaza.  Desde 
Alcibia  ofició  de  nuevo  en  12  de  abril  al  consejo  municipal 
excitándole  á  fin  de  que  interviniese  en  que  se  franqueára  la 
entrada  á  las  tropas  y  al  pueblo  armado  que  le  seguían,  a  Si 
existe ,  añadía ,  la  mas  lijera  presunción  sobre  que  no  podré 
asaltar  esa  plaza,  yo  quisiera  que  Uss.  comisionáran  persogas 
cerca  de  este  campo  para  que  lo  examinasen  :  hallarían  que 
poseo  todos  los  elementos  necesarios  al  efecto;  pero  elementos 
que  arruinarían  esa  infeliz  población  y  que  causarían  espan- 
tosos desastres.  Esta  ha  sido  la  sola  consideración  que  me  ha 
movido  á  reposar  aquí;  porque  es  mucho  lo  que  me  cuesta  la 


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CAPÍTULO  XIX.  489 

idea  sola  de  ver  teñido  el  suelo  colombiano  con  la  sangre  de 
sus  mismos  hijos.  Pero  como  estas  consideraciones  se  atribuyen 
á  temor  ó  imposibilidad ,  me  veo  en  el  caso  de  hacer  constar 
que  estoy  en  aptitud  de  tomar  dicha  plaza  en  el  momento 
mismo  que  lo  determine  Verían  también  la  completa  orga- 
nización, órden  y  brillante  moral  que  adornan  las  fuerzas  que 
mando ,  quedando  desmentidas  cuantas  noticias  falsas  se  han 
fraguado  para  ridiculizar  el  respetable  estado  de  la  causa  que 

defiendo       Al  consejo  le  toca,  pues,  conocer  por  sí  solo  el 

asunto  en  cuestión,  puesto  que  la  conducta  de  los  jefes  á  quienes 
se  ha  sometido  el  departamento,  muy  distantes  de  procurar  una 
transacción  amigable ,  parece  que  aman  la  guerra  y  que  se 
complacen  en  ver  sacrificada  la  humanidad,  » 

Á  consecuencia  de  esta  invitación  el  consejo  municipal  rogó 
al  prefecto  que  continuára  las  negociaciones ,  á  fin  de  ver  si  se 
obtenía  un  avenimiento  amistoso.  Tenia  el  prefecto  resenti- 
miento con  Luque  por  haberle  devuelto  un  oficio,  diciendo  que 
no  quería  tratar  con  él,  y  se  dirigió  al  comandante  general 
Montilla.  El  prefecto  como  jefe  del  gobierno  autorizó  á  este  para 
que  nombrára  una  comisión  de  las  personas  que  tuviese  á  bien, 
á  fin  de  que  pasando  al  campo  de  Luque,  procedieran  á  acordar 
las  bases  de  una  reconciliación  fraternal.  Añadía  empero  la 
condición  de  que  se  realizára  el  avenimiento  —  «  siempre  que 
S.  S.  los  señores  jefes  y  las  tropas  bajo  de  su  mando  reconozcan 
al  gobierno  supremo  nacional  residente  en  la  capital  de  Bogotá. » 
Montilla  nombró  de  comisionados  al  general  José  María  Carreño, 
á  Juan  de  Dios  Amador  y  al  alcalde  primero  municipal  José 
María  Baloco.  Luque  eligió  también  comisionados  para  tratar 
con  los  de  la  plaza. 

Las  pretensiones  de  los  bandos  contendores  eran  opuestas  y 
harto  difíciles  de  conciliarse.  Luque  y  sus  partidarios  exigían 
que  el  prefecto  de  Francisco  y  el  comandante  general  dejaran 
el  mando  de  la  plaza ,  y  expresamente  habían  desconocido  la 
autoridad  del  gobierno  de  Bogotá ;  sus  contrarios  ponían  por 
ba^  de  cualquier  convenio  este  reconocimiento,  y  que  ellos 
cesarían  en  sus  destinos  luego  que  el  gobierno  supremo  admi- 
tiera las  renuncias  que  le  habían  dirigido;  no  por  temor  alguno, 
según  decían,  de  las  tropas  sitiadoras ,  incapaces  de  tomar  una 
plaza  como  la  de  Cartagena,  ante  cuyas  fortalezas  se  habían 
estrellado  tropas  aguerridas  mas  numerosas  mandadas  por  ca- 


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490 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


pitanes  de  mucha  nombradla.  El  resultado  de  las  conferencias 
era  fácil  de  preverse.  No  hubo  transacción. 

Entonces  resolvió  Luque  usar  de  lo  que  él  llamaba  medios 
formidables  é  imponentes  de  coacción.  Eran  dos  cañones  de  á 
veinte  y  cuatro  y  un  obús  de  nueve  pulgadas  traídos  de  Saba- 
nilla ,  los  que  con  mucho  trabajo  había  conseguido  montar  en 
el  cerro  de  la  Popa.  Con  estas  piezas  comenzó  á  tirar  sobre  la 
plaza  balas  rasas  y  granadas ,  que  molestaban  á  sus  habitantes, 
pero  que  no  podian  causar  un  daño  capaz  de  hacer  rendir  á 
Cartagena.  En  el  primer  dia  de  fuego  se  reventó  uno  de  los 
cañones. 

Pero  los  alimentos  escaseaban,  pues  habia  gran  dificultad 
para  conseguirlos  :  su  precio  habia  alzado  considerablemente , 
de  modo  que  los  pobres  sufrían  mucho,  y  el  asedio  costaba  á 
los  ricos  privaciones  y  gastos  extraordinarios  que  disminuían 
sus  fortunas.  Unidos  estos  motivos  de  descontento  á  que  gran 
parte  de  los  moradores  de  Cartagena  consideraban  á  los  sitia- 
dores como  á  sus  hermanos  y  amigos,  que  hacían  esfuerzos  para 
libertarlos  del  yugo  y  opresión  en  que  ellos  opinaban  que  los 
tenian  el  prefecto ,  Montilla  y  sus  partidarios ,  era  de  temerse 
ya  una  explosión  revolucionaria  dentro  de  la  ciudad,  ó  ya  un 
pronunciamiento  en  favor  de  los  principios  que  proclamaban 
los  sitiadores. 

Al  fin  el  descontento  de  los  habitantes  de  Cartagena  se  mani- 
festó de  una  manera  legal.  Ellos,  presididos  por  el  gobernador 
del  obispado  doctor  Juan  Marmicon,  y  por  el  administrador  de 
la  aduana  Vicente  Ucros ,  dirigieron  en  21  de  abril  una  repre- 
sentación al  prefecto;  la  firmaron  los  empleados  principales  de 
la  plaza ,  algunos  jefes  militares  y  los  vecinos  mas  influentes, 
tanto  civiles  como  eclesiásticos.  En  aquel  documento  pintaban 
con  energía  los  males  que  en  la  actualidad  sufría  la  población 
por  la  guerra  civil ,  pues  mas  de  la  mitad  de  aquella ,  acosada 
por  el  hambre,  habia  tenido  que  abandonar  la  ciudad,  y  salir  á 
los  climas  insalubres  de  los  campos ,  donde  perecería  una  gran 
parte;  el  resto  quedaría  arruinado  en  su  salud  por  la  ¿jala 
calidad  de  los  alimentos,  y  en  sus  intereses  por  la  carestía.  Así 
era  que  la  guerra,  si  continuaba,  sería  el  exterminio  de  Carta- 
gena. Emitían  la  opinión  de  que  debían  admitirse  cualesquiera 
proposiciones  que  hiciese  el  general  sitiador,  «  —  porque  ni  la 

razón,  decían ,  autorizan  á  los  magistrados 


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CAPÍTULO  XIX.  491 

para  sacrificar  á  un  pueblo  por  sostener  opiniones  que  en  nada 
conducen  á  la  Independencia  del  país,  y  que  en  realidad  son 
contrarias  á  la  libertad.  De  aquí  es  que  todos  los  pueblos  del 
departamento  han  proclamado  esta,  y  con  razón,  pues  Us.  mismo 
en  su  conciencia  hallará  que  hace  años  que  no  existe  en  la 

Nueva  Granada       Porque  exceptuando  unos  pocos  dias  en 

que  se  gozó  de  libertad  durante  el  imperio  de  las  constituciones 
de  los  años  de  1821  y  30,  todo  el  resto  se  ha  pasado  en  virei- 
natos  con  el  nombre  de  prefecturas  generales  cargadas  de  facul- 
tades extraordinarias ,  con  las  que  no  habia  seguridad  en  las 
personas  y  propiedades ;  así  fué  que  continuamente  se  han  visto 
destierros,  persecuciones  y  un  silencio  sepulcral  en  la  imprenta : 
todo  esto,  y  otras  cosas  que  reservamos,  es  lo  que  ha  obligado  á 
los  pueblos  á  adherirse  á  proclamar  sus  libertades,  y  á  nosotros 
nos  obliga  igualmente  á  adherirnos  al  resto  de  todo  el  departa- 
mento. Suplicamos  á  Us.,  ya  que  es  el  primer  magistrado  de 
esta  plaza,  que  junto  con  los  clamores  de  los  miserables  oiga 
nuestra  respetuosa  representación ,  é  interponga  su  autoridad 
para  que  de  cualquiera  manera  se  transijan  las  diferencias  en 
todo  el  dia  de  mañana;  en  inteligencia,  que  por  nuestra  parte 
no  necesitamos  garantía  alguna ,  porque  estamos  satisfechos 
que  los  sitiadores  son  nuestros  hermanos ,  y  en  cualquiera  cir- 
cunstancia nos  han  de  tratar  como  tales;  pero  en  el  caso  no 
esperado  de  que  se  desatienda  nuestra  representación ,  supli- 
camos á  Us.  publique  orden  para  que  todo  malcontento ,  <de 
cualquiera  clase  y  condición,  salga  libremente  de  la  plaza,  pro- 
testando ,  en  caso  que  se  niegue  uno  ú  otro,  repetir  nuestros 
quebrantos  y  padecimientos  contra  Us.  mismo,  cuando  hubiere 
lugar  y  se  oiga  la  voz  de  la  ley.  » 

La  mencionada  representación,  libre,  enérgica  y  amenazante, 
equivalía  á  un  verdadero  pronunciamiento  dentro  de  las  mu- 
rallas de  la  plaza.  Unióse  á  ella  que  constantemente  se  traba- 
jaba por  las  familias  de  los  jefes  y  oficiales  sitiadores,  así  como 
por  otras  personas  verdaderamente  liberales ,  en  seducir  á  los 
artilleros  y  milicianos  que  componían  la  guarnición.  Temíase 
por^anto  una  revolución,  que  podia  ser  de  las  castas  insolen- 
tadas ya,  si  no  se  trataba  de  un  avenimiento  sin  tardanza  al- 
guna. Estado  tan  crítico  decidió  á  Montilla  á  escribir  á  Luque 
y  á  Romay,  invitándoles  á  que  tuvieran  una  entrevista  amigable 
en  el  lugar  que  ellos  designáran  para  tratar  de  una  transacción 


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402  IUSTORIA  DE  COLOMBIA. 

pacifica.  Decía  —  «  que  daba  este  paso ,  no  porque  le  faltaran 
recursos  para  prolongar  la  defensa  mas  largo  tiempo,  sino  por- 
que estaba  pronto  á  hacer  cualesquiera  sacrificio  compatible 
con  su  honor  y  su  conciencia,  para  evitar  el  derramamiento  de 
sangre  colombiana ,  y  los  gravísimos  males  que  se  estaban  si- 
guiendo de  la  guerra  civil ,  sobre  todo  después  que  su  delica- 
deza se  hallaba  comprometida ,  pues  se  habia  tomado  por  pre- 
texto de  la  guerra  su  permanencia  en  el  mando.  » 

La  entrevista  no  se  realizó ;  pero  fué  consecuencia  de  esta 
invitación  el  nombramiento  de  nuevos  comisionados.  Por  la 
parte  del  general  Montilla  se  escogieron  los  señores  Juan  de 
Dios  Amador  y  Daniel  F.  OXeary,  y  por  la  de  Luque  los  seño- 
res José  María  del  Real  y  coronel  José  María  Vezga.  Reunidos 
estos  en  la  parroquia  del  pié  de  la  Popa ,  acordaron  en  23  de 
abril  un  convenio  que  fué  ratificado  el  mismo  dia  por  ambos 
generales.  Conforme  á  su  tenor,  el  mando  civil  de  la  provincia 
de  Cartagena  lo  recibiría  como  gobernador  el  doctor  Manuel 
Romay,  y  el  militar  el  general  Luque.  En  consecuencia,  este 
con  quinientos  hombres  ocuparía  la  plaza  y  sus  castillos  el  dia 
26  :  el  resto  de  sus  tropas  se  retiraría  al  siguiente  dia  á  Tur- 
baco  (abril  29).  Á  los  tres  di  as  después  de  ocupar  á  Cartagena, 
Luque  como  jefe  superior  civil  y  militar  del  departamento  ex- 
pediría el  decreto  convocando  una  convención  departamental ; 
para  esta  podían  ser  nombradas  todas  las  personas  elegibles  con 
arreglo  á  las  leyes  vigentes.  Estipulóse  que  ningún  individuo 
de  la  plaza  sería  perseguido  en  su  persona  é  intereses  por  sus 
opiniones  políticas  hasta  aquel  dia,  y  que  todos  gozarían  de  las 
garantías  constitucionales,  así  como  de  sus  empleos,  de  los  que 
no  serian  removidos  sus  actuales  poseedores,  siempre  que  me- 
recieran la  confianza  del  gobierno ,  hasta  que  se  reuniera  la 
convención  departamental.  Debían  cumplirse  las  órdenes  y  con- 
tratas del  gobierno  y  de  la  prefectura  recibidas  hasta  aquella 
fecha.  Las  propiedades  tomadas  á  particulares  desde  el  44  de 
febrero,  en  que  principió  esta  revolución,  se  devolverían  á  sus 
dueños,  y  las  gastadas  serían  satisfechas.  También  debían  po- 
nerse en  la  administración  de  correos  de  la  plaza  todas  las^or- 
respondencias  ó  intereses  detenidos  en  Mompox  y  en  el  cuartel 
general  de  Luque ,  cualquiera  que  fuese  su  procedencia.  Por 
último  se  acordó  la  libertad  de  todos  los  detenidos  por  opinio- 
nes políticas;  que  se  darían  pasaportes  á  los  individuos  que  los 


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CAPÍTULO  XIX. 


493 


quisieran  para  cualquier  otro  punto  de  la  República  ó  fuera  de 
ella;  y  que  los  empleados  civiles  y  militares  serian  ajustados  y 
pagados ,  dándoseles  un  buque  nacional  para  irse  donde  gus- 
taran, franqueándoseles  los  auxilios  de  ordenanza. 

Esta  capitulación  se  la  arrancó  á  Montilla  la  fuerza  de  la  opi- 
nión pública,  decidida  enérgicamente  contra  el  partido  militar. 
Los  pueblos  deseaban  con  ansia  reposo  y  garantías,  dulces  bie- 
nes que  esperaban  conseguir  por  el  triunfo  del  partido  liberal. 
Así ,  no  fué  la  fuerza  física  la  que  venció  á  Montilla ,  en  cuyo 
elogio  debemos  decir,  que  durante  el  bloqueo  hizo  cuanto  es- 
tuvo á  su  alcance  para  que  no  se  derramára  la  sangre  colom- 
biana. Sus  oficiales  en  varios  puntos  no  usaron  de  los  fuegos 
de  las  fortificaciones  sobre  algunos  de  los  sitiadores  á  quienes 
podían  alcanzar ,  por  no  destruir  á  sus  hermanos.  Esto  sucedió 
particularmente  en  los  castillos  de  Bocachica.  El  mismo  Luque 
en  un  momento  de  demencia  ó  embriaguez  quiso  tomarlos  á 
bordo  de  lanchas  y  canoas.  El  comandante  Cárdenas  pudo  ma- 
tarle con  los  tiros  de  las  baterías ,  y  advirtiéndole  á  la  voz  el 
peligro  que  corría ,  consiguió  disuadirle  de  su  temeraria  em- 
presa. 

Luque  era  un  jefe  propio  para  subalterno ,  valiente  pero  sin 
talentos,  disipador,  sin  reparar  en  los  medios  de  adquirir,  y  que 
se  dejaba  arrastrar  por  los  excesos  de  la  bebida.  Por  consi- 
guiente el  ejército  protector  no  inspiraba  confianza ;  si  otro  ge- 
neral de  mejor  conducta  lo  hubiera  mandado,  en  ménos  tiempo 
se  habría  terminado  la  contienda.  De  la  incapacidad  de  Luque 
provenia  el  desorden  que  habia  en  sus  tropas ,  y  de  su  mala 
conducta,  el  violento  despojo  de  sus  propiedades  que  sufrieron 
algunos  Colombianos  y  extranjeros ,  á  quienes  tuvo  después 
que  indemnizar  el  gobierno  granadino.  Los  coroneles  Vezga  y 
Uzcátegui,  que  dominaban  á  Luque,  se  condujeron  mejoren 
aquellas  circunstancias ;  pero  no  tenian  la  capacidad  suficiente 
para  impedir  y  reformar  los  abusos  (i). 

(1)  El  prefecto  Juan  de  Francisco  Martin ,  que  no  tenia  confianza  en  las 
ofeim  del  general  Luque,  que  preveía  se  buscarían  por  este  y  los  que  le 
cercaban  pretextos  para  no  cumplir  la  capitulación  que  acababa  de  cele- 
brarse; y  que  por  otra  parte  juzgó  que  por  sus  relaciones  en  todo  el  de- 
partamento siempre  seria  objeto  de  celos  y  de  desconfianza  de  las  nuevas 
autoridades,  determinó  ausentarse  de  la  ciudad,  trasladándose  á  la  isla 
de  Jamaica.  Luego  que  estuvo  ratificada  la  capitulación ,  pidió  y  obtuvo  del 


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494  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

En  el  dia  de  la  ocupación  de  Cartagena  y  en  los  dos  siguien- 
tes, la  conducía  de  los  vencedores  fué  buena  :  parece  que  co- 
menzaban á  tranquilizarle  algun  tanto  Montilla  y  sus  partida- 
rios sobre  las  desconfianzas  que  habian  tenido  de  que  el  general 
Luque  no  cumpliera  la  capitulaciou.  Mas  no  lardaron  en  des- 
engañarse. 

Los  coroneles  Yezga,  Rodríguez  y  Uzcálegui  tenían  mucho 
inüujo  sobre  Luque,  incapaz  de  obrar  por  sí  mismo.  Estos,uni- 
dos  á  otros  oficiales  de  los  que,  como  ellos ,  habian  traicionado 
la  confianza  de  Montilla,  temían  sobre  manera  sus  talentos  y 
predominio  sobre  las  tropas ,  que  tantos  años  le  habían  obe- 
decido :  temían  igualmente  la  presencia  del  prefecto  de  Fran- 
cisco, y  de  algunos  antiguos  jefes  que  habian  sido  fieles  al  go- 
bierno general.  Juzgaban  que  estos  podian  hacer  y  capitanear 

general  Luque  su  pasaporte.  En  su  consecuencia  entregó  la  prefectura  el 
24  de  abril  al  doctor  Ildefonso  Méndez ,  quien  como  jefe  de  policía  debía 
sucederle  en  el  mando  en  caso  de  ausencia ,  y  se  embarco  en  la  tarde  del 
día  25  de  abril  en  la  fragata  de  S.  H.  B.  La  Blanche,  mandada  por  el  co- 
modoro Farquhar,  quien  la  había  ofrecido  al  prefecto  para  conducirlo  á 
Kingston  Jamaica.  Después  de  la  entrada  en  Cartagena  de  las  tropas  sitia- 
doras el  26  de  abril,  el  comodoro  Farquhar  determinó  permanecer  en  la 
bahía  de  Cartagena  por  algunos  días  mas ,  y  sabiendo  el  general  Luque  y  el 
coronel  Vezga  que  el  antiguo  prefecto  estaría  en  la  bahía  por  aquel  tiempo, 
mandaron  en  la  tarde  del  26  un  comisionado  á  bordo  de  La  B lanche  cerca 
del  señor  Juan  de  Francisco,  encareciéndole  no  se  ausentase  y  volviese  á 
la  ciudad ,  pues  contaban  con  su  cooperación  patriótica ,  como  uno  de  los 
hijos  distinguidos  de  Cartagena,  para  las  importantes  reformas  que  habian 
de  hacerse  en  el  departamento  :  al  mismo  tiempo  el  general  Luque  interesó 
al  comodoro  Farquhar  y  al  cónsul  Watts  para  que  persuadieran  al  señor  de 
Francisco  del  ínteres  patriótico  que  le  movia  para  instarle  á  que  no  se  au- 
sentase del  pais.  El  prefecto  de  Francisco  no  condescendió  con  lo  que  le 
pedían,  haciendo  presentes  los  motivos  de  conveniencia  política  que  le  de- 
cidían á  retirarse  á  Kingston;  aprovechó  la  oportunidad  de  manifestar  al 
comodoro  Farquhar  su  resolución  decidida  de  seguir  para  Jamaica ,  y  su 
deseo  de  hacerlo  lo  mas  pronto  posible ;  el  comodoro ,  que  creyó  nece- 
sario permanecer  en  la  bahía  de  Cartagena  con  la  fragata  Manche  y  otros 
buques  de  la  escuadra  para  proteger  los  intereses  británicos  en  caso  de  des- 
órdenes que  algunos  temían ,  destacó  de  la  escuadra  la  corbeta  de  ¿Ierra 
Champion ,  la  que  puso  á  disposición  del  prefecto  para  que  lo  condujese  á 
Kingston.  La  Champion  zarpó  de  la  bahía  de  Cartagena  en  la  mañana  del 
28  de  abril,  conduciendo  al  prefecto  y  á  su  hermano  el  coronel  Narciso  de 
Francisco,  comandante  de  las  milicias  de  la  provincia,  quien  también  había 
obtenido  pasaporte  del  general  Luque  para  seguir  á  Jamaica. 


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CAPÍTULO  XIX. 


495 


una  contrarevolucion  en  Cartagena ,  que  restableciera  su  po- 
der. Aunque  nos  parece  que  Montilla  en  aquellas  circuns- 
tancias habría  cumplido  la  capitulación,  es  indudable  que  tenia 
la  probabilidad  y  los  recursos  necesarios  para  una  reacción,  que 
habría  sido  funesta  á  la  causa  de  la  libertad  y  del  órden  en  la 
Nueva  Granada. 

Tomando ,  pues ,  los  jefes  vencedores  el  pretexto  de  que  el 
batallón  de  artillería  trataba  de  hacer  un  movimiento  revolu- 
cionario, Luque,  usando  de  la  autoridad  de  comandante  en  jefe 
del  ejército  protector  de  los  pueblos  y  de  sus  libertades,  y  como 
jefe  superior  civil  y  militar  del  departamento  del  Magdalena, 
expidió  en  28  de  abril  dos  decretos.  Por  el  primero  reformó  el 
batallón  de  artillería ,  reduciéndolo  á  una  brigada  de  tres  com- 
pañías, que  mandarían  oficiales  de  toda  su  confianza ;  el  resto 
lo  refundió  en  los  demás  cuerpos  veteranos. 

Era  el  segundo  decreto  de  mas  trascendencia  :  según  sus 
disposiciones  se  mandaba  expedir  en  el  acto  pasaportes  para 
fuera  de  Colombia  á  todos  los  individuos  que  por  sus  opiniones, 
empleos  y  relaciones  pudieran  ser  perjudiciales  de  cualquiera 
manera.  Esta  expulsión  debia  durar  hasta  que  restablecido  el 
gobierno  legítimo  dispusiera  otra  cosa.  Añadíase  contra  las 
personas  que  regresáran  al  territorio  libertado ,  sin  el  corres- 
pondiente salvoconducto ,  la  pena  de  que  serian  consideradas 
fuera  de  la  ley.  Este  decreto  se  ejecutó  en  el  mismo  dia,  po- 
niendo presos  y  trasladando  después  á  un  buque  destinado  á 
Jamáica  á  todos  los  individuos  que  el  partido  vencedor  designó 
como  perjudiciales.  Fueron  estos  los  generales  Mariano  Mon- 
tilla, José  María  Carreño,  José  Laurencio  Silva  y  Pedro  Mu- 
güerza ;  los  coroneles  Aldercreutz ,  Lima ,  Pedro  Rodríguez , 
Esponda,  y  otros  varios  oficiales  hasta  el  número  de  catorce.  El 
general  OXeary  salió  también  por  el  mismo  tiempo. 

La  expulsión  de  estos  ciudadanos,  aunque  útil  en  polí- 
tica, pues  libertó  á  la  Nueva  Granada  de  algunos  jefes  y  oficia- 
les venezolanos  que  habían  causado  á  su  gobierno  muchos 
embarazos,  fué  una  escandalosa  violación  de  la  capitulación  de 
Cartagena.  Esta,  según  referimos  ántes,  decia  :  —  «  Ningún 
individuo  de  la  plaza  será  perseguido  en  su  persona  ó  intereses, 
sean  cuales  hayan  sido  hasta  el  dia  sus  opiniones  políticas ,  y 
gozará  de  todas  las  garantías  que  le  concede  la  constitución.  » 
—  Esta  no  permitía  los  golpes  de  Estado,  y  que  los  ciudadanos 


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496  HISTORIA  DR  COLOMBIA. 

fueran  arrancados  de  sus  domicilios ,  para  enviárseles  á  una 
tierra  extranjera.  Aquí  resaltaba  una  de  esas  contradicciones 
en  que  incurren  los  partidos  políticos  en  las  revoluciones; 
Luque  y  sus  partidarios  decían  haberse  levantado  contra  las 
arbitrariedades  del  prefecto  y  del  comandante  general  del  Mag- 
dalena ;  una  de  ellas,  mencionada  expresamente ,  era  la  expul- 
sión de  varios  ciudadanos  sin  que  ántes  fueran  juzgados.  Mas 
apénas  han  obtenido  el  poder,  cuando ,  olvidando  sus  viejas 
declamaciones  y  sus  promesas  solemnes ,  ellos  también  depor- 
tan con  violencia  á  antiguos  y  beneméritos  servidores  de  la 
Independencia,  que  reposaban  en  la  fe  de  una  capitulación. 

Acaso  esta  conducta  uniforme  de  todos  los  partidos  republi- 
canos nace  de  la  misma  naturaleza  de  las  instituciones.  Sus 
gobiernos  débiles  no  pueden  resistir  al  influjo,  al  poder  ó  á  la 
inquietud  revolucionaria  de  algunos  ciudadanos.  Para  no  ma- 
tarlos, providencia  cruel  y  peligrosa,  hállanse  en  la  triste  nece- 
sidad de  arrojarlos  á  una  tierra  extraña  usando  de  facultades 
extraordinarias,  ó  por  medio  de  una  revolución.  ¿  Cuánto  mejor 
sería  que  las  constituciones  de  las  nuevas  repúblicas  americanas 
contuvieran  una  disposición  que  permitiera  adoptar  aquella 
providencia  dolorosa,  pero  á  veces  saludable  y  necesaria,  bajo 
de  precauciones  que  impidieran  los  abusos  de  la  arbitrariedad  ? 
Creemos  que  sus  gobiernos  serian  entónces  fuertes  y  capaces  de 
impedir  todas  ó  la  mayor  parte  de  nuestras  frecuentes  y  malha- 
dadas revoluciones.  De  ellas  emanan  la  falta  de  libertad  y  garan- 
tías, así  como  el  atraso  de  estos  países,  tan  favorecidos  por  la 
naturaleza  y  dignos  de  mejor  suerte  por  el  carácter  de  sus 
pueblos. 

En  otro  punto  faltó  Luque  entónces  á  su  palabra ,  falta  que 
fué  aplaudida  por  todos  los  hombres  pensadores.  Tal  fué  la  de 
convocar  la  asamblea  de  diputados  del  departamento  del  Mag- 
dalena ,  que  habia  ofrecido  ántes  de  la  capitulación  y  en  esta 
misma  (mayo  5).  Él  manifestó  á  los  pueblos  en  una  exposición 
bien  meditada,  los  motivos  poderosos  que  habían  impedido  la 
convocatoria.  Uno  de  estos  era  la  denegación  absoluta  de  Santa- 
marta  á  concurrir  á  acto  alguno,  cuya  tendencia  fuera  sosüner 
la  división  departamental  de  la  República,  la  que  decia  estar 
abolida  irrevocablemente  por  su  parte.  Otro  motivo  fué  la  no- 
ticia, que  habia  recibido  ya,  de  haberse  restablecido  el  gobierno 
constitucional  de  1830  por  el  decreto  que  expidiera  el  vicepre- 


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capítulo  xix. 


497 


sidente  en  14  de  abril.  Siendo  el  objeto  de  la  convención  depar- 
tamental ,  suplir  la  falta  de  este  gobierno ,  era  ya  innecesaria 
después  de  su  feliz  restablecimiento  :  «  A  él  pues,  añadía 
Luque,  es  á  quien  debéis  ya  respetar  y  obedecer;  él  oirá  vues- 
tras pretensiones;  él  adoptará  los  medios  mas  eficaces  para 
vuestra  común  seguridad.  El  gobierno  sabe  muy  bien  que  los 
intereses,  las  relaciones  y  los  derechos  de  las  cuatro  provincias 
del  Magdalena  están  íntimamente  ligados  con  los  de  las  provin- 
cias del  interior,  y  todos  debemos  correr  al  rededor  de  ese  go- 
bierno para  salvarnos  de  los  horrores  de  la  anarquía,  para  rea- 
nimar el  espíritu  público ,  para  revivir  el  crédito  de  Colombia 
con  las  naciones  extranjeras ,  y  para  que  entremos  á  disfrutar 
de  los  dulces  bienes  de  la  paz,  de  la  tranquilidad  y  del 
reposo. 

»  Sí,  i  compatriotas !  ya  la  guerra  no  es  necesaria;  vosotros 
estáis  en  posesión  de  todos  vuestros  sacrosantos  derechos ,  de 
vuestra  libertad,  de  vuestra  seguridad  individual  y  de  vuestras 
fortunas;  pero  debéis  advertir  y  conocer  que  sin  ser  fieles  á 
vuestros  mismos  votos,  á  los  sacrificios  que  habéis  consagrado  á 
ese  mismo  gobierno,  ellos  habrían  sido  inútiles,  y  vosotros, 
léjos  de  haber  trabajado  por  vuestro  bien ,  habríais  minado  los 
cimientos  de  vuestra  deseada  felicidad.  Mi  corazón  no  lo  teme 
de  vosotros ,  y  por  eso  no  dudo  de  que  continuaréis  la  marcha 
que  habéis  emprendido.  Esperadlo  todo  del  gobierno  que  es  la 
obra  de  vuestras  manos.  El  gobierno  supremo  conoce  vuestros 
males ,  conoce  la  necesidad  de  convocar  una  nueva  convención 
en  donde  queden  afianzados  los  destinos  de  las  provincias  del 
centro.  No  os  alejéis,  no  os  extraviéis  de  este  paso  que  resta  dar 
para  concluir  la  obra  de  vuestros  sacrificios.  » 

Los  principios  de  política  y  de  conveniencia  que  enunciaba 
Luque  en  esta  manifestación  no  podían  ser  mas  justos ,  opor- 
tunos y  bien  meditados.  Así  es  que  sus  consejeros  en  aquellas 
circunstancias  hicieron  un  servicio  muy  distinguido  á  la  futura 
organización  de  la  Nueva  Granada ,  impidiendo  la  convención 
departamental.  Era  de  temerse  que  esta  rompiera  la  unidad  cen- 
traJfproclamando  el  sistema  de  gobierno  federativo,  al  que  tanta 
inclinación  han  tenido  algunos  hijos  de  la  provincia  de  Carta- 
gena, creyendo  engrandecer  á  su  patria  y  elevarse  ellos  mismos. 
La  anarquía,  la  guerra  civil  y  otros  males  incalculables  habrían 
sido  indudablemente  las  consecuencias  inmediatas  de  aquel 

TOMO  IV.  32 


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498  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

paso  funesto.  La  Nueva  Granada  desde  1840  hasta  i 81 6,  Buenos 
Aires,  Guatemala  y  Méjico,  son  ejemplos  y  argumentos  incon- 
testables de  los  males  que  el  sistema  de  gobierno  federativo 
derrama  profusamente  sobre  los  pueblos  de  la  raza  española  en 
América.  Nos  alucinamos  en  otro  tiempo  cual  niños  sin  expe- 
riencia en  política,  creyendo  que  podíamos  y  debíamos  organi- 
zamos como  los  descendientes  de  la  raza  anglo-sajona  en  la 
América  del  Norte ,  á  quienes  nos  supusimos  iguales.  Hé  aquí 
el  origen  fecundo  de  los  males  que  sufren  y  que  acaso  aun  su- 
frirán por  mucho  tiempo  Buenos  Aires ,  Guatemala  y  Méjico. 

La  rivalidad  de  la  provincia  de  Santamaría  con  la  de  Carta- 
gena, y  el  haber  escuchado  Luque  los  consejos  de  algunos  ver- 
daderos y  desinteresados  patriotas,  alejó  por  fortuna  en  aquella 
época  el  peligro  de  la  federación.  Con  tales  consejeros  el  general 
Luque  siguió  manejándose  bien  miéntras  que  el  gobierno 
colombiano  reorganizaba  el  departamento.  Hizo ,  pues,  un  ser- 
vicio muy  distinguido  á  la  Nueva  Granada  poniéndose  á  la 
cabeza  de  la  reacción  de  los  pueblos  del  Magdalena  hasta  arran- 
car el  poder  á  los  jefes  venezolanos  que  capitaneaban  el  partido 
militar,  apoyados  en  los  muros  y  en  los  recursos  de  la  plaza  de 
Cartagena.  Sin  tan  fausto  acontecimiento  es  probable  que  los 
esfuerzos  de  los  pueblos  del  interior  para  darse  constitución  y 
garantías ,  hubieran  encontrado  en  las  provincias  de  la  costa 
graves  obstáculos ,  que  habrían  retardado  por  algún  tiempo  el 
triunfo  decisivo  de  los  principios  liberales  y  de  la  organización 
de  la  República. 

El  26  de  abril ,  en  que  el  partido  militar  sucumbía  en  Carta- 
gena, el  pueblo  de  la  ciudad  de  Riohacha  reconquistaba  la 
libertad.  Su  anterior  gobernador  José  María  Cataño  se  presentó 
en  aquella  ciudad ,  adonde  regresaba  de  Maracáibo  después  de 
su  emigración  forzada.  Halló  á  los  habitantes  en  la  mayor  efer- 
vescencia con  las  noticias  de  las  revueltas  ocurridas  en  la  pro- 
vincia de  Cartagena.  En  seguida,  tomando  la  milicia  las  armas, 
se  apoderó  del  castillo  de  San  Jorge,  sin  que  el  comandante 
general  Sardá  opusiera  resistencia  á  la  voluntad  del  pueblo ; 
antes  por  el  contrario,  excitó  oficialmente  al  consejo  munictyal 
á  fin  de  que  se  reuniera  y  deliberase  acerca  de  la  crítica  situa- 
ción de  la  provincia. 

En  efecto  así  sucedió ,  y  el  resultado  fué  acordar  el  consejo  : 
que  todas  las  cosas  se  restablecieran  al  estado  que  tenían  el  41 


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CAPÍTULO  XIX. 

de  setiembre  anterior,  en  que  regían  la  constitución  de  1830  y 
las  leyes,  desconociéndose  al  intruso  gobierno  de  Bogotá,  y  á 
las  autoridades  departamentales;  declarar  independiente  la 
provincia  de  Riohacha ,  para  unirse  al  resto  de  la  República 
luego  que  tuviera  leyes,  órden  y  paz;  prevenir  que  se  estable- 
cieran relaciones  de  íutima  fraternidad  y  alianza  con  las  demás 
provincias  que  se  habían  pronunciado  por  la  justa  causa ,  para 
obrar  de  consuno  en  la  salvación  de  la  patria;  nombrar,  en  fin, 
comandante  de  las  tropas  de  la  provincia  al  general  Sarda, 
quien  debia  organizar  el  ejército  para  sostener  la  neutralidad 
de  Riohacha,  —  «  limitándose  solamente,  según  decia  el  acta, 
ú  ejercer  todas  las  facultades  que  eran  necesarias  en  lo  relativo 
á  la  guerra,  sin  ingerencia  en  la  política;  y  que  habiendo  sido 
siempre  el  señor  Sarda  el  protector  del  pueblo  y  el  ángel  tutelar 
de  su  salvación ,  se  le  den  las  mas  expresivas  gracias  por  su 
buen  comportamiento.  »  Á  consecuencia  de  estas  resoluciones 
populares,  la  provincia  de  Riohacha,  cuyos  moradores  habían 
sido  tan  liberales  como  valientes  defensores  de  las  leyes,  quedó 
tranquila  bajo  del  mando  del  gobernador  Cataño  y  del  general 
Sardá,  á  quien  el  pueblo  había  dado  un  testimonio  tan  brillante 
de  su  buena  conducta.  Posteriormente  los  chismes  y  denuncia- 
ciones del  general  Carmona  le  indispusieron  con  el  gobierno 
general  hasta  borrarle  injustamente  de  la  lista  militar.  £1  re- 
sentimiento perdió  á  Sardá,  haciéndole  rebelarse;  en  conse- 
cuencia terminó  su  vida  bajando  al  sepulcro  asesinado. 

Á  causa  de  estas  revoluciones  en  el  departamento  del  Magda- 
lena ,  todas  sus  cuatro  provincias  se  gobernaban  con  indepen- 
dencia unas  de  otras,  por  los  jetes  civiles  y  militares  que  habían 
elegido.  Mas  no  siendo  ninguna  de  ellas  bastante  fuerte  para 
considerarse  capaz  de  figurar  como  Estado  independiente,  y 
existiendo  mutuas  rivalidades  que  hacían  entónces  imposible 
un  acuerdo  entre  sus  habitantes  para  decidirse  por  el  sistema 
federativo ,  todas  celebraron  la  noticia  de  que  se  hubiera  resta- 
blecido el  gobierno  constitucional  de  1830,  preparándose  á 
obedecer  y  acatar  sus  órdeues.  No  tardaron  en  comenzar  á  re- 
díase las  del  vicepresidente  Caicedo. 

Dejamos  á  este  en  los  últimos  dias  de  abril  marchando  hacia 
la  capital  de  la  República,  donde  se  deseaba  su  presencia.  Antes 
de  su  arribo  ocuparon  á  Bogotá  el  2  de  mayo  cerca  de  setecientos 
hombres  de  la  división  Callao,  mandados  por  Jiménez;  habíalos 


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500  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

precedido  el  general  Urdaneta,  que  se  manifestaba  muy  satis- 
fecho. Empero  no  sucedía  lo  mismo  con  los  jefes  y  oficiales 
venezolanos,  con  algunos  ingleses  y  con  pocos  granadinos.  Por 
do  quiera  hablaban  contra  Urdaneta  á  causa  de  haberlos  aban- 
donado ,  según  decían ,  y  contra  el  convenio  de  Apulo ;  este 
ponia  término  al  reinado  militar,  y  especialmente  los  jefes  y 
subalternos  venezolanos  deploraban  amargamente  el  instante 
en  que  su  dominación  cesára  en  los  departamentos  del  centro. 
Á  pesar  de  los  beneficios  de  la  paz  que  iba  á  traer  el  convenio 
de  Apulo,  se  reprobaba  generalmente  por  los  liberales  exaltados 
el  reconocimiento  que  hizo  de  los  grados  y  ascensos  militares. 
Parecia  á  muchos  Granadinos  que  por  esta  condición  los  Vene- 
zolanos continuarían  residiendo  en  los  departamentos  del  cen- 
tro ;  esto  les  parecia  con  razón  ominoso  al  futuro  bienestar  del 
país,  en  lo  que  no  se  equivocaban. 

En  medio  de  estos  partidos  acalorados  se  aguardaba  con  ansia 
el  arribo  de  Caicedo,  á  quien  se  consideraba  como  el  iris  de  paz. 
Él  no  se  hizo  esperar  y  entró  en  la  capital  á  las  once  de  la 
noche  del  2  de  mayo ,  viniendo  solamente  acompañado  por 
algunos  oficiales.  Halló  la  ciudad  muy  agitada  no  solo  por  los 
partidos ,  sino  también  porque  se  decía  como  positivo,  que  el 
30  de  abril  habia  dormido  en  Hato- Viejo,  á  diez  y  seis  leguas 
de  Bogotá ,  la  división  de  Moreno ,  y  que  se  avanzaba  rápida- 
mente. Se  temía  sobre  manera  la  indisciplina  de  los  llaneros  de 
Casanare.  Empero  tal  noticia  fué  una  equivocación  :  las  tropas 
que  venían  y  que  llegaron  á  Funza  eran  los  restos  de  la  división 
Boyacá  en  número  de  cuatrocientos  hombres,  ó  poco  ménos. 
Salváronse  estos  de  Serinza,  y  luego  se  les  unieron  algunos 
destacamentos  que  juntó  Briceño. 

Al  siguiente  día  después  de  su  arribo  y  ántes  de  principiar 
Caicedo  á  ejercer  el  mando,  concurrió  al  consejo  de  Estado.  Sus- 
citóse allí  la  cuestión —  «  de  si  debia  prestar  ó  no  el  juramento 
constitucional.  »  Él  se  denegaba ,  porque  habiendo  asumido  el 
gobierno  como  vicepresidente,  no  había  necesidad  de  otro  jura- 
mento. El  ministro  García  del  Rio  sostenía  que  debia  jurar  — 
«  para  tranquilidad  del  país  y  del  mismo  consejo  que  le  htbia 
nombrado;  que  con  este  paso  quedarían  satisfechos  ambos  par- 
tidos, considerándole  el  uno  proclamado  por  él  como  vicepresi- 
dente, y  el  otro  en  virtud  del  nombramiento  del  consejo ;  de  lo 
contrario  se  daría  ansa  alas  personas  exaltadas  del  partido  libe- 


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CAPÍTULO  XIX. 


ral  que  abrigaban  todavía  desconfianzas  y  temores,  para  que  no 
dejasen  continuar  por  mucho  tiempo  la  tranquilidad.  Que  todos 
los  de  su  partido  habían  consentido  en  el  convenio,  bajo  el  su- 
puesto de  que  el  señor  Caicedo  tomaría  el  mando  en  virtud  del 
nombramiento  del  consejo  de  Estado;  porque  si  lo  hacía  como 
vicepresidente  se  renovarían  las  escenas  pasadas,  en  que  se  les 
reputaba  como  facciosos;  y  si  al  fin  se  da  un  paso  falso,  es  preciso 
confesar  que  se  han  perdido  los  que  se  promovieron  para  ase- 
gurar la  paz.  »  —  Después  de  discutirse  las  opiniones  contra- 
rias, se  convino  en  que  el  vicepresidente  dijese  ante  las  autori- 
dades reunidas  en  la  casa  de  gobierno ,  que  volvía  á  tomar  el 
mando,  y  que  jurase  «  cumplir  con  sus  deberes  y  con  el  con- 
venio celebrado  en  las  Juntas  de  Apulo.  »  Verificóse  el  acto  in- 
mediatamente, y  Caicedo  quedó  el  3  de  mayo  reconocido  como 
jefe  de  la  República. 

Él  anunció  á  los  pueblos  su  reinstalación  en  el  poder  ejecu- 
tivo por  medio  de  una  proclama,  en  que  maniíestaba  que  los 
mas  ardientes  deseos  de  la  felicidad  pública  le  habían  arrancado 
de  la  vida  privada;  que  el  resultado  feliz  de  sus  desvelos  había 
sido  un  tratado  que  conciliaba  el  honor  del  gobierno  y  la  dig- 
nidad nacional,  asegurándoles  la  paz  y  la  concordia.  «  El  28  de 
abril,  decía,  forma  una  nueva  era  para  nosotros  :  en  él  co- 
mienza una  época  gloriosa  y  la  mas  laudable  de  la  posteridad. 
Este  dia  ha  cubierto  con  un  denso  velo  todo  lo  pasado ,  y  der- 
rama el  bálsamo  de  la  paz  en  los  hijos  de  este  suelo  que  nos 
pertenece. 

»  ¡  Compatriotas!  librad  vuestra  confianza  en  el  gobierno:  él 
os  ofrece  protección  y  garantías  inviolables  en  el  cumplimiento 
de  las  leyes.  Abrazaos  recíproca  y  cordialmente,  y  al  olvidar 
para  siempre  hasta  el  recuerdo  de  nuestras  quejas,  jurad  todos 
en  vuestro  corazón,  no  existir  sino  para  la  patria,  para  este 
ídolo  de  los  Colombianos.  » 

En  otra  proclama  al  ejército  le  felicitaba  por  el  restableci- 
miento de  la  paz,  que  había  hecho  deponer  á  todos  las  armas  y 
los  resentimientos  para  darse  un  ósculo  fraternal.  «Soldados, 
anadia,  en  esta  contienda  habéis  salido  todos  vencedores  y  nin- 
guno vencido;  solamente  habéis  triunfado  de  las  pasiones.  La 
posteridad  os  llamará  virtuosos.  ¡Soldados!  contad  con  el  go- 
bierno como  el  gobierno  cuenta  con  vosotros.  » 

Este  idioma  era  consolador  y  propio  para  inspirar  confianza 


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502  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

á  los  diferentes  partidos;  pero  como  aun  no  habia  llegado  tropa 
alguna  á  la  capital ,  de  las  que  mandaba  López ,  se  hallaba  el 
vicepresidente  á  merced  de  la  división  Callao  :  muchos  tuvie- 
ron por  una  grave  imprudencia  la  venida  de  Caicedo  á  la  capi- 
tal sin  fuerzas  que  le  apoyaran ;  pero  él  nada  temia,  y  esperaba 
con  su  natural  bondad  y  sangre  fria  dominar  y  amalgamar  los 
bandos  políticos. 

Uno  de  los  primeros  cuidados  de  Caicedo  fué  organizar 
su  ministerio.  Para  hacienda  nombró  al  doctor  Pedro  Gual , 
para  el  interior  al  doctor  José  María  Castillo ,  para  relaciones 
exteriores  al  señor  Alejandro  Vélez,  y  para  guerra  y  marina  al 
general  José  María  Obando.  Castillo  y  Gual  pertenecian  á  los 
moderados,  amigos  de  Bolívar;  Obando  y  Vélez  á  los  exaltados 
liberales ;  por  tanto  ningún  partido  quedó  contento.  Castillo  se 
posesionó  inmediatamente ,  y  miéntras  que  los  otros  lo  hacian, 
continuaron  en  el  despacho  los  anteriores  ministros  Pey,  Men- 
doza, y  García  del  Rio.  Con  esta  mezcla  pretendia  Caicedo  sa- 
tisfacer é  inspirar  confianza  á  los  opuestos  bandos. 

El  mismo  espíritu  de  mezclar  y  fundir  los  partidos  presidió 
al  nombramiento  de  los  consejeros  de  Estado.  Continuaron  los 
cinco  que  existían  de  la  administración  de  Urdaneta.  Eran  es- 
tos los  ciudadanos  José  Sanz  de  Santamaría ,  Manuel  Pardo , 
Vicente  Borrero ,  Raimundo  Santamaría  y  el  canónigo  Juan 
Nepomuceno  Escobar.  Ademas  fueron  nombrados  los  señores 
Félix  Restrepo ,  Juan  Fernández  Sotomayor,  Vicente  Azuero , 
Juan  García  del  Rio ,  José  María  Ortega ,  Diego  Fernando  Gó- 
mez ,  Agustín  Gutiérrez  Moreno  y  José  Manuel  Restrepo.  Los 
ocho  individuos  nombrados  últimamente  pertenecian ,  unos  á 
los  moderados  liberales  y  otros  á  los  exaltados.  Algunos  no  ad- 
mitieron y  fueron  reemplazados  después.  En  esta  corporación 
era  donde  ménos  peligro  habia  con  la  divergencia  de  opiniones. 

El  vicepresidente  hizo  de  nuevo  los  nombramientos  de  los 
prefectos  de  los  departamentos  y  gobernadores  de  las  provin- 
cias, reformando  los  que  ántes  habia  hecho  desde  Purificación. 
Para  Cundinamarca  escogió  al  doctor  Bernardino  Tovar;  para 
Boyacá  al  señor  Policarpo  üricoechea;  para  Antióquia  al  se9br 
Francisco  Montoya;  y  para  el  Magdalena  al  doctor  Estévan  Díaz 
Granádos.  Todos  eran  ciudadanos  de  influjo  y  moderados  en  su 
liberalismo.  La  misma  política  presidió  en  la  elección  de  los 
gobernadores  de  Néiva ,  Mariquita ,  Socorro ,  Mompox ,  Santa- 


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CAPÍTULO  XIX.  503 

marta  yRiohacha;  hombres  de  juicio  maduro  ,  de  probidad  y 
sin  exaltación,  fueron  escogidos  para  que  restablecieran  la  tran- 
quilidad de  las  provincias  y  calmáran  la  efervescencia  de  ios 
partidos.  Este  era  el  fin  que  se  habia  propuesto  Caicedo  en  su 
administración  ,  fin  laudable  y  oportuno ,  para  el  cual  era  su 
carácter  muy  á  propósito  por  su  calma  bondadosa. 

Después  de  haber  dictado  el  vicepresidente  las  providencias 
conducentes  para  organizar  su  gobierno ,  quiso  ocuparse  de 
aquellas  que  debian  servir  para  reorganizar  la  República.  Hacía 
tiempo  que  todos  los  hombres  amantes  de  leyes ,  de  garantías  y 
de  orden,  deseaban  una  reunión  de  diputados  de  las  provincias 
que  componían  los  departamentos  del  centro.  Es  cierto  que 
Urdaneta  la  habia  convocado  para  la  villa  de  Léiva ;  pero  los 
trastornos  ocurridos  en  algunos  departamentos  impidieron  las 
elecciones,  y  aunque  en  otros  se  habian  hecho  ,  siempre  estaba 
incompleta  la  representación  nacional.  Fuera  de  esto,  era  tanto 
el  odio  y  la  detestación  que  se  tenia  del  gobierno  de  Urdaneta, 
al  que  la  generalidad  consideraba  como  usurpado ,  ilegítimo,  y 
representante  del  poder  militar,  que  ninguno  de  los  liberales 
quería  que  se  juntase  la  convención  en  virtud  de  la  convocato- 
ria expedida  por  aquel  general.  Caicedo  resolvió,  pues,  en  7  de 
mayo  convocar  de  nuevo  una  convención  de  diputados  de  los 
departamentos  de  Gundinamarca ,  Cáuca ,  Antióquia ,  Istmo , 
Magdalena  y  Boy  acá ;  debia  reunirse  en  la  capital  el  15  de  no- 
viembre próximo. 

El  mismo  dia  se  expidió  el  reglamento  prescribiendo  el  modo 
de  hacer  las  elecciones  primarias  y  las  secundarias.  Conforme 
á  sus  disposiciones  carecian  del  derecho  de  sufragio  todos  aque- 
llos que  no  tuvieran  —  «  una  propiedad  raíz  cuyo  valor  libre 
alcanzase  á  trescientos  pesos ,  y  en  su  defecto  ejercer  alguna 
profesión  ó  industria  que  produzca  una  renta  anual  de  ciento 
cincuenta  pesos.  »  Ninguno  que  no  tuviera  alguna  propiedad 
raíz,  cuyo  valor  libre  fuese  de  mil  quinientos  pesos,  ó  una  renta 
anual  de  doscientos  pesos  provenientes  de  bienes  raíces ,  ó  la 
de  trescientos  pesos  que  fueran  el  producto  del  ejercicio  de  al- 
guál  profesión  que  requiriese  grado  científico  ,  oficio  ó  indus- 
tria útil  ó  decorosa ,  ó  un  sueldo  de  cuatrocientos  pesos ,  podia 
ser  nombrado  elector.  Los  diputados  debian  ser  de  treinta  años 
cumplidos  de  edad ,  poseer  una  propiedad  raíz  del  valor  libre 
de  cuatro  mil  pesos,  ó  en  su  defecto  la  renta  de  quinientos  ó  la 


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504  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

de  ochocientos  que  fueran  el  producto  de  algún  empleo  ó  del 
ejercicio  de  cualquier  género  de  industria.  Por  cada  veinte  y 
cinco  mil  almas  se  elegiría  un  diputado ,  y  otro  por  un  residuo 
de  mas  de  doce  mil  quinientas;  cada  provincia  nombraría  un 
diputado,  aun  cuando  su  población  fuese  menor  que  la  base 
dicha.  Igualmente  se  elegirían  tantos  suplentes  cuantos  fueran 
los  principales. 

En  la  convocatoria  de  este  congreso  se  exigió  mayor  propie- 
dad ó  renta  que  la  prescrita  por  el  reglamento  de  elecciones 
para  el  de  1830.  El  secretario  Castillo,  que  lo  redactara,  y  los 
hombres  de  Estado  liberales  moderados  y  de  experiencia  en 
Colombia,  se  hallaban  convencidos  de  que  en  teoría  ó  en  prin- 
cipio podia  muy  bien  defenderse  aun  el  sufragio  universal; 
pero  que  en  la  práctica  debia  restringirse  por  el  mismo  bien  de 
la  comunidad.  Sostenían  que  tales  restricciones  eran  necesarias 
en  nuestras  repúblicas ,  pues  se  dirigían  á  que  votaran  sola- 
mente los  ciudadanos  que  por  su  posición  social  tuvieran  inte- 
rés en  conservar  el  orden  público,  y  la  instrucción  bastante  para 
dar  su  voto  á  personas  que  lo  merecieran ,  sin  dejarse  arrastrar 
como  instrumentos  ciegos  de  los  jefes  de  los  partidos.  Quien 
ataque  estas  restricciones  como  injustas  ó  inconvenientes ,  no 
conoce  la  población  de  Colombia,  ignorante  por  lo  general,  y 
se  olvida  que  tenemos  diferentes  castas. 

Tanto  en  este  como  en  el  anterior  reglamento  eleccionario , 
se  impuso  á  los  ciudadanos  hábiles  para  sufragar  la  obligación 
de  concurrir  á  las  asambleas  primarias  á  dar  su  voto.  ¡  Inútil 
precaución !  Ellos  continuaron  alejándose  de  las  mesas  eleccio- 
narias, y  por  una  contradicción  inexplicable,  hombres  amantes 
del  bien  público  y  del  sistema  representativo  no  iban  á  votar, 
bien  por  no  tomarse  aquella  molestia,  ó  mas  bien  porque  las 
elecciones  indirectas  y  por  grados  daban  muy  poco  influjo  al 
voto  individual  en  las  asambleas  primarias. 

Los  objetos  asignados  á  la  convención  de  los  departamentos 
del  centro  eran  :  acordar  una  constitución  para  la  República , 
elegir  los  magistrados  que  debían  regirla,  y  ocuparse  de  los  de- 
mas  negocios  que  tuvieran  por  conveniente. 

Estas  providencias  del  nuevo  gobierno  eran  excelentes;  pero 
aun  les  faltaba  su  base  principal :  seguridad  en  el  órden  pú- 
blico. La  división  Callao  ocupaba  exclusivamente  la  capital 
con  mil  doscientos  hombres  de  buenas  tropas  mandados  por 


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CAPÍTULO  XIX. 


antiguos  jefes ,  algunos  de  los  cuales  no  querían  conformarse 
con  el  convenio  de  Apulo.  Lo  mismo  sucedia  con  cerca  de  cua- 
trocientos soldados,  restos  de  la  división  Briceño ,  acampados 
en  la  estancia  de  Garzón ,  que  yace  fuera  de  la  extremidad  oc- 
cidental de  Bogotá.  Las  fuerzas  que  mandaba  López  y  que  obe- 
decian  al  vicepresidente  aun  no  habían  llegado  á  la  explanada 
que  circunda  a  dicha  ciudad,  y  se  iban  reuniendo  en  la  parro- 
quia de  Zerrezuela.  Así ,  el  vicepresidente  y  sus  agentes  se  ha- 
llaban á  la  merced  del  Callao,  cuyos  jefes  y  oficiales  no  inspira- 
ban confianza  alguna  por  sus  opiniones  conocidas,  y  porque  se 
sabia  las  proposiciones  que  vertían  contra  el  gobierno.  El  gene- 
ral López  y  su  estado  mayor  vinieron  solos  á  la  capital  á  fin  de 
infundir  mayor  confianza  y  respeto  á  los  jefes  y  oficiales  disi- 
dentes. 

Sin  embargo ,  Caicedo  y  el  general  en  jefe  consiguieron  por 
su  buen  modo  y  persuasiones ,  que  después  de  una  revista  la 
división  Callao  jurára  obediencia  y  fidelidad  al  gobierno  y  sos- 
tener las  estipulaciones  acordadas  en  las  Juntas  de  Apulo.  Des- 
pués se  ha  dicho  que  esto  fué  una  burla;  pero  se  creyó  entón- 
ces  que  el  juramento  se  habia  prestado  en  debida  forma  (mayo 
6).  En  aquel  mismo  dia  se  unieron  á  la  división  Callao  las  reli- 
quias de  la  de  Briceño ,  quien  por  su  antigüedad  tenia  la  pre- 
tensión de  mandar  las  tropas  exclusivamente  :  él  quería  come- 
ter desafueros. 

Uno  de  los  motivos  de  desconfianza  que  alegaba  Jiménez  y 
los  demás  jefes  del  Callao ,  era  que  las  tropas  llamadas  del 
gobierno  aun  no  habían  jurado  observar  el  convenio  de  Apulo. 
Hallando  el  general  López  ser  justa  la  observación,  ofreció  que 
se  prestaría  inmediatamente  el  juramento  y  que  podían  enviar 
un  comisionado  que  lo  presenciára.  Dióse  en  efecto  la  órden,  y  . 
aquel  acto  solemne  tuvo  lugar  en  el  cuartel  general  de  Vene- 
zuela. 

En  este  lugar  se  iban  reuniendo  los  diferentes  cuerpos  de 
tropas  y  las  guerrillas  que  obedecían  al  gobierno.  Se  habia  pre- 
venido por  el  general  en  jefe  López  á  la  división  de  Casanare 
silGada  en  Cipaquirá ,  que  marchára  hácia  el  mismo  lugar  con 
los  mil  quinientos  hombres  de  que  se  componía.  Pero  el  gene- 
ral Moreno  daba  respuestas  evasivas ,  y  se  aseguraba  que  arras- 
trado por  malos  y  exaltados  consejeros  no  quería  reconocer  la 
autoridad  del  general  en  jefe  ni  el  convenio  de  Apulo. 


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HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


Era,  pues,  harto  crítica  la  situación  del  vicepresidente  y  de 
López  en  la  capital.  Solo  tenían  á  su  favor  la  fuerza  moral,  cuyo 
imperio  era  verdaderamente  débil.  Los  partidos  encontrados  se 
chocaban,  y  cada  dia  se  esparcían  rumores ,  ya  de  que  los  jefes 
del  Callao  pensaban  hacer  una  marcha  rápida  hácia  Cúcuta , 
donde  el  general  Carrillo  tenia  cerca  de  ochocientos  hombres , 
y  unidos  á  este  emprender  nuevas  operaciones ;  ya  que  su 
proyecto  era  atacar  y  batir  en  detal  á  los  diferentes  cuerpos 
que  se  iban  juntando  en  Zerrezuela.  Este  habría  sido  el  plan 
mas  peligroso  para  los  liberales  y  para  la  futura  organización 
de  la  Nueva  Granada.  La  división  Callao  podia  reunir  mil  seis- 
cientos hombres  de  buenas  tropas,  y  haciendo  con  celeridad  su 
marcha  sobre  Zerrezuela,  que  solo  dista  de  Bogotá  cinco  leguas 
de  buen  camino ,  sorprender  y  batir  á  los  mil  trescientos ,  la 
mayor  parte  de  milicias ,  que  allí  existían ,  mandados  por  el 
general  Antonio  Obando.  Afortunadamente  Jiménez  y  socios 
no  tomaron  con  decisión  un  partido  hostil  á  la  causa  de  la  li- 
bertad, que  hubiera  corrido  un  gran  peligro.  Conociendo  esta 
situación  peligrosa,  Caicedo,  López  y  otros  hombres  influentes 
se  empeñaron  en  calmar  los  ánimos  enardecidos,  y  en  inspirar 
confianza  al  partido  militar,  de  que  fielmente  se  observaría  el 
convenio  de  Apulo.  Muchos  exaltados  de  uno  y  otro  bando 
deseaban  con  suma  imprudencia  un  rompimiento  que  habría 
costado  harta  sangre,  causando  males  muy  graves  á  la  patria. 

Para  hacer  mas  crítica  la  posición  del  gobierno  se  supo  que 
algunos  militares  del  Callao  abrigaban  el  proyecto  de  asesinar 
á  López  y  á  su  comitiva.  Persuadido  este  de  la  existencia  de  se- 
mejante plan,  y  de  la  urgente  necesidad  que  habia  de  reunir 
las  tropas  y  acercarlas  á  la  ciudad ,  á  fin  de  inspirar  respeto  ó 
batir  á  la  división  Callao ,  salió  de  Bogotá  (mayo  7)  cerca  de  la 
noche,  y  por  caminos  extraviados  para  evitar  una  celada,  llega 
á  Zerrezuela.  Después  de  dar  aquí  sus  disposiciones  marcha  á 
Cipaquirá  á  verse  con  el  general  Moreno.  Hallóle  enfermo  é  im- 
pregnado de  las  ideas  mas  extravagantes.  Sus  malos  y  exaltados 
consejeros  le  habían  imbuido  en  que  debia  obrar  con  total  in- 
dependencia, hasta  destruir  absolutamente  al  partido  boliviano, 
matando  ó  desterrando  á  los  que  hubieran  sostenido  al  Liberta- 
dor. Hubo  aun  quienes  propusieran  á  Moreno  que  asumiera  la 
dictadura,  para  extirpar  al  partido  contrario.  ¡Y estos  hombres 
se  llamaban  patriotas  liberales!... 


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CAPÍTULO  XIX. 


507 


El  general  Moreno ,  aunque  era  un  llanero  ignorante ,  tenia , 
según  el  testimonio  de  los  que  le  trataron  de  cerca,  buenas  in- 
tenciones y  deseaba  el  bien  de  la  patria.  Así,  después  de  una 
conferencia  con  López ,  ofreció  obedecer  sus  órdenes  y  las  del 
vicepresidente,  observando  y  haciendo  observar  lo  convenido 
en  Apulo.  El  general  en  jefe  marchó  al  dia  siguiente  (mayo  9) 
para  Zerrezuela,  y  en  el  mismo  se  puso  en  movimiento  la  divi- 
sión Casanare  hacia  el  cuartel  general,  la  que  tenia  mil  qui- 
nientos hombres,  mitad  de  infantería  y  el  resto  de  caballería; 
tres  escuadrones  eran  de  llaneros,  excelentes  y  temibles  jinetes. 

Allanados  puntos  tan  importantes  para  el  restablecimiento  del 
órden,  faltaba  acordar  el  modo  de  refundir  la  división  Callao 
en  las  demás  tropas,  según  lo  convenido  en  Apulo.  Con  este 
objeto  el  vicepresidente  salió  el  11  de  mayo,  asociado  de  Jimé- 
nez y  de  otras  personas,  á  tener  en  Fontibon,  á  dos  leguas  de 
Bogotá,  una  entrevista  con  López  y  Moreno.  Allí  fué  insultado 
Jiménez  en  presencia  de  Caicedo  y  de  López  por  los  insubor- 
dinados oficiales  de  Casanare,  que  aun  dieron  muestras  de  que- 
rer asesinarle :  una  escena  igual  pasó  entre  los  oficiales  que 
acompañaron  á  Jiménez  y  otros  del  gobierno.  En  medio  de 
estos  disgustos,  el  vicepresidente  y  el  general  en  jefe  solo  po- 
dian  calmar  pasiones  tan  irritadas  con  su  prudencia  y  sus  con- 
sejos, á  fin  de  que  no  se  cometiera  un  atentado  criminal  y  es- 
candaloso. Lo  consiguieron,  y  el  resultado  de  la  conferencia  fué 
que  el  ejército  del  gobierno  entraría  en  la  capital  el  13.  Para  dar 
mayor  solemnidad  á  su  entrada  se  acordó  que  algunos  de  los 
cuerpos  mandados  por  Jiménez  marcharían  sucesivamente  de 
la  plaza  cuando  se  acercara  el  ejército  constitucional,  y  se  in- 
corporarían á  este  para  entrar  todos  juntos  como  hermanos  y 
compañeros  de  armas. 

El  13  de  mayo  por  la  mañana  cerca  de  cuatro  mil  hombres 
de  infantería  y  caballería  se  presentaron  desde  el  extremo  de 
la  calle  ancha  de  San  Victorino,  hasta  el  puente  de  Aranda. 
Según  lo  acordado ,  debían  haber  salido  temprano  quinientos 
hombres  del  batallón  Kífles  á  unirse  y  fraternizar  con  las  tropas 
qi#  llegaban.  Mas  en  vez  de  esto  se  presentó  eu  el  llano  de 
Garzón  el  titulado  general  Vicente  Piñérez  á  intimar  oficial- 
mente á  López  á  nombre  de  Jiménez—  «  que  los  jefes  y  oficia- 
les de  su  división  habían  resuelto  morir  con  las  armas  en  la 
mano,  ántes  que  obedecer  las  órdenes  de  que  salieran  los  cuer- 


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508  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

pos  sucesivamente  á  incorporarse  con  el  ejército;  que  por  tanto 
se  dispusiera  para  el  combate ,  pues  todo  estaba  pronto  de  su 
parte ,  y  solo  se  esperaba  el  regreso  de  Piñérez  á  la  plaza  para 
marchar  los  batallones.  »  El  general  en  jefe  contestó  semejante 
mensaje  con  la  firmeza  y  energía  debidas  al  puesto  que  ocupaba, 
y  ordenó  el  ejército  para  la  acción,  en  caso  de  que  Jiménez 
realizára  sus  bravatas. 

En  estas  circunstancias,  impuesto  el  vicepresidente  del  estado 
crítico  de  los  negocios  ordenó  á  Jiménez  y  á  López  que  guarda- 
ran sus  actuales  posiciones  sin  dar  un  paso  adelante,  pues  iba 
á  salir  al  campo  á  fin  de  arreglar  la  cuestión  pendiente.  En 
efecto,  se  presentó  á  las  once  de  la  mañana,  acompañado  del 
secretario  de  lo  interior  y  de  otros  altos  funcionarios,  á  tener 
una  conferencia  con  López.  Manifestó  en  ella  el  vicepresidente 
que  los  jefes  de  la  plaza  abrigaban  desconfianzas  y  temían  ser 
víctimas  del  ejército  libertador,  y  era  por  esto  que  no  consen- 
tían en  la  marcha  sucesiva  de  los  cuerpos  de  la  división  Callao. 
Enumerando  los  motivos  en  que  fundaban  sus  temores,  se  adu- 
jeron como  principales  la  aparición  del  ejército  constitucional 
cuando  aun  no  se  le  esperaba ,  y  las  demasías  que  se  permitie- 
ron algunos  oficiales  con  Jiménez  y  sus  compañeros  en  la  entre- 
vista de  Fontibon.  «  Para  restablecer  la  confianza,  dijo  el  señor 
Caicedo,  y  hacer  cesar  los  temores  de  los  jefes  del  Callao,  sería 
preciso  que  las  tropas  constitucionales  se  retiraran  á  Fontibon, 
miéntras  se  dispone  la  salida  de  los  cuerpos  que  guarnecen  la 
ciudad,  pues  sin  esta  condición  es  difícil  que  Jiménez  obedezca, 
y  en  tal  caso  sería  necesario  combatir,  originándose  males  muy 
graves  á  la  patria,  » 

López  aseguró  al  vicepresidente  de  la  rectitud  de  sus  inten- 
ciones y  que  habia  improbado  la  conducta  observada  por  algu- 
nos acalorados  imprudentes  con  Jiménez  y  sus  compañeros ,  de 
la  que  no  podia  inferirse  que  el  ejército  de  su  mando  intentara 
cometer  con  ellos  una  felonía ;  así ,  que  podia  el  gobierno  dar  á 
los  jefes  residentes  en  la  plaza  todas  las  seguridades  que  juzgára 
convenientes,  de  que  serian  respetados  en  sus  personas  y  pro- 
piedades, siempre  que  se  sometieran  á  lo  acordado  en  Fonti- 
bon. En  cuanto  á  la  retirada  del  ejército  á  esta  parroquia, 
López  la  combatió  como  inútil  y  poco  honrosa. 

A  pesar  de  que  el  vicepresidente  á  su  regreso  procuró  inspi- 
rar confianza  á  Jiménez  sobre  las  buenas  intenciones  del  ejér- 


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CAPÍTULO  XIX. 


500 


cito  constitucional ,  no  lo  pudo  conseguir,  ni  tampoco  el  que  se 
le  obedeciera  cumpliéndose  con  la  salida  de  las  tropas.  Dió 
mucho  cuidado  el  que  Jiménez  ocupára  sin  órden  ni  conoci- 
miento del  gobierno  el  fuerte  edificio  del  colegio  de  San  Barto- 
lomé, paso  que  indicaba  miras  hostiles,  y  que  produjo  grande 
alarma  é  irritación  en  la  ciudad.  Dirigíase  principalmente  el 
odio  público  en  aquellas  circunstancias  contra  los  jefes  y  oficia- 
les venezolanos ,  autores  principales  de  estos  desórdenes.  Algu- 
nos de  ellos  habian  sido  expelidos  de  Venezuela,  y  ahora  vién- 
dose sin  patria  ni  hogar,  pretendían  residir  en  el  centro,  aunque 
fuera  soplando  el  fuego  de  la  discordia;  los  otros  deseaban  con- 
tinuar viviendo  á  costa  nuestra  y  utilizándose  de  la  sustancia  de 
los  pueblos. 

Un  suceso  inesperado  vino  á  comprometer  hasta  lo  sumo  las 
esperanzas  que  existían  de  una  terminación  pacífica  de  la  con- 
tienda. Los  oficiales  Galarza  y  Toledo,  deseosos  de  verá  sus 
familias,  entraron  en  la  ciudad  violando  las  órdenes  generales  de 
López.  Habiendo  sido  reconocidos  por  unos  húsares  de  Ayacu- 
cho  correspondientes  á  la  columna  que  trajo  Briceño,  Galarza 
fué  asesinado,  Toledo  herido  y  llevado  prisionero  á  uno  de  los 
cuarteles  del  Callao,  donde  se  ocultaron  los  asesinos.  El  gene- 
ral en  jefe  necesitó  de  la  mayor  firmeza,  tino  y  prudencia  para 
contener  á  los  jefes  de  los  diferentes  cuerpos ,  que  pedían  á  gri- 
tos un  ataque  inmediato  contra  los  enemigos  que  violaban  todas 
sus  promesas.  Manifestóles  que  sería  peligroso  atacar  en  sus 
fuertes  cuarteles  á  la  división  Callao,  que  poseía  todos  los  me- 
dios de  defensa,  inclusa  buena  artillería ;  que  se  derramaría  así 
inútilmente  una  sangre  preciosa,  pues  era  de  hermanos;  que 
iba  á  exigir  la  entrega  de  los  asesinos  para  que  fueran  castigados ; 
y  que  si  no  obtenía  la  debida  satisfacción,  se  hallaba  con  los 
suficientes  recursos  para  hacer  rendir  las  armas  á  los  facciosos, 
sin  exponerse  á  un  derramamiento  innecesario  de  sangre  co- 
lombiana. 

Los  habitantes  de  Bogotá  sufrieron  aquel  dia  (mayo  13)  por 
dos  largas  horas  la  mas  penosa  ansiedad,  temiendo  un  ataque, 
el^aqueo  y  las  muertes  que  habrían  sido  consiguientes.  Los 
llaneros  de  Moreno  eran  los  mas  temibles,  como  indisciplinados 
semibárbaros ,  que  mataban  á  un  hombre  con  la  misma  sangre 
fria  que  á  un  toro. 

En  virtud  de  los  esfuerzos  que  hacía  el  vicepresidente  para 


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510  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

mediar  entre  los  partidos  contendores,  pudo  conseguir  que 
estos  se  reprimieran.  Jiménez  entregó  presos  á  los  asesinos,  á 
fin  de  que  fueran  juzgados  por  la  autoridad  competente,  noticia 
que  se  mandó  publicar  en  el  ejército  para  calmar  algún  tanto  la 
efervescencia  de  las  tropas. 

Habíanse  ya  cambiado  várias  contestaciones  y  mensajes  entre 
López  y  Caicedo,  algunos  de  ellos  bastante  acalorados,  cuando 
el  vicepresidente  adoptó  medidas  mas  eficaces  para  hacerse  obe- 
decer. Viendo  la  resistencia  constante  que  oponian  los  jefes  y 
oficiales  venezolanos  á  incorporarse  con  las  tropas  del  gobierno, 
les  mauifestó  que  hallándose  mal  queridos  en  los  departamentos 
del  centro ,  era  mejor  que  pidieran  sus  pasaportes  y  que  hicie- 
ran lo  mismo  todos  los  que  no  quisieran  seguir  con  la  división 
Callao  á  unirse  con  el  ejército  constitucional.  Ademas,  que  los 
cuerpos  se  pusieran  á  las  órdenes  del  general  en  jefe,  en  la 
misma  noche,  el  que  enviaria  jefes  y  oficiales  de  su  confianza 
para  que  los  mandáran.  Este  partido  fué  aceptado,  y  el  vicepre- 
sidente lo  comunicó  á  López  sin  tardanza,  previniéndole  que 
suspendiera  la  entrada  de  las  tropas  hasta  el  dia  siguiente,  y 
que  entre  tanto  el  ejército  se  retirase  á  pernoctar  en  la  hacienda 
de  Techo.  A  pesar  de  que  muchos  oficiales  pretendían  que  se 
desobedeciera  esta  órden,  López  la  cumplió,  sin  embargo  de 
que  el  tiempo  era  horrible  por  las  lluvias  incesantes. 

El  vicepresidente  dió  cuenta  al  consejo  de  Estado  de  todo  lo 
ocurrido,  indicándole  que  para  cimentar  la  confianza  sería  con- 
veniente que  él  dejara  el  mando ,  proposición  que  hizo  en  virtud 
de  la  estipulación  secreta  que  hubo  en  las  Juntas  de  Apulo. 
Empero  el  consejo  se  opuso  unánimemente  á  la  indicada  re- 
nuncia, y  excitó  al  vicepresidente  á  continuar  empleando  sus 
esfuerzos  para  conciliar  los  partidos  y  restablecer  la  calma  de 
la  República,  que  se  hallaba  tan  agitada. 

Al  dia  siguiente  (mayo  44)  mas  de  ciento  cinco  jefes,  oficiales, 
sarjentos  y  cabos  venezolanos  pidieron  sus  pasaportes,  unos 
para  Venezuela  y  otros  para  las  Antillas.  Al  separarse  del  Ca- 
llao desorganizaron  los  cuerpos  sacando  cerca  de  doscientos 
hombres  de  los  mejores  para  asistentes ,  y  se  dispersaron  tá- 
renla húsares  de  Ayacucho,  que  eran  oíros  tantos  facinerosos. 
Urdaneta,  que  aconsejaba  á  los  suyos  la  sumisión  al  gobierno, 
y  que  ninguna  parte  habia  tenido  en  los  disturbios  de  aquellos 
dias,  Briceño,  Máres  y  otros  oficiales  de  los  mas  comprometidos 


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CAPÍTULO  XIX.  511 

se  ocultaron  en  la  ciudad,  temiendo  el  odio  y  la  efervescencia 
de  las  pasiones  que  agitaban  ai  pueblo  y  á  las  tropas  contra 
ellos.  Apénas  quedaron  ocho  ó  diez  oficiales  sin  ningún  jefe  en 
la  división  Callao,  lo  que  demoró  hasta  las  cuatro  de  la  tarde 
su  entrega  al  general  José  María  Mantilla,  nombrado  para  reci- 
birla; pero  como  llovia  mucho  y  el  ejército  constitucional  se 
hallaba  acampado  á  alguna  distancia,  se  difirió  la  entrada  para 
el  dia  siguiente. 

Á  las  siete  y  media  de  la  mañana  del  15  de  mayo  salió  la 
división  Callao  á  unirse  con  el  ejército,  que  estaba  formado  en 
la  llanura  contigua  á  la  calle  ancha  de  San  Victorino.  Á  las  diez 
y  media  rompió  su  marcha  de  entrada  por  las  calles  de  San 
Juau  de  Dios  y  del  Comercio  en  medio  de  las  aclamaciones  de 
un  numeroso  concurso,  formándose  en  la  plaza  mayor.  Hubo 
en  la  parada,  que  fué  hermosa  por  la  variedad  de  trajes,  espe- 
cialmente de  la  caballería,  el  mejor  órden.  El  pueblo  y  las 
tropas  manifestaron  mucha  alegría,  porque  veían  cumplidos 
sus  mas  ardientes  votos,  que  eran  por  el  restablecimiento  de  la 
tranquilidad  y  de  la  paz ,  perdidas  habia  tantos  meses. 

En  aquella  misma  parada ,  á  presencia  del  vicepresidente,  de 
los  altos  funcionarios  y  de  las  tropas ,  fué  disuelto  el  batallón 
Callao,  distribuyendo  sus  clases  y  soldados  en  otros  cuerpos ; 
esta  suerte  era  bien  merecida  por  su  indisciplina  y  por  el  fu- 
nesto ejemplo  que  habia  dado  destruyendo  al  gobierno  legítimo, 
y  derramando  tanta  sangre  en  el  Santuario.  López  envió  la 
bandera  de  este  batallón  al  consejo  municipal  de  Popayan, 
para  que  se  conservára  en  su  sala,  como  un  recuerdo  honroso 
de  lo  que  habían  trabajado  los  hijos  de  aquella  ciudad  por 
restablecer  el  imperio  de  la  constitución  y  de  las  leyes.  El 
mismo  López  era  quien  mas  se  habia  distinguido  en  tan  lau- 
dable como  patriótica  empresa.  Desde  su  arribo  á  Néiva,  dos 
meses  ántes,  trabajó  en  ella  con  actividad,  valor,  prudencia  y 
tino.  La  Nueva  Granada  jamas  debe  olvidar  tan  importantes 
servicios. 

Dos  dias  después  de  la  disolución  del  Callao  cupo  la  misma 
siM|pte  á  la  columna  de  Boy  acá,  que  correspondía  a  la  división 
Briceño.  Se  dispuso  que  los  jefes  y  oficiales  de  esta  y  del  Callao 
que  hubieran  pedido  sus  pasaportes ,  se  dirigieran  á  Cúcuta  en 
partidas  de  diez  en  diez,  supervigilados  por  un  oficial  del  go- 
bierno, á  fin  de  impedir  cualquiera  reunión  peligrosa  á  mano 


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512  HISTORIA  DB  COLOMBIA. 

armada.  Después  siguieron  otros  jefes  y  oficiales  por  la  vía  de 
Santamaría. 

Tal  fué  la  terminación  feliz  de  la  rebelión  que  iniciára  el  ba- 
tallón Callao  el  12  de  agosto  del  año  anterior.  La  fuerte  aversión 
que  tenia  la  generalidad  de  los  pueblos  al  mando  despótico  y  á 
las  arbitrariedades  del  partido  militar;  su  justo  anhelo  por  ver 
organizados  los  departamentos  del  centro  con  absoluta  inde- 
pendencia del  norte  y  sur  de  Colombia ;  sus  ardientes  deseos  de 
que  la  representación  nacional  acordara  una  constitución  y 
leyes  que  ofrecieran  verdaderas  garantías  á  las  libertades  pú- 
blicas :  hé  aquí  los  estímulos  poderosos  que  casi  á  un  mismo 
tiempo  hicieron  levantar  á  los  pueblos  contra  un  poder  usurpa- 
dor. Mas  sus  generosos  y  patrióticos  esfuerzos  habrían  carecido 
de  centro  y  de  una  verdadera  legitimidad ,  sin  la  declaratoria 
del  14  de  abril.  Asumiendo  el  vicepresidente  Caicedo  el  poder 
ejecutivo  conforme  á  la  constitución  de  1830 ,  zanjó  todas  las 
dificultades  y  puso  los  fundamentos  para  el  convenio  de  Apulo. 
Con  esta  prudente  y  oportuna  transacción  de  los  opuestos  ban- 
dos, quitó  al  partido  militar  el  único  jefe  de  antiguo  renombre 
que  podia  capitanearlo  en  los  departamentos  de  los  Andes  gra- 
nadinos ,  y  evitó  la  guerra  civil.  El  general  Urdaneta  tuvo  el 
buen  juicio  y  el  desprendimiento  bastante  para  retirarse  de  la 
lid  y  no  derramar  la  sangre  de  sus  hermanos,  sacrificando  en 
gran  parte  su  amor  propio  y  su  fama  militar. 

Á  pesar  de  las  amargas  críticas  que  los  exaltados  liberales 
hicieron  en  esta  época  al  vicepresidente  Caicedo,  sobre  los 
miramientos  con  que  trataba  á  los  jefes  y  oficiales  adictos  al 
partido  militar,  y  por  lo  que  llamaban  su  debilidad ,  esta- 
mos persuadidos  de  que  sin  su  prudencia  y  contemporizacio- 
nes, habría  estallado  la  guerra  civil,  y  derramádose  mucha 
sangre  antes  de  terminarla.  Creemos  por  tanto  que  esta  es  una 
de  las  páginas  hermosas  de  la  vida  pública  de  Caicedo ,  digna 
del  reconocimiento,  así  de  los  contemporáneos  como  de  nuestra 
posteridad. 

Cuando  ocurrían  estos  sucesos  en  Bogotá,  se  conmovían  igual- 
mente las  provincias  del  departamento  de  Boyacá.  La  de  Tu&ja 
se  pronunció  contra  el  gobierno  de  Urdaneta  á  consecuencia  de 
la  acción  de  Serinza.  £1  ciudadano  Eduardo  Flórez,  vecino  de 
Yélez,  poniéndose  á  la  cabeza  de  unos  pocos  hombres ,  libertó 
la  del  Socorro,  auxiliado  por  sus  moradores,  siempre  liberales 


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CAPÍTULO  XIX. 


513 


y  belicosos.  Era  comandante  de  armas  de  aquella  provincia  To- 
mas Fernández,  el  que  sin  embargo  de  ser  natural  de  ella,  la 
había  tiranizado  en  extremo ,  siguiendo  el  impulso  que  le  daba 
su  cuñado  el  general  Justo  Briceño.  Vióse  Fernández  obligado 
á  huir  hácia  Jirón  y  Pamplona. 

Esta  provincia  tuvo  mas  dificultades  para  conseguir  el  resta- 
blecimiento de  su  libertad.  En  los  valles  de  Cúcuta  existían 
cerca  de  ochocientos  soldados  de  la  división  Boyacá,  los  que 
hacían  la  guarnición  de  aquella  frontera  y  guardaban  la  línea 
del  Táchira.  Contra  dichas  fuerzas  había  marchado  con  alguna 
tropa  el  coronel  José  María  Várgas,  enviado  desde  Tunja  por  el 
general  Moreno.  Auxiliado  Várgas  por  las  milicias  del  Socorro 
y  de  Málaga ,  ocupó  la  ciudad  de  Pamplona  retirándose  un 
destacamento  venido  de  Cücuta ,  que  se  llevó  las  armas  y  mu- 
niciones que  allí  existían.  Pamplona  se  declaró  entonces  por  el 
gobierno  legítimo ,  lo  que  había  querido  ejecutar  desde  ántes. 

Empero  no  hicieron  lo  mismo  las  tropas  de  Cúcuta,  regidas 
por  el  general  venezolano  Cruz  Carrillo.  Este  era  decidido  por 
el  gobierno  de  Urdaneta,  y  por  algunos  días  no  quiso  acceder 
al  reconocimiento  del  gobierno  legítimo,  sino  era  bajo  de  cier- 
tas condiciones.  Mas  urgido  por  el  coronel  Várgas ,  quien  le 
amenazaba  con  hostilidades,  y  viendo  ser  imposible  que  se  sostu- 
vieran aquellas  tropas,  cedió  el  mando  al  coronel  José  de  la  Cruz 
Parédes,  que  desde  ántes  habia  sido  nombrado  para  sucederle. 
Persuadido  de  la  crítica  situación  en  que  se  hallaban  los  Venezo- 
lanos en  la  Nueva  Granada,  celebró  un  convenio  con  el  general  Pi- 
ñango,  jefe  de  las  fuerzas  de  Venezuela  que  existían  en  aquella 
frontera.  Conforme  á  dicho  convenio  los  jefes  militares  y  oficia- 
les venezolanos  serian  admitidos  en  Venezuela  con  sus  empleos 
y  grados ,  sometiéndose  á  la  constitución  de  aquel  Estado  ,  de 
cuyas  garantías  debían  gozar  lo  mismo  que  los  demás  ciudada- 
nos. También  se  estipuló  que  se  daría  asilo  en  Venezuela  á  los 
Granadinos  comprometidos  con  el  partido  liberal,  que  se  deci- 
dieran á  trasladarse  á  su  territorio ,  ya  fuesen  militares  ó  ya 
civiles.  En  consecuencia  los  generales  Carrillo  y  Blanco ,  el  co- 
rcusí Parédes  y  algunos  oficiales  y  soldados  venezolanos  pasaron 
la  línea  del  Táchira  con  sus  armas  y  municiones,  y  se  pusieron 
á  las  órdenes  del  general  Piñango.  Este  avenimiento  fué  cele- 
brado generalmente ;  los  Granadinos  deseaban  que  los  Vene- 
zolanos se  fueran  á  su  patria ,  pues  temían  nuevas  revueltas 

TOMO  IV.  33 


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514  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

promovidas  por  el  genio  inquieto  de  algunos  hijos  de  aquel  país. 

El  resto  de  las  tropas  y  oficiales  granadinos  que  había  en 
Cúcula,  en  número  como  de  seiscientos  hombres,  marchó  hácia 
Pamplona  á  las  órdenes  del  coronel  Vargas.  No  temiéndose  ya 
nada  de  Venezuela,  se  dejaron  los  valles  de  Cúcu ta  con  un  corto 
destacamento  :  su  objeto  principal  era  supervigilar  é  impedir 
cualquiera  tentativa  que  pretendieran  hacer  algunos  Granadi- 
nos inquietos,  asilados  en  la  frontera  venezolana. 

Tan  faustos  acontecimientos  produjeron  en  las  provincias  de 
la  Nueva  Granada  una  alegría  general ,  y  hacían  concebir  espe- 
ranzas muy  halagüeñas  de  un  porvenir  mas  dichoso.  Con  tales 
sucesos  se  había  terminado  enteramente  el  grito  que  se  diera 
en  los  departamentos  del  centro  en  favor  de  la  integridad  de 
Colombia.  Poco  ántes  había  obtenido  igual  triunfo  el  gobierno 
del  Ecuador.  Veamos  ahora  cuál  había  sido  el  éxito  de  la  con- 
tienda que  dejamos  trabada  en  Venezuela  por  la  misma  causa, 
dirigida  por  el  general  Monágas. 

Dijimos  ántes  que  el  congreso  de  Venezuela  había  autorizado 
al  jefe  del  poder  ejecutivo,  general  Páez ,  á  fin  de  ponerse  á  la 
cabeza  del  ejército  en  campaña ,  concediéndole  la  facultad  de 
una  completa  amnistía  á  los  disidentes.  Miéntras  que  esto  se 
verificaba,  hubo  algunos  combates  parciales  entre  las  fuerzas  del 
gobierno  y  las  de  Monágas ,  en  que  por  lo  común  fueron  estas 
maltratadas.  El  general  Mari  ño  hizo  marchas  hábiles  y  obtuvo 
la  superioridad  sobre  los  contrarios.  Invitado  á  una  conferencia 
por  Monágas ,  la  realizaron  á  las  márgenes  del  rio  Uñare.  Allí 
los  defensores  de  la  integridad  de  Colombia  propusieron  á  Ma- 
riño  un  nuevo  plan ,  que  tenia  por  objeto  formar  un  Estado  de 
las  cuatro  provincias  de  Cumaná,  Barcelona,  Margarita  y 
Guayana,  con  el  título  de  Estado  de  oriente, que  debia  federarse 
con  los  que  se  constituyeran  en  el  resto  de  Venezuela.  Este 
proyecto  fué  desenvuelto  en  un  acta  de  Barcelona  del  22  de 
mayo,  en  que  se  proclamara á  Marino  como  primer  jefe  del 
Estado  de  oriente,  y  á  Monágas  como  el  seguudo.  Hubo  mo- 
mentos en  que  parecía  que  lisonjeado  Mariñocon  esta  esperanza 
de  próximo  engrandecimiento ,  habia  adoptado  la  propu*4a. 
Sin  embargo  se  mantuvo  fiel,  y  recibió  una  severa  improbación, 
tanto  del  gobierno  de  Páez  como  del  congreso ,  porque  habia 
sometido  el  mencionado  plan  á  la  consideración  de  este,  sin  ha- 
berlo ántes  rechazado.,  según  lo  exigían  sus  deberes. 


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capítulo  xix.  5<r> 

Viendo  Monágas  que  nada  podia  adelantar  y  que  sus  proyec- 
tos eran  inasequibles ,  aceptó  la  entrevista  con  Páez ,  que  se 
tuvo  en  el  valle  de  la  Pascua ,  correspondiente  al  cantón  de 
Chaguarámas.  Fué  su  resultado  expedir  Páez  su  decreto  de  24 
de  junio ,  mandando  restablecer  la  constitución  y  las  leyes  de 
Venezuela  en  las  provincias  de  Guayana ,  Barcelona  y  Marga- 
rita, en  los  cantones  del  llano  de  Cumaná  y  en  el  de  Chaguará- 
mas  en  la  provincia  de  Carácas ;  disponer  que  los  magistrados , 
jefes  ,  militares  y  empleados  en  la  administración  que  existían 
en  dichas  provincias  en  Io de  enero  último,  tornáran  al  ejerci- 
cio de  sus  funciones;  prescribir  el  licénciamiento  de  las  tropas 
que  se  hubieran  reunido  por  órdenes  del  general  Monágas,  re- 
cogiéndose las  armas  y  municiones;  disponer  la  devolución  á 
sus  dueños  del  ganado  vacuno,  caballos,  muías  y  otros  efectos 
que  se  hubieran  tomado;  conceder,  finalmente,  á  Monágas  y  á 
los  demás  jefes ,  oficiales  y  soldados ,  así  como  á  cualesquiera 
otras  personas  comprometidas  en  el  movimiento  revolucionario 
de  las  mencionadas  provincias ,  la  mas  completa  garantía  y  se- 
guridad de  sus  personas  y  propiedades.  Por  este  acto  se  puso 
fin  á  las  turbaciones  que  ocasionaron  los  pronunciamientos  de 
las  provincias  orientales  de  Venezuela.  Poca  sangre  se  derramó 
en  los  combates ,  y  al  fin  los  Venezolanos  se  dieron  un  ósculo 
fraternal.  Resultado  feliz  que  aplaudimos  con  mucho  placer. 
Atribuyóse  en  gran  parte  a  la  disciplina ,  moderación  y  fideli- 
dad del  ejército  de  Venezuela ,  que  en  aquellas  circunstancias 
difíciles  dió  pruebas  inequívocas  de  moralidad.  Por  estas  virtudes 
el  congreso  acordó  un  acto  espléndido  en  su  elogio,  declarán- 
dole «  salvador  de  la  patria.  »  Después  de  haber  celebrado  con 
entusiasmo  tan  feliz  pacificación,  se  puso  en  receso  el  3  de  julio. 

Termináronse  igualmente  por  el  mismo  tiempo  los  movi- 
mientos revolucionarios  promovidos  en  Barquisimeto  y  Trujillo 
por  los  coroneles  Castañeda  y  Cegarra,  en  favor  de  la  integridad 
de  Colombia  y  de  la  religión  ultrajada  por  la  expulsión  del  ar- 
zobispo de  Carácas.  Á  pesar  de  que  juntaron  algunos  partida- 
rios y  de  que  en  la  parroquia  de  San  Lázaro ,  cantón  de  Tru- 
se  levantara  también  el  comandante  Pedro  Alcázar  bajo 
del  mismo  pretexto ,  no  pudieron  sostenerse.  Alcázar  fué  redu- 
cido á  prisión;  Castañeda  y  Cegarra,  asi  como  sus  partidarios, 
salvaron  sus  vidas  por  un  indulto  que  les  concediera  el  go- 
bierno; mas  perdieron  sus  grados  y  empleos. 


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516  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

- 

Después  de  este  movimiento  revolucionario  en  favor  de  la 
integridad  de  Colombia,  no  hubo  otro  que  se  presentara  en  Ve- 
nezuela con  alguna  seriedad  para  sostener  aquella  causa.  Tam- 
poco en  el  Ecuador  ni  en  los  departamentos  del  centro.  Así  fué 
que  entonces  pareció  consumada  la  separación  de  las  diferentes 
partes  de  Colombia. 

Aun  faltaba  mucho  para  su  organización,  especialmente  en 
el  centro.  Según  referimos  ántes ,  el  vicepresidente  Caicedo  ha- 
bía quedado  reconocido  el  15  de  mayo  por  todas  las  tropas  exis- 
tentes en  Bogotá.  Mas  su  política  conciliatoria  no  era  aprobada 
por  algunos  jefes  militares  y  por  gran  parte  de  los  corifeos  del 
partido  liberal.  Así  fué  que  en  las  noches  del  46  y  47  de  mayo 
hubo  numerosas  juntas  de  jefes  militares  y  de  muchas  personas 
civiles,  presididas  por  el  general  Moreno.  En  dichas  juntas  se 
declamó  fuertemente  contra  la  conducta  política  de  Caicedo; 
improbáronse  especialmente  la  composición  del  ministerio  y  del 
consejo  de  Estado,  porque  existían  en  uno  y  otro  varios  miem- 
bros que  habían  sido  amigos  y  consejeros  de  Bolívar  y  de  Ur- 
daneta.  Censuróse  con  acrimonia  revolucionaria,  que  aun  se 
paseáran  en  la  capital  los  jefes  y  oficiales  de  la  división  Callao, 
que  pidieron  sus  pasaportes,  á  quienes  el  gobierno  habia  con- 
cedido algunos  dias  de  plazo  á  fin  de  preparar  su  viaje.  Díjose 
que  era  necesario  adoptar  sin  tardanza  alguna  fuertes  medidas, 
tales  como  la  renovación  del  ministerio,  del  consejo  de  Estado 
y  de  todos  los  empleados  civiles,  reemplazándose  con  personas 
que  mereciesen  la  absoluta  confianza  del  pueblo;  la  reducción 
de  empleados ,  de  los  que  solo  debían  quedar  los  que  fueran 
absolutamente  necesarios;  la  reforma  de  la  lista  militar  activa 
y  de  las  milicias,  separando  á  todos  los  desafectos;  la  expulsión 
temporal  de  algunos  de  estos  fuera  del  territorio  granadino ,  y 
la  confinación  de  otros  á  provincias  donde  no  fuesen  perjudi- 
ciales ;  la  remoción  de  sus  beneficios  á  algunos  eclesiásticos  te- 
nidos por  bolivianos  decididos;  en  fin,  la  reforma  del  regla- 
mento de  elecciones  para  la  convención,  convocándola  para  un 
tiempo  mas  cercano ,  disminuyendo  igualmente  las  bases  de 
población ,  de  edad  y  de  propiedad.  Sobre  todos  estos  patatos 
se  pronunciaron  violentos  discursos ,  que  respecto  de  algunos 
oradores  eran  la  libre  expresión  de  la  venganza  que  respiraban. 

Sin  embargo,  al  mismo  tiempo  les  ocurría  que  todos  sus 
proyectos  de  destierros  y  deposiciones  de  empleados  civiles, 


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CAPÍTULO  XIX. 


ÍH7 


militares  y  eclesiásticos ,  así  como  de  las  reformas  que  exigía 
el  partido  liberal ,  debían  encallar  en  el  carácter  bondadoso  y 
conciliador  del  vicepresidente  Caicedo ,  que  decididamente  re- 
chazaría ó  daria  largas  á  las  exigencias  de  los  exaltados.  Se  pro- 
puso ,  pues,  y  se  apoyó  por  una  gran  parte  de  los  concurrentes 
á  la  primera  de  aquellas  juntas,  un  plan  harto  violento.  Díjose 
que  contando  con  los  jefes  del  ejército,  especialmente  con  los  de 
la  división  Casanare,  que  eran  los  mas  violentos,  se  quitase  el 
mando  al  vicepresidente,  y  que  se  nombrára  al  general  José 
María  Obando,  ó  al  general  Moreno  jefe  del  gobierno,  dándole 
plenas  facultades  para  ejecutar  sin  tardanza  las  medidas  pro- 
puestas; una  de  ellas  era  la  de  prender  inmediatamente  á  Urda- 
neta  y  á  todos  los  jefes  y  oficiales  de  su  partido. 

Aun  duraba  la  discusión ,  cuando  se  presentó  en  la  sala  el 
general  en  jefe  López,  que  había  tenido  oportuno  aviso  délo 
que  se  trataba.  Después  de  haber  escuchado  las  proposiciones  y 
discursos,  cada  vez  mas  acalorados,  que  se  hacían,  con  los  que 
procuraban  los  exaltados  atraerle á  sus  opiniones, López  emitió 
la  suya,  absolutamente  contraria  á  las  violentas,  sediciosas  y 
revolucionarias  medidas  que  se  habían  sostenido. 

Comenzando  por  manifestar  que  á  nadie  cedía  en  principios 
republicanos  ni  en  los  ardientes  deseos  de  ver  asegurada  la  li- 
bertad que  acababan  de  reconquistar,  les  preguntó  :  «  ¿Hay 
aquí  un  solo  patriota  que  ultrajando  al  gobierno  legítimo  y  á 
la  santidad  de  las  leyes ,  intente  arrogarse  facultades  que  no  le 
han  sido  otorgadas ,  para  tomar  en  su  virtud  medidas  de  hecho 
á  fin  de  aterrar  á  nuestros  antiguos  enemigos?  ¿Hay  uno  solo 
que  quisiera  hollar  la  constitución,  y  con  la  espada  en  la  mano 
amenazase  las  garantías  sociales,  se  sobrepusiese  á  la  autoridad 
constituida,  y  obrase  apasionadamente  por  el  estéril  y  vergon- 
zoso deseo  de  una  venganza  criminosa?  Pues  digo  á  Ustedes  que 
el  que  tal  piensa  no  es  patriota,  no  ama  al  país,  ni  quiere  el 
honor  y  lustre  del  ejército  libertador.  Ningún  argumento  mas 
fuerte  de  retorsión  pudiera  ofrecerse  á  nuestros  enemigos;  nin- 
guna justificación  mas  completa  pudiera  presentárseles.  ¿Por 
quras  que  los  hemos  combatido,  por  qué  hemos  venido  hasta 
esta  ciudad ,  trayendo  en  triunfo  el  pabellón  nacional?  ¿No  ha 
sido  porque  nuestros  adversarios  despreciaron  las  leyes  y  der- 
rocaron el  gobierno?  ¿No  ha  sido  por  restablecer  el  imperio  de 
esas  mismas  leyes,  y  reinstalar  á  ese  mismo  gobierno  en  el 


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518 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


puesto  que  le  habían  usurpado  el  despotismo  militar  y  una 
ambición  desenfrenada?  ¿Y  no  es  por  esta  conducta  que  hoy  se 
cubre  de  honor  y  gloria  el  ejército  restaurador?  Y  obrando  en 
contrario  ¿qué  se  diría  de  nosotros?  Nada  ménos  se  diria  sino 
que  nuestras  intenciones  no  habían  sido  otras  que  reemplazar 
á  los  anteriores  mandatarios ,  y  gobernar  como  ellos  á  nuestro 
antojo;  que  nuestro  objeto  no  habia  sido  restablecer  la  libertad 
sino  oprimir  al  pueblo  invocándola.  » 

Luego  que  expuso  López  razones  tan  poderosas  para  conde- 
nar el  proyecto  que  se  discutía,  convino  con  los  de  la  junta  en 
que  era  excesiva  la  lenidad  del  vicepresidente;  pero  hizo  el 
debido  honor  á  la  rectitud  de  sus  intenciones  y  á  la  bondad  de 
su  carácter,  que  no  le  permitía  afligir  ni  aun  á  sus  mortales 
enemigos.  Díjoles  que  podían  sacar  grandes  ventajas  del  genio 
conciliador  de  Caicedo,  sin  necesidad  de  ocurrir  á  medios  vio- 
lentos, —  «  que  nos  harían  perder  en  un  instante  la  suma  de 
reputación  que  hemos  ganado  en  tantos  años,  y  nos  arrojaría 
en  un  océano  de  calamidades  y  deshonra.  »  Comprometióse 
López  á  ser  el  mediador  entre  ellos  y  el  gobierno,  asegurándo- 
les que  el  vicepresidente  haría  cuanto  le  fuera  posible  para  sa- 
tisfacer los  deseos  de  los  miembros  de  la  junta ;  aseguró  espe- 
cialmente que  bien  pronto  se  alejarían  los  jefes  y  oficiales  que 
habían  pedido  sus  pasaportes ,  cuya  residencia  en  Bogotá  era 
peligrosa,  y  al  mismo  tiempo  desagradable  á  los  patriotas  libe- 
rales. 

Mas  ninguna  de  tan  plausibles  razones  y  promesas  calmó  la 
efervescencia  y  calor  de  la  junta.  Nuevos  discursos  se  pronun- 
ciaron cada  vez  mas  amenazadores.  Decían  que  nada  se  podía 
esperar  del  vicepresidente ,  —  «y  que  no  debían  separarse  sin 
haber  resuelto  obrar  por  sí  mismos ,  ántes  que  sus  gargantas 
fuesen  cortadas  por  la  cuchilla  de  sus  enemigos,  á  quienes  pa- 
trocinaba el  vicepresidente  con  desprecio  y  mengua  de  los  ciu- 
dadanos ilustres  y  beneméritos.  » 

Miéntras  los  oradores  peroraban  de  esta  manera  para  irritar 
los  ánimos,  López,  hablando  privadamente  á  Moreno,  consiga  ió 
persuadirle  que  sus  consejeros,  que  pretendían  ser  sus  amigos, 
trataban  de  precipitarle  haciéndole  perder  su  reputación  y  cré- 
dito; así,  que  suspendiese  toda  deliberación  en  aquella  junta 
hasta  que  él  obtuviera  una  respuesta  del  vicepresidente,  lo  que 
Moreno  prometió  hacer. 


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CAPÍTULO  XIX. 


519 


Esto  no  curó  el  nial ;  se  aumentaba  por  instantes  la  exaltación 
de  la  junta, y  habia  poca  esperanza  de  calmarla.  «No  perdamos 
el  tiempo,  decían,  no  perdamos  el  tiempo  inútilmente.  Si  el 
general  en  jefe  no  apoya  nuestros  proyectos ;  si  nos  da  la  pena 
de  verle  separado  de  nuestro  lado  discorde  en  opiniones,  que  él 
tome  en  hora  buena  su  partido,  que  nosotros  tomaremos  el  que 
nos  corresponde,  y  en  que  ya  estamos  todos  convenidos.  » 
Entonces  irritado  López  con  tan  irregular  tenacidad ,  les  dijo 
que  se  equivocaban  si  creían  que  serian  sostenidos  por  todo  el 
ejército  en  medidas  diametralmente  opuestas  á  la  constitución 
y  á  las  leyes;  que  la  división  Cundinamarca  sostendría  al  go- 
bierno con  fidelidad,  y  que  poniéndose  á  su  cabeza,  él  se  sacri- 
ficada mas  bien  al  lado  de  muchos  de  sus  compañeros  de 
armas,  que  estaba  seguro  abrigarían  los  mismos  sentimientos, 
ántes  que  consentir  en  un  solo  acto  de  rebelión. 

íbase  agriando  por  momentos  la  disputa ,  y  López  hablaba 
ya  de  actos  indebidos  por  su  parte ,  cuando  el  general  Moreno, 
aprovechando  un  momento  de  silencio,  dijo :  —  «  que  en  vir- 
tud de  las  seguridades  que  daba  el  general  en  jefe ,  de  que  el 
vicepresidente  adoptaría  medidas  mas  firmes ,  era  de  concepto 
que  se  abrazáran  sus  indicaciones,  y  que  todos  se  retirasen 
hasta  obtener  la  respuesta.  »  Convínose  en  esta  proposición,  y 
allí  mismo  se  dieron  á  López  los  apuntamientos  de  las  medidas 
que,  en  concepto  de  la  junta,  debían  tomarse  por  el  vicepresi- 
dente. 

De  esta  manera  frustró  López  con  su  oportuna  firmeza  y  buen 
juicio  los  anárquicos  proyectos  de  aquellos  demagogos,  aña- 
diendo nuevo  lustre  al  mérito  que  ya  habia  adquirido.  Coadyuvó 
á  tan  importante  objeto  el  antiguo  patriota  doctor  Ignacio  Her- 
rera, sin  embargo  de  que  sus  opiniones  habían  sido  exageradas, 
especialmente  contra  los  Bolivianos,  á  quienes  detestaba. 

Conforme  á  lo  que  públicamente  se  dijo  en  aquella  época,  se 
distinguieron  en  la  mencionada  junta  los  dos  hermanos  Juan 
Nepomuceno  y  Vicente  Azuero ,  por  la  exageración  de  sus  pre- 
tensiones. El  último,  que  estaba  adornado  de  talentos,  de 
prftcipios  republicanos ,  de  vasta  lectura ,  y  que  hablaba  con 
mucha  facilidad ,  tuvo  que  defenderse  de  las  opiniones  verda- 
deras ó  que  se  le  atribuyeron  en  aquellas  juntas.  Escandalizó 
principalmente  á  los  habitantes  de  la  capital,  que  el  atleta  mas 
denodado  contra  la  dictadura  de  un  hombre  como  Bolívar,  la 


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520 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


propusiese  ahora  en  cabeza  de  Obando  ó  de  Moreno,  contradi- 
ciendo de  esta  manera  toda  su  anterior  conducta,  y  manifes- 
tando que  no  los  principios,  y  sí  las  pasiones  eran  las  que  le 
movían. 

Para  vindicarse,  pues,  de  tales  censuras,  dio  Ázuero  á  luz 
una  manifestación  de  sus  opiniones ,  que  verdaderamente  no  le 
hizo  honor.  Decia  en  ella  «  que  no  sabia  por  qué  ciega  fatalidad 
le  cabia  en  todos  tiempos  la  triste  suerte  de  ser  perseguido  y 
calumniado.  »  Era  fácil  para  un  observador  explicar  este  hecho 
cierto.  Azuero  no  examinaba  el  carácter  de  los  pueblos  ni  el  de 
los  hombres  con  quienes  vivia :  tenia  por  esto  la  extraña  pre- 
tensión de  que  se  organizáran  y  gobernaran  por  las  teorías  que 
él  exageraba  de  la  última  obra  de  política  que  habia  leido.  En 
consecuencia  se  hallaba  siempre  excéntrico  y  contrariado  por 
hombres  mas  positivos,  lo  que  no  podia  sufrir  su  genio  irrita- 
ble. Él  negó  que  hubiera  propuesto  un  dictador;  pero  no  se 
mostró  contrario  á  la  institución  de  un  magistrado  semejante, 
a  Víctima,  decia,  de  los  dictadores,  soy  enemigo  de  ellos. 
Pero  ¿quién  ignora  que  en  los  pueblos  modelos  de  la  libertad 
se  suspende  el  acto  del  habeas  corpus  que  contiene  las  garantías 
individuales,  en  los  casos  de  grave  peligro  ó  de  discordia  civil  ?  » 
En  estos  mismos  casos  fué  que  en  Colombia  se  ocurrió  á  la  dic- 
tadura, que  él  tanto  habia  improbado. 

Pero  en  vez  de  que  Azuero  sincerára  con  la  expresada  mani- 
festación su  conducta  política,  causó  otro  nuevo  escándalo  por 
un  ataque  brusco,  inoportuno  é  injusto  que  diera  á  la  consti- 
tución de  1830.  Esta  era  el  principio  de  unidad  y  de  legitimi- 
dad proclamado  por  los  pueblos  como  la  áncora  de  órden  y 
salvación ;  el  vicepresidente  era  también  obedecido  por  la  mayor 
parte  de  las  provincias  como  emanación  legítima  de  aquel  có- 
digo. Así  fué  que  todos  los  verdaderos  patriotas  procuraban 
aumentar  entonces  el  prestigio  de  la  constitución,  que  tantos 
bienes  estaba  produciendo.  Sin  embargo,  Azuero  con  el  poco 
tacto  político  que  acostumbraba ,  y  para  sostener  una  hipótesis, 
escribe  y  publica  en  toda  Colombia  que  la  constitución  no  es 
legítima ,  porque  fué  obra  del  admirable  convocado  por  el  uSír- 
pador  Bolívar;  porque  Venezuela ,  el  Ecuador  y  algunas  pro- 
vincias del  centro  no  la  aceptaron ;  en  fin ,  porque  las  bayonetas 
la  echaron  abajo  el  27  de  agosto  en  el  Santuario.  De  aquí  infería 
que  se  podían  adoptar,  sin  que  hubiese  ley  que  obstára,  cuan- 


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CAPÍTULO  XIX. 


tas  medidas  violentas  se  propusieron  en  las  mencionadas  juntas. 
Añadía  que  tres  ó  cuatro  horas  eran  suficientes  para  acordarlas, 
y  salvar  así  la  República.  Afortunadamente  la  manifestación  de 
Azuero  fué  impugnada  con  razones  victoriosas,  lo  que  impidió 
en  su  mayor  parte  los  malos  efectos  que  pudiera  haber  produ- 
cido. 

En  medio  de  este  torbellino  de  pasiones  encontradas ,  era 
bien  crítica  la  situación  del  vicepresidente ,  á  quien  se  comba- 
tía en  sentidos  opuestos.  Empero  sostenido  por  la  calma  bonda- 
dosa de  su  carácter,  y  apoyado  eficazmente  por  el  general 
López,  por  los  coroneles  Posadas,  Montoya,  Acevedo  y  otros 
jefes  amigos  del  órden  legal,  y  por  la  división  Cundinaraarca, 
pudo  frustrar  los  anárquicos  proyectos  de  los  exaltados  libera- 
les, de  la  misma  manera  que  había  impedido  la  guerra  civil. 
Para  esto  fué  preciso  disminuir  las  tropas  existentes  en  la 
capital, lo  que  se  consiguió  proporcionando  á  las  milicias  algu- 
nos auxilios  en  dinero  á  pesar  de  que  se  hallaban  exhaustas  las 
arcas  nacionales.  Esto  era  mas  urgente  por  los  robos  y  asesina- 
tos que  principiaban  á  experimentarse  en  Bogatá  y  en  sus  alre- 
dedores. Atribuyéronse  con  justicia  y  verdad  á  los  soldados  de 
la  división  Casanare,  y  á  los  desertores  del  escuadrón  Ayacucho 
y  del  Callao.  Entre  tanto  la  muerte  dada  por  seis  enmascarados 
á  un  Alemán,  cervecero  de  profesión,  llamado  Meyer,  por  ro- 
barle, causó  mucho  alarma  á  los  extranjeros ;  temían  que  fuese 
una  conspiración  contra  ellos ,  porque  ántes  habían  ocurrido 
otros  dos  casos  semejantes,  alarma  que  pronto  se  disipó. 

Después  de  acudir  el  vicepresidente  á  la  salida  inmediata  de 
las  milicias,  dedicóse  á  meditar  las  concesiones  que  debería 
hacer  á  las  exigencias  de  los  exaltados  liberales.  Afortunada- 
mente recibió  en  aquellas  circunstancias  (mayo  49)  la  plausible 
noticia  de  la  capitulación  de  Cartagena,  y  de  que  el  general 
Luque  con  sus  tropas  y  los  pueblos  del  Magdalena  estaban  de- 
cididos á  sostener  la  constitución  de  4830  y  los  magistrados 
que  conforme  á  ella  se  habían  elegido.  Esto  le  inspiró  mayor 
firmeza,  tanto  respecto  de  los  adictos  al  partido  militar  como 
d^os  liberales.  Hizo,  pues,  que  salieran  inmediatamente  para 
el  departamento  del  Magdalena  los  jefes  y  oficiales  del  Callao, 
que  después  de  haber  pedido  sus  pasaportes  aun  permanecían 
en  la  capital.  Concedió  á  los  liberales  por  un  decreto  de  20  de 
mayo,  que  se  instalára  la  convención  el  15  de  octubre,  antici- 


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522  HISTORIA  DB  COLOMBIA.  —  CAPÍTULO  XIX. 

pándose  un  mes  el  dia  prefijado  anteriormente.  Mas  no  habiendo 
quedado  contentos  los  liberales,  arrancaron  al  vicepresidente 
otras  concesiones  respecto  de  la  misma  convención.  Tales  fue- 
ron que  por  cada  quince  mil  almas  se  nombrara  un  diputado, 
y  otro  por  un  residuo  que  excediera  de  la  mitad,  rebajándose 
la  edad  de  los  representantes,  de  treinta  á  veinte  y  ocho  años. 
En  lo  que  sí  permaneció  inflexible  el  vicepresidente,  fué  sobre 
la  propiedad  exigida  á  los  sufragantes  parroquiales  y  á  los 
electores,  puntos  que  Azuero  y  otros  pedian  que  se  reformáran; 
no  se  hacían  cargo  de  las  castas  numerosas  que  tenemos,  ni  de 
la  ignorancia  de  las  masas  de  nuestra  población.  Improbamos 
también  el  empeño  de  algunos  liberales  por  que  se  disminuyera 
la  base  de  población,  á  fin  de  aumentar  el  número  de  diputados 
en  la  convención  que  iba  á  reunirse.  Mas  vale  siempre  una 
corporación  de  hombres  escogidos,  aunque  sea  poco  numerosa, 
que  otra  de  muchos,  en  que  una  gran  parte  carezca  de  valía 
individual.  Lo  mismo  opinamos  respecto  de  la  edad  de  treinta 
años ,  preferible  á  otra  menor  por  el  juicio  y  la  experiencia,  que 
maduran;  pero  los  demagogos  querian  tener  mas  deslinos  que 
ocupar  con  las  menores  trabas  posibles. 


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CAPÍTULO  XX. 


Petición  de  Obando  y  López  para  que  se  les  juzgue.  —  Declaraciones  del 
poder  ejecutivo  y  de  la  alta  corte  de  justicia.  —Irritación  contra  Urdaneta, 
que  se  va  con  su  familia.  —  Partida  de  otros  jefes  y  oflciales.  —  Obando 
se  posesiona  del  ministerio  de  la  guerra.  —  Junta  revolucionaria  contra 
el  vicepresidente  Caicedo.  —  Petición  que  le  dirigen  algunos  jefes  mili- 
tares. —  En  consecuencia  renuncian  los  ministros  Castillo  y  Mendoza.  — 
Irritase  el  vicepresidente,  y  los  liberales  moderados  culpan  á  López.  — 
Calumnias  contra  el  Libertador  y  Urdaneta.  —  El  vicepresidente  hace 
nuevas  concesiones.  —  Expulsión  de  los  jefes  y  oflciales  urdanetistas.  — 
Renovación  del  ministerio.  —  Santander  restituido  á  todos  sus  honores 
y  derechos;  igual  reintegración  hace  el  ejecutivo  á  los  que  sufrieron 
por  el  25  de  setiembre.  —  Célebres  discusiones  en  el  consejo  de  Esta- 
do. —  Propónese  la  nulidad  del  convenio  de  Apulo.  —  Se  consultan  al 
vicepresidente  otras  medidas  violentas.  —  No  las  adopta ;  sus  motivos. 
—  Caicedo  está  discorde  con  su  ministro  Obando.  —  Regresa  á  los  Llanos 
la  división  Casanare.  —  Elecciones  para  la  convención.  —Alzamiento  del 
coronel  Alzuru  en  el  Istmo.  —  Le  reemplaza  el  ejecutivo  con  el  coronel 
Herrera.  —  Este  no  es  admitido  en  Chágres.  —  Sitúase  en  Portobelo  y 
pide  auxilios  á  Cartagena.  —  Pormenores  sobre  la  rebelión  de  Alzuru  en 
Panamá. — Motin  del  batallón  Tiradores  en  Santamaría. —  Se  reprime 
expulsándose  á  los  revoltosos.  —  Situación  de  Herrera  en  Portobelo.  — 
Recibe  comisionados  de  Panamá.  —  Rómpelas  negociaciones  y  se  le  unen 
los  comisionados.  —  Apodérase  de  Chágres.  —  Tropelías  y  preparativos 
de  Alzuru  en  Panamá.  — Avanza  el  coronel  Herrera  á  las  cercanías  de 
esta  ciudad. — Expedición  que  el  general  Fábrega  reúne  en  Veráguas; 
marcha  contra  Alzuru.  —  Herrera  ataca  á  este  y  le  derrota.  —  Arriban 
el  mismo  dia  las  tropas  de  Fábrega.  —  Prisión  de  Alzuru  y  de  otros 
cabecillas.  —  Cuatro  son  fusilados.  —  Arribo  de  Luque  á  Chágres  con 
^erzas  auxiliares.  —  Trasládase  á  Panamá ;  asegura  la  tranquilidad  y 
unión  del  Istmo.  —  Son  expelidos  del  centro  los  jefes  y  oficiales  vene- 
zolanos. —  Luqué  y  las  tropas  vuelven  á  Cartagena.  —  Comisión  del 
coronel  Montoya  á  las  provincias  del  Magdalena.  —  Estas  se  gobiernan 
civil  y  militarmente  con  independencia  unas  de  otras.  —  Carácter  general 
de  los  diputados  para  la  convención  granadina;  faltan  los  de  algunas 
provincias.  —  Nueva  misión  diplomática  que  envia  Flórez  á  Bogotá.  — 


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524  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

La  opinión  del  centro  está  decidida  contra  las  usurpaciones  de  su  terri- 
torio. —  Disturbios  en  Bogotá.  —  Juicio  y  condenación  del  coronel  Cas  - 
tellí.  —  Exigencias  vengativas  del  partido  exaltado.  —  Movimientos  que 
causa  un  juicio  de  imprenta.  —  Censura  de  algunos  hechos.  —  En  Po- 
payan  despiden  las  tropas  del  Ecuador.  —  Provincias  que  no  eligieron 
diputados.  —  Ministros  reemplazados.  —  Instálase  la  convención  grana- 
dina. —  Mensaje  del  poder  ejecutivo  :  puntos  que  contiene.  —  Renuncia 
del  vicepresidente ,  que  no  es  admitida.  —  Negocios  que  discute  la  con- 
vención. —  Animosidad  contra  la  memoria  de  Bolívar.  —  Exposiciones  que 
presentan  los  ministros  de  Estado.  —  Juicio  acerca  de  ellas.  —  López 
marcha  hácia  Popayan  á  promover  la  unión.  —  Primer  decreto  de  la  con- 
vención acerca  de  la  reincorporación  del  Cáuca.  —  Alzamiento  del 
batallón  Vargas  en  Quito  :  su  castigo  cruel.  —  Discusiones  sobre  el 
nombre  de  Colombia.  —  El  centro  adopta  el  de  Nueva  Granada.  —  Lí- 
mites que  asigna  á  la  República.  —  Bases  para  su  organización.  —  Aná- 
lisis y  juicio  sobre  el  proyecto  de  constitución  granadina.  —  El  vicepre- 
sidente Caicedo  es  reemplazado  por  el  general  Obando.  —  Decreto  reser- 
vado de  expulsión  contra  muchos.  —  Cúmplese  respecto  de  los  militares 
y  civiles.  —  Decrétase  un  gobierno  provisional  para  la  Nueva  Granada.  — 
Es  reconocido  por  los  ministros  extranjeros.  —  Estado  de  la  cuestión  del 
Cáuca.  —  Proyectos  políticos  de  sus  habitantes  y  de  los  del  Istmo.  — 
Casanare  se  reincorpora  á  la  Nueva  Granada.  —  Gaceta  del  gobierno  gra- 
nadino. —  Decreto  sobre  el  crédito  público.  —  Triste  situación  rentística. 

—  Pronunciamiento  de  la  guarnición  de  Popayan.  —  Proclama  de  Flórez 
contra  el  gobierno  de  la  Nueva  Granada.  —  La  convención  Aja  bases  para 
reconocer  al  Ecuador.  —  Popayan  y  el  Chocó  se  reúnen  á  la  Nueva  Gra- 
nada. —  Se  acuerda  la  constitución  granadina ;  su  análisis.  —  Santander 
y  Márquez  nombrados  presidente  y  vicepresidente.  —  Este  se  encarga 
del  poder  ejecutivo.  —  Envia  una  comisión  de  paz  al  Ecuador.  —  Bases 
que  fija  la  convención  granadina  para  la  unión  colombiana.  —  La  con- 
vención termina  sus  sesiones  con  un  decreto  de  olvido.  —  Acuerdo  del 
congreso  de  Venezuela  para  reorganizar  á  Colombia.  —  No  produce  buen 
resultado  la  comisión  al  Ecuador.  —  Se  rompen  las  hostilidades.  —  La 
Nueva  Granada  recupera  á  Pasto.  —  Termínase  la  guerra  por  un  tratado. 

—  La  Nueva  Granada  reintegra  su  territorio.  —  Ocurren  nuevas  dificul- 
tades para  reorganizar  á  Colombia.  —  Se  abandona  la  idea  de  una  con- 
federación .  —  Se  trata  de  dividir  la  deuda  y  los  intereses  comunes  al 
Ecuador ,  Nueva  Granada  y  Venezuela.  —  Tratado  concluido  en  Bogotá 
que  pone  las  bases.  —  No  concurre  el  Ecuador ,  desorganizado  por  la 
guerra  civil.  —  El  gobierno  de  Venezuela  aprueba  y  ratifica  el  tratado 
sobre  la  división  de  los  intereses  colombianos  comunes.  —  Oposición  de- 
cidida del  congreso  granadino.  —  Se  rechaza  el  tratado;  mas  consideré* 
de  nuevo  se  aprueba.  —  Lo  mismo  hace  el  Ecuador.  —  Reúnese  en  Bo- 
gotá la  comisión  colombiana  de  ministros.  —  Protocolo  que  acuerda  sobre 
las  deudas  activas  de  Colombia.  —  División  de  las  pasivas.  —  Suma  que 
corresponde  á  cada  república ,  de  capital  é  intereses.  —  Cantidades  que 
habían  amortizado.  —  Conclusión  de  la  Historia. 


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CAPÍTULO  IX. 


Año  de  1831.  —  Las  concesiones  otorgadas  á  los  liberales  por 
el  vicepresidente  Caicedo  habían  satisfecho  algún  tanto  las  aspi- 
raciones de  estos;  esperaban,  sin  embargo,  obtener  otras  várias 
luego  que  el  general  Obando  se  posesionara  del  ministerio  de 
guerra  y  marina.  Arribó  en  efecto  á  la  capital  (mayo  25),  y  al  dia 
siguiente  hizo  una  representación  al  poder  ejecutivo,  que  firmó 
también  el  general  López.  Decían  que  en  oficio  de  2  de  no- 
viembre de  1830,  dirigido  por  el  ministro  de  la  guerra  de  Urda- 
neta  al  general  Pedro  Murguéitio,  y  publicado  en  la  Gaceta  de 
Colombia,  se  les  llamó  asesinos  del  gran  mariscal  de  Ayacucho ; 
y  que  se  habia  asegurado  existir  en  las  oficinas  del  gobierno  las 
pruebas  de  que  ellos  perpetraron  aquel  horrendo  crimen.  En 
consecuencia  pedían  al  vicepresidente  que  se  recogieran  dichas 
pruebas  de  las  secretarías,  y  en  caso  de  haberlas,  se  les  siguiera 
el  competente  juicio;  pero  que  si  no  existían  se  diera  la  orden 
para  que  los  ex-ministros  afianzaran  la  calumnia. 

Concluían  haciendo  la  protesta,  el  general  Obando ,  de  que 
ántes  de  purificar  su  conducta  no  le  era  decoroso  tomar  posesión 
del  alto  puesto  de  ministro  de  la  guerra;  y  López,  de  que  no 
podia  continuar  desempeñando  el  importante  destino  de  general 
en  jefe,  del  que  pedia  se  le  relevára.  Después  de  mandar  reunir 
los  documentos  que  hubiera  en  los  archivos  de  los  respectivos 
ministros,  declaró  al  poder  ejecutivo  :  —  «  que  no  resultaba  de 
ellos  la  justificación  necesaria  sobre  el  autor  de  la  muerte  del 
general  Sucre,  y  que  existiendo  los  datos  con  que  pudiera  for- 
marse el  proceso  en  el  sur,  que  se  habia  erigido  en  Estado  in- 
dependiente, se  pasára  el  expediente  á  la  alta  corte  marcial,  á 
fin  de  que  aconsejára  el  poder  ejecutivo  la  providencia  que  hu- 
biera de  dictar  en  desagravio  del  honor  de  los  generales  Obando 
y  López.  » 

Esta  declaratoria  tuvo  la  particularidad  de  haberla  suscrito 
el  ministro  Pey,  el  mismo  que  habia  firmado  el  oficio  en  que  se 
les  habia  declarado  asesinos  :  indiferencia  que  no  hubiera 
tenido  cualquiera  otro  hombre  mas  pundonoroso  ó  entendido. 

La  alta  corte  marcial,  presidida  por  el  doctor  Félix  Restrepo, 
dGblaró  á  la  consulta  del  gobierno,  que  de  todos  los  documentos 
existentes  contra  Obando  y  López  —  «no  resulta  ni  aun  por 
lijeros  indicios,  que  dichos  generales  hayan  tenido  parte  directa 
ó  indirectamente  en  aquella  muerte  (la  de  Sucre),  y  el  tribunal 
opina  que  la  declaratoria  de  la  Gaceta  de  7  de  noviembre  de 


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526  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

4830,  á  mas  de  su  ilegalidad  por  no  habérseles  oido  con  arreglo 
á  la  constitución  y  á  las  leyes,  es  positivamente  voluntaria  y 
calumniosa.  Reservando  á  dichos  señores  generales  su  derecho 
contra  el  autor  ó  autores  de  la  calumnia,  para  que  usen  de  él , 
si  lo  juzgaren  conveniente,  ante  los  tribunales  respectivos.  »  El 
poder  ejecutivo  hizo  sustancialmente  la  misma  declaratoria  que 
publicó  en  la  Gaceta  oficial  (i). 

La  representación  de  Obando  y  López  dirigida  contra  Urda- 
neta  y  sus  ministros,  para  exigirles  que  probáran  sus  aserciones, 
y  una  carta  del  mismo  ürdaneta  escrita  al  general  Montilla  que 
se  diera  á  luz ,  causó  mucha  irritación  contra  él.  Decia  en  la 
carta ,  que  le  enviára  oficiales  venezolanos ,  únicos  en  quienes 
confiaba,  porque  los  Granadinos  eran  traidores;  al  mismo 
tiempo  despedazaba  en  ella  á  López,  Flórez ,  Castillo  y  sus  mi- 
nistros Pey  y  Mendoza,  tratando  con  justicia  á  los  dos  últimos 
de  ineptos.  Aunque  Urdaneta  negára  la  autenticidad  de  esta 
carta,  como  presentaba  muchos  caracteres  de  ser  genuina,  au- 
mentó sobre  manera  el  odio  que  se  le  profesaba  en  Bogotá. 

Temiendo,  pues,  las  consecuencias,  determinó  partir  inme- 
diatamente para  Santamaría,  á  fin  de  salir  de  Colombia.  Verifi- 
cólo el  28  de  mayo  por  la  noche,  de  acuerdo  con  el  vicepresi- 
dente, el  que ,  para  mayor  seguridad  de  su  persona ,  le  hizo 
acompañar  por  el  coronel  Vicente  Vanégas.  Dos  dias  después  le 
siguió  su  familia. 

Por  el  mismo  tiempo  habian  marchado  para  salir  del  terri- 
torio de  la  República  ciento  diez  entre  oficiales  y  jefes ,  unos 
por  Cúcuta  y  otros  por  ét Magdalena,  quitándose  por  tanto  ese 
motivo  de  alarma  para  los  liberales.  Empero  no  habian  cesado 
las  quejas  contra  el  vicepresidente ,  porque  dejó  ir  á  ürdaneta 
y  á  otros  militares  contra  quienes  existían  reclamaciones  judi- 
ciales. Decíase  que  Caicedo  estaba  empeñado  en  favorecer  á 
todos  los  que  ejecutaron  la  revolución  de  agosto,  y  que  no  que- 
riendo hacer  daño  á  nadie  promovía  la  impunidad  del  crimen. 
Obando  y  López  estaban  acaso  mas  disgustados  que  los  otros 
por  la  partida  de  Urdaneta;  ellos  pidieron  se  le  suspendiera  el 
viaje,  y  aunque  se  les  concedió,  nunca  tuvo  efecto.  Esta  pru- 
dencia y  la  promesa  que  Caicedo  hizo  á  los  liberales  de  que 
adoptaría  otras  medidas  enérgicas ,  pareció  haber  calmado  bas- 

(1)  Véase  la  nota  24*. 


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CAPÍTULO  XX.  527 

tanle  el  disgusto  que  contra  él  existia,  por  su  bondad,  que  se 
creyera  excesiva. 

Satisfecho  Obando  con  los  informes  dados  por  los  respectivos 
ministros,  de  que  no  existian  otros  documentos  sobre  el  asesi- 
nato del  gran  mariscal  de  Ayacucho  que  los  pasados  á  la  alta 
corte  marcial,  y  con  las  declaratorias  honrosas  de  este  supremo 
tribunal  y  del  vicepresidente  de  la  República,  se  posesionó  el 
2  de  junio  de  la  secretaría  de  guerra  y  marina.  Los  liberales 
exaltados  esperaban  conseguir  con  su  apoyo  las  medidas  recla- 
madas en  las  juntas  del  16  al  18  de  mayo;  así  redoblaron  sus 
esfuerzos  para  vencer  la  calma  y  la  fuerza  de  inercia  que  les 
oponia  Caicedo. 

Celebran,  pues,  al  efecto  otra  junta  revolucionaria  convocada 
por  Moreno  (junio  3),  á  la  que  asisteu  López,  Mantilla,  Posádas, 
Montoya  y  otras  muchas  personas  militares  y  civiles.  El 
proyecto  de  varios  era  hacer  una  asonada  contra  el  vicepresi- 
dente, porque  no  perseguía  á  los  Bolivianos,  enemigos  del 
sistema  liberal;  porque  no  les  quitaba  los  empleos  que  tenian, 
y  los  desterraba  fuera  del  país.  Moreno  y  el  comandante  general 
de  Gundinamarca ,  Vicente  Vanégas ,  se  habían  avanzado  hasta 
formar  listas  de  los  proscritos,  que  publicaron  por  la  imprenta. 
De  los  civiles,  los  hermanos  Azueros,  el  doctor  Joaquín  Suárez 
y  otros  entre  quienes  había  algunos  militares ,  se  pronunciaron 
decididamente  contra  el  gobierno  y  por  las  medidas  violentas. 
López,  Posádas,  Montoya  y  los  jefes  de  los  cuerpos  se  declararon 
por  sostener  al  ejecutivo  para  que  no  se  le  arrancaran  por  la 
fuerza  providencias  indebidas.  Por  consiguiente  los  revolucio- 
narios nada  pudieron  adelantar,  y  salieron  muy  disgustados  de 
aquella  junta. 

Sin  embargo,  aunque  en  menoría,  consiguieron  ganar  prosé- 
litos para  dar  otro  paso  indebido.  Al  día  siguiente  los  generales 
López,  Moreno,  Antonio  Obando  y  Mantilla,  junto  cou  los  coro- 
neles Orta  y  Juan  José  Molina,  dirigen  al  vicepresidente  una 
petición,  en  que  solicitan  :  1"  que  se  renueven  el  ministerio  y 
el  consejo  de  Estado,  y  que  en  estas  corporaciones  no  tengan 
P30e  los  que  hayan  pertenecido  á  las  administraciones  de 
Bolívar  y  Urdaneta ;  2o  que  haya  una  reforma  de  la  lista  civil 
en  el  mismo  sentido,  disminuyendo  también  su  número ;  3°  que 
iguales  reformas  se  hagan  en  la  lista  militar ;  4°  que  se  juzgue 
á  los  individuos  que  expresan  que  habían  sido  los  mas  activos 


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f)28  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

sostenedores  del  gobierno  de  Urdaneta,  y  que  se  destituya  de 
sus  beneficios  eclesiásticos  á  varios  curas;  5o,  en  fin,  que  se  dé 
otra  forma  á  la  Gaceta  de  Colombia  y  se  quite  á  su  actual  re- 
dactor, nombrando  dos  individuos  que  la  redacten  bajo  la  ins- 
pección del  secretario  de  lo  interior. 

Esta  petición ,  que  se  leyó  cuando  estaban  reunidos  los  mi- 
nistros, fué  apoyada  por  Obando,  con  cuyo  acuerdo  parece 
haberse  dirigido,  é  hizo  una  fuerte  sensación  en  el  consejo.  En 
el  acto  los  ministros  Castillo  y  Mendoza  dijeron ,  que  siendo 
dirigida  contra  ellos ,  desde  aquel  mismo  instante  dejaban  el 
ministerio.  Caicedo  la  miró  con  indignación ,  y  no  quiso  con- 
sentir en  el  retiro  de  los  dos  ministros ,  que  á  pesar  de  esto 
insistieron  en  su  renuncia.  El  público  sensato,  participando  de 
la  misma  indignación,  creyó  que  se  habia  irrogado  al  gobierno 
un  insulto  muy  grave,  queriendo  arrancarle,  como  por  la 
fuerza,  providencias  violentas,  que  repugnaban  á  la  conciencia 
del  vicepresidente  y  á  la  política  conciliatoria  de  los  partidos , 
que  se  habia  propuesto  seguir,  apoyado  en  razones  poderosas. 
Una  fracción  vengativa ,  concitada  por  los  hermanos  Azueros , 
por  los  jefes  de  la  división  Casanare  y  pr>r  otros  exaltados ,  no 
quería  que  sus  enemigos  políticos  disfrutáran  de  las  garantías 
constitucionales.  Así ,  hombres  que  se  habian  llamado  entu- 
siastas por  la  libertad,  y  que  decian  haber  sufrido  por  ella,  eran 
entónces  acérrimos  defensores  de  las  facultades  extraordinarias, 
de  los  destierros  y  de  las  privaciones  de  empleos  civiles ,  mili- 
tares y  eclesiásticos,  sin  forma  ni  procedimiento  de  juicio, 
i  Extraña  y  frecuente  contradicción  de  los  partidos  políticos  í 

Los  ciudadanos  amantes  del  órden  deploraron  que  el  general 
López  hubiera  firmado  tal  pedimento ,  desviándose  del  juicio 
y  moderación  que  ántes  habia  manifestado.  Disculpábase  di- 
ciendo que  el  vicepresidente  no  habia  querido  adoptar  provi- 
dencia alguna  de  las  propuestas  por  él ,  para  satisfacer,  aunque 
fuera  en  parte ,  las  exigencias  de  los  liberales ;  que  por  tanto  le 
tachaban  de  una  parcial  debilidad  en  favor  de  los  Bolivianos. 

En  aquellos  dias  era  grande  la  efervescencia  de  los  exaltados 
liberales ,  que  no  pudiendo  aniquilará  sus  enemigos  protegÉios 
por  la  constitución  y  por  el  gobierno  que  la  cumplía,  exhala- 
ban sus  resentimientos  por  medio  de  la  imprenta.  El  Liberta- 
dor, Urdaneta  y  sus  amigos  habian  sido,  según  ellos ,  los  tira- 
nos detestables  de  su  patria.  La  historia  imparcial  conserva  los 


CAPÍTULO  XX. 


hechos  del  primero  y  también  los  del  segundo.  Aquel  por  su 
noble  generosidad  estuvo  muy  lejos  de  merecer  los  epítetos  con 
que  se  le  ha  querido  denigrar.  Urdaneta ,  según  los  escritores 
parciales  y  vengativos  de  la  época,  habia  igualado  las  cruelda- 
des de  Nerón  y  de  Robespierre.  ¡  Vanas  é  injustas  declamacio- 
nes !  Podemos  asegurar  que  á  ninguno  hizo  matar  por  sus  ór- 
denes durante  su  gobierno ,  y  que  algunos  de  sus  enemigos  solo 
sufrieron  prisiones  y  cortos  destierros.  Él,  por  no  derramar  la 
sangre  de  los  Granadinos,  dejó  el  mando  que  aun  podia  soste- 
ner. Un  hombre  á  quien  dominaban  estos  nobles  y  humanos 
sentimientos,  no  era  cruel  ni  malvado,  como  injustamente  han 
querido  pintarle  alguuos  liberales  apasionados  de  aquel  tiempo. 
Debemos  restablecer  la  verdad  de  los  hechos  con  la  mas  severa 
imparcialidad ,  presentando  á  Urdaneta  como  un  veterano  de  la 
Independencia,  caballero,  afable  y  cortez. 

Á  pesar  de  tales  gritos  y  clamores  del  partido  liberal,  porque 
no  se  le  vengaba ,  el  vicepresidente  seguía  con  laudable  firmeza 
el  plan  de  conducta  que  se  habia  propuesto,  persuadido  íntima- 
mente de  que  la  tranquilidad  pública  no  corría  peligro.  Sin 
embargo ,  de  tiempo  en  tiempo  hacía  algunas  concesiones  al 
partido  vencedor,  lo  que  también  le  aconsejaba  su  política  con- 
ciliadora; fué  por  esto  que  mandó  salir  dentro  de  tres  dias  á 
los  jefes  y  oficiales  que  habían  pedido  sus  pasaportes  para  fuera 
de  la  República,  sin  que  todavía  hubieran  realizado  su  viaje. 
Conminóles  con  la  pena  de  que  serian  juzgados  como  pertur- 
badores de  la  paz  pública,  ó  conspiradores ,  según  lo  exigieran 
sus  hechos  precedentes.  El  general  Justo  Briceño  salió  disfra- 
zado para  el  Magdalena,  temiendo  el  odio  que  se  habia  adqui- 
rido por  sus  persecuciones  en  el  departamento  de  Boy  acá.  Des- 
pués se  le  declaró  fuera  de  la  ley,  porque  no  se  habia  presen- 
tado á  las  autoridades,  y  se  creía  hallarse  oculto  en  Bogotá.  ¡  In- 
justa é  inconstitucional  declaratoria,  hecha  conforme  á  un  de- 
creto del  vicepresidente  redactado  por  Oband o,  y  ejecutado  por 
el  comandante  general  de  Cundinainarca,  Vicente  Vanégas  ! 

Otra  concesión  importante  hizo  el  vicepresidente  á  los  libe- 
rate>.  Tal  fué  la  renovación  del  ministerio.  No  habiendo  que- 
rido continuar  los  ministros  de  hacienda  y  del  interior,  nombró 
para  el  departamento  del  interior  y  relaciones  exteriores  con 
calidad  de  interino  al  doctor  Félix  Restrepo ,  presidente  de  la 
alta  corte  de  justicia;  buen  abogado,  de  probidad  sin  tacha,  y 

TOMO  IV.  34 


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530 


HISTORIA  1>F.  COLOMBIA. 


de  principios  liberales  moderados ,  pero  anciano  ya,  demasiado 
escrupuloso ,  y  de  poca  experiencia  en  materias  de  gobierno. 
Su  nombramiento  fué  agradable  á  todos  los  partidos.  Lo  mismo 
sucedió  con  el  doctor  José  Ignacio  Márquez ,  escogido  para  mi- 
nistro de  hacienda.  Habíase  distinguido  en  aquel  ministerio  en 
las  administraciones  del  Libertador  y  de  Mosquera,  por  sus  ta- 
lentos ,  por  su  probidad,  por  su  consagración  al  trabajo,  y  por 
su  liberalidad  no  exaltada.  Esperábase  que  la  hacienda  pública 
podría  convalecer,  bajo  de  su  dirección,  de  la  postración  lamen- 
table en  que  se  hallaba.  No  habia  un  real  en  cajas,  y  cerca  de 
tres  mil  hombres  existían  en  la  capital ,  á  los  que  nada  mas  po- 
día dárseles  que  una  mera  ración  y  escaso  vestuario;  sin  em- 
bargo, era  preciso  consumir  en  ellos  casi  todos  los  recursos  del 
país  á  fin  de  tenerles  contentos.  La  división  de  Casanare  era  la 
mas  difícil  de  manejar  por  sus  pretensiones  harto  exageradas. 

Con  la  variación  de  los  ministros  Castillo  y  Mendoza,  salieron 
estos  del  consejo  de  Estado  :  entonces  aceptó  el  doctor  Vicente 
Azuero  la  plaza  que  en  él  se  le  habia  conferido.  Antes  no  quiso 
tomar  posesión ,  para  no  asociarse  con  amigos  de  Bolívar  y  Ur- 
daneta. 

Á  las  mencionadas  concesiones  el  vicepresidente  añadió  otra 
de  mucha  importancia.  Por  decreto  de  10  de  junio  restableció 
al  ex-general  Francisco  de  Paula  Santander  —  «  en  todos  sus 
grados  y  honores  militares,  y  en  todos  los  derechos  de  ciudada- 
nía en  los  propios  términos  que  los  gozaba  en  el  año  de  1828, 
ántes  de  su  injusta  proscripción ,  que  solo  ha  sido  y  será  para 
él  un  nuevo  título  de  gloria.  »  —  Hé  aquí  las  mismas  palabras 
del  decreto,  en  cuyos  considerandos  se  afirmó  —  «  que  fué  so- 
lamente por  la  intiexibilidad  y  denuedo  con  que  defendió  los 
fueros  y  libertades  del  pueblo,  que  se  le  despojó  de  los  grados  y 
honores  adquiridos  en  premio  de  sus  servicios,  y  se  le  condenó 
á  los  tormentos  de  la  expatriación.  »  —  Los  hechos  que  hemos 
referido  en  sus  respectivos  lugares  manifiestan  la  inexactitud 
de  estas  aserciones  del  partido  vencedor,  y  los  hombres  impar- 
ciales así  los  juzgaron  en  aquel  tiempo.  Les  pareció  también 
que  un  poder  ejecutivo  constitucional  no  podia  anular  de^fca 
plumada  sentencias  de  tribunales  dictadas  conforme  á  disposi- 
ciones legales  cuando  se  pronunciaron.  Sin  embargo,  fué  bas- 
tante general  la  aprobación  que  se  diera  á  la  medida  acordada 
por  el  gobierno,  de  que  regresara  á  su  patria  el  general  Sanlan- 


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CAPÍTULO  XX. 


der.  Esperábanse  grandes  ventajas  á  la  República  de  la  conti- 
nuación de  sus  servicios  por  sus  talentos,  firmeza  y  experiencia 
en  los  negocios  gubernativos. 

Por  el  mismo  decreto  se  restituía  plenamente  á  sus  derechos 
y  honores  —  «  á  todos  aquellos  ciudadanos  que  han  sido  con- 
denados á  presidios,  á  la  confinación  de  alguna  isla  ó  provin- 
cia, ó  expulsados  de  la  República  en  castigo  de  sus  opiniones  ó 
de  sus  esfuerzos  por  la  libertad.  »  — Obando,  que  fué  el  redac- 
tor de  tal  decreto ,  llamaba  esfuerzos  en  favor  de  la  libertad, 
o  los  que  hicieron  los  asesinos  del  Libertador  en  la  infausta 
noche  del  25  de  setiembre.  »  Después  de  algún  tiempo  sentia 
Obando,  y  aun  lo  publicó  por  la  imprenta,  no  haber  sido  del 
número  de  los  que  concurrieron  á  tan  criminal  intento  (i). 

Eran  harto  conocidos  sus  sentimientos  contra  el  Libertador, 
y  no  se  dejó  pasar  sin  fuertes  censuras  el  que  un  gobierno 
como  el  de  Caicedo  llamara  oficialmente  —  «  esfuerzos  en  favor 
de  libertad  »  —  acciones  tan  inmorales  como  reprobadas  por  la 
civilización  y  la  filosofía. 

Parecia  racionalmente  que  con  tales  concesiones  hechas  al 
partido  liberal,  calmarían  sus  pretensiones  exageradas  de  ven- 
ganza y  proscripción  contra  sus  enemigos  políticos.  Pero  no  fué 
así :  el  ministro  Obando,  sostenido  en  el  consejo  de  Estado  por 
el  doctor  Vicente  Azuero ,  renovó  todas  las  exigencias  de  las 
juntas  de  mayo.  El  2  de  julio  hizo  una  triste  y  exagerada  pin- 
tura de  los  riesgos  que  corría  la  libertad  amenazada  con  un 
próximo  trastorno  por  jefes  y  oficiales  enemigos  que  aun  exis- 
tían en  la  capital  y  en  los  lugares  inmediatos,  los  que  tenían 
armas  y  municiones  ocultas ,  que  no  habían  querido  entregar, 
sin  embargo  de  los  bandos  severos  publicados  por  las  autorida- 
des. Dijo  que ,  en  su  concepto ,  los  enemigos  de  la  libertad  po- 
seían actualmente  mayores  y  mas  seguros  medios  para  causar 
un  nuevo  trastorno,  que  cuando  hicieron  el  del  Santuario ;  que 

(1)  En  la  página  64  de  los  «  Apuntamientos  para  la  historia ,  »  que  hizo 
escribir  y  publicar  Obando  en  Lima ,  dice  : 

tuve  yo  el  honor  de  pertenecer  á  aquel  número  de  Romanos  que , 
con  una  revolución  desgraciada,  aterraron  sin  embargo  á  la  tiranía  ven- 
cedora ;  yo  hubiera  tenido  parte  en  ella ,  si  hubiera  estado  en  Bogotá ;  pero 
ya  que  no  puedo  contar  este  entre  los  servicios  que  he  hecho  á  la  libertad , 
ya  que  no  tuve  aquel  honor ,  tendré  á  lo  menos  la  satisfacción  de  vindicar 
aquel  grande  hecho.  » 


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HISTORIA   DE  COLOMBIA. 


por  esto  se  hallaban  en  extremo  disgustados  los  pueblos ,  que 
veían  la  poca  energía  del  gobierno,  y  que  á  su  lado  vivían  pro- 
tegidos por  este  algunos  extranjeros  y  otros  corifeos  de  la  san- 
grienta revolución  de  agosto,  que  aguardaban  el  momento  opor- 
tuno para  dar  el  golpe  con  seguridad;  en  fin —  «que  nada 
habia  sido  mas  desagradable  á  los  pueblos  que  el  convenio  de 
Apulo,  porque  parecía  que  habia  puesto  al  gobierno  en  incapa- 
cidad de  obrar ;  que  dicho  convenio  habia  sido  reclamado  por 
provincias  y  departamentos  enteros ,  y  que ,  ademas  de  que 
nunca  el  señor  Caicedo  estuvo  facultado  para  convenir  en  per- 
donar crímenes  nacionales ,  y  en  reconocer  los  ascensos  dados 
por  el  general  Urdaneta,  los  mismos  facciosos  lo  habían  que- 
brantado por  su  parte ;  por  lo  cual  debia  declararse  que  dicho 
convenio  de  Apulo  no  existia.  »  En  seguida  propuso  al  consejo 
como  de  la  mas  urgente  necesidad ,  que  tomara  medidas  en  el 
mismo  dia,  que  sacasen  á  los  pueblos  de  los  fundados  temores 
que  abrigaban  de  ver  trastornado  el  orden  público. 

El  doctor  Vicente  Azuero,  que  estaba  preparado  para  obrar 
de  acuerdo  con  Obando,  expuso  que  debían  consultarse  al  poder 
ejecutivo  medidas  generales  de  administración  y  de  seguridad 
pública.  Las  llevaba  escritas  en  un  papel  que  leyó ,  dividido  en 
várias  proposiciones  que  dijo  iría  haciendo,  para  que  se  discu- 
tieran sucesivamente,  porque  todas  eran  de  la  mayor  impor- 
tancia. El  consejo  convino  en  este  órden  de  procedimiento. 

La  primera  y  mas  importante  proposición,  que  era  la  base  de 
las  demás  fué :  —  «  que  se  consulte  al  gobierno  declare  solemne 
y  formalmente,  publicándose  en  la  Gaceta  y  comunicándose  á 
todas  las  autoridades,  que  no  existe  el  convenio  de  Apulo ,  por 
haber  sido  roto  por  los  mismos  facciosos.  »  —  En  la  discusión 
expresaron  los  defensores  de  aquella  proposición,  que  el  rompi- 
miento provino  de  los  jefes  y  oficiales  de  la  división  Callao,  que 
no  quisieron  unirse  á  las  tropas  del  gobierno ,  ni  obedecer  las 
órdenes  de  este,  contra  lo  que  se  habia  estipulado  en  Apulo, 
resistencia  que,  según  hemos  dicho,  fué  efectiva.  También  fun- 
daban otros  la  nulidad  diciendo  :  que  Briceño  habia  atacado  á 
Moreno  en  Serinza,  violando  el  armisticio  de  Tocaima,  Anda- 
mento que  no  tiene  fuerza  alguna,  porque  en  Tunja  se  ignora- 
ban tales  convenios  cuando  se  combatía  en  Serinza.  Aprobóse 
la  proposición  de  Azuero  después  de  una  larga  discusión. 

En  los  dias  siguientes  lo  fueron  también  con  lijeras  alteracio- 


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CAPÍTULO  XX.  533 

nes  las  demás  que  hizo.  Reducíanse  á  que  se  declararan  nulos 
todos  los  grados  militares  conferidos  por  el  gobierno  intruso ; 
que  se  echára  del  país  á  los  extranjeros  que  hubiesen  obrado 
en  contra  del  gobierno  legítimo ,  y  que  con  documentos  se  pi- 
diera á  los  respectivos  gobiernos  la  remoción  de  los  agentes 
públicos  que  habian  favorecido  la  insurrección  de  agosto;  que 
se  desterrara  por  dos  años  á  los  caudillos  de  la  misma  insur- 
rección ;  que  se  removieran  de  sus  empleos  civiles,  militares  y 
eclesiásticos  á  todos  los  desafectos ;  que  se  recogieran  inmediata- 
mente todas  las  armas  y  municiones  que  hubiese  en  poder  de  los 
particulares;  en  fin,  que  se  acusáran  varios  impresos  que  llamó 
sediciosos,  publicados  durante  el  gobierno  deUrdaneta;  en  esta 
acusación  debian  incluirse  algunos  artículos  de  la  —  «  prosti- 
tuta Gaceta  de  Colombia,  »  según  se  la  llamaba  entónces,  por- 
que habia  sido  órgano  fiel  de  los  principios  y  sentimientos  polí- 
ticos de  las  diferentes  administraciones  que  se  habian  sucedido. 
Esta  proposición  fué  una  verdadera  necedad. 

Vigorosamente  se  impugnaron  por  algunos  miembros  del 
consejo  varios  puntos  de  la  consulta;  pero  hubo  siempre  una 
mayoría  que  los  acordára.  La  consulta  se  pasó  al  poder  ejecu- 
tivo junto  con  otra  sobre  economías  que  debian  hacerse  en  la 
administración  pública ,  en  la  que  se  proponían ,  sin  haberse 
pedido  su  opinión  al  consejo ,  supresiones  de  empleos  y  de  cor- 
poraciones con  otras  medidas  que  no  estaban  en  la  esfera  de  las 
facultades  constitucionales  del  ejecutivo.  El  vicepresidente  las 
reservó  por  tanto  para  la  convención  nacional ,  que  no  debía 
tardar.  En  cuanto  á  la  otra  consulta  en  que  el  consejo  se  habia 
arrogado  también  una  indebida  iniciativa,  sobre  el  convenio  de 
Apulo  y  los  demás  puntos  mencionados  ántes ,  sin  conformarse 
con  ella  guardó  un  profundo  silencio.  Era  imposible  queCnicedo, 
adornado  de  mucha  probidad  y  de  gran  bondad  de  carácter, 
faltára  abiertamente  al  convenio  de  Apulo,  que  habia  jurado  sos- 
tener; juramento  solemne  que  prestaron  también  las  tropas  de 
su  mando ;  ni  que  hiciera  las  destituciones,  destierros  y  confis- 
caciones que  se  le  proponían  por  el  consejo ,  órgano  entónces 
haií^apasionado  de  los  exaltados  liberales. 

Aunque  de  Cartagena ,  de  Antióquia,  del  Socorro  y  de  otras 
provincias  se  dirigieron  también  al  poder  ejecutivo  represen- 
taciones contra  el  conyenio  de  Apulo,  especialmente  contra  los 
grados  y  ascensos  militares  conferidos  por  Urdaneta,  que  algu- 


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U34 


HISTORIA  DK  COLOMBIA 


nos  hacían  subir  á  dos  mil,  y  contra  la  permanencia  en  el  cen- 
tro, de  los  cabecillas  y  promovedores  de  la  revolución  de  agosto 
último,  el  vicepresidente  se  mantuvo  firme  en  cumplir  lo  que 
habia  ofrecido.  Él  quería  con  mucha  razón  conservar  á  todos 
los  partidos  las  garantías  constituciouales.  No  le  parecía  justo 
ni  político  que  se  echasen  á  rodar  las  solemnes  estipulaciones 
acordadas  en  Apulo,  que  habían  ahogado  la  guerra  civil,  por- 
que algunos  oficiales  del  partido  de  Urdaneta  hubieran  desobe- 
decido ciertas  órdenes  del  gobierno ,  cuando  todos  los  demás 
que  siguieron  á  aquel  jefe  se  habían  sometido.  Los  ascensos  de 
generales  conferidos  por  Urdaneta  se  impugnaban  con  mas  jus- 
ticia. El  vicepresidente  por  sí  solo  y  sin  consentimiento  del 
senado  no  podia  haberlos  aprobado ;  era  evidente  que  la  deci- 
sión de  este  punto  correspondía  ála  próxima  convención  nacio- 
nal, debiendo  entre  tanto  quedar  en  suspenso. 

Caicedo  y  su  ministro  Obando  estaban,  pues,  en  abierta  con- 
tradicción acerca  de  cuestiones  gubernativas  de  tamaña  impor- 
tancia. Las  opiniones  de  Obando  no  eran  solo  teóricas,  sino  que 
las  ponía  en  práctica.  Así,  él  daba  licencias  absolutas  á  unos, 
borraba  á  estos  y  retiraba  á  aquellos  jefes  y  oficiales ,  cuyos 
grados  y  ascensos  militares  se  hallaban  garantidos  por  el  con- 
venio de  Apulo.  En  un  gobierno  mejor  establecido  Obando  hu- 
biera sido  removido  del  ministerio.  Pero  Caicedo  no  podia  hacer 
esto,  pues  dicho  ministro  por  su  influjo  sobre  los  liberales,  por 
su  laboriosidad  en  el  despacho,  por  el  vigor  de  su  carácter,  y 
por  sus  claros  aunque  incultos  talentos ,  daba  fuerza  á  la  admi- 
nistración y  garantías  de  órden,  especialmente  en  el  ejército. 

La  diminución  de  este  era  una  de  las  cuestiones  que  se  agi- 
taban con  calor  en  los  primeros  dias  de  julio  (13).  Consi- 
guióse al  fin  que  marchára  hácia  Tunja  la  división  Casanare , 
compuesta  de  cuatrocientos  infantes  y  trescientos  jinetes.  Mu- 
chos dias  ántes  debieron  salir,  pero  sus  jefes  dirigían  nuevas  y 
nuevas  demandas  que  era  difícil  satisfacer  por  la  escasez  de 
dinero  en  las  tesorerías.  El  general  Moreno  la  siguió  después. 
Temíase  que  esta  división  indisciplinada ,  á  la  que  excitaba  el 
coronel  José  María  Gaitan  y  otros  exaltados,  pretendiera,  s^bn 
se  decia ,  hacer  un  Estado  independiente  del  departamento  de 
Boyacá.  Por  fortuna  no  se  realizaron  dichos  temores,  y  los  sol- 
dados de  Casanare  tornaron  á  sus  llanuras  :  ellos  no  podían 
conformarse  en  Bogotá,  con  no  estar  facultados  para  matar  reses 


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CAPÍTULO  XX.  :i3ü 

de  la  hacienda  que  mejor  les  pareciera,  ni  con  no  tener  carne  á 
discreción  como  en  el  Llano.  Los  habitaules  de  la  cordillera 
quedaron  cansados  de  los  desórdenes  que  cometían  auxiliares 
tan  molestos,  y  rogando  al  cielo  que  nunca  mas  los  volviesen  á 
necesitar.  Moreno  habia  prometido  hacer  que  la  provincia  de 
Casauare  se  reincorporára  al  departamento  de  Boyacá ,  y  que 
sus  diputados  concurrieran  á  la  próxima  convención. 

Las  elecciones  para  esta  se  realizaron  en  todas  las  provincias 
con  regularidad,  verificándose  el  20  de  julio  las  de  diputados. 
Á  pesar  de  la  exaltación  de  los  ánimos ,  aunque  todas  las  elec- 
ciones recayeron  en  ciudadanos  liberales  conocidos,  habia  mu- 
chos moderados  capaces  por  sus  talentos  de  reprimir  la  fogosi- 
dad de  los  exaltados.  La  provincia  de  Casanare  no  hizo 
elecciones,  porque  no  tuvo  quien  las  dirigiera ;  tal  era  el  estado 
de  su  atraso  moral.  Tampoco  se  realizaron  en  el  departamento 
del  Istmo,  á  causa  de  hallarse  agitado  por  la  discordia  civil. 

Hemos  referido  ántes  la  deposición  de  Espinar,  hecha  por  el 
coronel  Alzuru ,  quien  se  subrogó  en  lugar  del  primero  en  el 
mando  militar ,  dejando  el  civil  á  la  persona  designada  por  la 
ley.  Poco  mas  de  tres  meses  permaneció  Alzuru  en  su  aparente 
sumisión  al  ejecutivo  nacional.  Mas  apoyado  por  multitud  de 
jefes  venezolanos  que  fueron  expulsados  del  Ecuador,  y  sedu- 
cido acaso  por  consejos  pérfidos  é  interesados,  comenzó  á  obrar 
con  arbitrariedad.  Improbóle  el  gobierno  de  Bogotá  la  muerte 
que  hizo  dar  al  comandante  Manuel  Sotillo  y  al  teniente  José 
Villanueva,  después  de  un  juicio  que  les  mandó  seguir,  porque 
habían  denunciado  como  espía  en  Guayaquil ,  y  conductor  de 
pliegos  del  gobierno  de  Urdaneta,  al  desgraciado  coronel  Manuel 
de  León.  Esta  denuncia  lo  llevó  al  suplicio,  y  fué  ejecutado  en 
la  isla  de  Puná  á  presencia  de  otros  varios  oficiales  colombianos. 
Desde  ántes  de  saber  aquella  ejecución  arbitraria  dispuesta  por 
Alzuru ,  el  gobierno  del  centro  le  habia  removido  de  la  coman- 
dancia general  del  Istmo.  Mandóle  entonces  venir  á  Bogotá  á 
dar  cuenta  de  su  conducta.  El  nombrado  para  sucederle  fué  el 
coronel  Tomas  Herrera,  joven  oficial  que  habia  concurrido  á  la 
lit^ad  de  la  capital,  distinguiéndose  siempre  por  la  liberalidad 
de  sus  principios  políticos  y  su  oposición  á  la  tiranía.  Se  le  pre- 
vino que  marchára  inmediatamente  dándole  instrucciones 
sobre  el  modo  con  que  debia  obrar ,  á  fin  de  que  en  el  Istmo 
fuera  reconocido  el  gobierno  legítimo  :  este  desconfiaba  justa- 


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536 


HISTORIA  DE  COLOMBIA . 


mente  de  la  conducta  de  Alzuru,  así  como  de  los  demás  jefes  y 
oficiales  venezolanos  adictos  al  partido  militar  que  dominaba 
en  Panamá. 

'  Conforme  á  las  órdenes  que  de  antemano  se  habían  comuni- 
cado á  Cartagena,  el  general  Luque  dió  á  Herrera  el  auxilio  de 
doscientos  veteranos  de  que  se  componia  el  batallón  Yaguachi. 
Embarcóse  para  Chágres  (julio  U)  comboyado  por  la  goleta  de 
guerra  Zúlia  y  el  pailebot  Telégrafo.  Mas  no  pudo  desembarcar 
en  aquel  puerto  á  causa  de  que  el  comandante  del  castillo 
Ruperto  Hand  se  opuso  y  le  negó  los  auxilios,  diciendo  á  Her- 
rera que  la  capital  de  Panamá  se  habia  pronunciado  contra  el 
gobierno  central,  erigiendo  al  Istmo  en  Estado  soberano  é  inde- 
pendiente. Por  esta  novedad  el  coronel  Herrera  determinó  des- 
embarcar en  Portobelo  para  tener  este  punto  de  apoyo  en  sus 
ulteriores  operaciones.  Consiguió  en  efecto  realizar  su  plan ,  y 
los  habitantes  de  aquella  ciudad  se  manifestaron  decididos  por 
el  gobierno  nacional  y  por  el  sostenimiento  de  las  instituciones 
liberales.  Desde  Portobelo  Herrera  pidió  á  Luque  algunos  auxi- 
lios de  hombres,  armas  y  municiones  para  combatir  la  tiránica 
autoridad  que  Alzuru  habia  usurpado  en  la  provincia  de  Pa- 
namá. 

Esta  usurpación  era  reciente,  pues  comenzó  el  8  de  julio,  dia 
en  que  por  órdenes  de  Alzuru ,  convocó  el  prefecto  José  Valla- 
rino  una  junta  de  las  corporaciones  y  padres  de  familia  de 
Panamá.  Propuso  en  ella  Alzuru  que  el  Istmo  desconociera  al 
gobierno  central,  erigiéndose  en  Estado  independiente.  Después 
de  reinar  en  la  asamblea  un  triste  silencio ,  se  votó  la  moción 
de  que  se  tomase  en  consideración  el  proyecto  de  separarse ,  la 
que  fué  negada  unánimemente.  Aun  no  habia  aterrado  Alzuru 
á  los  hombres  sensatos  y  patriotas ,  de  que  en  su  mayoridad  se 
componia  la  junta. 

Empero  lanzado  el  coronel  Alzuru  en  un  mal  camino ,  y 
comprometido  con  el  gobierno  de  Bogotá,  á  quien  habia  faltado 
abiertamente,  fué  impelido  por  los  pérfidos  consejos  de  los  jefes 
y  oficiales  militares  expulsos  del  Ecuador,  que  pretendían  hacer 
del  Istmo  un  patrimonio  suyo.  Concurrían  también  al  mismo 
objeto  las  sugestiones  de  várias  personas  civiles  que  por  otras 
miras  habían  delirado  siempre  con  la  Independencia,  algunas 
de  ellas  con  el  designio  de  enriquecerse.  Viéndose,  pues, 
apoyado ,  no  se  arredró  por  una  manifestación  tan  contraria  y 


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CAPÍTULO  XX. 


r»37 


enérgica.  Desde  aquel  dia  se  decide  á  emplear  los  mismos  é 
inicuos  medios  de  que  ántes  se  valiera  Espinar  para  aterrar  á 
los  habitantes  del  Istmo.  Gana  enteramente  la  confianza  de  la 
oficialidad  del  batallón  Ayacucho  y  de  la  artillería,  cuerpos  que 
guarnecian  á  Panamá;  destituye  al  primer  comandante,  que  no 
merece  su  confianza  por  ser  granadino ;  al  segundo  lo  eleva  á 
primero  y  da  una  multitud  de  ascensos  hasta  coronel  inclusive. 
Mas  no  era  esto  solo  :  valiéndose  de  los  cabecillas  de  la  plebe , 
amotina  al  pueblo,  y  promueve  asonadas  nocturnas,  que  hacen 
temer  á  los  pacíficos  habitantes  el  degüello  y  los  asesinatos 
propios  de  una  guerra  de  castas  excitada  por  malvados ,  crueles 
é  infames. 

Aterrados  así  los  ánimos ,  convocó  para  el  9  de  julio  otra 
junta.  En  ella  por  moción  de  José  Obaldía,  apoyada  por  Mariano 
Arosemena,  se  declaró  insubsistente  la  constitución,  tomándose 
en  consideración  un  acta  presentada  por  el  mismo  Obaldía. 
Arrancóse  su  aprobación  por  el  terror  causado  á  las  corpora- 
ciones y  padres  de  familia.  Según  el  acta  mencionada  se  declaró 
insubsistente  la  constitución  de  1830,  y  las  provincias  del 
Istmo  se  erigieron  en  Estado  independiente  para  confederarse 
con  los  demás  establecidos  en  Colombia.  Alzuru  fué  nombrado 
jefe  superior  militar  y  el  general  José  Fábrega  jefe  civil,  decla- 
rándose vigentes  las  garantías  establecidas  por  la  constitución 
de  1821.  De  esta  manera  Alzuru  ,  protegido  por  las  tropas  que 
habia  en  el  Istmo ,  á  las  que  ofreció  pagar  todos  sus  haberes 
atrasados ,  siempre  que  sostuvieran  sus  proyectos ,  y  por  el 
pueblo  bajo  que  él  mismo  habia  insolentado ,  consiguió  apode- 
rarse de  toda  la  autoridad.  El  prefecto  José  Vallarino  fué  de- 
puesto en  consecuencia,  y  el  jefe  político  de  Panamá,  Justo 
Parédes ,  hombre  sin  influjo ,  obtenía  una  sombra  de  mando 
civil  por  ausencia  de  Fábrega.  Alzuru  aborrecía  á  este  y  no 
pensaba  darle  posesión  del  destino  conferido  por  la  asamblea 
del  9  de  julio. 

Siguióse  á  la  referida  acta  un  fantasma  ridículo  de  Estado 
istmeño,  presidido  por  Justo  Parédes,  quien  convocó  muy  séria- 
ifflhte  la  dieta  que  debia  organizar  el  gobierno,  cuyos  funcio- 
narios se  eligieron.  Pero  al  lado  de  esta  farsa,  se  representaba 
un  drama  verdaderamente  trágico  que  tenia  por  actores  princi- 
pales á  Alzuru  y  socios.  Aquel ,  sin  cuidarse  de  la  división  de 
mandos ,  se  arroga  y  ejerce  á  su  arbitrio  tanto  el  militar  como 


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538  HISTORIA  DE  COLOMBIA 

el  civil.  Él  depone  á  los  empleados  que  no  adoptan  sus  ideas , 
y  aun  destierra  á  varios  para  ensayarse  en  las  violencias  que 
habia  de  cometer. 

En  tales  circunstancias  supo  Alzuru  estar  relevado  del  mando 
por  el  gobierno  central ,  y  que  habia  retrocedido  de  Chágres  á 
Portobelo  el  coronel  Tomas  Herrera,  que  se  hallaba  nombrado 
comandante  general  del  Istmo,  con  órdenes  de  enviar  á  Carta- 
gena al  batallón  Ayacucho,  ciego  instrumento  de  la  actual  y  de 
las  anteriores  revoluciones.  Con  esta  noticia,  tanto  Alzuru  como 
Luis  Urdaneta  y  los  demás  jefes  y  oficiales  venezolanos  de  la 
comparsa  temen  ser  llamados  á  juicio  y  perder  los  sueldos  que 
arrancaban  á  los  habitadores  del  Istmo.  Todos  redoblaron,  pues, 
sus  esfuerzos  para  sostenerse  mutuamente. 

Entre  tanto  Herrera  se  hallaba  en  Portobelo  disciplinando 
las  milicias  que  se  le  habian  presentado  voluntariamente  para 
marchar  contra  los  que  tiranizaban  á  Panamá.  Aguardaba  tam- 
bién algunas  armas ,  municiones ,  vituallas  y  mas  tropa,  que 
habia  pedido  á  Cartagena.  Cuando  se  preparaban  estos  auxilios, 
ocurrió  en  Santamarta  un  suceso  alarmante  que  inspirara  fun- 
dados temores  de  que  se  turbara  la  tranquilidad  pública. 

Tal  fué  el  motin  del  batallón  Tiradores,  y  del  escuadrón  Hú- 
sares del  Magdalena,  que  guarnecían  la  ciudad  de  Santamarta. 
Habia  algún  tiempo  que,  por  la  escasez  de  las  rentas  públicas , 
apénas  se  podia  pagar  medio  sueldo  á  los  oficiales ,  el  que  aun 
se  les  atrasaba  algunos  meses,  lo  mismo  que  las  raciones  diarias 
á  los  soldados.  Esto  habia  ocasionado  quejas  y  reclamaciones 
dirigidas  al  gobierno  de  la  provincia,  y  al  mismo  poder  ejecu- 
tivo; pero  el  mal  continuaba  sin  remedio.  Añadíase  á  él,  que 
existían  celos  y  rivalidades  entre  el  pueblo  de  Santamarta  y  las 
tropas,  y  entre  Venezolanos  y  Granadinos. 

En  estas  circunstancias  algún  imprudente  mal  intencionado 
puso  un  pasquín  por  el  que  se  amenazaba  á  los  Venezolanos 
con  que  se  les  echaría  á  palos  y  nada  se  les  daria  para  subsistir. 
Valiéndose  de  estos  motivos,  los  oficiales  de  dichos  cuerpos  se 
juntan  el  25  de  julio  muy  temprano ,  y  hacen  una  especie  de 
acta  que  constaba  de  once  artículos.  En  ella  acordaron  :  irs?í 
Venezuela  porque  se  les  trataba  inicuamente,  no  dándoles  lo 
necesario  para  sus  alimentos  y  los  de  la  tropa;  fletar  un  buque 
francés  que  se  hallaba  en  el  puerto,  á  fin  de  que  los  condujera 
á  su  país,  y  que  el  gobernador  de  la  provincia  pagára  el  flete; 


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CAPÍTULO  XX.  539 

pedir  al  mismo  veinte  mil  pesos  á  cuenta  de  mayor  cantidad 
que  se  adeudaba  á  los  mencionados  cuerpos  y  distribuirlos  entre 
ellos;  exigir  las  raciones  necesarias ,  y  tomar  del  parque  las 
municiones  precisas  para  el  completo  de  cuatro  paquetes  por 
plaza ;  invitar  al  general  Carmona  á  que  los  siga  por  ser  Vene- 
zolano; cubrir  los  puntos  necesarios  hasta  su  embarque;  y  ha- 
cer todo  esto  —  «  con  el  mayor  órden,  para  dejar  sentada  su 
reputación  y  pericia  militar,  tocando  solo  con  las  autoridades 
de  la  plaza ,  sin  ofender  á  ninguna  otra  persona.  » 

Conforme  á  estas  resoluciones,  el  primer  paso  de  los  jefes  de 
los  cuerpos,  que  eran  el  coronel  José  de  Jesús  García,  de  Tira- 
dores ,  y  el  comandante  Autonio  Ferrer,  de  Húsares,  fué  arres- 
tar al  gobernador  José  Ignacio  Granádos,  al  jefe  político,  al 
comandante  interino  general  Portocarrero,  al  tesorero  y  al  ad- 
ministrador de  la  aduana.  El  general  Carmona  se  hallaba  en  la 
Ciénaga  enfermo,  y  se  le  llamó  inmediatamente.  El  jefe  polí- 
tico Miguel  García  Munibe  y  el  general  Portocarrero  escaparon 
de  los  arrestos,  porque  los  amotinados  obraban  con  muchas 
consideraciones,  por  lo  cual  permanecían  encerrados  en  sus 
cuarteles.  Portocarrero  y  García,  ya  en  libertad,  enviaron  in- 
mediatamente avisos  á  los  pueblos  mas  cercanos ,  que  alarma- 
ron, á  fin  de  que  marcháran  en  auxilio  de  la  capital.  Tanto 
ellos  como  Carmona  hicieron  en  todo  el  dia  grandes  esfuerzos 
con  el  objeto  de  persuadir  á  los  amotinados  que  se  sometiesen 
de  nuevo  ofreciéndoles  un  indulto;  pero  fué  en  vano,  porque 
insistieron  en  sus  demandas,  aunque  sin  cometer  excesos.  Al 
dia  siguiente  mas  de  seiscientos  hombres  armados  se  juntaron 
en  los  alrededores  de  Santamaría ,  los  que  unidos  á  sus  habi- 
tantes dieron  la  ley  á  los  sublevados.  Tuvieron  estos  que  ren- 
dirse á  discreción,  y  en  consecuencia  se  les  desarmó.  Separóse 
á  los  oficiales  y  soldados  granadinos  que  no  habían  tenido  parte 
en  la  sedición,  y  que  no  querían  irse,  en  número  de  doscientos 
diez  y  ocho  hombres,  que  se  enviaron  por  tierra  á  Cartagena. 
Diez  y  ocho  oficiales  y  ciento  diez  y  siete  individuos  de  tropa 
venezolanos  fueron  embarcados  en  la  goleta  Samaría  con  solo 
y  seis  fusiles,  las  raciones  precisas  y  algún  dinero,  la  que 
debia  conducirlos  á  Maracáibo.  Después  siguieron  á  Venezuela 
ocho  oficiales  mas.  Fué  muy  digna  de  elogio  la  decisión  de  los 
pueblos  contra  la  soldadesca  amotinada.  De  esta  manera  desa- 
pareció de  la  escena  militar  el  batallón  «  Tiradores  de  la  Guar- 


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540  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

día,  »  uno  de  los  mas  antiguos  de  la  guerra  de  Independencia 
de  Colombia,  al  través  de  la  cual  habia  pasado  con  gloria  y 
renombre  militar. 

Con  la  noticia  de  la  sublevación  de  Tiradores  se  supo  inme- 
diatamente que  sus  aparentes  designios  eran  de  seguir  á  Vene- 
zuela, y  por  tanto  no  impidió  la  salida  de  la  goleta  Zúliaj  del 
pailebot  Telégrafo.  Debian  conducir  armas,  víveres  y  municio- 
nes á  Portobelo ,  é  impedir  en  caso  necesario  que  los  restos  de 
los  cuerpos  amotinados  fueran  al  Istmo,  según  temian  algunos. 
El  general  Luque  preparaba  una  expedición  mayor,  que  condu- 
ciría en  persona.  Habia  temores  fundados  de  que  las  pocas 
fuerzas  que  mandaba  Herrera  en  Portobelo ,  no  fuesen  capaces 
de  libertar  al  Istmo  de  la  tiranía  de  Alzuru. 

Este  habia  dirigido  adonde  Herrera  dos  negociadores :  el  co- 
ronel Francisco  Picón  y  el  primer  comandante  José  Obaldía,  los 
que  llegaron  á  Portobelo  el  30  de  julio.  Allí  entablaron  confe- 
rencias, en  que  los  comisionados  de  Alzuru  hicieron  á  Herrera 
várias  proposiciones  que  juzgaban  conducentes  para  evitar  la 
guerra  civil.  Dijéronle  que  sus  tropas  iban  sin  duda  á  perecer, 
pues  Alzuru  estaba  apoyado  por  la  opinión  pública ,  decidida  á 
sostener  el  pronunciamiento  del  9  de  julio ;  aserción  que  com- 
probaban con  várias  cartas  de  vecinos  de  Panamá.  El  mismo  dia 
se  recibió  un  oficio  del  general  Fábrega,  nombrado  jefe  superior 
civil ,  en  que  manifestaba  su  aquiescencia  en  favor  del  pronun- 
ciamiento hecho  en  la  mencionada  acta.  Fundado  en  tales  datos 
determinó  Herrera  condescender  con  las  propuestas  de  los  co- 
misionados ,  sancionando  en  cierto  modo  la  Independencia  de 
las  provincias  del  Istmo.  Pero  estas  indebidas  concesiones  no  se 
consumaron ,  pues  ántes  de  firmarlas  se  recibieron  noticias  po- 
sitivas de  que  Alzuru  habia  roto  las  ligaduras  que  le  imponía 
el  acta  de  9  de  julio.  Habíase  declarado,  el  30  de  este  mes,  en 
ejercicio  del  poder  civil  y  del  militar,  negándose  á  dar  posesión 
á  Fábrega.  En  consecuencia  dictó  un  decreto  orgánico  del  go- 
bierno del  Istmo,  miéntras  se  juntaba  la  dieta,  convocada  ya 
para  el  15  de  agosto  del  presente  año. 

Impuesto  el  coronel  Herrera  de  tales  noticias,  rompe  las  c<^* 
ferencias ,  y  consigue  que  los  comisionados  Picón  y  Obaldía  se 
incorporen  á  la  división  libertadora;  náceles  la  promesa  —  o  de 
que  el  gobierno  sostendrá  el  pronunciamiento  del  Istmo,  cuando 
libre  de  los  opresores  que  abriga  en  su  seno,  lo  haga  de  un 


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CAPÍTULO  XX.  541 

modo  oportuno  .,  y  sin  los  recelos  que  inspira  el  terrorismo  mi- 
litar, o  La  adquisición  para  la  causa  de  la  libertad  de  estos  dos 
hombres  de  influjo ,  produjo  los  efectos  mas  saludables.  Por  su 
medio  se  sorprendió  la  fortaleza  de  Chágres  sin  costar  un  solo 
tiro,  y  bajo  de  sus  fuegos  se  rindió  el  berganlin  Triana,  lla- 
mado después  el  Protector.  Allí  cayó  prisionero  el  comandante 
Ruperto  Hand,  asesino  del  general  Córdoba,  después  de  estar 
rendido.  También  se  pasaron  en  breve  al  partido  de  la  libertad 
las  fuerzas  avanzadas  que  mandaba  en  Gapireja  el  comandante 
José  Rio  del  Valle,  y  quedó  abierto  el  camino  hácia  Panamá. 

Miéntras  Herrera  trasladaba  de  Portobelo  á  Chágres,  y  desde 
allí  á  La  Gorgona,  los  setecientos  hombres  de  que  ya  se  compo- 
nía su  expedición,  Alzuru  desplegaba  en  Panamá  toda  la  vio- 
lencia y  la  crueldad  de  su  carácter.  Después  de  impedir  á  Fá- 
brega  que  tomára  el  mando  civil ,  le  mandó  salir  desterrado 
junto  con  el  prefecto  José  Vallarino  y  los  oficiales  Juan  de  la 
Cruz  Pérez,  Sebastian  Arce  y  José  María  Tello,  Blas  y  Mariano 
Arosemena ,  Manuel  María  Ayala ,  Agustín  Taliaferro ,  Manuel 
Arce  y  Diego  González.  Estos  ciudadanos,  protegidos  por  la 
goleta  ecuatoriana  La  Istmeña,  arribaron  con  seguridad  al  puerto 
de  Montijo ;  sin  embargo  de  que  se  les  habia  mandado  pasar 
por  las  armas  si  desembarcaban  en  cualquier  puerto  del  Istmo : 
ellos  debían  ser  deportados,  unos  á  Páita,  otros  á  Guayaquil,  y 
otros  á  Costa-Rica.  Acompañaron  á  estos  individuos  varios  otros 
patriotas  distinguidos ,  y  todos  fueron  á  levantar  y  armar  la 
provincia  de  Veráguas  contra  el  tirano  Alzuru. 

Este  no  se  descuidaba  (agosto  15) :  auxiliado  por  los  exce- 
lentes jefes  y  oficiales  que  habían  abrazado  con  mucho  calor  su 
causa ,  puso  en  Panamá  mil  y  cien  hombres  disciplinados,  pro- 
vistos de  artillería  y  de  un  buen  parque;  fuera  de  otra  columna 
que  mandaba  en  Natá  el  coronel  José  Antonio  Miro.  Para  sos- 
tener dichas  tropas  demasiado  numerosas  en  un  país  tan  pobre 
como  el  Istmo,  Alzuru  oprime  y  veja  á  los  habitantes  de  Pa- 
namá por  cuantos  medios  le  sugieren  su  genio  violento  y  los 
malos  consejeros  que  le  rodean.  Él  prohibe  bajo  pena  de  la 
4ltta  toda  comunicación  con  las  tropas  invasoras;  él  declara  que 
serán  fusilados  los  que  no  tomen  las  armas,  ó  los  que  emigren, 
y  sus  bienes  confiscados  en  beneficio  del  Estado ;  él  da  grados 
y  ascensos  militares  á  los  cabecillas  que  concitan  la  plebe  contra 
los  blancos ,  y  aun  á  esclavos ;  él  forma  una  compañía  nombrada 


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HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


de  Desguazadores,  es  decir  asesinos,  regida  por  el  cabecilla 
Manuel  Estrada  de  funesta  nombradla  desde  la  época  de  Espi- 
nar; él,  en  fin,  declara  la  guerra  á  muerte  contra  los  invasores, 
y  envia  un  asesino  pagado  para  matar  á  Herrera;  hecho  que  se 
comprobó  debidamente. 

Luego  que  Herrera  adquiere  un  conocimiento  exacto  de  tales 
sucesos,  y  de  que  Alzuru  permanece  con  sus  tropas  en  Panamá, 
determina  avanzar,  y  se  acerca  en  efecto  al  Riogrande,  inme- 
diato á  la  ciudad.  Desde  allí  le  intima  en  22  de  agosto,  y  Alzuru 
sin  abrir  el  pliego  hace  matar  á  los  inocentes  conductores,  que 
eran  un  anciano  y  un  niño  hijo  de  este. 

La  inmobilidad  de  Alzuru  provenia  en  parte  de  que  hácia  el 
occidente  del  Istmo  le  llamaban  otros  cuidados.  Mencionamos 
antes  el  arribo  del  general  Fábrega  y  de  sus  compañeros  á  la 
provincia  de  Veráguas.  El  capitán  de  La  Istmeña  les  franqueo 
cincuenta  hombres  disciplinados  que  tenia  á  bordo,  regidos  por 
el  comandante  Pedro  Mena.  Flórez  habia  dirigido  aquel  buque 
y  alguna  tropa  creyendo  por  varios  avisos  que  existia  un  par- 
tido en  el  Istmo  que  deseaba  unirse  al  Ecuador.  En  efecto,  al- 
gunos intrigantes  meditaban  este  singular  proyecto,  que  no 
pudieron  llevar  á  cabo.  Con  tal  auxilio,  con  los  jefes  y  oficiales 
que  llegaron  emigrados  de  Panamá,  y  sobre  todo  con  el  influjo 
de  Fábrega  y  el  amor  á  la  libertad  que  animaba  á  los  habitantes 
de  Santiago,  ciudad  capital  de  Veráguas,  se  consiguió  en  pocos 
dias  formar  una  división  respetable.  Esta  se  puso  en  marcha 
hácia  Panamá  el  i5  de  agosto.  Unióse  en  Natá  con  la  que  man- 
daba el  coronel  Miro,  que  se  habia  pronunciado  contra  el  ti- 
rano del  Istmo.  Ambas  ascendieron  á  mil  quinientos  hombres 
bien  armados,  entre  los  cuales  habia  doscientos  veteranos. 
Eran  fundadas  sus  esperanzas  de  vencer  á  Alzuru,  sobre  todo 
cuando  supieron  que  al  mismo  tiempo  le  atacaban  las  fuerzas 
del  coronel  Herrera.  Marcharon,  pues,  sobre  la  ciudad  de  Pa- 
namá. 

Las  tropas  que  mandaba  Herrera,  que  ascendian  ya  á  ocho- 
cientos hombres,  se  hallaban  acampadas  á  media  legua  de  Pa- 
namá. Sin  embargo,  Alzuru  no  abandonó  la  ciudad  ni  hm 
atacar  á  su  enemigo,  que  era  inferior.  Por  cuatro  dias  hubo  un 
tiroteo  continuo  con  el  Riogrande  por  medio,  cuyo  paso  estaba 
defendido  por  las  fuerzas  sutiles  de  Alzuru ,  que  mandaba  Luis 
Urdaneta.  Resolvióse  por  fin  el  24  de  agosto  á  salir  con  cerca  de 


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CAPÍTULO  XX. 


novecien (os  hombres  de  infantería,  los  que  protegidos  por  la 
escuadrilla  pasaron  el  rio,  situándose  aquel  dia  en  el  punto 
llamado  Albina  de  Bique,  y  amenazando  acometer  á  Herrera 
por  su  retaguardia.  Este  no  quiso  permitir  que  se  completara 
el  movimiento,  y  muy  temprano  marchó  sobre  el  enemigo. 
Trabóse  el  combate  con  la  infantería  mandada  por  Alzuru..  á 
cuyos  fuegos  se  unian  también  los  de  la  escuadrilla  de  Urda- 
neta.  Sin  embargo  ,  el  batallón  Yaguachi  y  otra  pequeña  parte 
de  las  tropas  de  Herrera  fueron  suficientes  para  derrotar  la  in- 
fantería de  Alzuru,  quien  no  sostuvo  aquel  dia  su  antiguo 
nombre  de  valiente.  Retiróse  á  la  hacienda  de  Cárdenas,  y 
Herrera,  después  de  haber  ocupado  á  Panamá,  donde  se  rin- 
dieron doscientos  hombres  de  caballería,  salió  con  una  columna 
de  tropas  á  perseguir  los  restos  de  Alzuru  (agosto  27).  Alcanzó- 
los en  las  márgenes  del  Riogrande ,  y  á  los  primeros  tiros  de  la 
descubierta  se  dispersaron ,  abandonando  sus  banderas,  parque 
y  armamento.  Alzuru  con  algunos  jefes  y  oficiales  se  ocultó  en 
un  bosque  espeso  que  tenia  á  su  derecha. 

Por  una  feliz  casualidad  para  los  liberales,  Alzuru  y  los  que 
sostenian  su  autoridad  fueron  cogidos  aquel  dia  entre  dos  fue- 
gos; al  mismo  tiempo  que  los  atacaba  Herrera,  los  acometían 
por  un  flanco  las  tropas  que  conducía  el  general  Fábrega.  Por 
esto  la  derrota  fué  tan  completa.  Urdaneta  y  Alzuru  con  otros 
jefes  y  oficiales  cayeron  sucesivamente  prisioneros,  entre  los 
cuales  se  incluyeron  algunos  de  los  cabecillas  que  promovían 
la  guerra  de  castas.  Habiéndoseles  conducido  á  Panamá,  el  co- 
mandante general  Herrera  se  creyó  autorizado  y  en  la  necesidad 
de  hacer  con  algunos  un  pronto  y  ejemplar  castigo.  Inmediata- 
mente puso  en  capilla  al  general  Urdaneta,  al  coronel  Alzuru, 
al  Mejicano  capitán  de  ingenieros  Francisco  Araújo,  y  al  capi- 
tán comandante  de  Desguazadores  Manuel  Estrada,  que  fueron 
pasados  por  las  armas,  como  los  mas  criminales  en  las  revueltas 
del  Istmo.  Herrera  dió  al  gobierno  por  motivos  de  esta  ejecu- 
ción que  de  otra  manera  peligraba  la  tranquilidad  pública;  que 
habían  declarado  la  guerra  á  muerte  contra  sus  tropas,  asesi- 
n^»  á  sus  emisarios  de  paz,  matado  á  un  alcalde,  á  otros 
labradores  y  aun  á  mujeres;  hechos  crueles  que  le  autorizaban 
para  usar  de  represalias.  El  poder  ejecutivo  aprobó  la  conducta 
del  comandante  general  Herrera,  á  quien  el  secretario  de  la 
guerra  José  María  Obando  dirigió  expresiones  lisonjeras  por  sus 


Di 


344 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


oportunos  servicios  en  aquella  campaña,  que  restableció  la  tran- 
quilidad del  Istmo. 

Cuando  ocurrían  en  Panamá  sucesos  tan  favorables  al  triunfo 
de  la  causa  de  la  libertad  (agosto  30),  arribó  á  Chágres  el  gene- 
ral Luque  con  una  división  de  setecientos  hombres ,  destinada 
para  auxiliar  las  operaciones  de  Herrera.  Aunque  allí  mismo 
supo  Luque  la  completa  dispersión  de  las  tropas  de  Alzuruy  la 
muerte  de  sus  jefes,  determinó  sin  embargo  seguir  á  Panamá  á 
fin  de  apoyar  las  medidas  que  se  tomáran  para  asegurar  la  fu- 
tura tranquilidad  del  Istnio.  Varios  de  sus  principales  habitan- 
tes deliraban  siempre  en  el  establecimiento  de  un  Estado  inde- 
pendiente. Obaldía  y  Picón  habian  comprometido  á  Herrera, 
quien  les  ofreció  en  Portobelo,  que  promoviera  aquel  proyecto 
á  fin  de  que  se  realizára.  Aun  se  decia  como  cierto  que  se  iba 
á  convocar  de  nuevo  la  dieta  istmeña,  con  el  designio,  según 
algunos,  de  formar  un  Estado  de  la  unión  colombiana;  y  con- 
forme á  la  opinión  de  otros  para  unirse  al  Ecuador.  Esta  aso- 
ciación parecía  á  algunos  habitantes  del  Istmo  mas  ventajosa 
para  su  comercio  con  Guayaquil.  Creían  también  ser  mas  fáci- 
les por  mar  sus  comunicaciones  con  el  gobierno  residente  en 
Quito,  que  con  el  de  Bogotá. 

Impuesto  Luque  de  estos  precedentes,  condujo  sus  fuerzas  á 
Panamá.  Con  ellas  impuso  respeto  á  los  que  pretendían  la  sepa- 
ración; por  entonces  abandonaron  su  proyecto,  pues  lo  veían 
contrariado  por  las  tropas  que  guarnecían  á  Panamá,  las  que 
estaban  regidas  por  oficiales  escogidos,  adictos  y  fieles  al  go- 
bierno central.  El  batallón  Ayacucho  y  los  artilleros  que  habia 
en  Panamá,  fueron  disueltos  como  cómplices  de  los  escándalos 
que  dieron  Espinar  y  Alzuru.  Los  jefes  y  oficiales  que  habian 
promovido  y  apoyado  tantas  revueltas,  recibieron  sus  pasapor- 
tes ,  unos  para  el  sur,  y  otros  para  Cartagena  hasta  el  número 
de  sesenta;  ellos  tuvieron  que  salir  del  territorio  granadino,  y 
el  gobierno  los  borró  de  su  lista  militar. 

Por  el  mismo  tiempo  fueron  expelidos  de  Cartagena  Floren- 
cio Jiménez  y  otros  varios  jefes  y  oficiales  que  habian  pertene- 
cido á  la  división  Callao,  los  que  estaban  presos  en  los  castü^s 
de  Bocachica ,  por  excesos  que  pretendieron  cometer  en  Bar- 
ranquilla  y  miéntras  se  pacificaba  el  Istmo.  Casi  todos  los  ofi- 
ciales expulsos  de  la  Nueva  Granada  tomaron  la  ruta  de  Vene- 
zuela ,  de  donde  eran  naturales ,  haciendo  algunos  escala  en 


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CAPÍTULO  XX.  545 

Curazao,  como  los  generales  Rafael  Urdaneta  con  su  familia, 
Manuel  Valdes  y  otros.  Por  esta  expulsión  los  departamentos 
del  centro  se  libertaron  de  la  pesada  carga  de  doscientos  treinta 
jefes  y  oficiales ,  casi  todos  venezolanos  hostiles  á  su  gobierno , 
que  habian  derrocado  unos,  y  otros  querido  trastornar  promo- 
viendo asonadas  y  motines  militares  en  diferentes  puntos.  Sin 
contar  algunos  oficiales  venezolanos  muy  subalternos,  solo 
permanecieron  por  desgracia  en  el  territorio  granadino  los  ge- 
nerales Luque  y  Carmona,  que  eran  también  de  Venezuela.  De 
estos  el  primero  debia  manchar  en  breve  los  importantes  servi- 
cios que  acababa  de  hacer  á  la  causa  de  la  libertad ,  y  los  que 
habia  prestado  á  la  Independencia  de  Colombia ,  con  un  hecho 
criminal  y  vergonzoso  que  le  perdió  por  el  resto  de  sus  dias  : 
al  segundo  se  le  consideraba  desde  entonces  por  muchos  como 
un  jefe  engreído ,  insubordinado  y  de  poco  talento ,  á  propósito 
para  capitanear  revueltas.  No  se  engañaron.  Una  guerra  fratri- 
cida y  mil  víctimas  sacrificadas  por  la  ambición  de  Carmona 
hicieron  arrepentir  dolorosamentc  á  la  Nueva  Granada  en  una 
época  posterior  de  haber  alimentado  en  su  seno  aquella  víbora. 

Restablecida  la  tranquilidad  del  Istmo  por  la  muerte  ó  ex- 
pulsión de  los  militares  que  por  algún  tiempo  lo  habian  conmo- 
vido, Luque  determinó  regresar  á  Cartagena  con  todas  sus 
tropas,  dejando  en  Panamá  solo  doscientos  hombres.  La  miseria 
á  que  estaba  reducido  el  país  por  las  locuras  y  revoluciones  de 
Espinar  y  de  Alzuru ,  hacian  urgente  aquella  medida.  No  se 
hallaba  en  mejor  situación  el  departamento  del  Magdalena,  lo 
mismo  que  casi  todos  los  del  centro ,  cuya  industria ,  comercio 
y  agricultura  habian  sufrido  mucho  con  las  frecuentes  revolu- 
ciones ,  los  reclutamientos  y  el  crecido  número  de  tropas  que 
habian  sostenido,  sin  órden  ni  contabilidad  militar. 

Para  remediar  tamaños  males  el  vicepresidente  de  la  Repú- 
blica acordó  disminuir  y  reorganizar  el  ejército ,  comisión  que 
diera  en  las  provincias  litorales  al  coronel  José  Manuel  Mon- 
toya,  jóven  oficial ,  que  por  sus  talentos ,  actividad  y  consagra- 
ción al  servicio  militar,  merecía  toda  su  confianza.  Este  llevó 
taiÜlen  á  Cartagena  el  secreto  encargo  de  supervigilar  la  con- 
ducta de  Luque,  quien  no  inspiraba  confianza  por  su  poco  jui- 
cio. En  virtud  de  los  arreglos  que  hizo  Montoya,  desaparecieron 
los  batallones  Pichincha  y  Yaguachi,  suerte  que  habian  tenido 
poco  áutes  Tiradores  y  Ayacucho  :  estos  eran  los  últimos  de 

TOMO  IV.  35 


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IIIST.-RIA  DE  COLOMBIA. 


aquellos  cuerpos  que  se  habiau  cubierto  de  gloria  en  la  guerra 
de  Independencia,  gloria  que  mancillaron  al  fin  por  su  indisci- 
pbna  é  insubordinación.  Desde  entonces  los  números  dieron 
nombres  á  los  batallones  granadinos. 

Las  reformas  becbas  por  el  coronel  Montoya  en  el  departa- 
mento del  Magdalena,  no  se  extendieron  á  concentrar  de  nuevo 
la  autoridad  militar.  Sus  provincias  continuaron  regidas  por 
comandantes  de  armas  en  lo  militar,  y  por  gobernadores  en  lo 
civil,  los  que  dependían  inmediatamente  del  ejecutivo  nacional. 
Era  tanto  el  odio  que  se  tenia  á  la  división  departamental  en 
Santamaría,  Moinpox  y  Riohacha,  que  el  poder  ejecutivo,  con 
acuerdo  del  consejo  de  Estado,  tuvo  que  accederá  que  se  gober- 
náran  civil  y  militarmente  con  independencia  de  la  capital  del 
departamento,  mientras  que  se  instalaba  la  convención  grana- 
dina, cuya  deseada  época  no  se  hallaba  distante. 

Eran  ya  bien  conocidas  en  los  primeros  quince  dias  de  se- 
tiembre las  elecciones  de  los  diputados  que  debían  componer  la 
próxima  convención  de  los  departamentos  del  centro.  Com- 
prendían en  su  mayor  parte  á  los  patriotas  mas  ilustrados  de 
las  diferentes  provincias.  Á  primera  vista  los  partidos  de  exal- 
tados y  moderados  liberales  se  balanceaban.  Los  primeros  tenian 
por  jefes  á  los  doctores  Vicente  Azuero  y  Francisco  Soto.  Entre 
los  segundos  eran  los  mas  prominentes  los  doctores  José  Ignacio 
Márquez  y  Félix  Restrepo,  y  los  obispos  José  María  Estéves  de 
Santamaría  y  Juan  Fernández  Sotomayor  de  Cartagena.  Habia, 
pues,  fundadas  esperanzas  de  que  en  la  convención  no  triunfa- 
ran las  ideas  exageradas  de  una  demagogia  turbulenta  y  perju- 
dicial, sino  los  principios  republicanos  de  una  democracia  justa 
y  moderada. 

En  todo  el  departamento  del  Cauca  no  quisieron  nombrar 
diputados  para  la  convención,  insistiendo  en  su  agregación  al 
Ecuador.  El  presidente  Flórez  los  apoyaba,  el  que  no  desistia  de 
sus  ambiciosos  proyectos  de  usurpar  el  territorio  granadino.  Para 
lisonjear  á  los  habitantes  del  Cauca  ,  abrió  al  comercio  exterior 
el  rio  Atrato,  concesión  que  también  hizo  el  gobierno  del  cen- 
tro á  fin  de  neutralizar  aquella  medida,  que  debia  ser  una  Uti- 
lidad mayor  ofrecida  al  contrabando. 

Flórez  habia  enviado  igualmente  á  Bogotá  al  coronel  Basilio 
Palácios  con  el  objeto  de  negociar  la  agregación  definitiva  del 
Cáuca  al  Ecuador,  y  el  reconocimiento  de  la  independencia  de 


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capítulo  xx.  547 

aquella  república.  Ambas  cuestiones  pertenecían  á  la  autoridad 
de  la  convención  futura.  Si  el  Ecuador  se  reducia  á  los  límites 
de  la  antigua  presidencia  de  Quito ,  todos  los  hombres  influen- 
tes del  centro  estaban  de  acuerdo  en  que  se  reconociera  su  in- 
dependencia del  resto  de  la  Nueva  Granada.  Mas  era  también 
uniforme  la  opinión  de  que  el  centro  no  debia  consentir'por 
ningún  motivo  en  la  agregación  del  Cauca  al  Ecuador,  pues  la 
gobernación  antigua  de  Popayan,  de  que  se  formó  aquel  depar- 
tamento ,  jamas  habia  sido  parte  de  la  presidencia  de  Quito  : 
todo  el  mundo  convenía  en  que  ántes  de  permitir  semejante 
agregación  debíamos  correr  los  azares  de  una  guerra.  Juzgábase 
esta  conveniente  para  reprimir  los  proyectos  de  engrandeci- 
miento del  Ecuador,  y  sostener  nuestros  derechos  fundados  en 
un  excelente  principio  reconocido  por  las  nuevas  repúblicas  de 
la  América  española ;  tal  es  :  «  que  los  límites  de  estas  deben 
arreglarse  á  los  que  tenian  por  disposiciones  de  los  reyes  de  Es- 
paña las  diferentes  secciones  de  las  colonias  de  que  se  formaron 
aquellas,  al  tiempo  de  proclamar  su  independencia.  »  —  Era, 
pues,  una  cuestión  de  vida  para  los  departamentos  del  centro 
de  la  Nueva  Granada  conservar  el  statu  quo  de  1810,  bajo  la 
pena  de  exponerse  á  la  mas  completa  disolución,  y  á  las  tramas 
seductoras  ó  á  los  ataques  de  un  vecino  ambicioso. 

En  tanto  que  se  discutían  cuestiones  tan  importantes ,  los 
ánimos  de  los  moradores  de  la  capital  no  estaban  del  todo  tran- 
quilos. La  subsistencia  ó  insubsistencia  del  convenio  de  Apulo 
era  la  manzana  de  la  discordia.  Los  exaltados  patriotas,  y  aun 
algunos  moderados  liberales,  opinaban  que  era  inválido  :  gran 
número  de  estos,  junto  con  el  vicepresidente  de  la  República  y 
aun  alguno  de  sus  ministros,  sostenían  su  validez.  Pero  los  ata- 
caba en  público  y  en  sus  actos  oficiales  el  secretario  de  la 
guerra  Obando,  que  decía  en  pleno  consejo  de  Estado  —  «  que 
en  el  ramo  de  la  guerra  el  gobierno  era  el  ministro,  y  que  este 
opinaba  ser  nulo  dicho  convenio. »  ¡  Extraña  pretensión,  que 
reducia  á  un  mero  estafermo  al  jefe  del  ejecutivo ,  y  que  no  te- 
nia apoyo  constitucional !  Siguiendo  tal  doctrina  Obando  habia 
i^Bidado  juzgar  como  conspirador  al  coronel  Carlos  Castelli.  Ha- 
biendo sido  condenado  á  muerte,  el  comandante  general  Antonio 
Obando  le  mandó  poner  en  capilla,  conforme  á  las  órdenes  del 
ministro  de  la  guerra ,  por  sus  hechos  en  Antióquia  durante  el 
gobierno  de  Urdaneta.  Al  fin  se  le  sacó  de  allí  por  interposición 


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548  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

de  personas  respetables  que  le  manifestaron  estar  mal  seguido 
el  proceso;  ellas  temian  que  se  mancháray  ensangrentara  la 
revolución  con  una  ejecución  injusta  é  indebida,  asesinando  á 
un  jefe  benemérito  en  la  guerra  de  Independencia.  Valió  tam- 
bién á  Castelli  haberse  podido  escapar  de  los  que  le  custodia- 
ban, y  acogídose  á  sagrado. 

Pero  ya  que  se  impidió  á  Obando  aprovecharse  de  esta  oca- 
sión de  satisfacer  las  pasiones  vengativas  de  su  partido,  usó  del 
poder  que  le  daba  la  debilidad  del  vicepresidente ,  para  bor- 
rar de  la  lista  militar  y  arrojar  fuera  de  los  departamentos 
del  centro  á  muchos  jefes  y  oficiales  que  correspondian  al  par- 
tido que  hemos  llamado  militar.  Creemos  que  la  medida  fué 
útil  para  la  tranquilidad  del  centro,  pero  que  se  violaron  así 
los  convenios  solemnes  estipulados  en  Apulo. 

El  partido  exaltado  sostenia  las  mismas  opiniones  que  el  mi- 
nistro de  la  guerra,  y  después  del  triunfo  que  le  dió  el  men- 
cionado convenio  ,  habia  instado  de  mil  maneras  al  vicepresi- 
dente Caicedo,  para  que  confinára  á  otras  provincias  y  arrojára 
á  un  país  extranjero  á  muchas  personas  que  habian  sido  adictas  á 
Bolívar,  ó  que  pertenecieron  al  gobierno  de  Urdaneta.  Como  no 
podían  conseguirlo,  alarmaban  frecuentemente  á  la  capital,  con 
noticias  de  conspiraciones  y  de  revoluciones  inminentes;  cuen- 
tos inventados  adrede  para  ver  si  podían  perder  á  sus  enemigos 
políticos.  No  lo  conseguían,  y  esto  aumentaba  el  enojo  de  aquel 
partido  contra  Caicedo ,  del  que  pensaban  deshacerse  cuando  se 
reunieralaconvencion.Su  bondadoso  carácter  no  convenia  á 
las  pasiones  vengativas  que  los  animaban. 

En  esta  situación  de  los  espíritus  un  incidente  lijero  vino  á 
causar  un  grave  escándalo.  Publicóse  por  la  imprenta  una  ma- 
nifestación de  la  conducta  de  la  curia  metropolitana,  papel  que 
era  un  libelo  infamatorio  contra  el  arzobispo  de  Bogotá,  doctor 
Fernando  Caicedo ,  tio  del  vicepresidente ,  y  contra  su  secretario 
Agustín  Herrera.  El  autor  de  este  impreso,  que  fué  acusado, 
resultó  ser  el  clérigo  José  María  Castillo.  El  general  López  se 
declaró  su  protector,  y  como  tal  fué  á  defenderle  ante  los  jura- 
dos. El  juicio  duró  casi  todo  el  dia  (setiembre  24) ,  y  huípil 
gran  concurso  compuesto  en  parte  de  militares.  Á  pesar  de  esto, 
el  jurado,  obrando  con  laudable  firmeza ,  condenó  al  clérigo  ca- 
lumniador. De  la  sala  del  juicio  fué  el  culpable  á  la  cárcel , 
acompañado  de  López ,  de  oficiales  militares  y  de  multitud  de 


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CAPÍTULO  XX. 


estudiantes  con  música  y  cohetes,  causando  mucho  alboroto  é 
intentando  algunos  impedir  el  cumplimiento  de  la  ley.  Después 
recorrieron  las  calles  del  mismo  modo ,  asociado  ya  á  los  albo- 
rotadores el  ministro  de  la  guerra  Obando.  Aquellos  quebraron 
las  vidrieras  de  la  casa  del  señor  Joaquin  Orrantia ,  uno  de  los 
jurados :  gritaron  que  murieran  este  y  otros  varios  individuos. 
También  gritaron  y  pusieron  letreros  de  —  «  Mueran  la  aristo- 
cracia y  la  dinastía.  »  —  Estos  eran  dirigidos  contra  la  familia 
de  Caicedo ,  á  la  que  correspondían  el  vicepresidente  y  el  arzo- 
bispo de  Bogotá.  Obando,  López  y  algunos  otros  oficiales  se  ha- 
bian  declarado  contra  ellos  y  querian  molestarlos.  La  conducta 
de  Obando  y  López  fué  reprensible  en  aquella  noche,  porque 
en  vez  de  sostener  el  imperio  de  las  leyes ,  las  violaron  y  per- 
mitieron que  se  insultára  al  gobierno  por  una  facción  militar. 

Al  dia  siguiente  continuó  el  alboroto  en  la  plaza  mayor, 
donde  se  reunieron  las  bandas  de  música  de  los  cuerpos ,  me- 
nos la  del  primer  batallón ,  que  no  quiso  franquear  su  coman- 
dante el  coronel  Manuel  González,  teniendo  á  su  cabeza  oficiales 
militares.  Allí  dirigieron  vivas  á  Castillo ,  á  quien  felicitaron 
por  su  prisión.  Recorrieron  luego  las  calles  con  la  misma  mú- 
sica, alboroto  y  gritos  de  la  noche  precedente.  Aquesta  alga- 
zara y  alegría  de  muchos  se  dirigía  principalmente  á  solemnizar 
el  aniversario  del  25  de  setiembre ,  en  que  se  pretendiera  ase- 
sinar á  Bolívar.  Con  igual  objeto  hubo  en  la  villa  de  Cipaquirá 
tres  dias  de  fiestas ,  á  las  que  concurrieron  Obando  y  López. 
¡  Funesto  ejemplo  y  triste  perversión  de  la  moral  pública ! 

En  estos  mismos  dias  ocurría  en  Popayan  una  disputa  pro- 
movida por  el  coronel  Zubiria ,  comandante  de  doscientos  cin- 
cuenta hombres  del  batallón  Quito :  habian  estos  venido  del 
Ecuador  para  sufocar  un  movimiento  revolucionario  que  ántes 
estallára  en  Cali ,  causado  por  la  facción  militar  y  por  el  bajo 
pueblo ,  que  desde  el  año  anterior  tenían  conmovida  aquella 
ciudad.  Aunque  las  autoridades  de  Popayan  pidieron  el  men- 
cionado auxilio,  sus  habitantes  miraron  con  disgusto  su  arribo, 
á  causa  de  que  muchos  no  querian  depender  del  Ecuador.  Para 
Mrcer  un  alboroto  tomaron  por  pretexto  la  prisión  que  decretó 
Zubiria  del  comandante  José  Antonio  Quijano ,  por  haberle 
reclamado  la  persona  de  un  oficial  Urdaneta,  á  quien  se  juzgaba 
como  desertor.  El  comandante  Manuel  Delgado,  que  regresando 
de  Bogotá  se  hallaba  en  las  cercanías  de  Popayan  con  una  co- 


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550  H1ST0HIA  DE  COLOMBIA. 

luinna  de  tropas,  pidió  la  libertad  de  Quijano :  lo  mismo  hijo 
el  coronel  Zarria,  por  cuyo  pedimento  sufrió  un  arresto.  Ar- 
móse también  el  pueblo  contra  Zubiriay  sus  fuerzas,  cuya  pre- 
sencia le  irritaba.  Ya  estaban  los  ánimos  á  punto  de  un  rompi- 
miento que  habría  sido  fatal  á  las  tropas  del  Ecuador ;  pero  el 
coronel  Zubiria  cortó  aquella  extremidad  por  medio  de  un  con- 
venio escrito ,  que  aprobaron  el  prefecto  y  el  comandante  gene- 
ral del  Cáuca.  Conforme  al  tenor  de  este.  Zubiria  dió  libertad  á 
los  presos  y  ofreció  regresar  al  Ecuador  junto  con  las  demás 
tropas  que  estuvieran  en  marcha  para  el  Cáuca ;  y  que  entre 
tanto  no  saldrían  las  suyas  del  recinto  de  la  ciudad  ;  estipula- 
ciones que  se  cumplieron  en  todas  sus  partes. 

Una  oposición  tan  decidida  á  las  órdenes  y  al  jefe  enviado  por 
el  gobierno  ecuatoriano ,  manifestó  claramente  que  la  mayoría 
de  los  habitantes  de  Popayan  no  estaba  por  que  continuára  la 
unión  con  el  Ecuador ,  y  que  sus  simpatías  eran  reunirse  al 
centro,  con  cuyas  provincias  habia  mas  de  un  siglo  que  forma- 
ban un  todo  político.  Pero  las  autoridades,  especialmente  el 
prefecto  doctor  José  Antonio  Arroyo,  contrariaban  aquellos  co- 
natos y  se  creían  obligados  á  sostener  la  agregación  al  Ecua- 
dor, cuya  constitución  habían  jurado  los  pueblos  del  Cáuca. 
Temían  que  estallára  la  guerra  civil  entre  aquella  república  y 
la  del  centro  si  obraban  de  otro  modo ;  y  no  veían  que  sería 
inevitable,  si  continuaban  apoyando  una  separación  que  vul- 
neraba profundamente  los  derechos  políticos  de  la  Nueva  Gra- 
nada. 

Insistiendo  en  semejante  resolución  el  prefecto  Arroyo,  se 
denegó  por  segunda  vez  á  obedecer  las  órdenes  del  poder  eje- 
cutivo del  centro  y  á  mandar  hacer  las  elecciones  para  la  con- 
vención. Por  consiguiente  no  se  eligieron  diputados  en  las  pro- 
vincias de  Popayan,  Pasto,  Buenaventura  y  Chocó.  Tampoco  se 
habian  nombrado  en  Casanare,  Panamá  y  Veráguas,  pero 
debían  elegirse.  Era  sin  embargo  difícil  que  llegáran  á  tiempo 
los  representantes  de  las  dos  últimas  provincias.  El  total  de  los 
diputados  que  correspondían  á  las  provincias  del  centro  era  de 
ochenta  y  nueve,  pues  contaban  según  el  último  censo  una^ 
blacion  de  un  millón  trescientas  diez  y  siete  mil  almas. 

El  15  de  octubre ,  que  fué  el  designado  para  instalar  la  con- 
vención ,  apenas  hubo  en  la  capital  cuarenta  y  seis  diputados  , 
y  las  dos  terceras  partes  del  número  total  eran  sesenta.  Contá- 


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CAPÍTULO  XX.  Üoi 

banse  entre  aquellos  los  ministros  Márquez  y  Vélez.  El  primero 
fué  reemplazado  por  el  doctor  Diego  Fernando  Gómez,  y  el 
segundo  por  el  señor  Manuel  María  Quijano  :  por  excusa  de 
este,  se  nombró  para  el  ministerio  del  interior  y  relaciones 
exteriores  al  doctor  Francisco  Peréira. 

Al  cabo  de  ciuco  dias  hubo  el  número  legal  de  diputados,  y 
el  vicepresidente,  asociado  del  secretario  de  la  guerra ,  que 
desempeñaba  interinamente  el  ministerio  de  lo  interior,  instaló 
la  convención  en  la  capilla  castrense ,  el  mismo  edificio  en  que 
antes  se  tuvieron  las  sesiones  del  congreso  constituyente  de 
i  830.  El  doctor  José  Ignacio  Márquez  fué  elegido  presidente 
interino  del  cuerpo,  y  el  doctor  Francisco  Soto  vicepresidente. 
Escogióse  para  secretario  á  Florentino  González ,  que  no  era 
diputado. 

En  la  misma  fecha  el  vicepresidente  Caicedo  dirigió  un  corto 
mensaje  á  la  convención.  Le  manifestaba  la  complacencia  que 
tenia  al  ver  reunidos  á  los  representantes  del  pueblo  para  reor- 
ganizar la  República ,  expuesta  hacía  mucho  tiempo  á  tantos 
movimientos  y  oscilaciones.  Hablaba  de  la  rebelión  del  Callao, 
que  derrocára  al  gobierno  constitucional;  del  que  se  erigió  de 
hecho  sobre  sus  ruinas,  y  de  las  diferentes  reacciones  que  hubo 
contra  él.  Mencionó  el  célebre  decreto  de  U  de  abril ,  por  el 
cual  se  declaró  él  mismo  en  ejercicio  del  poder  ejecutivo  cons- 
titucional ,  poniéndose  á  la  cabeza  de  los  patriotas  de  Néiva, 
apoyados  en  dos  pequeños  destacamentos  de  tropas ,  para  cuyo 
triunfo  por  las  armas  habría  sido  necesario  derramar  la  sangre 
de  centenares  de  víctimas. 

Estos  cruentos  sacrificios  se  habían  evitado  por  el  convenio 
de  A  pulo  ,  cuya  oportunidad  y  conveniencia  defendia  así :  — 
«  El  vicepresidente  ignoraba  los  heróicos  esfuerzos  que  bajo  la 
dirección  de  jefes  denodados  y  valientes  hacían  los  pueblos  del 
departamento  del  Magdalena ,  y  nada  sabía  de  las  brillantes 
jornadas  y  espléndidas  victorias  del  Abejorral  y  de  Serinza.  En 
tales  circunstancias  se  presentaron  al  gobierno  las  vias  de  tran- 
sacción. Por  medio  de  ellos  se  restituía  á  la  constitución  yálas 
Iflpis  su  imperio,  á  los  pueblos  sus  derechos,  á  los  ciudadanos 
sus  garantías;  el  gobierno  nacional  era  reconocido,  y  la  facción 
que  habia  escandalizado  á  la  República ,  iba  á  ser  destruida 
para  siempre.  El  gobierno  podia  obtener  los  objetos  de  la  reac- 
ción, y  la  mas  brillante  victoria,  no  empañada  con  una  gota  de 


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552  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

sangre  ni  una  lágrima.  Precedido  por  la  clemencia  y  la  mode- 
ración ,  sostenido  por  soldados  no  ménos  valientes  que  amigos 
del  órden,  apoyado  en  la  fuerza  moral  de  la  opinión,  y  habién- 
dose reservado  la  facultad  de  alejar  á  los  perturbadores  de  la 
paz,  nada  habia  que  temer  por  la  tranquilidad  pública  y  la  se- 
guridad del  país.  Se  inclinó,  pues,  el  gobierno  á  las  medidas  de 
conciliación,  y  en  las  Jiintas  de  Apulo  tuvieron  lugar  los  con- 
venios que  han  llevado  este  nombre.  Vosotros  habéis  tenido  la 
complacencia  de  transitar  por  los  pueblos  sin  oir  los  gemid  os  de 
la  viuda  y  del  huérfano  que  hubieran  quedado,  si  prefiriendo 
una  guerra  fratricida  á  los  convenios,  sangrientos  combates  hu- 
bieran restablecido  el  gobierno  nacional.  Este  triunfo ,  á  la  vez 
de  la  justicia  y  de  la  razón,  designará  el  grado  de  civilización 
del  país ,  no  será  olvidado  en  las  bellas  é  interesantes  páginas 
de  nuestra  historia ,  y  marcará  la  clemencia  del  gobierno ,  la 
humanidad ,  moderación  y  virtudes  de  los  pueblos  que  digna- 
mente representáis.  Al  principio,  es  verdad,  se  elevaron  fuertes 
reclamos  contra  las  transacciones  de  Apulo,  expresados  por  la 
justa  venganza  de  algunos  oprimidos  y  ultrajados  por  el  go- 
bierno absoluto;  y  efecto  en  otros  del  temor  de  ver  repetidas 
las  sangrientas  escenas  del  mes  de  agosto  del  año  de  treinta. 
Entonces  se  ignoraba  el  resultado  de  estos  convenios ,  y  este 
celo  patriótico  quedó  satisfecho  después  que  se  tomaron  por  el 
gobierno  las  medidas  convenientes  á  la  seguridad  pública.  Ellas 
han  sido  de  tal  naturaleza  que  no  se  ha  visto  turbada  la  tran- 
quilidad de  los  departamentos.  »  —  La  humanidad,  la  política 
y  la  conveniencia  de  la  transacción  de  Apulo  no  pudieron  haber 
sido  mas  sólidamente  defendidas. 

Después  tocaba  lijeramente  los  sucesos  y  separación  de  Casa- 
nare ,  del  Cáuca  y  del  Istmo.  En  cuanto  á  los  diferentes  ramos 
del  gobierno  y  de  la  administración  pública,  se  referia  el  vice- 
presidente á  la  cuenta  que  darían  en  sus  memorias  los  respec- 
tivos secretarios ,  de  los  decretos  expedidos  y  del  estado  de  los 
negocios  públicos.  Concluía  exhortando  á  la  convención  á  que 
constituyera  la  República  sobre  basas  sólidas  que  hicieran  su 
felicidad,  adaptándolas  á  las  circunstancias  del  país,  sin  as|flHr 
á  la  perfección,  que  era  obra  del  tiempo. 

El  mismo  dia  20  de  octubre  el  vicepresidente  hizo  renuncia 
de  la  magistratura  que  desempeñaba,  á  fin  de  que  se  pusiera  en 
manos  mas  hábiles  que  las  suyas.  Fundábala  en  su  inexpe- 


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CAPÍTULO  XX.  553 

rienda,  en  que  sus  sentimientos  le  alejaban  de  la  posición  que 
ocupaba,  y  en  que  su  salud  se  habia  deteriorado.  La  considera- 
ción de  esta  renuncia  se  difirió  para  cuando  se  resolviera  la 
cuestión  de  si  se  creaba  un  gobierno  provisional.  Algunos  di- 
putados ,  ó  mas  bien  el  partido  exaltado  de  la  convención,  no 
estaba  contento  con  el  vicepresidente,  porque  se  habia  denegado 
con  firmeza  á  hacer  destierros ,  y  á  violar  enteramente  los  con- 
venios de  Apulo.  Caicedo  lo  sabía  y  por  esto  se  anticipó  á  dimitir 
la  vicepresidencia.  Á  pesar  de  tales  resentimientos  de  muchos 
diputados,  la  convención  casi  por  unanimidad  reconoció  la  im- 
portancia de  los  servicios  que  Caicedo  habia  prestado  á  la  Re- 
pública, dándole  un  testimonio  justo  y  expreso  en  la  contesta- 
ción al  mensaje  que  le  dirigieron. 

Desde  las  primeras  sesiones  se  ocupó  la  convención  de  varios 
objetos  importantes.  Dióse  un  reglamento  para  su  gobierno  in- 
terior :  eligió  presidente  y  vicepresidente,  por  el  tiempo  que  se 
habia  fijado,  á  los  mismos  diputados  Márquez  y  Soto;  admitió 
á  discusión  un  proyecto  que  presentára  el  diputado  Alejandro 
Vélez ,  poniendo  las  basas  para  la  organización  de  la  Nueva 
Granada  como  Estado  independiente ;  también  otro  suprimiendo 
la  división  departamental  y  las  comandancias  generales  de 
distrito.  Nombró  igualmente  una  comisión  compuesta  de  los 
diputados  Bernardino  Tovar,  Juan  de  la  Cruz  Gómez,  Domingo 
C.  Cuenca,  Romualdo  Liévano  ,  é  Inocencio  Várgas,  para  que 
redactaran  un  proyecto  de  constitución. 

Discutióse  á  la  vez  otro  proyecto  confirmando  el  decreto  que 
habia  expedido  el  vicepresidente,  por  el  cual  reintegró  al  gene- 
ral Santander  en  todos  sus  grados  y  honores  Lo  adicionaba 
rehabilitando  la  memoria  del  general  José  Padilla ,  y  de  los 
demás  individuos  que  habían  sido  asesinados,  según  decía,  con 
motivo  del  acontecimiento  del  25  de  setiembre  de  4828.  Esta 
discusión  y  cualquiera  otra  que  tenia  relación  con  la  dictadura 
y  el  mando  del  Libertador ,  dieron  frecuente  motivo  á  Soto ,  á 
los  Azueros  y  á  otros  varios  diputados  que  habían  sido  sus  ene- 
migos para  desencadenarse  contra  Bolívar ;  ellos  despedazaban 
tifamente  su  reputación ,  sin  reparar  que  descansaba  ya  en  el 
silencio  de  la  tumba,  por  lo  cual  no  podia  defenderse;  tampoco 
atendían  á  que  habia  hecho  eminentes  servicios  á  la  causa  de 
la  independencia  y  libertad  racional.  En  todo  el  tiempo  que 
duró  esta  convención  y  aun  mucho  después,  siguieron  el  mismo 


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554  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

sistema  de  amargas  y  frecuentes  declamaciones  contra  el  tirano, 
á  quien  principalmente  debian  la  facultad  de  poder  usar  de 
aquel  lenguaje  sin  riesgo  alguno. 

En  este  intermedio  se  presentaron  á  la  convención  las  memo- 
rias de  los  ministros  de  hacienda,  del  interior  y  relaciones  ex- 
teriores ,  y  de  guerra  y  marina ,  escrilas  por  Márquez ,  Vélez  y 
Obando.  Cada  uua  de  ellas  contenia  la  cuenta  detallada  del 
estado  en  que  se  hallaban  los  diferentes  ramos  de  la  adminis- 
tración ,  y  proponian  las  medidas  que  en  su  concepto  debian 
adoptarse  para  mejorarla.  Pareció  mas  completa  la  del  secretario 
Márquez ,  el  que  pasó  revista  de  todo  el  sistema  tributario  de 
los  departamentos  del  centro,  manifestando  en  cada  uno  de  sus 
ramos  las  providencias  y  decretos  que  serian  mas  convenientes 
para  mejorarlos.  Él  calculó  aproximadamente  sus  rendimientos 
anuales  en  tres  millones  noventa  y  tres  mil  cuatro  pesos,  y  los 
gastos  para  el  año  económico  siguiente  en  tres  millones  cuatro- 
cientos mil  trescientos  diez  y  seis  pesos,  de  modo  que  había  un 
déficit  de  trescientos  siete  mil  trescientos  doce  pesos.  Era  tan 
grande  el  atraso  que  entónces  presentaban  todos  los  ramos  de  la 
hacienda  nacional ,  que  nos  parece  debia  ser  mucho  mayor  el 
descubierto  en  que  se  hallaban.  Márquez  habia  trabajado  con 
grande  empeño  en  restablecer  ó  introducir  el  orden  en  las 
rentas,  y  en  hacer  las  economías  que  fueran  posibles ,  lo  que 
consiguiera  cuanto  lo  permitió  la  brevedad  del  tiempo.  Mejorar 
las  contribuciones  existentes,  sin  establecer  nuevas,  y  ahorrar 
gastos,  hé  aquí  el  programa  que  Márquez  se  propuso  durante 
el  corto  período  de  su  ministerio,  y  en  su  memoria  ó  exposición 
oficial  á  la  convención.  Todo  el  mundo  confirmó  la  buena  opi- 
nión que  ya  se  tenia  de  su  juicio  y  de  sus  talentos  distin- 
guidos. 

El  ministro  de  relaciones  exteriores  nada  nuevo  añadió  á  las 
noticias  que  ántes  hemos  dado  sobre  la  situación  en  que  se 
hallaban  las  relaciones  exteriores  de  Colombia,  así  respecto  de 
las  repúblicas  americanas,  como  de  las  potencias  europeas,  con 
quienes  teníamos  relaciones  diplomáticas. 

Una  gran  parte  de  la  exposición  del  ministro  de  la  guer*N,e 
empleó  en  la  historia  de  los  sucesos  militares  que  hemos  refe- 
rido. Habló  después  de  las  fuerzas  militares  existentes  en  el 
centro,  que  dijo  se  habían  reducido  á  dos  mil  trescientos  se- 
tenta hombres  para  economizar  gastos.  Propuso  que  en  el 


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capítulo  xx. 


555 


próximo  año  económico  se  compusiera  el  ejército,  reducido  al 
pié  de  paz,  de  cuatro  mil  doscientos  hombres,  y  que  en  caso 
de  guerra  se  elevára  á  siete  mil  ochenta  soldados  de  todas  ar- 
mas. Era  esta  fuerza  pequeña,  y  excesiva  la  primera.  Después 
de  hacer  tales  indicaciones,  recorrió  Obando  con  algún  acierto 
los  diferentes  ramos  de  la  organización  del  ejército  y  de  las 
milicias.  Sin  contar  con  la  marina,  formó  un  presupuesto  de 
dos  millones  seiscientos  ocho  mil  setecientos  veinte  y  seis  pesos 
para,  los  gastos  en  tiempo  de  guerra.  En  el  de  paz  dijo  que  po- 
drían hacerse  con  cerca  de  la  mitad  de  aquella  suma. 

Instalada  y  organizada  la  convención,  el  poder  ejecutivo,  que 
ya  no  temia  un  trastorno  en  la  capital ,  envió  á  Popayan  al 
general  López  (octubre  28).  El  objeto  principal  de  su  viaje  era 
promover  por  cuantos  medios  le  fueran  posibles  la  reincorpora- 
ción al  centro,  del  departamento  del  Cauca.  Para  conseguirlo 
llevó  instrucciones  detalladas  y  algún  dinero  con  que  ocurrir  á 
los  gastos  mas  precisos ,  á  fin  de  formar  y  extender  la  opinión 
pública  en  favor  de  nuestro  gobierno.  Se  esperaban  felices  re- 
sultados de  aquella  misión. 

Esta  esperanza  era  mas  probable  si  consideramos  que  el 
cantón  del  Citará,  en  la  provincia  del  Chocó,  se  habia  pronun- 
ciado va  en  favor  del  gobierno  del  centro.  Prestóle  obediencia 
proclamando  su  reunión  á  las  demás  provincias  sus  hermanas. 

El  primer  decreto  importante  que  dio  la  convención  (noviem- 
bre 8),  fué  autorizando  al  poder  ejecutivo  para  tomar  las  medi- 
das conducentes ,  á  fin  de  que  el  departamento  del  Cáuca  se 
reincorporara  al  Estado  del  centro.  Se  le  prevenia  que  hasta 
donde  fuera  posible  pretiriese  los  medios  pacíficos ;  mas  podia 
hacer  la  guerra,  si  la  ambiciosa  pertinacia  de  Flórez  no  dejaba 
otro  arbitrio  á  los  Granadinos,  la  que  se  veía  apoyada  por  las 
decisiones  del  primer  congreso  constitucional  del  Ecuador.  Este 
habia  expedido  en  7  de  octubre  un  decreto  admitiendo  la  agre- 
gación del  departamento  del  Cáuca  al  Ecuador,  y  declarándole 
parte  integrante  del  Estado.  La  convención  granadina  protes- 
taba, pues,  por  otro  decreto  contra  la  usurpación  de  su  terri- 

En  los  mismos  dias  en  que  el  congreso  del  Ecuador  se  mani- 
festaba tan  poco  justo  con  el  centro,  sufrió  Quito  uno  de  tantos 
motines  militares  como  produjo  aquella  época  de  transición.  En 
la  noche  del  10  al  11  de  octubre  tres  compañías  del  batallón 


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556  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Vargas,  que  guarnecían  la  capital ,  instigadas  por  el  sarjento 
Miguel  Arboleda,  se  sublevan  y  arrestan  á  todos  los  oficiales, 
incluyendo  á  su  antiguo  coronel  Diego  Whittle,  entonces  co- 
mandante general.  En  aquella  noche  estuvo  el  presidente  Flórez 
en  mucho  riesgo  de  perder  la  vida  por  su  arrojo  en  reprimir  el 
motin  casi  solo. 

Las  demandas  de  los  sublevados  eran :  sus  pagas  y  atrasos 
con  la  facultad  de  regresar  á  las  provincias  del  centro,  de  cuyo 
gobierno  decian  depender,  puesto  que  por  la  violencia  y  los 
engaños  se  les  habia  separado,  el  año  anterior,  de  su  obediencia 
y  servicio.  Al  fin,  para  evitar  mayores  males,  se  les  dió  algnn 
dinero  y  marcharon  hácia  Pasto,  dejando  en  libertad  á  sus  ofi- 
ciales. Whittle  esperando  reducirlos  á  su  deber  los  sigue ,  cae 
prisionero  en  una  emboscada,  y  Arboleda  con  bárbara  crueldad 
le  manda  fusilar  en  el  puente  de  Gnayabamba,  arrojando  su 
cadáver  al  rio.  Empero  este  delito  no  queda  impune,  pues  Fló- 
rez manda  pasar  por  las  armas  á  cuantos  amotinados  se  apre- 
hendan. Él  hizo  cortar  la  retirada  á  los  sublevados  por  las  tro- 
pas que  tenia  en  Pasto;  así  los  obligó  á  seguir  hácia  la  montaña 
de  Barbacóas ,  donde  fueron  atacadas  y  destruidas  las  tres  com- 
pañías. El  general  Flórez  castigó  cruelmente  su  delito,  haciendo 
fusilar  á  muchos  de  los  amotinados,  y  no  quiso  imitar  la  con- 
ducta benigna  y  racional  del  gobierno  colombiano,  que  permi- 
tió á  todos  los  Venezolanos ,  á  pesar  de  sus  revueltas  militares, 
regresar  á  su  país  prestándoles  los  auxilios  necesarios.  Esto  era 
debido  también  á  los  Granadinos  del  batallón  Várgas,  que  pre- 
tendian  volver  al  centro,  de  donde  se  les  hizo  desertar  por  ma- 
nejos é  intrigas.  Flórez  y  Whittle  cogieron  amargos  frutos  de  la 
defección  que  promovieron  en  Pasto  con  el  designio  de  despojar 
á  la  Nueva  Granada  de  aquel  batallón  y  de  sus  provincias  me- 
ridionales. 

Á  tiempo  que  la  convención  granadina  dictaba  las  medidas 
convenientes  para  reintegrar  su  territorio  desmembrado  por  el 
sur,  ocupábase  también  con  mucho  empeño  en  discutir  el 
proyecto  presentado  por  el  diputado  Vélez,  el  que  contenia  las 
bases  para  la  organización  del  Estado  de  Nueva  Granada. li- 
citóse la  cuestión  de  si  debia  tener  este  nombre  ó  continuar  con 
el  de  Colombia;  podíalo  hacer  aunque  se  hubiesen  independi- 
zado el  norte  y  el  sur  de  la  República.  Unos  querían  conservar 
aquel  nombre  glorioso,  bajo  del  cual  habíamos  sido  reconocidos 


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CAPÍTULO  XX. 


557 


como  nación  independiente.  Otros  preferían  el  de  Nueva  Gra- 
nada, para  no  heredar  las  deudas  y  gravámenes  de  Colombia; 
decian  que  esta  denominación  debía  corresponder  á  la  unión 
federativa  de  los  tres  Estados,  que  se  habían  formado  en  su 
territorio. 

Una  y  otra  opinión  tenían  numerosos  y  ardientes  partidarios 
que  las  sostenían  con  mucho  saber  y  empeño.  Al  fin,  después 
de  algunos  días  de  largas,  pero  juiciosas  discusiones  (noviem- 
bre 10),  se  votó  nominalmente  esta  proposición :  —  «Las  pro- 
vincias del  centro  de  Colombia  forman  un  Estado  con  el  nombre 
de  Nueva  Granada :  la  constituirá  y  organizará  la  presente  con- 
vención. »  Treinta  y  un  votos  hubo  en  favor,  y  treinta  en  contra 
de  tal  denominación,  que  fué  adoptada  por  tan  pequeña  mayo- 
ría. Azuero  y  Soto  y  casi  todo  el  partido  exaltado  estuvieron 
por  el  nombre  de  Nueva  Granada;  Márquez,  Vélez  y  la  mayor 
parte  de  los  liberales  moderados  por  el  de  Colombia,  que  tenia 
en  su  apoyo  la  opinión  de  muchos  hombres  que  habían  figurado 
en  la  República.  Fuimos  de  este  número;  pero  es  necesario  con- 
fesar francamente  que  la  opinión  de  los  exaltados  liberales 
estaba  apoyada  en  mejores  fundamentos,  y  que  el  nombre  de 
Nueva  Granada  convenia  mas  que  el  de  Colombia  al  Estado  que 
se  iba  á  constituir. 

Decidido  este  punto,  ya  no  hubo  dificultad  alguna  para  esta- 
blecer las  demás  basas  orgánicas  de  la  Nueva  Granada.  Se  acordó 
que  tendría  por  límites  los  que  dividían  el  vireinato  del  nuevo 
reino  de  Granada,  de  las  capitanías  generales  de  Venezuela  y 
Guatemala,  y  de  las  posesiones  portuguesas  del  Brasil.  Deter- 
minóse —  «  que  por  la  parte  meridional,  sus  límites  serian  de- 
finitivamente señalados  al  sur  de  la  provincia  de  Pasto,  luego 
que  en  otro  decreto  se  hubiera  establecido  lo  conveniente  res- 
pecto de  los  departamentos  del  Ecuador,  Asuay  y  Guayaquil.  » 
La  convención  habia  determinado  no  reconocer  su  Independen- 
cia, miéntras  persistieran  en  sostener  la  agregación  del  depar- 
tamento del  Cáuca.  Por  su  parte  decidió  que  de  ningún  modo 
admitía  agregaciones  de  pueblos  de  otros  Estados.  Igualmente 
daflfcró  que  el  de  la  Nueva  Granada  estaba  dispuesto  á  establecer 
con  el  de  Venezuela  los  nuevos  pactos  que  mejor  les  convinie- 
ran, sin  renunciar  los  derechos  de  su  soberanía :  también  á 
entrar  en  los  arreglos  que  debieran  hacerse  de  los  derechos , 
intereses  y  compromisos  que  habían  sido  comunes  á  todos  los 


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558  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

pueblos  de  Colombia.  Reconoció,  en  fiii,  del  modo  mas  solemne 
y  ofreció  pagar  á  los  acreedores  de  Colombia,  nacionales  y  ex- 
tranjeros, la  cantidad  de  la  deuda  que  proporcionalmente  le 
correspondiera. 

Acordadas  estas  basas  en  la  convención ,  y  suprimidas  por 
una  ley  las  prefecturas  y  los  departamentos ,  dejando  solo  go- 
bernadores y  provincias,  la  comisión  nombrada  presentó  el 
proyecto  de  constitución  para  la  Nueva  Granada.  Daba  á  la  Re- 
pública la  misma  organización  general  que  tenia  la  de  Colombia, 
dividiendo  los  poderes  en  legislativo ,  ejecutivo  y  judicial.  El 
legislativo  compuesto  de  un  senado ,  cuyos  miembros  duraban 
cuatro  anos,  y  de  una  cámara  de  representantes  que  se  renova- 
ría cada  dos  años.  La  duración  del  presidente  y  vicepresidente 
de  la  Nueva  Granada  se  fijó  en  cuatro  años,  prohibiéndose  la 
reelección  para  los  mismos  destinos  en  el  periodo  inmediato. 
La  duración  de  los  magistrados  de  los  tribunales  de  justicia  se 
redujo  también  á  cuatro  años  quitándoles  la  perpetuidad  de 
que  gozaban  en  Colombia,  durante  su  buena  conducta.  Los  re- 
dactores de  este  proyecto  se  aprovecharon  poco  de  todo  lo  bueno 
que  contenían  las  constituciones  colombianas  de  4824  y  4830, 
en  lo  que  no  mostraron  acierto.  Ellos  introdujeron  nuevas  dis- 
posiciones cuya  conveniencia  no  habia  manifestado  la  práctica; 
se  dejaron  arrastrar  de  las  pasiones  de  la  época,  poniendo  res- 
tricciones odiosas  contra  las  personas  elegibles  para  los  destinos 
públicos;  privaron  al  poder  ejecutivo  de  sus  facultades  natura- 
les, dejándolo  sin  fuerza  para  mantener  el  orden  y  la  tranqui- 
lidad de  los  pueblos;  en  fin,  se  perdieron  en  detalles  reglamen- 
tarios, ajenos  de  una  constitución.  Por  consiguiente  su  obra 
resultó  muy  imperfecta. 

Entre  tanto  el  partido  exaltado  llevaba  adelante  dos  proyec- 
tos que  tenia  pendientes  en  la  convención.  Era  el  primero  qui- 
tar el  destino  de  vicepresidente  á  Caicedo ,  estableciendo  por  ley 
un  gobierno  provisional  de  la  Nueva  Granada;  y  el  segundo 
expedir  un  decreto  concediendo  facultades  extraordinarias  al 
poder  ejecutivo,  á  fin  de  que  pudiera  desterrar  sin  forma  ni 
figura  de  juicio  á  todos  los  cabecillas  de  la  revolución  de  aptto 
de  4830,  y  borrar  de  la  lista  militar  á  los  jefes  y  oficiales  que 
juzgára  desafectos  al  gobierno  liberal  de  la  Nueva  Granada. 
Ambos  proyectos  se  discutían  en  sesiones  secretas. 

Con  el  fin  de  frustrarlos  á  lo  ménos  en  parte,  los  diputados 


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CAPÍTULO  XX.  559 

que  no  querían  se  irrogára  un  desaire  á  Caicedo,  propusieron 
que  se  le  admitiera  la  renuncia  que  habia  hecho  por  segunda 
vez.  Fué  aceptada  en  21  de  noviembre  después  de  acaloradas 
discusiones,  y  se  acordó  que  al  dia  siguiente  se  elegiría  el  jefe 
del  ejecutivo.  Estuvo  la  elección  entre  el  doctor  Márquez  y  el 
secretario  de  la  guerra  Obando,  la  que  duró  desde  las  once  y 
medía  de  la  mañana  hasta  las  nueve  de  la  noche,  hora  en  que, 
después  de  diez  y  siete  votaciones ,  Obando  fué  nombrado  vice- 
presidente de  la  República.  Al  otro  dia  (uoviembre  23)  prestó 
el  juramento  en  el  seno  de  la  convención  para  entrar  en  ejercicio 
de  sus  funciones.  Este  nombramiento  disgustó  á  muchos  Gra- 
nadinos :  primero,  porque  no  querían  que  los  mandára  un  jefe 
militar,  para  que  no  tuviera  tanta  preponderancia  esta  clase; 
segundo,  porque  Obando,  criado  en  los  campos,  no  era  hombre 
de  luces ;  y  tercero ,  porque  en  su  concepto ,  aun  no  se  habia 
justificado  del  asesinato  que  se  le  atribuía  del  gran  mariscal  de 
Ayacucho.  Creían  ser  una  degradación  para  los  Granadinos 
verse  mandados  por  tal  hombre.  Otros  muchos  opinaban  no  ser 
justo  el  último  cargo,  y  le  juzgaban  inocente  del  crimen  que  se 
le  atribuía. 

Los  exaltados  liberales  le  habían  elegido  después  de  una  re- 
sistencia del  partido  moderado,  para  que  llevase  á  efecto  la 
medida  con  que  deliraban  desde  algunos  meses  ántes,  de  que 
se  castigára  con  destierros  y  con  borrar  arbitrariamente  de  la 
lista  militar  á  todos  los  jefes  y  oficiales  que  hicieron  la  revolu- 
ción de  4830,  ó  que  la  habían  sostenido.  En  29  de  noviembre 
se  acordó  definitivamente  el  decreto  en  la  convención  con  cali- 
dad de  reservado.  Los  exaltados  lo  arrancaron  por  un  verdadero 
cansaucio  del  partido  moderado ,  y  por  votaciones  que  eran  casi 
siempre  de  treinta  contra  veinte  y  ocho.  Capitaneaba  á  los  mo- 
derados liberales  el  doctor  José  Ignacio  Márquez,  y  á  los  exal- 
tados el  doctor  Vicente  Azuero.  Creían  los  primeros  que  tal 
medida  era  injusta,  extemporánea,  innecesaria  y  mas  bien 
perjudicial  que  útil ,  en  el  estado  do  tranquilidad  en  que  se 
hallaba  la  República,  y  después  que  con  juramento  se  habían 
gfÜIltido  en  el  convenio  de  Apulo  las  personas,  propiedades, 
grados  y  ascensos  concedidos  por  uno  y  otro  bando. 

Otras  muchas  personas  atacaban  con  razón  la  medida,  como 
una  contradicción  manifiesta  del  partido  que  exclusivamente  se 
atribuía  la  liberalidad  de  principios.  Este  habia  declamado 


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560  niSTORlA  DE  COLOMBIA. 

siempre  contra  las  facultades  extraordinarias  y  los  procedi- 
mientos arbitrarios;  pero  en  el  momento  en  que  se  veía  elevado 
y  asido  del  poder,  ya  no  atendia  á  sus  principios  anteriores  ni 
reparaba  en  los  medios.  Venganza  pedia  de  sus  enemigos  polí- 
ticos, y  venganza  obtuvo  bajo  el  pretexto  de  asegurar  la  tran- 
quilidad pública. 

En  3  de  diciembre  sancionó  el  vicepresidente  Obando  aqueste 
decreto  reservado  de  la  convención.  Preveníase  en  él  que  fueran 
expelidos  de  la  República,  ó  confinados  al  arbitrio  del  poder 
ejecutivo,  todos  los  civiles  que  hubieran  sido  jefes  ó  agentes 
principales  para  derribar  al  gobierno  legítimo  en  1830;  y  que 
se  borrára  de  la  lista  militar  á  los  jefes  y  oficiales  del  ejército  y 
de  las  milicias ,  que  hubieran  hecho  lo  mismo,  sostenido  al  go- 
bierno intruso  de  Urdaneta,  ó  recibido  de  este  empleos,  grados 
y  ascensos  (*). 

Respecto  de  los  militares,  ya  Obando,  como  secretario  de  la 
guerra  y  creyéndose  tan  autorizado  como  el  ejecutivo,  tenia 
muy  avanzada  su  odiosa  tarea.  Conforme  al  decreto  mencionado, 
diez  y  siete  generales,  cuarenta  y  nueve  coroneles,  cincuenta 
y  dos  comandantes ,  y  ciento  cincuenta  y  ocho  oficiales  subal- 
ternos de  ejército,  quedaron  borrados  definitivamente  de  la 
lista  militar  granadina;  de  ellos  los  doscientos  treinta  salieron 
expulsados;  añadiéronse  en  virtud  del  decreto  muy  pocos  á  los 
borrados  y  expelidos  ántes  por  Obando.  De  las  milicias  fueron 
borrados  trece  coroneles  y  ciento  cincuenta  y  un  oficiales  de 
diferentes  grados  inferiores  á  los  primeros. 

En  cuanto  á  los  civiles  fué  mas  benigna  la  ejecución.  Dos  in- 
dividuos solamente  salieron  de  la  República ,  y  se  confinaron 
veinte  y  cinco  á  distintos  lugares.  La  expulsión  de  los  militares 
peligrosos  que  ya  estaba  hecha,  se  consideró  necesaria,  ó  por  lo 
ménos  muy  útil  para  conservar  la  tranquilidad ,  que  de  otro 
modo  no  se  habria  podido  mantener;  la  de  los  civiles  fué  una 
providencia  innecesaria  que  solo  pudo  servir  para  escarmiento. 
El  vicepresidente  Obando  la  suavizó  cuanto  le  fué  posible. 

Luego  que  acordára  la  convención  el  decreto  referido ,  se 
ocupó  especialmente  en  la  organización  de  un  gobierno  p*^ 
sional  para  la  Nueva  Granada.  Entónces  ya  no  se  opusieron  á 
esta  medida  los  amigos  del  general  Caicedo,  como  lo  hicieron 

(1)  Véase  la  nota  25». 


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CAPÍTULO  XX.  561 

ántes  de  la  admisión  de  su  renuncia  de  la  vicepresidencia, 
cuando  la  creían  dirigida  contra  él.  Expidióse,  pues,  un  de- 
creto legislativo  estableciendo  la  nueva  administración  bajo  el 
título  de  «  Gobierno  de  la  Nueva  Granada ,  »  el  que  debia  ob- 
servar la  constitución  de  4830.  No  se  hizo  novedad  en  las  ar- 
mas ,  bandera  y  tipos  de  las  monedas,  establecidos  por  las  leyes 
de  Colombia,  hasta  que  se  dispusiera  otra  cosa.  Se  previno  que 
en  las  inscripciones  y  sellos  oficiales  del  nuevo  Estado  se  pu- 
siera —  «  Colombia.  —  Estado  de  la  Nueva  Granada. »  —  Esto 
indicaba  el  pensamiento  de  conservar  el  nombre  glorioso  de 
aquella  República  bajo  la  unión  federativa  de  los  tres  Estados. 

No  obstante  esta  declaratoria ,  los  ministros  y  agentes  diplo- 
máticos extranjeros  que  residian  en  Bogotá ,  no  desconocieron 
al  nuevo  gobierno  granadino,  con  el  que  continuaron  enten- 
diéndose de  oficio  como  con  el  de  una  nación  independiente. 
El  ministro  ingles  Túrner  no  llevó  á  efecto  las  repetidas  ame- 
nazas que  habia  hecho  anteriormente ,  de  que  desconocería  al 
gobierno  si  no  era  colombiano,  ó  si  se  limitaba  á  ser  granadino. 
Fué  lástima  que  no  nos  hubiera  desconocido ,  y  que  no  cadu- 
case el  ominoso  tratado  con  la  Gran  Bretaña.  Colombia  lo  aceptó 
inconsideradamente  y  á  perpetuidad.  Él  solo  es  igual  á  ambas 
naciones  sobre  el  papel,  y  la  Nueva  Granada  no  ha  podido  re- 
chazar esta  lamentable  herencia  que  la  dejó  su  madre. 

En  el  intermedio,  las  provincias  de  la  Nueva  Granada  per- 
manecían tranquilas  aguardando  el  resultado  de  la  convención. 
Solamente  en  las  del  Magdalena  hubo  algunos  conatos  de  guerra 
de  castas ,  que  fueron  reprimidos  y  castigados.  En  parte  pro- 
movía aquellas  ideas  y  otras  harto  subversivas  una  sociedad 
popular  que  se  formó  en  Cartagena  bajo  el  título  de  «  Vetera- 
nos de  la  libertad.  »  Siendo  perjudicial  su  existencia,  el  gober- 
nador de  la  provincia  la  disolvió. 

Por  el  mismo  tiempo  se  agitaba  con  bastante  calor  la  impor- 
tante cuestión  sobre  el  departamento  del  Cauca.  Sus  habitantes 
principales  habían  pedido  al  gobierno  del  Ecuador  que  los  dejára 
en  libertad  para  decidir  de  su  suerte.  Flórez  respondió  que  las 
pitecias  del  Chocó  y  Popayan  tenían  esta  libertad;  mas  no  la  de 
Pasto  y  una  parte  de  Buenaventura,  agregadas  definitivamente 
al  Ecuador.  Lo  mismo  dijo  al  gobierno  granadino  contestando 
las  reclamaciones  que  se  le  habían  hecho  del  territorio  usur- 
pado. Fundábase  en  que  eran  fronteras  naturales  del  Ecuador, 

TOMO  IV.  36 


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562  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

por  lo  cual  le  convenían,  alegando  también  que  se  le  habían 
unido.  Añadía  que  estaba  decidido  á  sostener  su  agregación  con 
la  fuerza,  porque  tenia  tropas  y  aliados  poderosos.  Aludía  al 
Perú,  gobierno  que  se  habia  apresurado  á  reconocer  al  Ecuador, 
aunque  sin  alianza.  Sospechaban  algunos  que  este  paso  era  con 
el  objeto  de  que  desapareciera  Colombia ,  para  no  cumplir  el 
tratado  hecho  en  Guayaquil  en  1829,  y  continuar  la  usurpación 
de  la  provincia  de  Jaén  y  Máinas  sobre  el  Amazonas,  sospechas 
que  se  realizaran  después. 

Algunos  habitantes  del  Cauca  alimentaban  en  aquella  época 
dos  proyectos.  Era  el  primero  deliberar  en  una  asamblea  de- 
partamental ¿qué  sería  lo  que  les  ofrecería  mas  ventajas,  si 
continuar  unidos  al  Ecuador,  ó  pertenecer  de  nuevo  al  centro? 
Exigían  que  el  gobierno  granadino  declarase  que  se  conformaría 
con  las  decisiones  de  la  asamblea.  Nuestro  gobierno  estuvo  muy 
léjos  de  asentir  á  tal  propuesta,  porque  juzgaba  incontestables 
sus  derechos,  y  no  quería  exponerlos  á  las  intrigas  de  Flórez, 
ni  á  la  versatilidad  de  los  cuerpos  colegiados  populares ,  que  se 
dejan  doblegar  por  todo  viento  que  sopla.  El  gobierno  de  la 
Nueva  Granada  tenia  esperanzas  fundadas  de  que  atraídas  las 
provincias  del  Cáuca  por  sus  antiguas  habitudes  de  dependencia 
del  centro ,  y  por  la  opinión  de  algunos  de  sus  moradores  de 
mas  influencia,  voluntariamente  se  agregarían  de  nuevo,  sobre 
todo  cuando  vieran  que  su  gobierno  se  habia  reorganizado  con- 
forme á  los  principios  mas  liberales.  Obando  y  López,  así  como 
sus  amigos  y  otros  varios  vecinos  prominentes  de  Popayan, 
Pasto  y  Buenaventura,  trabajaban  activamente  por  la  reunión 
de  estas  provincias  al  territorio  granadino. 

El  otro  proyecto  que  meditaban  algunos  habitantes ,  era  for- 
mar un  cuarto  Estado  de  Colombia  con  las  cuatro  provincias  de 
aquel  departamento  y  con  la  de  Antióquia.  Pensaban  que  po- 
dían sostenerse  muy  bien  teniendo  puertos  en  el  Atlántico  y  en 
el  Pacífico.  Comprendían  igualmente  en  su  territorio  á  todo  el 
suelo  aurífero  de  la  Nueva  Granada  con  pocas  excepciones. 
Aunque  el  general  Obando  se  manifestaba  contrario  á  este 
proyecto ,  temían  algunos  que  lo  promoviera  bajo  de  mati^*f 
que  arrastrára  á  López ,  sobre  quien  ejercía  un  grande  influjo , 
para  formarse  un  pequeño  teatro  donde  figurar  exclusivamente. 

En  el  istmo  de  Panamá  se  trabajaba  en  el  mismo  sentido  de 
formar  un  Estado  independiente,  como  las  ciudades  anseáticas. 


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CAPÍTULO  XX.  563 

Allí  existían  siempre  los  antiguos  elementos  de  separación  y 
las  personas  influentes  que  la  promovían.  Por  fortuna  aquellos 
temores  no  se  realizaron  respecto  del  Cauca  y  del  Istmo.  Los 
diputados  de  Panamá  vinieron  á  la  convención  granadina. 

Los  de  Casanare  habían  sido  nombrados;  pero  hubo  que 
mandar  rehacer  las  elecciones ,  que  resultaron  nulas.  En  esta 
provincia  existia  un  partido  fuerte  de  Venezolanos ,  que  pre- 
tendía siempre  unir  Casanare  á  Venezuela.  El  general  Moreno, 
que  se  habia  decidido  por  la  unión  á  la  Nueva  Granada,  contra- 
restaba  con  su  influjo  los  esfuerzos  de  aquella  facción.  Él  obtuvo 
la  superioridad,  y  en  21  de  diciembre  consiguió  que  el  colegio 
electoral  declarase  reincorporada  desde  aquel  dia  la.  provincia 
de  Casanare  al  territorio  de  la  Nueva  Granada.  El  mismo  colegio 
nombró  á  Moreno  diputado  para  la  convención.  Viuo  inmedia- 
tamente á  la  capital  y  contribuyó  con  su  voto  á  las  reformas 
constitucionales. 

Año  de  4832.  —  Mientras  que  se  discutían  estas,  la  conven- 
ción no  perdia  un  momento  en  reorganizar  cuanto  le  era  posi- 
ble la  administración  granadina.  Para  que  fuese  su  órgano, 
mandó  establecer  un  periódico  oficial  con  el  título  de  Gaceta  de 
la  Nueva  Granada,  que  se  sustituyó  á  la  de  Colombia  (i).  Supri- 
mió la  comisión  colombiana  del  crédito  público ,  miéntras  los 
tres  Estados  de  Venezuela ,  Nueva  Granada  y  Ecuador  acorda- 
ban de  consuno  las  medidas  mas  adecuadas  para  su  restableci- 
miento. Dispuso  al  mismo  tiempo  que  continuara  suspenso  el 
pago  de  los  intereses  de  la  deuda  consolidada,  y  que  las  rentas 
destinadas  por  la  ley  de  1826  para  satisfacer  dichos  intereses  se 
recaudaran  por  las  tesorerías  de  las  provincias ,  llevándose 
cuenta  de  su  montamiento.  Hiciéronse  por  la  ley  justas  excep- 
ciones acerca  de  la  deuda  flotante  radicada  en  las  aduanas  de 
la  Nueva  Granada ,  y  sobre  las  deudas  que  afectaban  á  las  teso- 
rerías de  la  República ,  cuya  satisfacción  se  mandó  continuar. 
Empero  se  prohibió  generalmente  que  se  reconociera  de  nuevo 
deuda  alguna  contraída  por  la  república  de  Colombia.  El  go- 
bierno granadino  necesitaba  con  urgencia  de  estas  medidas , 
PMfrde  otro  modo  era  incapaz  de  cubrir  las  cargas  necesarias 

(1)  £1  número  primero  de  esta  Gaceta  se  habia  publicado  en  la  villa  del 
Rosario  de  Cúcuta  el  6  de  setiembre  de  1821 ,  y  el  último  número  566  salió 
el  29  de  diciembre  de  1831. 


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50i  HISTORIA  DR  COLOMBIA. 

para  su  existencia,  y  remediar,  aunque  fuera  en  parte,  la  mise- 
ria en  que  yacían  sus  empleados  civiles  y  militares,  á  quienes 
solo  podia  pagar  una  parte  de  sus  sueldos. 

Esta  situación  se  hacía  mas  penosa ,  considerando  cuán  dis- 
tante se  hallaba  el  día  de  realizar  las  mejoras  económicas,  por 
la  probabilidad  de  una  guerra  próxima  con  el  Ecuador.  La 
cuestión  pendiente  sobre  el  departamento  del  Cauca  era  vital 
para  la  Nueva  Granada,  y  su  convención  estaba  decidida  á  cor- 
rer cualesquiera  azares,  antes  que  permitir  la  desmembración 
de  su  territorio.  Esperaba  sin  embargo  reintegrarlo  por  la  ac- 
ción de  los  mismos  pueblos.  Esta  esperanza  comenzó  á  reali- 
zarse en  Popayan.  Allí  estaba  el  general  López,  decidido  por  la 
reincorporación  al  centro ;  aquel  había  obtenido  del  gobierno 
del  Ecuador  el  empleo  de  comandante  general ,  destino  que  le 
confiriera  también  el  de  la  Nueva  Granada  desde  noviembre 
último,  dándole  instrucciones  para  arreglar  sus  procedimientos 
(enero  10).  Poniéndose  en  efecto  López  al  frente  de  la  guarnición 
veterana  y  de  las  milicias  de  Popayan ,  proclamó  su  adhesión  al 
gobierno  granadino ,  y  el  desconocimiento  del  ecuatoriano  : 
anunció  que  las  tropas  que  le  seguían  y  lehabian  proclamado 
su  general,  componían  la  vanguardia  del  ejército  destinado  á 
restablecer  la  integridad  del  territorio  de  la  Nueva  Granada.  — 
«  Estoy,  dijo,  á  la  cabeza  de  mil  hombres  victoriosos  é  inven- 
cibles :  por  ahora  no  intento  sino  guardar  el  sagrado  suelo  que 
ocupo  desde  las  márgenes  del  Juanambii.  »  —  Protestó  igual- 
mente su  consideración  y  respeto  á  las  autoridades  ecuatorianas 
mientras  el  gobierno  granadino  les  subrogaba  otras.  Dijo  tam- 
bién que  para  mantener  las  tropas  de  su  mando  no  ocurriría  á 
la  prefectura,  pues  tenia  muchos  amigos  que  le  proporcionarían 
los  recursos  suficientes  para  cuanto  necesitara.  Los  habitantes 
de  Popayan  no  tomaron  parte  alguna  en  este  movimiento  del 
todo  militar. 

Dos  motivos  que  López  alegó  para  justificar  su  pronuncia- 
miento, fueron  :  primero,  que  las  tropas  de  su  mando,  así  ofi- 
ciales como  soldados,  estaban  pereciendo  de  hambre  y  de  mise- 
ria ;  y  segundo,  que  el  prefecto  accidental  Gastrillon  le  suscfflH 
competencias  diarias,  injustas  é  ilegales.  Todo  el  mundo  juzgó 
fútiles  y  rebuscados  tales  fundamentos,  que  eran  un  verdadero 
pretexto,  i  Cuánto  mas  noble  hubiera  sido  hablar  con  franqueza 
la  verdad,  diciendo  que  se  pronunciaba  por  el  gobierno  de  su 


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CAPÍTULO  XX.  í)65 

patria  para  reintegrar  su  territorio  que  se  le  pretendía  usurpar, 
y  ver  si  de  este  modo  podia  impedir  una  guerra  funesta  al  país 
de  su  nacimiento ! 

Apénas  supo  Flórez  que  López  se  habia  pronunciado  contra 
la  unión  del  Cauca  al  Ecuador  (enero  31),  publicó  una  proclama 
belicosa  y  plagada  de  aserciones  inexactas.  Decía  que  el  go- 
bierno del  centro,  insensible  á  los  males  de  la  guerra ,  la  habia 
declarado  al  Ecuador  por  medio  del  comandante  general  del 
Cauca ,  quien  aseguró  «  que  estaba  en  campaña,  »  abrumando 
así  al  pueblo  de  Popayan  bajo  el  peso  de  las  armas  que  se  le 
confiaron,  quebrantando  también  sus  promesas  y  juramentos. 
Anadia  :  —  «La  historia  de  Colombia  no  presenta  un  hecho 
de  revolución  mas  degradante  ni  una  guerra  tan  injusta  y  fra- 
tricida. La  cuestión  obvia  del  Cauca  es  el  pretexto  de  que  se 
valen  nuestros  enemigos  para  derramar  la  sangre  de  los  viejos 
patriotas,  y  escandalizar  al  mundo  con  una  contienda  de  inau- 
ditos horrores;  mas  la  causa  verdadera  es  la  usurpación  que 
pretenden  hacer  de  nuestro  territorio,  para  extender  el  de  la 
Nueva  Granada  hasta  el  Macará  (i) ;  los  procedimientos  del  con- 
greso bogotano  han  continuado  estas  miras  de  ambición.  Lle- 
naos de  consuelo  por  la  convicción  de  que  el  gobierno  de  vues- 
tra voluntad  aparece  inculpable  ,  lleno  de  justicia  y  razón.  » 

Excitaba  en  seguida  á  los  Ecuatorianos  á  la  guerra  para  sos- 
tener su  independencia  é  instituciones.  Ofrecíales  con  jactancia 
que  fué  desmentida  por  hechos  posteriores  —  «  una  victoria 
espléndida  y  gloriosa,  »  y  concluía  con  el  siguiente  pasaje  :  — 
«  Hombres  infatuados  con  apariencias  de  victorias,  osan  insul- 
tar á  los  vencedores  de  tres  grandes  ejércitos ;  ellos  tendrán  que 
arrepentirse  de  su  necio  orgullo  :  les  probarémos  en  el  campo , 
que  no  es  lo  mismo  ser  pérfidos  y  tiranos,  que  inmortales  cu  el 
Ecuador.  »  —  Este  período  se  dirigía  contra  Obando  y  López. 

Cuando  la  mencionada  proclama  se  recibió  en  Bogotá ,  ya  la 
convención  y  el  gobierno  granadino  podían  contestar  victorio- 
samente las  infundadas  aserciones  de  Flórez,  que  habia  venido 
á  Pasto  para  defender  el  territorio  usurpado.  Dicha  contestación 
'^■^ublicar  la  ley  acordada  en  la  convención  desde  el  10  de 
febrero.  Por  ella  se  autorizaba  al  poder  ejecutivo  de  la  Nueva 

(1)  Kio  que  divide  el  territorio  de  la  provincia  de  Loja  del  de  la  provincia 
peruana  de  Piura. 


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566  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Granada  para  reconocer  al  Estado  formado  en  el  sur  de  Colom- 
bia ,  compuesto  de  los  departamentos  del  Ecuador ,  Asuay  y 
Guayaquil,  por  los  límites  que  tenian  el  año  de  1830,  fijados 
por  la  ley  de  25  de  junio  de  i 824  sobre  división  territorial. 
—  Se  añadían  las  condiciones  de  que  ambos  Estados  respetarían 
sus  límites;  qué  reconocerían  la  parte  que  les  tocára  proporcio- 
nalmente  de  las  deudas  de  Colombia;  que  observarían  los  trata- 
dos de  esta  república ;  que  enviarían  sus  diputados  á  la  asam- 
blea de  plenipotenciarios  colombianos;  en  fin,  que  se  compro- 
meterían á  conservar  ilesa  la  integridad  del  territorio  de  Colom- 
bia ,  hasta  que  se  verificara  la  reunión  de  sus  plenipotenciarios, 
ó  de  la  autoridad  que  debia  deslindar  y  arreglar  los  negocios 
comunes  á  Venezuela,  Nueva  Granada  y  Ecuador. 

Á  pesar  de  las  amenazas  de  Flórez  y  de  las  tropas  que  tenia 
en  Pasto,  iniciado  una  vez  el  pronunciamiento  del  Cáuca  por  la 
autoridad  militar,  siguieron  el  ejemplo  los  pueblos.  El  cantón 
de  Popayan  hizo  en  7  de  febrero  su  acta  de  reincorporación  á  la 
Nueva  Granada,  entrando  á  ejercer  sus  destinos  el  gobernador 
de  la  provincia  y  los  demás  funcionarios  públicos  que  habían 
sido  nombrados  por  el  ejecutivo  granadino.  Cali,  Buga,  Cartago 
y  los  demás  cantones  del  valle  del  Cáuca  imitaron  el  ejemplo , 
así  como  el  cantón  de  San  Juan  ó  Nóvita  en  el  Chocó.  Por  tanto 
esta  provincia  y  la  de  Popayan  quedaron  reincorporadas  al  ter- 
ritorio de  la  Nueva  Granada  con  júbilo  universal  de  sus  habi- 
tantes. No  pudieron  hacer  lo  mismo  la  de  Pasto  y  Buenaven- 
tura, oprimidas  por  las  tropas  del  Ecuador.  Sabíase  empero  que 
la  mayor  parte  de  sus  moradores  lo  deseaban  ardientemente,  y 
esperaban  con  ansia  que  el  gobierno  granadino  les  extendiera 
su  mano  protectora  para  salir  de  la  opresión  en  que  yacían. 

Entre  tanto  la  convención  terminó  sus  funciones  constitucio- 
nales, y  en  29  de  febrero  firmaron  los  diputados,  presididos  por 
el  obispo  de  Santamarta  doctor  José  María  Estéves ,  la  constitu- 
ción para  el  Estado  de  la  Nueva  Granada.  Mandóla  ejecutar  en 
i°  de  marzo  el  vicepresidente  encargado  del  poder  ejecutivo 
José  María  Obando. 

Esta  constitución  se  resentía  demasiado  de  la  época  de  pasio- 
nes en  que  se  daba.  En  el  poder  legislativo  nada  habia  de 
nuevo  respecto  de  las  constituciones  anteriores ;  pero  se  exten- 
dió acaso  demasiado  el  derecho  de  sufragio  en  las  elecciones 
primarias,  grave  defecto  en  pueblos  que  tienen  castas  ignoran- 


te 


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CAPÍTULO  XX.  567 

tes  como  la  generalidad  de  nuestras  parroquias.  Debia  ejercer 
el  poder  ejecutivo  un  presidente  elegido  popularmente ,  cuya 
duración  sería  de  cuatro  años,  sin  facultad  para  reelegirle  en  el 
próximo  período ;  por  su  falta  un  vicepresidente  nombrado  de 
la  misma  manera  y  por  igual  término  desempeñaba  el  poder 
ejecutivo.  Quitáronse  á  este  algunas  de  sus  facultades  naturales, 
de  tal  suerte,  que  se  le  dejó  atadas  las  manos;  así  en  cualquiera 
conmoción  ó  conatos  para  hacerla,  no  podia  conservar  la  tran- 
quilidad ni  el  órden  públicos.  Diósele  un  consejo  de  Estado  á 
quien  consultar  los  negocios.  Componíase  de  siete  consejeros 
nombrados  por  el  congreso  cada  cuatro  años. 

En  el  poder  judicial  se  apartó  la  convención  de  los  principios 
seguidos  basta  entonces  ,  sancionados  por  la  experiencia  y  co- 
mún acuerdo  de  las  naciones  cultas.  Limitó  á  cuatro  años  la 
duración  de  los  magistrados  que  ántes  desempeñaban  sus  desti- 
nos durante  su  buena  conducta.  En  muchos  de  los  altos  em- 
pleos se  exigió  para  obtenerlos  ser  Granadino  por  nacimiento ; 
restricción  de  egoísmo  nacional  que  privó  á  la  Nueva  Granada 
de  los  talentos  y  servicios  de  varios  ciudadanos  nacidos  en  otras 
partes  fuera  de  su  territorio.  Para  las  provincias  se  establecie- 
ron gobernadores  y  cámaras  provinciales ;  en  los  cantones  jefes 
políticos,  consejos  municipales  y  jueces  de  primera  instancia. 
Diéronse  á  las  parroquias  alcaldes  y  jueces  que  conocieran  de 
los  negocios  de  menor  cuantía.  De  esta  manera  quedó  completa 
la  escala  descendente  de  la  organización  política  y  judicial  de 
la  Nueva  Granada. 

Sancionada  la  constitución  (marzo  9),  procedió  la  convención 
granadina  á  elegir  los  altos  magistrados  que  debían  plantearla 
y  ejecutarla.  Desde  el  premier  escrutinio  resultó  nombrado 
presidente  de  la  República  por  cuatro  años  el  general  Santan- 
der. La  elección  de  vicepresidente  fué  largamente  contestada 
entre  el  general  José  María  Obando ,  candidato  del  partido  exal- 
tado, y  el  doctor  José  Ignacio  Márquez ,  que  lo  era  del  mode- 
rado civil  que  no  quería  ser  gobernado  por  solo  generales.  Al 
cabo  de  quince  votaciones  triunfó  el  último ,  y  Márquez  fué 
d^Bfrado  vicepresidente. 

Como  Santander  estaba  ausente ,  pues  se  hallaba  en  los  Esta- 
dos Unidos  en  via  para  su  patria ,  la  convención  previno  á  Már- 
quez que  concurriera  al  día  siguiente  10  de  marzo  á  prestar  el 
juramento  constitucional  en  la  sala  de  sus  sesiones.  Verificóse 


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568  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

en  efecto  aquel  acto  con  las  solemnidades  acostumbradas,  y 
quedó  encargado  del  poder  ejecutivo. 

Estas  elecciones  fueron  generalmente  aplaudidas.  Márquez 
había  manifestado  en  el  ministerio  de  hacienda  talentos  distin- 
guidos, probidad,  economía  y  amor  al  trabajo.  Ninguno  dudaba  • 
de  los  talentos  del  general  Santander,  de  su  experiencia  en  las 
cuestiones  de  gobierno,  de  sus  principios  republicanos ,  y  de  su 
consagración  al  despacho  de  los  negocios.  Se  le  consideraba  tam- 
bién fuera  de  los  partidos  que  desde  1830  habían  agitado  tanto 
á  la  Nueva  Granada ,  y  que  en  sus  viajes  por  la  Europa  habría 
aprendido  bastante.  Pero  temían  otros  las  pasiones  rencorosas 
de  Santander  contra  sus  enemigos  políticos  de  1828 ,  y  qae 
uniéndose,  aunque  no  fuera  de  corazón ,  á  los  exaltados  libera- 
les, pues  por  su  misma  naturaleza  era  duro  y  despótico  su  carác- 
ter, causara  males  y  nuevas  divisiones  á  su  patria.  Dirá  la  histo- 
ria que  desgraciadamente  se  realizaron  estos  presentimientos. 

El  vicepresidente  organizó  la  administración  granadina.  Los 
ministros  Gómez  de  hacienda ,  y  Peréira  del  interior  y  relacio- 
nes exteriores ,  continuaron  por  algún  tiempo  de  secretarios, 
nombre  que  les  daba  la  nueva  constitución.  El  general  José 
María  Obando  aceptó  la  secretaría  de  guerra  y  marina,  para 
cuyo  destino  fué  nombrado. 

Márquez  hizo  otra  elección  importante.  Tal  fué  la  de  una  co- 
misión de  paz  cerca  del  gobierno  del  Ecuador,  á  fin  de  arreglar 
la  cuestión  del  Cáuca  y  ver  si  podia  evitarse  la  guerra.  La  con- 
vención, fijando  en  el  artículo  segundo  de  la  constitución  los 
límites  meridionales  de  la  Nueva  Granada —  «  al  sur  de  la  pro- 
vincia de  Pasto, »  no  habia  dejado  al  poder  ejecutivo  otro  arbi- 
trio que  conseguir  aquellos  límites.  Era,  sin  embargo,  un  deber 
del  vicepresidente  hacer  cuantos  esfuerzos  estuvieran  á  su  al- 
cance para  evitar  la  guerra  con  el  Ecuador,  persuadiendo  á  su 
gobierno  de  la  justicia  de  nuestras  reclamaciones.  Esta  misión 
fué  encargada  al  doctor  José  Manuel  Restrepo  y  al  reverendo 
obispo  de  Santamarta  José  María  Estéves,  á  quienes  acompañaba 
como  secretario  el  coronelJosé  Acevedo.  Partieron  sin  tardanza, 
y  entre  tanto  se  activaron  los  aprestos  militares.  Se  queri^H* 
minar  pronto  la  cuestión  pendiente  del  Cáuca,  para  acelerar  la 
proyectada  unión  colombiana,  que  debia  componerse  de  los 
tres  Estados  que  se  habían  erigido  en  la  República. 

Á  la  sazón  que  la  convención  granadina  discutía  váidas  leyes 


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CAPÍTULO  XX. 


o69 


orgánicas  y  administrativas,  que  juzgaba  necesarias  para  plan- 
tear la  constitución,  y  para  que  sirviesen  de  norma  al  nuevo 
gobierno,  acordaba  por  parte  de  la  Nueva  Granada  las  bases 
que  le  parecían  mas  convenientes  á  fin  de  cimentar  la  unión 
colombiana.  Conteníanse  en  la  ley  sancionada  definitivamente 
el  i  5  de  marzo.  Conforme  á  sus  disposiciones  debia  el  poder 
ejecutivo  promover  una  reunión  de  plenipotenciarios  que  se 
juntarían  en  el  lugar  que  juzgaran  mas  á  propósito,  concurriendo 
dos  por  cada  uno  de  los  tres  Estados.  Esta  asamblea  —  «  debia 
examinar,  acordar  y  proponer  á  los  respectivos  gobiernos  los 
pactos  de  unión  que  se  juzgáran  conducentes  á  la  prosperidad 
de  Colombia.  »  Por  parte  de  la  Nueva  Granada  se  proponía  que 
se  estipulára  :  primero,  que  todos  los  Estados  formaran  un 
cuerpo  para  cualquiera  especie  de  tratado  ó  convenio  que  hu- 
biera de  celebrarse  con  la  España,  y  que  ninguno  pudiera  ha- 
cerlo solo,  sin  permiso  de  los  demás;  segundo,  quearreglára 
lo  conveniente  sobre  el  pago  en  común,  ó  la  distribución  equi- 
tativa de  la  deuda,  así  como  de  cualesquiera  otras  cargas,  de- 
rechos y  acciones  pertenecientes  á  Colombia;  tercero,  que  nin- 
guno de  los  Estados  colombianos  pudiera  ocurrir  para  terminar 
sus  mutuas  querellas  al  funesto  recurso  de  las  armas,  y  que 
siempre  nombráran  árbitros;  cuarto,  que  ningún  Estado  de 
Colombia  tuviera  facultad  de  concluir  con  ninguna  potencia 
extranjera  tratado  alguno  de  límites  ó  de  cesiou  de  territorio , 
sin  previo  conocimiento  de  los  otros  Estados;  quinto,  que  los 
Estados  de  Colombia  hicieran  siempre  una  sola  causa  común 
para  defender  á  todo  trance  su  independencia  política,  su  inte- 
gridad territorial  y  cualesquiera  otros  derechos  generales  contra 
todo  insulto,  ataque  ó  agresión  de  una  potencia  extranjera; 
sexto,  que  ninguno  de  los  tres  Estados  exigiera  derechos  á  los 
efectos  y  manufacturas  extranjeras  que  se  introdujeran  por  sus 
puertos,  con  el  preciso  objeto  de  ser  internados  en  otro  de  los 
mismos  Estados,  sino  los  moderados  de  depósito  en  que  se  con- 
viniera; séptimo,  que  los  Estados  colombianos  se  obligáran  á 
prohibir  bajo  de  severas  penas  el  tráfico  de  esclavos,  bien  para 
i#ip&rtarlos  en  su  territorio ,  ó  bien  para  negociar  con  otras 
naciones;  octavo,  en  fin,  que  los  mismos  Estados  se  compro- 
metieran á  mantener  perpetuamente  una  forma  de  gobierno 
republicano,  popular,  representativo,  electivo,  alternativo  y 
responsable. 


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570 


HISTORIA  DK  COLOMBIA. 


Ademas  se  decía  en  la  ley ,  que  si  para  consolidar  la  unión 
se  creía  conveniente  el  establecimiento  de  una  comisión,  asam- 
blea ó  congreso  común  que  estuviera  reunido  permanentemente, 
en  períodos  fijos ,  ó  en  ciertas  circunstancias ,  podría  también 
estipularse  así  por  el  ejecutivo  de  la  Nueva  Granada.  Este  que- 
daba autorizado  igualmente  para  convenir  en  el  establecimiento 
de  un  gobierno  federativo,  cuyos  pactos  y  constitución  debían 
acordarse  por  una  convención  colombiana  compuesta  de  dipu- 
tados elegidos  según  la  base  de  población.  Dichos  pactos  y  cons- 
titución no  se  pondrían  en  planta  ni  surtirían  efecto  alguno 
hasta  que  no  hubieran  sido  ratificados  por  cada  uno  de  los  tres 
Estados ,  en  la  forma  establecida  por  sus  respectivas  constitu- 
ciones. Mas  se  prohibía  decididamente  al  ejecutivo  granadino 
convenir  en  el  restablecimiento  de  un  gobierno  central,  común 
á  toda  la  República  de  Colombia. 

Después  de  constituir  á  la  Nueva  Granada;  después  de  dar 
leyes  orgánicas  para  su  gobierno  y  administración,  y  después 
de  acordar  estas  basas,  la  convención  granadina  terminó  sus 
sesiones  el  Io  de  abril.  Ninguno  puede  negar  á  esta  corporación 
patriotismo ,  saber  y  ardientes  deseos  de  dar  á  su  patria  insti- 
tuciones republicanas  convenientes  á  los  pueblos,  y  por  tanto 
duraderas.  Aunque  las  pasiones  necesarias  de  la  época  en  que 
estuvo  reunida,  época  triste  en  que  ardían  y  germinaban  por  do 
quiera  los  partidos,  hicieron  extraviar  á  la  mayoría  de  sus 
miembros  respecto  de  algunos  artículos  constitucionales,  espe- 
cialmente sobre  los  relativos  á  las  facultades  del  poder  ejecutivo, 
este  fué  un  tributo  que  pagaron  álas  circunstancias  del  tiempo. 
Algunos,  y  aun  nosotros  mismos  hemos  censurado  el  decreto 
reservado  que  expidiera  la  convención ,  autorizando  al  ejecu- 
tivo para  borrar  de  la  lista  militar  álos  jefes  y  oficiales ,  y  para 
desterrar  ó  privar  de  sus  destinos  á  los  civiles  que  hubieran  per- 
tenecido al  bando  de  Urdaneta.  Creíamos  con  otros  varios,  que 
esta  providencia  era  contraria  á  la  fe  debida  á  un  solemne  con- 
venio. Pero  no  hay  duda  que  ella  consolidó  por  algunos  años 
la  tranquilidad  pública ,  arrojando  de  nuestro  suelo  á  muchos 
hombres ,  militares  irritados  y  audaces  que  alimentabaiflfr 
siones  vengativas  :  también  ahorró  con  esta  providencia  á  so 
tesoro  exhausto  crecidas  sumas  de  sueldos  que  habría  sido  nece- 
sario pagar  á  los  borrados  de  la  lista  militar.  La  medida  fué 
útil ,  pero  injusta. 


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CAPÍTULO  XX. 


571 


Para  mejorar  la  suerte  de  todos  aquellos  Granadinos  que  es- 
tuvieran sufriendo  por  la  parte  que  algunos  habian  tomado  en 
destruir  al  gobierno  legítimo ,  la  convención ,  al  terminar  sus 
trabajos ,  autorizó  al  poder  ejecutivo  para  permitir  que  regre- 
saran á  su  patria  los  Granadinos  por  nacimiento  que  hubieran 
sido  desterrados.  También  les  concedió  un  olvido  absoluto  de 
todos  los  hechos  políticos  cometidos  contra  la  constitución  y  las 
leyes  hasta  el  5  de  mayo  anterior  en  que  se  restableció  el  go- 
bierno legítimo.  Este  acto  de  clemencia  era  necesario  á  On  de 
reparar  los  males  causados  por  el  decreto  reservado  de  3  de  di- 
ciembre último. 

Desde  ántes  que  se  disolviera  la  convención ,  había  comu- 
nicado el  gobierno  granadino  al  de  Venezuela  las  bases  acordadas 
en  15  de  marzo  parala  proyectada  reorganización  de  Colombia. 
Cuando  el  presidente  de  Venezuela  recibió  aquella  nota ,  hallá- 
base reunido  el  congreso ,  y  según  el  mensaje  que  le  habia  di- 
rigido el  ejecutivo ,  arabos  poderes  colegisladores  estaban  dis- 
puestos á  entrar  en  convenios  con  la  Nueva  Granada,  constituida 
ya,  para  restablecer  á  Colombia.  Conforme  á  estos  patrióticos 
y  benévolos  sentimientos,  el  congreso  venezolano  acordó  en 
29  de  abril  una  ley  por  la  cual  —  a  reconocia  á  los  Estados  de 
la  Nueva  Granada  y  del  Ecuador  en  sus  nuevas  constituciones 
políticas.  »  —  Decretaba —  «  que  el  Io  de  noviembre  próximo 
marcháran  á  Bogotá  dos  comisionados  elegidos  por  el  congreso 
con  el  objeto  de  tratar  con  el  de  la  Nueva  Granada  y  del 
Ecuador  acerca  de  los  preliminares  de  los  nuevos  vínculos  de 
unión ,  proponiendo  las  bases  de  una  convención  colombiana , 
que  establezca  los  pactos  de  federación  que  sean  mas  condu- 
centes á  la  prosperidad  de  Colombia.  » 

El  lugar  de  las  sesiones  debia  escogerse  por  los  comisionados 
reunidos,  y  ningún  acuerdo  sería  obligatorio  sin  que  se  ratifi- 
cára  por  la  correspondiente  legislatura.  Venezuela  proponía  — 
«  que  los  tres  Estados  formáran  un  solo  cuerpo  para  cualquiera 
especie  de  tratados,  bien  fuera  con  la  España  ó  con  cualquiera 
o^ywtencia  extranjera.  »  Las  demás  bases  contenidas  en  esta 
legran  sustancialmente  iguales  á  las  que  ántes  mencionamos, 
acordadas  por  la  convención  granadina,  aunque  estaban  redac- 
tadas con  mas  sencillez  y  precisión.  En  cumplimiento  de  esta 
ley,  el  congreso  nombró  de  comisionados  al  señor  José  Ensebio 
Gallégos  y  al  general  Francisco  Carabaño. 


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572  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

La  Nueva  Granada  y  Venezuela  estaban,  pues ,  de  acuerdo  en 
las  bases  y  actos  preliminares  parala  confederación  colombiana. 
Mas  la  primera  no  habia  reconocido  al  Ecuador,  cuyos  tres  de- 
partamentos habian  sido  parte  integrante  del  vireinato  de  Santafé 
ó  de  la  Nueva  Granada.  La  cuestión  lamentable  del  Cauca 
impedia  aun  el  reconocimiento  de  aquel  Estado ;  pero  estaba 
decretada  ya  por  la  convención  granadina ,  previas  ciertas  con- 
diciones. Los  comisionados  Restrepo  y  Estéves,  después  de 
largas  y  muy  detenidas  conferencias  en  la  villa  de  Ibarra  y  en 
Quito  con  los  del  Ecuador,  señores  José  Félix  Valdivieso,  José 
Joaquín  Olmedo  y  Nicolás  Artela ,  y  de  cambiar  repetidas  notas, 
se  vieron  obligados  á  proponer :  —  «  que  se  suspendieran  las 
negociaciones  por  tres  meses,  mientras  se  posesionaba  el  general 
Santander  presidente  propietario  de  la  Nueva  Granada.  »  Los 
comisionados  del  Ecuador  rechazaron  esta  proposición ,  y  el 
10  de  agosto  declararon  terminadas  las  conferencias  y  rotas  las 
negociaciones  de  paz,  acompañando  la  rotura  con  una  fuerte 
protesta.  Dichos  comisionados  habian  rebajado  mucho  de  sus 
primeras  y  exageradas  pretensiones.  En  la  última  nota  hicieron 
la  siguiente  propuesta  :  —  «El  Estado  del  Ecuador  continuará 
poseyendo  por  ahora  la  provincia  de  Pasto  y  el  cantón  de  Bar- 
bacóas  por  sus  límites  actuales.  El  Estado  de  la  Nueva  Granada 
continuará  poseyendo  por  ahora  el  territorio  que  se  extiende 
mas  allá  de  los  límites  indicados ,  y  sobre  el  cual  el  Ecuador 
reclama  sus  derechos.  Esta  posesión  temporal  subsistirá  hasta 
que  la  convención  general  de  Colombia,  ó  la  autoridad  que  le- 
galmente se  constituyese ,  determine  la  demarcación  y  límites 
respectivos  de  ambos  Estados.  » 

Ni  los  comisionados  ni  el  gobierno  granadino  podían  acceder 
á  esta  proposición,  que  comprometía  derechos  ciertos,  á  las  con- 
tingencias de  la  reunión  de  un  cuerpo  que  era  probable  no  se 
juntára  jamas ,  ó  que  se  compusiera  de  miembros  parciales. 
Ademas,  la  constitución  y  las  leyes  granadinas  no  dejaban  ar- 
bitrio al  poder  ejecutivo,  para  abandonar  por  algún  tiempo  al 
Ecuador  la  posesión  de  una  parte  de  su  territorio.  Los  comisio- 
nados de  la  Nueva  Granada  rechazaron,  pues,  la  propueíH^ 
rotas  las  conferencias  pidieron  sus  pasaportes  saliendo  de  Quito 
en  24  de  agosto  para  restituirse  á  su  patria. 

Inmediatamente  se  rompieron  las  hostilidades,  y  una  división 
de  mil  quinientos  hombres  de  buenas  tropas  granadinas,  man- 


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CAPÍTULO  XX. 


dadas  por  el  general  José  María  Obando,  marchó  sobre  Pasto. 
La  defección  de  ciento  treinta  soldados  ecuatorianos,  a  quienes 
se  habia  confiado  la  defensa  de  la  Tarabita  sobre  el  rio  Jua- 
nainbú ,  franqueó  á  Obando  este  paso  difícil.  Muchos  Pastusos 
amigos  de  la  Nueva  Granada  corren  entónces  á  las  armas  y  for- 
man guerrillas.  El  general  ecuatoriano  Farfan ,  que  manda  en 
Pasto  ,  pierde  la  cabeza,  se  desalienta,  y  en  mucho  desorden 
pasa  el  rio  Guaitara  y  corta  el  puente,  abandonando  enteramente 
el  primer  cantón  de  Pasto ;  mas  continúa  ocupando  el  de  Tú- 
querres.  En  consecuencia  Obando  entra  en  la  ciudad  de  Pasto 
el  21  de  setiembre. 

Á  la  sazón  que  tales  noticias  llegaron  á  Quito,  estaba  reunido 
el  congreso  y  causaron  grande  alarma.  Recibióse  en  aquellas 
circunstancias  una  comunicación  de  Obando  en  que  ofrecía  la 
paz  al  Ecuador,  previa  la  restitución  del  territorio  cuestionado. 
El  congreso  previno  entónces  al  poder  ejecutivo  que  negociara 
la  paz  y  le  dió  las  bases.  Un  armisticio  celebrado  el  9  de  octu- 
bre por  el  cual  ambas  partes  beligerantes  debían  dejar  al  cantón 
de  Túquerres  como  un  campo  neutro ,  armisticio  que  compren- 
día á  la  provincia  de  Buenaventura ,  fué  el  primer  paso  de  la 
reconciliación.  En  seguida  el  presidente  del  Ecuador  nombró 
de  comisionados  á  los  señores  Pedro  José  de  Arleta  y  Antonio 
Fernández  Salvador,  quien  no  aceptara.  Por  parte  de  la  Nueva 
Granada  fueron  los  negociadores  el  general  Obando  y  el  coro- 
nel Joaquín  Posádas. 

Reunidos  en  Pasto  convinieron  en  un  tratado  de  paz ,  amis- 
tad y  alianza,  que  se  firmó  en  8  de  diciembre.  Conforme  á  sus 
estipulaciones ,  las  dos  partes  contratantes  se  reconocieron  mu- 
tuamente como  Estados  soberanos  é  independientes.  El  Ecuador 
reconoció  por  límites  de  la  Nueva  Granada  los  reclamados  por 
esta ,  que  eran  los  mismos  que  habia  fijado  la  ley  colombiana 
de  25  de  junio  de  1824 ,  entre  los  departamentos  del  Cauca  y 
Ecuador  :  por  consiguiente  las  provincias  de  Pasto  y  de  Buena- 
ventura quedaron  incorporadas  á  la  Nueva  Granada,  y  se  esti- 
pulóque  ninguno  de  los  dos  Estados  admitiría  agregaciones  de 
pKÜtos  del  otro.  La  alianza  fué  —  «  para  su  defensa  común, 
para  la  seguridad  de  su  independencia  y  libertad ,  y  para  su 
bien  recíproco  y  general,  así  como  para  conservar  ilesa  la  inte- 
gridad del  territorio  de  Colombia.  »  Cada  uno  de  los  Estados 
se  obligó  á  reconocer  la  parte  de  la  deuda  de  dicha  república 


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574  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

que  proporcionalmente  le  correspondiera ,  á  responder  de  los 
valores  pertenecientes  á  la  unión,  de  que  hubiera  dispuesto,  y 
i  observar  los  tratados  públicos  de  Colombia.  Comprometié- 
ronse también  á  enviar  oportunamente  al  lugar  que  se  desig- 
nara sus  respectivos  ministros  para  formar  la  asamblea  de  ple- 
nipotenciarios ,  ó  aquella  corporación  ó  autoridad  que  debia 
deslindar  y  arreglar  los  negocios  comunes  á  las  tres  secciones 
en  que  se  babia  dividido  Colombia.  Arregláronse  igualmente 
en  el  mismo  tratado  otros  puntos  que  tocaban  solamente  á  los 
Estados  contratantes. 

Tal  fué  el  completo  suceso  que  obtuvo  la  Nueva  Granada  para 
reintegrar  su  territorio  que  se  pretendía  usurpar.  Por  tan  feliz 
éxito  quedaron  deslucidas  enteramente  las  ridiculas  fanfarro- 
nadas de  Flórez  en  su  proclama  de  31  de  enero  último,  y  la 
victoria  segura  que  babia  ofrecido  a  los  Ecuatorianos.  La  mayor 
parte  de  estos ,  ó  por  lo  ménos  los  mas  notables ,  favorecían  las 
aspiraciones  de  Flórez  sobre  el  territorio  granadino,  y  deseaban 
extender  los  límites  de  su  república  á  costa  de  la  Nueva  Gra- 
nada. Tan  injustas  pretensiones  y  esperanzas  mal  concebidas 
quedaron  burladas  enteramente,  y  el  gobierno  del  Ecuador 
tuvo,  aunque  fuera  mal  de  su  grado,  que  ratificar  el  tratado  de 
Pasto. 

Parecía  que  restablecida  la  paz  entre  el  Ecuador  y  la  Nueva 
Granada,  que  mutuamente  habían  reconocido  su  independencia 
y  soberanía  nacional ,  se  habrían  removido  los  obstáculos  que 
retardaban  hasta  entónces  el  nombramiento  y  reunión  de  los 
ministros  plenipotenciarios  que  debían  componer  la  asamblea 
colombiana.  Pero  no  fué  así.  Aunque  el  congreso  de  Venezuela 
habia  elegido  para  comisionados  á  Gallégos  y  á  Carabaño,  nin- 
guno quiso  admitir  el  destino.  El  ejecutivo  los  reemplazó  con 
otros  que  renunciaron  también,  y  lo  mismo  hicieron  las  demás 
personas  escogidas  sucesivamente.  Los  motivos  que  influían  en 
estas  renuncias  eran  :  que  á  los  nombrados  no  se  les  ocultaba, 
que  á  la  mayor  parte  de  los  que  componían  el  gobierno  de  Ve- 
nezuela les  repugnaba  entrar  en  federación  con  los  demás  Es- 
tados colombianos,  y  que  la  opinión  pública  mas  generaldKft- 
poco  lo  quería. 

Este  era  también  el  dictámen  de  muchos  ciudadanos  influentes 
en  la  Nueva  Granada,  que  veían  con  claridad  mayores  males 
que  bienes  en  la  confederación  proyectada.  Hecha  una  vez  la 


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CAPÍTULO  XX.  575 

separación  de  Venezuela,  de  la  Nueva  Granada  y  del  Ecuador, 
les  parecía  mas  conveniente  su  independencia  absoluta  en  todos 
los  ramos  del  gobierno,  que  no  el  contraer  vínculos  sumamente 
laxos  de  federación.  Eu  su  concepto  solo  servirían  estos  para 
impedir  que  se  hiciera  oportunamente  el  bien,  de  motivos  para 
disputas  y  acaso  para  guerras.  Por  otra  parte ,  aun  cuando  se 
constituyera  un  gobierno  general,  ¿qué  podría  disponer  este 
para  hacerse  obedecer  por  los  tres  Estados  relativamente  fuertes 
que  se  confederaban  ?  Nada  :  hubiera  sido  preciso  dividirlos,  lo 
que  ninguno  de  ellos  quería ,  y  con  razón,  para  no  exponer  su 
unidad  y  existencia  á  los  azares  de  la  federación.  Esta  en  la 
América  ántes  española  ha  sido  por  donde  quiera,  y  nos  parece 
que  será  perpetuamente  el  origen  fecundo  de  anarquía,  de 
guerras  civiles  y  de  todo  linaje  de  desórdenes.  Los  Estados  co- 
lombianos debian ,  pues ,  ser  muy  cautos  para  comprometerse 
en  una  federación,  que  les  trajera  por  resultado  funesto ,  ó  las 
guerras  civiles  ó  la  anarquía  de  Buenos  Aires  y  Guatemala. 

Año  de  4833.  —  Venezuela  fué  la  primera  en  retroceder  ofi- 
cialmente de  la  carrera  emprendida.  Su  congreso  en  las  sesiones 
de  este  año  (abril  6),  revocó  el  decreto  que  en  29  de  abril  ante- 
rior habia  expedido,  fijando  las  bases  para  la  unión  federativa 
de  Colombia.  En  lugar  de  esta  prevenía  al  ejecutivo  —  «  que 
promoviera  é  iniciára  lo  mas  pronto  con  los  gobiernos  de  Nueva 
Granada  y  Ecuador  las  estipulaciones  necesarias  para  la  liqui- 
dación y  división  de  la  deuda  general  que  contrajo  Colombia,  y 
de  los  derechos  y  acciones  comunes.  » 

En  cumplimiento  de  este  decreto  el  gobierno  de  Venezuela 
dirigió  á  Bogotá  con  el  carácter  de  enviado  extraordinario  y 
ministro  plenipotenciario  al  señor  Sántos  Michelena.  Este  fué 
reconocido  como  tal  (agosto  29) ,  y  principió  sus  negociaciones 
con  el  secretario  de  relaciones  exteriores  de  la  Nueva  Granada , 
Lino  de  Pombo ,  autorizado  expresamente  para  concluir  los 
tratados. 

Tan  importantes  discusiones  como  eran  las  de  repartir  pro- 
porcionalmente  entre  la  Nueva  Granada,  Venezuela  y  Ecuador 
latfMa  doméstica,  la  extranjera  y  los  derechos  activos  de  Co- 
lombia, debian  prolongarse  por  algún  tiempo,  á  fin  de  dar  lugar 
á  la  meditación ,  y  á  considerar  mil  circunstancias  económicas 
que  eran  de  tenerse  presentes.  Retardó  también  la  conclusión 
del  tratado  ó  convención  la  falta  de  un  ministro  del  Ecuador, 


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576  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

cuyo  gobierno  jamas  se  negó  abiertamente  á  enviarle ;  pero  no 
llegó  el  caso  de  que  arribára  á  Bogotá. 

Año  de  1834.  —  Así  corrieron  muchos  meses ,  y  cansados  de 
aguardar  la  concurrencia  del  Ecuador,  los  ministros  de  Nueva 
Granada  y  Venezuela  firmaron  al  fin  en  23  de  diciembre  el  tra- 
tado sobre  la  división  de  la  deuda  colombiana.  Tocaron  á  la 
Nueva  Granada  cincuenta  unidades  del  total,  á  Venezuela  veinte 
y  ocho  y  média ,  y  al  Ecuador  veinte  y  una  y  média.  En  la 
misma  proporción  debían  repartirse  los  haberes  y  acciones  en 
favor  de  Colombia.  La  población  de  cada  uno  de  los  tres  Esta- 
dos, conforme  al  censo  general  practicado  en  1825 ,  fué  la  base 
adoptada  para  esta  división. 

El  mismo  tratado  contenia  las  disposiciones  convenientes  para 
liquidar  y  repartir  todas  las  deudas  consolidadas  y  consolidables, 
la  flotante  y  la  de  tesorerías  que  pertenecían  á  Colombia  hasta  el 
31  de  diciembre  de  1829,  dia  en  que  de  común  acuerdo  se  dió 
por  consumada  la  separación  de  Venezuela.  Á  pesar  de  esto  se 
declararon  también  comunes  á  las  tres  repúblicas  varios  gastos 
posteriores  de  la  lista  diplomática ,  y  los  impendidos  en  el  con- 
greso constituyente  de  1830.  Estas  liquidaciones  y  la  resolución 
ó  transacción  de  cualesquiera  dudas  ó  reclamaciones  que  hu- 
biera contra  Colombia,  respecto  de  los  intereses  pecuniarios, 
debían  decidirse  por  una  comisión  de  ministros  colombianos 
que  se  establecía  por  el  mismo  tratado.  La  residencia  asignada 
á  dicha  comisión,  compuesta  de  un  representante  por  cada  Es- 
tado ,  era  la  ciudad  de  Bogotá.  Aquí  debían  juntarse  inmedia- 
tamente después  que  se  hubieran  canjeado  por  las  tres  repú- 
blicas las  ratificaciones  de  la  convención.  Este  fué  el  primer 
documento  oficial  común,  en  que  adoptaron  tal  denominación, 
dejando  de  llamarse  Estados. 

Año  de  1835.  —  Cuando  se  firmó  la  convención  colombiana 
de  23  de  diciembre  anterior,  no  habia  esperanza  deque  el  Ecua- 
dor diera  su  adhesión  constitucional.  Hallábase  envuelto  el  país 
en  una  guerra  civil  de  los  liberales  contra  Flórez  y  Rocafuerte, 
que  apoyaba  al  primero  en  Guayaquil  con  toda  su  autoridad 
(enero  18).  La  contienda  terminó  en  Miñarica  con  una  holWle 
carnicería  y  por  la  emigración  de  los  patriotas  ecuatorianos,  que 
justamente  querían  dar  garantías  y  libertad  á  su  patria.  ¡  Befa 
y  deshonor  á  los  autores  de  tan  sangrienta  ejecución,  y  al  que  la 
cantara  en  estrofas  brillantes,  como  un  acto  sublime  de  heroísmo ! 


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CAPÍTULO  XX. 


577 


Venezuela  fué  la  primera  de  las  tres  repúblicas  que  aprobó 
en  28  de  abril  la  citada  convención  de  23  de  diciembre.  Su  con- 
greso acordó  el  acto  legislativo  en  las  sesiones  de  este  año ,  ter- 
minadas ántes  de  la  revolución  militar  del  mes  de  junio.  Volcó 
esta  momentáneamente  á  su  gobierno,  causando  graves  daños 
al  país ,  y  obligó  á  los  pueblos  de  Venezuela  á  hacer  costosos 
sacrificios.  m 

La  Nueva  Granada  tardó  en  aprobarla  expresada  convención. 
En  las  sesiones  ordinarias  del  congreso  de  este  año  se  manifestó 
una  fuerte  oposición  en  la  cámara  de  representantes  contra 
aquel  tratado ,  que  la  generalidad  de  los  Granadinos  estimaba 
como  excesivamente  gravoso  á  la  República.  Por  esto  cerró  el 
congreso  sus  sesiones  sin  haberle  prestado  su  aprobación  cons- 
titucional. 

Año  de  1836.  —  En  las  de  1836,  volvió  á  discutir  la  misma 
cuestión  con  el  mayor  calor.  Hiciéronse  fuertes  inculpaciones  al 
gobiernMel  general  Santander,  porque  babia  convenido  en  que 
se  firmase  una  convención  en  extremo  onerosa  á  la  Nueva  Gra- 
nada, descargando  á  Venezuela  de  gran  parte  de  la  deuda  que 
debia  corresponder  á  dicha  república.  Se  decia  que  para  la  di- 
visión de  los  créditos  activos  y  pasivos  de  Colombia ,  no  solo 
debia  atenderse  á  la  población ,  sino  también  á  la  riqueza  de 
sus  diferentes  secciones ;  que  Venezuela  con  ménos  población 
que  la  Nueva  Granada,  era  proporcionalmente  mas  rica,  por  su 
posición  marítima  y  por  su  agricultura ,  harto  superiores  á  la 
nuestra ;  en  fin ,  que  una  gran  parte  de  la  población  granadina 
se  componia  de  Indios  proletarios ,  que  nada  producían  para 
satisfacer  la  deuda  colombiana. 

Con  estos  y  otros  argumentos ,  tomó  la  cuestión  una  acrimo- 
nia inusitada  en  la  cámara  de  representantes.  Díjose  que  el  po- 
der ejecutivo  habia  procedido  inconstitucional  mente  en  el  nom- 
bramiento de  su  ministro  Pombo,  porque  no  lo  hizo  con  acuerdo 
y  consentimiento  del  consejo  de  Estado;  lo  que  era  verdad. 
Hubo  votaciones  en  que  los  diputados  así  lo  decidieran ,  por  lo 
cual  se  desorganizó  por  algunos  dias  la  administración  grana- 
difl^á  causa  de  la  renuncia  que  hicieron  de  sus  destinos ,  el 
22  de  marzo,  los  tres  secretarios  de  Estado,  Pombo,  Soto  y  An- 
tonio Obando.  Después  de  largas  y  acaloradas  discusiones,  que 
duraron  quince  dias ,  la  convención  de  23  de  diciembre  fué  re- 
chazada en  la  cámara  de  representantes  por  una  gran  mayoría 

TOMO  IV.  37 


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578  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

(abril  9).  Los  fundamentos  que  ántes  adujimos  contra  la  divi- 
sión de  la  deuda,  de  la  manera  que  se  hizo;  la  fuerte  oposición 
que  hallaba  el  gobierno  de  Santander  ya  en  el  último  año  de 
su  período ;  el  resentimiento  de  muchos  Granadinos  contra  el 
congreso  de  Venezuela ,  porque  habia  negado  su  aprobación  al 
tratado  de  límites  con  la  Nueva  Granada  :  hé  aquí  los  motivos 
de  aquella  negativa. 

El  congreso  y  el  poder  ejecutivo  de  la  Nueva  Granada  juzga- 
ron que  este  rechazo  era  definitivo.  En  consecuencia ,  el  último 
excitó  á  los  gobiernos  de  Venezuela  y  del  Ecuador  para  que  se 
congregáran  sus  ministros  plenipotenciarios  en  alguna  de  las 
ciudades  que  indicaba,  á  negociar  un  nuevo  tratado.  El  presi- 
dente del  Ecuador  convino  en  la  necesidad  de  la  medida;  pero  el 
de  Venezuela  propuso  que  en  la  próxima  reunión  del  congreso 
granadino  se  le  sometiera  nuevamente  la  misma  convención. 

Año  de  1837. — Era  una  oportunidad  favorable  para  tal  pro- 
cedimiento la  de  haber  cesado  la  administración  del  general 
Santander,  reemplazada  por  la  del  nuevo  presidente  doctor  José 
Ignacio  Márquez.  Esta  por  consiguiente  podia  contar  en  las  cá- 
maras legislativas  con  la  mayoridad  que  le  habia  elevado  á  la 
silla  presidencial.  Confiando  el  ejecutivo  en  tan  sólido  apoyo , 
dirigió  (abril  6}  al  congreso  un  mensaje  pidiéndole  que  fundára 
el  crédito  público  de  la  Nueva  Granada.  Proponíale  como  base 
primordial  para  conseguirlo  ,  que  examinára  nuevamente  y  que 
aprobárala  convención  del  23  de  diciembre  de  4834.  En  efecto, 
el  congreso  asintió  á  la  propuesta ;  en  el  mes  de  mayo  aprobó 
dicha  convención,  y  puso  al  gobierno  granadino  en  aptitud  de 
ratificarla.  Contribuyó  también  á  este  fin  el  que  la  opinión  pú- 
blica era  ya  favorable  al  tratado  sobre  división  de  la  deuda , 
pues  gran  número  de  los  Granadinos  influentes  creían  entónces 
que  sería  mejor  terminar  cuestiones  desagradables  con  Vene- 
zuela, aun  cuando  se  hicieran  algunos  sacrificios  por  la  Nueva 
Granada. 

Obtenido  apénasete  resultado ,  se  supo  oficialmente  que  el 
congreso  del  Ecuador  habia  aprobado  también  la  referida  con- 
vencion  en  13  de  abril.  El  doctor  Francisco  Marcos  obtuv^Wíf 
consecuencia  el  nombramiento  de  ministro  plenipotenciario 
cerca  de  la  Nueva  Granada ;  él  se  puso  inmediatamente  en  ca- 
mino para  Bogotá.  Era  el  objeto  de  esta  misión  acelerar  el  arreglo 
definitivo  de  Tos  negocios  colombianos. 


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CAPÍTULO  XX.  579 

Año  de  4838.  — El  poder  ejecutivo  de  Venezuela  había  nom- 
brado con  el  mismo  carácter  al  señor  Santos  Michelena,  que 
tan  bien  desempeñó  su  comisión  anterior.  Ambos  ministros 
llegaron  á  Bogotá ,  y  fueron  reconocidos  en  los  meses  de  enero 
y  febrero  por  el  gobierno  granadino.  En  consecuencia  se  realizó 
en  22  de  febrero  el  triple  canje  de  las  ratificaciones  de  la  con- 
vención de  4834 ,  en  virtud  de  haberse  accedido  á  ella  por  parte 
del  gobierno  ecuatoriano. 

En  seguida  el  poder  ejecutivo  de  la  Nueva  Granada  nombró 
al  doctor  Rufino  Cuervo  para  su  ministro  plenipotenciario.  Es- 
tando así  completo  el  número  ,  la  comisión  colombiana  de  mi- 
nistros se  instaló  en  Bogotá  el  25  de  abril,  para  ejercer  las  fun- 
ciones expresadas  en  la  convención  de  23  de  diciembre. 

Como  esta  en  su  artículo  27  decía,  —  «  que  los  gobiernos 
de  las  tres  repúblicas  acordáran  las  medidas  mas  conducentes 
para  liquidar  y  cobrar  los  créditos  activos  de  Colombia ,  »  la 
comisión  de  ministros  firmó  en  16  de  noviembre  otra  conven- 
ción en  forma  de  protocolo ,  que  aprobaron  y  ratificaron  debida- 
mente las  partes  contratantes.  Encargóse  por  ella  á  los  minis- 
tros ó  agentes  de  las  tres  repúblicas  la  liquidación  y  cobro  de 
mas  de  dos  millones  y  medio  de  pesos  que  las  casas  de  B.  Goldsh- 
midt  y  Herring ,  Graham  y  Powles  quedaron  debiendo  á  la 
República  por  los  empréstitos  de  4822  y  4824,  así  como  cuales- 
quiera otras  deudas  que  resultáran  á  su  favor.  La  liquidación 
de  lo  que  debían  y  aun  adeudan  á  Colombia  las  repúblicas  del 
Perú  y  Bolivia,  por  los  auxilios  que  les  prestára  á  fin  de  con- 
seguir su  Independencia ,  se  encargó  al  ministro  que  nombrase 
el  gobierno  de  la  Nueva  Granada.  Practicadas  que  fueran  las  li- 
quidaciones ,  y  asegurado  el  cobro  del  saldo  que  resultára ,  los 
encargados  de  estos  arreglos  debían  dar  cuenta  á  los  gobiernos 
de  las  tres  repúblicas,  para  que  cada  una  dispusiera  como  tu- 
viese por  conveniente  de  la  parte  que  le  tocase  conforme  á  las 
bases  acordadas  en  la  convención  de  23  de  diciembre  de  4834. 
En  la  misma  proporción  se  debían  distribuir  los  gastos  que  se 
impendieran  en  la  liquidación  y  cobro  de  todos  los  créditos 

de  Colombia ;  pero  el  gobierno  granadino  se  comprometió 
á  supür  los  fondos  necesarios  para  los  gastos  que  se  hicieran  en 
las  misiones  diplomáticas  al  Perú  y  Bolivia ,  destinadas  á  los 
indicados  objetos. 
Año  de  1839.  —  La  comisión  colombiana  arremetió  desde  su 


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580  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

instalación  la  empresa  harlo  difícil  de  liquidar  los  créditos  pa- 
sivos de  Colombia ,  y  de  oir  tanto  las  reclamaciones  individuales, 
como  las  que  presentaran  las  naciones  extranjeras,  sobre  expo- 
liaciones hechas  á  sus  súbditos  por  los  corsarios  de  Colombia, 
las  que  debia  decidir  ó  transigir  según  justicia  y  equidad. 
Auxiliada  por  otras  comisiones  subalternas  que  se  crearon  en 
la  Nueva  Granada ,  en  el  Ecuador  y  en  Venezuela ,  pudo  con- 
cluir sus  principales  tareas.  Los  ministros  plenipotenciarios  traba- 
jaron con  asiduidad  é  inteligencia,  y  sobre  todo  con  una  armonía 
que  hará  siempre  honor  á  su  tino ,  prudencia  y  circunspección. 
Ninguna  cuestión  desagradable  se  suscitó  entre  las  tres  repú- 
blicas hermanas  sobre  la  división  de  los  créditos  pasivos  de 
Colombia.  Terminóse  esta  operación  el  16  de  mayo  de  1839. 

La  distribución  que  se  hizo  de  la  deuda  extranjera  fué  de 
seis  millones  seiscientas  ochenta  y  ocho  mil  novecientas  cin- 
cuenta libras  esterlinas  de  capital ,  que  á  cinco  pesos  la  libra 
esterlina  son  34,065,000.  Aproximadamente  los  intereses  cor- 
ridos sobre  esta  deuda  extranjera  desde  los  respectivos  contratos 
de  empréstito,  hasta  el  31  de  diciembre  de  1838,  ascendían  á 
veinte  y  nueve  millones  cuatrocientos  cincuenta  mil  pesos. 

La  deuda  interior  ó  doméstica  (mayo  16)  en  sus  diferentes 
ramos  ascendía  en  capital  el  31  de  diciembre  de  1829  á  veinte 
y  cinco  millones  trescientos  veinte  y  seis  mil  diez  y  siete 
pesos  noventa  y  ocho  centesimos.  Sus  intereses  aproximados 
no  bajaban  en  31  de  diciembre  de  1838  de  catorce  millones  qui- 
nientos cincuenta  y  siete  mil  doscientos  sesenta  y  ocho  pesos 
setenta  centésiraos. 

Conforme  á  la  división  de  capitales  que  hizo  la  comisión  co- 
lombiana de  ministros ,  cupieron  á  la  Nueva  Granada,  por  sus 
cincuenta  unidades ,  veinte  y  nueve  millones  seiscientos  no- 
venta y  cinco  mil  quinientos  ocho  pesos  noventa  y  nueve 
centesimos.  Tocaron  á  Venezuela,  por  sus  veinte  y  ocho  y  média 
unidades,  diez  y  seis  millones  novecientos  veinte  y  seis  mil  cua- 
trocientos cuarenta  pesos  doce  centésimos.  En  fin ,  correspon- 
dieron al  Ecuador,  por  sus  veinte  y  una  y  média  unidades,  doce 
millones  setecientos  sesenta  y  nueve  mil  sesenta  y  ocho 
ochenta  y  siete  centésimos.  Estas  diferentes  porciones  hacen 
montar  el  capital  oavidido  entre  las  tres  repúblicas  á  cincuenta 
y  nueve  millones  trescientos  noventa  y  un  mil  diez  y  siete  pesos 
noventa  y  ocho  centésimos. 


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CAPÍTULO  XX.  í>8! 

Según  lo  que  hemos  dicho ,  la  suma  total  aproximada  de  los 
intereses  corridos  hasta  el  31  de  diciembre  de  4838 ,  tanto  de 
la  deuda  extranjera  como  de  la  doméstica ,  ascendió  á  cuarenta 
y  cuatro  millones  siete  mil  doscientos  sesenta  y  ocho  pesos  se- 
tenta centésimos.  De  esta  suma  tocaron  á  la  Nueva  Granada , 
conforme  á  las  liquidaciones  que  debían  hacer  sus  mismas  ofi- 
cinas, veinte  y  dos  millones  tres  mil  seiscientos  treinta  y  cuatro 
pesos  treinta  y  cinco  centésimos ;  á  Venezuela  doce  millones 
quinientos  cuarenta  y  dos  mil  setenta  y  un  pesos  cincuenta  y 
ocho  centésimos;  y  al  Ecuador  nueve  millones  cuatrocientos 
sesenta  y  un  mil  quinientos  sesenta  y  dos  pesos  setenta  y  siete 
centésimos.  Por  consiguiente  la  deuda  por  capital  é  intereses 
que  tocó  á  la  Nueva  Granada  fué  de  cincuenta  y  un  millones 
seiscientos  noventa  y  nueve  mil  ciento  cuarenta  y  tres  pesos 
treinta  y  cuatro  centésimos ;  la  de  Venezuela  ascendió  á  veinte 
y  nueve  millones  cuatrocientos  sesenta  y  ocho  mil  quinientos 
once  pesos  setenta  centésimos ;  en  fin ,  la  del  Ecuador  fué  de 
veinte  y  dos  millones  doscientos  treinta  mil  seiscientos  treinta 
y  un  pesos  sesenta  y  cuatro  centésimos.  Las  tres  partidas  as- 
cienden á  ciento  tres  millones  trescientos  noventa  y  ocho  mil 
doscientos  ochenta  y  seis  pesos  sesenta  y  ocho  centésimos  (i). 


(1)  El  pormenor  de  la  división  de  la  deuda  que  hemos  tomado  de  docu- 
mentos oficiales  es  como  sigue  : 

Qeuda  extranjera.        Total  en  pésol. 

Empréstito  de  1822    2,000,000  » 

Empréstito  de  1824  (»)   4,750,000  » 

Id.       de  Méjico  sin  interés.    .    .         63,000  » 

6,813,000  .      34,065,000  . 

Deuda  doméstica. 

Consolidada  al  cinco  por  ciento.    .    .    .  5,359,255  74 

Consolidable  á         id   331,086  06 

Consolidada  al  tres  por  ciento.    .    .    .  6,936,707  18 

Consolidable  á  id   2,821,328  90 

Deuda  flotante   5,956,204  60 

(■Bfeorerías   3,639,771  » 

Reconocimientos  de  liquidación.   .    .    .        281,665  50     25,326,018  98 

Monto  de  los  capitales.    .    .    .     59,391,018  98 


(1)  En  este  empréstito  se  habían  amortiiado  m.OBO  libras  «tarimas  ,  lo  que  dismiony* 


su 


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582  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Cada  una  de  las  tres  repúblicas  había  amortizado  parte  de 
esta  deuda.  La  amortización  hecha  por  la  Nueva  Granada  era 
de  tres  millones  novecientos  cincuenta  y  nueve  mil  novecientos 
treinta  y  cinco  pesos  treinta  y  ocho  centésimos.  Casi  la  misma 
suma  habia  amortizado  Venezuela ,  y  era  muy  corta  la  amorti- 
zación hecha  por  el  Ecuador. 

Hé  aquí  la  terminación  de  los  negocios  colombianos ,  des- 
pués de  haberse  disuelto  Colombia  (mayo  16).  Esta  república, 
semejante  a  la  de  Roma ,  debió  su  origen  á  guerrilleros  auda- 
ces á  quienes  los  Españoles  llamaron  bandidos,  los  que  vagando 
en  las  dilatadas  llanuras  del  oriente  de  Venezuela,  se  burlaron 
del  poder  de  la  España  con  la  lanza  y  el  caballo.  Reunidos  luego 
bajo  el  mando  de  ilustres  y  denodados  jefes,  entre  los  cuales 
descollára  Bolívar  como  el  primero ,  ocupan  la  Guayana  espa- 
ñola, triunfan  en  Boyacá ,  se  apoderan  de  la  Nueva  Granada,  y 
la  república  de  Colombia  se  levanta  majestuosa ,  desde  las  sel- 
vas antiguas  del  Orinoco.  Esta  brillante  creación  de  Bolívar  y 
de  Zea,  de  Páez  y  de  Mariño,  de  Arismendi,  Bermúdez,  Mo- 
nágas,  Soublette,  Santander,  Sucre,  y  de  tantos  otros  benemé- 
ritos patriotas  que  con  su  espada  ó  sus  consejos  presidieron  á 
su  nacimiento  levantándola  en  sus  brazos ,  tiene  un  crecimiento 

Viene.    .    .    .    59,391,018  98 

Intereses  aproximados  corridos  hasta  31  de 
diciembre  de  1838. 

De  la  deuda  extranjera   29,450,000  * 

De  la  interior  al  cinco  por  ciento.  .  .  5,493,206  50 
De  id.  al  tres  por  ciento.  .  .  4,266,074  70 
Flotante  y  de  tesorerías   4,797,987  50     44,007,268  70 

Total.    .    .    .  103,398,287  68 

División. 

Á  la  Nueva  Granada  por  cincuenta  unida- 
des de  capital   29,695,508  99 

Á  id.  por  intereses.  .  .  .  22,003,635  35-  51,699,144  34 
Á  Venezuela,  capital  28  1/2  unidades.    .    16,926,440  12 

Á      id.      por  intereses  12,542,071  58  29,468,511  70 

Al  Ecuador,  capital  21  1/2  unidades.    .    12,769,068  87 

k     id.     por  intereses.                         9,461,562  77  22,230,631  64 

Suma  igual.    .    .    .    108,398,287  68 


CAPÍTULO  XX. 


583 


precoz ,  y  casi  desde  sus  primeros  dias  se  presenta  en  el  rango 
de  las  naciones  orlada  su  frente  con  los  laureles  de  la  victoria , 
y  esclarecida  con  los  triunfos  de  sus  fundadores.  Ella  liberta 
luego  su  territorio  venciendo  al  león  de  Iberia  en  Boyacá ,  Ca- 
rabobo,  Cartagena,  Pichincha, y,  cual  otra  Roma  después  déla 
conquista  de  la  Italia ,  se  lanza  mas  allá  de  sus  riberas ,  no  para 
esclavizar ,  sino  para  libertar  á  sus  hermanos  oprimidos  en  el 
antiguo  imperio  de  los  Incas.  Dirigidas  sus  huestes  por  Bolívar, 
el  primer  caudillo  de  la  América,  triunfaron  en  Junin,  y  en 
Ayacucho  Sucre  las  condujo  á  la  victoria.  En  consecuencia  la 
bandera  colombiana  flamea  hasta  en  las  cimas  argentíferas  de 
los  Andes  del  Potosí,  dando  nacimiento  á  dos  repúblicas,  afian- 
zando para  siempre  la  Independencia  de  la  América  del  Sur. 
Mas  Colombia  sobrevive  muy  poco  á  tan  espléndidos  triunfos 
(mayo  16).  Debilitada  por  los  grandes  esfuerzos  que  le  costaran 
sus  victorias ;  mal  gobernada  por  su  extensión,  por  la  fragosidad 
de  sus  caminos ,  por  la  guerra ,  y  por  algunos  vicios  de  sus  insti- 
tuciones y  de  sus  leyes  orgánicas ;  conmovida  por  las  pasiones 
exaltadas ,  por  los  partidos  enconados  y  por  la  indisciplina  de 
sus  tropas ,  Colombia  desaparece  del  catálogo  de  las  naciones , 
desgarrado  su  seno  por  sus  mismos  hijos :  ella  baja  al  sepulcro 
casi  á  la  par  con  su  Libertador,  dejando  en  pos  de  sí  huellas 
luminosas  cual  metéoro. 


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APÉNDICE. 


NOTAS  ILUSTRATIVAS 

DEL  TOMO  CUARTO 

DE  LA  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


nota  t».—  Página  M. 

El  doctor  don  Manuel  Lorenzo  Vidaurre,  Peruano  célebre  desde  el 
tiempo  del  gobierno  español  por  sus  extravagantes  inconsecuencias 
de  toda  clase,  fué  desde  esta  época  uno  de  los  mas  encarnizados 
enemigos  del  Libertador,  cuya  reputación  procuró  mancillar  por 
cuantos  medios  estuvieron  a  su  alcance.  Antes  fué  acaso  el  mas  bajo 
de  sus  aduladores,  y  la  siguiente  anécdota,  que  copiamos  de  un  pe- 
riódico contemporáneo,  da  la  medida  de  su  abyección. 

a  En  un  baile  que  se  dió  en  Lima,  y  á  que  habia  concurrido  el 
Libertador,  Vidaurre  se  colocó  delante  de  S.  E.  (causa  vergüenza 
referirlo)  en  cuatro  pies,  y  le  dirigió  estas  palabras  :  Señor,  ante  el 
H^^superior  de  los  hombres,  no  creo  deber  ni  poder  presentarme 
sino  en  esta  posición.  Hónreme  S.  E.  dejando  sentir  su  planta  bien- 
hechora sobre  mis  espaldas.  »  —  ¿  Qué  caso  podría  hacerse  de  los 
dicterios  que  desde  este  tiempo  lanzara  contra  Bolívar  un  hombre 
tal  como  Vidaurre? 


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586 


HISTORIA  DE  COLOMBIA 


Noto  ti.  -  Página  18. 

En  1 5  de  diciembre  anterior  llamó  el  secretario  de  la  guerra  Hérez 
al  general  Lara,  y  le  previno  que  estuviera  vigilante,  porque  se  ha- 
bía denunciado  al  gobierno  peruano  que  los  cuerpos  de  la  división 
colombiana  proyectaban  una  insurrección  contra  sus  jefes,  y  quo 
estaban  decididos  á  tomarla  escarapela  del  Perú.  En  consecuencia  de 
este  aviso  se  recibieron  alguuas  declaraciones,  y  el  resultado  fué  que 
el  teniente  granadino  Mariano  Castillo ,  según  ántes  indicamos,  se 
había  propuesto  exaltar  la  rivalidad  entre  Venezolanos  y  Granadinos 
para  conseguir  por  este  medio  insurreccionar  los  batallones.  Seme- 
jante proyecto ,  cuyos  promotores  se  juzgaron  incapaces  de  conse- 
guirlo, pareció  que  no  podría  tener  resultado  alguno,  y  se  terminó 
por  Lara  con  una  órden  general  encargando  la  concordia. 


Moto  *».  —  Página  26. 

Hay  una  proclama  de  Bustamante  á  los  Colombianos  del  sur,  que 
este  imprimió  en  Lima,  suponiéndola  dada  á  bordo  del  bergantín 
Congreso  el  26  de  febrero,  en  la  que  anuncia  el  regreso  de  la  tercera 
división;  por  consiguiente, era  ya  una  cosa  acordadacon  el  gobierno 
del  Perú  desde  ántes  que  se  le  pasára  el  citado  oficio,  y  por  inadver- 
tencia délos  directores  de  Bustamante  dejaron  de  corregir  aquel  ana- 
cronismo, que  es  harto  significativo.  En  26  de  febrero  Bustamante  se 
hallaba  en  la  Magdalena. 


Noto  o».  —  Página  44. 

El  primer  obispo  nombrado  por  Su  Santidad  fué  el  doctor  Buena- 
ventura Arias ,  auxiliar  de  la  diócesis  de  Mérida  de  Maracáibo.  Si- 
guieron después  en  mayo  de  este  aflo  los  doctores  Fernando  Caicedo 
y  Ramón  Ignacio  Méndez  para  los  arzobispados  de  Bogotá  y  de 
cas.  Para  obispo  de  Quito  nombró  al  doctor  Manuel  Sántos  Escobar,, 
quien  ya  habia  muerto;  —  para  Cuenca  al  doctor  Calixto  Miranda ; 
—  para  Santamaría  al  doctor  José  María  Estéves, —  y  para  Antióquia 
á  su  primer  obispo  Fr.  Mariano  Gainica,  de  la  órden  de  Predicadorti. 


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NOTAS  ILUSTRATIVAS.  587 

Todos  estos  prelados  recibieron  el  pase  de  sus  bulas  bajo  de  las  mis- 
mas protestas  con  que  lo  daba  el  consejo  de  Indias  en  tiempo  del 
gobierno  español ,  salvando  así  los  derechos  de  la  potestad  civil ; 
tampoco  se  permitió  que  prestáran  los  electos  el  juramento  de  ciega 
obediencia  al  papa. 


Mota  a*.  —  Página  47. 
Hé  aquí  estos  cuadros  importantes  : 

ESTADO  GENERAL 
De  las  rentas  y  gastos  de  Colombia,  para  el  alto  económico  de  1817  á  1818. 

Los  productos  de  las  rentas  públicas  de  Colombia  desde  30  de  ju- 
nio de  1825  á  la  misma  fecha  de  4826,  fueron  los  siguientes  : 

Aduanas   5,688,019  4 

Casas  de  moneda.   142,454  4 

Quintos  y  fundición  de  metales  .   .   .       37,277  3       479,428  7 

Estanco  de  tabaco   800,518  5 

—  de  pólvora   26,586  6 

—  de  aguardiente   16,438  7       843,544  2 

Correos   1 1 1 ,659  4 

Salinas   215,333  3 

Diezmos   258,199  4 

Tributos  de  Indios   138,067  7 

Alcabalas   78,598  »       801,858  2 

Bodegas  del  Estado   2,277  7 

Papel  sellado   62,294  3 

Contribuciones  directas   144,168  5 

Venta  de  tierras  baldías   3,182  3 

Aprovechamientos  varios   49,505  6  261,429 

Derechos  de  vendutas   2,314  2 

Hospitalidades   10,110  7 

Confiscaciones  várias   40,364  3 

Pr^ju^ps  varios   13,521  i 

Ramos  ajenos   174,531  4 

Masa  común  de  hacienda   980,828  7 

Existencia  del  año  anterior   ....  232,622  7     i  ,454,293  7 

Reñías  ordinarias.    .    .    .     9,228,573  3 


- 


:¡88 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Viene. 


9,228,573  3 


Rentas  extraordinarias. 

Empréstitos   2,691,412  » 

Reintegros  al  erario   72,871  6 

Contribuciones  extraordinarias  .    .    .  35,001  » 

Donativos   3,904  5 

Depósitos   97,083  4 

Deudas  cobradas   24,536  4 


2,924,809  3 


Total   12,153,382  6 

Gastos. 


En  el  departamento  de  relaciones  exte- 
riores  

En  el  departamento  del  interior. 

—  de  guerra  . 

—  de  marina  . 

—  de  hacienda 
Interes  de  la  deuda  exterior  .  . 
Para  un  fondo  de  amortización  . 


Sobrante 


69,369  7 
526,886  4 

4,307,797  5 
912,721  » 
579,047  » 

1,800,000  » 
300,000  » 


8,495,822  » 
3,657,560  6 


Otra  comparación. 

Rentas  ordinarias  (1)   9,228,573  3 

Gastos  ordinarios   8,495,822  » 

Sobrante   733,751  3 

Este  sobrante  desaparecía  si  en  el  año  se  armaba  y  sostenía  toda 
la  marina.  Entónces  costaría  esta  2,026,422  6;  por  consiguiente  ha- 
bría un  déficit  de  380,950  3. 


(1)  Creemos  que  este  producto  era  estimado  ó  por  cálculos  de  aproxima- 
ción en  gran  parte  :  lo  juzgamos  exagerado,  y  en  nuestra  opinión  las  ren- 
tas ordinarias  de  Colombia  jamas  excedieron  de  siete  millones  de  pesos ,  j 
acaso  ménos. 


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NOTAS  ILUSTRATIVAS.  589 
ESTADO  GENERAL 

- 

De  la  población  de  Colombia,  según  el  censo  formado  por  órdenes  del  poder  ejecutivo  en  l8is 

Departamentos  de  l'enezuela. 

Provincias.  Esclavos.       Hombres      Totales  Totales  Nombres 

libres,   de  provincias.      de  departa-      de  estos. 

Margarita   423      14,265  14,690 

Cumaná   4,963      33,211  35,174 

Barcelona   993      35,154   36,147      86,011  Maturin. 

Guayana   50      16,260  16,310 

Apure   197      22,136  22,333 

Barínas   1,586      85,593   87,179    125,822  Orinoco. 

Caracas   30,534    136,432  166,966 

Carabobo   9,651     150,223  159,874    326,840  Venezuela. 

Maracáibo  ....  993  24,051  25,044 

Coro   1,326  20,352  21,678 

Trujillo   1,226  31,325  32,551 

Mérida   1,14*  40,543  41,087     120,960  Zúlia. 

50,088     609,545  659,633 

Departamentos  de  la  Nueva  Granada. 

Casanare   30      19,030  19,080 

Pamplona  ....  1,118  65,008  66,126 

Socorro......  2,265  132,896  135,161 

Tunja   331  189,351  189,682    410,049  Boyacá. 

Bogotá   2,382  186,313  188,695 

Néiva   1,237  45,920  47,157 

Mariquita   896      50,443  51,339 

Antióquia  ....  4,368  99,885  104,253     391,444  CandÍBamirea. 

Cartagena  ....  4,866  115,797  120,663 
Santamaría.  .  .  .  1,629  42,766  44,395 
RifOTfta   634      11,291    11,925     176,983  Magdalena. 

Panamá   1,410      64,709  66,119 

Veraguas   286      33,680   33,966     100,085  Istmo. 


Pasa.  .  .  .    21,452    926,909  1,078,561 

J 

i 


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590  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Viene.  .  .  21,452     926,909  1,078,561 

Chocó   4,843      12,407  17,250 

Popayan   12,393      75,126  87,519 

Buenaventura  .  .  6,700      10,984  17,684 

Pasto   451      26,874   27,325     149,778  Cáuca. 


45,839  1,182,500  1,228,339 

Departamentos  del  Ecuador. 

Pichincha  ....  717  132,452  133,169 
Imbabura  ....  2,315  56,710  59,025 
Chimborazo  ...       345     115,075  115,420    307,614  Ecuador. 

Cuenca   320      76,103  76,423 

Loja   930      33,541  34,471 

JaenyMainas  .  .        »  »  »        110,894  Asuay. 

Manabí   300      17,150  17,450 

Guayaquil  ....     2,048      53,990   56,038     73,488  Guayaquil. 


6,975    485,021  491,996 
Resumen. 

Veneiuela    Nuera  Gra-      Ecuador.  Totales, 
inda. 

Hombres  libres.  .  609,545  1,182,500  485,021  2,277,066 

Esclavos   50,088      45,839     6,975  102,902 

Indio*  iidep«ii¡«ntei  .  .    26,579     144,771    32,481  203,831 

686,212  1,373,110  524,477  2,583,799 

Nota  1».  Según  los  informes  de  los  gobernadores,  este  censo  es 
bajo,  porque  los  habitantes  se  denegaban  á  ser  inscritos,  juzgando 
que  era  destinado  á  sacar  reclutas  é  impouer  contribuciones.  Cal- 
culó, pues,  el  secretario  del  interior  que  en  1 825  la  población  debia 
ser  de  dos  millones  ochocienias  mil  almas. 

2a  En  los  dos  arzobispados  y  ocho  obispados  de  Colombia  habia  mil 
seiscientos  noventa  y  cuatro  eclesiásticos  seculares,  y  mil  trescientos 
setenta  y  siete  regulares  distribuidos  en  cincuenta  y  un  conroRos 
de  varias  órdenes. 

3*  Resultaron  setecientas  ochenta  y  nueve  monjas  distribuidas  en 
treinta  y  tres  monasterios. 

4a  Los  Indios  no  civilizados  é  independientes  que  habitan  en  los 


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NOTAS  ILUSTRATIVAS.  591 

vastos  desiertos,  especialmente  del  oriente  de  Colombia,  se  pusieron 
en  los  censos  por  estimaciones  que  juzgamos  solo  aproximadas. 


lióla      —  Página  63. 

Usando  de  esta  facultad  fué  que  el  Libertador  dispuso  que  los  prin- 
cipios de  legislación  universal  no  se  ensefláran  por  las  obras  de  Je- 
remías Bentham.  Accedió  en  esto  á  los  informes  y  á  los  deseos  de 
una  gran  mayoría  de  los  padres  de  familia,  que  no  quedan  se  cor- 
rompiesen los  tiernos  corazones  de  sus  hijos  con  las  ponzoñosas  doc- 
trinas que  tienen  por  base  la  utilidad.  Los  gobiernos  y  administracio- 
nes sucesivas  se  apartaron  de  esta  saludable  disposición,  y  por 
desgracia  han  cogido  amargos  frutos  de  inmoralidad  y  corrupción 
en  la  juventud. 


Nota  t«.  —  Página  64. 

Se  ha  creido  que  el  foco  principal  de  este  terremoto  fueron  los 
volcanes  de  Huila  y  Puracé,  en  la  cordillera  que  divide  las  aguas  del 
Magdalena  y  del  Cauca;  este  rio  creció  mucho,  y  sus  aguas  quedaron 
fétidas  y  turbias.  Crecientes  de  lodo  y  de  lava  corrieron  hacia  el 
Magdalena ,  cuyas  aguas  se  enturbiaron  y  se  pusieron  hediondas 
hasta  morir  muchos  peces.  Los  cerros  se  derrumbaron ,  y  taparon 
rios  y  arrojos,  cuyas  represas  corrieron  después  con  grande  violencia, 
arrastrando  hombres,  animales  y  plantíos;  de  esta  manera  perecie- 
ron eu  Néiva  mas  de  doscientas  personas,  y  se  inutilizaron  multitud 
de  plantaciones,  especialmente  en  el  valle  de  Suaza;  este  rio  estuvo 
sin  correr  cincuenta  y  cinco  dias,  cubriendo  el  agua  dos  leguas  á  lo 
largo  del  valle,  média  de  ancho,  y  subiendo  ciento  cincuenta  varas. 
Al  fin  rompió  los  diques  el  agua,  hizo  muchos  daños,  y  esterilizó  las 
vegas  del  alto  Magdalena  con  la  tierra  no  vegetal  y  las  arenas  que 
regára  en  ellas.  Las  ciudades  de  Bogotá,  Néiva,  Popayan  y  Pasto 
fueron  las  que  mas  padecieron  con  dicho  terremoto. 


Mota  W.  —  Página  78. 

Á  pesar  de  que  sus  derechos  eran  tan  claros,  nuestro  gobierno  de 


4 


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592  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

ningún  modo  quería  tener  en  su  ejército  soldados  peruanos  ni  boli- 
vianos. Así  fué  que  desde  29  de  julio  de  este  aflo  dio  órden  para  que 
se  licenciáran  todos  los  que  existieran  en  los  cuerpos  que  formaban 
la  tercera  división,  y  en  el  batallón  Ayacucho,  órden  que  repitió 
después  al  general  Flórez. 


Mota  9»  Página  83. 

El  que  esto  escribo  tuvo  mucha  parte  en  aquella  conducta  pasiva 
por  una  delicadeza  equivocada.  Mas  ahora  conoce  que  fué  un  error 
capital  el  haber  dejado  que  el  bando  enemigo  del  gobierno  obrára  á 
sus  anchas  sin  contrarestar  sus  intrigas  eleccionarias.  Si  el  Liberta- 
dor y  sus  amigos  hubieran  empleado  el  grande  influjo  que  tenian 
>  en  Colombia,  para  que  se  nombráran  diputados  á  la  convención  ¿ 
republicanos  que  hubieran  deseado  el  establecimiento  de  una  liber- 
tad justa  y  racional,  y  no  los  excesos  de  la  demagogia,  puede  ase- 
gurarse que  la  mayoría  de  la  convención  habría  sido  favorable  á  sus 
miras.  Entónces  acaso  la  existencia  de  Colombia  se  hubiera  prolon- 
gado algunos  años  mas.  En  justicia  nada  se  puede  objetar  contra  el 
influjo  racional  del  ejecutivo  en  las  elecciones  populares ;  así  obran 
los  gobiernos  republicanos  en  los  Estados  Unidos;  lo  mismo  sucede 
en  Inglaterra ,  en  Francia ,  y  donde  quiera  que  se  ha  establecido  el 
sistema  representativo. 


Mota        —  Página  99. 

Nos  parece  que  el  proyecto  de  constitución  presenlado  por  el  doc- 
tor Castillo  y  sus  amigos  era  sencillo ;  y  mas  propio  para  Colombia 
que  el  redactado  por  Azuero  y  la  comisión.. En  el  primero  se  elegían 
los  representantes ,  uno  por  cada  cuarenta  mil  almas  con  dos  años 
de  duración,  y  los  senadores  uno  por  cada  provincia,  los  que  dura- 
ban cuatro  años.  El  presidente  y  vicepresidente  de  la  República  de- 
bían permanecer  ocho  años  en  sus  puestos,  y  al  ejecutivo  se  daban 
sus  atribuciones  naturales  para  mantener  el  órden  y  la  trauqúflGR 
en  todos  los  casos  ordinarios ,  y  facultades  mas  amplias  para  los  ex- 
traordinarios, concediéndole  un  consejo  de  Estado  con  quien  con- 
sultar en  varios  casos.  Los  miembros  del  poder  judicial  debían  per- 
manecer en  sus  destinos  por  todo  el  tiempo  de  su  buena  conducta. 


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NOTAS  ILUSTRATIVAS.  ?i93 

Ademas,  el  territorio  de  Colombia  se  dividía  en  catorce  departa- 
mentos cuyos  jefes  nombraba  el  poder  ejecutivo.  En  la  constitución 
redactada  por  Azuero  y  socios ,  se  ponían  muchas  trabas  á  la  acción 
del  gobierno  general  bajo  del  título  de  garantías  que  se  multiplica- 
ban excesivamente.  Por  cada  treinta  y  cinco  mil  almas  se  elegía  un 
representante ,  y  cada  provincia  que  tuviera  ménos  dé  cincuenta 
mil  nombraba  un  senador,  y  dos  cuando  tuviera  esta  mas  población, 
los  que  duraban  solo  tres  afios.  La  duración  del  presidente  y  vice- 
presidente de  la  República  era  de  cuatro,  y  la  de  los  miembros  del  po- 
-  der  judicial  de  seis  afios.  El  consejo  de  Estado  se  compondría  de 
siete  consejeros,  de  los  cuales  el  congreso  escogía  cuatro.  Los  de- 
partamentos, que  eran  veinte  ó  mas,  tenían  asambleas  ó  verdaderas 
legislaturas  por  sus  atribuciones;  ellas  intervenían  en  el  nombra- 
miento de  los  agentes  inmediatos  del  ejecutivo.  Así,  este  quedaba 
privado  de  sus  facultades  naturales,  y  reducido  á  una  sombra  de 
poder,  incapaz  de  regir  á  Colombia,  agitada  por  tantas  pasiones  y 
acalorados  partidos. 


Wot»  ffi.  —  Página  106. 

La  calumnia,  que  por  algunos  afios  despedazó  el  honor  del  Liber- 
tador, ha  publicado  que  fué  obra  suya  la  disolución  de  la  conven- 
ción de  Ocafia.  Podemos  asegurar  que  esto  es  falso,  y  que  Bolívar 
tuvo  siempre  el  mayor  respeto  por  los  representantes  de  la  nación, 
aunque  muchas  veces  sus  opiniones  fueran  contrarias  á  la  mayoría 
de  los  congresos.  Los  diputados  que  abandonaron  la  convención  de 
Ocafia  lo  hicieron  espontáneamente,  siguiendo  los  dictámenes  de  su 
conciencia.  Colocado  el  Libertador  en  una  posición  muy  crítica,  de- 
ploró la  disolución  como  la  mayor  calamidad  pública ;  aunque  al 
mismo  tiempo  juzgaba  que  lo  sería  igualmente  el  que  se  adoptára 
el  proyecto  de  constitución  sostenido  por  la  mayoridad  de  los  repre- 
sentantes. 


Mota  1 1».  —  Página  108. 

El  partido  exaltado  se  llamaba  á  sí  mismo  liberal ,  y  servil  al  que 
pretendía  se  diera  al  poder  ejecutivo  colombiano  toda  la  fuerza  ne- 
cesaria para  mantener  la  tranquilidad  y  el  órden  público,  ó  que 

TOMO  IV.  38 


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504  HISTORIA  DF  COLOMBIA. 

deseaba  para  nuestros  pueblos  una  libertad  racional,  la  única  que 
podian  disfrutar  sin  precipitarse  en  la  anarquía ,  a  la  que  debían 
conducirlos  las  ideas  exageradas  do  la  pura  democracia.  Viendo  los 
amigos  de  la  libertad  racional  el  abismo  en  que  íbamos  todos  á 
hundirnos  por  el  acaloramiento  á  que  habían  llegado  los  dos  parti- 
dos, que  desde  t826  dividían  la  República ;  el  uno  á  cuyo  frente  se 
hallaba  el  Libertador,  y  el  otro  dirigido  por  el  general  Santander,  y 
que  la  convención  de  Ocaña  en  vez  de  curar  los  males  debia  empeo- 
rarlos, si  acordaba  una  constitución  dictada  por  el  segundo  partido, 
juzgó  que  para  mantener  la  hermosa  unión  colombiana,  y  encadenar 
la  fiera  anarquía,  no  habia  otro  remedio  que  poner  el  gobierno  su- 
premo del  Estado  en  manos  del  Libertador  con  facultades  ilimitadas. 
Los  pueblos  del  sur,  varios  de  la  Nueva  Granada  y  el  departamento 
del  Zúlia  se  las  habían  conferido  desde  1826,  época  en  que  no  tuvo 
por  conveniente  aceptarlas.  Los  departamentos  de  Venezuela,  Matu- 
rin  y  Orinoco,  por  multitud  de  actas  dirigidas  á  la  convención  de 
Ocaña,  manifestaron  igualmente  su  opinión  sobre  lo  mismo,  así 
como  algunos  otros  pueblos  del  Ecuador.  Por  tales  actos  y  por  mu- 
chos otros  de  naturaleza  privada,  fué  que  los  promovedores  de  la 
memorable  acta  de  Bogotá  acordada  en  13  de  junio,  y  los  que  se 
adhirieron  á  ella  en  toda  la  República ,  concedieron  al '  Libertador 
cuantas  facultades  fueran  necesarias  para  reorganizar  á  Colombia,  y 
por  el  tiempo  que  las  juzgára  convenientes.  Estaban  seguros  de  que 
Bolívar,  cuyas  opiniones  liberales  eran  harto  conocidas  en  el  curso 
de  su  larga  carrera  pública,  no  retendría  el  mando  mas  allá  del 
tiempo  absolutamente  necesario.  Injustamente,  pues,  se  ha  llamado 
serviles  á  los  que  promovieron  y  acordaron  las  actas  de  facultades 
extraordinarias.  Ellos  querían  para  los  pueblos  de  Colombia  la  liber- 
tad que  pueden  soportar  nuestros  esclavos ,  nuestros  Indios,  nuestros 
artesanos  y  nuestros  agricultores  diseminados  en  vastas  soledades, 
clases  que  componen  los  ocho  décimos  de  la  población.  Para  estos, 
hablarles  de  los  derechos  del  hombre  y  no  de  sus  obligaciones  so- 
ciales, era  y  aun  es  libarles  un  veneno  mortal :  creían  que  soste- 
niéndose la  unión  colombiana  y  la  tranquilidad  pública  por  la  mano 
fuerte  y  el  influjo  de  Bolívar,  vendría,  cuando  mas  dentro  de  un 
aüo  de  este  gobierno,  esencialmente  provisional,  una  época  maW^ 
en  que  se  constituyera  Colombia,  asegurando  á  los  pueblos  la  liber- 
tad, la  igualdad  legal ,  la  propiedad  y  una  recta  é  imparcial  admi- 
nistración de  justicia.  Los  que  pensaban  y  obraron  de  esta  manera, 
que  fué  la  mayoridad  de  los  Colombianos ,  pudieron  equivocarse 


« 


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NOTAS  ILUSTRATIVAS.  *  595 

como  frecuentemente  sucede  en  los  cálculos  políticos,  fundados  por 
lo  común  en  elementos  tan  variables;  pero  ellos  amaban  la  libertad, 
y  les  pareció  mas  seguro  obtenerla  por  aquel  remedio  transitorio, 
que  adoptando  las  teorías  inaplicables  á  nuestros  pueblos,  que  los 
llamados  liberales  pretendían  imponerles  contra  su  voluntad.  Ambos 
partidos  deseaban  una  misma  cosa,  la  libertad,  y  querían  conse- 
guirla siguiendo  caminos  diferentes.  Nos  parece  que  con  una  ú  otra 
excepción  las  intenciones  de  los  dos  partidos  fueron  puras. 

El  que  esto  escribe  tuvo  alguna  parte  en  aquellos  sucesos,  tanto 
en  clase  de  particular,  como  en  la  de  presidente  del  consejo  de  go- 
bierno; así  espera  de  la  indulgencia  pública,  que  se  le  permita 
aquesta  rápida  justificación  de  su  conducta  y  de  la  de  otros  muchos 
ciudadanos ,  patriotas  estimables  y  verdaderamente  liberales. 


Nota  13».  —  Página  121. 

En  seguida  ponemos  los  decretos  del  Libertador  dictados  en  virtud 
de  sus  facultades  extraordinarias  para  juzgar  á  los  conspiradores.  Á 
su  lado  se  verán  los  que  sirvieron  de  tipo  expedidos  por  el  vicepre- 
sidente de  Colombia  general  Santander.  Es  muy  importante  su  com- 
paración para  responder  á  mil  calumnias  y  acusaciones.  Su  texto 
auténtico  es  como  sigue  : 


DECRETO  DEL  LIBERTADOR. 

Simón  Bolívar,  Libertador  pre- 
sidente de  la  República  de  Co- 
lombia, etc.,  etc.,  etc., 

Usando  de  las  facultades  ex- 
traordinarias que  concede  al  po- 
der ejecutivo  el  artículo  128  de 
la  constitución  en  los  casos  de 
conmoción  interior  á  mano  ar- 
ó  de  invasión  exterior,  las 
que  he  declarado  corresponderrae 
por  decreto  de  ayer;  oido  el  dic- 
tamen del  consejo  de  gobierno,  y 
considerando  ser  de  absoluta  ne- 


DECRETO  bEL  VICEPRESIDENTE. 

Francisco  de  Paula  Santander, 
general  de  división,  vicepresi- 
dente de  la  República,  encargado 
del  poder  ejecutivo,  etc.,  etc., 

Usando  de  las  facultades  ex- 
traordinarias que  me  atribuye  la 
ley  en  tiempo  de  guerra,  y  con 
vista  del  decreto  de  22  de  octu- 
bre expedido  en  Maracáibo  por  el 
general  en  jefe  del  ejército  expe- 
dicionario, he  venido  en  decre- 
tar^ 


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5%  HISTORIA  DB  COLOMBIA. 

cesidad  prescribir  trámites  breves 
y  seguros  para  que  sean  castiga- 
dos pronta  é  irremisiblemente 
todos  los  traidores  y  conspirado- 
res contra  el  gobierno  de  la  Re- 
pública, lo  que  no  se  puede  con- 
seguir si  los  procesos  siguen  el 
curso  ordinario  de  las  leyes,  con- 
formo lo  acredita  la  experiencia, 


DECRETO  .* 

Art.  i°.  Los  juicios  contra  los 
traidores,  conspiradores  y  demás 
abajo  expresados,  serán  sumarios  : 
ellos  corresponderán  privativa- 
mente, y  sin  que  valga  fuero  al- 
guno en  contrario,  a  los  coman- 
dantes geueráles  de  los  departa- 
mentos, ó  á  los  comandantes  de 
armas;  y  donde  no  los  haya,  á 
los  gobernadores  de  provincia.  La 
sentencia  se  pronunciará  con  dic- 
támen  del  auditor,  y  por  su  falta 
con  el  de  un  asesor,  y  será  ejecu- 
tada inmediatamente. 

Art.  2o.  La  pena  de  los  traido- 
res y  de  los  conspiradores  que 
abajo  se  expresarán,  será  la  de 
muerte  y  confiscación  de  bienes 
á  favor  del  Estado.  Se  exceptúan  : 
primero,  la  dolé  y  gananciales, 
queserándelamujer,siempre  que 
resulte  inocente;  segundo,  el  ter- 


DECRETO 


Art.  \°.  Queda  revocado  desde 
hoy  el  decreto  de  30  de  setiembre 
del  año  pasado,  que  habla  de  cons- 
piradores. 


Art.  2o.  Los  conspiradores  con- 
tra el  sistema  actual  de  la  Repú- 
blica y  su  gobierno  serán  casti- 
gados precisamente  con  pena  de 
muerte,  y  sus  bienes  distribuidos 
en  el  modo  que  prescribe  el  artí- 
culo Io  del  citado  decreto  do  30  de 
I  setiembre  (1). 


(1)  Dice  lo  siguiente  :  «  Art.  1°.  Los  conspiradores  contra  la  Hepii 
sea  que  se  propongan  someterla  nuevamente  al  yugo  español ,  ó  trastorna! 
su  actual  forma,  serán  desterrados  perpetuamente  de  la  provincia  de  su 
vecindario,  y  confinados  á  los  lugares  que  se  estimen  convenientes,  según 
la  gravedad  de  su  crimen  y  la  especie  de  conspiración  que  intentaren ,  y 
sus  bienes  serán  aplicados  al  Estado ,  si  no  tuvieren  hijos  y  mujer.  Si  tu- 


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NOTAS  ILUSTRATIVAS. 


597 


cío  y  quinto  de  los  bienes,  que 
serán  de  los  hijos  ó  de  otros  he- 
rederos forzosos,  cuando  los  haya 
inocentes. 

Art.  3o.  Son  traidores  :  primero, 
todos  los  que  residiendo  en  el  ter- 
ritorio de  Colombia  toman  las  ar- 
mas á  favor  de  una  potencia  ex- 
tranjera^ los  que  hacen  la  guerra 
y  deponen  de  hecho  á  cualquiera 
autoridad  constituida  por  el  go- 
bierno de  la  República;  segundo, 
los  que  aconsejan ,  auxilian  ó  fo- 
mentan la  rebelión;  tercero,  los 
que  tengan  correspondencia  con 
los  enemigos,  ya  permanezcan 
estos  dentro  ó  ya  fuera  de  la  Re- 
pública, y  los  que  circulen  pape- 
les seductores  de  los  mismos  ene- 
migos. 

Art.  4o.  Son  conspiradores  de 
primera  clase  y  deben  sufrir  la 
pena  del  artículo  2o  :  primero, 
todos  los  que  secretamente  so 
reúnan  ó  coliguen,  ya  en  favor 
de  los  enemigos  de  la  República, 
y  ya  contra  su  gobierno  ó  auto- 
ridades constituidas;  segundo, los 
que  aconsejen,  auxilien  ó  fomen- 
ten la  conspiración. 

Art.  5o.  Los  que  sabiendo  una 
conspiración  tramada  no  la  des- 
cubran inmediatamente,  sufrirán 
la  pena  de  presidio  por  un  tér- 
mino que  no  exceda  de  ocho  afíos, 
"~?án  expelidos  del  territorio  de 


Art.  3o.  El  juicio  contra  los 
conspiradores  será  sumario,  y 
pertenece  su  conocimiento  al  co- 
mandante general  del  departa- 
mento ,  ó  comandante  de  armas 
de  la  provincia ;  sin  embargo  de 
cualquiera  otra  ley  ó  disposición, 
y  sea  cual  fuere  la  clase,  fuero  ó 
profesión. 


Art.  4o.  Este  decreto  será  obser- 
vado en  los  departamentos  del 
Orinoco,  Venezuela  ,  Zúlia,  Boya- 
cá,  Magdalena,  Cundinamarca, 
Cáuca  y  el  Istmo,  hasta  que  no 
cambien  las  circunstancias  pre- 
sentes de  la  guerra. 


Art.  5o.  Son  conspiradores  :  pri- 
mero ,  cuantos  con  ánimo  de  se- 
ducir á  los  pueblos  esparzan  noti- 
cias falsas  sobre  los  movimientos 
y  número  del  enemigo;  segundo, 
los  que  aconsejen ,  auxilien  y  fo- 


vieren  hijos  inocentes  que  no  hayan  tomado  parte  en  el  delito  del  padre , 
se  reservarán  á  estos  las  dos  terceras  partes  de  los  hienes ,  y  si  solo  tuvie- 
ren mujer,  igualmente  inocente ,  se  le  dejará  su  dote  y  gananciales.  » 


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598 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


la  República  por  un  tiempo  que 
no  exceda  de  diez  años. 


Art.  6o.  Sufrirán  la  pena  de 
expulsión  ó  destierro  por  tiempo 
limitado  :  primero ,  los  que  con 
ánimo  de  seducir  á  los  pueblos 
esparcen  noticias  falsas  sobre  los 
movimientos  y  número  de  los 
enemigos;  segundo,  los  que  abu- 
sando de  su  ministerio  divulgasen 
especies  que  desalienten  el  ánimo 
del  pueblo  é  inspiren  ideas  con- 
trarias al  gobierno,  ó  contra  el 
sistema  establecido,  capaces  de 
excitar  á  la  rebelión;  tercero,  los 
que  resistieren  directamente  cum- 
plir las  providencias  decretadas 
por  el  gobierno  para  salvar  el 
país. 

Art.  7°.  Las  personas  que  su- 
pieren que  otras  están  en  cual- 


menten  partidas  de  guerrillas  ó 
que  subleven  los  pueblos ;  tercero, 
cuantos  se  encuentren  en  ellas; 
cuarto,  todos  los  que  resistan  di- 
rectamente ó  con  falsos  pretextos 
cumplir  las  providencias  de  las 
autoridades  establecidas ,  para 
salvar  el  país;  quinto,  los  que 
abusando  de  su  empleo  ó  minis- 
terio divulgaren  especies  que  des- 
alienten el  ánimo  del  pueblo,  ó 
inspiren  ideas  contrarias  al  go- 
bierno ó  contra  el  sistema  esta- 
blecido; sexto,los  que  mantengan 
correspondencia  con  los  enemigos, 
aunque  estén  fuera  del  territorio 
de  la  República,  ó  con  los  lugares 
dependientes  del  gobierno  espa- 
ñol ;  séptimo,  los  que  promuevan, 
auxilien  ú  oculten  los  desertores 
de  los  ejércitos. 

Art.  6ft.  Las  personas  que  supie- 
ren que  otras  están  en  los  casos 
que  van  referidos  en  el  presente 
decreto,  y  no  las  denunciaren, 
serán  castigadas  con  destierros, 
multas  ó  muerte,  á  discreción  del 
juez  militar,  según  la  gravedad  y 
extensión  de  la  conspiración. 

El  secretario  de  Estado  del  des- 
pacho del  interior  queda  encar- 
gado de  la  ejecución  de  este  de- 
creto. 

Dado  en  el  palacio  del  gobierno 
en  Bogotá,  á  21  de  enero  de  1823. 
—  F.  P.  Santander.  —  El  sMIP* 
tario  del  interior,  J.  Manuel 
Restrepo. 


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NOTAS  ILUSTRATIVAS. 

quiera  de  los  casos  de  los  artícu- 
los 3o,  4o,  5o  y  6o,  y  no  las  denun- 
ciaren ,  serán  juzgadas  por  los 
mismos  jueces  y  de  igual  modo 
-  que  los  traidores  y  conspiradores, 
imponiéndoles  por  tiempo  limi- 
tado la  pena  de  expulsión,  des- 
tierro ó  multa,  según  la  gravedad 
del  delito. 

Art.  8o.  I.os  juicios  que  se  for- 
men contra  los  ciudadanos  no 
militares  por  la  infracción  de  los 
artículos  Io,  2o  y  3o  de  mi  decreto 
de  24  de  noviembre  sobre  reunio- 
nes indebidas,  se  sujetarán  á  las 
fórmulas  prescritas  por  el  decreto 
del  congreso,  de  fecha  12  do  oc- 
tubre del  año  undécimo,  y  á  los 
perturbadores  se  aplicará  la  pena 
de  expulsión  ó  destierro  por  tiempo 
determinado,  que  se  proporcio- 
nará á  la  gravedad  del  delito. 

Art.  9o.  El  presente  decreto  so 
observará  por  ahora  en  los  depar- 
tamentos de  Maturin,  Venezuela, 
Orinoco  y  Zúlia. 

Art.  10°.  El  secretario  de  Es- 
tado del  despacho  del  interior 
queda  encargado  de  la  ejecución 
de  este  decreto. 

Dado  en  Bogotá  á  20  de  febrero 
de  1828  — 18°.—  Simón  Bolívar. 
—  El  secretario  de  Estado  del 
despacho  del  interior,  José  Ma- 
nuel Restrepo. 

Por  otro  decreto  posterior,  su 
fecha  15  de  marzo,  este  decreto 
se  Imo  extensivo  á  toda  la  Repú- 
blica. 


600  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Compárense  los  dos  anteriores  decretos ,  y  se  verá  que  en  ambos 
los  juicios  son  sumarios  y  los  jueces  militares;  pero  el  del  Libertador 
designa  también  como  jueces  á  los  gobernadores  de  las  provincias,  y 
manda  que  la  sentencia  se  pronuncie  con  dictamen  de  letrado ,  dis- 
posiciones que  daban  mas  garantías  que  en  los  decretos  del  vicepre- 
sidente Santander.  En  el  de  23  de  enero  (art.  5o)  se  individualizan 
siete  clases  de  conspiradores  sujetos  á  la  pena  de  muerte,  y  en  el  de 
Bolívar  solo  cinco  (artículos  3o  y  4o),  los  que  están  comprendidos  en 
los  parágrafos  2o,  3o  y  6o,  artículo  5o  del  decreto  de  Santander.  Por 
consiguiente  es  claró*  que  la  pena  de  muerte  impuesta  por  este  en 
los  parágrafos  Io,  4°,  5o  y  7o  de  dicho  artículo  5o  fué  modificada  por 
el  Libertador  en  ios  artículos  5o,  6°  y  7o  de  su  decreto;  aunque  sin 
incluir  el  parágrafo  7o,  que  trata  de  los  que  promovieran  la  deserción, 
delito  cuyo  castigo  se  dejó  á  las  leyes  comunes.  Bolívar  dijo  entónces 
al  secretario  del  interior  que  el  decreto  de  Santander,  redactado  y 
escrito  por  este  en  su  totalidad,  era  demasiado  riguroso  en  sus  penas 
de  muerte,  las  que  debían  restringirse,  como  lo  hizo.  Si  alguno  dijera 
que  cuando  el  vicepresidente  expidió  el  decreto  de  21  de  enero,  las 
circunstancias  eran  mas  críticas  que  en  la  época  en  que  el  Libertador 
dió  el  suyo,  se  equivocaría.  En  el  primer  caso  el  general  español  Mo- 
ráles  habia  ocupado  á  Maracáibo  con  mil  y  seiscientos  hombres  que 
elevó  á  poco  mas  de  dos  mil ;  en  el  segundo,  habían  estallado  rebe- 
liones en  los  departamentos  del  Zúlia,  Venezuela,  Orinoco  y  Maturin; 
á  favor  de  la  España  en  los  tres  primeros ,  y  en  el  último  iniciando 
una  guerra  de  colores.  Solamente  la  facción  de  los  Téques  habia 
enrolado  en  sus  filas  tres  mil  hombres  al  terminar  el  año  anterior, 
y  se  tenia  como  cierto  que  una  armada  española  auxiliára  á  sus 
partidarios  en  la  Costa  Firme  con  tropas,  cuadros  de  oficiales  y  ele- 
mentos de  guerra.  Aquestas  alarmantes  noticias  produjeron  justa- 
mente la  declaración  del  uso  de  facultades  extraordinarias,  así  como 
los  decretos  de  20  de  febrero  y  15  de  marzo  sobre  juicios  y  penas 
contra  los  conspiradores.  Semejantes  procedimientos  eran  efectos 
necesarios  de  las  circunstancias  de  la  guerra  de  Independencia,  y  de 
los  disturbios  que  algunos  ambiciosos,  cubiertos  con  el  manto  de  li- 
bertad y  garantías,  se  complacían  en  promover.  Los  llamados  libe- 
rales caracterizaron  de  tiránicos  los  decretos  del  Libertador,  {ÜNpty 
algunos  de  estos,  junto  con  su  jefe  Santander,  fueron  juzgados  por 
ellos;  siendo  así  que  cuando  el  mismo  Santander  expidiera  en  el 
curso  de  su  administración  como  vicepresidente  de  Colombia  otros 
decretos  semejantes  y  aun  mas  severos ,  los  habían  tenido  por  justos 


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NOTAS  ILUSTRATIVAS.  601 

y  políticos.  ¡  Tan  ciego  y  parcial  era  el  juicio  de  las  pasiones  exaltadas 
que  arrastraban  á  los  hombres  de  aquel  partido!  Debe  observarse 
también  que  los  mencionados  decretos  del  Libertador  fueron  expe- 
didos seis  meses  ántes  de  la  conspiración  del  25  de  setiembre,  cuando 
ninguno  pensaba  que  pudiera  ocurrir  tan  desgraciado  suceso.  Por 
tanto  no  se  juzgó  á  los  conspiradores,  ni  á  los  que  los  animaron, 
por  disposiciones  acordadas  después  de  ocurrido  el  hecho,  como  al- 
gunos han  dicho  falsamente. 


lio*»  14».  —  Página  123. 

Desde  aquel  tiempo  se  creyó  por  muchos,  creencia  que  ha  sido 
confirmada  después ,  que  Santander  no  supo  el  asesinato  que  se  iba 
á  cometer  el  25  de  setiembre.  Parece  que  los  conjurados  no  se  lo 
comunicaron,  bien  para  que  no  se  lo  impidiera,  ó  bien  porque  no  tu- 
vieron tiempo  después  de  juntarse  en  casa  de  Várgas  Tejada.  Nos 
parece  que  Santander  hubiera  impedido  la  perpetración  de  un  crimen 
tan  execrable. 


Mota  lft».  —  Página  176. 

Bolívar,  en  un  papel  que  publicó  en  este  año  en  una  imprenta  de 
Cuenca,  con  el  título :  Una  mirada  sobre  la  América  española,  adujo 
varios  y  muy  graves  hechos  para  probar  que  las  principales  opera- 
ciones de  Lámar  en  el  Perú,  desde  que  abandonando  el  servicio 
español  se  pasó  á  los  independientes,  se  habian  dirigido  á  abrir  las 
puertas  del  país  á  los  realistas,  y  que  esta  era  la  clave  para  descifrar 
su  conducta.  Sucre  también  le  llamó  agente  de  los  Españoles,  en  un 
documento  oficial  escrito  el  18  de  abril  de  este  año,  en  que  se  vin- 
dicaba ante  el  Libertador  de  várias  acusaciones  que  le  foabia  hecho 
Lámar  en  otro  documento  oficial,  donde  se  excusaba  de  no  haber  cum- 
plido el  convenio  de  Girón. 


Mota  te*.  —  Página  178. 

Manuel  María  Córdoba  presentó  algún  tiempo  después  al  Libertador 
una  barra  de  este  mismo  oro,  que  le  habia  tocado  en  el  reparti- 
miento, diciendo  —  «  que  la  restituía  por  creerla  mal  adquirida.  » 


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002 


HISTORIA  1>K  COLOMBIA 


Bolívar  por  una  debilidad  inexcusable  le  contestó  que  la  retuviera, 
pues  era  habida  en  buena  guerra.  ¡  Buena  guerra  la  rebelión  contra 
el  gobierno  de  la  República!... 


Ifota  19'.  —  Página  182. 

E)  19  de  abril  arribó  á  Guayaquil  con  su  familia  el  señor  Pedro 
Gual,  que  regresaba,  por  la  vía  de  Acapulco,  del  malogrado  congreso 
americano,  que  debió  reunirse  en  Tacubaya.  Á  pesar  del  carácter 
público  que  traía  de  un  congreso  en  que  el  gobierno  del  Perú  babia 
sido  parte,  el  comandante  de  Guayaquil,  Prieto,  detuvo  á  Gual  un 
mes  entero  como  preso,  en  un  buque  y  en  la  plaza.  Consultado  el 
gobierno  peruano,  mandó  que  se  diera  libre  el  tránsito  al  ministro 
Gual.  Su  arribo  fué  muy  agradable  al  Libertador,  quien  le  habia 
mandado  buscar  donde  quiera  que  estuviese,  á  fin  de  encomendarle 
las  negociaciones  definitivas  de  paz  con  el  Perú. 


Mota  isa.  —  Página  192. 

Por  este  tiempo  ó  poco  ántes  escribió  el  Libertador  el  papel  titu- 
lado :  Una  mirada  sobre  la  América  española,  que  ya  hemos  citado. 
Pintó  en  él  muy  enérgicamente  y  con  negros  colores  á  los  gobiernos 
de  várias  repúblicas  americanas  y  á  muchos  de  sus  jefes.  De  todo  el 
contesto  de  este  folleto  se  deduce  la  ninguna  esperanza  que  tenia 
Bolívar  de  que  la  revolución  hispano-americana  hiciera  la  felicidad 
de  los  pueblos.  Así  en  este  escrito  como  en  otras  piezas  suyas  del 
mismo  período ,  parece  que  se  arrepentía  de  su  obra ,  y  que  estaba 
temeroso  de  haber  hecho  un  mal  á  los  Americanos  del  Sur  condu- 
ciéndolos á  la  Independencia.  ¡Tanta  era  la  impresión  que  hacian  en 
su  alma  los  crímenes  cometidos  por  do  quiera  y  las  revueltas  conti- 
nuas de  las  nuevas  repúblicas ! 


Nota         —  Página  224. 

Por  desgracia  en  Colombia  jamas  se  apreció  el  derecho  de  sufragio 
por  el  mayor  número  de  los  que  le  gozaban  :  ellos  no  concurrian  á 


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NOTAS  ILUSTRATIVAS.  603 

votar  en  las  elecciones  primarias  ó  de  parroquia, y  se  puede  asegurar 
que  cuando  mas  un  décimo  de  los  sufragantes  iba  á  dar  sus  votos, y 
algunas  veces  no  sufragaba  ni  la  vigésima  parte.  Los  pueblos  mira- 
ban como  un  gravámen  penoso  la  concurrencia  á  las  asambleas  pri- 
marias, de  modo  que  en  el  artículo  40°  del  reglamento  para  estas 
elecciones  se  declaró  un  acto  obligatorio  el  concurrir  á  dar  su  voto 
en  dichas  asambleas.  Motivaron  tal  resolución  los  deseos  que  tenia  el 
Libertador  de  que  las  elecciones  para  el  congreso  constituyente  fue- 
ran en  lo  posible  la  expresión  de  la  voluntad  nacional.  En  gran  parte 
provino  de  aquella  medida  compulsoria ,  que  hubiese  mayor  número 
de  sufragantes  parroquiales.  Este  desprecio  del  derecho  de  sufragio 
se  puede  atribuir  principalmente  a  que  las  elecciones  eran  indirectas 
en  Colombia,  y  á  que  las  decidían  los  electores  nombrados  por  los 
sufragantes  parroquiales :  también ,  á  que  la  generalidad  de  nuestros 
pueblos,  poco  instruidos  en  la  práctica  del  gobierno  representativo, 
han  mirado  con  desden  y  molestádose  por  el  lijero  trabajo  de  con- 
currir á  las  asambleas  primarias.  Aun  en  la  actualidad  (1848)  sucede 
lo  mismo  en  muchas  provincias  de  la  Nueva  Granada,  después  de 
treinta  y  ocho  años  de  gobierno  representativo.  ¡Tan  difícil  ha  sido 
variar  las  habitudes  y  la  apatía  que  nos  legara  el  sistema  colonial ! 


Mota  «O*.  —  Página  237. 

El  partido  político  á  que  pertenecía  Córdoba  atribuyó  su  muerte 
á  una  órden  expresa  del  general  O'Lcary,  creencia  que  fué  harto 
general ,  sobre  todo  en  la  Nueva  Granada.  Apoyóse  en  declaraciones 
dadas  en  1831  por  los  coroneles  Castelli  y  Murray  y  por  el  general 
Francisco  Urdaneta.  Sin  embargo,  O'Leary  ha  rechazado  semejante 
aserción  como  calumniosa  y  altamente  ofensiva  á  su  carácter.  Ase- 
gura que  el  comandante  Hand  no  conocía  personalmente  á  Córdoba, 
y  que  solo  dos  días  áutes  O'Leajjrfwbia  conocido  á  Hand;  por  consi- 
guiente, que  era  el  hombre  ménos  á  propósito  para  comunicarle  tal 
órden^ue  habría  dado  de  preferencia  á  otros  oficiales  con  quienes 
télflr^tyor  confianza,  ó  á  algún  sarjen to  ó  cabo  de  sus  conocidos. 
Tacha  las  declaraciones  de  Urdaneta  y  Castelli ,  como  dadas  en  una 
época  on  que  el  primero  quería  congraciarse  con  el  partido  político 
vencedor,  que  era  contrario  á  O'Leary,  á  fin  de  que  se  le  reinscribiera 
en  la  lista  militar.  En  cuanto  á  Castelli,  dice  que  dió  su  declaración 


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604 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


para  salvar  su  vida,  que  estuvo  al  perder  en  1831,  y  conseguir  des- 
pués su  libertad.  La  declaración  de  Murray  merecía  poco  crédito  á 
O'Leary  por  su  mal  carácter,  conocido  generalmente.  Ademas,  el 
general  O'Leary  dice  con  razón  que  si  él  hubiera  querido  quitar  la 
vida  á  Córdoba,  lo  pudo  hacer  con  facilidad  mandándole  juzgar 
breve  y  sumariamente,  según  el  decreto  contra  conspiradores,  y  por 
haber  hecho  matar  en  Medellin  á  los  oficiales  Vélez  y  Herrera;  que 
si  le  hubiera  podido  tomar  prisionero, habría  hecho  con  él  lo  mismo 
que  hizo  cou  sus  hermanos  Salvador  Córdoba  y  Manuel  A.  Jaramillo: 
pedir  al  gobierno  su  indulto  como  premio  del  servicio  que  O'Leary 
acababa  de  prestar  pacificando  á  Autióquia,  indulto  que  consiguió 
del  Libertador.  La  conducta  clemente  de  O'Leary  respecto  de  todos 
los  complicados  en  la  revolución  de  Antióquia,  su  carácter  bien  cono- 
cido, que  en  la  guerra  de  Independencia  fué  siempre  dulce,  humano 
y  verídico,  nos  han  persuadido  deque  injustamente  se  le  atribuyela 
muerte  del  general  Córdoba.  Este  fué  un  suceso  lamentable,  no 
meditado,  y  consecuencia  inmediata  de  la  guerra  civil  promovida 
por  el  mismo  Córdoba  con  la  mayor  imprudencia  y  aun  locura,  para 
saciar  su  desmesurada  ambición. 


Nota  ti».  —  Página  $50. 

Baralt  y  Díaz  en  su  Historia  de  Venezuela  hablando  de  esta  impro- 
bación, dicen  :  a  No  por  esto  ha  dejado  de  hacer  la  opinión  pública 
á  Bolívar  dos  cargos  graves  sobre  este  negocio  delicado.  Uno  de  ellos 
es  el  no  haber  acompañado  á  la  desaprobación  de  las  demasías  del 
consejo  el  juicio  y  castigo  de  sus  miembros,  tanto  mas  culpables, 
cuanto  mayor  era  la  confianza  que  burlaban  conspirando  contra  las 
instituciones  patrias.  No  faltaron  ciudadanos  ilustrados  y  amigos 
verdaderos  del  Libertador,  que  le  propusieron  satisfacer  la  vindicta 
pública  con  el  ejemplar  escarmiasio. de  aquellos  hombres;  pero  dese- 
chando tan  justo  y  cuerdo  dictámen ,  dejólos  en  sus  puestos  y  dividió 
con  ellos  la  responsabilidad  de  una  culpa  que  pudo  y  debió  haber 
castigado. » 

Creemos  que  los  historiadores  no  meditaron  bastantemente  sus 
aventuradas  aserciones.  ¿Cuáles  fueron  las  demasías  del  consejo  para 
que  sus  miembros  debieran  ser  juzgados  y  castigados?  Haber  pre- 
tendido, dirán,  que  se  cambiárau  las  instituciones  republicanas  por 


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NOTAS  ILUSTRATIVAS. 


las  monárquicas.  Empero  en  las  circunstancias  de  la  época  este  no 
era  un  delito.  Cuando  iba  á  reunirse  un  congreso  constituyente,  au- 
torizado para  dar  á  Colombia  las  instituciones  mas  propias  para  hacer 
la  felicidad  de  los  pueblos,  los  miembros  del  consejo  de  ministros 
tenían  como  ciudadanos  algún  derecho  para  proponer  á  los  repre- 
sentantes del  pueblo  colombiano  la  adopción  de  la  forma  de  gobierno 
y  de  las  instituciones  que  juzgáran  mas  á  propósito  para  asegurar  la 
felicidad  común.  Quedaba  siempre  á  la  sabiduría  de  los  represen- 
tantes de  la  nación  la  libre  facultad  do  adoptar  ó  no  las  reformas 
que  se  les  propusieran.  Hallábase  en  este  caso  el  proyecto  de  Monar- 
quía. Pensóse  por  los  miembros  del  consejo  presentarlo  al  congreso 
constituyente  si  veían  que  estaba  apoyado  por  la  opinión  pública. 
¿Dónde  se  halla  aquí  el  crimen  político,  dónde  la  conspiración  con- 
tra las  instituciones  patrias,  dónde  la  confianza  burlada  que  debieron 
castigarse  inexorablemente?  Existen  solo  en  la  intolerancia  y  opinio- 
nes exclusivas  de  Baralt  y  Díaz.  ¿Con  que  es  un  delito  proponer  á 
un  cuerpo  constituyente  que  adopte  instituciones  monárquicas  en 
lugar  de  las  republicanas?  Si  lo  fuera ,  lo  que  negamos  decidida- 
mente, el  crimen  estaría  de  parte  del  que  las  adoptára,  mas  no  del 
que  las  proponía,  dejando  al  cuerpo  deliberante  en  plena  libertad 
para  estatuir  lo  que  juzgára  mas  conveniente  á  la  felicidad  de  Co- 
lombia. 

Si  los  miembros  del  consejo  de  ministros  hubieran  querido  variar 
por  sí  mismos  y  por  medios  tortuosos,  secretos  é  ilegales  las  insti- 
tuciones de  su  patria,  entónces  sí  habrían  conspirado  y  cometido 
un  delito;  pero  estuvieron  muy  lójos  do  abrigar  tales  pensamientos. 

Hay  una  prueba  decisiva  de  que  el  pueblo  colombiano  jamas  pensó 
que  los  miembros  del  consejo  hubieran  cometido  un  delito  promo- 
viendo el  proyecto  de  Monarquía.  Poco  tiempo  después  salieron  del 
ministerio,  y  el  partido  contrario,  compuesto  de  exaltados  republica- 
nos, ocupó  los  principales  destinos  del  gobierno  de  Colombia.  Sin 
embargo,  ningún  periódico,  ni  una  sola  voz  se  levantó  para  perse- 
guir ó  pedir  el  castigo  de  los  miembros  del  consejo  que  habían  con- 
cebido el  proyecto  de  Monarquía.  Por  consiguiente  la  opinión  pú- 
blica,juez  inexorable,  no  consideró  que  hubiese  alguna  criminalidad 
e<ÉflBPWfiducta. 

Atribuyéndosela  Baralt  y  Díaz  manifiestan  su  grande  parcialidad 
contra  los  Granadinos.  En  i  826  Páez  y  su  partido  en  Venezuela  pro- 
pusieron al  Libertador  que  se  coronase  echando  abajo  con  violencia 
la  constitución  de  Colombia.  Este  suceso  pasa  casi  desapercibido  y 


• 

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606  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

sin  censura  bajo  la  pluma  Je  los  hisloriadoies  venezolanos.  Has  al- 
gunos Granadinos  quieren  presentar  al  congreso  un  proyecto  de  Mo- 
narquía, para  que  los  representantes  del  pueblo  colombiano  lo  adop- 
ten ó  rechacen.  Entónces  Baralt  y  Díaz  se  levantan  airados,  y 
fulminan  castigos  contra  los  Granadinos  que  han  tenido  tal  inso- 
lencia. ¿Podrán  creerse  las  aserciones  de  historiadores  que  escriben 
con  tan  poca  crítica  y  tanta  parcialidad?... 

El  proyecto  de  cambiar  las  instituciones  republicanas  por  las  mo- 
nárquicas podia  ser  extemporáneo,  inadaptable  y  acaso  ruinoso  á 
Colombia,  mas  no  era  criminal.  El  congreso  constituyente  quedaba 
en  plena  libertad  de  adoptar  ó  rechazar  la  proposición,  en  caso  de 
que  se  le  hubiera  hecho. 

Es  una  patraña  é  infundada  credulidad  la  anécdota  de  que  se  pro- 
pusiera á  Bolívar  por  algunos  de  sus  amigos  el  castigo  de  sus  minis- 
tros, miembros  del  consejo.  Baralt  y  Díaz  residían  en  Venezuela  muy 
léjos  del  Libertador,  y  no  podian  saber  los  consejos  que  á  este  se 
dieran  en  el  sur  de  la  República  ó  en  Bogotá.  No  hemos  oido  men- 
cionar tales  consejos,  y  nos  parece  que  nunca  existieron. 


K«ta        —  Página  280. 

También  fué  obra  exclusiva  del  jefe  civil  y  militar  y  de  sus  con- 
sejeros el  reglamento  llamado  de  corregidores,  que  alteró  sobre  ma- 
nera el  régimen  parroquial  y  municipal  de  los  departamentos  de 
Venezuela,  Maturin  y  Orinoco,  causando  no  poco  disgusto  á  los 
pueblos.  Fuélo  igualmente  la  institución  de  la  policía  general,  que 
hizo  bienes  en  1828,  moralizando  á  los  esclavos,  disminuyendo  los 
vagos,  y  acosando  á  las  guerrillas,  á  sus  partidarios  y  fautores;  pero 
en  1829  degeneró,  y  uo  podia  ménos  de  ser  insoportable  álos  Vene- 
zolanos. Era  director  de  policía  un  hombre  violento  como  Arismendi, 
poco  avezado  á  las  prácticas  de  Jajjuena  sociedad  y  plagado  de  otros 
defectos;  él  no  reprimía  los  abusosTte  sus  dependientes,  extendidos 
en  todas  las  parroquias,  donde  hacían  lo  que  se  les  antojaba.  Un 
establecimiento  que  ponía  trabas  al  libre  trato  y  comunicacitHMifes 
pueblos,  que  los  sujetaba  á  obtener  papeletas,  pasaportes  y  otros 
cien  requisitos,  aunque  hubiera  sido  útil  en  circunstancias  peligro- 
sas, no  podia  convertirse,  como  lo  hizo  Páez,  en  una  institución 
permanente;  él  costaba  en  la  sola  provincia  de  Caracas  cerca  de 


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■ 


NOTAS  ILUSTRATIVAS.  «07 

ochenta  mil  pesos  anuales,  que  se  repartían  el  jefe  y  los  comisarios 
de  policía.  Así  fué  que  el  consejo  de  ministros  habia  tenido  quejas 
é  informes  seguros  de  los  perjuicios  y  disgustos  que  causaban  en  los 
departamentos  sujetos  á  la  autoridad  de  Páez,los  decretos  sobre 
corregidores  y  el  orgánico  de  la  policía  general.  Pidió  entonces  in- 
forme á  aquel  jefe,  quien  evadió  la  pregunta,  contestando  un  oficio 
destemplado  en  noviembre  de  este  año. 


Nota  «3a.  —  Página  318. 

El  Libertador  vendió  desde  fin  de  marzo  su  vajilla  de  plata  á  la 
casa  de  moneda  de  Bogotá,  la  que  apenas  produjo  dos  mil  quinien- 
tos treinta  y  cinco  pesos.  Bien  poco  mas  tenia  Bolívar,  y  el  hombre 
que  habia  dominado  desde  el  Orinoco  hasta  el  Potosí,  y  que  tuvo 
por  tantos  años  á  su  disposición  las  rentas  de  estos  ricos  países,  solo 
pudo  juntar  para  su  viaje  fuera  de  Colombia  diez  y  siete  mil  pesos. 
¡  Noble  y  virtuoso  ejemplo  de  pureza  y  desprendimiento ! 

Contaba  ademas  con  la  venta  de  sus  minas  de  cobre  de  Aroa,  he- 
redadas de  sus  padres ,  sobre  las  cuales  habia  un  pleito  reñido.  Es 
digna  de  conservarse  la  carta  que  escribiera  el  Libertador  sobre  esta 
materia  á  su  apoderado  en  Carácas,  la  que  es  auténtica  y  como 
sigue  : 

«  Guáduas,  mayo  11  de  1830. 
»  Señor  Gabriel  Camacho. 

»  Mi  querido  amigo, 

»  Al  íin  he  salido  de  la  presidencia  y  de  Bogolá,  encontrándome 
ya  en  marcha  para  Cartagena,  con  la  mira  de  salir  de  Colombia  y 
vivir  donde  pueda.  Pero  como  no  es  fácil  mantenerse  uno  en  Europa 
con  poco  dinero,  cuando  habrá  muchos  do  los  sugetos  mas  distin- 
guidos de  aquel  país,  que  querrá|^jDligarme  á  que  entre  en  la  so- 
ciedad de  alta  clase ,  y  después  que  he  sido  el  primer  magistrado  de 
la  República,  parecerá  indecente  que  vaya  á  existir  como  un  mise- 
raü^ÍKr  mi  parle,  le  digo  á  Ud.  que  no  necesito  de  nada,  ó  de 
muy  poco,  acostumbrado  como  estoy  á  la  vida  militar.  Mas  el  honor 
de  mi  país  y  el  de  mi  carácter  me  obligan  imperiosamenle  á  pre- 
sentarme con  decoro  delante  de  los  demás  hombres;  mucho  mas, 
cuando  se  sabe  que  yo  he  nacido  con  algunos  bienes  de  fortuna,  y 


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608  HlSTOftU  DH  COLOMBIA. 

que  tengo  pendiente  todavía  la  venta  de  las  minas  heredadas  de 
mis  padres ,  y  cuyos  títulos  son  los  mas  auténticos  y  solemnes.  Yo 
no  quiero  nada  del  gobierno  de  Venezuela ;  sin  embargo,  no  es  justo, 
por  la  misma  razón ,  que  este  gobierno  permita  qne  me  priven  de 
mis  propiedades ,  sea  por  confiscación  ó  por  injusticia  de  parte  de  los 
tribunales.  Me  creo  con  derecho  para  exigir  del  jefe  de  ese  Estado, 
que  ya  que  he  dejado  el  mando  de  mi  país  solo  por  no  hacerle  la 
guerra,  se  me  proteja  á  lo  ménos  como  al  mas  humilde  ciudadano. 

»  Mucho  he  servido  á  Venezuela;  mucho  me  deben  todos  sus  hijos, 
y  mucho  mas  todavía  el  jefe  de  su  gobierno;  por  consiguiente,  sería 
la  mas  solemne  y  escandalosa  maldad  que  se  me  hubiese  de  perse- 
guir como  á  un  enemigo  público.  No  lo  creo  sin  embargo,  y  por  lo 
tanto  le  ruego  á  Ud.  se  sirva  hacer  presente  todo  lo  que  llevo  dicho, 
y  todo  lo  que  Ud.  sabe  en  mi  favor,  al  general  Páez  y  al  doctor 
Yáñez,  porque  estos  deben  ser  los  que  mas  influyan,  sea  directa  ó 
indirectamente,  en  este  negocio.  Se  sabe  que  tengo  justicia  y  que 
estoy  desvalido.  Con  estos  títulos  solos  me  creo  ya  en  seguridad 
contra  los  tiros  de  mis  enemigos. 

»  No  sé  todavía  adonde  me  iré  por  las  razones  dichas.  No  me  iró 
á  Europa  hasta  no  saber  en  qué  para  mi  pleito,  y  quizá  me  iré  á 
Curazao  á  esperar  su  resultado,  y  sino  á  Jamáica;  pues  estoy  deci- 
dido a  salir  de  Colombia,  sea  lo  que  fuere  en  adelante.  También 
estoy  decidido  á  no  volver  mas ,  ni  á  servir  otra  vez  á  mis  ingratos 
compatriotas.  La  desesperación  sola  puede  hacerme  variar  de  resolu- 
ción. Digo  la  desesperación,  al  verme  renegado,  perseguido  y  ro- 
bado por  los  mismos  á  quienes  he  consagrado  veinte  años  de  sacri- 
ficios y  peligros.  Diré  no  obstante  que  no  los  aborrezco;  que  estoy 
muy  distante  de  sentir  el  deseo  de  la  venganza,  y  que  ya  mi  cora- 
zón los  ha  perdonado ,  porque  son  mis  queridos  compatriotas,  y 
sobre  todo  Caraqueños... 

»  Tenga  Ud.  la  bondad,  mi  querido  amigo,  de  escribirme  á  Lon- 
dres por  medio  de  sir  Roberto  Wilson ,  y  á  Jamáica  por  el  señor 
Hislop.  Ambas  cartas  deben  ser^nplicadas  para  que  me  llegue  al- 
guna, aunque  se  pierda  otra,  y  porqíle  las  primeras  las  recibiré  en 
las  Antillas.  Escriba  Ud.  ademas  al  señor  Madrid  sobre  todo  lo  que 
ocurra  en  el  pleito.  En  el  correo  anterior  escribí  ¿  Ud.  dicHKHe 
que  habia  aprobado  la  transacción  propuesta  por  el  señor  Ackers, 
debiendo  yo  pagar  por  ella  las  cuatro  mil  libras  esterlinas,  pues 
quiero  terminar  el  negocio  de  cualquier  modo ,  y  sobre  esto  he  es- 
crito ya  también  al  señor  Madrid. 


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NOTAS  ILUSTRATIVAS.  609 

»  El  congreso  ha  mandado  que  se  me  pague  fielmente  la  pensión, 
y  me  ha  dado  las  gracias  por  mis  servicios;  á  pesar  de  todo,  no 
puedo  contar  con  esta  gracia ,  porque  nadie  sabe  los  acontecimientos 
que  sobrevendrán,  y  las  personas  que  tomen  el  mando.  Por  lo  mismo 
lo  mas  seguro  es  mi  propiedad  que  reclamo  una  y  mil  veces,  para 
vivir  independiente  de  todo  el  mundo. 

»  Salude  Ud.  á  su  mujer  y  á  mis  hermanas.  —  De  Ud.  de  corazón. 

»  Bolívar.  » 

£1  abogado  que  defendía  el  pleito  sobre  las  minas  de  Aroa  á  la 
parte  contraria  al  Libertador,  era  el  doctor  Andrés  Fortique.  Este 
era  uno  de  los  encarnizados  y  gratuitos  enemigos  de  Bolívar,  y  mu- 
chos atribuyeron  la  pasión  de  Fortique  al  interés  que  tenia  en  ganar 
el  pleito,  persiguiendo  al  Libertador.  Habiéndose  dado  cuenta  en 
una  de  las  sesiones  del  congreso  venezolano,  que  Bolívar  habia 
escrito  desde  Guáduas,quo  acaso  iria ¿Curazao,  esta  noticia  produjo 
una  moción  digna  de  conservarse  por  la  historia  para  perpétuo  des- 
honor de  sus  autores.  Propuso  el  diputado  por  Caracas ,  Ramón 
Ayala ,  apoyado  por  el  de  Maracáibo ,  Juan  Evangelista  González,  — 
«  que  se  declarára  al  general  Bolívar  fuera  de  la  ley  si  iba  á  Cu- 
razao, y  lo  mismo  á  todo  el  que  se  le  uniera.  »  Afortunadamente  el 
congreso  de  Venezuela  no  tomó  en  consideración  proposición  tan 
violenta;  pero  debió  rechazarse  expresamente.  Las  pasiones  renco- 
rosas de  la  época  no  conocían  entónces  límite  alguno. 


Mota  «4».  —  Página  526. 

En  4  de  noviembre  de  1839  hallándose  en  Pasto  el  general  Pedro 
A.  Herran ,  haciendo  la  guerra  á  fin  de  pacificar  aquella  provincia, 
que  se  habia  rebelado  contra  el  gobierno  de  la  Nueva  Granada ,  des- 
cubrió que  José  Erazo,guerrilleEQ^ntiguo  de  los  realistas,  le  estaba 
traicionando  y  en  colusión  cofTsu  antiguo  compañero  de  crímenes, 
Andrés  Noguera,  el  que  hacía  entónces  una  guerra  de  exterminio  á 
^^PPenfeHores  del  gobierno.  En  consecuencia  mandó  Herran  que 
lleváran  á  Pasto  á  Erazo.  Viéndose  este  preso,  ó  ignorando  el  motivo, 
su  conciencia  criminal  le  sugirió  el  pensamiento  de  que  se  le  habia 
aprehendido  por  la  muerte  de  Sucre.  Dijo,  pues,  en  presencia  del 
comandante  Manuel  María  Múlis  y  de  otros  oficiales,  —  «  que  sabía 

TOMO  IV.  89 


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610  HISTrtMl  V  DE  imoBM.X. 

quiénes  fueron  los  individuos  que  asesinaron  en  la  montalía  de  Ber- 

ruécos  al  general  Sucre.  »  —  Se  tomó  ansa  de  aquí  para  iniciar  el 
proceso ,  y  Erazo  declaró  que  el  asesino  principal  habia  sido  el  coro- 
nel Apolinar  Morillo,  quieu  le  trajo  una  carta  del  teniente  coronel 
Antonio  Mariano  Álvarez  á  fin  de  quo  cooperara  al  asesinato.  Confesó 
también  después  que  le  habia  llevado  otra  carta  del  general  José 
María  Obando  dirigida  al  mismo  objeto.  Erazo  y  su  mujer  Deside- 
ria  Meléndez  babian  conservado  estos  documentos  en  la  cueva  de 
una  elevada  roca  cercana  á  su  casa  de  babitaciou,  en  el  Salto  de 
Mayo,  laque  llamaban —  «  su  archivo  secreto,  »  de  donde  sacó  las 
cartas  el  oficial  Apolinar  Tórres,  enviado  al  efecto  por  el  juez  de  la 
causa. 

Conducido  Apolinar  Morillo  ¿  Pasto  desde  Cali,  donde  residía, 
confesó  paladinamente  su  delito,  conviniendo  en  las  principales 
circunstancias  referidas  por  Erazo  y  por  su  mujer.  Morillo  dijo  que 
la  muerte  de  Sucre  habia  sido  ejecutada  por  Andrés  «Rodríguez  y 
Juan  Cuzco,  soldados  peruanos  licenciados,  y  por  Juan  Gregorio 
Rodríguez,  Indio  natural  de  la  Aipujarra;  súpose  que  todos  tres 
habiau  muerto  ya.  Erazo  declaró  que  ni  él  ni  Juan  Gregorio  Zarria 
acompañaron  á  Morillo  hasta  el  lugar  escogido  para  el  asesinato, 
pues  la  noche  ántes  se  arrepintieron  y  regresaron  al  Salto  desde  la 
cuchilla  ó  altura  arriba  de  la  Ventaquemada;  pero  Morillo  sostuvo 
que  Erazo  buscó  los  asesinos  en  cumplimiento  de  las  órdenes  que  él 
le  entregara  de  Obando  y  de  Álvarez,  y  que  los  colocó  en  la  Angostura 
de  la  Jacoba,  lugar  escogido  para  la  perpetración  del  asesinato.  Mo- 
rillo declaró  que  se  habia  decidido  á  cometer  el  crímeu,  porque 
habiendo  llegado  á  Pasto  como  expulsado  del  Ecuador,  Obando  le 
propuso  que  se  quedára  en  el  país  y  tomara  servicio;  que  poco  des- 
pués le  llamó,  y  á  presencia  del  jefe  de  estado  mayor,  Antouio  Ma- 
riano Álvarez,  le  dijo  :  «  La  patria  se  halla  en  peligro,  y  el  único 
modo  de  salvarla  es  que  Ud.  en  este  momento  marche  al  Salto  de 
Mayo  á  encontrar  al  general  Sucre,  que  está  al  llegar,  y  á  matarlo; 
porque  este  general  trae  comisión.,  para  levantar  los  pueblos  del 
Ecuador,  y  hacer  un  movimiento  á^frh  de  coronar  al  Libertador. 
Para  el  efecto  daré  á  Ud.  un  papel  para  Erazo,  que  vive  en  el  Salto; 
que  unido  con  este  y  los  auxilios  que  lo  preste,  podrían  fiar  e^Bp* 
perfectamente.  Ud.  instruirá  á  Erazo  de  su  comisión  á  la  voz,  para 
que  se  entere  bien,  y  él  dirija  el  golpe;  y  para  lo  que  se  ofrezca, 
tome  cuarenta  pesos,  para  que  gratifique  á  los  que  lo  acompañen;  » 
en  fin,  que  al  darle  el  general  Obando  la  plata  y  el  papel  dirigido  á 


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NOTAS  IUISTIUTIVaS.  <JH 

Erazo,  el  comandante  Ál  varez  le  entregó  otra  carta  de  recomendación 
para  el  mismo. 

Comprobóse  eu  el  proceso  con  tres  testigos  contestes  que  las  cartas 
entregadas  por  Erazo  y  conservadas  en  su  archivo  secreto ,  eran  las 
mismas  que  llevó  Morillo,  que  este  afirmó  constantemente  haber 
recibido  de  Obando  y  de  Ál  varez. 

La  del  primero  decia  :  —  «  Buesaco,  mayo  28.  —  Mi  estimado 
Erazo,  el  dador  de  esta  le  advertirá  de  un  negocio  importante,  que 
es  preciso  lo  haga  con  ¿I.  Él  le  dirá  á  la  voz  todo,  y  manos  á  la  obra. 
Oiga  todo  lo  que  le  diga,  y  üd.  dirija  el  golpe.— Suyo.— José  María 
Obando.  » 

La  del  segundo  decia  :  —  «  Pasto,  mayo  31  de  1830.  —  Querido 
Erazo,  el  comandante  Morillo,  que  es  el  que  conduce  esta,  me  hará 
üd.  el  favor  de  atenderlo  y  servirlo  en  cuanto  pueda,  pues  es  amigo 
mió.  —  Vea  Ud.  en  lo  que  puede  servir  su  amigo.  —  Antonio  Ma- 
riano Ályabbz.  » 

Cuando  todo  esto  se  descubría  en  Pasto,  Obando  estaba  en  Bogotá, 
de  donde  partió  diciendo  que  iba  á  someterse  al  juicio  que  contra  él 
seseguia.  En  efecto,  llegó  hasta  Mercadéres,  á  tres  jornadas  de 
Pasto.  Mas  allí  se  arrepintió  poniéndose  en  armas  contra  el  gobierno 
granadino.  En  consecuencia  dispersó  y  tomó  prisionera  una  columna 
de  doscientos  noventa  hombres,  traicionados  por  sus  jefes.  Obando 
admitió  después  un  indulto  que  le  concediera  el  general  Herran,  y 
en  1°  de  marzo  de  1840  marcharon  juntos  á  Pasto,donde  se  continuó  el 
proceso  hasta  la  confesión  y  el  careo  de  los  reos.  Empero  de  repente 
Obando,  Álvarez,  Fidel  Tórres  y  Juan  Gregorio  Zárria  se  fugan  en 
la  noche  del  5  de  julio  de  1840,  y  todos  ellos  se  arman  contra  el 
gobierno  de  la  República.  Vencido  Obando  en  Huilquipamba  y  des- 
pués en  la  Chanca,  tuvo  que  penetrar  por  los  desiertos  de  Mocoa  y 
del  Amazónas  hasta  salir  al  Perú. 

Esa  repugnancia  de  Obando  á  que  se  pronunciara  el  fallo  defini- 
tivo en  este  célebre  proceso,  y  tantas  víctimas  sacrificadas  en  sus 
dos  rebeliones  contra  el  gobierm^f  su  patria,  han  confirmado  en 
muchos  la  idea  de  que  su  catlsa  no  era  buena.  Sin  embargo,  después 
de  examinar  cuidadosamente  el  proceso ,  no  podemos  ménos  que 
dflflPffiRla'Tmparcialidad  histórica  que  nos  caracteriza  —  «  que  no 
hay  pruebas  para  condenar  á  Obando  como  asesino  de  Sucre.  »  El 
único  testigo,  Apolinar  Morillo,  es  tachable,  á  pesar  de  que  se  rati- 
ficó en  sus  declaraciones  hasta  el  momento  de  ser  fusilado  como 
asesino  del  gran  mariscal  de  Ayacucho ;  ademas,  una  parte  de  sus 


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612  HISTORIA  DR  COLOMBIA. 

declaraciones  es  falsa  evidentemente.  Las  otras  pruebas  forman ,  es 
cierto,  un  cúmulo  de  indicios  y  sospechas;  pero  uo  tienen  la  clari- 
dad necesaria,  ni  la  fuerza  bastante  para  fallar  contra  Obando. 
Creemos  firmemente  que  en  la  República  no  se  hubiera  encontrado 
tribunal  ninguno  tan  injusto  que  le  condenara  en  virtud  de  las 
mencionadas  pruebas.  Por  consiguiente,  nos  parece  que  Obando 
obró  mal  impidiendo  con  su  fuga  y  con  la  sangrienta  rebelión  que 
fomentara  después,  que  se  pronunciára  el  fallo  definitivo  en  aquella 
ruidosa  causa.  Su  reputación,  su  bienestar,  y  la  tranquilidad  de  la 
Nueva  Granada  estaban  interesados  en  su  terminación  legal.  Nos 
parece  infundado  cuanto  ha  querido  decir  Obando  sobre  no  tener 
garantías;  y  que  el  gobierno  del  presidente  Márquez  pretendía  opri- 
mirle y  sacrificarle  al  odio  y  á  las  pasiones  rencorosas  de  sus  enemi- 
gos. El  gobierno  granadino  deseaba  que,  descubiertos  al  fin  los  ase- 
sinos de  Sucre,  se  les  castigara  con  Morillo;  pero  jamas  pretendió 
que  la  espada  de  la  justicia  se  desenvainara  contra  un  inocente,  ó 
que  cayera  sobre  personas  cuyos  delitos  no  estuviesen  comprobados. 
Cualesquiera  otra  cosa  que  hayan  dicho  en  sus  voluminosos  escritos 
Obando  y  sus  partidarios  en  Lima ,  nos  parecen  meras  suposiciones 
del  odio  de  los  partidos  políticos. —  Tampoco  está  probado,  como  ha 
pretendido  Obando,  que  Flórez  fuese  el  que  ordenára  el  asesinato 
de  Sucre.  Son  documentos  dignos  de  leerse  para  elucidar  esta  cues- 
tión :  los  Apuntamientos  de  Obando  para  la  historia;  la  Historia  cri- 
tica sobre  el  asesinato  del  gran  mariscal  de  Ayacucho ,  escrita  por  Iri- 
zarri,  y  la  contestación  á  esta,  dada  por  Obando. —  Empero  después 
de  tantos  escritos,  aun  queda  sin  descubrir  este  misterio  de  iniqui- 
dad. Obando  permanecía  expatriado  en  Lima,  de  donde  habia  pedido 
permiso  de  regresar  á  fin  de  que  se  le  juzgára.  Mas  su  pedimento 
estaba  concebido  en  términos  tan  inconvenientes,  que  el  senado  gra- 
nadino negó  el  permiso  en  las  sesiones  de  1848;  tem i an  que  durante 
la  administración  Mosquera,  el  regreso  de  Obando  fuera  la  señal  do 
una  revolución.  Llegó  después  el  \°  de  enero  de  1849,  en  que  el 
presidente  Mosquera,  usando  daiu^acuHades  constitucionales,  dió 
una  amnistía  é  indulto  general  por  tocios  los  delitos  políticos  y  co- 
munes perpetrados  hasta  el  20  de  abril  de  1843,  e^mie  se  sancionó 
la  constitución  actual  de  la  República.  En  dicho  induTuTésflM^- 
prendido  sin  duda  el  delito  que  se  atribuye  á  Obando. 

Este  supo  en  Lima  la  amnistía  ó  indulto  de  Mosquera ,  y  en  el 
momento  determinó  regresar  á  Bogotá  á  reclamar  contra  la  amnistía 
y  á  pedir  que  se  le  juzgue.  En  efecto,  llegó  á  la  capital  eH3  de 


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NOTAS  ILUSTRATIVAS.  613 

marzo  de  1849.  Pidió  en  seguida  á  Mosquera  que  le  mandára  abrir 
uu  juicio,  lo  que  se  le  negó.  Esta  primera  solicitud  era  moderada, 
mas  no  la  segunda  que  dirigió  al  congreso,,  concebida  en  términos 
irregulares,  que  respiran  odio  y  venganza  contra  Mosquera,  Herran, 
Márquez  y  otros  distinguidos  Granadinos,  que  llama  sus  perseguido- 
res. Los  informes  de  las  comisiones  del  congreso  fueron  contrarias 
al  juzgamiento  de  Obando  después  de  la  amnistía.  Hízose  en  seguida 
la  proposición  y  se  presentó  un  proyecto  de  decreto,  en  que  se  de- 
claraba —  a  que  las  amnistías  so  podían  renunciar  y  pedir  un  jui- 
cio. »  Parecía  que  el  congreso  acordaría  este  acto  legislativo;  mas 
solamente  paso  en  la  cámara  de  representantes.  El  senado  lo  rechazó, 
y  lo  mas  curioso  es  que  los  amigos  políticos  de  Obando  votaron  con- 
tra el  proyecto  de  que  se  le  pudiera  juzgar.  Esta  circunstancia  dió 
mucho  que  pensar  en  la  materia. 

Parece,  pues,  terminado  este  negocio,  que  se  originára  en  el  ase- 
sinato de  Sucre.  La  verdad  no  se  ha  podido  averiguar.  Unos  conde- 
nan á  Obando,  y  otros  le  absuelven,  diciendo  que  se  le  ha  perse- 
guido injustamente.  El  juicio  de  la  historia,  que  aun  no  se  puede 
pronunciar  con  toda  libertad  y  seguridad,  no  será  decisivo,  si  no  se 
descubren  otros  documentos  mas  claros  que  los  que  han  visto  la  luz 
pública  hasta  hoy  (26  de  junio  de  1849). 


Mota        —  Página  560. 

Este  decreto  reservado  lia  permanecido  has  la  ahora  sin  ver  la 
luz  pública.  Siendo  un  documento  importante,  lo  copiamos  á  conti- 
nuación. 

La  convención  del  Estado  de  la  Nueva  Granada 
Dfxreta  : 

Art.  Io.  Hasta  tanto  que  se  publica  la  constitución,  queda  auto- 
rizado el  poder  ejecutivo  para  expeler  gubernativamente  del  territo- 
rio de  la  Nueva  Granada  ó  cal^jarafttiferentes  provincias  á  aquellos 
individuos  que  por  su  influencia  y  su  conducta  anterior  den  fundados 
^^■IrtPWffler  que  turben  el  órden  público  ó  ataquen  la  seguri- 
dad del  Estado,  y  muy  particularmente  á  los  que  no  hayan  nacido 
eu  el  territorio  de  Colombia. 

Art.  2o.  El  poder  ejecutivo  borrará  de  la  lista  militar  á  todos  los 
generales,  jefes  y  oficiales  subalternu¿,  lauto  del  ejército  permanente, 


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I 


614  HISTORIA  m  COLOMBIA. 

como  de  la  milicia  nacional ,  que  hayan  cooperado  á  la  destrucción 
del  gobierno  legítimo,  ó  al  sostenimiento  del  gobierno  intruso  de 
Rafael  Urdaneta  y  á  los  que  hayan  recibido  de  este  último  empleos, 
grados  y  ascensos  militares. 

Art.  3°.  Quedan  exceptuados  de  la  disposición  del  artículo  anterior 
los  generales,  jefes  y  oficiales  subalternos  que  hayan  contribuido 
eficaz  y  notoriamente  al  restablecimiento  del  gobierno  legítimo.  El 
poder  ejecutivo  rehabilitará  con  la  antigüedad  correspondiente  á 
aquellos  otros  generales,  jefes  y  oficiales  subalternos  que  acrediten, 
por  hechos  que  no  dejen  duda,  que  cooperaron  al  mismo  restableci- 
miento. 

Art.  4°.  Separará  de  sus  destinos  á  los  empleados  civiles  que  con 
sus  hechos  ú  opiniones  conocidas  hayan  manifestado  ser  desafectos 
al  gobierno  constitucional ,  y  de  quienes  se  tema  fundadamente 
que  no  le  sirvan  con  la  fidelidad  y  actividad  necesaria  al  bien  pú- 
blico. 

Art.  5°.  Todos  los  eclesiásticos  seculares  que  hayan  cooperado 
eficazmente  á  la  destrucción  del  gobierno  legítimo  ó  al  sostenimiento 
del  intruso,  y  de  quienes  se  tema  que  turben  el  órden  público,  que- 
dan comprendidos  en  la  disposición  del  artículo  1°,  y  llegado  el  caso 
que  en  él  se  prevé,  el  poder  ejecutivo  pasará  al  ordinario  eclesiástico 
lista  de  todos  ellos,  para  que  provea  el  beneficio  en  persona  de  la 
confianza  del  gobierno,  durante  la  ausencia  del  respectivo  beneficiado. 
Los  eclesiásticos  regulares  que  hayan  obrado  de  la  misma  manera, 
serán  destinados  á  las  misiones  establecidas. 

Art.  6°.  Los  destinados  á  salir  del  país,  ó  á  confinamiento  de  una 
provincia  á  otra,  que  se  ocultaren  ó  sustrajeren  á  sufrir  el  destino 
que  se  les  imponga,  serán  obligados  á  sufrir  la  expulsión  ó  confina- 
miento en  cualquier  tiempo  en  que  sean  aprehendidos,  aun  después 
de  publicada  la  constitución. 

Art.  7o.  Se  publicarán  en  las  gacetas  ministeriales  los  nombres  de 
los  generales,  jefes  y  oficiales  subalternos  que  sean  borrados  de  la 
lista  militar,  los  de  los  individuosaue  sean  removidos  de  la  lista 
civil,  y  los  de  los  que  sean  conÜ c ladí )¡?Vexpel idos. 

Art.  8o.  El  ejecutivo  dará  oportunamente  cuenta  á  esta  convención 
de  las  medidas  que  tome  en  virtud  de  la  autorizacímilftlB'sfcTG*^^ 
fiere  por  el  presente  decreto. 

Art.  9o.  Los  enemigos  del  gobierno  constitucional  que  hayan  salido 
voluntariamente  del  territorio  de  la  Nueva  Granada,  serán  conside- 
rados como  los  que  han  sido  expelidos  de  él. 


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NOTAS  ILUSTRATIVAS. 


G15 


Dado  en  Bogotá  á  29  de  noviembre  de  1831,  vigésimo  primero  de 
la  Independencia.  —  El  presidente  de  la  convención ,  —  Francisco 
Soto.  —  El  secretario,  —  Florentino  González.  —  Bogotá,  3  de  di- 
ciembre de  1831.  —  Ejecútese.  —  J.  M.  Orando.  —  El  ministro  se- 
cretario del  interior  y  justicia,  —  Josó  Francisco  Peréira. 


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ÍND1CU  Dlí  LAS  MATKRIAS 

CONTENIDAS    EN    EL    TOMO  CUARTO 

DE  LA 

HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

— -— c— C2T-»  


PARTE  TERCERA, 

COKTI3U1DA. 

Página. 

Capítulo  xii.  —  Sucre  nombrado  presidente  vitalicio  de  Rolivia.  — 
Admite  la  presidencia  solo  hasta  1828.  —  El  consejo  de  gobierno 
del  Perú  celebra  un  tratado  de  confederación  con  Bolivia.  —  Sus 
bases.— Se  aprueba  por  el  congreso  de  Bolivia  con  modificaciones. 

—  Se  desmoralizan  las  tropas  colombianas  en  Bolivia.  —  El  capitán 
Matute  se  deserta  con  un  escuadrón.  —  Pasos  que  da  el  gobierno 
peruano  para  adoptar  la  constitución  boliviana.  —  Adóptase  y  Bo- 
lívar es  nombrado  presidente  vitalicio.  —  Partido  republicano  que 
se  opone  sordamente.  —  Disgustos  con  las  tropas  colombianas.  — 
Santa  Cruz  y  otros  Peruanos  están  opuestos  á  la  nueva  constitu- 
ción. —  Corrompen  á  la  tercera  división  auxiliar.  —  Facilidad  que 
encuentran  ;  por  qué  motivos.  —  Se  activa  y  estalla  el  motin.  — 
Prisión  y  maltrato  que  se  da  á  los  jefes.  —  Acta  que  acuerdan 
los  oficiales  sublevados.  —  Movimientos  consiguientes  en  Lima.  — 
Convócase  un  congreso,  y  se  declara  insubsistente  la  constitución 
boliviana.  —  Juicio  acerca  de  esta  decisión.  —  Parte  oficial  de  estos 
sucesos  que  se  da  al  gobierno  de  Colombia.  —  Regocijo  indebido 
en  Bogotá.  —  Conducta  irregular  de  Santander.  —  Singular  res- 
puesta dada  por  este  á  Bustamaj^^^abecilla  de  la  rebelión.  — 
El  vicepresidente  envia  al  gedffiuAntonuTObando  para  mandar  las 
tropas  sublevadas;  sus  iifitrucciones.  —  Escobedo,  comisionado  pe- 

^g^l^kÉi^Éflifota.  —  Cuál  es  su  misión.  — Enojo  del  Libertador 
sTsaner  el  motin  de  la  tercera  división ,  la  fiesta  en  la  capital  y  la 
contestación  á  Bustamante.  —  Rompe  enteramente  con  Santander. 

—  Procedimientos  posteriores  de  la  tercera  división.  —  Persecu- 
ciones é  insultos  en  el  Perú  contra  los  Colombianos.  —  La  pri- 
mera división  auxiliar  se  une  á  la  segunda  en  Bolivia.  —  Situación 


uiginzeo 


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GIS 


HISTORIA  DE  COLOMBIA. 


crítica  de  Sucre.  —  El  gobierno  del  Perú  envía  á  Colombia  la  ter- 
cera división.  —  Miras  siniestras  que  trae.  —  López  Méndez  es  el 
director  de  Bustamante.  —  La  expedición  se  divide. —  Situación  in- 
defensa de  Guayaquil.  —  Una  parte  de  la  tercera  división  arriba  á 
Manabi.  —  Planes  de  los  jefes  revoltosos.  —  Providencias  que  dic- 
tan las  autoridades  para  frustrarlos.  —  Revolución  que  estalla  en 
Guayaquil. — Lámares  nombrado  jefe  civil  y  militar;  su  hipocresía. 

—  Transacción  entre  las  autoridades  legítimas  y  los  facciosos.  — 
Conducta  de  Lámar  y  de  la  municipalidad.  —  Todo  el  departa- 
mento sigue  la  revolución  de  Guayaquil.  —  Bustamante  ocupa  el 
Asuay ;  sus  miras  proditorias.  —  El  general  Flórez  8e  opone  :  él  con- 
sigue aprehender  á  Bustamante  y  á  sus  partidarios.  —  Le  envía  á 
Guayaquil ,  y  Bustamante  no  cumple  sus  promesas.  —  Antonio 
Obando  llega  al  Ecuador.  —  Arribo  á  la  costa  del  batallón  Aya- 
cucho  ,  el  que  se  divide.  —  Conducta  de  los  revolucionarios  y  de 
Obando.  —  Flórez  invade  á  Guayaquil  y  ocupa  á  Daule.  —  Opi- 
niones singulares  de  Obando.  —  Órdenes  contrarias  que  recibe  del 
ejecutivo  :  su  regreso  á  Bogotá.  —  Lámar  es  nombrado  presidente 
del  Perú.  —  Nuevos  disturbios  en  Guayaquil  :  este  departamento 
se  decide  por  el  sistema  federativo.  —  Divúlgase  que  Flórez  también 
lo  quiere.  —  Estado  de  las  relaciones  exteriores  de  Colombia. —  La 
República  es  reconocida  por  el  papa.  —  Primeros  obispos  que  nom- 
bra. —  Terquedad  de  la  España.  —  Se  instala  el  congreso  colom- 
biano en  Tunja.  —  El  vicepresidente  hace  el  juramento  consti- 
tucional. —  Mensaje  que  dirige  al  congreso ;  informes  de  los  se- 
cretarios de  Estado.  —  No  se  admiten  las  renuncias  de  Bolívar  y 
de  Santander.  —  Órdenes  que  este  comunica  contra  la  tercera 
división.  — Anuncia  el  Libertador  su  próximo  regreso  á  la  capital; 
proclama  que  da  en  Caracas.  —  Fuerzas  que  le  preceden.— Ultimos 
arreglos  que  haco  en  Venezuela.  —  Se  embarca  para  Cartagena.  — 
Leyes  importantes  que  dicta  el  congreso.  —  Pago  de  intereses  de 
la  deuda  interior.  —  Discusiones  sobre  reforma  de  la  constitución. 

—  Alarma  de  los  liberales  exaltados  contra  el  Libertador.  — 
Proyecto  de  separación  que  publica  Azuero.  —  Revolución  que  iba 
á  estallar.  —  Santander  es  uno  de  los  agitadores  principales.  — 
Se  convoca  una  convención.  —  Temores  á  las  tropas  que  conduce 
el  Libertador.  —  Irregularidad  de  algunas  providencias  dictadas 
por  este.  —  Oposición  decidida  oiue^Santander  le  hace ;  sus  dife- 
rentes planes  contra  Bolívar^  :=ÍMensS}^gue  este  dirige  al  con- 
greso. —  Presta  el  juramento  constitucional  y  Se  encarga  del  poder 
ejecutivo.  —  Convoca  extraordinariamente  al  congTe*»^ — ¿^^^^^ 


de  nuevo  á  los  secretarios  de  Estado.  —  Personas  que  á  su  arribo 
se  ocultan  por  temores.  —  Providencias  del  Libertador  para  calmar 
los  partidos,  mejorar  la  administración  pública  y  conseguir  buenas 
elecciones. —  El  congreso  aprueba  su  conducta  y  lodos  sus  actos  en 
Venezuela.  —  Santander  pide  que  se  le  juzgue  sobre  la  inversión 


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ÍNDICE  DRL  TOMO  CUARTO.  610 

Página. 

del  empréstito.  —  El  congreso  termina  sus  sesiones.  — Terremoto 
en  las  provincias  del  centro.  — .  Movimientos  de  Guayaquil.  —  Allí 
se  restablece  el  orden  constitucional.  —  Operaciones  de  los  guer- 
rilleros realistas  en  Venezuela  :  sus  fuerzas.  —  Púez  los  bate  y  per- 
sigue. —  Otras  insurrecciones  en  los  departamentos  del  Orinoco  y 
Maturin.  —  La  de  Cumaná  es  de  mal  carácter.  —  Principian  á 
enardecerse  las  cuestiones  con  el  Perú.  —  Sublevación  de  algunas 
tropas  colombianas  en  Bolivia;  se  castiga  aquel  motin  promovido 
por  los  Peruanos  y  por  los  impresos  de  Colombia.  —  Fuerte  mani- 
festación de  su  gobierno  contra  el  peruano. — £1  Libertador  reforma 
el  ejército.  —  Escuadra  española  que  cruza  sobre  las  costas  de  Ve- 
nezuela :  nada  consigue.  —  Establece  Páez  una  alta  policía.  —  Efica- 
ces providencias  que  dicta  para  restablecer  y  asegurar  el  órden 

público  en  la  antigua  Venezuela   5 

Capítulo  xm.  —  Los  miembros  del  gobierno  se  abstienen  de  influir  en 
las  elecciones  para  la  convención ,  mas  no  los  liberales  exaltados. 

—  Disgusto  del  Libertador.  —  Sus  opiniones  sobre  forma  de  go- 
bierno. —  Determina  seguir  á  Venezuela.  —  Se  reviste  de  facul- 
tades extraordinarias  en  los  departamentos  del  nordeste  de  la  Re- 
pública. —  Fija  las  bases  para  seguir  los  juicios  contra  conspira- 
dores. —  Declara  que  ejercerá  el  gobierno  fuera  de  la  capital.  — 
Reorganiza  el  ministerio.  —  Excesos  contra  la  libertad  de  imprenta. 

—  Declárase  con  facultades  extraordinarias  en  toda  la  República.  — 
Reformas  que  son  consiguientes.  —  Peticiones  contra  los  abusos 
de  la  imprenta.  —  Indiferencia  de  Bolívar  respecto  del  Perú.— *6igue 
hácia  los  departamentos  de  Venezuela.  —  Operaciones  de  los  di- 
putados para  la  convención  de  Ocaña. —  Disturbios  en  Cartagena 
promovidos  por  Padilla.  —  El  general  Montilla  los  reprime.  — 
Padilla  sigue  á  Ocaña.  —  Extraña  resolución  de  la  mayoría  de  los 
diputados  ;  es  revocada.  —  Padilla  vuelve  á  Cartagena.  —  Se  le  re- 
mite preso  á  la  capital.  —  Alarmado  el  Libertador  determina  ir  á 
Cartagena.  —  Se  detiene  en  Bucaramanga.  —  Instálase  la  conven- 
ción. —  Oye  el  mensaje  del  presidente  de  la  República  :  su  conte- 
nido. —  Peticiones  numerosas  que  se  dirigen  á  la  convención  ; 
recíbelas  mal.  —  Declara  urgente  la  reforma  de  la  constitución 
acordada  en  Cúcuta.  —  Rechaza  el  gobierno  federativo. —Acuerda 
algunas  bases  para  la  futura  constitución.  —  Proyecto  que  redactan 
los  liberales  exaltados.  —  El  doctor^astillo  presenta  otro ;  propone 
que  se  llame  á  Ocaña  al  Libaiiflflror^^WJtse  esto.  —  Discusiones 
acaloradas  que  hay  en Jj^Tmveneion.  —  La  minoría  se  juzga  opri- 
D^b^p^^fH^llH^ropuestas  para  avenirse.  —  Sepáranse  veinte 

"^mMlipinadosT—  Estos  dan  un  manifiesto  sincerando  su  conducta 
irregular.  —  Se  disuelve  la  convención.  —  Críticas  circunstancias 
en  que  se  halla  el  Libertador.  —  Pide  la  opinión  de  su  consejo 
do  gobierno.  —  Acta  de  Bogotá  haciendo  á  Bolívar  dictador.  — 
La  aprueba  el  consejo  de  gobierno.  —  Este  da  cuenta  al  Libertador 


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820  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Página. 

presidente,  que  admite  la  nueva  magistratura.  —  Su  regreso  á 
la  capital.  —  Juicio  sobre  tales  actos.  —  Toda  la  República  se 
adhiere  al  acta  de  Bogotá  sin  discrepancia.  —  Cargos  que  se  hacen 
al  Libertador.  —  Providencias  que  dicta  en  varios  ramos.  —  Ex- 
tingue el  corso.  —  Creación  de  un  jefe  superior  en  el  Magdalena. 

—  Expide  el  decreto  orgánico  del  gobierno  dictatorio  ;  su  contenido. 

—  Proclama  con  que  lo  publica.  —  Castillo  nombrado  presidente 
de  los  consejos.  —  Se  jura  el  nuevo  gobierno  con  regocijo,  espe- 
cialmente en  Venezuela.  —  Movimientos  revolucionarios  en  la  pro- 
vincia de  Cumaná.  —  Misión  diplomática  conferida  á  Santander 
cerca  del  gobierno  de  los  Estados  Unidos.  —  Sorda  agitación  que 
reina  en  Bogotá.  —  Denunciase  una  conspiración.  —  Estalla  para 
asesinar  al  Libertador.  —  Su  escape  providencial.^—  Los  conjurados 
son  batidos. — Bolívar  se  presenta  y  es  recibido  con  entusiasmo  por 
las  tropas  y  por  sus  amigos.  —  Profunda  y  dolorosa  pena  que  siente. 

—  Elogio  merecido  por  algunos  jefes.  —  Severas  providencias  que 
se  dictan.  —  Ejecución  de  varios  reos.  —  Motivos  probables  que 
los  impelieron  al  crimen.  — Encárgase  la  terminación  de  los  procesos 
al  comandante  general  de  Cundinamarca.  —  Condenación  de  Guerra, 
Padilla  y  otros  :  también  la  de  Santander.  —  Consúltanse  al  consejo 
de  ministros  varias  sentencias  de  muerte.  —  Aconseja  que  estas  penas 
se  conmuten  por  otras.  —  El  Libertador  se  conforma.  —  Congra- 
tulaciones que  se  le  dirigen  por  la  salvación  de  su  vida.  —  Se 
traslada  al  campo.  —  Arribo  del  ministro  peruano  Villa.  —  Prin- 
cipia á  negociar.  —  Puntos  que  se  discuten.  — Iucidente  que  rompe 
la  negociación.  —  Villa  pide  y  se  le  da  su  pasaporte.  —  Intrigas 
peruanas  en  Bolivia.  —  Conferencia  en  el  Desaguadero  entre  Sucre 
y  Gamarra.  —  Herida  que  recibe  el  gran  mariscal  en  un  motin. — 
Gamarra  invade  pérfidamente  á  Bolivia.  —  Urdininea  encargado  de 
la  defensa.  —  Traiciones  de  algunos  Bolivianos.  —  Tratado  ver- 
gonzoso de  Piquiza.  —  Energía  de  Sucre,  quien  protesta  contra  los 
actos  del  gobierno  peruano.  —  Sale  de  Bolivia  y  también  las  tropas 
colombianas.  —  Toca  en  el  Callao  como  mediador  pacífico  :  nada 
consigue.  —  Proclamas  belicosas  de  Flórez  y  del  Libertador  contra 
el  Perú.  —  Manifiesto  del  gobierno  de  Colombia  justificando  la 
guerra.  —  Fuertes  recriminaciones  é  insultos  del  presidente  del 
Perú.  —  El  consejo  colombiano  de  gobierno  se  opone  á  la  guerra  ; 
sus  razones.  —  Consigue  que  sa.  .envié  un  ministro  con  instruc- 
ciones de  paz. —  La  noticia  brtrTaTmvalf*v^c  Bolivia  irrita  de  nuevo 
al  Libertador.  —  Le  calma  el  consejo.  -—"b**de  entónces  quiere 
constantemente  la  paz.  — Estado  general  de  las  reía^rt»»»^»^^',^^^^ 
de  Colombia.— El  gobierno  español  no  cede  un  ápice  de  sus^^1 
proyectos  de  reconquista.  —  Ofrecimientos  secretos  que  se  le  hacen. 

—  Desconfianza  que  asiste  á  las  demás  potencias  sobre  nuestra 
estabilidad.  -Tratado  que  se  ajusta  con  los  Países-Bajos. —  Misión 
francesa  de  Brcsson.  —  El  ministro  Polignac  se  opone  á  entrar  en 


» 


■ 


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ÍNDICE  DBL  TOMO  CUARTO.  G21 

relaciones  con  las  nuevas  repúblicas ;  no  reconoce  al  ministro  co- 
lombiano en  Paris  81 

Capítulo  xiv.  -  Rompimiento  de  la  guerra  con  el  Perú.  —  El  go- 
bierno peruano  no  admite  la  misión  de  O'Leary  :  niega  al  Libertador 
sus  títulos  legales.  —  Declara  bloqueados  nuestros  puertos  del  Pa- 
cífico. —  Lámar  se  traslada  á  Piura  :  insultos  que  escribe  contra 
Bolívar.  —  Fuerzas  del  Perú  y  Colombia.  —  Sucre  es  nombrado 
general  en  jefe.  —  Pérdida  de  la  corbeta  colombiana  Pichincha.  — 
Bloqueo  y  ataque  de  los  Peruanos  contra  Guayaquil.  —  Son  recha- 
zados y  muere  el  vicealmirante  Guise.  — Sublevación  en  Popayan  de 
Obando  y  López  de  acuerdo  con  Lámar.  —  Marcha  de  Bogotá  una 
división  al  mando  do  Córdoba.  —  Obando  triunfa  en  la  Ladera  de 
las  tropas  del  gobierno.  —  Apodérase  do  Popayan,  donde  encuentra 
apoyo ;  mas  no  en  los  valles  del  Cauca  y  Néiva.  —  Obando  se  apo- 
dera de  Pasto.  —  Córdoba  ocupa  á  Popayan.  —  Providencias  de 
Páez  en  Venezuela  para  mantener  la  tranquilidad  pública.  —  El  Li- 
bertador convoca  un  congreso  constituyente  de  Colombia  :  expide 
otros  varios  decretos  importantes.  —  Pasos  que  da  en  favor  del  co- 
mercio con  la  España;  motivos  políticos  que  los  dictan.  —  Extingue 
el  corso.  —  Sigue  á  Popayan. —  Fuerzas  militares  que  marchan 
hácia  el  sur.  —  Ocupaciones  que  deja  al  consejo  de  ministros;  em- 
peño de  este  en  reunir  el  congreso  constituyente.  —  Manifiesto  de 
Páez  defendiendo  la  conducta  política  del  Libertador  y  contra  la 
Monarquía.  —  Sus  protestas  de  amistad  no  fueron  cumplidas.  — 
Noticias  que  Bolívar  recibe  en  Popayan  sobre  el  estado  del  ejército 
del  sur.  —  Hostilidades  de  Obando  y  López  como  auxiliares  de  los 
Peruanos.  —  Operaciones  del  general  Hérez  en  los  Pastos.  —  Proyec- 
tos incendiarios  de  Lámar  contra  los  Colombianos.  —  El  Libertador 
está  decidido  á  trabajar  por  la  paz.  —  El  ejército  peruano  se 
mueve  sobre  las  fronteras  de  Colombia.  —  El  general  Flórez 
junta  en  Cuenca  al  colombiano.  —  Estado  critico  de  Guayaquil ;  blo- 
queado estrechamente,  capitula  Illingrot  con  los  Peruanos.  —  Con- 
serva una  parte  del  departamento.  —  Marcha  por  Loja  del  éjercito 
de  Lámar ;  sus  proclamas  contra  el  Libertador.  —  Encuentra  sim- 
patías y  apoyo  en  los  habitantes  de  Loja.  —  Sucre  se  pone  en 
Cuenca  á  la  cabeza  del  ejército  colombiano ;  su  proclama,  número, 
estado  y  situación  del  ejército  del  Sur. — Negociaciones  de  paz  que 
se  rompen.  —  Invasión  y  toma  de  Cuenca.  —  Ataque  nocturno 
contra  Saraguro.  —  Graves^j0lffi^^^^*usa  á  los  Peruanos.  — 
Marcha  de  estos  háciaJ^m,  y  la  de  Sucre  hasta  la  llanura  de  Tar- 
^oui^=J^¡jflpgprtrTacar  á  los  Peruanos.  —  Derrótalos  en  el  Por- 
•^^WCTarqui.  —  Brillante  comportamiento  de  los  jefes  colombia- 
nos. —  Sucre  expide  un  decreto  de  honores  y  recompensas  al 
ejército  vencedor.  —  Decreta  la  erección  de  una  columna  sobre 
el  campo  de  batalla.  —  Ofrece  una  capitulación  á  los  Peruanos, 
que  ponen  dificultades ;  pero  al  fin  la  aceptan  en  Jirón.  —  Bases 


622  historia  de  Colombia. 

Páfin». 

y  artículos  que  contiene.  —  Fueron  demasiado  generosas  las  con- 
cesiones y  sin  garantías  para  su  cumplimiento.  —  Pérdidas  que 
sufrieron  los  Peruanos.  —  Operaciones  deObando  y  Lópe2.  —  Am- 
nistía que  publica  el  Libertador.  —  Produce  buenos  efectos  en  Patía. 

—  Decreto  que  da  en  el  puente  de  Mayo;  concede  ventajas  y  una 
completa  amnistía  á  todos  los  comprometidos  en  la  revolución.  — 
Es  aceptada.  —  Motivos  que  influyeron  en  tan  generosa  conducta. 

—  El  Libertador  llega  á  Pasto,  donde  es  bien  recibido.  —  Sabe  al 
dia  siguiente  el  triunfo  de  Tarqui.  —  Los  Peruanos  no  devuelven  á 
Guayaquil  en  cumplimiento  de  órdenes  que  Lámar  les  comunica.— 
Motivos  que  este  alega  para  colorir  su  pérfida  conducta.  —  Excesos 
que  sus  tropas  cometen  al  retirarse.  —  Sentimiento  penoso  del 
Libertador  por  la  continuación  de  la  guerra ;  providencias  que  dicta 
para  hacerla  con  vigor.  —  Da  una  proclama  á  los  Colombianos, 
manifestándoles  sus  deseos  de  paz.  —  Dispone  que  Flórez  marche 
con  varios  cuerpos  sobre  Guayaquil.  —  Dificultades  para  atacar  la 
plaza  reforzada  por  los  Peruanos.  —Se  incendia  en  la  Ria  de  Gua- 
yaquil la  fragata  Presidente,  del  Perú.  — Arreglos  administrativos 
que  hace  el  Libertador  en  Quito.  —  Actívala  guerra  sin  descuidar  la 
paz. —  Dirige  aberturas  pacificas  al  gobierno  del  Perú. —  Manifiesto 
que  este  publica  justificándose  de  no  cumplir  la  capitulación  de 
Jirón.  —  Descontento  de  los  pueblos  del  Perú  contra  la  guerra.  — 
El  Libertador  sale  de  Quito  y  se  dirige  hácia  Riobamba;  sus  desig- 
nios. —  Fragatas  colombianas  enviadas  al  Pacífico.  —  En  La  Cun- 
dinamarca  sigue  de  Cartagena  á  Puertocabello  el  general  Santander. 

—  Bolívar  se  traslada  á  la  provincia  de  Guayaquil.  —  Defectos  ó  di- 
ficultades que  ofrece  su  plan  de  campaña.  —  Descontento  en  el  Perú 
y  maquinaciones  contra  el  presidente  Lámar.  —  El  general  La- 
fuente  se  apodera  en  Lima  del  poder  ejecutivo.  —  Gamarra  en 
Piura  asume  el  mando  del  ejército  del  norte.  — Lámar  es  deportado 
al  Centro-América.  —  Justicia  que  los  Peruanos  hacen  á  Colombia 
y  al  Libertador.  —  Lafuente  y  Gamarra  mandan  abrir  negociaciones 
de;  paz.  —  Armisticio  celebrado  con  los  jefes  de  Guayaquil. — 
Misión  diplomática  que  el  Libertador  envía  á  Lima.  —  Armisticio 
general  que  se  ajusta  en  Piura.  —  Recuperación  de  Guayaquil.  — 
Grave  enfermedad" que  Bolívar  sufre  en  esta  ciudad;  causas  que  la 
producen.  —  Célebre  circular  que  dirige  para  que  los  pueblos  de 
Colombia  indiquen  la  forma  de  ¡¿gjjj^nu)  y  el  primer  magistrado  que 
deseen.  —  Instalación  del  Congreso  ¡raKj¡no  :  nombra  presidente 
á  Gamarra,  decidido  por  ajusta r  la  paz.^^C^jneba  el  nombra- 
miento del  ministro  plenipotenciario  del  Perú.  -  kfohuui****¿*HK^^ 
ferencias  en  Guayaquil.  —  Se  firma  un  tratado  definitivo  de  paz. 

—  Condiciones  honrosas  á  ambas  partes ,  que  contiene.  —  Declara- 
ción aceptada.  —  El  Libertador  nombra  un  ministro  plenipoten- 
ciario para  Lima,  y  una  comisión  de  limites.  —  Regresa  á  Quito. 

—  Expide  varios  decretos  para  mejorar  la  administración  pública 


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ÍNDICE  DFL  TOMO  CUARTO.  623 

Wgina. 

de  los  departamentos  meridionales.  —  Censura  de  algunos.  —  Los 
regulares  sometidos  al  ordinario  eclesiástico.  —  El  general  Flórez 
revestido  en  el  sur  de  la  autoridad  superior  civil  y  militar.  —  Bo- 
lívar sigue  hacia  la  capital  de  la  República.    .......  143 

Capítulo  xv.  —  Estado  de  los  departamentos  del  nordeste  de  Colom- 
bia. —  Escasez  de  sus  rentas  públicas;  su  independencia  del  go- 
bierno central.  —  Desagrado  con  la  policía  establecida  por  Pácz. 

—  El  sur  de  Colombia  se  gobierna  también  por  leyes  excepcio- 
nales. —  Temores  que  inspira  el  estado  de  la  República.  —  Se 
proyecta  el  establecimiento  de  una  Monarquía  con  un  principe  ex- 
tranjero.—  Harrison  ministro  délos  Estados  Unidos,  y  Bresson  co- 
misionado francés  en  Bogotá.  —  Apoya  este  el  proyecto  de  Monar- 
quía; mas  no  el  Libertador.  —  Se  piensa  que  la  adopte  el  congreso 
colombiano.  —  El  proyecto  ofrece  muy  graves  dificultades.  —  Bús- 
case el  apoyo  de  los  jefes  militares  y  del  alto  clero.  —  Se  sondea 
el  ánimo  de  Bolívar  sobre  el  establecimiento  de  Monarquía.  — 
Proyecto  del  Libertador  para  que  se  solicite  el  apoyo  y  protección 
de  una  gran  potencia.  —  El  consejo  de  ministros  se  opone  á  tal 
idea.  —  Insistencia  de  Bolívar ;  juicio  sobre  esta.  —  Puntos  que 
Brcsson  discute  con  el  ministro  de  relaciones  exteriores.  —  Las  de 
Colombia  han  retrogradado:  motivos  para  esto.  —  Conferencias  en 
Londres  con  el  ministro  británico  sobre  Cuba  y  Puerto-Rico.  —  Tra- 
tado con  los  Países  Bajos.  —  Nada  consigue  Colombia  en  Francia. 

—  Ministro  que  envia  el  emperador  del  Brasil. —  El  general  Har- 
risson  es  reemplazado  por  Moore.  —  Ventajas  del  cambio;  cesa  la 
política  maquiavélica  del  presidente  Adams  de  los  Estados  Unidos. 

—  Manejos  é  intrigas  de  Uarrisson  y  de  Torrens,  encargado  de  ne- 
gocios de  Méjico.  —  Juicio  de  Bolívar  sobre  las  logias  masónicas.  — 
El  gobierno  de  los  Estados  Unidos  ofrece  no  mezclarse  en  nuestros 
negocios  domésticos.  —  Nombramiento  de  O'Leary  para  ministro 
plenipotenciario  en  Washington.  —  Objetos  de  esta  misión.  — 
Proyectos  de  conquista  que  emprende  realizar  la  España.  —  Capi- 
tulan en  Venezuela  las  guerrillas  realistas ,  ménos  la  de  Cisnéros. 

—  El  general  Santander  arriba  á  Pucrtocabello  y  sigue  á  Europa. — 
Suerte  de  la  fragata  Cundinamarca.  —  Elecciones  para  el  congreso 
constituyente.  —  El  consejo  de  gobierno  adelanta  el  proyecto  de 
Monarquía. — Acuerdo  lijando  sus  basas.  —  Negociaciones  iniciadas 
con  los  comisionados  ingles  y  fr2¡MBte¿níL(la  cuenta  al  Libertador 
de  estos  pasos  oficiales.  —  Ejfl^rinentoT^h  que  el  consejo  apoya 
sus  actos.  —  Bolívarj^Ppone  -á  sus  ministros  que  el  congreso 

^^^^^gglatfri^ruela  separación  de  Venezuela  y  de  la  Nueva 
^CTanadaT—  Impugna  de  paso  el  establecimiento  de  la  federación  y 
de  Monarquía.  —  Opina  por  un  presidente  y  un  senado  vitalicios ; 
empero  nada  quiere  proponer.  —  Juzga  que  toca  al  congreso 
establecer  «  el  gobierno  que  mejor  convenga  á  la  nación,  y  á  él 
sostenerlo. »  —  Este  es  el  resúmen  de  sus  opiniones  y  su  voluntad 


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ni 


624  HISTORIA  OE  COLOMBIA. 

Mina* 

decidida.  —  El  consejo  de  gobierno  se  opone  ni  proyecto  de  disolver 
á  Colombia.  —  Tramas  revolucionarias  del  general  Córdoba.  —  Se 
levanta  en  Antióquia  y  se  apodera  de  esta  provincia.  —  Sus  falaces 
promesas  y  ambiciosos  proyectos.  —  Oposición  que  halla  en  los  ' 
pueblos.  —  Córdoba  procura  extender  la  revolución.  —  Activas  pro- 
videncias que  dicta  el  consejo  de  ministros  para  reprimir  la  expe- 
dición militar  que  envia.  —  Esta  penetra  por  las  montañas  de  An- 
tióquia, ataca  y  vence  á  los  rebeldes.  — Córdoba  muere  después  de 
la  acción  del  Santuario.  —  So  deplora  su  muerte. —Tropas  que  se 
dirigían  á  combatirle.  —  O'Leary  indulta  á  los  comprometidos.— 
La  provincia  del  Chocó  también  se  somete  de  nuevo  al  gobierno.  — 
El  Libertador  celebra  el  restablecimiento  de  la  paz.  —  Espíritu  mi- 
litar que  en  esta  época  reina  en  el  territorio  colombiano.  —  El 
poder  civil  está  abatido.  —  Aquesta  situación  se  atribuye  al  Li- 
bertador, que  pierde  su  popularidad. —El  mismo  espíritu  militar  se 
opone  á  la  reorganización  de  Colombia.  —  La  expedición  española 
contra  Méjico  capitula.  —  Bolívar  imprueba  á  sus  ministros  el  pro- 
yecto de  Monarquía.  —  Avísales  que  ha  resuelto  separarse  del 
mando.  —  Célebre  carta  que  escribe  á  Páez  acerca  de  sus  miras 
futuras.  —  El  consejo  de  ministros  defiende  su  conducta  sobre  el 
proyecto  de  Monarquía. —  Segunda  improbación  del  Libertador,  que 
está  bien  fundada.  —  Abandono  del  plan  de  Monarquía.  —  En 
Francia  no  produce  efecto  alguno.  —  Conferencias  y  explicaciones 
del  ministro  ingles  de  relaciones  exteriores;  fuertes  y  fundadas  ob- 
servaciones que  hace.  —  El  ministro  colombiano  Madrid  toca  otros 
puntos  de  negociación;  su  resultado.  — Túrner  nombrado  ministro 
de  la  Gran  Bretaña  en  Bogotá.  —  Temores  que  hay  en  Europa 

«  de  que  se  disuelva  Colombia    198 

Capítulo  xvi.  —  Mal  estado  de  la  opinión  en  Venezuela  contra  el  go- 
bierno del  Libertador.  —  Publicación  de  una  carta  de  este  para 
calmar  la  irritación.  —  Púez  y  Soubiette  en  Valencia. —  Reciben  allí 
la  circular  para  que  los  pueblos  pidan  lo  que  quieran. —  Excítalos 
Páez  á  que  lo  hagan.  —  Primeras  actas  en  forma  de  peticiones  al 
congreso  constituyente. — La  de  Carácas  acuerda  su  separación  abso- 
luta de  Colombia,  estableciendo  un  Estado  independiente. —  Juicio 
sobre  dicha  acta  :  se  demuestran  sus  defectos.  —  Insultos  escritos 
contra  el  Libertador,  que  se  reprimen.  —  Páez  no  acepta  la  primera 
magistratura  de  Venezuela,  que  se  Je  ofrece. — Motivos  déla  nega- 
tiva y  de  su  contestación,  -^ü^cuenn^ú  gobierno  colombiano  de 
lo  acaecido  y  ofrece  mantener  el  órden.  — ^v-ns  diputados  vene- 
zolanos quieren  asistir  al  congreso  de  I  I  In    Ti  i     ,  ,  Jj^^p 

el  acta  de  Carácas.  —  Algunas  son  muy  injuriosas  al  Libertador. 
—  Valencia,  la  primera,  pide  su  ostracismo.  —  San  Rafael  de 
Orituco  le  defiende.  —  Parroquias  que  revocan  sus  poderes  á  los 
diputados  al  congreso.  —  Petición  que  algunos  vecinos  notables  de 
Carácas  dirigen  al  Libertador.— Esfuerzos  que  hacen  los  jefes  para 


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ÍNDICE  DEL  TOMO  CÜARfO.  625 

generalizar  la  revolución,  sobre  todo  en  el  Zúlia.  —  Páez  se  mani- 
fiesta decidido  á  sostenerla.  —  Parte  que  tuvo  en  ella  el  almirante 
ingles  Fleeming.  —  El  gobierno  de  Colombia  pide  órdenes  al  Li- 
bertador sdbre  tan  grave  negocio.  —  Dispone  oficialmente  suspen- 
der toda  negociación  acerca  del  proyecto  de  Monarquía.  —  Opinio- 
nes en  la  Nueva  Granada  contra  la  unión  :  también  sobre  forma 
de  gobierno.  —  Páez  establece  en  Venezuela  un  gobierno  inde- 
pendiente. —  Convoca  un  congreso  constituyente  en  Valencia.  — 
El  departamento  del  Zúlia  se  adhiere  á  la  revolución.  —  Proclama 
hinchada  de  Páez  anunciándolo.  —  Preparativos  de  defensa  que 
hace.  —  Fórmase  en  Bogotá  la  diputación  del  congreso  colombiano. 
—  El  Libertador  arriba  á  la  capital.  —  Reforma  su  ministerio.  — 
Instalación  del  congreso  constituyente.—  Mensaje  que  le  dirige  Bo- 
lívar, y  puntos  principales  que  contiene. —  Su  proclama  á  los  Co- 
lombianos. —  Injusticia  con  que  se  ataca  al  Libertador.  —  El  con- 
greso defiende  su  honor.  —  Exposición  al  congreso  del  presidente 
del  consejo  de  ministros.  —  Aquel  se  ocupa  en  formar  un  regla- 
mento interior.  —  El  congreso  se  decide  por  conservar  la  unión  co- 
lombiana. —  Proyecta  el  Libertador  ir  á  Venezuela.  —  Partida  del 
comisionado  Bresson.  —  Presentación  de  dos  ministros  extranjeros. 
— ■  Preparativos  militares  del  prefecto  general  Montilla  para  con- 
servar la  tranquilidad  del  Zúlia. —  El  ejecutivo  dispone  reunir  otra 
división  en  Cúcuta.  —  El  general  O'Leary  es  su  jefe ;  instrucciones 
que  recibe.  —  El  batallón  Boyacá  se  subleva  y  pasa  á  Maracáibo.  — 
Temores  que  inspira  esta  defección.  —  Sistema  defensivo  que  se 
adopta  respecto  de  Venezuela.  —  Comisiones  constitucionales  que 
se  forman.  —  Decreta  el  congreso  una  comisión  de  paz  que  siga  Ve- 
nezuela ;  instrucciones  que  le  da.  —  Basas  que  se  adoptan  para  la 
constitución  :  alocución  del  congreso  á  los  Colombianos.—  Resuelve 
mantener  la  unión  de  Colombia.  —  Bolívar  indulta  á  los  que  aun 
sufren  penas  por  los  sucesos  del  25  de  setiembre. —  Nombra  al  ge- 
neral Caicedo  presidente  del  consejo  de  ministros.  —  Á  la  comisión 
de  paz  se  le  impide  penetrar  á  Venezuela.  —  Proclama  belicosa  de 
Páez,  quien  sale  á  campaña.  —  Los  comisionados  colombianos  tratan 
con  los  de  Venezuela  en  la  villa  del  Rosario  de  Cúcuta.  —  Nada 
se  consigue.  —  Miras  pacificas  del  gobierno  de  Colombia  ;  el  de  Ve- 
nezuela trabaja  por  conmover  la  Nueva  Granada.  —  Revolución  de 
Casanare.  —  Asesinatos  que  cometen  los  cabecillas.  —  Alarma  que 
causan  estos  sucesos.  — Con^00VlrevNM*ion  en  Bogotá. —  Consejo 
que  reúne  el  Libertadn^^fis^ustos  que  causa.  —  Opiniones  rei- 

sedé  constitución.  —  Las  apoya  por  un  raen- 
"poder  ejecutivo. — El  congreso  insiste  en  darla.  —  Protestas 
que  dirigen  los  ministros  de  la  Gran  Bretaña  y  del  Brasil.  —  Son 
infundadas.  —  Proyecto  de  decreto  para  acordar  las  opiniones  en- 
contradas. —  Se  restablece  la  libertad  de  imprenta.  —  Opinión  en 
la  Nueva  Granada  á  favor  de  la  separación  de  Venezuela ;  sus  mo- 

TOMO  IV.  40 


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626  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Páfiu. 

tjvos,  —  Discusiones  acerca  del  futuro  presidente  de  la  República  : 
Bolívar  quiere  serlo.  —  Proyecte  reasumir  el  mando.  —  Movi- 
mientos que  esto  causa  en  los  partidos.  —  Sus  fieles  amigos  le 
aconsejan  que  se  retire  definitivamente.  —  Anuncia  al  congreso  su 
última  resolución.  —  Contestación  del  congreso  y  sentimientos  de 
los  bandos  políticos.  —  Bolívar  se  decide  á  salir  de  Colombia.  — 
Supresión  de  las  prefecturas  generales.  —  Terminase  la  constitu- 
ción. —  Mosquera  y  Caicedo  nombrados  presidente  y  vicepresidente. 

—  Encárgase  este  del  mando  de  la  República.  —  Moción  en  favor 
del  Libertador. —  Se  manda  publicar  la  nueva  constitución.  —  De- 
creto que  arregla  cómo  ha  de  ofrecerse  á  Venezuela.  —  Sublevación 
del  batallón  Granaderos.  —  Sus  consecuencias  y  motivos.  —  Te- 
mores de  Bolívar,  que  sigue  á  Cartagena.  —  Decreto  del  congreso 
en  su  favor.  —  Este  cierra  sus  sesiones.  —  Juicio  acerca  de  él  y 
respecto  de  la  constitución.  —  Carácter  de  los  nuevos  magistrados. 

—  Sucre  era  el  presidente  que  habría  convenido.  —  Desobediencia 
de  la  división  acantonada  en  Pamplona.  —  Arribo  á  Cúcuta  de  una 
división  venezolana  :  su  jefe  Marino  viola  el  territorio  granadino. 

—  La  división  de  Pamplona  capitula  su  traslación  á  Venezuela.  — 
Aranzazu  y  Soto  comisionados  granadinos  para  ofrecer  la  nueva 
constitución  á  Venezuela.  —  Aranzazu  consigue  que  se  retiren  de 
Cúcuta  los  Venezolanos. —  Marino  deja  allí  á  los  soldados  y  oficiales 
granadinos.     Sométense  estos  al  gobierno  colombiano.    .    .    .  255 

Capítulo  xvii.  —  Instalación  del  congreso  constituyente  de  Venezuela. 

—  Mensaje  de  Páez.  —  Aquel  trata  de  dar  una  constitución.  — 
Discusiones  previas  y  acuerdo  contra  Bolívar.  —  Comunicase  la 
resolución  al  congreso  de  Bogotá.  —  Ingratitud  de  los  Venezolanos 
con  su  Libertador.  —  La  Nueva  Granada  no  los  imita.  —  No  se 
admite  la  agregación  de  Casanare  á  Venezuela.  —  Pronunciamientos 
en  Venezuela  á  favor  de  la  integridad  de  Colombia.  —  Cesan  por 
un  avenimiento  pacifico.  —  El  congreso  venezolano  da  un  acto  en 
favor  de  los  autores  y  cómplices  del  25  de  setiembre.  —  Rechaza 
la  constitución  de  Colombia;  pero  ofrece  entraren  pactos  recíprocos 
de  federación.  —  Dificultades  que  se  tocan  para  esta.  —  El  comi- 
sionado Aranzazu  nada  mas  puede  conseguir. —  El  congreso  consti- 
tuyente nombra  á  Páez  presidente  de  la  República.  —  El  general 
Flórez  agrega  la  provincia  de  Pasto  al  Ecuador.  —  Las  autorida- 
des superiores  del  Cauca  frustran  jaquel  paso  ilegal.  —  El  poder 
ejecutivo  aprueba  su  conduct^'»íí,n!Wl^¡mpeña  el  vicepresidente 
Caicedo.  —  Pretensiones  de  los  departa  menrik^iel  sur :  Flórez  las 
apoya.  —  Acta  de  Quito  declarándose  indrprrnTTTi  '^cnu.lp 
mismo  Guayaquil  y  Cuenca.  —  Nombran  á  Flórez  jefe  dvilyimTn'arlr^** 

—  Convoca  un  congreso  constituyente  de  los  tres  departamentos  : 
promesas  que  hace  á  los  pueblos.  —  El  gobierno  del  centro  com- 
bate con  razones  la  separación ;  mas  ninguno  piensa  en  que  se  use 
de  la  fuerza  para  impedirla.  —  El  general  Sucre  se  pone  de  acuerdo 


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ÍNDICE  DEL  TOMO  CUARTO.  627 

Págínt. 

con  el  vicepresidente  Caicedo;  parte  hácia  Quito.  —  Temores  que 
hay  de  que  peligre  su  vida.  —  Su  arribo  á  la  Venta  Quemada.  — 
Sospechas  que  tieno  de  Sarria  y  Erazo.  —  Es  asesinado  en  la  mon- 
taña de  Berruécos.  —  Pormenores  de  este  crimen.  —  Sentimiento 
general  que  causa.  —  Sospechas  contra  algunos.  —  El  general 
Obando  procura  hacerlas  recaer  sobre  Flórez.  —  Cuál  es  la  opinión 
pública  mas  común.  —  Predicción  del  asesinato.  —  Mosquera  se  po- 
sesiona de  la  presidencia  :  su  ministerio.  —  Pesquisas  sobre  el  ase- 
sinato de  Sucre.  —  Denuncia  hecha  por  Luis  Urdaneta.  —  Luto  de- 
cretado en  honor  de  Sucre.  —  Movimientos  contra  la  constitución 
de  Colombia  en  Néiva,  Socorro  y  Cartagena,  que  se  cortan.  — 
Júrase  la  constitución.  —  Conducta  del  Libertador  en  las  provincias 
litorales.  —  Causas  que  impiden  su  viaje  á  ultramar.  —  Estable- 
cimiento del  consejo  de  Estado.  —  Variaciones  en  el  cuerpo  diplo- 
mático. —  Estado  de  las  relaciones  exteriores  de  Colombia.  — 
Discusiones  en  el  parlamento  británico  sobre  la  Independencia  de 
las  repúblicas  americanas.  —  Muerte  del  ministro  Madrid.  — 
Noticias  recibidas  en  Cartagena  sobre  la  insurrección  de  Venezuela 
en  favor  de  la  integridad  de  Colombia.  —  Sensación  que  causan.— 
El  Libertador  las  comunica  al  gobierno  del  centro ;  su  contestación 
á  los  revolucionarios  y  á  sus  amigos.  —  Sabe  la  muerte  de  Sucre  : 
contrae  su  última  enfermedad. —  Mosquera  organiza  definitivamente 
su  ministerio.  —  Niega  auxilios  á  los  sublevados'en  Venezuela.  — 
Comunica  al  Libertador  su  ostracismo  de  Venezuela.  —  Juicio  sobre 
este  paso.  —  Los  bandos  políticos  se  pronuncian  mas  fuertemente. 
—  Situación  del  ejecutivo  colombiano.  —  Oposición  entre  los  ba- 
tallones Callao,  Boyacá  y  Cazadores. —  Mosquera  se  desalienta  con 
el  estado  critico  de  los  negocios.  —  Reformas  várias  que  decreta 
su  gobierno  :  sepárase  del  mando  por  algunos  dias.  —  Marcha  del 
Callao  hácia  Tunja ;  detiénese  en  Gachansipá  y  es  seducido  por  al- 
gunos revoltosos.  —  Ataca  y  vence  en  Cipaquirá  á  un  destacamento 
del  gobierno.  —  Se  unen  varios  jefes  á  los  facciosos. —  Trátase  de 
un  avenimiento  que  no  se  consigue.  —  Peticiones  de  Jiménez  y 
socios  sin  resultado.  —  Fuerzas  de  los  rebeldes  y  del  gobierno;  este 
pide  auxilios  á  las  provincias.  —  Regres  >  del  presidente  Mosquera  ; 
acuerda  una  amnistía  y  recibe  un  refuerzo.  —  Intervención  del 
general  Urdaneta;  es  doble  su  conducta.  —  Revolución  del  So- 
corro. —  Determina  el  ejecutivo  que  se  ataque  á  los  facciosos.  — 
Trábase  el  combate  y  los  re^JMP'liM^fyi  completamente.  —  El 
presidente  Mosquera  ca^ffía  y  entrega  á  Bogotá. — Deja  el  mando 
dftgnw»»  dé^n^a^ÉBdentes.  —  Pronunciamientos  en  favor  dol 
,—  Acta  en  que  Bogotá  hace  lo  mismo.  — Separación  de- 
finitiva de  Mosquera  y  de  Caicedo.  —  Urdaneta  se  encarga  del  ejecu- 
tivo con  gusto  de  la  capital.  —  Organiza  su  ministerio.  —  Invalida 
la  expulsión  de  once  ciudadanos.  —  Envía  una  comisión  llamando 
á  Bolívar.  —  Simpatías  de  los  extranjeros  por  los  facciosos.  — 


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628  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Página. 

Estado  de  la  opinión  en  Cartagena.  —  Desconócese  allí  la  autoridad 
y  gobierno  de  Mosquera.  —  Proclaman  al  Libertador,  que  se  de- 
niega á  tomar  el  mando.  —  Su  contestación  al  acta  de  Bogotá.  — 
Publica  una  proclama.—  Resiste  á  nuevas  actas  de-  Cartagena.  —  El 
mismo  explica  y  vindica  su  conducta  pelitica. —  Su  juicio  sobre  el 
gobierno  de  Urdaneta  y  acerca  de  la  situación  de  la  República.  — 
Mompox  imita  los  pronunciamientos.  —  Itiohacha  se  opone  á  ellos 
con  vigor.  —  Pide  auxilios  á  Maracáibo ;  le  envian  á  Canijo.  — 
Fuerzas  quo  atacan  á  la  provincia  de  Riohacha.  —  Espinar  con- 
mueve á  Panamá  contra  el  ejecutivo:  declara  al  Istmo  en  asamblea 
sin  causa  justa.  —  Sepárase  este  de  la  unión  del  centro. —  Asamblea 
de  Antióquia  y  su  resultado.  —  Movimientos  en  Cali  á  favor  de  Bolí- 
var.—La  asamblea  del  Cáuca  so  decide  también  por  su.  mando. — 
Otros  acuerdos  de  la  misma.  —  Opinión  de  las  provincias  de  la 
Nueva  Granada  contra  la  guerra  civil.  —  Esta  continúa  en  Riohacha 
con  varios  sucesos.  — Decisión  de  sus  habitantes  contra  el  gobierno 
existente.  —  Son  derrotados  en  San  Juan  de  César.  —  Movimiento 
revolucionario  en  Santamaría.  ■ —  Expulsión  decretada  contra  algunos 
ciudadanos.  —  Sardá  sigue  á  Riohacha  y  pacifica  esta  provincia.  — 
La  de  Panamá  se  reúne  y  obedeco  al  gobierno  del  centro  .    .    .  324 
Capítulo  xviii. —  Estado  de  las  relaciones  exteriores  con  Francia  :  su 
gobierno  ofrece  reconocer  la  Independencia  de  Colombia.  —  El  mi- 
nistro colombiano  Palácios.  —  Pasos  de  los  gobiernos  de  la  Gran 
Bretaña  y  de  la  Francia  para  que  la  España  reconozca  nuestra  Inde- 
pendencia. —  Constitución  de  Venezuela.  —  Deja  lugar  para  la  fe- 
deración. —  El  congreso  de  Venezuela  acuerda  otros  varios  actos. 
—  El  Ecuador  se  da  también  una  constitución.  —  Lo  que  dispone 
sobre  federación  de  Colombia.  —  Decreto  que  expide  en  honor  de 
Bolivar.  —  Misión  de  Flórez  á  Bogotá  :  lo  que  se  le  contesta.  — 
Intrigas  de  Flórez  en  Buenaventura  y  Pasto  :  consigue  unir  estas 
dos  provincias  a)  Ecuador.  —  Providencias  de  Urdaneta  en  el 
centro  :  producen  mucho  disgusto  en  los  pueblos.  —  Principia  la 
revolución  en  el  Socorro.  —  Planes  vastos  de  Urdaneta.  —  Invasiones 
sobre  Cúcuta  y  la  villa  de  San  Antonio.  — Explicaciones  pacificas  que 
da  el  gobierno  de  Venezuela.  —  Oficial  que  envía  á  Casanare.  — 
Impide  las  comunicaciones  epistolares  con  la  Nueva  Granada.  — 
Preparativos  militares  de  Urdaneta  por  el  sur.  —  Su  injusta  con- 
ducta con  Obando  y  López.  —  Pronunciamiento  de  los  militares  de 
Popayan  á  favor  de  estos.  ^^¿R^iMl^^de  Popayan  se  une  al 
Ecuador;  debilidad  de  sus  fundamentosT^^^^Ecuador  admite  la 
agregación.  —  Misión  de  Luis  Urdaneta  al  F r uacfB»  "  - !  —  ' ?„jil.a., „ 
auxilios  en  Panamá.  —  Revolución  de  Guayaquil  en  favor  de  Ta^**1 
integridad  de  Colombia.  —  Imítala  el  Asuay  :  también  Quito.  — 
Flórez  sin  fuerzas  emprende  combatir  la  revolución,  que  llega  á 
Ibarra.  —  Contribución  que  exige  Urdaneta  en  Guayaquil.  —  In- 
cendio de  esta  ciudad  ,  y  marcha  de  Urdaneta  hacia  la  Sierra.  — 


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ÍNDICE  DEL  TOMO  CUARTO.  6 

Pági 

Enfermedad  de  Bolívar  en  Barranquilla.  —  Trasládase  á  Santamaría 
á  la  quinta  de  San  Pedro. —  Recibe  los  sacramentos,  hace  su  testa- 
mento y  muere  de  tisis.  —  Sus  exequias  en  Santamarta.  —  El  go- 
bernador de  Jamaica  le  envía  un  médico.— Carácter  del  Libertador 
como  guerrero,  como  político  y  como  administrador. —  Sus  disposi- 
ciones testaméntales.  —  Situación  difícil  de  Urdaneta  en  Bogotá. 

—  Sentimientos  que  excita  la  muerte  de  Bolívar.  —  Proclama  y 
providencias  que  dicta  Urdaneta.  —  Restablece  las  garantías  indivi- 
duales y  convoca  un  congreso  en  la  villa  de  Léiva.  —  Reorganiza 
el  consejo  de  Estado  y  nombra  el  procurador  general  de  la  nación. 

—  Entabla  negociaciones  con  Venezuela  y  con  el  Ecuador.  —  Comi- 
sionado de  este  gobierno.  —  Exequias  de  Bolívar  en  Bogotá.  — 
Operaciones  de  Luis  Urdaneta  en  el  Ecuador.  —  Contradicciones 
de  Flórez.  —  Sus  operaciones  contra  los  sublevados  en  Ibarra  y 
contra  Urdaneta.  —  Contrarcvolucion  en  Buenaventura.  —  Otra  en 
Venezuela  por  la  integridad  de  Colombia :  hace  muchos  progresos. 

—  No  se  invoca  á  Bolívar  como  jefe  supremo.  —  Providencias  de 
Páez  á  fin  de  oponerse  á  los  revolucionarios.  —  Ofrece  al  gobierno 
del  centro  evitar  toda  clase  de  hostilidades.  —  La  muerte  de  Bo- 
lívar favorece  al  gobierno  de  Venezuela ,  asi  como  la  reunión  del  con- 
greso. —  Bermúdez  se  declara  en  favor  del  gobierno  venezolano. 

—  Obtiene  grandes  ventajas  en  el  oriente.  —  Monágas  pide  una 
entrevista  con  Páez.  —  Acuerdos  del  congreso  :  autoriza  á  Páez  para 
terminar  la  guerra.  —  Sucesos  militares  en  el  Ecuador.  —  Convenio 
entre  Flórez  y  Luis  Urdaneta.  —  Marcha  retrógrada  de  este.  —  Su- 
blévanse  Guayaquil  y  varios  cuerpos  contra  Urdaneta.  —  Termina  la 
contrarevolucion.  —  Son  disueltos  los  cuerpos  de  tropas  que  la  hi- 
cieron. —  Causas  de  la  miseria  y  del  disgusto  de  los  pueblos  de  Co- 
lombia. —  Operaciones  militares  contra  Obando  y  López.  —  Las 
tropas  del  general  Rafael  Urdaneta  se  pasan  unas,  y  son  derrotadas 
otras  en  Palmira.  —  Obando  pasa  por  las  armas  en  Cali  á  cuatro 
oficiales  prisioneros.  —  Ocupa  el  valle  del  Cáuca.  —  Dirige  intima- 
ciones á  Anlióquia  y  á  Bogotá.  —  Acta  de  los  pueblos  del  Cáuca 
uniéndose  al  Ecuador.  —  Obando  no  se  apodera  del  mando  civil. — 
Flórez  admite  con  placer  las  agregaciones.  —  Conducta  del  coronel 
Posadas.—  Providencias  que  dicta  Urdaneta  para  sostenerse. —  De- 
creta un  reclutamiento  de  tropas. — Recibe  como  favorables  las  noti- 
cias de  los  movimientos  de  Ve"¿j¡¿«l3en  favor  de  la  integridad  co- 
lombiana. —  Peticiones^^^^UngeWflgunos  de  sus  partidarios 
en  Bogotá.  — - En^j^^iropas  y  escasez  de  numerario.  —  Movi- 

gPprtÉPW^^^onarios  en  Soledad  y  Barranquilla.  —  El  prefecto 
declara  al  departamento  del  Magdalena  en  estado  de  asamblea. 

—  Decreta  la  expulsión  do  diez  y  seis  ciudadanos.  —  Sale  de  Carta- 
gena una  expedición  contra  los  amotinados  :  la  manda  el  general 
Luque. — Derrota  á  los  sublevados.  —  Arribo  á  Sabanilla  de  los  ex- 
pulsados de  Cartagena.  —  Su  prisión  y  envío  fuera  del  país.—  Re- 


40* 


630  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Página. 

belion  de  Luque  y  de  sus  tropa»  contra  el  gobierno  del  Magdalena. 

—  Actas  de  los  militares  y  de  los  pueblos  cu  el  mismo  sentido. — 
Principios  que  proclaman.  —  Primeros  decretos  de  Luque  como 
jefe  civil  y  militar.  —  Se  adhiere  á  su  movimiento  la  provincia  de 
Santamaría.  —  Liberales  de  nuevo  cuño  que  aparecen. —  Situación 
critica  do  Montilla  en  Cartagena.  —  Los  revolucionarios  obran  acti- 
vamente. —  Primeros  oficio»  de  Luque  á  Montilla.  —  Luque  exige 
que  este  deje  el  mando,  lo  mismo  que  el  prefecto.  —  Se  rechaza 
tal  proposición.  —  Luque  asedia  la  plaza  de  Cartagena.  —  Toma  dos 
buques  de  sus  enemigos.  — Cuestión  con  el  capitán  ingles  Oldrcy; 
este  impone  á  Luque  duras  é  injustas  condiciones.  —  Mompox  se 
pronuncia  en  favor  de  la  revolución.  —  Comisionados  de  Santa- 
marta  á  Luque. —  Improbación  del  convenio  que  ajustan. —  Movi- 
mientos alarmantes  en  el  Istmo.  —  Espinar  los  patrocina  y  fomenta. 
■ —  Rivalidad  de  este  con  el  general  Fábrega.  —  El  coronel  Alzuru 
se  encarga  del  mando  en  Panamá.  —  Deportación  de  Espinar.  — 
Sumisión  aparente  del  Istmo  al  gobierno  de  Bogotá.  —  Estado  en 
que  se  halla  Antióquia. —  Providencias  violentas  del  coronel  Castelli. 

—  Alzamiento  de  Salvador  Córdoba. —  Obtiene  ventajas  en  el  nor- 
deste.—  Derrota  á  Castelli  en  Abcjorral. —  Liberta  Córdoba  al  depar- 
tamcrito;  se  encarga  de  su  gobierno  393 

Capítulo  xix.  —  Primeros  movimientos  de  insurrección  en  L'baté.—  Des  - 
calabro  que  sufre  un  destacamento  de  Casanare. —  Prisiones  arbitrarias 
en  Bogotá.  —  Arribo  de  la  división  Callao.  —  Defensa  de  su  con- 
ducta, quo  publica  el  gobierno  de  Urdaneta. — Noticias  alarmantes 
que  circulan.  —  Pronunciamientos  en  Néiva,  seguidos  por  el  coronel 
Posadas.  —  Progresos  de  la  insurrección  liberal  y  apoyos  que  tiene. 

—  Alarma  del  partido  do  Urdaneta.  —  Tropas  que  lo  amenazan 
desde  Casanare.  —  Urdaneta  se  desalienta  y  quiere  renunciar  el 
mando.  —  Nombra  comisionados  para  tratar  con  el  vicepresidente 
Caicedo.  —  Renuncia  el  gobierno  dos  veces ;  el  consejo  de  Estado 
no  admite  la  dimisión,  temiendo  á  los -militares.  —  Pide  permiso 
Urdaneta  para  salir  á  ponerse  á  la  cabeza  de  las  tropas.  —  Deja  el 
gobierno  encargado  á  sus  ministros.  —  Lo  anuncia  en  una  proclama  : 
pensamientos  que  contiene.  —  La  guerrilla  de  Ubaté  ocupa  á 
Cipaquirá.  —  Retirase  y  es  derrotada  en  las  Pilas.  —  Defecciones 
várias.  —  Oficio  que  el  ministro  García  del  Rio  dirige  á  Caicedo. 

—  Este  se  declara  en  ejercicio  d^j^tW  ejecutivo. — El  general 
López  se  traslada  de  Popayan  *Tf  Neiva.-^Ji^rpclama.  —  Encárgase 
del  mando  de  las  tropas  constitucionales;  cfthfcj^ul  de  estas.  — 

Un  comisionado  del  vicepresidente  llega  á  Bogotá  ;<rtnl9A8n#*^i«ii|fl^ 
recibe. —  Junta  consultativa  que  reúne  el  gobierno  de  Urdaneta.  — 
Su  resultado.  — Movimiento  délas  fuerzas  de  Caicedo.  — Armisticio 
celebrado  con  los  comisionados  de  Urdaneta.  —  Diversos  rumores 
sobre  las  fuerzas  de  los  partidos  opuestos. — Cartas  entre  Urdaneta  y 
López.  —  Algunos  partidarios  de  Urdaneta  no  quieren  que  haya  un 


ÍNDICB  DEL  TOMO  CUARTO.  ñS9 

Página. 

avenimiento. —  Entrevista  y  convenio  de  Apulo ;  sus  estipulaciones. 

—  Acuerdo  secreto.  —  Expedición  salida  ée  Casanare.  — •  Combate 
de  Serinza  y  derrota  del  general  Justo  Briceño;  sus  consecuencias. 

—  Sepárase  Urdaneta  del  mando.—  Proclama  eme  da.  —  Expo- 
sición del  ministro  Garcia  del  Rio.  —  El  consejo  de  Estado  nombra 
á  Caicedo  jefe  del  ejecutivo  colombiano.  —  Continúa  el  asedio  de 
Cartagena.  —  Comunicaciones  entre  Luque  y  los  jefes  de  la  plaza. 

—  No  se  avienen.  —  Una  batería  de  la  Popa  hace  fuego  contra  la 
ciudad.  —  Escasez  de  víveres  que  hay  en  ella.  Representación 
amenazante  de  algunos  vecinos,  que  exigen  un  avenimiento.  —  El 
general  Montilla  nombra  comisionados  de  paz.  —  Ajústase  una  ca- 
pitulación; sus  condiciones  principales.  —La  opinión  pública  der- 
riba á  Montilla.  —  Galantería  con  que  los  partidos  contendores  se 
hacían  la  guerra.  —  Luque  falta  á  lo  estipulado. —  Expulsión  violenta 
de  varios  jefes  del  partido  militar  del  Magdalena.  —  Es  útil ,  pero 
injusta.  —Conducta  uniforme  y  censurable  de  los  diferentes  partidos 
republicanos.—  Luque  no  convoca  la  asamblea  departamental  : 
motivos  laudables  de  su  procedimiento.  —  Evitase  la  federación. 

—  Revolución  de  Riohacha  :  esta  provincia  nombra  sus  jefes.  — 
Las  del  Magdalena  se  preparan  á  obedecer  al  gobierno  central.  — 
Estado  de  la  opinión  en  Bogotá.  —  Arribo  del  vicepresidente  Cai- 
cedo. —  Se  presenta  al  consejo  de  Estado ;  asume  el  poder  ejecu- 
tivo. —  Sus  ofrecimientos  á  los  pueblos  y  al  ejército.  —  Organiza  su 
ministerio  y  el  consejo  de  Estado.  —  Nombra  los  prefectos  y  go- 
bernadores. —  Procura  amalgamar  los  partidos.  —  Convoca  una 
convención  de  diputados  del  centro.  —  Bases  que  fija  para  las  elec- 
ciones de  los  representantes.  — Objetos  de  la  convención.  —  Inse- 
guridad del  órden  público  en  la  capital.  —  La  domina  el  Callao. 

—  Proyectos  de  sus  jefes.  —  López  tiene  una  conferencia  con  Moreno 
en  Cipaquirá.  —  Pónense  de  acuerdo.  —Entrevista  en  Fontibon 
que  irrita  los  ánimos. —  El  ejército  constitucional  se  presenta  en 
los  arrabales  de  Bogotá.  —  Bravatas  de  Jiménez  y  socios. —  El  vice- 
presidente procura  evitar  un  choque. — Los  Venezolanos  promueven 
la  discordia  y  no  obedecen.  —  Asesinato  cometido  por  este  bando. 

—  El  vicepresidente  adopta  un  partido  á  fin  de  cortar  las  dis- 
putas. —  Se  da  pasaporte  á  los  jefes  y  oficiales  déla  división  Callao. 

—  Entrada  en  Bogotá  del  ejército  constitucional.  —  Disolución 
pública  del  Callao  y  de  otro^^pij||L¿-  Termínase  con  esto  la 
usurpación  del  poder  púb^  Libértanse  las  provincias  de  Tunja , 
Socorro  y  PamnloMi^^^Los  Venezolanos  celebran  en  Cúcuta  un 

0^PP^^K!fl^rasladarse  a  su  país;  los  Granadinos  se  retiran  al 
interior  del  suyo.  —  Sucesos  políticos  y  militares  de  Venezuela. 

—  Páez  ,  autorizado  por  el  congreso ,  termina  la  guerra  de  oriente 
con  una  completa  amnistía.  —  Sométense  los  cabecillas  del  occi- 
dente de  Venezuela.  —  Acalorados  partidos  que  hay  en  Bogotá.  — 
Quieren  los  liberales  exaltados  adoptar  de  hecho  medidas  violentas. 


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632  HISTORIA  DE  COLOMBIA. 

Página. 

—  López,  Moreno  y  Herrera  los  contienen.  —  Los  principales  son 
los  dos  hermanos  Azueros.— Contradicciones  de  Vicente  Ázuero  en 
la  defensa  que  publica  sincerando  su  conducta  irregular.  —  Situa- 
ción crítica  del  vicepresidente  Caicedo.  —  Sus  providencias  y  noti- 
cias favorables  que  recibe.  —  Hace  varias  concesiones  á  los  libe- 
rales 464 

CatItülo  xx.  —  Petición  de  Obando  y  López  para  que  se  les  juzgue. 

—  Declaraciones  del  poder  ejecutivo  y  de  la  alta  corte  de  justicia.  — 
Irritación  contra  ürdaneta,  que  se  va  con  su  familia.  — Partida.de 
otros  jefes  y  oficiales.  —  Obando  se  posesiona  del  ministerio  de  la 
guerra. —  Junta  revolucionaria  contra  el  vicepresidente  Caicedo.  — 
Petición  que  le  dirigen  algunos  jefes  militares.  —  En  consecuencia 
renuncian  los  ministros  Castillo  y  Mendoza.  —  Irrítase  el  vicepresi- 
dente, y  los  liberales  moderados  culpan  á  López. — Calumnias  contra 
el  Libertador  y  Urdaneta.  —  El  vicepresidente  hace  nuevas  conce- 
stones. —  Expulsión  de  los  jefes  y  oficiales  urdanetistas.  —  Reno- 
vación del  ministerio.  —  Santander  restituido  á  todos  sus  honores 
y  derechos;  igual  reintegración  hace  el  ejecutivo  á  los  que  su- 
frieron por  el  25  de  setiembre.  —  Célebres  discusiones  en  el  con- 
sejo de  Estado.  —  Propónese  la  nulidad  del  convenio  de  Apulo. 

—  Se  consultan  al  vicepresidente  otras  medidas  violentas. —  Ñolas 
adopta  ;  sus  motivos.  —  Caicedo  está  discorde  con  su  ministro 
Obando.  —  Regresa  á  los  Llanos  la  división  Casanare.  —  Elecciones 
para  la  convención.  —  Alzamiento  del  coronel  Alzuru  en  el  Istmo. 

—  Le  reemplaza  el  ejecutivo  con  el  coronel  Herrera.  —  Este  no  es 
admitido  en  Chágres.  —  Sitúase  en  Portobelo  y  pide  auxilios  á 
Cartagena.  —  Pormenores  sobre  la  rebelión  de  Alzuru  en  Panamá. 

—  Motín  del  batallón  Tiradores  en  Santamaría.  —  Se  reprime  ex- 
pulsándose á  los  revoltosos.  —  Situación  de  Herrera  en  Portobelo. 

—  Recibe  comisionados  de  Panamá.— Rómpelas  negociaciones  y  se 
le  unen  los  comisionados.  —  Apodérase  de  Chágres.—  Tropelías  y 
preparativos  de  Alzuru  en  Panamá.  —  Avanza  el  coronel  Herrera  á 
las  cercanías  de  esta  ciudad.  —  Expedición  que  el  general  Fábrega 
reúne  en  Veráguas;  marcha  contra  Alzuru.  —  Herrera  ataca  á  este 
y  le  derrota.  —  Arriban  el  mismo  dia  las  tropas  de  Fábrega.  — 
Prisión  de  Alzuru  y  de  otros  cabecillas.  —  Cuatro  son  fusilados.  — 
Arribo  de  Luque  á  Chágres  con  fuerzas  auxiliares.  —  Trasládase 
á  Panamá ;  asegura  la  tranom^djtj^^union  del  Istmo.  —  Son 
expelidos  del  centro  los  jefes- y  oficialesVífi¿£zolanos.  —  Luque  y 
las  tropas  vuelven  á  Cartagena.  —  Comisión  ac^t^^nel  Montoya  á 
las  provincias  del  Magdalena.  —  Estas  se  gobiernan  civrl 
mente  con  independencia  unas  de  otras.  — Carácter  general  de  los 
diputados  para  la  convención  granadina  ;  faltan  los  de  algunas 
provincias.  —  Nueva  misión  diplomática  que  envia  Flórez  á  Rogotá. 

—  La  opinión  del  centro  está  decidida  contra  las  usurpaciones  de 
su  territorio.  —  Disturbios  en  Rogotá.  —  Juicio  y  condenación  del 


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ÍNDICE  DBL  TOMO  CUARTO. 

P 

coronel  Castelli.  —  Exigencias  vengativas  del  partido  exaltado.  — 
Movimientos  que  causa  un  juicio  de  imprenta.  —  Censura  de  algunos 
hechos.  —  En  Popayan  despiden  las  tropas  del  Ecuador.  —  Provin- 
cias que  no  eligieron  diputados.  —  Ministros  reemplazados.  —  Ins- 
tálase la  convención  granadina.  —  Mensaje  del  poder  ejecutivo  : 
puntos  que  contiene.  —  Renuncia  del  vicepresidente ,  que  no  es 
admitida.  —  Negocios  que  discute  la  convención.  —  Animosidad 
contra  la  memoria  de  Bolívar.  —  Exposiciones  que  presentan  los 
ministros  de  Estado.  —  Juicio  acerca  de  ellas.  —  Lópes  marcha 
hácia  Popayan  á  promover  la  unión.  —  Primer  decreto  de  la  conven- 
ción acerca  de  la  reincorporación  del  Cáuca.  —  Alzamiento  del 
batallón  Várgas  en  Quito  :  su  castigo  cruel.  —  Discusiones  sobre 
el  nombre  de  Colombia.  —  El  centro  adopta  el  de  Nueva  Granada. 

—  Limites  que  asigna  á  la  República.  —  Bases  para  su  organiza- 
ción.—  Análisis  y  juicio  sobre  el  proyecto  de  constitución  granadina. 

—  El  vicepresidente  Caicedo  es  reemplazado  por  el  general  Obando. 

—  Decreto  reservado  de  expulsión  contra  muchos.  —  Cúmplese  res- 
pecto de  los  militares  y  civiles.  —  Decrétase  un  gobierno  provisional 
para  la  Nueva  Granada.  —  Es  reconocido  por  los  ministros  extran- 
jeros. —  Estado  de  la  cuestión  del  Cáuca.  —  Proyectos  políticos  de 
sus  habitantes  y  de  los  del  Istmo.  —  Casanare  se  reincorpora  á  la 
Nueva  Granada.  —  Gaceta  del  gobierno  granadino.  —  Decreto  sobre 
el  crédito  público.  —  Triste  situación  rentística. — Pronunciamiento 
de  la  guarnición  de  Popayan.  —  Proclama  de  Flórez  contra  el  go- 
bierno de  la  Nueva  Granada.  —  La  convención  fija  bases  para  reco- 
nocer al  Ecuador.  —  Popayan  y  el  Chocó  se  reúnen  á  la  Nueva  Gra- 
nada. —  Se  acuerda  la  constitución  granadina ;  su  análisis.  — 
Santander  y  Márquez  nombrados  presidente  y  vicepresidente.  — 
Este  se  encarga  del  poder  ejecutivo.  —  Envía  una  comisión  de  paz 
al  Ecuador.—  Bases  que  fija  la  convención  granadina  para  la  unión 
colombiana.  —  La  convención  termina  Sus  sesiones  con  un  decreto 
de  olvido. — Acuerdo  del  congreso  de  Venezuela  para  reorganizar 
á  Colombia.  —  No  produce  buen  resultado  la  comisión  al  Ecuador. 

—  Se  rompen  las  hostilidades.  —  La  Nueva  Granada  recupera  á 
Pasto.  —  Terminase  la  guerra  por  un  tratado.  —  La  Nueva  Granada 
reintegra  su  territorio.  —  Ocurren  nuevas  dificultades  para  reorga- 
nizar á  Colombia.  —  Se  abandona  la  idea  de  una  confederación.  — 
Se  trata  de  dividir  la  deuda  ylo^Jntereses  comunes  al  Ecuador , 
Nueva  Granada  y  Yenezue^^^^rauRlBboncluido  en  Bogotá  que 
pone  las  bases.  — No^^rcurre  el  Ecuador,  desorganizado  por  la 
l^^^jU^^Ü^obierno  de  Venezuela  aprueba  y  ratifica  el 
WrtaT^obre  la  división  de  los  intereses  colombianos  comunes.  — 
Oposición  decidida  del  congreso  granadino.  —  Se  rechaza  el  tratado  ; 
mas  considerado  de  nuevo  se  aprueba.  —  Lo  mismo  hace  el  Ecua- 
dor. —  Reúnese  en  Bogotá  la  comisión  colombiana  de  ministros. 

—  Protocolo  que  acuerda  sobre  las  deudas  activas  de  Colombia.  — 


634         HISTORIA  DE  COLOMBIA.  —  ÍNDICB  DBL  TOMO  CUARTO. 

P&gina. 

División  de  las  pasivas. — Suma  que  corresponde  á  cada  república, 
de  capital  é  intereses.  —  Cantidades  que  habian  amortizado.  — 

Conclusión  de  la  Ilisloria.  t  ,  ,  «  ,  !  .  ,  .  .  .  .  .  623 

Apéndice.  —  Notas  ilustrativas  de  la  Historia  de  Colombia  .  ,  .  ,  616 


FIN   DEL  TOMO  CUARTO. 


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